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Capítulo 62

Afortunadamente para Albert, el inglés era su segunda lengua. Aun así, con toda la terminología científica que el doctor Yisuka utilizaba, lo mismo habría sido que hubiese hablado en japonés.

No entendía ni una palabra.

De todas formas, permaneció atento, en un respetuoso silencio, observando de vez en cuando las reacciones de Daniela. Y a juzgar por éstas, las noticias eran más que buenas.

Como más tarde ella le explicó, habían encontrado finalmente dónde se producía el error genético, por lo que si bien no podían evitarlo, al menos podrían identificar si un embrión era portador de la enfermedad.

Según Daniela, eso significaba evitar hijos como Rosmery.

—¿Me estás diciendo que podré tener hijos sanos?

—No, no quiero que te equivoques ni que te ilusiones en vano. Te estoy diciendo que podemos detectar si el embrión tendrá el síndrome. Eso quiere decir que se podrá desechar el embrión si es portador.

—¿Quieres decir abortarlo?

—Sí, pero antes de implantarlo. Podemos fecundar óvulos in vitro y luego elegir cuál implantar.

—Entiendo... Pero eso no me garantiza que podré engendrar uno sano, ¿cierto?

—Así es, Albert. Lo único que por ahora podemos asegurarte es que no debemos esperar a que nazca para saber si está afectado... Pero, mira, en los cinco casos documentados hasta el momento, sólo uno se ha transmitido por vía paterna. Tienes grandes posibilidades de lograr un embrión sano y viable.

—Sí..., supongo que es un gran adelanto.

—Te veo decepcionado. De todas formas, esas muestras que hoy te han extraído quizá puedan traernos mejores novedades. Está todo el equipo trabajando en ello.

—¿Soy el único que será sometido a esas pruebas? Porque he visto a otro hombre al que le hacían lo mismo, o al menos eso me ha parecido. Creo que era ruso.

—No eres el único. El doctor Yisuka ha logrado reunir a varios miembros de familias portadoras de la enfermedad. ¡Oh, Albert! Estás tan tenso...

—Lo sé, Daniela. Más que tenso, estoy ansioso. Mi felicidad futura depende de que esta investigación sea exitosa. Y lo está siendo, lo sé. Pero quiero más. Me gustaría que mi esposa y yo tengamos hijos de la forma tradicional. ¿Es mucho pedir?

Daniela se puso seria de pronto. Ya había tenido que sacar a relucir a la tonta de la esposita.

—¡Oh!, creía que la relación estaba en stand by —dijo, frunciendo el ceño.

—Ya no. Creo que de alguna forma lo superaremos, pero quisiera poder ofrecerle una solución cuando regrese a Montevideo. A propósito, ¿cuándo crees que eso será posible?

—No lo sé. Pronto, espero. Albert, ¿por qué no nos olvidamos de todo esto por un momento y nos vamos de copas?

Albert tragó saliva. La veía venir. Se encontraban en el hotel, en la puerta de sus habitaciones, en la misma situación que en el crucero. La única diferencia era que, por fortuna, Daniela aún estaba sobria.

—No creo que sea una buena idea —respondió, cauteloso.

Pero ella no era de las que se daban por vencidas ante la primera negativa, aunque ésa no era la primera precisamente. Lo cierto era que Albert estaba ya harto de esquivar los embates amorosos de Daniela, que parecía no darse por aludida jamás.

—Querido, estamos en Tokio, a miles de kilómetros de Montevideo. Nada de lo que pueda ocurrir saldrá de aquí.

—Eso es cierto. Y lo es porque nada ocurrirá, Daniela.

—Albert, no sé en qué estás pensando. Yo no...

—¿No lo sabes? Pues yo sí sé en qué piensas tú. Mira, lo siento. Para mí no existe otra que Candy. Jamás se me ha cruzado por la mente tener una aventura contigo, Daniela. Ni contigo, ni con nadie.

La doctora Brower estaba colorada como un tomate. Nunca la habían despreciado de esa forma. ¡Maldito Albert Ardley!, ¿por qué tenía que ser así de noble, así de sincero? Sólo quería un polvo, un mísero polvo y lo dejaría en paz. ¿Era demasiado pedir que le permitiera recorrer su cuerpo con la lengua? Nada más que eso quería. Besarlo, lamerlo, tocarlo...

Se sentía ofendida y su autoestima estaba por los suelos. Lo único que le quedaba era recoger los pedazos de su destrozada dignidad y huir. Pero ¿ella era de las que se resignaban tan fácilmente? No. No, no y no. Ya pensaría en algo. Y sin decir palabra, se metió en su habitación.

Albert respiró, aliviado. Se sentía acosado por esa mujer, por eso había sido tan duro con ella. No estaba acostumbrado a actuar de esa forma, pero no quería que ella continuase avanzando en el mismo sentido.

Estaba tomando una ducha cuando se sintió observado. Daniela se encontraba de pie, en la puerta del baño, con un camisón negro y el cabello suelto.

Albert se lo tomó con calma. Lentamente, cogió una bata y se la puso.

Daniela sonrió y deslizó los tirantes del camisón, de modo que la prenda cayó a sus pies. Resopló, frustrada, cuando notó que Albert la miraba a los ojos...

Estaba completamente desnuda frente a él, y ni siquiera se había sentido tentado a observar su cuerpo. Y lo peor de todo era que no había erección bajo la bata.

Se le notaba el bulto, por supuesto, pero no estaba para nada excitado. De pronto, se sintió ridícula, torpe, tonta. Una vergüenza inmensa la invadió.

Albert no dijo nada. Se limitó a tomar otra bata de felpa y se la dio. Luego, pasó por delante de ella y se dirigió a la puerta de la habitación.

—Vete, Daniela —dijo mientras la abría.

Y ella supo que todo acababa ahí. Se puso la bata y recogió su camisón.

Antes de irse, preguntó:

—¿No te gusto ni un poquito, Albert?

Él no respondió. Se limitó a señalarle la salida con la mirada. Estaba hasta la coronilla de Daniela y su continuo asedio. Ya no lo soportaba más. Se sentía irritado, molesto, infinitamente harto de todo.

Se moría de ganas de acabar con sus asuntos en Japón y correr a los brazos de Candy.

En cuanto ella salió, cerró la puerta, y esa vez se ocupó de verificar que había corrido el cerrojo. No quería más sorpresas esa noche.

Candy se despertó sobresaltada. Timbre. No, era el teléfono que sonaba y sonaba. Miró el reloj; las cuatro de la mañana. ¡Oh, Cristo! ¡Era Albert!

—¿Diga?

—Buenos días, mi cielo.

—Al fin, llamas. Desde el día en que llegaste a Tokio no has vuelto a llamarme.

—Eso fue ayer. Suenas como una esposa. Me gusta.

—A mí también. ¿Cómo va todo, corazón?

—Todo va de maravilla. Quería contarte lo bien que va.

—Espera... ¿Está la doctorcita esa contigo?

—No. Esta mañana el conserje me ha dicho que se ha marchado del hotel, y no tengo ni idea de dónde está. Lo único que sé es que se fue directamente al aeropuerto.

—¿Y eso? ¿Se ha ido sin avisarte?

—Sí. Creo que no seré un buen recuerdo para ella.

—Me estás ocultando algo, Albert Ardley. Pero lo dejaré pasar porque quiero saber cómo va la investigación. ¿La partida de la doctora influirá negativamente en ella?

—Absolutamente no, mi vida. Mira, acabo de recibir una llamada del doctor Yisuka y tengo una reunión con él dentro de una hora. Por lo que pude entender ayer, estaríamos en condiciones de detectar la enfermedad en un embrión de pocas semanas... Pero las novedades de hoy son mejores aún.

—¿De veras?

—Sí...

Interferencias. Malditas interferencias.

Candy alejó el teléfono de su oído, pues le molestaba la descarga.

—¿Hola? Albert, ¿estás ahí?

Más interferencias.

—¿Candy? ¿Me oyes?

—Un poco. Hay mucho ruido.

—Es que estoy en el sótano. He bajado al estacionamiento a buscar el coche que alquilé ayer. ¡Maldición!, allí está. Si hubiese sabido que estaba cerca de la salida, en lugar de...

Otra descarga interrumpió la comunicación.

—¿Albert?

Y la llamada se cortó definitivamente.

Candy intentó llamar, pero le fue imposible volver a conectar.

¡Qué tontería! No sabía por qué se sentía tan inquieta. Después de todo, Albert estaba en Japón, y eso no quedaba a la vuelta de la esquina. Era lógico que resultara difícil hablar.

Ya volvería a llamar.

Intentó conciliar de nuevo el sueño, pero no lo logró. Había algo... Su corazón comenzó a latir muy deprisa. Algo andaba mal y no sabía de qué se trataba.

Se sentó en la cama y marcó el número de Albert una y otra vez.

Nada.

Suspiró e intentó tranquilizarse. Estaba claro que no podría volver a dormirse, así que se dispuso a ver un poco de tele.

Estaba logrando relajarse con un capítulo viejo de su serie preferida cuando una información que cruzó la pantalla hizo que el alma se le saliese del cuerpo y se le helara la sangre en las venas: «Terremoto de 8,7 en la escala de Richter en Tokio. En instantes, las primeras imágenes tras el seísmo. Terremoto de 8,7 en la escala de Richter en Tokio. En instantes, las primeras imágenes tras el seísmo. Terremoto de...».

Cambió de canal. Se negaba a aceptar que Albert pudiese estar en medio de un desastre de esa magnitud.

«No, no, no. Esto no está pasando. Es un sueño, una horrible pesadilla. Definitivamente, esto no puede estar pasando. ¡Dios mío!, no puedo moverme. Tengo la boca seca. Sé que debo levantarme, coger el teléfono y llamar a... alguien, pero no puedo.»

Sentía que el miedo se había apoderado de su cuerpo. Hacía cinco minutos que tenía la mirada perdida y tiritaba. Quería salir del trance, pero no lo estaba logrando.

Cambió una y otra vez de canal. Y en todos la misma banda de titulares le dañaba los ojos: «Seísmo en Japón. Terremoto con el epicentro en Tokio. Imágenes de la zona del desastre...».

Cuando por fin mostraron una vista aérea del centro de Tokio totalmente devastado, Candy hundió el rostro en la almohada y lloró.

Aún continuaba llorando, con sollozos que más bien eran quejidos, cuando Candida entró en la habitación más pálida que un fantasma.

—Querida..., ya lo sabes...

Candy no respondió. No le salían las palabras, pues el nudo que tenía en la garganta amenazaba con asfixiarla.

—No digas nada, Candy. Tranquila... Es para ti. Es William —le dijo su abuela, tendiéndole el teléfono que Candy tomó ansiosa.

—¿William? ¡Oh, William! Sí..., lo sé. Estaba hablando con él cuándo se ha cortado la comunicación... En el hotel, en el parking del sótano... Yo también he llamado, pero...

Pausa. Candida observaba cómo Candy comenzaba a retornar al mundo de los vivos. Su tenacidad, su fuerza de siempre no la habían abandonado. Recorría la habitación dando grandes zancadas mientras hablaba con su suegro.

—Consígueme un billete. No me importa. No, no me importa cuántas escalas tenga que hacer. Iré a buscar a Albert. No... No le tengo miedo a nada; sólo quiero encontrar a mi esposo. ¿Lo harás? ¿Me conseguirás un billete para ir a Tokio? Está bien. Prepararé la maleta y me iré en taxi al aeropuerto. Sí..., mantendré el móvil desocupado. William..., Albert está vivo, lo sé. Y lo encontraré, te lo juro. Regresaré con tu hijo sano y salvo.

Las siguientes horas fueron a ratos un torbellino, y en otros, transcurrieron con la más pasmosa lentitud.

Mientras volaba a Frankfurt desde Santiago de Chile, Candy intentaba recordar la última vez que se había sentido segura y dichosa. ¿Había sido en el cine, cuando Albert la sedujo hasta volverla loca con su maravillosa mano? No. Hasta en ese sensual encuentro, ella le había escatimado su amor. Se arrepentía tanto. Se acordó de la fiesta y de la forma en que habían jugado en la limusina antes de llegar. Y luego recordó cómo su felicidad se había hecho trizas cuando Eliza había comenzado a destilar su veneno.

No pudo evitar una lágrima cuando pensó en el dolor inmenso de Albert, que lo había llevado a refugiarse en sus brazos durante toda la noche, como si fuese un niño.

—No llores, preciosa. Lo encontraremos —susurró William, acariciándole la mejilla.

—Lo sé —contestó ella, intentando sonreír—. Sé que lo haremos. Sólo sentía... nostalgia por los buenos momentos, nada más.

—Habrá muchos de ésos, Candy. Sólo ten fe en Dios. Él lo protegerá.

¿Fe en Dios? No tenía ni idea de lo que eso significaba. Nunca había sido creyente, pero en ese momento se habría arrodillado para orar a los dioses, a los duendes o a los mismísimos extraterrestres para que cuidaran de Albert.

«Si existes, y si es cierto que eres amor, no me quites a lo que más quiero en la vida. Te has llevado a mis padres, y he sobrevivido, pero si no cuidas de Albert, si a mi esposo le pasa algo, me moriré de pena.»

Sabía que debía mantener la calma y guardar las energías, porque las necesitaría en las próximas horas. Intentó dormir. Le dolía la cabeza de tanto pensar.

El sueño sólo acudió a ella cuando se imaginó que Albert la abrazaba como lo había hecho en el viaje de la luna de miel. Si hubiese sabido que él se encontraba sepultado bajo toneladas de cemento, herido e inconsciente, no habría logrado pegar ni ojo.

CONTINUARA