Todo lo que reconozcáis (y más) pertenece a J.K. Rowling. El resto ya es cosa de mi imaginación.
Y después de pasar unos días en Italia haciendo nuevos amigos (y reencontrándose con algunos viejos) es la hora de volver a Australia. Porque ya sabéis, hay una Liga que jugar, un misterio que resolver y muchas cosas más.
66. Prejuicios
Volver a entrenar con los Warriors fue como despertar de un sueño, tras aquella semana en Italia que se le había acabado haciendo corta. Volvió a los entrenamientos el martes después de haberse pasado gran parte del lunes viajando, y aunque no tuvo problemas para volar sí que tardó un buen rato en volver a acostumbrarse a la personalidad de sus compañeros: al malhumor de Marlene, al silencio de Mitch, a las risas estridentes de Kyle… Y a Danny, por supuesto. Era sorprendente cómo casi se le había olvidado el efecto que tenía sobre él tras solo un breve tiempo alejados, pero lo recordó de inmediato cuando sus ojos se posaron sobre ella y tuvo que hacer un esfuerzo monumental para no quedarse mirando como un idiota. Una vez más, supo que allí había algo extraño, y por mucho que no le gustara meterse en la vida de los demás, su curiosidad no dejaba de aguijonearle…
Pero tenía problemas más acuciantes en esos momentos, como por ejemplo, demostrar su lealtad a los Warriors después de aquella semana. Caitlin Rhodes solo le preguntó por los detalles técnicos del viaje y Little Pete se interesó en saber qué jugadores habían participado y qué tal le había ido, pero el presidente (que apareció en el entrenamiento del jueves) se mostró más distante con él e hizo algunos comentarios, aparentemente inofensivos pero mordaces, sobre el compromiso y dar el cien por cien con el equipo todas las semanas. Y como Bruce no tenía ninguna intención de que ni Manuel Gerber ni nadie dudara de su compromiso con los Warriors, se entrenó a fondo y no faltó ni una sola tarde a sus entrenamientos privados, a pesar de saber que no iba a jugar ese domingo contra los Kakadu Finders.
Los Finders habían quedado últimos la temporada pasada y, desgraciadamente para ellos, ese año estaban siguiendo un camino igual de malo, puesto que no habían ganado ni uno solo de sus cuatro partidos. Y en verdad no es que fueran especialmente malos, según les contó el entrenador: tenían una colección de cazadores decente y uno de sus bateadores era sobresaliente, pero parecían tener muy mala suerte en todos sus encuentros. Lo que hacía todo el mundo era echarle la culpa a su buscadora, pero en opinión de Little Pete, eso era simplificar demasiado; había ahí algo más profundo y problemático que eso, algo que afectaba a todo el equipo, pero no podía asegurar el qué.
—Y por eso es muy importante hablar sobre los problemas que afectan al equipo y hacer todo lo que esté en nuestras manos para resolverlos lo antes posible—concluyó Pete la charla de ese día—. Y para eso tenemos siempre a Jill disponible. No debéis olvidar que su función principal es hacer que el equipo trabaje bien, así que contad siempre con ella.
Jane hizo un comentario en voz baja sobre la ayuda que podría recibir Pete de Jill que solo oyó Kyle y Bruce escuchó a medias, y Marlene les miró con mala cara mientras el dúo de bateadores intentaba aguantarse a risa. Pero Pete no se enteró, y Bruce pensó que era mucho mejor así.
Los Finders vestían de negro y azul claro, contrastando con el rojo intenso de los Warriors y ofreciendo un gran espectáculo visual. Los Finders eran el único equipo de quidditch del norte de Australia, ya que todos los demás se concentraban alrededor de las grandes ciudades costeras del sur y el este (exceptuando a los Alice's Kids, con su cuartel general en pleno desierto), y por eso, aunque estuvieran en medio de una racha perdedora, contaban con un nutrido grupo de seguidores que animaban al equipo incluso en los peores momentos.
Incluso en días como ese, donde Bruce vio de primera mano esa mala suerte de los Finders cuando una certera bludger de Jane dejó fuera de juego a un cazador rival cuando apenas habían transcurrido cuarenta minutos de partido. Eso, unido a que Rachel tuvo un día especialmente brillante contra su ex equipo y fue anotando increíblemente un gol tras otro, hizo que los Warriors se adelantaran sobradamente en el marcador sin que los Finders pudieran ofrecer apenas resistencia. Y para rematar la jugada, Danny encontró la snitch a las primeras de cambio cuando se cumplían las dos horas de juego. Desde la grada, Bruce tuvo que admirar la entereza de los aficionados rivales, que se pusieron a gritar consignas de ánimo mientras sus jugadores salían cabizbajos del campo. En verdad, Pete había tenido razón… Los Finders no habían jugado demasiado mal, cuando los Warriors les habían dejado jugar; pero habían tenido tan mala suerte una vez tras otra durante todo el partido, que apenas habían tenido tiempo para poner en práctica más de una jugada seguida o elaborar una estrategia clara.
Pero al fin y al cabo, la suerte también era parte del quidditch y había que aprender a convivir con ella, tanto con la buena como con la mala.
Bruce había esperado salir del estadio tras el partido sin grandes complicaciones ya que no había jugado ese día, pero se llevó una sorpresa al atravesar el área de prensa y encontrarse con la que la mitad de periodistas reclamaron su atención de inmediato:
—¡Vaisey! Ahora que has jugado con un equipo italiano, ¿cuál crees que es la diferencia más notable entre el juego europeo y el australiano?—le preguntó enseguida el más cercano, pero no fue el único:
—Vaisey, ¿qué se siente al haber estado jugando cuando se atrapó la snitch del partido más largo de la última década?
—¿Creías que el partido de los Maschere y los Torri iba a tener un desenlace durante esa semana o eras de los que no veía un final posible?
—¿Confiabas en que Anna Andersen encontrara la snitch, o veías más posible que fuera otro de vuestros compañeros o rivales quien decidiera el partido?
—¿Crees que Danny Lewis habría sido capaz de atrapar esa famosa snitch?
—Tú fuiste uno de los cazadores más anotadores durante la última semana de partido y uno de los que más rápido se adaptó al juego y mejor jugó, según todos los informes, así que, ¿cuál fue tu secreto?
—¿Ha sido extraño volver a entrenar con los Warriors tras estos días en Italia?
—¿Qué efecto crees que esta experiencia ha tenido en ti?
—Vaisey, se te vio sorprendentemente cercano a Anna Andersen en vuestras breves apariciones públicas. ¿Disfrutaste de un apasionado romance durante tu escapada europea tal y como todos los indicios indican?
Bruce reconoció a la última en preguntar como Ivanna Pommell, la irritante periodista de Corazón encantado que siempre llevaba los labios pintados de un estridente violeta y que siempre le hacía preguntas fuera de lugar. Le dirigió una mirada asesina antes de contestarle con un áspero "No" y continuar respondiendo a las cuestiones deportivas de los demás presentes. En parte se sentía incómodo por la avalancha inesperada de preguntas, pero por otra parte, se sentía halagado por la atención recibida debido a méritos deportivos. Y aunque no le gustara ser el centro de atención fuera del campo de quidditch, podía tolerarlo si la atención recibida era precisamente por lo que había hecho dentro del campo.
De hecho, las pocas veces que salió de casa a lo largo de la semana siguiente comprobó que en efecto, su escapada a Italia había servido para llamar bastante la atención de gran parte de la población mágica australiana. Todos los periódicos se habían hecho eco de su aportación, que señalaban como excelente, y especialmente importante era el hecho de que él había estado ahí, sobre el campo y en el equipo ganador, cuando se había atrapado la snitch después de tantas semanas. Gran parte de los australianos parecía considerarlo un buen augurio, lo que hacía sospechar a Bruce que de no haber tenido la suerte de estar jugando esa mañana que Anna Andersen había cogido la snitch (o si la joven noruega no hubiera tenido la fortuna de encontrar la elusiva pelotita dorada), su participación en el "partido de la década" habría pasado más desapercibida. Pero Bruce no era de las personas que dejan escapar un golpe de suerte como esos, así que aunque esa semana la pasó muy ocupado, se dejó ver por el callejón Hexágono para cenar o comprar alguna tontería ocasionalmente. Mucha más gente de lo usual le reconoció, y fueron muchos los que le pidieron autógrafos entusiastamente y varios intentaron debatir con él técnicas de quidditch. También le sucedió algo curioso, y es que parecía ser que en el mundo muggle se estaba celebrando el Mundial de rugby en la propia Australia; tanto el país local como Inglaterra lo estaban haciendo especialmente bien, y hubo varios magos y brujas que quisieron saber qué opinaba del papel que estaba haciendo Inglaterra en el Mundial. Pero Bruce, que de rugby muggle sabía solo lo más básico, no tenía ni idea de qué tal lo estaba haciendo su país, y tuvo que disculparse con excusas muy pobres.
Y en sus breves excursiones por el callejón Hexágono también se encontró con otro tipo de gente: la que le advertía que tuviera cuidado. Pero no eran amenazas, sino sincera preocupación de los más grandes aficionados al quidditch. Porque si esa semana salió poco fue precisamente porque el fin de semana jugarían contra los Thundelarra Thunderers, el mayor rival de los Warriors por la Liga. Y como ya le había avisado todo el mundo desde que había llegado a Australia, las cosas se estaban poniendo… intensas.
Bruce recibía normalmente una cantidad moderada de correo de fans, y esa cantidad había aumentado espectacularmente en los últimos días. Parte de ello tenía que ver con todo el fenómeno del partido de Italia, pero otra parte se debía a la proximidad del partido contra los Thunderers. No solía prestarle mucha atención al correo fan, pero de vez en cuando lo leía por curiosidad, y cuando le echó un ojo esa semana se encontró con un elevadísimo porcentaje de insultos, amenazas de muerte, deseos de que se lesionara y demás. En un par de ocasiones incluso se encontró con conjuros escritos en las cartas que le recordó a los que usaban por diversión las gemelas Carrow en su segundo año; eran unas rimas que, pronunciadas en voz alta, llenaban las manos del lector de heridas llenas de pus o algo similar. Por suerte, Bruce reconoció el encantamiento a tiempo y ni se le ocurrió leerlo en voz alta. Y además, tenía la suerte de que las defensas de la casa se encargaban solas de autodestruir el correo que cargaba con maldiciones más peligrosas: más de una vez vio una cucaburra desconocida tirando una carta o paquete por su ventana abierta, que empezaba a arder en llamas nada más cruzar el alféizar hasta chamuscarse por completo. A Bruce le tranquilizaba comprobar que las defensas funcionaban tan bien, pero también le producía algo de intranquilidad no saber qué demonios le estarían enviando los fanáticos rivales.
Así que el resto del tiempo de esa semana lo dedicó a entrenar, entrenar todo lo duro que sabía. En el entrenamiento matutino del miércoles el Wollongong Shimmy le salió tan bien que Rachel se quedó sujetándose de la escoba solo con una mano, lo que le valió los aplausos y felicitaciones de todo el equipo, en especial de una encantada Rachel. Por las tardes repasaba minuciosamente uno tras otro todos los movimientos que se sabía y se imaginaba en qué situaciones del partido podría usarlos, y cuando llegaba la noche se sentaba en el sofá con la radio de fondo y estudiaba a conciencia el grueso informe de los Thunderers que Caitlin Rhodes había preparado.
El día del partido llegó. Era la cálida mañana del uno de noviembre, pero Bruce no había celebrado Halloween la noche anterior, más allá de comerse un pedazo grande de pastel de calabaza que Nedly había dejado en su cocina. Se despertó nervioso, con la emoción de los grandes partidos, como los del TIAQ o como cuando se decidía la Liga. Iba a ser un partido importante, el más importante desde su llegada a Australia y, sin duda, el más duro hasta el momento. Y sí, estaba nervioso, pero a la vez deseaba que el partido empezara ya.
Fue el primero del equipo en llegar a las oficinas, donde solo estaba Manuel Gerber.
—Ah, la emoción de tu primer Clásico australiano, ¿eh? —le dijo el presidente con un tono algo altivo; Bruce tuvo la impresión de que no le había perdonado del todo aún su interés por Italia, pero Gerber cambió el tono y continuó hablando con más familiaridad—Así me gusta, necesitamos el entusiasmo para ganarles a esos hipócritas de la costa oeste.
El resto de los jugadores fueron llegando poco a poco, y entre ellos Little Pete, que se dedicó a pasearse entre ellos repartiendo palabras de ánimos y apretones en la espalda hasta que fue hora de irse, cuando Caitlin Rhodes lo indicó. Una vez en el estadio, Pete recitó la alineación: Rachel Conroy, Marlene Neeson-Mills y Bruce Vaisey, Jane Kipling y Kyle Perlman, y Rick Chastain y Danny Lewis. No fue una sorpresa para nadie, pero aún así, Mitch se marchó con un gruñido y el ceño fruncido y Tommy le dirigió una envidiosa mirada a Bruce, quien no pudo hacer menos que recordar el día en el que meses atrás había conocido al chico. Todavía recordaba perfectamente el tono petulante en el que Tommy había sugerido que probablemente iba a ser titular en su año de novato. Y aunque no le apetecía enemistarse con nadie del equipo, no sentía mucho aprecio por el egocéntrico muchacho, así que se sintió perversamente satisfecho por un instante tras ver su gesto enfadado. Pero la satisfacción no le duró mucho, porque de inmediato volvió a concentrarse en lo importante: el partido que iba a jugar en menos de una hora.
Las gradas estaban atestadas de aficionados entonando cánticos a voz en grito, cuidadosamente separados por colores: en el fondo norte, la marea roja de los Warriors con sus X plateadas en el pecho, pareciendo un ejército de espadachines ensangrentados; en el fondo sur, las camisetas moradas y negras de los Thunderers parecían nubarrones de tormenta, sensación acrecentada por el rayo blanco estampado en el centro. Entre ambos grupos había instalada una poca gente vistiendo colores neutrales, enmudecida al lado de los dos ruidosos gentíos. Cuando empezó el partido, Rick se instaló en los aros rodeados por la afición roja de los Warriors, y lo primero que hizo Danny fue revolotear como una centella frente a sus fans, levantando un ensordecedor rugido de apoyo, antes de dedicarse por completo a la búsqueda de la snitch. Bruce, por su parte, salió disparado tras Marlene, que se había hecho con la primera quaffle del día y ya estaba liderando la jugada.
Si la gran mayoría de los partidos que Bruce había jugado en su vida habían empezado con un breve periodo de reconocimiento entre los dos equipos, este no fue para nada así. Desde el primer minuto tanto unos como otros jugaron con la máxima intensidad, sin ceder ni un centímetro y luchando con agresividad por todas las pelotas. Durante unos momentos Bruce estuvo desconcertado por lo rápido del inicio del juego, pero no perdió el tiempo y se forzó de inmediato a hacer algo más aparte de seguir la estela de Marlene, a la que oía maldecir cada vez que una bludger se le cruzaba en el camino a pesar de que la gente en las gradas gritaba más alto que nunca. Y tras comprobar en unos minutos que, efectivamente, el cazador rival y mundialmente conocido Charlie Vollman era el mejor y más peligroso jugador de los Thunderers, Bruce empezó a diseñar tácticas en la cabeza para contrarrestar su habilidad. Ahora, solo tenía que encontrar el momento adecuado para ponerlas en práctica; y entre tantas idas y venidas a alta velocidad, bludgers asesinas, cánticos ensordecedores, un intenso viento del este y que él era el menos experimentado en esa clase de partidos sobre el campo, no era una cosa fácil.
Pero el público se lo estaba pasando en grande, y los comentaristas no parecían quedarse atrás:
—¡…y esa bludger perfecta de Jackie Apa ha hecho que Rachel Conroy tenga que detenerse de golpe para evitarla, y Charlie Vollman ha aprovechado para quitarle inteligentemente la quaffle! ¡Vollman se la pasa a O'Hara, que esquiva la otra bludger de Kipling con un medio giro, pero se la devuelve a Vollman de inmediato!
—¡Uy, Vaisey ha estado a punto de robarle la quaffle a Vollman sorprendiéndole por abajo, pero el de los Thunderers le ha evitado en el último instante!
—¡Eso es lo que hace la experiencia, chico! ¡No es fácil sorprender al gran Charlie Vollman!
—Pero ahora es Marlene Neeson-Mills quien lo intenta…¡No! ¡No se la quita, sino que se queda pegada a Vollman! ¡Y por el otro lado reaparece Vaisey para cerrar la escapada de Vollman…!
—¡Y ahí delante está Rachel Conroy y…! ¡Auch! ¡Esa ha sido una buena Parkin's Pincer por parte de los Warriors, y Vollman se ha llevado un buen golpe! ¡Conroy huye con la quaffle aunque O'Hara se le acerca…!
—¡Vaya, qué bludger más mala de Apa! ¡Ha pasado a un mundo de las dos cazadoras!
—Sí, y las dos se dirigen a los aros custodiados por Franzie Newell, ¡y qué velocidad ha cogido Vaisey para ponerse a su altura y acompañarlas por la derecha!
—¡Vollman corre para cubrir a Vaisey, pero este solo ha tenido la quaffle un segundo y se la ha devuelto con un giro impresionante a Conroy, que se ha alejado de O'Hara y se adentra en el área sola! ¡Conroy tira…! ¡Y Newell detiene el lanzamiento que iba directo al aro central!
Bruce chasqueó la lengua, decepcionado por el fallo, pero no se permitió lamentarse un instante más y volvió al partido. Tras una hora, iban empatados veinte a veinte, y aunque estaba todo muy igualado, se notaba ligeramente por detrás de los demás, australianos que llevaban toda la vida jugando unos contra otros y conociéndose muy bien. Y aunque suponía una ventaja para él, ya que los rivales no podían predecir sus movimientos, también era un inconveniente, pues él era el que más retrasado iba a la hora de detectar las peculiaridades de cada uno y explotar sus debilidades… Aunque poco a poco lo iba haciendo, contribuyendo cada vez más con jugadas inteligentes y buenos pases. Quince minutos más tarde la snitch hizo su primera aparición, pero fue una falsa alarma y ni Danny ni el otro buscador, Rod Biggins, consiguieron acercarse a ella antes de que desapareciera otra vez. Y el partido continuó, y Bruce se divirtió.
Porque poco a poco, estaba acercándose al nivel de los demás, y lo notaba. El trabajo duro estaba dando sus frutos, y cada vez le quedaba menos para no desentonar en los Warriors.
El partido duró cinco horas y media más. A las tres horas los Thunderers se habían alejado en el marcador cincuenta puntos, pero un discurso motivador de Little Pete durante la siguiente pausa hizo que los Warriors volvieran al partido con las energías redobladas, y no tardaron en darle la vuelta al marcador; las siguientes dos horas fueron eufóricas y la afición de los Warriors se lo pasó de maravilla al ver las jugadas espectaculares de su equipo y cómo llegaban a liderar por hasta ciento diez puntos de ventaja. Algunos incluso especularon con sobrepasar la barrera de los ciento cincuenta, pero no llegaron a tanto. Y cuando la snitch apareció por cuarta vez, la definitiva, los Warriors iban noventa puntos arriba. Hubo una intensa pero breve carrera entre Danny y Rod Biggins, que acabó en menos de lo que dura un suspiro… con la mano de Biggins cerrándose alrededor de la snitch.
Bruce dejó escapar el aliento que había estado conteniendo, decepcionado. Habían perdido contra los Thunderers, sus mayores rivales. Era el primer partido que perdía desde su llegada a Australia… Y probablemente a los medios les daría igual lo bueno que hubiera sido el partido de los Warriors y que hubieran ido ganando el encuentro por una amplia ventaja durante buena parte de este, porque Bruce sabía cómo iba el tema de las rivalidades. No se lo iban a perdonar fácilmente.
El buen ánimo que le había acompañado en las últimas horas de partido le abandonó, y contemplando los semblantes tristes de sus compañeros, le invadió el cansancio de pronto. Nunca se estaba verdaderamente preparado para perder. Lo único que deseaba en esos momentos era desaparecerse hasta su casa, y no tener que enfrentarse a la decepción de Pete, Manuel Gerber, Caitlin Rhodes y los demás, ni a la furia de los aficionados, ni a las acusaciones de la prensa… Solo quería encerrarse en casa y dormir, pero no podía. No aún.
Hizo el esfuerzo de mirar una vez más hacia arriba, donde Danny flotaba sola, todavía sin moverse del sitio donde había concluido la carrera por la snitch, y sintió compasión por ella. Porque estaba seguro de que si él lo estaba pasando mal, la buscadora debía estarse sintiendo mil veces peor. De repente, tuvo ganas de consolarla… pero no ahí, en pleno campo. No era el momento.
—…y sé que es normal perder porque es parte del deporte, pero eso no evita que cada vez que pierdo algo me sienta tan… impotente. Y no puedo dejar de pensar en todas las cosas que podría haber hecho mejor, o diferente. Por mucho que me repita que perder no es el fin del mundo, no puedo evitarlo—concluyó Bruce su discurso, y Jill asintió con entendimiento.
No había entrado en sus planes esa semana visitar a la psicóloga del equipo, pero por alguna razón una tarde al ir hacia su entrenamiento vespertino se había sentido atraído hasta la puerta entreabierta del despacho de la mujer. Y Jill le había invitado a entrar y tomarse un té, y había acabado soltando todas sus preocupaciones sobre todas las vueltas que le seguía dando al partido contra los Thunderers.
La prensa había sido dura con ellos. Los más benévolos titulaban con un "La buena actuación de los Warriors no evita la victoria de los Thunderers", pero todo iba de mal en peor a partir de allí. Los periódicos de Sídney y alrededores se cebaron con ellos y con el hecho de que llevaban tres partidos seguidos sin ganarles a los Thunderers, y aunque el Australia Today hizo un esfuerzo por ser imparcial y mencionó la gran ventaja que habían llegado a tener los Warriors al final del encuentro, al final lo único importante era el resultado. Y habían perdido por sesenta puntos.
Ni siquiera las cartas que había recibido de Reino Unido a lo largo de esa semana (ya que había aparecido en El Profeta a raíz de su participación en el partido de Italia) habían conseguido animarle demasiado. Y eso que habían sido numerosas, ya que a parte de las de Theodore, Tracey y Lily también las había recibido de parte de Astoria Greengrass, Rud Harper, Maureen Tofty, Lucian Bole y varios invitados más de la boda de Tracey y Theodore; pero no solo le habían escrito los Slytherin, sino que otros como Maggie Ackerley, Ritchie Coote y otros antiguos conocidos también se habían tomado el tiempo de felicitarle por sus logros… Pero en esos momentos, todo palidecía bajo el dolor de la derrota.
—Comprendo tu situación, Bruce—acabó diciendo Jill—. Y verás, creo que el origen de tu conflicto está en que eres un ser muy racional. Tu mente sabe cómo funciona el mundo, y sabe que perder, igual que ganar, es una consecuencia lógica de la vida de un jugador de quidditch. A veces se ganan partidos y a veces se pierden, y aunque las habilidades personales influyen frecuentemente en el resultado, también sabes que el quidditch tiene un componente grande de azar, lo que hace que a veces, la habilidad sea irrelevante. Tu mente sabe todo eso, y lo acepta—Jill hizo una pausa antes de continuar—. Pero tú no eres solo tu parte racional, Bruce. También está tu yo emocional, que existe a pesar de que normalmente no le prestes mucha atención. A esa parte de ti le dan igual las leyes lógicas del mundo, y lo único que quiere es sentirse bien, y desdeñará todo aquello que no le ayude a ese propósito. Por mucho que tu parte racional sepa que perder es natural y a veces no puedes evitarlo, tu parte emocional se negará a aceptar ese conocimiento, porque no le aporta nada útil, nada sobre lo que pueda trabajar para sentirse mejor. Por eso niega esa verdad universal y se concentra solo en ti, en tus acciones, en todo aquello que podría haber sido diferente, aunque mientras tanto tu yo racional sabe que es un esfuerzo vano.
—Entonces, ¿qué puedo hacer?
—Aceptar las cosas como son—respondió Jill con suavidad—, aceptarte como eres. Por mucho que te diga que no ha sido culpa tuya y deberías dejar de machacarte por ello, los dos sabemos que no dejarás de pensar en el tema. Así que yo te recomendaría aceptar que tiendes a pensar demasiado las cosas, y a recordarte que hay cosas en el mundo que no puedes controlar. Y mientras tanto, trataría de intentar distraerte, concentrarte en otras cosas. Podrías buscarte un hobby, algo que no tenga nada que ver con el quidditch.
—No tengo tiempo para un hobby. Jugamos contra los Fighters en apenas una semana—protestó Bruce, frunciendo el ceño, y Jill negó con la cabeza mientras le sonreía como a un niño:
—Y ahí es donde te equivocas, Bruce. La semana que viene son los Fighters, pero después vendrá otro equipo, y después otro. Si te aferras a eso, nunca encontrarás un momento de descanso. Y para refrescar la mente siempre hay tiempo.
Hubo una semana de descanso tras el partido contra los Thunderers. Mientras se adentraban en noviembre, el tiempo se iba haciendo poco a poco más cálido, aunque también más lluvioso, lo que le recordó ligeramente a cuando vivía en Londres, puesto que ahí en Wollongong llovía casi la mitad de los días. Sin embargo, solía ser una lluvia fina y ligera, que no duraba muchas horas; y el calor, ya que apenas bajaban de los veinte grados de temperatura hasta que llegaba la noche, hacía que el agua fuera apenas una molestia. Cuando acababa la lluvia, el cielo resplandecía más azul que nunca y la hierba era de un imposiblemente brillante verde. Era sencillamente bonito.
Bruce pensó en ello con frecuencia aquellos días, ya que era más fácil deleitarse con el tiempo que buscando una actividad que le apeteciera hacer para convertirla en su nuevo hobby, como Jill le había recomendado. Prefería pensar en lo agradable que era Australia para vivir, eso cuando no estaba pensando en si el entrenador le pondría para jugar contra los Fighters o si sería el turno de Tommy. Y todo eso lo hacía cuando no estaba dándole vueltas a la cabeza otra vez a todo lo que había ido mal en el partido contra los Thunderers…
Fue una mañana lluviosa en la que coincidió con Danny a la salida de los vestuarios, acabado el entrenamiento. Ella todavía llevaba el pelo mojado y la misma chaqueta rosa que había llevado aquella ya lejana noche en la que se quedaron hablando solos fuera del pub, y por un instante se transportó a aquel momento; pero sacudió imperceptiblemente la cabeza, quitándoselo de la mente, y le dirigió una media sonrisa amistosa a la joven que, como había sospechado, tenía desde el último partido una actitud más taciturna de lo habitual.
—¿Cómo estás?—preguntó él, y ella le contestó con una débil sonrisa:
—Bien, algo cansada. Hoy ha sido un entrenamiento duro.
A Danny no le faltaba razón, y es que desde que habían perdido contra los Thunderers los entrenamientos habían sido más largos e intensos, y Pete les había dado menos tiempo del habitual para relajarse y charlar unos con otros… Pero no era razón suficiente para él.
—Estás más apagada de lo normal últimamente—comentó Bruce, y al instante supo que lo había hecho mal.
Quería animarla y decirle que haber perdido el partido no había sido su culpa, pero nunca había sabido cómo consolar a la gente. Y seguía sin aprender. Danny se encogió de hombros y desvió la mirada.
—No sé. Han sido unos días complicados—respondió ella.
—Ya, pero no puedes seguir culpándote solo a ti eternamente. Fuimos todos quienes perdimos el partido, no solo tú, y tienes toda la pinta de pensar que fue solo cosa tuya.
—Fui yo quien no llegó a la snitch a tiempo—replicó con sorprendente dureza.
—No puedes atrapar siempre la snitch.
—Pues debería.
—Eso es imposible, Danny. Por muy buena que seas, que lo eres, no puedes encontrar siempre la snitch primero. Hay cosas en el partido que no puedes controlar, y a veces la snitch no estará de tu parte; pero el quidditch es así, y perder no siempre es culpa tuya.
—Suenas como alguien que ha estado hablando con Jill últimamente.
—Sí, he ido a hablar con ella. ¿Y sabes por qué? Porque yo también me siento culpable por la derrota. También pienso que si hubiera marcado más goles, o si hubiera sido más rápido, o si hubiera conseguido robarle la quaffle más veces a Vollman, tal vez hubiéramos ganado.
Danny dejó de andar y le miró frunciendo el ceño.
—No me mientas para intentar hacerme sentir mejor. Sé que es culpa mía, y todos lo saben.
—Precisamente estoy intentando explicarte lo contrario—dijo Bruce, exasperado—. Puede que Marlene haga comentarios hirientes o que Rick diga que es una lástima que no seas más rápida, pero en el fondo incluso ellos saben que el quidditch es un deporte de equipo, como lo sabemos todos los demás. Puede que tú no llegaras a tiempo a la snitch, sí, pero nosotros no conseguimos los ciento cincuenta puntos de diferencia que también nos habrían dado la victoria. Hay diferentes formas de ganar, no conseguimos realizar ninguna y las hay que no están en tu mano, así que deja de intentar cargar con todas las culpas y compártelo con los demás, no te encierres en ti misma. Y de paso, piensa en que no puedes estar centrada en el pasado cuando tenemos un partido contra los Fighters este fin de semana. Tu hermano es uno de los cazadores, ¿verdad? No podrás demostrarle quién es el mejor jugador de la familia si no estás al cien por cien.
Ella le miró en silencio todo el tiempo que duró su discurso, y siguió mirándole de la misma forma unos segundos más cuando él acabó. Y al final, su rostro se transformó en una sonrisa sincera que le obligó a desviar la mirada. Por Merlín, era demasiado hipnótica cuando sonreía así, y removía algo extraño dentro de él.
—¿Cuándo te has vuelto tan inteligente, Bruce Vaisey? —preguntó con suavidad.
—Supongo que desde que hablo con Jill—replicó él, encogiéndose de hombros.
—¿Te ha dado algún otro consejo sabio?
—Sí. Que me busque un hobby fuera del quidditch para distraerme.
Danny soltó una breve risa.
—¿Y has encontrado alguno?
—Todavía no.
—¿Has probado el surf?
Bruce negó con la cabeza. Había visto a los surfistas en la playa, surfistas que se habían ido haciendo cada vez más numerosos con el buen tiempo, pero nunca le había dado por intentarlo él. No tenía una tabla, y le parecía algo arriesgado para intentar aprenderlo solo.
—Te enseñaré—decidió entonces Danny, y él se giró a mirarla con sorpresa—. La semana que viene, después del partido. Te gustará. Es como ir en escoba, pero sobre el agua.
—No tienes por qué hacerlo…
—Pero quiero. Y además, es divertido enseñar. Tómatelo como un regalo de agradecimiento.
Habían seguido andando y habían llegado al túnel evanescente que les haría dejar el estadio; nada más decir la última frase, Danny le dirigió una última sonrisa y se metió en el túnel. Él, todavía desconcertado por el giro de los acontecimientos, la siguió unos instantes después, pero cuando llegó al otro lado solo se encontró a Larry, el vigilante, que le preguntó amistosamente qué tal iba el día. Bruce se quedó hablando unos minutos con él ante de marcharse a casa, pero la verdad es que no le prestó mucha atención a lo que decía Larry.
Había algo raro en Danny, sí, pero también había algo más. Algo que no estaba relacionado con descubrir lo que la chica ocultaba.
Por primera vez desde hacía mucho tiempo, sentía algo más que simple amistad.
El partido contra los Melbourne Fighters fue el sábado por la tarde y Bruce jugó, lo que no se había esperado del todo dado la política de rotaciones que seguía Little Pete. Pero no se quejó en absoluto, y se cambió rápidamente con ganas de demostrar que ese día no iba a fallar.
No llovía nada en el estadio, el calor era intenso y seco y el cielo estaba completamente despejado. Varios miles de personas atestaban las gradas, todos con las camisetas o bien de los Warriors o de los Fighters, aunque no había bufandas ni gorros; hacía demasiado calor para eso, pero sí que había muchas pancartas. La mayoría eran de ánimo hacia ambos equipos, pero alguna que otra era amenazante: un aficionado amenazaba con mandarles una maldición a todos si volvían a perder, pero Bruce no se preocupó demasiado. Si su casa había resistido a todo el correo embrujado de los fans de los Thunderers, no iba a pasarle nada ahora. En cuanto salieron los jugadores rivales al campo, Bruce los repasó rápidamente, recordando todo lo que había aprendido sobre ellos en las últimas semanas. No le costó nada reconocer al hermano de Danny, Zach Lewis, ya que se parecía muchísimo a ella, con el mismo pelo rubio, ojos azules y la misma nariz pequeña; era cazador y, según sus apuntes, el mejor de los Fighters, así que tendría que seguirle de cerca.
Solo tuvo tiempo de recordar las palabras del discurso del entrenador, diciéndoles que fueran a por todas, antes de que la quaffle se elevara en el aire, el partido comenzara y todo empezara a moverse a otra velocidad.
Hacía mucho calor en el estadio, y a los veinte minutos Bruce ya estaba sudando a mares. Cuando hicieron la primera pausa a la media hora (Kyle había alcanzado con la bludger al guardián rival y necesitó un par de minutos para que comprobaran que no se había roto nada) se aseguró de beber montones de agua para estar bien hidratado, y dejó que el medimago Garrick le echara un hechizo refrescante que debería durar varias horas. Lo cierto fue que de inmediato se sintió mucho mejor, así que salió con energías renovadas al partido en cuanto este se reanudó.
Y necesitaba esa energía, porque no había tardado mucho en comprobar que lo que decía el informe de Caitlin Rhodes era cierto, y Zach Lewis era con diferencia el mejor del equipo rival. Había llevado una trayectoria ascendente en los últimos años de su carrera, y parecía ser que en lo que llevaban de temporada incluso se había acelerado. Zach Lewis había sido rapidísimo en marcar el primer gol del partido cuando solo habían transcurrido unos pocos minutos desde el inicio, y desde ese momento había traído de cabeza a los Warriors prácticamente al completo; era increíblemente ágil e impredecible, y sus movimientos tenían una fluidez hechizante. Jane había empezado a dedicarse casi en exclusiva a bloquearle a él, y Marlene había sacado a pasear todo su repertorio de insultos mientras intentaba robarle la pelota y liderar el ataque del equipo.
Por fortuna, si bien Zach Lewis era espectacular, el resto de los Fighters eran más bien mediocres, lo cual hizo que, poco a poco, los Warriors fueran tomando el control del partido. Como bien dijo uno de los comentaristas:
—¡Vaya, ese pase de Zach Lewis ha sido genial! ¡Impresionante cómo se ha escabullido de entre Conroy y Vaisey…! ¡Lástima que ninguna de sus compañeras estuviera para recibir la quaffle! ¡Zach, amigo, por mucho que quieras no puedes hacerlo todo tú solo! En un movimiento insólito, el bateador Kyle Perlman recupera la quaffle para los Warriors y se la pasa a Neeson-Mills…
Hacia las cuatro horas de partido fue cuando los Warriors empezaron a distanciarse claramente en el marcador, y la diferencia de puntos no volvió a bajar de los sesenta. La snitch solo había aparecido una vez, y fue ahuyentada por los bateadores de los Fighters, y aunque los hechizos refrescantes ya se habían desvanecido, la tarde había avanzado suficiente como para que no se estuvieran muriendo de calor. Fue allí cuando Bruce jugó sus mejores minutos, en un partido en el que tuvo que admitir que no estaba destacando especialmente. No estaba acostumbrado a tanto calor, ni tampoco a ser la sombra de un cazador rival, como Little Pete le había ordenado que hiciera con Lewis para obstaculizarle. Entre ambas cosas, no había podido sacar su mejor versión… aunque poco antes del final pudo marcar un bonito par de goles bastante espectaculares, el segundo de ellos utilizando el Kyoto Slide como maniobra de distracción, una de sus últimas ideas y de la que estaba bastante orgulloso.
Y entonces la snitch apareció, y cuando Bruce pudo localizarla se le paró el corazón por un momento, puesto que estaba mucho más cerca de la buscadora rival que de Danny. Pero el susto duró eso, solo un momento, porque de inmediato una bludger de Kyle, que había tenido muy buen día, dejó a la buscadora de los Fighters fuera de juego, y solo unos segundos más tarde Danny atrapaba la snitch a placer.
—¡El partido acaba tras cuatro horas y diecisiete minutos de juego con victoria para los Warriors! —gritó entusiastamente uno de los comentaristas, aunque su voz era difícil de distinguir entre los ruidos de euforia del público—Con esto, los Warriors acaban la primera vuelta de la Liga con seis victorias y una sola derrota, lo que les deja en una segunda posición provisional… Y a falta de lo que hagan mañana los Finders y los Monsters, ¡los Fighters se sitúan en una gran cuarta plaza!
Habían ganado, y Bruce respiró hondo mientras aceptaba el hecho y empezaba a sonreír.
Habían ganado. Iban segundos, solo a un partido de distancia de los Thunderers. Puede que hubieran perdido la última vez contra ellos, pero no se habían olvidado de ganar; y habían demostrado que incluso contra los Thunderers podían hacer un buen partido. Les quedaban dos tercios de la competición todavía por delante, y todo estaba por decidir.
Todo iría bien.
—¡Por Merlín, esta canción me encanta! —dijo Rachel a voz en grito, y no tardó ni un instante en alejarse de la barra en dirección a la pista de baile, arrastrando a una Jane medio confundida, medio divertida.
El resto del grupo rio, y Kyle hasta agitó la cabeza con incredulidad mientras apuraba su segunda cerveza. Como Rachel parecía estar en una noche loca, el chico había decidido ser un poco sensato por una vez y beber menos para controlarla un poco.
—¿Que qué pasó la última vez que Rachel se pasó con las copas? —había repetido Kyle cuando Bruce preguntó al respecto—Para que te hagas una idea, la noche acabó con ella bailando descalza sobre la barra del bar, y cuando se medio desnudó y les ofreció su sujetador como vasos a un par de tíos buenos que estaban mirándola fue cuando nos echaron del bar.
—Tenemos todos la entrada prohibida desde entonces—añadió Danny con un mohín triste—. Y es una lástima, porque me encantaban sus cócteles con coco.
A Bruce le costaba imaginarse la escena. Rachel era, probablemente, la persona que conocía que podía beber más alcohol sin perder el control. Entre eso y que estaba muy familiarizada con hacer cosas extravagantes, tenía sus dudas de si lo habría hecho porque de verdad estaba muy borracha o simplemente, porque le había parecido buena idea.
—Rachel está loca—sentenció Tommy, mientras se reía entre dientes y pasaba un brazo por los hombros de Danny—. Ahora que lo dices, recuerdo que eso salió hasta en el periódico.
—Sí, y eso que pasó en el mundo muggle—suspiró Kyle, e hizo un gesto al camarero para que le trajera otra bebida—. Tuvimos suerte de que no se le ocurrió hacer nada mágico.
—Uno de mis compañeros de equipo en los Minotaurs montó un escándalo bastante grande hace unos años estando de fiesta—comentó Bruce.
—¿Ah, sí? ¿Qué pasó? —se interesó Danny y, quitándose con delicadeza el brazo de Tommy de encima, se acercó más a Bruce.
Ese movimiento hizo que le llegara una oleada de su perfume. Ligero y fresco, olía a mar y a flores, y entre eso y las tres cervezas que llevaba Bruce necesitó unos segundos para recuperar la compostura y recordar la historia de Brian y la chica muggle que había colado en la Avenida Cero un año antes de que él llegara al equipo.
Kyle, Danny y Tommy escucharon con atención, y cuando hacia el final de la anécdota Jane y Rachel se les unieron, Bruce tuvo que volver a empezar, con la diferencia que sus compañeros estuvieron preguntando detalles que no había mencionado la primera vez.
Y así siguió la noche de sábado en aquel animado pub de Sídney, entre charlas divertidas y anécdotas extravagantes. Todos estaban felices por la victoria, incluso Tommy a pesar de no haber jugado, porque ir en la segunda posición a aquellas alturas del campeonato no estaba nada mal. Tenían tiempo para pelear por el primer puesto, como les había asegurado Little Pete en el energizante discurso que les había dado al final del partido, y habían conseguido llegar hasta ahí sin ningún jugador lesionado de gravedad, algo que solo habían hecho seis de los ocho equipos (tanto los Royals como los Kids tenían ya a un jugador que tardaría varios meses en volver a jugar, ambos cortesía de los Monsters). Por lo tanto, todos tenían razones para estar alegres.
Rachel bebió más que nadie, como de costumbre, pero sí que fue cierto que esa noche, para variar, dio signos de estar más borracha que los demás. Normalmente, empezaba a contarles historias extravagantes a ellos, pero esa noche comenzó a acercarse aleatoriamente a desconocidos para explicarles cosas extrañas y hacerles preguntas comprometedoras. Cuando decidió preguntarles a unas chicas muy insistentemente si creían en las hadas, Kyle decidió que ya había tenido suficiente y era hora de llevarla a casa.
—Ya nos vemos el lunes en el entreno, chicos—se despidió Kyle, sujetando protectoramente por la cintura a una Rachel que apenas tenía ya fuerzas para protestar. Antes de irse, les guiñó un ojo y apuntó con la cabeza a Jane, que estaba muy ocupada besándose con un guapo chico más alto que ella—. Y a ella, decidle que quiero que mañana me lo cuente todo.
Bruce, Danny y Tommy asintieron, sonrientes, y en cuanto sus dos compañeros se marcharon el último le pidió al camarero dos bebidas más, que este se apresuró en servir.
—Vamos, Danny, te invito a la última.
—Oh, no, gracias—negó ella de inmediato—. Ya he tenido suficiente por hoy, no tardaré mucho más en marcharme.
Tommy frunció el ceño por un instante y de inmediato lo sustituyó por una sonrisa, pero Bruce ya lo había visto. Ya se había fijado en que Tommy tampoco era inmune a los encantos de Danny, y aunque era más elegante que los desconocidos que se le acercaban normalmente, también buscaba ganarse sus favores.
—Bueno—masculló él sin perder la sonrisa, y se giró para escanear la sala con la vista, hasta detenerse en una joven morena a unos cuantos metros de distancia—, ¿no creéis que esa chica no me ha apartado los ojos de encima en toda la noche?
Tommy no esperó a que le respondieran, sino que se dirigió rápidamente hacia la joven con las dos copas en la mano. Aunque no lo oyó, Bruce notó a Danny suspirar levemente.
—Rachel no está loca—dijo entonces Danny, y el repentino cambio de tema hizo que Bruce se girara a mirarla con atención—. Aunque lo parezca a veces, tiene una razón para hacer todas estas cosas raras.
—¿Ah, sí? ¿Y qué razón es esa?
—No puedo decírtelo, es un secreto—admitió Danny con un deje de culpabilidad—. Pero Rachel me lo contó hace mucho tiempo. Ya sabes que jugamos un par de años juntas en el Colegio. Somos amigas desde hace mucho… Y no siempre fue así. Pero no es mi secreto para compartir, y le prometí no contarlo. Solo quiero que sepas que si lo supieras, entenderías un poco más porqué hace todo esto… Y sobre todo en estas fechas.
—¿Le pasó algo grave hace muchos años en estas fechas? —intuyó Bruce.
Danny no contestó hasta pasados unos segundos.
—Algo así—respondió finalmente—. No exactamente a ella, pero sí, algo así.
Bruce asintió con la cabeza. Por estúpido que pareciera, se sentía nervioso de estar a solas con Danny otra vez, ahora que había aceptado que la chica le gustaba más allá que como una investigación para satisfacer su curiosidad. Bruce nunca había sabido qué hacer cuando le gustaba una chica, y volvía a sentirse inquieto como un adolescente. El tema de Rachel le había proporcionado una breve charla casual, pero Danny no parecía interesada en seguir hablando de ello, y Bruce se estaba estrujando el cerebro en buscar otro tema de conversación.
Mientras pensaba, su mirada divagó hacia las manos de Danny, que rodeaban lánguidamente el vaso azul vacío en el que se había tomado su cóctel. Una vez más se fijó en sus dedos, increíblemente largos y finos…y tal vez fuera el alcohol que había tomado esa noche, pero por alguna razón sus dedos le recordaron a los de los grindylows, que había visto muy de cerca en su segundo año en clase del profesor Lupin. Años más tarde, los había vuelto a ver, de más lejos, nadando cerca de la superficie del lago en días ventosos, y siempre recordaría el día de principios de verano en séptimo curso en el que había visto a un hombre del mar pelearse con un grindylow en la orilla…
Y de repente, algo hizo conexión en su mente y lo supo.
Había descubierto el misterio que llevaba atormentándole desde que conoció a Danny… y se preguntó cómo había sido tan idiota como para no haberlo averiguado antes.
—Alguna vez has dicho que tu familia no es australiana, ¿verdad? —preguntó Bruce, y la voz le salió un poco temblorosa por la conmoción, pero Danny no se dio cuenta.
—Sí, como la de la mayoría de los australianos—contestó ella distraídamente—. Mis antepasados por parte de madre son europeos, de…
—Grecia—la interrumpió Bruce, y ella le miró con sorpresa.
—Sí, Grecia—dijo Danny, hablando despacio—¿Te lo había dicho ya alguna vez?
Bruce no sabía si se lo había dicho antes o no, porque no importaba. No se molestó en responder. Simplemente la miró con fijeza y dijo:
—Sé lo que eres.
Durante unos segundos, Danny le miró con confusión. Luego le entendió. Y la confusión dio paso a la comprensión, y esta al horror. Y antes de que se diera cuenta, Danny se había puesto en pie y había abandonado a toda velocidad el pub.
Mascullando maldiciones en voz baja, Bruce se dio cuenta de que la había fastidiado a lo grande. Había hablado sin pensar y la había cagado, como de costumbre, y Danny había malinterpretado lo que quería decir por completo. Dándose toda la prisa de la que era capaz, sacó la cartera y echó sobre la barra suficiente dinero como para pagar las últimas bebidas, y entonces salió rápidamente de ahí.
Con todos los sentidos alerta, nada más poner un pie en la calle empezó a buscar a Danny. Todavía había bastante gente merodeando, por lo que si quisiera desaparecerse tendría que alejarse de la zona primero…
La vio, su camiseta blanca resaltando bajo las luces coloridas de un bar, y contuvo el suspiro de alivio para echar a correr antes de que se le escapara. Algunas personas se le quedaron mirando con curiosidad, pero la atención no duró demasiado; no debía ser el primer borracho que debían ver corriendo de noche.
—¡Danny! —gritó cuando la tuvo a apenas un metro de distancia.
Ella se giró, sobresaltada, y le miró con miedo cuando le descubrió tan cerca; intentó correr, pero Bruce ya la había alcanzado y la cogió por la muñeca para que no pudiera huir.
—Danny, por favor. Escúchame aunque solo sea un minuto—suplicó.
Ella se estremeció bajo el contacto.
—No quiero escucharte—murmuró ella, intentando soltarse.
—Pero por favor, hazlo. Será solo un momento—Bruce tomó aire antes de continuar—. Soy un idiota, ¿vale? No sé por qué he dicho eso en voz alta. No debería haberlo dicho. Y mucho menos así. Solo he conseguido asustarte y no quería hacer eso en absoluto.
—¿Ah, no? ¿Querías que cuando hicieras público mi secreto me pillara por sorpresa? —replicó ella con acidez.
—¿Hacerlo público? —repitió Bruce, sorprendido—¿Por qué iba a hacer eso?
—¡Y yo que sé! —exclamó Danny exasperada, y aunque Bruce soltó su muñeca, ella no se apartó. Solo continuó hablando con rabia y con unos ojos que se iban llenando de lágrimas lentamente—Por cualquiera de las miles de razones que la gente encuentra para hacerlo. Porque no soy humana, y no tengo lugar en la sociedad mágica. O porque soy un peligro. O porque tengo habilidades sobrehumanas malvadas. O porque provengo de una especie cruel y guerrera. O porque solo existo para tentar a los hombres y llevarlos a su perdición. O porque soy poco más que un animal…
—Para, para, para—la interrumpió Bruce, mirándola con el ceño fruncido—¿De verdad crees todo eso?
—Es lo que la gente cree.
—Eso son estúpidos prejuicios de gente estúpida que no sabe ver más allá de sus narices, Danny. Cualquiera que te conozca sabe que todo eso es mentira. No eres peligrosa, no eres malvada, no utilizas ninguna habilidad extraña para algún propósito cruel…¡Por Merlín, cómo vas a ser un animal! Tienes más corazón que la gran mayoría de personas que he conocido. Solo porque tengas antepasados que sean sirenas… Espera, no, eso es ofensivo, ¿verdad? Gente del mar es el término correcto…
—Se dice gente del mar—confirmó Danny, con una voz que se había suavizado considerablemente—, o personas del mar. Mi bisabuela lo era. A mi abuela le salía cola al entrar en agua salada. Mi madre puede respirar bajo el agua. Yo… nado muy rápido y puedo aguantar mucho la respiración, pero ya no podría vivir en el mar.
Bruce respiró hondo. Ya lo sabía, pero las palabras de Danny eran la última confirmación que le hacía falta, y lo último que necesitaba para asumirlo.
Danny tenía parte de sangre de gente del mar. Obviamente, no de aquellas razas que habitaban en las aguas del Reino Unido o de Estados Unidos, que ya eran muy diferentes entre sí, sino de las del mar Mediterráneo; aquella raza de gente del mar tenía fama de ser muy hermosa, y sus mujeres eran las que habían poblado las leyendas de los muggles desde el principio de los tiempos. Nunca había visto una de ellas, ni siquiera en fotografías, pues según los libros tenían una agresiva tendencia a evitar cualquier cosa que pudiera capturar su imagen. Pero había leído sobre ellas.
Y finalmente, había atado cabos.
—Pues eso. Lo que tengas en la sangre, o de donde provengas, no dice nada sobre ti. Solo tus acciones pueden hablar por ti. Yo te miro y lo único que veo es una persona.
—¿De verdad crees eso? —preguntó Danny con incredulidad.
—A estas alturas ya deberías saber que no se me da nada bien mentir—bufó Bruce.
Danny se quedó un rato mirándole en silencio, sopesando lo que había dicho. Parecía estar dudando entre si creerle o no, y Bruce esperaba, impaciente.
—Por favor…—murmuró él, y al parecer eso hizo que Danny acabara de decidirse:
—Y sin embargo—dijo ella finalmente—, me miras y sabes que hay algo no humano en mí. Sabes que hay algo sobrenatural en mí que te atrae. Lo disimulas mucho mejor que el resto, pero tú también lo notas. Esa fuerza invisible que te atrae inevitablemente como a todos los demás hombres.
—¿Acaso todos los demás también ven más allá? —replicó Bruce, contrariado.
—¿Más allá de qué?
Bruce suspiró, armándose de valor. Iba a ser sincero porque, ¿qué otra opción le quedaba? Danny estaba siendo muy cabezota y, por mucho que él insistiera, no parecía dispuesta a cambiar de opinión y creerle. Así que, ¿qué pasaría si le confesaba lo que de verdad le pasaba por la cabeza? No podía empeorar la situación todavía más; y por otro lado, existía la mínima posibilidad de que mejorara algo.
—Mira, Danny, por supuesto que me atraes. ¿Cómo no ibas a hacerlo? No solo está en tu naturaleza, sino que encima eres preciosa. Pero hay mucho más en ti además de eso. Hay algo en tu interior, en tu cabeza, o tu corazón, no lo sé; pero hay algo especial, y ese algo es lo que de verdad me gusta de ti, más allá de todo lo exterior.
—¿De verdad? —preguntó Danny, titubeante.
Bruce ya estaba harto de responder y que no le creyera, así que por toda contestación levantó una mano y le acarició una mejilla con suavidad, lentamente. Danny se sobresaltó al principio, pero luego cerró los ojos y se relajó visiblemente. Cubrió sus dedos con los suyos, con aquellos dedos largos y finos que la habían delatado.
Y entonces, por una vez, Bruce se permitió mirarla plenamente, sin preocuparse de quedarse hipnotizado o de comportarse como un idiota. La miró, fijándose en cada uno de sus rasgos prácticamente perfectos, y no pudo evitar inclinarse y besarla con delicadeza.
Ella le correspondió.
¡Hola a todos!
En este capítulo pasan un montón de cosas, ¿eh? Por un lado, tenemos mucho quidditch. A veces se gana... y a veces se pierde, y claramente Bruce tiene que seguir trabajando en eso de aprender a asimilar las derrotas. Por otro lado, el viaje a Italia ha tenido sus consecuencias, principalmente positivas porque ha hecho a Bruce más famoso, pero también tiene que probar ahora que está comprometido con los Warriors (¡incluso cuando los aficionados rivales te mandan regalos asesinos a casa!). Y finalmente... ¡Danny! Primero Bruce se da cuenta de que no solo le interesa lo que oculta, sino que además ha empezado a sentir algo por ella, para poco después descubrir su secreto. ¿Os esperabais esto o teníais alguna otra teoría en vuestra mente? Como se puede ver, Danny no se lo toma muy bien al principio... Y es que aunque parezca perfecta en el exterior, por dentro alberga muchos problemas e inseguridades. ¿Tenéis la misma curiosidad que Bruce por saber qué más pasa por esa cabeza? ¡Pues toca seguir leyendo!
Como siempre, quiero aprovechar este momento para dar las gracias a todos los que seguís leyendo. ¡Y gracias especialmente por los reviews! Soy la persona más feliz del mundo cada vez que leo uno. Si tenéis cualquier comentario, pregunta, sugerencia o lo que sea, ¡ya sabéis qué hay que hacer!
¡Hasta la próxima!
