¡Holi!

Prometí que habría una actualización más antes de finalizar el año y aquí está. Les que me seguís comprenderéis por qué he tardado tanto, pero por si no estáis puestas al día… He publicado otra historia de Navidad llamada Tiempos de Navidad. En realidad, son cinco historias independientes de Navidad que estáis más que invitades para leerlas que contemplan cinco AUs muy curiosos: Royal AU, Coffeeshop & Bookstore AU, Vampire & Werewolf AU, Post-Apocalypse AU y Regency AU. Si os gusta leerme, os recomiendo encarecidamente que os paséis a leerlos porque hay mucho amor y trabajo en cada una de las historias y son de estilos muy diferentes cada una.

Respecto a este capítulo poco tengo que decir, me ha costado escribirlo porque considero que es más bien de transición y más calmado en comparación al anterior que, de verdad, me hace enorme ilusión que tuviera tan buena acogida. Nunca es fácil escribir OCs, sobre todo porque una nunca está segura de que vayan a gustar, pero sé que para muches el capítulo de Mazas y Garras fue especial.

Este mes ha sido una auténtica mierda a nivel salud mental y otros factores de mi vida que no creo que interesen a nadie, así que por esa razón quería recordaros y pediros que, ahora que son vacaciones y tenéis ganas y tiempo —si lo tenéis, porque no es el caso de esta servidora—, me dejéis alguna review. Os recuerdo que yo no cobro por escribir, mi única recompensa a este curro diario de varias horas son vuestras reviews. Así que, por favor, no dudéis en hacerlo si tenéis energía, porque de verdad que motivan y animáis mucho a esta pobre y solitaria autora.

No quería acabar sin desearos una buena y feliz entrada al 2021. Os deseo larga vida y prosperidad.

¡Disfrutad del capítulo!


Brusca Thorston odiaba esperar.

Cuando le tocaba hacerlo, siempre tenía la sensación de que el tiempo pasaba mucho más lento, y no era porque le faltaran tareas con las que entretenerse. Si no estaba en el hospital de campaña, estaba dando apoyo en la cocina o en el cuidado de los dragones, aunque cuando le tocaba vigilar a Gothi y visitar a sus padres se daba cuenta de lo lentas que estaban pasando las horas.

No hacía ni un día que se habían marchado Hipo y Astrid, pero Brusca tenía la impresión de que había pasado una puñetera semana. Astrid le había asegurado de que volverían en un par de días, pero estaba segura de que iban a tardar más de lo prometido. Podía sentirlo en su intestino y era un hecho que Hipo y Astrid atraían los problemas allá por donde fueran.

—¿Vas a parar ya con la piernecita? ¡Me estás poniendo de los nervios! —musitó Heather irritada.

Brusca no se había dado cuenta que le había dado por sacudir su pierna para calmarse. Era una mala costumbre que tanto ella como su hermano tenían desde niños, por lo que murmuró una disculpa y siguió comiendo su sopa.

—Relájate —insistió Heather—. No les va a pasar nada.

—¿Por qué estás tan segura?

—Estamos hablando de Astrid —dijo la bruja con aire aburrido—. Tiene más vidas que un puto gato.

—No entiendo por qué se han tenido que ir tan pronto —se quejó Brusca—. Dagur no les va hacer ni caso.

—¿Crees que no se lo he dicho? —replicó Heather—, pero Astrid es más terca que una mula y me temo que el otro es igual o peor que ella.

—Si habrán ido será por algo, ¿no creeis? —dijo Chusco a su lado—. Dadles un voto de fe.

Brusca lanzó a su gemelo una mirada de circunstancias. Últimamente, Chusco se le pegaba a su culo como una lapa y le resultaba demasiado molesto, aunque tampoco parecía ser el de siempre. En los últimos días, su presencia era más bien silenciosa e incluso podía decirse que amable, algo que la inquietaba, puesto que su hermano nunca había sido delicado con ella. Además, le inquietaba que ya no se dirigiera la palabra con Mocoso pese a que los últimos meses habían sido inseparables. Es más, cada vez que se cruzaba con ellos, Mocoso se marchaba a otra parte evadiendo las miradas de furia de su gemelo y las interrogantes de ella. Brusca le preguntó más de una vez si se habían peleado, pero Chusco le respondía siempre con evasivas y muy malhumorado.

—Creo que si hay alguien que ha tenido fe en esos dos he sido yo —le achacó Brusca irritada—, no por ello tengo que compartir que se marchen solos.

—¿Qué íbamos a aportarles? —preguntó su hermano curioso—. Que yo sepa, ninguno de nosotros tres podríamos hacer mucho. Si nos encontráramos con Thuggory o con la Le Fey esa seríamos más un estorbo que otra cosa.

—¡Eso no es verdad! —se defendió Brusca con las mejillas encendidas.

—Brusca, sois dos sacos de huesos humanos, no tendrías ninguna posibilidad —replicó Heather con impaciencia.

Eso era cierto. Ella no tenía nada que hacer frente a Le Fey y la propia Astrid le había asegurado que, al margen de contar con el grimorio que ahora no poseía, ella difícilmente podía hacerle frente a la reina. Aún así, Brusca había visto con sus propios ojos cómo Astrid había hecho sudar la gota gorda a Thuggory en un combate cuerpo a cuerpo y cómo había puesto contra las cuerdas a la propia Le Fey. Estaba convencida de que si alguien podía patearles el culo esa era Astrid, pero aún estaba en proceso de hacérselo ver.

—¿De qué estáis hablando? —preguntó Camicazi acercándose a su mesa cargada con un plato de sopa y otro de guiso de venado.

Heather hizo una mueca de desagrado que a Camicazi claramente molestó, pero la bog-burglar era lo bastante prudente como para no confrontar a la bruja en público.

—Estábamos exponiendo nuestros puntos de vista sobre la marcha de Hipo y Astrid —explicó Brusca algo incómoda por la repentina tensión en el ambiente.

—¡Vaya par! —exclamó Camicazi—. Sin lugar a duda forman una pareja muy peculiar. ¿Habéis visto cómo se comen con la mirada? ¡Con lo tímido que ha sido siempre Hipo!

—¿Qué esperabas? Esos dos estuvieron follando durante meses sin que nadie supiera nada —comentó Brusca—. Supongo que ahora ya no tienen motivos para ocultarse.

—¿Pero tú crees realmente que esa relación irá a buen puerto? —cuestionó Camicazi arrugando la nariz.

Tanto Brusca como Chusco cruzaron las miradas extrañados por aquella pregunta, pero Heather no parecía en absoluto sorprendida por ese comentario.

—¿A qué te refieres? —preguntó Brusca.

—En un caso hipotético de que ganáramos la guerra y sobreviviéramos, ¿donde quedarán esos dos? Dudo mucho que después de todo lo sufrido con Le Fey, el Archipiélago esté dispuesto a aceptar a una bruja como consorte de un Jefe tan importante como el de Isla Mema.

Brusca no comprendió el argumento de Camicazi, pero Heather chasqueó la lengua.

—Eso mismo le dije yo a Astrid y, aunque es consciente de la situación, no parece querer aceptarlo.

—En realidad, lo que me preocupa es que sea Hipo el que no se haya dado cuenta —señaló Camicazi preocupada.

—¿Pero de qué coño estáis hablando? —intervino Brusca indignada—. Esos dos se quieren, es evidente que seguirán juntos después de la guerra.

—¿Tú crees? —replicó Heather enfadada—. ¿Tú ves a Astrid establecida en Isla Mema? ¿Integrada entre los humanos? ¡Nadie la va aceptar jamás! Lo más lógico sería que Astrid se coronara reina de nuestro aquelarre y se marchara con nosotras.

Brusca miró a la bruja como si le hubiera salido un tercer ojo en la frente.

—¿Pero qué dices? ¡Astrid no quiere nada de eso!

—No he dicho que lo quiera —se defendió Heather exasperada—. Estoy convencida de que Astrid planea irse del Archipiélago con Hipo cuando acabe la guerra, pero creo que él no es la clase de persona de dejarlo todo atrás, ¿me equivoco?

Brusca no respondió, pero la respuesta resultaba bastante evidente.

—Puede que él ame a Astrid con todo su ser —añadió Camicazi con tristeza—, pero Hipo olvida su propio sentido de la responsabilidad. Su sueño era construir un mundo en el que dragones y humanos vivieran como una comunidad equilibrada y pacífica… Además, si todo este tiempo ha estado pensado que su padre estaba muerto, estoy segura de que ya no querrá marcharse así como así, ni siquiera por Astrid.

—Y ella no querrá quedarse —concordó Heather—. Al principio simulará que todo está bien, pero no va a soportar que la repudien.

—¡Nadie va a repudiarla! —exclamó Brusca atónita.

—Ya la están repudiando, Brusca —insistió la bruja—. Si a mi me machacan cuando nadie mira, ¿qué crees que le dirán a ella? Estoy convencida de que los humanos no se han cortado en insultarla cuando la han pillado sola por aquí. Aunque a primera vista no lo parezca, Astrid es una bruja prudente, mucho más de lo que la gente piensa. Si no ha dicho nada probablemente ha sido para no preocupar a Hipo o a ti y porque se creerá que puede soportarlo, pero sé que no es ninguna imbécil. Astrid tiene sus límites y el acoso le afecta tanto o más que a cualquiera. ¿Crees que soportará toda una vida así en Isla Mema? Lo duda mucho. Astrid es la persona con más falta de cariño que conozco y sé que no aguantará que la desprecien por lo que es. Las brujas no estamos hechas para vivir entre los humanos y, además, en la Isla Berserker la conocían como la «zorra de Haddock» y, después de todo, eso es lo que es, ¿no? Se acostó con Hipo aún a sabiendas que él se iba a casar con otra. ¿Crees que los humanos, con lo insoportablemente puritanos que sois, vais a tolerarlo? Al fin y al cabo, hay quienes dicen que todo este embrollo comenzó porque esos dos se hicieron amantes.

—Eso no es así —dijo Brusca en voz de hilo, impactada por el discurso de Heather.

—Yo he oído esos rumores también, Brusca —intervino esta vez Chusco—. Me temo que, aunque la reputación de Hipo sigue más o menos intacta, nadie parece tener una buena opinión de Astrid.

Brusca contempló al grupo desconcertada y herida. ¿Cómo podían hablar así después de todo lo que estaba sucediendo? ¡Astrid no era como Le Fey! ¡Ni siquiera Heather se parecía a la reina! ¿Por qué los actos de Le Fey tenían entonces que repercutir en los demás? Ni todas las brujas eran malas, ni todos los vikingos eran buenos… Resultaba evidente, ¿por qué entonces no iba a verlo el resto del Archipiélago?

—Brusca —le llamó Camicazi al leer su cara—. ¿No crees que…?

—Hipo y Astrid no pueden separarse aunque quisieran —le interrumpió Brusca de mala gana—. Están malditos con el vínculo, ¿recuerdas?

—Seguro que ese hechizo lo romperían si quisieran —juzgó Camicazi de mala gana.

Heather se rió.

—¡No tienes ni puta idea!

Camicazi le fulminó con la mirada.

—¿Ah, no? ¿No se supone que Astrid es poderosa? ¿O tal vez le convenga ese vínculo con Hipo para protegerse precisamente de los humanos?

Brusca abrió la boca indignada, pero para su sorpresa fue Heather la que intervino.

—¿Y quién dice que no es Hipo el que se beneficia de ella? —replicó Heather golpeando la mesa furiosa—. ¡Hipo es ahora prácticamente intocable debido a su vínculo con Astrid!

—¿Y no será ese vínculo lo que hace que piensen que están enamorados? —preguntó Chusco de repente.

Se hizo un tenso silencio en la mesa y las tres mujeres miraron al vikingo ojo pláticas. Chusco sacudió la cabeza algo incómodo por la inusual atención que estaba recibiendo de repente.

—¿Qué coño te ha hecho pensar eso? —cuestionó Brusca con voz envenenada.

—No lo sé, pero Hipo no parece Hipo —explicó Chusco—. Nunca le he visto tan obsesionado con nadie, ni siquiera con los dragones. Por Odín, Brusca, estuvo a punto de romperle la cara a Mocoso porque le amenazó con dañar a Astrid.

—Es que solo Mocoso es tan gilipollas como para soltar una amenaza contra Astrid delante de Hipo —dijo Brusca irritada.

—No es solo eso —insistió su hermano—. ¿Desde cuando Hipo ha sido agresivo? Nunca le he visto levantar la mano contra nadie y, por su cara, parecía dispuesto a matar a Mocoso a puñetazos. ¿Y todo por una simple amenaza vacía? ¡Anda ya!

—Astrid tampoco parece ella misma —apuntó Heather arrugando la nariz—. Jamás la había visto tan comprometida y protectora con nadie. Está dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de proteger a Hipo.

—¿Y no pensáis que todo esto pasa porque están enamorados? —cuestionó Brusca irritada.

—¿Y no se te ha pasado por la cabeza de que quizás el vínculo trastorna sus mentes como pasa con todos los que están bajo la influencia de la magia de Le Fey? Después de todo, fue la reina quién les lanzó esa maldición, ¿no? Es posible que incluso a Le Fey le interese que estén así de acaramelados —cuestionó Camicazi con voz mortificada—. Es más, ¿las brujas no detestaban a los humanos? Quizás todo este tiempo el afecto que Astrid ha sentido por Hipo y por el resto de nosotros no ha sido más que un producto del hechizo.

—No… No… No puede ser. ¡Heather! —se dirigió a la humana desesperada—. ¡Dinos que no es cierto!

La bruja la observó con cierta lástima y negó con la cabeza.

—Brusca, odio decir esto, pero es muy probable que Camicazi tenga razón.

—¡No puede ser! El vínculo… no consiguieron romperlo cuando tuvieron la oportunidad precisamente porque estaba demasiado enrevesado y estaban enamorados. ¡No se puede romper!

—Le Fey es una bruja muy poderosa, Brusca —le recordó Heather con amargura—. Es seguro que no hubieran podido romperlo aún habiéndolo intentado al día siguiente de ser vinculados.

Aquellas palabras fueron como si le hubieran echado una jarra de agua fría encima. ¿Acaso su amistad con Astrid había sido entonces producto de un hechizo? ¿Que Astrid ni siquiera fuera Astrid sino una persona cuya personalidad se había deformado como consecuencia de un conjuro de Le Fey? Brusca arrastró su silla hacia atrás y se levantó de la mesa ignorando al resto de comensales. Necesitaba salir de allí, tenía la sensación de que el aire estaba demasiado cargado y no podía respirar bien. No corrió, pero si caminó con paso acelerado, hasta que alcanzó la salida y dio una fuerte bocanada de aire para cargar sus pulmones. Sin embargo, su cuerpo no pareció coger suficiente aire, por lo que dio otra bocanada de aire.

Y después otra.

Y otra.

Y otra.

Su cuerpo entero temblaba y no se había dado cuenta de que estaba llorando hasta que apartó el pelo de su cara.

—Mierda —masculló ella con fastidio mientras seguía luchando por recuperar aire.

Se iba a ahogar y la iba a palmar. Estaba segura de ello. Su corazón latía tan rápido que iba a darle un patatús si no le reventaban los pulmones antes. Su cabeza iba demasiado rápido, reproduciendo escenarios horribles que iban de mal en peor. Iba a morir y de la forma más estúpida posible. De repente, sintió unas manos presionando suavemente sus hombros, pero Brusca estaba demasiado alterada como para abrir los ojos.

—Respira todo lo hondo que puedas y aguanta siete segundos —le indicó una voz masculina.

Brusca intentó seguir las indicaciones, pero se vio incapaz.

—No puedo —se lamentó hiperventilando.

—Sí puedes, concéntrate —insistió la voz—. Lo haremos juntos.

Animada por la profunda respiración del hombre, Brusca le imitó torpemente y lo mejor de todo fue que funcionó. Aunque seguía temblando y tenía una espantosa sensación de cansancio, al menos su respiración parecía volver a su ritmo habitual y el pecho le había dejado de doler a causa de los latidos frenéticos de su corazón. Consiguió despejar la bruma de sus ojos para ver que era Estoico quien estaba allí con ella.

—¿Mejor? —preguntó el Jefe con amabilidad.

Ella asintió avergonzada.

—Siéntate, Brusca —le pidió Estoico cogiendo con cuidado de su brazo para guiarla hasta unas rocas.

Brusca se dejó llevar. Se sentía muy cansada, tanto que podría quedarse dormida sobre la hierba, pero cuando la brisa marina de la playa acarició su rostro, agradeció la sugerencia de Estoico de sentarse en las rocas, cerca de donde rompían las olas. La temperatura del lugar resultaba ser muy agradable pese a que la noche anterior había caído un chaparrón de cuidado e incluso había surgido una intensa tormenta que había durado por suerte pocos minutos, pero se notaba que quedaban pocas semanas para el solsticio de verano y el sol brillaba tanto que hacía hasta calor.

—Lo siento —se disculpó ella azorada cuando Estoico le tendió una cantimplora con agua.

—No tienes que disculparte —le insistió el Jefe con delicadeza.

—No sé qué me ha pasado…

—Han sido unos días muy estresantes para todos —le aseguró Estoico con delicadeza—. Me sorprende que no te haya dado un ataque de ansiedad antes, si te soy sincero.

Brusca alzó la mirada confundida.

—¿Ataque… de ansiedad?

—A todos nos pasa alguna vez —explicó él sentándose a su lado—. A Hipo le daba de vez en cuando de pequeño, aunque luego creo que paró… —Estoico se quedó un momento pensativo—, o puede que se preocupara por ocultarlo para no preocuparme.

—¿Y por qué…?

—¿Le daban esos ataques? No lo sé, supongo que Hipo no percibía su entorno como el resto y es una bolita de nervios. Siempre ha sido demasiado listo y eso ha supuesto que le costara más encajar en la tribu, eso por no mencionar todas las presiones que ha recibido desde pequeño por ser mi heredero, aunque me temo que hubo algo más...

—¿Algo como qué? —preguntó la vikinga con inevitable curiosidad.

Estoico se quedó callado por unos largos segundos.

—Siempre sospeché que Ingrid Gormdsen lo maltrató en el poco tiempo que estuve con ella.

Brusca le observó horrorizada.

—¿Estuviste con Ingrid Gormdsen?

—Muy poco tiempo —se defendió él—. Pensé que Hipo necesitaría una figura materna después de que Valka y su nodriza murieran a causa de la guerra contra los dragones. Consideré que Ingrid era la candidata más adecuada dado que nunca hubiera estado de más tener más hijos, pero… la cosa no funcionó, Ingrid era demasiado codiciosa y anhelante de poder. No teníamos química alguna.

No tenía que jurarlo, pensó Brusca. Había vivido suficiente tiempo en casa de Ingrid Gormdsen como para saber que aquella mujer se relacionaba con los demás en base a sus intereses. Es más, estaba convencida de que Ingrid odiaba a su hermano Lars Gormdsen y que no le habría dado ninguna pena de que estuviera bajo custodia de la Resistencia.

—No te culpo, Ingrid es una hija de perra —señaló Brusca asqueada—. ¿Sabías que era amante de Bardo Noldor?

Estoico abrió mucho los ojos.

—¿Cómo sabes eso?

—Astrid sospechaba de él cuando sucedieron los asesinatos en Mema y me pidió que lo espiara. No fue la cosa más agradable de ver, la verdad.

El Jefe sonrió con amargura.

—Me imagino que no.

—¿Alguna vez has hablado con Hipo de lo que sucedió con Ingrid Gormdsen? —preguntó Brusca.

—No, aunque los ataques de pánico empezaron a darse después de que rompiera con ella. Sin embargo, Hipo jamás me dijo nada y admito que me daba demasiado miedo preguntar al respecto, sobre todo porque temía que me culpara de todo —Estoico bajó la mirada a sus manos—. Esa fue una de las razones por las que nunca me planteé casarme con nadie más.

Brusca no sabía nada de Valka, ni de cómo era físicamente, de su carácter o incluso los detalles de cómo murió. Rara vez había escuchado el nombre Valka Haddock, quizás porque había muerto hacía demasiado tiempo o por simpatía hacia su Jefe y el heredero, aunque jamás había visto que Hipo sintiera especial pena por no contar con una madre o puede que lo hubiera ocultado por temor a preocupar a su padre. Eso sonaba muy propio de Hipo, la verdad.

—¿Amabas mucho a tu mujer?

—Con todo mi corazón.

—Lo siento —dijo Brusca con verdadera lástima.

—Ocurrió hace mucho tiempo —le aseguró él restándole importancia.

Ambos vikingos se quedaron un rato contemplando las olas rompiendo contra las rocas.

—¿Quieres que hablemos de lo que te ha alterado? —preguntó Estoico con cautela.

—La verdad es que no —admitió ella con las mejillas ardiendo.

Sabía que Estoico no estaba precisamente contento con la relación de Hipo y Astrid y las teorías de Heather y Camicazi solo labrarían más dudas en el Jefe.

—Está bien, pero sí me gustaría que supieras una cosa —Brusca le miró interrogante—. No te sientas culpable por venirte abajo de vez en cuando y verte vulnerable.

Brusca arrugó el gesto.

—Pensaba que esa no era la manera vikinga.

Estoico sacudió los hombros.

—Creo que deberías saber que la manera vikinga es pura fachada. Eres humana, Brusca, ni el más feroz de los vikingos tiene tanto aguante como para no sentir que el mundo se le viene encima de vez en cuando.

Ella asintió agradecida, aunque se llevó inconscientemente la mano hacia la cara interior de su muslo, donde se encontraba aquella mancha de nacimiento a la que nunca antes había prestado especial atención. Estoico se levantó y se sacudió los pantalones para quitarse la arena que se le había pegado, pero Brusca no se movió.

—Quédate el tiempo que necesites —le indicó él con una sonrisa cansada.

Había empezado a alejarse cuando Brusca le llamó y el Jefe se volvió hacia ella expectante.

—No estabas en el comedor, ¿cómo sabías que me estaba dando un ataque de ansiedad?

—¡Ah! —exclamó él—. Mocoso vio que no te encontrabas bien y corrió a decírmelo, consideró que yo te sería de mayor ayuda.

Brusca jadeó sorprendida, pero asintió y murmuró un «gracias». Estuvo un rato ensimismada en sus pensamientos y en el movimiento de las olas hasta que su hermano apareció para llevarla de vuelta a la montaña. No le preguntó si se encontraba bien o mal, pero agradeció que se sentara con ella un rato en silencio hasta que se aburrió y empezó a hablarle de cosas banales que, al menos, consiguieron distraerla.

Al cabo de un rato, regresaron a la montaña y Brusca se separó de su hermano para ir a la habitación de Gothi para relevar la guardia. Observó preocupada que la infección seguía extendiéndose y, aunque no era especialmente religiosa, rezó a los Dioses porque Astrid encontrara pronto el grimorio para curar a la anciana. Gothi había sido una constante en la tribu, callada y llena de sabiduría, comunicándose de una manera que pocos afortunados lograban entenderla. Ahora que lo pensaba, no estaba del todo segura de las razones por las que Gothi no hablaba. Cuando era pequeña, su hermano y ella bromeaban con que seguramente se debía a que Gothi debía de tener una voz monstruosa con la que maldecía a todo aquel que la escuchaba. Tanto Chusco como ella habían sido fuente de muchos disgustos para sus padres, pero jamás había visto a su madre tan disgustada como entonces, hasta el punto de que les dio a cada uno una bofetada que todavía le picaba en la mejilla. Aquella fue la única vez que su madre les puso la mano encima y ambos gemelos se preocuparon de no meterse nunca jamás con Gothi.

En realidad, tampoco se había detenido a pensar que Gothi fuera una bruja. Bueno, una volvä, como había insistido Astrid en señalar. Que la anciana hubiera podido maldecir a Le Fey a vomitar bellotas había sido una sorpresa mayúscula para todos, incluso para el propio Estoico, quien nunca había tenido conocimiento de que Gothi tuviera ningún tipo de magia.

—¿Pero en qué se diferencian las brujas de las völvas? —le preguntó Brusca a Astrid cuando visitó a Gothi por primera vez.

—Las brujas estamos marcadas por Freyja, pero no por ello significa que tengamos que seguir su camino —explicó la bruja—. Si no somos bautizadas, no recibimos su bendición.

—¿Bendición te refieres a…?

—Magia —aclaró Astrid—. Todas las brujas hacemos magia y luego, cada una de nosotras, tenemos un don especial que nos diferencia de las demás. Por ejemplo, Heather manipula el metal y yo tengo el poder de Thor.

—Pero sigo sin entender en qué os diferenciáis de las völvas.

—Las völvas son protegidas de Odín y nacen con magia, pero funciona distinta a la nuestra. Suelen ser curanderas que van por su cuenta, jamás se mueven en grupo como nosotras. Son capaces de contactar con el mundo de los espíritus y ver lo que nadie ve —Astrid se quedó un momento callada y con el ceño fruncido—. Su magia se fundamenta en la naturaleza, sobre todo con la tierra, de ahí que Gothi pudiera realizar ese hechizo de las bellotas.

—¿Y nunca te habías dado cuenta de que era una völva?

—No —admitió Astrid—. Y no, nunca detecté su magia. Como ya te he dicho, son distintas. Además, las völvas no dejan de ser humanas. No pueden volar, hablar con los dragones o hacer todo lo que nosotras hacemos. Además, por lo poco que sé, las völvas no nacen porque sí, al parecer solo puedes ser völva si perteneces a una línea de sangre proveniente de las primeras völvas elegidas por Odín.

Brusca arrugó el gesto.

—¿Y se sabe si hay völvas marcadas por Freyja?

Astrid abrió mucho los ojos, sorprendida por su pregunta.

—Pues... ¿no lo sé?, pero ahora que lo dices… las brujas clarividentes son muy poco comunes, quizás… puede que sea porque tienen sangre de völva —Astrid ladeó la cabeza con aire ausente—. Tendría mucho sentido lo otro también.

—¿Qué otro?

Astrid dio un respingo.

—Nada, nada, pensaba en voz alta, no me hagas caso.

Hipo y Astrid parecían ser los de siempre; pero, al mismo tiempo, parecían haber cambiado por completo. Para empezar, se había quedado en shock porque a Astrid le diera ahora por llevar el cabello corto y a Hipo largo, más teniendo en cuenta lo mucho que se suponía que significaba el pelo largo para las brujas. Por otro lado, su actitud y su comportamiento era totalmente distinto a cuando vivían en Isla Mema y Brusca cayó enseguida que se debía a que ya no tenían motivos para ocultarse. En Isla Mema eran todo miraditas, pero ahora era mucho más que eso. Aunque no habían estado todo el tiempo juntos por sus respectivas responsabilidades, ambos habían demostrado no solo una cercanía física muy íntima —siempre se estaban tocando y ninguno de los dos parecía consciente de ello—, sino que además parecían entenderse con solo mirarse. Brusca los había observado entre maravillada y llena de envidia, sobre todo porque le hubiera encantado tener una conexión así con alguien. Quizás los demás no se equivocaban cuando decían que esa extraña compenetración e intimidad que ambos compartían se debía al vínculo y no a otra cosa, pero Brusca sabía que se le escapaba algo. No le había pasado por alto que Hipo hubiera participado en el hechizo de transporte, pero cuando interrogó a Astrid al respecto, la bruja sencillamente respondió que había necesitado su energía vital para ejercer el hechizo. Tampoco quiso darle explicaciones de cuando Hipo le dio una especie de ataque epiléptico en la fiesta de hacía unas noches y le dijo algo a Astrid en una lengua que solo ella pareció entender. Además, tanto ella como su hermano habían detectado que la piel de Hipo era mucho más caliente de lo normal, como si estuviera ardiendo por la fiebre.

Si no hubiera sido porque Astrid le había repetido hasta la saciedad de que los hombres no podían ejercer la magia, casi podía jurar de que Hipo poseía alguna especie de poder mágico que se estaban descuidando en ocultar. Eso la fascinaba y le molestaba por igual, ¿acaso ella no era digna de confianza para guardar tal secreto? Si no hubiera sido por su repentina marcha y el estrés por el que estaba pasando la bruja, Brusca habría interrogado a Astrid al respecto.

Brusca ocultó su cara entre sus manos mientras ahogaba un grito de puro fastidio. ¡Odiaba estar por detrás de los demás y que la tomaran por tonta! Una parte de ella sabía que si Astrid le ocultaba algo sería más por su seguridad que otra cosa, pero honestamente le decepcionaba tanto secretismo por parte de Hipo y Astrid, más teniendo en cuenta que había sido ella la que había insistido en buscarlos.

—Toc, toc, ¿se puede?

Heather entró sin esperar su respuesta y la vikinga tuvo que contenerse para no poner los ojos en blanco.

—¿Qué? —preguntó Brusca con fastidio.

—Oye, cálmate, vengo en son de paz —cogió una silla que había en un rincón del cuartito y la arrastró para colocarse a su lado—. No deberías tomarte tan a pecho las cosas.

Brusca la fulminó con la mirada y Heather alzó las manos para que se calmara.

—Vale, quizás nos hemos pasado un poco diciendo que Astrid pudiera ser amiga tuya por el vínculo que comparte con Hipo y no por su propia voluntad.

—No sé por qué ves tan escandaloso que seamos amigas —señaló ella.

—Es que Astrid no es de esas que sepa hacer amigos, por eso me extraña. Y, que yo sepa, eres la única amiga que tiene, además de Hipo, por aquí.

—¿Tú no cuentas? —cuestionó ella.

—Astrid y yo no somos amigas.

—Pero te liberó…

—Que tolere a Astrid no significa que seamos amigas —insistió Heather—. Nos hemos hecho demasiado daño.

Brusca no pudo evitar sonreír, cosa que pareció fastidiar a la bruja.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Es que es la primera vez que admites que fuisteis las dos y no solo ella la que fastidió vuestra amistad.

Heather chasqueó la lengua.

—Las brujas no estamos hechas para tener amigas o novios.

—Pues Astrid…

—Hipo y tú estáis locos de atar, no contáis —le cortó ella cruzándose de brazos y se apoyó contra el respaldo de la silla—. Nos criaron para competir entre nosotras, no para querernos.

—Pero Astrid y tú erais íntimas…

—¡Y mira qué bien acabó! Nunca te fies de nadie, Brusca, ni siquiera de quién dice ser tu amigo —comentó Heather con amargura.

—¡Por Odín, era la tía más penas y desconfiada que conozco! —se quejó la vikinga con impaciencia.

Heather hizo un mohín, pero no replicó. La bruja apretó el nudo del pañuelo de su cabeza con aire distraído y la vikinga observó que tenía un agujero en la falda de su vestido.

—¿Por qué has venido? —preguntó Brusca de repente.

—¿Qué?

—Si no consideras que necesitas amigos, ¿por qué estás aquí?

Heather evadió su mirada hacia la pared de roca desnuda.

—Para ser una desagradable, disimulas fatal que no te preocupes por los demás —señaló Brusca con diversión mientras cogía de su falda.

La bruja le dio un manotazo.

—¿Qué haces?

—Tienes un agujero en la falda —dijo Brusca señalando la zona.

—¡Ya lo sé! ¿Pero qué haces?

—¿Mirar cómo lo puedo coser? —respondió ella desconcertada.

Heather presentó un gesto de pura confusión.

—¿Por qué ibas a querer hacer eso?

Brusca sacudió los hombros.

—Coso desde que soy una niña, no me cuesta nada hacerlo —cogió de nuevo la falda, pero se aseguró de no levantarla demasiado para no violentarla—. ¡Bah! Esto tiene arreglo fácil, tengo aguja e hilo por aquí, ¿quieres que te la remache en un momento?

La bruja la miró con desconfianza.

—¿Qué quieres a cambio?

—¿Nada? —dijo Brusca algo molesta—. Te voy a coser un agujero, Heather, no voy a hacerte un vestido nuevo. ¿Acaso te da vergüenza desnudarte delante de mí?

Sabía que la provocación haría que la bruja terminara cediendo por simple orgullo. Sin embargo, había que decir que Heather era algo más pudorosa que Astrid y cuando se quitó el vestido no pudo evitar observar que estaba mucho más delgada que su amiga, aunque no tanto como lo estaba la propia Brusca.

—Rapidito, que hace frío —le ordenó Heather de mala gana.

—Ponte una manta encima, boba —le dijo Brusca cogiendo una que tenía metida en una cesta junto a la cama de Gothi—. A ver, porque con esta mierda de luz me va a llevar un rato.

De repente, la estancia se iluminó con unos fuegos flotantes que aparecieron de la nada. Brusca dio un pequeño bote en su asiento, pero enseguida acercó su mano a la llama con intensa curiosidad.

—No quema —dijo sorprendida.

—Claro que no, ya te dije que las brujas no podemos controlar el fuego, solo recreamos una ilusión del mismo para crear luz —explicó Heather mientras se envolvía con la manta—. ¿Te será suficiente para coser?

—De sobra.

Heather la observó trabajar hasta tal punto que arrimó su silla a la suya y miró por encima de su hombro con curiosidad.

—¿No tienes miedo a pincharte? —preguntó la bruja.

—Me he pinchado tantas veces que ya soy insensible —contestó Brusca sin apartar la vista de su labor.

—¿Quién te enseñó a coser?

—Mi madre, por supuesto. Todas las mujeres de la familia de mi madre han sido costureras.

—¿Y tú quieres serlo?

—¿Costurera? No —respondió Brusca tajante—. Mi plan inicial era haberme hecho aprendiz de Gothi, pero Astrid hizo trampas y me robó el puesto.

—¿Por qué querrías ser galena? Parece un trabajo bastante aburrido.

Brusca dejó su labor un momento y miró a Gothi con cierta nostalgia.

—Porque siendo galena no tendría necesidad de casarme y podría mantenerme por mi cuenta —argumentó la vikinga.

—¿Y tienes que casarte sí o sí? —cuestionó Heather sorprendida.

La vikinga suspiró.

—Mi familia no es precisamente rica y no pueden mantenernos a mi hermano y a mi para siempre. La vía más rápida de quitar a los hijos de en medio es casándolos y yo, siendo la mujer de los dos, tenía que ser la primera en largarme.

—¡Menuda putada! ¿Y no tenías pretendientes? ¿Acaso Mocoso...?

—No —se adelantó a responder Brusca con cierta indiferencia—. Al menos, no entonces.

—¿Y ahora sí?

—Justo antes de contarle lo del aborto, me confesó que estaba enamorado de mí —explicó la vikinga—. Ahora ni siquiera se habla con nadie, aunque estoy segura de que siguen entre sus personas menos favoritas de este mundo.

En realidad, Brusca apenas se había cruzado con Mocoso desde que Astrid se había despertado. Por lo que tenía entendido, no solo Chusco había tenido una fuerte confrontación con él, sino que además se había dispersado el rumor de que Hipo le había dado una paliza, aunque a Brusca le costaba creer que le hubiera dado una tunda como tal, como mucho un buen puñetazo en la cara. Las pocas veces que le había visto, se había marchado según verla, pero parecía más espantado que otra cosa, quizás porque siempre habían coincidido cuando su hermano pululaba a su alrededor. Que hubiera avisado a Estoico de su ataque de ansiedad significaba que Mocoso sí estaba mucho más pendiente de ella de lo que Brusca estaba de él.

—Por estas cosas los humanos no me dais ninguna envidia —le aseguró la bruja—. Nosotras podemos follar con quien nos venga en gana sin consecuencia ninguna. Sin lazos y sin bebés sorpresa.

Brusca puso los ojos en blanco.

—No sé qué decirte, visto lo visto, casi tendría que estar agradecida de ser tan mediocre como para no haber captado la atención de vuestra vidente, porque no podría soportar la idea de que me hubieran arrancado de los brazos de mi familia y no saber quienes son.

Se hizo un silencio grave y Brusca se dio cuenta que quizás se había pasado.

—Escuchas demasiado a Astrid —le acusó Heather molesta—. A mí no me ha robado nadie. Mi familia siempre ha sido el aquelarre.

—¿De verdad no crees que te robaron? —cuestionó la vikinga—. Hay demasiadas evidencias que han demostrado que Le Fey se ha pasado la vida robando niñas.

Heather estrechó los ojos.

—Solo porque Astrid viva obsesionada con la idea de tener un apellido no significa que las demás pensemos igual.

—¡Por favor! ¡No me creo que nunca en la vida te hayas planteado que no hay alguien ahí fuera que podría estar emparentado contigo!

La bruja arrugó la nariz y le arrancó la falda de las manos.

—Quizás Astrid y tú deberíais daros cuenta que hay quienes tenemos mentalizado que nuestras padres nos abandonaron y que el aquelarre realmente ha sido el único hogar y la única familia que hemos tenido —escupió Heather con lágrimas de furia acumulándose en sus ojos—. ¡Astrid se dará de bruces con la realidad cuando descubra que sus padres jamás la quisieron y entonces tendrá que tragarse su discurso de mierda y ver que estamos solas!

—Heather…

—¿Y se puede saber por qué demonios dices que te iban a coger a ti? ¡No eres una bruja! —chilló Heather rabiosa.

—Pero nací marcada por Freyja, al menos eso me dijo Le Fey —argumentó la vikinga en un susurro.

—Pues igual tenía razón y eres lo bastante mediocre para que no te quisieran en el aquelarre.

Brusca hundió los hombros a la vez que la bruja salía soltando maldiciones de la habitación. Las luces flotantes se disolvieron en el aire y la habitación volvió a estar iluminada únicamente por la luz de la tarde que se colaba por las rendijas de la pared y la vela que había junto a la cama de Gothi. La vikinga chasqueó la lengua mientras estudiaba el rostro dormido de la anciana.

—No hago nada bien, ¿a que no? —preguntó Brusca a la galena, aunque se sintió ilusa por tener una vaga esperanza de que la respondería—. Soy un cero a la izquierda.

Llegada la hora de la cena, la vikinga decidió bajar al comedor pese a no tener el más mínimo apetito, pero al haber sido amenazada por Astrid con que si no subía pesa le iba a meter la comida por un embudo decidió no tentar a la suerte. Mientras caminaba hacia la escalera de piedra y sal se deshizo las trenzas para hacerse una coleta alta y estaba tan ensimismada en recogerse bien el cabello que no prestó atención a dónde pisaba y se resbaló. El porrazo que pudo haberse dado hubiera sido épico, hasta tal punto que igual podría haberse hasta matado. Sin embargo, unos brazos anchos rodearon su cintura y la empujaron hacia atrás, causando que cayera sobre algo blando que jadeó.

—¿Mocoso? —preguntó Brusca pasmada tan pronto se volteó.

Mocoso estaba tendido en el suelo y la miraba claramente azorado. Brusca se levantó de un salto y se apartó de él sintiendo el corazón en la garganta por el pánico. No obstante, el vikingo le sorprendió imitando su mismo gesto.

—Lo siento —se disculpó rápidamente.

—¡¿Me estabas siguiendo?! —preguntó ella alarmada.

—¿Qué? —soltó él muy desconcertado—. ¡Claro que no! ¡Mi habitación está al fondo del pasillo!

—¿Y justo coincide que sales de ahí cuando me he marchado del cuarto de Gothi? —replicó Brusca con sospecha.

—¡Yo que sé, Brusca! ¡Hemos coincidido y ya está! ¿Qué más quieres que te diga? ¿Preferirías que hubiera dejado que te cayeras por las escaleras?

La vikinga tragó saliva y sacudió la cabeza frustrada.

—Gracias —murmuró ella de mala gana.

—De nada —respondió él con el mismo tono.

Ninguno de los dos se movió, aunque tampoco se atrevieron a mirarse directamente a la cara. Brusca no esperaba sentirse tan nerviosa estando con Mocoso, pero resultaba difícil no estarlo teniendo en cuenta cómo había sido su última conversación. Ella no tenía nada que decir o añadir respecto al aborto. Aún le generaba cierta ansiedad recordar lo angustiosos que fueron los días después de descubrir que estaba embarazada. No había podido contárselo a nadie o, más bien, no se había atrevido. Que Astrid le hubiera pillado robando hierbas de casa de Gothi había sido lo mejor que le había podido pasar, sobre todo porque su amiga no titubeó en ayudarla y fue clave para hacer un proceso tan traumático y complicado en una acción tremendamente sencilla. Brusca seguía convencida de que había tomado la decisión correcta, más después de todo lo acontecido en los últimos meses. Un embarazo lo habría hecho todo mucho más difícil y mejor ni hablar de lo que le habría pasado al bebé si lo hubiera tenido. Mocoso farfulló algo que Brusca no entendió.

—¿Qué has dicho? —preguntó ella quizás demasiado alto.

Mocoso tomó aire y sus mejillas enrojecieron.

—¡Que creo que te debo una disculpa! —exclamó el vikingo aún sin mirarla.

—¿Crees? —replicó Brusca irritada.

El vikingo suspiró y, por primera vez, sostuvo su mirada.

—Te debo una disculpa —se corrigió a sí mismo.

—Vale, te escucho —dijo ella cruzándose de brazos y apoyándose contra la pared.

—Me porté muy mal contigo cuando me dijiste lo del… bebé, aunque sigo pensando que podrías habérmelo dicho de otra manera.

—Estamos de acuerdo con eso —le aseguró ella con amargura—. Me disculpo por eso.

Mocoso asintió.

—Me… me horroriza la idea del aborto, no lo voy a negar. Puede que entienda hasta cierto punto por qué lo hiciste, pero no comprendo por qué ni siquiera me lo dijiste.

—Precisamente porque no quería contemplar un escenario en el que pudiera tenerlo, Mocoso —insistió ella—. No quiero hijos a menos que esté casada y, da igual lo mucho que lo niegues, sé que tú no te habrías casado conmigo.

—No sabes…

—Lo sé —le cortó Brusca tajante—. Mocoso, no soy un buen partido. Ni tengo propiedades, ni dinero ni un apellido digno y tú eres el segundo en la línea de sucesión de la Jefatura.

—Pero yo te habría tomado como esposa… —insistió él dolido.

—Mocoso, tú y yo sabemos que jamás habrías hecho nada que hubiera podido decepcionar a tu padre —concluyó ella—. Además, creo que tienes que tener clara una cosa: yo no te quiero.

El vikingo abrió mucho los ojos, dolido y sorprendido por su declaración tan clara y cortante.

—No me malinterpretes —aclaró ella algo azorada—. Siempre te he apreciado como amigo y amante y, al margen de todo lo sucedido entre nosotros, te respeto como vikingo y jinete. Sin embargo, aunque pudo haber un tiempo que pude haber sentido… algo, puedo asegurarte que nunca ha sido amor. Ahora lo sé y, honestamente, prefiero que quede claro desde ya, porque no quiero brindarte falsas esperanzas.

—¿Ni siquiera quieres intentarlo? ¿Darnos una oportunidad? —insistió él afligido.

—No me vas a perdonar nunca que abortara, si intentaramos empezar "algo" este tema saldría cada vez que discutieramos y yo no quiero estar echando constantemente sal a mi herida, Mocoso, porque crees que a mi no me afectó el aborto, pero no es así —le aseguró Brusca con pesar—. La decisión que tomé me va a acompañar para siempre, pero insisto que hice lo que tuve que hacer. Además, no creo que tú y yo seamos compatibles.

Mocoso se apoyó contra la pared y se deslizó hasta sentarse en el suelo y ocultar su cara en sus piernas. Soltó un sollozo y Brusca sintió su estómago retorcerse por la culpa. Nunca había experimentado un desamor real, pero se sentía fatal por romperle el corazón a Mocoso. Se sentó a su lado y dejó que llorara tranquilo, llegando incluso a darle palmaditas en su espalda para calmarlo.

—Lo siento —gimió él.

—No tienes que pedirme perdón por esto —le aseguró ella—. Está bien sacarlo.

—Es humillante —insistió Mocoso desolado.

—¿Por qué? ¿Porque te duele? ¡No seas tonto! —le achacó Brusca con suavidad—. Llorar es bueno, te sirve para limpiar el alma.

—Eso que dices es ridículo; además, los vikingos no lloramos, mi padre me lo decía siempre —explicó Mocoso sorbiéndose la nariz.

—¡Eso sí que es una chorrada! —le aseguró ella—, pero estate tranquilo, no se lo diré a nadie.

Dejó que Mocoso tuviera su tiempo para calmarse y cuando pareció recobrarse, tomó aire profundamente. Sus ojos estaban rojos e hinchados y tenía un aspecto terrible, pero a Brusca no le pareció muy oportuno comentarlo.

—¿Sabes? En estos momentos es cuando más echo en falta a mi madre —comentó ella.

Mocoso la miró sin comprender.

—Ya sabes que ella está bajo el hechizo de Le Fey —aclaró Brusca—. Cuando me enfadaba o estaba triste solía prepararme una taza de leche caliente con una hogaza de pan dulce con mantequilla. No solíamos hablar de lo que me pasaba porque nunca se me ha dado bien hablar de mis problemas y mi madre prefería pecar de prudente y no forzarme, pero ese gesto siempre me daba a entender que todo estaba bien, que ella iba a estar allí para lo que necesitara.

—¿Tu madre sabía…?

—No, nunca se lo dije. El temor a defraudarla era superior a mi propio dolor y en los meses previos a la boda estaba demasiado agobiada por el trabajo como para darse cuenta de que no me encontraba bien. De igual manera, soy mejor mentirosa de lo que ella piensa y supe ocultar mi malestar a ojos de toda mi familia, incluso de mi propio gemelo —explicó la vikinga con tristeza.

Mocoso se tensó de repente.

—¿Qué pasa? —preguntó ella extrañada.

—Chusco lo sabe, Brusca —confesó Mocoso mortificado.

Por alguna razón, a Brusca no le sorprendió en absoluto. Es más, todo parecía cobrar sentido. Ella y su hermano eran gemelos, supuestamente estaban unidos de una manera que nadie podía entender, pero nunca había sentido que ese vínculo existiera realmente, ni siquiera cuando eran niños. Puede que al comprender el calvario por el que ella había pasado, su hermano decidiera que era momento de iniciar esa relación que nunca habían tenido, algo que ella ni había esperado ni mucho menos buscado. Y, sin embargo, le resultaba extrañamente agradable que, pese a seguir sacándola de quicio, su hermano estuviera ahora ahí para ella. Es más, estaba incluso agradecida de que supiera lo del aborto y tuviera que ahorrarse el drama y la ansiedad de contárselo ella misma, sobre todo vista que su reacción había sido más bien de sobreprotegerla que de rechazarla.

—¿No dices nada? —preguntó Mocoso desconcertado.

Brusca sacudió los hombros.

—Da igual —le aseguró ella—. Me imagino que por eso dejó de hablarte, ¿no?

Mocoso asintió la cabeza dubitativo.

—La verdad es que no le culpo —admitió el vikingo mortificado—. No me he portado nada bien contigo.

—Bueno, yo tampoco he sido un ejemplo de gran persona en esta historia —le aseguró ella—. No te lo dije en mi mejor momento, lo siento. Estaba… cansada y abrumada por todo lo que había pasado y… no quería estar sola, por eso me acosté contigo —Mocoso dibujó una expresión dolida—. Ya, perdón, no estuvo bien aprovecharme de ti.

—Tampoco es que me forzaras.

—Sí, pero de saber que estabas enamorado no lo habría hecho —le aseguró ella y no pudo evitar una risa amarga antes de apoyar la cabeza contra la roca—. Menudo desastre que soy.

—No creo que lo seas —dijo Mocoso con tristeza—. Estamos todos muy perdidos desde que… ya sabes, la boda. Aún tengo la sensación de que estoy atrapado en una pesadilla que no tiene fin.

—Lo sé, yo me siento igual —concordó Brusca—. Ojalá Astrid e Hipo vuelvan pronto…

Mocoso se quedó un momento en silencio.

—¿Por qué crees tanto en ellos? —preguntó el vikingo muy serio.

—En algo hay que creer —respondió ella con el ceño fruncido—. Sé que no puedes ni ver a tu primo, pero…

—No tienen ningún plan —le cortó Mocoso de mala gana—. Están tan perdidos como nosotros.

—Han ido a ver a Dagur para algo.

—¿Para qué? ¿Para que les diga lo mismo que nos dijo a nosotros? —replicó Mocoso molesto—. Dagur no es idiota, Brusca, ¿crees que le va hacer gracias que el tío del que está perdidamente enamorado se presente con una amante como Astrid? Además, visto el carácter de la bruja, me sorprenderá si no entramos en conflicto con los Berserkers también.

—Dagur sabe que Hipo no le corresponde —le recordó la vikinga.

—Eso no quiere decir que lo haya superado —insistió Mocoso—. Hipo se hace el loco y Dagur cree que lo disimula bien, pero se nota a la legua que sigue enamorado de él.

Brusca ladeó la cabeza.

—Es curioso, nunca habría pensado que fueras observador.

—En realidad, tu hermano ha sido siempre el que se fijaba en esas cosas —aclaró Mocoso con las mejillas enrojecidas—. En eso siempre os habéis parecido un montón. Sois muy conscientes de todo lo que pasa a vuestro alrededor —hundió los hombros—. Ahora me fijo más porque ya no tengo a nadie que me señale las cosas.

—¿Cómo lo de mi ataque de ansiedad?

Mocoso se puso colorado, pero asintió titubeante.

—Yo no sé llevar esas cosas, indudablemente te habría alterado más y como sé que tienes una estrecha relación con Estoico y, dada su experiencia con Hipo, pensé que sería más adecuado que se encargara él.

—Hiciste bien —concordó ella—. Me imagino que no habrá sido fácil dirigirle la palabra.

—Me importas más que cualquier cosa, Brusca, aunque a veces no se note —le aseguró él avergonzado—. Puedo tragarme mi orgullo de vez en cuando por ti.

—Aún así creo que deberías hablar con Estoico —insistió ella—. No deja de ser tu tío.

—Medio tío —le corrigió Mocoso con fastidio.

Brusca puso los ojos en blanco, pero no replicó. Le daba cierta tristeza que Mocoso guardara tanto rencor hacia los dos únicos miembros vivos de su familia, pero también sabía que no tenía sentido discutir sobre algo en lo que ella poco tenía que ver. Sin embargo, había algo que sí que podía hacer, al menos para redimir su parte de culpa en toda aquella situación tan desagradable para Mocoso.

—Si hablo con mi hermano, ¿me prometes una cosa?

El vikingo la miró con cierto recelo.

—¿El qué?

—Es evidente que todo esto va a terminar en un conflicto armado —explicó Brusca abrazando sus piernas—. Necesito que me prometas que si Hipo te lo pide, te unirás a la causa.

Mocoso arrugó la nariz.

—No le debo nada a Hipo y mucho menos a Astrid.

—Pero sí se lo debemos a Isla Mema —le recriminó Brusca—. Necesitamos recuperar nuestra isla.

—Es un suicidio —musitó Mocoso—. Thuggory, Drago y Le Fey nos superan en armamento, flota y ejército. ¿Qué tenemos nosotros? Dos decenas de dragones, un montón de refugiados que seguramente no habrán cogido un arma en su vida y las pocas personas que saben pelear todavía se están recuperando de nuestro último encontronazo. ¿Y me pides que me una a una causa que exterminará a todo nuestro pueblo y seguir a alguien en quien no creo?

—Hasta no hace mucho creías ciegamente en Hipo —dijo Brusca por lo bajo.

—Eso fue antes de que decidiera sacrificarlo todo por ella. Hipo se ha priorizado más a sí mismo que…

—No creo que sea así de sencillo —le interrumpió Brusca con suavidad—, pero si no eres capaz de prometerme que te unirás, por lo menos dime que te lo pensarás si te lo propone.

—Estás muy seguro de que Hipo me lo va a pedir —observó Mocoso algo irritado.

—Como bien has señalado antes, soy observadora y, si algo tengo claro es que Hipo Haddock no es ningún idiota.

—Si tú lo dices…

Brusca tuvo que contenerse para no gritar.

—Prométeme que lo pensarás, Mocoso —insistió ella.

El vikingo chasqueó la lengua.

—Solo si tú me prometes algo a cambio.

—Ya te dije que…

—Tu hermano no me va a perdonar —le cortó él—, y no es su perdón lo que busco tampoco. En realidad, necesito que me ayudes con algo, pero tienes que jurarme que esto solo quedará entre tú y yo.

Brusca hundió los hombros.

—¿Qué quieres?

—Accederé a colaborar con Hipo siempre y cuando me ayudes a recuperar la espada de mi padre.

La vikinga parpadeó sin comprender.

—¿Qué tiene de especial esa espada? —cuestionó ella con recelo.

—Es una espada antigua y muy valiosa, se la reconoce como la más afilada de todo el Archipiélago —argumentó Mocoso—. La leyenda dice que fue el mismísimo Völundr quién se la entregó a mis antepasados. Era el mayor tesoro de mi padre y me prometió que cuando… —el vikingo tragó saliva y parpadeó varias veces—, me quedaría con ella. Para mí es muy importante, es lo único que me queda de él.

Brusca sabía que no podía decir que todo aquello le parecía una estupidez, pero comprendía que no podía acusarlo de superficial cuando esa espada era lo único que le quedaba de su padre.

—¿Dónde crees que puede estar?

—En mi casa, no, me colé varias veces y allí no está. Gormdsen la vació de arriba abajo, pero también sé que él no tiene la espada.

Brusca frunció el ceño.

—¿Cómo es? Descríbemela.

—Es una espada corta, con dibujos tallados en el acero de la leyenda de Völundr, su empuñadura es de plata y tiene…

—¿Zafiros incrustados en los extremos? —preguntó ella con un repentino nudo en el estómago que le dio náuseas.

Mocoso entreabrió la boca sorprendido.

—¿Cómo… cómo lo sabes? —balbuceó él.

Brusca se levantó del suelo y apretó los puños mientras intentaba regular su respiración. No podía creerse que de todas las puñeteras cosas que pudiera querer Mocoso quisiera precisamente esa espada.

—¿No vas ayudarnos si no recupéramos esa espada? —preguntó ella vacilante.

La expresión de Mocoso se tornó muy seria.

—No.

—¡Es solo una espada! —exclamó ella frustrada—. ¡Habría que volver a Isla Mema para recuperarla!

El vikingo se cruzó de brazos con el ceño fruncido.

—Entonces sabes dónde está —Brusca apartó la mirada de sus ojos inquisitivos—. Es lo único que deseo, Brusca. Esa espada es el legado de mi familia.

—¿De qué coño te sirve el legado? —cuestionó ella molesta—. ¡Es un puto suicidio!

—No si tú sabes dónde está. Sino la busqué la última vez era porque no podía arriesgar la misión para encontrar la espada de mi padre, pero ahora… todo es diferente —señaló Mocoso—. Esa espada es lo que me legitima como cabeza de los Jorgenson y como segundo sucesor en la Jefatura de Isla Mema. Voy a necesitarla sí o sí, más si tenemos en cuenta de que puede haber posibilidades de que Hipo no herede la Jefatura.

—¿Por qué demonios dices eso? —cuestionó ella escandalizada—. ¿Pretendes…?

—¿Qué? ¡No! Pero es evidente que Hipo va a renunciar a todo por Astrid —explicó el vikingo—. Estoy dispuesto a cumplir con mi responsabilidad si así ha de ser, pero no haré un solo movimiento sin tener garantías de que voy a recuperar esa espada.

—¿Y qué pasa si no la recuperamos? —preguntó ella en un hilo de voz.

—Brusca, no lo entiendes, voy a recuperar esa espada aunque sea lo último que haga y tú, a cambio de que ayude a Hipo, vas a ayudarme. Es una promesa, ¿recuerdas? —ella sostuvo su mirada procurando no mostrar el terror en sus ojos—. Y, ahora, respóndeme: ¿dónde está la espada?

—En el lugar más protegido de toda Isla Mema —respondió Brusca.

—¿La casa del Jefe? —supuso el vikingo.

Brusca negó con la cabeza. No se podía creer que Mocoso la hubiera puesto en aquella horrorosa situación. Si realmente no necesitara su ayuda, le hubiera retorcido el pescuezo con sus propias manos.

—La seguridad no va solo de posición, sino de dinero —matizó ella irritada—. Limpié esa puta espada más veces de las que puedo contar.

Mocoso palideció.

—¿Te refieres a que…?

—Sí —se adelantó ella a responder—. Tu espada de los cojones está en casa de Ingrid Gormdsen.

Xx.

Astrid no era capaz de conciliar el sueño.

Se había pasado toda la noche dando vueltas en la cama, con la vista clavada o bien en el techo o en la espalda de un Hipo profundamente dormido. Debía ser media mañana, aunque era difícil saberlo con las cortinas echadas. El fuego del hogar de Dagur se había apagado hacía horas, aunque las brasas aún resplandecían en la oscuridad.

La bruja intentó por todos los medios quedarse dormida, pero era incapaz. Cada vez que cerraba los ojos, se imaginaba los cadáveres calcinados de sus padres y de sus abuelos. Su corazón latía con tanta fuerza que le costaba respirar y todo su cuerpo se tensionaba hasta tal punto que era incapaz de relajarse. Hipo la había obligado a tomarse la poción del sueño con él; pero, por desgracia, tenía la cabeza tan acelerada y estaba tan ansiosa que la poción sólo le había causado una molesta sensación de cansancio y sueño que difícilmente la ayudaba a sentirse mejor.

No dejaba de darle vueltas a lo mismo.

Sus padres estaban muertos.

Astrid había sido siempre una pesimista por excelencia. Por costumbre, ante cualquier circunstancia se ponía en lo peor por una mera cuestión de acción reacción. Como General del ejército de Le Fey, había aprendido que nunca se estaba lo suficiente preparada para afrontar un escenario catastrófico, pero si al menos estaba concienciada era mucho más sencillo hacer frente la situación. Sin embargo, había sido una ilusa por no haberlo querido aplicar a sus propias circunstancias. Durante todo ese tiempo, Astrid había estado segura de que al menos uno de sus progenitores estaba vivo. ¿Por qué? Tampoco lo sabía, quizás era una forma de engañarse a sí misma para no querer afrontar la realidad: que estaba sola en el mundo. Cuando le insistió a Finn que le contara la historia de su familia, esperaba encontrar un vago consuelo, pero ahora solo tenía más dudas y ansiedad.

Giró su cabeza hacia Hipo, preguntándose por milésima vez por qué Asta había considerado que él estaba maldito. No era lógico. Hipo no había poseído un solo atisbo de magia cuando le conoció y, por lo que le había explicado, no había pasado nada extrañamente mágico a su alrededor hasta que se encontraron. Hipo había sido perfectamente normal hasta hacía bien poco, por lo que no tenía sentido culparle a él de nada de lo que sucedió. Sin embargo, Valka tuvo que hacer algo que realmente horrorizó a Asta para tenerle tanto odio y desprecio a su hijo y estaba claro que si Finn despreciaba a Hipo, no era por lo que sucedió al poco de nacer su amante, sino por la absurda superstición y el poco carácter que había demostrado tener al estar tan sometido a la opinión de su madre.

Además, ya no era solo eso.

Había una infinidad de lagunas e incongruencias en el relato de Finn.

Para empezar, la pregunta más evidente de todas: ¿cómo demonios se había quedado Asta embarazada? ¡Encima de gemelos! Las brujas eran infértiles, era un hecho indiscutible. Freyja se quedaba con su fertilidad a cambio del don de la magia, ese era el trato. Además, no podía ser mentira, sobre todo porque Astrid llevaba una vida sexual lo bastante activa como para haberse podido quedar embarazada varias veces. Es más, ella no sangraba todos los meses como las humanas porque su útero estaba yermo. Por tanto… ¿cómo demonios lo había hecho? Es más, no tenía ni pies ni cabeza que Asta hubiera muerto a consecuencia de un ataque de dragones a menos que hubiera muerto de una manera que no fuera a través de las llamas. No podía haber muerto así como así tampoco dado que no cabía duda que Asta había sido una bruja muy poderosa y no cualquiera podía controlar un elemento tan complejo como el agua. Es más, las brujas bendecidas con el don de controlar el agua eran casi tan raras como las que manipulaban el poder de Thor y Astrid nunca había conocido a ninguna bruja con esa magia. Puede que el grimorio tuviera alguna clave que le hubiera permitido quedarse embarazada o...

Astrid se llevó las manos a los ojos y respiró profundamente.

Todo era demasiado confuso.

Necesitaba hablar con alguien que contrastara la versión de Finn y, claramente, solo había una persona que podía dar un poco de luz a todo aquello: Gothi. Tenía que salvarla costase lo que le costase. Astrid era consciente que tenía que haber reclamado el grimorio la noche anterior, pero el relato de Finn la había dejado exhausta y sin fuerzas suficientes para discutir nada con nadie. Eso por no mencionar que tenía tal cúmulo de emociones ahora mismo que no sabía si estaba furiosa, desolada, indiferente o qué, pero lo que tenía claro es que necesitaba cubrir todas las lagunas que Finn había dejado en su historia.

Hipo se movió a su lado y Astrid sintió su brazo rodear su cintura para empujar su cuerpo contra el suyo. La bruja suspiró al sentir el intenso calor de su piel calentarla. Su novio seguía con los ojos cerrados, aunque Astrid sabía que estaba despierto.

—¿No has dormido? —preguntó él con voz rasposa.

—No —contestó ella con desgana.

El vikingo la apretó con más fuerza.

—Lo siento, ¿quieres que hablemos de ello?

Hipo había sido insistente en que Astrid sacara lo que fuera que tuviera dentro tras escuchar el relato de Finn, pero la bruja no había querido pronunciar una sola palabra al respecto. Había perdido el control una vez, pero no pensaba hacerlo más. Estaba harta de que su magia se revelara contra ella y una conversación con Hipo no iba a ayudarla en ese momento. Su novio era fantástico para sacar toda la mierda que ella solía guardar dentro, pero Astrid estaba segura de que ese no era el momento de desahogarse.

Estaba demasiado enfadada.

Estaba furiosa. Colérica. Aunque no estaba realmente segura de con quién debía pagar su ira. ¿Con Finn, quizás? Después de todo, él había sido el cabronazo que le había contado la supuesta verdad sin el más mínimo tacto y sus incesantes ganas de matar a Hipo, lo cual iba a causarles problemas en un futuro inmediato. Por suerte, Finn había mantenido distancias con su novio toda la noche anterior, aunque Astrid sabía bien que el hecho de que no se hubiera separado de él había sido una de las pocas razones por las que todavía no había actuado. ¿O quizás estuviera enfadada con Asta? Ella había estado obsesionada en controlar a absolutamente todo el mundo que estaba a su alrededor. Asta había estado involucrada en demasiados eventos: el robo de Rosethorn Gormsen, el grimorio, el nacimiento de Hipo, su propio nacimiento… Que fuera su abuela explicaría su aparente parecido físico, aunque Astrid seguía convencida de que era materialmente imposible que Asta hubiera podido tener hijos por su cuenta…

Era todo demasiado confuso.

Nada tenía sentido.

¡Nada!

—¿Astrid?

La voz preocupada de Hipo y su mano caliente contra su mejilla la trajo de vuelta a la realidad. Su novio tenía los ojos entreabiertos, nublados aún por el efecto de la poción del sueño que todavía le tenía algo adormecido, aunque la miraba fijamente, con esa devoción que solo él podía tener hacia ella. Astrid posó su mano sobre la suya y la apretó con suavidad.

—Estoy bien —declaró ella.

—No tienes que mentirme —le advirtió Hipo preocupado.

—No te miento —le aseguró la bruja.

—Astrid, llevas toda tu vida buscando respuestas de tu pasado y estoy seguro de que Finn no te ha contado lo que querías escuchar —insistió el vikingo.

La bruja suspiró resignada. ¿Qué era lo que quería escuchar realmente? Su escenario ideal habría sido encontrar al menos a uno de sus padres vivos o una respuesta clara de por qué demonios había acabado con Le Fey y el resto del aquelarre en el puñetero Mediterráneo, a miles de kilómetros de la tierra que le había visto nacer. Astrid solo tenía una parte de la historia y aún tenía más preguntas que respuestas.

Sin embargo, tenía una cosa muy clara.

Asta Hofferson no había podido morir a causa del fuego de los dragones.

Era tan improbable como el hecho de que hubiera podido tener hijos.

Necesitaba saber más de ella, ¿pero quién podía saber algo más a parte de Gothi?

Su mente le dio un único nombre: Valka.

Algo le decía que Valka había sabido que Asta era una bruja, aunque puede que fuera una simple suposición, ya que a diferencia de Finn o Kaira Gormdsen, Valka no había dado señales de reconocer similitudes físicas con Asta Hofferson en ella. Sin embargo, puede que Valka pudiera darle respuestas o alguna pista sobre lo que había podido pasar con su familia. No quería creer que Hipo estuviera maldito, no quería creer que él había sido…

Astrid sacudió la cabeza.

—Quizás en lugar de darle veinte mil vueltas a las cosas en tu cabeza, podrías decirlas en voz alta y poner tus pensamientos en orden conmigo —sugirió Hipo.

La bruja no quería hacer eso.

Ahora no.

Necesitaba tener el control de la situación.

Y para eso, prefería calmar su ansiedad de una manera algo más primitiva.

Atrapó las piernas de Hipo con las suyas y, haciendo fuerza con sus muslos, le empujó contra el colchón para sentarse sobre su estómago y atrapó sus labios con su boca. El vikingo, quizás algo desconcertado por su repentino movimiento y aún adormecido, reaccionó torpemente a su beso.

—Astrid, creo que no…

—Calla —le ordenó la bruja a la vez que se quitaba la túnica.

Cogió sus manos y las llevó hasta sus pechos desnudos para que los acariciara. Le fascinaba lo grandes que eran sus manos, tan rugosas a consecuencia de sus numerosos callos y cicatrices, y tan calientes que una simple caricia calentaba su cuerpo a una temperatura casi febril para una bruja. Adoraba cuando apretaba sus senos entre ellas, ansioso por atraparlos del todo entre sus palmas. A Hipo siempre le había fascinado sus pechos, de ahí que supiera bien que si le cautivaba con ellos, sería más que suficiente para que no se detuviera a hablar con ella de nada.

El sexo era una buena forma de olvidar, la mejor manera de apagar el dolor y las preocupaciones. Ambos amantes lo sabían bien, se habían usado mutuamente en más de una ocasión para borrar por unos instantes el horrible mundo que los rodeaba. Estar entre los brazos de Hipo le daba seguridad y la libraba de cargas, le hacía sentir tan bien y tan llena... Hipo la adoraba y la amaba, sensaciones a las que ella jamás se iba a acostumbrar y, aún así, procuraba disfrutarlas todo lo que le fuera posible.

Hipo apartó sus manos de sus pechos y cogió de su cintura para empujarla suavemente de nuevo contra el colchón, aunque no hizo nada más. No fue a buscar su boca, ni a colocarse sobre ella, sencillamente la tumbó a su lado con un gesto de amorosa preocupación marcado en su rostro. Astrid le observó desconcertada.

—¿Qué pasa? —cuestionó ella inquieta.

—No creo que el sexo te vaya ayudar ahora, Astrid —le advirtió Hipo—. No estás sacando lo que sientes y no creo que acostándonos ahora te vayas a sentir mejor. Sabes bien que cuando acabemos te volverá como una bofetada.

—Estoy bien, Hipo —insistió ella entre dientes.

—Te conozco lo suficiente como para saber que no lo estás, As —le recriminó él con voz sosegada.

Astrid estaba indignada. ¿Cómo se atrevía? ¿Quién se creía que era él? Odiaba cuando se pensaba que era más listo que ella, que la conocía mejor de lo que ella misma se conocía. Furiosa, Astrid se levantó de la cama de un salto para coger la túnica que había tirado hacía un par de minutos al suelo. Sintió la humedad entre sus piernas, pero la ignoró y se puso unos pantalones mientras Hipo le suplicaba que volviera a la cama.

—¿Qué ganas enfadándote conmigo ahora? —cuestionó él con tristeza—. Solo quiero ayudarte, As, pero no me dejas hacerlo.

—Podías haberme ayudado si hubieras querido, Hipo —le achacó ella con voz envenenada mientras se calzaba sus botas.

—No creo que follar por follar te ayude en nada —replicó él molesto.

—Vaya, perdone usted, pero que yo sepa, hasta hace bien poco, follar por follar era su pasatiempo favorito —escupió Astrid.

Los ojos de Hipo se endurecieron.

—Sabes que para mí ya no es simplemente sexo.

—Y quizás ese sea el maldito problema —dijo ella sin pensar.

Se hizo un terrible silencio entre ellos y Astrid cayó que se había pasado de la raya. Alzó la mirada hacia Hipo y vio lo mucho que le habían dolido sus últimas palabras. Sin embargo, no le salió la disculpa. Estaba demasiado enfadada como para pedirle perdón y su orgullo también se lo impedía.

—Lárgate, Astrid —le pidió él volviéndose a tumbar—. Cuando decidas dejar de ser una perra, me lo dices.

No había nada que recriminar. Estaba siendo una perra con él y era perfectamente consciente de que Hipo debía ser la última persona con la que debía focalizar toda su ira. ¡Pero a veces se lo ponía tan difícil! Odiaba que tuviera ese sentido del deber y la justicia, que quisiera hacerlo todo bien. Desde que habían vuelto al Archipiélago había notado que había cogido patrones de comportamiento similares a cuando se conocieron. Él creía que no, pero Astrid había notado que quería volver a ser don perfecto a ojos de los demás.

Y lo detestaba.

Detestaba con todo su ser que Hipo no quisiera ser él mismo.

Astrid salió de la casa dando un portazo. El día era gris y frío y le irritó la ligera llovizna que caía sobre la desierta Isla Berserker. Había decidido que odiaba aquel lugar, pero tampoco tenía claro de adonde podía ir o qué iba hacer. Tenía un peso enorme en su pecho que le dificultaba la respiración y se dio cuenta de que sus manos se habían puesto a temblar. Por esas razones odiaba discutir con Hipo, ahora se sentía fatal por haberse peleado con él, aunque tampoco deseaba volver y disculparse. Su magia fluyó dentro de ella nerviosa y deseosa de salir, por lo que Astrid cerró los puños con fuerza para procurar que no se escapara de su control.

Necesitaba distraerse.

Si el sexo no iba hacerlo, tendría que ser otra cosa. Astrid caminó con rapidez hacia la herrería de los berserkers y cogió una espada oxidada que estaba tirada en un rincón; seguido, se dirigió al bosque. Astrid lo tomó con un árbol, lo golpeó con la espada hasta que el acero se partió en dos. La bruja le dio una patada al extremo que cayó al suelo y tiró la empuñadura contra otra un árbol mientras gritaba frustrada. Resignada, se sentó sobre una roca y ocultó su rostro entre sus manos, para detener sus intensas ganas de llorar y chillar todavía más fuerte.

—Mal día, ¿eh?

Astrid levantó la cabeza para encontrarse con Finn Hofferson observándola muy serio a tres metros de donde se encontraba y cargado con un montón de leña. A la luz del día se apreciaba todavía más lo sucio y mal envejecido que estaba, muy alejado de las visiones en las que Astrid había visto a su padre tan joven y guapo.

—Tienes mala hostia, niña —observó Hofferson divertido.

Astrid hizo una mueca ante el apelativo de «niña».

—No hay nada de qué avergonzarse —apuntó el mercenario con diversión—. Los Hofferson siempre nos hemos caracterizado por tener muy mala baba.

La bruja se levantó con brusquedad y Finn alzó sus cejas.

—Veo que la sequedad la has heredado de tu madre —continuó divertido.

—¿Te importaría parar de compararme con…? —Astrid tomó aire para calmarse—. No sabes una mierda de mí.

—No, en eso tienes razón —concordó el hombre—. Para mí no eres más que un fantasma del pasado y no niego que eres la última persona que esperaba encontrarme viva.

—Siento que te haya decepcionado —masculló Astrid.

—Yo no he dicho que lo esté —le advirtió Finn con frialdad—. Seré un cabrón, pero no un imbécil. Eres la hija de mi hermano, mi único familiar vivo.

—Creía que le odiabas —le recriminó Astrid molesta.

—¿Odiar? —preguntó Finn ofendido—. Tu padre y yo no podíamos ni vernos, pero no le odiaba, al igual que a tu madre, por si te lo preguntas.

Astrid no se lo había preguntado porque había dado por hecho que sí que los odiaba, pero no replicó.

—Creo que te debo una disculpa —siguió Finn—. No he sido nada delicado contigo.

—No necesito que nadie sea delicado conmigo —musitó ella—. No estoy hecha de cristal.

Finn sonrió.

—Está claro que no. Eres una bruja muy singular, ¿me equivoco? Madre sabía que tú serías especial —observó el mercenario con cierto… ¿orgullo? Astrid sintió que los vellos de su nuca se erizaban—. Tú conoces mi historia, pero no sé la tuya. Nunca me dijiste cómo sobreviviste al incendio.

—¿Cómo pretendes que lo sepa? —exclamó Astrid atónita—. Era un puñetero bebé cuando eso sucedió, ¡hasta hace unas horas ni siquiera sabía que mis padres habían muerto!

Finn se quedó un momento callado y resopló frustrado.

—Ya te he pedido perdón por eso.

Aquel hombre era demasiado obtuso para su poca paciencia y, además, podía oler la peste a alcohol desde donde estaba.

—Mira, no sé qué quieres de mí, pero ni tú eres quien yo esperaba y yo claramente no soy quien querías que fuera; pero, con toda la mierda que está pasando ahora, yo no tengo ni tiempo ni ganas para crear lazos con alguien como tú.

—¿Cómo yo? —repitió él atónito—. Soy tu única familia, niña.

—¡No me llames niña! —gritó Astrid colérica y se oyó un trueno a lo lejos—. ¡Dejé de serlo a muy corta edad! ¿Te crees que eres el único que lo ha pasado mal? Siento muchísimo que tú también perdieras a tu familia, pero yo no tengo nada, ¿entiendes? ¡Nada! Al menos tú tuviste padres y un hermano que, pese a vuestras diferencias, te querían, ¿sabes qué he tenido yo? De todo menos eso. He pasado por mil y una penurias para llegar hasta aquí y toda mi vida me he sostenido en un clavo ardiendo con la esperanza de que habría alguien ahí fuera buscándome o esperándome.

—¿Y yo qué soy entonces? —reclamó el mercenario indignado.

—Creo que ni tú mismo sabes responder a esa pregunta —escupió Astrid—. No tienes ni honor ni dignidad, trabajas para Thuggory y la mujer que se ha dedicado a torturarme toda mi vida. Y culpas de todos tus males a una persona que tiene un corazón que no le entra en el pecho y que no era más que un niño cuando todo aquello sucedió.

La boca de Hofferson se tensó.

—Hipo Haddock trajo el mal a la aldea y a nuestra familia, no comprendo cómo tú puedes…

—¿Amarlo? —le cortó Astrid—. No espero que lo entiendas.

—¡Está maldito!

—¡¿Por qué?! —chilló la bruja rabiosa—. ¡Le odias porque tu madre lo odiaba, pero ni siquiera te explicó sus motivos! Culpar a un niño de todos tus males es lo más cobarde que puedes hacer, ¿no comprendes que Asta no pudo haber muerto a causa del incendio? Y, de igual manera, cabe una gran posibilidad de que ni siquiera seáis sus hijos.

Finn abrió mucho su ojo.

—¿De qué demonios estás hablando?

—Las brujas no podemos concebir, por lo que tu madre seguramente no sea ni tu madre —razonó Astrid con impaciencia.

La bruja no podía haber predecido el movimiento del mercenario, pero antes de que pudiera siquiera apartarse, Finn había cogido de su cuello y la había empujado contra un árbol. No lo apretó con excesiva fuerza, pero sí lo suficiente para alarmarse y tener que usar todo su autocontrol para no electrocutar a Finn en ese instante.

—¿Cómo te atreves siquiera a insinuar eso, chiquilla? ¡No tienes ni idea de nada!

—¿Ah, no? —reclamó Astrid furiosa—. Creo que tengo bastante claro lo que significa ser una bruja, no espero que un simple y mediocre humano me diga lo contrario.

Finn apretó de su cuello con más fuerza, pero Astrid sostuvo su mirada con fiereza a la vez que arrugaba la nariz por la peste a alcohol en su aliento.

—Podría matarte aquí mismo —le advirtió él.

Astrid no pudo contener una carcajada pese a la falta de aire.

—Ya te gustaría.

Finn parecía dispuesto a golpear su cabeza con violencia contra el árbol, pero Astrid actuó con rapidez. Primero, le brindó una patada en su entrepierna que hizo que la soltara en ese instante mientras soltaba un quejido de dolor y, seguido, cogió de su muñeca para tirar su cuerpo hacia ella y golpearle con su cabeza para noquearlo hacia atrás. Finn se retorció de dolor en el suelo mientras Astrid se acarició las marcas rojizas de su cuello.

—Quiero el grimorio de vuelta —le ordenó Astrid con frialdad.

Finn soltó un gemido y Astrid no tuvo otro remedio que alcanzar ella misma su alforja para cogerlo. Sin embargo, en la bolsa no había nada más que una petaca de alcohol barato y una bolsa con tabaco rancio. Astrid agarró el cuello de su túnica.

—¿Dónde está?

—Si piensas que voy a entregarte lo único que me queda de mi madre…

—¡Ese libro no te sirve de una mierda siendo humano! —gritó ella colérica—. Asta está muerta y yo lo necesito para curar a Gothi y ganar esta puta guerra, ¡devuélvemelo!

—¡No!

Astrid no pudo resistirse a la tentación de alzar su puño para romperle la cara hasta que una mano ardiente se la cogió. La bruja se giró bruscamente para encontrarse cara a cara con un Hipo muy serio, con el gesto ligeramente fruncido.

—Suéltalo, Astrid.

—Esto no es asunto tuyo, Hipo.

—¡Eso, Haddock! ¡Lárgate antes de que te destroce la cara! —gritó Finn rabioso.

Astrid sintió el impulso de darle una patada, pero Hipo puso los ojos en blanco y la empujó hacia atrás hasta que soltó a Hofferson. La bruja intentó zafarse de él y el vikingo terminó soltándola irritado.

—¿Qué demonios te pasa? —le preguntó Hipo en la lengua de las brujas molesto mientras alzaba su mano hacia las marcas de su cuello que lucían rojas también en el suyo—. Me has dado un susto de muerte.

—No es nada —dijo ella enfadada—. Vete, Hipo, esto es algo que tenemos que resolver entre él y yo.

—¿Y dejar que os matéis a hostias? Va a ser que no —respondió él con amargura.

—¿Cómo demonios es posible que él hable la lengua de las brujas? —reclamó Finn de repente en el mismo idioma.

Hipo y Astrid le miraron consternados. Nunca habían oído a otro humano a parte de Hipo hablar su lengua y, pese a que el acento de Finn era burdo y vulgar, resultaba evidente que entendía cada palabra que habían pronunciado.

—¿Cómo es que tú hablas mi idioma? —reclamó Astrid.

—No cambies de tema, chiquilla, mi madre era bruja, hablo esta lengua desde que soy un niño —reclamó el mercenario levantándose y fulminó a Hipo con la mirada—. Sin embargo, hasta donde yo sé, lleváis poco más de un año y medio juntos, y es materialmente imposible aprender una lengua tan compleja como esta en tan corto plazo.

Hipo tragó saliva a su lado, claramente nervioso por sus perspicaces observaciones.

—Él es un genio —le recordó Astrid—. Habla muchas lenguas.

—Yo también las hablo, si se maneja la raíz de lenguas como el latín o el germano, se es capaz de hablar casi cualquier idioma del continente. Pero esta no tiene ningún fundamento lingüístico conocido entre los humanos y dudo mucho que tú tengas la paciencia para enseñarle una lengua tan compleja, mucho más a esos niveles de fluidez que tiene él —argumentó el mercenario malhumorado—. Lo volveré a preguntar: ¿cómo demonios es posible que Hipo Haddock hable la lengua de las brujas?

Astrid se interpuso entre los dos hombres y percibió la magia de Hipo amenazante a sus espaldas. El ojo de Finn refulgía ira, pero Astrid sabía bien que el mercenario resultaba ahora mismo el menor de sus problemas.

Control. Necesitaba tener el control de la maldita situación.

—No te debemos ninguna explicación —escupió Astrid—. Hasta donde sabemos, harías lo que fuera con tal de matar a Hipo.

—Eso es verdad —confirmó Hofferson para sorpresa de ambos—. Todos estos años he fantaseado con la mejor manera de matar a este crío.

—Vaya, gracias, ¡menudo halago! —exclamó Hipo con un amargo sarcasmo.

—Siempre has sido una molestia, chico, no lo niegues. Eres la vergüenza de nuestra gente —reclamó el mercenario rabioso—. ¡Eres una jodida calamidad para todos nosotros!

Astrid estuvo a punto de tirarse sobre él para arrearle un puñetazo, cuando Hipo cogió de su cintura para detenerla.

—Menos mal que es a mí a quien insulta y no a ti —susurró Hipo con cansancio.

—¡No voy a tolerar que te trate de esa manera! —exclamó la bruja indignada.

—Astrid, céntrate en lo que realmente importa —le pidió el vikingo con impaciencia—. Piensa en Gothi y todos los demás, además, necesitamos saber qué ha pasado con Dagur y…

—¿No os habéis enterado? —se mofó el mercenario—. La reina lo mandó a las galeras de Bludvist.

Hipo abrió mucho los ojos.

—¿Entonces no está muerto? —preguntó esperanzado.

Finn arrugó el gesto ante el entusiasmo en la voz del vikingo.

—Yo hubiera preferido morir que vivir sabiendo que mi pueblo ha sido prácticamente exterminado por mi culpa.

Hipo se giró hacia Astrid, pero la bruja negó secamente con la cabeza.

—Ir a buscarlo es un suicidio, no vamos a ir.

—Pero entonces no…

—Hipo —le cortó Astrid con severidad—. Esperábamos que Dagur se uniera con su ejército, pero ni Dagur está a nuestro alcance ni hay un ejército berserker, por lo que tenemos que empezar otra vez de cero —la bruja se dirigió a Finn—, y para eso necesito el grimorio.

—No sabrás…

—Me he leído ese libro de cabo a rabo, rompí el hechizo que lo protegía y sí, fui una descuidada por perderlo, pero honestamente la vida de Hipo me importa mil veces más que ese estúpido libro —razonó la bruja con impaciencia—. Finn, Gothi se muere.

—¿Y a mí qué?

A Astrid le dio escalofríos la crueldad con la que había formulado aquella pregunta retórica.

—Es mi tía abuela y la tía carnal de tu cuñada.

—Una völva —escupió él.

Astrid apretó los puños.

—Y yo soy una bruja con sangre de volvä —le aseguró ella, causando que el mercenario palideciera por sus palabras—. Ya ves, no tengo ningún cuerno en la cabeza, ni verrugas en la cara ni nada que, a primera vista, pueda suponer el jodido Ragnarok. ¡Si a ojos del mundo podría pasar por humana, por Freyja! Por tanto, ¿de dónde coño vienen todos estos prejuicios? ¡No tienen ni pies ni cabeza! Y honestamente, no pueden importarme menos ahora mismo.

En ese instante, Astrid cayó en cuenta de lo mucho que ella misma había cambiado en el último año. Antes, de haber descubierto que tenía sangre de volvä, se habría horrorizado y es seguro que, si se hubiera descubierto estando ella todavía en el aquelarre, la hubieran expulsado de inmediato. Eso por no mencionar que era la primera vez que Astrid declaraba que le daba absolutamente igual que la tomaran por humana, cuando siempre le había parecido repulsivo. Miró a Hipo, quien la observaba orgulloso, consciente de las mismas conclusiones a las que Astrid acababa de llegar.

—Gothi es todo lo que me queda de mi madre, Finn —declaró Astrid—. El grimorio tiene un contraconjuro que la puede liberar de la maldición que Le Fey le lanzó. Por favor, dánoslo, y te prometo que cuando todo esto acabe te lo devolveremos.

Hipo dio un respingo a su espalda, pero Astrid sabía que no habría otra solución. Si querían el grimorio de vuelta sabía que tendría que acabar renunciando a él y, la verdad, pese a que aquel libro era una fuente importantísima de conocimiento sobre la magia y uno de los pocos que existían sobre la faz del Midgar, Astrid estaba decidida a que, si sobrevivían a la guerra, viviría una vida en la que no necesitaría nunca más un grimorio. Sostuvo el ojo de Hofferson, exactamente del mismo color del suyo, durante unos largos segundos que se sintieron como eones.

—Yo tengo un trato mejor —dijo el mercenario muy serio y llevó su mano a su espalda para sacar el grimorio que llevaba bajo la casaca—. Os entregaré el libro, pero a cambio tú te vendrás conmigo y él se entregará a Thuggory.

Astrid no pudo contener una carcajada de lo absurda que le pareció su propuesta.

—¿Te hace gracia, niña?

—Es hilarante —dijo ella entre dientes.

—Por no decir imposible —añadió Hipo por lo bajo.

—Seamos sinceros, ¿qué hace una bruja como tú con alguien como él? —señaló Hofferson asqueado.

—Follármelo —contestó Astrid sin ninguna vergüenza, consciente de que aquella respuesta le iba a fastidiar más que otra cosa.

—¡Astrid! —le regañó Hipo avergonzado.

Hofferson carraspeó consternado.

—¿Por qué te iba a atraer un flacucho como este? ¡Si es todo huesos! Una mujer como tú merece estar con un hombre digno de una bruja, como lo fue mi padre para mi madre y…

—En realidad... —le cortó Astrid con aire distraído—. Resulta que a mí siempre me han atraído más las mujeres que los hombres hasta que conocí a Hipo, así que creo que resulta que él es mi tipo. Además, ¿qué más te da? Tampoco es que estés acostándote con él.

—¡Eres mi sobrina! —gritó el hombre rabioso.

—Y poco has hecho para demostrar que tú eres digno para considerarte mi tío —le recriminó Astrid con furia—. Hipo se queda conmigo, te guste o no.

—¡Y yo te digo que no! ¡Insultas a nuestro legado! ¡A tu abuela! —gritó Finn rabioso.

—¡Asta Hofferson no es nadie para mí! Hasta donde yo sé, era la mejor amiga de la mujer que arruinó mi vida —declaró la bruja con frialdad—. Así que no te lo volveré a repetir, Hofferson: dame el puto grimorio.

Hofferson sonrió de manera maquiavélica, mostrando sus sucios y amarillos dientes.

—Te crees muy lista, ¿a que sí? Eyra también era igual: arrogante y creyéndose más lista que nadie, cuando no era más que una niñata tonta que jugaba a ser una adulta —declaró Finn y guardó el grimorio de nuevo en su casaca—. Accederás a mi primer trato, niña, ya tengo el negocio cerrado con Thuggory, así que no hay vuelta atrás. Me he cansado de ser amable contigo.

Astrid cayó en ese momento que había cometido un error fatal con Finn Hofferson. Un error de cadete, de niña tonta que acababa de entrar en el ejército: lo había subestimado. El mercenario, quien no había vuelto a dar signos de su violento carácter desde su encuentro en el Gran Salón Berserker, sacó su ballesta con tal rapidez que ni la propia Astrid pudo interponerse entre la flecha e Hipo. Sintió un dolor agudo en su muslo izquierdo y soltó un alarido de dolor al mismo tiempo que su novio, quien inevitablemente perdió el equilibro al ser herido en su pierna mala, resbaló al suelo. La herida no sangraba a consecuencia de la flecha que estaba clavada en la pierna de Hipo, pero Astrid se vio incapaz de apoyar su peso y no pudo moverse lo bastante rápido como para detener a Finn cuando se abalanzó sobre Hipo. A diferencia de cómo había hecho antes con ella, Hofferson no se cortó un pelo en apretar el cuello de su novio. La bruja jadeó, desesperada por coger aire, aunque sabía que resultaría imposible si no quitaba a Finn de encima de Hipo.

De repente, Hofferson gritó a la vez que soltaba a Hipo y se echó hacia atrás. Astrid se arrastró hasta Hipo para quitarle la flecha y curar la herida, cuando reparó que su novio estaba muy tenso y muy concentrado en Finn. Hofferson se había caído sobre sus rodillas y jadeaba con las manos extendidas y temblorosas. Astrid observó horrorizada que sus mitones habían desaparecido y sus manos estaban rojas y llenas de ampollas, pero sabía que no era eso lo único que le estaba causando dolor.

—¡Hipo, para ya! —gritó ella desesperada.

Hipo no respondió, sus ojos estaban dilatados por la ira, su respiración estaba muy agitada y su magia manaba peligrosamente de él.

—No lo mates, por favor —le suplicó ella agarrando del cuello de su túnica, consciente de que si tocaba ahora su piel se quemaría—. Mírame, mi amor, mírame, concéntrate en mí.

Pero Hipo estaba ido, ensimismado en su propia magia y su rabia. Hofferson le había hecho mucho daño, Astrid lo sabía, y no negaba que Hipo se había contenido para vengarse, pero no podía permitir que lo matara. Gothi era lo único que le quedaba de su madre, pero Finn Hofferson, pese a sus innumerables defectos, era lo único que tenía de su padre. Su vivo reflejo y la sangre de su sangre. Consciente de que era cuestión de segundos para que Hipo quemara vivo Finn, Astrid actuó casi sin pensar. Cogió la flecha de su muslo y se la quitó sin muchos miramientos. Bruja y vikingo gritaron por el espantoso dolor que sacudieron sus piernas, pero aquello fue suficiente para despertar a Hipo de la ira de su magia. Finn soltó un gemido, probablemente del puro alivio que le había invadido al dejar de sentir el espantoso y abrasante dolor que le había retorcido por dentro, aunque no había dejado de temblar y parecía estar en estado de shock. Astrid posó su mano en la pierna de Hipo que ahora sangraba a borbotones y también empapaba su pantalón. Recitó el hechizo y, al instante, sus heridas se cerraron. Hipo se levantó con rapidez y ayudó a Astrid a hacer lo mismo. Estaba claramente alterado, consciente de que había sobrepasado sus propios límites, y Astrid podía percibir su propia magia responder nerviosa a la alarmante intensidad con la que la magia de Hipo emanaba de él.

—Tienes que respirar y contar hasta veinte —le pidió ella en un susurro.

—No puedo —jadeó él—. Es… demasiado.

—¡Inténtalo! —insistió ella nerviosa—. Cuenta hasta veinte, y luego sigue hasta cuarenta.

Mientras Hipo intentaba seguir sus indicaciones, Astrid se volteó hacia Hofferson. El vikingo ahora tenía el ojo puesto en Hipo, tan abierto que parecía que iba a salirse de su cuenca. Sin embargo, su mirada fue rápidamente a ella y seguido a su pierna empapada de sangre. En ese momento, Astrid supo que tenía que actuar rápido o Finn haría las cábalas suficientes para entender lo que estaba pasando. Se abalanzó sobre él y, aprovechando que sus manos estaban inutilizadas a causa de las quemaduras, consiguió arrancarle el grimorio y el hacha que colgaba de su espalda.

—¡No! ¡Espera! —gritó furioso.

Astrid lanzó el libro hacia Hipo quien, por suerte, lo atrapó en el aire y, tras lanzar un conjuro que congelara por unos minutos a Finn contra el suelo, corrieron de regreso a la aldea. La bruja escuchó al mercenario gritar su nombre, pero no se detuvo. No quería exponer a Hipo por más tiempo a un hombre que claramente había perdido la cabeza. Astrid no conocía de nada a Finn Hofferson y, aunque fuera su único familiar vivo por parte de la familia Hofferson, ella no era tan tonta como para quedarse a mirar cómo mataba a la persona que más quería en el mundo y, en consecuencia, a ella misma.

Hipo cogió de su mano cuando salieron del bosque para guiarla a los establos y, pese a que su tacto quemaba contra su piel, Astrid se sintió enormemente aliviada, como si el contacto de piel con piel fuera lo que le diera la suficiente seguridad para saber que estaban haciendo lo correcto. Finn Hofferson le había dado una parte de las respuestas que llevaba años buscando, pero le había generado más preguntas de las que ella hubiera deseado.

Necesitaba despertar a Gothi.

Necesitaba saber qué sucedió realmente la noche en la que murieron sus padres.

Y, por supuesto, debían regresar al nido de Valka para entender la verdadera naturaleza de la magia de Hipo y comprender qué era lo que Valka había hecho para que Hipo le inspiraba tanto miedo a Asta Hofferson.

Entraron al establo faltos de aire y con el corazón desbocado, pero contaban con muy poco tiempo. El hechizo que Astrid le había lanzado duraría poco y era muy probable que Finn apareciera en cualquier momento. Sin embargo, cuando corrieron a los nichos donde habían dormido Desdentao y Tormenta, se los encontraron vacíos.

—¿Dónde están? —preguntó Astrid alarmada.

—No… no lo sé —balbuceó Hipo.

Registraron el reducido espacio de cabo a rabo, pero los dragones no estaban por ninguna parte. ¿Habría Finn…? No lo veía posible, no era tan insensato como para enfrentarse a un Furia Nocturna y una Nadder él solo. Astrid se precipitó de nuevo al exterior y barrió los alrededores con la mirada. Se dio cuenta de que se respiraba algo raro en el ambiente y que el estrés por huir de Finn había causado que no lo hubiera percibido antes. La bruja intentó concentrarse, calmar los ansiosos latidos de su corazón y acallar su respiración.

Cerró los ojos.

Respiró.

Y, a los pocos segundos, lo sintió.

—¡Hipo! ¡Es una trampa! —chilló ella regresando al establo.

Sin embargo, Hipo ya había caído de lleno en ella. Una bruja de cabellos castaños y vestida totalmente de rojo cubría su boca con una mano mientras que con la otra sostenía un cuchillo cerca de su cuello. Astrid se quedó muy quieta, consciente de que el menor movimiento en falso provocaría que la bruja atacara a su novio. Sin embargo, antes de que Astrid pudiera usar su magia o incluso iniciar una conversación con la bruja, alguien la golpeó en la cabeza por detrás con tanta fuerza que cayó de bruces al suelo.

La bruja no se dio contra el suelo de tierra y paja del establo, sino en un suelo de madera bien pulida.

Confundida, Astrid alzó la mirada. Ya no estaba en el establo de los berserkers, sino en una casa bien cuidada y limpia. Se levantó titubeante, consciente de que debía estar sufriendo una visión demasiado inoportuna. Parecía estar en una especie de comedor y, en la mesa, se encontraba sentado un hombre corpulento y rubio, vestido con sus ropas de dormir y más pálido que un fantasma. Entre sus brazos dormía un niño que no debía de tener más de dos años y, a su lado, dormía otro de la misma edad con la cabeza apoyada contra la mesa. Astrid necesitó unos segundos para procesar que aquellos dos niños eran como dos gotas de agua. ¡Debían de ser Finn y su padre! Por tanto, aquel hombre debía ser…

—Thror.

Astrid se volteó para toparse con una versión muy joven de Gothi. Debía rondar los treinta, aunque seguía viéndose pequeñita y su pelo, pese a tener unas pocas canas, era castaño, como el de Eyra. Thror se levantó de manera tan abrupta que fue una suerte que los niños no se despertaran, pero al menos fue delicado cuando dejó al hijo que cargaba entre sus brazos —Astrid no supo diferenciar si era Finn o su padre— sobre el sillón. Astrid siguió a su supuesto abuelo y a Gothi hasta el pasillo que parecía llevar al dormitorio principal y tuvo que ponerse a su lado para escucharles bien.

—Siento mucho todo esto, Thror, pero el bebé ha nacido muerto —dijo Gothi con tristeza—. No he podido hacer nada.

Thror no dijo nada, pero su rostro demostraba que estaba roto por el dolor. Astrid sintió su pecho comprimirse, aunque también apreció que había heredado los ojos y el color de cabello de su abuelo. Por alguna razón, pese al horror de aquella situación, se sintió reconfortada.

—No lo esperábamos hasta dentro de un mes —habló Thror en voz muy bajita.

Gothi posó su mano contra su fornido brazo, como si aquello pudiera consolarlo de alguna forma.

—No había nada que hacer Thror. El cordón umbilical se le había enrollado hasta tres veces alrededor del cuello —le explicó la galena—. Desgraciadamente, pasa muy a menudo.

El vikingo asintió con lentitud. A Astrid le acongojó ver a un hombre tan grande a punto de romper a llorar.

—¿Y qué era? —preguntó Thror en un hilo de voz.

—Una niña.

Thror contuvo un sollozo y tomó aire sonoramente mientras parpadeaba repetidamente para contener las lágrimas.

—¿Asta…?

—Está despierta —Gothi se lamió los labios, se la notaba muy tensa e incluso podía decirse nerviosa, algo muy impropio en ella—, convendría que entraras, no… no se encuentra bien. No la ha soltado en ningún momento y no creo que sea bueno que la criatura se quede aquí por más tiempo. Además, aunque sea una bruja, convendría que descansara, ha perdido mucha sangre. Los Thorston se han ofrecido hacerse cargo de uno de los niños, yo me llevaré al otro a casa.

Thror no dijo nada, simplemente asintió. Astrid lo siguió sintiendo sus propias piernas temblorosas y el corazón desbocado, y titubeó, al igual que el vikingo, antes de entrar en el dormitorio. Thror se quedó estático tan pronto visualizó las sábanas manchadas hasta arriba de sangre. Astrid se colocó a su lado, claramente tan espantada como él ante tal dantesca escena, y miró a la mujer que se encontraba acurrucada contra los almohadones en el cabezal de la cama. Se mecía hacia delante y hacia atrás, murmurando un arrullo que apenas se oía. Aquella era la segunda vez que veía a Asta Lund, ahora Hofferson, pero poco tenía que ver la imagen de aquella adolescente con la mujer que estaba viendo ahora. A la luz de las velas su pelo se veía tan rubio que casi podía ser blanco. Estaba pálida como un muerto y estaba carcomida por el agotamiento y la locura que nublaban sus rasgos. Ahora que la veía con tanta claridad comprendió que había heredado la forma de la cara y los pómulos, aunque su nariz definitivamente era más aguileña que la suya y la poca era algo más pequeña. La mujer cantaba mientras abrazaba contra su pecho un bulto envuelto en mantas ensangrentadas y Astrid contuvo la respiración al resultarle tan familiar aquella canción.

—Mi amor… —murmuró Thror arrodillándose junto a ella, aunque la mujer no le prestó atención—. Asta, por favor, mírame.

La mujer pareció reaccionar a su nombre y su rostro se deformó tan pronto reconoció a su esposo.

—Ella…

—Lo sé, lo siento muchísimo, mi amor —dijo él con voz rota.

—Estaba marcada —murmuró mirando al bebé—. Freyja la había marcado.

Las lágrimas cayeron de sus ojos como ríos de pena.

—Tenía que haberme esforzado en cuidarme más —se lamentó la bruja—. Os he fallado a todos.

Thror envolvió a la mujer entre sus brazos y la acunó mientras acariciaba su cabello. Asta lloró como si le estuvieran desgarrando las entrañas por dentro, una a una. Astrid jamás había visto tanto dolor en una persona, no parecía que le hubieran quitado solo a su hija, sino mucho más.

—Asta… La niña…

—Deja que se quede conmigo —le suplicó ella desesperada—. Su lugar está conmigo…

Thror cerró los ojos, consciente que por mucho que quisiera satisfacer a su esposa, no podía acceder a tal petición. Se tomaron unos minutos para memorizar a la bebé y Astrid estudió su carita morada a consecuencia del cordón umbilical que la había ahogado, hasta el punto que su pequeño rostro se había desfigurado ligeramente. Tanto Thror como Asta murmuraron palabras de amor y de despedida a la niña, pero cuando Thror fue a coger a la criatura de los brazos de la madre, Asta hizo un aspaviento para que se apartara.

—Esta niña ha nacido como una humana, pero se irá como quien tuvo que haber sido. Ayúdame —le pidió ella muy seria.

—No pretenderás levantarte —dijo Thror horrorizado.

—He de formular el conjuro fuera de la casa, así que ayúdame a salir de la cama.

Fue entonces cuando Astrid lo vio. Con suma delicadeza, Thror apartó las sábanas que cubrían su cuerpo y la bruja observó cómo las piernas de la mujer estaban manchadas de sangre seca. Asta intentó levantarse, pero claramente no podía hacerlo sola, por lo que el vikingo la cogió entre sus brazos.

Astrid no se lo podía creer.

Asta había dado luz a un bebé.

Finn no le había mentido.

Esa mujer era la madre de su padre.

Su abuela.

Su abuela era una bruja.

Astrid caminó tras ellos hasta la parte trasera de la casa, aunque no les prestó especial atención. Estaba mareada y le costaba respirar.

¿Cómo lo había conseguido?

El precio de la magia era la fertilidad. Así había sido siempre. Así estaba demostrado.

Astrid sabía que no podía concebir.

Y, sin embargo, allí estaba Asta Hofferson, rota porque había perdido a la heredera de su legado y, según Finn, perdería a tres niñas más hasta que fuera incapaz de quedarse embarazada de nuevo.

Astrid vio cómo el cuerpo de la niña se disolvía en el aire de aquella helada noche, tal y cómo ella misma había hecho con la criatura de Brusca meses atrás. Sin embargo, toda aquella visión carecía ya de importancia. No quería ver más dolor, solo quería desvanecerse en la oscuridad hasta que no pudiera sentir nada.

Porque una cosa era descubrir que las personas que pudieron haber sido las más importantes de su vida estuvieran muertas.

Y otra muy distinta era comprender que toda su vida había sido una mentira.

Xx.