Al día siguiente, mamá conduce al este, cruzando camino por un antiguo vecindario de Toronto; Corktown se expone en viejos edificios eclesiásticos y residencias adosadas. Luego hacia el norte por la autopista Don Valley Parkway, ampliamente transitada, flaqueada por altos árboles de ramas quemadas y tierras nevadas. El sol, en su posición al sur, trabaja arduamente en derretir la cellisca.
Nunca he mentido a Shawn, debes creerme, y no lo estoy haciendo ahora. En su totalidad, se han tratado de mentiras piadosas que no han de generarnos un mal mayor, tal como: «sí, Shawn, entiendo la enarmonía entre un do sostenido y un re bemol», cuando en realidad estoy pensando: «¿qué diablos es la enarmonía?». Técnicamente, y ya que estamos aquí, me esmero en aclarar que no estoy mintiéndole. En parte, sólo le oculto la verdad cuando él pregunta dónde estoy o qué estoy haciendo. Lo que, si me preguntas, es plausible dada la situación.
Tomamos una salida en la autopista y, mamá, desde el asiento del conductor, gira el volante, incorporándose inmediatamente a la avenida Bayview, amueblada en tiendas comerciales y pequeños restaurantes hogareños. Se atraviesan vecindarios, algunos lujosos, otros no tanto. La calle es una arteria hendida en la metrópolis helada de Canadá. Por la avenida Bayview suceden tantas cosas; ríos, mansiones e iglesias se presentan en paralela naturalidad. Unos minutos al norte reside la casa de Shawn, de jardines oscuros y estancias vacías.
A veces, paso tanto tiempo en silencio que, estando en compañía de alguien más, tiendo a preocuparle.
—Lo harás bien —dice mamá, apostando mi aflicción por el examen en cierne.
El auto pareciera como si se deslizara sobre hielo; es tan sigiloso y la conducción de mamá tan premeditada...
—Nunca he sido buena para los exámenes —digo.
—Eso has dicho siempre —comenta ella, impertérrita—, pero tus calificaciones son impecables.
—No me viene mal un poco de humildad.
—No —concede—, pero es la última virtud que utilizas.
—Bueno —digo—, pero la tengo, ¿no?
La comisura de su boca se estira en una media sonrisa incontenible.
—Ocasionalmente.
La avenida parece interminable, pero mamá termina por virar a la derecha, en un ángulo de 90° casi perfecto, y el panorama de agudos edificios reflectantes y eminentes rascacielos se invierte a vistas limítrofes de árboles, realmente abundantes, y un camino empedrado flanqueado por hierbas y matorrales. La vía finaliza donde una caseta de vigilancia empieza; la barrera de acceso permanece arriba y, unos metros por delante, la barrera de paso permite la entrada al vehículo de enfrente.
El camino rompe hacia el estacionamiento. Es una zona aislada de la institución educativa. El silencio se vuelve espeso en el auto a medida que mamá se adentra entre los vehículos. No puedo apartar la mirada de aquellas personas; estudiantes y docentes que bajan de sus coches y bicicletas, recorriendo el estacionamiento. Sólo otro día más en Grant Allen.
—Italy —habla mamá—. ¿Está aquí?
—Sí.
—Estaré en el seminario. Cuando acabes, si puedes, y sólo si quieres...
—Me presentaré —prometo a mamá—. Ahí estaré. Siempre es divertido presenciar disputas.
—No habrá disputas.
—Claro que las habrá. Siempre las hay. Es por lo que son entretenidos los seminarios.
Estoy por bajar del auto, cuando mamá pone la palma de su mano sobre mi brazo. Miro hacia ella en el instante en que me brinda una sonrisa. Mi corazón se conmueve.
—Me alegra que te hayas decidido por esta universidad —me dice—. Sé que, en un principio, lo hacías para complacerme, pero la has encontrado a la medida de tus ideales. Estoy orgullosa de ti, pase lo que pase, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
Un ancho sendero de concreto al oeste orienta hacia las inmediaciones del bosque. El frío se entrega a la calidez del sol, a mitad de camino hacia el mediodía, y la expectativa cuelga del aire. Los universitarios cargan con una mochila al hombro, sobre civil ropa y, de tanto en tanto, jerséis con las siglas «UdeGA». Bajo el brazo, cuadernos de esbozos manchados por el desgaste del carboncillo y lonetas de algodón teñidas de pintura multicolor. Un muchacho juega con un saxofón portátil, bailándolo iterativamente entre sus dedos.
Los árboles, a cada lado del sendero, parecen cernirse hasta el cielo. Al cabo de un rato, se quedan detrás del lindero y el camino da paso a un extenso campo verde. Tras los jardines, alzándose en la cima de un altozano, después de un prado llano, está Grant Allen, manifiestamente magistral.
Agudizo la vista entre el mar de rostros desconocidos, estudiando alrededor. Finalmente, decido entrar al edificio principal. Unas justas escalinatas de piedra ascienden hasta la puerta de Grant Allen. Empujo la hoja de madera roja. El salón de entrada es un amplio vestíbulo circular. Un candil de cristal ornamenta el alto techo corvo. La iluminación es precisa, como el reflejo del ámbar a la luz del sol. Unas escaleras curvadas establecen la ascensión a los pisos superiores.
En torno, las puertas están prudentemente cerradas, y las caras; diversos tonos de piel se devuelven la mirada, envueltos en la rumorosa tensión de la excitación.
Me formo en la fila. Cada tantos minutos, la puerta del este es abierta y, en tanto sale alguien, entra otro. Progresa, con el tiempo. Una muchacha se posiciona a mi espalda y mientras se avanza así la fila crece. Cuando llega mi turno, la señora Allende ―una licenciada―, apremia mi inclusión a la oficina, meneando una carpeta amarilla de aspecto grueso frente a su delgado cuerpo, y agitando los mechones de un rubio cabello que debió pasar por un proceso exigente de peróxido. La placa chapada el inicio de la puerta reza: DEPARTAMENTO DE ADMINISTRACIÓN ESCOLAR. La señora Allende pregunta por mi nombre, sentándose al escritorio de caoba; la falda entubada se frunce y el aroma de su perfume se concentra en una densa burbuja. Despliega la carpeta sobre la superficie de madera, donde se mezclan papeles varios, fichas de otros concursantes, clips de metal, bolígrafos y demás redundancias.
—África Níger Ruiz —respondo.
La señora Allende anota algo en la carpeta, ahorcando un bolígrafo de tinta azul entre unos dedos que presumen de uñas largas y ostentosas. Los aros de oro alrededor de la muñeca tintinean cuando extiende un brazo y pide la carpeta en mi mano. La entrego, soportando las ansias por una bocanada de aire fresco. Comienzo por sentirme embotada. Después de verificar la autenticidad de estos, mis documentos, me dice que sólo es por seguridad, confirmar que, ante cualquier caso, sea yo quien daré el examen, y plasmo los dedos índice en el lector de huellas digital. En la pantalla de la computadora se desarrolla una página con información nada más esto.
—Lengua y Literatura —murmura la señora Allende, fija en la máquina. Envía sus sombreados ojos hacia los míos, y los desvía hacia el librero al fondo de la oficina.
Rellena un formulario, preguntándome generalidades, y verificando otras. Consecutivamente, me indica tomar asiento de vista a una cámara fotográfica estabilizada sobre un trípode. ¡Qué asunto inevitable! Cuando, al dirigirme a la silla, reconozco excéntrico ese gesto, también veo hacia el librero. La estantería conserva tomos completos de cuero y enciclopedias; historia del arte, del país, algunos de psicología y otros cuantos meros caprichos.
No obstante, sé que mi libro está ahí.
El rostro me es inmortalizado en la base de datos de Grant Allen.
—¡Excelente! —dice la señora Allende, levantándose del escritorio y regresando a mis manos la carpeta—. Ahora puedes subir al quinto piso, donde se te aplicará el examen. La biblioteca, África. Te deseo lo mejor. Adelante, ve.
Guiándome a la puerta, puntea el piso con agudos tacones y modesta actitud. Agradezco su disposición y salgo del departamento. La señora Allende espera en el umbral al próximo. Se presenta la muchacha, con buena sonrisa, discreta y sincera. Oscuro cabello y pálida piel. Adelanta su ágil compostura, rozando mi hombro con un aire de tintes consolantes.
Sigo adelante, y me dirijo a las escalinatas curvadas, en el centro del vestíbulo, y los subo con deshago. Respiro a profundidad, agradeciendo la distancia entre el perfume dulzón de la señora Allende y el vértigo de mis instintos. Un grupo de cinco jóvenes, formalmente vestidos, está hablando en el descansillo hacia el segundo piso. Uno de ellos, moreno y delgaducho, no para de exclamar:
—¡Esa prostituta no merecía la oreja de Van Gogh!
Se pasa la mano por la cabeza rapada, como alborotando el fantasma de unos cabellos, y grita: —¿O no?
Los compañeros, que hacen oídos sordos, no armonizan en rasgos. Está una chica donairosa, de cuerpo alto, esbelto y bronceado, y una más idéntica, pero singularmente aparte, dueña de una belleza poco convencional. El chico, el más alto de los presentes, ignora la llamada de atención, pero Linden de Polignac se amonesta, y está a punto de contradecirlo, cuando me mira, y traba una réplica dificultosa.
Ándale, ¡así que a esto se refería Nuria!
Aquellos que lo acompañan le observan, extrañados por un comportamiento que, he de suponer, es infrecuente, y persiguen la línea de su mirada. Así dan conmigo. Les brindo una sonrisa educada, sin adivinar qué más puedo hacer, especialmente a Linden, pues no soportaría saber que él piensa que lo he pasado por alto. Pero, aunque el gesto no me es devuelto (en México incluso me preguntarían cómo está la familia, aunque no nos conociéramos de nada), no me contrarío. Escucho un rumor del grupo que pronto dejo atrás, una exclamación, quizá un sorprendido grito ahogado, y Linden aferra mi brazo. Retracto mi andar y regreso la mirada. Primeramente, veo el particular azul de sus ojos ―cerúleo―, y termino por advertir su presencia, ya que su altura y constitución dista de ser frecuente.
Linden retira el contacto. Se animó a venir conmigo, pero no pensó qué haría una vez hecho esto.
—Hola, Linden —digo, sintiéndome vagamente divertida—. Me hubiera gustado saber que estudias en Grant Allen.
Está un escalón por debajo y nuestras alturas se ven compensadas.
—Ayer no fui muy atento contigo —dice él—, me disculpo por eso. Pensé en decírtelo, pero noté que te había importunado.
—Está bien. ¿Estudias literatura?
—Sí, actualmente curso el segundo semestre.
Eso, me parece, es grato de tener en cuenta. —Estoy más agradecido de que estén aquí de lo que puedes notar. —Oh, ¡pero qué sincero es!—. Ahora mismo tengo una clase libre. ¿Te molesto si te acompaño?
—No, eso me gustaría.
Linden recién parece notar, con esto último, que un grupo completo de personas está observándonos conversar.
—Caray, es cierto —dice, y se sonroja.
El chico delgaducho se llama Vincent Fellowes, cursa Artes Plásticas y le encanta hablar de aquél pintor de por que nombre lleva. Jordyn y Mya Bryk son mellizas, lo que explica la semejanza en el aire; la primera está instruida en Danza Contemporánea y la segunda en Lengua y Literatura. Por último, presenta a Caleb; él estudia la carrera de Música, y su voz es barítono.
—Soy África —digo.
Mya, la literata, da un paso al frente.
—¿África?
—Sí.
—¿África Ruiz?
—Ah, claro.
—La escritora mexicana de familia influyente.
—Bueno —digo—, no somos precisamente la familia Telemacus.
Mya expresa el acaecimiento de la emoción dando un brinco exaltado.
—No lo puedo creer, ¡eres África? ¿Por qué no actúas como tal? —Voltea hacia Linden—. Y tú, ¿porqué no me dijiste que la conocías?
—Mya... —dice Linden.
Pero ella continúa.
—Tengo tu libro en casa, en mi mesita de noche. Lo leímos en clase de Literatura Universal. Quería preguntarte, África... ¿estás bien? Tu escritura es... vaya, ¿cómo explicarlo? Vaya...
—Estoy bien —digo—, tengo un psicólogo que me escucha cada mes.
—¡Cristo! No me importaría estar un poco trastornada si así puedo adquirir algo de los hechos de tu escritura. —Mya estudia mi expresión—. ¿A qué edad escribiste el libro?
—Entre los quince y los dieciséis.
—Increíble, qué joven.
—Mi escritura, en ese tiempo, era vaga todavía —respondo, ante su perplejidad—. Tengo mucho que agradecer al Equipo de Corrección de la editorial.
—Oh, no te desmerites —dice Mya, con un gesto perezoso de su mano.
—No lo hago.
—De acuerdo —dice Linden, al ver que Mya vuelve a abrir la boca—. África tiene que rendir el examen, Mya. Si tienes más preguntas, asiste a la firma de libros de esta tarde.
—No sabía que te acompañaría —expresa Mya.
—Yo tampoco —responde Linden, y sonríe divertido.
—Ahí estaré. Linden —dice Mya— es la joyita de Grant Allen y pronto también lo serás, África Ruiz.
Subimos al segundo piso. Linden es una persona a quien recientemente conozco. Nuestros trabajos son semejantes, lo que explaya un sinfín de temas acordes, donde nuestros gustos y aficiones quizá llegan a coincidir. La literatura sería el principal elemento de una charla, si lo pretendiéramos.
—Debí googlearte.
Linden encuentra mi mirada. Los rubios cabellos enmarcan su rostro, lisos y resplandecientes, como oro minado.
—¿Por qué habrías de googlearme?
—Linden, no sé nada sobre ti. Informarme de las cosas oportunas es el trabajo de Nuria, no acribillarme con metáforas y alusiones sin sentido.
—Creí que ése era tu trabajo —dice él.
Eso me hace reír. Lo tiene claro.
—Sí, porque Gael es la reencarnación de Harol Norling.
—No —contesta—, Gael me cree la contraparte mexicana del dios Eros sólo porque sé llegar al punto G.
¿Qué ha dicho Linden?
Él sujeta el puente de su nariz entre sus dedos índice y pulgar, recriminándose en silencio.
—Maldición, lo siento —dice, riendo involuntariamente—. Lo siento, África. Me fue fácil bromear contigo porque, bueno, ambos somos escritores. Nuestro hogar es el mismo. Nada está exento para nosotros. Lo que hacemos, lo que creamos... es manumisión. Damos libertad a espíritus cautivos. Nuestros espíritus. Ahora... ahora sé que conoces mi trabajo, y yo conozco el tuyo. Tus obras son notables. Y no puedo creer que diga esto, pero la mayoría de mis compañeros siguen siendo simples amateurs.
No sé cuán adecuado sea de mostrar, pero encontrar a alguien que puede entenderme, de la manera en que Linden logra hacerlo, es indescriptiblemente halagador.
Nunca me consentí conocer escritores afines, pese a que presencié diversas oportunidades durante las fiestas que a la Editorial le complacía organizar. Los temas variaban, pues los invitados pertenecían a la industria literaria, y ningún argumento lo consideraban infructífero. En todo, siempre hubo luz. Me presentaron a iguales, pero decir que ansiaba prolongar el contacto es extravagante. Me limitaba, y como consejo de mi agente, a ir, pronunciar mi nombre y obra ―sin conceder que las sombras me tragasen―, y regresan a casa a improvisar el resto de la noche.
—¿Qué es? —pregunto a Linden.
—¿El qué? —inquiere, abriendo un poco los ojos. No estará pensando que desconozco el concepto del punto G, ¿verdad?
—El sonido —digo—. Óyelo, no parece venir de ningún punto en concreto.
Linden afianza el esmero de su oído. Es abordado por la compresión.
—Es el auditorio —explica, y señala la extensión del pasillo. Las paredes de madera, de intricados diseños europeos, pasan a ser de cristal—. La presidenta de Danza lo usa para la práctica. Los porristas lo utilizan para ensayar las coreografías, cuando el frío los obliga a dejar los jardines, y los músicos se instruyen aquí, igualmente, si el teatro está ocupado. Hay una frecuencia perfecta que lo hace predilecto. A veces, dejan los micrófonos encendidos y la repercusión se hace oír por los pasillos de Grant Allen. Te acostumbrarás a escucharlos.
—¿Qué hay del deporte?
—Es básquetbol. ¿Lo practicas?
—¿Lo dices porque soy alta, Linden?
—No —dice, y niega con fuerza, pero ríe; parece que su risa es siempre su delatora—. De acuerdo, sí.
—Prefiero la danza, conservo más práctica y experiencia. Habría sido la tercera opción.
—¿Cuál fue la segunda? —pregunta Linden.
—Ah, es fácil de adivinar: Ciencias Políticas.
—Por tu madre.
Linden luce meditabundo.
—Sí.
—¿Por qué ya no?
Camino un paso y giro para mirarlo.
—Canadá guarda el objeto de mi deseo.
Continuamos hasta el tercer piso y subimos al cuarto; mayormente aulas de enseñanza y salas de conferencias. El último piso, el quinto, está transitado. El corredor se abre hacia ambos lados. Las ventanas ofrecen escarpadas vistas de los jardines de Grant Allen. A la izquierda, el pasillo se estira y gira bruscamente a la derecha.
—Ese pasillo allega a otra sala de conferencias —explica Linden—, pero si sabes tomar el desvío correcto, te llevará al balcón este del teatro.
Del otro extremo del corredor escinde una estancia atiborrada de concursantes, a la espera de que se abran las puertas dobles de la biblioteca.
—La Biblioteca para los literatas, el Edificio de Tecnología Artística, o E.T.A., para los músicos, y el Auditorio para los bailarines.
—¿Y los artísticos?
—En el centro de artes, por supuesto.
Ahí debe de estar Italy, entonces.
—¿Estás lista? —pregunta Linden.
Asiento, y digo:
—Gracias por acompañarme.
—Ahora todo dependerá de lo bien que te vaya en el examen.
Las puertas de la biblioteca se abren y un señor cenceño emerge. La multitud de nerviosos concursantes de apiña en fila, y él les permite la entrada, uno por uno.
—Me irá bien —digo.
Me he preparado para este día prácticamente desde la escuela secundaria.
—Eso confío.
Tres horas y media después, abandono la biblioteca. A partir del tercer piso, comienzo por notar que los concursantes se desvían por distinto pasillo. Sabiendo de antemano que aquél es un atajo al comedor, construido en dos certeros pisos, me dirijo ahí también. Camino al lado de alguien, pero no nos hablamos; ella se trata de la muchacha de cabello negro que me secundó en el DAE. Como también, el examen lo tomo en el asiento junto a ella y, dado su momento, descubro que su nombre es Zia Cameron. Al igual que yo, está optando por la carrera de Lengua y Literatura. No codiciamos la compañía de otro, ni la alegría de una nuestra amistad, pero de algún modo, es reconfortante caminar a su lado.
Al llegar al comedor, Zia Cameron toma distinto rumbo.
Éste, tiene una terraza en el segundo piso y una escalera estrecha y empinada al primero. Una práctica máquina sube las bandejas con comida. Abajo, es generoso. La totalidad de una pared es de cristal, el ambiente es rústico en su mayoría, las mesas están dispuestas en patrones y, a través del vidrio, en los jardines, el comedor se explaya en mesas sombreadas por parasoles que, en cualquier otra temporada, llevarían a cabo mejor su papel. Está a rebosar. Alumnos y concursantes se mezclan en sencilla hermandad.
Italy cruza las puertas del brazo de Kyandi y viene a mi encuentro. Pregunta cómo me ha ido en el examen, y respondo sin temor de ser sincera. Así ella, así Kyandi. La japonesa está usando una tierna sudadera rosa de motivos gatunos, e Italy ha conseguido un jersey de Grant Allen, con la mascota de la universidad; el delfín, y el color académico en la lana; amarillo y plateado.
—¡Obtuve un par de jerséis para ustedes dos también!
—¿De quién, si puedo preguntar?
Italy ríe.
—Eso es lo de menos, morena.
El menú de la semana está escrito con gis en una pizarra de trupán. La creatividad de esta escuela de arte está en la originalidad detrás de la comida y la representación que se le adjudica. Los alumnos aprovechan el espacio en blanco reservado especialmente para ellos y dibujan cualquier socarronería, otros se limitan a trazar sus nombres. Los leo, mientras Italy pide a las cocineras un plato de poutine, y Kyandi acude por ramen, sin que a mí me apetezca nada. Reconozco los nombres de los compañeros de Linden, junto a otros. «Marian Engel», «Gia Dévieux», «Lloyd Bochner». Sus nombres son los más desdibujados. Están otros, más recientes, como el de James Johnson.
—Creo que reprobé el examen —dice Kyandi.
Aparto la mirada del pizarrón.
—¿Por qué crees eso? —pregunto.
—No, no es así —reprende Italy—. Lo hiciste bien. Mostraron la puntuación, Kyandi, y saliste excelente.
—Reprobé la prueba de inglés, también.
—¡Que no, Kyandi! Lo hablas tan perfecto como África y yo.
—Regresaré a Japón, fracasada y sin estudios —dice Kyandi—. ¡Nací para tamal, pero del cielo no me han caído las hojas! —Y rompe a llorar.
—¿De dónde aprendió ese refrán? —pregunto a Italy.
—Pasó mucho tiempo en México.
Kyandi empieza a llamar la atención por la desesperación de sus sollozos. Intentamos tranquilizarla, pero me temo que es el tipo de llanto surgido desde la ansiedad. Doy suaves palmaditas a su espalda, e Italy susurra palabras de aliento.
Ante un cuchicheo que expresa mi nombre, alzo la mirada. Distingo a un joven de negros cabellos apartando a las personas de su camino, y dirigiéndose a la coincidencia del mío. Linden de Polignac lo sigue de cerca, ordenando su detención sin llegar a ser escuchado.
—¡África! —grita James Johnson, corriendo el último tramo y alzándome en brazos—. Eres real. ¡Sabía que eras real!
Me da vueltas. El comedor se convierte en un borrón de caras sorprendidas. El llanto de Kyandi se detiene.
—James —grita Linden—, ¡baja a África ahora mismo!
James Johnson acata inconscientemente a Linden y pone de regreso mis pies sobre el suelo. Mareada y a un kilómetro lejos de mi comodidad, arreglo mi abrigo, intentando traer el concilio.
—James Johnson —digo—, es una alegría volver a verte.
—¡James Johnson! —repite el joven, James Johnson, y se carcajea—. Linden, ¡te dije que conocí a África en la fiesta de Italy! Se niega a llamarme JJ, ¿cómo la ves?
—Francamente —dice él—, creí que el vodka te había alterado un par de neuronas.
James Johnson es el mismo chico que me habló sobre sus gustos musicales durante el trayecto de una fiesta de cumpleaños, escuchó los míos, fue atento, gracioso y respetuoso; ofreciéndome su jersey como abrigo ante el frío de la noche. Sus alegrías siguen intactas, me complace descubrir, y su carácter abierto y jovial es el principal motivo de sus amistades.
—No podía estar equivocado —dice James Johnson—. La conocí en la fiesta, y al final de esta, ella se fue con...
—África —habla Italy, adelantándose un paso—, ¿qué sucede?
Detrás de ella, Kyandi limpia sus mejillas de las lágrimas.
—Él es Linden —informo a Italy—, va en primer año, estudia Literatura y, como yo, es autor de la misma editorial. Y él es James Johnson, con quien me he reunido por segunda vez.
James Johnson codea a Linden.
—Te dije que es jodidamente cortés.
—James —dice Linden—, basta.
Italy agudiza sus azules ojos oscuros, detrás de las gafas de montura, y los evalúa.
Kyandi se mantiene silenciosamente tímida al lado.
—JJ —expresa Italy—, te recuerdo. Te quedaste dormido en la encimera de mi cocina y casi muerdes a nuestra amiga Amelia, si no fuera porque se apartó rápido.
—Me disculpo —dice él—, no estaba en mis cabales, y creí que la chica latina era en realidad una gran barra de chocolate.
—Tu lagarto dejó sus heces en el sillón de mi abuela.
—Y agradezco que hayan cuidado tan bien del Sr. Colmillos.
Linden rueda los ojos.
—Son mejores amigos —digo.
—Claro, pero no temporales. No temporales mejores amigos, si recuerdas.
—¿De qué hablas, James? —pregunta Linden.
—Nada, nada.
Debo retractarme de las palabras que dije a Shawn, en el viaje en auto. «James Johnson. No volveré a verlo en mi vida». ¡En qué giros me he visto envuelta! Y cuánto lo extraño a él.
—¿Cómo te fue en el examen? —me pregunta Linden.
La desconsolación torna a Kyandi.
—¡Ay, no! —exclama Italy, y se apresura a tranquilizarla.
Linden les envía una mirada desconcertada.
—Lo sabremos en marzo —respondo—, pero no hablemos de eso ahora. Los ánimos están tensos, y admito que también sufro un tanto.
Linden sonríe, discreto y gustoso. Encuentro que, ahí donde él actúa, las miradas persiguen su andar.
—Está bien —dice—. Entonces, ¿comemos juntos?
Kyandi suelta un fuerte sollozo.
—¡Qué sangre tan fría! —le grita Italy a Linden—. ¿No ves que no hay ramen?
James Johnson, angustiado por tal espectáculo, pregunta: —¿Por qué llora la japonesa?
—No cree que haya pasado el examen de selección —respondo, cuidadosa por no hacerme escuchar a los pequeños oídos de Kyandi.
—¿Qué? —exclama él, sin la misma consideración—. Pero, ¿no es ella la de la voz melodiosa? ¡La oí cantar en el E.T.A! Claro que le fue bien.
Kyandi sorbe su nariz.
—¿Eso crees? —pregunta a James Johnson, mirándolo con ojos grandes y vidriosos. Me atrevo a mencionar que casi parece occidental. Casi.
James Johnson se queda embobado.
—Eh... por supuesto.
—¡Gracias!
La lluvia que embarga el ánimo de Kyandi es suplida por un luminoso sol y sus destellos.
—De... nada.
—Acepto tu invitación —digo a Linden, sin ocultar que estoy divertida.
Él asiente. Se elige una mesa que no ha sido todavía ocupada, al azar, y tomamos sitio. El día está en su cénit, y una templanza está en el comedor. Linden y James se escapan por la comida con la que llenarán su hora de descanso, e Italy se enfoca en la degustación de su poutine.
—¿Shawn está aquí?
—Sí —respondo—, están en el estudio de su casa avanzando en la nueva canción. Tiene algunos días libres, antes del inicio de la gira, y los utiliza en componer. También en hacer fiestas, pero termina por esconderse en su dormitorio para hablar conmigo.
Kyandi e Italy guardan silencio, asimilando mis palabras. Sin importar la naturalidad con la que hablo sobre Shawn, y el hecho de que él se haya presentado ante mis amigos con auténtica humildad, el desconcierto aún es reconocible, y entendible. Shawn es un músico famoso, e ignorarlo, además de ser absurdo, resulta imposible. Se debe dar lo mejor de sí mismo para comprenderlo, como he hecho todo este tiempo, y nada más, porque sus logros han de ser apreciados y reconocidos, no pasados por alto.
—¿Se han visto?
—No, Italy.
—Desperdicias el tiempo —dice.
—¿A qué te refieres?
Ella remueve su poutine con los dientes del tenedor.
—He visto las imágenes que lanzó como modelo de Calvin Klein —comenta—. Sabes bien a qué me refiero, África.
Me sonrojo.
Y Kyandi también.
Oh, ni hablar. Debe ser esa sesión fotográfica, que lo capturó en cara ropa interior, la culpable, el atizador del fuego que enciende mi mente por las noches, y propaga toda una serie de sueños vívidos. Sé exactamente cómo luce sin pantalón, y me siento colmadísima.
Linden y James ―he decidido omitir su apellido, sí, de nada― vuelven momentos después. Comenzamos a hablar, y los voy conociendo de a poco. James pensaba optar por un curso de música en la Universidad de York. Estaba bien, pero podía hacerlo mejor. Linden lo convenció de tomar el examen para la carrera de Música de la Universidad de Grant Allen. No un curso, sino una licenciatura. Así su amistad fue reforzada. James es originario de Vancouver, pero cuando conoció a Linden, debido a que frecuentan el mismo grupo de amigos, y prácticamente los mismos sitios, decidieron compartir apartamento, en el centro de Toronto, al ser seleccionados ambos para la universidad. Ahora, James estudia lo que ama y, algunos días a la semana, sobre todo los fines, juega a ser dj en un bar de King Street. James está siempre presente en los partidos de básquetbol de los delfines, no como jugador, sino como porrista. Linden a veces, y sólo a veces, decide acompañarlo desde las gradas.
—Esta noche, con toda posibilidad, habrá una fiesta.
—¿Qué dices, JJ? —Italy está atraída por la táctica invitación.
—Claro, es viernes —dice James Johnson—. Alguien prestará su casa. Incluso podemos convencer al asesor Valois de prestarnos el Parnaso.
—¿Qué? —exclama Kyandi, sorprendida.
—El Parnaso es una boîte —explica Linden.
—Una sala de fiestas —digo, reconociendo la palabra de origen francés.
—Sí. —Linden me mira—. Una sala de fiestas, un antro... bueno, es un lugar de Grant Allen, cerca del lago Ontario, donde la universidad organiza toda clase de eventos y celebraciones. Aniversarios, certámenes, bailes... Si le caes lo suficientemente bien al asesor, Mateo Valois, él te prestará la llave del edificio.
—Siempre puedes robársela —opina James Johnson.
—Kyandi —expreso, mirándola—, ¿estás bien?
El calor ha desaparecido de su rostro.
—No —susurra—, creo que no.
—Volvamos —dice Italy, observándola ansiosa—. Vamos, te llevaré a tu apartamento, pero antes pasaremos a Sansotei por ramen. Queda de camino al hotel donde se hospeda África.
—Bueno —dice Kyandi.
Siento un suave toque en mi mano, está puesta sobre la mesa y, al bajar la mirada, Linden empuja delicadamente el dorso de su mano contra la mía.
—¿Te irás? —pregunta él.
—Sí —respondo, parpadeando—. Prometí a mamá que la alcanzaría durante su ponencia en el seminario.
—¿Vendrán a la fiesta? —inquiere James Johnson.
—Claro, sólo envíame el lugar, me gustaría ir —dice Italy—. África seguro también, o pueda que no. De todos modos, ella tiene que ver a su novio esta noche.
¡Epa! ¿Cuándo añadí «ver a mi novio esta noche» a la agenda?
—¿Tienes novio?
Veo a Linden ante su repentina pregunta; luce enfermo.
James Johnson parece sofocado de pronto.
—Tengo a alguien, sí.
—«Alguien» —hace eco James—. Ése es el eufemismo del día.
Linden observa a su mejor amigo, impetuoso.
—¿Lo sabías, James?
—No sabría cómo aceptar eso —contesta él—. O negarlo, ya en el caso. Fue una noche confusa aquella.
—Mierda —exclama Linden, y me mira—. ¿Por qué no me lo dijiste?
—Acabo de conocerte.
La silla chirría cuando Linden se aparta de la mesa.
—Debo tomar la última clase —dice, y sale del comedor.
James Johnson suelta un improperio en nombre de Linden y sus impulsos, nos dice adiós, y va tras él.
—¿Qué onda? —Kyandi dice, de repente.
Italy la mira, aún conmocionada.
—¿Por qué no se lo mencionaste? —pregunta Italy, mientras nos dirigimos al estacionamiento de la universidad—. ¿Por qué ocultar que Shawn es tu novio?
—Porque no sé si lo es —respondo.
Kyandi se mantiene en silencio, alterada por algo que hasta entonces se desconoce.
—Ah, claro. Shawn Mendes sólo es un conocido tuyo. Sí, porque pasa diariamente que un hombre viaje a otro país por una mujer que no es suya.
—Es más que eso, Italy.
—No, es simple terquedad. Acéptalo y sigue adelante.
Después, abandonamos Grant Allen.
Italy me deja en el hotel de la calle Yonge y retoma el camino al apartamento de Kyandi. Entro al vestíbulo y subo las escalinatas de mármol hacia el segundo piso. Antes de cruzar las puertas a la sala de reuniones, donde se está llevando a cabo el seminario, una mesa está dispuesta con gafetes y una libreta de asistencias. El hijo de alguien está custodiando. Le enseño mi identificación y, sin más, me entrega un gafete, con mi nombre ya impreso, y los guardias de seguridad me permiten la entrada a la sala. Se está presentando una ponencia. Discretamente, encuentro el lugar asignado para la hija de Argelia Ruiz, al frente, y tomo lugar. Mamá me localiza desde el estrado. Sonrío hacia ella y le guiño un ojo. Mamá aparta la mirada sin hacer notar que se ha distraído, pero una sonrisa curva su boca.
Presencio dos ponencias y, para el último, ya estoy agotada. Mis huesos parecen haber sido suplidos por piedras del fondo del río Chuvíscar. Estiro el cuello y marco círculos perezosos con los hombros, tratando de alejar la tensión. El actual ponente lleva en el estrado más tiempo del que se le concedió. Es joven, está en la cima de su lozanía. Sólo pido tantita piedad para los que envejecemos el doble de rápido, ¿es tan difícil de considerar? No he de ser la única que piensa igual. He descubierto a varios asistentes cabeceando. La sala de reuniones es espaciosa y luminosa, capaz de albergar cien personas multiplicadas por diez. Filas de mesas y sillas están a lo largo y ancho, cada una ocupada por un oyente y, de vez en cuando, un alborotador. Esos traen la diversión, diga lo que diga mamá. Al fondo de la sala, por todo lo largo de la pared sur, está el bufé. Quiero ir allá y tomar una galleta.
—¡Ha sido un verdadero placer! —dice el ponente—. ¡Muchas gracias a Argelia por haber hecho posible esto, y a ustedes por presenciarlo!
Muy a mi pesar, me quedo en mi lugar.
Mamá entonces pasa al frente, despidiéndolo, y se posiciona detrás del podio. Está por finalizar el primer día del seminario, y está espectacular, realmente impresionante. La sala entera guarda silencio para escucharla.
—Hablemos de la familia —dice, y su voz se escucha cien veces magnificada—. La familia es el núcleo de los Edificios R. Es el principal impulsor. Los pilares lo constituyen cada uno de los integrantes. Desde el abuelo Mauricio, el hermano mayor Honduras, hasta el bebé de la familia, Amán, de apenas un año. Eso es. Ese es el secreto. No somos una empresa. Somos una familia. El bisabuelo Francia tenía en mente sólo una cosa cuando puso el primer ladrillo. —Argelia Ruiz levanta el brazo y extiende el dedo índice, mirando decisivamente al público—: Bienestar. No fortuna, no poder. Bienestar. La vida que le daría a su esposa y lo que enseñaría a sus hijos. No se lucha en vano, señores. Incluso cuando erras, estás cultivando enseñanza. Hablemos de eso. Cuando decides mirar hacia el futuro, comienzas a construir un presente. Es mirar hacia adelante y, quizá, mirar hacia atrás únicamente para reflexionar sobre tus pasos. La familia se convierte en el motor de tu existencia. Todo lo que haces, lo haces por ellos. Ahí no puedes equivocarte. La familia Ruiz está construida desde la esperanza. Sus raíces... lo que nos mantiene unidos, es la esperanza. Y la sinceridad. —Mamá hace una pausa—. Aquí hay algo que pocos saben: siempre quise una niña. Tuve a mi hijo Jartum. Está bien. Lo amo. —La audiencia ríe—. Nació Vientián. Vaya, ese hombrecito me costó muchos sacrificios. Pero lo amo. —La audiencia suelta una carcajada—. África —dice mamá, y sus ojos viajan a la primera fila de oyentes, buscándome—. Mi hija África. La inseminación artificial me concedió tenerla, elegirla... pero cuando nació, creí que había tenido otro varón. Me hallaba falta de esperanza. Pensé en llamarlo «Bangladesh», así no rompería la tradición familiar y no quedaría desheredada. No es cierto —se apresura a decir, mientras todos ríen y yo enrojezco de mortificación—, no es cierto, estoy bromeando. —Mamá toma una profunda respiración—. El doctor finalmente dijo que era una niña y, al ponerla en mis brazos, fue como si observara un atardecer africano, cuando todo está en calma, y solo hubiera paz. Ernest Hemingway sabe de lo que hablo. Había perdido mi esperanza, y África la trajo de vuelta con tan sólo segundos de vida; me demostró que es más valor que miedo. Es por mis hijos que hoy soy CEO de los Edificios R. Mis hijos son mi esperanza, y nada nace sin esperanza. No somos una empresa —repite mamá, haciéndose escuchar en cada oído, cada corazón—. Somos una familia. Ya saben. Cuando elijan apostar, apuesten por la familia. Jamás se equivocarán.
Una ovación se alza en la audiencia; se ponen de pie y aplauden a mamá y a cada ponente que hizo posible el seminario. Sonrío, emocionada, vitoreando sin cesar. Mamá me hace un gesto desde el estrado para acompañarla. Me niego fervientemente ―hay reporteros presentes, lo que me asegura que la experiencia saldrá en noticias nacionales―, pero ella insiste, por lo que termino cediendo y subiendo. Toma mi mano y me jala junto a ella. Las aclamaciones surgen como una avalancha. La sala de reuniones crece en tamaño, estirándose como si fuera posible. Así lo percibo desde arriba del estrado. Los aplausos se elevan y el destello de las cámaras iluminan el costado de mi rostro.
No todo es pan sobre hojuelas. Mamá finaliza con la etapa de las ponencias del seminario, y da inicio a las preguntas concernientes a los reporteros asistentes. Cuando éstas empiezan por dirigirse a mí, volviéndose personales e invadiendo sin pudor mi vida privada, inmiscuyendo el nombre de Shawn, mamá me aconseja salir del salón.
Así lo hago, y bajo al vestíbulo del hotel.
Encontrándome en la sala ante recepción, el oído se acostumbra a los sonidos habituales; el teléfono al ser descolgado, puntas de tacón y el chillido de zapatos lustrados, susurros ininteligibles de conversaciones privadas, el pitido del elevador... incluso alcanza a escucharse, muy remotamente, la habladuría de la sala de reuniones. En el centro de la estancia, se alza la estatua de Temis, la diosa de la justicia. Desconozco el motivo. Pronto, me hallo trabajando en el manuscrito. En los márgenes de las hojas escribo anotaciones y adjunto cintas adhesivas como señaladores. Subrayo, tacho y remiendo. Suspiro, abrumada, y soplo a un mechón de cabello que cae sobre mi rostro. Leer mis propias palabras es extenuante. Necesito un enfoque más objetivo a la hora de corregir.
Una sombra se eleva a la periferia de mi visión. Levanto la vista y encuentro a una mujer de mediana edad que me devuelve la mirada. Es moderadamente delgada, blanca y de cabello corto y níveo. Está ligeramente encorvada, y viste pantalones de lana y un largo abrigo café. Sujeta un rollizo bolso de cuero de apariencia pesado.
—Oh, lo siento —dice, en voz sorprendentemente amable—. No aspiraba a tomarte con la guardia baja, pero tenía curiosidad por el manuscrito que lees.
—Está bien —digo, y tomo aliento; confundida—. Es un manuscrito mío.
—Inusitado —exclama—. Eres escritora.
—Sí.
Ella continúa exclamando. —Qué emocionante. ¿Cuál es tu nombre, joven escritora?
—Soy África —respondo.
—Un gusto... —Hace una pausa—, África. —Pronunciándolo admirablemente bien—. Verás, no es usual ver a una joven de tu edad salir de un seminario y luego ponerse a leer un gran manuscrito, ¡además de tomar notas! Y me dices que eres escritora. Estoy impresionada, francamente impresionada.
—No estoy segura de ser única. La literatura, a pesar de ser generosa, habita en limitadas mentes. Habrá más que abandonan seminarios y leen grandes manuscritos.
—Tienes razón —dice—, pero debes admitir que no es usual.
—Ah, sí —digo, riendo—. Eso creo.
—He notado una pronunciación en ti diferente al resto. ¿De dónde provienes?
—México.
—Oh, tierno aguacate —exclama—. Me gusta México, buen país... muy noble. No lo he visitado, sin embargo, pero algo he oído. De todos modos, tengo que seguir mi camino, joven escritora.
—No me ha dicho su nombre.
—¡Es cierto! Soy Leonie Lyon.
—Ha sido un gusto, señora Lyon.
—Sólo Leonie, África.
Leonie saca una tarjeta, del cierre exterior de su bolsa, y me la ofrece.
—El gusto ha sido mío, joven escritora. Pasa una buena tarde.
—Igualmente, Leonie.
Leo la tarjeta; tiene el epígrafe de una cadena de establecimientos comerciales.
LA DOULEUR EXQUISE
Librerías
L. Lyon
+ 1 416 *** ****
Toronto, Canadá
Marco el número celular de Nuria. Al sexto timbre, atiende.
—Conocí a una mujer.
—Felicidades —responde Nuria.
—Al principio no la reconocí —digo, al teléfono—. Hasta que leí su tarjeta de presentación.
—¿Has notado, no obstante —dice Nuria—, que las personas te conocen a ti, y no al revés? Eres como un cachorrito que encuentran en la calle y no dudan en adoptar.
—Nuria, por favor. —Suelto un suspiro—. He conocido a un centenar de personas por mi cuenta.
—Obviando esa clara exageración —Nuria resopla «centenar» por lo bajo—, ¿te importunaría nombrarme una?
—Bueno, está Shawn...
—¿No fue él quien se acercó primero a ti?
—¿Qué dices? ¡Tú no estabas ahí!
—¿Entonces no?
—Ése no es el punto —digo—. Leonie tiene una librería...
—¿Quién?
—¡La mujer que conocí! Sinceramente, Nuria, ¿estás prestándome atención?
—A medias.
—Me es suficiente. Recuérdame el nombre de la librería donde daré mi firma.
—Es francés. «La Doul...»
—«La Douleur Exquise»—digo, emocionada—. «El dolor exquisito». Linden apreciaría el nombre.
—Sí —dice Nuria—. África, ¿qué...?
—Leonie es la dueña de la librería, Nuria.
—¿Te dijo su apellido? —Nuria habla rápido, como si la velocidad de sus pensamientos no hiciera justifica a la habilidad de su boca—. Leonie... ¿Leonie qué?
—Leonie Lyon —rememoro—. Es ella, ¿no? La dueña es ella.
Nuria suelta un grito complacido.
Frunzo el ceño. —¿Estás bien, Nuria? ¿Cuántas tazas de café has bebido?
—Oh, África —dice Nuria—. Eres una minita de oro, chica, y ni siquiera te das cuenta de ello. Atraes a icónicas personas a tu lado sólo con respirar cerca de ellas...
—Estás preocupándome.
—La librería Douleur es reconocida nacionalmente por su dueña, Leonie Lyon. Una historia complicada, la historia de la familia Lyon. El abuelo de su tatarabuelo fue William Lyon Mackenzie, primer ministro de Canadá por tres cargos sucesivos. ¡Vamos! Aparece en los billetes de cincuenta dólares. Leonie es la última descendiente, o eso se cree..., prácticamente ha desaparecido del mapa canadiense. Opera sus librerías a través de empleados. Debe ser todo un fenómeno que la hayas conocido.
—Pero, Nuria...
—Escucha, África, tengo que irme. ¡Googléala, no sé! No pierdas oportunidad de coincidir con ella de nuevo. ¡Espero que la firma vaya bien! Mantenme al tanto de todo. Adiós.
Cuelga.
Recojo el manuscrito y lo guardo en la cartera. La firma de libros no comenzará hasta dentro de hora y media, así que, en busca de una socialización que cualquier otro día despreciaría, me acerco a la recepción del hotel y entablo una moderada conversación con la mujer al puesto. Parece en sus veintes, y es efectivamente bonita.
—Soy Rebeca —expresa ella, y señala la placa de bronce sobre su saco de cachemir.
Lo he notado, pero pensé que dirigirme en un principio a ella, por algo que he leído en la solapa de su ropa, sería desconsiderado.
—Muy bueno —digo, sin embargo—. ¿Has leído «Rebecca»? «Anoche soñé que volvía a Manderley...»
Rebeca, la señorita de recepción, de afable carácter y ojos siniguales, pestañea repetidamente.
—No, ¿lo has escrito tú?
—Daphne Du —explico—. Yo soy África, y nací en el 2000.
—¿Acostumbras a dar tus datos personales a personas que acabas de conocer?
—Sólo si me caen bien.
Hablo con Rebeca alrededor de media hora, que es cuando mamá baja al vestíbulo, en compañía de un hombre, y pide mi presencia. Me excuso con la señorita de recepción y me encuentro con ellos en la estancia.
—África, hija —dice mamá, viéndome aproximar—. Él es Anthony Citadel. Ha sido ponente en el seminario.
Estrecho la mano del hombre; es alto y robusto, de cabello negro y bigote tupido. Tiene un par de ojos simpáticos.
—Argelia me ha dicho que espera ser bienvenida en la Universidad de Grant Allen —dice él.
—Así es, en Lengua y Literatura.
—Justamente fui invitado a impartir una materia en el primer semestre de esa carrera. Soy licenciado en Lenguas Modernas. Espero verla ahí, señorita Ruiz.
Anthony Citadel se despide de nosotras y sale por las puertas del hotel.
Miro a mamá.
—Él es una palanca, ¿verdad?
—Como medida de seguridad, sí —confiesa mamá—. Pero sé que conseguirás entrar a Grant Allen por mérito propio.
Tomamos asiento en los sillones de la estancia. Comparto con mamá los sucesos del día, mis pensamientos sobre el examen de selección, y cómo me siento respecto a eso. Las probabilidades son buenas. Pero como Nuria no esclareció mi mente sobre la incógnita que representa Leonie Lyon, acudo a mamá, porque mamá siempre ha tenido las respuestas a mis dudas.
—La historia de la familia Lyon es muy extensa —dice, y sé que no me he equivocado—. Cuestiones de azares y política. Te aburriría escuchar. Leonie Lyon... hace mucho no se escuchaba ese apellido.
—¿Qué pasó? —pregunto.
—Leon, el hermano menor de Leonie, iba a ser el primer ministro. Había obtenido la victoria en las elecciones federales de 2003. Ese mismo verano, visitaban el río Niágara. Pero no debía de haber peligro, ¿sabes?, es una zona turística. No era un día bueno, al parecer. La luna estaba cerca, y las olas lograban alcanzar grandes metros de altura, bañando a los transeúntes. Una ola arrastró a una mujer... y Leon logró salvarla. Eso es lo que dicen. Pero él resbaló y cayó de una altura de cincuenta metros a las aguas sublevadas. En otra alternativa, habría podido salvarse, pero encontró las rocas de la catarata y se dio un golpe mortal. Murió, Leon Lyon tuvo una muerte instantánea, aunque los segundos vividos con anterioridad debieron ser horribles. El país guardó luto por una semana completa. En diciembre se escogió a un sucesor como primer ministro, y la familia Lyon quedó como recuerdo. Fue historia internacional, África.
—¿Qué sucedió con Leonie?
—No lo sabía, hasta ahora. Sus padres habían muerto, y luego su hermano..., no la culpo si deseó aislarse. Pero la conociste —dice mamá, estirando un brazo y acomodando mi cabello sobre los hombros—. Y fue gentil, ¿no es cierto? Pasó por un gran pesar...
—Sí —murmuro—, lo fue.
Mamá me sonríe con suavidad. Ahora es cuando más agradecida estoy de tenerla, a ella y a mis hermanos, a cada uno de mis primos, y mis amigas, a quienes considero parte de mi familia. Y a Shawn... Dios, qué ingrata. Justo cuando más puedo tenerlo, parece como si lo vilipendiara.
—Debo ir a su librería —digo a mamá—. Ya es hora.
—Ve, hija.
—Estuvo excelente allá arriba, eh.
Mamá se inclina hacia atrás, riendo con ganas.
—Si decides ir a algún otro sitio después de la firma, debes avisarme.
—Lo prometo.
Ando hacia la librería de Leonie, sumida en la naturaleza y monotonía canadiense. La nieve está cayendo en fina llovizna. Más tarde, me detengo en la acera frente al establecimiento. Una pequeña multitud de personas enfilan desde el umbral de la librería. La firma de libros no empezará hasta dadas las 5:30 p.m., según el horario estándar del este, y ellos aguardan. La Douleur Exquise es un edificio barroco constituido por tres pisos y paredes asemejadas al pergamino desgastado. El escaparate exhibe los libros de Linden y los míos bajo un cartel.
FIRMA DE EJEMPLARES
África Ruiz
Linden de Polignac
Viernes 22 y Sábado 23 de febrero
17:30 horas
Aparto la vista del cristal al escuchar los murmullos.
—¿Es África?
—Sí, creo que es ella.
Los saludo, sonriéndoles divertida.
—¡Aaaaaah!
¡Vaya!, me digo, apresurándome a entrar a la librería.
El lugar es... magnífico, me es fácil reconocer. Escaleras metálicas ascienden al segundo y tercer piso. En cada nivel, hay una baranda. Las estanterías se alzan hasta el techo, y éste lo afirman gruesas columnas de concreto. Hay aparadores y compartimientos que hacen ostensible las obras literarias. Una barra de madera inviste la pared del este; una máquina registradora junto a una máquina de café y un organizador. Está adulada, incluso, con una sala; sillones, taburetes y mesas. El aroma es a granos tostados y libros. En el centro de la librería, están dos mesas largas dispuestas con tomos. A mano derecha, un letrero anuncia mi nombre, una fotografía sobre mí, y el título de mi libro. A la izquierda, se imita, presentando a Linden y su serie literaria.
Linden está hablando con el señor Lavoie; el gerente de la librería. Sin embargo, sus ojos se desvían hacia los míos al advertir mi llegada. Le sonrío, como atento saludo, esperando que me devuelva la sonrisa a pesar del tropiezo en el comedor de Grant Allen, pero él no lo hace. Me acerco a mi mesa. Minutos más tarde, el señor Lavoie me dice que la señora Lyon estará aquí pronto. Se le nota nervioso y entiendo así que el suceso es inusual. De cualquier manera, nos desea eventualidad en la firma y avisa que se les permitirá la entrada a los asistentes en cinco minutos.
Veo a Linden sentarse a su mesa y jugar con el bolígrafo entre sus dedos; viste formal, pero se ha deshecho de las ropas de la universidad. Me he cambiado, también, dejando atrás una vestimenta abundante en nervios por algo más fresco para el ánimo. Desconozco qué lo ha llevado a reaccionar así esta tarde, y por qué ha impuesto este silencio entre nosotros. Es como si lo confundiera, como si algo que he dicho o hecho lo hiciera sentir abatido. Y eso me molesta, porque no sé reconocer el motivo.
Me enfurece, además, que sea así con cada persona que conozco.
Una expectativa, me digo, que ha sido desechada.
Acercándome a la mesa de Linden, dejo caer los libros que compré y de los que él es autor con un golpe sordo sobre la superficie. Linden levanta la mirada, sorprendido. Apoyo las palmas de mis manos sobre la mesa e, inclinándome, profiero:
—Fírmalos.
No lo hace.
—Sólo he leído el primero de sus libros, señor de Polignac —digo—, pero soy una admiradora declarada de su trabajo. He venido desde México por su firma. ¿Acaso piensa desechar mis esfuerzos así, sin más? Fírmelos, ándele.
Linden hace un esfuerzo por sostener mi mirada y no dejarla caer por otros lugares.
Suspira y abre el primer libro.
—Debiste decírmelo —dice, mientras garabatea su firma.
Regreso sobre mi estatura y lo observo, confundida.
—¿El qué?
—Que tienes novio.
—Ah —digo—. Sí, quizá sí. ¿Forma parte de las presentaciones sociales? Desconozco la mayoría.
—No —dice Linden—. Tú no... ¿no sentiste que debías hacerlo?
—Me gusta mi privacidad, Linden. No lo sentí, es la verdad.
Linden firma cada uno de los libros. Al acabar, los recojo entre mis brazos, lista para volver a mi mesa.
—Y él... ¿es canadiense?
Linden no sabe, ni logra a imaginar que, a quien estamos refiriéndonos, es Shawn Mendes; aquél músico famoso que aparece con regularidad en la valla publicitaria de Dundas Square.
—Es el hombre más canadiense que he conocido.
Asiente y cierra sus ojos por un momento. Sacude la cabeza, como si alejara una sensación, y vuelve a abrirlos.
—James ya envió el lugar de la fiesta a Italy —comenta Linden.
—¿Irás?
Se encoje de hombros.
—Tal vez —dice—. No quiero cometer el mismo error.
—¿De qué hablas?
—La fiesta de Italy. Pensaba en ir, con James. Al final decliné. Si hubiera ido te habría encontrado antes. No creí a James cuando dijo que te conoció esa noche, y que habían conversado. Creo... que me negaba a aceptar que desperdicié una oportunidad.
No sé qué decir.
—¿Listos? —pregunta el señor Lavoie.
Linden asiente hacia él mientras regreso a mi mesa, sin otra palabra de por medio.
La firma de libros transcurre fielmente. La fila avanza sin celeridad, con los asistentes a ésta alternando entre la mesa de Linden y la mía. Nos entregan los ejemplares y nos apremian a firmarlos con un mensaje especial. Conozco más nombres en esta tarde de lo que lo he hecho durante toda mi vida. Sonrío, más para mí, cuando recuerdo una noche. «"Con cariño y afecto". ¿Qué diablos significa eso?».
—Aquí tienes —digo a la chica al frente de la fila.
—¡Gracias! ¿Puedo tomarme una foto contigo, África?
—Oh —murmuro—, claro...
«Hay una semejanza en lo que hacemos, lo que creamos».
Sé que a veces pareciera como si no lo pensara, pero lo hago, a cada segundo. Tengo presente su imagen, su voz, su aura. Está en mí, como un órgano expresamente creado para recordarme de quién estoy enamorada. Recuerdo nuestro primer encuentro, el primer mensaje, el primer abrazo. No olvido la ocasión en su casa, y la noche del catorce; el incomparable, magnífico y lascivo momento, fragmentado en varios instantes. Es parte de mí, así como es despreciable lo que hago, este pase de largo, esta sumisión a mis temores más bajos. ¿Por qué he de rendirme a mis miedos, cuando tengo algo porqué luchar?
Para el final de la firma de libros, Leonie Lyon se presenta en la librería. Cruza el umbral, como si pasara bajo el dintel de cualquier otro establecimiento comercial que no es el suyo, y carga con la misma bolsa de cuero. El señor Lavoie, al verla, corre a socorrerla, y le pregunta a qué se debe la ocasión.
—No te abrumes, mi querido Lavoie, he venido a conocer a los escritores.
Leonie introduce la mano en su bolso y va sacando libros sin certeza, acomodándolos en los escaparates con una calma incondicional. Los asistentes de la firma ya se han desplazado hacia diferentes puntos de la librería. Se convierten en azares, personas fortuitas llegando y requiriendo la punta del bolígrafo sobre las primeras páginas de los ejemplares. Para el término de la tarde, la reunión se ha dado por acabada. Linden se mantiene en su mesa. Está hablando con Mya Bryk. Kyandi e Italy también han asistido y están en la sección de cómics y mangas, mientras que James Johnson está estudiando los relatos de terror de Lovecraft.
Leonie se encamina a mi mesa.
—Hola, joven escritora. ¿Has encontrado grata mi librería?
—Leonie —digo, y asiento con la cabeza—, me complace volver a verla.
—¡Vaya que sí! No pensé que sería tan pronto, pero luego vi tu nombre en el correo de mi buzón. Al parecer, mi librería patrocina tu obra. ¡Maravillosa coincidencia!
—¿Se conocen? —pregunta el señor Lavoie, intrigado.
—Mi querido Lavoie —dice Leonie—, no seas indiscreto, y ve por dos tazas de café, anda. Oh, ¿y quién es ese muchacho tan apuesto?
—Él es Linden de Polignac, también ha presentado su firma, Leonie, su nombre está afuera.
—Ah, es verdad. Espero que esta obviedad no sea un signo de demencia senil, si sabes a lo que me refiero.
—Ay —río—, Leonie, no.
Linden, al escuchar su nombre, se disculpa con Mya y nos alcanza.
—Señora Lyon —dice Linden—, es un placer conocerla.
—Y educado, además —suspira Leonie—. Así son los escritores. Poseen una multitud de sublimes palabras, y sólo cuando deciden usarlas, logran encantar. Mi querido Lavoie, ¡que sean tres tazas de café, por favor!
Nos reunimos en la estancia de la librería. Ahí hablamos. Leonie se encuentra abierta a conocernos, a Linden y a mí, como sólo puede estarlo una mujer aferrada a los simples retozos de la vida. No llega a mí el valor por preguntar acerca de ella, cualquier nimio detalle, pues hasta las cosas más pequeñas están enraizadas al alma.
Así, Leonie Lyon se convierte en otra persona en mi vida.
Cuando Linden se despide, pido un minuto con él a solas.
—Me alegro de haberte conocido —le digo, y me inclino hasta besar su mejilla.
Linden me mira a los ojos por un largo momento. Toma aliento, pero no habla. No dice nada. Asiente, es lo único que hace. Fuese lo que fuese aquello que lo mantuvo esquivo y cauteloso en mi presencia, a partir de ahora luchará por mantenerlo apartado. Su amistad es por lo que pido, como no lo hice con ninguna otra.
Deseo que él piense igual.
James Johnson me abraza antes de seguir a Linden fuera de la librería.
—¿Cuál es tu color favorito? —pregunta Mya.
—Azul —respondo, sólo porque es el de Shawn.
Mya sonríe y va tras los chicos.
—Habla con él —me aconseja Italy, tomando mi mano—. Dile que estás aquí.
—Lo haré —le prometo.
Italy me rodea en un abrazo y me menea con increíble fuerza para su constitución. Brinca sobre sus pies y sale de la librería. Kyandi da un paso al frente, cargando bajo el brazo una bolsa de tela de algodón con una nueva adquisición de mangas. Se inclina, despidiéndose así, y hago lo mismo, sonriendo encantada.
—¿Estás mejor? —pregunto a Kyandi.
—No mejor —responde—, pero más tranquila.
—¿Tienes la confianza para decirme qué sucedió?
—Sí —dice Kyandi—, pero es una larga historia, y no sé si estoy lista para contarla.
Asiento, y ella da un adiós, saliendo del establecimiento tras Italy.
Paso la punta de mis dedos por el lomo de los libros. Poemas de Víctor Hugo; «cuando por fin se encuentran dos almas...». ¡No, mi querido Víctor! Muy optimista. Cierro el poemario y lo devuelvo a su escondrijo. «Tú contienes en tu mirada el ocaso y la aurora», oh, Baudelaire..., pecas de lujuria, cariño. En otra ocasión, te habría disfrutado tanto como hoy te aborrezco.
«Llora en mi corazón
mientras llueve sobre la ciudad;
¿qué es esta languidez
que penetra en mi corazón?»
—«Para un corazón que se aburre, ¡oh, el canto de la lluvia!»
Doy un respingo. La señora Lyon ha soltado aquello.
—Leonie. —Suspiro.
Llega a mi lado.
—¿Encuentras en Paul Verlaine el deshago que insistes en necesitar, África?
—La gente encuentra en los personajes, en la trama o en la inmaterialidad de un objeto algo para sentirse identificada —digo—, pero es en el autor tras las letras en quien siempre parezco coincidir.
—Verlaine fue un hombre corrompido, joven escritora.
—Eso dicen, pero conservaba luz, ¿no cree? No busco la fe de Víctor, o el romanticismo de Charles. Paul fue indecente, vicioso, y llegó a ser un hombre miserable, pero obtuvo compasión al final. Es ése realismo suficiente atractivo para mí.
—Eres mitad agonía, mitad esperanza.
Sonrío. —Jane Austen.
—Parece escrito por y para ti.
—Me ensoberbece, Leonie.
—Ah, vamos, África. —Leonie chasquea—. ¿Por qué no has ido con tus amigos?
—Necesito estar con otra persona esta noche —confieso—, pero no he hallado el coraje para hacérselo saber.
Y, entonces, dice algo que no espero escuchar:
—¿Tiene algo que ver con el joven hombre aguardando afuera?
