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Capítulo 61

—DIEGO..., lo siento.

—¿Lo sientes? ¿Qué es lo que sientes, Candy? Es tu marido y es evidente que ha reclamado sus derechos. Aún estás sonrojada.

Caminaban por el centro comercial y, a cada paso que daba, Diego dejaba traslucir lo enfadado que estaba.

—Lamento que te hayas sentido incómodo. No era mi intención que lo pasaras mal, de veras.

—Mira, vámonos. Ya no hay remedio.

—Espera... Tengo que ir al baño.

—¿No acabas de ir? Se supone que has estado ahí los últimos quince minutos. ¿O todo ese tiempo lo empleasteis en encontrar la sala incorrecta?

Candy abrió la boca, y luego la cerró. No sabía qué decir porque Diego tenía razón. Lo había dejado plantado en plena película para vivir un encuentro electrizante y erótico con Albert. En ese momento, se había olvidado del mundo... Toda ella se había concentrado en el hombre de sus sueños, que le hacía cosas maravillosas con su mano y con su boca.

Necesitaba urgentemente ir a cambiarse la compresa, porque tenía la sensación de estar empapada. Se metió en el primer aseo que encontró y descubrió que no era así. Por lo menos no había tanta sangre... Su humedad se debía casi exclusivamente a Albert.

No podía negar que continuaba muerta de amor por él. Su sola presencia hacía que perdiera el control de sus actos, y si él la tocaba, se transformaba al instante en la Barbie Puta que era desde que lo había conocido.

Renunciar a él había sido un error. Salir con Diego también lo había sido. ¡Demonios!, ¿a quién quería engañar? Jamás podría enamorarse de otro. Su cuerpo, su alma, su vida entera le pertenecían a Albert Ardley.

Había llegado el momento de dejar de luchar. Ya no podía resistirse. Tenía una necesidad increíble de estar con él. Ya no le importaba el dolor. Ni el pasado, ni el futuro. Todo, le perdonaba, todo.

Albert era suyo, y ella era de él. Eso era una verdad insoslayable, grande como una casa.

Suspiró. Pobre Diego. Tenía que enfrentarse a él.

No se dijeron nada en el taxi. Candy intentó dialogar, pero él no soltó ni una sola palabra.

Sin embargo, en lugar de seguir el viaje, se bajó con ella cuando llegaron a su casa.

—No era necesario que...

—Ya lo sé. Pero en el último minuto he decidido que sí quiero escuchar lo que tienes que decirme.

Candy vaciló. No le gustaba el cariz que estaba tomando la conversación. Reconocía haber actuado bastante mal, pero ¿quién era él para pedirle explicaciones en ese tono? No obstante, no quería terminar mal algo que ni siquiera había comenzado.

—Bueno, básicamente quería pedirte disculpas. Ha sido una falta de consideración por mi parte... irme. En realidad, nunca debimos salir, Diego.

—¿Por qué? Creí que te agradaba. Y tú me gustas mucho, Candy. Tenía muchas ganas de estar contigo, de oírte reír... Quería besarte.

—Eres muy agradable, y en algún momento hasta había creído que...

—¿Qué? Dime, vamos.

—No lo sé. Todo lo que hubiese podido pasar entre nosotros, habría sido por despecho. No puedo continuar negándome a mí misma que estoy enamorada de mi esposo. Lo amo y quiero estar con él. Lo siento...

Diego sintió como si le vaciaran un balde de agua helada en la cabeza.

—¿Regresarás con él?

—Primero, tendremos que hablar, pero sí: volveré con Albert.

—O sea que me has utilizado.

Candy frunció el ceño. En cierta forma, así era.

—Podría decirse que sí. Y te pido disculpas por eso.

Diego se pasó ambas manos por el cabello.

—Me pides disculpas... ¿Y a mí de qué me sirve eso? ¿Qué hago con mis ilusiones? Cuando me llamaste, creí tocar el cielo con las manos. Y al verte tan bella, he pensado que me había tocado el premio mayor de la lotería. Sabías que tenía el corazón roto, y no te ha importado nada.

—Lo siento. Me hago cargo de mis errores, pero no de tus ilusiones.

Sentía que Diego le estaba pasando una factura que no le correspondía. Y que no valía la pena continuar discutiendo cuando se moría de ganas de llamar a Albert. Confiaba en que él ya hubiese podido deshacerse de la doctorcita esa. Era muy altanera la tal Daniela, y la había mirado muy mal cuando se habían topado en el pasillo.

—De modo que hasta aquí hemos llegado. Ni siquiera continuaremos con nuestra amistad —murmuró Diego, dolorido.

—Yo diría que no. Albert es... un tanto especial con respecto a eso. Y en este caso, lo sería más aún. No quiero que pases un mal rato, Diego.

—¿Estas convencida de regresar con él, Candy?

Ella suspiró, y luego levantó el rostro y le dijo, mirándolo directamente a los ojos:

—Sí. Él es mi vida.

Diego cerró los párpados y se fue sin decir adiós. Tenía un nudo en la garganta que le impedía pronunciar palabra alguna.

Candy lo observó alejarse y no pudo evitar sentirse algo culpable. Pero no por mucho tiempo. Tenía que llamar a Albert.

Marcó varias veces el número, pero él no respondió.

El caso era que Albert estaba a mil por hora, intentando llamar a las aerolíneas para reservar un vuelo a Japón. Maldijo cuando se dio cuenta de que un sábado por la noche sólo encontraría el servicio de atención al cliente, y no el de reservas.

Pero Daniela tenía muchos recursos. Un amigo le debía un favor, y le consiguió dos billetes hacia la Costa Oeste de los Estados Unidos para el día siguiente. Tendrían que hacer escala en Miami, y luego en Los Ángeles, pero era un adelanto. Y de allí a Japón, algún vuelo habría, sin duda.

No hubo ninguna conversación con Daniela al respecto de lo que había sucedido en el cine. Albert estaba demasiado alterado, y ella no quiso tentar a la suerte y alejarlo aún más, así que se despidieron en el parking del centro comercial.

Cuando se encontró solo, Albert llamó a Candy.

—Hola, cielo —le dijo en cuanto ella respondió, somnolienta.

—Albert, te he llamado varias veces, pero no has respondido. Tenemos que hablar.

—Lo siento; es que estaba ocupado.

Candy frunció el ceño.

—¿Con la doctora?

—En cierta forma. Candy, estoy de acuerdo en que debemos hablar y también otras cosas. Estaré ahí en veinte minutos.

—No, no vengas. Es demasiado tarde, y ya sabes que estará Candida aguzando el oído. Mejor mañana.

—Mi amor, si no es hoy, tendrá que ser a mi regreso. Mañana nos vamos a Japón por el asunto de la investigación. Necesitan hacerme unas pruebas. Por eso, no he respondido; estaba intentando conseguir vuelo.

—¡Oh, qué bien!, supongo. ¿Y te irás con ella?

—Sí. No temas, princesa. Entre Daniela y yo jamás sucederá nada. Tú eres mi mujer; desde que te conocí no existen las demás.

—No lo sé. Es guapa, inteligente. Y tú eres un hombre muy... sexual, ¡si lo sabré yo! Tengo miedo.

—Me encanta que lo tengas.

—¡Albert!

—No me regañes. Adoro verte celosa. Adoro verte de cualquier forma. Y tocarte como hace un rato...

—¡Oh! Albert, antes de continuar con eso, tenemos que aclarar muchas cosas. Pero deberemos esperar a que regreses.

—¿Por qué no ahora? Podríamos discutirlo y luego continuar lo que comenzamos en el cine. Te recojo en seguida. Dime que sí.

—No. Si vienes a buscarme ahora, estoy segura de que no hablaremos. Sólo..., bueno, tú ya sabes lo que pasará. Vete a Japón y regresa lo antes que puedas, Albert.

—Lo haré, mi vida. Lo prometo. ¡Ah, Candy!...

—Dime.

—Mantén alejado a ese tipo. Se muere por tenerte y se le nota.

—Eso ya está... solucionado. Tú haz lo mismo con Daniela. Eres mío, Albert Ardley.

—Y tú mía, Candy White Te amo, princesa.

Ella suspiró.

—Buen viaje, corazón.

Y luego colgó.

El viaje a Japón fue largo y tedioso. Albert no quería hacer o decir algo que incitara a Daniela, ya que al parecer continuaba más que deseosa de su contacto. Pero tampoco quería rechazarla abiertamente.

Ella se había hecho cargo de la investigación que a él tanto le interesaba y la estaba llevando adelante de forma exitosa. Sentía que le debía mucho a esa mujer y no quería lastimarla.

Se debatía entre las ganas de dejarle definitivamente clara la situación —decirle que entre ellos jamás sucedería nada, que él estaba enamorado de Candy y que a ella nunca la había visto como una mujer—, y el miedo a su furia, o peor, a su tristeza y a su incómodo mutismo.

Daniela no parecía ser del tipo de las que se resignaban fácilmente. La perseverancia era una virtud fundamental en su trabajo, y al parecer, la aplicaba en todas las áreas de su vida.

Mientras Albert pensaba en todo eso, observó cómo la doctora, que aparentemente dormía, aproximaba su roja cabellera hasta llegar a su hombro, y murmurando algo entre sueños, se aferraba a su brazo y se acurrucaba contra su cuerpo.

Albert se puso rígido. No sentía nada por Daniela. En ningún momento, había experimentado un atisbo de deseo, pero ella se estaba volviendo muy insistente. Le molestaba que invadieran su zona de comodidad, y de alguna forma, se sentía en falta con Candy. A él no le gustaría ver a su mujer en esa situación, y aunque era probable que jamás se enterara, no le apetecía nada hacer algo que ella desaprobaría de plano.

Así que muy suavemente apartó a la doctora y la recostó contra la ventanilla del avión, no sin antes ponerle su propia almohada debajo de la mejilla, para que estuviese más cómoda. Luego, cerró los ojos, y se dispuso a descansar el resto del trayecto.

Daniela, que había simulado dormir todo ese tiempo, estaba furiosa. Era evidente que Albert no soportaba el menor contacto con ella y no sabía si tenía que ver con el alto sentido moral de ese hombre o con el hecho de que ella no le gustaba.

Creía que ambas cosas influían en ese rechazo, pero no tenía ganas de darse por vencida. Ya no era el deseo lo que la movía; era el orgullo.

La moral resultaba algo tan frágil... Con eso podía. Recordó que en el colegio había seducido a un sacerdote dentro del propio confesionario, y sonrió. Había doblegado todo aquello que el pobre cura había intentado preservar a capa y espada, siendo una púber de catorce años. ¿Cómo no iba a lograrlo con Albert ahora que era una mujer hecha y derecha?

Pero también estaba el hecho de que quizá él no la consideraba atractiva. Observó el reflejo de su rostro en la ventanilla y se acomodó el cabello. No..., eso no era posible. Tenía treinta y siete años, y representaba diez menos. Su cuerpo era perfecto y los enormes ojos verdes destacaban en su hermoso rostro de piel blanca, lechosa, con tenues pecas color café con leche.

Jamás un hombre se le había negado, y esperaba que Albert no fuese el primero. Estaba segura de que ella le gustaba, pues había notado un destello de admiración el día en que se habían conocido, así que no era el momento de claudicar aún. Sabía que se enfrentaba con un escollo nada menor: los sentimientos hacia su esposa.

¡Qué niña sin gracia ésa! Al verla por primera vez, se había dado cuenta de que era la mujer de Albert por la forma en que él la observaba. Si no hubiese sido por eso, jamás habría creído posible que ese hombre maravilloso se hubiera casado con una chiquilla así... Si hasta tenía un piercing en el ombligo, por Dios.

Era guapa, sí, pero ¿quién no lo sería con ese cabello que le llegaba a las caderas y con una falda que tenía el ancho de un cinturón?

Al chico que la acompañaba se le caía la baba cada vez que esa Candy se movía, y tenía que reconocer, muy a su pesar, que a Albert le pasaba lo mismo. ¿Qué tendría esa tonta? Era de lo más vulgar; pálida, demasiado delgada. Albert necesitaba a su lado una mujer sofisticada, que pudiese lucir y mantener cualquier tipo de conversación, no una niñita irreverente, desafiante y con un ridículo metal en el ombligo. Si no podía con algo así, estaba perdida. Tendría que actuar con inteligencia para seducirlo. Y una vez que lo lograra, conseguir pruebas de ello e informar a Candy de manera anónima, para que jamás quisiera saber nada de él.

Presentía que el encuentro en el cine los había acercado de una forma increíble y que esos minutos que habían permanecido fuera de la sala no los habían empleado sólo para discutir. Pero él no estaba con su esposa en ese momento. Albert estaba con ella, y parecía un ángel dormido.

Daniela lo observó con la boca abierta. Era tan increíblemente guapo que no podía apartar la mirada de su rostro. Se moría de ganas de besarlo, pero sabía que eso lo alejaría definitivamente. Tenía que encontrar la forma de contenerse para no arruinarlo todo.

Candt estaba algo inquieta. Que Albert estuviese suspendido en el aire en un maldito avión era uno de los motivos. Y el otro era que estuviese acompañado de la doctora.

Había notado el interés de Daniela, y no le había pasado desapercibido el modo en que le había dicho «querido» cuando había corrido a curarle «la herida».

Al recordar eso, Candy se sonrojó. ¿Habría notado Daniela que era sangre de su regla y no de una lesión? ¿Albert se lo habría dicho, finalmente? ¡Oh, qué vergüenza! Estaba apesadumbrada por esa posibilidad, pero no se arrepentía de nada. Lo del cine había estado... ¡uf!

De sólo recordarlo se excitaba terriblemente. Albert la había besado, la había tocado, le había dicho que quería besarla allí, a pesar de la maldita regla... El orgasmo que había experimentado por poco no la había hecho caer al suelo. Había acabado gimiendo dentro de la boca de él, mientras dirigía la mano que la estaba enloqueciendo más adentro y más deprisa.

Le hubiese gustado corresponderle de alguna forma. Estaba desesperada por tocarlo, por lamer cada centímetro de su cuerpo, por beberse su placer. Pero ahora tendría que esperar a su regreso de Japón. ¡Ojalá volviese con buenas noticias! Pero si no era así, allí estaría ella para consolarlo, para decirle cuánto lo amaba, para jurarle que siempre estaría a su lado, en lo bueno y en lo malo.

Su amor por él no tenía límites, y ni el tiempo ni la distancia, podrían hacerle mella. Sabía que él también la amaba, pero también sabía que en ese momento su esposo volaba hacia el otro lado del mundo, acompañado de una linda pelirroja que creía que él era más delicioso que el dulce de leche, y que se lo zamparía a la primera oportunidad que se le presentara.

¿Cómo no estar inquieta? Hormigas en el asiento tenía. Suspiró y se preparó para dar su siguiente clase de tango.

Más tarde, en el laboratorio del doctor Yisuka, Albert se enteraba de las últimas novedades, que harían que todo el sufrimiento que había experimentado en los últimos meses estuviese a punto de llegar a su fin.

CONTINUARA

Doctorcita, lamentablemente, esa chica simplona como le llamas tiene lo que se te acabara en unos años y eso se llama JUVENTUD.

Del, mil gracias , igual para ti que este 2021 este colmado de bendiciones para ti y los tuyos... Abrazos