30

Cuando la celebración de la Navidad cedió el paso a la Nochevieja y el invierno se convirtió en primavera, Candy siguió manteniendo su voto de sacar toda la felicidad que pudiera de su tiempo en Dunvegan con Albert. Hacían el amor cada día, excepto... Candy suspiró tristemente, recordando el día, un par de semanas después de Navidad, cuando le había venido el flujo mensual. Aunque no quería un hijo sin esposo, se sintió extrañamente desilusionada. Y herida por el evidente alivio de Albert... un alivio que comprendía, pero que igualmente le hacía daño.

A veces, Candy sentía que su nuevo plan funcionaba y que Albert había empezado a amarla. Sola, por la noche, acurrucada entre sus brazos, estaba convencida de que nada podía interponerse entre ellos. En las comidas o durante las largas horas pasadas preparando los festejos de los juegos de las Highlands, él se reía y bromeaba con ella como si fuera parte de la familia. Y, de vez en cuando, lo pillaba mirándola con algo muy parecido a la ternura en los ojos.

Pero en otras ocasiones, no estaba tan segura. No había hablado de ningún cambio de intenciones ni abordado en ningún sentido el asunto de su matrimonio a prueba. Quería pensar que lo había reconsiderado, pero cualquier referencia casual que ella hacía a un futuro posterior a julio era ignorada o respondida con una sonrisa incómoda y un rápido cambio de tema. Y luego estaba aquella extraña conversación sobre la carta que había escrito a su padre. Parecía que él pensaba que quizá le había dicho a su padre algo de importancia, pero ¿qué? Había empezado a interrogarla, pero sus respuestas parecían haberlo dejado satisfecho y había abandonado el tema.

Muchas veces Candy quería declararle su amor. Pero saber que sus palabras solo le causarían incomodidad, quizá incluso culpa, se lo impedía. Quería que hubiera sinceridad entre ellos, pero hasta que se hubiera asegurado una alternativa a la alianza con Argyll, no se atrevía a arriesgarse. Tampoco podía arriesgarse a romper el delicado equilibrio que tanto les había costado lograr.

El tiempo pasaba demasiado rápidamente. En especial las noches. Sus mejillas se cubrieron de rubor. Y a veces los días, pensó, recordando el brezal, fragante y aterciopelado. Hacia mediados de marzo, Albert había acabado cediendo y le había permitido que pasara un día fuera de las murallas del castillo. Poco sabía ella que, detrás de su consentimiento, había un motivo ulterior. Hacer el amor al aire libre había sido una experiencia enteramente nueva para ella. Sonrió. Albert había mantenido su palabra de enseñarle muchas cosas y Candy había demostrado ser una alumna apta y atenta. Habían cambiado tantas cosas desde aquella noche salvaje y cargada de pasión, antes de Navidad. Había desaparecido la virgen nerviosa, sustituida por una mujer segura y sensual. Una mujer segura y sexualmente aventurera.

Cuando no estaba ocupada retozando por los brezales, Candy se dedicaba a las cuentas y a organizar los festejos de la asamblea de las Highlands y, con gran deleite por su parte, una boda. Desde que Pauna se lo había señalado, muchos meses atrás, Candy había observado el abierto interés de Robert por Pony. Sin embargo, se quedó sorprendida cuando Pony acudió a ella con la noticia de su proposición de matrimonio. Se sentía llena de alegría por su querida niñera, pero la echaría terriblemente de menos si Albert disolvía su matrimonio.

Era dolorosamente consciente de que solo quedaban tres meses para que el período de prueba tocara a su fin. En la reunión de las Highlands, que se acercaba rápidamente, Candy se vería obligada a ver a su familia e informarla de sus progresos. Esperaba abordar el tema del cambio de alianzas con su padre.

Pero aquel día Candy pensaba en otras cosas. Después de muchos y nerviosos preparativos, había llegado, por fin, el día de la boda de Pony. Después de la pequeña ceremonia, se habían dispuesto largas mesas y bancos para la celebración en el patio, a fin de aprovechar el buen tiempo. Candy sabía que no era la única que estaba cansada de vivir encerrada en el castillo.

De pie en el atestado patio, recorrió despacio el panorama que la rodeaba. Inhaló el aire fresco de la primavera presente en todas partes. El sol de color amarillo limón permanecía solo en su marco azul celeste y su intenso brillo parecía desafiar la competencia de los cielos. El mar refulgía enviando sus olas a la costa, y sus aguas turquesa estaban inusualmente transparentes y vividas. Detrás de ella, el paisaje parecía estar más lleno de color a cada momento, los bosques reverdecían, la cola de caballo se erguía orgullosa en las colinas llenas de brezo, la armeria púrpura y el iris amarillo tapizaban los acantilados. Una brisa perezosa jugaba con las hojas que crujían, y se llevaba los vestigios del frío y húmedo invierno.

No había duda; la primavera había llegado.

Absorta en sus pensamientos, Candy no se dio cuenta de que Pauna se le había acercado.

—Es un hermoso día para una boda-dijo.

Candy le sonrió.

—Absolutamente perfecto.

No podría haber pedido un escenario mejor para esa ocasión especial. Pauna y ella habían trabajado, incansables, en la preparación, con muy poco tiempo. Hizo un gesto de asombrado pesar; solo habían tenido dos semanas para planear una boda tan importante como aquella. Pony había dicho que era demasiado vieja para esperar más; no quería darle tiempo a Robert para que cambiara de opinión.

La mirada de Candy fue hasta su querida niñera. Se le henchía el corazón de orgullo al ver cómo los radiantes recién casados recibían a sus invitados.

—La echaré de menos-dijo Candy, sin darse cuenta de que había hablado en voz alta.

Percibió la comprensión de Pauna con tanta seguridad como si la hubiera rodeado con sus brazos. Pauna sabía que Candy no le había dicho a Pony que Albert pensaba disolver el matrimonio a prueba. Solo los más cercanos a él conocían su intenciones: Anthony, Pauna y la guardia personal de Albert. Por fortuna, la curiosidad de Pony había disminuido desde que Albert había convertido a Candy en su esposa de verdad.

—Pony siempre te pertenecerá. Te quiere como si fueras su propia hija.

—Durante muchos años, ella fue lo único que tenía.

—Lo sé.

Pauna no necesitaba decir más. Candy sabía que la comprendía. Era la mejor amiga que había tenido nunca y la conocía casi tan bien como a ella misma.

Casi. Había una cosa de la que nunca hablaban directamente; del plan de Albert de enviarla de vuelta a casa y disolver el matrimonio a prueba. Era un tema que les resultaba demasiado doloroso a las dos.

—Basta de lloriqueos. Es un día de celebración. Por cierto, ¿por dónde anda tu vikingo?-Esperaba que Pauna también tuviera noticias felices que darle dentro de poco. El interés del vikingo por ella era tan evidente como su perpetua cara de mal humor. Y el plan secreto de Candy para Pauna estaba a punto de salir a la luz.

Ahora le tocó sonrojarse a Pauna.

—No es mi vikingo-dijo con aire modesto.

Candy enarcó una ceja.

—¿Ah, no?

—Bueno, por lo menos no dicho así.

—Sospecho que eso cambiará pronto. Pauna se salvó de responder por la llegada de su hermano.

Albert señaló alrededor con un gesto.

—¿Está todo como deseabas, Candy? Veo que incluso el tiempo ha seguido tus directrices.

—Oh, Albert, es perfecto. Gracias por hacer que este sea un día especial para Pony. Ha significado mucho para ella y para mí.

Albert sonrió ampliamente.

—Me alegro de que estés contenta. Entre los preparativos de la boda y los de la asamblea, no has tenido mucho tiempo para descansar.

Era irresistiblemente apuesto y encantador; la idea le vino a la cabeza quizá por centésima vez. Su pelo refulgía más dorado aun bajo la brillante luz del sol. Alto y musculoso, parecía un dios de bronce. Que aquel hombre le perteneciera era abrumador. Lo amaba más allá de toda medida. Con todo, frunció el ceño.

—Esto me recuerda que casi había olvidado algo que tenía intención de hacer hoy para la asamblea. Los clanes empezarán a llegar dentro de muy pocos días y todavía no he comprobado si hay suficiente espacio para los caballos en los establos del pueblo.

Albert la interrumpió.

—Hoy no, Candy. Hoy disfrutarás de esta boda en la que Pauna y tú tanto habéis trabajado. Casi ha llegado el momento de que empiece el baile y no dejaré que te vayas.-Para demostrárselo, la cogió y la hizo girar en el aire como si no pesara más que una niña.

—¡Bájame ahora mismo, Albert MacAndrew!-exclamó, riendo y golpeándole los brazos para que la soltara—. Tengo trabajo que hacer. Haré que lamentes esta prepotencia.-Al mirarlo, con ganas de jugar, Candy se asombró de lo mucho que había cambiado en los últimos meses. Era más alegre, más feliz. Quería creer, desesperadamente, que ella era la causa del cambio.

—¿Lo prometes?-preguntó él, sonriendo con picardía.

—Lo prometo-susurró sin aliento. Presa en el chispear azul cielo de sus ojos, sintió que el corazón le latía con más fuerza por la sensual promesa que contenían sus palabras.

—Ya está bien, vosotros dos-dijo Pauna riendo—. Por favor, procurad refrenaros y no hablar de vuestras hazañas privadas de dormitorio junto a mis orejas inocentes, que arden de vergüenza.

Albert inclinó la cabeza y depositó un suave beso en los labios entreabiertos de Candy antes de dejarla libre.

—Oh, de acuerdo, Pauna. No sabía que fueras tan cerrada y puritana. Tendré que advertir a Tom que refrene cualquier insinuación ilícita que tenga intención de hacer.

—Puedo asegurarte que no sé a qué te refieres, hermano-repuso Pauna con aire tímido, poniendo los brazos en jarras.

—¿Ah, no? Hummm. Ya veremos.

A Candy le seguía encantando presenciar aquellas bromas entre hermanos.

—¿Sabes algo, Albert? ¿Qué es lo que te callas? -Pauna entrecerró los ojos, mirando amenazadora a su hermano, que era mucho más grande que ella, con aspecto de estar a punto de atacarlo.

—Paciencia, Pauna. Siempre has sido una criatura muy exigente.

—¡Cómo te atreves, Albert MacAndrew! ¿Me has llamado criatura? Vas a lamentar esas palabras.-Se lanzó contra él, golpeándole con sus pequeños puños en los brazos, donde Candy le había golpeado antes.

—Pauna, no deberías pegar al jefe. No está bien-interrumpió Tom.

Hablando del diablo, pensó Candy. Otra voz resonante, orgullosa y autoritaria... ¿Cuántos así podía haber en aquel castillo? Sonrió al apuesto vikingo. Incluso cuando bromeaba, Tom fruncía el ceño, amenazador. Bueno, a Pauna le gustaba, y eso era lo único importante.

—No estaba pegando al jefe, Tom. Solo le recordaba a mi hermano que ya no soy una criatura.

—Uf. Procuraré no olvidarlo en el futuro, Pauna -dijo Albert, frotándose el brazo—. Tienes unos puños duros para ser una muchachita tan pequeña.

Candy se volvió hacia Albert, uniendo las manos excitada.

—Antes de que empiece el baile, Pauna y yo tenemos una sorpresa más para este día de celebraciones. ¿Preparada, Pauna?

Pauna miró a Tom como si fuera a ponerse enferma, luego enderezó los hombros con forzada confianza.

—Creo que sí. Sí.

Candy hizo un gesto a Albert, a Tom y a Anthony, que acababa de llegar.

—Quedaos aquí. Enseguida volvemos.

—¿Qué estarán preparando esas dos ahora?-preguntó Anthony confuso.

Albert miró a los dos hombres que había a su lado y negó con la cabeza.

—Ni siquiera me atrevo a suponerlo. Pero será mejor que hagamos lo que nos han dicho. Pauna parecía estar muy seria. Por un momento incluso me pareció que estaba asustada.-Miró hacia la torre del Hada, en cuyo interior Candy y Pauna acababan de desaparecer.

Momentos después, era el único que miraba hacia allí cuando las dos mujeres salieron de la torre. Parpadeó incrédulo, y luego levantó la mano para protegerse del sol. No era una aparición. El corazón le dio un vuelco. Lo único que se le ocurrió decir fue:

—Santísimo Dios. ¿Cómo lo ha hecho?

—¿Hacer qué?-preguntaron al unísono Tom y Anthony, antes de volverse y seguir la dirección de la mirada de Albert.

Los tres hombres permanecían inmóviles, estupefactos, mientras las mujeres se acercaban a ellos. Otros a su alrededor empezaban a comprender que algo importante estaba pasando y, tan rápido como un incendio en verano, un silencio poco natural se extendió por la multitud.

Silencio, antes de que se rompiera la presa y unos vítores ensordecedores atronaran el aire.

Con sus largas zancadas, Albert fue el primero en llegar a Pauna. Con vacilación, como si ella no pudiera ser real, le puso la mano en la mejilla. Sus dedos acariciaron la zona, ahora despejada, donde antes un monstruoso parche tapaba el ojo lesionado de su hermana. Una fina cicatriz blanca, en forma de estrella, iba desde el extremo interior del párpado hasta la frente. Aunque sabía que había perdido la visión del ojo, al mirarla era imposible saberlo. Dos ojos redondos de color azul cielo miraban chispeantes directamente a los suyos. Se le hizo un nudo en la garganta, mientras dejaba que el asombro se filtrara en su cuerpo. Pauna era tan bonita como él la recordaba. La cicatriz no disminuía en modo alguno su belleza. Apenas se veía.

Se volvió hacia Candy y le preguntó con una voz ronca de emoción.

—¿Cómo lo has hecho?

—Lo único que Pauna necesitaba era un empujoncito -y añadió riendo— y un espejo. Lo único que hice fue convencerla de que lo que había debajo del parche no era ni de lejos tan horrible como lo que lo ocultaba. El resto fue cosa suya.

Tom cayó sobre ellos y apartó vilmente a su jefe. Le cogió la mano a Pauna y se la llevó a los labios, con reverencia, mientras las miradas de los dos se encontraban.

—¿Qué hechizo de hadas es este? Nunca había pensado..., Pauna eres todavía más bella de lo que te recuerdo antes del accidente.-Su voz, muy baja, estaba llena de admiración.

Hablaba con tanta sinceridad que Candy supo que Pauna no dudaría de sus palabras. La joven sonreía con timidez, pero también con orgullo.

—Gracias, Tom. Te aseguro que no hay ninguna magia de las hadas, la única culpable es mi terca hermana. Candy llevaba meses dándome la lata para que me quitara el parche y le enseñara la cicatriz. Ese primer paso fue el más difícil de todos. No me había mirado a un espejo desde hacía años, así que hasta a mí me sorprendió lo mucho que se habían borrado las cicatrices. No es ni de lejos tan horrible como yo recordaba. Tengo que reconocer que estaba muy nerviosa hasta ver vuestra reacción. He llevado aquel horrible parche tanto tiempo.

Candy miró divertida cómo los labios de Tom se curvaban en lo que solo podía describirse como una sonrisa. Inconcebible, pensó, esto sí que es auténtica magia.

Anthony intervino para dar un enorme abrazo a Pauna, levantándola del suelo y dejándola con los pies colgando.

—Detesto pensar en lo que esto hará para tu destreza con el arco. Me temo que he perdido mi única ventaja-bromeó—. Mira, como tú ya no vas a necesitarlo más, a lo mejor puedes prestarme el parche para ver si me da suerte.

Pauna inclinó la cabeza hacia atrás y se echó a reír.

—Anthony MacAndrew, eres incorregible. Es tuyo, ya no lo necesito para nada.

Albert estaba emocionado.

Pensaba que Candy ya no podía sorprenderlo, pero lo había hecho. Había aprendido mucho en aquellos últimos meses. No solo la sensación de su piel fundiéndose con la de ella o la erótica sensación de él mismo, duro como una roca, muy dentro de ella; no, había aprendido mucho más. No era solo el deseo sexual lo que lo empujaba a ella una y otra vez. Había sido un estúpido al pensar que una vez sería suficiente. Con Candy, ni mil veces bastarían... debería haberlo sabido. Había llegado a importarle más de lo que nunca hubiera creído posible, más de lo que nunca le había importado nadie.

Durante los últimos meses, Albert se había complacido en descubrir todas las pequeñas cosas que hacían que Candy fuera única. Sabía que arrugaba un lado de la nariz cubierta de sutiles pecas cuando algo le desagradaba, que se retorcía el pelo cuando estaba nerviosa, que si decía «como desees», él estaba en apuros. Había averiguado que le interesaba de verdad el aspecto económico del castillo, lo cual la llevaba a proponer mejoras en el rendimiento. Había acabado respetando su inteligencia y encontraba placer en su compañía.

¿Qué había tan especial en ella? Sin duda, le atraía su belleza, pero había mucho más. Era bondadosa, encantadoramente terca, ingeniosa y llena de vida. La vulnerabilidad y la soledad que había observado cuando llegó habían desaparecido.

Hacía el amor con tanta naturalidad y generosidad que le daba lecciones de humildad. Además, Candy lo había ayudado a comprender que por su constante concentración en el deber había perdido de vista otras cosas importantes. Su familia. Sin quererlo él, su búsqueda de venganza había tenido como consecuencia prolongar la vergüenza de su hermana. Y su resistencia a ceder el control de sus deberes había impedido que Anthony se perdonara por sus pérdidas en el campo de batalla. Había empezado a delegar más en Anthony y ya notaba que a su hermano la responsabilidad parecía sentarle de maravilla. Por vez primera desde que era jefe, Albert estaba empezando a relajarse.

Candy había devuelto la risa a Dunvegan.

Le había dado mucho, pero él seguía sin poder darle lo que sabía que ella quería. Con determinación, durante los meses anteriores, había mantenido un estricto control en su creciente afecto por ella; no quería darle falsas esperanzas. Sabía lo mucho que su resistencia a hablar del futuro le dolía a Candy. Quería tranquilizarla, pero ¿cómo podía hacerlo cuando no podía tranquilizarse él mismo?

Hasta entonces, sus intentos por encontrar un medio alternativo para inclinar al rey en su favor habían resultado infructuosos. Actualmente no estaba más cerca que aquella primera noche de encontrar una manera de evitar la alianza con Argyll. Pero ¿cómo podía enviarla de vuelta a su casa? Cada día que pasaba, su relación se hacía más profunda.

Si había una manera de conservarla a su lado, la encontraría.

Alargó el brazo y atrajo a Candy hacia él, sin importarle hacer una demostración pública como aquella. La cogió por la barbilla y le levantó la cara para que pudiera mirarlo directamente a los ojos.

—Candy, no sé qué decir.-Se quedó en silencio, sin encontrar las palabras para expresar lo que sentía—. Me has hecho el regalo más grande. Me has devuelto a mi hermana. Completamente. Tienes mi eterna gratitud y devoción.

Inclinó la cabeza y sus labios encontraron los de ella con una suave caricia. Ajeno a quienes los rodeaban, Albert estrechó su abrazo, apretando su cuerpo contra sus curvas, buscando aquel encaje perfecto que sabía que los amoldaría el uno al otro. Era mucho mejor desnudos, piel junto a piel, pero aquello tendría que servir... por el momento.

Se sintió henchido de emoción, con el pecho a punto de estallar, cuando tocó la suavidad de sus labios con los suyos. Adoraba notar su sabor. Su boca se movió sobre la de ella en una danza seductora. Los labios de Candy se entreabrieron y deslizó la lengua muy adentro de su boca, saboreando su dulzura. Acarició con los dedos la lisura aterciopelada de su mejilla. Era tan suave y deseable... Sintió la presión instintiva de sus caderas contra su cargada entrepierna y supo que tenía que detenerse.

A su pesar, levantó la cabeza y dijo con voz ronca:

—Acabaremos esto más tarde.-Luchaba por controlar su reacción inmediata ante ella; sin embargo, se ponía duro como un jovenzuelo al menor contacto. Por mucho que le hubiera gustado echársela al hombro y llevársela arriba como uno de sus antepasados dedicados al pillaje, tendría que esperar. Había que celebrar un banquete de bodas.

Y más tarde, compartirían su propia celebración privada.

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Hola chicas bellas, esto ya no esta muy largo del final. Creo que esta semana me pongo las pilas y termino de subir los capitulos que faltan. Nuevamente gracias por darle una oportunidad a la historia y a su servidora. Gracias por sus reviews, creanme que me los he leído todos. Mañana tratare de encontrar un espacio para saludarlas por ahí. Un abrazo y que mañana la semana empiece llena felicidad para todas.