Hacia un mes que aquella noche fue olvidada. Arthur Sonical Pendragon se había encargado de hablar seriamente con sir Shadows of Lancelot sobre su trato hacia su hijo. El hombre solo aceptó, irritado ante el joven rey. Sir Silverton Galahad se sentía un poco mejor cuando las faltas de respeto cesaron. Sin embargo, un caballero en particular se había enterado de la plática que tuvieron el hijo de la luna, el rey , la gitana y la luna.
—Mi rey— Sir Knucklen Galahad dijo hincándose ante el rey.
—¿Qué pasa Knucklen?
—Este sirviente se disculpa por su atrevimiento, pero quiero saber si me pueden llevar con la luna. Deseo saber de mis orígenes tal como Sir Galahad supo de los suyos.
—Sir Galahad— dijo el rey viendo que entraba el caballero. —¿Qué opinas?
—Creo que sería buena idea, extraño a mi madre su majestad.
—Bien, está decidido. Iremos esta noche.
Esa misma noche los tres caminaron al bello lago.
—Oh madre, tu hijo te llama— invoco Sir Galahad. Tan pronto lo dijo, la coneja Luna apareció con una cálida sonrisa. Las nubes taparon donde debía estar.
—¿Que deseáis saber?— Pregunto ella tranquilamente.
—Sobre la hechicera que puso la maldición en la torre.— Dijo Sir Pendragon.
—Muy bien, les contaré, sabía que vendrías los tres para esto— respondió ella
—Cuéntanos— ordenó Arthur, la curiosidad evidente en sus ojos verdes, los otros dos asintieron con él.
—Hace muchos años un mago de nombre Merlín tuvo un hijo, Oz, quien como él era un poderoso mago. Nacido de un engaño trágico, él fue maldecido a cometer los errores de su madre. Por lo tanto, Merlín hacía lo posible por evitar que el chico se enamorara. Así fue como se encontró caminando por el bosque con su carcaj y su arco de cacería, hasta que el canto de una ninfa lo hizo detenerse. Lentamente siguió el sonido.
Allí encontró a la doncella que vivía en el sauce. Él la llamó, mientras ella escuchaba desde un círculo de setas rojas. Era un equidna naranja vestida de blanco y oro, las criaturas del bosque la rodeaban. Su belleza era algo que él no podía comparar con nada que había visto antes.
—Ven conmigo, mi doncella, ven desde el lecho del sauce.
Ella lo miró serenamente y solo negó con la cabeza. —No puedo dejar este lugar.
—Dime al menos tu nombre.
—Willow Tikal.
—Ven.
—No iré.
Pero el hombre se negó, regresando cada vez que podía al bosque. Notó que cuando la luna estaba fuera, Willow dormía, sin embargo, no la podía sacar del bosque, pues sus pies y brazos se ataban al tronco, como si supiese que Oz se la deseaba robar. Así que divisó un plan, tomándola para sí, tres noches distintas, la hembra pario 3 bebés para la próxima luna llena.
Ella lloró cuando esto paso, sabiendo que alguien la había tomado, mirando aquellos ojos de colores, el rojo del pelaje y cabello de sus hijos sabía que era culpa de Merlín. Rápidamente, tomó a la primera bebé, una niña de cabello rojo y piel morena tomó una botella y allí la sello.
—Mi dulce genio, tu nombre es Shahra— dijo ella, llamando a un águila. —Ven por mi niña, llévala lejos de aquí.
La criatura la tomó y se la llevó. Tomo a su segundo hijo, un equidna rojo, hizo una canasta de flores y se lo entregó a un lobo.
—Llévenlo a una familia de corazón noble, mi pequeño Knucklen.
El canino obedeció, pero no tuvo tiempo de hacer nada más, su última hija fue arrebatada por Oz, quien la hizo aparecen en manos de su padre, lejos de allí. Oz llevaba consigo un hacha afilada —Tomaré a el hada de ojos verdes y ella será mi esposa. Con ella criaré a mis hijos con ella viviré mi vida.
La doncella lloró al oírlo decir que la raptaría, habiendo ya robado todo, no sabía qué hacer para huir. Él tomó su hacha y la usó para derribar el antiguo árbol. —Ahora tu sauce ha caído— dijo Oz con una sonrisa malévola —Ahora me perteneces a mi.
Sin embargo, los ojos de Willow miraron al cielo, pidiendo mi ayuda, y yo se lo concedí, dándole le forma que el jamás podría usar de nuevo. Ella se desvaneció en una flor que floreció por la víspera de una noche el no pudo sacar del bosque lo que no fue hecho para salir. Se quedó allí, todos los días, esperando a que volviera. Pero nunca sucedió, Merlín, cuidó a Merlina la ultima hija. Ella se volvió igual de avara que su padre, deseando encerar la belleza y castigar a todos aquellos que hicieran algo en su contra. Por lo que, el día en que vio a Rougine rechazar a su amado abuelo, la maldijo a la torre para nunca salir, solo el amor la podría sacar y quien supiera el nombre de la verdadera hechicera que puso la maldición.
—Tu concejera...es mi hermana— murmuró Sir Gawain. —Luna blanca, agradezco su conocimiento.
—Los pecados tienden a repetirse—advirtió ella confundiendo a los tres. —Descubriréis el significado de mis palabras pronto.
—Madre, no hables en acertijos. —dijo Sir Gawain mirando a la coneja suplicante.
—Lo lamento hijo mío, pero así debe ser.
—Bueno, si eso es todo deberíamos volver...
—¿Mañana, podremos volver? —preguntó Sr Gawain antes de irse. La coneja sonrió asintiendo.
