Por mucho que quisiese conciliar el sueño aquella noche, Ontari Woodward era verdaderamente incapaz de hacerlo.
Llevaba más de dos horas y medias dando vueltas en la cama acomodando la áspera almohada para abrazarse a ella y tratar de cerrar sus ojos y dormir, pero cuando parecía haber logrado obtener la comoda y calida postura, otro pensamiento perturbador y horroroso la obligaba a moverse nuevamente en la cama totalmente incomoda.
Ontari intentó arroparse bien con la sabana y la manta, pero al par de minutos sintió algo de calor y se destapo, no tardando en volver a intentar cubrirse al poco rato un tanto desesperada.
Aquella noche necesitaba poder cerrar sus ojos, olvidarse de todo lo que estaba pasando y por una vez abandonarse al sueño sin pensar en nada más.
Había pasado la tarde junto a Emori y se sentía devastada, no entendía como alguien con un ápice de humanidad podía hacer a una niña algo como lo que le habían hecho a ella.
Saber que existían monstruos así en un mundo en el que su hermana pequeña existía, hacía que el estomago le doliese soberanamente.
No entendía como la justicia podía querer dejar en libertad a alguien así, sus padres no habían sido nunca los padres del año ni mucho menos pero en comparación con ese tipo eran los Bradys.
Emori no había querido entrar demasiado en detalles sobre su vida junto a su madre y a él, sin embargo los pocos vestigios que le había dejado entrever a Ontari, eran como poco terribles.
Al contrario que Ontari y sus hermanos, el haber acabado acogida y tutelada por Servicios Sociales, al parecer había sido toda la cosa más maravillosa que a Emori le había podido haber pasado en toda su vida o eso pensaba Emori, por lo que Ontari no quería ni pensar como había sido su vida con ellos para que la propia Emori lo considerara así sabiendo como eran las cosas de duras y malas allí dentro.
Emori era genial, una chica despierta, vivaracha y vital. La clase de persona que te convencía de que podías ser capaz de cambiar y hacer o aspirar a cualquier cosa.
Ontari había coincidido con ella por primera vez poco despues de cumplir los siete años una vez que Servicios Sociales la traslado del hospital a Hollysbrooke al no poder localizar a Gustus, el adulto responsable encargado de cuidarla para que se hiciese cargo de ella.
En un principio ni siquiera se cayeron bien, tampoco es que tuviesen demasiada ocasión de dirigirse la palabra. Emori solía estar sola y apartada del resto y ella era una bomba de relojería dispuesta a explotar por cualquier pequeña cosa. No fue hasta su tercera vez en el Centro que Emori y ella se hicieron amigas tras coincidir algunas semanas en la enfermería.
Para entonces, Ontari ya había cumplido los doce y Emori los trece, Ontari se había roto la mano metiendole un puñetazo en la cara a uno de los chicos más conflictivos del lugar, y Emori por su parte era la segunda vez que había conseguido cortarse las venas, esta vez con la cuchilla de un afilador en un descuido de una de las instructoras.
Ambas estuvieron convalecientes durante más de una semana en la que compartieron habitación, y enseguida para sorpresa de todos hicieron buenas migas, Ontari sintió mucha pena al tener que marcharse de Hollysbrooke y dejarla allí aunque nunca perdieron del todo el contacto y cuando expulsaron del instituto a Ontari fueron a parar juntas a uno cercano a Hollysbrooke.
Solían llamarse siempre que tenían ocasión y al cumplir los quince, Emori comenzó a tener permisos para salir varias horas tras el instituto siempre que cumpliese con las normas y regresase antes de las ocho al Centro.
Los años fueron pasando y tanto lq unq como la otra fueron cambiando su forma de ser y de pensar, de actuar al comenzar a comprender todo en la vida cambiaba constantemente y debían adaptarse a ello. Y parecía que todo marchaba bien, todo hasta ahora.
La amenaza de la salida de aquel tipo lo cambiaba todo.
Regresaban los miedos, la incertidumbre y los temores para su mejor amiga.
Malos tiempos se avecinaban para ella y Ontari no era estupida y lo sabía, por mucho que quisiese animarla, darle palabras de aliento y de animo, la realidad era que Ontari no podía hacer absolutamente nada de nada por ayudarla ni por aplacar aquel miedo fundado porque la justicia era una mierda y él tarde o temprano iba a salir.
Ontari volvió a abrazarse a la almohada cerrando sus ojos con fuerza queriendo lidiar con aquel malestar y aquella impotencia y suspiro, volviendose hacia un lado viendo la cama de Emori vacía.
Le habían tenido que administrar un sedante y ahora estaba bajo vigilancia en la enfermería tras sufrir un ataque de pánico.
Ontari no estaba acostumbrada a ver a su amiga tan asustada, y aquello la perturbaba enormemente, tan solo esperaba que pudiese pasar aquel trago lo mejor posible con ayuda de todos.
Continuara...
