7
La despedida. La decisión de los compañeros
El banquete celebrado en Qualinost le recordó a Daenerys el que se había organizado con motivo del funeral de su madre. Rhaella, al fin y al cabo, se había convertido en una diosa, por tanto su funeral, al igual que el banquete, debería haber sido una alegre celebración. No obstante, a todos les había resultado muy difícil aceptar la muerte de aquella bella mujer y habían sentido una tristeza rayana a la blasfemia. El banquete del funeral de Rhaella había sido el más cuidadosamente organizado de todos los celebrados por los Que-shu, pues su apenado esposo no había reparado en gastos. Al igual que en el de esta noche en Qualinost, había grandes cantidades de comida, aunque los comensales tenían poco apetito. También hubo varios intentos fallidos de conversación, pues en realidad nadie quería charlar. De tanto en tanto, alguna persona, vencida por la tristeza, se veía obligada a abandonar la mesa. El recuerdo era tan intenso, que Daenerys pudo comer muy poco; la comida le sabía a cenizas. Drogo la observaba preocupado. Buscó la mano de la mujer y la estrechó con fuerza, sonriendo e intentando transmitirle coraje. El banquete de los elfos se celebraba en el patio que había al sur de la gran torre dorada, sobre la colina más alta de Qualinost. Allí habían instalado una plataforma de cristal y mármol desde la que se disfrutaba de una amplia vista de la resplandeciente ciudad y del oscuro bosque, y desde donde, incluso a lo lejos, se podía divisar la púrpura silueta de las Montañas Tharkadan. No obstante, para los invitados, aquella belleza era en realidad dolorosa, ya que pronto había de desaparecer para siempre. Daenerys estaba sentada a la derecha del Orador. Este intentaba mantener una conversación cortés, pero poco a poco, embargado por la preocupación, fue callando hasta guardar silencio. A la izquierda del Orador se sentaba su hija Clarke, quien ni siquiera simulaba comer, sólo permanecía sentada con la cabeza gacha y su largo cabello ocultándole el rostro. Cuando levantaba la mirada, era para observar a Lexa con contenida emoción.
La semielfa, que se daba perfecta cuenta de aquella mirada acongojada y también de que Finn la observaba con frialdad, comía sin apetito, sin apartar la mirada del plato. Lincoln, sentado a su lado, ideaba planes para defender Qualinesti. John se sentía extraño y fuera de lugar, como se sienten siempre los enanos cuando están entre elfos. De todas formas no le gustaba la comida y lo rechazaba todo. Octavia mordisqueaba ausentemente su comida mientras sus dorados ojos examinaban a Fizban. Echo, sintiéndose torpe entre las elegantes mujeres elfas, no pudo probar bocado. Bellamy decidió que ya entendía por qué los elfos eran tan esbeltos: la comida consistía en fruta y verduras cocinadas con deliciosas salsas, todo ello servido con pan, queso y un vino ligero. Después de haber pasado tanta hambre en la jaula durante cuatro días, una comida tan ligera no satisfacía las necesidades del guerrero.
Los únicos que disfrutaron del banquete fueron Raven y Fizban. El viejo mago seguía manteniendo el monólogo con un álamo, mientras Raven se dedicaba a disfrutar de todo, descubriendo más tarde —para su sorpresa— que dos cucharones de oro, un cuchillo de plata y una pequeña bandeja hecha con una caracola de mar estaban en una de sus bolsas.
La luna roja estaba escondida. Solinari era un estrecho hilo de plata que comenzaba a ascender en el cielo. Cuando las primeras estrellas comenzaron a aparecer, el Orador de los Soles le hizo una señal a su hijo. Finn se levantó, se situó al lado de su padre y comenzó a cantar. La letra, en idioma elfo, sonaba bella y delicada. Mientras cantaba, el elfo sostenía en sus manos un farolillo de cristal, con una pequeña vela que iluminaba sus rasgos marmóreos. Lexa, hundiendo la cabeza entre las manos, cerró los ojos para escuchar la canción.
—¿Qué significa la letra? –le preguntó Lincoln en voz baja.
Lexa alzó la cabeza y con la voz empañada susurró.
El Sol ese ojo maravilloso
de nuestro firmamento,
se sumerge en la noche.
Dejando al soñoliento cielo
cuajado de luciérnagas,
oscureciéndose de gris.
Los elfos reunidos alrededor de la mesa, que hasta entonces habían permanecido callados, alzaron sus propias lámparas y se unieron a la canción. Sus voces se fundieron entonando una melodía impregnada de infinita tristeza.
Duerme ahora,
nuestro más viejo amigo,
arrullado entre los árboles.
Llamándonos.
Las hojas
despiden un frío fuego,
fundiéndose en cenizas
cuando el año acaba.
Y los pájaros
dejándose llevar por los vientos,
se dirigen al norte
cuando finaliza el otoño.
El día se hace más oscuro,
las estaciones se desnudan.
Pero nosotros
aguardamos el fuego verde
del sol sobre los árboles
Las titilantes llamas de los farolillos se extendían por el patio hasta las calles y el bosque, como pequeñas olas en un estanque calmo y sereno. Cada vez que un nuevo farolillo se iluminaba, otra voz se unía a la canción, hasta que el bosque mismo parecía participar en la ceremonia.
El viento
hace que pasen los días.
En cada estación, en cada luna
surgen grandes reinos.
El respirar
de la luciérnaga, del pájaro,
de los árboles, de los hombres,
se funde en la palabra.
Duerme ahora,
nuestro viejo amigo,
arrullado entre los árboles.
Llamándonos.
La edad,
los miles de vidas
y de historias que los hombres
se llevan a su tumba.
Pero nosotros,
generosos en
gloria y poesía,
nos unimos a la canción.
La voz de Finn fue extinguiéndose. Con un suave soplo, apagó la llama de su vela. Los comensales finalizaron la canción y apagaron sus velas uno por uno, tal como habían comenzado. En todo Qualinost se fueron silenciando voces, y las luces se extinguieron hasta que pareció que el silencio y la oscuridad habían barrido la tierra. Al final, las últimas estrofas de la canción resonaron en las montañas lejanas, como hojas susurrantes cayendo de los árboles.
El Orador se puso en pie.
—Ha llegado el momento de celebrarse el Gran Consejo. La reunión será en la Sala del Cielo. Alexandria, por favor, indícales el lugar a tus compañeros.
La Sala del Cielo era una gigantesca plaza iluminada por antorchas, como único techo tenía la inmensa bóveda celeste cuajada de relucientes estrellas, excepto en el norte donde la luz aún temblaba sobre el horizonte. El Orador hizo una señal a Lexa para que se acercaran ella y sus compañeros, y toda la población de Qualinost se reunió en torno a ellos. No hubo necesidad de pedir silencio. Incluso el viento calló cuando el Orador comenzó a hablar.
—Aquí podéis ver nuestra situación —dijo señalando el suelo. El grupo vio bajo sus pies un mapa gigantesco. Raven, situada en medio de las llanuras de Abanasinia, suspiró de admiración. En su vida había visto algo tan bello.
—¡Allí está Solace! —exclamó emocionada.
—Sí, pequeña kender—le respondió el Orador.
—Y en Solace es donde están reunidos los ejércitos de draconianos... —con un bastón señaló el lugar en el mapa— y también en Haven. Lady Nia no ha mantenido en secreto su intención de invadir Qualinesti. Tan sólo está aguardando reunir sus ejércitos y asegurarse de la ruta a seguir. No podemos confiar en vencer a una horda semejante.
—Estoy seguro de que Qualinost es fácilmente defendible —dijo Lincoln—. No hay ninguna ruta directa por tierra. Para llegar aquí tuvimos que cruzar varias hondonadas y barrancos que ningún ejército existente podría franquear si destruyésemos los puentes.
¿Por qué no les hacéis frente?
—Si sólo fuese un ejército podríamos defender Qualinesti —le respondió el Orador—. ¿Pero qué podemos hacer contra los dragones? ¡Nada! De acuerdo con las leyendas, el poderoso Huma sólo pudo derrotarles con la lanza Dragonlance. Y actualmente, nadie que conozcamos, recuerda el secreto de esa arma poderosa.
Fizban quiso hablar, pero Octavia le hizo callar.
—No —continuó el Orador—. Hemos de abandonar la ciudad y los bosques. Nuestro plan es dirigirnos hacia el oeste, hacia tierras desconocidas donde esperamos encontrar un nuevo hogar, o quizás regresar a Silvanesti, el más antiguo hogar de los elfos. Hasta hace una semana, nuestros planes se iban desarrollando según lo previsto. A la Señora del Dragón, le llevaría más de tres días de marcha forzada situar a su ejército en posición de ataque, y nuestros espías nos informarían cuando sus esbirros salieran de Solace. Dispondríamos de tiempo para escapar hacia el oeste. Pero nos hemos enterado de que existe un tercer ejército en Pax Tharkas, a menos de una jornada de viaje de aquí. Si no conseguimos detenerlos, estaremos perdidos...
—¿Y se te ocurre alguna manera de detener a ese ejército? —le preguntó Lexa.
—Sí. Como sabéis, gentes de Gateway, Solace y de las comunidades de los alrededores han sido hechos prisioneros y están encerrados en la fortaleza de Pax Tharkas, trabajando como esclavos para la Señora del Dragón. Nia es muy lista. Para evitar que sus esclavos se subleven, mantiene a las mujeres y a los niños como rehenes. Creemos que si estos hombres fuesen liberados, se volverían contra sus amos y los destrozarían. Era misión de Finn liberar a los rehenes y dirigir el motín. Luego habría guiado a los hombres hacia las montañas, haciendo de señuelo para este tercer ejército y dándonos tiempo de escapar.
—¿Y entonces qué les hubiese sucedido a los humanos? —preguntó Drogo con brusquedad.
—Me da la sensación de que los arrojáis a los draconianos como si fueran carnada para los lobos.
—Nos tememos que Lady Nia no los mantendrá vivos mucho más tiempo. Casi no queda mineral en las minas; cuando se acabe, los esclavos ya no le serán de ninguna utilidad. En las montañas hay grutas donde los humanos podrían vivir y esconderse de los ejércitos de draconianos. Pueden bloquearles el paso en los desfiladeros, especialmente ahora que se acerca el invierno. Desde luego, puede que algunos mueran, pero ése es el precio que ha de pagarse. Si la decisión fuera tuya, hombre de las Llanuras, ¿preferirías morir como esclavo o luchando?
Drogo no contestó y siguió contemplando el mapa con expresión sombría.
—La misión de Finn falló —dijo Lexa—. ¿Y ahora quieres que nosotros dirijamos el motín?
—Sí, Alexandria. Finn conoce el camino para llegar a Pax Tharkas: el Sla-Mori. Él puede guiaros a la fortaleza. No solamente tendréis la oportunidad de liberar a los vuestros, sino que ofreceréis a los elfos una oportunidad de escapar, ¡una oportunidad para vivir que muchos elfos no tuvieron cuando los humanos provocaron el Cataclismo!
Drogo alzó la mirada, frunciendo el ceño. Incluso la expresión de Lincoln cambió. El Orador suspiró.
—Por favor, perdonadme. No pretendo acusaros de algo que pertenece al pasado. No somos insensibles a los apuros de esos humanos. Envío a mi hijo Finn con vosotros de buena gana, pese a saber que si nos separamos... puede que no volvamos a vernos. Hago este sacrificio para que mi gente... y la vuestra... tenga una posibilidad de salvarse.
—Nos gustaría disponer de algún tiempo para tomar una decisión —dijo Lexa, aunque ya sabía cuál sería su elección. El Orador asintió y los guerreros elfos se apartaron, guiando a los compañeros entre la muchedumbre, hacia una arboleda donde les dejaron solos.
Lexa se encontró ante sus amigos, cuyos rostros, bajo las estrellas, parecían máscaras de luz y sombras. Todo este tiempo, pensó, he intentado que nos mantuviésemos unidos. Ahora, creo que debemos separamos. No podemos correr el riesgo de llevar los Discos a Pax Tharkas, y Daenerys no querrá abandonarlos.
—Iré a Pax Tharkas —dijo Lexa en voz baja—. Pero amigos míos, creo que ha llegado el momento de seguir diferentes caminos. Dejadme hablar antes de decir nada. Yo enviaría a Echo, Daenerys, Drogo, Bellamy y Octavia, y a ti Fizban, con los elfos, con la esperanza de que podáis llevar los Discos a un lugar seguro. Son demasiado valiosos para arriesgamos a perderlos en la invasión a Pax Tharkas.
—Es posible, semielfa —susurró Octavia—, pero no es entre los elfos de Qualinesti donde Daenerys encontrará a quien busca.
—¿Cómo lo sabes?
—Ella no sabe nada, Lexa —interrumpió Lincoln con amargura.
—Más charla inút...
—Contéstame Octavia —repitió Lexa haciendo caso omiso de Lincoln.
—¡Ya has oído al caballero! ¡Yo no sé nada!
Lexa suspiró, dejando el tema y mirando a su alrededor.
—Me nombrasteis vuestra jefa...
—Sí, muchacha, lo hicimos —dijo bruscamente John—. Pero estás decidiendo con la cabeza, no con el corazón. En el fondo, tú no crees que debamos separamos.
—Yo, desde luego, no me voy a quedar con los elfos—dijo Echo cruzándose de brazos—. Iré contigo, Lexa... He decidido convertirme en una mujer guerrera, como Costia.
Lexa dio un respingo. Escuchar el nombre de Costia era como si le propinasen un golpe.
—Yo no huiré con los elfos —dijo Drogo—. Y menos aún si ello significa dejar que los míos luchen en mi lugar.
—Él y yo somos uno —declaró Daenerys mientras le rodeaba con el brazo—. Además, no sé por qué motivo, creo que la maga tiene razón... No encontraré al que nos ha de guiar en busca de la paz entre los elfos. Ellos quieren huir del mundo, no defenderlo.
—Iremos todos contigo, Lexa —dijo John con firmeza.
La semielfa miró perpleja al grupo y sonrió.
—Tenéis razón, en realidad no creía que fuera conveniente nuestra separación. Eso sería lo razonable, lo lógico. Por tanto, es justamente lo que no vamos a hacer.
—Quizás ahora podamos dormir un rato —Fizban bostezó.
—Aguarda un minuto, anciano —dijo Lexa con expresión severa—. Tú no eres uno de nosotros. Irás con los elfos.
—¿Ah sí? —preguntó suavemente el viejo mago mientras su mirada perdía súbitamente su aire vago y lejano. Miró a Lexa de forma tan penetrante, casi amenazadora, que la semielfa, sin darse cuenta dio un paso atrás, percibiendo de pronto, alrededor del viejo, un halo de poder casi palpable. Su voz era suave e intensa.
—Iré donde yo decida ir, Lexa, semielfa, y decido ir con vosotros.
Octavia dirigió una inteligente mirada a Lexa, haciéndole recapacitar sobre la personalidad del mago. Lexa le devolvió la mirada. Lamentó haber pospuesto el diálogo con Octavia sobre los poderes de Fizban, y pensó que ahora, si el anciano se unía a ellos, les resultaría difícil mantener esa conversación.
—Te hablo esto, Octavia —dijo Lexa, utilizando de repente un dialecto de campaña, una derivación del común hablada entre los mercenarios de raza mixta de Krynn. Los gemelos habían colaborado con los mercenarios años atrás (como la mayoría del grupo).
Lexa sabía que Octavia le entendería y estaba casi seguro de que el anciano no podría hacerlo.
—Hablar se puede —dijo Octavia utilizando el mismo dialecto—, pero poco sé yo.
—Tú temes, ¿por qué?
La extraña mirada de Octavia se perdió en la distancia mientras respondía lentamente.
—No sé, Lexa. Pero... tú, razón. Allí poder hay, dentro anciano. Percibo gran poder. ¡Temo! —La maga suspiró y pareció regresar de dondequiera que hubiese estado—. Pero él razón. ¿Intentar detenerlo? Mucho peligro.
—Como si no corriésemos ya suficiente peligro —dijo Lexa con amargura volviendo a utilizar el común.
—Otros hay tan peligrosos, quizás —dijo Octavia mirando intencionadamente a su hermano. La maga volvió a utilizar el común—. Estoy fatigada, debo descansar. ¿Te quedas, hermano?
—Sí, Lincoln y yo queremos hablar con Lexa.
Octavia asintió y le tendió el brazo a Fizban. El viejo y la joven maga se fueron, el viejo golpeando con furia un árbol con su bastón, acusándolo de tratar de escabullírsele.
—¡Como si no tuviésemos suficiente con una maga loca! —refunfuñó John—. Me voy a la cama.
Uno por uno fueron retirándose hasta que sólo quedaron Lexa, Bellamy y Lincoln. Sintiéndose cansada, Lexa se volvió hacia ellos. Presentía lo que le iban a decir. El rostro de Bellamy estaba encendido y el guerrero no levantaba la mirada del suelo. Lincoln se atusaba los bigotes y contemplaba pensativo a Lexa.
—¿Y bien? —preguntó Lexa.
—Finn —respondió Lincoln.
Lexa frunció el ceño.
—Eso es asunto mío, no vuestro.
—Lexa, si va a guiarnos a Pax Tharkas, sí que es asunto nuestro —insistió Lincoln—. No deseamos entrometernos, pero es evidente que entre vosotros dos hay algo pendiente. Me he fijado cómo te mira, y yo en tu lugar no iría a ninguna parte sin un amigo que me cubriese las espaldas.
Bellamy miró seriamente a Lexa, con la frente arrugada.
—Sé que es un elfo, pero como dice Lincoln, de tanto en tanto brilla en sus ojos una extraña mirada. ¿No podrías guiarnos tú al Sla-Mori? ¿No podríamos ir sin él? Ni Lincoln, ni Octavia, ni yo, confiamos en él.
—Escucha Lexa —dijo Lincoln al ver que el rostro de la semielfa enrojecía de rabia—. Si Finn hubiese corrido peligro en Solace, tal como dijo, ¿por qué entonces se hallaba tranquilamente sentado en la posada? ¡Y esa historia sobre sus guerreros topando casualmente con todo un ejército! No, Lexa... no lo niegues tan rápido. Puede que no sea un farsante y que estemos equivocados, pero ¿qué ocurrirá si Lady Nia tiene algún tipo de influjo sobre él? Tal vez la Señora del Dragón le prometió que respetaría a su gente si a cambio... ¡nos traicionaba! Tal vez por esto estaba en Solace, esperándonos...
—¡Eso es ridículo! ¿Cómo podía saber que íbamos a llegar?
—Tal vez nosotros éramos los únicos que pensábamos que nuestro viaje de Xak Tsaroth a Solace era un gran secreto —respondió Lincoln con frialdad—. Cierto que no encontramos draconianos por el camino, pero a lo mejor éramos espiados, porque los que lograron escapar de Xak Tsaroth le comunicarían nuestras peripecias a Lady Nia y ésta debió sospechar que estábamos interesados en los Discos.
—¡No! ¡No puedo creerlo! —exclamó Lexa furiosa, mirando a Lincoln y Bellamy—. ¡Estáis equivocados! ¡Apostaría mi vida por ello! ¡Crecí con Finn, lo conozco bien! Es cierto que entre nosotros dos hay algo pendiente, pero hemos hablado de ello y el asunto está zanjado. Creeré que ha traicionado a su gente el mismo día que crea que tú o Bellamy sois unos traidores. Además, no conozco el camino a Pax Tharkas, nunca he estado allí y una cosa más —gritó Lexa furiosa—, ¡si hay alguien en quien no confío, es en esa hermana tuya y en ese anciano! —dijo mirando acusadoramente a Bellamy.
El corpulento guerrero palideció y bajó los ojos. Cuando se disponía a marcharse, Lexa reaccionó, comprendiendo de pronto lo que había dicho.
—Lo siento, Bellamy. No quería decir una cosa así. Octavia ha salvado nuestras vidas en más de una ocasión durante este viaje. Pero... ¡es que no puedo creer que Finn sea un traidor!
—Lo sabemos, Lexa —dijo Lincoln bajando la voz—. Y confiamos en tu opinión. Pero... como mi gente dice, la noche es demasiado oscura para caminar con los ojos cerrados.
Lexa suspiró y asintió. Comenzaron a andar en silencio en dirección a la Sala del Cielo. Aún podía oírse al Orador arengando a sus guerreros.
—¿Qué quiere decir Sla-Mori? —preguntó Bellamy.
—Ruta Secreta —respondió Lexa.
Lexa despertó sobresaltada y se llevó la mano a la daga. Una forma oscura se inclinaba sobre él, ocultándole las estrellas. Reaccionando con rapidez, agarró a la persona, que cayó sobre ella, lo que no le impidió ponerle la daga al cuello. Cuando el acero relució bajo la luz de las estrellas, se oyó un pequeño grito:
—¡Alexandria!
—¡Clarke, eres tú! —exclamó Lexa atónita.
El cuerpo de la mujer estaba tendido sobre el suyo. Lexa podía sentir como temblaba y, ahora que estaba completamente despierta, podía ver su larga cabellera cubriéndole los hombros. Sólo llevaba un ligero camisón pues su capa había caído al suelo en el pequeño forcejeo.
Actuando impulsivamente, Clarke se había levantado de la cama y, cubriéndose con una capa para protegerse del frío, había escapado de sus habitaciones. Ahora estaba demasiado asustada para moverse. No había previsto la rápida reacción de Lexa. De pronto comprendió que si ella hubiese sido un enemigo, en estos momentos estaría muerta, con la garganta atravesada por una daga.
—Clarke... —repitió Lexa guardando con mano temblorosa la daga en el cinturón. Apartando a la muchacha a un lado, se incorporó, enojada consigo misma por haberla asustado y enfadada con ella por haber despertado en ella algo muy profundo. Por un instante, cuando ella había estado encima suya, había sentido el perfume de su cabello, el calor que emanaba de su esbelto cuerpo y la suavidad de sus pequeños pechos. Cuando Lexa había abandonado Qualinesti, Clarke era una niña. Al regresar, se había encontrado con una mujer... una mujer bella y atractiva.
—¡En nombre de los Abismos! ¿Qué estás haciendo a estas horas de la noche?
—Alexandria, he venido a pedirte que cambies de opinión. Deja que tus amigos vayan a Pax Tharkas a liberar a los humanos. ¡Tú debes venir con nosotros! No eches tu vida a perder. Mi padre está desesperado; no tiene mucha confianza en que el plan funcione... sé que no la tiene. ¡Pero no puede hacer otra cosa! Ya llora por Finn como si hubiese muerto. Voy a perder a mi hermano... ¡No puedo perderte a ti también!
Comenzó a sollozar y Lexa miró a su alrededor inquieta. Seguramente habría guardias elfos vigilando. Si lo sorprendían en una situación tan comprometedora...
—Clarke, ya no eres una niña. Tienes que crecer y debes hacerlo rápido. ¡No permitiría que mis amigos corrieran peligro sin estar yo presente! Sé perfectamente el riesgo que corremos; ¡no estoy ciega! Llega un momento, Clarke, en que una tiene que arriesgar su vida por algo en lo que cree firmemente... algo que vale más que la propia vida. ¿Comprendes?
Ella levantó la mirada. Dejó de sollozar y de temblar y la miró intensamente.
—¿Comprendes, Clarke?
—Sí, Alexandria, comprendo.
—¡Bien! Ahora vuelve a la cama. Rápido. Me estás poniendo en un compromiso, si Finn nos sorprendiera así...
Clarke se puso en pie y salió rápidamente de la arboleda, deslizándose entre las calles como el viento entre los álamos. Escabullirse de los guardias para regresar a la residencia de su padre fue fácil; ella y Finn habían estado haciéndolo desde niños. Regresó silenciosamente a su cuarto y se quedó escuchando tras la puerta de la habitación de sus padres durante unos segundos. Dentro había luz. Pudo oír un crujido de papeles y percibir un olor acre. Su padre estaba quemando documentos. Oyó a su madre, llamando a su padre para que se acostara. Clarke cerró los ojos un segundo, sintiendo una punzada de aflicción, luego apretó los labios, como si hubiese tomado una decisión, y echó a correr por el oscuro corredor en dirección a su habitación.
