Capítulo 42
Caminando entre la gente, los dos highlanders se separaron en busca de lo que necesitaban. Y, cuando Naruto llegó hasta donde quería, agarró a Temari de la cintura, la acercó a él y, mirando al tipo que danzaba con ella, soltó:
—Reclamo bailar con mi mujer.
La joven, sorprendida por aquello, y todavía furiosa con él, lo empujó para alejarlo de su lado.
—No reclames lo que en breve dejará de ser tuyo —declaró.
Naruto meneó la cabeza boquiabierto.
—Iram... Temari, ¿qué te parece si hablamos?
Nerviosa a la par que enfadada, la joven asintió e, invitándolo a seguirla, indicó:
—Muy bien, hablemos. Sígueme.
Y, sin más, desaparecieron del salón.
Al ver aquello, Sasuke sonrió.
Él no era el marido de Sakura, no podía reclamarla como había hecho su amigo. Pero, incapaz de esperar un segundo más, se encaminó hacia el lugar donde ella bailaba y, sin esperar el turno de la fila de hombres que aguardaban, fue hasta ella y susurró agarrándola de la mano:
—Acompáñame.
La aludida lo miró dejando de bailar.
—¿Qué pasa?
—Ven conmigo.
—No.
—¡¿Qué?!
—Estoy bailando. ¿Qué ocurre?
Como un tonto, Sasuke no supo qué decir. Nunca había cortejado a una mujer y menos aún había demostrado en público ese tipo de interés. Estaba atontado por ello cuando el tipo que bailaba con la joven, con una sonrisa, indicó señalando la cola:
—Amigo..., tienes que esperar tu turno.
Sasuke miró hacia el lugar donde aquél señalaba. Allí había como unos diez hombres esperando. Y, sin soltar a Sakura, clavó la mirada en aquel tipo y le espetó:
—Amigo..., yo no tengo por qué esperar turno.
—¡Serás creído! —se mofó Sakura.
Sasuke, al oírla, la miró y siseó:
—No me enfades, pelirosa salvaje...
Sorprendida por el cambio que se había obrado en él, ella replicó:
—No me enfades tú a mí...
El highlander maldijo sin dar crédito y, sin miramientos, insistió:
—Tengo que hablar contigo.
—¡¿Ahora?! —preguntó ella, acalorada por el baile.
Ver la mano de aquel desconocido sobre la cintura de Sakura estaba poniendo enfermo a Sasuke, que, tirando de ella, gruñó mientras se la echaba al hombro:
—¡Sí, ahora!
Horrorizada por lo que aquel bestia escocés estaba haciendo, la muchacha pataleó sobre sus hombros mientras los asistentes los miraban, aplaudían y sonreían.
Aquello era humillante, tremendamente humillante para Sakura. Y, una vez traspasaron las puertas de la fortaleza y Sasuke la soltó en el suelo, ella se separó de él de un empujón y siseó furiosa:
—Si vuelves a hacer algo parecido, juro que te mato.
—Baja esos humos..., vikinga.
—Cuando los bajes tú..., escocés.
Esta vez, Sasuke sonrió al oír eso.
La luz de la luna se reflejaba en el bonito rostro de la joven, y, necesitado de ella, la acercó a su cuerpo con rapidez y, mirándola a escasos milímetros, susurró:
—Nunca haré nada que no desees, pero ahora deseo be...
No pudo terminar porque fue ella quien lo besó.
El deseo era mutuo. Abrasador. Insaciable.
Ambos se deseaban. Ambos se buscaban. Ambos se necesitaban.
Con propiedad, Sasuke la apretó contra su cuerpo y, caminando con ella colgada de su cuello, dobló una esquina. Allí, entre las sombras, nadie los vería dar rienda suelta a su loca pasión.
Un beso..., dos..., cuatro...
Las manos de Sasuke volaban bajo el vestido de la muchacha, y, cuando una de ellas subió lenta y tentadoramente por la cara interna de sus muslos, Sakura cerró los ojos y vibró, momento en que Sasuke afirmó sonriendo:
—Tu lección esta noche será...
—¡Cállate o seré yo quien te haga saber cuál es tu lección! —ordenó ella excitada.
Sin miramientos, y sin importarle dónde estaban, la pelirosa le desabrochó el pantalón con premura, cuando aquél preguntó:
—¿Qué haces?
Ver la sorpresa en sus ojos le hizo gracia y, acariciando con mimo y decisión su duro pene, respondió sin dudarlo:
—Disfrutar de ti.
Loco por lo que aquélla le hacía, sin pensar en nada más, el highlander agarró las calzas de la joven por debajo del vestido y se las arrancó. Ambos se miraron excitados.
Acto seguido, la izó entre sus brazos, la apoyó contra la fría y dura pared de la fortaleza y, una vez la tuvo donde quería, murmuró:
—De acuerdo, pelirosa salvaje..., disfrutemos juntos.
Dicho esto, mirándola a los ojos, colocó su ardiente y sedoso miembro en la deliciosa humedad de aquélla y Sakura jadeó mientras vibraba de placer.
Sasuke comenzó a hundirse entonces en ella, una y otra y otra vez, y, tras un ardoroso beso que los hizo temblar a ambos, murmuró:
—Hago locuras por ti..., sólo por ti.
Sakura asintió acalorada mientras él, incapaz de frenar el deseo que sentía, salía y entraba de ella con deseo y desesperación, hasta que al cabo de un rato un increíble y maravilloso clímax se apoderó de ambos.
Tras unos instantes, cuando sus cuerpos pararon de moverse, se miraron a los ojos. Lo que ocurría entre ellos era mágico y especial y, sin hablar, volvieron a besarse con tranquilidad.
Luego ella bajó las piernas al suelo y Sasuke musitó:
—No sé qué pensar.
Al oírlo, la joven levantó los ojos hacia él. Ya no la miraba del mismo modo que el día anterior. Y, cuando se disponía a decir algo, el escocés murmuró mientras le tocaba la cicatriz de la mejilla:
—Esto te lo hizo él, ¿verdad?
Sin entender bien su pregunta, ella no respondió, y Sasuke, acercando su frente a la suya, musitó:
—Neji me ha contado de tu pasado.
—¿Has hablado con él? —preguntó la muchacha descolocada.
Sasuke asintió.
—Rasa medió para que pudiéramos entendernos. —Sakura asintió, y él añadió con voz rabiosa—: Sé que ese animal te maltrató y mató a tu familia. Y te juro por mi vida que, cuando lo encuentre, lo voy a matar con mis propias manos por haber osado hacerlo.
Oír eso en cierto modo le gustó a la joven.
Saber que Sasuke haría todo aquello por ella era maravilloso, pero no. No podía ser. Ella tenía que matar a Sasori. Y, separándose de él bruscamente, exclamó:
—¡Tú no sabes nada!
Sasuke la miró. Entendía su rabia, su frustración, sus miedos. Y, deseoso de estar con ella y de ganarse su confianza, murmuró:
—Sakura, da igual quién seas tú o quién sea yo.
—Te equivocas. No da igual —y, recordando las palabras de Dotō, insistió —: Nadie permitirá que seamos felices, y tu negocio de caballos se...
—Lo que piensen los demás, teniéndote a mi lado, me da igual. ¿Acaso no lo ves?
Desarmada por ver que aquél estaba dispuesto a tirar todo su futuro por la borda por estar a su lado, la muchacha supo que no podía consentirlo. Si lo hacía, podía llegar el día en el que él, cansado de la situación, se lo reprochara. Y, no, no podría vivir con aquello. Así pues, con todo el dolor de su corazón, acarició su rostro y, cambiando su actitud cariñosa, buscó en su interior aquella que tanto odiaban quienes la querían y, mirándolo desafiante, soltó:
—Sasuke, ¿qué deseas de mí?
Su pregunta y, en especial, su tono de voz lo pillaron desprevenido.
Con sus palabras, sus hechos, su preocupación, creía que le haría entender lo que deseaba de ella, y, molesto, contestó:
—¿Tú qué crees?
Horrorizada por el miedo que sentía por todo, pero dispuesta a lograr su propósito, Sakura replicó sonriendo con cierta chulería:
—Si lo que deseabas era quitarme las calzas, ya lo has conseguido.
—¡¿Qué?! —preguntó él descolocado.
Y, al ver su incomodidad, ella añadió tensando más aún la cuerda:
—¿Qué te parece si regresamos a la fiesta? Me gustaría seguir bailando, bebiendo y riendo con otros hombres interesantes que estaba conociendo hasta que tú te has metido por medio.
Su frialdad tras lo que había ocurrido...
Su desapego tras lo que habían hablado...
Aquella versión fría y egoísta de Sakura le hacía daño a Sasuke, que, dando un paso atrás para alejarse de ella, preguntó:
—¿Realmente las vikingas sois así?
Al oír eso, ella levantó una ceja.
—¿Así, cómo?
Incómodo, él terminó de abrocharse el pantalón y, parapetándose en la misma frialdad que la joven, respondió:
—Acabas de hacer el amor conmigo y ya estás pensando en ir a divertirte con otros...
Sin saber por qué, ella sonrió, y entonces él añadió:
—Ah..., olvidaba que tu pueblo permite la poligamia. Claro, ahora lo entiendo todo.
Cada palabra que él decía a ella le dolía más que la anterior. Aunque respetaba el tema de la poligamia y en su momento, cuando estaba casada con Sasori, le había venido bien que él se acostara con otras mujeres, no era algo que aceptara de buen grado. Pero, deseosa de incomodarlo, afirmó:
—Disfrutar de otros hombres siempre es enriquecedor. Si nos casáramos, gracias a la poligamia podríamos disfrutar de otros cuerpos, ¿no te parece tentador?
El gesto de Sasuke se endureció más aún. Las venas del cuello se le hincharon. Y Sakura, tensando más y más la cuerda, se mofó:
—Por Odín! ¿He dicho algo que te haya ofendido?
Él la miró boquiabierto. Aquella vikinga era una descarada. Una desalmada. Y, enfadado con ella, y sin ganas de seguir escuchándola, siseó:
—Ni me atrae la poligamia ni quiero casarme contigo.
Sakura lo sabía. Sabía que llegaría ese momento, pero, incapaz de demostrar el daño que todo aquello le hacía, parapetándose en aquella frialdad que durante casi toda su vida había empleado, preguntó:
—Pero ¿no decías que querías que yo fuera tu mujer? —De nuevo, él no contestó, y ella, sonriendo y separándose un paso, afirmó—: Ah, vale..., acabo de recordar que soy vikinga, pagana, bárbara. Soy todo eso que tanto detestas y...
—¡Cállate! —bramó Sasuke ofuscado.
Si había ido a aquella fiesta había sido por ella.
Si la había separado de aquellos hombres con los que bailaba había sido para estar con ella.
Pero ahora, viendo sus fríos ojos, su insensible mirada y sintiendo su afilada lengua, el highlander cabeceó e indicó:
—No sé qué hago aquí, ni por qué intento hablar contigo una y mil veces. Está claro que tú y yo nunca hemos estado destinados a entendernos, y creo que esto se ha de acabar aquí y ahora. Tú eres la última mujer con la que querría compartir mi vida.
—¿Pretendes ofenderme diciendo eso?
Sasuke maldijo. Pero ¿es que aquélla no tenía límites? Y, cuando iba a contestar, Sakura se volvió para que no viera cómo el color de sus ojos se llenaba de pena y desesperación, comenzó a caminar hacia la casa e indicó:
—Muy bien. Ya está todo dicho. Regresemos a la fiesta.
Sin dar crédito, Sasuke la siguió ofuscado. No cabía duda de que todo había terminado.
