No puedo aceptar este anillo
En ese momento, su mundo se cayó en pedazos. Sus intestinos se revolvían de manera dolorosa y lo dejaban sin aire. Bajó sus ojos atónitos a la argolla que ahora reposaba en su mano, y no pudo reaccionar.
—Arthur...— susurró apenas audible, subiendo a ver al menor en una súplica. Pero Arthur tan solo negó, dirigiéndole una mirada tan fría que lo hizo temblar.
"—Francis Bonnefoy... ¿puedes desaparecer de mi vida?"
Su cabeza se sentía ligera, y en ese momento se preguntó si todo lo que estaba pasando era real. ¿Cuándo se vino todo a la deriva? No, no podía ser real, no debía serlo. Pero... ¿Por qué no lograba despertar? ¿Por qué su corazón dolía tanto?
—No, no puedo hacer eso— negó, su voz sonando restringida por el escozor de su garganta. Se negaba a aceptarlo, a perder a Arthur de su vida. No podía perderlo.
—Tienes que hacerlo, tendrás que hacerlo... A partir de ahora, ya no eres nadie para mí, Francis Bonnefoy. — Esas palabras sonaron tan frías y duras que lo dejaron helado, y no pudo reaccionar cuando el inglés se dio la vuelta y salió de allí a paso rápido. Quiso mover su brazo para detenerlo, sus piernas para correr tras él, pero estaba paralizado. Esas últimas palabras se repetían en su mente una y otra vez.
Pasaron diez segundos, y luego veinte y treinta, y finalmente el dolor comenzó a aparecer como la calma antes de la tormenta. Llegó a sus dedos primero, y luego lentamente se abrió camino hacia su corazón. Tomó un par de respiraciones profundas y luego se rompió. Cayo al suelo en un golpe seco, sosteniendo su pecho con fuerza, una mano temblorosa subiendo a su garganta, intentando que el aire entrara, porque no podía respirar, se estaba ahogando. Los sollozos se convirtieron en un llanto desgarrador.
•••
Que se jodan todas las personas que habían dicho que Feliciano era mejor pintor que él, porque definitivamente Lovino Vargas habia hecho la mejor pieza de arte de su vida. Dio un pequeño paso afuera de la habitación para admirar todo su trabajo. Estaba hermoso, y sí, se daría ese crédito completamente a sí mismo pese a que Antonio hubiese ayudado a colocar los muebles y hacer la parte "pesada". Frente a él estaba el futuro cuarto de su bebé al fin terminado y no pudo evitar que una sonrisa adornara su rostro. Era simplemente perfecto.
Pudo haber llorado de felicidad en ese momento de no ser por el sonar del timbre de su departamento. Parpadeo confundido, dándole una última mirada a la habitación antes de salir a paso hesitante hacia la entrada. No estaba esperando a nadie, y por breves segundos la idea de su esposo regresando temprano del trabajo lo hizo apresurar su paso, pero... él ya hubiese entrado con sus llaves, o llamado diciendo que estaba en camino. Chasqueo la lengua y se apresuró a abrir la puerta y saciar su curiosidad de una vez por todas, y no pudo evitar soltar un jadeo de sorpresa al reconocer a la persona frente a él.
—Arthur...— ¿Qué hacía ahí? ¿Por qué se veía como mierda? Parecía haber visto un muerto, o peor. Y eso que olía ¿era alcohol? Ese idiota apestaba a alcohol y tabaco. Dio... ¿y ahora que habia pasado? Sobre todo, para que ese imbécil se pusiera a fumar. No podía ser nada bueno.
— ¿Estas solo?
—Sí, Toño está en el trabajo. Ven, pasa— lo hizo pasar a la sala de su departamento, olvidando en ese momento su idea inicial de gritarle a ese imbécil por haber desaparecido. Porque después de lo que le habia dicho Francis, y lo que habia pasado con Scott, sabía que esa no era la mejor opción. Arthur frente a él cayó en el sillón como peso muerto, hundiendo su cabeza entre sus manos. Y definitivamente juraba que lo pudo escuchar dar un jadeo tembloroso, como si estuviese conteniendo su llanto. — Arthur ¿Qué te paso? ¿Ya viste a tu hermano? ¿Viste a Francis? El idiota estaba preocupado a morir por ti— comenzó a preguntar, con preocupación clara en su voz, porque en todos los años de amistad que llevaba con el inglés, muy pocas veces lo habia visto así de roto. Y algo grave debió haber pasado, muy, muy grave.
—Lovino, yo... terminé con Francis
— ¿¡Che!? — estaba seguro de que su grito fue escuchado en todo el piso. No, ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? Miles de preguntas invadieron su mente y lo único que pudo hacer fue mirar a su amigo con horror. —N-no, no puedes ¿Por qué? Escuché que el hermano de Francis fue el donante, pero eso no es razón para terminar con el idiota. ¡Él no tiene la culpa de nada! — su puño choco contra la mesa de centro con fuerza, habia hablado tan rápido y de manera tan acalorada que su respiración salía acelerada y su rostro se habia puesto ligeramente rojo de la ira. Sí, no se llevaba tan bien con el bastardo de Francis, pero sabía que ese hombre estaba total y locamente enamorado de su amigo. Y también sabia cuanto Arthur lo amaba, porque cuando miraba a Francis el brillo en sus ojos era igual que cuando su esposo lo miraba. Un amor como ese no se podía ir al caño solo por algo como eso, algo de lo que ninguno de los dos tenía la culpa. —Sé que estás pasando por un momento difícil, pero tú y Francis se aman— suavizo su voz lo más que pudo y sus manos se posaron sobre las temblorosas de su amigo, en un intento de que entre en razón, de que no cometa una locura de la que después se iba a arrepentir.
—No, no tengo derecho— negó con la cabeza, alejando el toque del italiano. Su voz salió ronca, en apenas un susurro. —No tenía derecho de recibir esto para empezar— señalo sus ojos, soltando una pequeña risa amarga cuando nuevamente sintió el trazo frio de las lágrimas en su rostro. Los recuerdos de esa mañana no dejaban de repetirse una y otra vez, la manera en la que Francis lo habia sostenido, el dolor y las lágrimas en sus ojos azules. No lo podía soportar. Era agonizante. —Pero Lovi... duele, me duele a muerte. Siento que no puedo respirar. Siento que voy a morir— en ese momento rompió en llanto frente a su mejor amigo, sus manos subiendo a cubrir sus ojos en un intento inútil de parar las lágrimas. Su corazón dolía como si miles de cuchillos lo estuviesen atravesando, y sus entrañas se revolvieron de una manera tan agonizante que sentía que iba a vomitar. — ¿Q-que debo hacer? — ¿Qué debía hacer para poder olvidarlo, para que el dolor cesara, para que su mente no lo siguiera atormentando y su cuerpo dejara de doler de manera tan agonizante? Lovino desvió su mirada sin aguantar ver la escena frente a él por un segundo más. Verlo de esa manera tan destrozada, no lo soportaba.
—Dejar de ser un imbécil es una opción— mascullo por lo bajo, apretando los puños con enojo e impotencia. No podía ver a su mejor amigo sufrir tanto, sentía que iba a llorar también. —Oh, Arthur...— se levantó y lo envolvió entre sus brazos sin importarle nada más, dejando de un lado su aversión a los abrazos, o su poco conocimiento en como consolar a una persona. Lo único que hizo fue sostenerlo y dejarlo llorar hasta que ya no pudiera más, sin importarle las lágrimas mojando su camisa o los sollozos ahogados contra su hombro. En ese momento... no sabía que más hacer.
•••
Sus ojos bajaron una vez más a la argolla plateada que estaba entre sus manos, el nombre grabado en ella, el día en el que lo recibió, el día en que se lo entregó a la persona que más amaba. Ahora... ahora ya nada importaba. Todo habia terminado. Todo... y por mucho que quisiera mantener la compostura, se sentía tan destruido que apenas llego al lugar donde sus pies lo habían llevado se dejó caer en la silla frente a la camilla donde esa persona, ese hombre, descansaba.
No pudo evitar la risa amarga que salió de su garganta ¿Por qué demonios estaba allí? Ni siquiera supo a donde se estaba dirigiendo hasta que vio los cabellos rojizos sobre la cama, y en ese momento su cuerpo despertó del trance en el que habia entrado desde que sostuvo una vez más ese anillo entre sus manos.
—Hoy... Arthur me pidió que desapareciera de su vida— el decir esas palabras en voz alta hicieron que su corazón se estrujara de manera dolorosa y que el peso se sintiera real. Porque hasta ese momento, no había podido asimilar todo lo que habia sucedido en cuestión de minutos. No lo habia podido comprender hasta que sus ojos cayeron en el cuerpo inerte sobre la cama, hasta que el sonido de las máquinas y el olor de los fármacos invadieron sus sentidos, hasta que sus codos se apoyaron sobre la suave cama y toda la energía se dreno de su ser. —El ya no puede mirarme a los ojos... mirarme y sonreír. — el aspecto devastado en el rostro de Arthur, la manera en la que habia evitado mirarlo, tocarlo, en la que se habia alejado como si tan solo su presencia lo quemara por dentro de una manera tan dolorosa que era imposible soportar.
¿Por qué? ¿Por qué todo se habia tornado de esa manera? No pudo evitar la profunda exhalación de aire que salió de su boca, o el temblor de sus manos cuando se apretaron alrededor de la fría argolla.
—No sabes cuánto me costó llegar hasta aquí, cuanto sacrifique en mi vida por esta relación. Sentir pena por mi hermano, sentir odio por ti, me lo trague todo. Y ahora, la única persona en mi vida, la única que quería tener... me ve como si me odiara— sus palabras salieron en un estruendo furioso, sus puños chocando con la cama y sus dientes apretándose tanto que su mandíbula comenzaba a doler. Sus ojos miraban con ira a la persona culpable de todo eso, porque en ese momento, necesitaba alguien en el que echar la culpa para no explotar, para no romperse una vez más y conservar la poca compostura que le quedaba. Porque si Scott no hubiese hecho eso, si Scott hubiese negado la verdad, si hubiese enterrado ese secreto, si nunca hubiese operado a Matthew, si hubiese llegado a otro hospital, si nunca se hubiese enfermado, si Matthew nunca hubiese salido esa noche... tantos "si" se repetían en su mente, eran tantos que quería gritar solo para callar todo ese torrente de pensamientos que lo volvían loco. Pero sobre todos esos Si, habia una palabra que sobresalía mas ¿Por qué? —¿Por qué hiciste eso, Scott? ¿Por qué? ¿Qué se supone que intentabas hacer? — su voz se suavizo hasta caer en un roto susurro, sus ojos húmedos sobre el rostro inconsciente de esa persona. Porque quería poder comprenderlo, poder perdonarlo, odiarlo, sacarlo de su vida, pero nada de eso funcionaba, estaba en un limbo del que sentía que era imposible salir, que cada vez que intentaba moverse a alguna de las dos direcciones lo ahogaba más. —Dije que Arthur nunca podía enterarse de esto. Debiste haberlo negado, dicho que era una mentira— Pero... ¿Qué sentido tenía el hablar sobre eso ahora? ¿Qué sentido tenía el lamentarse? Con movimientos furiosos limpio las lágrimas que habían comenzado a caer de su rostro y pese a que sus piernas se sentían de gelatina se forzó a levantarse de la silla y dar una mirada más al rostro del escoces antes de salir de allí forzándose a no mirar atrás, porque sabía que si lo hacía no iba a ser capaz de mantener la compostura.
Se forzó a bloquear sus sentidos, a hacer oídos sordos al ritmo cambiante de las maquinas, al pequeño bip que cada vez iba subiendo de intensidad o como la mano antes inerte sobre la cama empezaba a moverse tan solo un poco, como esos dedos se crispaban y finalmente, cuando cerró la puerta tras suyo, los ojos esmeraldas se abrieron.
•••
Bajó de su auto dando un pequeño suspiro cansado. Toda la noche su esposo habia pasado preocupado de su mejor amigo, y tío, que, si Gil o alguno de sus otros amigos se asomaba con una apariencia así, de seguro hubiese hecho lo mismo. Cuando llego a casa y encontró a Arthur dormido en el sillón de la sala y a Lovi como un manojo de nervios a su lado, no supo que pensar. La preocupación fue su primera reacción. Cuando su amor terminó de contarle lo que había pasado comprendió todo y lo primero que quiso hacer fue llamar a Francis, porque sabía que él debía estar igual o peor, sin embargo, su esposo venia primero y todo el estrés de esa tarde de seguro le haría daño al bebé, así que lo envió a descansar. Cuando se aseguró que estaba bien dormido llamo a su amigo, y no se equivocó con su diagnóstico cuando lo escucho romper en llanto al otro lado de la línea. Dios... toda esa situación estaba jodida.
No sabía qué hacer para ayudar a su amigo, pero lo mejor sería encontrar lo más rápido posible al criminal que atropelló a su hermano ¿no? Y por eso ahora estaba allí, frente al depósito de carros donde habían atacado a Gilbert. Ese lugar donde sabía que de seguro encontraría alguna pista sobre el caso. Tenía que haberla.
Sin esperar a que alguien saliera a recibirlo entro al terreno con cautela, mirando a su alrededor hasta que encontró pocos metros más allá a un viejo señor de cabellos y ojos castaños.
—Disculpe—llamó para atraer la atención del mayor, parecía ser el dueño del lugar, ya que era la única persona ahí, así que interrogarlo era clave para la investigación.
—Quien es usted— ojos afilados lo escanearon de pies a cabeza con sospecha, desconfianza y hostilidad.
—Antonio Fernández Carriedo, jefe del departamento forense de Londres— se presentó con una sonrisa jovial, extendiéndole la mano al hombre que parecía reticente a tomarla, pero de todas maneras lo hizo. Y una vez termino las introducciones, sacó su libreta y una foto de su chaqueta. Era tiempo de comenzar con su trabajo. —Ha visto un coche como este— le mostró la foto cambiando su actitud a una seria. Y en parte Lovi tenía razón cuando decía que su personalidad dentro del trabajo y fuera de él era completamente diferente, como si fuese otra persona. Una persona bastante perceptiva, vale aclarar.
—Ha pasado demasiado tiempo, no lo recuerdo— mentiroso. Esa manera en la que sus ojos se habían abierto en sorpresa cuando miro la foto, el ligero fruncir de su ceño y las pequeñas gotas de sudor frio que se empezaban a formar le decían todo lo contrario. No era imbécil, por mucho que a veces quisiera parecerlo, y tres años de psicología en la universidad definitivamente le habían dejado un vasto conocimiento.
—Sin embargo, el coche debe estar presente entre sus registros ¿no? — alzo una ceja inquisitiva, dando un paso más frente al hombre, invadiendo su zona de confort. El efecto fue inmediato, y vio como el hombre saltaba a la defensiva.
—No puedo dejarle acceder a esos archivos sin una orden oficial— su voz sonaba enojada, y los pocos centímetros de diferencia de estatura lo hicieron alzar su cabeza para chocar sus ojos con los verdes del español en desafío.
—Recuerde con quien está hablando, el que decreta las ordenes de investigación forense soy yo, no veo la necesidad por la que traer una— se encogió de hombros, afilando su mirada contra la del hombre. Porque sabía que la mejor manera de ganar contra ese tipo de personas y hacerles abrirse a la verdad era un juego de poder. Que para ese momento era evidente que ya habia ganado. Con curiosidad empezó a caminar alrededor del taller, hasta que sus ojos pararon en el único auto allí que estaba impecable, y por el aspecto de sus llantas era conducido constantemente. Dos años de uso constante era lo que veía en el caucho, y tal desgaste dentro de poco necesitaría un cambio. No eran las llantas originales, lo podía notar. Eso solo le daba una suposición. —Su auto, parece estar muy bien cuidado pese a que me da la impresión de que es antiguo— hablo mirando de reojo al hombre, sin darle mucha atención. Sus ojos ahorita escaneaban al vehículo con sospecha, era extrañamente igual al auto de sus registros, o por lo menos en estructura de carrocería.
— E-es un modelo que me gusta— ese tartamudeo... lo tenía, no habia nada. La manera en la que el cuerpo del señor se volvió rígido, o como sus manos se crispaban cada vez que pasaba sus dedos por el automóvil, o que se agachaba para poder ver cada pequeño detalle. Nada se le pasaba por desapercibido, después de todo era uno de los mejores forenses en Londres ¿no?
—Se ve que ha gastado mucho dinero pintándolo y remodelándolo de esta manera ¿Cuándo lo adquirió? ¿Puedo comprobar el registro? — Según habia podido sentir, el auto fue pintado recientemente, y por una falla en la pintura cerca de la cajuela pudo notar que el color anterior era diferente al actual, y de seguro por el grosor, tenía un mínimo de 7 capas de pintura. La parte interior del auto estaba remodelada y las ventanas tenían láminas de seguridad de alta calidad. Nada era original del carro.
—Si, adelante— accedió mascullando entre dientes, señalando hacia una pequeña casa a unos metros de allí, indicándole que ahí tenia los registros. Porque ese detective, forense o lo que sea estaba tocando con sus nervios. Antonio afilo su mirada con sospecha y no pudo evitar soltar una risa amarga por lo bajo, era evidente que era una trampa. De seguro que ese hombre quería dejarlo igual que Gilbert, o peor. Pero no iba a caer. Así que, se saltaría todas las formalidades e iría directo al único lugar del carro que no podía cambiar por muchas remodelaciones que le hicieran. El número de registro.
—Primero debo abrir el capot— indico con una sonrisa falsa en su rostro, acercándose a la puerta del auto para poder jalar la palanca que abría el capot, siendo detenido por el brazo. Sus ojos bajaron a chocar con los cafés del hombre tras él, y supo que habia dado con lo que buscaba.
— ¿Por qué está haciendo esto? — escupió con furia, sus cejas frunciéndose tanto que las arrugas se acentuaron en su rostro. Antonio no contesto, simplemente se zafo del agarre y abrió la puerta del auto, jalando la palanca y avanzando al capot sin importarle las protestas del señor. —Disculpe... no...no puede...— intento detenerlo, pero ya era muy tarde. Sus ojos ya estaban fijos en el código frente a él, comparándolo con el escrito en su libreta.
—2...NLH...M84...W4639. — fue nombrando, sus ojos pasándose del auto al papel repetidamente, comprobando que cada una de las letras y los números coincidieran, uno a uno. Y el hombre tras él no pudo ponerse más pálido. —Vaya, que coincidencia. Es exactamente el mismo número de mis registros. Esto puede tener dos explicaciones: o extrañamente nacieron como gemelos idénticos o en realidad un niño muerto estaba vivo... Como sea, esto huele a una muy buena telenovela, ¿no lo cree?
•••
Necesitaba un cigarrillo. Daría todo su reino por un cigarrillo. Pero, uno: no tenía ningún reino y dos: estaba en un maldito hospital, caminando con malditos viejitos, enfermeras e inválidos. Agh, odiaba ese lugar. Pero por lo menos era la primera vez que lo dejaban salir de su cama y caminar si quiera un poco. Gott, le habían dado en la cabeza, no en las piernas, verdammt. Y justo cuando pensó que su suerte no podía ser peor, sus ojos cayeron en un pequeño y largo objeto en el piso, cerca de una de las bancas de la terraza. Un cigarro, Eureka.
Soltó una carcajada y enseguida se agacho a cogerlo, sacudiéndolo un poco para quitar los residuos de polvo que tenía por haber estado en ese piso quien sabe cuánto tiempo. Pero...
—Agh, qué más da. Ni que me fuera a dar algo peor de lo que ya tengo— mascullo encogiéndose de hombros. Por unos segundos el Roderich en su cabeza le hizo reconsiderar su decisión, pero lo ahuyento enseguida. Gott, solo iba a ser una vez, solo para recordar cómo se sentía. Dio una mirada rápida a su alrededor y aprovecho que las enfermeras estaban distraídas para caminar a algún lugar escondido de la azotea donde nadie pudiera ver lo que estaba a punto de hacer. Saco una vez más el pequeño cigarrillo y cuando se lo llevo a la boca cayó en cuenta de un pequeño detalle. ¿Y ahora como carajos lo iba a encender? Aghhhh, se iba a dar contra la pared. O por lo menos eso planeaba hasta que pudo ver dos figuras conocidas en los jardines del hospital pisos abajo, un lugar donde muy pocas personas iban. ¿Qué hacían esos dos ahí?
— ¿Qué te trajo al hospital de repente? — sí, definitivamente esa cabeza rubia le pertenecía a Emily Jones. La esposa del fiscal Jones, y la principal sospechosa en su caso. Y ese hombre ahí... vaya, vaya, sí que era su exjefe. El teniente Russell.
—Es algo urgente. Antonio Fernández Carriedo lo encontró
— ¿Encontró que?
—El coche que estaba en el accidente— sus ojos parecían abatidos y frustrados, sus puños con fuerza e ira que poco a poco se iba acumulando. No sabía si dirigida a si mismo por no haber prevenido esa situación o al abogado por haberse metido en ese caso que ni siquiera le correspondía.
— ¿¡QUE!? ¿Cómo puede ser posible? — grito alarmada, intentando controlar el volumen de su voz para no llamar la atención de nadie, pero unos ojos rojizos ya los estaban observando desde la azotea, con bastante atención, pese a que no pudiera escuchar lo que estaban diciendo pisos abajo. Ese sí que era un descubrimiento interesante. —Ese coche fue destruido hace quince años, por muy buen forense que sea, ¿Cómo pudo encontrar un auto que ya no existe?
—Era un coche muy caro y tenía solo daños mínimos, así que el dueño del lugar se lo quedo y lo ha estado usando desde entonces. No me imagine que lo tendría hasta ahora— bajó su cabeza en impotencia. Nunca debió dejar que ese imbécil lo convenciera. Y la situación ya se les estaba yendo de las manos.
— ¿Y ahora? ¿Qué va a ocurrir ahora? —la rubia sostuvo su cabeza con angustia, comenzando a caminar en círculos, mordiendo sus uñas. Oh, no, oh, no.
—Por suerte fue arreglado y pintado varias veces de inmediato, así que solo se puede confirmar como el auto que el fiscal Jones boto al desguace, no puede utilizarse como evidencia en el caso— o por lo menos eso era lo que esperaba. Rogaba con que ese maldito español no encontrara nada más en el auto, que no encontrara más pistas. Maldicion... no podían hacer nada contra él, era intocable en la ciudad, y si atentaban algo en su contra enseguida levantarían aún más sospecha. Era inútil.
— ¿Cómo pudiste permitir que llegara a esto? Ahora van a señalar a mi esposo y comenzar la recolección de pruebas ¿Qué vamos a hacer? —sonaba desesperada, y tenía todo motivo para estarlo. En ese momento, solo tenían una opción para solucionarlo todo. Solo una oportunidad.
—Creo que voy a necesitar tu ayuda, Emily...
•••
Cuando escucho las noticias fervientes de Alfred, no se demoró ni un solo segundo en abandonar su casa y dirigirse lo más rápido posible al hospital. ¿Cómo? ¿Cuándo?
Tenía demasiadas preguntas en su mente que ni siquiera se preocupó de cómo sus músculos protestaban el haber bajado y subido tantas gradas o como su respiración se aceleraba y sus pulmones le reclamaban la falta de aire, no le preocupaba nada más que ver a esa persona que se encontraba en una de las habitaciones del final del pasillo. Y cuando entro allí sus ojos ignoraron por completo al estadounidense haciendo los chequeos y se dirigieron a esos ojos que ya no sabía en cuanto tiempo habia podido ver. Esos ojos esmeralda que se mostraban más opacos que nunca, como si apenas tuvieran vida en ellos, y eso hacía que sus intestinos se revolvieran de manera dolorosa.
—Sus reflejos y sentidos están regresando lentamente. Si sigue recuperándose por lo menos la parte superior podrá regresar a la normalidad— las palabras de Alfred lo sacaron de sus pensamientos, y sus ojos dejaron los esmeralda para mirar a los azules llenos de alegría y esperanza. Esperanza porque ambos sabían que lo que habia pasado era un milagro, algo que ninguno de los dos esperaba ver en tan solo unas semanas después de la operación, pensaron que tomaría meses, o incluso años, pero ahí estaban. Si Alfred no estaba dando saltitos de felicidad en ese momento es porque estaba en modo trabajo y también acababa de comer hacia media hora, y no sabía aun que tan bien iba a reaccionar su pequeño héroe a la comida de la cafetería. Solo esperaba que bien, porque no quería tener que explicar por qué salió corriendo al baño como si su vida dependiera de ello.
—Esas son buenas noticias— fue lo primero que pudo decir desde que entro a la habitación, dejando ir toda la tensión de su cuerpo y el aire que sin saber estaba conteniendo. Un pequeño suspiro salió de sus labios y una vez más sus ojos se fijaron en los abiertos del escocés que observaba a la nada. La persona en la camilla no parecía responder a ninguna estimulación, y aun no podía mover nada aparte de sus ojos, pero eso ya era un gran avance. El estadounidense dejo caer su sonrisa cuando sintió un torrente de nauseas recorrer desde su estómago hasta su garganta. Su cuerpo se tambaleo notablemente y subió una mano para tapar su boca, pero antes de que pudiera salir corriendo al baño las náuseas pasaron, dejándole solo un mal sabor y un malestar en el estómago. No, la comida de la cafetería no era buena para el bebé. Para nada. Los ojos azules del francés lo miraron con preocupación todo el tiempo, acercándose alarmado. —Alfred ¿Qué paso? ¿Estas enfermo? —comenzó a preguntar, buscando todo rastro de malestar en su cuerpo. El estadounidense tan solo asintió antes de dar un pequeño suspiro, se sentía exhausto. Y habia pasado lo que menos quería que pasara. Ahora Francis lo miraba con preocupación y sabía que a menos que dijera la verdad esos ojos no dejarían de buscar la causa de su malestar, y de seguro la encontraría.
—Algo así...— contestó distante, agachando su cabeza a su pequeño vientre de tres meses, ya estaba comenzando el segundo trimestre de su embarazo. Y aun nadie en el hospital lo sabía, a excepción de Tino e Ivan... oh, y Arthur, ahora que lo recordaba habia sido Arthur quien le hizo tener el valor de hablar con Ivan de una vez por todas y arreglar las cosas. Pero, ellos no contaban. Debía empezar diciéndole a alguien, y era mucho mejor si ese alguien no era su madre. —Agh, ok, ya no lo puedo esconder más, dude— tenía que decirlo, solo tenía que hacerlo. Ya no podía seguir escondiendo a su bebé. —Estoy embarazado... — lo dijo, al fin lo dijo. Y no habia sido tan difícil como pensaba. No habia salido tan mal... o por lo menos hasta que vio el estado de shock en el que estaba el francés.
— ¿Q-quoi? — fue lo único que pudo decir. Parpadeando con incredulidad. Se habia esperado todo menos eso. Además ¿Alfred? ¿Alfred embarazado? Pero... —Hasta lo último que sabía, seguías tras Arthur— estaba tan confundido en ese momento. Hace tan solo unas semanas el estadounidense lo habia confrontado en un bar, diciéndole que dejara a Arthur, que no se lo merecía. ¿Y ahora estaba embarazado?
—No estaba tras Arthur— gruñó fregándose la sien. Si, lo que habia hecho era muy fácil de mal interpretar, y sabía que Francis de seguro habia pensado que le decía que se alejara de Arthur porque él aun no lo superaba, pero no era así. No completamente. Pero... estaba confundido en ese entonces ¿ok? —Quería que no se enterara de la verdad, pero... ya es muy tarde para eso— explico encogiéndose de hombros. Francis lo miro sorprendido antes de agachar su mirada al suelo con dolor, porque lo que ambos habían temido se habia cumplido. Pero... no debía recordar temas tan sombríos, no cuando Alfred le habia dado una noticia tan alegre. Y pese a que era una noticia aún muy difícil de digerir y de imaginar a Alfred con alguien más... Attendre ¿Alguien más? Si Alfred estaba embarazado, entonces...
—Entonces... ¿Quién es el padre? — pregunto intentando forzar una sonrisa en su rostro, pero esos días sentía que simplemente era imposible... era imposible volver a sonreír como antes.
—Ivan... Ivan Braginsky— Ahora sí que no sabía que le sorprendía más, el hecho de que Alfred estuviese embarazado o que el padre sea la persona que siempre declaraba su enemigo mortal. El doctor más temido en el hospital por los internos y los mismos doctores, especialmente por su corto temperamento y su aura intimidante. Sinceramente nunca habia convivido tanto con Braginsky, pero... tal vez no era tan malo como todos lo hacían ver. Pero ¿Alfred e Ivan? Ufff... era mucho que procesar. —Hey, Arthur— ese nombre lo saco de sus pensamientos y en ese momento sus ojos subieron a ver a la ahora abierta puerta de la habitación, y ahí lo vio. Azul y verde chocaron por varios segundos donde la tensión en el aire se volvió densa, los recuerdos de una semana atrás aun frescos en la memoria de ambos. Y entonces Arthur se volteo y salió de allí, antes de que tuviera la oportunidad de decir algo o acercarse. El ya no estaba. Alfred intercambio su mirada entre la puerta donde hace pocos segundos habia estado su ex prometido y Francis, perplejo. ¿Por qué se habia formado tanta tensión? ¿Por qué ninguno de los dos habia hablado? — ¿Qué paso entre ustedes?
—Terminamos...
•••
Le tomo una buena media hora en llegar a dar con el lugar donde estaba la persona que buscaba, y cuando lo encontró, pudo notar en realidad que tan destrozado estaba. Porque pese a que Arthur siempre intentará ocultar sus sentimientos y parecer fuerte, era una persona sensible, y sabía que después de todo lo que había pasado no era extraño encontrarlo en ese estado. Su cabeza hundida entre sus brazos y sus piernas contra su pecho en un intento de hacerse lo más pequeño posible bajo la sombra de ese enorme árbol en la parte más escondida del hospital.
Se acercó a paso lento, intentando hacer el menor ruido posible y cuando se sentó a su lado, sintió como el mayor subía su mirada sobresaltado, enseguida limpiando las lágrimas de sus ojos. Pero el tono rojizo y las bolsas alrededor lo delataban.
—Hey...— comenzó sin saber verdaderamente qué decir en esa situación. Meses atrás hubiese festejado que esos dos terminaran, pero ahora no. No cuando se había dado cuenta de cuánto se amaban en realidad y de lo destrozados que se veían los dos. El dolor que veía en los ojos de Arthur era exactamente el mismo que había temido todo ese tiempo, el que había querido evitar a toda costa, pero ahora... ya era tarde. —Sé porque estas actuando de esa manera...— bajo la mirada a sus manos en un pequeño suspiro, porque no sabía cómo Arthur iba a reaccionar después de lo que le tenía que contar. Pero ahora que la verdad había salido a la luz, ya no tenía por qué ocultarlo. —Acerca de Francis, su hermano y Scott. Lo sé todo— los ojos verdes lo regresaron a ver atónitos. Millones de preguntas pasaron por su cabeza y su corazón empezó a acelerarse con una mezcla de sentimientos asfixiantes.
—Alfred ¿C-cómo? —fue lo único que avanzó a balbucear, aún sin poder asimilar lo que acababa de escuchar. ¿Todo este tiempo Alfred lo había sabido? ¿Porque no le había dicho nada? ¿Porque seguía estando a su lado pese a que su hermano era un... un asesino? No... no lo podía comprender. Alfred soltó un pequeño suspiro al ver el tren de pensamientos en los ojos del inglés, y cuando noto su ceño fruncirse ligeramente pudo saber en qué estaba pensando. Scott... Arthur sentía repulsión por las acciones de su hermano, las cargaba en sus hombros, como si él las hubiese hecho. En ese momento otro suspiro salió de su boca y sus ojos subieron al cielo.
—No puedo decir que comprendo a tu hermano, pero me siento mal y me compadezco por él— hablo casi en un susurro, sintiendo una vez más la mirada atónita del inglés sobre su cuerpo. —Lo desesperado que debe haberse sentido. Lo mucho que te quería para hacer eso...Puedo imaginármelo— porque después de mucho tiempo de meditación esa fue la conclusión que pudo llegar. Una acción de un hombre desesperado por salvar a la única persona que le quedaba. No podía ver a Scott como un asesino, tampoco como una mala persona. Porque después de enterarse de las medidas a las que habia llegado por su hermano se dio cuenta de que solo era un hombre... una persona que comete errores. Errores que por mucho que los lamente, no puede borrar de su vida. Arthur bajó su mirada una vez más al suelo, y por mucho que quisiera ver a esa situación como Alfred la pintaba, no podía hacerlo. No podía perdonarlo,
—No lo digas así. Eres doctor también...— sí, era un doctor también, y como doctor un acto como ese era imperdonable. Pero también era un ser humano... también era un padre.
— ¿Cuántas vidas crees que tu hermano ha salvado en todos estos años? Son por lo menos miles de personas. Incluso un gran medico como él comete errores. Porque es un ser humano. Porque después de todo, él es como un padre. Y los padres... los padres cometen errores. — por las personas que más aman, por las personas que quieren proteger, por las que darían todo en su vida... Su mano bajo inconscientemente a su vientre y supo en ese momento que, de haber estado en la misma situación, tal vez hubiese hecho lo mismo. Porque... era un padre. Y lo más importante en su vida ahora era su bebé, proteger a su bebé, hacer todo por él. Arthur sintió una extraña sensación recorrer su cuerpo y sus ojos bajaron a sus manos, ¿Por qué sentía que sus ojos volvían a humedecerse? Todo lo que Alfred habia dicho, no podía borrarlo de su mente.
—Voy a entrar...— se levantó sin cuidado alguno, sintiendo su cabeza dar vueltas por el repentino movimiento, pero intento cubrirlo apoyándose en el tronco del árbol tras suyo, no quería preocupar más al menor. Antes de irse se volteo una vez más, forzando el vestigio de una sonrisa en su rostro. —Alfred... gracias por hablar de mi hermano de esa manera— los ojos azules subieron a verlo con sorpresa para después suavizarse y asentir con comprensión. Seguía viendo la hesitación y culpa en sus ojos, pero la aversión ya no estaba presente, y en ese momento sabía que eso era lo máximo que iba a lograr. Porque cuando Arthur tenía algo en su mente, era muy difícil hacerlo cambiar de parecer. Solo esperaba que todo ese caos se arreglara pronto, y que nada malo pasara, pero el futuro siempre iba a ser incierto.
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Apagó las luces de toda la oficina y salió con un suspiro cansado. Su cuerpo lo estaba matando con tantos síntomas a la vez. Náuseas, mareos, fatiga, antojos, etcétera, etcétera. No sabía cómo lo iba a soportar 6 meses más. No sabía cómo era que Lovino lo soportaba. Bueno, aparentemente porque no tenía que trabajar en un lugar lleno de olor a fármacos, sangre y enfermedad todo el día, donde esconder el hecho de que estás embarazado no es tan fácil porque todos tus compañeros de trabajo pueden distinguir anomalías y síntomas en cuestión de minutos. Sinceramente no sabía cómo es que su madre aún no se había dado cuenta, pero estaba agradecido por ello.
Ahora lo único que quería hacer era regresar a su departamento y dormir hasta que la llamada del deber llegara. O su pequeño demandando comida, lo que viniera primero. Pero justo cuando estaba por salir hacia el ascensor al parqueadero noto las luces de una oficina muy conocida encendidas. Con curiosidad se acercó a paso lento y dio dos pequeños golpecitos en la puerta con la placa que señalaba "Dr. Braginsky. Neurología". Espero varios segundos por una respuesta y al no recibir ninguna entró con cautela. Lo primero que sus ojos vieron fue las dos grandes pilas de papeleo en el escritorio y en el medio una cabeza rubia oculta entre un par de brazos.
Oh gosh, parecía un pequeño osito, dormido después de un largo día de trabajo, con su bufanda toda alborotada y su respiración tan calmada. Tenía ganas de sacar su teléfono y tomarle unas cuantas fotos, pero entonces lo escucho estornudar y el pequeño chip de preocupación se encendió en su cabeza.
—Vanya...—se inclinó sobre el escritorio, poniendo una mano sobre el hombro del ruso y sacudiéndolo para despertarlo.
—Hmmm— los ojos violeta se abrieron tan solo un poco, volviéndose a cerrar enseguida por la luz, hundiéndose más entre sus brazos de ser posible. Alfred negó con la cabeza, de seguro estaba agotado. Pero si lo dejaba dormir en esa fría oficina en la que ni siquiera funcionaba el calefactor se iba a terminar enfermando, por muy ruso que fuera. Y no quería un novio, o lo que sea que fueran, enfermo.
—Te vas a resfriar. Tu turno acabo hace dos horas, deberías regresar a casa y descansar— regañó sacudiéndolo con más fuerza, pese a los gruñidos y quejas que daba. Solo se detuvo cuando el maldito al fin alzó esa cabezota que tenía y se dignó a mirarlo.
—Me quede dormido...— sí, eso era evidente. Y no importaba que tan adorable se viera fregando sus ojos o bostezando, nada en ese momento podría borrar el fruncir de su ceño. — ¿Es posible que me estés transfiriendo tu fatiga a mí? — ¿wait, what? ¿Como se atrevía? ¿Ahora era su culpa?
—Tsk, eso es imposible, yo sigo sintiéndola— chasqueo la lengua cruzándose de brazos ofendido. Y si las miradas mataran ese commie ya estaría cinco metros bajo tierra, pero el maldito siempre parecía ser inmune. Esos ojos lo regresaban a ver con tanta calma, como si nunca hubiese dicho nada.
—Ven— ¿qué? Parpadeo cambiando su ceño fruncido por una mueca de confusión. ¿Ven? ¿A dónde? ¿A la silla? ¿Porque Iván quería que fuera a su silla? —Solo ven acá, Fredka— el ruso rodó los ojos al notar su hesitación, fijando su mirada en la confundida del americano. Alfred se acercó hasta estar a su lado aun sin saber que era lo que tramaba. —Siéntate— su cerebro se quedó en blanco durante algunos segundos, procesando lo que acababa de escuchar, sus orbes azules viajando atónitos desde los violetas del ruso hasta su regazo y de nuevo a su rostro que se mantenía inexpresivo.
— ¿Q-que...? — fue lo único que pudo formular antes de sentir su rostro arder. De seguro que se veía como un maldito tomate en ese momento e Ivan ni siquiera parpadeaba un ojo. Ese maldito... Tambaleo un poco con sus pies al sentir una mano jalándolo de la muñeca sin consideración alguna. — ¡Hey! —reclamo regresándolo a ver enojado, pero en ese momento sabía que Ivan no lo dejaría en paz hasta que hiciera lo que quisiera. Agh, ¿porque tenía que enamorarse de ese idiota? Con un suspiro rendido hizo lo que Ivan quería, y.… era sorprendentemente cómodo, mucho más de lo que se habia imaginado, pese a que en esa posición lo tuviera tan cerca, y que las hormonas de su embarazo no ayudaran en nada a mantener su cuerpo bajo control. — ¿Feliz? — pregunto rodando los ojos, pero cuando sintió un par de fuertes brazos rodearlo y atraerlo más cerca hasta que sus pechos chocaron, no tuvo fuerzas para quejarse. Su cuerpo le pedía ese contacto.
—Así ya no siento frio— esas palabras le provocaron una sensación titilante y cálida en el corazón, y pese a que en ese momento lo que más quería era fundirse en un beso con el ruso, lo único que pudo hacer fue hundir su rostro en su cuello. Sentía un cosquilleo por todo su cuerpo, y tenía un presentimiento de que era lo que todas esas sensaciones cuando estaba cerca de Ivan significaban.
—Vanya... — debía decirlo... era ahora o nunca, porque si no era ahora, sabía que no tendría el valor para decirlo después, que comenzaría a dudar de nuevo.
—Solo cállate, déjame dormir—¿Justo cuando iba a confesarse le decía que se callara? Agh, él se lo perdía. Idiota... pero, por mucho que quisiera enojarse al sentirlo tan cerca, escuchar su respiración tan calmada, el latido suave de su corazón, el calor de su cuerpo que hacía mariposas revolverse en su estómago. Con curiosidad se separó cuanto los brazos alrededor de su cuerpo le permitían para mirar al tranquilo y relajado rostro de Ivan, ¿Por qué se veía tan malditamente adorable cuando dormía?
—Supongo que... de verdad te amo— la declaración salió de sus labios sin pensarlo, y enseguida pudo sentir sus mejillas comenzar a arder. Ok, lo habia dicho, al fin lo habia dicho. Y no lo repetiría, no le importaba si Ivan habia escuchado o...
—Lo sé— esa gruesa voz lo hizo soltar un respingo por la sorpresa, sus ojos abriéndose atónitos al chocar con los amatistas que lo observaban con una sonrisa engreída que solo logro que el color de sus mejillas se extendiera por todo su rostro hasta sus orejas. Miles de "¿Por qué?" se empezaron a repetir en su mente y tenía ganas de quitarle esa maldita sonrisa de triunfo que tenía, pero su cuerpo no respondía y en ese momento lo único que pudo hacer fue soltar un gruñido por lo bajo.
—S-se supone que estabas dormido— mascullo enterrando su rostro en el cuello del ruso una vez más en un intento de cubrir su sonrojo, pese a que el muy maldito ya lo hubiese visto. No, no le daría la satisfacción de seguirlo viendo morir de la vergüenza. Nunca se imaginó que su confesión iría así, damn. Denle todo el crédito a Ivan por contestar con la frase más romántica del mundo.
—Eso intento, pero no te callas— definitivamente se iba a ganar el título al mayor bastardo del año. Una vez mas ¿Por qué demonios se habia enamorado de ese idiota?
—Agh, está bien, me voy a callar, dumbass...— y que no espere que algún día repita esas dos palabras. Nope, no lo haría. Si no lo estaba estrangulando en ese momento era porque el sentirlo tan cerca hacía que su cuerpo se relajara por completo y no reaccionara como quisiera. Y cuando sintió los brazos del mayor envolverlo por completo no pudo evitar que todo el enojo se fuera por el caño y que su cuerpo se pegara al del ruso, el calor que emitía haciendo que sus parpados empezaran a sentirse pesados y que toda la tensión lo abandonara. El acelerado de su corazón empezaba a normalizarse, y cuando sintió un pequeño beso en su cabeza y dedos acariciando su cabello suavemente, supo que era allí, entre los brazos de ese hombre, donde finalmente pertenecía.
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No sabía en qué momento una copa se volvieron dos. Dos después aumentaron a tres, luego 4, y cuando menos lo supo termino bebiendo la botella entera. Cuando su cuenta llego, sus ojos no podían fijarse bien en los números. Eran ¿dos cifras? ¿tres? ¿cuatro? No lo sabía y tampoco le importaba. El mareo de su mente no le dejo preocuparse por la suma que saco de su billetera, o la cara del mesero al momento de ver la cantidad de billetes sobre la mesa. Ni siquiera sabía cómo en ese estado habia sido capaz de encontrar su camino a casa o de tomar el ascensor hasta el piso correcto e intentar luchar con su mirada para poner bien la clave de su puerta, los números en los botones distorsionándose tanto que eran irreconocibles.
Putain, ni siquiera podía mantenerse de pie sin apoyarse en la pared. Ni siquiera podía olvidar, porque por mucho alcohol que tuviera en su sistema, cada palabra de Arthur, la mirada de Matthew, el llanto de Scott... era demasiado. Los recuerdos eran demasiados.
Clarie alzo a ver extrañada al escuchar el golpe de algo contra la pared de la entrada. Alarmada, dejo la lana y las agujetas con las que habia estado tejiendo y se levantó para investigar la fuente del ruido, y lo que encontró hizo que su corazón diera un vuelco de pánico y preocupación.
—Frère— sus ojos azules miraban atónitos a los desenfocados de su hermano, la manera en la que su cuerpo apenas se mantenía de pie contra la pared. Sin pensarlo dos veces corrió a su lado, apoyándolo sobre su cuerpo, apenas logrando soportar su peso, pero en ese momento eso era lo que menos le preocupaba, no cuando podía sentir el olor del alcohol irradiar de su hermanito, y las bolsas bajo sus ojos. —H-hey, ¿Qué tienes? ¿Qué está sucediendo contigo estos días? ¿Vas a seguir haciendo que tu hermanita se preocupe? — reclamó de manera acalorada, apenas respirando. ¿Por qué Francis estaba así? ¿Qué estaba pasando con su hermano? Nunca lo habia visto tan destrozado, y tenía miedo, tenía tanto miedo que podía sentir sus ojos comenzar a humedecerse.
—Clarie...— esos ojos alzaron apenas a verla con dificultad, como si en ese momento no fuese capaz de enfocar nada, y muy probablemente ese era el caso. Estaba tan borracho que su cuerpo ahora era como un peso muerto. —Lo siento, yo solo... Lo siento— sus orbes azules se abrieron con sorpresa al escuchar esas palabras y el tono destrozado de su hermanito, podía ver en su semblante que pese a que en ese momento el alcohol intoxicaba su sistema sentía vergüenza y decepción de sí mismo por mostrarse en ese estado frente a ella. Porque Francis siempre cuidaba su imagen frente a ella, siempre intentaba darle los mejores ejemplos, ser un buen modelo a seguir, siempre intentaba remplazar el espacio vacío que habían dejado sus padres, su hermanito. Francis siempre se esforzaba demasiado, y verlo así de destrozado hacía que su corazón se comprimiera dolorosamente.
—N-no tienes remedio, Frère— intento forzar una sonrisa cálida en su rostro, caminando con dificultad hacia su habitación. No supo cómo lo logro, pero cuando al fin pudo acostarlo en la cama, quitarle toda prenda de ropa incomoda y arroparlo en las sabanas, se permitió dar un pequeño suspiro. Francis habia caído dormido apenas su cabeza toco la almohada y ahora el único sonido en el cuarto era su respiración calmada. Con un último suspiro se dio vuelta para salir de la habitación, pero antes de que pudiera poner su mano sobre la perilla, la voz rota de su hermano la detuvo.
—N-no Arthur... no te vayas— la expresión calmada en su rostro habia pasado a una destrozada, su cuerpo se revolvía en la cama y su respiración se habia tornado agitada. ¿Qué habia pasado entre él y Arthur? ¿Estaba Arthur bien? Miles de preguntas invadieron su mente, pero no, debía dejarlas de lado. En ese momento lo único que pudo hacer fue tomar su mano, dibujando círculos con su pulgar en un gesto que el mayor siempre usaba para calmarla. Beso su frente con cariño y acaricio su cabello hasta que pudo escuchar su respiración volver a la normalidad, y su rostro relajarse. No se iría de su lado, no cuando su hermanito más la necesitaba.
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Definitivamente la peor parte de beber era despertarse a la mañana siguiente. Y oh, sí que lo lamentaba. Su cabeza le estaba matando, y sentía ganas de vomitar todo el alcohol que habia consumido. Y eso fue lo primero que hizo apenas salió de su cama y logro caminar hacia el baño. Su reflejo en el espejo era un desastre, su cabello enredado y las bolsas bajo sus ojos eran tan grandes que ni siquiera con un montón de maquillaje podría cubrirlas. ¿Cuándo habia envejecido tanto?
No tenía el espíritu para hacer nada ese día, lo único que quería hacer era enterrarse entre sus sabanas y no volver a despertar, pero el olor de crepes recién hechas y el café tostado lo hicieron salir de su cuarto, encontrando el desayuno servido en la mesa, y a pocos metros de allí en el sillón a su hermanita con un par de agujetas en sus manos y una expresión de concentración que muy pocas veces veía en su rostro. Los ojos azules subieron a verlo al escuchar sus pasos, y fue recibido por una sonrisa cálida.
—Frère, ¿dormiste bien? — la pregunta salió de sus labios pese a que por el aspecto de su hermano podía notar que no, no habia dormido para nada bien, pero lo único que recibió fue un pequeño asentimiento. Francis no quería preocuparla, lo sabía, pero, aun así, no podía evitar preocuparse por la única familia que le quedaba.
— ¿Por qué estas tejiendo? — cambio de tema con verdadera curiosidad, tomando la taza de café y el plato de crepes con chocolate de la mesa para sentarse en la sala cerca de su hermana. Sus ojos recorrían curiosos la canasta con bolas de lana y agujetas que estaba sobre la mesa de centro. Muy pocas veces había visto a su hermana tejer, pese a que estudiaba diseño de modas, ella siempre había preferido coser todo de ser posible.
Clarie sonrió a la pregunta, y sus ojos bajaron a su tejido que aún no tomaba forma, pero que dentro de poco se convertiría en un lindo saco de lana.
—Matthew me conto una vez que mamá solía tejer para nosotros cuando éramos pequeños, antes de que naciéramos nos hacia un montón de ropita de lana...— recordó con calidez en sus ojos, y Francis al escuchar el nombre de su hermano sintió su semblante volver a decaer, pero no dejo que se mostrara en su rostro. —Cuando le pregunte si no era cansado para ella, dijo que mamá solía decir que no habia nada como eso para expresar amor. Pese a que tejer no es mi actividad favorita, es la manera más pura de demostrar amor. —concluyó subiendo su mirada una vez más a la pensativa y sorprendida de su hermano.
— ¿Amor? — Recordaba que su madre solía tejer, casi todos los días, y que Matthew también lo hacía ocasionalmente, pero nunca habia preguntado el por qué detrás de ello.
—Oui— asintió —Pensar en esa persona especial cada punzada, y perder el enfoque significa perder esa puntada de inmediato. Tienes que comenzar de nuevo desde el punto que salió mal, es como las relaciones. — explico con calidez en su voz. El mayor tomo una de las bolas de lana entre sus manos, analizando con profundidad las palabras de su hermana. Comenzar de nuevo desde el punto que salió mal... ¿Cuándo las cosas habían comenzado a salir mal? ¿Cómo podía comenzar de nuevo? No lo sabía... no sabía cómo podía remediar toda esa situación. —Es un regalo único que no le queda a otra persona. Es como el amor— continuo con una sonrisa. La imagen del hombre de que se habia enamorado paso por su memoria, haciendo que soltara un pequeño suspiro.
Francis regreso a verla con una ceja alzada. Eso que veía en sus ojos ¿era amor? ¿su hermanita estaba enamorada? La ilusión en sus ojos, el ligero tinte en sus mejillas... definitivamente habia alguien especial ahí. Y pese a que no era un hermano sobreprotector, la curiosidad de saber quién habia robado el corazón de su pequeña era más.
—Entonces... ¿A quién le estas tejiendo eso? — pregunto intentando sonar desinteresado, mirando de reojo como las mejillas de Clarie se tornaban aún más rojas. Y sin poder evitarlo una sonrisa genuina se formó en su rostro al ver esa reacción, era claro que su pequeña estaba enamorada.
—Es un secreto— respondió entre risas, intentando controlar el rubor de sus mejillas. Y cuando escucho una carcajada de su hermano pudo sentir calidez en su pecho. Por ahora no haría preguntas sobre la noche anterior, disfrutaría de esa felicidad con su hermano, de poderle sacar una sonrisa sincera, porque sabía que, si volvía a verlo así de destrozado una vez más, no lo podría soportar.
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Era la cuarta vez que debía inventar una excusa para salir corriendo al baño a vaciar todo contenido de su estómago en el retrete. Oh, God… ni siquiera iba media jornada de trabajo y ya sentía que su cuerpo lo estaba matando. Su garganta ardía y su estómago rugía en busca de algo de nutrientes que no terminaran yéndose por el desagüe. En ese momento agradecía que le tocara turno en el equipo de Emergencias porque si quiera ahí podía encargar la mayor parte de su trabajo a sus compañeros de equipo que lo hacían sin protesta alguna. De verdad no sabía como es que nadie habia juntado las piezas de su estado. Agh, no, estaba seguro de que ya muchos lo sabían, pero ¿Cómo es que nadie lo habia confrontado sobre eso hasta ahora? Gosh, ni siquiera su madre, que veía cada pequeño detalle de manera critica, habia dicho nada sobre su aumento de peso, o como habia decidido vestir ropa más floja y cómoda que sus habituales jeans y camisetas apretadas.
Observo su reflejo en el espejo, alzando tan solo un poco su suéter, lo necesario para poder ver el bultito en su vientre. Tan solo le faltaba seis meses para poder tener a su bebe en sus brazos. Agh, faltaba demasiado, pero… valía la pena ¿no? Toda la fatiga, el dolor de cabeza, las náuseas, todo valía la pena por su pequeño heroe. Salió del baño con una sonrisa boba en su rostro y animo renovado, caminando por los pasillos sin mirar verdaderamente a donde iba, hasta que pudo reconocer una mota de cabello rojizo y ese rizo tan único e inconfundible a tan solo unos pasos de allí, saliendo de uno de los consultorios del hospital. Enseguida sus ojos bajaron el prominente vientre que el italiano mostraba y pudo sentir algo parecido a los celos y la añoranza invadirlo.
—Oh, Lovino ¿Qué estás haciendo por aquí? — se acercó sin pensarlo mucho, alzando su mano en forma de saludo cuando el italiano volteo a verlo un poco sorprendido.
—Alfred— soltó su nombre en forma de saludo, parpadeando un par de veces para convencerse de que no estaba imaginando nada. Alfred parecía mucho más sonriente que de costumbre y algo en su rostro irradiaba calor, su piel se veía más brillante y en ese momento no pudo evitar bajar su rostro al abdomen escondido bajo la bata de doctor que llevaba con sospecha, una sospecha que dejo a lado después de darse cuenta de lo absurdo que sonaba. ¿Alfred embarazado? Pff, no podía ser. Pero, aun así, ¿Por qué estaba tan alegre tan de repente? Por supuesto, era Alfred. —Tenía una revisión por este bambino de aquí— se apresuró a contestar cuando el menor llego a su lado, comenzando a sospechar que algo andaba mal por la manera en la que lo estaba mirando y el largo silencio que sin saber habia mantenido. —Ya falta poco para que nazca, y cada vez está matando más mi espalda— suspiro con una mueca de incomodidad en su rostro, últimamente hasta respirar correctamente se le hacía difícil por la manera en la que el bambino estaba oprimiendo todos sus órganos. Agh, ya lo quería afuera, pero al mismo tiempo eso le aterraba, el dar a luz… agh, no, no era momento para pensar en eso.
—Debe… ser difícil, pero también lindo ¿no? — sus ojos se afilaron una vez más en sospecha cuando escucho esa pregunta, y el tono en el que Alfred la habia dicho, casi en un suspiro, sus ojos con un brillo particular en ellos. Algo tenía, lo podía sentir.
—Si… sentir a tu bebe moverse dentro es la mejor sensación del mundo, aunque a veces te duela como la mierda, especialmente cuando ya estás en los últimos meses. Realmente no sé qué haría sin Antonio a mi lado. —explico mirándolo de reojo por cualquier tipo de reacción, notando como tomaba sus palabras como si fuesen algún tipo de consejo, sus ojos azules bajando a su vientre con un brillo de… ¿esperanza? Esperaba que su sonrisa cayera si quiera un poco a la mención de su pareja, de tener a alguien a su lado, pero, al contrario, sus ojos parecieron brillar aún más. Dio… ¿Qué estaba pasando con Alfred? Pero antes de que pudiera soltar la pregunta que estaba persistente en su cabeza, el estadounidense lo cortó, cambiando su semblante emocionado a uno más normal, ocultando todo lo que segundos atrás habia visto en sus ojos.
—Envíale saludos de mi parte a tu esposo— palmeó el hombro del italiano en forma de despedida. Por mucho que quisiera quedarse conversando con él, tenía trabajo que hacer, aunque… sus asistentes podían sobrevivir solos ¿no?
—Uhum…—aun no sabía que responder o cómo reaccionar a lo que pocos minutos atrás habia visto, a las preguntas que pasaban por su cabeza. Pero el menor ya estaba empezando a caminar a la dirección contraria de donde estaba. No, no, no, no podía quedarse con esa duda en su cabeza. —Espera, Alfred— lo llamo caminando a paso rápido tras él hasta alcanzarlo una vez más, los ojos azules volteando a verlo una vez más con algo de sorpresa en ellos. —Tengo algo que preguntarte…
—Si… ¿Qué es? — contesto parpadeando con curiosidad y un nudo de nerviosismo en su garganta. Acaso ¿Lovino se habia dado cuenta? ¿Por qué lo miraba tan serio?
—No sé cómo decir esto… pero no te lo tomes a mal— oh, sí que ya se lo estaba tomando a mal, pese a que el semblante serio de Lovino habia cambiado a uno dubitativo e inseguro. El italiano desvió la mirada nervioso por unos segundos, no, ese no era el momento para preguntar algo así. No cuando una pregunta aún más importante habia resurgido en su mente, algo de lo que de verdad necesitaba hablar con Alfred antes de que las cosas avanzaran más y se volvieran más pesadas, porque en ese momento sabía que sin duda cuando Alfred se enterara del ritmo al que estaba yendo la investigación, y de quien era el principal suspecto, podría reaccionar mal.—Descubrí que el fiscal Jones compro un auto hace dieciséis años y se deshizo de él a los pocos meses— comenzó con un tinte hesitante en su voz, aun inseguro de sacar ese tema de la nada, pero ya era muy tarde, ya lo habia dicho.
— ¿Qué pasa con ese auto? — pudo notar la notable tensión en sus hombros y como su mirada enseguida se abría sorprendida. Él… definitivamente sabia algo.
— ¿Recuerdas algo sobre él? —oh, sí que recordaba ese auto. Eran recuerdos que habia decidido enterrar en su memoria, que tan solo pensar en ellos le daba una sensación de malestar en todo el cuerpo.
—Si… pero ¿Por qué estas investigando ese auto? — miles de preguntas pasaban por su mente en ese momento, pero principalmente ¿Por qué? Ese auto habia desaparecido más de dieciséis años atrás, su madre lo habia hecho desaparecer diciendo que solo era una medida necesaria, que comprarían otro carro dentro de poco, pero… ¿Por qué lo estaban investigando? ¿Por qué ahora salía eso a la luz?
—Mencione que habia abierto nuevamente el caso de Matthew Bonnefoy ¿verdad? Pues… es algo relacionado— respondió encogiéndose de hombros para restarle importancia al notar como los ojos del estadounidense se abrían confundidos y alterados. Agh, sabía que no debía abrir su boca sobre eso, pero, Alfred se lo merecía saber antes de que todo eso escalara a algo mayor. —La razón por la que te estoy diciendo esto es porque tu padre podría recibir una petición para una entrevista. Pensé que sería mejor que lo supieras de antemano— porque no quería que después Alfred lo resintiera por haber mantenido en secreto que su padre estaba siendo investigado por posible choque y fuga, o que la victima de ese accidente que involucraba a su padre hubiese fallecido, por mucho que Alfred no se llevara con el Fiscal Jones, no le parecía justo mantener todo eso oculto cuando sabía que las cosas podían escalar rápidamente. Pero, la pregunta siguiente lo tomo por sorpresa.
—Lovino… ¿Dónde ocurrió ese accidente? — los ojos azules buscaron los suyos de manera frenética, rogando por una respuesta, porque en ese momento Alfred sentía que su pulso se estaba acelerando de manera peligrosa. Su frente comenzaba a sudar por la incertidumbre y la insaciable curiosidad. Debía saberlo, no, necesitaba saberlo para sacar de una vez ese sentimiento desagradable de su cuerpo.
—En la intersección de Webber Street y Blackfriars Road…
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No... no, no, no, no... no podía ser, debía haber escuchado mal. Eso no podía ser cierto, ese día... en esa calle. No... Gosh, rogaba a todo lo sagrado que no pudiera ser cierto, que todo eso solo sea una cruel coincidencia.
—Este es todo el historial de pacientes de febrero a marzo del año que me pediste— la voz calmada de su mejor amigo lo saco de sus pensamientos, y cuando esos ojos azules lo miraron preocupados se dio cuenta de cuán rápido su corazón estaba latiendo. Enseguida se apresuró a forzar una sonrisa y restarle importancia con un pequeño movimiento de su mano.
— ¿Puedo echar un vistazo? — pidió impaciente por empezar a revisar los miles de expedientes que Edward habia puesto en la mesa frente a él, el registro de todos y cada uno de los pacientes que habían entrado al hospital en esas fechas, con los detalles especificados de su diagnóstico e historial médico. Porque sabía que lo que habia visto ese día no podía ser mentira, sabía que su caso no podía estar relacionado de ninguna manera con el de Matthew Bonnefoy. Solo debía ser una coincidencia ¿no?
—Por supuesto, solo recuerda volver a ponerlos en su lugar— se encogió de hombros, dándole una palmadita en la espalda en forma de despedida, porque debía ir a continuar su trabajo en otra área del hospital.
—Gracias, Edward— sonrió con sinceridad, y cuando el rubio estuvo fuera de la oficina al fin pudo dejar ir el suspiro que estuvo conteniendo. No espero ni un segundo más en abrir el portafolio y empezar a buscar entre todo ese mar de nombres, uno en particular. —Craig Wood... Craig Wood— un suspiro salió de lo más profundo de su ser cuando encontró el archivo que buscaba. Dieciséis años atrás, adolescente, quince años, accidente en una bicicleta. Todo... todo era como lo recordaba, el reporte, todo. —Misma fecha... misma hora, mismo lugar...—era una coincidencia... una coincidencia que le dejaba un mal sabor en la boca. Porque el lugar del accidente, la hora, la fecha, todo era lo mismo que en el caso de Matthew Bonnefoy, pero ese día... ese día habia visto algo diferente. Se habia asegurado de que esa persona estaba viva, estaba bien, estaba despierta, respirando, riendo. No podía ser una coincidencia, debía contactarlo.
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El momento en el que entro a casa, dejo caer por completo todo su semblante. Se apoyo contra la pared y dejo ir un suspiro, subiendo su mano a masajear su sien en un intento de que el dolor menguara, de que esa punzante sensación desapareciera. Dieu... sí que habían sido muchas cosas que asimilar en un solo día.
—Oh, estas en casa— sus ojos se alzaron a ver a los azules que lo observaban desde el umbral, con una sonrisa suave y tranquilizante en su rostro —Ven, te hice el mejor Quiche que vas a probar en tu vida, frère— se acercó, tomando su mano para jalarlo hacia la cocina. Francis solo pudo soltar un suspiro y dejarse hacer, no quería seguir preocupando a Clarie, y pese a que no tenía apetito sabía que si se refutaba a comer no vería la luz del día una vez más.
—Merci, petite— forzó una sonrisa cuando el plato de comida fue puesto frente a él, tomando enseguida el tenedor entre sus manos para probarlo, pese a que no tuviera hambre. El olor era exquisito, y cuando llevo el primer pedazo a su boca no pudo evitar sonreír. —Esta delicioso— Clarie alzo a mirarlo con felicidad en sus ojos antes de comenzar a comer también. Un silencio tranquilo los envolvió, y solo cuando ambos terminaron su comida y se levantó para recoger los platos y lavarlos, su hermanita volvió a hablar, deteniendo lo que iba a hacer.
— Debes estar cansado de pasar en el hospital todo el día— hablo poniendo una mano sobre su hombro para indicarle que volviera a tomar asiento, que se lo dejara todo a ella. Francis no protestó, pese a que quería ayudar, porque sabía que lo que su hermanita habia dicho era verdad. Estaba exhausto, y lo único que quería hacer en ese momento era olvidar... intentar olvidar todo lo que habia pasado, tan solo por un segundo. —¿Arthur se encuentra bien? — el aire se atoró en su garganta y su corazón dando un vuelco cuando escucho esa pregunta. Los ojos de su hermana estaban fijos en los suyos, mirándolo desde la cocina con preocupación y tristeza en sus ojos— ¿Aun no puedo verlo?
—Clarie...— sus ojos buscaban una explicación, pero al mismo tiempo la comprensión en ellos le decía que, aun si no decía nada, ella no lo forzaría, que se quedaría a su lado sin importar nada. Y ese era el tipo de mirada que no podía tomar. —Ven, tengo que contarte algo importante— ella se merecía saber la verdad... aún que sea solo una pequeña parte de ella, Clarie debía saberlo.
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Los ojos verdes chocaron con los suyos durante varios segundos antes de caer una vez más a la mesa con una mezcla de sentimientos en ellos que Clarie pudo comprender muy bien. No, no quería que Arthur le viera de esa manera, que se sintiera como sus ojos lo mostraban. No podía soportarlo.
— ¡No hagas eso, Arthie! —sin poder evitarlo esas palabras salieron en casi una súplica, su voz sonando agitada por todo lo que habia corrido hasta allí, pero después de lo que su hermano le dijo, no pudo evitar querer ver a Arthur cuanto antes. Porque no podía aceptar lo que estaba pasando, no podía aceptar que Arthur bajara la mirada al verla, o que sus ojos mostraran tanto dolor. — Si eres así conmigo, me pregunto cómo fuiste con Francis... ahora lo entiendo— lo entendía, o por lo menos intentaba hacerlo. El por qué su hermano habia llegado en un estado tan deplorable, porque le habia dicho que Arthur necesitaba tiempo. —Por supuesto que él dijo que estaba bien ¿verdad? Estoy de acuerdo con eso también. Es decir, me siento feliz. Que Matthie haya sido tu donante me hace muy feliz—sus palabras salieron tan rápido que parecía un balbuceo, pero no le importó, no cuando su corazón estaba latiendo de manera tan dolorosa y sentía que su garganta no permitía el paso de aire.
—Clarie...— Arthur subió a verla sorprendido por esas palabras, porque no esperaba que ella supiera sobre la donación, no quería que ella se enterara de todo, que terminara odiándolo por haber sido la causa de la muerte de su hermano. Esos ojos... no se los merecía. No se merecía el poder ver, el regalo de Matthew. Francis, Clarie... No se merecía nada.
— ¿Porque no te gusta? ¿Porque te molesta eso? — en ese momento sus ojos subieron una vez más a los azules y pudo ver el vestigio de lágrimas en ellos, como empezaban a humedecerse y su labio comenzaba a temblar tan solo un poco. — ¿Porque tienen que romper por algo como eso?
—Lo siento Clarie— en ese momento lo único que pudo hacer fue disculparse, porque no tenía ninguna explicación. El fondo sabía que nada de eso tenía sentido, no quería separarse de Francis, pero también sabía que si continuaban juntos el dolor solo iba a ser más grande. Francis no merecía el estar con alguien tan roto como él. Se merecía algo mejor. —He pensado mucho sobre esto, y.… no creo que Francis y yo pertenezcamos juntos. Francis tiene su propio futuro, y yo tengo mi trabajo y mi vida...
—Son solo excusas— lo cortó, negando repetidamente con la cabeza, cerrando sus ojos por breves segundos en un intento de detener las lágrimas que empezaban a acumularse. —Todo lo pueden resolver con amor, pueden apoyarse mutuamente— si de verdad se amaban, podría superar cualquier obstáculo.
—Hay cosas que no se pueden resolver solo con amor, Clarie...— Sabia que su hermanito daría todo por su relación, que estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio, entonces ¿Por qué Arthur no? Francis siempre le enseñó que el amor es algo incondicional, que era la mayor fuerza del mundo. ¿Por qué Arthur no podía verlo también de esa manera?
— ¿Lo dices en serio? —sus ojos en ese momento se mostraron más duros de lo que se pudo haber imaginado e inconscientemente sus puños se apretaron en la tela de su falda, porque las palabras que habia escuchado, no se las podía creer. No podían ser ciertas. Porque si Arthur amara de verdad a su hermanito no estuviese haciendo eso, no lo rompería tanto. ¿Por qué estaba haciendo eso?
—Conoces esto ¿no? — sus ojos subieron a los verdes sin comprender, hasta segundos después fijarse en el pequeño collar que habia dejado en la mesa, frente a ella. Con curiosidad lo tomo entre sus manos, y sus dedos pasaron por ese silbato de plata con nostalgia. Por supuesto que lo conocía. — Era de tu padre...
—Arthur...— ¿Por qué se lo estaba dando? ¿De... de verdad estaba haciendo todo eso? ¿de verdad iba a separarse de su hermanito?
—Tú deberías haber tenido esto para empezar. Te lo estoy devolviendo demasiado tarde— fue la única explicación que pudo dar, su voz apenas en un susurro y sus ojos bajos sobre la mesa, porque no podía verla a los ojos en ese momento. La decepción, el enojo, el odio, no podía soportar ver esos sentimientos en los ojos de Clarie.
—No puedes hacer esto— negó frenéticamente, empujando el collar a su lado una vez más, negándose a tomarlo entre sus manos, porque sabía el simbolismo que ese objeto tenía para su hermano, para su relación. Todo eso no podía estar sucediendo, debía ser solo un mal sueño.
—Adiós, Clarie— sus ojos azules se dispararon al inglés cuando escucho esa frase, pero pese a que quiso levantarse e ir tras él, tomar su brazo y hacerle entrar en razón, en ese momento se quedó congelada en su silla, las lágrimas corriendo libres y arruinando su maquillaje. Pero nada de eso le importaba, no cuando lo que más sentía era el dolor de su corazón.
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—Arthur Kirkland ¿Qué es esto? ¿Porque le diste esto a Clarie? Esto es tuyo, no mio ni de Clarie— su voz habia salido en un remolino, sus piernas dando zancadas hasta estar frente a frente con el inglés. Los ojos verdes cayeron por breves segundos en el pequeño collar en su palma abierta antes de subir a los suyos con un claro fruncir en su ceño.
—No seas terco, Francis—escupió con la mirada afilada. En ese momento no tenía las fuerzas o las ganas de continuar con esa discusión, lo único que quería es que se fuera... que se fuera y lo dejara solo de una maldita vez. Pero ¿Cuándo Francis no habia sido terco?
— ¿Puedes vivir sin verme? ¿Puedes respirar sin mí? — fuertes manos lo sostuvieron de los hombros con una fuerza que lo hizo soltar un pequeño quejido, pero no se quejó, porque sabía que se merecía ese tipo de trato. No se merecía ese dolor en sus ojos azules, o la preocupación en su rostro al darse cuenta de que lo estaba lastimando, no se merecía nada de eso.
—Francis... las personas no mueren solo porque una relación haya terminado, deja de ser inmaduro. — sus palabras eran duras, su tono tan bajo y sus ojos tan afilados que pudo sentir el temblor en las manos del mayor sobre sus hombros, que lo pudo sentir hesitar por breves segundos antes de recuperar una vez más su compostura.
—Te lo dije. Lo sé porque lo he hecho antes, no puedo vivir sin ti. Es tan horrible que preferiría morir— el dolor y la súplica en sus ojos hacían que su vientre comenzara a doler y el piso bajo él temblara. No lo podía soportar. Y pese a que esas palabras hubiesen hecho a su corazón latir en agonía, no se permitió mostrarlo.
—Estas siendo obsesivo y obstinado. Si sigues así, podría pensar que quieres vengarte de mí manteniéndome a tu lado. Que quieres odiarme toda tu vida ¿eso es lo que quieres? —su voz se quebró tan solo un poco en ese momento, pero el subir de su tono por suerte logro ocultarlo. Porque la sola idea de Francis odiándolo, de quererlo a su lado solo por odio, por venganza, lo hacía querer vomitar, lo rompía más de lo que se podía imaginar. Porque por varios minutos en verdad pensó en esa probabilidad, y no pudo evitar que las lágrimas volvieran a nublar su vista.
—Arthur Kirkland— ese grito lo hizo estremecerse y supo que, si seguía así, no tardaría en romperse nuevamente.
—Vete— su voz salió rasposa, pero poco le importo cuando su mayor enfoque estaba en detener el llanto que estaba hirviendo en su interior. —Por favor, vete... —susurro en una súplica antes de comenzar a caminar hacia la puerta de su casa, esquivando su mirada del francés, porque no quería ver el aspecto de los ojos azules en ese momento.
— ¿Lo dices en serio? — esas palabras lo detuvieron en su trayecto, sus ojos parpadeando repetidamente para detener las lágrimas, y en ese momento maldijo el que Francis fuera tan terco.
— ¿Cuantas veces tengo que decirlo antes de que me creas? — sí, en ese momento habia sonado absolutamente roto, pero no le importaba. No cuando lo que estaba a punto de decir le aterraba, pero ya no podía parar su lengua, era como si no tuviera control sobre ella. — Cuando te veo, siento que me estoy muriendo. Me da nauseas el solo pensar en ti. Porque, yo ya no te amo, Francis Bonnefoy... ahora solo, solo eres dolor. Un recuerdo doloroso que preferiría olvidar. Así que, por favor, vete de mi vida...
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"—Descubrí que el fiscal Jones compro un auto hace casi dieciséis años y se deshizo de él a los pocos meses...
— ¿Qué pasa con ese auto?
— ¿Recuerdas algo sobre él?
—Si... pero ¿Por qué estas investigando ese auto?
—Mencione que habia abierto nuevamente el caso de Matthew Bonnefoy ¿verdad? Pues... es algo relacionado... La razón por la que te estoy diciendo esto es porque tu padre podría recibir una petición para una entrevista. Pensé que sería mejor que lo supieras de antemano
—Lovino... ¿Dónde ocurrió ese accidente?
—En la intersección de Webber Street y Blackfriars Road..."
Agh, no, no debía seguir pensando en eso. De seguro que todo eso era tan solo una coincidencia, una muy desafortunada coincidencia. Pero ¿podía serlo? Damn...
Sin más pensar, parqueo el carro en uno de los puestos libres que encontró en la dirección a la que el chico con el que habia hablado en la mañana le habia mandado. Una escuela primaria... con muchos, muchos niños pequeños, que perfecto lugar para conocer a la persona que habia golpeado dieciséis años atrás. Agh, solo estaba logrando estresarse más. Porque el caso del hermano de Francis y el suyo no podían estar relacionados. Ese día, lo habia visto, a ese chico de minutos atrás en una de las camillas, sonriendo como si nada hubiese pasado, dado de alta sin mucho problema y sin muchas heridas más que una en su pie y su cabeza que no eran para nada graves. No podía seguir esperando más. Sin hesitar saco el celular de su bolsillo y volvió a marcar ese número, esperando tan solo dos timbres hasta que fue contestado.
— ¿Hola? ¿Hablo con Robert Thompson? — pregunto a través de la línea, su mano temblando de manera apenas perceptible, por mucho que quisiera detenerlo. —Le llame hace poco, ya estoy fuera del lugar que me indico— y no pudo esperar a escuchar la respuesta del otro lado hasta que escucho una voz gritar a lo lejos.
—Aqui, aqui— sus ojos se alzaron curiosos, y entonces lo vio, la misma persona de dieciséis años atrás, pero ahora con rasgos más marcados y maduros. Un hombre de treinta y un años, actitud jovial con cabellos rubios y ojos de un azul claro, llevaba un delantal manchado de manos de pintura que le hizo soltar una risa inconscientemente, y si mal no lo recordaba, esa misma aura de tranquilidad y felicidad habia sido la que sintió cuando lo vio por primera vez en esa camilla de hospital, charlando animadamente con su madre y las enfermeras pese al accidente que minutos atrás habia sufrido.
—Flashback—
Esa mañana, recordaba lo asustado que habia estado, el pánico invadiendo cada célula de su cuerpo, haciéndolo sudar, y como su madre lo habia llevado al hospital para asegurarle que todo estaba bien, que no habia nada de lo que debía preocuparse. Pero el momento en el que llego al mostrador, en el que la mirada de la recepcionista cayó sobre él, supo que el ataque de nervios estaba comenzando una vez más, y la necesidad irracional de esconderse tras su madre, justo como lo hacía cuando era más pequeño. Los nervios eran tantos que sentía que iba a explotar.
— ¿En qué habitación está el paciente del accidente de trafico de esta mañana? — la voz de su madre corto a través de su ataque de pánico, y sus ojos se dispararon a la recepcionista con desesperación cuando escucho su pregunta.
— ¿El que estaba en la bicicleta?
—Si, ese mismo— asintió su madre antes de que pudiera decir nada, aunque sabía que, en ese momento, así intentara hablar, todo lo que saliera de su boca serian meros balbuceos sin sentido, pero su mente no dejaba de atormentarlo, y cada segundo que la mujer se demoraba en cliquear lo que sea que estuviese haciendo en su computadora, le hacía querer arrancarse cada cabello de su cabeza uno por uno.
—Habitación 264 ¿Lo conoce?
—Si, por favor, cuide muy bien de él
—Por supuesto, le brindaremos atención especial
—Vamos, Alfred— todo el intercambio de palabras cayo en su subconsciente, su cerebro buscando solo la respuesta a una pregunta que nunca fue contestada ¿Esta bien? Eso era lo que quería saber, Gosh, lo que necesitaba saber. Y solo salió de su ataque nervioso cuando sintió la mano de su madre envolverse alrededor de su muñeca, empezando a jalarlo con ella sin importarle que sus piernas tambalearan y se sintieran de gelatina. Y cuando se detuvieron frente al cuarto que la enfermera habia dicho, sintió el aire atorarse en su garganta. Su madre le indico que entrara, pero lo único que pudo hacer fue negar con la cabeza y zafarse del agarre como si le quemara. No quería entrar, tenía miedo, no podía. Emily tan solo negó con la cabeza y abrió la puerta de la habitación, dejándolo allí afuera sin una sola palabra. Sus ojos fijos en sus zapatos y sus manos abriéndose y cerrándose con nervios. No podía respirar. —Buenos días, ¿cómo se siente?
—Estoy bien, muy bien— ante esa respuesta sus ojos se alzaron y finalmente lo vio. Un chico de quince años, jovial, con una sonrisa en su rostro pese a la banda alrededor de su cabeza y el yeso en su pierna, una gigantesca canasta de frutas en su cama, y cuando lo escucho reír pudo dejar ir el aire que sin saber estaba conteniendo, y su cuerpo se apoyó rendido contra la pared del hospital. Estaba bien... él estaba bien...
—Fin del flashback—
—Recuerdo bien ese día, la doctora Jones me atendió muy bien, tanto que les he estado recomendando a todos que vayan al hospital St. Thomas desde entonces—el hombre hablaba con tanta jovialidad que le recordaba al adolescente que habia visto ese día en el hospital. ¿Cómo es que una persona parecía no haber envejecido incluso después de tantos años? Pero no, no era eso en lo que debía concentrarse. Debía descubrir la verdad, saciar sus dudas.
—Escuche que fue hospitalizado por un accidente automovilístico esa mañana... ¿Fue un golpe y fuga? — pregunto con un poco de hesitación en su voz, sin saber si quería saber la respuesta de eso o no.
— ¿Golpe y fuga? ¿Puedo llamarlo así? — el hombre parpadeo sin comprender, la curiosidad clara en su voz hasta que se encogió de hombros, continuando con su relato. —Recuerdo que esa mañana estaba saliendo hacia el colegio más temprano de lo habitual porque mis padres me compraron una nueva bicicleta, y aun no podía conducirla bien, estaba cerca de la oficina de correos...
—Espere, ¿oficina de correos? ¿su accidente fue en la oficina de correos? —sus ojos se abrieron como platos, sin poder creer lo que habia escuchado. No, no podía ser. Debía haberse equivocado, o quizás solo estaba confundido. Era una memoria muy lejana, y tan solo habia sido un adolescente, de seguro solo era un error.
—Si, todavía era principiante, así que era malísimo con la bicicleta. Un coche paso muy rápido y me caí por mi cuenta porque me asusté pensando que podía atropellarme— se rio por lo bajo de su propia estupidez en ese entonces, pero apenas era un adolescente ¿no? Alfred sintió que su pecho se apretaba.
—Entonces, ¿la bicicleta no choco con el coche?
—No, claro que no, quedo intacta. Hasta ahora la tengo en la casa de mis padres— no, no, no... no podía ser, eso no podía ser. — Ese día me fracture la pierna y mi madre me llevo al hospital. En ese momento apareció la doctora Jones y se disculpó conmigo, dijo que habia estado conduciendo muy rápido y que se haría cargo de todos los gastos. Incluso me dio dinero gratis de Consuelo— ¿Por qué? ¿Por qué su madre le habia ocultado la verdad? ¿Por qué nada de eso coincidía con su caso? ¿Por qué? ¡Maldicion!
Su puño chocó con el volante cuando paro en una luz en rojo, y cuando sus ojos subieron a ver, se encontró en la misma calle que hace 15 años, esa en la que ocurrió ese accidente que cambio toda su vida por completo. Y no supo en qué momento empezó a hiperventilar, o las lágrimas empezaron a nublar su visión.
"—No sé cómo llegamos a esto... Siempre estoy pensando en que, si tan solo ese día no hubiese habido un golpe y fuga, nada de esto habría sucedido— comenzó con apenas un susurro, sus ojos azules fijos en la ventana de la habitación, mirando a la nada. —Pase tanto tiempo culpando a Scott que me olvide de mi resentimiento contra esa otra persona— la persona que atropello a Matthew, que huyó, que comenzó toda esa cadena de eventos desafortunados.
—El accidente de tu hermano... ¿fue un golpe y fuga? —esa pregunta lo saco del tren de sus pensamientos, y volteo a ver al americano con confusión. ¿Por qué parecía tan sorprendido? Tan... ¿inquieto?
—Si...
— ¿Q-quince años atrás? —juraba que pudo escucharlo tragar saliva y como su respiración se aceleraba.
—Si— contesto con extrañeza en su voz, mirándolo con una ceja alzada. Tal vez... tal vez él sabía algo. —Matthew estaba en una bicicleta en la madrugada cuando sucedió— "
—No... no puede ser...
•••
Todo el camino hacia su casa habia pasado en un borrón, no sabía como habia logrado conducir su auto, mucho menos parquearlo en el garaje del edificio o tomar el ascensor hacia su departamento, lo único que sabía era que, apenas llego a casa, toda su compostura se desmorono. Su cuerpo comenzó a temblar y sus piernas se sintieron de gelatina contra la pared.
—Alfred ¿qué pasa? — esa voz... no, no quería escucharla en ese momento, porque sabía que, si lo hacía, iba a explotar. Iba a caer en un ataque de ansiedad, después de tantos años. — ¿No te sientes bien? Estas pálido— no le dejo acercarse cuando quiso sostenerlo entre sus brazos para soportar su peso, o tomar su mano para calmarlo. No, no podía. ¿Cómo podía? Con el paso tambaleante se desplomo sobre uno de los sillones, su rostro enseguida hundiéndose entre sus manos en un intento de suprimir el temblar de su cuerpo, el acelerar de su respiración y el eminente dolor de su vientre.
—Mamá...— su voz salió en apenas un susurro, tan roto que, si en ese momento las lágrimas no estaban cayendo de su rostro, no sabía por qué.
— ¿Sí? — la respuesta era hesitante, pero la preocupación estaba presente en su voz. No sabía porque Alfred estaba en ese estado ¿Qué le habia pasado? ¿Alguien le habia hecho daño? God, no sabía, pero tenía tantas ganas de borrar esa expresión de su rostro, de tranquilizarlo, pero cada vez que intentaba acercarse, poner su mano sobre las suyas, Alfred la alejaba.
—El coche que papá me compro... están investigándolo ahora por mi accidente de choque y fuga hace dieciséis años— Emily sintió que el aire se atoraba en su garganta y su corazón se detenía por milésimas de segundos.
— ¿Que estás diciendo? ¿Quién te dijo eso? — el tono de su voz sonó mucho más alto de lo que quiso, sus manos abriéndose y cerrándose sobre su abrigo. ¿Por qué... no, como se habia enterado Alfred de todo eso?
—Alguien murió a causa de ese accidente...— alguien fallecio por su culpa, alguien... no, muchas personas sufrieron por su culpa. Todo este tiempo, creyendo que tan solo habia causado daños menores, cuando, la persona que habia atropellado en realidad estaba muerta.
—Alfred— capturo una de las manos de su hijo entre las suyas, sin importarle la resistencia inicial, o como su respiración se aceleró aún más y sus hombros comenzaban a temblar, sus lentes empañándose ligeramente. no soportaba verlo así, todo ese tiempo... todo ese tiempo habia estado tratando de protegerlo de la verdad. No podía enterarse de nada, no, su Alfred era demasiado inocente para enterarse de todo, el... él no podría soportarlo.
—Pero mamá... era yo el que conducía el auto ese día— era él el que habia conducido en esa carretera, en esa intersección, el que habia golpeado a una persona, el que habia huido como un cobarde, el que... el que no habia hecho absolutamente nada. el que habia dejado que el pánico nublara su visión y habia huido. El cobarde de siempre.
—Détente, hijo. ¿dónde has oído esas cosas?
—Pero hay algo que no puedo entender, por mucho que lo piense. Conduje el auto ese día, yo... yo solo estaba regresando de Oxford, quería llegar a casa pronto, pero... golpe a una persona y hui... pero no mate a nadie— no, no podía haber matado a nadie. No se lo podía permitir, no se lo podía perdonar. Las lágrimas empezaron a caer en ese momento, y se preguntó si de verdad se podía resistir más. Ese día, después de haber pasado uno de sus primeros exámenes de la universidad, estaba cansado, en lo único que podía pensar era en regresar rápido a casa, el pasar el resto de la semana con su madre, el poder dormir, ver las estrellas con el telescopio que su madre le habia comprado por navidad. Solo... solo quería olvidar todo, y habia estado tan distraído que no vio las luces del semáforo cambiar a rojo, o la persona cruzando en la oscuridad de la calle, hasta que ya fue muy tarde, y cuando intento parar... no pudo hacerlo. El sonido del golpe fue tan ensordecedor que no le preocupo el haber golpeado su cabeza en su intento de frenar, o que su nariz estuviese sangrando y que sus lentes estuviesen rotos. Nada de eso le importo cuando vio a esa persona, tirada en el suelo, bajo un charco de sangre. Y perdió absolutamente toda la compostura. Huyó... fue un maldito cobarde y huyó. Era todo su culpa... todo su maldita culpa.
—Eso es verdad hijo, ¿quién dijo que mataste a alguien? ¿quién lo dijo? No eres tú, este caso no tiene nada que ver contigo— negó repetidamente, con más desesperación en su voz de la que quería, pero en ese momento no pudo controlar su respirar acelerado, o el aspecto iracundo en sus ojos. Solo quería que Alfred olvidara todo eso, que no volviera a pensar en eso.
—Por supuesto, lo sabías todo...— una risa amarga exploto de sus labios, y sus manos se posaron en su vientre con preocupación cuando sintió un dolor punzante, pero su mente no le dejo preocuparse por mucho tiempo, no cuando escucho las palabras de su madre, y perdió... perdió todo lo que le estaba conteniendo.
—Tú mismo lo viste Alfred, esa persona, estaba bien, no tenía heridas graves, estaba sonriendo en el hospital como si nada hubiera pasado— esa persona que habia caído de su bicicleta, un hombre que no tenía nada que ver en ese caso.
—Madre, ¿Que vi realmente ese día? — su voz tembló mucho más de lo que habia esperado, y cuando miro los ojos incrédulos de su madre, no pudo evitar el sentimiento de ira bullir en su interior. Porque ella habia sabido todo el tiempo, le habia mentido, le habia hecho creer que todo estaba bien, cuando no, nada estaba bien. — ¿Porque me ocultaste la verdad? ¿porque escondiste todo de mí? —grito levantándose del sillón con sus puños tan apretados que sus nudillos comenzaban a tornarse blancos, su mandíbula tan tensa que dolía, y cuando miro al rostro de su madre una vez más, rompió en llanto. —Todo este tiempo... me estuviste mintiendo todo este maldito tiempo. ¿Por qué? ¿Qué te dio el maldito derecho de ocultar eso de mí? Maldicion— gritó chocando su puño contra la pared, sin medir su fuerza. Y el tronar del concreto contra la carne se escuchó en toda la sala, pero el sangrar de su mano no fue lo que hizo que sus ojos se abrieran con horror, ni el dolor de sus huesos, o el hecho de que de seguro se había quebrado la muñeca. No, nada de eso era importante cuando sintió un dolor tan punzante en su vientre que lo hizo jadear para suprimir los sollozos que amenazaban con escapar. Emily miraba todo sin despegar sus ojos de los de su hijo, su rostro cambiando de una expresión congelada a una alarmada cuando vio como Alfred caía sobre el sillón, su respiración tan acelerada que parecía ahogarse y una mano sobre su vientre con una expresión de dolor en su rostro que la hizo correr a su lado sin importar que reacción pudiera tener, porque era la primera vez que su hijo le alzaba la voz de esa manera, que le hablaba con tanto enojo, le gritaba, y pese a que aún estaba perpleja, la preocupación era más.
—Alfred, ¿qué está pasando? Respira, trata de respirar— intento tomar sus manos entre las suyas, pero él enseguida la apartó, alzando a mirarla con tanta dureza en sus ojos, pero eso no lo hizo retroceder, no cuando lo vio dar un quejido de dolor, echando la cabeza hacia atrás con la mandíbula apretada. —Alfred Frederick Jones, ¿qué es lo que está pasando? ¿Que tienes?
— ¿Que tengo? —sus ojos se forzaron a mantenerse abiertos, sin desviar la mirada cuando chocaron con los azules de su madre, porque ya estaba cansado de siempre ser el hijo perfecto, de siempre seguir órdenes, de soportar todo y no levantar su voz en nada. Ya no le importaba la reacción que tuviera su madre o lo que pensaría de él, o lo que dijera. —Se supone que eres pediatra ¿no? ¿Como es que no te diste cuenta antes? ¿O es que tan poco te importo como para darte cuenta? — y entonces los ojos de su madre se abrieron incrédulos, sus pies retrocediendo inconscientemente y sus manos cayendo a su lado como si no tuvieran peso alguno.
—Alfred tu...— las palabras no salían de su boca y no pudo evitar sentir como sus entrañas ardían, como si la furia y la decepción la consumieran por dentro. No era justo... todo ese tiempo, desde el día en el que nació dirigió todos sus esfuerzos en formar a un hombre fuerte, que sea capaz de demostrar al mundo y en especial a su padre que podía hacerse cargo de cualquier cosa, un hombre que siguiera sus órdenes, que estuviese con ella y que nunca fuese capaz de traicionarla, y ahora... Cuando se enteró que Alfred estaba enamorado de un hombre, lo dejo pasar, pese a que nunca le agrado la idea, lo dejo pasar, pero ¿esto? Esto le hacía sentirse enferma — ¿Cómo es posible que hayas llegado a tanto? ¿Cómo puedes destruir tu futuro de esa manera? Di toda mi vida, todo mi esfuerzo para que fueras un hombre ejemplar, ¿y así es como me pagas? — gritó tomándolo de los hombros con fuerza, enterrando sus uñas a través de la tela. Alfred intento zafarse, su mueca tornándose a una de dolor más allá del físico. Sabía que iba a reaccionar así, ya se habia preparado para escuchar palabras como esas, pero no hacía que doliera menos. — ¿Es esto por Arthur? — ¿What? Al escuchar esa pregunta sus ojos se dispararon a los de su madre con incredulidad, su corazón latiendo tan rápido que podía sentirlo en sus tímpanos. Emily chasqueo la lengua al ver su reacción, frunciendo su ceño aún más de ser posible. Apretó sus puños, con iras ardiendo en su interior. —Toda tu vida, todo tu futuro, ¡lo has arruinado todo! Y ¿Por qué? Por un maldito... por ese bastardo. Y a saber quién es el padre. ¿Tan borracho estabas como para permitir algo como eso? ¿Cómo pudiste mantener todo esto en secreto? Debiste haberte deshecho de esa... esa cosa cuando tuviste la oportunidad, debiste pensar en tu futuro, en tu vida, esa cosa solo...
— ¡Detente! — el grito resonó por toda la habitación, sus ojos rojos por las lágrimas que estaban conteniendo, porque sabía que parte de lo que dijo su madre era la verdad. Gosh, casi todo era verdad, y en ese momento maldecía que lo conociera tan bien, que haya sido capaz de leerlo como un libro abierto, de decir las palabras exactas para romper todas sus defensas. Pero ya no iba a soportar más, no quería seguir siendo el títere de su madre, algo que podía romper y reconstruir como le diera la gana, estaba harto de seguir con ese juego. —No vuelvas a llamarle así a mi hijo— el brillo amenazante en su mirada no pasó desapercibido para Emily — ¿Crees que tienes el derecho para reclamarme el haber mantenido todo en secreto, o decir que está bien o no para mi vida? Es mi decisión el tenerlo o no, y no, no me arrepiento de nada, no me arrepiento de haberlo concebido y nada de lo que digas me va a hacer cambiar de parecer. —Emily abrió su boca para replicar, pero antes de que pudiera hacerlo Alfred se levantó del sillón, caminando como furia hacia su habitación, sin decir palabra alguna. Con enojo lo siguió, porque no se quedaría callada, no después de la manera en la que su hijo le habia hablado. Y cuando entro al cuarto y lo vio sacando una maleta de su armario y comenzar a meter cualquier prenda de ropa que encontrara en ella, las sirenas comenzaron a sonar en su cabeza.
— ¿A dónde crees que estás yendo? — lo tomo de la muñeca con fuerza para detenerlo, sus ojos sin entender lo que estaba viendo, pero el menor se zafó del agarre con un movimiento brusco, sin dirigirle la mirada, lo único que hacía era meter más y más cosas en su maleta, comenzando a recorrer el cuarto por más objetos que pudiera tomar. — ¡Alfred! — grito tomando una vez más su muñeca, y esta vez los ojos azules se levantaron a verla, irritados por las lágrimas que seguían mojando sus mejillas, pero eso no quitaba la determinación y firmeza en ellos.
—Me voy lejos de tí— esas palabras la tomaron por sorpresa y su cuerpo se quedó estático por varios segundos, segundos que Alfred aprovecho para terminar de empacar y colgarse la maleta en la espalda para salir de allí a zancadas, su único objetivo la puerta del departamento que pese a que era suyo Emily controlaba, como todo en su vida.
— ¡Alfred Jones! —ese grito lo detuvo cuando su mano toco la perilla de la puerta, la mano de su madre posándose sobre la suya esta vez con más suavidad. Podía sentir la respiración acelerada tras suyo, el tono desesperado en su voz, pero el tinte de enojo seguía ahí, la posibilidad de que todo eso sea solo otra manera de controlarlo seguía ahí, y no... no lo iba a tolerar más. No iba a escuchar más de sus palabras hirientes.
—No voy a dejar que sigas insultando a mi bebé, o criticando mi vida, ya no puedo soportarlo— El... era solo humano, y pese a que antes lo que más temía era decepcionar las expectativas de su madre, ya no más. Ahora... ahora tenía algo por lo que luchar, le guste o no a Emily. Si, todo habia comenzado tal como habia dicho, pero eso no significaba que era un error, no significaba que se arrepintiera, o que su vida se fuera a arruinar. Tener a ese bebé en brazos era lo que más quería, estar con Ivan... necesitaba a Ivan. —Me... me voy a la casa de mi novio— sus palabras fueron tan bajas, pero al mismo tiempo llenas de certeza y determinación, un sentimiento cálido recorriendo su cuerpo cuando llamo a Ivan de esa manera, porque Gosh, eso era lo que más quería, poder llamarlo su novio en frente de todo el mundo, y ahora nada ni nadie le impediría hacerlo. No le importo como los ojos de su madre se abrían con horror o como gritaba para que regresara en ese instante. Solo tenía un objetivo en mente, ver a Ivan. Ver a Ivan y olvidar todo lo que pasaba a su alrededor. Solo por una noche... quería olvidarlo todo solo por una noche.
•••
Un torrente de nauseas recorrió su cuerpo por tercera vez en el día, y esta vez, sintió su vientre quemar de manera insoportable. Una de sus manos subió a su boca mientras la otra iba directo a su abdomen, y una corriente eléctrica lo recorrió cuando su mano toco ese lugar sobre la tela. Sus ojos se abrieron con pánico e incredulidad. No... no podía ser lo que temía que era, eso... no, era imposible, no... no, se negaba a tan solo pensar en esa probabilidad. Y cuando otro torrente de nauseas lo ataco, no pudo evitar el tambalear con sus pies, tropezando contra una de las mesas y tirando al suelo el jarrón de flores que dos días atrás habia comprado para Scott. Pero no le importo, no cuando apenas estaba conteniendo los gemidos de dolor que querían salir de su garganta cuando sintió el ardor de su vientre subir por toda su espina vertebral. Su respiración comenzó a acelerarse de manera abrumadora, y pese a que empezó a enfocarse en inhalar y exhalar, no pudo por mucho cuando su cabeza empezó a punzar.
Francis alzo su cabeza alertado al escuchar el ruido de algo romperse dentro de una de las habitaciones, y cuando su mirada se dirigió a la fuente del ruido, no lo pensó dos veces antes de correr, abriendo la puerta de un solo tirón al llegar y mirar la escena frente a él.
— ¡Arthur! — sus ojos se abrieron con horror al notar la expresión dolida en su rostro y el jarrón de flores rota en el piso, los pedazos de vidrio y agua regados por doquier, los pétalos de las flores estropeados para siempre, pero nada de eso le importo más cuando vio como Arthur caía al suelo, empezando a recoger los pedazos entre sus manos. —Está bien, yo lo limpiaré— El pánico lo invadió de enseguida y se arrodillo a su lado, empujándolo ligeramente para alejarlo del desastre en el piso, pero cuando sus ojos cayeron sobre el pequeño charco de sangre que se estaba formando enseguida se dispararon a las manos del menor, encontrando entre ellas uno de los pedazos de vidrio. —Arthur, estas sangrando, merde...— Sin pensarlo dos veces tiró el pedazo al suelo y tomo sus manos entre las suyas, examinando la herida con preocupación hasta que fue apartado de un manotazo y sus ojos subieron a los verdes que lo miraban abiertos con horror, como si temiera su toque, y eso... esa mirada, le dolió como nunca se pudo haber imaginado.
—Aléjate de mí, no me toques—su voz salía en apenas jadeos de aire, su cuerpo temblando notablemente cuando comenzó a retroceder hasta que su espalda choco contra la pared. No podía soportar ese toque, soportar la corriente eléctrica que recorría su cuerpo o como sus músculos tensos se relajaban inconscientemente, no lo podía soportar. Su respiración era tan acelerada que no supo cómo fue capaz de manejar el temblor de su voz para hablar de nuevo. — ¿Porque viniste otra vez? Dije que no quería verte, dije que desaparecieras de mi vida Bonnefoy—escupió con ira, ira hacia sí mismo, hacia el francés por aparecer en ese momento cuando estaba empezando a entrar en un ataque de pánico, iras con su cuerpo por doler tanto, por reaccionar de esa manera a Francis, a su toque, su olor, como si solo eso pudiera calmarlo. Pero no, no podía, no debía.
—Arthur— bloody hell... ¿Por qué debía hablar con esa voz tan dolida? ¿Por qué tenía que poner esa cara, verlo con esos ojos?
—Quiero... quiero volver a como era antes de conocerte. Era mejor así... era mejor cuando no podía ver, era menos doloroso— un sollozo salió de su garganta sin poder evitarlo, y en ese momento se preguntó de donde diablos saco las fuerzas para decir todo eso con un tono tan duro, como soporto mirarlo a los ojos con firmeza, con odio... no, no podía haberlo mirado con odio, porque eso era algo que nunca podría sentir por él. Y cuando la voz del francés rompió a través del tenso silencio que se habia formado, sintió que quería gritar, que quería negar todo lo que habia dicho, que lo tome entre sus brazos una vez más, que le ayude a calmar el evidente ataque de pánico que sacudía su cuerpo. Pero no lo hizo...
—Entiendo... entiendo Arthur, así que deja de tomarlo tan duro— su voz sonaba... resignada. Su cabeza gacha y sus ojos lo miraban con tanto dolor que si no habia soltado un gemido lamentable en ese momento su autocontrol era realmente alto —Ya no voy a dejar que sigas sufriendo— esas palabras sonaron tan bajas, pero al mismo tiempo tan decisivas que hicieron que una corriente repugnante se extendiera por todo su cuerpo. Y cuando Francis se levantó, y salió de allí sin mirar atrás no pudo hacer nada. su cuerpo se congelo y solo cuando escucho la puerta cerrarse dejo ir el sollozo que habia estado conteniendo y las lágrimas empezaron a caer una vez más.
Y cuando sus sollozos se convirtieron en un llanto incontrolable, Scott supo que ya no podía seguir escuchando más, que ya no podía soportarlo. Sus ojos verdes se cerraron nuevamente, y en ese momento deseo tanto el poder levantarse y envolver a su hermano entre sus brazos, detener a Francis, decirle que se quede, que todo lo que el maldito estúpido decía era mentira, que dejaran de sufrir por su culpa, porque ninguno de los dos se merecía eso. No se lo merecían.
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Una vez más... ¿Por qué habia accedido a ir a ese café? Tal vez fue porque a esa hora de la noche no estaba pensando con claridad, o porque la voz del bastardo durante la llamada habia sonado tan desesperada, o quizás porque esperaba meter algo de razón en su cabeza, no lo sabía. Pero, ahí estaba, a pocos pasos de la mesa donde ese hombre que hasta hacer poco habia sido el prometido de su mejor amigo. Y ese "habia" era lo que más hacia su sangre hervir. Cazzo...
—Francis...— sin poder evitarlo un suspiro salió de su garganta, tenía un mal presentimiento sobre de que quería hablar el francés. Tenía un mal presentimiento de todo eso, punto. Arthur no era el mismo, y ahora que sus ojos chocaban con los azules del mayor podía ver lo mismo, ambos estaban devastados.
—Bonjour, Lovino— Su voz sonaba rasposa, y por el aspecto rojizo de sus ojos podía notar que habia estado llorando. Demonios... ¿Por qué tenían que ser así? Sin más se sentó en frente al francés y cuando el mesero llego, tan solo pidió un te antes de fijar sus ojos nuevamente en él. —Lo siento por llamarte a esta hora— la disculpa sonó en apenas un susurro y Lovino negó con la cabeza, restándole importancia con una de sus manos.
—Aun no es tan tarde, además... estaba esperando a Antonio para ir a casa— se encogió de hombros, desviando su mirada a una de las ventanas. La tensión se sentía en el ambiente, porque ambos sabían que nada bueno iba a salir de esa conversación, que malas noticias se venían. Francis dejo salir un suspiro después de varios minutos, cuando su taza de café se vacío por completo y ya no tenía nada en lo que distraer su mirada. No tenía sentido el seguir retrasando todo eso. Ya lo había retrasado una semana… no podía seguir haciéndolo.
—Tengo algo que entregarte— Lovino subió a verlo, parpadeando sin comprender cuando el francés saco una caja que parecía ser de zapatos, y un mp3 que conocía muy bien.
— ¿Qué es esto? — ¿Por qué Francis le estaba dando eso? Ese mp3, sabia cuanto valor sentimental tenía para Arthur, la razón por la que se lo habia entregado a Francis, y ahora... ¿Por qué lo estaba devolviendo?
—Es de Arthur... por favor, dáselo de mi parte.
—Francis...
—Arthur está pasando por un momento muy difícil, por eso, es mejor que yo no esté.
—Entonces, ¿Que está pasando con ustedes dos? — no tenía sentido, todo eso no tenía sentido. ¿Por qué de un día para el otro estaban terminando su relación? ¿Qué pudo haber sido tan fuerte como para romper un amor que duro más de dieciocho putos años? No lo podía comprender. Merda... Y Francis ¿Por qué se estaba dando por vencido tan fácilmente? Conocía al bastardo, él no era de las personas que se daban por vencidas. Entonces... ¿Qué los habia llevado a romper de esa manera? De ya no ser capaces ni de verse el uno al otro.
—Me voy a ir lejos por ahora... es lo que tengo que hacer. — ¿Lo que tenía que hacer? Que no le venga con esas mierdas. Ahora era cuando menos debía abandonar a Arthur, cuando más lo necesitaba. Maldizione, después de todo el tiempo que estaban juntos debería saber que el bastardo siempre dice cosas que no significan, siempre intenta ocultar sus sentimientos detrás de palabras rudas, porque ese idiota es justo como él. Por algo eran mejores amigos, pero antes de que pudiera decirle todo eso, Francis lo interrumpió con un aspecto tan roto en sus ojos que lo dejo sin palabras. —Gracias por todo Lovino— maldizione, ¿Por qué tenía que poner esa cara? ¿Por qué no se daban cuenta de cuanto daño se estaban haciendo mutuamente?
—Aun voy a continuar con el caso de tu hermano... ya no puedo darme por vencido. Te llamare si consigo algo— hablo con un tono vencido en su voz, porque por mucho que quisiera, ahora eso era lo único que podía hacer para apoyarlos a los dos. Era lo único que podía hacer para silenciar su conciencia que le decía que no dejara que eso continuara.
—Gracias... Envíale mis despedidas a Antonio y a Gil... dile que deje de ser terco y se empiece a cuidar— así que... ese era el adiós entonces ¿no? El bastardo se iba a ir quien sabe a dónde, iba a desaparecer una vez más, pero ahora por mucho que quisiera no podía culparlo o enojarse con él. Porque de una u otra manera sabía que, esta vez, no habia sido su decisión. ¿Por qué... por qué el amor era tan complicado?
—Creo que su ex ya se está encargando de eso— respondió encogiéndose de hombros. Por lo menos eso le quitaría un peso de encima a Francis. Y ahora que lo pensaba, el bastardo de Gilbert habia hecho lo mismo con Roderich, se habían separado pese a que aún se amaban. ¿Por qué demonios las parejas hacían eso?
— ¿Regresó con su ex? — tenía tantas ganas de decirle "Si, lo que tu deberías hacer también" pero lo único que pudo hacer fue suspirar rendido. Sabía que por mucho que dijera en ese momento, esos dos ya habían tomado una decisión, por muy idiota que fuera.
—Así parece— respondió encogiéndose de hombros, su mirada desviándose a una de las ventanas del restaurante, el fruncir presente en su ceño, porque definitivamente tenía un mal presentimiento de todo eso. Su pecho... sentía que su corazón se comprimía en su pecho y un nudo poco a poco se formaba en su garganta.
—Lovino... por favor, cuida de Arthur— en ese momento lo único que avanzo a hacer fue asentir antes de ver como el mayor se levantaba, dejando un par de billetes sobre la mesa antes de irse de allí, y por mucho que quiso detenerlo, hacerlo entrar en razón, nada salió de su boca y su cuerpo no se movió. El nudo en su garganta solo incremento hasta que sintió un par de lágrimas resbalar por sus mejillas. Maldizione... ¿Por qué estaba pasando todo eso?
•••
Era la cuarta vez, la maldita cuarta vez que pinchaba con su tenedor ese pedazo de lechuga desabrida con una mueca de asco, esperando a que se transformara en carne, pollo, o Gott, incluso si era pescado no se quejaría. Pero ¿lechugas, tomates y zanahorias? ¿en serio eso era lo que Lovino le traía para almorzar? El muy maldito de seguro se estaba vengando de él.
—Oye, trae un poco de carne por lo menos, no soy una vaca. Te di una lista de cosas que podías traerme ¿Dónde está mi Döner, o mi Currywurts? Exijo comida real— reclamo tirando el tenedor en la cama con enojo, haciendo su berrinche del día. Pero el italiano ni siquiera levanto a verlo. Y ahora que lo pensaba, desde que entro y se sentó a su lado no habia dejado de ver las sabanas de su cama como si fueran la novela más dramática del mundo. — ¡Oye! Llamando a Lovino Vargas— sacudió una mano frente a su rostro en un intento de llamar su atención, de que subiera a verlo de una puta vez, o que si quiera lo apartara de un manotazo, pero nada. No obtuvo reacción alguna, y fue ahí cuando de verdad empezó a preocuparse. — ¿Peleaste con Antonio? ¿Por qué te ves como si el cielo se desplomó sobre tí? — comenzó a preguntar con preocupación, pero la mirada de Lovino seguía fija en la cama. —Hey, ¿porque no tiras una rabieta? No es propio de ti— una risa nerviosa salió de su boca y si Lovino no le respondía rápido de verdad iba a empezar a preocuparse. Nunca en todos los años que le conocía lo habia visto tan callado. ¿Qué diablos le pasaba? — Espera... no estarás a punto de dar a luz en este momento ¿no? — el pánico surgió ante ese pensamiento, sus ojos abriéndose como platos. Debía llamar a Antonio, o a una enfermera. Gott, ¿Qué debía hacer? Pero justo antes de caer en un ataque nervioso Lovino subió a verlo con incredulidad en sus ojos.
— ¿Que? No, por supuesto que no. Solo... — lo corto, negando con la cabeza, su ceño fruncido ligeramente antes de que la expresión desolada regresara a su rostro, y sus ojos bajaran una vez más a la cama. —Tengo una tarea que me pidieron que hiciera, pero realmente no quiero hacerla...— explico en casi un susurro, pero Gilbert avanzo a escucharlo, sus ojos rojizos afilándose mientras su cerebro trataba de buscar cual era la posible tarea por la que el italiano se preocupaba tanto, al punto de no echar sus típicas rabietas e insultos. Acaso... ¿estaba preocupado por el nacimiento del bebé? Debía ser eso ¿no?
—Puedes tener al bebé por cesárea si no quieres tener parto natural— hablo con toda la seriedad del mundo, poniendo una mano sobre su hombro en señal de apoyo. Lovino subió a verlo como si le hubiese crecido una segunda cabeza.
—No se trata del bambino— gruño apartándolo de un manotazo. Agh, en serio ¿es que acaso toda su cabeza estaba llena de mierda? — Gilbert... ¿porque el amor entre dos personas a veces puede ser tan difícil y complicado? —pregunto en una mezcla de pesar y frustración. Gilbert parpadeo confundido, y decir que se sorprendió por la pregunta era poco.
— ¿Qué paso con Toño ahora? — suspiro masajeando su sien, ¿habían discutido? Pero ¿De que podían haber discutido como para que Lovino tuviera ese aspecto tan devastado en su rostro?
—No es sobre Antonio...—negó rodando los ojos, un suspiro cansado escapando sus labios. Gilbert frunció el ceño sin comprender. Si no era Antonio entonces...
— ¿Tienes otro? — ¿Qué clase de pregunta era esa? Obvio que no tenía a otro, jamás engañaría a su esposo, maldizione, ¿Qué tenía ese bastardo en la cabeza?
—No, no se trata sobre mí tampoco— lo escucho mascullar por lo bajo, otro suspiro saliendo de su boca mientras una expresión devastada regresaba a su rostro. Y ahora sí que estaba confundido. —Si se aman, ¿no pueden simplemente estar juntos? Si dejan de gustarse pueden romper entonces, pero ¿porque lo hacen si siguen amándose? —hablo de manera acalorada, apretando sus puños sobre las sabanas con frustración, porque por mucho que lo intentara, no comprendía cual era el sentido de eso. Gilbert bajo su mirada en un bufido, esa pregunta lo tomo por desprevenido. Verdammt...ese era un tema en el que no le gustaba indagar ni recordar.
— ¿Cuál es la tarea que te pidieron que hicieras? — pregunto en un suspiro, pero el italiano no parecía escucharlo.
—Tu no rompiste con Roderich porque se odiaban— oh, no.
— ¿Porque la conversación va en esa dirección...?
—El quería seguir intentándolo, incluso después de lo que pasó, pero tu fuiste frio con él y al final le firmaste el divorcio. ¿porque demonios hiciste eso? — los ojos del italiano subieron a mirarlo con una mezcla de enojo e incomprensión. Tch, ¿Por qué tenía que sacar el tema del que menos le gustaba hablar?
—Ambos nos estábamos lastimando... hay veces en las que una relación llega a un punto en el que te das cuenta de que, más que bien, le estás haciendo daño a esa persona... Entonces la mejor opción ahí es separarse— o eso parecía en aquel entonces... —Por eso el amor es una mierda— concluyo en un gruñido, dirigiendo su mirada una vez más a la del italiano que parecía intentar comprender todo lo que habia dicho sin éxito alguno. —Tch, olvídalo, ¿cómo vas a entenderlo si eres tan ingenuo? Tienes suerte de que te haya tocado a alguien como Toño— mascullo cruzándose de brazos. Esos dos sí que eran un par suertudo, nunca habían tenido ese tipo de problemas y era porque Antonio era una persona de mente tan simple que los dos solo... encajaban. De verdad que eran una pareja envidiable...
—Ni siquiera quiero saber todas esas cosas complicadas. Entonces, ¿porque tengo que estar en medio? Agh, Maldicion— grito sujetando su cabello con frustración. ¿Por qué el bastardo no podía haberlo hecho personalmente? ¿Por qué demonios estaban terminando en primer lugar? Agh, tenía tantas ganas de mandarlos al carajo.
—Tch, mucho sentimentalismo me enferma. ¡Vete, fuera! ¡Ve a hacer tu tarea de una maldita vez! —reclamo ahuyentándolo con sus manos, su ceño fruncido.
—Está bien, está bien, tch... — gruño tomando nuevamente la caja que habia dejado en el piso, y el mp3 sobre ella. Agh, de verdad que no quería hacerlo. Pero ¿tenía opción alguna? Muy probablemente sí, pero no. —El hecho de que hice una mala entrega no va a cambiar el resultado ¿verdad? – pregunto por lo bajo, encogiéndose de hombros en un suspiro.
— ¡Ve, schooo, vete de aquí!
—Tsk, me voy, bastardo— mascullo con el ceño fruncido, el maldito lo estaba sacando a patadas, no literalmente, pero si, de su habitación. ¿Cómo se atrevía? Agh... mejor terminaba con eso de una vez por todas, ya podía sentir el cansancio y el estrés molestando a su bambino. Ahora solo... solo tenía que buscar a Arthur y darle esas malditas cosas, o dejarlas en la habitación de Scott, sí, eso era una mejor idea.
•••
Cerró la puerta de la habitación tras suyo al salir, dejando ir el aire que sin saber habia estado conteniendo. Por suerte, o mala suerte, Arthur habia estado con Scott cuando entró al cuarto de hospital, y cuando dejo las cosas que llevaba sobre la mesa de la pequeña sala, pudo notar el reconocimiento y dolor en el rostro de su mejor amigo. Y cuando le pidió en una voz tan baja que fue apenas audible que lo dejara a solas por unos minutos, lo hizo de manera hesitante, pero... ya no tenía nada más que hacer. No podía hacer nada para reparar esa situación.
Cuando la puerta se cerró y se aseguró de que los pasos sonaran lejanos, Arthur se dejó caer en uno de los sillones de la sala, sus manos subiendo a su rostro en un intento de contener todo el remolino de sentimientos. Con un ligero temblor tomo la caja y la abrió, encontrando ahí todas las cartas que Francis le habia escrito en Estados Unidos y su corazón dio un vuelco doloroso cuando pudo reconocer el pequeño mp3, y esos audífonos enredados a su alrededor. Eran tan viejos que no sabía como era que no se habían dañado con el tiempo. Francis... él de seguro los habia tratado como algo preciado. Pero... en alguna pequeña parte de su corazón en verdad espero que nunca se lo devolviera, que se lo quedara, porque así... así podría recordarlo.
Sin siquiera darse cuenta, encendió el pequeño aparato y sus dedos comenzaron a navegar hasta la última grabación, y cuando noto la fecha sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Ayer... la última grabación habia sido ayer, y eso le aterraba porque no sabía que iba a encontrar allí, que era lo que iba a escuchar. Porque por mucho que habia dicho cosas tan crueles, el solo pensamiento de que Francis lo odiara lograba hacerlo pedazos. Pero... debía escucharlo. Debía hacerlo. Maldicion... ¿Por qué sus manos no dejaban de temblar?
Con dificultad avanzo a ponerse los audífonos y dar click en la grabación. Su corazón latía a mil por hora en su pecho, y cuando escucho esa voz que tanto anhelaba, no pudo evitar dar una bocanada de aire entrecortada.
"Arthur, mon petit Arthur. No llores. No te enfermes. He intentado mucho hacer que dejes de llorar, pero... aquí es donde terminamos. Lo siento... lo siento por todo.
Está bien que intentes olvidar, que me borres de tu memoria, solo... mantén tu promesa con Matthew y conmigo. No te enfermes, no salgas lastimado, y por mucho tiempo...espero que mantengas esa promesa.
En una semana, desapareceré por completo de tu vida. No volveré, así que Arthur, s'il te plait, se feliz. Te amo, no se si nunca dejaré de hacerlo, te amo tanto que es agonizante.
No tengo mucho más que decir...
Arthur, yo..."
En ese momento pudo escuchar el chocar del micrófono contra el piso, y como la respiración del francés se empezaba a acelerar hasta que no lo pudo contener más y un sollozo salió de su garganta, y a ese le siguieron más que poco a poco se hicieron incontrolables. Y pese a que el sonido del llanto era lejano, lo pudo escuchar tan claro que pudo sentir que su corazón se estrujaba de manera dolorosa, dejándolo sin respiración. No supo en qué momento sus lágrimas comenzaron a caer, o en qué momento los pequeños sollozos se transformaron en llanto. Ya no podía distinguir si el sonido era suyo o de Francis, porque en ese momento no le importaba.
¿Cómo es que después de tantas lágrimas, aun tenía más que derramar? ¿Cómo es que cada vez el dolor se hacía peor? El escucharlo llorar lo rompía por completo, no podía soportarlo. Lo estaba lastimando, pero... eso era lo mejor para el futuro ¿verdad? Debía alejarlo, mandarlo lejos, lejos de todo ese infierno, por mucho que doliera, debía salvar a Francis. Él no se merecía quedarse ahí, no se merecía el dolor que venía con el estar a su lado, porque todos los que se quedaban a su lado sufrían. El... el solo era sufrimiento. Y no podía seguir arrastrando a la persona que más amaba a ese infierno. Tenía que dejarlo ir, eso es lo que tenía que hacer.
—Lo siento... Francis, lo siento... lo siento...
•••
Paso una vez más su mirada por todas las cosas regadas en su cama, como si en cualquier momento alguna fuera a desaparecer y darle una excusa de quedarse más tiempo. El constante sonar de los minutos estaba haciendo que su cabeza se sintiera ligera, y sus ojos estaban fijos en ese pequeño pero significante papel apenas asomándose en medio de su pasaporte. Paris, CDG, la hora... 2:45 pm. Tenía cinco horas aun, tenía cinco horas... Pero sus pies estaban pegados al suelo, su corazón dio un vuelco doloroso cuando extendió sus manos para cerrar su maleta de viaje, esperando que no cerrara, que pesara más de lo que debía, pero ¿A quién quería engañar? Ni siquiera llegaba a la mitad de la capacidad de equipaje que tenía permitida. Quería decirse a sí mismo que habia empacado todo lo necesario, pero lo que más quería, todos sus objetos más preciados se quedaban atrás, porque así... así tenía una excusa para regresar ¿no?
Putain... si continuaba así terminaría perdiendo el avión. ¿Realmente le importaba? No. Si sus ojos fueran flamas ese papel sobre su carta de trabajo ya estaría en cenizas. Merde, no le importaba que le hubiesen asignado el puesto mayor en el área de Cardiología, o la cifra de más de cinco dígitos que le iban a pagar por mes, o que fuese el mejor maldito hospital de todo Paris, la ciudad donde nació, donde creció, donde su madre murió, nada de eso le importaba cuando la imagen de esos ojos esmeralda se repetía una y otra vez en su memoria.
—Frère... — esa voz lo saco de su trance y sus ojos subieron a los idénticos de su hermana que lo miraban con una mezcla de sentimientos desde el umbral de la puerta, podía notar el ligero temblor en su labio, y en ese momento su corazón se partió en aun más trocitos. — Vas a perder el avión si sigues parado allí, el taxi ya está abajo— anuncio sin subir a mirarlo, podía sentir el pequeño temblor en su voz y nada pudo detenerlo en ese momento de envolverla entre sus brazos. —Solo prométeme que vas a venir a visitar... que esto solo es temporal— los brazos en su espalda se apretaron aún más, y sus ojos se abrieron con sorpresa antes de cerrarse cuando sus labios tocaron los suaves cabellos de su hermana.
—Te lo prometo... no dejare que esto sea permanente. Ahora solo... solo necesitamos un poco de tiempo— sí, sabía que nadie creía esa excusa, que la manera en la que los ojos de su hermana se entristecían le indicaban que no, ese no era un buen plan, pero no diría nada para cambiar su mente. El sonido de la bocina de un auto fue lo único que necesitaron para separarse suavemente del abrazo y empezar a tomar todas sus cosas para subir al auto, dándole un último beso en cada mejilla antes de que el motor arrancara. Antes de ver como el edificio se hacía más pequeño en la distancia. La mirada del chofer se fijó en la suya a través del espejo cuando pararon en un semáforo, y en ese momento no pudo detener el impulso de su corazón cuando esas palabras salieron de su boca — ¿Puede llevarme a un lugar antes de ir al aeropuerto? — no le importo el suspiro o los murmullos malhumorados el conductor, y cuando menos lo supo soltó el nombre de ese lugar al que, después de esa discusión, nunca más pensó regresar — Al Hospital St. Thomas...
Y cuando sus pies empezaron a llevarlo a zancadas, no le importo el haber dejado la puerta del taxi abierta, o su celular en el sillón, solo un objetivo estaba claro en su mente, un número, un cuarto, una persona.
—Scott...— su respiración salió en bocanadas entrecortadas cuando el olor a fármacos y el ruido agudo de las maquinas invadieron sus sentidos. Su paso se volvió hesitante cuando el rostro de esa persona vino a su vista, y cuando sus ojos chocaron sintió el aire atorarse en su garganta. Al mirarlo a los ojos, al ver todos los tubos conectados en su cuerpo, la máscara de oxígeno, todo el valor que tuvo para entrar a esa habitación se le esfumaba. Pero... ya no tenía tiempo, ya no podía permitirse seguir hesitando. Habia venido por un propósito, un solo propósito que sabía que le atormentaría por el resto de su vida si no lo hacía en ese momento. —Ya no voy a venir aquí... así que esta puede ser la última vez— Una corriente eléctrica recorrió su espina cuando sus manos subieron a atrapar una de las frías del escoces entre las suyas, y en ese momento dejo ir todo el aire que, sin saber, estaba conteniendo. —Ya que es la última vez, voy a decirlo todo... ¿Porque hiciste eso? — el temblor fue apenas perceptible, la manera en la que su cuerpo se tensó y el sonido del monitor empezó a acelerarse. Pudo notar la mano entre las suyas moverse, los dedos crisparse sobre los suyos y su corazón se apretó de una manera que en esos días se le estaba haciendo muy conocida. El escozor de sus ojos, la pesadez en su pecho, la dificultad para respirar, todo se estaba volviendo tan conocido que no sabía como es que cada vez era peor. —Es cierto que eres un gran medico Scott. Fuiste tú el que me hizo soñar en convertirme en la clase de doctor que quería ser... ¿por qué? ¿porque me fuiste a buscar en Boston? — Los recuerdos de años atrás pasaron por su memoria como dagas afiladas, y cuando sus ojos se encontraron una vez más con los verdes, supo que simplemente era imposible odiarlo, no podía odiarlo.
—No deberías haber ido, no deberías haber sido bueno conmigo, hacer que me agrades tanto. Ni siquiera puedo odiarte ¿sabes? — una risa histérica hizo eco en la habitación, y una gota de agua cálida cayó sobre sus manos. —Perder a Arthur... ¿sabes lo que significa para mi dejarlo ir? Yo... realmente quiero odiarte ahora mismo. — era tan irónico. Y Scott sintió las lágrimas resbalar por su rostro. Se sentía tan inútil, tan enfermo que sus intestinos se revolvían por dentro. Daría todo por ser capaz de hablar, de moverse y tomarlo entre sus brazos, pero lo único que logro fue mover sus dedos, enterrarlos más en la carne del francés, en una señal de que estaba escuchando, de que estaba consciente, vivo. —El que podía hacer sonreír a Arthur, el que podía hacerlo feliz, estaba seguro de que ese era yo, pero ahora... ya no lo sé. Nunca lo dude hasta ahora, pero yo... siento que toda la confianza se ha ido. —los sentimientos eran tan abrumantes que su última oración habia quemado sus pulmones. ¿Cuántas veces lo habia hecho llorar? ¿Cuántas veces no habia estado ahí cuando lo necesitaba? ¿Cuántos años lo habia dejado solo sin decir una sola palabra? ¿Cuántas veces le habia ocultado la verdad porque era un maldito cobarde? Eran incontables, ¿y así creía que era la mejor persona para Arthur? Le bastó verlo roto frente a él, ver el odio en sus ojos, para darse cuenta de que lo único que estaba haciendo era lastimarlo.
Todo ese tiempo habia sido egoísta, pensando que él podía hacerlo feliz, que el amor que se tenían podría ser capaz de superar todos los obstáculos. Pero lo habia lastimado día tras día, hasta que ahora, era irreconocible. Habia logrado quebrantar hasta el último pedazo de la persona que siempre juro proteger. Era un maldito imbécil. Porque ahora, tan solo su presencia hacía que la piel de Arthur se erizara de manera desagradable, que su cuerpo dejara de funcionar y que la bilis subiera a su garganta. Si seguía ahí, si seguía siendo egoísta, lo único que lograría era destruirlo más, destruirlo hasta que no quedara ni un solo vestigio de la persona de la que se enamoró tantos años atrás. —Así que me tengo que ir. Me gustaría que la operación hubiese ido mejor y que pudieras hablar. Habia algo que realmente quería escuchar...— esa pregunta que desde que regreso a Inglaterra tenía en su memoria, que nunca habia tenido el valor de preguntar, de demandar por una respuesta, esa pregunta que le dejaba un vacío agonizante en su corazón. — ¿Que signifique para tí?
Varios minutos pasaron en silencio tan solo interrumpido por el ruido de las maquinas que lo mantenían vivo. Los ojos azules fijos sobre los suyos, y pudo sentir cada pequeño punzón de dolor, cada recuerdo, cada palabra. Y cuando la corriente de aire frio recorrió su muñeca, cuando lo miro levantarse, sus ojos se cerraron.
— Adiós Scott...
"No, por favor no te vayas" "No te vayas, Francis"
Eso era lo que desesperadamente quería gritar, lo que su garganta agonizaba por decir. Y cada paso que el francés daba, cada milímetro que se alejaba se sentía como si lo estuviesen apuñalando una y otra vez, como si sus intestinos se estuviesen saliendo de su cuerpo. Quería vomitar, quería gritar, quería moverse, correr tras él y arrodillarse una vez más. Su brazo se estiro en un intento inútil de detenerlo, y sus labios temblaron en un zumbido. Pero ya era muy tarde. Cuando esa puerta se cerró, cuando lo único que pudo escuchar eran las maquinas a su alrededor, supo que ya... ya nada tenía sentido. Podía sentir las lágrimas mojar su cuello, y la acumulación de vapor en la máscara de oxígeno era tanta que sus pulmones comenzaban a rugir en protesta. Podía sentir sus nervios gritar en agonía y su piel arder cada vez que rozaba la tela de la cama, pero no le importo, nada en ese momento era más importante que detenerlo. No podía dejarlo ir, no podía terminar todo así. Se negaba a aceptarlo, pero entonces, ¿Por qué cuando su mano toco la máscara de oxígeno que lo mantenía respirando, hesitó?
Sus ojos subieron al techo una vez más, a la luz que iluminaba la habitación, y entonces, con toda la fuerza que sus músculos podían soportar, jalo la máscara de su rostro. Lo primero que sintió fue el aire entrar a sus fosas nasales como miles de dagas, cada partícula de oxígeno dolía, y la constricción de su garganta se hizo tan insoportable que su visión empezó a nublarse.
Lo último que pudo murmurar fue un "Lo siento" antes de que la máquina que controlaba su ritmo cardiaco cayera en un sonido ensordecedor.
"Lo siento, Francis..."
