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Capítulo 64

ESTABA desesperado. Desesperado, dolorido y muerto de hambre. Hacía casi dos días que estaba enterrado vivo y el rescate no llegaba a él.

Los oía trabajar, le llegaba el sonido de las máquinas y los golpes. También algunos ladridos muy lejanos. Pero nada de voces humanas.

Hubiese dado lo que fuese por oír hablar a una persona. No podía entender cómo estando tan cerca de la salida, se encontraba tan lejos de la superficie. No sospechaba que encima tenía varios metros de escombros que lo alejaban de la vida.

Las primeras horas fueron bastante difíciles porque el dolor que sentía en la cabeza y en la espalda lo torturaba horriblemente; pero las últimas estaban siendo peores. El dolor continuaba intacto, y las esperanzas de un rescate se estaban muriendo lentamente.

Y el hambre. Estaba famélico. Fantaseaba con un buen bistec, o una barbacoa a la uruguaya, apetitosa y sangrante. Sangre... No, mejor nada de sangre. No sabía por qué, pero esa palabra le provocaba sentimientos extraños. Continuaba con la memoria trabada; recordaba sólo algunos sucesos, pero tenía la sensación de haber olvidado lo fundamental.

Es decir, no tenía ni idea de qué hacía en Japón, y por qué esa chica, la de sus sueños, se aparecía una y otra vez, y jugaba con su mente. No podía apartarla de allí. Tampoco quería hacerlo.

El tiempo parecía quedar en suspenso cuando pensaba en ella. Era tan, pero tan hermosa. Estaba llena de vida.

No sabía si era parte de sus recuerdos o de sus fantasías. Lo cierto era que al cerrar los ojos la veía reír y su corazón latía más deprisa. Y cuando la imaginó en la ducha, de espaldas, con el jabón deslizándose por la hendidura que separaba sus nalgas, su excitación se hizo evidente, a pesar de la triste realidad en la que estaba inmerso, y del frío intenso y cruel.

¿Sería real? ¿Formaría parte de su vida, o sólo de su mundo de fantasías? ¡Demonios!, si algún día lograba salir de esa maldita tumba lo sabría. De momento, había comprobado que además del apetito, conservaba otro instinto básico intacto. Era incómodo en ese momento sentir el despertar de sus deseos, pero lo hacían sentirse vivo.

Cerró los ojos, y la chica de sus sueños lamió un helado de fresa con su lengua rosa. ¡Maldición! Estiró una mano y se bajó la cremallera porque la presión le provocaba dolor.

«Qué situación de mierda. Estoy en un derrumbamiento, hambriento y malherido, y con mi instrumento afuera totalmente envarado. Si en este momento me alcanzara la muerte, mi familia creería que era un verdadero pervertido.» Sonrió. Su familia. Sí, los recordaba. A su padre, a su abuela, y al mal bicho de su madre.

La odiaba profundamente, y ahora sabía que tras esa fachada de indiferencia, nunca le había perdonado el abandono. Y no sabía muy bien por qué, pero sospechaba que Pauna le había hecho más daño aún. Si pudiera acordarse...

Se esforzó por sondear en su memoria. Sí, eso era. La empresa. El Sky Blue, George, el proyecto Ground Zero, Charlie, la Barbie Puta.

Un momento. ¿La Barbie Puta? ¡Oh, oh! Aquí vamos otra vez. La chica de sus sueños con un chupetín en la boca. ¡Demonios!, esa boca...

«¿Te gusta mirar?», decía ella mientras se levantaba lentamente la falda de colegiala. ¿Lo habría vivido realmente? ¡Oh, claro que le gustaría observar qué había debajo de ese uniforme! Pero más le gustaría que eso fuese suyo, sólo suyo...

Si al menos pudiese recordar su nombre. No era Barbie; de eso estaba seguro. «Princesa», susurró una voz desde su interior. Y sin duda lo era. Era magnífica, con sus largas piernas bronceadas y su culo perfecto, con forma de corazón. Pero lo que más lo subyugaba era su boca.

Sólo por saber si era real, valía la pena esperar el rescate sin volverse loco. Si la chica de sus sueños existía, todo el sufrimiento por el que estaba pasando quedaría justificado; de verdad lo sentía así.

Intentó guardar la calma, pero estaba al borde de la desesperación. Sentía ganas de llorar a gritos. Podía hacerlo, después de todo nadie lo oiría. Se había pasado horas enteras gritando, y ya no le quedaba voz, pero nadie le había respondido.

Se sentía solo, terriblemente solo. Pensó en el guardia de la caseta. Estaría herido o muerto. Y si no, sería un superviviente silencioso. Todo Japón lo era. Eran realmente admirables por su organización, por el respeto hacia sus semejantes, por la paciencia.

Pero él no se caracterizaba por esto último, precisamente. Quería que todo eso pasara ya, o bien morirse de una vez. No soportaba esa situación intermedia donde todo era una posibilidad, pero nada ocurría.

Se sopló las manos para darse calor. El frío era terrible allí. Recordó de pronto a los supervivientes de la tragedia de los Andes. Habían pasado casi tres meses en la nieve esperando ser rescatados, torturados por el hambre y el frío. Incluso habían tenido que alimentarse de los cuerpos de sus amigos fallecidos en el accidente aéreo para lograr sobrevivir.

«Pero no estaban solos», se dijo. Y descubrió que lo más dramático de su situación era la sensación de encontrarse en completa soledad.

«No estás solo, corazón. Yo estoy muy cerca», le dijo la chica de sus sueños, y él cerró los ojos para que su conmocionado cerebro le diera más información. Quería imaginarla, recordarla, fantasear con ella. Lo quería todo de ella, pues para él simbolizaba la vida. Esa princesa era como un rayo de luz en la oscuridad.

Un rayo de luz. ¡Carajo!, no quería ilusionarse, pero de pronto la penumbra había comenzado a disiparse. ¡Voces, oía voces!

Levantó el letrero del caracol y empezó a golpear la carrocería del coche que tenía encima y a gritar pidiendo auxilio.

Pero de pronto tuvo que detenerse porque era tanta la cantidad de polvo que le caía encima y le entraba en los ojos y en la boca que se vio obligado a usar el cartel para protegerse.

Y no sólo caía polvo. Al parecer, la cañería que había estado goteando encima de él se había soltado y había comenzado a brotar un chorro bastante fuerte.

En poco tiempo se encontró totalmente empapado, pero él no sentía frío ya. La emoción lo embargaba, pues el rescate, el tan esperado rescate, por fin, estaba teniendo lugar.

Debía tener un poco de paciencia, sólo un poco más, y la odisea llegaría a su fin. Miró el reloj. Habían pasado exactamente cuarenta horas desde que había despertado en esa tumba oscura, pero no tenía ni idea de cuánto tiempo había estado allí. Dos días de su vida sepultado vivo. ¡Dios!, parecía una película de terror, pero era verdad.

Estaban cada vez más cerca; podía escuchar claramente sus voces. Hablaban en japonés, y él no podía comprender qué decían. De pronto, movieron el coche que lo tenía atrapado y un rostro sucio asomó a su lado.

Llevaba una linterna en el casco y, por un momento, Albert se encandiló y se cubrió los ojos.

—¡Oh!, lo siento —le dijo el hombre en inglés, y apagó la luz.

—No, por favor, enciéndala —respondió Albert, igualmente en inglés.

—¿Es usted el señor Ardleyl, Albert Ardley? —preguntó el otro.

Debía transmitirle calma, porque después de cuarenta y siete horas sepultado, todo estímulo podía dañarlo.

—Sí, lo soy.

Estaba sorprendido. ¿Lo estaban buscando expresamente a él? Era increíble que supieran que... Bueno, se preocuparía de esos detalles luego. Ahora lo único que deseaba era salir de allí.

—Estupendo, alteza. Lady Ardley estará muy satisfecha —le dijo el hombre—. En unos minutos, estará lejos de aquí. Ahora le voy a poner este inmovilizador en el cuello; no se mueva.

¿Alteza, había dicho? ¿Lady Ardley? ¡Qué extraño que se hiciera llamar así! Recordó que lo último que había sabido de su madre era que se marchaba a Europa durante un par de meses a someterse a un tratamiento rejuvenecedor. Y ahora estaba allí, con sus delirios de grandeza, coordinando las operaciones de su rescate. Bueno, sería la única vez en la vida que se alegraría de ver a Pauna. Si ésa era su forma de reparar su abandono, hasta podría perdonarla y todo.

Después, todo fue muy rápido. Bajó otro bombero, que al parecer era un paramédico, porque le descubrió el brazo, lo desinfectó y le inyectó lo que parecía ser suero. El coche que lo cubría desapareció del todo y el sol le dio de lleno en la cara.

Albert se cubrió el rostro con el brazo que tenía libre, pues la luz lo estaba cegando. En esa posición, sintió cómo manipulaban su cuerpo y lo ponían sobre una camilla rígida.

Alguien le quitó el brazo de los ojos y, amarrándolo a la camilla, lo inmovilizaron. Él intentaba mirar, pero cada vez que despegaba los párpados le dolía muchísimo, así que los volvía a cerrar.

Y no sólo eso le dolía... A medida que se movía hacia el exterior, su columna vertebral se resentía con cada sacudida. ¡Diablos!, el dolor era intenso, pero estaba saliendo del peor trance de su vida.

Continuaba subiendo y, al final, logró mantener los ojos abiertos lo suficiente como para distinguir el cielo azul. Estaba vivo, y el día era hermoso.

Pestañeó una y otra vez. Estaba cerca, muy cerca. Iba pasando de mano en mano, en posición vertical. El protector que tenía en el cuello le impedía echar la cabeza hacia atrás para mirar mejor hacia el exterior.

Cuando salió a la superficie, ella fue lo primero que vieron sus ojos. ¡Demonios!, no podía creerlo. La chica de sus sueños.

Se quedó paralizado. Aun con la frente tiznada de negro, despeinada, y llorosa se la veía... increíble. Albert volvió a pestañear para asegurarse de que no estaba soñando que lo rescataban y que ella lo esperaba afuera.

No. Era real. Había terminado su encierro, y la chica de sus sueños se abalanzó sobre él mientras lloraba y reía, todo a la vez.

—¡Albert! ¡Oh, mi amor! ¿Estás herido? ¡Dime! ¿Te duele?

Él quiso decir algo, pero no pudo. Se había quedado totalmente afónico de tanto gritar pidiendo ayuda. De todos modos, ella se lo impedía: le estaba cubriendo la frente de besos, y Albert se alegró de haber tenido la lucidez de guardar su miembro dentro del pantalón. Menudo espectáculo habría dado si se hubiese olvidado, con esa belleza besándolo y acariciándolo de esa forma.

Alguien la cogió desde atrás y la retiró, y Albert se encontró con un rostro que le resultaba más que conocido: su padre.

—Hola, papá —intentó decir, pero no salió el sonido.

De todos modos, William le leyó los labios. Estaba llorando. Albert sintió pena por él; parecía haber envejecido diez años al menos.

—Querido... ¡Gracias a Dios! ¡Oh, gracias a Dios que estás vivo!—murmuró, besándole la frente.

Albert intentó sonreír. Qué bien se sentía al estar fuera. Intentó girar la cabeza, pero no lo logró. ¡Maldito aparato! Quería ver si la chica aún permanecía allí, pero en un abrir y cerrar de ojos se encontró dentro de una ambulancia. La gente aplaudía, y los perros ladraban. Había una gran emoción en el ambiente, y Albert se preguntó si era posible que todo ese despliegue fuese por él.

—Mi amor, me doy cuenta de que no puedes hablar. Está bien, no te esfuerces, no digas nada.

Albert volvió los ojos y vio que ella estaba a su lado. La observó detenidamente, como si la viese por primera vez. En cierta forma así era. No recordaba nada de ella; sólo tenía unas imágenes algo confusas en su mente, pero cargadas de emoción.

Su belleza lo volvió a fascinar. ¡Qué ojos!, ¡qué mirada! verdes como las esmaraldas, pero increíblemente cálidos. Tenía sangre en una mejilla. Y sus labios... estaban azules, pero aun así esa boca invitaba al beso.

Albert tiritaba, pero hizo el esfuerzo de sonreírle, y al ver la expresión de ella, su corazón se le disparó en el pecho.

La sonrisa con la que le correspondió iluminó su rostro de tal forma que él se estremeció. No podía dejar de observarla.

Ella le tomó una mano y se la llevó a los labios para besarla. Albert observó cómo le besaba los dedos uno a uno, a pesar de lo sucios que estaban. Ella misma los tenía manchados... de sangre.

Él miró, asombrado, las uñas rotas, los dedos destrozados. Estaba herida. ¡Oh, Dios!, ella estaba herida. Y de pronto, dejaron de importarle su propio dolores, sus propias heridas. Deseaba también besarle los dedos, continuar con sus brazos, tomar su rostro perfecto entre sus manos y lamer la sangre que manchaba su mejilla.

Alguien subió y se puso junto a ellos, y la ambulancia partió.

Comenzaron a atenderlo allí mismo. Le pasaron calmantes por la vía que le habían puesto en el brazo, y el dolor comenzó a desaparecer poco a poco. Albert se encontraba de pronto muy mareado y con sueño. Pero no quería dormirse, pues temía que si lo hacía, ella pudiera desvanecerse.

Se resistió todo lo que pudo, pero no lo logró. Lo último que escuchó antes de cerrar los ojos fue que el médico decía:

—Él está bien. No se preocupen.

Y luego, todo comenzó a dar vueltas y vueltas hasta que la oscuridad regresó.

CONTINUARA