Capítulo 64: Si vis pacem, para bellum (Si quieres la paz, preparaté para la guerra)
Era el enésimo café que Arles ponía en la mesa aquella mañana. Con el ceño fruncido, observó a los dos chicos tomar la taza caliente entre las manos, mientras ambos lucían una expresión asombrosamente parecida en sus rostros. Su mirada almendrada voló un momento hacia Shion que, al igual que él, permanecía atento a los detalles. Ambos intercambiaron una mirada fugaz, y si no hubiera sido por la gravedad de la situación que atravesaban, la diminuta sonrisa que surcó el rostro del peliverde le hubiera subido el ánimo enormemente.
Sin embargo, ahí estaban. Ni Saga ni Aioros habían pegado ojo prácticamente: el cansancio era obvio en sus rostros, pero aquel recién descubierto gusto por el café parecía mantenerles lo suficientemente despiertos. El peliazul había convertido la pared del despacho en un improvisado muro de evidencias en apenas unos segundos: no sabía de dónde habían salido tantas anotaciones, ni tantos papelitos de colores… Pero Arles sabía de sobra que aquello solamente era el reflejo de la mente de Saga. Necesitaba centrarse en algo más que no fueran los últimos acontecimientos, y su cerebro privilegiado se había puesto en marcha.
Aioros parecía entender cada nota aún sin recibir una explicación, y las pocas palabras que habían intercambiado hasta el momento, solo habían evidenciado aún más que esas dos mentes funcionaban como una sola. Y eso era… simplemente espectacular.
—De acuerdo… —Saga se estiró como un gato, y una melodía de crujidos acompañó el movimiento de su cuerpo. Entonces suspiró, más relajado—. Recapitulemos… Si asumimos que lo que viste en Star Hill es cierto —dijo refiriéndose a Shion—, y los apolonios tienen bajo su control a la población de dos aldeas diferentes cercanas a Troya… Creo que lo más lógico es asumir que esos núcleos urbanos son: al sur Kalafat y al este Tevfikiye —Aioros alzó una ceja: escuchar al gemelo pronunciar en turco algo que no fueran palabras mal sonantes era fascinante. Se le daba más que bien—. Son los más cercanos a las antiguas ruinas de la ciudad.
—Sí, sería lógico pensar que si han reconstruido Troya, aunque dispongan de un escudo similar al del Santuario que la hace invisible a los mortales, los territorios más cercanos son los que están bajo su control. La visión de Star Hill fue clara: es decisión nuestra creer si es un engaño o no, pero…
—Es cuestión de lógica simple —interrumpió Saga—. La antigua ciudad era inmensa.
—Tevfikiye está a menos de un kilómetro de las ruinas… Kalafat a un par de ellos —Acotó el arquero, señalando con su dedo índice el punto exacto del mapa—. Creo que lo más sensato es pensar que fueron absorbidas por la reconstrucción.
—Exacto —Saga asintió, y los ojos de ambos se clavaron en Shion.
—Os escucho.
Conocía de sobra aquella expresión en el rostro de Saga. La había visto antes… previo al asalto al Santuario durante la guerra de Hades. Era una mezcla de decisión absoluta y fe en sí mismo que decía a gritos que confiaba en su plan al cien por cien. Nada ni nadie se interpondría entre él y su objetivo, sin importar los riesgos o el sacrificio que conllevara. Y aunque le resultaba maravilloso poder contemplarla tras los últimos acontecimientos, lo realmente grandioso era que Aioros, a su lado, le miraba y le estudiaba, contagiándose de las mismas emociones. Si sus chicos iban a salir del agujero en el que les habían arrojado, sería juntos: de eso no tenía la menor duda.
—Mi idea consiste en enviar un grupo cuidadosamente seleccionado a Troya y dividirlo en tres partes: el grupo A directo a Kalafat, el grupo B directo a Tevfikiye y el grupo C a Troya. Y comenzar un ataque escalonado: A y B atacaran exactamente a la vez, atrayendo la atención de los apolonios y sacándolos de la fortaleza —colocó las dos figuras atenienses en su lugar correspondiente de la mesa de estratégias.
—Supongo que, si funcionan medianamente parecidos a nosotros, aunque controlen las dos aldeas, será Troya quien esté realmente protegida: viste indicios muy claros de que Cassandra está ahí dentro —dijo el arquero, refiriéndose a Shion—. Si es tan importante como creemos, las fuerzas se concentrarán ahí.
—Sí —Saga asintió—. Por es serán un cebo —Arles y Shion fruncieron el ceño a la vez—. Si logramos que sea un cebo lo suficientemente goloso como para que bajen la guardia sobre Troya, el equipo C aprovechará la distracción para entrar a la ciudad y... —tomó otro figurín ateniense más y derribó al grifo que descansaba sobre Troya— mientra aguantan la embestida, C destruirá Cassandra.
—Es arriesgado. —Suicida, más bien.
—Sí, pero no esperabas un plan seguro, ¿cierto? —la mirada esmeralda del peliazul, retó a la amatista de Shion, que se quedó sin respuesta. No tenía modo alguno de rebatirlo.
—Tiene que ser una incursión rápida y nocturna —continuó Aioros—. Apolo es el dios del Sol… después de haber visto a Nomios y Loxia desaparecer entre rayos de sol, creo que es obvio que la luz solar les favorece —Saga asintió.
—De acuerdo, ¿debo asumir que has, o habéis —Shion se corrigió de modo casi inmediato, mientras veía de uno a otro—, pensado en los componentes de esa hipotética misión?
—Sí. —Afirmó Saga.
—Es obvio: en realidad, equipo A y B, deben llamarse equipo G y S… porque seremos Saga y yo. —El peliazul alzó una ceja al escuchar al castaño, y una sonrisa orgullosa se dibujó en sus labios: no habían hablado nada al respecto, pero era obvio que sus cerebros estaban en sintonía—. Equipo Géminis y Sagitario. Después de todo lo que ha pasado, somos como un caramelo en la puerta de un colegio: no podrán resistirse al reto que supone vernos allí en mitad de la noche.
—No sé por qué… temía que dijerais eso —Shion se sobó los ojos—. Pero no vais a ir solos.
—De hecho… —sorpresivamente, Arles tomó la palabra—. Es una misión a la carta: podemos elegir cuidadosamente los componentes de los equipos, creo que lo más apropiado es que la fuerza sea dorada, pero contamos con santos defensivos muy válidos como apoyo en otros rangos.
—Te escuchamos, Arles.
—Vosotros seréis el cebo y atacareis primero: vais a ser el centro de atención, por lo que el ataque que recibáis será más fuerte y contundente, y además… debéis aguantar el tiempo que se prolongue la acción del equipo C. Necesitáis un apoyo que os sirva de defensa y aligere el peso de vuestra misión… —Se aclaró la garganta—. Orfeo es perfecto para eso.
—Lo es —Aioros estuvo de acuerdo—. Y ¿quién más?
—Yo.
La rotundidad de su respuesta pilló a todos por sorpresa. Pero antes de que nadie profiriese una queja, o pusiera en duda la sugerencia, Arles continuó con su explicación.
—Enviar a tus segundos y a mí al campo de batalla en una misión está lejos de ser la situación ideal —dijo, refiriéndose a Shion—. Pero es la mejor combinación posible. Soy un arma sorpresa que nadie conoce y mis habilidades son perfectas para esta empresa. Del mismo modo, Orfeo es un santo poco conocido por cualquiera de nuestros rivales. Y nuestro nivel es…
—Mucho más alto de lo que nadie piensa —murmuró Shion, mientras asentía con el ceño fruncido. En ocasiones odiaba estar de acuerdo con ellos.
—Exacto.
—Me has dejado perplejo, Arles —dijo Saga, mientras una breve carcajada abandonaba sus labios—. Pero si ambos considerais que es la mejor opción, estoy de acuerdo. Además… —un gesto curioso y pícaro adorno su rostro—, muero de curiosidad por verte en batalla usando a Altair.
—¿Por qué demonios no te vimos con ella jamás? ¡¿Qué escondes tras tanta formalidad, Arles?! —exclamó Aioros divertido.
—Me gusta el efecto sorpresa —replicó orgulloso.
—Os gustará… —añadió el lemuriano, viendo a sus tres acompañantes—. ¿Y los demás? ¿Sugerencias? Debe ser un equipo más numeroso para asegurar la brevedad y el éxito de la misión.
—Necesitamos dos cosas: velocidad y efectividad.
—Es decir, capacidad de destrucción —acotó Saga al arquero.
—Eso —Aioros sonrió—. A Saga le gusta mucho destruir cosas, pero va a estar ocupado, así que…
—Lástima…
—Creo que los candidatos más apropiados podrían ser Roshi, Shura… —Shion asintió—. Y Milo y Aioria.
—Motivación, destrucción, efectividad, velocidad y caos. A mí me suena bien —aseguró el gemelo.
—Lo cierto es que sí… —pensativo, Shion continuó—. Necesitaremos un apoyo por cada santo dorado. Asterión ha de ir. Su Satori es muy valioso y toda información que podamos sacar, es invaluable.
—Pero es muy vulnerable… —musitó Aioros.
—Naia.
Las tres miradas voltearon hacia Saga cuando aquel nombre abandonó sus labios. Sabiéndose observado, justificó su respuesta.
—Soy consciente de que es mi ex novia, sí, pero no soy bobo —dijo burlón—. Asterión no va a ser el punto más llamativo de la expedición, ni atraerá las fuerzas más peligrosas. Nos ocuparemos de eso atrayendo la atención hacia nosotros. Naia tiene habilidades defensivas y ofensivas: es completa. Su Red de Cristal es lo suficientemente efectiva para mantenerlos a salvo en última instancia si es necesario. —Aioros alzó una ceja. Saga tenía razón, pero no dejaba de fascinarle ese cerebro que funcionaba como un ordenador de última generación—. Argol debe ir también. Tras Orfeo, es el mejor del rango y es un excelente apoyo defensivo.
—Entonces, nos falta uno…
—Si buscamos fuerza y templanza, creo es justo sugerir a Tatiana —apostilló el castaño, orgulloso de su subordinada—. Sabe mantener la calma e influir en sus compañeros. A Asterión le hará bien tenerla cerca.
—¿Shura lo sobrellevará bien? —preguntó Arles.
De pronto, se hizo el silencio. Aioros y Saga lo miraron sorprendidos, mientras Shion alzaba los lunares con gracia.
—¿No sois tan ingenuos como para creer que no sabemos que esos dos…?
—Supongo que… —Aioros suspiró—. Lo lógico es pensar que no lo sois.
—Shura y Tati lo harán perfectamente bien, no tenéis que preocuparos de eso —añadió Saga.
—Bien —Shion asintió—. Debemos estar preparados para encontrar a los apolonios, quizá alguna de las bestias y…
—Apolo —dijeron al unísono los dos chicos.
—Exacto —asintió—. Si eso sucede, la retirada será inmediata. No podemos permitirnos entrar en batalla directa con un dios en esas condiciones. Debéis manteneros tan cerca como podáis de vuestro apoyo, para abandonar Troya tan rápido como sea posible.
—Pues… tenemos un plan —Saga se dejó caer en la silla por primera vez aquella mañana, echó la cabeza atrás y cerró los ojos por un instante, suspirando. Se sentía satisfecho.
-X-
Después de haber sido sangrada, Eire y su chocolatina decidieron abandonar la cabaña e ir por un poco de reposo. Tatiana se marchó con ella, para que no caminara sola. Así, Naiara y Deltha se quedaron atrás, mientras continuaban trabajando en la armadura de Grulla dentro del improvisado taller del cuartel.
Había una calma agradable entre las dos, muy distinta a la tensión de sus primeros días juntas. No había sido sencillo llegar a aquel punto, en el que sus miradas podían cruzarse sin que una de las dos rehuyera, o en el que sus palabras se medían con menos severidad antes de abandonar sus labios. En algún momento de esos días, algo simplemente encajó, y esa complicidad que compartieron por tantos años a pesar de la distancia —aunque incipiente después de tantas semanas de desencuentros—, comenzó a tomar fuerza una vez más.
—¿Puedes darme el polvo de estrellas, por favor? —pidió la amazona de Caelum. Deltha tomó el cofre de madera curtida y lo puso en sus manos.
—Aquí tienes.
—Gracias.
La pelipúrpura esperó con ansia infantil por el momento en que el pequeño baúl fuese abierto, y el suave tintineo del polvo de estrellas inundase la habitación.
—Dioses, me encanta esta parte… —susurró cuando lo inevitable sucedió y el taller se convirtió en la estampa de un cuento de hadas.
—A mí también. —Naia la miró de reojo, mientras sus manos trabajaban con rapidez.
Tomó un poco del polvo de estrellas con la punta de su espátula y lo mezcló con la sangre de Eire. Al contacto, el color blanquecino de la arenilla se iluminó, absorbiendo la energía vital del líquido. De la combinación de ambos elementos surgió una mezcla brillante, áspera y pastosa, que Naia frotó contra la armadura, justo donde la había herido antes y dónde colocaría el metal que la reforzaría.
Cuando la sangre tocó las grietas del ropaje, estas centellaron. Entonces, la amazona procedió a unir las piezas de metal viejo con las nuevas adecuaciones.
Deltha la ayudó, sosteniendo la pieza en su sitio, mientras ella hacía arder su cosmos en una mano y con la otra, golpeaba el metal con el martillo infundido con su cosmoenergía. No era necesario abusar de la fuerza, sino que la verdadera destreza de los herreros de su clase estaba en el modo en que su cosmos era capaz de transformarse en el puente entre la vida y la muerte para las armaduras de Athena.
Era un proceso delicado, que consumía mucha de su energía y que requería de una concentración extraordinaria. Tomaba años de práctica y estudios para dominar un arte como aquel, y aunque Naia sabía que había sido entrenada por los mejores, el vacío de todo el tiempo que había vivido alejada del Santuario caía sobre ella como una lápida que aplastaba la seguridad que pudiera tener en sí misma. Sin embargo, tampoco estaba dispuesta a darse por vencida. Ella no era así, Axelle no la había educado para rendirse, y lo mínimo que podía hacer para rendir homenaje a su memoria, era convertirse en una amazona digna de vestir el ropaje de Caelum.
—Esto casi está… —masculló sin quitar la vista de su trabajo. Sus ojos violeta reflejaban el tono platinado de su cosmos que ardía y su ceño fruncido delataba su completa concentración. Una gota de sudor resbaló por su rostro hasta caer sobre el trozo de lana que mantenía en su regazo.
—Parece que las piezas han soldado.
—Sí, eso creo también. —El cosmos de Naia brilló por unos segundos más antes de detenerse. Entonces, aprovechó para limpiar las diminutas gotitas que cubrían toda su frente—. Puedes soltarlo ahora. Veamos si no se mueve.
—Bien.
Cuando las manos de Deltha dejaron ir la pieza y ésta permaneció en su lugar, una sonrisa de triunfo apareció en los labios de la morena. Inspeccionó el peto de la armadura de Grulla, en especial la cicatriz que había dejado la unión con el nuevo trozo de plata. El empate era perfecto y, con un poco más de trabajo, también sería invisible.
—¡Quedó muy bien! —celebró. El rostro de Deltha se iluminó con una sonrisa—. La parte más difícil del proceso es que la armadura, viva como está, acepte y comparta su energía vital con el nuevo implante. Una vez que esto sucede, el resto es mucho más sencillo, aunque laborioso.
—Queda la parte estética, ¿verdad?
—Sí, más o menos. Excepto que todavía tenemos que reforzar el empate del metal y su resistencia. ¿Puedes pasarme…?
—El gammanium. —La pelipúrpura se adelantó y, aunque sorprendida en un principio, Naia se encontró sonriéndole.
—Sí, exacto.
—Aún recuerdo algunos detalles de tus tardes de reparación de armaduras con Axelle. —El comentario de Deltha tiñó las miradas de ambas con nostalgia—. Me gustaba escucharos hablar.
—Pequeña Del prestaba atención a los detalles, ¿eh?
—Mucha. —Rieron juntas cuando sus miradas se encontraron—. Disfrutaba tanto de veros y oíros… Porque no había nadie más genial que vosotras ante mis ojos. Nadie.
Naia agachó la mirada, esbozando una sonrisa triste. Por un instante se perdió en sus recuerdos, mientras esparcía suavemente el polvo de gammanium sobre la aleación de plata y oricalco y observaba, con una fascinación que jamás se acabaría, el modo en que el metal resplandecía y se hacía fuerte bajo el influjo del mineral alimentado por su cosmoenergía.
—Axelle era genial —murmuró.
—Y tú, ambas juntas. Entrenadas por el mismísimo Maestro, con habilidades únicas entre las amazonas, fuertes, decididas…
—La echo mucho de menos, Del.
—Y yo.
"Nos echo de menos… A las tres", quiso decir Naia, pero un nudo hizo que las palabras se ahogaran en su garganta. Miró fugazmente hacia Deltha, y sus miradas chocaron por un segundo, antes de que las dos las apartaran.
Transcurrieron varios minutos de silencio, en los que el único sonido era silbido del cosmos de la amazona de Caelum al arder. Cuando por fin, Naia dio por terminada la sesión, las mujeres suspiraron con alivio.
—Creo que es todo por hoy. Estoy agotada. —Se secó el sudor una vez más y estiró la espalda.
—Lo has hecho increíble.
—Gracias. No habría avanzado tanto sin tí.
—Nah. Solo te he ayudado sujetando un par de cosas aquí y allá. —Deltha se incorporó y comenzó a recoger las herramientas, acomodándolas en sus respectivas bandejas—. Axelle estaría muy orgullosa de lo que estás haciendo, Naia. De verdad.
—Estamos haciendo. Eres parte de esto también.
La pelipúrpura la contempló por unos segundos, con una sonrisa en los labios, y una mirada que Naia solo pudo definir como triste. Cuando el silencio amenazó con volverse incómodo, Deltha reaccionó y volvió a centrarse en sus labores de limpieza y orden. Pero entonces, se detuvo y llevó sus ojos marrones de nueva cuenta hacia la morena.
—Gracias por dejarme participar —dijo, tendiendole el puño.
—No. —Naia meneó la cabeza, pero estiró el puño y golpeó al de ella con suavidad—. Gracias por estar aquí…
-X-
Cómo habían terminado en el suelo, peleando por dominar el uno al otro en un momento como aquel, era ciertamente un misterio. Pero la verdad era que volver a la palestra del templo les había llevado a un viaje en el tiempo de modo inmediato y, casi sin querer, se habían vuelto a sentir niños otra vez.
—No voy a dejar que te sientes encima mío de nuevo… —masculló Aioros, mientras retorcía con firmeza el brazo de Saga hacia su espalda.
—¡Mi pelo! —se quejó el peliazul—. ¡Me estás tirando del pelo!
—¡Ese no es mi problema…! —replicó, acusando el esfuerzo. Le gustaba más el combate físico que a Saga, pero eso no significaba que el gemelo fuera fácil de tumbar ni mucho menos—. ¡Deberías… recogerte la melena!
—¡Tonterías!
—¡Dioses! ¡Serás terco! Solo… ¡ríndete!
—¡Ni hablar! No quiero hacerte daño, arquero… —apenas habían pasado unos días desde su enfrentamiento con Nomios, las heridas aún eran recientes.
Mientras tanto, Saori había llegado silenciosa y nerviosa a aquel primer entrenamiento con sus chicos. Y lo cierto era que no había imaginado encontrarles en aquella tesitura: hechos un manojo de manos, piernas y melena azul que luchaban por dominar al otro. Ladeó el rostro divertida y una sonrisa se dibujó en sus labios. A veces, solo a veces, sus chicos dejaban entrever visos de aquellos niños que habían sido hacía mucho tiempo y era algo que le fascinaba presenciar.
—Ejem… —carraspeó un par de veces, tratando de llamar su atención, pero no funcionó—. ¡¿Hola?! —gritó. Entonces, ambos santos se detuvieron de inmediato en la postura en la que fueron descubiertos y sus miradas viajaron hasta ella—. ¿Quién va ganando?
—¡Yo! —exclamaron al unísono. La princesa se rió divertida.
—Ya veo…
—Tablas, Aioros, tablas… la princesa está esperando —farfulló Saga con la voz entrecortada por el esfuerzo.
—Solo porque está aquí, que si no… —soltó el agarre sobre el peliazul y rodó por el suelo. Ambos quedaron panza arriba, tratando de recuperar el aliento.
—¿Agua?
Saori les miraba desde arriba, tendiendoles una botella. Se veía distinta, mayor: con su melena recogida en una coleta alta, y vistiendo ropa deportiva y ajustada. Estaba preparada.
—Gracias —Saga fue el primero en tomar el agua y llevarla a sus labios.
—¿Lista para el primer entrenamiento con Sus Ilustrísimas? —preguntó el arquero.
—¡Claro! —Se sentó frente a ellos con las piernas cruzadas— Siempre me ha gustado este sitio.
—Aquí aprendimos grecorromana cuando eramos unos mocosos —Saga se incorporó sobre sus codos mientras hablaba.
—Lo sé. Shion me ha contado muchas cosas durante nuestros entrenamientos. —Un gesto pícaro adornó su rostro adolescente.
—No sé si quiero saber qué contó… —La risa cantarina de la diosa, siguió a la voz del peliazul.
—Bueno, ¿por dónde empezaremos?
Aioros imitó al peliazul y se sentó. Los tres quedaron frente a frente y, de pronto, el arquero mutó al modo maestro que había dejado olvidado tiempo atrás.
—Todo este tiempo has estado entrenando con Shion y Arles, tanto físico como cosmos, y eso es fabuloso. Además, sabemos que desde pequeñita has aprendido artes marciales, que es fantástico. Creo que lo que debemos hacer es planear cómo y qué podemos enseñarte nosotros.
—Suena bien —replicó ella.
Saga asintió viendo de soslayo al arquero. Quizá no lo había dicho en voz alta, pero el peliazul tenía muy claro que en esta misión que les habían otorgado, Aioros era quien llevaba la voz cantante. No era porque hubiera sido maestro de Aioria por un breve periodo de tiempo —aunque también influía, por supuesto—, sino porque consideraba que el arquero tenía un talento innato para enseñar y tratar a las personas, para adoptar una actitud protectora, pero sin perder el objetivo: enseñar. Él era el apoyo. Podía aportar muchas cosas, desde luego, pero intuía que era mejor ayudante que maestro. Por un momento, le recordó a Orestes.
—He pensado que podemos dividir nuestro entrenamiento en distintas partes: combinación de cosmos y físico. Yo soy el mejor en físico y Saga el mejor en cosmos —dijo orgulloso—. Practicaremos con la armadura, para que te acostumbres a pelear con ella y con Niké. Y luego, la parte de estrategia. —Sus ojos voltearon hacia el gemelo—. Aprender a pensar, analizar la batalla y actuar rápido. ¿Estáis de acuerdo?
—Me parece perfecto —Saga, frente a ella, asintió.
—Bien, pues entonces… arriba. —Se puso en pie, y le tendió la mano a la joven diosa, que la aceptó con firmeza—. ¡Saga! Mueve el culo. —El peliazul rodó los ojos, pero obedeció—. Cuerpo a cuerpo, e iremos incorporando cosmos. Practicarás con él ahora mientras yo observo, ¿sí?
—Ahora soy el Señor Hierbitas III… —masculló el gemelo, pero obedeció encantado.
—Algo así, sí —sonrió Aioros mientras se cruzaba de brazos—. ¿Listos? —Ambos asintieron. Él retrocedió unos pasos para poder verles con mejor perspectiva—. ¡Adelante!
Saori inició el baile de movimientos en una coreografía perfectamente ensayada. Era obvio que había practicado con el mismo maestro que ellos tuvieron en sus inicios, pero aunque lo hacía bien, aún le faltaba un gran camino por recorrer.
Frente a Saga era diminuta y, aunque ágil, no contaba ni con la maestría ni con la confianza del gemelo. Para él era fácil prever sus movimientos y anularlos, pues había adoptado un rol pasivo, dejando que fuera ella quien atacase. Pasados unos minutos de lo que ellos considerarían juego, el peliazul se cansó. Atrapó la muñeca de Saori y en un pestañeo la atrajo hacía sí, inmovilizandola.
—Ya sé por dónde vamos a empezar —afirmó el arquero—: necesitas deshacerte del miedo a hacer daño.
—Es que…
—No estás acostumbrada a pelear de verdad. Hasta ahora solamente has practicado con un sensei, o en combates simulados, pero si te enfrentas a una batalla tienes que poder usar tus habilidades en un pestañeo y sin dudar.
—En un combate real, un segundo de duda, te mata —intervino Saga—. Contra mí estás en desventaja: soy más fuerte, más alto, y tengo mucha más experiencia. Si tienes un solo instante de vacilación, te aseguro que tu rival lo aprovechará.
—Tienes que aprender a aprovechar cada resquicio, cada ventaja —continuó Aioros— y volverla a tu favor.
—Pero no tengo ninguna ventaja contra un guerrero experto…
—Eso es mentira —Saga ladeó el rostro al hablar.
—Tienes uno importantísimo...
—Tu cosmos. —Para Saga, poder afirmar tal cosa fue una victoria personal frente al gran debate que mantenía con el arquero desde que eran niños. Y lo mejor de todo era que, a juzgar por la mirada de Aioros, sabía que llevaba razón.
—Quita esa cara de presumido… —masculló, mientras Saga reía suavemente—. Eres una diosa… y eso te coloca en una posición privilegiada —Tornándose más pensativo, continuó—. Y además, tus movimientos son muy ágiles, rápidos y limpios… Encontraremos un modo de combinar esas cualidades y…
—Hay un modo… Creo —musitó ella.
—Te escuchamos —Aioros la animó a continuar.
—El sistema cósmico de una persona funciona igual que el sistema circulatorio o el nervioso… Una red de diminutos canales de cosmos recorre el cuerpo de pies a cabeza, y hay puntos cósmicos vitales que controlan el flujo del mismo.
—¿Eres capaz de ver ese sistema cósmico? —preguntó el peliazul.
—De hecho sí… —dijo casi con timidez. A la vez, la expresión de ambos se iluminó. Intercambiaron una mirada fugaz, y volvieron su atención hacia ella.
—Empezad otra vez, igual que antes, pero ahora, quiero que concentres muy bien tu cosmos en las manos. —Las instrucciones de Aioros eran claras, Saori asintió y se puso en guardia.
—¿Ves mi sistema cósmico? —preguntó Saga.
—Sí —la firmeza en su voz les dejó en claro que lo veía a la perfección.
—Trata de golpear uno de esos puntos vitales de los que has hablado.
—Pero… —Saori dudó ante la orden del peliazul.
—Tranquila, ¿sí? Estaré bien.
Esta vez, Saga la tomó por sorpresa. Le arrebató el control del combate y le puso las cosas un poquito más difíciles, buscando acorralarla, obligándola a actuar… y tal y como él esperaba, cuando la obligó a retroceder, Saori contraatacó titubeante, y ligeramente torpe. Saga interceptó sus ataques sin problema.
Y ella comenzó a frustrarse.
—Aprovecha tus ventajas… —escuchó decir a Aioros más allá.
Frunció el ceño, molesta consigo misma cuando el peliazul rechazó su mano una vez más. Se concentró, retrocedió apenas unos centímetros y sin perder de vista uno de los puntos cósmicos de Saga, le asestó una patada al exterior de la rodilla izquierda que el santo no solamente no esquivó, sino que ocasionó que su pierna claudicara y perdiese el equilibrio.
—¡Perdón! ¡Perdón! —exclamó ella, cuando lo vio dibujar una sutil mueca de dolor y con dificultad para apoyar el pie. Rápidamente se acercó para servirle de apoyo—. ¡Ay dioses! ¡Saga!
—Estoy bien, tranquila… tranquila. —Siseó, estirando y doblando la pierna unas cuantas veces, pero no recuperaba la sensibilidad. Entonces, rió.
—¡Ha funcionado! —exclamó Aioros. Saori vio de uno a otro, y cuando vio sus expresiones de orgullo, cayó en la cuenta.
—¿Qué...? —Buscó con su cosmos, analizando cada rincón del cuerpo de Saga, hasta que encontró lo que buscaba. ¡Tenían razón!— ¡Es verdad! ¡Es verdad! ¡He cortado el flujo de cosmos en tu pierna!
—Lo he notado… —murmuró él, entre orgulloso y dolorido—. ¿Podrías…? ¿Devolverme mi pierna?
—Yo le dejaría así un rato —rió Aioros—. Puede caminar a la pata coja…
—Ja… Ja… Ja… —gruñó Saga.
—Espera, lo haré con cuidado esta vez… —Concentró su cosmos en la mano derecha, y con cuidado pero con firmeza, presionó en el lateral externo de la rodilla con su dedo índice. De modo inmediato, Saga recuperó la normalidad—. ¿Mejor?
—Sí… —sonrió—. De vuelta a la normalidad… Eso ha sido fantástico.
—¡Suena a que tenemos una técnica secreta que practicar! —exclamó el arquero—. Saga tiene muchos otros puntos vitales que puedes desactivar.
—¡Qué gracioso estás, arquero!
—¿Seguro que estás bien? ¡No quiero dejarte cojo en nuestro primer día! —insistió la joven diosa con preocupación.
—Oye, soy un anciano, pero no es tan grave… —replicó dignamente.
La risa de Saori resonó en la palestra, y poco después, las de ellos se unieron. Shion no había perdido detalle del entrenamiento y observaba orgulloso a sus pupilos. A su lado, un ulular aprobatorio llamó su atención. Volteó hacía la joven lechuza blanca, que había desplegado sus alas y alzaba el vuelo majestuosa. El magnífico animal dibujó un par de círculos sobre la palestra, ululando con alegría.
—¡Pallas! —llamó Saori—. ¿Lo has visto? —Con un nuevo chillido, la lechuza mostró su aprobación. Apenas unos segundos después, se posó en su antebrazo extendido con suavidad, y sus ojos grises, relampaguearon llenos de orgullo por la joven diosa.
-X-
Desde el ataque de Loxia, el pueblo no había vuelto a ser el mismo. Una falsa sensación de normalidad había regresado, pero bastaba con pasar la mirada por las ruinas del almacén abandonado para darse cuenta de que nada volvería a ser igual.
Los días habían pasado y las ofrendas florales comenzaban a marchitarse. Alguna mano generosa retiraba las más maltrechas, mientras otras almas caritativas se encargaban de colocar nuevas y de mantener las velas de la vigilia ardiendo. Alrededor del edificio, las voces parecían extinguirse. Un silencio turbio y fúnebre se había apoderado de aquel rincón de Rodorio, ocasionalmente interrumpido por el murmullo de una plegaria solitaria.
Un grupo de niños atravesó el ágora a toda carrera, riendo y vociferando como los rapaces que eran. Sin embargo, cuando sus juegos los guiaron a la callejuela del malogrado almacén, sus gritos se apagaron y sus pies se desviaron para tomar otro camino.
Mientras los observaba, Aioria chasqueó la lengua.
Rodorio estaba separado del Santuario por unos pocos metros, pero la mentalidad de sus habitantes estaba a años luz la una de la otra y aquellos niños eran un buen ejemplo.
No es que él le hubiera perdido el respeto a los muertos, pero sí le había perdido el miedo a la muerte. Donde otros sentían temor, él sentía rabia y frustración. La silueta distancia del almacén no solo le recordaba el sufrimiento de Stavros y de Janelle, sino también el de su hermano, y por eso, algún día tomaría venganza.
—¿En qué piensas, gata dorada? —La voz de Milo lo tomó por sorpresa.
—Meditaba sobre la vida y la muerte.
—Uh, cuanta profundidad para un gato gordo en un miércoles por la mañana…
—Ya ves. ¿Qué haces por aquí, bichejo?
—Nada.
—¿Nada? —Aioria arrugó las cejas, sintiéndose sospechoso de esa respuesta.
—Nada —recalcó el escorpión, encogiéndose de hombros—. Recordando viejos tiempos.
—Oh… —Esa respuesta tenía mucho más sentido—. ¿Viejos tiempos, o viejas… aventuras?
—Los dos.
La sutil picardía en la mirada cerúlea de su amigo, lo hizo sonreír. Esbozó una sonrisa traviesa y, cruzándose de brazos, se acomodó en el borde de la fuente.
—No tienes remedio.
—Eh, la vida continúa… —Milo lo imitó, sentándose a su lado—. Y hay que aprovecharla.
—Supongo que tienes razón. ¿Cómo estás?
—Soltero y en movimiento.
—¿Y estás bien con eso? —Lo miró de soslayo, aunque el otro no le enfrentó.
—Sí, creo.
Aioria palmeó su hombro y de nuevo, perdió la vista en la gente del pueblo. Había algo especial en observarlos, en verlos conducirse durante su vida diaria.
Desde el ataque y la huída de Loxia, el buen clima se había impuesto, permitiéndoles retomar un poco de normalidad. Los tenderetes en el mercadillo del pueblo habían vuelto a multiplicarse, así como también lo había hecho el número de personas que visitaban el ágora para hacer sus compras. Había miedo, eso era cierto, pero en Rodorio el miedo no era paralizante. Así de valientes eran.
Una silueta más familiar resaltó por encima de los rostros de los aldeanos. Tanto Milo como Aioria entrecerraron los ojos, y sin darse cuenta, comenzaron a seguir sus movimientos. De pronto, ella levantó la vista y sus ojos chocaron con los de los santos. Agachó el rostro con una reverencia, mientras sus pasos la guiaban hasta ellos.
—Aioria, Milo… —Los saludó cuando estuvo a un par de pasos de ellos.
—Svetlana—Aioria la llamó por su nombre—, ¿haciendo las compras?
La rusa asintió. Acomodó la canasta de mimbre sobre su cadera para sentirse más cómoda y recorrió con sus ojos los alrededores.
—Stavros siempre se encargó de que las provisiones llegaran al templo sin complicaciones cada mañana. Pero ahora que ya no está… —dijo la pelirrosa.
—Cosas pequeñas que uno pasa por alto, pero que resultan valiosas.
—Exacto—respondió a Milo, antes de regresar su atención hacia Aioria—. ¿Cómo se encuentra tu hermano?
—Dadas las circunstancias, diría que está bastante entero. No sé bien qué pensar.
—Su situación es complicada. Dividir el cerebro del corazón nunca es sencillo. —Suspiró. A lo lejos, otra de las doncellas la llamó con un movimiento del brazo.
—Te esperan…
—Sí. —Giró para marcharse, pero cuando avanzando un par de pasos se detuvo, y miró atrás— Lo olvidaba…
—¿Qué pasa? —Milo quiso saber.
—Antes estuve en dónde Aletia. Me ha pedido que os dijera que tiene algo para Aioros. No espera que él baje al pueblo en persona a por ello, dado lo sucedido… Pero si alguno de vosotros pudiera pasarse por ahí para recogerlo, os lo agradecería.
—¿Sabes de qué se trata? —Ante el cuestionamiento del santo de Leo, la doncella se encogió de hombros.
—No lo sé, pero Aletia me ha encargado que os dijera. Si tenéis algo de tiempo, daros una vuelta por ahí.
—Lo haremos. Gracias, Sve.
—No hay que agradecer. Os veré por el templo. —Y con una reverencia, se despidió de ellos.
Los santos la observaron alejarse en silencio, hasta perderse de vista entre el gentío. Entonces, unos segundos después, Camus apareció frente a ellos.
—¿Qué hacéis aquí? —cuestionó. Los dos intercambiaron miradas.
—Meditando.
—Viviendo. —Respondieron a la vez. Confundido, Camus ladeó la cabeza.
—Olvídalo, Acuario. ¿Os apetece un helado? Hace un calor de mierda.
—Si tú pagas, acepto. —Milo se puso de pie con un brinco y emprendió el camino seguido de los otros dos.
—Sabía que dirías eso. —El santo de Leo giró los ojos pero no se quejó más.
Agradecía la compañía. Siempre estaría agradecido por sus hermanos.
-X-
Isaak suspiró por enésima vez, mientras esperaba con nerviosismo porque la presencia del Maestro y su comitiva fuera anunciada en el salón del Trono. Ni siquiera la compañía de Camus —con quien se encontró en el pueblo y que le había escoltado hasta el templo papal—, bastaba para calmar sus nervios. Para el Santuario, los últimos días habían sido lo más parecido al infierno que había, y aunque el marina de Kraken se consideraba un joven prudente, presentarse ahí con tanta premura lo hacía sentir incómodo y ansioso.
Por fin, tras lo que le pareció una eternidad, los guardias apostados a los costado de la entrada del Maestro enderezaron sus picas de plata y golpearon el suelo. Entonces supo que Su Excelencia estaba en camino.
—Maestro. —Agachó el rostro y se inclinó en una reverencia cuando la figura de Shion cruzó el marco de la puerta y se dirigió hasta el trono.
—Isaak, mis disculpas por hacerte esperar —saludó el mayor. Tomó asiento, mientras Saga y Aioros tomaron su sitio cada uno de pie al lado del trono. La visita de Isaak había sido tan sorpresiva, que apenas les había permitido recomponerse un poco tras el entrenamiento con Saori.
—No hay necesidad. Entiendo que mi presencia ha sido repentina e inesperada… —dijo el peliverde. Su mirada se fijó en el par de santos dorados y, una vez más bajó la cabeza a modo de saludo—. Saga, Aioros. —Ambos respondieron con un gesto similar al del marina.
Camus ofreció una reverencia a ambas partes, y después se retiró de ahí, a sabiendas que la presencia de Isaak abordaría temas que correspondían solamente al Patriarcado.
—Cuéntame, ¿qué te trae por aquí? —continuó Shion.
—Primero, en representación de Julian y a nombre propio, quisiera expresaros nuestras condolencias. —Bajó la cabeza y por el rabillo del ojo buscó por el rostro del arquero—. Sabemos que han sido tiempos difíciles para vosotros, y solo nos apena venir con lo que, a primera vista, son más problemas. Sin embargo, entendemos que la comunicación entre los aliados es clave para nuestra relación y la supervivencia de todos.
—Os agradecemos, hazle saber a Julian. —Shion esbozó una sonrisa amable, antes de continuar—. Ahora, por favor, háblanos de esos problemas.
—Como sabéis, Tethys nos ha informado de los pormenores de vuestro encuentro con los apolonios. Estamos al tanto de lo sucedido en Lemnos, y también de lo que ha pasado aquí, así como de la participación de Apolo. Es por eso que, tan pronto supimos sobre la batalla con Nomios, algunas situaciones inusuales atraparon nuestra atención.
—¿Situaciones inusuales?
—Sí —respondió al Maestro—. Detectamos anomalías en las corrientes submarinas del Egeo, específicamente en las zonas aledañas al Monte Athos.
—Define anomalías. —Saga intervino, y en el tono de voz y su mirada severa, el marina de Kraken encontró la autoridad que conocía en Kanon, excepto que llevada un paso más adelante.
—El Egeo suele ser un mar tranquilo en estas épocas del año. Sin embargo, sus aguas se mecieron enfurecidas durante el combate entre Aioros y Nomios. Al principio pensamos que se trataba de un efecto colateral del poder que se mostró esa noche, pero no fue así. Tras la aparición de Loxia, Julian decidió que valía la pena investigar más a fondo lo sucedido. Baian y yo nos trasladamos hasta ahí, hasta el punto donde los movimientos marinos se sintieron con más violencia: el monasterio de Megisti Lavra.
La mención robó un gesto de sorpresa al lemuriano. Levantó los lunares, para fruncir el ceño inmediatamente después.
—Megisti Lavra es el más importante de los monasterios en esa zona —replicó Shion.
—Era.
—¿Era?
—No encontrarás esta información en los telediarios, o en los periódicos, ni siquiera en internet. Los monasterios del Monte Athos son comunidades blindadas, el sitio perfecto para mantener un secreto. Megasti Lavra ha visto desaparecer a todos sus monjes e inquilinos. No hay señales de ninguno de ellos por ningún sitio, aunque la presencia residual de una cosmoenergía desconocida ha permanecido impregnada en el ambiente.
—Entonces no ha sido ninguna casualidad.
—No, Excelencia. No hay señales de vida, pero tampoco hay señales de muerte. No hay sangre, no hay cuerpos. Lo único que han dejado atrás son evidencias de una huída desesperada.
—¿Sabemos si este misterioso visitante se ha llevado consigo algo, o tuvo una misión en específico? —Quiso saber Saga. Isaak negó con el rostro.
—No. Como os dije, las comunidades de monjes en Athos son demasiado cerradas y misteriosas, incluso para el mundo moderno. Los misterios que se ocultan tras los muros de sus fortalezas son incontables. A primera vista, no hay nada que llame la atención.
—Como seguramente os fue informado, uno de los guerreros de Apolo tiene la capacidad de controlar los elementos, incluido el agua. ¿Es posible que pudiera encontrarse involucrado? —Arles terció. Se encontraba a unos pasos del trono, atento a cada palabra de la conversación.
Shion miró del santo de Altaír al marina, intrigando por la pregunta pero más por la respuesta. A pesar de la información arrojada por Asterion, aún existían muchas dudas al respecto de los niveles de fuerza y cosmos de sus rivales, que sin duda eran la mayor preocupación del Patriarca.
Quizás era por eso que las respuestas y explicaciones que Isaak pudiera dar le eran de tanto interés.
—Es posible, sí. Pero poco probable… A menos, claro está, que se trate de un enemigo extremadamente poderoso, superando por mucho el nivel de batalla que han demostrado Loxia y Nomios.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Aioros.
—Básicamente, por la facilidad y el modo en que ha dominado las aguas en más de una ocasión, arrancando el control a Julian. Alguien que puede superar a un dios de tal forma, y encima hacerlo sin ser localizable… No pretendo demeritar vuestros esfuerzos, pero eso significaría estar muy encima del nivel de los apolonios que conocemos.
—Tiene lógica. —Saga acotó con amargura. Igualmente contrariado, Shion meneó el rostro.
—El cosmos residual que habéis sentido, ¿hay algo en él que pudiera deciros algo?
—No lo sé. Puedo deciros que no es como nada que haya sentido jamás. —Issak se tomó un momento de reflexión—. Aunque…
—¿Aunque?
—Su esencia deja una sutil peste a corrupción… —La expresión confusa de los santos lo obligó a continuar—. Es una comparación lejana, pero me recuerda ligeramente al efecto del anillo Nibelungo sobre Hilda.
La mención hizo a Shion fruncir el ceño. La paz que su semblante usualmente transmitía se apagó y solo el disgusto permaneció impregnado en su rostro inmaculado. Le tomó unos segundos retomar el control, y se encontró soltando el aire con lentitud en busca de calma.
Si Isaak estaba en lo cierto, y el cosmos enemigo era un cosmos corrupto y con un poder superior al de un dios como Poseidón, entonces el peligro que enfrentaban era mucho mayor de lo que imaginaba. Encima, tenía muchas sospechas, porque Apolo no era un dios cuya energía se distinguiera por su corrupción. Era el dios del Sol, y aunque hubiera tomado un camino de destrucción hacia la humanidad, no dejaba de representar la vida.
—¿Qué decisión ha tomado Julian respecto a esto? —Saga se le adelantó.
—¿Eh?
—¿Pensáis continuar con las investigaciones?
—Oh, en realidad, deseábamos consultar primero con vosotros porque...
—Seguidlo. —Incluso Shion se sorprendió cuando las voces de sus santos de Géminis y Sagitario resonaron a la vez.
—Sabemos que Apolo es uno de nuestros enemigos. Uno. —Aioros habló. Después, Saga tomó la palabra.
—Creemos que tiene un cómplice, al cual no hemos sido capaces de identificar. Pero es posible que la clave del misterio esté en Megisti Lavra y, por lo tanto, en vuestras manos.
—Si requerís de ayuda, decidlo y la tendréis. Solo… no perdáis el rastro.
Isaak asintió, aunque buscó con disimulo por la mirada del lemuriano, ansioso por su aprobación. La expresión en su rostro lo dijo todo por él.
—Ya has escuchado, Isaak —dijo, por si quedaba alguna duda—. Si Julian está de acuerdo, continuad con vuestra investigación en Athos. Contáis con nuestro apoyo y únicamente os pediríamos que nos mantuvierais informados.
—Por supuesto.
El joven peliverde ofreció una reverencia, agachando la cabeza. Fue por eso que no alcanzó a distinguir que, a pesar de la consternación, había un brillo de orgullo en los ojos amatistas de Shion. Era un padre que disfrutaba de esas pequeñas satisfacciones que sus niños le obsequiaban.
-X-
Cuando Kanon llegó, lo primero que llamó su atención fue el innegable cansancio que dejaba en manifiesto la obvia e inquietante vulnerabilidad en aquellas dos caras que se mantenían estoicas la mayor parte del tiempo. Saga, que estaba fumando apoyado en la ventana abierta, vio de soslayo hacia él cuando lo escuchó entrar; y Aioros, alzó el rostro del mapa que contemplaba sin ver.
—¡Saga! ¡Apaga eso de una vez y cierra la ventana! —la orden de Arles tronó en la habitación con la irritación palpable en su voz.
—Ya, ya… —el gemelo mayor dio una última calada ansiosa al cigarrillo antes de apagarlo en el cenicero. Dejó escapar el humo con deliberada lentitud y finalmente, cerró la ventana tal y como el mayor había ordenado—. Relájate, Arles.
—¿Qué me he perdido? —preguntó Kanon, ciertamente divertido, dejándose caer en una de las butacas.
—Bueno, como ya sabrás hoy tuvimos la inesperada visita de Isaak, con un mensaje de Atlantis —aclaró Shion. Kanon asintió—. Al parecer, hay ciertas anomalías en las cercanías del Monte Athos —el gemelo alzó una ceja.
—¿Qué anomalías son esas?
—Durante nuestros combates con Nomios y Loxia, hubo movimientos marinos violentos y extraños que alarmaron al propio Julian. —Aioros buscó su mirada antes de continuar—. Envió allí a Isaak y Baian y... básicamente no encontraron nada.
—Nada en el sentido literal de la palabra —aclaró Saga.
—No hay rastro de los monjes, ni de vida en general, pero tampoco hay sangre, cadáveres o rastro de batalla. Sin embargo, parece ser que lo que sí que hay son residuos de una cosmoenergia desconocida y ligeramente… —dijo dubitativo.
—¿Ligeramente…? —Kanon animó al arquero a continuar, porque admitía que le comía la curiosidad. No solamente por lo que le estaban contando, sino porque se lo estaban contando a él precisamente.
—Corrompida. —Los ojos del gemelo menor chocaron con los de Shion—. Te hicimos llamar porque Isaak mencionó algo concreto que nos descolocó, pero en lo que quizá tú puedas ayudar.
—Me estáis poniendo nervioso entre todos, ¡por los dioses! Escupidlo de una vez… —la impaciencia empezaba a ganarlo.
—Isaak dijo que su impresión cuando llegó a Megisti Lavra y sintió aquel cúmulo de energía residual le recordó al efecto que provocaba el Anillo de los Nibelungos en Hilda. —Kanon frunció el ceño y se revolvió incómodo en su asiento—. Nadie mejor que tú conoce los detalles de eso, ni del funcionamiento exacto de Atlantis.
—¿Y la pregunta es…?
—No es una pregunta como tal. Si Isaak no se equivoca, y asumimos que no lo hace —Saga tomó la palabra—, nuestras sospechas se confirman y, además, se agravan. Poseidon no es un Olímpico cualquiera, y es cierto que ahora su poder está limitado, pero arrebatarle el control de los mares y que no encuentre una explicación es… —jugueteó con la caja de tabaco entre sus manos, mientras lo miraba de frente.
—Muy complicado. —Tomó una bocanada de aire, meditabundo—. Yo nunca controlé su cosmos… solamente lo manipulé jugando con sus intereses. Es muy diferente al anillo. —Su mirada voló por los rostros de sus acompañantes—. Si lo que queréis saber es cómo funcionaba el anillo sobre el cosmos de Hilda, creo que el modo más fácil de describirlo es como si fuera una especie de sello. Uno maldito, pero un sello, al fin y al cabo. No es que la controlase a ella como una posesión… —Miró a Saga fugazmente—, sino que simplemente la corrompió. Todos tenemos un lado oscuro, y el anillo lo reforzaba y lo acrecentaba.
—La cuestión es que… tampoco están controlando el cosmos de Poseidón, ni corrompiéndolo, solo… —Aioros no encontró una descripción exacta de lo que sucedía y, con cierta desesperación se revolvió los rizos, para posteriormente sobarse los ojos.
—¿Es posible que Apolo esté siendo controlado por alguien más? —preguntó Kanon.
—Puede ser, históricamente Apolo es un dios de luz, de vida… Pero todos sabemos que eso no importa nada si llega un momento en que los dioses deciden que no les gusta como son las cosas. —Shion suspiró tras escuchar a Saga. Tenía razón—. Hemos pedido a Atlantis que sigan investigando este asunto, ¿crees que puedan hacerlo? —Una minúscula sonrisa se dibujó en el rostro del antiguo marina—. Con efectividad, me refiero…
—Pueden. Si Julian os está informando de cada paso es porque honra la alianza y… —se encogió de hombros—, es demasiado orgulloso como para quedar en ridículo frente a nosotros otra vez. Además, Isaak es un chico eficiente.
—¡Enhorabuena, Kanon! Desde hoy eres el Asesor del Departamento Marino del Santuario.
El gemelo alzó una ceja, sorprendido, y rompió a reír. Sin embargo, el comentario de Aioros, improvisado y cómico como había sonado, era mucho más importante para él de lo que ninguno de los presentes imaginaba.
—¿Gracias? ¿Tendré una plaquita identificativa o algo? ¿Tarjeta de visita?
—Tampoco te pases… —masculló el castaño de vuelta y el peliazul se encontró rodando los ojos.
—Bueno, chicos, retiraos y descansad un poco —ordenó Shion—. Están siendo días largos y duros… —Y por lo que veía, sus dos segundos eran capaces de caerse al suelo de cansancio en cualquier momento—. Mañana será otro día.
Casi a la vez, Saga y Aioros asintieron y abandonaron la estancia. Kanon les siguió, apenas unos pasos más atrás. Pero cuando se hubieron alejado unos metros del despacho, el gemelo menor se humedeció los labios. Llevaba tiempo dándole vueltas a un asunto en su cabeza… y lo cierto era, que aunque le ponía tremendamente nervioso, ningún momento le parecía mejor que aquel para afrontarlo. Así que tomó una bocanada de aire y finalmente dio el paso.
—¿Aioros? —llamó. El arquero se detuvo y volteó a verlo. Saga, a su lado, hizo lo propio con curiosidad—. ¿Podemos hablar un momento?
La cara de sorpresa en el rostro del castaño fue tan obvia como la de su hermano. Pero Kanon tenía un propósito y no iba a dejar pasar la ocasión. Aioros asintió, y cuando el gemelo lo invitó a seguirlo con un gesto de su cabeza, el arquero volteó a ver a Saga fugazmente. El mayor se encogió de hombros, no sin cierto nerviosismo, y Aioros no tuvo más remedio que acceder a la invitación en soledad.
—Tú dirás… —musitó, mientras el aire frío del atardecer le provocaba un escalofrío. Aunque a decir verdad, no sabía si era el viento… o el propio Kanon.
—Tranquilo, no voy a arrojarte por ningún barranco ni nada parecido… —aclaró con una risa nerviosa el peliazul.
—Me consuela saberlo… —Más o menos.
Se encontró imitando la sonrisa nerviosa. No sabía qué era peor: que Kanon quisiera hablar en privado con él, o que bromeara a causa del nerviosismo que él mismo sentía. Nerviosismo obvio y que el gemelo no estaba siendo capaz de disimular. Pero ahí estaban, los dos, incompatibles como agua y aceite desde hacía más de quince años.
—Escucha… —suspiró y se humedeció los labios una vez más. Paseó su mirada por el jardín fugazmente, hasta que sus esmeraldas se clavaron con firmeza en los ojos azules del arquero—. Llevo un tiempo pensando en esto, y… bueno, llegó el momento. —Aioros frunció el ceño un poquito más y empezó a sudar frío.
—Te escucho…
—Quiero pedirte perdón. —Aioros contuvo la respiración—. Por todo…
El santo de Sagitario no dejó de mirarle un solo segundo. Aquellas cinco palabras le habían pillado tan de improviso, que… se sintió incapaz de hacer o decir nada que no fuera escuchar con atención.
—Sé que después de todos estos años no significa nada, que no supondrá ningún cambio ni arreglará ninguno de los desastres que he ocasionado en los últimos veinte años, pero… Mi ritmo para aceptar las cosas es un tanto diferente al de los demás. Soy orgulloso, soy necio y envidioso. Soy consciente de ello desde hace muchísimo tiempo. Sé que tengo una lista inmensa de defectos que son… —agitó los brazos con resignación—. Necesito sentirme importante, porque tengo un complejo de inferioridad lamentable, y necesito destacar… del modo que sea. Tú has sido el medio más fácil para hacerlo desde que éramos niños. —Tragó saliva—. Nunca me hiciste nada malo… hubo un tiempo en que fuimos hermanos y no concebía mi vida sin tí. En esos años fui muy feliz.
Kanon sonrió, y lo hizo con una sonrisa que removió algo dentro de Aioros, era aquella sonrisa que lo recibió con los brazos abiertos cuando llegó al Santuario.
—Pero… —agachó la mirada con tristeza—. Me quedé atrás, me perdí… Odiarte era fácil. Saga y tú… —Su voz se quebró sutilmente—. Tú nunca me lo quitaste, fui yo quien lo apartó. Fui yo quien se esforzó por hacerle tanto daño como fuera posible… Y tú… —Lo miró de nuevo—. Cuando volvimos me sentí tan sobrepasado por estar rodeado de tanta grandeza otra vez, que volví a sentirme pequeño y perdido. Volví a sentirme sin un lugar, y… ¡Joder! Es fácil para mí haceros daño… Es tan fácil que… —negó con un gesto de su cabeza—. Ha llegado un momento en mi vida que ya no quiero ser esa persona. Ya no quiero ser la piedra en el camino de nadie, ni en el tuyo, ni en el de Saga. No quiero restar… quiero sumar.
Aioros entreabrió los labios, pero ninguna palabra salió de ellos. Decir que estaba perplejo era quedarse corto, pero no podía interrumpir aquel torrente de palabras. Nada de lo que Kanon dijera curaría las heridas causadas, pero lo cierto era que al menos sentía alivio.
—Lo siento mucho, Aioros. Te he puesto las cosas mucho más difíciles de lo que ya eran sin un motivo más que mi inseguridad y mi miedo infantil. ¿Podemos…? —lo miró con el miedo y la duda tatuada en sus ojos verdes—. ¿Podemos intentar empezar de nuevo...?
Kanon le tendió la mano. El corazón parecía dispuesto a estallar en sus sienes, pero necesitaba afrontar aquello. Había ensayado esa conversación en su cabeza cientos de veces, y estaba preparado para recibir una patada en el culo y escuchar un "vete al infierno". A decir verdad, el resultado de la conversación era un extra… Lo que realmente necesitaba era estar en paz consigo mismo.
Tras unos segundos que parecieron eternos, Aioros estrechó su mano y, por un momento, el corazón de ambos pareció tronar al unísono. Kanon había removido el suelo bajo sus pies. No cambiaba nada de lo que había pasado, pero escuchar aquellas palabras había sido como escalar la más escarpadas de las montañas y coronar, finalmente, la cima.
—Encantado de conocerte. Soy Aioros... —tiró de él, y lo atrajo hacia sí en algo parecido a un abrazo torpe—. Nada de esto cambia el daño ocasionado, Kanon, has sido un reverendo imbécil sin corazón, pero… tenemos que crecer en algún punto, ¿verdad? No somos los más hábiles con eso, pero podemos intentarlo juntos. —Kanon asintió—. Te agradezco que…
—Siento mucho lo de Janelle…
Escuchó su voz, suave como nunca había utilizado cuando se refería a él, y Aioros se estremeció. Sabía que estaba siendo sincero y eso bastaba. Podía funcionar, o no, pero al menos el propósito sincero de cambiar estaba ahí. Quizá nunca serían los mejores amigos. Eso daba igual.
Lo que realmente importaba era que, finalmente, estaban en paz.
-X-
Naia entró a Sagitario con cierto recelo.
En los últimos días, se había acostumbrado a ser recibida con una sinfonía de ladridos y aullidos por parte del nuevo habitante del templo. Nomás pisar las escaleras que llevaban a los privados, el cachorro se encargaba que las doce casas supieran que había visitas en el templo del centauro. Era una máquina de hacer ruido. Sin embargo, esa noche había sido la excepción.
Su primera idea fue que quizás Aioros se había ido a la cama temprano. Su humor en los últimos días había estado lleno de altibajos. La mayor parte del tiempo parecía muy capaz de sobrellevar su tristeza y rabia, pero había una transparencia especial en su mirada que lo traicionaba. Era notorio de manera especial cuando la privacidad de Sagitario lo arropaba, y cuando sentía que las miradas extrañas se alejaban de él. Pero Naia podía notarlo.
Había tratado de orbitar cerca de él, sobre todo esos días. Quería asegurarse de que no tuviera que atravesar solo por aquella experiencia, al igual que lo querían el resto de los chicos.
Aioria y Shura habían estado presentes en todo momento. Los demás chicos también estaban atentos, aunque quizás no con tanta cercanía como los primeros dos, y por supuesto, Shion había mantenido sus ojos vigilantes sobre él a cada segundo.
La luz que se colaba por las rendijas de la puerta de los privados, acusó que sus inquilinos aún estaban despiertos. Así que más confiada, Naiara se atrevió a entrar. Echó un vistazo al salón, que se abrió frente a ella, y lo que encontró dentro, la dejó boquiabierta.
Aioros y Aioria estaban sentados en el sofá, uno junto al otro. La cabeza del santo más joven descansaba sobre el hombro de su hermano. Mordis hacía lo propio, dormitando en el regazo del arquero, envuelto en su manta y con su trozo de capa geminiana bajo el morro. Los dos castaños estaban particularmente silenciosos, mientras su atención se centraba en el pequeño artefacto en las manos del arquero. Naia ladeó el rostro, y sus ojos exóticos se tiñeron con curiosidad.
—¿Eso es… un móvil? —preguntó, y su voz los tomó a ambos por sorpresa.
—Naia…
—Caelum… —dijeron a la vez. Mordis abrió los ojos con pereza y bostezó. Soltó un pequeño y desangelado aullido antes de retomar su siesta.
—¿De dónde lo habéis sacado?
—El padre y hermana de Janelle vinieron a por lo que quedó de sus cosas —explicó Aioros, y mientras hablaba, la voz le tembló y los ojos se le humedecieron por un instante—. Se llevaron prácticamente todo, aunque han dejado esto. Tiene algunas fotos, que copiaron en su móvil… y dejaron esto para mí.
—Aletia me lo entregó esta mañana. Ella ayudó a la familia con las pocas pertenencias que quedaron atrás —complementó Aioria.
—Entiendo. Es un lindo detalle. —Sonrió a Aioros y éste le sonrió de vuelta—. ¿Habéis dilucidado el modo de usarlo?
—Bueno… —Aioria esbozó una expresión graciosa que respondió la pregunta de la amazona.
—Un poco. —Al menos Aioros estaba más optimista.
—Un poco, dice… Llevamos todo el rato aquí. —El más joven giró los ojos—. Es un milagro que no hayamos decidido aventarlo contra la pared. Ya sabes, paciencia de fuego. —Naia soltó una risa al escucharlo. Algo sabía de eso.
—Eh, qué exagerado.
—Y tú optimista como siempre, hermano mío…
—Ya sabemos sacar fotos, usar algunas aplicaciones y hemos realizado nuestra primera llamada…
—¿Llamada? ¿A dónde?
Los dos guardaron silencio.
—Bueno, hemos marcado y una grabación nos dijo muy amablemente que estamos fuera del área de servicio, así que… —Aioria se encogió de hombros y Naia estalló en carcajadas.
—¡Pero cuenta como llamada! —Se defendió Aioros, pero sin ningún éxito para aplacar la risa de la amazona.
—¡Ay, por los dioses!
—Te ríes demasiado de nuestras desventuras.
—¡Lo sé! ¡Lo siento! —Naia trató de contenerse del mejor modo que pudo—. Te traje una galletas.
—Oh, gracias…
—Vamos a engordarlo de tanto cariño —terció Aioria, antes de que su hermano pudiera continuar—. Shura acaba de irse, le trajo tortilla española calentita.
—¿En serio?
—Sí, y yo le traje un par de cupcakes de la cafetería nueva. Ahora tú le traes galletas...
—Bueno, ya sabes el dicho: "quien te quiere, te alimenta".
—No existe tal dicho —replicaron los hermanos a la vez, y la amazona estalló en risas de nuevo.
—¡Bah! Seguro que sí lo hay.
Mientras la veía reír, Aioros guardó silencio. Esbozó una sonrisa tranquila y se perdió por un momento en la breve conversación entre Aioria y Naia. Después, sus ojos abandonaron a aquel par para volver a centrarse en el artefacto entre sus manos. Fue hasta que volvió a sentir las miradas sobre él, que reaccionó.
—¿Qué pasa…? —cuestionó.
—Hey… ¿Por qué no dejas que Naia te ayude con el móvil? —sugirió Aioria.
—No es necesario. Tengo mucho tiempo libre para aprender… Pero, gracias.
—¿Mucho tiempo libre, Ilustrísima? —La sonrisa traviesa e incrédula de Naia, lo hizo esquivar esos ojos violetas.
—Sí... Cuando vuelvo a casa por las noches.
Entonces, tanto Aioria como Naiara guardaron silencio. Las sonrisas se borraron de sus rostros, y tras intercambiar miradas, supieron que compartían la misma preocupación.
—¿Sigues con los problemas para dormir? —preguntó el más joven con una suavidad inusitada para él. La falta de respuesta por parte de Aioros lo hizo suspirar.
Aioros ya le había contado antes acerca de ello. Por las noches, cuando regresaba a Sagitario, su cerebro se esforzaba en sabotearlo, trayendo consigo cada pensamiento oscuro que el día ayudaba a disolver. Eran noches largas, de insomnio o de pesadillas, y por la mañana una horrible sensación de cansancio y ansiedad lo arropaba hasta que conseguía distraer su mente con algo más que no fuera Janelle.
Y aunque Aioros había sido lo suficientemente valiente para esconderlo, su mirada agotada y la tez oscura alrededor de sus ojos comenzaban a acusar que la situación estaba fuera de control.
Aioria quería ayudar. Excepto que no sabía cómo.
Ya era lo bastante dificil hacer que Aioros abordara el tema, así que insistir solo iba a contribuir al detrimento de la situación. Quizás lo único que le quedaba por hacer era esperar y darle tiempo al tiempo. Decían que el tiempo ayudaba a sanar, y mientras ese momento llegaba para su hermano, solo podía estar ahí.
—Raissa dijo que podía darte algo para conciliar el sueño —continuó el león, esperando que su sugerencia no cayera en oídos sordos—. Es normal que debido a todo lo que estés pasando…
—No me gustan las pastillas, ni los brebajes.
—A veces son necesarios —Naia intentó intervenir, pero el santo de Sagitario meneó la cabeza, dejándola saber sus pensamientos. Luego, levantó la mirada y sus ojos azules se centraron en los de ella.
—No me gustan.
—Pero…
—Eudora me dio las pastillas para dormir después de la pelea con Nomios —dijo el arquero. Sonó apenas como un murmullo—. Me hicieron sentir tonto y mareado. No pude darme cuenta de lo que sucedía sino hasta que… —Entonces, la voz se le rompió y los zafiros de sus ojos se cubrieron en lágrimas contenidas—. Si no las hubiese tomado, quizás…
—Oye, no… —Los brazos de Aioria lo rodearon, atrayéndolo contra él—. No pienses eso. Lo que sucedió con Janelle no fue culpa tuya. No fue culpa de nadie.
—Tal vez. Pero pude haber hecho algo más… Pude ayudar a Saga… Salvarla… Verla…
Aioria apretó el abrazo.
Tanto él, como Aioros, como cualquiera… Todos sabían que el destino de Janelle y Stavros se había sellado el día en que Loxia los escogió para esconderse. El resto —su cercanía a las doce casas, su relación con Aioros— había sido obra de la casualidad, jugando a favor del Apolonio.
Pero como en toda pérdida, la aceptación llegaba mucho después de la culpa y de la rabia. Y Aioros tenía derecho a vivir su duelo.
Observó en silencio cuando la amazona se agachó frente a ambos y, con suavidad, envolvió las manos de su hermano entre las de ella. Ladeó el rostro, buscando el semblante descompuesto de Aioros, hasta que su mirada atrapó la suya. Entonces, le sonrió.
—Tienes que ir con cuidado, arquerito. —La escuchó decir. Podía ver la humedad en sus ojos violeta y su voz temblaba ligeramente, pero la sonrisa en su rostro no se borraba—. Los móviles crean adicción. —Rió torpemente cuando lo vio sonreír—. Antes de que te des cuenta, tendrás tu vida en una de estas cosas.
—Espero no llegar a tanto… —dijo él, con la voz ronca y ensombrecida.
Compartieron una risa torpe y triste que despertó al cachorro. Mordis levantó la cabeza, soltó un aullido apenas audible y lamió la nariz de la amazona, antes de volver a acurrucarse. Al contemplarlo, los tres rieron y, al menos por un instante, las penas desaparecieron.
—Oh… lo olvidaba —Aioria y Naia voltearon hacia él—. Kanon me ha pedido perdón. Por todo.
-X-
—¿Qué haces? —Saga alzó la vista de los pergaminos que había esparcidos sobre la mesa del despacho de Géminis.
Deltha lo miraba con interés desde la puerta. En pijama, con las manos ocultas en las mangas del jersey… y el pelo corto recogido en dos coletas. Saga sonrió. Ni siquiera el cansancio fue capaz de afear aquella sonrisa tan genuina que se dibujaba en su cara al verla… y Deltha se dio cuenta de ello.
—Leer… —La amazona caminó a saltitos hasta él, y con el ceño fruncido oteó los viejos y decrépitos papeles.
Tomó uno entre las manos y, con la nariz arrugada, comenzó a leer. Griego antiguo. Hacía tantos años que no leía nada en aquel idioma lejano, que temía haberlo olvidado. Sin embargo, aliviada, descubrió que por fortuna no había sido así.
Ares. Eso era lo que leía.
—¿No estás cansado para leer esto...? —musitó, apartando un mechón de melena azul, mientras se sentaba cómodamente sobre sus piernas—. Ha sido un día largo…
Rápidamente, Saga rodeó su cintura con los brazos, y la atrajo hacia sí en un abrazo. Dejó un beso fugaz sobre sus labios, y después la estrechó un poco más, absorbiendo el aroma de su cabello.
—Sí… pero me gustaría organizar un poco todos estos pergaminos para ver que...
—¿Qué buscamos? —preguntó con interés.
—No lo sé… —Saga la miró de soslayo mientras se encogía de hombros—. Cualquier cosa útil: la lanza, puntos débiles, sellos…
No esperaba compañía en esa cruzada obsesiva que mantenía contra el dios de la guerra. Sabía que lo más seguro era que visto desde fuera, resultara aún más enfermizo de lo que se sentía. Pero no podía quedarse aguardando el momento en que Ares decidiera regresar. No podía quedarse quieto y esperar un golpe que no sabía de dónde provendría.
—Cada detalle cuenta… por mínimo que sea.
—De acuerdo, ¿esto tiene algún orden? —Tomó algunos de los papeles con las manos—. Porque podemos dividirlo en dos… tú empiezas por un montón y yo por otro.
—No tienes que… —comenzó a decir, mientras la miraba.
—No, no tengo que hacer nada. —Sujetó su rostro con las manos, y besó sus labios con suavidad—. Pero quiero hacerlo. Quiero ayudarte del modo que sea. Y empezar por aquí me parece una magnífica idea… Somos un equipo, Saguis.
Saga sonrió cuando la escuchó llamarlo así. Hacía tiempo que se había sacado aquel mote de la manga, y lo cierto era que le hacía mucha gracia. Sin embargo, lo mejor de todo no era aquel apelativo cariñoso. Lo más satisfactorio de la situación era que Deltha hablaba con total sinceridad. Quería ayudar y caminar a su lado.
La observó unos minutos en silencio, mientras ella leía con atención. Solamente se escuchaba el crepitar de la chimenea encendida y su respiración pausada. Saga escurrió sus manos bajo el jersey de ella, en busca de un poco de calorcito extra. Deltha le dejó hacer, dando un respingo cuando sintió la intromisión.
—¡Estás helado!
—Es una suerte que estés aquí para darme calor —Ella rió.
—Eso ha sonado sucio, Géminis.
—Un poquito, ¿verdad? —su risa se unió a la de ella—. Pero hablando en serio… —Depositó un beso fugaz sobre el hombro de la amazona—. No podemos follar sobre estos pergaminos, Apus —dijo con travesura—. Tienen siglos de antigüedad y…
—¿Quién dijo nada de follar? —Deltha se balanceó tentadora sobre él—. Yo solo vine a ayudarte en tu labor de investigación —una risilla traviesa abandonó sus labios—. Totalmente inocente y desinteresada…
—Ay… —rió con ella—. Il mio uccellino...
La amazona ladeó el rostro al escucharlo. Apoyada contra él, cerró los ojos y llevó la mano a la melena azul. La acarició con suavidad y se dejó abrazar. Nunca la había hablado en italiano antes, y por qué lo había hecho en aquel momento era un misterio, ¡pero sonaba tan bonito en su voz!
—Tuyo… tu pajarito.
—Continuará...—
NdA:
Damis: Ejem… una vez más, aquí estoy pidiendo perdón. ¿Qué puedo decir? ¿Alguien por ahí conforme con el 2020? ¿No? ¿Nadie?
Sunrise: Por fortuna, las dos estamos bien, al igual que nuestras familias. La pandemia ha trastocado mucho nuestras vidas, como las de todos, pero no hay nada que lamentar.
Kanon: Mientras, nosotros aprovechamos para tomar vacaciones.
Aioros: Si alguien se pregunta qué sucedió después de que les contará a Naia y Aioria sobre Kanon… Sí, tal y como muchos sospechais, se me cayeron del susto. Pero ¡nada grave que lamentar!
Gato: ¡Uno no puede soltar una noticia así sin avisar!
Saga: Y yo muriendo de curiosidad.. T_T
Mordis: ¡Auuuuuuuu!
Kanon: Todos hacen mucho alboroto... Todos menos el perro, el perro es simpático...
Aioros: Lo es... se parece a mí n_n
Kanon: ... El antiguo yo diría que también es baboso, escandaloso y dependiente del olor de Saga... Pero eso lo diría el antiguo Kanon n_n
Saga: Idiota.
Shion: Afortunados que somos de tener al nuevo Kanon :_)
Aio: Sí, mucho...
Milo: ¿Y bien? ¿Cuando iremos a destruir cosas? ¡Estoy aburrido!
Arles: Tranquilo, cuando me veas en acción se te pasará el aburrimiento :)
Santitos: *_*
Sun: ¡Chicos! ¡A despedir el capítulo y nos vemos en 6 meses!
Kanon: ¡Más vacaciones!
Aio: Wiii
Damis: ¡Feliz Navidad! ¡Feliz 2021! ¡Feliz primavera! ¡Feliz verano!
Saga: ¡Adiós!
