Capítulo 30
El cuerpo de Elsa se sentía gratamente recuperado después de una larga noche de sueño, pero deliciosamente perezoso para moverse de su posición actual en la cama. Las sábanas la confortaban tan bien que salir de ellas era una sugerencia que solo quería esquivar y abrazar su esponjosa almohada para seguir en esa cómoda actividad de retrasar el comienzo de su día.
La reina no era una persona dada a la flojedad ni al apego a la cama, como Anna, pero de vez en cuando sentía un llamado al desaliño y la holgazanería de alargar su tiempo en ella, y esa mañana era una de aquellas ocasiones en que quería hacerlo. La suavidad y calidez del algodón y la seda de la tela le animaban recordándole que noviembre era un mes frío para abandonar el abrigo de sus aposentos; aunque a ella no le molestaba particularmente la temperatura, era agradable la sensación de arrebujarse allí y su voluntad no era muy firme al rechazar la invitación.
Además, en su desnudez actual —no siempre se colocaba ropa tras yacer con su marido—, que tenía aparejada cierta decadencia, hacía más atractiva la idea de holgar.
Podía hacerlo.
Elsa sonrió apretando la sábana a su pecho; su esposo estaba en Arendelle y había demostrado ser bueno para manejar los asuntos del reino a principios de año; ella podía tomarse el día libre, excusando malestar.
Rodó hacia su costado derecho y abrió los ojos, los cuales no sufrieron por asomarse a una habitación apenas iluminada. El amanecer aún no hacía su aparición y solo quedaban vestigios de la chimenea que Hans habría avivado en algún punto de la noche, así que no causaba mucho impacto en su visión.
Él podría encargarse de sus tareas sin impactar su propio trabajo, estaba acostumbrado a más cosas en su agenda y no se aburriría, como ella suponía le pasaba algunas veces. Comparado a su ritmo de vida normal, en Arendelle andaba en un burro y fuera en un caballo de carreras.
Pero incluso con ese cambio de circunstancias no le había sobrado tiempo para un recorte de cabello, notó observándolo. Sus hebras habían crecido suficiente desde su llegada el mes anterior y todavía no había corregido ese hecho. Sin peinar, la parte delantera cubría más de su frente y por detrás no sabría determinarlo. Extendió su mano para espiar a su cuello.
Se quedó como piedra con los dedos a unos milímetros de su piel, viendo lo que iba a hacer.
Con lentitud, evitando un movimiento brusco que lo tocara, alejó su mano de él y la pegó a su pecho. Eso le llevó a sentir que sus latidos estaban acelerados.
Ya que no había apartado la mirada de él, pudo ver cómo sus párpados titilaron y su dueño gruñó, dejando la acción de ella en segundo plano.
Los párpados se arrugaron hasta plegarse y los orbes color musgo aparecieron en la esquina de las cuencas oculares, enfocándose en ella.
—Buenos días —dijo él girando su cabeza.
—Buen día.
—Qué grato encontrarte despierta y en la cama —comentó él con una atractiva sonrisa torcida.
Ella supuso que se refería a las pocas mañanas que coincidían, sintiendo un nudo en el estómago.
Hans rió y Elsa se arqueó al sentir su brazo cosquilleando al final de su columna.
La sábana se resbaló y sus senos se erizaron cuando quedaron al descubierto. Él posó su mano grande en su cintura mientras ella se relajaba un poco el brazo que había quedado debajo.
—Tal vez debo ser más específico —prosiguió él en un susurro.
Hans ladeó su cuerpo y ella dio un respingo al ser tocada en el muslo por una piel pegajosa, dura y caliente.
—¿Recuerdas mi inconveniente masculino? —preguntó él apoyándose de nuevo en su espalda. Al hacerlo, fue obvia la situación a la que aludía.
Ella no se había dado cuenta antes.
Se le ocurrió que también podría estar de ociosa de otro modo, incluso si ese impedía sus planes de ocuparle con lo que ella no haría.
Lamentablemente, todo el asunto de un descanso era una ilusión magnífica que su sentido de responsabilidad no le permitiría poner en marcha. No obstante, podría aplazar la hora de abandono de su dormitorio sin mucho problema.
Se alzó en su codo y Hans, comprendiendo, la asistió para colocarse encima de él, con su erección descansando entre sus piernas.
Sus manos se apoyaron en el torso de él, cuyo corazón rebozaba de vida, y el cabello le cayó por los costados de su rostro como una cortina.
La postura hizo que se creara fricción con sus pliegues y esta enviara palpitaciones a su vientre, compitiendo con tirones en su pecho.
—Por supuesto que te acuerdas —musitó Hans dedicándose a frotar sus caderas y espalda con círculos suaves, mandando oleadas de gozo a sus miembros.
—Las personas recuerdan lo que les conviene —replicó astuta antes de inclinarse a su cara.
Tembló cuando la mano de él ascendió hasta su nuca.
El beso fue el preludio de un desayuno casi tardío.
{…}
Elsa cerró el cartapacio con un suspiro profundo y manos un poco temblorosas de la emoción que escapaba de su cuerpo. Allí estaba el resultado de un trabajo arduo.
Había sido tan minuciosa con ese hospital que hasta ese momento se sentía satisfecha con lo que había planeado. No podrían encontrarle cabo suelto con el que dar una negativa a su construcción. El señor Erikson —de quien por fortuna ya no había oído—, junto con otros extranjeros, le habían servido bastante en el aspecto técnico, y Hans le había ayudado a explotarse a sí misma para afrontar lo más complicado.
A partir de él, un guía que no le había resuelto las cosas, sino que la había impulsado a ser muy analítica, había decidido llegar a una manera para que el proyecto se sustentara por sí solo a futuro.
Conseguirían médicos reputados para granjearle un renombre en la región y así acudirían foráneos buscando ser atendidos; como en su mayoría serían personas con recursos, pagarían un coste importante por el servicio, sobre todo al recibir traductores que eliminaran la barrera del idioma. Buscarían la expansión de su fama en el globo por buenos representantes y Kai sería el confiable administrador del recinto. Invertirían en investigación de enfermedades, medidas de prevención y tratamientos novedosos, como en la tecnología necesaria para ello, todo de lo que se había informado en París, en gran contacto con Reino Unido, donde hacían cosas como vacunar a gran escala contra la viruela.
El pueblo de Arendelle tendría mejoras para que el turismo aportara ganancias y los habitantes serían prioritarios en la atención del hospital. Aparte de lo destinado por la corona, los arendellianos tendrían un impuesto, equiparable al tipo de trabajo que realizaran, y en unos años pagarían un extra con tal de beneficiar la atención; había comprendido que esos montos era parte del sistema que surgiría con un aparente edificio.
Sonrió entusiasta.
Todo eso implicaba que el reino iba a crecer.
No competiría con grandes ciudades, mas serían señalados por la calidad de su salud, un aspecto que resaltaría el estilo de vida de su población, atrayendo miradas para toda clase de actividades.
Hans había bromeado con que le destinaría un fondo si le ponían su nombre.
Rió entre dientes, él contribuiría a pesar de que no fuera así, pues ella nunca…
(Su pecho dio un brinco.)
Quiso bufar. Él tenía un nombre común, que respondía a la iglesia y a una fecha notable para Arendelle. Después de Navidad, Jonsok era la fiesta más esperada por su gente, que gustaba de crear las hogueras en honor al santo y al verano (aun si a ella no le gustaba mucho).
Santkhanssykehus sonaba mejor que Arendellesykehus, además de que un apelativo a San Juan sería aprobado fuera de sus fronteras.
Arendelle Santkhanssykehus.
Elsa negó incrédula. ¿De verdad estaba tomando en cuenta nombrarle con algo que recordara a él?
Se puso en pie para ir a la biblioteca por libros heráldicos y dar con alternativas, ya que ahora el título original no le gustaba. Se sabía los personajes relevantes en la historia de su familia, pero con más de medio milenio desde la creación de su linaje y su "desidia" al aprender esa información —debido a sus poderes—, podía fallar en la precisión de datos.
Al cerrar la puerta de su despacho, pensó brevemente que ya no era tan extraño estar abandonando aquel lugar. Pasaba un tiempo menor que antes, cuando, como sitio para estar sola, había reemplazado la intimidad de su dormitorio por su oficina privada.
No hubo interrupciones en su objetivo. En la biblioteca, agarró la escalera y la movió a la sección con los tomos de sus ascendentes, los cuales no fueron perdidos en el incendio de décadas atrás, puesto que el fuego pudo detenerse sin que se extendiera más allá de la mitad de los estantes.
Ascendió hasta el décimo peldaño y al azar sacó un libro de tapa verde que empezó a hojear allí mismo, sujetándose entre ratos del espacio libre que había dejado en la tabla horizontal del librero. Al poco no se convenció con ese y buscó otro, con el mismo resultado.
—Creo que es la segunda conducta más peligrosa que has tenido.
Pegó un sobresalto que le hizo soltar el libro y sujetarse para no resbalar.
De soslayo vio cómo él esquivaba el proyectil sin apartarse de la escalera. El libro hizo un ruido seco al golpear el suelo.
—La primera fue construir un castillo de hielo en una montaña separada por un abismo.
—¿No pudiste anunciarte de otra manera? —preguntó ceñuda desde su posición, obviando el asunto que él refería. —Nunca debes presentarte así si alguien está concentrado, mucho más en estas circunstancias.
Él se inclinó para recuperar el libro. —Me aclaré la garganta hace tres metros y pronuncié tu nombre a dos pasos de aquí.
Se asombró.
Hans se enderezó y alzó la vista; sus cejas se acercaban entre sí. —No sabía si me ignorabas deliberadamente, de modo que decidí intentar una vez más donde podía evitar un desastre.
—¿Qué te podía interesar tanto para no conformarte con que no te hiciera caso? —replicó grave, sintiéndose rara por el patente interés hacia su bienestar.
—Tu comportamiento arriesgado y estúpido —contestó Hans con un deje de molestia en la voz.
—¿Disculpa? —Una bola de fuego comenzó a asentarse en su pecho.
—Estoy seguro que si tú me encontraras leyendo a dos metros del suelo lo catalogarías igual, pero yo no haría dicha tontería.
—Claro, tú estás exento de cometer insensateces —refutó con sarcasmo.
—De la clase que primero resulte en mi daño, sí.
La temperatura en su interior aumentó, si bien trató de mantenerse compuesta.
—Hasta que has llegado estaba perfectamente. Regrésame mi libro —ordenó, aunque al extender su mano quedaba lejos de él y tendría que encorvarse para cogerlo, perdiendo su pose digna.
—Baja por él y léelo como una persona sensata —devolvió él pegando el objeto de conversación a su muslo.
Hans observó el brillo indignado en los ojos azules de su esposa y sintió que sus latidos se disparaban. Ella se dio la vuelta para descender con rapidez.
A dos escalones del suelo Elsa brincó a la alfombra y terminó chocando con él, que no se había movido. Como rebotó, él alargó su brazo por inercia para evitar que se golpeara.
Su mano terminó bajo su seno derecho y abrió los ojos al notar su cuerpo ardiendo, de no ser su propia piel, porque su abdomen tenía una mecha encendida. Apenas se percataba, hasta entonces distraído por la idiotez de su esposa.
—¿Estás enferma? —susurró sintiendo también el latido brusco del corazón de ella.
Elsa se giró sin que él apartara su brazo, mostrando desconcierto y un ligero arrobo en las mejillas.
—Pareces tener fiebre.
Ella entrecerró los ojos y los dirigió a la mano con el libro. Tras unos segundos, sujetó la manga de su saco y Hans elevó el brazo comprendiendo sus intenciones; luego, ella delicadamente posó sus dedos sobre la mano de él. —Tú eres quien hierve.
En esa ocasión no hubo algún indicio de frialdad en la piel de Elsa, determinó, mas cambió de parecer cuando ella lo sorprendió llevando su mano a su frente.
Su respiración sufrió una pausa y su estómago se estremeció con más brío del que tenía habitualmente.
—Aquí no —murmuró ella expresando con sus ojos algo irreconocible para él.
Colocó el libro entre los dos, de repente más pesado que al principio. Elsa puso su mano en él, rozando las puntas de sus dedos con los suyos.
Lo único que pudo hacer fue enfocarse en el rostro de ella. Exudaba una energía con la misma fuerza de su magia; irradiaba tanto como la aurora en verano, bañada de centelleos y un color rosáceo que atrapaba a todo ser viviente en la tierra.
Parpadeó y Elsa entreabrió los labios.
Articularon débilmente sus nombres.
En sincronía, los dos dejaron de tocarse y actuaron con normalidad. Hans tuvo la impresión que, como él, ella simplemente ignoraría esa rareza que no comprendían ni había sentido en explicar. Y, si no estaba conforme con eso, simplemente podían remarcar la atracción entre ambos.
—¿Discutíamos? —formuló irónico. Ni siquiera tenía el ánimo de minutos atrás.
—Ten la decencia de admitir que, para hablarme, debías esperar a que yo concluyese mi lectura.
—¿Y aguardar horas a tus pies? —arguyó divertido. Ella era orgullosa al no ceder a lo razonable. Tampoco aceptaría lo válido en las palabras de ella; en esa postura no tardaría demasiado en cansarse.
Elsa permaneció seria.
—Gracias —dijo ella cogiendo el libro para después caminar a la zona de lectura.
Hans podía apostar que su agradecimiento no era solo por entregarle el objeto, sino por advertir ese atentado a su seguridad.
Cuadró la mandíbula; si se hubiera caído, la había reprendido por comportarse como una tonta.
(Tan pronto se hubiese asegurado que estaba intacta.)
{…}
Discurridas unas horas en la biblioteca, Elsa decidió disponer otro tiempo para leer sobre sus antepasados y escoger la persona más indicada a honrar en el hospital. La última reunión del Parlamento sería en un par de días y le daba oportunidad de analizar sus opciones… pese a temer que llamaba más la atención el nombre de un santo muy reconocido en el mundo.
En su camino al despacho, vio que Olaf suspiraba e ingresaba al salón de su madre. Curiosa, se acercó aprovechando que había dejado la puerta entornada.
—Yo también te quiero, Olaf, pero ahora no me apetece beber chocolate en el pueblo. —Solo una persona insensible no hubiese sentido pena al oír eso. —De hecho, quisiera estar sola, ¿qué te parece si escoges un libro de la biblioteca y lo leo para ti más tarde?
—Está bien.
Elsa se apresuró a poner distancia con la puerta para no alertar a su amiguito de que había escuchado a escondidas.
Él fue en su dirección con la mirada baja.
—Hola, Olaf —le saludó suavemente, haciendo que él se irguiera y sonriera.
—¡Hola, Elsa! —No pudo esperar que el pequeño le revelara su aflicción, su vínculo con él era diferente al de Anna, hasta tenía un lazo más estrecho con Kristoff que con ella. —¿Está Skygge contigo?
Negó.
—Lo último que supe de él es que dormía en la oficina de Hans. Puedes buscarlo ahí.
Olaf asintió y corrió en la dirección indicada.
Ella soltó una exhalación yendo a la puerta que él acababa de cruzar. Debía hacer lo que era educado y creía correcto de acuerdo a los acontecimientos, independientemente de sus intenciones de mantenerse ajena.
No haciendo mucho ruido, se anunció con toques de sus nudillos. El acceso le fue concedido sin demora.
Los ojos de Anna se expandieron al verla, pero permaneció callada. Elsa solo ingresó por completo y se sentó enfrente de su hermana.
—Me he dado cuenta que Olaf está triste porque las dos personas con quienes más convive están disgustadas.
Anna desvió sus ojos hacia la ventana con una sonrisa turbia. —Lo sé.
—No se hablan. Tal vez podrían actuar más cordiales por el bien de él.
—¿Eso es lo que tú harías? —replicó Anna impertérrita. —Bueno, no sabes ni qué ha pasado, es difícil que… —rió entre dientes—. No, sí sería tu modo de afrontarlo.
¿Detectaba un reproche en las palabras de su hermana?
—Eres discreta y serías un ejemplo para otros.
Elsa experimentó un poco de incomodidad lastimera; no se había equivocado.
—En fin, tendré en consideración tu consejo y pensaré en tu actitud, aunque no prometo que me comporte como te gustaría.
Usando la excusa para retirarse, Elsa asintió y se puso en pie.
Anna carraspeó cuando le daba la espalda. —¿Alguna vez entenderás lo que es vivir a la sombra de otra persona?
Todos los días.
—Yo sí. De la tuya.
…pero nunca se había detenido a pensar en que ella fuese un peso en la vida de Anna y no solo al revés.
—Sí me fijo, Elsa. Por Dios, tengo veintisiete, no cinco. —Anna rió hueca. —Saber que mi satisfacción depende de tu…
Se mantuvo quieta, escuchando.
—Yo podré tener lo que a ti no se te concedió. Amor, vida sin magia, ninguna carga… pero tú eres especial, desinteresada, inteligente y prudente. Virtudes a las que yo nunca podré aspirar por mucho que me esfuerce. Incluso podrías conseguir lo que yo poseo, un marido que te adore, un buen matrimonio, independencia… y más, como los hijos en tu seno. Tú podrías, Elsa, si quisieras, si no te detuvieras por mí, si no pensaras en otros y si dejaras de permitir que el hielo te defina. Ya se te han quitado suficientes cosas por décadas, ¿quieres que sea así toda tu vida?
Su corazón tembló e hizo lo posible por no llevarse la mano a él.
—Tendrías algo maravilloso, porque posees cualidades grandiosas y, en cambio, yo… mi imprudencia, mi ignorancia, mi egoísmo y mi tendencia a crear problemas, que no puedo cambiar, aunque trate y trate y trate, me llevarán a arruinar…
Una risa entrecortada de Anna le causó una punzada y por primera vez sintió un fugaz deseo de expresar lo que guardaba muy dentro, pero no tenía la misma certeza de siempre sobre su punto de vista.
Asimismo, quería envolverla en un abrazo fraternal de los que eran como una historia vieja entre ambas.
—Preferiría que me gritaras.
Su espalda se tensó y miró sobre su hombro, solo que Anna contemplaba el suelo.
—¿Por qué? —cuestionó impávida, discrepando con las emociones reales; incertidumbre, anhelo y tristeza.
—Tus gritos serían mejor que tu silencio. Ese es un castigo que me recuerda a mi infancia y es irónico que Kristoff y yo… —Anna se pasó una mano por el cabello. —Cansa. Estoy cansada y tú también. Es…
Su hermana se cortó con un suspiro que nacía del alma.
—¿Sabes? Ni siquiera creo que ahora debamos hablar de esto o de algo. Es…
Elsa aguardó a que terminara, respondiendo con simpatía a la aflicción de su hermana. Sin la carta de Daphne, habría tenido una reacción descomunal a esas confesiones y no comprendería lo que trataba de decirle.
Anna también había llegado a la conclusión evidente, aunque su obstinación le hacía no admitir "derrota". También, a diferencia suya, su hermana había sido capaz de ponerse en su lugar y ver dos panoramas, que apenas se ponían en la mirada de ella.
Y eso debía generar más daño a Anna.
Sus ojos se humedecieron por su pequeña hermana.
—Ah, no te inquietes —habló Anna sin mirarla—. Si no te molesta, me gustaría estar sola. Gracias por acercarte pensando en Olaf, yo también estoy preocupada por él, pero hago lo mejor que puedo y es muy diferente cuando tus sentimientos se interponen a lo ideal.
Asintió con un poco de impotencia y se excusó. En su salida se cuestionó el sinfín de veces Anna se había sentido así, incompetente y frustrada, con su deseo de soledad. Y si la tristeza por su imposibilidad de engendrar tenía matices más profundos de lo que creía.
Dirigiéndose hacia su despacho, confundida y pensativa, Elsa se preguntó cuántas cosas había visto de forma distinta e interpretado con la influencia del pasado y sus emociones, mintiéndose con que no debía perder el tiempo en culpa y remordimiento, sino resignarse, mas dejando que esas dificultades la guiaran en su actuar (contradiciéndose).
En varios momentos pudo haber tomado decisiones distintas y haberse impuesto, pero había hecho lo que convenía…
Se paró en seco y agitó su cabeza, estaba haciendo un análisis de sí misma que no deseaba, adentrándose a la reflexión que siempre rechazaba.
(Sin embargo, el ímpetu de siempre para evitarlo había perdido potencia.)
Minutos más tarde, había cogido su cuaderno y tomado rumbo a su refugio, donde encontró paz.
Y fue en la calma de la oficina de Hans que pensó de nuevo en lo que acababa de ocurrir con su hermana.
Además de sentirse que una carga de años se le iba, su certeza era que en otro momento hablaría con Anna, porque ella no sufriría con lo que atormentaba a Elsa, tenía la idea que había sido prioritaria y ella cedía para darle lo que tenía.
Sí, llegaría el momento en que hablarían largo y tendido.
Entretanto, no pensaría de golpe toda la información recibida.
{…}
Hans cogió uno de los bollos en su plato y cortó un pequeño pedazo con sus dedos, despreocupado de transmitir falta de modales en la mesa. Mentiría si negara que cuando Kristoff estaba presente, sin su comando, su cuerpo se esmeraba en presentar la buena educación que había obtenido al crecer; el rubio no era pésimo, pero comúnmente no faltaban gestos desagradables al tomar sus alimentos, de entre los que destacaban tratar de quitarse comida de los dientes o empinarse el vaso hasta acabarse el contenido.
Él no era demasiado quisquilloso en el tema, solo tenía capacidad de observación y análisis.
(Y ser bueno en juzgar los hábitos de todos, excepto los suyos.)
Llevó el trozo de pan a su boca y masticó, sus ojos dirigiéndose a su única acompañante en el desayuno de ese día. Tal vez su comportamiento nada se relacionaba al montañés; a pesar de presumirse inmutable, Elsa se notaba pendiente de otros y con alguna incorrección hacía un diminuto movimiento con el mentón, consciente o no para ella. Así pues, era entretenido verlo y si no estaba Kristoff había que darle otra causa.
Sonrió con gracia y sujetó su taza de café, el cual prácticamente había perdido su temperatura alta a tan poco de haberse servido.
—El ambiente es más frío que el año pasado en estas fechas —señaló conformándose con la bebida tibia.
Elsa esbozó una sonrisa de mofa.
—El invierno se está adelantando. En nuestra boda escuché comentar que la estación invernal anterior había sido muy fría y lo vinculaban a espíritus inhumanos.
No solo por el frío el café le supo horrible.
Debieron expresarlo con ella cerca. Tales imbéciles le estarían mandando una indirecta, achacando sus circunstancias a la reina del hielo.
Cobardes y estúpidos ignorantes; ansiaba saber sus identidades para enseñarles el verdadero temor, ajeno al frío.
El pensamiento sirvió para traer a su mente una plática pasada con su cuñada.
Entonces no indagó con Elsa, restándole importancia, pero en el presente sus deseos de venganza frustrados deseaban escuchar el pago de alguien por injuriar a su esposa.
—Elsa… ¿hubo un hombre que hace cuatro años casi murió congelado en uno de los calabozos del castillo?
Ella se irguió más de lo que ya estaba.
—¿Por qué? —Su pregunta cambió la mirada de ella, abriéndola a él.
—Supongo que no tiene ninguna relevancia de quién o cómo provino la información.
Él se encogió de hombros.
—Sí, Edward Smith, un cualquiera del ducado de Weselton.
Fue la primera vez que el desprecio destiló en la voz de Elsa, con un tono que habría provocado escalofrío en algún sensible.
—Él y un amigo arribaron a Arendelle con propósitos hacia mí que me dan igual. Al quedar en descubierto esa rata fue abandonada por su compañero y habría podido irse sin inconvenientes —Hans apretó la boca por la obligada indiferencia de ella (lo presentía)—; no obstante, vino una mujer a confesarme que su niña fue forzada por ese hombre al quedarse en la posada donde dormían.
Soltó una palabrota empuñando sus manos.
—Establecí que conociera la tortura sutil del frío, si quiso a la reina de hielo, iba a tenerla.
—Debiste dejar que muriera. O colgarlo.
—Madre e hija no quisieron darle más notoriedad a lo ocurrido, la gente las señalaría, quizá no todos, pero ellas no lo preferían. Tuve que respetar su posición al respecto. Y no podía condenarlo por algo en lo que a mí respectaba, para recibir una pena más grave. Si lo matábamos o moría, en todas partes lo habrían elevado como víctima. A cambio, preferí mostrarle el frío de Arendelle que vino a buscar. El cuerpo tiene efectos impresionantes a la baja temperatura y ni Napoleón los hubiera querido.
Hans recordó con un estremecimiento el año de la coronación de su esposa.
—Solo de temblar entra el desespero y sigue cuando tus extremidades azules no responden para abrazarte. Le ocurrió varias veces, entonces un guardia de confianza le otorgaba fuentes de calor, retiradas al estar confiado. Contados sabíamos lo que hizo y ese guardia se ofreció, es su sobrina. —No había que ser listo para saber que ocultaba la identidad de la perjudicada. —El hombre fue soltado en una balsa después de dejarle un tatuaje imborrable en su muslo derecho.
—Violador —tanteó.
Elsa asintió y Hans nunca olvidaría la franqueza y vacuidad en sus ojos zarcos.
—Dos veces he demostrado que las emociones pueden cegarte cuando se trata de criminales —aseveró moviendo su vista hacia el exterior.
Los secuaces de Weselton que estuvo por matar.
Por esa y otras cosas la reina había cambiado, aunque fuese el trato que merecía ese bastardo (y los otros).
Finalmente, Hans entendió por qué ella era más seria y madura que antes, habiendo enfrentado situaciones difíciles y moralmente cuestionables en el tiempo que había transcurrido desde su coronación. Sola, rechazada y obligada a mostrar fortaleza.
Cómo fue que su actitud se equiparó a la suya.
Compasión, enojo y orgullo habitaron en su ser al analizar todo el pasado de su esposa.
—Excepto conmigo —dijo en voz alta, recordando que no había optado por su muerte.
Ella parpadeó.
—No te vi a la cara al emitir mi voto, o tal vez habría sido así. Decidí usar mi juicio y los eventos que tenías a tu favor.
El pelirrojo se arrepintió de haber traído el tema a colación, aun si le abría el panorama sobre su personalidad.
Por su parte, la joven gobernante sintió que se relajaba la carga de su conciencia. Había hecho justicia propia y con nadie había hablado de ello, porque los implicados quisieron guardar el secreto y los que desconocían la verdad no se habían detenido a preguntar, sino a juzgar y lamentar (al menos en lo tocante a Anna y Kristoff, los dos cuya opinión hacía más mella en su alma).
No le había importado compartir el suceso inolvidable a Hans, ya que había encontrado objetividad, la cual le había dado confianza para exteriorizar un fantasma de su pasado. Había sentido un espacio seguro, así como un empuje a no callar un evento que le había dejado marca y le había mostrado lo que su padre había omitido en su instrucción para ser reina.
Al escucharle él había comprendido.
(Y aceptado.)
—Elsa.
Regresó su atención a él.
—Con el tiempo, se olvidarán de ti. Por varios años no han tenido nada importante de lo que hablar y te has mantenido en sus conversaciones, pero cuando surja un nuevo tema de chismorreo, serás tan poco importante que ni te mencionarán.
—¿Estás insinuando acaso que mi valor es indigno de permanecer en la mente de todos por décadas? —inquirió con falsa suspicacia.
—Claro que…
Ella sonrió de lado, disimulando su pasmo porque el rechazo ya no suscitara la reacción conflictiva de antaño, ni porque alguien supiera que le había afectado ser repelida.
Él también sonrió. —Me caes bien, Elsa.
—Parece que a mí me agrada el diablo —admitió condescendiente.
Cuando él empezó a reír, ella destensó su mandíbula para no suprimir una sonrisa real.
NA: ¡Hola!
Jonsok o Santkhans es la festividad a la que se refiere Elsa, los noruegos (suecos y daneses) la celebran para el 24 de junio, después del solsticio de invierno. Encienden una fogata, adornan las ramas de los árboles, recogen hierbas; es una fiesta para ellos. A nuestra reina de nieve no le gusta por el fuego y porque en algunas partes lanzan figuras de papel eran lanzadas al centro en representación de las brujas, ¡pero calma, no en Arendelle! Syhekus es una forma de decir hospital en noruego.
Entre 1879-1880, Pasteur crea la primera vacuna en laboratorio, lo que lleva a que se popularice más el método que Edward Jenner, casi un siglo atrás, había comenzado a expandir e hizo que en Reino Unido se vacunaran contra la viruela.
Durante las Guerras napoleónicas los franceses no pudieron conquistar el Imperio Ruso por el invierno. Muchos soldados murieron de hipotermia. Y la tortura por el frío debe ser fea, llega al punto en que se pierde la razón antes del congelamiento y la muerte, imaginen que antes de eso el cuerpo deja de responder pero se es consciente, la parte en que se centró Elsa para el maldito ese, si recuerdan que cuando Anna lo platicó le dieron brebajes para que resistieran sus pulmones.
Hace unos años vi en un documental que entre 1883-1888 se registraron temperaturas muy frías en el planeta por la erupción del Krakatoa, lo quitaron de Netflix, pero fue cuando estaba comenzando este fic, más o menos; no sé si ocurrió cruce de información, pero esos eventos climáticos también contribuirían al descontento de la población rusa y les guiarían hacia el escenario político-revolucionario que predominó en la época de ese país (y que referí a principios de la historia con la investigación de Elsa sobre sus familiares allegados al zar ruso).
Ay, este fue un capítulo agridulce, pero la mayor parte de las cosas deben empezar a salir a la luz, como el amor para estos pajaritos.
Elsita ya iba a acariciarlo mientras dormía. Hansy se pondrá a buscar la lista de invitados y planear venganzas. Y los dos bien preocupados en la biblioteca.
Lo de Anna era una lección que también Elsa merecía y el final para saber lo que Hans expresó solito.
¿Y creen que el hospital sea San Juan/St. John en noruego? No lo puse como dato arriba, pero muchos hospitales se llaman así.
Besos, Karo
