Disclaimer: Todo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.
Por obligación, serán un dragón y una víbora
42. Tercer año: Golpes bajos para escapar
Me alegra que te diviertas, mini-Greengrass... ¿Practicando para trabajar con los muggle?... Si no fueran de mi casa, les quitaría puntos, a ti por patética y a él por ridículo... Por cierto, mini-Greengrass, yo de ti, si vas a andar en público, compraba unas zapatillas mejores, de preferencia que no parezcan que las robaste del agujero de los Weasley... Grayback, ¿a qué te saben mis sobras? Si quieres también te heredo lo que restó de mi desayuno... ¡Por favor! Tienes tanto cerebro como pecho, mini-Greengrass...
¿Había dicho que no derramaría ni una lagrimas más por él? ¿De verdad había dicho eso? Pues que mentirosa era, porque justamente en esos momentos derramaba tantas lagrimas como para inundar los pasillos al igual que Myrtle la llorona.
La forma en la que Malfoy la había tratado aquella tarde no tenía justificación. Aunque si demostraba que la odiaba. Porque él la odiaba, la odiaba un poco más con cada día que pasaba, de eso estaba segura. Le había gritado horrible cuando la había visto en brazos de Cole, aún cuando no estaban haciendo nada malo, ¿pero como hacer entrar en razón a Draco Malfoy?, sobre todo cuando está celoso y molesto. No lo justificaba, pero una parte de ella sentía que se merecía aquel trato.
—Ya no llores, Astoria —le dijo una voz muy conocida y, como siempre, fantasmal.
—Me odia —murmuró entre lágrimas, apenas con un hilo de voz.
Mantenía la mandíbula tensa, apretando los dientes para no dejar escapar los sollozos de su garganta; aunque, cada que parpadeaba, amargas lagrimas rodaban por sus mejillas. La presión en su pecho aumentaba y cada vez le era más difícil respirar. Además, por alguna razón que no entendía, se agarraba el estómago, hundiendo sus dedos hasta que le dolía, quizás para comprobar que seguía despierta o viva, o quizás solo para hacerse daño. Se recriminaba tantas cosas, desde el día en el que le había confesado todo a Draco, hasta el día en el que le devolvió el anillo de compromiso.
—No tengo que preguntar quien —chilló la fantasma con fastidio, dando unas vueltas alrededor de los lavabos. Astoria le miró unos segundos con reproche, aunque finalmente, considerando lo que Myrtle sabía de ella, era demasiado obvio que hablaba del príncipe de Slytherin. —¿Por qué no vas a hablar con él? —preguntó sin mucho interés, hundiéndose en el suelo frente a Astoria.
—Él no me quiere ver —contestó la chica con amargura, recordando la forma en la que Draco le había gritado, con tanta rabia, con tanto reproche, con esa cara de asco. Y aunque Cole afirmaba que era porque Malfoy estaba celoso, ella no reparaba en las razones, solo se hundía con las crueles palabras.
—El hecho de que él no te quiera ver, o hablar, o te odie, no significa que no puedas ir a hablar con él y le digas todo lo que piensas —Myrtle la miraba fijamente con sus grandes ojos detrás de sus lentes —¡Vamos, Astoria, enfréntalo!
—¡No puedo! —chilló, intentando aventar a la fantasma pero solo la atravesó y se golpeó contra el suelo. —No me hables de enfrentar... de enfrentar nada... no quiero... no puedo... —tartamudeó.
—¡Ya lo has hecho antes! —le reprendió, atravesándola y provocando un terrible escalofrío.
—No es igual... —dijo la chica, temblando.
—Claro que es igual. Lo enfrentaste para decirle que lo odiabas porque estaban comprometidos —Astoria solo soltó un gemido de dolor al recordarlo. —¿A caso te quieres quedar aquí en este baño llorando?... —la fantasma esperó respuesta, pero Astoria estaba demasiado sumergida en su dolor que no le respondió. —Suerte la tuya que Harry acabara con el basilisco que me mató, porque al paso que vas ¡te morirás llorando en este baño!
La castaña si escuchó claramente las últimas palabras de Myrtle y la miró con reproche. Limpiándose el rostro se puso de pie y se apoyó sobre el lavabo de mármol descuidado. Observó las pequeñas serpientes grabadas en el grifo de plata, aquella era la entrada a la Cámara de los Secretos, según le había contado Myrtle; de ese lugar había salido el basilisco que la había matado y el mismo que Harry había derrotado durante su segundo año.
—Por si no lo recuerdas ya casi me muero en este baño cuando me mordió esa serpiente —le recordó a su fantasmal amiga. Sonrió de lado con ironía, al parecer ese lugar estaba lleno de reptiles asesinos.
—¿Entonces que haces aquí? ¿Quieres morir y hacerme compañía por el resto de la eternidad? —le reprochó, Astoria soltó una carcajada. —No me molesta que vengas, claro que no, al contrario. ¡Pero siempre vienes a llorar por ese!
—Bueno, al parecer las chicas tenemos la costumbre de llorar en los baños —bufó, abriendo el grifo y dejando que el agua corriera un poco antes de tomar un poco para mojarse el rostro y la nuca. El frío parecía tranquilizarla y hacerle recordar que aunque todo estuviera mal no debía de tirar a morir, mucho menos cuando la muerta podría de ser ella.
Se sacó las zapatillas, no había tomado tiempo para cambiarse, del lago negro había salido corriendo al baño. Se sentó debajo del lavabo y observó sus pies con cierta culpa. Por su insensatez tenía los dedos de los pies algo torcidos, sobre todo el más pequeño; no es que fueran pies de troll, pero tampoco se le antojaba mucho andarlos mostrando por ahí, especialmente si recordaba que podía tener pequeños y perfectos pies como los de su hermana, si no hubiera decidido ponerse a hacer puntas antes de los doce años y con una experiencia casi nula.
Cole le había explicado que había leído en unos libros muggle que las bailarinas usualmente empezaban a hacer puntas después de tener por lo mínimo cuatro años practicando ballet, y con una edad mínima de doce; y haciendo cuentas ella no había tenido ni una cosa ni otra cuando había decidido hacerlo por su cuenta, quizás solo por el capricho de protestar sobre el hecho de que no la mandaran a Beuxbaton.
—¿Y ahora? —preguntó Myrtle extrañada, la había tomado por sorpresa el cambio de actitud de Astoria.
—Me pregunto: ¿Cuantas veces más haré estupideces con consecuencias irreparables? —dijo ya más tranquila, volviéndose a poner las zapatillas, ajustando las cintas alrededor de su tobillo.
—¿Hablamos de tus pies o de Malfoy? —preguntó la muerta, pasando su mano por las zapatillas de Astoria, provocando un frío horrible en sus pies.
—De los dos —contestó, poniéndose nuevamente de pie y cerrando el grifo del agua.
—Pues de tus pies, no sé, a lo mejor un buen hechizo podría arreglarlos —bromeó —Y sobre tu prometido... ¡pues ve y habla con él! —insistió.
—¿Y a ver, que le digo? —bramó molesta. ¿Que podía decirle a Draco? Sobre todo cuando ella sentía que se merecía aquel trato. No quería afrontarlo, no quería recriminarle nada, porque sentía que hasta el hecho de que anduviera con Pansy era algo que se merecía por tonta.
—¡Que deje de hacer lo que sea que hace para que termines siempre llorando por él! —chilló exasperada. La Slytherin la miró unos instantes y luego negó con la cabeza. No le diría a Myrtle lo que pensaba, eso de que sufría por sus propias tonterías, porque seguramente le gritaría más y ya le dolía la cabeza.
—Lo haré —mintió, o quizás no. Solo asistió con la cabeza y se frotó el rostro; lo que tenía que hacer en esos momentos era regresar a la sala común, o al menos salir de los baños. Por alguna razón le había entrado una inquietud, pensando en eso de morir llorando en el baño. —Nos vemos luego, Myrtle.
—¡Entre más te tardes en venir mejor! —se despidió con voz chillona, antes de hundirse en un inodoro.
O-O-O
—Cristales de ajenjo —murmuró cuando llegó frente al muro de piedra. Entró y observó todo muy tranquilo, no había señales de Draco o de Pansy, tampoco de sus amigos, pero por otra parte si encontró con facilidad a su hermana y los demás.
¿Y cómo notarlos con el espectáculo que estaban dando? Theo se ponía la corbata sobre la cabeza, como si fuera una banda para el cabello o algo por el estilo, mientras que su hermana tenía los calcetines como guantes y Blaise usaba la bufanda como si fuera una camisa sin mangas -enredada sobre su torso-.
—¿Qué les pasó? ¿Ya se volvieron locos? —preguntó la castaña, tapándose la boca para no comenzar a reír como loca.
—Jugamos verdad o reto —contestó la Greengrass rubia.
—¿Y los retos han sido ponerse en ridículo? —la menor se acercó a donde estaba el grupo, observando como sobre la mesa estaba la botella de cristal que al parecer era la que indicaba quien le ponía los retos a quien, también estaban las varitas de los chicos y unas cuantas bebidas que no estaba segura de que eran.
—Después de que Tracey saliera a vomitar el perfume que Daphne la obligó a tomar, preferimos intentar ser más suaves o contestar la verdad —le respondió Blaise, mostrando sus uñas que al parecer las habían pintado de un rosa chillón.
—Deberían estar estudiando... —intentó reprenderlos Astoria, pero justo en ese momento una pareja apareció, venían de los dormitorios.
—Estamos en vacaciones de pascua, hay que disfrutar el tiempo de descanso —se escuchó la chillona voz de Pansy. La pelinegra traía una sonrisa de oreja a oreja y alegremente se sentó cerca de sus amigos. —¡Yo también quiero jugar!
Astoria rodó los ojos con fastidio y miró de reojo a Draco que se quedó de pie en el inicio de las escaleras. No hubiera querido pensar en lo obvio, pero su mente la traicionó y la idea más lógica que vino a su mente fue que Draco y Pansy acaban de tener relaciones. ¿Por qué? Sus ojos se comenzaron a humedecer, pero no quería llorar ahí en medio de la sala común. Tomó aire y caminó a donde estaba Draco, aunque no para hablar con él, si no para ir a los dormitorios.
—Pansy a Blaise —anunció Daphne, seguramente habían girado la botella y ya estaban jugando de nuevo.
—¡Amor, ven! —llamó Parkinson. —ayúdame a pensar —pidió con una fingida voz de súplica, como si aquello fuera algo de vida o muerte, aunque si hablaban de que Pansy quería pensar, bueno... una sonrisa burlona se formó en el rostro de Astoria. Se consolaba pensando que la chica era tonta, aunque había demostrado lo contrario cuando la dejó en evidencia frente a Draco, aunque le gustaba creer que eso solo había sido Karma. Si Pansy no hubiera escuchado su apodo, nada de eso hubiera paso, pero igual eso no hubiera quitado el hecho lo que había hecho y al entre traidora y mentirosa... ni a cual irle.
—Voy —respondió secamente el rubio, mientras la castaña siguió su camino y apenas se cruzó con Draco que no la volteó a mirar.
Astoria se adentró a los dormitorios y sacó unos libros y apuntes. Se vio tentada a quedarse en el dormitorio a estudiar sola en el silencioso lugar, pero por alguna razón no le apetecía el silencio, mucho menos se le antojaba estar sola. Tomó sus cosas y regresó a la sala común; se sentaría en una mesa alejada del grupo y estudiaría hasta que Paige, Leo o Cole aparecieran, y si tenía suerte podría hacer uno que otro comentario cruel o sarcástico contra la pareja real.
¿Qué por qué ese cambio de actitud? Bueno, tenía a su hermana, a Blaise y a Theo de su lado, y si Draco era tan inescrupuloso para acostarse con Pansy, ella bien podía darle regalarle algo de indiferencia y veneno; aunque por dentro ella misma se consumiera de dolor.
Llegó al final de las escaleras y notó que los chicos seguían jugando, Draco se había unido a ellos, como Pansy lo había pedido. Pasó de largo para sentarse en esa mesa que quería y que afortunadamente estaba sola, pero al pasar cerca de donde los chicos jugaban escuchó lo que Blaise le imponía a su amigo rubio.
—Bien, hermano. Verdad: que nos digas ¿de quién estas enamorado? O reto: que le des un beso a la chica más joven en la sala común —Astoria palideció, siguió su camino y al sentarse en la mesa volteó a ver a los alrededores con cautela, comprobando con horror que ella era la Slytherin más joven, a no ser que en esos momentos entrara alguna chica de primero o segundo.
—¡Estás loco! ¡No haré la una ni la otra! —escuchó bramar a Draco.
—¡Amor! —chilló pelinegra, como siempre lo hacía. —Anda, estamos jugando.
Astoria abrió el libro de transformaciones y comenzó a repasar una y otra vez la página para hacer levitar cosas y personas. Sacó su varita y comenzó a practicar "Wingardium Leviosa" con su tintero, pero por alguna razón el corazón le latía de prisa y su estómago volvía a sentirse vacío, sintió esas ganas de enterrar de nuevo sus dedos para comprobar si aún tenía cuerpo o se lo había tragado un agujero negro. ¿Qué haría Draco? ¿La besaría o diría que estaba enamorado de... de quién demonios estaba enamorado Malfoy?
Agudizó el oído para ver que lograba escuchar del juego y unos pasos cercanos, seguidos de un bufido por parte de Pansy parecieron darle la respuesta. La mano le tembló y sin que lo querer el hechizo se interrumpió y la tinta calló sobre la mesa, desparramándose. Astoria buscó un hechizo para limpiar, pero...
—Mini-Greengrass... —escuchó decir a Draco, pero lo mismo que duró un parpadeó alguien entró a la sala común y la novia del príncipe de Slytherin gritó.
—¡Mafalda! —la pelinegra se puso de pie y miró desafiante a Draco —La más joven, ella está en segundo —aclaró, por si acaso no había quedado claro.
—Alucinas si piensas que besaré a esa —argumentó el rubio, regalándole una mirada asesina a Zabini por su estúpido reto y su estúpida pregunta.
—¡Son las reglas! —insistió Pansy, y es que prefería que besara Daphne o hasta a Umbridge antes de que besara a Astoria de nuevo. Sabía que no sería un reto que besara a su prometida, al contrario, sería como un premio que obviamente le estaba facilitando el metiche de Blaise.
—¡Al cuerno con las reglas! ¡No besaré a esa mocosa de segundo! ¡Hija de muggle y un Squib! —la susodicha se sonrojó bruscamente y su expresión se tornó en una de infinito odio. Ella apenas y había entrado a la sala, no sabía lo que estaba pasando y ya la estaban atacando.
—¡Oh, pero bien dispuesto estabas a besar a la Greengrass! —le recriminó Pansy, con un brillo de furia en las orbes negras.
—Entre una sangre limpia y una... ¡una aberración como esta! ¡Estás loca! ¡Hay mucha diferencia! ¡Prefiero darle un beso a Theo antes que a esta cosa!
—¡Ya basta! —intervino Astoria, viendo como la niña de doce años ya tenía los ojos húmedos y estaba roja hasta la raíz del cabello. Levantó su varita amenazando a los dos prefectos —Dejen de discutir como si esto fuera de vida o muerte, es solo un estúpido juego ¡y no tienen por qué estar involucrando a los demás!
—Tú no te metas, maldita garrapata, pulga desnutrida... —comenzó a murmurar Pansy con todo el desprecio que podía.
—Al menos no soy una mujerzuela insegura de sí misma —el comentario mordaz de Astoria le robó una pequeña risa Mafalda, a los presentes e incluso a Draco; por el contrario Parkinson se quedó de piedra y en como reflejo sacó su varita, amenazando a la menor, pero sin ser capaz de pronunciar media palabra.
—Creo que nos estamos exaltando un poco —Blaise se puso de pie y caminó hasta donde estaban los chicos, dejando su "camisa" de bufanda detrás y mostrando a todos los presentes porque era cazador de quidditch. —Pansy, baja tu varita, querida, no te querrás rebajar a formar una pelea cuando tú eres una prefecta —intentó tranquilizar a la pelinegra. —Y tú, Mafalda, lo siento, esto es un juego de chicos grandes ¿podrías retirarte? —pidió con una sonrisa falsamente seductora, pero la niña de segundo año asistió y se esfumó a los dormitorios con una sonrisa boba. —Astoria, princesa...
—Ahórrate la persuasión, Zabini —le advirtió la castaña, aunque de igual manera guardó su varita y tomó sus cosas en señal de retirada.
—¡Wow! El día que consigas que Snape no nos deje deberes me caso contigo —bromeó Tracey quien había regresado del baño, donde se había quedado todo el perfume que Daphne le había hecho tomar. El moreno soltó una carcajada que fue apoyada por la risa de los presentes.
—Malfoy —llamó Astoria antes de retirarse, provocando un silencio en la sala común; todos querían escuchar lo que decía la ex-novia del príncipe de las serpientes, pero eso pareció no intimidar a la pequeña Greengrass —Deberías mandar una carta a tus padres, para informarles de que has regresado con Pansy —dijo con frialdad, mientras los ojos negros se iluminaban y los grises se oscurecían —No me gustaría que hicieran planes con mis padres sobre pasar el verano juntos ¿sabes? —añadió con desdén. —Sobre todo porque ya tengo planes para mi verano —concluyó, dándoles la espalda y saliendo de la sala común con toda la arrogancia y dignidad que pudiera reflejar. Draco no era el único capaz de dar golpes bajo, como eso de la apuesta y lo de Cole.
—Tú y yo podemos pasar el verano juntos, como hace dos años ¿no te parece? —peguntó emocionada Pansy. Draco tenía el rostro desencajado, sus perfectas cejas enarcadas y la boca torcida como si contuviera las ganas de vomitar.
O-O-O
Las vacaciones pascua parecieron disolverse como alas de moscas en saliva de Trol. Había pasado todo su tiempo entre estudiar y hablar con Paige, bromear con Leo y bailar con Cole. Cada que un miembro del ED estaba presente les daba la vuelta, aún no sabía que decirles o que pensar sobre ellos. Lo único que le tenía claro en todo su plan de vida era que tenía que pasar los benditos exámenes que se aproximaban.
—Te estás volviendo obsesiva con esas notas —le habían dicho sus tres amigos en más de una ocasión, pero es que manteniendo su mente ocupada evitaba pensar en desagradables detalles como su compromiso con Draco o todo lo demás que estaba por venir.
Estudiar, bailar y comer chocolate blanco eran la droga que Astoria había encontrado para dejar de sentir ese dolor, ese dolor que especialmente se agudizó una mañana cuando recibió una lechuza con un vociferador.
Era un sábado muy lindo para estar afuera, pero comía tranquilamente con Cole en el Gran Comedor, mientras que esperaban a que Leo y Paige aparecieran. En sus platos solo había unas papas partidas por la mitad y rellenas de legumbres, disfrutaban de la comida mientras fantaseaban con los teatros de París y la Academia Nacional de Danza en Australia.
—Ellos entran como entre los catorce o los quince —le decía Cole con aires de experiencia.
—Entonces si decidiéramos no seguir estudiando magia podríamos escaparnos y entrar —sugirió Astoria con una sonrisa cómplice. Le apetecía tanto aquella idea de escapar de todo y volver uno de sus más pequeños y valiosos sueños realidad. Pero la realidad pareció darle una bofetada cuando una lechuza blanca le dejó caer una carta en pergamino verde sobre su plato, y como si eso no fuera poco la carta se desdobló sola y comenzó a hablar. Era la fuerte, seria y tétrica voz de su padre.
«Astoria Greengras, me tienes muy decepcionado, señorita. ¿En que estabas pensando cuando rompiste tu compromiso con Malfoy? Sabes que no puedes hacerlo, sabes las consecuencias que eso nos puede traer. ¿A qué estás jugando, señorita? Pensé que siendo consciente de la verdad actuarías de manera sensata. ¿Sabes cómo han tomado los Malfoy esta noticia? ¡Después de la forma en la que Draco y tú nos enfrentaron durante navidad! Me decepciona mucho esa rebeldía tuya, señorita. Veo que durante todos estos años te he mal acostumbrado al darte gusto en todo. Me duele mucho decir que te he vuelto caprichosa. Y lo que más me duele es saber que no eres capaz de hacer por las buenas ni una sola cosa que tu madre o yo te pidamos, siempre tienes que hacer tu voluntad. Pero esto se acabó, señorita. ¡Se acabó! Olvídate por completo de esas tonterías del baile, de tus viajes y cosas caras de París, que mientras viva, de mi bolsillo no saldrá ni medio Knut para pagarte tus caprichos. Debes aprender que no todo es gratis en esta vida. Así que piénsalo bien, señorita.»
La sonrisa, la fantasía y hasta el hambre se esfumó de Astoria. Su padre estaba muy molesto con ella y lo había dejado muy claro, era la primera vez en su vida que le hablaba así, y de hecho lo peor era que ni siquiera le hablaba de frente. Le había mandado un vociferador que la había dejado en evidencia por lo menos con los que estaban más cerca de ella, como Cole.
—Ya se le pasará —intentó consolarla el castaño, pero la chica negó con la cabeza y observó el sobre que era de nuevo un pedazo de pergamino inanimado.
—Todos me odian —murmuró con amargura y pesimismo. —Al parecer lo único que consigo siempre es que la gente que quiero o aprecio me termine odiando... —suspiró y se pasó las manos por el cabello, despeinándose.
—Claro que no, yo no te odio —la voz masculina detrás de ella la hizo temblar; ya casi se había olvidado de él.
—No quiero ser grosera, Iván, pero en estos momentos no eres exactamente la persona con la que quisiera hablar —le dijo con suavidad al león que al parecer había escuchado todo y demás. Cole le dedicó una mirada de asco al Gryffindor, pero en vista de que Astoria le había contestado se contuvo de decirle algo hiriente.
—Tory, sé qué hace mucho que no hablamos, pero yo... yo la verdad no te he dejado de querer y me duele mucho verte sufrir por ese patán que, estoy seguro, no te traerá nada bueno —Iván sonrió, pero los ojos verdes de Astoria permanecían fijos en el pergamino que le acaba de enviar su padre.
—Iván, déjame, no quiero hablar contigo —insistió la Slytherin.
—Iván, ¿qué haces aquí? —preguntó Colin, observando a Astoria que se sostenía la cabeza con ambas manos, como si tuviera un dolor muy fuerte. —¿Ya has venido de nuevo a acosarla? —tomó a su amigo del brazo y lo jaló un poco —Vayámonos y déjala tranquila, ¿cuántas veces más te dejarás en ridículo?
—No me estoy dejando en ridículo, estoy enamorado... —se defendió el chico.
—Estás obsesionado y la volverás loca un día de estos —le regaño Remy —Si sigues así, cuando te vea va a salir corriendo.
—¡Eso! —apoyó Colin —¿Que no ves que no te quiere ver ni hablar?
—Ya basta —intervino Astoria —Dejen de atacarlo tanto —los reprendió. Y es que, aunque no aprobara el comportamiento de Iván, no le gustaba la forma en la que sus amigos le bajaban la moral o el animo.
—¡Ven! ¡Aún me quiere! —anunció alegremente el chico, con cierto toque de arrogancia en sus palabras. Cole frunció en entrecejo, pero por respeto continuó en silencio, solo observando como una serpiente que espera el momento preciso para lanzar su mordida.
—¡Jamás he dicho tal cosa! —le corrigió Astoria, muy irritada, cabe destacar. —La única forma en la que te puedo llegar a tratar es como a un amigo, y para que eso suceda debes olvidarte que fuimos novios ¡en segundo! —levantó un poco la voz por la desesperación, llamando la atención de los que estaban más cerca.
—Pero yo te quiero —volvió a argumentar Iván con decisión. —Desde que te vi con tus zapatillas de ballet andando por...
—Que patético —dijo un chico detrás de Astoria, mordaz y lleno de frialdad. Por un segundo pensó que era Cole, pero luego reconoció la voz y solo se irritó más. Los músculos de su cara se endurecieron y se giró sobre los talones para encarar a Draco.
—¿Qué no tienes nada mejor que hacer además de hacerle la vida miserable a los demás? —bufó molesta.
—¿Yo? ¿Hacerte la vida miserable, mini-Greengras? —se burló con indiferencia.
—¡Deja de llamarme mini-Greengras! —murmuró con desprecio, aguantando las ganas de gritar —¡Tengo un nombre, Malfoy! ¡Uno que, hasta hace una semana, parecía que saboreabas en tus labios cuando lo decías! —por la excreción del rubio, aquello había sido un golpe bajo.
—Claro, claro —su semblante cambio y se volvió aún más frío y desdeñoso —¿No te he dicho que soy buen actor? Te aseguro que actúo mejor que cualquiera de esos muggle que tanto te gusta ver sobre un escenario y vestidos de forma rara.
—¡Vete al demonio, Malfoy! —esas palabras habían sido un golpe directo a su corazón, dejando de lado el orgullo, comenzó a llorar y salió corriendo del comedor. No quería creer que lo de la dichosa apuesta era cierto, porque ella sabía que no lo era, no podía serlo. Pero Draco se esforzaba tanto por quedar como un maldito cabrón que empezaba a dudar si todos esos momentos con él habían sido solo un juego por parte del príncipe de Slytherin.
O-O-O
Las clases y deberes se reanudaron de inmediato, dejando detrás los huevos glaseados y demás golocinas de Pascua. Aunque para Astoria no parecía haber mucho diferencia, su mundo seguía derrumbandose a su alrededor. Era como estar de pie bajo la lluvia, a la deriva y sin forma de cubrirse. Ya se había dado por vencida, no tenía la fuerza, ni el coraje y mucho menos el valor para hacerle frente a nadie. A sus espaldas había quedado un gran abismo al que cualquiera podría empujarla si ella decidía a enfrentar a quien fuera, ese abismo en el que antes tenía en su lugar a su padre o Draco pendientes de ella para protegerla. Por eso ahora recibía los golpes con una hipócrita sonrisa en su rostro, al menos así permanecía firme. Ya no se esforzaba por contestar los insultos de Pansy, de desmentir los rumores de Draco, es más, los apoyaba. ¿Que si él había jugado con ella? ¡Claro! ¡Por supuesto que sí! ¿Que acaso no veían la "P" de "P-Perdedora" que tenía en la frente?
—Una cosa es hacer oídos sordos a las malas lenguas —le decía Paige mientras caminaban al aula de pociones —Pero otra muy diferente es hacerte tu misma mala fama. ¡Piensa que van a dejar tu reputación por el suelo!
—¿Cual reputación? —se burló de sí misma. Últimamente tomaba todo como un juego, nada parecía ser lo suficiente importante o real para afectarla. Se encontraba en ese estado mental por el cual pasaban todas las personas que terminaban con una relación amorosa, ese estado donde nada parecía tener sentido en sus vidas y se encontraran como soñando, deseando despertar de esa pesadilla. —Te recuerdo que mi reputación es de las peores del colegio desde que entré. Soy la traidora de Slytherin, la mocosa que les hizo perder la copa de la casa, la loca que no hablaba y parecía rata de biblioteca, la misma loca que se andaba con los Gryffindor, además de ser el trapo usado de Malfoy...
—¡Astoria, ya basta! —un golpe sordo se escuchó y segundos después Astoria tenía la mejilla roja y el rosto ladeado, mientras Paige, aterrada, sostenía la mano con la que la acaba de abofetear. —Lo siento... pero entiende...
—¿Como demonios te atreves? —bramó alguien detrás de ellas. Ambas se voltearon, encontrando a Draco vuelto un basilisco. El rubio se acercaba a largas zancadas a ellas, Astoria lucía sorprendida y la pelirroja estaba aterrada, no debía de ser muy lista para saber que, a no ser que detrás de ella estuviera Potter haciéndole señas obscenas a Malfoy, el chico iba contra ella. —¡Diez puntos menos, maldita mocosa! —se le escapó al rubio, sin reparar que le acaba de quitar puntos a su propia casa.
—Pero... pero... —Paige se había quedado sin palabras y estaba prácticamente temblando ante la furia de Draco.
—¿Draco? —Astoria lo llamó, tan sorprendida como desconcertada por la actitud del chico. ¿Había escuchado bien? ¿Draco le había quitado puntos a Slytherin? ¿Y se los había quitado a Paige por darle una cachetada para que reaccionara? Aquello era ridículamente injusto, y si no estuviera tan confundida no dudaría en reclamar o protestar sobre aquello; pero antes de formular media palabra en su cabeza, Blaise se aproximaba a donde estaban.
—¡Hermano! —Zabini, Crabbe y Goyle se pusieron detrás del rubio, tan sorprendidos como Astoria. —¿Qué demonios pasa contigo, Draco? ¡Acabas de descontarle puntos a Slytherin! —el moreno no era tonto, pero en ocasiones como esa debía de actuar a favor de su amigo, o el rubio terminaría atrapado en sus propias mentiras. Y es que uno debería de estar ciego para no notar lo enamorado que estaba el heredero Malfoy, pero mientras el rubio siguiera con eso de negarlo hasta la muerte y todas aquellas estupideces, lo mejor era ponerle los pies sobre la tierra o luego se arrepentiría de desmentirse a sí mismo por un ataque impulso.
Draco palideció unos instantes y luego su expresión se volvió de nuevo fría e imparcial. Arrugó la nariz como si hubiese olido algo muy desagradable y habló.
—A su clase, mocosas o las reportaré con el profesor Snape —les ordenó. Astoria estaba por protestar, pero Paige, quien seguía aterrada, la tomó del brazo y se la llevó arrastrando. —Andar peleando en los pasillos como vulgares muggles. —dijo el rubio, lo suficientemente algo para que lo escucharan, para justificarse —Veinte puntos, Zabini, por evitar que estrangulara a esas de tercero —puntualizó; y al igual que las chicas, se fueron a sus clases.
—Por un momento pensé que me maldeciría —fue lo último que Paige dijo sobre lo que había pasado. Astoria estaba demasiado confundida como para analizar los hechos. Y el tema no se volvió a mencionar, ni por las chicas ni por los chicos.
O-O-O
Estaba sentada en una butaca cerca de la chimenea, comía helado de hierbabuena con chocolate, con una gran cuchara de plata que había robado de la cocina en complicidad con Leo, quien comía helado de vainilla sentado a su lado. Paige estaba sentada frente a ellos, con cara de enfado y no dejaba de reprenderlos por tomar comida sin permiso. Pero poco les importaba a los chicos que seguían comiendo directamente de los potes de nieve como si no hubiera nada mejor en el mundo que hacer. Y posiblemente para ellos fuera así. Astoria sentía que cada vez las cosas tenían menos sentido y el ver a Draco con Pansy y el no recibir cartas de sus padres, mientras a Daphne le llegaban varias acompañadas de dulces, bueno, no ayudaba mucho. Por lo que sabía de Leo, el chico al fin había admitido que le gustaba Paige, pero al parecer pensaba igual que su prima y además juraba y perjuraba que a la pelirroja le gustaba Zabini a pesar de todo.
—¡Merlín, Astoria! —chilló Daphne que entraba a la sala común acompañada de Tracey —¿Como puedes estar comiendo todo eso? ¡Te vas a poner como un troll de los pantanos! —la Greengrass rubia se acercó a toda prisa y con cara de horror observó como el bote de su hermana estaba casi vacío, y era un bote grande.
—¡Eso mismo llevo diciéndole yo durante la última media hora! —apoyó Paige.
—¿Y qué dices a tu defensa? —Daphne torció la boca, lucía molesta. Astoria llevó la cuchara llena de helado a su boca y se dejó que el dulce frío se derritiera en su paladar antes de contestar. La castaña observó como Draco aparecía por la entrada del muro y Pansy iba abrazada a su brazo, ambos con sus relucientes insignias de Prefectos y parte de la Brigada Inquisitorial.
—Me voy a acabar este pote de nieve —respondió la menor de las Greengrass, sin sacar la cuchara de su boca. —Y me comeré todos los necesarios hasta ponerme gorda como Millicent y me vuelva novia de Harper —continuó con desdén y mirada de estar muy aburrida.
—Pero que humor tienes, pulga —y como lo suponía la pareja real la había escuchado y como era su costumbre se habían acercado a molestar, o al menos la pelinegra, pues Draco tenía cara de asco.
—Un humor tan dulce como la hierbabuena con chocolate —respondió, llevando otra cucharada de helado a su boca. —¿Gustas? —con esa sonrisa hipócrita que había llevado todo el mes, le ofreció nieve a la novia de su ex-novio y aún prometido.
—No, ni muerta. ¿Sabes cuanta grasa es eso que te estás llevando a la boca? —se apartó como si le hubieran puesto algo peligroso enfrente. Astoria río por lo bajo, de haber sabido que la nieve alejaba a la pelinegra se hubiera comprado un pote miniatura para usarlo como amuleto, así como los corchos de cerveza de mantequilla que llevaba Luna para los Nargles. —Millicent se va a ver delgada a tu lado si sigues comiendo eso —añadió con burla y asco.
—Genial, al menos le haré un favor a alguien —su indiferencia era más fría que el dulce que se comía. Posiblemente solo era apariencia, y tomando en cuenta la forma en la que Draco se las había gastado con ella, más la indiferencia de su padre que seguía molesto, nadie la podía culpar por ponerse una máscara de despreocupación como buena serpiente. Porque se la estaba llevando el infierno, pero ya parecía que ni eso le importaba.
—¿Por qué actúas así? —la castaña tardó unos segundos en procesar las palabras y caer en cuenta de que era Draco quien las había pronunciado.
—¿Por qué te importa? —respondió en el mismo tono serio, dejando finalmente el pote vacío a un lado.
Los ojos de esmeraldas se clavaron en las orbes de plata como meses antes lo habían hecho. ¿Que los ojos eran la ventana del alma? Draco y Astoria podían corroborar aquello en esos momentos, porque en ese instante sus miradas decían más de lo que su expresión, actitud o palabras pudieran reflejar. Había suplica, había culpa, había un dolor inmenso en ambos, con un toque de desesperación y un espolvoreado del amor que ahora se esforzaban por no sentir.
—Tienes razón, no me importa —bufó el rubio. —Sigue comiendo helado y si necesitas más pregúntale a Crabbe y Goyle como conseguirlo, ya ves que ellos también se la viven robando la cocina —añadió con falsa burla, y soltándose del agarre de Pansy se marchó rumbo a los dormitorios.
—¡No se te ocurra añadir nada más! —amenazó Daphne a su antigua amiga. La pelinegra rodó los ojos y resopló, miró con superioridad a las hermanas Greengrass y siguió el mismo camino del príncipe de Slytherin.
—En esta casa estamos locos —bufó la menor de la Greengrass, rodando los ojos y poniéndose de pie.
—¿A dónde crees que vas? —Daphne estaba que echaba lumbre por los ojos. Astoria miró a Paige, que al parecer había decidido quedarse callada desde la llegada de Malfoy, Leo seguía comiendo nieve, pero sin perder pista de lo que sucedía, y Tracey sonreía nerviosa.
—Tranquila, Daph. Tory no va a hacer nada malo ¿verdad? —la menor sonrió y asistió con la cabeza, aunque fuera solo porque su hermana no sufriera de un ataque de histeria que parecía le daría en cualquier momento.
—Aún no es tan tarde y no, no iré a comer, solo quiero caminar un poco para bajar la comida —dijo para dejar más tranquila a su hermana.
—¿Vas sola? —preguntó Paige, haciendo ademan de seguirla.
—¿Vienes conmigo? —ofreció sin dudar, de la misma forma que la pelirroja se fue detrás de ella sin dudarlo. Ambas amigas salieron de las mazmorras y comenzaron a merodear el castillo aún iluminado por velas flotantes, candelabros y arañas luminosas.
Pasaron junto a varias pinturas que a las que no les habían puesto atención antes, pero a falta de algo mejor que hacer, escudriñando cualquier detalle para platicar de banalidades y omitir cualquier pensamiento o alusión a sus desastrosas vidas sentimentales. Porque Astoria no era la única con problemas, a Paige también le iba mal, pero la pelirroja tenía una facilidad para casi siempre estar alegre y parlanchina.
Peeves les gastó unas bromas con unas armaduras que las persiguieron con sus espadas y amenazaban con matarlas. Al cabo de cinco minutos se habían librado de ellas, pero habían corrido endemoniadamente hasta el séptimo piso. Quizás había sido el traicionero inconsciente de Astoria quien había decidido tomar aquel camino sin querer. La castaña observó el muro de piedra por el cual se accedía a la sala de los menesteres.
—Entiendo que en nuestro mundo no tiene nada de raro que las cosas cobren vida, pero ¡un par de armaduras con filosas espadas! ¡esto raya en lo ridículo! —se quejaba Rowlen mientras intentaba recuperar el aire que había perdido.
—Aquí es la entrada a donde nos reuníamos —murmuró Astoria, más para si misma que para su amiga. Los ojos verdes de la otra chica se centraron en la Greengrass y luego en la gran pared de piedra.
—¿Dónde Potter entrenaba su mini-ejercito? —bromeó y se acercó, pegando sus manos a la pared, como esperando que se pudiera atravesar o que una puerta apareciera al tocarla. —¿Como entraban? —preguntó al no poder contener su curiosidad.
—Generalmente siempre había una puerta cuando yo llegaba, Harry era quien la abría o convocaba... supongo —dijo dudosa, pues si lo pensaba bien, no entendía en lo absoluto la forma en la que funcionaba la sala de los menesteres.
—Lástima, me hubiera gustado ver como era el lugar —Paige se encogió de hombros y volteó para toparse con la señora Norris —Em... Astoria, puede que no sea muy tarde, pero creo que mejor regresamos a la sala común —anunció con voz alarmada, jalando a su amiga y emprendiendo otra carrera. Desde que Umbridge se había vuelto directora, Flich se había vuelto especialmente obsesivo con los castigo y cualquier cosa parecía ser una infracción para justificar los castigo que el loco conserje quería imponer; y a ninguna de las dos Slytherin les apetecía sufrir aquello.
Llegaron casi sin aire al vestíbulo, asegurándose de que detrás de ellas no viniera la gata de Flich.
—Estuvo cerca —alcanzó a decir Astoria, pero apenas había pronunciado aquellas palabras se toparon con McGonagall, quien las miraba severamente.
—¿Se puede saber porque andan corriendo por los corredores? —preguntó tranquilamente. —¿Qué andaban haciendo? —la profesora entrecerró los ojos detrás de las pequeñas gafas cuadradas que llevaba, mirando con suspicacia a las jóvenes serpientes de las que no se fiaba mucho.
Por alguna razón, aún cuando habían dicho la verdad, su historia no parecía tener sentido y ni McGonagall ni Snape les creyeron eso de estar dando vueltas por allí a esas horas, cuando los alumnos en general o estaban en sus salas comunes o en la librería o en salón de estudios o en fin... no les pareció creíble eso de estirar las piernas y ser atacadas por Peeves. Así que para antes de que fueran las siete de la noche ya estaban castigadas.
—Y tomen en cuenta que pudo ser la profesora Umbridge quien las encontrara y reprendiera —les remarcó Snape con seriedad, antes de dejarlas en el aula de pociones. Su castigo era limpiar todos los calderos, pero sin usar magia. Claro que parecía fácil, finalmente no eran muchos calderos, pero luego cayeron en cuenta de que no tenían idea de como se limpiaban esos trastos con residuos de pociones que, si se llegaban a mesclar por accidente, podrían provocar una explosión.
Pasaron el resto de la noche limpiando cuidadosamente cada uno de los calderos, tratándolos como si fueran tentácula venenosa o espolas explosivas. Para cuando terminaron de limpiar los calderos ya pasaba de las diez. Tenía las manos rojas y les picaban como si hubieran tomado hierba venenosa, además que olían a productos para limpieza y Astoria, quien había comido un pote de un litro de helado, tenía ganas de devolver su estomago en un escusado.
Salieron del aula y avisaron al profesor Snape. El hombre no se molestó en ir a revisar el trabajo y tampoco mostró mucho interés en las manos irritadas de las dos chicas. Las amigas regresaron a la sala común tan irritadas como cansadas, lo único que querían en esos momentos era descansar y si era posible no despertar por el resto del día siguiente. Sin embargo, como si no hubiesen tenido suficiente con el injusto castigo, no pudieron atravesar el muro de piedra.
—¿Por qué demonios cambian la contraseña? —se quejó Astoria, apoyando su cabeza contra el muro.
—¿No se te ocurre alguna posibilidad? —preguntó Paige desesperada, después de tratar un entrar con todas las contraseñas anteriores que recordaban.
—Endemoniada cosa —masculló la castaña, rindiéndose y sentándose en el suelo, de espaldas al muro, esperando a que alguien saliera o entrara. —¿Y si vamos a preguntarle al profesor Snape?
—Adelante, aquí te espero —la pelirroja hizo una mueca de fastidio, definitivamente no quería estar frente al profesor que las acaba de reprender.
—¡Oh, vamos! Sabes que Snape solo nos castigó porque la bruja de McGonagall estaba presente e insistente. —Paige rodó los ojos y Astoria bufó. Se estaban desesperando y, aunque no lo admitieran, tenía miedo de que las castigaran de nuevo por estar fuera de los dormitorios cuando ya era muy tarde.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó una voz masculina muy bien conocida. La pelirroja se tensó y Astoria se quedó helada. ¿Como no había recordado que a esa hora Draco o Pansy daban sus últimas rondas del día?; y por primera vez hubiese deseado ver a Parkinson en lugar del rubio.
—Cambiaron la contraseña de esta cosa —la pequeña Greegrass fue quien habló, pues su amiga lucía algo incomoda y temerosa ante la presencia del rubio, y no era para menos, considerando como le había gritado la última vez, sin duda alguna los Slytherin no se distinguían por la valentía, pero si por su instinto de preservación.
—Si, lo sé —respondió con autosuficiencia y dando señalando su insignia de perfecto, regalándole a la castaña una sonrisa torcida.
—¿Nos la podrías decir? —pidió la chica, visiblemente irritada y desesperada por terminar el día de una buena vez.
—Carceribus —dijo secamente y como por arte de magia, obviamente, el muro desapareció para dejar entrar a sus alumnos. —Ahí está —añadió y fue el primero en entrar, sin darle mayor importancia a las chicas, aunque una parte de él se moría por tomar a Astoria y comerla a besos tumbados frente a la chimenea. Aunque para su desgracia, frente a la chimenea estaba una pelinegra sonriendo con satisfacción y esperando por él.
Resignación, era lo que les quedaba a los dos. Se miraron sin notar que se miraban, quizás porque Astoria miró esos labios delgados y pálidos que siempre la habían hecho delirar, quizás porque Draco miraba su menudo cuerpo que tanto añoraba tener entre sus brazos, pero lo importante es que sus miradas no se cruzaron. Nadie se percató de esos deseos que se quedaban en el aire, de esos deseos que se incineraban mientras él se tumbaba en un sofá, dejando que Pansy cobrara con avaricia el precio de su silencio, esos deseos que se desvanecían mientras la pequeña Greengrass subía a dormir, conteniendo las lágrimas que se agrupaban en sus pestañas.
Ambos sabían que aquello no se podía sostener más, pero ninguno tenía el valor para hablar y enfrentar el primer gran obstáculo que se les presentaba. Draco le había dicho que le gustaba esa facilidad de siempre resolver sus problemas en menos de veinticuatro horas, pero en esta ocasión en particular, ya habían pasado semanas y podrían seguir meses, pero simplemente no encontraba forma de arreglar lo que había pasado.
Quizás si ambos fueran honestos las cosas serían diferentes; si él supiera que ella había renunciado por defendedlo y que se sentía culpable; si ella supiera que él estaba con Pansy para protegerla y se sentía un miserable. Pero mientras siguieran las mentiras ellos tendrían que seguir fingiendo y sufriendo en silencio, guardando sus sentimientos y tratando de preservar su amor, evitando que se convirtiera poco a poco en resentimiento.
"Finge como bien yo lo hago, engañemos a nuestro corazón idiota..."
"Ella en su cuarto de noche inventa fantasías puede soñar..."
Cada uno buscando algo de donde agarrarse para que la corriente no los alejara del todo.
O-O-O
Si alguien le hubiera dicho a Astoria alguna vez que pociones pasaría a ser su materia preferida la chica se hubiera puesto a reír como loca. Sin embargo, en esos momentos las cosas eran así. Podría ser que Draco tuviera, directa e indirectamente mucho que ver con aquello, pero la joven Greengrass recordaba de memoria los principios básicos y siempre conseguía que su poción fuera perfecta o al menos el mejor ejemplar de todos los que presentaban. Ya había perdido la cuenta de cuantas veces había recibido miradas aprobatorias del profesor Snape, además de varios puntos para la casa verde-plata.
—Te has vuelto la consentida del profesor Snape en esa clase —observó Leo, mientras caminaban a Historia de la Magia.
—Eso no es verdad —se defendió la castaña, haciendo un puchero de estar ofendida.
—¿Como no? —le recriminó Paige —Te ha dado las notas más altas en los últimos exámenes, te da por lo menos diez puntos cada clase y ha insultado indirectamente a Hermione Granger al presumirte como su mejor alumna.
Astoria soltó una pequeña risa al recordar eso último. Y es que cuando la Slytherin había obtenido un ciento diez sobre cien en un examen, no lo podía creer y se había quedado después de clase para ver si el profesor no se había equivocado. Y justo mientras hablaban de eso, los alumnos de la siguiente clase, los de quinto, entraron, y Snape no perdió oportunidad de remarcar como se podía ser buena estudiante sin llegar a ser una "odiosa sabelotodo que levanta la mano cada cinco minutos." Incluso Draco, Blaise y Pansy se había reído de aquello, mientras la leona se ponía roja y Harry parecía querer maldecirlos a todos, incluyéndola a ella.
—Pues eso es porque estudio —se defendió la chica.
—Y eso asusta más —se burló Leo. —Has pasado tanto tiempo con los libros últimamente, que empiezo a pensar que terminarás como la rata de biblioteca esa a la que Snape insultó.
—¿Podríamos dejar de hablar de Hermione? Para su información ella es... —pero antes de terminar su oración un asqueroso olor llegó a su sentido del olfato, provocándole nauseas —¡Que rayos apasta tan horrible!
—No sé, pero no puede ser bueno —respondió Paige con voz graciosa, pues se estaba tapando la nariz.
Apenas salían de las mazmorras cuando se toparon como en el vestíbulo había gritos, golpes y un horrible olor a Trol. Un sin numero de estudiantes estaban amontonados y pegados a las paredes, algunos cubiertos con lo que parecía ser jugo fétido. Cuando el trío se acercó más al revuelo, notaron que también había varios profesores entre los presentes, además de fantasmas y Flich que venía corriendo con un pedazo de pergamino en la mano. El conserje parecía contento, como si las fiestas se hubieran adelantado y acaba de recibir su mayor regalo.
—Esto no me huele bien —ironizó Astoria, observando como los de la Brigada Inquisitorial estaban presentes y parecían igual de satisfechos que Flich.
La castaña se acercó más y notó como en medio de todo aquello se encontraban los gemelos Weasley, sentados en medio del vestíbulo; al parecer los habían atrapado haciendo algo, y ese algo seguramente estaba relacionado a ese olor horrible.
—¿Bombas fétidas? —indagó Leo, preguntándole al un Slytherin que estaba cerca. El tipo sonrió pero negó con la cabeza. Leo iba a preguntar de nuevo, pero la profesora Umbridge se adelantó en hablar.
—¡Muy bien! -gritó triunfante la directora, que sólo estaba en los escalones, contemplado todo desde arriba —¿Os parece muy gracioso convertir un pasillo del colegio en un pantano? —una sonrisa se escapó de más de un estudiante. Los gemelos se lucían con sus ocurrencias que eran de admirar, Astoria podría apostar a que Theo sonreía de admiración igual que Leo en esos momentos, aunque ninguno de los dos Slytherin lo fuera a admitir jamás.
—Pues sí, la verdad -contestó Fred, que miraba a la profesora sin dar señal alguna de temor.
Filch, que casi lloraba de felicidad, se abrió paso a empujones hasta llegar a un lado la profesora Umbridge.
—Ya tengo el permiso, señora —anunció con voz ronca mientras agitaba un trozo de pergamino —Tengo el permiso y tengo las fustas preparadas. Déjeme hacerlo ahora, por favor... —suplicó con ojos brillantes, Sin duda alguna aquello de castigar de esa manera era algo que el conserje llevaba deseando toda la vida.
—Muy bien, Argus —repuso la mujer con cara de sapo. —Y ustedes, —dijo a los gemelos —van a saber lo que les pasa a los alborotadores en mi colegio.
—¿Sabe qué le digo? —replicó Fred. —Me parece que no. —el Weasley miró a su hermano y sonrió —Creo que ya somos mayorcitos para estar internos en un colegio, George. —dijo con complicidad.
—Sí, yo también tengo esa impresión —coincidió George con el mismo tono de su hermano.
—Ya va siendo hora de que pongamos a prueba nuestro talento en el mundo real, ¿no? —le preguntó Fred a su gemelo.
—Desde luego —contestó George, aumentando su sonrisa.
Y antes de que la profesora Umbridge pudiera decir ni una palabra, los gemelos Weasley levantaron sus varitas y gritaron juntos:
—¡Accio escobas!
Astoria alcanzó a escuchar un fuerte estruendo a lo lejos y antes de procesar la información, observó como dos escobas pasaban por encima de la cabeza de Harry, quien apenas y se agachó a tiempo. Las escobas de Fred y George, las cuales arrastraban todavía la pesada cadena y la barra de hierro con que la profesora Umbridge las había atado a la pared, volaban a toda pastilla por el pasillo hacia sus propietarios; torcieron hacia la izquierda, bajaron la escalera como una exhalación y se pararon en seco delante de los gemelos. El ruido que hizo la cadena al chocar contra las losas de piedra del suelo resonó por el vestíbulo.
—Hasta nunca —le dijo Fred a la profesora Umbridge, y pasó una pierna por encima de la escoba.
—Sí, no se moleste en enviarnos ninguna postal -añadió George, y también montó en su escoba.
Fred miró a los estudiantes que se habían congregado en el vestíbulo, que los observaban atentos y en silencio.
—Si a alguien le interesa comprar un pantano portátil como el que habéis visto arriba, nos encontrará en Sortilegios Weasley, en el número noventa y tres del callejón Diagon —dijo en voz alta, haciendo propaganda a sus artículos.
—Hacemos descuentos especiales a los estudiantes de Hogwarts que se comprometan a utilizar nuestros productos para deshacerse de esa vieja bruja —añadió George señalando a la profesora Umbridge. Astoria juraría que Leo repetía la dirección en voz baja para memorizarla.
—¡Deténgalos! -chilló la directora, pero ya era demasiado tarde.
Cuando la Brigada Inquisitorial empezó a cercarlos, Fred y George dieron un pisotón en el suelo y se elevaron a más de cuatro metros, mientras la barra de hierro oscilaba peligrosamente un poco más abajo. La barra por poco le da en toda la cara a Draco, quien se apartó sin más intenciones de quererlos detener. Fred miró hacia el otro extremo del vestíbulo, donde estaba suspendido el poltergeist, que cabeceaba a la misma altura que ellos, por encima de la multitud.
—Hazle la vida imposible por nosotros, Peeves. —fueron las últimas palabras de los gemelos.
Peeves se quitó el sombrero con cascabeles de la cabeza, sorprendiendo a todos, e hizo una ostentosa reverencia al mismo tiempo que los gemelos daban una vuelta al vestíbulo en medio de un aplauso de los estudiantes y salían volando por las puertas abiertas hacia una espléndida puesta de sol. Aquello era para recordar durante mucho, mucho, pero mucho tiempo; de hecho era memorable. ¿Donde estaba Colin con su cámara cuando lo necesitaban?
O-O-O
Los días siguientes no se hablaba de otra cosa que no fuera la historia del vuelo hacia la libertad de Fred y George. Los gemelos Weasley, para disgusto de algunos, daban indicios de volverse una de las muchas leyendas de Hogwarts. Al cabo de una semana, la historia se comenzaba a exajerar con cosas como que los gemelos habían lanzado bombas fétidas a la directora desde sus escobas antes de salir disparados hacía los jardines. Aquello parecía irritar a más de un Slytherin, quienes ya no soportaban como todos los alumnos de las demás casas hablaban de como planeaban seguir los pasos de los Weasley. Comentarios como: "Te aseguro que hay días en que me montaría en mi escoba y me largaría de aquí" o "Una clase más como ésta y creo que me marco un Weasley."
Claro que también había Slytherin que pensaban igual, pero antes muertos que admitir aquello. Pero, por ejemplo, Leo hacía comentarios como le gustaría intentar volar en escoba hasta Londres, y Cole no se quedaba atrás proponiendo a Astoria esa fuga a la academia de baile en Australia. "Hacemos volar el armario de escobas de Flich y nos llevamos las Nimbus del equipo de Slytherin" era el plan que ofrecía el castaño, parte broma, parte verdad; Astoria estaba segura de que si ella llegara a decir que si él no dudaría en hacerlo.
—Prefiero ser animaga que volar en escoba —era una de sus más recurrentes escusas, que siempre desviaba el tema a cosas de transformaciones.
Que hablando de transformaciones, el pasillo del quinto piso que Fred y Goergoe habían convertido en un pantano seguía intacto y oloroso. La profesora Umbridge y Filch habían intentado retirarlo de allí por diversos medios, pero ninguno había dado resultado. Finalmente acordonaron la zona, y Filch, aunque rechinaba los dientes muerto de rabia, tenía que encargarse de llevar a los alumnos en un bote hasta las aulas. No cabia ninguna duda de que profesores como Flitwick o McGonagall habrían hecho desaparecer el pantano en un abrir y cerrar de ojos, pero, como había ocurrido en el caso de los Magifuegos Salvajes Weasley, al parecer preferían que la profesora Umbridge pasara apuros.
Pero como si eso no fuera poco, los problemas de Dolores Umbridge no acababan ahí. Inspirados por el ejemplo de los gemelos Weasley, un gran número de estudiantes aspiraban a ocupar el cargo vacante de alborotador en jefe. Por los pasillos se tiraban tantas bombas fétidas, "como si no fuera suficiente con el pantano" se quejaba a cada rato la menor de las Greengras, quien, al igual que mucho otros, había adoptado la moda de hacerse el encantamiento casco-burbuja antes de salir de las aulas, porque así podía respirar aire no contaminado, aunque eso le diera un aspecto muy peculiar: parecía que llevaba la cabeza metida en una pecera. Por lo que Pansy había optado por llamarla "Pez Globo Greengrass" y hacia una extraña cara con los cachetes inflados; a lo que las mejillas de la castaña se ponían como dos manzanas.
Filch rondaba por los pasillos con un látigo en la mano, ansioso por atrapar granujas, pero el problema era que había tantos que el conserje no sabía adónde mirar. La Brigada Inquisitorial hacía todo lo posible por ayudarlo, pero a sus miembros les ocurrían cosas extrañas sin parar. Warrington, del equipo de quidditch de Slytherin, se presentó en la enfermería con una afección de la piel tan espantosa que parecía que lo habían recubierto de copos de maíz; Pansy Parkinson, para gran alegría de la pequeña Greengrass, se perdió durante todo un día en la enfermería porque le habían salido cuernos. Y la alegria hubiera sido completa si Malfoy no hubiera caído ahí también, por culpa de un chico de segundo al que el príncipe intentaba atrapar por lanzar una bomba fétida, pero terminó rodando escaleras abajo con una mano rota.
Entre tanto, se hizo patente la cantidad de Surtidos Saltaclases que Fred y George habían conseguido vender antes de marcharse de Hogwarts. En cuanto la profesora Umbridge entraba en el aula, los alumnos que había allí reunidos se desmayaban, vomitaban, tenían fiebre altísima o empezaban a sangrar por ambos orificios nasales y un sin fin de cosas más.
—Si no fuera porque son de los Weasley compraría por lo menos una docena —decía Leo cuando salían de Historia de la Magia, la clase, de por si aburrida, estaba prácticamente vacía pues todos los alumnos estaban "incapacitados."
La profesora, que chillaba de rabia y frustración, intentó detectar el origen de aquellos síntomas, pero los alumnos, testarudos, insistían en que padecían "umbridgitis". Tras castigar a cuatro clases sucesivas y no conseguir desvelar su secreto, la profesora no tuvo más remedio que abandonar y dejar que los alumnos, entre desmayos, sudores, vómitos y hemorragias, salieran a montones de la clase.
Pero ni siquiera los consumidores de Surtidos Saltaclases podían competir con el gran maestro del descalabro, Peeves, quien parecía haberse tomado muy en serio las palabras de despedida de Fred. Volaba por el colegio riendo desenfrenadamente, tumbaba mesas, atravesaba pizarras, volcaba estatuas y jarrones... En dos ocasiones encerró a la Señora Norris en una armadura, de donde fue rescatada, mientras maullaba como una histérica, por el enfurecido conserje. Peeves rompía faroles y apagaba velas, hacía malabarismos con antorchas encendidas sobre las cabezas de los alarmados estudiantes, lograba que ordenados montones de hojas de pergamino cayeran en las chimeneas o salieran volando por las ventanas; inundó el segundo piso al arrancar todos los grifos de los lavabos, tiró una bolsa de tarántulas en medio del Gran Comedor a la hora del desayuno y, cuando le apetecía descansar un poco, pasaba horas flotando detrás de la profesora Umbridge y haciendo fuertes pedorretas cada vez que ella abría la boca para decir algo.
Siendo obvio que aquel comportamiento no formaba parte de los alumnos de Slytherin, las serpientes de segundo año en adelante se mostraban indignadas, indiferentes y Astoria juraría que deseaban abandonar el castillo. Los de primero, por el contrario, parecían disfrutar un poco del desorden y si no fuera porque Draco y Pansy los inspeccionaban, amenazaban y gritaban, seguramente ellos también gastarían bromas contra la directora y el resto de los habitantes del castillo.
Por si fuera poco, para empeorar el humor de las serpientes, Montague todavía no se había recuperado de su estancia en el servicio; seguía desorientado y aturdido, y un martes por la mañana sus padres se presentaron en Hogwarts, visiblemente enfadados. Si el chico no reaccionaba el equipo de Quidditch necesitaría de un milagro para ganarle a Hufflepuff.
—¡No permitiré que los de Gryffindor se queden con la copa! —bramaba Malfoy cada que el tema salía a relucir —¡Yo mismo jugaré como cazador y buscador si es necesario! —alardeaba el rubio, dándose aires de héroe cuando le era posible.
Y cuando el sábado del partido llegó, los ánimos estaban por los suelos. Montague no había despertado y, por jerarquía implícita, Malfoy había quedado como capitán provisional durante el partido. Si bien era bueno jugando, su protagonismo y egoísmo pronosticaban un pésimo partido.
—Definitivamente no iré a ver como nos deja en ridículo —dijo Cole durante el desayuno. Astoria asistió, apoyó y siguió comiendo. Muchos apoyaban a Draco ese día, pero también había serpientes que no les caía en gracia que el príncipe Malfoy estuviera al frente del equipo; y Astora, por amor propio, era de las que no apoyaba.
El partido de quidditch dio comienzo, Slytherin-Hufflepuff, y aunque la joven Greengrass nunca se enteraría, su presencia o mejor dicho, su ausencia había sido un factor que había contribuido a la penosa derrota de las serpientes. Si bien, Draco se había lucido atrapando la snitch, por cuestión de seguidos se había distraído buscando a su niña en las gradas, dichosos segundos habían sido esenciales para el equipo de Hufflepuff, quienes anotaron un gol, obteniendo la victoria por "diez miserables puntos", o al menos así lo repetían todos los de la casa verde-plata.
—Ya, Draco. No fue tu culpa —le decía Blaise para animarlo, y es que si Malfoy tenía mal humor desde su rompimiento con Astoria, después del partido estaba peor, y eso era mucho decir. —La culpa fue de Bletchley, él dejó que metieran ese gol por distraído... —seguí insistiendo el moreno, pero su amigo seguía con su mal humor y solo respondía con cosas como: "Aja" o "Claro, claro" o cuando lo irritaban mucho: "¡Pues vallan a joderlo a él y déjenme descansar!"
Así siguió el resto de la tarde de ese sábado, y Astoria se mantenía al margen, aunque pasaba cada media hora por la sala común para ver si el rubio seguía en esa actitud a causa de la derrota. Aunque quizás Draco jamás fuera a admitir que, además de haber perdido contra los Hufflepuff, lo que más le molestaba era que Astoria no hubiera estado presente en el partido, bien se hubiera conformado así la castaña hubiera estado apoyando a la casa amarilla, pero el hecho de que ni siquiera se dignara a asistir... bueno, su orgullo no podía estar más destrozado. Aunque si había algo que estaba más destrozado que su orgullo: su corazón.
—No fue tu culpa —dijo suavemente Astoria cuando pasó por enésima vez por la sala común que ya estaba vacía. Draco la miró, suavizando su expresión y la castaña juraría que el rubio había sonreído de lado por un instante.
—¿Tú qué sabes de Quidditch, mini-Greengrass? —ironizó y se puso de pie para retirarse al dormitorio. Se sentía mucho mejor que antes, al menos ya sabía que Astoria no le era del todo indiferente; aunque no demostraría lo bien que le habían venido las palabras de su niña, porque aún era suya.
Sin embargo, lo mejor por el momento era seguir dando golpes bajos, atacándose sutilmente para mantener la distancia.
Astoria sonrió de lado y se encogió de hombros, rodando los ojos y bufando también se fue a los dormitorios.
