¿Acaso es todo lo que quieres decirme?
Candy regresaba de dejar a su yegua, junto a Cesar y Cleopatra, en los nuevos establos del Hogar. Quedaban apartados y ocultos a parte del camino de llegada al orfanato. Lo primero que captó su atención fue la presencia de dos autos. Uno, el que siempre conducía Georges y el otro, bastante menos ostentoso pero más nuevo, estaba aparcado a su lado. Inmediatamente tuvo la corazonada de que Albert había regresado de Brasil. Se lanzó a la carrera, llamándolo y buscándolo por los alrededores.
Al girar una de las esquinas del edificio lo encontró junto a Georges, hablando con la hermana María y la Srta. Pony— ¡Albert! ¡Qué alegría! ¿Cuándo has regresado? —Sin pensarlo, se lanzó a sus brazos. Se moría de ganas de abrazarle después de más de medio año sin verlo— ¡Casi no puedo creer que estés aquí! —Le sonrió eufórica mientras él le devolvía el abrazo, un poco más cohibido ante la audiencia.
—Acabo de llegar, pero debo volver a partir —contestó apenado, aunque su corazón empezó a latir con más fuerza al contemplar el evidente cambio de ánimo en Candy. Los presentes encontraron, milagrosamente, algo que requería su atención. Un breve recordatorio por parte de Georges a las dos mujeres, consiguió dejarlos a solas.
—Pero... pero ¡No puede ser! Si acabas de llegar. Necesitas descansar —protestó ella sin soltarse de sus brazos. Albert tampoco hizo ningún intento de zafarse. Era cierto que debía partir inmediatamente para no perder su próximo tren. Solo disponía de algunos minutos más para explicarle que Georges ya tenía varios viajes programados para él. El tiempo de ausencia y la mayor dificultad para enviar instrucciones a las diferentes sedes, le había acumulado un sinfín de tareas pendientes.
Había tenido la esperanza de poder hablar seriamente de todo con Candy pero aquella situación se estaba alargando de forma recursiva. Cada vez temía más que ella perdiera el posible interés con sus constantes ausencias. Sabía que ella no era para nada una persona voluble. Su fidelidad a Terry, durante años, así se lo había demostrado. Pero su situación era completamente diferente. Su primer intento de declaración había sido, quizás, demasiado sutil y en un momento totalmente inoportuno respecto a Candy. Le pudo su entusiasmo al recuperar la memoria. Se dio cuenta justo después de expresarlo. Por suerte ella pareció acogerlo como una muestra de apoyo, de amistad... Aunque desde entonces se había mantenido en vilo y dudado de si la habría interpretado de la forma correcta.
Algunos días, tenía la sensación que todo iba encajando como debía. Sus recuerdos, su rutina como cabeza de familia, sus viajes... Otros no le encontraba sentido a nada. Se pasaba el tiempo de aquí para allá, sin respiro, sin poder estar con la persona que más deseaba, sin trabajar realmente en algo que le hiciera sentir mínimamente realizado.
Poco a poco se percataba que, pese a ser el patriarca, disponía de menor control sobre su vida que cuando se había creído un don nadie. Anteriormente, ya se lo había confesado a Candy. La riqueza y el prestigio era lo que menos le importaba. Gozaba de viajar, de conocer nuevos lugares, otras culturas, eso sí, el trato humano que conllevaba la negociación... pero el objetivo... El objetivo le resultaba ¡Tan banal!... Su mente siempre volaba hacia aquellos días de dulce convivencia con Candy, cuando sabía que, tras la jornada, ella llegaría al apartamento que compartían. Ella le explicaba su rutina y anécdotas, con su característica pasión, fuera por alegría o fastidio, y él se sentía el hombre más feliz del mundo. Y cuando ambos disponían de tiempo libre, disfrutaban de las mismas cosas; la naturaleza, sus amigos y alguna aventura alocada, en las que muchas ocasiones se veían involucrados. No quería continuar así, recordando esos breves momentos de paz y felicidad.
Ahora, todo había pasado a ser breves estancias, con horarios incompatibles, que impedían la comunicación que tanto añoraba. Albert no se imaginaba manteniendo una relación similar a la que habían llevado por varios años Candy y Terry. Él la necesitaba a su lado. Pero tampoco quería que ella renunciara a nada por él. Mucho menos se imaginaba compartiendo su vida con alguien que no tuviera más inquietudes que permanecer en casa o acompañarlo en viajes de negocios sin intereses propios. Y desde luego no aspiraba a mantenerse soltero el resto de su vida.
Deseaba poder tener su propia familia, no porque se esperara de él sino porque anhelaba poder tener a sus propios hijos o incluso adoptarlos, pero con intención real de involucrarse como padre. Esta última necesidad no había surgido cuando adoptó a Candy, la veía como a una protegida. Él deseaba verlos crecer, estar presente todo el tiempo que fuera posible, poder volcar su afecto, redescubrir el mundo con ellos y poder ofrecerles una infancia mucho mejor que la suya.
Estaba decidido. Nunca había deseado la responsabilidad de la jefatura total y, por más que no pudiera evitar ser quien era para la familia, tampoco podía evitar ser quien era para sí mismo. Y desde luego, no quería acabar como su padre, muriendo prematuramente de un infarto por el estrés, sin apenas disfrutar de su familia. Tampoco era como el Sr. Lagan, que podía pasarse semanas y meses sin necesidad alguna de ver a su familia. Su esposa se encargaba de todo lo concerniente al ámbito privado y de presentar la imagen idealizada de la familia a la que los demás 'deberían aspirar'; una casa perfecta, un aspecto perfecto, unos hijos perfectos... Unos perfectos desconocidos que quedaban muy bien en las fotografías y retratos, mostrando un cariño impostado entre ellos que, quien les conocía realmente, no entendía de donde salía. Todos se utilizaban entre sí.
Inminentemente, atendería la organización planeada por Georges hasta la fecha, aprovechando para adelantar las futuras dinámicas, pero a partir de la última reunión, el cambio sería radical y definitivo.
En los diferentes territorios donde se habían establecido los Ardlay, existían hombres de su entera confianza tras años de contacto epistolar y trato personal directo en los últimos. Disolvería el Consejo y constituiría uno nuevo y más joven. El actual se había quedado obsoleto y su falta de adaptación era absurda y contraproducente. Cada día aparecían nuevos medios y tecnologías que se podrían aprovechar, facilitando la logística empresarial y librando a los cargos dirigentes de una sobrecarga innecesaria. Estos avances eran desestimados por continuar realizando las cosas "a la antigua usanza".
Todo esto no tuvo tiempo de explicárselo a Candy. Tan solo pudo pedirle que tuviera un poco más de paciencia con él, hasta la primavera que se avecinaba— Vendré, siempre que me sea posible —prometió tratando de transmitirle su propio deseo con la mirada—, aunque solo sea un momento, como hoy —recalcó mientras se dirigía al coche en el que le esperaba Georges—, pero mientras, quiero que tengas este otro auto —le dijo señalando el más pequeño—. Te ayudará en tus desplazamientos y tendrás más libertad de movimiento que con la yegua. Incluso para bajar a Chicago. Creo que la Clínica ya está a punto y el Dr. Martin seguro que está deseando volver a trabajar contigo.
—Pero... pero... es demasiado Albert —protestó aun aturdida por la celeridad del encuentro—. No puedo aceptar algo así —El coche no tenía nada que ver con las chatarras que Albert había comprado cuando convivían. Aquel modelo debía haberle costado bastante y se sintió abrumada. Era cierto que Georges le había enseñado a conducir con uno similar que ya dominaba. Aun así...
—¡Claro que puedes! Quiero regalártelo y puedo. Solo te pido que vayas con cuidado —Tomó su mano y le dio la llave, abrazándola una vez más, intentando alargar el momento, antes de entrar en el vehículo que los volvía a separar— ¡Hasta muy pronto, pequeña!
—¡Albert! —No quería despedirse. Casi no lo había visto. Le acababa de pedir que tuviera paciencia, una vez más, pero eso no la tranquilizó en absoluto ¿Paciencia para qué? ¿Para que pudiera llegar a tener alguna semana completamente libre? Ya no recordaba la última... ciertamente, si era sincera con ella misma... Los últimos días libres para Albert habían sido al descubrir que era el tío abuelo William y de eso ya hacía casi dos años. Vio alejarse el coche con una mezcla de tristeza, rabia y prematura añoranza. Quizás en vez de Candy hubieran tenido que llamarla Penélope. Había esperado por su príncipe en la Colina, por Anthony en su jardín, por Terry en su buzón y ahora, por Albert, en el Hogar.
Continuará...
Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita:
Pg. 384 - Última carta de Albert a Candy, desde Brasil
[...] Cuando vuelva a Chicago, te prometo que me tomaré unas pequeñas vacaciones para visitarte.
Bert
Pg.386 - Última carta de Candy a Albert
