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Capítulo 63
«¡DEMONIOS!, me falta el aire. Tengo la boca completamente seca, y siento la lengua como de trapo. ¿Dónde estoy, maldita sea? Está todo tan oscuro. ¡Oh, cómo me duele la cabeza.»
Pero con dolor y todo, Albert sintió que estaba retornando al mundo de los vivos.
Pestañeó varias veces para adaptarse a la penumbra. A escasos treinta centímetros de su rostro, se encontró con lo que parecía ser el chasis de un vehículo. Se sentía realmente aterrado.
No recordaba qué había sucedido. La última visión que tenía de sí mismo era almorzando espaguetis en la habitación del hotel. Eso, y luego oscuridad. Suponía que había estado inconsciente por un golpe, o por un accidente, pero no sabía cuánto tiempo llevaba ahí ni qué le había sucedido.
Levantó un brazo y se tocó el rostro. Intentó observar su mano, pues la notaba mojada. ¿Sería sangre y quizá por eso le dolería tanto la cabeza?
No logró ver nada, así que acercó los dedos a los labios y los lamió. No. Parecía agua. No tenía gusto a sangre.
—¡Auxilio! —gritó.
Nada.
—Help! ¡Estoy aquí!
Gritó y gritó. Aulló pidiendo socorro, pero no obtuvo respuesta.
Aguzó el oído y oyó el inconfundible sonido que producían las gotas de agua al caer lentamente sobre una superficie metálica. Inclinó un poco la cabeza y sintió la frescura de ese tenue hilillo sobre su cabello.
Con un poco más de esfuerzo se movió, y unas gotas le mojaron los labios. ¡Ah, qué maravilla! Se mantuvo así, con la boca entreabierta, durante varios minutos.
«Accidente. Pero ¿de qué tipo? ¿Cómo termina uno con un vehículo encima en completa oscuridad? Derrumbe. Materiales de baja calidad, seguramente. O quizá un terremoto. ¿Cómo saber qué diablos ha pasado, Dios mío? No recuerdo nada. Me encuentro en este ataúd y no tengo ni idea de cómo he llegado hasta aquí.»
Intentó moverse, pero el espacio era tan escaso que apenas si lo logró. Respiró aliviado cuando se dio cuenta de que podía mover tanto las piernas como los brazos. Una preocupación menos. Y también podía ver. Poco, por el polvo y la falta de luz, pero podía distinguir las letras de la carrocería del vehículo que tenía encima.
De pronto, recordó que llevaba un reloj. Era de esos irrompibles, pues debía ser resistente al polvo y a los golpes de las obras en construcción. Además, tenía luz.
Acercó su muñeca a los ojos. Funcionaba. Eran exactamente las once de la noche. Bien, si lo último que recordaba era el almuerzo, hacía casi doce horas que estaba allí. Eso teniendo en cuenta que ese recuerdo fuera de ese día. Se estremeció con sólo pensar que podía llevar inconsciente mucho tiempo.
Sintió deseos de orinar, y lo hizo. Sacó su miembro de los vaqueros y trató de dirigir el chorro lo más lejos posible, pero no tenía fuerza y la orina se escurrió por sus pantalones. ¡Carajo!
Tenía las piernas entumecidas y la cabeza le palpitaba. Con cierta dificultad se tocó la nuca y luego iluminó su mano con la luz del reloj. ¡Oh, eso sí era sangre! Estaba herido y no sabía si era grave.
Hurgó en sus bolsillos en busca de un pañuelo. Después de varias maniobras, encontró uno en el bolsillo trasero de su pantalón y se lo puso en donde suponía tenía la herida. Sí, seguro que era allí, porque le dolía a rabiar.
Evaluó su estado. Estaba tendido boca arriba y si se quedaba tranquilo podía respirar a pesar del polvo y del olor a combustible. Lo que se escurría por el coche era agua, sin duda.
No era abundante, pero era agua.
Estaba herido, pero al parecer su cabeza había dejado de sangrar. Ya no estaba mareado, aunque continuaba doliéndole.
No tenía hambre, y eso era muy extraño en él, pero dadas las circunstancias...
Lo único que podía hacer era esperar y tratar de conciliar el sueño, aunque una vez había oído que alguien que había recibido un golpe en la cabeza no debía dormirse.
De pronto, se dio cuenta de que lo que sí tenía era frío. Hacía un frío espantoso allí. Tenía que concentrarse en algo agradable para no pensar en ello. Sólo debía considerar lo que tenía, no lo que le faltaba, y rezar para que alguien lo rescatara.
Pero no era el frío lo que más le molestaba. Era el silencio. Se suponía que un rescate se caracterizaba por mucho ruido. ¿Sería por la hora? ¡Demonios!, ya eran las dos de la madrugada. Sabía que estaba en Tokio, por eso había pensado en un terremoto. Y entonces cayó en la cuenta de que el rescate debería estar muy lejos, por eso él no oía nada.
Se estremeció al pensarlo. Y de pronto, recordó algo. Caminaba por el parking buscando su vehículo. ¿Dónde mierda lo habían aparcado? ¡Oh!, si hubiese sabido que lo pondrían allí, no hubiese bajado al sótano, sino que hubiese salido por la puerta principal del hotel y luego habría entrado al estacionamiento desde la salida. Si estaba casi en la calle...
«Salida. Tengo que estar cerca de la salida. Recuerdo que vi el coche justo al lado de la barrera de salida. Había un guardia allí. Lo saludé con la mano y... Un momento. Mi móvil. Yo tenía el móvil en la otra mano. Hablaba con alguien. ¿Con quién? ¡Mierda!, no recuerdo con quién hablaba. Ni siquiera recuerdo por qué estoy en Japón. Tengo que salir de aquí.»
Movió sus brazos, tanteando a su alrededor. Buscaba el móvil. Ni rastro. Pero encontró un objeto metálico; parecía una señal de tráfico. Le venía bien; con eso podía direccionar el agua hasta su boca, y también hacer ruido. Lo observó con detenimiento a la luz de su reloj.
Era un cartel, sí. Pero no era de tráfico. Tenía un caracol dibujado, y se podía distinguir una letra y un número. «W 4-11» ¿La W sería por winckle? Y el número... Le resultaba extrañamente familiar.
Ahora sabía de qué tipo de letrero se trataba. Era uno de esos que ponían en los estacionamientos y que servían como referencia para recordarle a uno dónde había aparcado. Se suponía que sería más fácil recordar la imagen que se asociaba al nivel, que la letra. Así que se encontraba en el nivel de los caracoles marinos. Eso le remitía a algo... Una joven, una chica. Tenía largos cabellos rubios y corría por la orilla del mar, pero no lograba imaginar su rostro.
«No sé por qué me pongo a pensar ahora en la chica de mis sueños. Como para tener fantasías eróticas estoy yo ahora», se dijo.
Pero no se trataba de una fantasía. Caracoles marinos. Ahora pensaba en otra chica... La que le venía a la mente en ese instante no tenía cabellos tan rubios, sino un tono más oscuro. Y una larga trenza. A ella sí le pudo ver el rostro. Ojos verdes con dorado, ojos de color verde y ámbar. Y un caracol en cada mano.
No sabía quién era, pero el caracol lo había llevado hasta ese recuerdo. Y luego lo trasladó nuevamente a la primera, a la del cabello largo y rubio... A la chica de sus sueños. La imaginó tomando sol en la playa, con vaqueros recortados y la piel dorada. ¿Se la imaginaba o la recordaba? No tenía ni idea.
Maldijo. Una y otra vez.
Sabía que debía guardar sus fuerzas para gritar cuando oyera al equipo de rescate. Y eso sería por la mañana, sin duda. En cuanto amaneciera —y esperaba darse cuenta de ello por gozar de algo de luz natural y no por su reloj—, ellos llegarían y el haría mucho ruido con el letrero del caracol.
Y su vida de ultratumba llegaría a su fin. Por fin saldría de ese maldito lugar.
Intentó dormirse, pero el frío le llegaba a los huesos y no podía moverse más que unos centímetros para entrar en calor. Y no era suficiente.
Tenía que pensar en algo agradable. Era lo que hacía en Cuba cuando se quedaba helado después de dos horas en la piscina. Se le arrugaban los dedos, y los labios se tornaban azules, pero no claudicaba. Sólo se tendía de espaldas, trataba de sentir el sol y de pensar en cosas bellas.
Eso, la chica de sus sueños. La playa, los caracoles. Sus largos cabellos, y algo más. Su boca. Su boca de fresa que tenía sabor a vainilla. Había probado sus labios. No era una fantasía, entonces. Era real. Esa boca le sonrió, y él sintió que el sol salía. Cuando le lanzó un beso soplado, su entrepierna respondió a los tirones.
¡Caramba!, sepultado vivo bajo toneladas de cemento quizá, y al recordar esa boca su animal se ponía rígido. No tenía duda de que le faltaba un montón para morirse. Y si allí afuera lo esperaba esa chica, tenía motivos para seguir viviendo.
La chica de sus sueños acababa de llegar a la capital nipona después de veintisiete horas de vuelo, y estaba verdaderamente exhausta. Había sido un viaje agotador. De Montevideo a Santiago. De Santiago a Frankfurt. De allí a París. Y por fin estaban en Tokio.
Era lo que habían conseguido. Y lo peor no era el cansancio, lo peor era la ansiedad.
Candy no tenía ni idea de si Albert estaba vivo o muerto. En cada aeropuerto, William se comunicaba con la embajada uruguaya en Japón, y la respuesta era siempre la misma: «No sabemos nada; esto es un caos».
Se lo notaba realmente desesperado, y Candy no sabía qué hacer para consolarlo. Ella estaba igual.
Se encontraba cansada física y emocionalmente. Trataba de no pensar en lo que Albert podía estar sufriendo. Lo imaginaba vivo y sin un rasguño, ayudando a la gente afectada por el desastre. Seguro que era eso. Él era así de generoso, así de noble. Era muy probable que estuviese repartiendo víveres, o ayudando a trasladar heridos, y por eso no había podido comunicarse.
Prefería pensar en eso, y no en la posibilidad de que... ¡Oh, Dios!
De sólo imaginarlo le daban náuseas.
Fue difícil encontrar transporte en Tokio. No había taxis, y aquello era un verdadero caos. No obstante, William se las arregló para que los acercaran a la ciudad. No tenían alojamiento alguno, pues sólo pensaban en llegar al hotel Dendenmushi, que se encontraba a una hora de allí. Afortunadamente, Miriam, la secretaria de Albert, tenía todos los datos de la reserva, pues ella misma la había hecho mientras él volaba hacia Japón.
Candy había visto en el Ipad de William imágenes del hotel. Era un edificio moderno, de unos diez pisos. Se erguía majestuoso, brillando a causa de su superficie acristalada, y las banderas que ondeaban al viento le daban un toque de color. No era del estilo de los hoteles que le gustaban a Albert, pero no habían conseguido plaza en el Hilton. Pese a ser miembro del club de esta cadena de hoteles, en ese caso no había podido aprovechar tal condición.
Candy no sabía si el seísmo había afectado el hotel donde Albert se alojaba. Lo único que sabía era que el centro de la ciudad había quedado devastado, y eso la preocupaba demasiado.
El viaje se hizo interminable. Cuando estaban llegando, William puso en funcionamiento el GPS. Con la última tecnología en la tierra de la tecnología, iban a tener las cosas más fáciles.
Pero no contaban con el desorden reinante. Era un caos, pero un caos organizado. Los accesos al centro estaban cortados, y debieron continuar a pie. Hacía un frío atroz, y Candy se puso un abrigo negro de paño que traía en la mochila.
En el aeropuerto había comprado un gorro de lana y guantes, y también se los puso. Se había hecho dos trenzas y se las había enroscado en la nuca. Con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes parecía una figura de animé. William la observó, y pensó en Albert.
«Hijo mío, ruego a Dios para que te guarde sano y salvo. Sé que estás vivo, y lo que traigo conmigo sanará cualquier herida que puedas tener. Candy está aquí, Albert, y todo estará bien», se dijo mientras caminaba tras ella.
Candy parecía poseída. Caminaba como una autómata guiada por el GPS y por sus propios instintos. Ciega, sorda y muda, continuaba andando a pesar del frío, de los gritos, de la gente. Ella tenía un objetivo: encontrar a Albert, y había concentrado toda su fuerza en eso.
Sentía que estaba cerca, pues su corazón no dejaba de golpear en su pecho como si fuese un martillo.
«Albert, Albert, Albert, ¿dónde estás, mi amor? Hago como que no veo a nadie, pero con el rabillo del ojo voy buscando tu cabello rubio, y espero encontrarte sobresaliendo entre toda esta gente a causa de tu estatura. ¿Soy demasiado ingenua por tener esa esperanza? Tengo que aferrarme a algo para no enloquecer, corazón», pensó.
A medida que avanzaban se encontraban con más y más destrucción. Por suerte no habían ocurrido réplicas del seísmo, y la mayoría de los edificios habían sido diseñados para resistir. No obstante, algunos se habían desplomado.
Cuando el GPS marcó el destino, Candy se quedó atónita. Golpeó el aparato para ver si funcionaba. Al parecer así era, pero allí no había ningún hotel; sólo una montaña de cemento y... nada más.
Ella no podía creer lo que veía. Todo el edificio se había venido abajo como si fuese un castillo de naipes. No quedaba nada.
Se quedó paralizada, y los ojos se le llenaron de lágrimas. No podía ser verdad. Miró a William. desolada, y pudo ver que él estaba igual.
—William... El hotel. No está...
—¿Estás segura de que era aquí, Candy?
—Lo dice el GPS. Preguntémosle a ese miembro del equipo de rescate.
William, se acercó y le preguntó, señalando al montón de escombros:
—¿Dendenmushi?
El hombre asintió y luego se alejó con su perro.
No había duda. Albert estaba debajo de esa montaña de cemento, y el mundo seguía girando.
Las lágrimas rodaban por las heladas mejillas de Candy, e William la abrazó para consolarla. Ella lo rodeó con sus brazos, y permanecieron así, llorando en silencio durante un largo minuto mientras sus esperanzas luchaban por sobrevivir.
Candy cerró los ojos, y cuando los abrió, vio algo por encima del hombro de William que le llamó poderosamente la atención.
Allí, entre los restos del edificio, había una niña.
Era un toque de color en el paisaje gris, pues llevaba un abrigo rabiosamente rojo.
Candy la observó, súbitamente interesada, ya que la niña la miraba directamente a los ojos. Sí, la observaba a ella con sus increíbles ojos de color verdes con dorado.
«Ojos verdes. ¡Qué extraño en una niña japonesa! Porque es indudable que lo es. Y tan bella, con su cabello negro y lacio, y su piel de porcelana. Parece una de las muñecas que Candida atesora, pero ninguna de ellas tiene los ojos de... ese color», se dijo.
Sin querer se encontró pensando en ella. La niña le recordaba a la hermana de Albert, y no porque se pareciera, pues empezando por el color de la piel y continuando con el cabello, eran muy distintas.
Pero esos ojos... y esa mirada vacía. Y la trenza, quizá.
Definitivamente, esa niña le recordaba a Rosmery. Por un momento, logró salir de su dolor, y se encontró mirando a la niña con interés. ¿Estaría perdida? ¿Tendría miedo? Sintió pena por ella. Tenía que ayudarla.
Se separó de William y comenzó a andar hacia ella.
—¿Candy? ¿Dónde vas? Cuidado, eso puede ser peligroso.
Pero ella no escuchaba a su suegro. A medida que se aproximaba a la niña, podía distinguir más detalles.
Las mejillas redondas y tersas estaban sonrojadas, y sus maravillosos ojos destacaban porque tenían el iris rodeado de una sombra dorada. Era tan sorprendente el efecto que Candy se quedó pasmada.
Comenzó a trepar por los restos de cemento para llegar a ella.
Cuando estaba a sólo unos metros, vio que la chiquilla le tendía la mano, pero no era para prestarle ayuda, pues en la palma tenía un objeto. Le estaba mostrando algo.
Candy se detuvo y observó. Un caracol. La niña le enseñaba un caracol blanco que se confundía con la nívea blancura de su manita.
«Romery», volvió a pensar Candy, estremecida.
Y justo cuando creía que iba a alcanzarla, la pequeña dejó el caracol en el suelo y bajó corriendo la ladera de la montaña de destrozos.
Candy se quedó observando el caracol, y cuando levantó la vista, ya no pudo localizarla. Giró a un lado y a otro buscándola. Nada.
No estaba por ningún sitio. Candy no entendía cómo un abrigo colorado que hacía un momento había concentrado su atención ahora no podía distinguirse del paisaje.
Se sentía desesperada.
—¡Rosmery! —gritó, fuera de sí.
Sabía que era imposible que se llamara de ese modo, pero sintió la necesidad de decir su nombre.
Pero la niña no apareció. Candy buscó entonces el caracol.
Tampoco estaba.
Lo que sí había en ese lugar era un letrero brillante. Ella se agachó, lo tomó y le sopló el polvo.
Tenía dibujado un caracol, y también una letra y un número, «W 4-11». Se quedó sin aire. Era el día en que se habían conocido. Demasiada casualidad.
Todo lo que la rodeaba comenzó a girar y girar, y se acuclilló en el suelo porque sentía que estaba a punto de desmayarse.
William se acercó y la tomó por los hombros.
—Tranquila, querida.
—¡Oh, William!
Y de pronto, una cálida paz invadió su alma. Ya no existían dudas ni dolor. El rostro de Albert apareció en su mente con total nitidez, y sus manos comenzaron a moverse como si tuviesen vida propia.
Candy empezó a cavar, Arañaba el cemento dejando sus uñas en él ante la mirada atónita de su suegro y de los hombres que formaban uno de los equipos de rescate. Cuando intentaron apartarla, ella gritó, aun sabiendo que no podían comprenderla.
—¡Aquí está! ¡Dejen de mirarme, y ayúdenme ahora! ¡William, haz que me ayuden a encontrar a mi esposo!
—Pero, Candy, tú no sabes si...
—¡Lo sé, William! Albert está vivo, y está aquí abajo.
Él le creyó, pero no pudo evitar que dos hombres la tomaran por los brazos y la alejaran de allí. Candy logró soltarse y regresó al lugar a continuar con la tarea de cavar con sus propias manos para llegar a Albert.
William observaba, aterrado, los dedos ensangrentados de la joven. No sabía qué hacer.
Los hombres intentaron apartarla nuevamente, pero ella levantó la vista y dijo con voz calma y en perfecto inglés:
—Diles, William. Háblales de nuestra vinculación con Máxima y la corona Escocesa.
Su suegro la miró con ojos como platos. No existía tal vinculación con ellos en la actualidad. Era cierto que la abuela de William había sido condesa, y que él había asistido a la boda de Guillermo y Máxima, pero nada más.
—¿Eh...?, quizá ellos no sepan de Máxima —le respondió con cautela, también en inglés.
—Tienes razón, quizá no lo sepan. Y tampoco querrán saber de eso cuando le comuniquen a este caballero su despido por haber osado sujetarme de esta forma. Tengo su nombre, señor —le dijo mientras miraba el membrete del uniforme, alzando las cejas.
William estaba cada vez más pasmado. La calma de Candy, su inglés tan perfecto... Le siguió la corriente.
—Caballeros, déjenme decirles que hoy lady Ardley no está de buen humor. Ha viajado mucho para dar con el paradero de su esposo, y si ella dice que él está aquí, es seguro que así es...
Los hombres se miraron entre sí, encogiendo los hombros.
—Usted... —dijo Candy, autoritaria—. Sí, usted. Y usted también. ¿Sabe quién soy yo? Soy la condesa Ardley, y acabo de llegar de Frankfurt. Déjenme decirles que no están colaborando conmigo, y que esto va a trascender. Señores, se arrepentirán de haber obstruido la búsqueda del conde. ¿Qué esperan? ¡Ayúdenme a cavar, o se arrepentirán! —les gritó, echando fuego por los ojos.
Se le habían salido unos cabellos de la gorra, tenía las mejillas arreboladas y la frente tiznada, pero se la veía sorprendentemente hermosa. Se sentía una auténtica princesa, y lo era. Era la princesa de Albert, aunque su corona estaba hecha de trenzas y las manos le sangraban.
Los dos hombres parecían hipnotizados observándola. Sin mediar palabra, comenzaron a cavar con ella.
Y cuarenta horas después de que la tierra temblara, el proceso de rescate de Albert daba comienzo.
CONTINUARA
