¡Holi!

Ya estoy de vuelta con un nuevo capítulo de Wicked Game por fin, ¡yay! He tardado bastante, pero esta vez no se debe a ningún bloqueo, sino más bien a que he estado un poco sobrepasada por el trabajo. Sin embargo, os traigo un capítulo larguito que, por una vez, puedo declarar que veréis más luces que sombras.

Antes de dejaros con el capítulo quería daros las gracias por vuestra reacción —muy positiva— respecto a mi comentario en el capítulo anterior. Agradezco desde lo más profundo de mi corazón vuestras reviews, que han sido claramente más de las habituales, porque me han hecho super feliz y me he sentido abrumada por vuestro amor y cariño. Quería hacer una mención especial a una chica que se llama "Judy" que se ha puesto al día con el fic y me ha dejado un montón de reviews enormes comentando cada capítulo. Por favor, si tenéis cuenta en fanfiction no dudéis de usarla para que os pueda responder a vuestros mensajes o incluso poner los nombres de vuestros perfiles en twitter o Instagram para que pueda escribiros para así daros las gracias personalmente. Quería también aclarar que soy muy consciente que tenéis una vida y no digo de dejarme una review siempre y de forma forzado, sino que si sentís que queréis hacerlo que por favor no lo dudéis.

Vuestras reviews me marcan como autora y, en serio, no os hacéis una idea del calorcito que siento en el pecho cada vez que os leo. Hacéis que el esfuerzo merezca la pena. De verdad os lo digo.

Aprovecho para advertiros que probablemente haya solo una única actualización más antes de que termine el año —ilusa de mí, yo diciendo que iba a terminar Wicked Game en 2020 y mira—, porque estoy a veinte cosas y al final no llego a todo. PERO QUE EL FIC LO VOY A TERMINAR, OS LO JURO POR SNOOPY. Eso sí, en diciembre haré algún directo en Instagram, por si queréis seguirme (itsasumbrellasart) por ahí donde hablo de muchas tonterías como en Twitter (itsasumbrella). Por cierto, la Navidad está a la vuelta de la esquina así que os recomiendo encarecidamente que os leáis mis dos fics especiales de Navidad de HTTYD: Canción de Navidad y I'll be home for Christmas. No son Wicked Game, pero son perfectos para leer en estas fechas.

Y, sin más dilación, os dejo con el nuevo capítulo.


Hipo no estaba acostumbrado a tener frío.

Incluso antes de que sus poderes despertaran, Hipo llevaba el frío mejor que cualquiera. Podía nevar y que las temperaturas cayeran a niveles que helaban hasta la sangre, él no solía necesitar más ropa que la habitual y si se abrigaba había sido más para no escuchar las quejas de su padre ante la posibilidad de que pudiera caer enfermo que por abrigarse. Ahora que sabía que poseía el poder del fuego veía lógico que el frío nunca le hubiera afectado tanto como a los demás; pero aquella noche, encontrándose bajo aquel diluvio, donde el cielo parecía que iba a caérsele encima por los rayos que hacía que temblara todo lo de su alrededor y el viento húmedo golpeaba con violencia contra su cara, Hipo podía jurar que nunca había sentido tanto frío.

Astrid había salido corriendo tan pronto Finn Hofferson había confesado que Erland y Eyra Hofferson habían muerto a causa de un incendio provocado por un ataque de los dragones hacía más de veinte años. La bruja había necesitado al menos dos minutos completos para procesar lo que aquello significaba y, sin dirigirles una sola palabra, salió corriendo del Gran Salón Berserker para soltar un alarido que causó seguido la tormenta más terrorífica que Hipo había presenciado jamás. Además de intensificar la cantidad de agua, el viento agitó con tal fuerza que casi parecía que iba a arrastrar toda la aldea Berserker con él. El cielo vomitaba relámpagos sin parangón, dejándole ciego en más de una ocasión, y el aire estaba tan cargado por la electricidad que hasta respirar resultaba complicado.

Sin embargo, nada de eso detuvo a Hipo para seguir a su novia a lo que parecía ser el epicentro del mismísimo Helmheim. La encontró tirada de rodillas en el suelo, abrazada a sí misma y con la cabeza escondida entre sus piernas. Su pelo había vuelto a crecer y ahora caía como un abanico por el suelo. Su cuerpo temblaba por los sollozos y la cantidad de magia que emanaba de ella hasta el punto que, cuando Hipo intentó tocarla, se llevó un chispazo que le empujó hacia atrás. Astrid, en cambio, no pareció percibir el dolor que sacudió su brazo debido al vínculo. La tormenta solo parecía ir a más e Hipo temió que Astrid convocara un huracán que pudiera acabar con todo.

—¡Astrid! —le llamó él desesperado—. ¡Tienes que calmarte, por favor!

La bruja no pareció reaccionar a su voz e Hipo se sintió algo mareado por la cantidad de magia que desprendía su cuerpo. Su propia magia respondió a la defensiva, temerosa de la agresividad y la violencia que desprendía el poder de Astrid. Sin embargo, Hipo intentó no perder el control sobre sí mismo, consciente que aquello era lo último que necesitaban ahora mismo. Aún titubeante, se arrodilló junto a ella y, aún aterrado de que Astrid pudiera freírlo con su magia, cogió de sus brazos con delicadeza. Hipo ahogó un quejido de dolor cuando la electricidad subió a una velocidad vertiginosa por sus miembros, pero no soltó a Astrid bajo ninguna circunstancia. La bruja también jadeó y alzó la mirada hacia él. El azul de sus ojos se había aclarado hasta parecer casi blanco y su labio inferior temblaba.

—Suéltame —le pidió ella dándole un empujón.

—Astrid...

—Te voy a matar si no lo haces —le advirtió la bruja con esfuerzo.

—No lo harás —insistió Hipo—. As, tienes que calmarte, por favor.

—No puedo —murmuró ella—. No puedo.

Escondió su rostro entre sus manos, esforzándose inútilmente en contener sus sollozos. El vikingo sintió una congoja terrible en su pecho, impotente por no ser capaz de dar consuelo a tanto dolor. En cuestión de minutos, Finn Hofferson había pisoteado cualquier esperanza que Astrid hubiera podido tener por encontrar la familia que había estado toda la vida buscando. Hipo había contemplado ese escenario desde que Astrid le había hablado de ello, pero la bruja no había querido creer en la posibilidad de que sus padres pudieran estar muertos.

Hipo tragó saliva. Si no detenía a Astrid, ya no sólo arrasaría con la isla, sino que probablemente captaría la atención de barcos, jinetes de dragones o brujas que anduvieran cerca de allí.

—Astrid, necesito que respires hondo conmigo.

—No puedo —repitió ella con voz quebrada.

—Sí puedes, lo haremos juntos —insistió él—. Vamos, mírame, hemos hecho esto cientos de veces.

Astrid se tomó su tiempo para alzar la cabeza ligeramente en su dirección. Las lágrimas caían ahora por sus mejillas y el viento sacudía su pelo a todas direcciones. Su piel contaba ahora con una fina capa de electricidad que, de ser otro el que la hubiera tocado, Hipo estaba seguro que habría saltado por los aires. Con cautela, el vikingo extendió su mano para coger la suya, aunque Astrid la apartó con brusquedad.

—No vas a hacerme daño —le prometió Hipo—. Me conoces, sabes que siempre voy a estar aquí para ti, ¿verdad? Como tú lo has estado otras tantas veces por mí.

La bruja clavó sus ojos en los suyos e Hipo respiró aliviado al apreciar de nuevo sus irises del color del cielo en verano. Ofreció su mano a su novia y ésta, titubeante, intentó cogérsela cuando le dio un chispazo sin querer. Ambos dieron un bote de la impresión y Astrid intentó alejarse de nuevo cuando Hipo decidió coger de su mano sin más. Para sorpresa de ambos, la magia de Astrid se calmó tan pronto su piel rozó contra la suya. El viento dejó de soplar con fuerza y, pese a que aún podían escucharse los truenos a lo lejos, volvió a caer el aguacero que estaba cayendo justo a su llegada. Astrid aún hiperventilaba y estaba como ida, aunque su magia pareció replegarse y adormecerse dentro de ella de nuevo. Sin embargo, la bruja apenas era consciente de lo que sucedía a su alrededor y no fue hasta que Hipo apartó un largo mechón de su cara cuando pareció darse cuenta que él seguía allí.

—Yo…

—Está bien —la tranquilizó.

—Lo sien…

—No me pidas perdón —le cortó Hipo con suavidad—. Tienes todo el derecho del mundo a estar enfadada y triste.

Astrid dejó caer su cabeza contra su hombro e Hipo la abrazó. Su cuerpo estaba helado, mucho más de lo habitual, por lo que intentó extender su energía mágica por su cuerpo para que entrara rápido en calor. La lluvia no ayudaba, por lo que Hipo decidió cogerla en brazos y llevarla a una de las casas para que descansara. Aunque Astrid era bastante alta, tenía la sensación de que se había empequeñecido cuando cargó con ella. Había ocultado su rostro contra su pecho y cogía de su túnica con tanta fuerza que parecía que iba a rasgar la tela. Al menos su respiración parecía algo más regular, aunque le preocupaba su estado. Hipo era el que tenía ese tipo de crisis, no ella; pero comprendía que incluso alguien tan fuerte como Astrid podía venirse abajo, más tras descubrir que después de estar tantísimos años luchando y buscando contra viento y marea, al final todo había sido en vano.

Finn Hofferson se encontraba a la altura de la casa de Dagur. Su expresión estaba marcada por el más puro desconcierto, como si no lograra comprender qué acababa de pasar. Hipo observó que Desdentao estaba dentro de la casa y había tenido el detalle de encender un fuego acumulando trozos de madera de los muebles destrozados en la chimenea de piedra. Finn pareció querer decir algo, pero Hipo le ignoró y subió la pequeña escalinata que subía a la casa. Astrid susurró algo que Hipo no oyó bien.

—¿Qué dices? —preguntó él.

—Que no dejes que se vaya —dijo con mucho esfuerzo— Quiero… necesito… hablar con él.

—Astrid, no creo que…

La bruja alzó la mirada e Hipo sintió un nudo en el estómago al observar la desesperación en sus ojos.

—Está bien —respondió con resignación—. Le diré que se quede.

Se acercó hasta la cama y la tumbó con delicadeza. Astrid se hizo un ovillo cuando la envolvió con una manta y sintió su magia alterarse dentro de ella, aunque no parecía que fuera a explotar de nuevo.

—¿Hay algo que pueda hacer? —preguntó él preocupado.

—Sólo quiero dormir —susurró ella con los ojos cerrados.

—¿Quieres que duerma contigo o prefieres estar sola?

Astrid se giró mirando hacia el otro lado e Hipo captó el mensaje. Se volteó hacia Desdentao quién los observaba muy preocupado. Rascó sus escamas y preguntó dónde estaba Tormenta.

Ha ido a los establos porque no entra aquí. He pensado irme con ella si te parece bien. Estaba muy triste y angustiada por Astrid, aunque dice que en estos momentos es mejor darle su espacio —explicó el Furia Nocturna.

—Claro —respondió Hipo—. Comprendo su impotencia. Dile que estaremos bien, seguramente Astrid quiera volar con ella cuando se sienta mejor.

Desdentao sacudió la cabeza y miró hacia el exterior, donde Finn debía estar todavía esperando bajo la lluvia.

No me fío de él.

—Yo tampoco, pero es el tío de Astrid, así que tendremos que soportarnos por el momento —argumentó el vikingo con voz cansada.

Caminó hasta la puerta donde se encontró a Finn bajo el saliente del tejado. Se había encendido una pipa y le miró de reojo tan pronto se asomó.

—¿Está bien? —preguntó apartando la mirada.

—Se repondrá —respondió Hipo con sequedad.

—Cuando me dijeron que estaba bendecida por Thor no me esperaba que su poder fuera tan…

—¿Poderoso?

—Colosal —le corrigió él de mala gana—. Se nota que por sus venas corre la sangre de mi madre, pero indudablemente Thor puso sus ojos en ella porque es una Hofferson.

Escuchó a Astrid gemir desde la cama e Hipo temió que estuviera escuchando la conversación. Finn había demostrado no ser alguien especialmente delicado y no quería que Astrid volviera a decaer.

—Sígueme —le pidió Hipo bajando la escalinata.

—¿Vas a dejarla sola? —cuestionó él con recelo.

—Necesita dormir para recuperar fuerzas y tú y yo tenemos que hablar.

—No tengo nada que comentar contigo, Haddock.

Hipo sostuvo su mirada en silencio.

—Honestamente, me la suda que te guste o no —dijo el joven con voz firme—. Quiero a Astrid más que a mi propia vida y tú, siendo el hijo de puta que has sido siempre, has destrozado en cuestión de segundos todo lo que la ha ayudado a sobrevivir a lo largo de los años. No me voy andar con muchos rodeos: ¿quieres hablar con ella? Pues primero tendrás que hacerlo conmigo, ya que no pienso dejar que la trates como acostumbras a tratar a todo el mundo.

—No voy a…

—¡Que me sigas! —le cortó Hipo con impaciencia.

Anduvo en dirección a los establos junto con el Furia Nocturna y, para su enorme alivio, Finn decidió hacerle caso. Por suerte, salvo un poco de moho, los establos estaban en buen estado a pesar de que ya no había ningún dragón más que Tormenta y Desdentao. La Nadder estaba acurrucada en un nido lleno de heno y el Furia Nocturna le miró preocupado antes de que Hipo asintiera para que se marchara tranquilo con ella. Se acercó al centro del establo donde había unos bancos y una pira con madera húmeda. Hipo cogió un par de piedras que encontró en el suelo y empezó a chocar las piedras sobre la madera para encender la hoguera.

—Es inútil, la madera está demasiado húmeda para…

Hipo hizo un poco de trampa y encendió la pira con su magia. Saboreó la satisfacción de haber pillado a Hofferson por sorpresa y extendió sus manos hacia el fuego para fingir que estaba calentando sus manos. Hofferson tiró su bolsa, la ballesta y el hacha que había estado cargando a su espalda al suelo y se sentó en un banco lo más lejos posible de él. Hipo miró su bolsa de reojo, preguntándose si el grimorio estaría ahí dentro.

—¿Cómo sabías que íbamos a venir aquí? —preguntó Hipo mirándole entre las llamas de la pira.

—¿Qué te importa? —replicó Hofferson de malas maneras.

Hipo resopló con impaciencia.

—¿Vas a estar gilipollas todo el rato o vamos a tener una conversación de adultos? —cuestionó el joven molesto.

Hofferson estrechó su ojo con fastidio.

—¿Qué hace ella contigo? —cuestionó el mercenario.

Por alguna razón, esa pregunta le ofendió más de lo que debía. Además, no estaba seguro de que pudiera fiarse de Finn Hofferson, sobre todo porque aún debía estar trabajando para Thuggory, y desconocía hasta qué punto estaba puesto sobre la naturaleza de su relación con Astrid, sobre todo cara al vínculo. Hasta hace un momento y por alguna extraña razón, Hofferson había pensado que Astrid era su madre, pero no estaba seguro de que el hecho de que fuera su sobrina les fuera a beneficiar o no. Finn Hofferson era impredecible hasta para eso, pero si todavía no le había hecho nada significaba que o bien quería conseguir información o estaba a la espera para atacar cuando menos lo esperase.

—No estamos aquí para hablar de la relación —concluyó Hipo—. Tienes algo que nos pertenece y lo queremos de vuelta.

Finn sonrió sin enseñar los dientes, como si estuviera esperando aquel comentario.

—El grimorio de mi madre —concluyó él.

—Lo necesitamos —insistió Hipo muy serio.

—¿Y? Me corresponde por herencia.

—¿Para qué demonios quieres un libro que no puedes usar? —clamó Hipo con impaciencia—. Si Le Fey descubre que tienes el grimorio no dudes que te matará para conseguirlo.

Hofferson frunció el ceño.

—¿Quién?

A Hipo le sorprendió su confusión.

—¿No sabes quién es? Asta… tu madre y Le Fey pertenecían al mismo aquelarre cuando eran niñas.

—Eso es imposible —señaló Finn con fastidio.

—Lo es, Astrid…

—No tiene ni idea de nada, claramente —le interrumpió el mercenario—. Mi madre me habría hablado de ella —cogió su bolsa e Hipo contuvo la respiración cuando sacó el grimorio—. Este libro pertenecía a mi madre, ella misma escribía sus hechizos aquí.

Hipo ladeó la cabeza, poco convencido de su relato. Las visiones de Astrid, aún fuera de contexto, no eran erróneas. Ambos estaban convencidos de que Le Fey había poseído el cuerpo de Masha, la reina del aquelarre al que Asta y Le Fey habían pertenecido, y que Asta había huído con el grimorio. Le Fey era lo bastante caprichosa y egocéntrica como para montar un pifostio como el que había montado para recuperar lo que, según ella, podría pertenecerle por pleno derecho.

—Necesitamos el grimorio —repitió Hipo—. Gothi fue maldita por Le Fey cuando…

—Pero vamos a ver, ¿quién coño es esa Le Fey? —ladró Hofferson.

Hipo tuvo que contenerse para no poner los ojos en blanco.

—Es Kateriina Noldor. Le Fey ha poseído su cuerpo.

—Tú te piensas que soy tonto, ¿no? Esa niñata no puede…

—Sí puede —dijo una tercera voz.

Ambos hombres voltearon sus cabezas hacia la puerta y se encontraron con una Astrid empapada hasta los huesos y muy pálida. Hipo se levantó de un salto muy preocupado y la sostuvo cuando Astrid se tropezó con sus propios pies del agotamiento que llevaba encima.

—Deberías volver a la cama.

—No —contestó ella tajante—. Quiero hablar con él.

—Puedes hacerlo mañana —insistió el vikingo.

—Hipo —pese a su evidente cansancio, la voz de Astrid sonó firme y autoritaria—. Voy hablar con él ahora, te guste o no.

El joven hundió sus hombros resignado. A su novia no había quien le ganara de cabezota, era un hecho. Al menos tuvo el detalle de tragarse su orgullo y apoyarse en él hasta la pira. Hofferson tenía su ojo clavado en ella, aunque Astrid estaba más preocupada en caminar y no caerse. Cuando se sentó, Hipo corrió a por las alforjas de los dragones para coger una manta y cuando envolvió a Astrid con ella se concentró para secar su ropa a través de la tela. La bruja le lanzó una mirada fugaz y se tapó como pudo para que Finn no se diera cuenta de que, a pesar de tener el pelo todavía mojado, su ropa ya se había secado.

—Debe ser divertido tener un perrito faldero que te siga a todas partes, ¿no?

Finn se rió de su propio chiste, pero enseguida se calló al ver que Astrid no le reía la gracia. Es más, su expresión era furiosa y muy seria.

—Si vuelves a insultar a Hipo te juro que estampo tu cara contra la pira, ¿entendido?

Finn abrió mucho su ojo, turbado porque Astrid le amenazara por el simple hecho de reírse de Hipo. El vikingo no pudo evitar sentir cierta vergüenza por la sobreprotección de Astrid, pero agradecía que saliera en su defensa ante los insultos de Hofferson. Hipo había aprendido a actuar como si los insultos no le afectaran, aunque ello no significaba que le dolieran menos. Por lo general, cuando le habían insultado nadie solía salir en defensa, ni siquiera su propio padre, por lo que era un sensación reconfortante que alguien hablara por él de vez en cuando.

—¿Nunca te han enseñado a respetar a tus mayores, chavala? —espetó Hofferson enfadado.

—Me criaron para muchas cosas, pero no precisamente para ser educada con los abusones —replicó Astrid con el mismo tono.

Hofferson dibujó una sonrisa malvada.

—¿Y para que te criaron entonces?

—No estamos aquí para hablar de mi infancia, Hofferson —respondió la bruja—. Quiero respuestas.

El mercenario chasqueó la lengua.

—¿Y de qué te van a servir? Están todos muertos, chica —señaló a Hipo con severidad—. Y todo fue por culpa de él. ¡De los Haddock!

Resonó de repente un trueno que hizo que temblaran los cimientos del establo. Hofferson se sobresaltó e Hipo sintió la magia de Astrid removerse amenazante dentro de ella, a la espera de que la bruja se decidiera a atacar.

—No estoy para tonterías —le advirtió Astrid con un tono tan helado que le puso la piel de gallina hasta el propio Hipo—. Si vuelvo a oír una sola acusación sin fundamento más el próximo rayo caerá sobre tu cabeza —Hofferson sostuvo su mirada en silencio—. Quiero conocer la historia desde el principio, Hofferson. Quiere que me hables de cómo Asta acabó en Isla Mema, de cómo se conocieron mis padres, qué pasó la noche en la que murieron y qué demonios tienes con los Haddock para que acuses a Hipo de la muerte de mis padres cuando apenas era un bebé por aquel entonces.

Hofferson se quedó unos segundos callado, con su ojo clavado en los de Astrid, y terminó sacando una petaca de su mugrienta bolsa antes de dar un sorbo muy largo. Tendió a Astrid la cantimplora, pero enseguida la guardó al entender que la bruja estaba al límite de su paciencia.

—¿Por dónde debería empezar? —se preguntó a sí mismo por lo bajo.

—Por el principio —señaló Astrid.

El mercenario sacudió la cabeza, claramente irritado por la situación.

—Está bien, empecemos pues por el principio.

Xx.

Nadie estaba seguro de cómo Thror Hofferson había conocido a Asta Lund.

Las malas lenguas aseguraban que probablemente había sido en unas circunstancias poco respetables. A primera vista, podía pasar por una norteña más del Archipiélago, aunque su cabello era tan rubio que casi parecía blanco y sus grandes y profundos ojos castaños llamaban indudablemente la atención, por no mencionar el fuerte acento que tardaría años en desaparecer. Hofferson la había traído en su barco tras visitar una de las aldeas de la costa del continente por cuestiones mercantiles. La había contratado como criada, explicó el vikingo por aquel entonces, para cuidar a su madre que llevaba meses enferma e impedida.

Era una chica un poco rara, habían señalado algunos. Durante los primeros meses que estuvo viviendo en Mema, apenas se relacionaba con nadie, probablemente debido a la barrera lingüística que la separaba de los demás. Además, el hecho de que fuera una chica tan seria, con el ceño siempre fruncido, daba la sensación de que siempre estaba prejuzgando en silencio el estilo de vida vikingo. Aunque apenas tendría dieciocho años cuando llegó a Mema, aparentaba ser mayor y más responsable que las demás chicas de su edad, sobre todo porque si no se la veía realizando recados o yendo y viniendo del río para hacer la colada, estaba paseando por la aldea con la anciana madre de Hofferson agarrada de su brazo.

Kaira Eirksdottir, quien más tarde se la conocería como Gormdsen, fue la primera amiga que Asta tuvo en Mema. En realidad, había ciertos intereses de por medio en dicha amistad, sobre todo porque por aquel entonces Kaira estaba comprometida con Thror Hofferson. Cabía de esperar que la joven quisiera tener una toma de contacto con la que sería su futura criada y parecía que Kaira confundía la cortesía de Asta con amabilidad y respeto, por lo que inconscientemente la ayudó a integrarse con mayor facilidad en la aldea gracias a la verborrea que Kaira soltaba sobre lo «simpática» y «buena trabajadora» que era Asta Lund.

Sin embargo, lo que nadie había anticipado era que Thror, quien llevaba al menos tres años comprometido con Kaira, terminase rompiendo el compromiso. Es más, llegó a pagar sin muchos miramientos la cuantiosa deuda que suponía romper el contrato matrimonial con la familia Eirksdottir. Kaira estaba desconsolada, sobre todo porque ella amaba ciegamente a Thror, pero el golpe más duro fue descubrir que el verdadero motivo por el que Hofferson la había abandonado había sido precisamente por Asta Lund, la forastera de la que nadie sabía absolutamente nada de su pasado o de dónde venía. Al parecer, el vikingo y la extranjera se habían enamorado tras meses de convivencia y Thror no había titubeado en hacer todo lo que fuera preciso con tal de poder casarse con ella.

Carapota Haddock había sido un hombre clave para que aquel enlace saliera adelante. Ambos vikingos habían sido amigos desde niños y Hofferson había sido su mano derecha desde que nombraron Jefe a Carapota con solo quince años. Haddock se había reído de Thror cuando le explicó que quería casarse con Asta porque la amaba, pero cuando supo que estaba hablando en serio no dudó ni por un instante en darle el apoyo que necesitaba para romper legalmente el compromiso con Kaira. A raíz de tal evento, se armó un revuelo enorme en la aldea y todas las miradas volvieron a ponerse en aquella forastera, quien parecía indiferente a los cotilleos y los rumores sobre si había seducido a Hofferson aún sabiendo que era un hombre comprometido.

Pero la realidad era muy distinta a las suposiciones de los aldeanos de Mema.

Thror Hofferson había conocido a Asta por pura casualidad. El vikingo era un excelente guerrero, conocido por todo el Archipiélago por su ferocidad y su honra, pero su orientación siempre había dejado mucho que desear y cada vez que iba a un lugar que no conocía terminaba perdiéndose. Llegó a aquella aldea costera buscando la casa del Jefe y terminó en el otro extremo, desorientado y frustrado por su torpeza para ubicarse. La gente del continente no era especialmente agradable con los del Archipiélago, por lo que Thror estuvo dando vueltas por la aldea, hasta que terminó sentándose en el puerto desesperado y con ganas de golpear a alguien para callar las estúpidas risas que oía a sus espaldas.

Fue en ese momento cuando ella apareció.

Por aquel entonces Thror tenía veintidós años recién cumplidos, pero aparentaba algo más por su barba trenzada y el cansancio en sus ojos. Asta se acercó algo titubeante y temerosa, probablemente porque se sentía algo intimidada por su aspecto feroz y su corpulencia, pero le preguntó muy amablemente y con un fuerte acento extranjero si necesitaba ayuda. Thror se quedó mudo cuando alzó la mirada y se encontró con aquella muchacha que parecía una delicada Valkiria que había descendido del Valhalla sólo para ayudarle. Balbuceó que buscaba la casa del Jefe y ella se ofreció a acompañarle. Durante todo el camino no cruzaron una sola palabra, pero cuando llegaron ante la casa del Jefe, ella le regaló una sonrisa dulce a modo de despedida, causando que él fuera incapaz de formular un solo vocablo de la impresión.

La reunión con el Jefe fue irrelevante en comparación a su encuentro con aquella misteriosa extranjera, por lo que tan pronto pudo marcharse salió a buscarla. A los aldeanos les parecía muy divertido que buscara a la forastera y, a diferencia de lo sucedido con el Jefe, le dieron referencias muy claras de cómo llegar a su casa. Vivía en las afueras del pueblo, en una casita medio derruida y con pintadas que se hallaba en mitad del bosque. La joven se asustó al verle, pero Thror se apresuró a alzar sus manos en son de paz y le prometió que no tenía intenciones de hacerle ningún daño. Se quedaron un rato en silencio hasta que Asta le ofreció un té que Thror aceptó pese a que no le gustaba. Estudió la casa con atención mientras Asta hervía fuego en el hogar. Tenía una mesa de trabajo llena de plantas, mejunjes y papeles manchados con tinta; la parte derruida del techo estaba cubierta por una sábana que poco hacía para resguardar el lugar del frío y tenía ramilletes de flores secas, piedra y cristales colgando del techo y de las ventanas quebradas. La muchacha sirvió el té, aunque se le derramó un poco y quemó sus dedos. Se disculpó muy azorada y, antes de que Thror pudiera decirle que no se preocupara, le echó un ungüento en sus dedos que enseguida le quitó el dolor.

—¿Eres galena? —preguntó el vikingo sorprendido.

—¿Ga...lena? —repitió ella confundida.

Thror intentó buscar un sinónimo más sencillo.

—¿Curas a la gente?

Eso pareció entenderlo, porque sacudió los hombros con resignación.

—Curo cuando quieren que cure —explicó la muchacha—, pero no les gusto.

—¿Por qué? —preguntó él incrédulo.

—No quieren gente de fuera —aclaró ella y señaló las ventanas—. Rompen ventanas y pintan paredes de casa para asustarme y así marcharme.

Thror estaba indignado ante la confesión de la joven. Comprendía el recelo de la población ante la presencia de una forastera, ¿pero era necesario acosarla para espantarla? Era indudable que la joven era un poco extraña y tenía un sentido de la decoración fuera de lo normal, pero no creía que eso fuera suficiente como para rechazarla como aquella aldea lo estaba haciendo.

—¿Te vendrías conmigo si te ofrezco trabajo? —preguntó casi sin pensarlo.

La chica abrió los ojos muy sorprendida, casi podría decirse que hasta asustada.

—¡No es lo que piensas! —se apresuró en aclarar Thror—. Mi madre está enferma y mayor, llevo tiempo buscando alguien que pueda cuidar de ella día y noche. Te pagaría bien y, aunque no pueda ofrecerte una casa, sí puedo proporcionarte una habitación para ti sola y comida.

—No me conoces —señaló la chica—. Ni siquiera sabemos nuestros nombres.

Thror extendió su mano con rapidez.

—Soy Thror Hofferson de Isla Mema, líder del Clan Hofferson que, desafortunadamente, solo lo formamos mi madre y yo ahora mismo —indicó el hombre.

—¿Por qué tan pocos? —preguntó ella extrañado.

—Mi tierra sufre ciertos problemillas con los dragones y todos mis hermanos y mi padre han muerto a causa de los ataques que llevamos sufriendo desde hace generaciones —argumentó Thror consciente de que aquello podía ser excusa suficiente para que ella dijera que no—, pero hemos aprendido a vivir con ello.

La chica parecía algo desconcertada por su relato y se mordió el labio.

—Yo no gusto a dragones —indicó ella preocupada.

—Ni ellos nos gustan a nosotros —le aseguró Thror—. ¿Cómo decías que era tu nombre?

—Asta —respondió—. Asta Lund.

—Tienes un nombre muy bonito —comentó él estúpidamente.

Las mejillas de Asta se enrojecieron ligeramente y decidió preguntarle sobre cuáles serían realmente sus tareas en el caso de aceptar. Era indudable que la muchacha estaba interesada en la oferta y tras estar un largo tiempo discutiendo las condiciones —Asta le había insistido que debía librar los días de Freyja para sus asuntos personales—, la joven preparó una pequeña bolsa con sus pertenencias que se reducía a tres vestidos, un par de botes de hierbas medicinales, unos cuantos utensilios y un libro con aspecto de ser muy viejo.

—¿Necesitas despedirte de alguien? —preguntó Thror cuando salieron de la casita.

—No —respondió ella con sequedad.

Cuando alcanzaron el puerto y Asta subió al barco de Thror, el Jefe de la aldea apareció con una expresión de puro desconcierto.

—¿En serio te la vas a llevar de aquí? —preguntó el Jefe en voz muy baja para que Asta no los oyera.

—¿Hay algún problema? —cuestionó él malhumorado.

—Ninguno, es más, te lo agradezco.

—¿Por qué? —inquirió Hofferson.

—No es normal —respondió el Jefe—. Seguro que está maldita o, peor, quizás sirve a Loki.

—¿De qué demonios estás hablando?

El Jefe cogió de su brazo con tanta fuerza que le hizo daño.

—Jamás confíes en una mujer que está sola en el mundo. Sus motivos tendrá para estarlos y, por mi experiencia, nunca es por algo bueno —le advirtió el hombre.

Thror sacudió su brazo para que lo soltara y subió al barco sin molestarse en responder a tal estupidez. Era cierto que Asta transmitía una aura extraña, pero quiso pensar que se debía a que era forastera y que él no estaba acostumbrado a tratar con desconocidos. Isla Mema rara vez contaba con visitas de fuera, sobre todo porque si no estaban en conflicto con el resto del Archipiélago, tenían problemas más importantes que tratar con los dragones. Sin embargo, mientras navegaban de vuelta a Isla Mema, se preguntó la verdadera razón por la que había decidido acoger a Asta como su criada en casa. Le tacharían por loco, su madre pondría el grito en el cielo y era probable que la aldea no fuera a aceptarla del todo. Asta demostró ser una chica silenciosa, si no tenía la nariz metida en su libro, tenía la mirada perdida en el horizonte marino.

—¿De dónde eres realmente? —le preguntó Thror durante la primera noche mientras observaba cómo Asta preparaba una sencilla cena a base de queso fundido y pan tostado.

—De muy lejos —respondió ella secamente.

—¿Cómo de lejos? —insistió él.

—Muy lejos —repitió ella algo irritada.

—Mujer, dime al menos el nombre del lugar.

Asta lo pronunció en una lengua que no había escuchado nunca, por lo que Thror fue incapaz de quedarse con el nombre.

—¿No tienes familia? —preguntó el hombre con delicadeza.

La joven alzó la mirada y sintió un nudo en el estómago al ver el enfado en su rostro.

—Tú muchas preguntas —le acusó Asta molesta.

—Vas a venir a vivir a mi casa —le recordó Thror cansado de su evasiva actitud—. Lo mínimo que puedes hacer es hablarme un poco de ti para saber que no estoy trayendo a una loca a mi isla.

—¡Yo no estar loca! —chilló la chica levantándose de un salto de su asiento.

De repente, el barco se sacudió con violencia y Thror cogió su hacha antes de correr hacia la cubierta para comprobar que no estaban siendo atacados por un dragón acuático. Sin embargo, no vio nada bajo el extraño movimiento del agua que enseguida se apaciguó. Regresó al camarote donde se encontró con Asta respirando hondo y Thror se preguntó si existía la posibilidad de que ella hubiera causado aquello.

¡Qué tontería!

Eso era imposible.

—Perdóname, no quería presionarte —se disculpó el vikingo preocupado por su alterado estado—. Tiendo a ser un poco bocazas a veces.

Ella asintió, aunque Thror sabía que ahora desconfiaba de él. Se sintió un poco imbécil, pero decidió que presionarla ahora solo empeoraría la situación. No obstante, la tensión entre ellos estaría presente semanas después de llegar a Mema. Su madre, como era de esperar, no aceptó ni que necesitara ayuda ni que metieran a una desconocida en casa, aunque por suerte Thror aún tenía cierta autoridad para imponerse a la cabezonería de su anciana madre. La gente de la aldea estaba tan desconcertada como curiosa por la presencia de aquella extranjera con un acento tan fuerte que a veces costaba entenderla cuando hablaba. A veces incluso la tachaban de tonta, aunque Thror sabía bien que aquella chica sería muchas cosas, pero de tonta no tenía ni un pelo. Había descubierto que Asta hablaba más de un idioma porque tendía a decir palabrotas en otras lenguas para que él y su madre no la entendieran. A veces incluso, cuando se presentaba en casa fuera de horas, la escuchaba cantar. Su voz, tan suave y musical, rivalizaba con los cantos de las Valkirias, aunque tras haberla descubierto un par de veces, Asta se cuidó de que no volviera a pillarla. Además, era muy trabajadora. Su casa no había estado nunca más limpia y, al cabo de un tiempo, su madre se había acostumbrado tanto a su presencia que se había vuelto totalmente dependiente de ella. Los años, la temprana viudez y la pérdida de cuatro hijos habían transformado a su madre en una mujer con un carácter fuerte e indomable; pero Asta, sin necesidad de levantar nunca la voz o dar muestras de irritación, la amansaba y la aguantaba con una paciencia envidiable. Pasado un mes de la llegada, Thror le preguntó a su madre si estaba contenta con Asta y ésta le comentó:

—Es más rara que un perro verde.

—¿Pero quieres que siga con nosotros? —preguntó él dubitativo.

—Que sea rara no significa que no me guste —matizó su madre—. Escucha, cosa que los jóvenes de tu edad no soléis hacer nunca, y esta ha pasado por más penurias que una chica de su edad debería pasar.

—¿Acaso te ha contado…?

—¡Qué va! —le interrumpió ella exasperada—. Se cierra en banda cada vez que le pregunto por su familia. Lo único que sé es que su madre adoptiva murió, pero no me ha querido dar más detalles.

Su relación con Asta fue relajándose a medida que el invierno fue avanzando. Los dragones nunca aparecían durante esos meses, pero eran tiempos complicados por la escasez de suministros. Asta, en cambio, se las arreglaba de cocinar platos exquisitos con lo poco que Thror podía adquirir en el mercado. Thror, quién se había acostumbrado a la mano torpe e insípida de su madre en la cocina, estaba fascinado por lo delicioso que estaba todo lo que Asta cocinaba. Las mejillas lechosas de la chica se tornaban rosadas cada vez que Thror la alababa y le parecía un actitud totalmente adorable. Los días de invierno se tornaban largos, sobre todo cuando sufrían las tormentas de nieve. Thror se veía obligado a acudir a la casa de Kaira todos los días, dado que su prometida se negaba rotundamente a salir al frío exterior y consideraba que era él quién debía hacer siempre el esfuerzo por verla y no al revés.

La verdad es que no estaba muy seguro de cómo había terminado comprometido con Kaira. Supuso que era sencillamente conveniente casarse con ella, aunque no podían ser más diferentes. No es que pensara que Kaira fuera una mala persona, pero era algo engreída, autoritaria y egoísta. No pegaban ni con saliva de dragón, era un hecho, pero Thror necesitaba descendencia si quería que el apellido de los Hofferson perdurase. Su madre se lo había suplicado y así tenía que hacerlo. Tras evaluar a diversas candidatas, algunas incluso de otras islas, Kaira Eirksdottir parecía ser la más adecuada de todas, aunque el contrato de compromiso salió algo caro para su gusto.

—¿Qué tal con la forastera? —le preguntó Kaira un día.

—A mi madre le gusta, así que bien —respondió él.

—Es una buena chica —señaló Kaira con aire ausente—. Antes de las nevadas me enseñó un par de recetas que te gustan para cocinarlas una vez que nos casemos.

—¿Ah sí? —preguntó él con aire distraído, pensando que en ese momento Asta debería estar preparando la cena. Seguramente se habría recogido su largo cabello platino, dejando a la vista su largo y delicado cuello que a veces contemplaba fascinado sin saber muy bien por qué.

—Será una buena criada —señaló Kaira con tono alegre—. No cabe duda que desde que se encarga de tu madre ella ha estado mucho menos…. arisca.

—Se llevan bien —señaló Thror.

—Será una niñera estupenda cuando tengamos hijos —añadió Kaira sonriente.

La paternidad era una idea presente en su mente desde que era niño. Siendo el pequeño de la familia, esas preocupación había correspondido a sus hermanos mayores, pero sus muertes le habían forzado a no solo tener que cargar con el peso de mantener en el honor de los Hofferson en sus hombros, sino que además, como único miembro masculino del clan, debía preocuparse que el nombre de su familia jamás se perdiera. Aquella misma noche regresó más tarde de lo previsto tras encontrarse con Carapota en el camino y fue incapaz de rechazar su invitación para que fuera a su casa a tomar unas pintas de hidromiel con él. El Jefe se iba a casar en primavera con Brenda Hárfagri, una hermosa muchacha entrada en carnes por la que Carapota había estado colado desde hacía años, por lo que cada vez que tenía la oportunidad le obligaba a irse con él a celebrarlo. Llegó a su casa algo borracho, aunque no lo bastante como para no poder andar en línea recta o al menos eso pensaba él. Para su desagradable sorpresa, encontró a Asta y a su madre despiertas en la mesa del comedor, aunque apenas le levantaron una mirada cuando entró. Ambas mujeres estaban concentradas en un tablero con varias figuras que enseguida reconoció.

—¿Estáis jugando a Mazas y Garras?

Su madre le chistó para que se callara y volvió su atención a la partida para hacer su jugada. Asta no tardó ni medio segundo en hacer la suya antes de que madre gimiera de frustración.

—¡Maldita sea! ¡Es imposible ganarte!

—Has sido tú la que ha insistido en intentarlo —le recordó Asta levantándose del asiento—. Ahora, a la cama.

—¡Una más! —exclamó la anciana.

—Me has dicho exactamente lo mismo dos veces, la tercera ya no cuela, maja —le advirtió Asta ayudándola a levantarse y se dirigió a él por primera vez—. ¿Quieres cenar?

—Esto…

—Que coma algo, niña —le ordenó su anciana madre—. No le vendrá mal para que se le baje el alcohol de la cabeza.

Thror quiso que le tragara la tierra por la vergüenza; pero, para su sorpresa —y humillación—, Asta se rió por el comentario. Aquella fue la primera vez que la escuchó reírse y pudo jurar que su risa sonaba como el tintineo de una campanilla. Se sentó en la mesa mientras Asta llevaba a su madre al dormitorio y analizó vagamente la jugada del tablero, aunque su mente estaba demasiado dispersa por el alcohol. Su madre había sido siempre aficionada a las Mazas y Garras, como muchos vikingos de Isla Mema, y había ganado varios torneos que se habían celebrado en la aldea. Que Asta le hubiera ganado varias veces significaba o bien que su madre estaba perdiendo facultades, lo cual era bastante cuestionable, o que Asta demostraba una vez que era más lista que todos ellos juntos.

La joven volvió con paso acelerado al comedor y se sobresaltó al encontrárselo allí sentado frente al tablero. Observó cómo se llevaba la mano a su pecho, como si el corazón le hubiera dado un brinco, aunque sonrió, como si se riera de su propia reacción.

—Perdona, tenía la mente en otra parte —se disculpó—. Hay estofado si quieres

—Cualquier cosa está bien —le aseguró él con voz pastosa.

Empezaba a dolerle la cabeza a causa del alcohol. En realidad, era un bebedor terrible y el alcohol le había sentado fatal desde que lo probó por primera vez hacía demasiado años, pero la presión de grupo siempre había ganado a sus pocas ganas de beber. Escuchó a Asta murmurar algo en voz muy baja y poco después se acercó a su lado para colocar algo sobre la mesa que no olía nada bien.

—Bebe esto, te sentará bien.

Thror observó que había un vaso con líquido denso verdoso que tenía una pinta asquerosa.

—¿Qué es? —preguntó él vacilante.

—Viene bien para la resaca —respondió ella volviéndose al estofado.

Thror no supo que era peor: la resaca o beber aquella bazofia. Sin embargo, nunca había soportado que su madre o el resto de gente de la aldea se rieran de su mal humor cuando estaba con resaca, así que decidió que no tenía nada que perder por intentar evadir tal situación por una vez. Bebió la repugnante bebida de un solo trago y tuvo que contener una arcada mientras el picante y agrio líquido descendía por su exófago. Por un segundo se planteó que Asta le había envenenado, pero cuando la joven le puso el plato de estofado delante se encontraba mucho mejor y, por alguna extraña razón, mucho más lúcido, como si la nube de alcohol que nublaba su mente se fuera disipando poco a poco.

—¿Cómo…? —empezó a preguntar desconcertado, pero Asta le tendió una cuchara para callarlo.

—Come —le ordenó ella—. Te sentará bien.

El estofado estaba exquisito, como cabía de esperar. Asta se puso entonces a recoger el tablero con la piezas cuando Thror preguntó:

—¿Quieres que echemos una partida?

Asta alzó una ceja.

—No vas a ganar —le advirtió.

—¿No eres un poco arrogante? —replicó él con una sonrisa pícara.

—No se puede ser arrogante ante un hecho —dijo ella muy seria.

—¿No estás poniendo excusas porque, en realidad, te da miedo perder contra mí?

Asta sostuvo su mirada unos segundos hasta que volvió a colocar el tablero sobre la mesa con tal vez demasiado fervor y colocó las piezas con movimientos secos.

—No soy ninguna cobarde —repuso ella sentándose frente a él.

—Nunca he dicho que lo fueras —señaló Thror divertido.

—Pero lo has insinuado —escupió Asta con furia—. Te voy a destrozar.

Y lo hizo. Asta le ganó cinco veces con una táctica y una fiereza con las que ni el vikingo más competitivo había usado jamás. Estaba enfadada y Thror descubrió que, por primera vez desde que se habían conocido, Asta no estaba usando su máscara de pura indiferencia y frialdad. Ahora parecía incluso más joven, riéndose, arrugando el ceño cuando hacía un movimiento que ella no esperaba que hiciera y haciendo un gesto infantil de victoria cada vez que ganaba la partida. Parecía una persona completamente distinta y, sin embargo, siempre había estado ahí. Por alguna cuestión inexplicable, su corazón latió más rápido de lo normal, hasta el punto que le dolió el pecho, pero no comprendía por qué.

Aquel día supuso un antes y un después para ambos. Cada noche después de que se acostara su madre, ambos jugaban a Mazas y Garras hasta bien entrada la madrugada. Aunque al principio ella no era muy dada a hablar excusándose de que quería concentrarse en el juego, terminó soltándose poco a poco. Él la chinchaba cada vez que la ganaba y ella caía casi siempre hasta que empezó a pagarle con la misma moneda. Tenía un sentido del humor seco y afilado, pero le gustaba que no tuviera pelos en la lengua. Su inteligencia se sumaba a su fina belleza, pues ya eran varias las ocasiones en las que regresaba tarde a casa y Asta le esperaba vestida con un fino camisón con un manta sobre sus hombros y su larga cabellera platinada cayendo por su espalda. Thror debía haberle advertido desde el primer día que se la encontró así que ninguna mujer debía esperar a un hombre que no fuera su marido vestida de aquella manera, pero se contuvo. No estaba seguro de si era el deseo que él mismo se negaba a admitir o que sencillamente disfrutaba con la visión de ver cómo la tela del camisón descendía ocasionalmente por sus hombros, exponiendo su piel lechosa y el rastro de pecas que le recordaban a un manto de estrellas.

Poco tiempo necesitó para comprender que estaba enamorado hasta las trancas de ella.

Aquello suponía un problema, porque Thror Hofferson era muchas cosas, ¿pero buen mentiroso? En absoluto. Su madre le caló enseguida, por supuesto. No había nadie que lo conociera mejor que ella y no dudó en advertirle que tuviera cuidado.

—¿Por qué dices eso? —cuestionó él.

—Estás comprometido con otra mujer —le recordó la anciana—. Y Asta es una mujer con muchos secretos, hijo.

—Pensaba que te gustaba —se defendió Thror.

—Y me gusta, pero no significa que crea que sea la mejor opción para ti. Asta no es como las demás, es voluble como el agua, y a ti te conviene una mujer estable.

—No amo a Kaira, madre.

—Yo tampoco amé a tu padre cuando me casé con él, hijo.

Estar en la misma estancia que Asta se había vuelto de repente muy complicado. Thror estaba tan tenso porque ella pudiera adivinar sus sentimientos que ahora evadía a toda costa verse con ella a solas. Le anunció que sus juegos nocturnos de Mazas y Garras no podían seguir dándose y no pudo negar que estaba algo decepcionado porque ella no reclamase explicaciones al respecto o que se viera en absoluto afectada. Después de todo, Asta parecía tener más claro que él cuál era su posición en aquella casa.

El invierno siguió su curso. Lento. Agónico. Y, entonces, llegó la víspera de Snoggletog. Thror discutió con Kaira respecto a las celebraciones de Snoggletog, dado que su prometida deseaba —o más bien exigía— que se reunieran en su casa con su familia, pero Thror no tenía la más mínima intención dejar a su madre sola por Snoggletog y trasladarla de un lado a otro era impensable por su delicado estado de salud. Eso por no mencionar que Snoggletog caía ese año en el día Freyja y que Asta ya le había advertido que no iba a estar presente ese día. Furiosa por no acceder a sus deseos, Kaira decidió que cada uno celebraría Snoggletog por su cuenta pensando que eso lo molestaría, pero Thror no podía estar más contento.

El día de Snoggletog, Mema se despertó hasta arriba de nieve. Asta ya no estaba en casa para cuando Thror se levantó con desgana para retirar la nieve de la entrada; aunque, para su enorme sorpresa, se lo encontró todo despejado. La capa debía de ser al menos medio metro y, teniendo en cuenta lo pequeña que era Asta, debía haberse pasado horas retirando la nieve sin que nadie se hubiera dado cuenta. Volvió a entrar en casa y se encontró una nota de Asta que indicaba que había preparado estofado de pescado y un postre especial de su tierra como regalo de Snoggletog. Levantó el paño para encontrarse con una especie de bizcocho relleno con mermelada que olía que alimentaba. Con lo golosa que se había vuelto su madre, estaba convencido que se pondría loca de contenta de encontrarse semejante manjar puesto sobre la mesa. Madre e hijo pasaron un día tranquilo en el que se intercambiaron sus regalos —Thror había encargado un chal para su madre y ésta le había tejido unos mitones nuevos—, comieron la comida que Asta les había dejado preparada y luego se pasaron el resto de la tarde jugando a Mazas y Garras hasta que, a media tarde, su madre quiso echarse para descansar.

Thror se preguntó dónde podía estar Asta. Todos los días de Freyja desaparecía de la aldea sin dejar rastro hasta la hora de la cena. Cada vez que Thror le preguntaba qué había hecho durante el día, ella respondía que nada en especial y cambia radicalmente de tema. Thror pasó el resto de la jornada en el Gran Salón con sus amigos e ignorando las miradas fulminantes de Kaira, pero decidió regresar antes de previsto cuando se puso a nevar otra vez. Esperaba encontrarse a Asta en casa con su madre ya preparada para cenar, pero la casa estaba a oscuras y su madre llevaba un rato despierta esperando a que alguien la ayudara a levantarse. Después de ayudarla a salir de la cama y a acicalarse, Thror calentó las sobras del estofado y comió más pendiente de la puerta que de lo que había en su plato.

—Deberías salir a buscarla —le advirtió su madre preocupada cuando la nieve empezó a caer con más intensidad.

Thror no podía estar más de acuerdo. Se vistió con sus ropas más gordas de invierno y se puso la capa para salir al frío de la noche. Advirtió a sus vecinos los Thorston para que por favor estuvieran pendientes de su madre y cogió el camino hacia el bosque siguiendo su instinto que hasta entonces nunca le había fallado. Se pasó horas buscando a Asta, pero no estaba en el bosque del este, ni en la cala del norte. Cerca del amanecer, desesperado por no haberla encontrado todavía, pero incapaz de seguir con su camino, decidió parar en una caverna que encontró al oeste de la isla. Fue hasta el fondo dispuesto a encender una hoguera para protegerse del frío cuando se encontró con una ruta que iba cuesta abajo y expulsaba aire caliente. Por un instante, Thror temió que aquello fuera un nido de dragones hibernando durante el invierno, pero observó que había luz hacia el final del túnel. Con paso cauto, Thror siguió el sendero repleto de rocas y vegetación hasta que llegó a una amplia caverna repleta de piscinas que emanaban vapor y llenas de agua de un color verdoso. Sin embargo, no fue la novedad de encontrar un lugar como aquel lo que le dejó sin aire, ni siquiera el intenso calor que se respiraba y que le hacía sudar como un cerdo.

No.

Para nada.

Sus ojos estaban puestos en la única fuente de luz que estaba en aquel lugar.

Habían unas llamas flotando en el aire como si fueran luciérnagas y volaban alrededor de una mujer desnuda que estaba cepillando su cabello tan rubio que casi parecía blanco. Thror no necesitó acercarse más para saber que era ella, pero sus pies se movieron en sintonía por su ansiedad de protegerla de esas llamas que la rodeaban. Al percatarse de su presencia e impulsada por el terror de que un desconocido fuera atacarla, Asta saltó a la piscina soltando un chillido y entonces sucedió algo muy extraño. Las aguas de las piscinas de su alrededor salieron despedidas contra él con una presión tan violenta que lo tiró al suelo. La cantidad de agua que estaba cayendo sobre él era tal que no podía respirar y, pese a que estaba cubierto de pies a cabeza, todo su cuerpo ardía por su alta temperatura.

En algún punto, Thror perdió la consciencia. Sin embargo, cuando volvió abrió los ojos, tosió como un loco para expulsar todo el agua que se había acumulado en sus pulmones y se encontró con Asta a su lado con las manos puestas sobre su vientre mientras recitaba en voz baja una especie de canto en una lengua que no entendió.

—¿Qué…?

Asta le chistó para que se callara y siguió recitando aquel cántico a la vez que Thror empezaba a procesar lo que realmente había pasado. Las llamas oscilaban a su alrededor como pequeños pájaros y el agua parecía estar moviéndose sola de regreso hacia las piscinas. Pese a estar empapada, tenía mucho calor y su piel ardía bajo las densas capas de ropa que llevaba puestas. De las manos de Asta salió de repente un fulgor dorado que le hizo querer apartarse, pero una fuerza invisible le impidió moverse.

—Será solo un segundo —le prometió ella en un susurro.

En ese momento, Thror sintió un calorcito muy agradable que se extendió por su cuerpo como un agradable cosquilleo. El dolor de las quemaduras desapareció y, aunque la ropa seguía húmeda, al menos ya no estaba ardiendo contra su piel. Asta retiró sus manos con lentitud, como si temiera que un movimiento demasiado brusco por su parte pudiera alterarlo, pero Thror seguía sin poder moverse.

—¿Qué demonios…?

Su voz desapareció de repente. Daba igual cuánto intentara gritar, su voz no conseguía formarse en sus cuerdas vocales. Miró a Asta alarmado y ésta, claramente, no sabía dónde meterse.

—Te debo una explicación.

¿Sólo una?, se preguntó él aterrado.

—No pensaba que fueras tú, ibas tan tapado que pensaba que serías… no sé, me entró el pánico, ¿vale? —se defendió ella jugando con sus manos como si no supiera qué hacer con ellas—. Yo… Lo siento. Sé que todo… esto... tiene que resultar de lo más extraño.

La chica soltó un largo suspiro mientras observaba su lucha contra las manos invisibles que le tenía sujeto.

—Soy una bruja —confesó Asta sin muchos rodeos.

Thror se detuvo en ese mismo instante y la miró sin estar muy seguro de que la hubiera oído bien. Asta evadió su mirada y extendió su mano hacia él, pero sin tocarle. De repente, el agua que empapaba su ropa salió de sus costuras en pequeñas esferas que se pusieron a flotar junto con las llamas. Al cabo de un rato, toda el agua que se había acumulado en sus ropajes de invierno estaba ondeando en el aire y él estaba seco de la cabeza a los pies. Asta hizo un gesto con su mano y Thror observó incrédulo cómo el agua formaba diferentes figuras: un caballo corriendo a su alrededor, un dragón volando sobre sus cabezas, dos personas bailando… Nunca, en toda su vida, había visto algo semejante. Por un lado, resultaba aterrador, pero por otro… era fascinante, hermoso… diferente, tal y como lo era Asta.

A los pocos minutos, las figuras de agua corrieron hacia las piscinas y desaparecieron por completo. La respiración de Asta era acelerada y estaba agazapada, volviéndose más pequeña de lo que ya era. De alguna manera, Thror sintió el impulso de estrecharla entre sus brazos para decirle que todo estaba bien, que a él no le importaba en absoluto que ella fuera una bruja, que la aceptaba tal y como era. Sin embargo, Asta no parecía querer liberarle de su hechizo y ahora se sacudía de la más pura impotencia.

—Lo siento —se disculpó ella con tristeza—. Me… Me gustaba vivir con vosotros. Sois los humanos que mejor me habéis tratado con diferencia desde que… —las palabras parecieron atragantarse en sus labios—. Mi especie acostumbra a vivir en comunidades y es raro que tratemos con los humanos; pero, por una serie de circunstancias, tuve que huir de mi aquelarre y llevo tres años vagando de un lado a otro con esperanza de que no me encuentren. Sin embargo, no me es fácil pasar desapercibida, las brujas tendemos a llamar la atención, incluso cuando no usamos nuestros poderes, y no suele ser para algo bueno: o nos desean o nos odian, no suele haber término medio. Cuando aquel día apareciste en mi casa pensé que lo de trabajar como criada era una mala excusa para alcanzar mis faldas, pero… me equivoqué. Siempre has sido amable conmigo y tu madre, pese a ser una vieja gruñona, también. Por primera vez en años he sentido que formaba parte de algo, aunque supongo que ahora que me has descubierto tendré que volver a empezar en otra parte…

—¡No! —exclamó él para sorpresa de ambos.

Thror había conseguido romper el hechizo que anulaba su voz y ya podía mover los brazos, aunque no las piernas.

—¿No? —cuestionó ella sin comprender.

—No quiero que te vayas —dijo él desesperado—. Te necesito.

La decepción ensombreció su pálido rastro.

—No es difícil encontrar una criada nueva que...

—¡No hablo de eso! —exclamó él y sintió que la sangre se le subía a la cara con demasiada rapidez—. Yo… yo… me gusta tenerte en casa; que seas siempre tan amable con mi madre, cuando nadie suele serlo por lo borde que es a veces; tu compañía…

—La rechazaste —le recordó ella malhumorada—. Dejaste de jugar a Mazas y Garras conmigo de la noche a la mañana.

—Sí —admitió Thror tragando saliva—. No quería… no quería que te dieras cuenta.

—¿De qué? —insistió ella cruzando los brazos sobre su pecho.

—Que disfrutaba demasiado de tu compañía.

Aquella no pareció la respuesta que Asta que estaba esperando. Sus mejillas adquirieron un fuerte color rosado y su boca se entreabrió para soltar un balbuceo que no entendió.

—Te… te vas a casar.

—Sí.

—Y te gusto.

—Decir que me gustas es quedarme corto, pero sí —le aseguró él.

La cara de Asta era un auténtico poema.

—Te he atacado con una tromba de agua y te he confesado que soy una bruja, ¿y aún así te gusto? —Thror asintió y Asta se llevó las manos a la cabeza—. ¿Por qué?

—No lo sé —admitió él azorado—. Eres una mujer muy inteligente, más de lo que yo pueda soñar serlo; y, aunque siempre te esfuerzas en parecer fría y cortante, resultas ser bastante agradable cuando estás en tu zona confort. Tienes muy mala leche, pero la canalizas para demostrar que eres válida y mejor de lo que los demás piensan. Además, no lo sé, Asta, supongo que cuando te vi por primera vez también me quedé prendado con esos enormes ojos tuyos. Eres la mujer más guapa que he visto en mi vida.

—Thror, te vas a casar… —le recordó ella abrumada—. No… no deberías verme de esa manera, yo…

—Cásate tú conmigo —le pidió él alcanzando su mano.

Ella le soltó al instante y se alejó unos pasos sin apartar la vista de él.

—No puedo —sentenció ella colocándose su máscara de frialdad—. Tú eres humano, yo soy una bruja. No funcionará.

Thror consiguió mover por fin sus piernas y, no sin esfuerzo, consiguió levantarse.

—¿Y por qué no? ¡Me da igual que seas una bruja!

—Pero a mí no me da igual que seas humano —replicó ella con amargura—. Eres demasiado débil y vulnerable si ella…

Suspiró y ahogó un chillido de frustración.

—Es la primera vez que alguien se atreve a llamarme "débil" —clamó Thror ofendido—. Soy un Hofferson, Asta. Mi familia lleva viviendo en esta isla desde hace cinco generaciones luchando contra las amenazas de las otras tribus y matando dragones. ¿Y me dices que soy débil?

Asta puso los ojos en blanco.

—La fuerza bruta no siempre es muestra de fortaleza —le advirtió la bruja y caminó hacia una de las piscinas. Thror pensó que se metería, pero se quedó boquiabierto cuando Asta se puso a caminar sobre el agua—. La magia es una virtud que requiere años hasta que aprendes a manejarla a la perfección —se giró sobre sí misma y el agua voló a su alrededor como si fueran lazos que colgaban de su camisón. Thror se quedó sin aire ante la visión tan etérea en la que el agua se hacía una con la bruja—, pero al igual que la magia puede ser bella, también puede resultar letal.

En su mano se formó una esfera de agua que burbujeaba y emanaba muchísimo vapor. Asta sacudió su brazo y la bola de agua salió disparada contra una pared al otro extremo de la caverna. Tan pronto surgió el impacto, la pared implosionó y la onda expansiva le empujó de nuevo contra el suelo. Los oídos le pitaban, pero consiguió incorporarse a la vez que observó que Asta había hecho una barrera de agua para protegerse de la explosión. Humano y bruja se observaron durante unos segundos antes de que Thror dijera:

—Si crees que este numerito va a hacer que dejes de gustarme que sepas que vas por muy mal camino. Creo que lo único que has conseguido es que ahora ya no pueda gustarme ninguna otra mujer.

Asta arqueó las cejas, pero enseguida rompió a reír.

—Eres muy tonto —le reprochó ella.

—¿Eso significa que te vas a quedar? —preguntó esperanzado.

—Nadie puede saber lo que soy —le advirtió—. Tienes que jurarme que nadie lo sabrá, ni siquiera tu madre.

—Lo juro —prometió el vikingo—. ¿Te casarás conmigo?

Asta hizo un mohín ante su pregunta.

—Tendrás que esforzarte un poco más para convencerme.

Thror ladeó la cabeza.

—Osea, ¿aún tengo posibilidades? ¿Realmente te gusto?

Asta volvió a ruborizarse.

—Creía que eso había quedado claro.

—No, te expresas como una piedra —le informó el vikingo y Asta arrugó la nariz de una forma que le resultó adorable—. ¿Y cuándo supiste que te gustaba?

—Cuando me ganaste a Mazas y Garras la primera vez.

Thror hizo una mueca.

—¡Si te pusiste echas una furia! Parecía que me ibas a tirar el tablero a la cabeza —apuntó el hombre desconcertado.

—Una cosa no quita la otra —se defendió Asta indignada.

Thror necesitaría al menos tres meses más para convencerla a que se casara con él. La bruja era muy cabezota, insistente que lo que debía hacer era casarse con Kaira y olvidarse de que lo suyo fuera a funcionar, pero Thror era terco como una mula y no se rindió, sobre todo porque, pese a sus negativas, Asta no rechazaba sus otras muestras de cariño cuando estaban en privado. Es más, fue ella quien le besó por primera vez. Torpemente, había que añadir, pero Asta aprendía rápido y, siempre que se cercioraba de que estaban solos, atrapaba sus labios con su boca de una manera que le volvía loco.

Pasó el invierno y con la primavera llegó la boda del año. Carapota Haddock y Brenda Hárfagri se casaron en uno de los días más soleados que Isla Mema había tenido en años. Fue una boda modesta por la falta de recursos, pero al menos los dragones no atacaron ese día hasta bien entrada la noche. Asta desapareció en pleno ataque y Thror corrió a buscarla como loco cuando vio que no estaba con su madre. Volvió a su casa, la cual se la encontró ardiendo, y observó una sombra moviéndose dentro de la vivienda.

Asta.

Thror la llamó con tal desesperación que pensó que sus cuerdas vocales iban a reventar de lo alto que gritó su nombre. Intentó entrar en la casa por todos los medios, pero las llamas tragaban la madera a una velocidad vertiginosa. ¿Qué demonios se le había pasado por la cabeza a esa bruja para meterse ahí dentro? La angustia invadió a Thror. Tenía que salvarla como fuera, no podía dejarla morir, ¡no podía! Thror fue a un lateral de la casa para cortar la madera, pero lo único que consiguió fue quemarse las manos por las lenguas de fuego que salían despedidas de las ventanas quebradas. Su piel ardía roja y el dolor era tan insoportable que fue incapaz de sostener por mucho más tiempo su hacha. Las lágrimas de impotencia caían por sus mejillas, consciente de que tal vez su amada ya hubiera muerto y él no había podido hacer nada para salvarla.

¿Por qué? ¿Por qué Asta había cometido la insensatez de meterse en la casa? Siempre había seguido las reglas de la aldea al pie de la letra, ¿por qué demonios había decidido…?

Un fuerte estruendo le devolvió de nuevo a la realidad. Escuchó unos tosidos y una voz de mujer musitar algo en una lengua que no entendió, pero sí que reconoció. Se levantó de un salto y corrió hasta la puerta trasera de su casa donde se topó con Asta cargada con su viejo libro bajo el brazo y sacudiéndose la falda quemada de su vestido con su mano libre. Si no fuera porque gran parte de su vestido estaba quemado, jamás hubiera pensado que Asta hubiera entrado en la casa. La bruja alzó la mirada y dibujó una expresión de horror al verle.

—Puedo explicarlo, yo… mi libro...

Pero Thror no la escuchó, sencillamente la abrazó con tanta fuerza que la oyó jadear por la falta de aire. Desde niño le habían enseñado que un vikingo jamás debía llorar, pero estaba tan aliviado y feliz de que ella, su Asta, estuviera viva, que le dio igual venirse abajo. Ya no solo por el miedo tan atroz que había pasado ante la sola idea de que podía haberla perdido, sino porque también estaba cansado de perder a toda aquel al que amaba. Thror había perdido a su padre y a sus hermanos en aquella guerra que parecía no tener fin.

—Thror… me haces daño —murmuró Asta contra su pecho.

El vikingo rompió el abrazo al instante y Asta dio una bocanada de aire cuando la soltó. Se hizo un incómodo silencio entre ellos y Thror fue invadido por un sentimiento de rabia ante la falta de explicaciones de la bruja.

—¿Por qué demonios te metiste ahí dentro? ¡Casi me matas del disgusto!

—Tenía que recuperar mi libro —se defendió ella evadiendo su mirada y abrazando el tomo con fuerza contra su pecho.

—Maldita sea, Asta, es solo un libro, ¿no ves que…?

—¡Este libro es mi vida, Thror! —chilló ella colérica—. Es lo único que demuestra que yo…

Su voz se apagó, se mordió el labio como si se estuviera conteniendo para no echarse a llorar ahí mismo. Thror miró el libro, aún sin comprender qué tenía tan especial como para que Asta hubiera arriesgado su vida por él.

—Entiendo que este libro sea importante, Asta, pero podías haber muerto.

—Las brujas somos inmunes al fuego —explicó la bruja como si aquella fuera la cosa más evidente del mundo—. En todo momento he estado perfectamente…

Volvió a callarse al reparar en sus manos. Asta se llevó la mano a su boca y lo miró incrédula.

—¿Cómo te has quemado? —preguntó mientras dejaba el libro a sus pies y cogía de sus manos con suma delicadeza, aunque ello no evitó que Thror siseara por el escozor—. ¿Acaso… has intentado entrar en la casa?

—¿Qué otra cosa iba hacer si no? —replicó el vikingo—. No sabía que no podías morir quemada, así que intenté entrar por todos los medios.

—Thror, nadie en su sano juicio se mete en una casa ardiendo.

—¿Y dónde nos deja eso a nosotros entonces?

Asta se mordió el labio y de sus manos salieron el fulgor dorado que ya había visto antes. El ardor en su piel se redujo hasta que desapareció por completo y sus manos volvieron a su palidez actual, sin rastro alguno de la rojez y las quemaduras que las había cubierto. Asta, sin embargo, no soltó sus manos cuando terminó el hechizo y estudió con sus dedos las cicatrices y los callos que cubrían sus palmas.

—¿Aún sigues queriéndote casar conmigo? —preguntó de repente.

A Thror le sorprendió la pregunta. No había vuelto a mencionar el asunto del matrimonio para no violentarla, convencido de que tal vez se había precipitado al pedírselo. Ellos no podían ser más diferentes: Thror era extrovertido y puro nervio, mientras que Asta era callada, fría y tan calmada que a veces nadie reparaba en su presencia. Sin embargo, sentía una atracción abrumadora hacia ella. Su silencio no era violento y, pese a que su hermoso y delicado rostro era un libro lleno de incógnitas, desde que había llegado a su vida había aprendido a descifrarlo poco a poco. Como cuando arrugaba la nariz cada vez que escuchaba algo con lo que estaba en desacuerdo o se lamía el labio superior cuando estaba pensando demasiado o tarareaba cuando estaba contenta. Puede que Asta fuera una mujer de pocas palabras y un tanto seca y seria, pero cada vez que conseguía arrancarle una sonrisa, Thror tenía la sensación de que el mundo había adquirido un cariz de color que no había estado antes.

—Nada que puedas hacer hará que cambie de parecer —le aseguró el vikingo acunado su rostro con su mano—. Soy tuyo desde el mismo instante que acudiste a rescatarme en aquella aldea del demonio.

—Pero apenas sabes nada de mí, yo…

Asta lucía algo alterada. Sus ojos se tornaron vidriosos y su respiración se aceleró tanto que se puso a jadear. Thror apretó su mano con fuerza, obligándola a levantar la barbilla para que le mirara a los ojos.

—Me lo contarás algún día, lo sé. Yo estaré aquí para cuando estés preparada —le prometió el vikingo con ternura.

La bruja ahogó un sollozo, pero en lugar de ponerse a llorar le regaló la sonrisa más torpe y bonita que jamás había tenido la suerte de disfrutar. Cogió del cuello de su túnica para obligarle a inclinarse y le besó con una pasión desbordada y ansiosa. Cuando rompió el beso para coger aire clavó sus oscuros ojos en los suyos.

—¿Me lo puedes volver a preguntar?

Thror contuvo la respiración y esta vez fue él quien tuvo que contener la emoción.

—Asta Lund, ¿quieres casarte conmigo?

—Sí, una y mil veces sí —respondió ella antes de volver a besarle.

Las siguientes semanas fueron maravillosas y complicadas al mismo tiempo. La primera en recibir la noticia fue su madre una vez que reconstruyeron su casa. Como era de esperar, su no parecía nada contenta.

—No os lo toméis a mal, pero Kaira es infinitamente mejor partido que una chica forastera sin fortuna ni nada —le reprochó la anciana decepcionada.

—Madre, desde el principio sabíamos que el matrimonio con Kaira era más beneficioso para su familia que para la nuestra —señaló Thror armándose de paciencia—. Yo amo a Asta y ella… —Thror cogió de su mano y sintió que los vellos de su brazo se erizaban de lo fría que se sentía su piel contra la suya—. Asta me ama también.

La anciana madre estrechó los ojos con sumo recelo.

—Niña, si te unes a nuestra familia has de saber que tu misión, por encima de todo, es procrear para que nuestro nombre no quede en el olvido.

Asta frunció el ceño.

—¿Pro...crear?

—Quedarte encinta, querida —aclaró la anciana antes de que Thror intentara suavizar las palabras de su madre—. Ese será tu único objetivo. Y mantener el honor de la familia, por supuesto.

Asta palideció tanto que se quedó blanca como la leche, pero forzó una sonrisa y le prometió que haría todo lo que estuviera en su mano para cumplir con tamaña responsabilidad. Por suerte o, más bien por pura resignación, su madre aprobó el enlace y Thror procedió a anular su matrimonio. La reacción de la familia Eirksdottir fue lo que esperaba: consternación, rabia y, de no ser porque Thror era más alto y corpulento que el padre de Kaira, habrían llegado a las manos. Por suerte, Carapota le dio su apoyo como máximo dirigente de la aldea, por lo que la familia Eirksdottir contaba con pocas posibilidades para recurrir al contrato, sobre todo porque Thror estuvo más que dispuesto a pagar hasta el último céntimo de la dote de Kaira multiplicado por tres. No obstante, lo más desagradable fueron las confrontaciones con Kaira en las que le suplicaba una y otra vez que por favor no la abandonase. A Thror le supo fatal por la muchacha, pero cuando fue testigo de sus terribles arrebatos de ira, hasta el punto que tiraba piedras y basura contra la fachada de su casa, no pudo sentirse más aliviado.

Su enlace fue sencillo, sin mucha pompa y circunstancia pese a que un Hofferson se lo pudiera permitir. Celebraron una ceremonia íntima en la playa durante un cálido día de agosto. Asta se había cosido su propio vestido con los azules de los Hofferson y en base a un diseño que nunca nadie había visto en la isla. Llevó su precioso cabello platino suelto y decorado con flores azules. Entregó su ramo a una embarazadísima Brenda Haddock y Carapota los casó a la luz del crepúsculo. Nunca había visto a Asta sonreír tanto y su «sí quiero» fue tan firme que Thror pensó que su corazón iba a explotar en su pecho. Como regalo de compromiso, le regaló un fino anillo de plata que Asta llevó desde entonces colgado del cuello y un hacha de su talla con mucho filo que nunca llegaría a usar. Asta, por supuesto, le bordó el escudo de su familia en hilo de oro sobre una capa nueva del color del azul de los Hofferson.

Su primer año fue una eterna luna de miel, en la que Thror pudo experimentar lo que era el placer de amar a su esposa de todas las formas posibles. Ni siquiera los ataques de los dragones pudieron empañar su felicidad. Durante ese año, llegó una nueva galena a la aldea, una tal Gothi que parecía muy experimentada y venía con muy buenas referencias de otras tribus. Kaira Eirksdottir se convirtió en Kaira Gormdsen tras casarse con Haran Gormdsen, un capullo integral que Thror no había aguantado nunca. Brenda Haddock tuvo a su primer hijo, Estoico, y Asta asistió al parto, demostrando ser una matrona formidable. Desgraciadamente, también tuvieron que despedirse de su madre tras haber fallecido mientras dormía. Asta le había consolado con que al menos había tenido una muerte dulce y que no había tenido que ser testigo de cómo la mente de su madre se deterioraba como pasaba con otros ancianos de la aldea.

Era curioso.

La vida se veía de otra forma estando con alguien como Asta. En la privacidad de su casa, su mujer estudiaba la magia del viejo libro que había rescatado del incendio. Le explicó que era un libro mágico que había pertenecido a su madre y que, para ella, era imprescindible cuidarlo y estudiarlo con todo detalle. Thror no entendía mucho de magia, pero le gustaba que Asta se explayara para contarle los hechizos que había aprendido e incluso inventado para añadir en su libro. No se avergonzaba de quién era y, aunque ambos tenían claro que toda discreción era poca, jamás se le ocurrió ponerle restricciones al uso de su magia. Es más, a veces incluso la acompañaba en sus oraciones durante el día de Freyja, ya que Asta era una devota a la diosa y le rendía culto con mucho fervor.

Y entonces, cumplido el año, sucedió lo que Thror llevaba tiempo esperando.

Un día, mientras entrenaba a los jóvenes cadetes de la Guardia de Mema, Brenda Haddock apareció con su hijo cargado a la espalda y con cara de espanto para decirle que su mujer se había desmayado cuando estaba ayudando en las cocinas. Thror corrió como alma que llevaba la mismísima Hela, pero cuando llegó al Gran Salón se la encontró consciente y bebiendo un vaso de agua mientras Gothi le tomaba el pulso. Ambas mujeres parecían incómodas en la presencia de la otra, pero cuando más tarde le preguntó por el motivo de tanta tensión, Asta le respondió que sencillamente no congeniaban. Gothi le felicitó de igual manera y, ante su evidente confusión por la felicitación, la mujer se dirigió a una Asta claramente molesta.

—¿No se lo habías dicho?

—Todavía no —respondió Asta.

—¿Decirme el qué? —demandó saber Thror ansioso.

—Está embarazada —anunció Gothi con una mueca.

Embarazada. ¡Qué palabra tan maravillosa! Thror le dio uno de sus abrazos de oso, pero Asta le pidió al instante que le soltara. Su evidente descontento le preocupó, ¿acaso no quería ser madre? Thror quiso comprender el motivo de su actitud, pero Asta se cerró en banda. Las primeras semanas del embarazo las pasó enfadada, nerviosa e irritable, hasta el punto que terminaba evadiendolo desde que se levantaba hasta que se iban a la cama. Aquel comportamiento tan inexplicable le molestó y dolió en igual medida, aunque fue Gothi la que le indicó que ese comportamiento era normal entre algunas brujas en los inicios del embarazo.

—Espera, ¿cómo sabes que es una bruja? —demandó saber Thror atónito.

—Se presentó en mi casa para decírmelo para que ambas estuviéramos en buenos términos y no la delatara.

—¿Acaso eres una bruja también?

Gothi hizo un mohín.

—Yo soy galena —respondió ella con sequedad—. Mis habilidades se centran en curar a los demás, nada más, y puedo asegurarte que tu mujer volverá a ser ella misma antes de lo que piensas.

Y así fue.

Una tarde lluviosa estaban ambos sentados frente al hogar, ignorándose a propósito, cuando Asta soltó un chillido. Thror se levantó de un salto para socorrer a su mujer cuando se la encontró con los ojos muy abiertos y las manos sobre su vientre abultado. El vikingo se había quedado desconcertado de lo grande que se veía su barriga para solo haber pasado veinte semanas de embarazo. Asta era bastante pequeña en comparación a las mujeres del Archipiélago, por lo que su cuerpo de embarazada parecía no cuadrar del todo con ella. La bruja alzó la mirada hacia él y, por primera vez en meses, sonrió. Tendió su mano para que la cogiera y la posó sobre su vientre.

Entonces lo sintió.

El bebé había pegado una patada contra su mano.

—Qué fuerza tiene —destacó él admirado.

—Es hijo de su padre —repuso ella emocionada.

No mucho tiempo después, descubrieron que Asta no esperaba un bebé, sino dos. Aquello les ilusionó y aterró por igual, pero al menos se consoló con que Asta ya había superado su fase colérica y había pasado por la emocional. Las últimas semanas de embarazo apenas podía mantenerse en pie de lo muchísimo que le pesaban los bebés dentro de ella y cayó en cuenta que sus poderes estaban un tanto… descontrolados. No era raro que Thror llegara a casa y se encontrara con objetos flotando en el aire o pequeñas burbujas de agua danzando alrededor de su mujer. Ella reía nerviosa, pero Thror sabía que lo estaba pasando mal por no poder mantener el control sobre sí misma.

Asta rompió aguas en mitad de la noche.

El impulso de Thror fue correr para buscar a Gothi, pero Asta le ordenó que no lo hiciera. Quería traer a sus hijos al mundo a la usanza de las brujas y, por mucho que Thror se opusiera, tenía que hacerse así. De esa manera, siguiendo las indicaciones de su esposa, Thror cargó con ella en sus brazos y corrieron al bosque. Asta gritaba de dolor por las contracciones, pero no titubeó a la hora de darle las direcciones que necesitaba para llegar a su objetivo. Alcanzaron una cala en mitad del bosque que se encontraba dentro de una hondonada. Descendieron con mucho cuidado y Asta se desnudó tan pronto sus pies pisaron la charca de la cala. Pequeños y finos trazos de agua volaron a su alrededor, pero Asta parecía más preocupada de adentrarse un poco más hacia el fondo para poder sentarse cómodamente. No soltó la mano de su esposo en ningún momento y cuando encontró el lugar adecuado le pidió que se sentara para servirle de apoyo. Thror decidió entonces que, pese al frío que hacía esa noche, lo mejor sería desnudarse también y, tras lanzar su ropa hacia la zona con hierba, hizo que lo que su mujer le había indicado y la ayudó a sentarse contra su espalda.

Estuvieron allí durante varias horas en las que Asta se retorció del dolor.

Thror masajeaba su cuerpo para aliviarla, ansioso por el tiempo que le estaba llevando traer a sus hijos al mundo, aunque su anciana madre le había contado varias veces que todos sus partos habían sido horriblemente lentos. Por esa razón, Thror se armó de toda la paciencia que disponía y esperó.

—Thror —le llamó Asta en algún punto de la noche.

Se había quedado medio dormido con su cabeza apoyada contra la suya cuando murmuró un «qué» contra su cabello.

—Si son niñas quiero bautizarlas.

Thror frunció el ceño. Había oído sobre los bautismos cristianos que habían empezado a darse en algunos pueblos de la costa, ¿pero por qué iba su mujer a querer implorar la religión cristiana en sus hijos? Por ahí sí que no iba a pasar, ¡sí que no!

—Nuestros hijos no serán cristianos, Asta.

—¿Qué? —preguntó ella en un gemido—. No, no, hablo de que si son niñas reciban la bendición de Freyja como lo recibí yo en su día.

Aquel comentario le pilló totalmente por sorpresa.

—¿Quieres que nuestros hijos sean brujas?

—Hijas —corrigió Asta—. Si son niños serán simples humanos, por supuesto, ya que ellos no pueden ser bendecidos por Freyja. Pero si son niñas y siendo mis hijas, nacerán marcadas como yo.

Asta le había hablado sobre las marcas de bruja. La suya era un conjunto de siete pecas que bailaban en su hombro como una constelación de estrellas. No sabía qué decir respecto a que sus hijas fueran brujas como su madre. ¿Quería que fuera así realmente? Él era humano y a veces no comprendía lo que había supuesto casarse con una bruja. Su mujer era devota a la magia y a su religión, que en cierta medida era la misma que la suya. Sin embargo, ¿cómo sería ser padre de brujas? Le aterraba la idea de que pudiera no entenderse con sus hijas al no poseer el más mínimo atisbo de magia en sus venas. Aún así, su mujer estaría allí. Asta lo mantenía todo siempre bajo perfecto control y lo único que él tenía que hacer era ayudarla a mantener ese equilibrio en su vida haciéndola siempre feliz.

—Se hará como tú desees, mi amor —le prometió Thror.

Dos horas después de realizar tal promesa, con las primeras luces del amanecer de un cinco de abril, sus hijos llegaron al mundo. Al primero, a su heredero, lo llamaron Erland, en honor a su padre. Siete largos minutos después, nació Finn, en memoria de su hermano mayor. Thror sostuvo a su hijo mayor contra su pecho desnudo mientras que Asta hizo lo mismo con su hijo pequeño. Erland berreaba contra su pecho, pero Finn buscó enseguida el pecho hinchado de leche de su madre. Un rato después, cuando Erland pareció calmarse en sus brazos, se intercambiaron a los niños para que el mayor pudiera comer. Ambos estaban tan abrumados por el parto y por la experiencia de sentir a sus hijos por primera vez entre sus brazos que no fueron capaces de intercambiar palabras.

Eran dos niños perfectos.

Sanos.

El linaje de los Hofferson se había salvado.

Mientras daba de mamar a Erland, Thror observó cierta decepción en los ojos de su esposa. La besó suavemente en su mejilla y le prometió:

—Tendremos más. Habrá una niña en la familia, te lo prometo.

Y Asta le regaló la sonrisa más radiante que Thror había visto nunca, causando que su corazón brincara más que nunca de la felicidad, inconsciente de que su promesa no era más que el principio de todos los problemas que vendrían después.

Xx.

Finn Hofferson siempre había vivido en la sombra de su hermano Erland.

Cuando eran niños, lo habitual era que los confundieran. Nunca antes se había visto en Isla Mema dos gemelos que se parecieran tantísimo físicamente como ellos dos. Mirar a Erland era como mirar su propio reflejo en el agua, una imagen idéntica a la suya. Ni siquiera su propio padre podía diferenciarlos al principio. Cada vez que se cruzaban, lanzaba un titubeante «¿Erland?» que Finn siempre corregía.

No había que hacer malinterpretaciones.

Finn quería a su padre y estaba convencido de que Thror lo quería muchísimo, pero cada padre tiene un favorito y el de su padre era indudablemente Erland. Su hermano, siete malditos minutos mayor que él, era la encarnación de todo lo que conllevaba ser un Hofferson: honor, orgullo y valor. Era el heredero de su padre, aquel que le sustituiría un día en el Consejo en representación a la familia, el que heredaría la fortuna del clan y lideraría el ejército junto al heredero de la tribu, Estoico Haddock, en eterna búsqueda del nido de los dragones.

Sin embargo, Finn estaba bien con su posición de hermano menor la mayor parte del tiempo.

Bueno, podría decirse más bien casi siempre.

Su único consuelo era que, mientras Erland era el favorito de su padre, Finn era el favorito de su madre.

Asta Hofferson era la mujer más hermosa e inteligente de toda la aldea, por no decir del Midgar. Finn no tenía dudas al respecto. Es más, a pesar de que tenía prohibido mencionarlo a nadie que no fuera de la familia, estaba orgulloso de que su madre fuera una bruja. Finn le había visto hacer magia desde que tenía memoria y, a diferencia de su hermano, él nunca había perdido el interés en el arte que solo su madre sabía manejar.

—Ma, ¿algún día podré hacer magia como tú lo haces? —preguntó un día Finn cuando no debía tener más de tres años.

Asta levantó la vista del grimorio, su libro mágico y especial que valía más que todos los libros del Archivo juntos, y sonrió a Finn con dulzura antes de acariciar su rostro con sus heladas manos.

—No, mi vida, no podrás, pero eso no significa que no puedas formar parte de ello —se llevó su mano a su vientre ligeramente abultado—. Cuando tu hermana esté aquí, tendrás que protegerla a toda costa, porque ella sí que podrá hacerlo y necesitará a un hombrecito valiente que la proteja a toda costa.

—¿Y no será Erland el mejor para eso? —preguntó él con tristeza.

Su madre levantó la barbilla para que la mirara directamente a los ojos.

—Tu hermano protegerá nuestro nombre, Finn; pero tú protegerás mi legado, ¿a que sí?

No obstante, Finn nunca tuvo la oportunidad de cumplir con esa misión. Su madre se quedó embarazada hasta cuatro veces y ninguna de sus hermanas sobrevivió al embarazo o al parto. Todas ellas habían estado marcadas por Freyja, pero Frigga no permitió que ninguna sobreviviera. Aún así, Finn jamás vio a su madre derramar una sola lágrima. Asta Hofferson no era de montar numeritos, se tragaba el dolor y seguía adelante como si nada hubiera sucedido. Ella era silenciosa y calmada, como un riachuelo que descendía por el bosque. Por suerte para él, su madre decidió que, pese a que no pudieran ejercer la magia, debían conocer los fundamentos de la misma y les enseñó a escuchar lo que la naturaleza tenía que decirles. Finn se enamoró de los cantos del viento que nadie más prestaba atención, de los gruñidos de la tierra que estaba en movimiento constante o de los susurros del agua que parecía saberlo todo. Asta siempre les decía que cualquiera podía oír aquello que los elementos tenían que decir, pero que los humanos habían olvidado cómo hacerlo.

—Nunca escuchéis al fuego —les advertía siempre su madre—. El fuego es viperino y peligroso. Os podría engañar y mataros a la mínima de cambio.

—¿Y el agua no puede hacer acaso lo mismo? —cuestionó Erland confundido—. Si te atrapa, te ahoga.

—El agua es un elemento que forma parte de nuestro cuerpo —le recordó su madre algo ofendida por tal sugerencia—. Jamás te haría daño y mucho menos si la escuchas.

Cuando Erland y Finn cumplieron ocho, sus padres desistieron en intentar tener más hijos, dado que Asta no se había vuelto a quedar embarazada desde hacía tres años. Por esa misma razón, Thror se enfocó en entrenar a sus dos únicos hijos para la guerra contra los dragones. Todo Hofferson nacía para ser un gran guerrero y no cabía duda que su padre era uno de los más fieros y fuertes de la aldea. Los entrenamientos eran duros, como el de cualquier vikingo en el Archipiélago, pero su padre era sumamente estricto, sobre todo porque perder nunca era una opción en su familia.

¿Y quién era el que perdía siempre?

Finn, por supuesto.

Siempre se escuchaba que entre los gemelos había de existir una conexión especial, que debían de estar unidos por una especie de hilo invisible que los hacía inseparables y que incluso podían hablarse solo con la mente. Por desgracia, eso jamás había existido entre Finn y Erland.

No es que se llevasen fatal, pero tampoco se llevaban bien. Sencillamente eran demasiado diferentes. Erland era extrovertido, simpático y abierto con todo el mundo. No había nadie en la aldea que no sonriera cada vez que se cruzaban con su gemelo. Finn, en cambio, era más huraño y callado, de los que preferían escuchar a hablar y parecía estar más cómodo con la naturaleza que con otros seres humanos. A medida que iban creciendo, más distancia había entre ambos hermanos, hasta el punto que cuando empezaron el entrenamiento para matar dragones a los quince, contaban con círculos de amigos totalmente distintos y jamás se pusieron juntos en ninguna de las pruebas. Erland ganó el entrenamiento de dragones, cómo no, y fue él quién mató la Pesadilla Monstruosa, ganándose el respeto de toda la aldea y el orgullo de su padre.

Entonces llegó ella.

Y nada volvió a ser igual.

Tras cumplir los dieciséis, su padre pidió a ambos hermanos que le acompañaran con Estoico a recoger a la sobrina de Gothi, quien había quedado recientemente huérfana y, para agradecer los servicios de la galena, Carapota había decidido mandar a la mejor partida a buscar a la chiquilla. Llegaron al poco de iniciar el funeral del que entendió que era el padre de la niña y, tras finalizar la ceremonia, el Jefe de la aldea la presentó. Su nombre era Eyra Andersen, tenía unos doce años, y su padre había muerto tras haber sido empalado por las espinas de la cola de un Nadder. Erland, por supuesto, se mostró abierto y amable con ella, aunque la cría no abrió la boca en todo el viaje. Es más, desde el primer segundo que la había mirado a esos ojos bicolores, a Finn no le había dado buena espina.

El primer mes que estuvo en la isla, apenas se relacionó con nadie. Seguía a su tía durante sus rondas como un perrito medio degollado y apenas se atrevía a levantar la mirada de sus pies. Una noche, sin embargo, durante la cena Erland habló de Eyra, de cómo hasta ahora no había tenido un hogar realmente estable y que no sabía leer. Sus padres lo miraron horrorizados.

—¿Y de dónde va a sacar Gothi tiempo para atender sus necesidades? ¡Si no para! —exclamó su madre.

—Había pensado enseñarle yo a leer.

Finn contuvo una carcajada que claramente molestó a su hermano.

—¿Qué? —bramó Erland furioso.

—Nada, que ya sale el buenazo de turno a compadecerse de los más desfavorecidos —comentó Finn—. Resultas patético.

Como buen Hofferson, Erland se levantó para darle un puñetazo, pero su padre gritó para que se detuviera en ese mismo instante y fulminó a Finn con la mirada.

—No vuelvas a insultar a tu hermano de esa manera, Finn —le advirtió Thror con frialdad—. La compasión es una virtud, no una debilidad —su mirada se suavizó cuando se dirigió a su gemelo—. Erland, no sé si dispones de tiempo suficiente para enseñar a esa niña a leer. Tienes tus responsabilidades en la Guardia de Mema, ¿recuerdas?

Ah, sí, la Guardia de Mema, pensó Finn irritado. Erland se había presentado a las pruebas y, por supuesto, había entrado con todos los honores a la primera. Finn, en cambio, iba a presentarse por tercera vez sin ninguna expectativa de éxito. Era buen guerrero, pero siempre le habían tachado de demasiado bruto e impulsivo. Su padre le insistía que necesitaba usar más la cabeza durante la batalla, aunque su madre siempre le mencionaba en privado que debía seguir siempre su intuición que claramente estaba más desarrollada que la de los demás.

—Siempre puedo sacar tiempo antes de cenar —sugirió Erland y miró a su madre—. Creo que deberías conocerla, madre. Eyra es una chica… peculiar.

Su madre frunció el ceño.

—¿A qué le llamas peculiar?

—Tiene los ojos bicolores —se adelantó Finn en responder—, pero claramente no es una bruja.

El rostro de Asta se iluminó en ese instante.

—Pero sí está marcada por Freyja —su madre dibujó una sonrisa radiante—. Es buena idea, Erland, mañana iré contigo para conocerla personalmente.

—Madre…

Erland pareció querer decir algo, pero Finn le dio una patada para que se callara. Su hermano quería advertirle de que no se ilusionara y Finn no tenía la más mínima intención de enturbiar la felicidad de su madre por la estúpida prudencia de su hermano.

—¿Qué? —preguntó Asta expectante, ajena a lo que sucedía bajo la mesa.

Su gemelo apretó los puños antes de responder:

—No es nada.

Su madre se sentía muy sola. Aunque Asta jamás hablaba de su pasado, Finn estaba convencido de que echaba en falta relacionarse con otras de su especie. Siempre había ambicionado tener una niña precisamente para entrenarla y transmitir su legado en el arte de la brujería, pero su incapacidad para tener más hijos había tirado su sueño por la borda y, por mucho que le doliera, ni siquiera Finn podía ocupar ese vacío que había quedado en su corazón. Quizás Eyra Andersen pudiera hacerlo por él.

No obstante, Eyra no resultó ser quién todos esperaban.

Una vez que se adaptó a la isla y a su tía, la chiquilla demostró que estaba como una maldita cabra. Se la veía por la aldea con flores en el pelo, danzando de un sitio a otro mientras hablaba sola o subiéndose a la copa de los árboles para, según ella, estar más cerca del cielo. Sonreía mucho, tal vez demasiado, aunque tenía un temperamento terrible cuando se enfadaba, hasta el punto que una vez golpeó a su hermano con un libro en la cabeza y le hizo sangrar del oído.

A consecuencia de tal acto, Gothi arrastró a la niña hasta casa de los Hofferson para disculparse. Erland no quiso darle más importancia de la que se merecía, más tras confesar que él la había provocado para que le golpeara. Finn se preguntó qué demonios tenía que haberle dicho su gemelo a Eyra para haberla enfadado tanto, puesto que aún seguía fulminando a su hermano con sus rarísimos ojos. A Erland, en cambio, la situación parecía divertirlo de lo lindo. Sin embargo, Asta reclamó una compensación, demostrando su enorme descontento con la niña, y le pidió a Gothi que durante un mes Eyra le ayudara con las tareas de su casa. Ni Gothi ni mucho menos Eyra parecían entusiasmadas por tal propuesta, pero tampoco es que pudieran replicar al respecto.

La niña, al menos, hacía bien su trabajo, aunque tenía una tendencia a distraerse que claramente irritaba a su madre. Por no mencionar que hablaba mucho; demasiado, diría Finn. Las veces que se la topaba en casa realizando las tareas que le mandaba su madre, estaba hablando, pese a que Asta en numerosas ocasiones ni siquiera le prestaba atención. Erland, en cambio, estaba tan acostumbrado a la personalidad estrambótica de Eyra, que disfrutaba tomándole el pelo y conversar con ella. Incluso su padre parecía gozar de su compañía, cayéndole simpáticas las rarezas de aquella huérfana que parloteaba y sonreía demasiado.

Un día, Finn llegó a casa con las botas llenas de barro después de haber salido a cazar con sus amigos. Eyra estaba de rodillas, con el pelo recogido en un moño, fregando el suelo. Finn caminó sobre el suelo húmedo, indiferente a la presencia de la cría, cuando ésta chilló:

—¡¿No podrías quitarte al menos las puñeteras botas?!

Finn se volteó hacia ella con fastidio.

—Tu trabajo es limpiar y estar calladita, mocosa.

Eyra tiró el trapo húmedo al suelo y se levantó hecha una furia para encararse con él. Finn sintió su piel ponerse de gallina cuando la muchacha le clavó sus ojos bicolores encendidos por la rabia.

—Tu hermano será un poco imbécil, pero al menos me respeta —escupió la cría—. Tú, en cambio, eres un amargado y un maleducado.

Finn cogió de su brazo con fuerza y la sacudió con violencia.

—¿Quién te crees que eres para hablarme así, niñata de mierda?

Eyra siseó de dolor, pero no se mostró en absoluto intimidada por su enfado. Es más, su pecho se hinchó y levantó la barbilla con aire desafiante. Finn levantó la mano para golpearla cuando sintió que alguien cogía de su muñeca con fuerza. Se volteó para encontrarse cara a cara con su hermano.

—¿Qué coño haces? —demandó saber Erland rabioso.

—Darle una lección a esta puta cría.

—¿Tú estás tonto o qué te pasa? —cuestionó Erland obligándole a soltar a Eyra—. ¡No es más que una niña, joder!

—No soy una niña —se quejó Eyra por lo bajo.

—Tú calla —le advirtió Erland y volvió a dirigirse a su gemelo—. Nuestros padres jamás nos pusieron un dedo encima, así que no entiendo en qué va ayudar a Eyra que le des una paliza.

—En que mantenga la puta boca cerrada y respete a los que son superiores a ella —respondió Finn con arrogancia—. Eres débil, Erland, siempre lo has sido. Nunca te has molestado en doblegar a esa cría, ¿qué harás cuando tus hijos te desobedezcan? ¿Darles una palmadita en la espalda y hasta luego?

Erland le dio un empujón a modo de respuesta y Finn iba a responderle con un puñetazo cuando su brazo quedó paralizado a pocos centímetros de su cara.

—¿Qué demonios está pasando aquí? —demandó saber su madre a su espalda.

Su madre deshizo el hechizo antes de que Eyra pudiera darse cuenta de lo que estaba pasando, aunque la niña no apartó los ojos de él por un segundo. Erland y Finn contaron los hechos de lo sucedido y su madre no pudo evitar dibujar una mueca de decepción en su bello rostro.

—Entiendo que os peléis, pero que dos hermanos lleguen a las manos por esta tontería me parece una barbaridad —señaló Asta con severidad—. Seréis vosotros dos quién limpiaréis el suelo todos los días durante el resto del mes y lo quiero impoluto, ¿entendido?

Ambos hermanos asintieron furiosos, pero no se atrevieron a protestar por el castigo de su madre. Asta entonces se dirigió a una Eyra que procuraba no mirarla directamente a los ojos; sin embargo, su madre estaba también molesta con ella.

—En esta casa mantenemos las formas incluso cuando estamos enfadados, Eyra —señaló la bruja molesta—. ¿Tus padres nunca te enseñaron a tener ciertos modales?

—Mis padres están muertos —contestó Eyra con voz mortificada.

—No es excusa —insistió Asta con frialdad—. Pronto serás una mujer y tienes que aprender cuál es tu sitio de una vez —Eyra no respondió y siguió con sus ojos puestos en sus pies, provocando que su madre se enfadara todavía más—. ¡Eyra, mírame cuando te hablo, por todos los Dioses!

Asta cogió a la niña de la barbilla y entonces sucedió algo muy extraño. Los ojos de la niña se quedaron de repente en blanco, carentes de vida, y se desplomó en el suelo como un peso muerto. Tanto Asta como Erland corrieron a socorrerla horrorizados por el extraño estado catatónico en el que la niña había caído. Asta bramó que corrieran a buscar a Gothi y Erland salió disparado a casa de la galena. Finn se arrodilló junto a su madre mientras ésta pasaba su mano por el rostro de la niña y murmuraba un hechizo, pero Eyra no pareció reaccionar.

—¿Qué le pasa? —preguntó Finn extrañado.

—No lo sé —contestó su madre desconcertada—. Es raro que no se despierte con este hechizo.

De repente, Eyra abrió los ojos y dio una bocanada fuerte de aire. Finn y Asta respiraron aliviados, aunque cuando la niña les vio se arrastró hacia atrás espantada.

—Eres una bruja —murmuró la niña.

Tanto Finn como su madre contuvieron la respiración por el convencimiento de sus palabras, pero antes de que ninguna pudiera decir o hacer nada, la niña salió corriendo despavorida de allí.

—¡Síguela! —exclamó su madre en pánico.

Finn obedeció su orden de manera instantánea; sin embargo, la jodida Eyra corría como si la siguiera el mismísimo Loki. Se detuvo sólo cuando se topó con Erland y Gothi, quienes caminaban a toda prisa hacia su casa, y se ocultó tras su hermano temblando como un corderito.

—¿Eyra? ¿Qué…? —Erland intentó que la niña le soltara, pero no tuvo éxito, por lo que se dirigió a él con ojos furtivos—. ¿Qué le has hecho ahora?

—¡Nada! —se defendió Finn indignada—. Deberías preguntar qué ha hecho ella ahora, ¡sabe lo de madre!

Erland abrió mucho los ojos e hincó una rodilla para ponerse a la altura de Eyra e intentar que hablara con él, pero ella se apartó para refugiarse entre los brazos de su tía. La mujer le dio unas palmaditas en la espalda mientras la niña lloraba desconsolada y suspiró agotada.

—Decidle a vuestra madre que venga esta noche a mi casa para hablar sobre esto, hay cosas que debemos aclarar —señaló Gothi antes de marcharse con una desconsolada Eyra.

Finn nunca llegó a saber de qué hablaron Gothi y su madre aquella noche, pero Asta se mostró taciturna e incluso malhumorada por varias semanas y Eyra ni volvió por su casa ni se la volvió a mencionar, aunque tanto su hermano como su padre todavía la saludaban cada vez que se la encontraban por la calle.

Pasaron los años más rápido de lo que hubiera deseado y, pronto, su casa empezó a ser abordada por discusiones sobre el matrimonio. Su padre quería que se casaran para que la familia se expandiera y el nombre Hofferson se garantizara, mientras que su madre anhelaba nietos aún viéndose como una veinteañera entre las cuatro paredes de su casa. Para evitar que la gente sospechara de ella, Asta se veía forzada a tomar pociones para aparentar que estaba envejeciendo como el resto de los mortales. Al parecer, pese a que las brujas se deterioraban con el paso del tiempo, tardaban en envejecer más de lo normal, por lo que su madre no aparentaba tener más de veinticinco cuando ya estaba cerca de cumplir los cuarenta. Finn se preguntaba a veces cómo llevaría su madre el hecho de estar casada con un hombre que acabaría siendo un anciano mientras seguiría siendo hermosa y joven. Sus padres nunca hablaron de dicho problema y Finn tampoco quiso comentar con su gemelo que muy pronto ellos se verían mayores que su madre en la privacidad de su hogar.

El deseo de que la familia se expandiera era un anhelo que agobiaba a ambos hermanos. Pese a que deseaba hacer feliz a su madre por encima de todo, Finn no se sentía atraído por nadie. A diferencia del resto de los hombres de la aldea o incluso de su propio hermano, el sexo no era algo que le llamara especialmente la atención. Lo había probado y no le había entusiasmado, y la simple idea de que en un futuro tuviera que compartir el lecho con una mujer le daban náuseas.

Por suerte, su padre presionaba más a Erland que a él, más desde que Estoico anunció su compromiso con una chica proveniente de otra isla. Para aquel entonces, Estoico ya era el Jefe de la isla, dado que Carapota empezó a perder la cabeza pocos años antes y ahora estaba en un estado tan deteriorado que en numerosas ocasiones no reconocía ni a su propio hijo. Ni siquiera su madre, con sus conocimientos tan avanzados en magia medicinal, pudo hacer nada tras las súplicas de su padre por curarlo.

—La mente es el órgano más complejo que existe —explicó su mujer a un desolado Thror—. Ni la bruja más poderosa podría salvarle, amor mío.

Nadie sabía cómo Estoico había conocido a su prometida. Valka apareció de la nada: alta, flaca, sin ser especialmente guapa y muy reservada. Cuando se presentó en la aldea acompañada de su padre —un hombre flacucho y alto que tenía aspecto de que se lo iba a llevar el viento si soplaba de más— apenas formuló una sonrisa, ni siquiera a su futuro marido cuando se reencontraron. La gente de la aldea estaba muy desconcertada por la elección de Estoico, sobre todo porque Mema contaba con mujeres más adecuadas y con mejor potencial para tener hijos que Valka.

Su madre, en cambio, fue la primera en acercarse a ella, probablemente porque hubo un tiempo en el que Asta estuvo en una situación similar a la de Valka. Pese a la diferencia de edad, ambas mujeres parecieron entenderse a la perfección, aunque su madre descubriría que, al igual que ella, Valka era reticente a dar detalles sobre su pasado. Poco tiempo después, a Valka se la vio por la aldea con la atolondrada de Eyra Andersen, quien le ayudó a que se relacionara con otras chicas de su edad. Eyra no había cambiado mucho aún estando a punto de alcanzar la mayoría de edad, pero ni siquiera el propio Finn pudo negar que Eyra Andersen se había convertido en una belleza inusual dentro de la aldea. Se había convertido en una mujer hermosa y su fuerte temperamento combinado con su molesto carácter risueño y alegre atraía las miradas allá donde fuera, incluídas la de su hermano.

—Sabes que nuestros padres no permitirían que te casaras con alguien como Eyra, ¿verdad? —comentó una noche Finn mientras volvían de su guardia.

Erland le observó como si le hubiera salido una segunda cabeza.

—¿De qué demonios estás hablando? —cuestionó su hermano escandalizado.

—Venga ya, Erl, se te nota a mil leguas que te gusta —reclamó Finn con impaciencia.

—¡Si es una cría! —puntualizó Erland indignado—. La veo como una hermana pequeña, nada más. Además, nunca me ha aguantado y no hacemos otra cosa que discutir. ¡Somos demasiado diferentes!

Finn le lanzó una mirada de circunstancias a su hermano por ser tan ignorante de sus propios sentimientos, pero no volvió a sacar el tema de Eyra por miedo precisamente a arrojar luz sobre lo que sentía realmente por Eyra. No quería a Andersen como familia, era demasiado alocada e irresponsable para ser una Hofferson y ni él ni su madre la soportaban. Por no mencionar, que el sentimiento era mutuo, dado que aunque la muchacha tenía una relación cordial con su padre y su hermano, seguía poniéndose muy tensa cada vez que se cruzaban con él o con Asta. Por suerte, Eyra había demostrado que sabía guardar un secreto y no se había extendido ningún rumor que pudiera acusar a su madre de brujería.

Finn se consolaba con que Eyra fuera a ser la sustituta de Gothi en un futuro. Las galenas solían ser mujeres solteronas que dedicaban su vida a velar por el bienestar de la aldea y a tratar a los enfermos. Hasta donde Finn tenía conocimiento, y no es que fuera mucho, Eyra no había mantenido una relación romántica con nadie. Es más, había quienes la temían precisamente por haber demostrado en más de una ocasión que su derechazo era el más mortífero de toda la isla. No era una mujer al uso, no le importaba que la tacharan de marimacho y descuidada por no cumplir con los estándares que debía cumplir toda buena esposa y siempre tenía la cabeza en las nubes, causando que fuera todavía más distraída y despistada de lo que ya había sido de niña.

Sin embargo, pese a sus numerosos defectos, el interés de Erland hacia la sobrina huérfana de Gothi fue a más. Puede que sus padres no lo notaran, pero Finn era lo bastante observador como para fijarse que la mente de su hermano estaba siempre en otra parte y comenzó a estar más ausente por casa tras la boda de Estoico y Valka, llegando incluso a escaquearse por las noches. Es más, sus sospechas se hicieron realidad cuando, una noche, decidió seguirlo y fue testigo de cómo su hermano se colaba habilidosamente por la claraboya del tejado de la casa de Gothi que daba a la habitación de Eyra. Se quedó escondido entre unos matorrales hasta que aparecieron las primeras luces de la mañana. Erland salió de la ventana con cuidado de no hacer ruido y se inclinó durante unos segundos hacia dentro de la casa, seguramente para besar a Eyra, antes de saltar y bajar de nuevo a la aldea.

Finn no supo qué hacer.

Aquel era un secreto que no le pertenecía y revelar el romance de su hermano con Eyra, no solo causaría que su relación se crispara aún más si era posible, sino que la reputación de la muchacha podría quedar en jaque. No es que tuviera un especial aprecio a Eyra, pero tampoco consideraba que la muchacha tuviera que pagar por los caprichos de su hermano y no comprendía que pudiera jugarse tanto por alguien al que no podría aspirar ni en sus mejores sueños.

O eso había pensado Finn, porque a pocos meses de haberlos pillado, Erland les anunció su intención de casarse con Eyra Andersen.

La reacción fue mixta. Su madre puso el grito en el cielo, escandalizada de que su hijo fuera a casarse con una mujer huérfana, sin dote y con tan mala fama en la aldea. Finn, como cabía de esperar, se posicionó a favor de su madre. Sin embargo, Thror Hofferson mostró una postura totalmente opuesta a lo esperado.

—Es buena chica y, sí, está lejos de ser perfecta, pero es la mujer que nuestro hijo ama, Asta —le advirtió Thror muy calmado.

Uno de los cristales de la ventana de la cocina explotó y Asta Hofferson necesitó unos segundos para respirar hondo antes de declarar:

—No es adecuada. ¡No lo es! Tiene sangre de Völva y me niego a que se mezcle con la nuestra.

—Eso es lo más repugnante que has dicho nunca, madre —le achacó Erland asqueado—. Osea, ¿que si te dijera que me caso con una bruja estarías de acuerdo, pero como Eyra puede ser medio Völva decides que no es adecuada porque puede… destruir tu estirpe? —Asta abrió la boca para defenderse, pero Erland golpeó la mesa rabioso—. ¡¿La achacas de ser una huérfana cuando tú ni siquiera sabes quienes son tus padres biológicos?! ¿Cómo sabes que tu sangre ya no está manchada, madre? No sabemos nada de ti antes de conocer a padre y sé que no te gusta Eyra no porque ella sea de una clase inferior a la nuestra sino porque ella vio tu pasado.

Ni siquiera su padre pudo acallar tal acusación. Los gemelos desconocían si Asta le había relatado a Thror la verdad sobre su vida antes de conocerse, pero su madre no había soltado prenda al respecto con ellos. Finn siempre había pensado que se debía a que era un episodio demasiado doloroso en su vida en el que no quería pensar, pero la expresión de ira de su madre parecía revelar algo muy distinto.

—Thror —dijo la bruja al cabo de un rato—. ¿De verdad vas a permitir que esta boda salga adelante?

Su marido parecía estar en una encrucijada importante, pero era un Hofferson y no cabía duda que cuando se le metía una idea en la cabeza después era difícil cambiarle de parecer. Sin embargo, se volteó hacia Erland para preguntarle muy serio:

—¿Amas a esta chica, hijo?

—Con todo mi corazón, padre —confesó él con una honestidad que resultaba abrumadora.

—Entonces tienes mi consentimiento para casarte con ella —Asta quiso replicar de nuevo, pero Thror alzó la mano para pedirle que se callara—. Iré esta misma tarde contigo para hablar con Gothi y con Estoico. También me gustaría hablar en privado con Eyra.

Erland miró a su padre con recelo, pero Thror sacudió la cabeza.

—Es preciso que hable con ella —insistió su padre muy serio y miró a su esposa—. Puedes venir conmigo si lo deseas.

—Yo no tengo nada que decir, está claro que aquí mi opinión no cuenta una mierda —clamó Asta antes de levantarse y retirarse a su dormitorio dando un portazo.

Erland estaba dolido por la actitud rabiosa de Asta, pero Finn era de la misma opinión de su madre. Eyra jamás podría encajar en su familia y no podía comprender la responsabilidad que caería sobre sus hombros si se casaba con Erland, sobre todo una vez que tuvieran hijos. Además, ante el caso de que Eyra tuviera alguna hija que estuviera marcada por Freyja, tendría que concienciarse que la crianza de la niña correría exclusivamente al cargo de Asta. El legado de su madre debía persistir y, además, tenían que tener varones sí o sí para que el apellido Hofferson perdurase varias generaciones más.

Se casaron en pleno otoño en una ceremonia a la que asistió toda la aldea. Ni siquiera el propio Finn pudo negar que Eyra estaba radiante y su hermano se le veía profundamente enamorado. Bailaron, cantaron e incluso se emborracharon. En algún punto de la noche, Finn le pareció ver a lo lejos como, aprovechando de que Erland estaba despidiéndose de Estoico y de una embarazada Valka, Asta se acercó a Eyra para hablar con ella. Finn se sintió tentado a acercarse para escuchar la conversación, pero el pálido rostro de desconcierto de Eyra le hizo comprender que su madre había dejado clara su posición respecto aquel enlace: que no era bienvenida a la familia.

No pudo evitar sentir cierta lástima por la muchacha. Tras tratar con ella un poco más tras la boda, no podía negar que, pese a no ser todo lo que una buena mujer debía tener, no era mala gente en absoluto. Puede que Erland no fuera su persona favorita en el mundo, pero le conocía lo suficiente como para reconocer que si su hermano se casaba con esa chica debía ser porque realmente la quería y no por otra razón. Sin embargo, lo último que todos hubieran esperado es que Eyra abriera un abismo entre Erland y el resto de su familia.

La relación con Thror, por lo general, era buena; pero la mala relación entre suegra y nuera crispó la unión entre todos. Asta y Erland, quienes nunca habían discutido hasta ahora, se pasaban el día como el perro y el gato, hasta el punto que se evitaban en medida de lo posible. Ello llevaba a que su madre discutiera constantemente con su padre por haber permitido que Erland se hubiera casado con la loca de Eyra. Su padre, al igual que el resto de los Hofferson, tenía un paciencia limitada y terminaba explotando contra ella o cualquiera de sus dos hijos.

Sin embargo, cuando uno piensa que nada podría ir a peor, entonces pasaba lo peor.

Y todo fue por culpa de los Haddock y su hijo.

Desde que se había casado con Estoico, Valka se había quedado embarazada varias veces, pero acaba perdiendo siempre al bebé antes del tercer trimestre. Consciente de que su esposa no podía soportar por más tiempo la presión y que estaba entrando en una profunda depresión, su padre les había contado que habían decidido no intentarlo más y que concederían la Jefatura a algún futuro hijo de Patón Jorgenson cuando decidiera tenerlos. Sin embargo, Valka volvió a quedarse embarazada y Eyra y Asta Hofferson apartaron por una vez sus diferencias para volcarse en la Jefa, quien no salía de su estado de terror y paranoia ante la idea de perder un hijo más.

Al poco de iniciar el séptimo mes, Valka rompió aguas. Eyra, Gothi, y Asta atendieron un parto que se alargó hasta la madrugada de un frío veintinueve de febrero. La fecha del nacimiento debía haberse percibido de inicio como una mala señal o al menos eso le indicó su madre tras volver de casa de los Haddock hasta arriba de sangre y con una expresión agotada que le hacía parecer mucho más mayor pese a que los efectos de la poción de envejecimiento ya habían pasado hacía rato. El niño había nacido más pequeño de lo normal y estaba muy débil, probablemente porque sus órganos no se habían desarrollado del todo.

—Morirá en cuestión de días —apuntó su madre con tristeza.

Y, entonces, a los pocos días de nacer el niño, Valka desapareció con él sin dejar rastro. Estoico parecía haberse vuelto loco, angustiado de que alguien hubiera podido secuestrar a su esposa. Erland y Finn interrogaron a Eyra, quien no parecía en absoluto sorprendida ni preocupada de que la mujer del Jefe hubiera desaparecido.

—Volverá —le aseguró ella.

—¿Acaso sabes adonde ha ido? —cuestionó Erland con recelo.

—No, pero conozco a Valka, volverá.

Y volvió. Nadie supo ni adónde había ido ni por qué se había marchado, pero el bebé que había traído con ella, pese a su pequeño tamaño, se había vuelto un niño sano al que decidieron llamar Hipo Horrendous Haddock III. Tan pronto su madre supo de esto, corrió a ver a la mujer del Jefe, pero volvió poco tiempo después con cara de haber visto a un fantasma y una mueca de horror que deformaba su bello rostro.

—Es una abominación —le confesó su madre horrorizada—. ¿Qué ha hecho esa, imbécil? ¡Nos ha condenado a todos! ¡Por culpa de ese bebé la aldea está ahora maldita!

Ni Thror ni sus hijos habían visto nunca a Asta actuar de aquella manera. Su madre se movía de un lado a otro de la casa, murmurando que aquel niño supondría el fin de todo lo que había conocido hasta ahora y que había que hacer algo al respecto. Sin embargo, fue Eyra la única que se atrevió a confrontar a la matriarca de los Hofferson.

—¡Por el amor de Thor, Asta! ¡No es más que un bebé! —gritó la chica furiosa—. ¡Deja a los Haddock en paz!

—¡No entiendes una mierda! ¡No sabes lo que esa mujer ha hecho!

—¡Sé perfectamente lo que ha hecho y, sabiendo que eso ha salvado la vida de Hipo, me parece estupendo!

Asta le propinó una bofetada a Eyra que alarmó muchísimo a Thror y a Erland, aunque eso no pareció intimidar a Eyra en absoluto.

—¡Todos vivimos sometidos a tu puto credo y a tus jodidas normas! ¡Estoy harta!

—¡Y tú estás loca si piensas que voy a permitirte que hagas lo que te venga en gana! ¡Entraste en esta familia sabiendo muy bien donde te metías!

Erland y Thror intentaron separarlas, pero Eyra simplemente dijo entre dientes:

—Espera y verás.

Dos meses después de aquella confrontación, Valka desapareció en una redada de dragones, dejando a Hipo y a Estoico completamente solos. Nadie había visto al Jefe actuar nunca tan movido por el dolor y la ira, pero se volvió más sanguinario que nunca con los dragones. Sin embargo, era evidente que el tener que criar a un bebé solo le pasaba factura y Bocón, su mano derecha, estaba sobrepasado por el trabajo en la herrería. Para disgusto y consternación de su madre, Eyra se presentó voluntaria para ayudar a Estoico con el niño hasta que el Jefe pudiera estabilizarse a nivel emocional.

Ni el propio Erland parecía muy convencido de la decisión de su esposa, ya no solo porque todos estaban seguros que lo había hecho en parte para fastidiar a Asta, sino porque no estaba muy seguro de que Eyra estuviera preparada para ejercer de figura materna para el futuro Jefe de Isla Mema y temía que la crispación con su madre fuera todavía a más. Sin embargo, pese a las reticencias de su esposo, Eyra no dio su brazo a torcer y Erland no tuvo otro remedio que aceptar que su mujer fuera a encargarse del niño.

En todo ese tiempo, Finn procuró mostrarse indiferente y alejarse todo lo posible de aquellas disputas familiares. A espaldas de su familia, había empezado a trabajar en el contrabando de armas y alcohol para sacarse un buen dinero. Aprovechaba los viajes en los que vigilaba el entorno de Mema para intercambiar mercancía con sus compradores y, a cada viaje que había que realizar más allá de los límites de su territorio, Finn se apuntaba sin pensárselo dos veces.

Su madre no estaba contenta porque quisiera marcharse con tanta asiduidad, sobre todo ahora que, según ella, le necesitaba más que nunca, pero Finn estaba cansado de depender económicamente de su padre y estaba harto de vivir a la sombra de Erland. Puede que no fuera la forma más honrosa de ser alguien, pero quizás con una fortuna de base podría construirse su propia casa y levantar un negocio de lo que fuera por su cuenta.

Casi un año después de que Eyra hubiera decidido encargarse de Hipo, Finn descubrió de casualidad que su cuñada estaba embarazada cuando atracó su barco en el puerto tras meses de viaje. Eyra tenía el vientre abultado, podría decirse que había pasado el quinto mes del embarazo, y estaba por allí mirando los barcos para entretener a Hipo, a quien tenía cargado en sus brazos. El niño seguía siendo pequeño pese haber cumplido ya su primer año, aunque tenía unos ojos tan expresivos que la piel de Finn se le puso de gallina cuando se acercó a saludarles.

—¿Cuánto vas a quedarte esta vez? —preguntó la joven mientras subían por la ladera del acantilado hacia la aldea. Hipo había cogido de una de sus trenzas y se había puesto a mordisquearla, aunque Eyra no pareció molestarse.

—Pocos días, vengo a reponer las provisiones y me iré antes del próximo día de Thor —respondió Finn con desgana.

—¿No habría forma de convencerte para que te quedaras un poco más? —insinuó la mujer algo ansiosa.

Finn frunció el ceño.

—¿Por qué te interesa que me quede más tiempo? Hasta donde yo sé, tú y yo no somos amigos.

—No lo somos porque nunca quisiste que lo fuéramos —matizó ella haciendo una mueca—. Ni siquiera te llevas con Erland, así que no te atrevas a echarme la culpa de esto, Finn.

El vikingo no pudo replicar ese último comentario.

—Estoy preocupada por tu madre, Finn.

—¡Ah! ¿Ahora te preocupa? Poco te ha importado hasta ahora —señaló Finn con sarcasmo.

—¿Y cuando le he importado yo a ella? —replicó Eyra con rabia—. No deja a Erland tranquilo, Finn, y bastante alterado está él con todo lo del bebé como para que vuestra madre le esté comiendo la oreja sobre qué tengo que comer, cómo me tengo que comportar o qué tengo que hacer para que esta criatura esté bien.

—Osea, que en realidad quieres que hable con mi madre para que así deje en paz en Erland y a su vez te deje a ti tranquila —resumió Finn malhumorado—. En lugar de pensar solo en ti misma quizás tengas que plantearte que este embarazo nos implica a todos, Eyra. Si es niño será el heredero de nuestra familia y si es niña y está marcada por Freyja será…

—Una como todas las demás —se adelantó en sentenciar Eyra con las mejillas encendidas—. No voy a permitir que bauticen a mi hija si resulta que está marcada por la Diosa, Finn, y parece que a tu madre no se le mete esa idea en la cabeza por mucho que se le insista.

—¿Privarías a tu hija de la bendición de Freyja? —cuestionó Finn escandalizado.

—Jamás. Le daría la opción a escoger lo que realmente quiera ser cuando fuera más mayor, que es muy distinto —señaló Eyra antes de seguir con su camino sin mirar atrás, aunque observó cómo Hipo le miraba por encima del hombro de la mujer.

Tal y como Eyra le había advertido, su madre estaba enfadada y hecho un manojo de nervios, hasta el punto que le dio un empujón cuando fue a besarla en la mejilla. Al parecer, Asta no le había perdonado que se hubiera marchado tanto tiempo, dejándola lidiar sola con los desvaríos de Eyra.

—¿Qué dice padre al respecto? —preguntó Finn extrañado de no encontrarlo en casa.

—¿Qué va a decir? ¡Nada! ¡No lo entiende! No entiende que esa niñata es demasiado inestable para ser madre… El bebé es una niña, Finn, puedo sentir su marca de Freyja con solo palpar el vientre de Eyra. La niña tiene un potencial mágico abismal —explicó Asta muy ansiosa.

—Pero eso es bueno, ¿no? Siempre quisiste a otra bruja en la familia —le animó Finn.

—Eyra no quiere bautizarla.

—Lo sé, me lo ha dicho.

—Es idiota, ¿sabes lo peligroso que es exponer al mundo una niña marcada sin bautizar? ¡Ella lo sabrá enseguida y entonces lo habremos jodido pero bien!

Finn frunció el ceño.

—¿De quién estás hablando?

Pero su madre no respondió a su cuestión, llevándose las manos a la cara con desesperación.

—Madre…

Asta cogió de su mano con tal desesperación que clavó sus uñas en su carne.

—Tengo miedo, Finn —le confesó ella con lágrimas en los ojos—. No te vayas, por favor. Quédate hasta que el bebé nazca y consiga convencer a Eyra para que me deje bautizarla.

Finn no quería acceder a su petición, más yéndole tan bien con sus negocios en el contrabando, pero su madre lucía tan atormentada que sintió una congoja terrible en el pecho cuando negó con la cabeza.

—Lo siento, madre, tengo que marcharme de nuevo —su madre apartó las manos como si su piel quemara al contacto—, pero te prometo que volveré antes del parto.

—Para entonces será demasiado tarde —clamó la bruja furiosa—. Tendré que hacerlo todo yo solo, como siempre. Ahora que ella sabe que estoy aquí será mucho más complicado.

—¿De quién demonios estás hablando, madre? —cuestionó Finn desesperado.

Sin embargo, su madre no parecía estar de humor para responder a ninguna de sus cuestiones. Finn se marchó y, tal y como había prometido, regresó poco antes del parto. Su sobrina nació en una de las noches más catastróficas que Isla Mema había registrado en décadas. Aquel día no solo los dragones se viciaron especialmente en destruir sus hogares y a robar sus suministros, sino que además cayó una tormenta que parecía haber sido convocada por el mismísimo Thor para desprender toda su ira contra la aldea. Finn no estuvo presente durante el alumbramiento, pero existían distintas versiones de lo que sucedió aquella noche. El parto fue inusualmente rápido, quizás motivado por el estrés por el que la muchacha tuvo que pasar al haber roto aguas mientras huía al Gran Salón con el crío de Estoico cargado en brazos. Sin embargo, lo que sucedió durante el postparto había sido muy desconcertante. Eyra había dado instrucciones muy claras de que debía ser Gothi y no su suegra quien debía atender su parto, pero al haber dilatado tan rápido, su tía no había tenido tiempo material para trasladarse al refugio con el resto. Resignada, no tuvo otro remedio más que dejarse ayudar por una desesperada e impaciente Asta. La niña había nacido sana y fuerte, chillando tan fuerte que sus lloros alcanzaron un Gran Salón atrincherado para protegerse del ataque de los dragones. Los pocos testigos del parto aseguraron que, tras haber dado luz se había quedado algo ida, probablemente por el cansancio y el dolor, pero no mucho tiempo después Eyra pareció volver en sí y entró en un ataque de histeria, hasta el punto que arrancó a su hija de los brazos de su abuela y la echó de la sala acusándola de querer robar a su hija.

Asta Hofferson se tomó aquello como una afrenta tan personal que, según trasladaron a Eyra la casa de sus suegros para que se recuperara con el bebé, se reunió con su marido y sus gemelos para tomar cartas sobre el asunto. No cabían dudas que Eyra había perdido el juicio y que las acusaciones que había lanzado contra Asta eran muy graves, hasta el punto de demostrar que no estaba capacitada para criar a ningún bebé. Sin embargo, Erland no dudó en defender a su mujer a capa y espada.

—No pienso alejar a nuestra hija de su madre —les aseguró.

—Esa mujer no está capacitada para ser madre, Erland —insistió Asta colérica.

Mi mujer ha demostrado ser una madre perfectamente capaz tras haberse encargado ella sola de Hipo Haddock —su madre fue a replicar, pero Erland se levantó furioso de la mesa—. ¡Desde que me casé con ella no la has dejado respirar ni un solo minuto, madre! ¡Ni uno!

—¿Y por qué piensas que lo he hecho? ¡Esa cría no sabía ni cuidar de sí misma! —chilló Asta rabiosa—. ¡Vuestra casa es un puñetero desastre! ¡No sabe cocinar! ¡Es una torpe que se pasa el día en las nubes con la nariz metida en sus dichosos cuentos en lugar de hacer algo de provecho! ¿Cuántas veces le he dicho que es preciso bautizar a la criatura si era niña? ¡Está destinada a ser grande, Erland! Si la dejáis a mi cargo, yo podría educarla y…

—¿Apartarla de nosotros? —le cortó Erland—. Esa bebé es mía y de Eyra, madre, no tuya.

—Si tiene ese potencial es mágico es porque mi sangre corre por sus venas —le recordó Asta.

—También tiene la sangre de los Hofferson —apuntó Erland mirando a su padre, quien no había abierto la boca en toda la conversación porque no estaba del todo seguro en donde debía posicionarse—. Y la sangre de las Völvas corre por sus venas, algo que sé que no te hace la más mínima gracia.

Asta no replicó a su acusación. Se cruzó de brazos y se apoyó contra el respaldo de su silla mientras desafiaba a Erland con la mirada. Resultaba extraña la visión de cómo los efectos de la poción de envejecimiento habían pasado y su madre aparentaba ahora más o menos su edad. Sin embargo, aunque su madre apenas hubiera envejecido, sus ojos estaban muy marcados por el cansancio, la ira y la tristeza de tener que enfrentarse a su propio hijo por el bien común de la familia. Nunca, en toda su vida, se había sentido Finn con sentimientos tan encontrados. Culpaba a Eyra de aquella brecha familiar que se había abierto entre su gemelo y su madre, pero no podía negar que su madre tal vez estuviera pidiendo demasiado a su hermano.

—Yo igual me plantearía lo que dice madre, Erl —decidió intervenir Finn aún decidido a apoyar a su madre—. Si Eyra no está bien quizás lo mejor sea dejar que la niña esté a cargo de alguien que sepa cómo cuidarla dadas sus capacidades. Además, tendréis más hijos, ¿no? Ya tendréis tiempo para criar a los demás.

Erland observó a su hermano un minuto largo. Finn apreció la ira en sus ojos, aunque su rostro era imperturbable.

—¿Algún día dejarás de lamerle el culo a madre, Finn?

—¡Erland, no permito que le hables así a tu hermano! —chilló Asta indignada.

Sin embargo, aquello no aplacó el enfado de Finn y se levantó para ponerse a la altura de Erland.

—¿No has estado lamiendo el culo de nuestro padre toda la vida, hermano? —le acusó Finn rabioso—. Tú, don perfecto, amado y querido por todos. ¿Y me acusas de ser el favorito de madre? Nunca lo has podido soportar, ¿verdad?

—¿El qué?

—Que yo me entendiera con madre mejor de lo que tú podrías hacerlo jamás.

—¡Finn! ¡Erland! —gritó Thror harto—. ¡Basta ya! Ninguno de nosotros tenemos un favorito, os queremos por igual, ¡siempre lo hemos hecho!

Sin embargo, Asta no apoyó el argumento de su esposo y mientras que Finn encolerizada por el testimonio de su padre, al mismo tiempo pudo disfrutar del dolor en los ojos de su gemelo al comprender que, efectivamente, su madre no le quería tanto como le quería a él.

—¡Cállate, viejo! —rugió Finn a su padre—. ¡Toda mi vida he vivido a la sombra de él! ¿Y me dices que no tienes un favorito? ¡Venga, por favor! ¡Si nos hubieras tratado como iguales jamás hubieras consentido el capricho de Erland de casarse con una cualquiera como Eyra Andersen!

Finn tenía que haberse esperado el puñetazo, pero sus reflejos nunca habían sido tan finos como los de Erland. Aún así, no se acobardó en atacar de vuelta. Thror intentó separarlos por todos los medios, pero sus hijos eran jóvenes y fuertes, mientras que él ya empezaba a sufrir los estragos de la edad. Por esa misma razón fue Asta la que tuvo que separarlos con su magia. Finn sintió su cara arder y su cuerpo se sacudía por la rabia al ver que su hermano no parecía haber sufrido tantos daños como él. Su madre se interpuso entre ellos, enfadada y decepcionada con ambos. Cuando por fin les liberó del hechizo, Erland hizo un aspaviento y se dirigió a la puerta del dormitorio de sus padres, donde Eyra descansaba con el bebé.

—Ella es mi mujer, por mucho que os joda —escupió Erland rabioso—. Así que superadlo de una puta vez, porque me tenéis harto.

Se hizo un desagradable silencio cuando Erland cerró la puerta tras él. Thror miró a su mujer, pero esta parecía decidida a ignorarlo, por lo que el patriarca de los Hofferson se retiró sin decir una sola palabra. Poco después, su madre se marchó de la casa sin decir adónde se iba realmente, pero no regresó hasta pasados tres días. Para entonces, Erland y Eyra ya habían anunciado el nombre de la niña.

Astrid Hofferson.

El nombre lo había escogido Eyra como guiño al nombre de su abuela paterna, aunque Asta no se lo tomó como un homenaje digno de mencionar. Durante las siguientes semanas, Thror fue a visitar a la pareja y a su nieta todos los días, pero ni Asta ni Finn parecían muy dispuestos a realizar ningún acercamiento. Su madre se sumergió de nuevo en su viejo grimorio, mientras que Finn se preparaba para marcharse de nuevo. Sin embargo, una noche, Finn escuchó a sus padres discutir.

—No puedes seguir así —advirtió Thror con severidad.

—No pienso someterme a su voluntad.

—¡Nadie te está pidiendo que te sometas! —insistió el vikingo exasperado—. Asta, permítete querer a esa niña, por Odín.

—Esa niña debería ser mi semejante, Thror.

—Eyra jamás se ha negado a que Astrid sea una bruja.

—No, Eyra es tan estúpida de creer que existe la posibilidad de que Astrid no quisiera recibir la bendición de Freyja y prefiere que lo decida ella misma cuando ya sea demasiado mayor como para entrenarla como es debido —matizó Asta irritada—. Astrid tiene muchísimo potencial mágico que requerirá años de entrenamiento. Estamos perdiendo un tiempo precioso por culpa de la cabezonería de esa boba.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Seguir con esta brecha que solo divide a nuestra familia? Yo no quiero perder a Erland, Asta, y tampoco a mi nuera y a mi nieta.

—¿Por qué quieres a esa chica? ¿No ves que ha sido ella la causa por la que estamos así? —clamó Asta dolida.

—Eyra hace feliz a nuestro hijo, Asta. De la misma manera que tú me hiciste feliz cuando decidiste casarte conmigo —declaró Thror con tristeza—. Tiene sus defectos, no lo niego, pero no creo que podamos culparla solo a ella de la brecha que hay en esta familia.

Aquellas palabras parecieron calar hondo en su madre, porque antes de que Finn marchara a su siguiente viaje, hubo un cambio significativo en ella. Se presentó en casa de Erland y Eyra y, aunque no se disculpó, sí se mostró menos reacia con la madre y más abierta a conocer por fin a su nieta. Cierto era que Eyra no se lo ponía fácil, sobre todo porque no permitía que Asta se quedara a solas con la niña, pero al menos hubo un pequeño acercamiento entre ambas mujeres. Lo único que Asta no toleraba era la presencia de Hipo Haddock en casa de Erland.

—¡Ese niño va a ser la ruina de esta familia! —declaró Asta la noche antes de que Finn partiera.

Madre e hijo estaban jugando a Mazas y Garras. Finn había aprendido a jugar cuando era niño y era bastante bueno, aunque a sus veintimuchos años había sido incapaz de ganar a su madre todavía. A Erland, en cambio, era un jugador penoso y hacía años que no jugaba porque tenía muy mal perder.

—Es solo un niño, madre —comentó Finn tras hacer su jugada.

—Un niño maldito, Finn. Un niño que traerá la ruina a nuestra familia —le aseguró Asta moviendo su pieza sin detenerse a pensar demasiado—. Estoico ya podría casarse de una puñetera vez y dejar a Eyra y Erland tranquilos con el cuidado de ese crío.

—Dudo mucho que Eyra esté de acuerdo contigo, le encanta que ese mocoso se le pegue a las faldas —comentó Finn irritado—. El otro día incluso la escuché presumir de que Hipo estaba "coladito" por Astrid.

Asta jadeó escandalizada.

—Esos dos jamás acabarán juntos —dijo la bruja furiosa—. Por encima de mi cadáver.

Finn se rió por el comentario de su madre, pero Asta Hofferson parecía hablar muy en serio. Perdió la partida aquella noche y se juraron la revancha a la vuelta de su viaje. El vikingo se despidió de su familia al día siguiente en el puerto. Su padre le dio una palmada en la espalda y le pidió que volviera pronto, aunque Finn sabía que no estaba muy entusiasmado por su regreso. Eyra le despidió con un beso en la mejilla y se disculpó de parte de Erland por no haber podido acudir debido a sus responsabilidades en la Guardia de Mema. Era una excusa barata, lo sabía bien, lo suyo con su hermano tenía difícil solución. Sin embargo, Eyra cogió de su manos y las apretó con fuerza.

—Daos tiempo, Erland es tan rencoroso como tú, pero los dos tenéis buen corazón. Aprenderéis a perdonaros —la pequeña Astrid gimió de repente contra el pecho de su madre—. Uy, alguien se ha despertado para despedirse.

Eyra sacó a Astrid de la manta que colgaba de sus hombros y se la tendió para que la cogiera. Finn la miró aterrorizado, pues nunca se había atrevido a coger a la niña en brazos porque le daba miedo que se le cayera o que pudiera romperla; pero Eyra insistió.

—Solo ten cuidado con la cabeza.

Sostener a una criatura tan pequeña y frágil resultaba más complicado que sostener un hacha, pero cuando la niña le miró, Finn pudo jurar que sus piernas temblaron. Aún era difícil sacar parecidos con otros familiares —había quienes declaraban que Astrid se parecía a su abuela y otros muchos a su padre—, pero indudablemente reconoció el azul de los Hofferson en sus ojos. La niña sacudió sus manitas y, no supo si de manera intencionada o no, tiró de su barba con fuerza. Finn soltó un quejido de dolor mientras que Eyra y sus padres se rieron. No pudo resistirse a hacerle alguna que otra cara rara y, por suerte, la niña se rió. Devolvió la criatura a su cuñada y se dirigió entonces a su madre, quien le regaló una de esas sonrisas que hacía años que no le regalaba. Le besó en la frente y le pidió que, por favor, tuviera mucho cuidado.

Aquella fue la última vez que Finn Hofferson vio a su familia con vida.

Cuando supo que había habido una redada de dragones bastante violenta en Isla Mema, Finn regresó rápidamente a la aldea, preocupado por el estado de sus familiares. Su casa y la de su hermano habían sido destruidas a causa de las llamas y cuando fue a buscarlos al Gran Salón con el resto de afectados, Estoico le detuvo.

—Ahora no, Estoico, estoy buscando a mis padres y a mi...

—Finn —le cortó Estoico con dificultad—. No… no sé cómo decirte esto… El ataque nos pilló por sorpresa y… bueno, antes de que quisiéramos darnos cuenta, la mitad de las casas de la aldea estaban en llamas, entre ellas las de tus padres y la de tu hermano. No… me imagino que estarían durmiendo cuando fueron atacados y...

—¿De qué demonios me estás hablando, Estoico? —le cortó Finn horrorizado.

—No han sobrevivido al ataque, Finn —dijo el Jefe con voz rota—. Ninguno de ellos.

Aquello era imposible. Su madre no había podido morir a causa del fuego. Las brujas eran inmunes al fuego, se lo había dicho cientos de veces.

—No te creo —dijo Finn en voz de hilo.

Estoico se vio obligado a pedirle que le siguiera hasta una playa cercana a la aldea, donde un montón de cadáveres estaban tendidos sobre la arena tapados cada uno con una sábana. Finn había visto aquella imagen más veces de las que había podido contar. Había colocado aquellas sábanas a cientos de cadáveres y puesto piedras a su alrededor para evitar que la tela volara a consecuencia del viento y revelara el horror del paso de los dragones por la aldea. Hasta ahora, Finn se había acostumbrado a la imagen de ver cadáveres calcinados, pero nada podía prepararle para enfrentarse a aquel horrible escenario.

Nada.

Estoico le acompañó hasta situarse frente a unos cuerpos que podían pertenecer a cualquiera, pero el Jefe le aseguró que aquellos eran los de sus padres, su hermano y su cuñada.

—¿Y el bebé? —preguntó Finn en un hilo de voz.

Estoico tragó saliva.

—El fuego ha arrasado con la casa de tu hermano. No quedan ni los cimientos y, bueno, los cuerpos están irreconocibles. Entiendo que al ser un bebé, el fuego… ya sabes.

Finn sintió unas ganas horribles de vomitar. Ni siquiera podría darle entierro a la pobre Astrid, cuyo rastro ni siquiera quedaría marcado en el Midgar. Extendió su mano para levantar la sábana que cubría el cuerpo de su hermano, pero al final cambió de parecer. Se volteó entonces a los cadáveres de sus padres y Finn quiso asegurarse que el más pequeño era el de su madre.

—Finn, no creo que sea necesario…

—Cállate —le ordenó el vikingo sin apartar sus ojos de la sábana.

Su madre se había transformado en una masa negra imposible de reconocer. Sin embargo, Finn observó que del cuello calcinado del cuerpo colgaba el anillo de plata que su padre le regaló por su compromiso. La había visto suficientes veces jugando con él como para reconocer aquel trozo de plata que se había deformado por el calor.

Pero era imposible.

Su madre no podía haber muerto a causa del fuego.

Era una bruja.

¡Una bruja!

La bruja más poderosa que había… Su madre, su querídisima madre…

Un niño maldito, Finn. Un niño que traerá la ruina a nuestra familia.

Las palabras de su madre fueron un eco que estuvo muy presente en su cabeza durante los siguientes días, semanas, meses e incluso años. Finn intentó el libro de su madre, pero su casa y todo lo que había dentro se había reducido a cenizas, así que tuvo que asimilar también que el legado de su madre también había desaparecido para siempre. Encontró el hacha que su padre también le regaló durante su boda, pero que jamás había usado porque Asta Hofferson nunca había sido partidaria del uso de la violencia.

No encontró nada que pudiera quedarse de su hermano o de su padre y pensar que ahora él era el último Hofferson que quedaba sobre la faz del Midgar le daba náuseas.

Finn pudo haberse marchado de Isla Mema y empezar de nuevo en una aldea que no le trajera tantos recuerdos. La gente solía consolarse con los buenos recuerdos de sus familiares perdidos, pero a Finn le sucedía más bien lo contrario. Pensar en sus padres, en que nunca se había reconciliado con su hermano, en su sobrina e incluso en la propia Eyra alimentaba su resentimiento y odio hacia un único objetivo.

Hipo Haddock.

Su madre lo había llamado abominación prácticamente desde su nacimiento y le había asegurado que ese crío traería la desgracia a su isla y, sobre todo, a su familia. Culpaba en parte a Eyra por haber hecho oídos sordos a las advertencias de Asta sobre hacerse responsable de un niño como aquel, pero no podía culparla de sus buenas intenciones cuando había sido imposible saber que la maldición de Hipo Haddock fuera a repercutir de tal forma en los Hofferson. Tal vez, de haberlo sabido, Eyra jamás se habría hecho cargo del crío.

Planificó muchas formas de vengarse e incluso matar al niño, pero Hipo estaba siempre rodeado de gente que se turnaba para hacerse cargo de él. Finn incluso se ofreció voluntario para encargarse de él de vez en cuando y poder asesinarlo en una de esas ocasiones, pero Estoico declinó amablemente su oferta considerando que Finn tenía cosas más importantes de las que preocuparse. Por tanto, mientras Finn trazaba un plan para quitar a Estoico de en medio, se dedicó a hacerle la vida imposible al niño. Finn plantó en su cabeza la semilla de las inseguridades que afectarían a Hipo en el futuro y no dudó de insultarlo e incluso agredirlo cuando nadie miraba. Para su enorme suerte, el niño no era ningún chivato. Al menos, no lo fue durante un largo tiempo, hasta que finalmente Bocón le llamó la atención.

—Deja a Hipo en paz —le advirtió.

—¿De qué estás hablando? —cuestionó Finn con falsa inocencia.

—¡Sabes perfectamente de lo que estoy hablando! —ladró el herrero—. ¡Bastante tiene el niño siendo como es como para que encima te encargues de torturarlo!

—Ese crío es la vergüenza de nuestra tribu —le aseguró Finn con frialdad—. Si desapareciera nos haría a todos un favor.

Bocón cogió de su túnica para empujarlo contra su pared, aunque Finn era mucho más fuerte que él y se zafó enseguida de su agarre.

—¿Estás amenazando a tu futuro Jefe?

—Ese niño jamás será Jefe, Bocón. Estoico y todos los de esta aldea lo sabemos mejor que nadie, ¡incluso tú mismo lo sabes! —respondió Finn rabioso.

Finn había organizado un motín contra Estoico para quitárselo de en medio y así matar a Hipo, pero sobreestimó la inteligencia del Jefe y de sus aliados. La traición estaba penada con la muerte, pero Estoico fue tan iluso como para exiliarlo con los Marginados porque todavía sentía lástima por él. Intentó convencer a Alvin para atacar Isla Mema, pero el Jefe de los Marginados se negó a aliarse con él, llamándole «borracho» y «loco». Era cierto que Finn nunca había sido un buen bebedor, pero el alcohol aplacaba su dolor y le ayudaba a canalizar su ira. Tras ser expulsado de la Isla de los Marginados, se marchó del Archipiélago y vagó de un lado a otro, sin rumbo ni un objetivo claro. Vivió varios años en la calle de diferentes aldeas, peleándose con todo aquel que se dirigía a él y bebiendo hasta que caía en la inconsciencia. En una de sus muchas afrentas, perdió el ojo, y al ver que se había gastado la poca fortuna de su padre que había sobrevivido al incendio, empezó a aceptar encargos de gente desesperada por encontrar o hacer desaparecer otra gente. Extendió sus contactos por todas las costas que rodeaban el Archipiélago y se cambió el nombre al de Bain Eldarion para mantenerse en la oscuridad del anonimato.

Y esperó.

Porque si algo había aprendido en todos esos años era esperar.

Y siguió esperando mientras el Archipiélago pasó de matar dragones a quererlos como sus iguales. Todo cosa del jodido Hipo Haddock, por supuesto.

Y siguió esperando cuando oyó que habían asesinado a Estoico Haddock, su hijo había desaparecido con una bruja y que ahora el Archipiélago se había unificado bajo el mandato de una insulsa niñata a la que habían proclamado Reina del Salvaje Oeste.

Y esperó hasta que se dejó encontrar por Thuggory en Escocia y le pidió que buscara al objeto de todas sus desgracias y a su amante.

Y esperó hasta encontrarlos en Londinium y se reencontró con una mujer que, aún muy cambiada, al mismo tiempo parecía la mismísima encarnación de su madre y que había dejado olvidado su preciado grimorio para salvar al idiota de Haddock.

Y continuó esperando pese a los reclamos de Thuggory, porque por primera vez en años tenía esperanzas de que su madre estuviera viva, aunque no comprendía los motivos que le hubieran impulsado a ser amante de aquel a quién ella había aborrecido y temido tanto.

Y esperó hasta su nuevo reencuentro y descubrir que aquella bruja no era su madre, sino la hija de su hermano y de Eyra.

Astrid Hofferson.

Su sobrina.

Aquella niña que inexplicablemente sobrevivió a un incendio aún siendo humana y que fue bendecida por el poder de Thor.

Una niña que, por alguna inexplicable razón, agarraba de la mano de una abominación y le amenazaba con matarle a él, a la sangre de su sangre, si le ponía un dedo encima.

Sus esperanzas habían caído en lo más hondo del abismo una vez más y, mientras terminaba de contar su historia en aquel mohoso establo de los Berserkers, Finn intentó leer la expresión de aquella desconocida que decía ser la hija de su hermano y que tanto le recordaba a su madre.

Sin embargo, poco parecía haber de Asta Hofferson en aquella bruja y tal vez demasiado de la insensatez de Eyra Andersen.

Y, aún así, Finn sintió un nudo en su estómago cuando, tras terminar su relato, la muchacha se levantó para observar su rostro de cerca, quizás buscando un resquicio de su hermano en su cara ahora envejecida y sucia.

Contuvo la respiración, pues durante un segundo, Finn vio reflejados en sus azules ojos la mirada inquisitiva de su padre y el juicio de su hermano.

No cabía duda de que aquella mujer era una Hofferson.

Lo que ya no estaba tan seguro era si aquel reencuentro era una buena o una mala noticia, sobre todo si su única sobrina se acostaba con el causante de todas sus desgracias.

El maldito y jodido Hipo Haddock.

Una abominación que jamás debió haber nacido.

Xx.