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SASUKE

El avión aterrizó y, una vez en el aeropuerto, me escoltaron hasta la parte trasera de un todoterreno. Sakura estaba aún medio dormida por el viaje y continuó apoyándose en mí en busca de equilibrio. Nunca había sido afectiva ni empalagosa, por lo que dejé pasar su cercanía. Cuando se había asustado en el avión me había sentido obligado a calmarla. Tras todo por lo que la había hecho pasar, era lo mínimo que podía hacer.

Pero Karin no estaba por la labor de soportarlo.

Llegamos a Italia de noche y no pudimos ver mucho durante el viaje en coche. Sakura me cogió del brazo y apoyó la cabeza en mi hombro mientras yo seguía revisando correos y mensajes de texto. Karin estaba sentada junto a la otra ventanilla, con una mueca de desdén permanente en su bonito rostro.

Llegamos a la villa una hora más tarde, y atravesamos sus puertas. Era propietario de un acre de tierra con nada más que hierba y robles, pero la privacidad resultaba agradable. No era un lugar tan remoto como las islas Shetland, pero seguía conservando su belleza. La casa de dos plantas era lo bastante grande para mí y mi equipo, y me daba el lujo de tener la mayor parte del piso de arriba para mí solo. No tenía que ser discreto cuando mis chicas venían de visita.

Sakura se despertó al fin cuando llegamos. Se detuvo frente a la casa y la examinó a pesar de la oscuridad. La Toscana era un lugar rural y no contaba con farolas, por lo que era difícil distinguir los detalles y los chicos tuvieron que encender las linternas para encontrar la entrada.

―No puedo ver mucho, pero parece bonita.

―Pues verás cuando salga el sol. ―Entramos y mi equipo llevó el equipaje a sus respectivos lugares. Karin se apartó a un lado e hizo una llamada; seguramente estaba contestando a todas las que se había perdido durante el vuelo.

No había dormido durante el viaje y estaba cansado. Me sentía listo para tomarme unos cuantos vasos de escocés frente a la chimenea de mi dormitorio y relajarme. Luego me acostaría con Sakura antes de irme a la cama; los negocios podrían esperar a que saliera el sol.

Pero antes tenía que encargarme de algo.

Sakura permaneció cerca de mí y no exploró el resto de la casa sin mi permiso. Estaba mejorando en cuanto a la obediencia, aprendiendo a seguir mis órdenes sin que tuviese que darlas. La estaba entrenando lentamente, como si fuese un cachorrito.

―Monada.

Se giró hacia mí; tenía el pelo revuelto de dormir encima de mí durante el vuelo. Era una mujer que no requería demasiado ni necesitaba mucho para seguir estando guapa. No había conocido a nadie más que compartiera esa habilidad. Koyuki pasaba más tiempo perfeccionando su apariencia que ninguna otra mujer que conociese y, teniendo en cuenta que formaba parte de la realeza, entendía esa necesidad. Pero tras ver a Sakura a diario, me había dado cuenta de que las apariencias no significaban nada. Era más hermosa que la mayoría de mujeres que conocía, y ni siquiera tenía que levantar un dedo. No muchas podían presumir de algo así.

Pero nunca se lo diría.

―Espérame arriba. Es la tercera puerta a la izquierda.

―¿Por qué?

Entrecerré los ojos.

Entendió inmediatamente que aquella era una de esas veces en las que quería que me obedeciesen directamente. No hizo más preguntas y subió las escaleras hasta el piso de arriba. El resto de los hombres acabaron de vaciar el coche y tomaron posiciones alrededor del perímetro.

Karin finalizó su llamada.

No había nadie por allí, y por fin conseguimos la privacidad que había estado esperando.

―Karin, por mucho que la necesite conmigo, no voy a volver a soportar sus idioteces. Cuando le pida que haga algo, lo hará, o puede buscarse a otro que le firme los cheques. ¿Entendido?

Karin se cruzó de brazos, con la misma irritación en el rostro que le había visto antes. Tenía una mente astuta para los negocios, y entendía cómo funcionaban todos los pequeños engranajes de la maquinaria que yo había construido. No había nadie mejor que ella como socia en los negocios. Tenía un cerebro brillante y una actitud fiera, pero me negaba a que me faltasen así al respeto.

―Siempre hemos tenido una gran relación de negocios, y de repente aparece Sakura y todo lo que valoro de nuestra relación se va al garete. No sé cuál es su problema, así que necesita decírmelo a la cara. ―Me pregunté si estaría celosa de verme con otra mujer. En todos los años que habíamos trabajado juntos nunca había sospechado que me viese como más que un socio y un amigo. Nunca había existido atracción ni química alguna entre nosotros. Nunca me había insinuado sencillamente porque nunca había mezclado los negocios con el placer, y ella parecía compartir mi ideología. Pero si no se trataba de aquello, entonces no tenía ni la menor idea de a qué podía deberse.

―Le he visto con sus mujeres: es frío, implacable y directo.

La miré, inexpresivo. No estaba seguro de por qué decía algo que ambos sabíamos de sobra.

―Pero ha sido aparecer esta mujer en concreto y todo ha cambiado. No se la vendió a Bones como planeaba hacer, y pasa todas las noches en su cama. No es asunto mío a quién se tira y, sinceramente, no me importa su vida sexual, pero esa mujer no se puede convertir en algo más. Y eso es lo que parece. Ambos sabemos que existe un número muy reducido de mujeres con las que podría pasar el resto de su vida, y Sakura no se encuentra entre ellas.

Ahora todo cobraba sentido.

―¿Eso es lo que la ha estado preocupando? ―Tuve que contener la risa ante lo ridículo que era aquello―. Si ése era el problema, entonces no hay problema alguno. Sakura no es más que un entretenimiento, eso es todo.

―Pero no puede conservarla para siempre.

―Lo sé. ―No tenía ni idea de lo que haría con ella cuando llegase aquel momento―. Y tampoco planeo intentarlo. Es como todas las demás, no se preocupe.

Karin no pareció del todo convencida.

―Se comporta de modo diferente con ella. Lo he visto.

―No, no lo hago. La tranquilicé en el avión porque estaba asustada, pero eso no significa que la ame.

―Pero tampoco significa que le sea indiferente. ¿Ha estado con alguna otra mujer desde que ella llegó?

Me negué a contestar a aquella pregunta.

―Está rozando un límite que no debería cruzar.

―No intento entrometerme, sólo mostrar mi opinión.

Karin sabía mucho de mí; seguramente había adivinado que últimamente no me había acostado con nadie más.

―Eso no tiene importancia. Sakura no significa nada para mí, y no pienso repetirlo.

Me examinó a conciencia, como si buscase una mentira. Estaba comprometida con mi vida personal gracias al efecto que tendrían sobre ella mis futuras nupcias. Si me hubiese casado con Koyuki como había planeado originalmente, habría sido fácil expandir mi negocio de whisky por territorios extranjeros, y Karin habría sido mucho más rica de lo que lo era ahora. Y eso sin mencionar que también se le habrían abierto muchas puertas. Si acababa con una don nadie, Karin tendría muy pocas posibilidades de avanzar de nivel profesionalmente. Ambos éramos ambiciosos en los negocios, y estábamos decididos a hacer crecer nuestra fortuna todo lo posible.

―¿Me da su palabra, Sasuke?

Sabía que mi palabra significaba más que cualquier otra cosa en el mundo.

―Sí, le doy mi palabra.

.

.

.

SAKURA ya se había duchado cuando llegué al dormitorio. Había abierto las puertas mediterráneas del balcón y estaba apoyada en la barandilla. Miraba la oscuridad que rodeaba la casa, observando únicamente las estrellas. Todo lo demás resultaba invisible entre las sombras. Llevaba puesta una de mis camisetas con sólo las braguitas debajo.

―Espera a verla por la mañana. ―Me desvestí y tiré la ropa al suelo de madera laminada. La había llevado puesta durante horas y estaba impaciente por ducharme y apreciar una botella de whisky.

Sakura volvió dentro y cerró las puertas.

―Veo que es preciosa incluso sin ver nada. El aire es agradable... me recuerda a casa.

Estaba convencido de que Sakura sentía nostalgia todo el tiempo, pero nunca llegaba a sentirme mal. Puede que no tuviera libertad, pero sí contaba con la oportunidad de ver el mundo gracias a mi dinero. Serví unos cuantos cubitos de hielo en un vaso, seguidos del whisky.

Sakura me juzgó con la mirada.

―Sasuke, llevas bebiendo todo el día.

―Lo sé.

―Voy a darte un consejo de amiga: bebe un poco menos.

―Tomo nota. ―Me bebí medio vaso antes de dejarlo sobre el mostrador―. Voy a ducharme. Cuando salga, espero verte desnuda en la cama con el culo en el aire. ¿Entendido? ―No quería hablar durante lo que quedaba de noche; sólo quería tirármela desde atrás, mirar fijamente aquel hermoso y pequeñito agujero e irme a dormir.

Su fuego interior siempre se le reflejaba en los ojos cuando le decía qué debía hacer, pero siempre conseguía controlar la lengua.

―Sí, señor.

Sabía que le resultaba muy difícil contestar de aquel modo, y saber lo que le costaba me ponía duro como la piedra. Me encantaba conquistar a una mujer inconquistable. Me daba el poder que ansiaba: la clase de control innegable que necesitaba constantemente. Me giré para irme a la ducha.

―¿Puedo hacerte una pregunta?

Me di la vuelta a pesar de que no debería haberlo hecho. La fulminé con la mirada, otorgándole permiso en silencio.

―¿Va todo bien con Karin?

Karin estaba concentrada en los negocios y sólo en los negocios, por eso me gustaba tanto y confiaba en sus instintos como si fuesen los míos propios.

―Lo hemos hablado.

Asintió lentamente, queriendo más detalles.

―¿Qué le pasa conmigo? Quizás pueda hacer algo para molestarla menos.

No había nada que Sakura pudiese hacer para caerle mejor. Para conseguirlo hubiese tenido que dejar de ser hermosa, de robarme la concentración y de ser la fierecilla que era. Todas las mujeres que había tenido cerca eran tranquilas y refinadas; siempre se comportaban con una clase que rozaba el aburrimiento. Sakura habría tenido que cambiar toda su personalidad.

―No.

.

.

.

ME DESPERTÉ a la mañana siguiente con Sakura en su lado de la cama. Follábamos todas las noches antes de dormir, pero nunca nos abrazábamos. Ella siempre se quedaba en su lado de la cama y yo en el mío.

Así era como me gustaba.

Sakura no se despertó hasta que me hube duchado y empecé a vestirme. Se sentó y estiró los brazos por encima de la cabeza. Las sábanas se le resbalaron hasta la cintura y revelaron su perfecta delantera. Tenía el pelo hecho un desastre de dar vueltas en la cama, y los ojos hinchados de dormir. Su mirada fue directa a la ventana, que estaba cubierta con la cortina.

Le leí el pensamiento y tiré del cordón que controlaba el pedazo de tela para que pudiera admirar las vistas. La ladera de la Toscana apareció de inmediato, y la hierba verde y los viñedos distantes se hicieron visibles.

Lo miró todo con los ojos abiertos de par en par, empapándose de las vistas de la hermosa campiña.

Abrí la puerta y encontré mi bandeja del desayuno en el suelo, justo donde le había indicado a mi cocinero que la dejara. Dos cafés y dos platos de comida para mí y para mi invitada. La llevé a la mesa y me senté.

Sakura me siguió con la mirada.

―¿Puedo desayunar contigo?

Asentí y bebí de mi café.

Se puso una de las camisas que había dejado en el suelo la noche anterior y se sentó delante de mí. Tenía el pelo ondulado, pero seguía conservando su suavidad. Sus ojos verdes eran mucho más brillantes ahora que había dormido una noche entera. Cogió la taza con ambas manos antes de inhalar el vapor.

Observé todos sus movimientos.

—¿Qué haces?

―¿A qué te refieres?

―¿Estás oliendo el café?

Le dio un sorbo antes de dejarlo en su sitio.

―¿Y qué? Me gusta el olor a café.

Estaba muy mona cuando lo hacía, pero me negaba a decírselo.

―La gente huele el vino antes de probarlo.

Cierto. No me gustaba mucho el vino, por lo que nunca lo había hecho personalmente.

―¿Cuál es el orden del día?

Empecé con las claras de huevo.

―Esta tarde me reúno con mis proveedores. Necesito algunas cosas.

—¿Tengo que ir contigo?

Nunca mezclaba los negocios con el placer.

―No.

―¿Y qué voy a hacer toda la tarde? ¿Quedarme aquí?

―Sí.

Puso cara de enfado.

―Estamos en un lugar precioso y me gustaría ver más de él.

―Reunirse con mis proveedores no te lo va a facilitar.

―Es mejor que quedarme aquí encerrada. Sabes que no voy a ponerme a deambular, no con Kabuto suelto por aquí.

Tomé otro trago de café.

―Sé que resulta intimidante, pero nunca te haría daño de verdad. No a menos que te lo merecieras.

―Sus estándares a la hora de infligir castigos son mucho más bajos que los tuyos. ―Bebió de su taza y miró su desayuno con desolación―. En serio, esto tiene una pinta asquerosa.

―Es bueno para ti.

―No tiene grasa.

―La grasa no es buena.

―En realidad ésa es una noción errónea: necesitamos la llamada grasa buena para ayudarnos a quemar la mala. Todos necesitamos proteínas, carbohidratos y grasa. Si nos falta una de ellas, nos faltará parte de la base de la pirámide y se acabaría desmoronando.

A veces olvidaba que Sakura había estado estudiando para ser médico antes de que la secuestrase.

―¿Qué especialidad médica estabas estudiando?

―Estaba en la facultad de medicina cuando me secuestraste, no en la residencia; todavía no había decidido.

No tenía ni idea de qué estaba hablando, pero no dejé que se diese cuenta.

—¿Y a qué te gustaría dedicarte?

Movió los huevos por el plato sin tomar bocado.

―A la medicina de urgencias.

―¿Por qué? ―Mi universo se centraba en la diplomacia, la realeza y los negocios. Nunca me había interesado por ninguna otra disciplina, ya fuera derecho o medicina. Vivía en mi pequeño mundo, y así era como me gustaba vivir.

Sakura se encogió de hombros.

―Por razones personales. ―Volvió a remover la comida―. Tío, echo de menos a Teyaki.

Ignoré aquel comentario.

―¿Qué razones personales?

Mantuvo la miraba baja.

―No quiero hablar de ello.

―¿Para qué sacas el tema entonces?

―No lo he hecho. ―Levantó la vista con el humor agriado―. Tú eres el que ha empezado a preguntar.

―Y hasta ahora has estado contestando a todo.

―Pues no quiero seguir, ¿vale? Tú no me lo cuentas todo.

—Eres mi esclava. No tengo que contarte nada.

―No soy una esclava ―siseó―. No me llames así.

―Puedo llamarte como quiera. Contesta.

Parecía que iban a explotarle los ojos de rabia.

―¿Y a ti qué te importa? Nunca te ha interesado mi vida personal, ¿a qué viene la curiosidad ahora?

Buena pregunta.

―Contesta ya a la maldita pregunta.

Sabía que no podía desobedecerme más. Si lo hacía, la vida de su hermano correría peligro. La coerción era la mejor manera de mantenerla a raya, aunque estuviese marcándome un farol.

―Mis padres murieron por culpa de un conductor borracho cuando yo tenía ocho años. Se empotraron contra un árbol y murieron en el acto. No habría importado que la ambulancia llegase antes, ni que hubiese habido un médico mejor de guardia aquella noche, pero puede que algún día yo consiga marcar la diferencia para alguien.

Todavía tenía el asa de la taza entre los dedos, pero no bebí. Mi comida permaneció intacta y dejé de respirar. Un dolor inexplicable me embargó al oír su confesión. La imaginé con sólo ocho años recibiendo la noticia de que sus padres habían muerto por culpa de alguien que bebió demasiado. Deidara sólo había tenido un puñado de años más que ella, así que él tampoco debía de haber entendido lo que estaba pasando. Un dolor insospechado me palpitó en el pecho y, por primera vez, sentí pena por la mujer sentada frente a mí.

Yo había perdido a mis padres. Y ella también.

No sabía qué decir. Tuve el impulso de abrazarla, de decirle algo para consolarla por su pérdida, pero me quedé rígido como una tabla, incapaz de pensar en una acción apropiada. No quería que asumiese que me importaba, así que hice todo lo posible por aparentar que me daba absolutamente igual.

Apartó la mirada ante mi silencio.

Sakura había mostrado simpatía hacia mí cuando le conté lo de mis padres. No sería inapropiado expresar la misma comprensión. Aquello no significaba que me importase como persona, sólo que no era un capullo integral.

―Lo siento, monada.

Cuando levantó la vista no pudo ocultar su sorpresa. Quizás esperase que fuese tan maleducado como solía ser.

―Parece que tenemos más en común de lo que creía.

―Sí... eso parece. ―Se pasó una mano por el pelo, se lo apartó de la cara y lo despeinó en la parte de atrás. Por fin tomó un bocado de su desayuno y no escondió la mueca que le apareció en la cara―. De verdad, ¿cómo puedes comerte esta mierda?

―Tengo una cintura que mantener. No hagas como si no te gustase.

Puso los ojos en blanco. Probablemente tenía hambre; no había comido mucho el día anterior y había pasado toda la noche en ayunas. Podía comer ahora o bien esperar hasta que volviese de mi reunión.

―No estás tan bueno.

Enarqué una ceja.

–¿Ah, no?

―No.

No me lo tragué.

―Pues a mí me parece que sí.

―Estás de buen ver, ¿pero bueno? Para nada.

Vi la mentira en sus ojos.

―Lo que tú digas, monada. Hago que te corras cada vez que follamos, así que tengo que estar haciendo algo bien.

Tomó otro bocado y evitó mi respuesta por completo.

―A mí me pareces preciosa. ―No me daba vergüenza admitirlo. No me había llamado nada la atención al conocerla, pero cuánto más me replicaba, cuánta más actitud me mostraba, más crecía mi atracción. Me encantaba aquel fuego en sus ojos, aquella chulería que exhibía cuando cualquiera se pasaba de la raya con ella. Adoraba su audacia.

Sakura fue bajando la guardia lentamente en cuanto oyó mi confesión. No me lanzó cuchillos con los ojos, y al menos durante un instante parecí caerle bien.

―Vale... sí que creo que estás bueno.

Sonreí de oreja a oreja; había ganado.

―No tenías que decirlo; ya lo sabía. Pero gracias igualmente. ―Cogí el periódico que había en la bandeja y lo abrí.

―Quiero preguntarte una cosa.

―¿Qué?

―Allá donde vas, siempre tienes un millón de personas siguiéndote a todas partes.

―Una docena, más bien, ¿pero a dónde quieres llegar?

―¿Alguna vez estás solo? Y me refiero a solo de verdad.

No recordaba la última vez que había ido a alguna parte sin un guardia flanqueándome. Cuando asesinaron a mis padres, acabé bajo la custodia especial de Teyaki y otros guardias. Crecí y me convertí en un hombre con un ejército rodeándolo en todo momento. La única privacidad que tenía era cuando me encontraba con mujeres para tener citas y buen sexo.

―Supongo que no.

―¿Y te molesta?

Sí. No. No supe decidirme.

―Es un pequeño precio a pagar por mi protección.

―No creo que yo pudiese vivir así.

―¿Eres una persona solitaria?

―No, pero valoro mi independencia. A veces necesito estar sola para aclararme las ideas. Si tuviera gente a mi alrededor todo el tiempo me volvería loca.

―Lo has estado haciendo muy bien durante los últimos tres meses. –Cuando no se encontraba bajo mi supervisión, eran mis guardias quienes la observaban. No tenía mucho tiempo a solas ni siquiera en mi dormitorio.

Me miró con irritación.

―Es una lucha diaria.

Le eché un vistazo al reloj de pared y supe que tenía que ponerme en marcha. Le di otro bocado al desayuno y dejé el periódico a un lado a pesar de que no había tenido oportunidad de leerlo.

―Nos vemos cuando vuelva.

―No, voy contigo. ―Se levantó como si aquello fuese a cambiar algo.

–No. ―Cogí mi chaqueta del colgador del armario y me la puse, completando mi traje de tres piezas.

―No quiero quedarme aquí con tus hombres. Ya te he dicho que me hacen sentir incómoda.

―Pues es una lástima.

Se me acercó con las manos en las caderas, supliendo su falta de altura con su actitud.

―¿Planeas tenerme contigo para siempre?

No tenía ni idea de lo que iba a hacer con ella. El impulso de quedármela en lugar de entregársela a Bones había sido inexplicable; no sabía exactamente qué me había hecho cambiar de idea. Y ahora que había cambiado de planes, no sabía cómo proceder. Podía tirármela todo lo que quisiese, pero al final me cansaría de ella y seguiría con mi vida. Pero no podía dejarla ir sin más, no podía permitir que el mundo supiese que me había vuelto blando.

―Es posible.

―Entonces no puedes tratarme como a un perro. Úsame. Sabes que soy inteligente; puedo apañármelas a pesar de estar superada en número. Tengo una personalidad persistente. Puedes sacar más utilidad de mí si me usas que si me dejas aquí sola.

―Creo que la mayoría de mujeres estarían contentas con quedarse en casa, beber vino y comer chocolate el día entero. ―Si jugaba bien sus cartas, podría estar bien cuidada durante el resto de su vida. Lo único que tenía que hacer era no cabrearme.

―Pues yo no quiero pasar todo el día sentada y engordar. Necesito más que eso.

―No me sirves para nada.

―Me gusta el whisky. Tal vez pueda ayudarte en tu negocio.

―Esta reunión no tiene nada que ver con mi destilería. ―Se trataba de los bajos fondos. Se trataba de venganza por toda la gente que había tenido la audacia de joderme.

―Sasuke, vamos.

No sabía qué tramaba con todo aquello.

―¿Es que crees que si averiguas todas mis actividades criminales, podrás entregarme algún día? Podría contártelo todo sobre mí, dejarte ir y aun así la policía no haría una mierda.

―¿Qué te hace estar tan seguro?

―El hecho que soy el dueño de la policía. ―Era el dueño de la mayor parte del mundo. Ahora sólo necesitaba hacer lo mismo con mis enemigos.

Sus ojos se movieron de un lado a otro mientras me miraba.

―De todos modos entregarte no formaba parte de mi plan.

―No me digas ―comenté sarcástico―. ¿Con todo lo que te he hecho?

—No digo que secuestrarme sea algo bueno, pero creo que tienes alma bajo esa fachada. De no tener corazón, me habrías vendido a Bones.

No podía darle la impresión de que me importaba en lo más mínimo. No podía dejarla creer que le estaba mostrando siquiera una pizca de compasión. Si lo hacía, todas las reglas saldrían volando por la ventana. Podría intentar darme una puñalada trapera en medio de la noche porque sabía que nunca se la devolvería. Podría influirme para que fuera en direcciones en las que nunca había querido ir.

―No te vendí porque quería hacer que Deidara sufriese todavía más. Quería que supiera que su mayor enemigo se estaba follando a su hermanita pequeña todas y cada una de las noches. Mi corazón murió hace mucho tiempo, monada. Todo lo que ves es carne y hueso.

.

.

.

―SU COCHE ESTÁ PREPARADO, señor ―dijo Kabuto en el vestíbulo. Comprobé que mis gemelos estaban bien colocados.

―Gracias.

―¿Cuántos hombres querrá que le acompañen?

Me ajusté las mangas y me abotoné la chaqueta del traje.

―Ninguno. ―No eran las palabras de Sakura las que me habían hecho recapacitar. Los hermanos Ōtsutsuki eran inofensivos si no se los provocaba, y probablemente ni siquiera iban armados.

Kabuto arqueó una ceja pero no me cuestionó. Sabía perfectamente que hubiese sido un suicidio.

―Ya sabe cómo comunicarse conmigo.

Asentí y me dirigí hacia la puerta.

―Un momento. ―La voz de Sakura sonó detrás de mí―. Yo también voy.

En aquel momento deseé romperle el cuello. Me di la vuelta y le lancé una mirada sin compasión, molesto porque me hubiese desafiado delante de mis hombres.

Interpretó mi mirada sin miedo alguno.

―No voy a quedarme encerrada como una gallina en un corral.

―¿Es que crees que esta gente con la que me reúno va a salvarte o algo así? ―No entendía por qué quería acompañarme con tanto ahínco. Cuando estábamos en Escocía no intentaba seguirme a todas partes; se quedaba en su dormitorio del castillo hasta que terminaba las cosas del día y regresaba con ella.

―No. ―Se acercó y bajó la voz para que sólo yo pudiese oírla―. No quiero quedarme atrapada con Kabuto y Karin; ambos me odian con hasta la última célula de su ser. La única persona con la que me siento remotamente a salvo es contigo.

Se me erizó el vello de la nuca como nunca antes lo había hecho. Su confesión me curó el ego y avivó mi confianza. Debería haberme sentido molesto porque pensase en mí como una protección en lugar de como un peligro, pero no fue así. Quizás se trataba de que llevaba puestos unos pantalones que se le pegaban a la piel y una camiseta sin mangas que hacía que tuviese unas tetas increíbles, pero había algo en ella que me estaba afectando.

―No deberías sentirte a salvo conmigo.

―Contigo al menos sé en lo que me meto, no hay sorpresas ni giros inesperados. Si sigo las reglas, todo seguirá siendo igual. No me harás daño ni a mi ni a Deidara. Kabuto es impredecible; quiere hacerme daño sólo porque puede. Y Karin... no movería un dedo para ayudarme si estuviera en problemas, se limitaría a mirar a otro lado.

Su comprensión de mis dos empleados era muy acertada, aunque eran demasiado leales para traicionarme. Si Sakura los molestaba la dejarían a un lado o la ignorarían, pero no llegarían más lejos.

Sakura se puso de puntillas y me besó. Podría ser un último intento para persuadirme; besarme y así suavizar mi corazón endurecido. Sus dulces labios se movieron con los míos y metió un poco la lengua en mi boca, lamiéndome juguetona y haciendo que me cosquillease la piel. Me rodeó el cuello con un brazo y me besó frente a mis hombres, poniéndome duro dentro de los pantalones.

Le rodeé su estrecha cintura con el brazo, y su siniestro plan dio frutos. No me resistí; ya no me importaba. Cuando aquellos firmes pechos se apretaron contra mí y su lengua se enredó con la mía, me convertí en un hombre diferente. Aquel beso era distinto a los que había compartido con la mayoría de mujeres. Quizás simplemente era buena besando, o quizás se debía a que me resultaba inalcanzable. Cada vez que me enfrentaba a Sakura, ella luchaba todavía más. Tenía un comentario sarcástico listo para cada una de mis palabras, pero por fin había conseguido su cooperación. Aquello la hacía más valiosa que todas mis demás mujeres combinadas.

Porque era un cabrón enfermizo.

Sakura terminó el beso y respiró contra mis labios; el olor de su pelo añadió algo a su fragancia ya naturalmente adictiva.

Ahora que estaba duro no quería que se apartase de mi lado. Mis hombres habían visto todo el numerito y no quería dejar allí a mi juguete y darles una idea equivocada. Lo que quería era parar el coche en el arcén a medio viaje, hacer que me la chupara y continuar con mi vida.

―Vámonos.

La victoria resplandeció en sus ojos ahora que se había salido con la suya.

–Pero no intentes nada. ―No necesité acabar la amenaza.

―No lo haré.

.

.

.

LLEGAMOS A LA FINCA ŌTSUTSUKI, una mansión de tres plantas con viñedos a cada lado. Las rejas negras se abrieron en cuanto me acerqué; rodeé la fuente del centro y el aparcacoches se encargó de mi vehículo. Sakura se puso a mi lado y miró la magnífica casa con hiedra verde en los muros. Las ventanas de estilo mediterráneo estaban abiertas, dejando entrar aire fresco a los dormitorios de arriba.

La puerta principal se abrió antes de que pudiese llamar.

―Buenas noches, señor Uchiha. Mi nombre es Lars. –Un hombre mayor vestido con un traje gris me hizo una rápida reverencia. Parecía ser el mayordomo de la casa, y me recordó a Teyaki pero con ropa más moderna―. Los señores Ōtsutsuki le esperan en la salita. ―Se giró hacia Sakura. Estaba claro que no había esperado que me acompañase.

―Lo siento, Lars. Ésta es lady Sakura. Debí mencionar que la traería a la reunión. ―A pesar de que sólo habrían tenido treinta minutos de preaviso.

–Lady Sakura, es un placer tenerla con nosotros. ―Lars nos hizo entrar―. Sé que los señores prefieren whisky escocés. ¿Querrá usted lo mismo o prefiere otra cosa?

―El whisky está bien ―dijo ella con una sonrisa―. Gracias, Lars.

La miré sorprendido.

―Por aquí, por favor. ―Lars nos mostró el camino hacia la salita del segundo piso.

Miré a Sakura, observando todos sus movimientos.
Ella se giró hacia mí cuando notó mi mirada.

―¿Qué?

―Eres hermosa como una flor, pero bebes como un hombre.

―¿A qué viene eso?

La cogí de la mano.

―A nada. ―Tendría que verter una botella de whisky sobre todo su cuerpo y lamerlo por completo cuando llegásemos a casa. Se lo lamería de todas las aberturas de su cuerpo. Sus pezones sabrían incluso mejor embadurnados con el líquido ámbar.

Entramos en la salita, yo el primero aun a pesar de normalmente habría sacado a relucir mis modales y hubiese dejado que Sakura entrase delante. Los dos hermanos estaban sentados en sendos asientos frente al fuego. Había una botella de whisky metida en hielo sobre la mesa, además de tres vasos. Ya estaban bebiendo; me habría decepcionado que no lo hiciesen.

―Regresaré con los entremeses. ―Lars hizo una reverencia antes de volver a la puerta.

―No necesitamos comida, Lars ―dijo Indra―. Los hombres sólo quieren beber.

Sakura se aclaró la garganta.

―Pues yo no voy a rechazar algo de comida italiana casera.

Lars sonrió como si aquello le hubiese provocado más felicidad que la que pudiese haber sentido en mucho tiempo.

―Ahora mismo. ―Y se marchó.

Indra y Asura la miraron fijamente. Estaba claro que no la habían visto hasta aquel momento.

―Mis disculpas ―dijo Indra―. No me había dado cuenta de que se nos uniría una dama. ¿Qué le sirvo, cielo?

No oculté mi mirada de desagrado. Me sentía ofendido porque hubiese llamado a mi mujer con un apelativo tan cariñoso.

―Whisky... como el resto de nosotros. ―Tomé asiento y le di una palmadita al asiento que tenía al lado, diciéndole exactamente dónde la quería.

En cuanto Sakura puso el culo en el cojín, le puse la mano en el muslo y la hice cruzar las piernas. No debería importarme que Indra y Asura la encontrasen atractiva; de todos modos ella no significaba nada para mí.

Pero me importaba.

Indra sonrió antes de abrir la botella.

―Mis disculpas. ―Sirvió dos vasos de whisky y nos los tendió.

Le entregué a Sakura el suyo a pesar de que podría haberlo cogido ella misma. Era un acto innecesario de posesión, pero Indra y Asura no eran los típicos criminales. Los dos eran atractivos y ricos.

―Ésta es Sakura. Sakura, ellos son Indra. ―Sostuve el vaso en alto y lo apunté a su dirección―. Y él es Asura.

Indra asintió. Era el mayor y se encargaba de la bodega de vinos, mientras que Asura se ocupaba de su negocio de armas. Lavaban el dinero negro usando el negocio legítimo, igual que hacía yo con mi whisky escocés.

―Es un placer conocerla. ―Asura la miró un poco más de lo que me habría gustado.

No debería haberla traído conmigo.

―¿Dónde está Karin? ―inquirió Indra.

―Trabajando. ―No tenía que explicar dónde se encontraba mi socia. Yo me encargaba de todos los tratos y ella trabajaba en la sombra. A veces la llevaba conmigo y otras no.

―Esperaba que Sakura fuese su sustituta ―comentó Asura.

Asura no era fan de Karin, posiblemente porque Karin no soportaba sus sordideces ni sus comentarios sexistas.

―Sakura es mi propiedad personal. ―No iba a llamarla mi mujer, aquello conllevaría que significaba mucho para mí, pero tampoco iba a usar la palabra esclava. A Sakura le daría un ataque.

―Oh... incluso mejor. ―Asura guiñó un ojo.

Indra fulminó a su hermano con la mirada antes de girarse de nuevo hacia mí.

―Hablemos de negocios. Para eso estamos aquí, ¿no es cierto?

Siempre había preferido a Indra. Iba directo al grano y no hacía muchas preguntas.

―Así es.

.

.

.

ASURA ABANDONÓ la sala para contestar a una llamada y Sakura se acercó a los grandes ventanales que había al otro lado de la salita para admirar la vista de los viñedos y de la piscina. Indra y yo nos quedamos solos un rato.

―¿Qué tal el negocio? ―Sabía que me daría una contestación ensayada. Nunca nos revelábamos los secretos.

―Sin quejas. ¿Y tú?

Sonreí.

―Sin quejas. ―Sabía que Indra tenía una reyerta familiar con uno de mis clientes, así que nunca mencionaba su nombre mientras estábamos juntos. Me consideraba un hombre de negocios neutral que no guardaba emoción alguna hacia mis clientes. Ellos compraban lo que yo vendía, o no. Fin de la historia.

Indra asintió hacia Sakura, que se encontraba al otro lado de la habitación.

―Koyuki desapareció hace mucho, ¿eh?

No me gustaba hablar de aquella mujer, pero el oeste de Europa al completo sabía de mi compromiso. Nunca me había sentido tan humillado en toda mi vida. Me había dejado por otro hombre con más posibilidades de conseguir el trono, había escupido en mi legado y en todo lo que había podido ofrecerle. Era posible que no me hubiese dolido tanto de no haber estado enamorado de aquella zorra.

Pero lo había estado.

Los rusos habían destruido a mi familia, y aquella furcia británica había destruido mi reputación. Ahora necesitaba vengarme en dos frentes y lo conseguiría de un modo u otro. No dejaría que nadie volviese a pisotearme. No dejaría que nadie volviese a acercarse a mi corazón. Mi futura esposa sólo sería fruto de un matrimonio de conveniencia, alguien con quien me casaría para que pudiese darme hijos que continuaran con mi legado.

Pero aquello era todo.

―Sí. ―Oculté la incomodidad tomando un sorbo de whisky. Llevaba años trabajando con Indra, pero no nos consideraría amigos. Conocido de confianza, tal vez. La gente como nosotros no tenía amigos de verdad―. Vino a verme hace unas semanas y dijo que había cometido un error. Quería otra oportunidad.

―Qué cara tan dura.

No la aceptaría de nuevo en mi vida. Mi relación con Koyuki se había acabado en cuanto me había dado la espalda. Cada sentimiento que tenía por ella había desaparecido como el humo. Mi corazón se volvió duro y negro, y perdí la habilidad de sentir cualquier tipo de felicidad.

Ahora sólo quería sangre.

―Me alegro de que se sienta deprimida. ―Era frío, pero no me importaba.

―Ya somos dos. ―Brindamos―. Tu nuevo juguete parece agradable. He oído que uno de tus clientes se pasó de la raya contigo...

Las buenas noticias viajaban rápido.

―Sí, y me llevé a su hermana como pago.

Indra sonrió de oreja a oreja.

―Tienes que enseñarles una lección. Pero debo decir... –Miró a Sakura por encima del hombro―. Que no parece una prisionera.

―¿A qué te refieres? ―¿Lo decía por su belleza? ¿Porque era una de las mujeres más sexis con las que había estado?

―Si yo fuese un prisionero, no sonreiría. No bebería whisky en una sala llena de hombres y lo disfrutaría. No parece estar retenida en contra de su voluntad. Es casi como si le gustases. ―Cruzó las piernas y se recostó en el sofá.

Observé la figura de Sakura en la esquina, atesorando la visión de sus hermosas curvas. Tenía una figura de reloj de arena, algo que siempre me había encantado. Me volví hacia Indra.

―Amenacé con matar a su hermano si no me obedecía. Le coloqué un transmisor en el cráneo; en cuanto la chica me contraríe, pulsaré el botón y le provocaré un derrame.

Indra asintió como si estuviese impresionado.

–Lo tienes todo pensado.

―Que te sirva de lección. No me jodas.

Rió entre dientes.

―No planeaba hacerlo. ―Volvió a echarle un vistazo a Sakura―. ¿Está disponible?

No era poco común que los socios de negocios compartieran mujer, yo mismo lo había hecho con anterioridad. Y ya había dejado claro que Sakura no significaba nada para mí, así que su pregunta no se pasaba de la raya. Pero no quería prestársela a nadie. Era mi mascota, mi prisionera; no quería compartirla con otro hombre.

―No.

Indra aceptó mi decisión sin más.

―No te ofendas si Asura te hace la misma pregunta.

―No lo haré. Me sorprende que no lo haya hecho ya.

Se rió.

―Conoces a mi hermano tan bien como yo. ¿Para qué la has traído, entonces?

―Ella quiso venir.

―¿Puede que para buscar una ruta de escape?

Cuanto más lo pensaba, menos probable me parecía.

―No. Sabe que no bromeo con lo de su hermano.

―Entonces puede que simplemente quisiera salir de la casa.

―No le gusta ninguno de mis hombres, dice que no confía en ellos.

–¿Pero sí en ti? ―preguntó con interés.

Me encogí de hombros; no estaba seguro de lo que sentía Sakura. Quería que la protegiese de mi personal y aquello me la ponía dura de un modo que no podía explicar. Luego me había metido la lengua hasta la garganta y todos mis pensamientos habían salido volando.

Tenía un toque mágico.

―Creo que confía en algunos aspectos de mí.

―Bueno, a tu lado es donde más a salvo está, relativamente hablando. Nunca pasará hambre, penalidades ni peligro. Pero no vas a quedártela eternamente, ¿verdad?

―Todavía no estoy seguro.

―Bueno, ¿la matarás cuando acabes con ella?

Aquello era lo que debería hacer. Sakura acabaría resultándome inútil. Conocería a otra mujer, quizás a la mujer con la que me casaría, y Sakura sería sólo un estorbo. Obviamente no podía dejarla marchar, sabía demasiado.

Tenía razón; tendría que matarla.

–Supongo.