Disclaimer: Todo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.
Por obligación, serán un dragón y una víbora
Tercer año: C'est fini, Mademoiselle.
Estaba ahí, recostado en su cama adoselada de los dormitorios de Slytherin. Las cortinas, color verde con pequeñas figuras plateadas, estaban cerradas. Sus ojos también estaban cerrados con fuerza, apretaba la mandíbula con fuerza y retorcía las sabanas entre sus manos, como queriendo desgarrarlas. No quería llorar, no quería mostrar lo que sentía, no quería sentir aquello que lo invadía.
—¿Por qué? —susurró para sí mismo. Estaba que se lo llevaba el demonio. Había recibido dos golpes bajos de una sola y no tenía el valor para hacer nada al respecto. Primero Astoria, su Astoria, su niña lo había traicionado, le había mentido y por su culpa le había tocado recibir un segundo golpe por parte Pansy.
Esa tarde prometía ser provechosa y gratificante, que tan lejos de la realidad había estado en verdad. Esa tarde Marietta de Ravenclaw les había informado todo respecto a las actividades ilícitas que promovía Potter, les había explicado lo de la sala de los menesteres y lo que hacían en esas reuniones. Esa tarde estaba eufórico por hacer una redada contra el cara-rajada, por ponerlo en evidencia y si era posible, por lograr que lo echaran de Hogwarts. Y todo iba bien, todo iba perfecto cuando con el hechizo zancadilla logró atrapar a Potter en el acto, pero todo se derrumbó cuando entró a la sala de menesteres y se topó con Pansy sosteniendo una lista donde estaban los nombres de todos los miembros de aquel ridículo circo. Su primer impulso fue decirle que le entregaran la lista a la profesora Umbridge para que castigaran a todos, pero hubo un cambio de planes cuando la pelinegra le mostró la lista.
—"¿Ya viste quien está anotada en esta lista?" —le había dicho Pansy con sorna, con una sonrisa espeluznante.
—"¿Quien?" —la actitud de la chica le dio mucho que pensar y una voz en su interior le dijo que no era buena idea ver esa lista, pero aún así ignoró la voz y lo hizo. Leyó cuidadosamente los nombres y esa voz de nuevo le susurraba que no siguiera. Terminó los nombres y para su suerte no encontró ninguno conocido; pero antes de poderle replicar a su ex-novia, ésta posó su varita sobre el pergamino.
—"Mira este nombre" —le había indicado, con una enorme sonrisa, señalando una firma que decía: Emerald G. La caligrafía le parecía conocida, pero no quería indagar en aquello. La voz dentro de él le volvía a decir no quería saber de quién era aquella firma. "Revelo" —susurró Pansy y las letras de aquel nombre se movieron y re-acomodaron, deformándose y construyendo una nueva palabra, un nuevo nombre: —"Tu querida Astoria Greengrass"
No lo había querido aceptar, pensaba que era una treta de Pansy, sobre todo cuando lo chantajeó con aquella información: "Regresa conmigo y ni la profesora Umbridge ni nadie sabrá nada de que ella participó en esto." Una treta sucia, pero muy astuta. Aunque le molestaba, al final de cuentas había aceptado el trato de Pansy y habían ocultado de nuevo el nombre, pero poniendo uno verdadero de una mocosa de Hufflepuff. Le hubiera gustado descubrir que todo eso era mentira, pero cuando había escuchado a la propia Astoria admitir que había formado parte del grupo de conspiradores... Bueno, al menos una parte de él le decía que había hecho lo correcto.
¿Volver con Pansy para salvar a Astoria de sus propias estupideces? Si, aquello había sido lo mejor, porque Astoria había participado en el circo de Potter y tendría que dejarla al final de cuentas, regresara o no regresara con Pansy. Si todos se enteraban de lo que Astoria había hecho no le hubiera quedado de otra más que alejarse de la traidora de Slytherin. ¿Como hubiera sido posible que el príncipe de las serpientes tuviera de novia a una mocosa que apoyaba a Potter? Además, estaba cabreado, cabreando por la mentira, por la hipocresía, porque una cosa era defender esas estupideces muggle y otra muy diferente darle su apoyo a los descerebrados de Potter. Pero aún con todo eso quería Astoria, si tan solo pudiera hacerla entrar en razón, cambiarle esa estúpida mentalidad de muggle.
—¡Maldita sea! —masculló, levantándose de golpe para quedar sentado en la cama, observando el anillo que le había pedido a Astoria que se quitara. Él no se lo hubiera querido quitar, pero era parte del acuerdo con Pansy. Lo único bueno al volver con Pansy fue evitar el escándalo y ahorrarle el desprestigio a su niña.
—¿Hermano, estás bien? —la voz de Blaise sonó detrás de las cortinas. —¿Draco, estás despierto? —insistió a falta de contestación. Draco siguió en silencio, esperando que Zabini desistiera y se alejara, no quería hablar con nadie. Sin embargo, el moreno abrió las cortinas y lo descubrió en esa patética pose melancólica.
—¿Que diantres quieres, Zabini? —le preguntó de mala manera, mirándole con infinito rencor y odio, como si él tuviera la culpa de su pena.
—¿Que te pasa, Malfoy? —respondió con paciencia ante la actitud de su amigo, sentándose en la cama, aún lado de Draco —Te conozco, sé que deberías estar abajo encabezando la celebración de que echaron a Dumbledore de la escuela o bueno de que se escapó y ahora es un fugitivo de la ley... O deberías estar alardeando de tu gran logro, ahora tienes más rango que un prefecto —comentó, como reflexionando —Pero estás aquí, acostado y con las cortinas cerradas, con un humor de los mil demonios. No tengo que ser adivino para saber que algo debe de estar muy mal...
—Pues llevarle tus predicciones a la mula de Fienzre, yo estoy bien, solo quiero dormir un poco. Fue un día pesado y te agradecería que te largaras y me dejaras descansar —nuevamente atacaba con una filosa lengua a uno de sus mejores amigos, y es que, por muy amigos que fueran, no quería hablar de lo ocurrido con nadie. Nadie debía de saber lo que había pasado, se lo había dejado muy claro a Pansy, e incluso había amenazado a Paige para que mantuviera la boca cerrada.
—Bien, Malfoy, si eso quieres —respondió con un suspiro de resignación. —Por cierto, Pansy te andaba buscando —añadió antes de salir del dormitorio.
—Pues dile lo que te acabo de decir: ¡Quiero descansar! ¡Dormir! ¡Estar solo! —resopló con fastidio, cerrando las cortinas de la cama con brusquedad.
O-O-O
Se aproximaba al muro de piedra para entrar a la sala común de Slytherin, aún se sentía temerosa de lo que pudiera pasar, como si al entrar todos se fueran a lanzar sobre ella para morderla, para atacarla y esta vez Draco no saldría en su defensa. ¿Y Cole? Posiblemente tampoco la apoyaría si se enteraba.
—¿Señorita Greengrass? —le llamó extrañado el profesor de pociones, observando como la joven caminaba como si de un fantasma se tratara.
No habían pasado ni diez horas desde que Draco le había dicho que no quería nada con ella y seguía pensando que todo aquello era una pesadilla.
—Diga, señor —respondió con tranquilidad, cada que hablaba le daban ganas de llorar. Draco la odiaba, Paige la odiaba y los demás solamente ignoraban lo que había pasado, pero seguramente también la odiarían si supieran que se había puesto de parte de los Griffindor, Ravenclaw y Hufflepuff.
—¿Se puede saber qué le pasa? —indagó Sanpe, mirando con seriedad a la joven Slytherin. Astoria se encogió de hombros. —¿No me lo dirá?
—Profesor —dijo la castaña —Créalo o no, yo le tengo un gran aprecio, pero no le puedo decir lo que está pasando —aclaró con la voz quebrada.
—¿Tiene que ver con el joven Malfoy? —más que una pregunta era una afirmación. La niña no contestó. —Sígame, señorita Greengrass —ordenó, comenzando a caminar. Astoria titubeó unos momentos, pero a falta de hacer algo mejor decidió seguir Snape. Aún era de madrugada como las cinco o a lo mucho las seis, de hecho, no había dormido en Slytherin, si no en el baño del segundo piso y apenas se había levantado. Desconocía si el profesor se había formulado esa hipótesis o pensaba que estaba recién levantada y saliendo de los dormitorios.
—¿Qué sucede, señor? —preguntó una vez llegaron al despacho del jefe de la casa verde-plata.
—No sé si usted esté al tanto de lo que ha pasado anoche —comenzó a decir el profesor, con voz fría y lenta. Astoria tragó en seco, seguramente ya sabía él también y la reprendería por su desacato, y mandaría una carta a sus padres, y... —Y no me gustaría formular hipótesis basándome en el hecho de que esté tan temprano fuera de la cama. Pensaré simplemente que ha discutido con el señor Malfoy y que salido a despejar sus ideas.
—Se podría decir que algo así ha sucedido —le concedió, sintiendo un gran alivio de que el profesor ignorara su participación en lo que había pasado la noche anterior. De hecho, era raro que no se hubiera enterado ya, considerando que Pansy sabía y ella siempre le iba a chismear todo a Snape.
—¿Algo así? —el maestro de pociones enarcó las cejas, esperando una respuesta más concreta.
—No está usted para saberlo, ni yo para decírselo, pero igual se enterará —dijo con voz temblorosa —Usted es muy amigo de los Malfoy y sabe que yo soy la prometida de Draco y... Y hasta hace menos de diez horas también era su novia.
—¿Era su novia? Entonces deduzco que ya no lo es —la chica asistió con la cabeza, incapaz de hablar y derramando unas lágrimas —¿Quiere decirme el por qué ha terminado su relación con el joven Malfoy? —Astoria palideció ante la pregunta. ¿Sería bueno decir la verdad? No, no era bueno. Si el profesor no sabía, lo mejor era dejar las cosas así. El instinto de supervivencia, antes que nada, y por su propio bien era mejor quedarse callada.
—Supongo que se hartó de una mocosa como yo y decidió volver con Parkinson, que está más a su altura —contestó ahogadamente, sintiendo como algo se desgarraba dentro de ella al solo recordar como Draco se alejaba de su lado y tomando la mano de Pansy.
—¿Ha regresado con la señorita Parkinson? —repitió el profesor con ingenuidad. Pero que gustos tenía su ahijado.
—Así es, regresó con su bella princesa de Slytherin —bufó con resentimiento, recordando las palabras de los chicos del ED. De nada le había servido enfrentarse a ellos y mostrarse como una digna serpiente, si al final de cuentas era una traidora ante los ojos de su príncipe.
—Vaya títulos que se ponen hoy en día —comentó con una sonrisa irónica. Astoria le miró con reproche, sintiéndose miserable ante la burla de ese apodo que tanto le había gustado tener y ahora regresaba a ser de Pansy.
—¿Profesor? —le llamó, después de unos segundos de silencio. El jefe de la casa verde-plata asistió con la cabeza, con un semblante serio —¿Puedo hacerle una pregunta?... Una pregunta personal —aclaró ante la mueca momentánea que hizo Snape.
—Adelante, señorita —animó el profesor, sin perder el porte tranquilo de imparcialidad.
—¿Por qué me trata así? —preguntó temerosamente, insegura de que fuera apropiado hablar de aquello. Seguramente era una insolencia, pensó.
—¿Así como? —el profesor enarcó las cejas, si hasta parecía ser una expresión exclusiva de los Slytherin el enarcar las cejas de esa manera.
—Bueno... —titubeó. ¿Y si mejor ya no preguntaba nada? Igual no era una duda muy importante, ella misma se podía dar dos o tres respuestas muy convincentes al respecto, desde el hecho que el profesor siempre apoyaba a sus alumnos de Slytherin, hasta el hecho de que él conocía a sus padres.
—Señorita Greengrass —Snape habló antes de que ella pudiera decir algo coherente —Desde que usted llegó a mi casa se ha mostrado renuente, rebelde, desacatada y un sin fin de cosas más, como si le molestara ser una Slytherin. Luego esa relación con el señor Osborne, comportándose como una patética y revoltosa Gryffindor —Astoria se ruborizó —Conozco a su familia, señorita, y estoy seguro de que ellos no aprobarían su comportamiento. Sin embargo, no es de mi incumbencia lo que usted crea o haga, siempre y cuando no perjudique a los demás miembros de mi casa. Y bueno, tampoco me gustaría que algo malo le pasara a usted.
—Jamás ha sido mi intención perjudicar a nadie, señor —se disculpó apenada.
—Puede que sea verdad —concedió, guardando unos segundos de silencio para meditar —Y si quiere mi consejo, señorita Greengrass —Astoria le miró con atención —Muchas veces tenemos que hacer cosas que no nos gustan, que incluso van en contra de nuestras creencias, pero hay que hacerla. Más allá de hacerlas por obligación, hay que hacerlas por el bien de las personas que amamos —concluyó con voz tranquila e imparcial, aunque sus ojos tenían un ligero brillo que no pasó desapercibido por la joven serpiente de ojos verdes. ¿Por qué le decía eso el profesor Snape?
—Señor, usted jamás ha mencionado nada de su familia —comentó, ganándose una mirada reprobatoria —De sus seres queridos —añadió, para que el profesor entendiera por qué había comentado aquello. Y es que, era difícil asimilar que un profesor tan serio y reservado hablara de esa clase de sentimientos.
—Creo que mi vida personal no es de su incumbencia, señorita —respondió seriamente, entrelazando los dedos sobre el escritorio.
—Lo siento —murmuró, clavando su mirada en unos pergaminos que estaban sobre el escritorio.
—Lo mejor será que se retire a descansar —dijo a modo de orden —Y no es necesario que se presente en mi clase —añadió. Astoria le miró con los ojos muy abierto. ¿A caso la estaba expulsando de la clase de pociones? ¿Eso era legal? ¿Era posible que la echaran de una clase? —Solo por hoy —aclaró, ante la mirada esmeralda que lucía desconcertada —Es mejor que descanse. Pero solo responderé por hoy y para mi clase, lo demás es asunto suyo —la alumna asistió con la cabeza, al menos podría dormir una o dos horas en su cama. Le dolía el cuerpo, no era, ni nunca sería, buena idea dormir en el suelo de un baño de Hogwarts.
—Gracias, señor —Astoria asistió y se puso de pie para salir del despacho de Snape.
—Señorita Greengrass —le llamó antes de que saliera —Nunca subestime a su rival, pecar de soberbia lleva a la perdición. Pero, sobre todo, nunca lo sobrestime, ni se sienta inferior —la chica volteó a verlo y él solo le hizo una seña para que se retirara; si Astoria era astuta entendería y si no, entonces no era digna de la casa de Salazar. —Váyase a descansar —concluyó y se puso a leer unos papeles.
—Señor —la castaña regresó sobre sus pasos y se puso de nuevo frente al profesor de pociones, quien le miró expectante —¿Me permitiría un atrevimiento?
—¿Como? —los ojos negros se abrieron considerablemente, la expresión de sorpresa no concordaba muy bien con la apariencia común de Snape.
—¿Que si me permite hacer algo atrevido? —insistió Astoria con una sonrisa, la primera sonrisa después de la catastrófica noche.
—Dígame que es eso que quiere hacer —indagó el hombre, recuperando su compostura y semblante.
—Primero deme permiso —el profesor bufó con burla y negó con la cabeza. En ocasiones olvidaba que trabajaba con niños, niños inmaduros, caprichosos e infantiles; aunque generalmente solo lidiaba con los inmaduros revoltosos y desordenados.
—Adelante —concedió, asistiendo con la cabeza y mirando con atención a la pequeña castaña. La pequeña Greengrass rodeó el escritorio hasta ponerse aún lado de Snape. El hombre la miró, sin decir nada, esperando a ver que haría Astoria, pero manteniéndose muy pendiente y alerta. La joven se inclinó un poco y abrazó al profesor por un costado, rodeando su cuello y apoyando su mejilla contra el negro y lacio cabello que no se sentía tan grasiento como parecía.
—Gracias profesor —murmuró suave y aun abrazándolo —La verdad, usted es una gran persona —finalizó y se apartó. Hizo una pequeña reverencia y salió.
Snape se quedó mirando la puerta de madera por la cual había salido la joven. Pasaron unos minutos y sonrió de lado con arrogancia, quizás, y solo quizás, al final había conseguido que la joven Greengrass fuera un poco más Slytherin que cuando entró a Hogwarts. El sombrero seleccionador casi nunca se equivocaba, aunque en ocasiones había que empujar a los estudiantes para que entendieran por qué estaban en las casas que estaban.
O-O-O
Astoria despertó cuando el sol ya estaba en alto, faltarían unos minutos para la segunda clase del día. Paige no la había despertado como de costumbre y no era de extrañarse, aunque igual Snape le había dado permiso de faltar a su clase, pero seguramente no sería igual con Fienzre. Se levantó a toda prisa y se arregló a duras penas, pero procurando tener buena apariencia. Salió temerosa de los dormitorios y casi temblando llegó a la sala común. Había unos chicos de sexto y séptimo que no tenían clases y la miraron con curiosidad.
—¿Se te pegaron las sabanas, princesa? —dijo una chica de sexto, con burla y veneno. Era más que obvio que esa chica, junto con todos los de Slytherin, ya sabía que Pansy era nuevamente la novia de Malfoy, y como todos había previsto, ella había sido algo "desechable."
—Al menos no se me pegó la idiotez —murmuró, lo suficientemente alto para que la escuchara. La chica le lanzó una mirada asesina y Astoria aceleró el paso para cruzar la sala común más rápido. Era impertinente, pero no idiota, y ahora que ya no era la princesa de las serpientes, esas serpientes se lanzarían sobre ella y nadie evitaría que la mordieran a morir.
Salió de las mazmorras y deambulando por el pasillo del primer piso, para ir a la clase de adivinación con Fienzre, se topó con un nuevo decreto:
POR ORDEN DEL MINISTERIO DE MAGIA
Dolores Jane Umbridge (Suma Inquisidora) sustituye a Albus Dumbledore como director del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
Esta orden se ajusta al Decreto de Enseñanza n. 28.
Firmado:
Cornelius Oswald Fudge ministro de Magia
Astoria contuvo el aliento. Pero antes de poder formular algo en su mente, sonó la campana. Se quedó de frente al cartel con el nuevo decreto, dándole la espalda a todos los alumnos que salían de las aulas y llenaban los pasillos. Escuchó montón de murmullos y conversaciones, todas relacionadas con lo que había ocurrido esa noche. El como Dumbledore había burlado a dos aurores, a la Suma Inquisidora, al ministro de Magia y a su asistente junior, y había escapado. Myrtel le había contado algo mientras ella se ahogaba en llanto por Draco, y ahora que escuchaba aquello, su curiosidad comenzaba a salir a flote.
—Greengrass —se escuchó la voz de un chico detrás de ella y todos sus músculos se tensaron. Ella quería seguir anónima, fundirse con la pared y evitar el contacto con cualquier persona, ya fuera de los buenos o los malos —Greengrass —volvió a insistir la voz que no lograba reconocer. ¿Quien demonios la llamaba por su apellido con tanta insistencia? —¿Qué no me escuchas? —se quejó el chico detrás de ella, poniendo su mano sobre el hombro de la niña y haciéndola respingar.
—¿Que... sucede? Estaba... leyendo el decreto... —tartamudeó, girándose para saber quien era el que la llamaba. Se quedó helada al ver al rubio frente a ella. Él le sonreía y se rascaba la cabeza como si estuviera nervioso; jamás pensó verlo así. —¿Qué quieres Smith? —alcanzó a decir entre el asombro y el miedo.
—Pues, verás —comenzó a decir el Hufflepuff —Creo que te debo una disculpa —dijo finalmente, haciendo una desagradable mueca.
—¿Disculpa? ¿De qué? —preguntó sin dar credito a lo que estaba pasando. ¿De verda el odioso de Zacharinas Smith se estaba disculpando con ella?
—Ayer te acusé de ser la soplona que nos delató —confesó con pena —Pero hoy nos hemos enterado de que en realidad fue Marietta, la amiga de Chang. Y pues en la clase noté que... que Malfoy anda de nuevo con Pansy —comentó, observando atentamente la reacción de la Slytherin.
Astoria estuvo a punto de volver a llorar, pero se mordió el labio inferior con fuerza e intentó calmarse. Ella ya lo sabía y también sabía que los vería, los vería juntos en el Gran Comedor, los vería besándose en la sala común y no podía hacer nada al respecto.
—Así es —corroboró la castaña —Draco ha regresado con Pansy, porque no puede tener de novia a una conspiradora —dijo con odio hacia sí misma.
—No te digas así —Ernie Macmillan se acercaba a ellos y también parecía tener vergüenza de hablar con Astoria después de que la noche anterior la acusaran.
—¿Ah no? —bufó la niña —¿Entonces que se supone que somos todos los del Ejercito de Dumbledore? —bramó molesta, frunciendo el ceño.
—Solo intentábamos hacer lo correcto, algo para nuestro propio bien —le contestó el prefecto de Hufflepuff. —Y si Malfoy no es capaz de entenderte y la primera de cambios te deja por otra, entonces es que no te quería lo suficiente. Tú te has enfrentado a todos nosotros por él, y él simplemente te ha dado la espalda.
—Gracias, eso suena extremadamente consolador y reconfortante —reprochó, soltando un largo y cansado suspiro de resignación.
—Lo que me pregunto es: ¿Como se enteró? —preguntó Smith, haciendo muecas de estar pensando.
—Porque agarraron la lista que firmamos —contestó Astoria con obviedad.
—Pero tú habías firmado como Emerald, justamente para evitar esto —le respondió Ernie —Aunque la hubiera leído una y otra vez, no existía posibilidad de que supera que eras tú —reflexionó, pero Astoria solo sonrió con amargura.
—Pansy se enteró de que me llamaban Emerald, porque Neville me llamó así a mitad del pasillo —les informó —Ella le dijo a Draco y ¡Voila! —añadió con acento francés —Me quedé sin novio y sin amigos.
—No digas eso —le reprendió Ernie —Aún con lo que nos dijiste, sabes que aún tienes todo el apoyo del ED.
—No pretendo sonar grosera, pero después de lo que ha pasado, entre más distancia exista entre mi persona y el resto de ustedes, más posibilidades tengo de no terminar loca o muerta en este circo —espetó de mala gana, abriéndose paso entre los dos chicos para llegar a la dichosa clase de adivinación.
Llegó al salón, que era una convincente replica de un trozo del Bosque Prohibido. El lugar estaba casi desierto, aún era temprano para que llegaran los Slytherin que tenían clases en las mazmorras o los Gryffindor que estaban en herbología. Jugueteó un poco con unas ramas que estaban en el suelo, y es que ya ni siquiera se sentaban en pupitres, al menos no en esa clase.
—Veo que te has dignado en aparecer —un bolso verde calló a su lado y no tuvo que voltear para reconocer la voz.
—Si me vas a reclamar más cosas, ahórratelas, Paige —le respondió con la mirada clavada en una rama que sostenía como si fuera su varita —Suficiente tengo.
—Ya lo sé —la pelirroja se dejó caer a su lado, sentándose también con las piernas de lado, como si fueran sirenas posando en una enorme roca. —Y me quiero disculpar contigo, así que tómalo o déjalo —le dijo con suavidad —Si estás molesta conmigo, me retiro, pero si me quieres escuchar...
—Habla —la cortó. No andaba de ánimo como para rodeos.
—Lamento lo que te dije anoche y la forma en la que te traté —comenzó a decir en voz baja para que el resto de los presentes no la escuchara; para su suerte o fortuna, Leo estaba con una chica de Ravenclaw, así que eso solo quedaba entre ellas dos —Pero me molestó tanto saber que no habías confiado en mí.
—¿Y cómo para qué te iba a decir algo sobre eso, cuando tú odias a los hijos de muggle y demás? —recriminó, haciendo un puchero.
—¡Oye! Eso no es verdad y lo sabes. Sabes que no los odio, que no me caigan bien es otra cosa, pero estás mal si crees que tengo en mis planes ponerme a matar mestizos y demás solo porque un... porque quien-tú-sabes lo dice. —se defendió —Pero el que no apoye a los que tú sabes, no significa tampoco que me voy a poner del lado de los supuestos héroes —aclaró con molestia —Tú, mejor que nadie, sabe que no puedo... que no podemos —corrigió —ponernos del lado de los buenos. Y no es cuestión de ideales. Es cuestión de supervivencia y no es solamente nuestra vida la que ponemos en juego...
—Por Salazar y sus serpientes —la interrumpió —¿Y tú crees que estando del lado de los malos tenemos más posibilidades de sobrevivir?
—No, pero al menos no llevaremos en la conciencia que han matado a nuestra familia por nuestra culpa —le respondió mordazmente. Astoria le miró con ingenuidad, como si no diera crédito a lo que escuchaba. —¿Con quién crees que se desquitara el Señor Tenebroso si uno de sus mortífagos tiene como hijo a un traidor?
—Pues con nosotros —aventuró a decir, no muy convencida de su respuesta, sobre todo por el aura tétrica que despedía Paige. La pelirroja negó con la cabeza.
—Él les pedirá que nos maten y si se niegan a hacerlo los matará —respondió con un tono serio —Lo sé, Astoria. Lo sé, porque eso le pasó a la familia de mi madre, todos ellos, menos ella y su prima, murieron durante la primera guerra. Mi padre mató a mis abuelos paternos para protegernos a mi madre y a mí —confesó con amargura —Por eso no lo puedo ver con buenos ojos, no lo puedo admirar de la forma en la que tú admiras a tu padre. Porque mi madre pasa sus días llorando y llena de remordimiento y pesadillas de como toda su familia murió a manos de su propio esposo. Yo sé que mi padre solo quiso salvar a su mujer que estaba embarazada, pero aún así no apruebo lo que hizo... —la voz se le comenzaba a quebrar y los ojos verdes se llenaban de lágrimas —Y simplemente no sé qué pensar... porque si no hubiera sido así, mi madre y él estarían muertos y yo no hubiera nacido...
—Paige —Astoria se había quedado sin palabras. Se limitó a abrazar a su amiga con fuerza, mientras ésta lloraba ahogadamente en el hombro de la castaña.
—Ellos no se lo merecían, solo tenían ideas diferentes —susurró entre llanto —Ellos tenían la sangre pura, Astoria, pero no estaban dispuestos a servir al Señor Tenebroso, por eso murieron. Por esa razón mi madre odia a mi padre, y yo también.
—Tranquila, por favor —la chica pasaba la mano por la espalda de la pelirroja, intentando consolarla antes de que sonara el timbre que daba por iniciada la clase. —Paige... —observó como Leo se acercaba a ellas, lleno de preocupación.
—¿Todo bien? —preguntó en voz baja, mirando con desdén a los alumnos que les miraban con curiosidad.
—Si, todo bien —como por arte de magia Paige se incorporó un poco y regaló su mejor cara. —Consolaba a Astoria por lo de Draco —mintió y su amiga le miró con algo de resentimiento, aquella no era la mejor excusa que le hubiera gustado escuchar. Aún le dolía escuchar el nombre de su prometido.
—Oh... —Leo parecía haberse quedado sin palabras o al menos algo que decir.
—No tienes que decir nada —murmuró Astoria al cabo de unos segundos —Sé que no te cae bien y que hasta puede ser una buena noticia para ti y Cole...
—No digas eso —la cortó el castaño —Me da pena por ti. Por qué por mucho que odio a Malfoy, tú te veías feliz a su lado. Y pues... —dudó un poco en continuar, pero prosiguió ante la mirada de sus dos amigas —es un completo imbécil sin corazón por hacerte lo que te hizo. Mira que jugar contigo y tus sentimientos solo para ganar una apuesta —bramó completamente lleno de rabia.
—¿Qué?... —a Astoria se le fue el aliento y el mundo se le destrozó el mil pedazos; pero antes de poder formular alguna pregunta o algo la campana sonó y el centauro que tenían como profesor hizo acto de presencia para comenzar la clase.
O-O-O
Había hecho circular ese rumor para justificar sus actos, para cubrir su pena y poderse reír, en lugar de llorar, cuando mencionaban a Astoria.
—¿Y con quien fue la apuesta? —preguntó un chico que seguía al grupo de Malfoy.
—¿Pues con quien si no? —respondió el rubio con burla, señalando a Zabini. Al final de cuentas le había dicho todo a su amigo y lo había convencido de que lo ayudara en la farsa, porque cada segundo que pasaba le era más y más fastidioso y doloroso guardar la apariencia.
—¿Y que apostaron? —quiso saber otro chico. Parecían emocionados de escuchar la gran historia de Draco Malfoy y como había seducido a una mocosa de tercer año para ganar una estúpida apuesta.
—Eso es algo confidencial —dijo Blaise desdeñosamente y los chicos resoplaron. —Si nos disculpan, tenemos deberes que hacer —les informó de mala gana y tomando a Draco del brazo para arrastrarlo lejos de ese grupo de chicos. —Consignase una vida —añadió por lo bajo, sin esperar que lo escucharan.
—¿Qué te pasa, Blaise? —le recriminó Draco al moreno.
—¿Qué te pasa a ti? —contraatacó —Una cosa es que regresaras con Pansy y todo eso, otra muy distinta es estar haciendo este teatro para justificar tus actos. ¿A ellos que demonios les importa por qué terminaste con Astoria? —le espetó de mala forma —Lo único que lograras es que ella te odie.
—Número uno, tengo una reputación que cuidar —dijo el rubio tranquilamente —Número dos, estoy cabreado con Astoria por lo que hizo...
—¿Y esta es tu mejor manera de desquitarte? ¿Haciéndola quedar como una niña boba e idiota a la que sedujiste?
—No, claro que no —respondió afligido, pero cambiando de semblante en un parpadear —¡No! Al diablo, Blaise. Ella me traicionó primero y si estoy haciendo esto es por su bien. Y si me odia, ¡adelante!, que me odie, ella se lo buscó —bramó, acomodándose la túnica con un excesivo derroche de dignidad y soberbia.
—Pensé que la querías —murmuró Zabini.
—Claro que no —el rubio soltó una carcajada, muy realista —Solo era un juguete. Una muñeca nueva para pasar el rato —dijo con desdén —Quizás en algunos años cuando se ponga mejor y me sirva para jugar como yo quiero, reconsideraré la idea, finalmente será mi esposa —añadió con tono jocoso y una expresión burlona, ante la mirada ingenua de Blaise —Y si me disculpas, tengo que ir a hablar con ciertas personas —concluyó, dándole la espalda a su amigo y alejándose a grandes zancadas.
—Dime que es mentira lo que acabo de escuchar —Blaise se quedó de piedra al escuchar aquella voz aniñada y llena de sentimiento detrás de él.
—¿Astoria? —permaneció quieto y observando como la niña caminaba para ponerse frente a él, con los ojos verdes enrojecidos y derramando amargas lagrimas que se perdían en su mentón. La niña estaba roja y parecía que le costaba trabajo respirar. Mataría a Draco por eso, le rompería uno a uno cada hueso de su cuerpo y luego lo ahogaría en el lago negro para finamente aventarlo al bosque oscuro donde seguramente se lo comería alguna criatura rara.
—Blaise, contesta —insistió la castaña. Zabini no sabía que decir, una parte de él le quería decir toda la verdad a la niña, para que dejara de sufrir, pero otra parte de él sabía que no debía traicionar a su amigo o causaría más problemas de los que ya había. Así que permaneció en silencio. —Bien, tu silencio lo dice todo —concluyó la niña con amargura, derramando más lágrimas.
—Astoria —alcanzó a decir el moreno antes de que la chica se alejara. —Él te quiere...
—Para jugar, querrás decir —escupió con despreció y odio.
La castaña corrió para perderse de vista en el pasillo, no quería que la vieran llorar. Llegó a un corredor desierto y aminoró el paso, se limpió el rostro con las mangas de la túnica e intentó tranquilizarse. Cada segundo que pasaba su mundo parecía derrumbarse más y más, hasta el punto en el que todo parecía volverse polvo.
—Dumbledore no tardará en volver —escuchó la voz de Ernie Macmillan al final del corredor, justo donde estaban los relojes de arena que contaban los puntos de cada una de las casas. —Cuando estábamos en segundo, no consiguieron alejarlo de aquí mucho tiempo, y esta vez tampoco lo conseguirán. El Fraile Gordo me ha dicho —la voz se volvió más debil, pero la curiosidad de Astoria pudo más que otro cosa, así que con precaución caminó para acercarse y escuchar mejor —...entrar en el despacho del director después de buscar a... del castillo y los jardines. Pero la gárgola no se apartó de la puerta... se había cerrado... la entrada —Astoria apenas y alcanzó a escuchar unas cuantas palabras, ya que la distancia no se lo permitía y no quería acercarse más —... le dio un berrinche de miedo.
—Ya, seguro que le habría encantado sentarse en el despacho del director —escuchó la voz de Hermione llena de rabia, seguida de unos pasos en la escalera de piedra, alejándose de donde ella estaba —No soporto la prepotencia con que trata a los demás profesores, la muy estúpida, engreída y arrogante...
—A ver, Granger, ¿cómo termina esa frase? —la voz de Draco se escuchó en el lugar, pero no podía verlo, pero sonaba burlón y malicioso. —Me temo que tendré que descontar unos cuantos puntos a Gryffindor y a Hufflepuff —sentenció arrastrando las palabras como solía hacerlo siempre, destrozándole más el corazón a Astoria, si es que aún se podía.
—Los prefectos no pueden quitarles puntos a sus colegas, Malfoy —le aclaró Ernie de inmediato.
—Ya sé que los prefectos no pueden descontarse puntos unos a otros —dijo Malfoy desdeñosamente y se escucharon unas débiles risas, seguramente estaría acompañado de Crabbe y Goyle o incluso de Pansy —Pero los miembros de la Brigada Inquisitorial...
—¿La qué? —exclamó Hermione con aspereza.
—La Brigada Inquisitorial, Granger —repitió Malfoy. Astoria se quedó tan perpleja como seguramente debería de estar la leona en esos momentos. ¿Qué diantres era eso de Brigada Inquisitorial? Sonaba como... —Un selecto grupo de estudiantes que apoyan al Ministerio de Magia —Draco volvió a hablar, explicando lo que era y lo que ya se podía imaginar —Un grupo cuidadosamente seleccionados por la profesora Umbridge. Los miembros de la Brigada Inquisitorial tienen autoridad para descontar puntos. Así que, Granger, a ti te voy a quitar cinco por hacer comentarios groseros sobre nuestra nueva directora. Macmillan, cinco puntos menos por llevarme la contraria. Y a ti otros cinco porque me caes mal, Potter. —la castaña parpadeó, así que Harry también estaba ahí —Weasley, llevas la camisa fuera de los pantalones, tendré que quitarte cinco puntos por eso —y Ron también. ¿Quien más estaría ahí? Quería hablar con ellos cuando Draco se alejara — Ah, sí, se me olvidaba, eres una sangre sucia, Granger: diez puntos menos —frunció el ceño molesta ante esas palabras.
—¡Quieto! —dijo Hermione y se pudo imaginar que Ron o Ernie seguramente querrían hacerle algo a Malfoy; y por primera vez deseó que de verdad le dieran una golpiza hasta mandarlo a la enfermería, o si era posible a San Mungo.
—Una actitud muy prudente, Granger —musitó Malfoy —Nueva directora, nuevas reglas... Portaos bien, Pipipote, Rey Weasley... —se escucharon unas carcajadas y unos pasos que se alejaron de apoco.
—No puede ser que esté autorizado a descontar puntos... Eso sería ridículo..., desmontaría por completo el sistema de prefectos —dijo Ernie con aflicción.
Hubo un momento de silencio en el que Astoria pensó que se habían ido, así que se asomó y, viendo que los cuatro chicos estaba ahí frente a los gigantescos relojes de arena, se acercó al grupo. Sin hacer mucho ruido observó los puntos de las casas; si no mal recordaba Gryffindor y Ravenclaw iban a la cabeza y ahora las gemas de ambas ascendían y disminuían las que se encontraban en la parte inferior. Por otro lado, el reloj de arena de Slytherin no solo no perdía esmeraldas, al contrario, estaba ganado más y más como si por el simple hecho de ser serpiente te daba cinco puntos automáticos.
—Lo vieron, ¿verdad? —comentó Fred detrás de ellos y Astoria respingó. Demasiado tarde para volverse a fugar y quedando en medio de los gemelos Weasley que bajaban por las escaleras de mármol y de Harry, Ron, Hermione y Ernie frente a los relojes de arena.
—Malfoy acaba de descontarnos cincuenta puntos —explicó Harry, furioso, mientras unas cuantas gemas más pasaban de la parte inferior a la superior del reloj de arena de Gryffindor.
—¿Qué haces aquí? —murmuró Ernie, refiriéndose de la Slytherin.
—No tengo la más mínima idea —respondió en un susurró afligido.
—Esta mañana dijiste que preferías mantener distancia con nosotros —le recordó el Hufflepuff, ante la mirada confusa de los Gryffindor que no tenían idea de lo que estaban pasando. Astoria asistió con la cabeza, dándole la razón a sus palabras.
—Eso fue exactamente lo que dije —reafirmó la chica —Y mantengo mi palabra.
—¿Y entonces? —preguntó George. —¿Qué haces aquí con nosotros?
—¿No se te contagiará algo? —añadió el otro gemelo de forma burlona y molesta.
—Yo no soy Malfoy —recriminó.
—Eres su novia, lo amas y lo apoyas —le recordó Harry con seriedad.
—No soy su novia, si lo amo, pero por mí se lo puede llevar el infierno —escupió con reproche, regalando una mirada asesina a los Gryffindor —Y no, no vengo a unirme de nuevo a ustedes ni nada por el estilo —aclaró la chica —Solamente venía a... —titubeó —No sé ni porque les hablo. Con permiso —puntualizó.
—¿Qué fue eso? —Ron y el resto de los chicos observaron como la joven Slytherin se escabullía en las escaleras de piedra que llevaban a las mazmorras.
—Está dolida por lo que pasó con Malfoy —respondió Ernie. —La dejó y regresó con Parkinson —aclaró ante la ingenuidad de sus acompañantes.
—¿Y creen que sería buena idea...? Digo, ahora que ya no está con él, ella podría... —insinuó Ron.
—Ronald —le regañó Hermione— No la usaremos de espía, ni la convenceremos de nada, y mucho menos nos aprovecharemos de su dolor para que regrese a nuestro lado. Si ella quiere volver con nosotros lo hará y si no, pues no podemos hacer nada.
—Bueno —el pelirrojo se encogió de hombros y sonrió con resignación.
—Oh, bueno —suspiró Harry y volteó a ver a los gemelos que sonrieron cómplices.
—Montague también ha intentado quitarnos puntos durante el descanso—comentó George.
—¿Qué quieres decir con eso de que lo ha intentado? -preguntó rápidamente Ron.
—No ha podido pronunciar todas las palabras —explicó Fred —porque lo hemos metido de cabeza en el armario evanescente del primer piso.
—¡Ahora sí que os habéis metido en un buen lío! —gritó Hermione estaba horrorizada.
—No hasta que Montague reaparezca, y pueden pasar semanas. No sé adónde lo hemos enviado —comentó Fred, impasible —Además... hemos decidido que ya no nos importa meternos en líos.
—¿Les ha importado alguna vez?
—Claro que sí —respondió George —Nunca nos han expulsado, ¿no?
—Siempre hemos sabido cuándo teníamos que parar —añadió Fred.
—A veces nos hemos pasado un pelín de la raya... —admitió su gemelo.
—Pero siempre hemos parado antes de causar un verdadero caos —dijo Fred.
—¿Y ahora? —inquirió Ron, vacilante.
—Pues ahora... —empezó George.
—… que no está Dumbledore... —siguió Fred.
—... creemos que un poco de caos... —continuó George.
—… es precisamente lo que necesita nuestra querida nueva directora —concluyó Fred.
—¡No lo hagan! —susurró Hermione —¡No lo hagan, de verdad! ¿No ven que le encantaría tener un pretexto para expulsaros?
O-O-O
Después de hablar con los Gryffindor se fue a la sala común de Slytherin. Entró de mala gana y se topó con la escena que ya imaginaba: Draco y Pansy sentando en la misma butaca, brazados y charlando con un grupo de chicos, entre los que estaban Blaise y Tracey. Una extraña sensación de tristeza recorrió su cuerpo, pero no le daría el gusto a nadie de que la miraran destrozada. Tomó aire y caminó lentamente por la sala, con dignidad y altanería, como si anduviera flotando sobre las nubes y nada la pudiera tocar o dañar.
—Astoria —la llamó su hermana, quien estaba sentada con Theo en una mesa alejada del grupo.
—¿Qué pasa? —la chica no se acercó a donde Daphne, pero si se giró, dándole la espalda al grupo del príncipe de las serpientes.
—Grayback te estaba buscando —el tono mordaz de la rubia tenía una pizca de complicidad. Astoria pensó que seguramente lo estaba haciendo para molestar a Draco, para darle un golpe bajo a su orgullo. Lo hacía por ella, pero ella no quería caer en ese juego. No usaría a su amigo para vengarse del rubio. —Me dijo que estaría en la biblioteca toda la tarde...
—Me voy a adormir un rato antes de la cena —sentenció la menor de las Greengrass, mirando a su hermana con reproche. No, no caería en ese juego.
No volteó a ver a donde Malfoy y subió las escalerillas para los irse a los dormitorios. Sin embargo, cuando iba por los últimos peldaños se escuchó un estruendo impresionante, como si hubiera lanzado un hechizo de bomba al castillo.
¡PUM!
Se sintió un temblor y se sostuvo de las paredes para no caer. Apenas el temblor pasó, bajó corriendo, viendo como los presentes también estaban igual de impresionados. El primer paso lo dieron unos chicos de séptimo que salieron corriendo por el muro de piedra. La pandilla de Draco les siguió y seguido de ellos unos alumnos más y Astoria junto a su hermana y Theo.
—¿Que fue eso? —se quejó la Greengrass rubia.
Llegaron al primer piso y notaron como del comedor salían varios alumnos, posiblemente también habían sentido el estruendo enorme. El alboroto parecía estar en el piso superior, pero antes de que alguien subiera las escaleras de mármol, unos espectros de fuego aparecieron, haciendo explosiones y formando un caos absoluto. Al parecer alguien había hecho explotar una sin número de fuegos artificiales encantados.
—Un galeón a que fueron los Weasley —dijo Theo con una sonrisa. A diferencia de Daphne que se estaba poniendo de todos los colores, Theo parecía disfrutar del espectáculo, sobre todo al escuchar el grito de la profesora Umbridge en el piso de arriba.
Por los pasillos revoloteaban dragones compuestos de chispas verdes y doradas que despedían fogonazos y producían potentes explosiones; girándulas de color rosa fosforito de un metro y medio de diámetro pasaban zumbando como platillos volantes; cohetes con largas colas de brillantes estrellas plateadas rebotaban contra las paredes; las bengalas escribían palabrotas en el aire; los petardos explotaban como minas y en lugar de consumirse y apagarse poco a poco, esos milagros pirotécnicos parecían adquirir cada vez más fuerza y energía.
—¿Qué esperan? —les gritó Pansy a Daphne y Theo —Vamos a ayudar —ordenó, dándole un golpe a una insignia con una "B.I" que llevaba en el pecho, y Astoria notó como su hermana y Nott también traían esa misma insignia. ¿B.I? ¿Qué significaba B.I? "La Brigada Inquisitorial, Granger. Un selecto grupo de estudiantes que apoyan al Ministerio de Magia" la voz de Malfoy resonó en su cabeza y todo tomó un poco más de sentido. Los de la BI eran los mismos de la emboscada.
Daphne y Theo se alejaron, siguiendo a Pansy de mala gana. Los alumnos se fueron disipando de a poco, especialmente para evitar varios dragones y enormes murciélagos que humeaban amenazadoramente y salían del castillo, provocando más desastres por todos lados. Astoria reía por lo bajo, y a diferencia de los alumnos que se alejaban o de los miembros de la brigada que iban detrás de los fuegos artificiales, la chica subió a donde estaba la concentración del alboroto.
—¡Corra, Filch, corra! —escuchó gritar a la profesora Umbridge —¡Si no hacemos algo se dispersarán por todo el colegio! ¡Desmaius!
Alcanzó a distinguir un chorro de luz roja entre todo el humo y al parecer golpeó contra uno de los cohetes. Pero en lugar de quedarse parado en el aire, éste explotó con tanta fuerza que hizo un agujero en el cuadro de una bruja de aspecto bobalicón, retratada en medio de un prado; la bruja corrió a refugiarse justo a tiempo, y apareció unos segundos más tarde apretujada en el cuadro de al lado, donde un par de magos que jugaban a las cartas se levantaron rápidamente para dejarle sitio.
—¡No los aturda, Filch! —gritó furiosa la profesora Umbridge, como si el conjuro lo hubiera pronunciado él.
—¡Como usted diga, señora! -exclamó resollando el conserje, quien siendo un squib jamás habría podido aturdir aquellos fuegos artificiales. Corrió hacia un armario cercano, sacó una escoba y empezó a golpear con ella los fuegos artificiales. Unos segundos más tarde, la parte delantera de la escoba estaba en llamas.
—Impresionante ¿Cierto? —murmuró una voz detrás de ella. La castaña no dejó de reír y no se volteó, porque ya sabía quién era.
—Vamos a la librería —alcanzó a decir entre risas —Si sigo viendo como hacen el ridículo sufriré un accidente.
—Me alegra tanto verte así de feliz —dijo el chico, rodeando los hombros de Astoria para caminar y salir de aquel alboroto.
—Siempre estoy feliz —aseguró con cierta falsedad. No quería que Cole mencionara nada relacionado a su rompimiento con Malfoy.
Cruzaron los corredores hasta entrar a la librería, que, para fortuna de los estudiantes, estaba en el usual silencio de siempre. Los amigos no se percataron de que un par de fríos ojos grises les observaban con recelo e ira, antes de recibir en el pecho un impacto por parte de uno de los fuegos artificiales.
—¡Amor! ¿Estás bien? —chilló la pelinegra que iba detrás de él.
—¿Que estás ciega? —bramó molesto, sacudiéndose la túnica llena de polvo y cenizas.
—Deja te ayudo —se ofreció con una sonrisa, ignorando el tono del chico, finalmente estaba acostumbrada a su mal trato.
O-O-O
Los fuegos artificiales siguieron ardiendo y extendiéndose por el colegio y nadie parecía poder detenerlos, o mejor dicho, nadie quería detenerlos. A la mañana siguiente los fuegos seguían ocasionando graves trastornos, sobre todo los petardos, pero ningún profesor parecía interesado en ponerles un alto. Ni siquiera los de la Brigada estaban de humor para hacer el ridículo con eso.
—¡Que lo resuelva la vieja bruja! —se quejó Daphne cuando Pansy le insinuó que fueran a detener unas arañas luminosas que subían por las paredes y explotaban cuando pasabas muy cerca.
Así fue lo mismo durante todo el día siguiente. El trabajo de detener aquellos fuegos mágicos recayó en Umbridge y si a lo mucho en Filch. Más de un profesor mando a llamar a la directora para que se hiciera cargo de los dragones y demás cosas que entraban en las clases a causar revuelo.
El resultado de aquello fue que la profesora Umbridge se pasó todo el día corriendo por el colegio y acudiendo a los llamamientos de los otros profesores, ninguno de los cuales parecía capaz de echar de su aula a los fuegos artificiales sin su ayuda. Cuando sonó la última campana y Astoria caminaba con Paige y Leo al comedor para reunirse con Cole, los chicos observaron como la profesora Umbridge, completamente despeinada y cubierta de hollín, salía tambaleándose y sudorosa del aula del profesor Flitwick.
—¡Muchas gracias, profesora! -—decía el profesor Flitwick con su aguda vocecilla —Me habría librado yo mismo de las bengalas, por supuesto, pero no estaba seguro de si tenía autoridad para hacerlo —y radiante de alegría, le dio con la puerta de la clase en las narices.
—Se lo merecía —dijo por lo bajo la pelirroja.
Las tres serpientes soltaran unas risas muy particulares y siguieron su camino al Gran Comedor. Pasaron de largo el tramo de mesa donde estaban ciertos alumnos de quinto año y se colocaron donde Cole leía tranquilamente El Profesta, ignorando a su hermano.
—No puedo creer que te siga gustando después de todo... —pero Coop se quedó callado cuando vio a los amigos de su hermano acercándose.
—¿Qué? ¿Ya te cansaste de darme sermones? —se burló el castaño, sin apartar sus ojos azules de las pequeñas letras impresas.
—Piensa lo que te digo —finalizó el menor de los Grayback con recelo.
—Tú no tienes idea de lo que habla, eres un mocoso —dijo Cole al aire, pues su hermano ya se había ido.
—¿Y de que hablaban? —preguntó Leo con una risa, mientras se sentaba a un lado de su amigo, quien respingó ante la parecencia que no había advertido.
—Así tendrás la conciencia —bromeó Astori, sentándose frente a él, como siempre, y con Paige aún lado.
—Imaginaciones tuyas —le respondió con una sonrisa.
Los chicos no habían perdido su amistad pese a todo y so era algo que Astoria apreciaba mucho. Bien lo decía el sombrero seleccionador: En Slytherin se encuentran los amigos más leales y para siempre. La castaña seguía dolida por lo de Draco, pero se había convencido de que la indiferencia era más digna en ella, en lugar de estar llorando por los rincones o atacando al rubio y a su nueva novia. Paige había sugerido algunas formas de vengarse, pero como todas ellas incluían utilizar a algún chico para herir el orgullo de Malfoy, se había negado a hacer cualquier cosa que involucrara a alguien más. Aquello era entre ella y Draco, solo entre ellos, porque ni siquiera la resbalosa de Parkinson formaba parte de lo que había entre ellos dos. Eso que había entre ellos, eso mismo que se había roto y amenazaba con volverse veneno.
—¿Estás bien, Tory? —la llamó su amiga, pues se había quedado ausente, sumergida en sus pensamientos.
—Claro, claro —la castaña sonrió y comenzó a servir algo de fruta en su plato, y algo de pan con jalea.
O-O-O
"Finge... finge querida, para que nuestro amor sea eterno." Cuánta razón tenían los puros. Fingir era lo único que le quedaba, a él y rogaba a Merlín que ella también estuviera fingiendo, que no lo odiara de verdad. Cerró los ojos con pesadez y se apretó el puente de la nariz. Andaba dando sus rondas de prefecto por el cuarto piso, la verdad es que no había nada interesante, ni siquiera algunos mocosos para molestar. El lugar estaba desierto y silencioso, tanto así que le daban ganas de gritar para romper el silencio sepulcral, y eso que apenas eran las seis de la tarde.
Estaba a punto de irse de allí y bajar a la sala común para descansar un rato, pero escuchó un ruido en el baño de hombres. Primero lo pasó de largo, seguramente algún chico... bueno, prefería no pensar en los detalles. Puso cara de asco y más disidido que antes se apresuró a bajar, pero entonces escuchó un estruendo.
—¿Pero qué demonios están haciendo allí adentro? —bramó con desdén. Regresó sobre sus pasos y entró al baño para averiguar lo que sucedía.
Al entrar se topó con una escena muy peculiar...
O-O-O
"Ella en su mágico mundo, su cuerpo tiene alas puede volar." Astoria acaba de terminar sus deberes y salía de las mazmorras, sola. Quería deambular un poco por los pasillos, así de simple, solo deambular para despejarse un poco. Más que nunca añoraba esas alas para escapar, para no tener que confrontar su realidad, para no tener que vivir con las consecuencias de sus actos.
Iba caminando sin rumbo hasta que alcanzó a escuchar unas voces, unas voces conocidas, nuevamente en el vestíbulo donde estaban los grandes relojes de arena. Casi todos estaban vacíos, menos el de Slytherin. Alcanzó a divisar dos figuras en un rincón y con la misma agilidad con la que había espiado en la tarde, se acercó con sigilo para escuchar.
—¿Estás bien? No te habrá preguntado la profesora Umbridge nada sobre el ED, ¿verdad?
—No, no —respondió Cho —No, era sólo que..., bueno, sólo quería decirte... Harry, jamás pensé que Marietta nos delataría...
—Ya —repuso él con aire taciturno. Harry lamentaba que Cho no hubiera elegido a sus amigas con más cuidado; y pensar que al principio les recriminaron un poco a ellos por tener de amiga a Astoria. La Slytherin había resultado más leal que la Ravenclaw, y no lo consolaba mucho saber que Marietta todavía estaba en la enfermería ya que la señora Pomfrey no había conseguido hacer desaparecer ni un solo grano de su cara.
—En el fondo es una persona encantadora -comentó Cho —Pero cometió un error...
Astoria se vio tentada reírse en la cara de la asiática. Mientras que Harry la miró sin dar crédito a sus oídos.
—¿Una persona encantadora que cometió un error? Pero ¡si nos ha traicionado a todos, incluida tú!
—Bueno, no nos ha pasado nada, ¿verdad? -replicó Cho, suplicante. ¿A pero que no les ha pasado nada? ¿Qué no les ha pasado nada? ¡Arg! Ahora si Astoria se vio tentada a lanzarse sobre la chica. A ella si le había pasado mucho por esa maldita soplona —Es que su madre trabaja para el Ministerio, y a ella le resulta muy difícil... —balbuceó la joven, mientras la castaña apretaba los puños para contenerse.
—¡Por favor! —la cortó Harry —¡Ni siquiera Astoria que sus padres son aurores y era novia del hijo de un mortífago! ¡Qué va! ¡El padre de Ron también trabaja para el Ministerio! —saltó Harry, furioso —Y por si no lo habías notado, ninguno de ellos dos lleva escrito «soplon» en la cara.
—Eso no ha estado nada bien por parte de Hermione Granger —opinó Cho con dureza —Debió decirnos que había embrujado esa lista...
—Pues yo creo que fue una idea excelente —replicó Harry con frialdad. Cho se ruborizó y se le pusieron los ojos brillantes.
—¡Ah, sí, se me olvidaba! Claro, si fue idea de tu querida Hermione... —¡Bien dicho Harry! Astoria sonrió con arrogancia y satisfacción. Las tácticas amorosas de Malfoy se podían ir al carajo en ese momento. Lo que más se merecía Cho era que le dieran celos.
—No te pongas a llorar otra vez —la previno Harry
—¡No iba a ponerme a llorar! —gritó Cho y Astoria soltó una risita que se perdió por el grito.
—Bueno, vale. Ya tengo bastantes problemas —nunca había admirado tanto el poco tacto que tenía Harry para tratar a las chicas, porque Chang se merecía ese trato por defender a una soplona que le había causado tantos problemas.
—¡Pues ve y ocúpate de ellos! —le espetó Cho, furiosa; luego se dio la vuelta y se alejó.
Harry suspiró y bajó las escaleras hacía las mazmorras. Astoria permaneció un poco más en su escondite, intentando tranquilizarse y alejar esos pensamientos homicidas contra la amiga de Cho. Finalmente, Marietta no tenía la culpa de lo que había pasado, ella había tomado la decisión de unirse al Ejercito de Dumbledore, nadie la había obligado y ahora tenía que afrontar las consecuencias de sus malas e impulsivas decisiones.
Salió del escondite donde estaban y se quedó parada en el vestíbulo observando los relojes de arena, al paso que iban los demás relojes se quedarían con gemas negativas, si es que eso era posible.
—Ve a llamar al profesor Snape, Draco —se escuchó la voz chillona de Umbridge, seguida de varios pasos. Giró con algo de temor y vio como la directora y la medimaga de la escuela iban detrás de Filch, quien con dificultad cargaba a un alumno corpulento. Astoria reconoció a Montague y se quedó helada cuando Draco se aproximaba a grandes zancadas a donde ella.
Se miraron por unos instantes, un instante en el que las orbes de plata se fundieron con las esmeraldas. Pero ni Draco ni ella dijeron ni una sola palabra. Ni reproches, ni ironía, ni resentimiento, ni tristeza, ni nada por el estilo; solamente indiferencia. Indiferencia como si fueran dos extraños que apenas y se conocían de vista.
—Vuela que vuela tan alto que nada ni nadie la puede alcanzar... —cantó para sí misma cuando el rubio se perdió en las escaleras.
—No hay defectos, solo cambios repentinos que nunca nos sorprendieron —murmuró él, cuando estaba a unos pasos del despacho de su padrino. Tomó aire y cambió su semblante de funeral por uno de euforia y preocupación. Que fácil le era fingir. Abrió la puerta sin previo aviso y entró atropelladamente.
—Profesor Snape, señor... ¡Oh, lo siento! —se quedó mirando a su profesor y a Harry, algo sorprendido y molesto. De haber sabido se hubiera tomado más tiempo para que se le pasara el dolor que sentía en el pecho.
—No pasa nada, Draco —lo tranquilizó el hombre y bajó la varita —Potter ha venido a repasar pociones curativas.
El rubio sonrió con ironía y burla. Y Harry le miró con fastidio.
—No lo sabía —masculló Malfoy mirando con gesto burlón a Harry, que se había puesto muy colorado. Habría dado cualquier cosa por gritarle la verdad a Malfoy, o mejor aún, por echarle una buena maldición, y una que se tenía muy bien merecida por lo que le había hecho a Astoria.
—¿Qué ocurre, Draco? —preguntó Snape.
—Es la profesora Umbridge, señor. Hemos encontrado a Montague, señor, ha aparecido dentro de un servicio del cuarto piso —le informó con tranquilidad.
—¿Cómo llegó allí? —indagó Snape, extrañado.
—No lo sé, señor. Está un poco aturdido —el rubio se encogió de hombros.
—Está bien, está bien. Potter —dijo Snape —Continuaremos la clase mañana por la noche.
Y tras pronunciar esas palabras Snape salió con prisa del despacho. Cuando el profesor estaba de espaldas, Malfoy miró a Harry y, moviendo los labios sin emitir ningún sonido, dijo: ¿Pociones curativas?; luego siguió a Snape, soltando una pequeña risa.
Harry hervía de rabia y se guardó la varita mágica en la túnica, que ganas de romperle toda la cara al rubio. De hecho, que ganas de romperle un hueso a Malfoy por cada una de las cosas que le hacía y que les hacía a los que él apreciaba. Se dispuso a abandonar el despacho y agradeció que al menos tenía veinticuatro horas más para practicar la Oclumancia. Y bueno... debía estar agradecido por haberse salvado por los pelos, aunque fuera a costa de que Malfoy le contara a todo el colegio que necesitaba clases particulares de pociones curativas.
O-O-O
Se dirigía a la sala común de Slytherin y mientras caminaba por el pasillo, iluminado por unas luces verdes, visualizó dos sombras aproximarse a donde ella. Tras dos o tres pasos más les distinguió el rostro a las dos personas que se aproximaban: Snape y Malfoy. Desvió la mirada, pero dejó la cabeza en alto y como si anduviera en una pasarela, pasó a un lado de los hombres con toda indiferencia.
Llegó a los dormitorios y se encontró con Paige.
—¿Qué tal? —preguntó la pelirroja con una sonrisa.
—Si me puede ir peor prefiero no saber —masculló, sentándose en la cama y sacándose los zapatos de mala gana.
—Te topaste con él, ¿verdad? —Astoria no contestó —Creo que era más que obvio que te lo encontrarías, sabes que ahorita anda en sus rondas de prefecto...
—Debería de andar en el cuarto piso, yo estaba en el primero —aclaró, ante la indirecta de su amiga. —Yo salí a despejarme, no a toparme con él.
—Bueno, pero igual te vas a topar una y otra vez con él mientras los dos estén en la misma escuela —dijo Paige con obviedad.
—Lo sé, lo sé y, ¡carajo!, lo sé —masculló dejándose caer en la cama. —Lo único que no sé es como vivir si cada cosa que hago me recuerda Malfoy.
—¡Por favor! —resopló con burla —No seas tan dramática —continuó ya con voz más serie y calmada —Se van a casar al final de cuentas y mientras le puedes hacer la vida un infierno. Si me hicieras caso y... —Astoria la interrumpió dándole un almohadazo. No quería de nuevo las sugerencias de andar con otro ni nada por el estilo, ella quería a Draco y no quería hacerle daño; aunque ella se estuviera muriendo de dolor, nuevamente por su culpa.
—Paige, no usaré a Cole, no usaré a Iván, ni al primero que pase frente a mí —le recalcó con seriedad —Yo no quiero lastimar a Draco, ni vengarme. Si yo no le importo en lo más mínimo, no vale la pena perder el tiempo con él.
—¿Ni siquiera por orgullo? —insistió la otra chica.
—Me importa más mi dignidad. Y será como cuando entré aquí hace tres años y lo odiaba...
—Pero ya no eres esa de hace tres años y no lo odias, lo amas —interrumpió la pelirroja.
—¡Je ne m'inquiète pas! —(¡No me importa!) gritó con acento francés; dejando a su amiga perpleja, empezando porque no le había entendido.
—Astoria no te pongas en ese plan, bien sabes que no sé tanto francés —le recriminó.
—La seule chose que je vais dire c'est que s'il ne se soucie pas, moi non plus —(Lo único que diré es que, si a él no le importa, a mí tampoco) chilló y cerró las cortinas de mala gana, comenzando a llorar y dejando a Paige con una terrible cara de incomprensión.
La pequeña Greengrass derramó amargas lagrimas hasta quedarse dormida, o mejor dicho, hasta perder el conocimiento por tanto llanto. Entre sus últimos pensamientos se prometió que esa sería la última noche que lloraría por Draco y lo que le había hecho. Si él había podido regresar a ser el mismo tirano cruel de antes, con un novia venenosa y odiosa, ella bien podía volver a ser la de antes. La de antes de que los Malfoy se metieran en su vida, en sus sueños y sentimientos. Solo necesitaba algo de tiempo, algo de tiempo para que su cabeza se enfriara igual que su corazón; por algo decían que el tiempo lo podía todo.
O-O-O
Los días pasaron y en un parpadear había llegado el primer día de las vacaciones de Pascua. Los chicos en general tomaban un respiro de tantas tareas, aunque los de quinto y séptimo no desaprovechaban el tiempo para estudiar, ya que solo les quedaban seis semanas antes de los exámenes. Por el contrario, los estudiantes de primero, segundo, tercero y cuarto, disfrutaban del clima y los terrenos de Hogwarts. Por ejemplo, Astoria y Cole que estaban en cerca del lago negro. El chico tocaba la guitarra sin ninguna melodía en especial, aunque tampoco es que fuera desagradable escuchar los acordes, mientras Astoria le sacaba provecho a sus viejas zapatillas.
—¿Y entonces? —preguntó al cabo de un rato el Slytherin, mientras Astoria seguía sumergida en sus incansables repeticiones de movimientos de ballet.
—Ya te he dicho que no —le reiteró, sin dejar de practicar rápidos Frappe que levantaban algo de tierra.
—Vas a hacer un hoyo y de paso las vas a echar a perder —le comentó Grayback, mirando atentamente las piernas de la chica.
—Ya están echadas a perder —le aclaró sin mucho animo y sin dejar su movimiento.
—¿Quieres practicar el pass de deux? —preguntó el chico al cabo de un rato en el que Astoria había comenzado a hacer degagés.
—Je voudrais que vous pour m'aider à voler —le murmuró con una sonrisa, girándose para encarar al chico y hacer una pequeña reverencia.
—Je voudrais vous emmener au ciel, si il m'a demandé de le faire —le contestó casi en un perfecto francés. Astoria había descubierto con agrado que Cole entendía y hablaba el idioma cuando había hecho un berrinche y les había hablado en francés, y el único que había sonreído y respondido era él, mientras que Leo y Paige la miraban con el ceño fruncido. Desde entonces solían hablar de vez en vez en ese idioma, sobre todo cuando no quería que otros les entendieran.
Astoria extendió los brazos y se paró en una sola punta, mientras su otra pierna se mantenía elevada hacía atrás. Cole flexionó una pierna y extendió la otra, pero sin despegarla del suelo, inclinándose un poco. Se puso de lado a Astoria y afirmó su mano sobre la rodilla de la pierna que Astoria tenía levantada, mientras su otra mano se afirmó sobre la cintura de la chica y la levantó. La castaña flexionó la otra pierna, apoyando su pie sobre la rodilla de donde Cole la sostenía, provocando que éste deslizara su mano hacía su muslo. Astoria cerró los ojos, dejándose elevar, mientras el chico intentaba mantener el equilibrio en ese terreno irregular, aunque la ligereza de Astoria ayudaba mucho.
—Veo que te la pasas bien, Mini-Greengrass —una voz cargada de desprecio y frialdad resonó detrás de la pareja de bailarines.
