CAPÍTULO 2 – DE RODILLAS
Pequeño disclaimer: Sí, el nombre del personaje de El silencio de los inocentes se escribe 'Clarice' y no 'Clarisse', yo sé. Pero es que 'Clarice' parecía mucho más cercano a 'Claire' y mejor no causar confusiones. 😁❤️
"En las mentes de los hombres empeñados en civilizar, los perversos instintos que controlamos en nuestras personas y el oscuro e innato conocimiento de esos instintos, funcionan como los virus contra los que el organismo se defiende"
-Tomas Harris, El Dragón Rojo
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Coautora MelGA_0420
️Advertencia BDSM ️
—Capitán, no tiene que hacer esto...
El hombre a quien acabas de reconocer echa la cabeza a un lado y resopla hastiado. Su cara dice que no has podido elegir una frase más trillada para intentar detenerlo.
Quisieras entender realmente lo que pretende para justificar tu enunciado. ¿"No tiene que hacer esto"? ¿Acaso sabes lo que te espera?
Le hace falta otro trago. Camina y toma la botella, no va a usar el vaso ahora, bebe directamente de la boquilla de cristal. Carraspea luego al sentir el alcohol quemando su esófago, todo lo hace sin despegar de ti su perversa mirada y sin que tú seas capaz de apartar la tuya tampoco.
Mueves las manos; por la impresión de estar ciega no habías notado que las tienes inmovilizadas en tu espalda. No es una soga o cinta adhesiva lo que no te permite usarlas, sino una cadena. No delgada, no gruesa, sus eslabones son de tamaño medio. Le ha dado varias vueltas a tus muñecas con esta asegurándose de que quedara muy bien apretada, al punto que el metal se hunde sobre tu piel con demasiada presión. Va a dejar una seguidilla de moretones, de eso no hay duda.
—Por favor, Capitán Redfield. Déjeme ir... nadie va a enterarse de esto, no le contaré a nadie. No se lo diré ni siquiera a Piers...
El capitán se repasa los labios con la lengua para deshacerse de la sequedad y para volver a saborear la amargura del licor. Sonríe y rechista otra vez; no puedes hallar una forma más original de intentar persuadirlo y eso, obviamente, le provoca gracia. Se mofa de ti chasqueando la lengua.
—Ay, ay, ay, Clarisse... Afortunadamente el mejor talento de tu boca no es decir tonterías.
De acuerdo, ya sabes a dónde va todo esto. Te lo va a pedir o lo va a tomar a fuerzas, eso ya no importa. Comienzas a extrañar un poco la oscuridad anterior. Sería estupendo no tener que ver cuando tengas que hacer lo que te hará hacer. Pero debe ser exactamente lo que quiere; que al hacerlo, lo mires.
Y no solo es la inminente condena lo que desearías no registrar en imagen, sino todo ese pequeño y sucio entorno en el que estás atrapada. En la mesa en la que están la botella y el vaso, hay algunos objetos más que no sabes para qué sirven. Por su color negro y por la forma en que reposan sobre la madera puedes adivinar que están hechos de cuero, cuero y algunas partes metálicas. No te pones a pensar demasiado en ellos porque lo que más llama tu atención es la cama que está delante tuyo y detrás del capitán. Es espaciosa y está cubierta por sábanas de seda negra. En sus extremos superior e inferior, en los cuatro ángulos, hay correas que desembocan en un círculo, como una pulsera. ¿Va a enmanillarte si te resistes? ¿Va a atarte los pies y las manos, como en las películas de terror, para tenerte expuesta a sus más bajos instintos y para no permitir que interrumpas su perversión?
"Por Dios, Chris, ¿qué es lo que pretendes?", cuestiona un pensamiento que estremece todos tus sentidos al imaginar brevemente la respuesta.
Él no escucha tu mente, tampoco tus ruegos. No te queda más que cooperar y esperar a que todo termine. Tiene que terminar... Tiene que..
Chris se asoma a la mesa para tomar uno de los misteriosos objetos que no te esforzaste en descifrar. Levanta algo que parece una especie de... ¿collar? No, se llama collarín. Tiene una hebilla para ajustarlo y al lado de esta un aditamento extra que permite enganchar una correa.
Predices asustada la escena y sientes cierta impotencia por no poder hacer nada para escapar de tu destino; estar amarrada complica demasiado las cosas.
El capitán se acerca a ti con el juguete de dos piezas entre las manos, te mira a los ojos y te levanta por la barbilla con su dedo índice.
—¿Por qué haces esto?— dices con voz quebrada, pero solo provocas que te mire como un depredador mira a su presa antes de ponerse a jugar con ella, con cierto aire de crueldad que lo divierte.
Se muerde el labio inferior. Toma el collarín y lo instala alrededor de tu cuello, no sin aprovechar el momento para rozarte impúdicamente.
—C-Chris... Chris... —tartamudeas y redoblas su nombre sin saber exactamente qué podrías decirle que lo hiciera detenerse.
—¡Shhh! no gastes tu saliva hablando, la necesitarás para algo más.
Se acerca hasta tu boca y te besa, pero no con la misma agresividad que antes, sino superficialmente, hasta puede decirse que con cariño. Y por sentir el calor de sus labios sobre los tuyos no te has percatado de que ha instalado la otra pieza en tu collar.
Jala el cuero que ha envuelto en sus dedos, no violentamente, pero lo suficiente para enterarte de que estás en su poder. Te estremeces en tu lugar y levantas la cabeza para verlo. La perfecta línea de su barbilla está algo inclinada, para mirarte con superioridad. Da una vuelta más a la correa, lentamente, y en el último trayecto vuelve a jalar con fuerza provocando que recorras y te quedes sentada en el mero borde de la silla.
El capitán entonces lleva la mano que tiene libre a tu mejilla y te toca con ternura, ¡ternura! Quería hacerte daño, ¿no? ¿o hay algún interés romántico implicado?
Desciende hacia tu cuello, repasa la correa y luego baja hasta tu pecho. Exhalas un resoplido de placer culposo; sus pesadas caricias por encima de la ropa son increíbles. Tus pechos parecen reaccionar a su toque como reaccionarían a los de su teniente, que, dicho sea de paso, ha sido tu novio por dos años y Redfield lo sabe, pero no parece importarle un comino. No le importas tú, no le importa Piers, no le importa nadie más que sí mismo y lo que sea que tenga planeado hacer contigo.
—Esto me estorba— dice refiriéndose al algodón de tu blusa que le impide tener contacto con tu piel.
Se agacha a tu altura y va quitándola muy despacio; cuando termina de desconectar todos los botones, contempla maravillado tus senos, todavía cubiertos por tu sostén rojo.
—¿Qué difícil es tener algo, verdad? —desliza una de las correas de tu sujetador —Difícil conseguirlo, complicado conservarlo —desliza la otra —Este es un planeta terriblemente resbaloso... —termina su cita al libro del que el médico loco es protagonista, y al hacerlo libera el peso de tus pechos, dejándolos descubiertos y gloriosos para su deleite.
Eso le hace desearte. No quita la vista de la parte recién expuesta y, sin ningún anuncio, comienza a masajear y apretar tus pezones, los cuales ya estaban completamente endurecidos por el contacto previo con las ásperas manos del capitán.
Se aleja y tira más de la correa que te atrapa; para no caer, te pones de pie ágilmente y te estrellas contra su fornido torso. No puedes apoyar las manos así que solo chocas y jadeas asustada.
Otra vez se ríe de ti con ese gesto de malicia mezclada con lujuria en sus ojos marrones. Es lógico que se ría de tu frágil y vulnerable situación, porque incluso estando parada de puntillas no estás completamente de frente a su rostro; eres mucho más baja, y él tan alto y fuerte como un roble. Encapsula tu barbilla con la misma mano con la que sujeta el lazo de control de tu collar. El borde del cuero está frío y duele al sentirlo aplastando tu pobre mandíbula, pero enseguida la balanza es equilibrada con un nuevo beso, bastante húmedo, pero no igual al primero ni al segundo; parece que para cada vez que abuse de tu boca lo hará con un nuevo estilo. Lo dejas seguir porque en el fondo un pequeño y enfermizo instinto te dicta que una ocasión como esta es tan inverosímil e irrepetible, que debes tomar algo de ventaja. Después de todo... ¡Es Chris Redfield!
Como antes, por perderte en sus labios no te percatas de lo entretenida que ha estado su otra mano. Ha desabrochado la hebilla de su cinturón. Lo siguiente es una orden expresa:
—De rodillas...
Sabes lo que eso significa. Ofreces primero una leve resistencia, incrédula y pensando "¿En serio me está pidiendo que me arrodille ante él?". Estás consciente de que, si no obedeces, te va a obligar a obedecer; pero tienes la ligera esperanza de que este es el momento en el que vas a despertar o a descubrir que todo esto es solo una ilusión; desquiciada, sí, pero nada más que un producto de tu imaginación.
Pero no... es real, es absoluta e inevitablemente real...
Ahí estaba él, el líder de tu unidad de operaciones especiales, el amigo al que tu novio tanto admira, el hombre al que todos declaran un ejemplo de vida, bajando su pantalón y ropa interior al mismo tiempo; pero no hasta los tobillos, solo lo suficiente para presumir la erección que aguarda por, sí, ya lo sabías... tus labios, lengua y garganta.
Como aún no has descendido al suelo, el capitán tira y te zarandea un poco hasta que logra envolver sus nudillos con toda la extensión de la correa que usa para moverte a su antojo.
—¿Estás sorda? —te pregunta, pero claro, no va a esperar a que respondas nada sino que usa esa correa para obligarte a adoptar la posición que te ha exigido antes.
Caes, sientes un poco de dolor y una ligera corriente que atraviesa tus piernas por el golpe contra la madera vieja del suelo. Estás ahora justo en frente de su miembro, sus detalles traen algunos recuerdos similares a tu mente; sin embargo, similares no significa iguales. Lo que estás viendo y lo que sientes al verlo es completamente nuevo; culpa, entre otras cosas; culpa de estar deseando comenzar sin que te lo pida. Pero mejor no enfadarlo. Dijo que él iba a dar las órdenes, ¿verdad? Entonces que sea quien tenga toda la iniciativa también. Además, si dejas que ese pequeño impulso sinvergüenza te controle, estarías siendo una muy, muy mala chica.
—Oh, Clarisse... eres la miel en la boca del león...
Acerca su virilidad a tu rostro, deja que te impactes con su enorme tamaño. Ejerce entonces el control de nuevo con el collarín en tanto se sujeta a sí mismo para introducirse en tu boca. Pero no te da todo lo que tiene para ti, no todavía. Domina la situación y se asegura de que mientras esté metido entre tus labios no vayas a dejar de verlo a los ojos. Sientes que tu mirada incrementa la firmeza de su erección, casi puedes sentir sobre tu lengua cómo se ensancha. Intenta controlar sus jadeos, pero tú lo ves vibrar y eso no puede evitarlo.
—Comienza... —ordena con voz profunda y algo de perturbación en su respiración.
Te mueves para estimular como es debido la zona, con ligeros movimientos que resbalan, pero sin perder la presión, y usando la lengua para repasar y lubricar. La gloria pecaminosa que estás experimentando se empieza a sentir como calor y humedad en tu entrepierna. Ojalá que te levante y te...
¡No, no, no! ¿Qué es lo que dices? ¡No lo disfrutes!
Chris echa la nuca atrás y va metiendo sus largos y gruesos dedos entre tu caballo para sujetarte y facilitar el ritmo, de atrás hacia adelante y a la velocidad que a él le parezca adecuada. Tanto placer le provocas que se olvida de que debe dejarte respirar, si quiere que sigas viva para el momento cúspide. Va demasiado rápido, demasiado profundo y demasiado fuerte. Intentas inhalar algo en los pequeños intervalos, pero el acto está tan descontrolado y su miembro tan metido en tu garganta que impide que el oxígeno llegue correctamente a ti.
Paradójicamente, ver sus gestos enloquecidos te causa repulsión y satisfacción a la vez. El hombre que estaba a punto de eyacular en tu boca no parecía el mismo que ostentaba una imagen intachable en el trabajo.
De pronto lanza un gruñido y cierra los ojos antes de soltar todos sus fluidos en tu boca, los cuales escupes ni bien se separa de ti.
Jadeante y todavía dominante, te mira complacido. Muerde su labio, asoma la mano para acariciar con su dedo pulgar tu mentón empapado.
—Por ahora esto es todo, Clarisse. Pero no he terminado contigo...
¿Por qué diablos te sigue llamando así?
~Continuará...
