ADVERTENCIA: EN SERIO se recomienda releer previamente los siguientes drabbles para sentirse mejor orientados: Lazos, electricidad, sabor II y aventar. Gracias por su atención c:
Básico
Todos sabemos que los niños son como esponjas. Absorben cualquier conocimiento que se les brinde. Puedes enseñarles a sumar, restar, dividir, escribir, pintar, hablar... Pueden aprender cualquier cosa que se les enseñe. Y Kagome, a sus ocho años, había logrado convertirse en una de las niñas más aplicadas y destacables de la escuela en cuanto a aprendizaje se refiere. Pero había algo que Kagome aún no había aprendido. Dio un rápido vistazo a sus uñas pintadas de un simpático color carmín y sonrió con entusiasmo. Sí, Kagome no había aprendido a dejar de babear por su vecino...
Dio vuelta una de las macetas favoritas de su madre, la colocó al lado de la cerca y se subió arriba. No tardó en vislumbrar la figura de su enamorado jugando con una pelota en el patio de su lujosa casa. Sus ojos adquirieron un brillo especial al encontrarse con la mirada dorada que, a pesar del paso del tiempo, seguía robándole el aliento.
—Hola —saludó al mismo tiempo que escondía tras de sí un delicado sobre rojo con una nota en su interior.
—Hola, chismosa —refunfuñó mientras mantenía su mirada fija en la chocolate.
Oh, sí, de esa mirada hablaba. Esa mirada dorada, enigmática e indiferente que solo resaltaba su aire de "soy inalcanzable". Porque Kagome, si bien era de una familia estándar, tenía ideales altos. A ella no le gustaban los chiquillos románticos, demostrativos y que son demasiado empalagosos. No. A ella le gustaban los chicos rudos, difíciles de conquistar y que no volteaban a ver a una niña cualquiera. Le gustaban los muchachitos con ese "no sé qué" que te hace babear sin pensar, le gustaban los chicos... Como Inuyasha.
Sacudió la cabeza. No, basta de pensar en estupideces. Había atrapado a su vecino jugando en el patio, esta vez no estaba adentro mirando televisión, ni encerrado en su habitación o tomando una siesta de media tarde. Era su oportunidad para hablar con él y darle lo que tan celosamente escondía tras de sí.
—¿Tienes algo para mí? —Indagó. A veces debía darle a Inuyasha la oportunidad de ser quien diera el primer paso.
—No. —Enarcó una ceja al percibir la ilusión en la voz de la azabache— ¿Por qué debería tener algo?
—Porque soy tu novia —afirmó, como si fuera lo más obvio del mundo.
—¡¿Ah?! ¿Desde cuándo? —¿De qué se había perdido? ¿Acaso padecía la famosa "amnesia"?
—Desde que tú lo dijiste. —Llevó una de sus manos a su mentón y cerró los ojos intentando recordar algo— Hace como un año y medio —concluyó.
Inuyasha se atragantó con su saliva al escucharla decir lo último. ¿Cómo podía Kagome recordar tal cosa? Las mujeres realmente tenían buena memoria.
Lo que había dicho esa tarde fue, en todo su esplendor, un disparate, algo que soltó en medio del calor de aquella disputa con el inútil de Koga. Ni siquiera tenía intención de hacer valer su palabra. Para ser novios antes debería de enamorarse de Kagome, ¿no? Eso decían las novelas que su madre leía. Y él no estaba enamorado de Kagome. Una cucaracha con una peluca, rímel y labial tendría más atractivo que esa niña. No, definitivamente Kagome no le gustaba para nada.
—No importa —la voz de Kagome lo devolvió a la realidad y la miró, demostrando que seguiría escuchándola durante unos cuantos segundos—. Puedes darme mi regalo mañana. Yo te daré el tuyo ahora porque no puedo aguantar la emoción.
Extendió su brazo hacia el niño frente a ella, enseñándole lo que llevaba escondiendo todo ese tiempo: un sobre rojo que claramente contenía algún tipo de mensaje. El ojidorado tomó la carta con curiosidad mal disimulada, lo abrió y desenvolvió el papel que se encontraba en su interior. Podía apreciarse un enorme corazón rojo hecho con el típico pegamento con brillitos que solían usar las niñas en la escuela y, dentro de dicho dibujo, había algunas palabras escritas. Apenas una oración. Examinó la carta durante unos segundos. La caligrafía de la azabache no se comparaba con el orden y prolijidad de los libros que su madre leía. Eso era... ¿Qué palabra usaba su madre? Ah, sí, ¡ilegible!
Entreabrió los labios para protestar, pero las palabras nunca salieron. Kagome le había arrebatado el papel de las manos en cuanto vio la oportunidad.
—Tardas demasiado —se quejó—, mejor te lo leeré yo.
Estaba tan emocionada por ver la reacción de su enamorado que no pudo esperar tan siquiera un segundo más. El ojidorado no dijo nada, se hallaba inmerso en un detalle que apenas acababa de percibir: las diminutas manos de la niña estaban atestadas de pegamento rojo con brillos. Era algo desprolijo, pero al mismo tiempo lindo. Pues demostraba cuánto se había esmerado haciendo ese sencillo regalo. Escuchó que se aclaraba la garganta mientras se preparaba para leer y él puso su mejor cara de indiferencia.
—Prepárate para morir de amor —advirtió.
—Ajá, claro.
—Si fuéramos gatitos, tú serías el amor de mis siete vidas.
—Pues yo soy más de perros. —Respondió tajante mientras se cruzaba de brazos. Miró la carta con desdén, ¿qué clase de poema era ese?— De todas formas, ¿por qué insistes en darme este tipo de obsequios?
—Porque somos novios —repitió.
¡Y de nuevo la burra al trigo!
—Dos besos no nos hace novios.
—¿Hacen falta tres?
Inuyasha se habría atragantado gustosamente con su saliva por segunda vez en el día, pero una molesta y muy conocida voz los interrumpió.
—¿De qué están hablando los tortolitos?
Kagome miró a su espalda e Inuyasha frunció el ceño al instante. Cruzando el espacioso patio, justo detrás de la valla, se hallaba un niño pelinegro de ojos azulados que ambos conocían bien.
—Hola, Koga —saludó la azabache.
—Hola... Vecina —canturreó a sabiendas de que aquel molesto apelativo lograba que Inuyasha se saliera de sus casillas.
Koga no bromeó al decir que compraría la casa en venta que estaba justo al lado de la de Kagome. Había cumplido su promesa tan pronto fue posible. Le había insistido tanto a su padre que acabaron mudándose y haciéndose, instantáneamente, vecinos y, según las normas de Inuyasha, potenciales novios. El ojiazul había demostrado ser un hombre —o niño— de palabra, tal y como su padre le enseñó.
—¿Por qué se quedan callados? ¿De qué hablaban? —Repitió, esta vez un poco más alto para que ambos oyentes lo escucharan claramente.
—De...
—Estamos hablando "pan" y "queso", cuando digamos "salame" puedes meterte en la conversación. Mientras tanto, ¡largo!
—¡¿Qué dijiste?!
—¿Además de idiota eres sordo?
—Oigan...
—¡No soy sordo!
—¿Entonces solo eres idiota?
—Ey...
—Los idiotas son los que piensan poco. Tú ni siquiera piensas, ¡porque tienes moscas en el cerebro!
—Debe ser por tener una basura como tú tan cerca.
—Escuchen chicos, no tienen que... Bah, no escuchan...
Kagome miró a ambos contrincantes lanzarse insultos sin fijarse en ella. El ojidorado no había vuelto a mirarla desde que Koga apareció en el panorama y la charla había perdido sentido. Daba igual. Al menos le había dado su regalo. Se bajó de la maceta teniendo cuidado de no caerse y miró una última vez sus uñas pintadas delicadamente. Lo mejor sería ir a mirar televisión mientras esos dos terminaban de pelear. Otro día podría volverlo a intentar.
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La tarde era agradable, tranquila y con un aire romántico. Era como si el día hubiera decidido hacerle justicia al tan afamado... Día de San Valentín.
Los alumnos correteaban por el extenso patio, tratando de disfrutar al máximo su breve descanso. Algunos jugaban, otros aprovechaban para comer algo o, simplemente, hablar con sus amigos.
—Entonces le dije a mi padre que quería ir a pescar con él los fines de semana. Dijo que aún soy muy pequeño para eso, pero que en un año o dos podré acompañarlo. Mamá dice que... Lo siento, he hablado mucho. Tal vez prefieras... —Miró de soslayo a su compañero y notó que, de hecho, no lo había escuchado en lo absoluto, pues se encontraba mirando un punto fijo. Suspiró, en otro momento hablarían de él. Ahora, por lo visto, era momento de escuchar a su mejor amigo— ¿Ocurre algo?
—Mírala —masculló.
—¿Qué? ¿Qué mire qué cosa?
—Eso, Miroku.
Su mejor amigo señaló un punto entre la muchedumbre de niños yendo y viniendo. Miroku estrechó su mirada tratando de encontrar algo raro en el panorama. Niños jugando en el suelo, otros corriendo o saltando la cuerda. Algunos estaban reunidos en grupo y, un poco más lejos, se hallaban dos niños conversando. Tan solo bastaron unos segundos para que su mente comprendiera todo. Se trataba de la vecina de Inuyasha, era compañera de Sango en el otro curso. La había visto un par de veces al ir de visita a la casa del ojidorado. Era muy simpática a decir verdad.
La azabache estaba parada frente a un niño sonrojado y tembloroso que escondía algo tras su espalda. No hacía falta ser un genio para saber de lo que se trataba. Era San Valentín, probablemente le estaba confesando sus sentimientos esperando así tener una nueva novia al final del día. Pero, por la cara de Kagome, se notaba que tendría suerte si obtenía tan siquiera un apretón de manos.
—Ah, eso... —Musitó— De nuevo la estás mirando. —Se burló. Recibió un codazo poco amistoso ante lo último y se sobó la zona un poco adolorido— ¿Qué? Es la verdad. Te la pasas mirándola. ¿Acaso ella te gusta?
—No, claro que no —se apresuró a responder—. Es solo que...
—¿Qué...?
¿Cómo decirle que le molestaba verla así? Es decir, no quería verla con otros chicos, pero tampoco le gustaría tenerla ahora mismo sentada junto a él mientras trataba de abrazarlo. Era raro. No sabía cómo expresarse... Y él era pésimo en eso.
—No entiendo nada. —Se sentó en el banco más cercano y su amigo no tardó en imitarlo. Ambos miraban a la pareja de alumnos que parecían estar compartiendo una conversación muy privada— No la entiendo a ella...
—¿A qué te refieres?
—Ella es... Muy molesta —comenzó—. Me invita a su casa a tomar el té, si tiene un nuevo juguete no duda en llamarme para mostrármelo o quiere que yo le enseñe los míos, me escribe cartas, me toma de la mano, dice que le gusto, pero... ¡Pero ahora está allí, hablando con ese tonto! ¡Y mírala! Él le acaba de dar una flor ¡Y ella la aceptó!
—Pues sí, se supone que eso debe hacerse este día. Hasta las maestras reciben flores de sus alumnos —acotó—. Además, ¿no dijiste que era molesta?
—Bueno, sí... Pero se supone que solo puede ser molesta conmigo y... ¡¿Qué te importa, Miroku?! ¿No ibas a hablarme de salir a pescar con tu padre? —Por eso detestaba abrirse, odiaba dejar que el resto viera lo confuso que se sentía por dentro. El ojiazul lo miró con picardía. Ah, no, señor, no se libraría de esta conversación vergonzosa tan fácilmente— Si tanto quieres ir de pesca puedes venir con mi familia o...
—Lo que ella quiere es tu corazón —interrumpió.
—¿Qué?
—Que la niña de allí —señaló—, Kagome, tu vecina, tu compañera de escuela, quiere tu corazón.
—¡Me moriría sin él! —Estaba horrorizado. ¿A eso se refería su padre al decir que las mujeres eran más temibles que cualquier demonio existente?
—Es en sentido figurado, tonto —¿En serio su amigo era tan literal?— Es el día del amor y la amistad, podrías darle una paleta al menos. —Miró rápidamente al par de niños que continuaban hablando y volvió a centrar su atención en su amigo— Kagome te quiere a ti, se nota en cómo te mira e insiste en tomarte de la mano.
Inuyasha miraba sus zapatos fijamente, como si fuese a encontrar en ellos la respuesta. No era un chico que pensase constantemente, era más de actuar impulsivamente. Este tipo de cosas, como sopesar la situación, lo sacaban de quicio.
—¿Y cómo te das cuenta?
—¿Cómo te das cuenta de qué?
—¿Cómo te das cuenta si de verdad le gustas a alguien?
—No hace falta saber mucho del tema, es algo básico. Se siente en el aire que ella quiere ser algo más que una simple amiga...
—Eso no ayuda, Miroku —se quejó.
¿Acaso le hablaba de intuición? No, él no sabía sentir o "leer" el ambiente. No podía saber si Kagome realmente estaba enamorada de él o si solo se trataba de un capricho pasajero. No sabía tampoco cómo sentirse al respecto. ¿Debería continuar ignorándola? Bueno, estuvo haciendo eso desde que la conoció y no dio muy buenos resultados...
—Es simple. Si tú no te decides, alguien más lo hará.
—¿Qué quieres decir?
—Puede ser uno de sus compañeros, el hijo de una pareja amiga de sus padres... Inclusive Koga es una amenaza. ¿No es eso lo que siempre dices?
—Sí, se cree la gran cosa por tener ojos claros. ¡Los míos son mejores!
—Como sea. La única razón por la cual Koga no le pide nada serio es porque Kagome sigue esperándote. Pero puede que un día se canse.
—No. Ella no lo hará. —Su voz sonó segura. Tenía la certeza absoluta de que la niña jamás se cansaría de profesarle su supuesto amor— No se irá con nadie.
—Bueno, tal vez no, pero somos niños, Inuyasha. Los niños cambian, los padres también. ¿Y si un día no vuelves a verla? ¿Qué pasa si deciden volver a mudarse? ¿Y si el próximo año llega un nuevo compañero capaz de conquistarla? ¿Qué harás entonces, Inuyasha?
La pregunta final se vio enfatizada por el estridente sonido de la campana que daba fin al receso. Algo en su interior le gritaba que debía tener cuidado y no tomarse las cosas tan a la ligera.
Gracias a Miroku ahora tenía la respuesta a una de sus incógnitas: la mocosa iba en serio. Pero... ¿A él le gustaba Kagome?
Dio un último vistazo a la niña que lo mantenía confundido. Tenía la pequeña y maltratada flor en su mano, seguramente la misma que le regaló el crío que había acaparado su tiempo durante el descanso. Debía resolver esto lo antes posible.
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Paseó con desgano su auto rojo por el suelo de la habitación. Jugar solía animarlo. Lo mantenía desconectado del mundo y se entretenía con los personajes que creaba en su mente. Solo que ahora su cabeza estaba hecha un desastre... Y eso lo irritaba. No tenía ánimos para jugar a demoliciones, carreras o choques.
Dejó el pequeño auto a un lado y abrió su baúl de juguetes tratando de encontrar un cachivache que cumpliera con su función: distraerlo y divertirlo. Sin embargo, en cuanto comenzó a vislumbrar el fondo caoba se dio cuenta de que ninguno de sus juguetes podría ayudarlo a eludir sus problemas esta vez. Tomó todos los muñecos, autos y aviones y los colocó nuevamente en su lugar. Pero algo llamó su atención. Se había olvidado de guardar un único objeto.
—Así que aquí estabas...
Recogió la pequeña espada de madera del suelo y la miró como si fuera la primera vez. Casi había olvidado que la tenía guardada. No es que no le gustara. Al contrario, la había utilizado casi a diario durante varias semanas. Su madre era testigo de lo mucho que le gustaba aquel obsequio de su molesta vecina. Nunca nadie le había dado un juguete tan genial, ni siquiera los autos a control remoto o los helicópteros con luces que a menudo su padre le regalaba podrían jamás compararse con aquella espada de madera capaz de vencer a los demonios más despiadados que cobraban vida en su imaginación.
Para él, esa espada era tan importante como Woody lo era para Andy. Sí, eran inseparables... O al menos así era hasta que una grieta se formó en el mango. Al darse cuenta de la fragilidad de su juguete favorito decidió guardarlo. Nuevamente su auto rojo se había convertido en el predilecto y la espada de madera había caído poco a poco en el olvido... O casi.
—Venga, vamos a jugar. —Anunció para sí mismo mientras tomaba el juguete— Solo falta mi casco.
Hoy jugaría a ser un guardián espacial. ¿Y qué clase de guardián no tenía un casco que lo proteja? Cuando sacó las cosas de su baúl no recordaba haber visto el casco. Seguramente su madre conocería su paradero. Bajó entusiasmado las escaleras en busca de la mujer y la encontró sentada en la sala mientras leía uno de tantos libros.
—Mamá —llamó—, ¿no viste mi casco? El rojo de los Power Rangers.
La mujer lo miró con cariño. Cada vez que ordenaba la habitación de su hijo algo se perdía. Estaba segura de que lo había dejado bien guardado en su arcón de juguetes.
—Claro, cariño. Está en tu habitación, en tu baúl.
—Lo busqué y no está.
—Ay... —Suspiró— Supongo que tendré que ir y encontrarlo, ¿no?
—Sí. —Nada como el poder de "encuentra todo" de una mamá.
—Bueno, vamos. Verás que sí está ahí. —Dejó el libro a un lado y tomó la pequeña mano de su hijo mientras se preparaba para subir las escaleras. No obstante, el niño no se movió cuando la sintió caminar— ¿Inuyasha?
—¿Qué es ese ruido?
—¿Cuál?
—Suena como un auto. ¿Es papá?
Izayoi arqueó una ceja al escucharlo decir lo último. A decir verdad, sí escuchaba un motor en el patio, pero era imposible que su marido hubiera vuelto tan temprano del trabajo. Se asomó cautelosamente por la ventana que daba al patio y esbozó una ligera sonrisa.
—No, es un camión de mudanza.
—¡¿De mudanza?!
—Sí, parece que...
Se zafó del agarre de su madre y corrió al patio sin escuchar nada más. Bastó con poner un solo pie fuera para darse cuenta de que era verdad: los vecinos se mudaban. Un enorme camión blanco se encontraba estacionado en la acera. Se trepó a la valla que delimitaba ambos terrenos y trató de espiar. El vehículo era muy parecido al que utilizaron los Higurashi para traer sus cosas cuando se mudaron hace casi dos años. Desde su posición podía ver algunas de las cosas que traía en su interior. Un armario, una televisión, algunas bolsas que no dejaban ver lo que había dentro, entre otras cosas. En la entrada de la casa el señor Higurashi firmaba sonriente un formulario que uno de los empleados le extendía. Seguramente era para confirmar la dirección.
Los pensamientos que había intentado acallar durante todo un día poco a poco recobraban fuerza, queriendo gritarle algo más que nunca.
¿Y si un día no vuelves a verla?
¿Qué pasa si deciden volver a mudarse?
¿Qué harás entonces, Inuyasha?
¿Qué harás entonces...?
—¡Inuyasha!
Casi se cae de espaldas al encontrarse de frente con el infantil rostro de la niña que no había conseguido sacar de su mente en todo el día. Estaba atónito. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué estaba frente a él? Siempre con él... ¿Ya no estaría más?
La observó en silencio distinguiendo cada una de sus facciones. Desde sus ojos grandes y expresivos, hasta su pelo oscuro y rebelde que en esta ocasión estaba suelto. ¿Realmente esta sería la última vez que la vería?
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué estabas espiando? ¿Me estabas buscando?
Kagome podría haberlo bombardeado con un millar de preguntas, y él seguiría sin poder procesar siquiera la primera de ellas. Para él, algo acababa de descubrirse.
—Yo... Yo... —Comenzó a tartamudear. ¡Detestaba hacerlo! Pero al menos bastó abrir la boca para que Kagome cesara su parloteo y lo escuchara atentamente.
—¿Tú...?
—Yo... Mierda —Mierda dos veces, se supone que no debía decir malas palabras, ¡y menos en un momento como este! Trató de calmarse y se señaló el pecho completamente decidido—. Me duele aquí —sentenció.
—¿Te duele el pecho? ¿Quieres que llame a un médico?
—No, es...
—¡Debes estar resfriado!
—No. Más bie...
—¡Eso te pasa por estar descalzo siempre!
—¡Escucha!
—Mi mamá dice que cuando eso pasa debes quedarte en cama, tomar un té de limón y tam...
Inuyasha observaba la forma en que sus labios se movían sin cesar, la manera graciosa en la que enumeraba con sus manos las pautas para recuperarse de aquella enfermedad. ¿Y si realmente estaba enfermo? La niña frente a él seguía hablando y, por alguna razón, le bastaba verla para saber que no se trataba de un resfriado como ella decía. Había algo más... Algo que su mente no podía entender, pero su corazón sí...
La tomó bruscamente por los hombros y estampó sus labios contra los rosáceos de Kagome, logrando al fin callarla. Sus pequeños cuerpos eran separados por la verja blanca y aun así logró sentir la corriente eléctrica que la recorrió de pies a cabeza. El contacto sutil, pero cariñoso, lograba despertar un extraño calor en su pecho. Aliviando así ese dolor que había estado agobiándolo toda la tarde. Con esa simple acción logró descubrir que los labios rosáceos que normalmente le parecían molestos eran capaces de transmitir una mezcla entre adrenalina y el confort de sentirse querido, pero al mismo tiempo era una emoción única. Una sensación distinta a todas aquellas que había experimentado alguna vez.
Cortó el beso al darse cuenta de que estaba durando más de lo necesario, pero no se atrevió a soltarla. Debía tenerla cerca, lo necesitaba, ¿por qué?
El sonido del motor del camión lo mantenía pensando, como si quisiera mantenerlo conectado a la realidad y le dijera que, si no se apresuraba, la perdería. Realmente esta sería la última vez que la vería, la última vez que oiría su chirriante voz llamándolo como si fuera la única persona en el mundo. Ya nunca más tendría que esconder sus manos en sus bolsillos para que no intentara tomarle la mano, ni la tendría persiguiéndolo durante todo el recreo, no tendría decenas de cartas e invitaciones ocultas en su mochila, tampoco tendría que esconderse en su habitación a jugar por miedo a encontrarse con esa mocosa espiándolo desde la cerca de su patio. Nunca más esos curiosos ojos lo volverían a mirar con fascinación...
—¿Inuyasha?
El tiempo se detuvo para él y la observó atentamente por lo que pareció una eternidad. Sus labios rosados combinaban perfectamente con sus mejillas sonrojadas, el rostro infantil era enmarcado cuidadosamente por su cabello azabache. La oscura melena estaba cargada con rizos naturales que salpicaban caprichosamente hacia los lados, como si la chiquilla apenas se hubiera levantado de la cama, pero no, él la conocía. Sabía que su cabellera luciría rebelde sin importar qué tanto la peinase, era tan indomable como su dueña. Se detuvo entonces en sus orbes chocolate. Las tupidas pestañas casi lograban opacar la belleza de sus ojos almendrados que miraban fascinados el mundo y expresaban todas y cada una de las emociones de su vecina. Por primera vez la veía... Bonita.
Ahora estaba claro como el agua. Era algo tan sencillo, tan básico, pero a la vez tan difícil de descifrar. Estaba enamorado de su revoltosa, caprichosa, ruidosa y endiabladamente hermosa vecina. Era algo que Kagome había logrado comprender al instante de conocerlo, y él había tardado casi dos años en entenderlo. Respiró profundo y trató de calmarse. Kagome había sido abierta y extremadamente sincera con sus sentimientos desde que se conocieron. Se merecía tener un trato igual, al menos hoy sería sincero y se tragaría su orgullo.
—Me duele aquí dentro —tomó las manos femeninas y las guio a su pecho esperando que sintiera su acelerado palpitar— cada vez que te veo con otro chico en el receso, cuando el estúpido de Koga te regala una flor de su jardín cada mañana y te veo agradecerle. —La miró decidido a los ojos. No debía acobardarse en este momento— Cuando no te veo en tu jardín, ni me llamas para molestarme o faltas a la escuela porque está lloviendo... Cuando te pierdo de vista se siente... Extraño.
—¿Qué me quieres decir?
Respiró profundo nuevamente e ignoró el calor que se arrebolaba en sus mejillas. Era ahora.
—Básicamente... Me gustas, Kagome.
La chiquilla lo miró con asombro, dándole una mejor visión de aquellos preciosos ojos pardos, y sus mejillas se colorearon por segunda vez ese día. Kagome no era alguien fácil de avergonzar, pero admitía que su tez blanca combinaba perfectamente con el tono sonrosado que ahora adornaba su rostro. Podría acostumbrarse a eso.
—Insisto en que el rojo te queda bien.
—¿En serio?
—En serio.
—¿En serio, en serio?
—En serio, en serio... Entonces, ¿qué dices, Kagome? ¿Yo también te gusto? —Era una pregunta estúpida. Su duda había sido aclarada infinidad de veces a lo largo de los días y meses. Pero esta vez necesitaba oírlo, con total seriedad, de la boca de ella.
—Yo...
—¡Kagome!
—¿Uh?
—¡Kagome! ¡Ven!
El ojidorado vio con pavor la forma urgente en que la señora Higurashi llamaba a su primogénita. ¡No! ¿Acaso había actuado demasiado tarde?
—¡Ya voy, mamá! —Kagome se preparaba para descender de la maceta que había utilizado para hablar con Inuyasha, la misma que había usado el día anterior para darle aquella carta— Lo siento, Inuyasha, pero debo irme.
¿Irse? No, no...
La amable mujer esperaba a su hija junto al camión y su marido, ambos sonreían y la invitaban a unirse a ellos. Si la dejaba irse, si la dejaba llegar junto a ellos y subirse a la furgoneta, ya nunca volvería a verla. Su cuerpo actuó antes de que su mente pudiera procesarlo. Saltó la valla y detuvo a la azabache por el brazo impidiéndole seguir avanzando. No, no la dejaría marchar.
—Inuyasha, tengo que irme...
—Pero...
—Me están llamando.
—No, no entiendes.
—Lo lamento, pero en serio tengo que irme. Hablaremos mejor la próxima vez —se disculpó.
¿Es que acaso no lo entendía? ¡Si se subía a ese camión ya nunca volverían a verse! ¡No habría una próxima vez! La abrazó y dejó que los cuerpos de ambos se tocasen sin oponer resistencia. Por primera vez ansiaba sentirla junto a él.
—Dejaré que me tomes de la mano —susurró.
—¿Eh?
—Pasaremos juntos el recreo —continuó—, almorzaremos juntos en la cafetería de la escuela, te prestaré mis juguetes, diré que estás linda cada vez que te vea, iré a tus fiestas de té y te ayudaré a cuidar a tu hermano. Pero por favor, por favor, ¡no te mudes!
Kagome lo apartó de su cuerpo al escuchar lo último y lo miró como si le hubiera salido otra cabeza. ¿Acaso había oído bien?
—¿Qué? ¿Mudarme? ¿Por qué crees que nos iremos?
—Pues porque... Vi el camión de mudanza, las cosas que se llevan, a tu padre firmando un papel y yo creí que... —Guardó silencio. No quería seguir hablando. Era tan vergonzoso…
—Ah, por eso... —Ahora que lo pensaba, sí parecía que fueran a mudarse— Nosotros no nos mudamos.
—¿Entonces?
—Es mi abuelo el que se muda con nosotros —aclaró.
—¿Q-qué? —Ahora todo tenía sentido.
Estaba muy avergonzado por haber sacado conclusiones apresuradas. ¡Todo era culpa de Miroku y sus abrumadoras preguntas que habían conseguido ponerlo nervioso! Miró el suelo... ¿Qué debería hacer? ¿Disculparse? ¿Despedirse e irse? Además, ¿cómo se despediría ahora de Kagome? ¿Con un beso, un abrazo o un simple "adiós? ¡Agh, qué complicado! Por suerte, sus cavilaciones se vieron interrumpidas por la voz de la señora Higurashi.
—Kagome, hija, ¿no vas a saludar a tu abuelo? —Ambos infantes voltearon a mirar al par de adultos que se acercaban y de inmediato Kagome corrió hacia el avejentado hombre.
—¡Abuelo!
—¡Cuánto has crecido! ¿Por qué no venías a saludarme? Tuve que venir hasta aquí y sabes que no puedo caminar mucho —se rio. Sus piernas ciertamente no eran las mismas que en antaño.
—Es por Inuyasha, él... Creía que nos íbamos a mudar. Pero no vamos a mudarnos, ¿cierto?
El hombre mayor se fijó por primera vez en el chiquillo que miraba sus zapatos entre avergonzado y nervioso. ¿Desde cuándo estaba ahí?
—H-hola —saludó—, soy Inuyasha Taisho. El vecino de al lado. No se van a mudar, ¿no?
—Oh no, con la fortuna que le salió a mi hijo comprar esta casa ten por seguro que pasaremos muchos años viviendo junto a ti. —Oyó suspirar al muchacho, ciertamente se notaba que esa noticia suponía un gran alivio para él. Miró a su nieta y se percató del leve sonrojo en sus mejillas. Había algo en el ambiente... —Dime, Kagome, ¿qué estaban haciendo?
—Nada, solo hablábamos.
—Con que hablando, ¿eh? —En sus tiempos no existía tal cosa como "solo hablar" con alguien del sexo opuesto. Acá había gato encerrado— ¿Y te llevas bien con tu vecino?
—No es mi vecino —repuso y todos guardaron silencio. Tomó con descaro la mano de Inuyasha quien se sonrojó furiosamente, pero tampoco trató de deshacer el agarre—, ¡es mi novio!
Confirmado. A su hijo le encantaría escuchar eso. Le saldrían canas verdes al saber que su adorada hijita acababa de posar sus ojos en un chico. Definitivamente mudarse con su hijo y nuera había sido la mejor decisión.
—Ah... Amor joven...
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La mañana siguiente Kagome se levantó y fue en pijama hasta el buzón para traerle el correo a su madre al igual que todos los días. Tomó las cartas que estaban dentro sin detenerse a mirar, volvió a la casa y le dio el correo en mano a su progenitora. Apenas alcanzó a dar media vuelta cuando la mujer la llamó.
—Kagome, esto no es mío —comentó leyendo el frente de aquel sobre—. Me parece que es para ti.
El tono pícaro de su madre logró que Kagome se sonrojara. Extendió el brazo y tomó la carta de dudosa procedencia. Se trataba de un sobre rojo con el logo de Batman dibujado en el frente y, justo en la esquina inferior, estaba su nombre escrito. Esta vez la "K" estaba bien orientada. ¿Acaso había practicado para escribir correctamente su nombre? La niña miró con curiosidad a su madre, quien asintió entusiasmada animándola a que abriera la carta.
—¿Y? ¿Qué dice? —El rostro de su hija se coloreó de un rojo aún más intenso y sus ojos brillaron con asombro— ¿Kagome?
—¡N-nada! No dice nada.
Fue lo último que alcanzó a decir antes de correr a su habitación completamente avergonzada. Colocó el cerrojo en la puerta y se quedó de espaldas a esta con el papel aún en sus manos. Releyó la nota una vez más y estampó la carta contra su pecho mientras se deslizaba por la madera de la puerta hasta quedar sentada en el suelo. El mensaje, a pesar de ser breve, lograba arrancarle el aliento.
Ayer estabas muy linda. Feliz día de San Valentín.
... Te quiero, Kagome.
PD: Tú vas a ser mi esposa. No es pregunta, es aviso.
Atte.: Inuyasha Taisho.
—Al fin... Es mío —Suspiró.
FIN
*Salame: Fiambre, embutido. También conocido como "salami" o "salamín". Acá en Argentina es una palabra que también puede usarse para decir "tonto", "bobo" o "estúpido".
*Dato: Hay ocasiones donde las preguntas o exclamaciones no inician con mayúscula sino con minúscula. Esto se debe a que la pregunta o exclamación va precedido de una coma. Aclaro por si alguien me dice que tengo alguna falta ortográfica. Recuerden que los autores crecemos constantemente :D
¡Hemos llegado al final! Muchas gracias por acompañarme en esta mini-aventura. Nunca creí que iba a finalizar esto, realmente creí que me llevaría más tiempo. El reto debía finalizarse en un año, pero tardé un año y ocho meses, ¡ufff!
Mil gracias a los que me siguieron desde el inicio, a los que se fueron añadiendo a medida que iba actualizando y, por supuesto, a todos aquellos que vendrán en el futuro. Realmente me hicieron muy feliz con sus comentarios y visitas —¡Así es, también los quiero a ustedes lectores fantasma!—. Es extraño finalizar esto, ¡pero que eso no nos impida seguir relacionándonos! Espero que sigan disfrutando mis obras pasadas, las actuales y las venideras.
En este tiempo me han hecho crecer mucho, desde sus comentarios, opiniones y fangirleos que tanto amo. He tocado temáticas y roles que nunca creí llegar a manejar ¡Y según ustedes lo he hecho excelentemente! Este libro superó con creces a su semejante —"¡Feliz navidrabble!"—, ¡inclusive es mi obra con más comentarios hasta el momento! Entre nosotros hemos creado una pequeña comunidad fanática de ciertos arcos. Juntos hemos odiado a Hana, reído por las ocurrencias de Inuyasha que siempre mete la pata y, por supuesto, nos hemos enamorado de Keita y de este hermoso dueto de vecinos que se "amodian". Por eso creí adecuado que fueran ellos quienes cerraran con broche de oro este libro que significa tanto para todos.
Me despido con un beso enorme ¡Y un abrazo desde lo más profundo de mi alma! Hoy voy a agradecer a todos aquellos que estuvieron desde el inicio y siempre me dejaron comentarios alentándome y llenando mis tardes de sonrisas: LaWeaAzul, Aida Koizumi, Yenn, Rinnu, SheilaStV, JessM21, AmyCat45, Ely, Videl, Nena Taisho, Kagura Higurashi, C. Bennington, Son atom, "Invitado" —Este vale para todos los invitados que comentaron a lo largo del libro xD—, Alex bonita, Lady Junne, Paty, "B", Saiko666, Jessyca Taishon, Serena Tsukino Chiba, Mizuki0709, Ladybug miau, Ju, Xe, Xexa, RaquelC, MaiiTaisho05, Lina.86, Evana, Eiko Shiro, —llegaste justo al final, pero de todas formas me emocionó ver tus comentarios en cada drabble ;-; — y Cami. ¡Gracias a todas! Gracias por sus comentarios, por ser constantes, por estar atentas a las actualizaciones y formar parte de mis lectoras más fieles ¡En serio disfruté leer sus reacciones y opiniones! Las amoooo ;-;
Por último, los invito a todos a dejarme un último review en este libro. Puede ser sobre este drabble o sobre el libro en general —o ambos, ¡queremos ambos! ahre JAJAJAJA— Especialmente a todos aquellos que no se animaron a dejar comentarios drabble a drabble, espero que se animen esta vez c;
30.8.20
Recuerden que esto no es una despedida, solo es un "hasta luego"...
