Todo lo que reconozcáis (y más) pertenece a J.K. Rowling. El resto ya es cosa de mi imaginación.

Está feo que sea yo quien diga esto, pero me encanta este capítulo. ¡Espero que lo disfrutéis tanto como yo!


67. Lo que trae diciembre


Bruce intentó comportarse con normalidad la siguiente vez que vio a Danny, en el entrenamiento del lunes. La saludó como si nada hubiera pasado, y ella le correspondió brevemente y apartando la mirada con rapidez. Después de eso ya no fue muy difícil, porque el entrenador se puso a hablar sobre el último partido y lo que iban a hacer esa semana para preparar su próximo enfrentamiento contra los Royals.

Pero lo cierto era que sí que habían pasado cosas. El sábado por la noche, medio borracho, había descubierto que Danny tenía parte de sangre de gente del mar, y luego le había confesado que le gustaba y la había besado. Y Danny le había besado de vuelta, esa vez y un par más en los siguientes minutos.

Después, Danny se había apartado, le había dicho que necesitaba pensar, y se había metido en un callejón y desaparecido antes de que él hubiera podido volver a la realidad del todo.

Así que él también se había ido a casa, donde había pasado el resto del fin de semana tratando de distraerse y de no pensar en Danny y si lo había estropeado todo. Porque sí, definitivamente le gustaba. Nunca le habían gustado las cosas fáciles, y cada vez veía más claro que Danny era mucho más complicada que una simple cara bonita y modales perfectos.

No quería comparar lo que sentía en esos momentos con lo que había sentido por otras chicas antes. Ya fuera Eve, o Gina, o incluso Astoria o Hestia… con cada una de ellas había sido diferente, e intentar compararlas solo le producía un dolor de cabeza que no necesitaba. Así que apartó decididamente todas las comparaciones de su mente y buscó otras cosas que hacer mientras le daba tiempo a Danny para pensar.

El lunes ella no le habló, ni el martes ni el miércoles tampoco. Para el jueves Bruce ya estaba algo desesperanzado, y creía que Danny había decidido confiar en que no diría nada e ignorar lo que pasó después. Por eso se sorprendió cuando al finalizar el entrenamiento del jueves, se la encontró esperando distraídamente en los sofás de la sala de observación del campo y le dirigió la palabra:

—Mañana por la tarde habrá buenas olas para aprender a surfear, según el parte meteorológico. Podemos quedar para una clase, si todavía te interesa—dijo Danny, titubeando un poco.

Le sorprendió todavía más que fuera ella quien titubeara, y encima que le hiciera esa propuesta.

—¿A ti te apetece?

Danny asintió con la cabeza.

—Entonces sí, claro.

Danny sonrió levemente.

—Pues nos vemos mañana a las tres en la entrada de El Canguro Perdido. Podemos aparecernos desde allí. Tráete algo para no pasar frío en el agua, o si no tienes, una camiseta vieja valdrá. Yo me encargo del resto.

—Claro—dijo él, sintiéndose lento y torpe como un adolescente.

Pero Danny le sonrió antes de marcharse por el túnel evanescente, y él le dio unos segundos para que se alejara. Cuando ella desapareció, él respiró profundamente, tratando de recuperar la compostura.

Era un adulto, y debía comportarse como tal. No tenía que ponerse nervioso ante la perspectiva de estar a solas con una chica que le gustaba. Es más, si se ponía nervioso, no podría pensar con claridad cuando hablara con ella. Y definitivamente, tras tantos días pensando, quería ser capaz de escucharla cuando por fin hablaran.

Aunque fuera durante una clase de surf.


Danny llevaba un traje fino de neopreno bajo la ropa que, si bien le sentaba como un guante, permitía a Bruce concentrarse en sus palabras y gestos y no distraerse demasiado. Había llevado dos tablas de surf encogidas dentro de la mochila, y se habían detenido en un callejón vacío cerca de la playa para devolverlas a su tamaño normal sin llamar la atención.

Al principio, ella rehuyó su mirada y adoptó un tono amistoso pero estrictamente profesional, demostrando que no debía ser la primera vez que le enseñaba a alguien a surfear. Bruce trató de relajarse y seguirle la corriente; no tenía ningún interés en presionarla para hablar de otras cosas más complicadas.

—¿Sabes nadar? —fue lo primero que le preguntó ella cuando encontraron el lugar adecuado y dejaron las tablas en la arena.

—Obviamente.

—Te sorprendería saber la de adultos que he conocido que no sabían nadar—repuso ella de buen humor—. Pues bien, ese es el paso uno. Paso dos, túmbate sobre la tabla.

Bruce se guardó para sí que no era especialmente buen nadador, porque no creía que eso importara demasiado. En cambio, obedeció y se tumbó encima de la tabla que Danny había señalado.

—Así no—le corrigió ella, como era de esperar—. Más hacia atrás. ¿Ves este dibujo de aquí, ves como los colores están un poco desgastados? Tiene que quedarte el pecho a esa altura, más o menos. Después, en el agua, ya verás si necesitas echarte un poco hacia atrás o hacia adelante. Sí, bien, ahí. Las piernas encima. Vas a nadar solo con los brazos, impulsándote así, uno detrás de otro. Muy bien. Ahora, ¿cómo te pondrías en pie?

Bruce se levantó, y Danny le corrigió inevitablemente. Le dijo cómo debería haberlo hecho, y le hizo repetir el movimiento. Y luego otra vez, y luego varias más.

Él obedecía, prestando atención con genuino interés. Algo tenía ese deporte que volvía locos a la gran mayoría de australianos, tanto magos como muggles, y tenía curiosidad por saber qué lo hacía tan emocionante.

Por lo visto, Danny no había sido la única que había estado vigilando el parte meteorológico, pues había una gran cantidad de surfistas en el agua, aprovechando las largas olas que se formaban en esa playa. Aquí y allá, repartida por la arena, también había gente recibiendo sus primeras clases de surf, y aunque la mayoría eran niños y jóvenes, Bruce no se desanimó. Ellos no eran experimentados jugadores de quidditch; y Danny había definido el surf como algo muy parecido a volar sobre el agua. Podría hacerlo, aunque fuera más mayor que el resto de principiantes.

Siguieron un rato más en la orilla, mientras Danny le enseñaba qué postura debía mantener cuando estaba de pie, cómo mantener el equilibrio, cómo girar y varias cosas más.

—Y lo más importante—dijo con seriedad—, es que tienes que saber caer. Siempre tienes que intentar caer ocupando todo el espacio posible, como si quisieras salpicar mucho. Así te hundes menos, que es lo que queremos. Nunca sabes de verdad qué profundidad hay debajo de ti, y puedes hacerte daño contra el fondo si no vas con cuidado. Y ahora, ¡al agua!

—¿Ya? ¿Tan pronto? —preguntó Bruce con sorpresa.

—Claro. Ya te sabes la teoría, ahora solo tienes que practicar. Y eso solo se hace en el agua.

Danny ya se había agachado para atarle la tabla al pie, y había hecho lo mismo con su propia tabla. Se puso en pie ya levantándola, y le hizo un gesto para que le siguiera hacia el mar. Bruce estaba nervioso por meterse en el agua atado a una tabla más alta que él y a merced de las olas, sin él haber hecho nunca nada parecido, pero disimuló y fue tras ella respirando profundamente.

El agua estaba fría, pero Bruce había nadado en lagos más fríos, así que no estaba tan mal. Tras unos metros Danny se subió a su tabla y Bruce la imitó, y nadaron hacia lo que parecía ser el lugar adecuado para encontrar buenas olas. Se quedaron un poco apartados del resto de la gente que flotaba por allí, pero todavía en una buena zona, y mientras esperaban la ola perfecta Danny le enseñó cómo reconocerlas y qué debía hacer.

—-…y entonces remas, remas con todas tus fuerzas hasta que la ola te lleve.

—¿Cómo sabes que una ola te lleva?

—Porque la sientes—explicó Danny con paciencia—. Sientes la fuerza del agua empujándote, y tus brazos ya no hacen falta. Y ahí es cuando dejas de remar y te pones de pie.

—Vale, creo que lo entiendo.

—¿Eso crees? —Danny le dedicó una sonrisa medio traviesa—Pues eso espero, porque ahí viene una buena ola. Va, ve buscando la posición, ¡y empieza a remar!

La primera ola no fue la buena para él, ni tampoco la segunda, ni muchas de las que vinieron después. Danny, que estaba junto a él, a veces sí que las enganchaba bien, y se alejaba surfeando hasta que saltaba al agua y volvía nadando hasta él, dispuesta a seguir practicando. Él, mientras tanto, experimentaba todos los problemas posibles de un novato. A veces se posicionaba mal en la tabla, y o bien se le hundía la punta y se quedaba clavado o se le tragaba la ola, y en ambos casos era demasiado tarde para recolocarse. Otras veces simplemente remaba demasiado despacio como para alcanzar la velocidad de la ola, porque no estaba acostumbrado, y se quedaba atrás. Normalmente, era una combinación de varios factores.

Pero hubo una ola, cuando ya llevaba un buen rato intentándolo, que fue buena. Danny le había empujado por detrás, ayudándole a ganar velocidad, y él remó con todas sus fuerzas, yendo a la vez que la ola, hasta que lo sintió.

La ola no era muy grande, pero lo único que podía oír era el agua a su alrededor, rompiendo contra la tabla e impulsándole. Sus brazos ya no hacían nada, así que los subió a la tabla, agarrándose a los bordes; notaba la fuerza del agua chocando contra sus dedos, pero no dolía. Al contrario, aumentaba la sensación de velocidad. Porque de verdad sentía como si estuviera volando, volando sobre el mar. El viento salado le golpeaba en la cara, y notaba diminutas salpicaduras aquí y allá. Era una sensación increíble…

Su error fue intentar levantarse, pues aunque lo hubiera ensayado en tierra, en el agua y sobre una rápida ola era muy diferente. Puso un pie arriba, luego otro, y estaba irguiéndose cuando perdió el equilibrio y cayó, sin llegar a ponerse de pie. Pero cayó limpiamente al agua y no se hizo daño, y salió a la superficie todavía con la adrenalina recorriéndole las venas.

—¡Esa ha estado muy bien! —exclamó Danny, sonriente, que también había surfeado hasta donde estaba él—¡La has surfeado! Te has caído, pero es normal… Es imposible ponerse de pie el primer día.

Aunque lo intentó durante un buen tiempo, no volvió a haber ninguna ola que le fuera tan bien como esa, y acabaron saliendo del agua con las yemas de los dedos completamente arrugadas. Al menos, las de Bruce estaban como pasas viejas; pero dudaba que las de Danny mostraran algún signo de haber pasado dos horas en el mar. Dejaron las tablas sobre la arena, y se sentaron sobre las toallas para secarse al sol; todavía hacía calor a esa hora de la tarde.

—¿Y bien? ¿Qué te ha parecido? —le preguntó Danny.

—Difícil—admitió Bruce—, como me esperaba. Pero cuando lo he hecho medio bien ha sido genial.

—Lo es, pero no te preocupes, solo te falta práctica. Aprender a levantarse es lo complicado, pero con tiempo…

Pasaron un rato más ahí sentados, comentando sus impresiones sobre la tarde, hasta que agotaron el tema de conversación. Y entonces les rodeó un silencio incómodo, que evidenciaba que quedaban cosas sin discutir entre ellos. Pero ninguno parecía tener el valor suficiente para hablar, y transcurrieron unos minutos que se hicieron eternos hasta que finalmente Danny suspiró y dijo:

—Dime una cosa, Vaisey, por favor. ¿De verdad te gusto?

—Te lo dije. Ya lo sabes—masculló él, nervioso.

Por Merlín, ¿por qué se estaba sintiendo como un adolescente idiota? ¡Si hasta se estaba sonrojando! Inspiró profundamente, intentando serenarse. "Adulto, eres un adulto. Compórtate como tal", se dijo mentalmente. Ayudó solo un poco.

—Pero no me refiero al exterior. Eso lo sé. Me refiero a… dentro.

—Eres difícil de conocer, Danny. Te aseguras bien de eso—respondió Bruce con un poco más de seguridad—. Pero lo poco que he podido ver, sí, me gusta. Y por eso, siento haberte besado sin permiso la otra noche. No era mi intención causarte tantos problemas.

—No lo sientas—dijo ella muy despacio—. No me has causado problemas, solo… Me has confundido. Hacía mucho tiempo que nadie me besaba así. Voluntariamente. Y ha sido un poco extraño. Necesitaba pensar y entender cómo me sentía.

—¿Y ya lo has entendido?

—Sí. Eso parece—Danny suspiró y Bruce vio como también se sonrojaba un poco—. Creo… que tú también me gustas, Vaisey. Vas de tipo duro, pero eres buena persona. Ves más allá de las apariencias, y no me juzgas por lo que soy, sino por lo que hago. Eso me gusta.

Bruce sonrió, y una oleada de alivio le recorrió por dentro. ¡Le gustaba a Danny! ¡Ella le correspondía! ¡Ya no era un idiota que iba tontamente tras ella!

—Eso está bien—comentó casualmente, y volvió a sentirse un idiota.

Para compensar, estiró la mano hasta alcanzar la de Danny, que descansaba sobre la toalla no muy lejos de él, y entrelazó despacio y con cuidado sus dedos con los de ella. No lo había estropeado mucho, porque Danny sonrió.

—¿Qué quieres que hagamos con esto? —le preguntó ella.

—Podemos ir conociéndonos, poco a poco. A ver dónde nos lleva—sugirió él, y Danny asintió.

La tenía muy cerca, así que se arriesgó a mirarla a los ojos. Danny le sonreía y estaba ligeramente sonrojada. Preciosa.

Se lanzó y la besó, y esta vez, ella le correspondió desde el primer instante. Y perdió la noción del tiempo por lo que quedaba de esa tarde en la playa.


El domingo, día del segundo partido de la temporada contra los Toowoomba Royals, amaneció con nubes y niebla, aunque a medida que iban pasando las horas las nubes se fueron deshaciendo, dejando paso al sol y al calor. Bruce empezó a sudar cerca del mediodía, y eso que estaba sentado en la tribuna, y no jugando.

Era de esperar que no jugara ese partido, pues Tommy llevaba varias semanas sin jugar y los Royals eran un rival muy asequible. Aunque por lo que estaba observando Bruce, Tommy no necesitaba que el rival fuera fácil. Si él había mejorado en los meses que habían pasado desde que había llegado a los Warriors, Tommy también lo había hecho, y ya desentonaba en el equipo casi tan poco como él. Era más joven, sí, y más inexperto, pero no era malo en absoluto. De hecho, los bateadores de los Royals le prestaban tanta atención a él como a Marlene y Rachel, y eso era un buen indicador de que no le menospreciaban. Si bien las dos mujeres eran todavía claramente mejores, Tommy no era el peor cazador del partido. Y Bruce sabía que era mejor que él, pero tenía que seguir esforzándose a tope para mantener su ventaja. Tommy era un novato y tenía todas las ganas de comerse el mundo intactas; Bruce recordaba perfectamente lo que era sentirse así, y eso le bastaba para mantenerse alerta y seguir entrenando.

Por otro lado, el otro suplente del día, Rick, no andaba muy lejos de él, pero Bruce hacía todo lo posible para mantenerse a una distancia segura: Rick llevaba desde que había empezado el partido contándole a todo el mundo en la tribuna lo aliviado que estaba de no jugar contra su ex equipo, explayándose en las razones. Bruce no tenía ningún interés en escuchar su monólogo, del que huían discretamente algunos empleados mientras que otros escuchaban con adoración las palabras de su querida estrella. Mientras tanto, Little Pete y un pequeño grupo de allegados daban las órdenes del partido, cerca de donde Bruce estaba sentado. Lo prefería así, pues podía escucharles mientras disfrutaba del partido, y estaba bastante a salvo del interés de Rick.

Y la verdad era que el partido estaba resultando muy entretenido, si bien a mediodía ya estaba claramente decantado a favor de los Warriors. El buscador habitual de los Royals no jugaba, pues llevaba lesionado varias semanas (desde que habían jugado contra los Monsters y una bludger le había dejado fuera de juego), y su suplente no era ningún peligro, así que eso daba una tranquilidad extra a los Warriors, aparte de los cien puntos de ventaja que ya les sacaban en el marcador.

Fue un partido sorprendentemente tranquilo. No hubo lesiones graves, no hubo grandes peleas, la afición no la tomó con ningún jugador en particular, y Little Pete y su equipo no dieron muestras de estrés en ningún momento. Danny (Bruce había tenido que esforzarse para no prestarle atención durante el partido y fijarse en lo que sucedía con el resto de jugadores) atrapó la snitch sin dificultad alguna al filo de las tres de la tarde, y todo el mundo respiró tranquilo y satisfecho tras haber visto un buen partido de quidditch sin sobresaltos. Probablemente, gran parte de aquella tranquilidad se debía a que todo el mundo sabía lo que había sucedido en el partido de la tarde anterior entre los Lobethal Creators y los Melbourne Fighters; todavía no se sabían públicamente las razones exactas de cómo había empezado todo, pero el partido había acabado con una batalla campal en la que habían participado once de los catorce jugadores, y que además se había trasladado a las gradas, donde las aficiones rivales también se habían enfrentado y habían acabado con hasta veinticuatro detenidos por los agentes de Seguridad Mágica del estadio. Con noticias como aquella tan recientes, todos se sentían más inclinados a comportarse dócilmente.

Así que no fue de extrañar que Bruce pudiera pasar rápidamente por el pasillo de prensa sin que le atosigaran demasiado, ni que consiguiera llegar a su casa sin mayores contratiempos. Una vez allí, dedicó el resto de la tarde a relajarse, ver la televisión y escribir unas cuantas cartas.

Sentaba bien que, por un día, las cosas fueran tan tranquilas.


—¿Qué hay entre Danny y tú? —le preguntó Kyle mirándole sospechosamente.

Había acabado el entrenamiento del lunes, un entrenamiento bastante ligero ya que ese fin de semana no había partido; y cuando había acabado de ducharse, había esperado a Kyle, que le estaba contando una historia con gran emoción hasta el momento en el que Rick y Tommy se fueron y se quedaron solos. Ahí, Kyle cambió radicalmente de tema y se quedó esperando su respuesta.

Bruce, sorprendido, solo fue capaz de decir:

—¿Qué hay de qué?

—Oh, no me tomes por idiota, Vaisey—replicó Kyle poniendo los ojos en blanco—. He visto cómo la mirabas hoy. Y cómo te miraba ella. La semana pasada ya estabais un poco raros, pero contuve mi curiosidad y no dije nada, pero esto ya es de escándalo. ¿Qué os traéis entre manos?

—Nada—dijo Bruce, decidido a negarlo todo—. Somos amigos, claro.

—Ya, claro, amigos—repitió Kyle, burlón—. A mí no me mira así.

Bruce se encogió de hombros, incómodo. Lo que había entre Danny y él era demasiado reciente para ir hablando de ello por ahí. ¡Si ni siquiera habían tenido una sola cita todavía! No quería que fuera conocimiento público aún, cuando todavía podían pasar tantas cosas diferentes y tantas cosas podían ir mal. No, no quería que se supiera, y menos que se enterara Kyle, que era un cotilla de cuidado.

Si Kyle hubiera sido Jason, o Lily, o quizá Tracey o Theodore… tal vez sí que le habría contado lo que había pasado con Danny, pero Kyle no era ninguno de ellos. Y aunque el bateador le caía bien, no tenía tanta confianza con él, aparte de que sabía que era incapaz de guardarse un secreto. Así que se mantuvo firme en su posición y lo negó todo, aunque Kyle siguió haciéndole preguntas hasta que se separaron para irse cada uno a su casa.

Por otra parte, a sus amigos del otro lado del mundo tampoco les había dicho nada aún. Principalmente, porque la comunicación por carta era muy lenta, y no le apetecía empezar a contarles una historia que puede que se acabara pronto si no salía bien. Si las cosas avanzaban, entonces ya se plantearía hablarles de lo que pasaba con Danny.

Pero mientras tanto, esa tarde la pasó entrenando duramente a solas en el estadio, repasando algunas de las maniobras que llevaba más tiempo sin hacer, y al acabar volvió a casa, donde pasó el rato poniéndose nervioso hasta que llegó la hora de la cena.

Fue entonces cuando se apareció en el lugar en el que había quedado con Danny para cenar y tener una cita. Ella ya estaba allí y le sonrió cuando él apareció.

Danny había elegido el restaurante, un lugar muggle en un barrio elegante de Sídney. Bruce, por su parte, insistió en pagar, y Danny aceptó tras oponer un poco de resistencia. La cena fue incómoda a ratos, pero en general la velada fue agradable; cada vez que un silencio se instalaba entre ellos volvían a su tema de conversación más seguro, el quidditch.

Dieron un breve paseo por los alrededores cuando acabaron de cenar, y se besaron bajo una farola antes de despedirse, pero Bruce no la siguió a casa. Quería hacer las cosas bien, e ir despacio. Así que cuando ella se hubo marchado, Bruce se apareció hasta su casa en la playa con una sonrisa tonta y se fue a dormir todavía sintiendo el tacto de su piel en los dedos.


Fue hasta ahí que les duró la privacidad. A la mañana siguiente, Bruce fue consciente de lo que implicaba el estatus de jugador de quidditch famoso en Australia cuando la mitad de la gente en las oficinas de los Warriors le miró con sonrisitas misteriosas, y cuando unos minutos más tarde, Kyle le lanzó al pecho el último número de Frambuesa, salido el día anterior.

En la portada salían a todo color él y Danny, besándose en la playa. "¡PILLADOS!" rezaba el titular, y un pequeño subtítulo añadía: "Danielle Lewis y Bruce Vaisey, compañeros en los Warriors, se demuestran su reciente amor en la playa".

—Así que no había nada entre vosotros, ¿eh? —le dijo Kyle con retintín—¡Ya lo veo!

—No le hagas caso, Vaisey—dijo Jane, que se lanzó a abrazarle con entusiasmo y hasta le besó en la mejilla—. Solo está mosqueado porque no se lo contaste antes. En realidad está muy feliz por vosotros dos.

Cuando Jane se apartó, Bruce por fin pudo ver que Danny también estaba allí, totalmente roja, y que Rachel había recogido la revista y parecía leer con total tranquilidad el artículo.

—Creía que Frambuesa era la que iba a nuestro favor…—murmuró Bruce.

—Oh, créeme, esto de aquí es ir a vuestro favor—comentó Rachel sin quitar los ojos del papel.

Bruce cambió el peso del cuerpo de una pierna a otra, totalmente incómodo. ¿Cómo no se le había ocurrido pensar que podría haber periodistas vigilándoles? En Estados Unidos nunca le habían seguido a la Nueva York muggle, y por alguna razón había asumido que en Australia tampoco iban a hacerlo… Y obviamente, había estado equivocado.

—No queríamos decir nada todavía. Es muy reciente—acabó diciendo finalmente, con un tono parecido a la disculpa.

—Apenas hemos empezado a salir—añadió Danny de inmediato, todavía ruborizada—. No queríamos montar todo un espectáculo por tan poco.

—No se os ha dado muy bien—apuntó Rachel con poco tacto.

—¡Pero bueno! ¿Qué es esta reunión? —exclamó atónito el entrenador, que acababa de llegar a través del túnel evanescente—¡Vamos, todos a los vestuarios a cambiarse! Ya tendréis tiempo para charlar después de entrenar. ¡Andando, rápido!¡Que a nadie se le ocurra llegar tarde!

Los cinco se apresuraron a obedecer, abandonando la sala de observación de inmediato en dirección a los vestuarios.

—Lo siento mucho—le dijo Danny poniéndose a su lado con gesto culpable, y hablando en voz baja para que los demás no les oyeran—. Los fotógrafos casi nunca me siguen, porque nunca les doy noticias. No pensé que pudieran estar merodeando por ahí… Ni se me pasó por la cabeza.

—Tranquila, no es culpa tuya ni mucho menos—suspiró Bruce—. Yo tampoco me acordé de ellos.

—Aún y así… Adiós a la privacidad—se lamentó Danny, y Bruce se encogió de hombros.

—Nos las arreglaremos—replicó él con una media sonrisa.


Kyle siguió actuando indignado durante el resto del día, hasta que al final del entrenamiento no pudo más y se lanzó a abrazarle:

—Estoy muy feliz por vosotros, de verdad—aseguró Kyle, emocionado, mientras su abrazo amenazaba con partirle unas cuantas costillas y Jane le palmeaba cariñosamente la espalda—. No sé cómo no lo vi venir, si es obvio. Pero más os vale que la próxima vez que haya algo importante me aviséis, ¿eh?

El resto de compañeros del equipo tuvieron reacciones variadas a la noticia, aunque ninguno tuvo un comportamiento inesperado. A Mitch no le importó en absoluto; nunca decía más que alguna palabra suelta o hacía más que gritar sus nombres para llamarles la atención en medio de algún ejercicio, y aquello no fue suficientemente relevante para él como para alterar su rutina. Rick se pasó buena parte del entrenamiento rememorando la primera vez que se había enamorado; la verdad fue que Bruce dejó de escucharle a los cinco minutos, así que no se enteró si dijo algo interesante, aunque lo dudaba mucho. Tommy le miró con rencor y al principio del entrenamiento le lanzó las quaffles con mucha más energía de la necesaria; aunque cuando se dio cuenta de que eso le estaba haciendo quedar peor a él mismo volvió a su actitud de siempre.

Y Marlene no le defraudó:

—No te creas que por estar saliendo con ella te vas a convertir en alguien importante de la noche a la mañana. Sigues siendo un don Nadie que no llega ni a la suela de los zapatos de la élite—le espetó ella en un momento del entrenamiento.

Justo después Marlene levantó la barbilla, arrugó la nariz y le miró con desagrado, como si por haber besado a Danny la hubiera ofendido personalmente y además, oliera muy mal. Bruce no dudaba de que oliera mal (por algo llevaba un par de horas haciendo ejercicio con un calor horroroso), pero por lo demás, no se sintió ofendido. La actitud de Marlene ya no le producía más que una leve curiosidad, y no quería perder tiempo explicándole que nada de lo que hacía era con intención de ascender en la escala social.


La siguiente vez que quedó con Danny, más adelante esa semana, se vieron en las oficinas de los Warriors, donde era poco probable que hubiera algún reportero atento a sus movimientos siendo ya la hora de cenar. De ahí, llegaron paseando a una zona tranquila de Woolloongong, donde eligieron un restaurante discreto. No les aseguraba estar a salvo de miradas indiscretas, pero al menos no vieron a nadie sospechoso, y esa vez se fijaron más en sus alrededores.

El fin de semana no tenían partido, pero cualquier plan que pudiera pensar se quedó en nada cuando Danny dijo que se iba a pasar los dos días con sus abuelos.

—Me llevo muy bien con mi abuela, es una mujer de armas tomar—le contó Danny—. Y con mi abuelo también, en verdad. Es un hombre encantador. Te caería genial. Deberías conocerlos algún día.

Bruce asintió distraídamente, aunque el pensar en conocer a los familiares tan pronto le horrorizaba.

Así que el viernes salió de fiesta con Rachel, Jane y Kyle, que era su segundo mejor plan. Fueron al pub muggle al que iban casi siempre, y después de que Jane y Kyle se pasaran la primera media hora hablando sobre lo bonito que era que él y Danny estuvieran juntos, Bruce amenazó con marcharse al siguiente comentario sobre el tema. El dúo captó la idea de inmediato y pasaron a hablar sobre la rápida recuperación del buscador de los Royals. No volvieron a tocar el tema en toda la noche.

Aunque Rachel sí.

—Vaisey, no me gusta hablar de estas cosas porque creo que cada uno es muy libre de hacer lo que quiera—le dijo la joven con franqueza cuando se quedaron solos en un momento de la noche—, y no quiero decirte qué debes o no debes hacer. Pero Danny y yo somos amigas desde hace mucho tiempo, y me preocupo por ella. Sé que lleváis muy poco tiempo en esto, y pasará lo que tenga que pasar… Pero pase lo que pase, sé delicado con ella, ¿quieres? La última relación medianamente relevante que tuvo fue en el Colegio, y han pasado muchos años desde eso. Las relaciones son diferentes entre adolescentes y entre adultos, pero ella no tiene experiencia alguna. Así que, por favor, pase lo que pase… Sé cuidadoso.

—No quiero hacerle daño…—empezó a replicar Bruce, pero no tuvo tiempo de continuar, porque Rachel le interrumpió:

—Lo sé. Y es precisamente cuando no quieren hacerte daño cuando más duele.

Y en ese momento volvieron Kyle y Jane, y Bruce no pudo asegurar que se portaría como un perfecto caballero ni investigar a qué se refería Rachel con relaciones "medianamente relevantes". Pero Jane estaba emocionadísima con algo raro que acababa de pasarle en la cola de los lavabos, así que durante las siguientes horas aquella conversación pasó a un segundo plano.

Aunque Bruce no la olvidó.


Diciembre empezó en lunes. Ese viernes iban a jugar contra los Lobethal Creators y Bruce tenía todas las papeletas para estar en el partido, así que hizo un esfuerzo extra por las tardes. Después de varias semanas sin jugar, quería estar a punto cuando llegara el momento del partido.

Por otra parte, esa semana también se ocupó de responder muchas cartas que se le habían acumulado. La más interesante, sin duda, era la de Tracey y Theodore; además de sus últimos pormenores de su vida diaria también le contaban las noticias más relevantes de aquella gente que conocía, y que Daphne Greengrass hubiera dado a luz había acabado montando todo un espectáculo.

Había sido una niña, la había llamado Sabine, y había decidido darle el apellido Zabini, aunque ella y Blaise llevaban divorciados oficialmente ya varios meses. Su familia había estado en contra, aunque Daphne se había mantenido en sus trece, y eso que Blaise ni siquiera se había dignado a aparecer para una breve visita en ningún momento. Y cuando había llegado el momento de abandonar el hospital, Daphne había insistido en volver a su casa a vivir sola con su hija. Ahí había sido cuando el caos se había desatado, y aunque no había ningún testigo fiable de cómo se habían desarrollado los hechos en las cinco horas siguientes, todo había acabado con Daphne volviendo a la mansión Greengrass con su hija en contra de su voluntad; justo después, medio clan Greengrass había llenado la mansión, incluyendo a su hermana Astoria y a dos de sus primas, Adelaide y Gwendolyn, sus padres, sus tíos, una abuela y hasta su mejor amiga de la infancia, Ingrid Warrington, y además arrastrando con ello a varias parejas. Nadie había salido de la mansión desde entonces, y las pocas noticias que recibían del interior eran las breves cartas que algunos de sus ocupantes mandaban. Theodore y Tracey estaban mínimamente informados porque Draco Malfoy, que estaba inevitablemente involucrado, había desarrollado una relación bastante cordial con Theodore tras la boda; no podían clasificarse como amigos, pero mantenían el contacto regularmente. Y por eso sabían que por lo visto, la familia al completo estaba dedicada a convencer a Daphne de que no estaría mejor en ningún otro lugar que en casa con su familia.

Eso había sido todo un escándalo social, pero Bruce tenía otras preocupaciones. Cho Chang (Cho Moore, tuvo que recordarse) le urgía que le informara de las fechas en las que estaría en Londres, porque tenía cinco casas que podrían gustarle y necesitaba planear las visitas. Pero por otro lado, Daisy Hopper le había enviado un calendario de sus eventos ineludibles en Nueva York durante las vacaciones, entre los cuales había un par de fiestas, una sesión de fotos y algunas entrevistas. Era difícil cuadrar ambas cosas teniendo apenas dos semanas libres, además de que estaban los días festivos por en medio. Era un dolor de cabeza con el que no quería lidiar, así que acabó enviándole su agenda de Nueva York a Cho para que ella eligiera unas fechas convenientes para las visitas. Se sintió un poco culpable por endosarle un trabajo que no le correspondía, pero no lo suficiente como para cambiar de idea.

Mientras tanto, Lily estaba a tope con su trabajo en Washington, y Jason le narraba con todo detalle cómo estaba yendo la temporada de quidditch en Estados Unidos; tras todo el movimiento que había habido en el equipo, los Minotaurs iban en segunda posición de la Liga, aunque compitiendo muy de cerca con los All-Stars. También tenía algunas cartas de compañeros de Hogwarts contándole su vida y preguntándole si se iba a pasar por Inglaterra en Navidad para poder charlar con él. Y por último, Imala le contaba en su carta más reciente que se había ganado su primer castigo en el Instituto. No entraba en muchos detalles de qué había pasado, pero el castigo consistía en ayudar a su profesora de Zoología favorita a cuidar algunos animales mágicos, y lo estaba disfrutando enormemente.

Por un momento, Bruce se sintió extrañamente sobreprotector preocupándose por en qué lío se habría metido Imala para acabar castigada, pero tras una breve reflexión se relajó. Imala ya tenía doce años y no era una niña. Aunque era muy inocente, aprendía rápido. Y si la habían castigado, seguro que no tardaría en aprender qué debía hacer para no volver a dejarse pillar.


Así como estaban las cosas, la semana transcurrió sin grandes novedades, y el viernes por la tarde, a la hora del partido, soplaba una cálida brisa y no había ni una sola nube en el cielo cuando el entrenador anunció a los siete titulares:

—Rick Chastain, Jane Kipling, Kyle Perlman, Marlene Neeson-Mills, Bruce Vaisey, Tommy Marini y Danielle Lewis. Os toca.

Era la primera vez que Rachel no jugaba, y aunque Bruce y Tommy se miraron con sorpresa, la chica no se alteró en absoluto. Solo comentó con una sonrisa que echaba de menos los cómodos asientos de la tribuna privada, y les deseó suerte a los dos chicos antes de marcharse con Mitch.

Era un riesgo jugar con los dos cazadores más nuevos en el equipo a la vez, pero también era cierto que era un riesgo que debían asumir ya. No servía de nada tener cuatro cazadores si dos de ellos no podían jugar nunca juntos, así que ya era hora de probar qué tal le iba al equipo con aquella combinación. Además, aquel partido era idóneo para probarles; si bien los Creators llevaban una buena racha en los últimos partidos, la batalla campal en la que se había convertido su último encuentro contra los Melbourne Fighters había acarreado una suspensión de dos semanas para cuatro de sus jugadores titulares, con lo que ese viernes tendrían que salir a jugar bajo mínimos.

Y de hecho, cuando salieron al campo se encontraron con que, efectivamente, los Creators iban tan justos que su tercer cazador era un chico de diecisiete años que todavía iba al Colegio, y le habían sacado de las instalaciones escolares a contrarreloj para prepararle mínimamente para ese partido. El pobre no lo hizo del todo mal, dadas las circunstancias, pero era obvio que todo había sido demasiado apresurado y no estaba preparado para un reto de tal nivel. Los Warriors arrasaron, y no fue una sorpresa para nadie que consiguieran alcanzar los ciento cincuenta puntos de diferencia mucho antes de que Danny atrapara la snitch sin problemas.


Por otro lado, enfrentarse a los periodistas tras el partido fue la tortura esperada. Había más gente de lo normal en el pasillo de prensa, y aún y así, nadie le preguntó sobre quidditch. Repitió hasta la saciedad que no iba a hablar sobre su vida privada y que no pensaba decir una sola palabra sobre las fotografías, pero nadie le prestó atención y siguieron interrogándole sobre su relación insistentemente, hasta que se dio por vencido y se largó del pasillo sin contestar nada. No sabía qué iba a decirles Danny, aunque seguro que ella se mostraría mucho más educada que él.


—Les he dicho que sí, que acabamos de empezar a salir—suspiró Danny—. Pero que por favor respeten nuestra intimidad y no nos atosiguen, porque preferimos no hablar del tema en público.

Bruce asintió a su pesar. Si los periodistas les escuchaban, por poco que fuera, ya sería un resultado positivo. Era consciente de que todos los reporteros adoraban a Danny, pero aún y así, no esperaba gran colaboración por su parte.

—Miradlo por el lado positivo—comentó Kyle, acabándose su cerveza de un trago—. ¡Nada de preocuparse por mantener el secreto!

—Aunque de ahora en adelante deberíais aprender a usar los reservados de los restaurantes si queréis algo de privacidad en los sitios públicos—sugirió Rachel, acabándose también su cerveza y levantando la mano para pedir una ronda más.

Esa noche, tras el partido, se habían ido a un pub diferente del que solían ir, para esconderse un poco más de la prensa. Las bebidas eran más caras y todo era mucho más elegante, pero las mesas estaban rodeadas por sofás en lugar de por incómodas sillas y la música era en directo.

Jane estaba aprovechando las novedades del lugar para emborracharse a base de tequila. Kyle estaba mirando obsesivamente al guitarrista, asegurando cada cinco minutos que debía ser gay. Tommy le estaba haciendo ojitos a un grupito de chicas en una mesa cercana. Rachel estudiaba la carta y llevaba toda la noche pidiendo aperitivos, intentando decidir qué estaba más bueno (de momento iban ganando las alitas de pollo con salsa barbacoa). Bruce y Danny, mientras tanto, estaban intentando dejar de ser el tema de cotilleos de todo Australia.

Sobra decir que a ellos dos no les estaba funcionando el plan en absoluto. Ni siquiera cuando Danny intentó insistir en que Kyle debería ir a hablar con el guitarrista en un descanso, ni cuando Bruce se interesó por la clasificación de la comida del pub que Rachel estaba haciendo. Bruce acabó cansándose, y cuando se levantó para ir al baño y despejarse un poco, Danny le siguió.

—Odio esto—bufó Bruce.

—Lo sé—dijo Danny meneando la cabeza—. A mí tampoco me gusta. Sé que solo es cuestión de esperar a que aparezca un nuevo cotilleo más interesante, pero…

—No sé cuánta paciencia tengo para esperar a que pase eso—se quejó Bruce, y Danny se mostró de acuerdo.

—Ni siquiera el partido ha sido suficiente para que piensen en otra cosa—se lamentó ella.

Bruce iba a bufar otra vez, pero se contuvo.

—Tengo ganas de marcharme de aquí—dijo en su lugar—. ¿Te vienes?

Danny le miró, sonrió y asintió. Un minuto más tarde ya estaban fuera del pub, sin molestarse en despedirse del resto de sus compañeros.

Pasearon sin rumbo fijo por las calles de Sídney, charlando de todo y nada. Por la mayoría de las calles, repletas de bares, restaurantes y demás, había todo un hervidero de gente a pesar de lo avanzado de la noche. La temperatura era cálida sin llegar a ser agobiante, y era agradable caminar por ahí sin mayores preocupaciones. Dejaron pasar el tiempo sin pensar en él, pero cuando ya se hizo muy tarde Bruce se preparó para despedirse y desearle buenas noches. Pero Danny le interrumpió:

—Llevo un rato pensando que no sé dónde vives.

Ese comentario le dejó un poco descolocado.

—En Wollongong, en las afueras. Es una casa pequeña frente a la playa.

—¿Frente a la playa? Qué bonito. Me gustaría verla.

—¿Mañana?

—¿Por qué no ahora? —sugirió ella—No tengo sueño y no tengo nada mejor que hacer.

Titubeó durante unos momentos. No se había esperado esa proposición por parte de Danny… No tan pronto. Tal vez de verdad solo quisiera ver dónde vivía, pero la sugerencia, a esas horas de la noche, llevaba otras implícitas. Y por Merlín, claro que quería acostarse con ella, se moría de ganas; pero también se había prometido a sí mismo que iría despacio, más todavía después de lo que le había revelado Rachel sobre su última relación. Y también había querido darse un poco de tiempo a sí mismo para aprender a controlarse cuando estaba con ella. A veces, cuando la besaba, sus instintos sucumbían a la atracción sobrenatural de Danny, y perdía la cabeza durante minutos. No hacía nada de lo que se arrepintiera, solo se entregaba a ella con más frenesí de lo normal; pero su cerebro se desconectaba por completo, y cuando pasados esos minutos recobraba la lucidez, los recordaba como poco más que un sueño. Si eso le pasaba con unos besos, si trataba de ir más allá…

Pero no pudo resistirse a su media sonrisa y a su mano en su brazo, así que asintió y buscaron un rincón apartado para aparecerse.

Se aparecieron en el recibidor. Como la casa era muy pequeña, tardó apenas un minuto en enseñarle el piso de abajo, y eso que Danny se detuvo a observar las camisetas de quidditch colgadas en el salón y leyó unos pocos títulos de los libros de la estantería. Subieron al piso de arriba, y en la habitación Danny se dirigió de inmediato a la ventana y la abrió. Una fresca brisa marina inundó el cuarto y el rumor de las olas golpeando en la orilla llegó hasta ellos, pero estaba demasiado oscuro como para que pudiera verse el mar.

—Siempre me ha encantado el ruido de las olas—musitó Danny.

—A mí también—dijo él, andando por la habitación hasta llegar a su lado, frente a la ventana—. Es muy reconfortante.

Danny se giró hacia él para mirarle fijamente, y unos segundos más tarde se puso de puntillas y le besó. Bruce le devolvió el beso con delicadeza.

Poco a poco, fueron subiendo de intensidad. Era la primera vez que estaban completamente solos. No en la calle, o la playa, o algún restaurante. En esos momentos eran solo ellos dos, rodeados de cuatro paredes. Por fin tenían intimidad real, y podían dar rienda suelta…

Pero algo hizo detenerse a Bruce cuando notó las manos frías de Danny en directo contacto con la piel de su espalda, aventurándose bajo la camisa. Se apartó de ella y la miró de hito en hito. Danny le devolvió una mirada confundida, y él le acarició la mejilla.

—¿Qué pasa? —preguntó ella en un susurro.

—¿Estás segura de esto? —preguntó él a su vez—¿Quieres hacer esto, ahora? Yo quiero ir despacio. No me importa esperar.

—Pero a mí sí me importa. No quiero esperar—rebatió ella—. Quiero esto ya.

Apenas habían bebido esa noche, así que sabía que no estaba borracha y estaba en capacidad de todas sus facultades. Por eso, cuando Danny se lanzó otra vez a besarle con más ímpetu del habitual, Bruce se rindió y lo aceptó con ganas.

Y luego se dejó llevar.


Se despertó a la mañana siguiente con el ruido que hacía el váter cuando alguien tiraba de la cadena, y cuando entreabrió los ojos y se fijó en la luz que entraba a raudales por la ventana se incorporó de golpe, sobresaltado, pensando que llegaba tarde. Un instante después recordó que era sábado y no tenía nada que hacer, así que se relajó y volvió a tumbarse. Después se dio cuenta de que había dormido desnudo, algo que no solía hacer, y de que había alguien en el baño. Y entonces recordó la noche que había pasado con Danny y que ella se había quedado a dormir allí.

Había estado bien. No espectacular, pero bien. Ella había estado más nerviosa de lo que había querido admitir, y había sido un poco difícil; no era su primera vez, pero sí que llevaba mucho tiempo sin hacerlo y le faltaba práctica. Bruce también llevaba varios meses de sequía y estaba algo oxidado. Entre eso y que era su primera vez juntos y que no se conocían demasiado en ese aspecto, no era de extrañar que hubiera sido algo complicado. Pero había sido agradable, y como Bruce había asegurado antes de dormirse, iban a tener tiempo para mejorar.

Danny entró en la habitación volviendo del baño, y enseguida vio que estaba despierto y se sonrojó. Se colocó un mechón que se le había escapado del moño descuidado tras la oreja y dijo:

—Lo siento, no quería despertarte. Parecías estar durmiendo muy profundamente.

Danny se había puesto los pantalones cortos que llevaba la noche anterior, aunque apenas se asomaban bajo la camiseta de Bruce, muchas tallas más grande de la que le correspondía. Probablemente la había cogido de la silla, donde tenía siempre colgadas varias camisetas medio limpias. Estaba tan guapa así como siempre, o incluso más, y probablemente lo sabía.

Bruce sonrió y negó con la cabeza.

—No te preocupes. Parece tarde, ya era hora de que me despertara de todos modos.

Danny le devolvió la sonrisa, y mientras ella volvía a sentarse en la cama Bruce le echó una ojeada al reloj de la mesita. Pasaban unos minutos de las once de la mañana. Era efectivamente tarde, pero no le apetecía moverse aún. Se estiró para acariciar el brazo de Danny, y ella le sonrió más ampliamente y se acurrucó a su lado, mirándole de frente.

—¿Cómo estás? —le preguntó Bruce.

—Bien—respondió ella—. Bastante bien. Un poco rara. Hacía mucho tiempo que no… tenía esta intimidad con alguien, y lo recordaba diferente.

—¿Cuánto tiempo? —inquirió él con curiosidad, y justo después se dio cuenta de que podía ser una pregunta muy personal—No hace falta que me respondas si no…

—Tranquilo, no pasa nada—le interrumpió Danny, y después suspiró—. Estaba en sexto curso, así que eso fue en 1999. Hace más de cuatro años.

—¿Por qué…?

Bruce no sabía cómo continuar la pregunta, pero Danny le entendió y asintió. Parecía dispuesta a explicarle qué había pasado, pero el estridente ruido del timbre de la entrada cortó cualquier posible narración. Danny le miró con sorpresa.

—¿Esperas a alguien?

—No. Puede que sea algún vecino que quiere algo. A los niños de al lado a veces se les cuela la pelota en mi patio. Pero no es muy habitual que llamen…

Bruce bufó y se incorporó, buscando con la mirada algo a la vista que poder ponerse. Danny lo notó:

—¿Te parece bien que vaya yo a abrir? —se ofreció, señalándose la ropa—Será más rápido.

Bruce aceptó, agradecido, y Danny se levantó ágilmente y salió del cuarto. Oyó sus pisadas bajando los escalones, y el chasquido de la puerta al abrirse. Luego, una voz:

—Buenos días. ¿Vive aquí Bruce Vaisey?

Era una voz de mujer, y nada más oírla, hubo algo dentro de Bruce que se puso en alerta y le hizo fruncir el ceño. La conocía. Estaba seguro de eso, pero no sabía de qué.

Además, había podido identificar el acento original londinense de la mujer, aunque estaba escondido bajo lo que debía ser una capa de muchos años viviendo en Australia.

Sin esperar a oír más, se levantó y empezó a vestirse. Había otra camiseta medio limpia sobre la silla.

—Sí, aquí es—oyó decir a Danny.

—¿Está en casa ahora?

No lograba ubicar la voz, pero la conocía. Abrió el armario y un cajón, y allí encontró unos pantalones cortos de deporte.

—Sí. ¿Necesita verle?

—Sí, por favor. Le estaría muy agradecida.

Se puso los pantalones rápidamente sin caerse, y salió de la habitación intentando mantener la calma. Se sentía extrañamente nervioso.

—Claro. ¿Cuál es su nombre, por favor? ¿Qué debería decirle?

—No sé exactamente qué debería decirle…—oyó Bruce mientras bajaba las escaleras.

Hizo suficiente ruido como para que Danny se girara a mirarle con la curiosidad dibujada en el rostro, pero la puerta entreabierta le ocultaba todavía a la misteriosa mujer. Danny no dijo nada más, sino que esperó a que él llegara al final de las escaleras. Y cuando se asomó por detrás de ella para ver quién estaba en su portal, solo necesitó un segundo para quedarse sin habla.

No estaba muy lejos de los cincuenta años, aunque tenía una apariencia más joven. Llevaba el cabello, rubio oscuro, corto un poco más arriba de los hombros y con flequillo. Tenía los ojos castaños y las pestañas muy finas, pero las cejas gruesas. Era alta y delgada; el vestido ligero no desentonaba ni en el mundo mágico ni en el muggle.

Habían pasado años. Muchos años desde que la viera por última vez. Pero ella apenas había cambiado, y aunque lo hiciera, Bruce seguiría reconociéndola hasta el fin de los tiempos.

Ella se había llevado una mano a la boca con sorpresa cuando le vio aparecer, y los ojos se le pusieron llorosos.

—Bruce…—murmuró la mujer, como si no pudiera creérselo.

Él, en estado de shock, solo fue capaz de decir una palabra:

—Mamá.


¡Y corten la escena! ¡Introduzcan aquí los gritos de sorpresa del público!

Ahora en serio, sí, aquí tenemos por fin a un personaje que llevaba AÑOS rondándome la cabeza y no ha podido aparecer hasta ahora porque... ¡lo descubriremos en el siguiente capítulo!

Y a parte de eso, como ya he dicho arriba, este es un capítulo que disfruté muchísimo de escribir. La versión de Bruce adulto enamorado es una que no habíamos visto hasta ahora, y me parece adorable lo torpe que es y cómo intenta arreglar todos los fallos que hace... Y además, la dinámica en las escenas con los compañeros de equipo me encantan, con cada uno reaccionando a su manera. A parte del romance, también tenemos un poco de quidditch, como era de esperar, varias noticias del otro lado del océano (lo siento, no he podido resistirme a mencionar un poquito los inevitables dramas de los Slytherin en Reino Unido)... y por último, voy a contar una anécdota sobre la escena de la clase de surf. Desde hacía mucho tiempo sabía que Danny iba a darle una clase de surf a Bruce... Pero yo nunca había recibido una clase de surf, así que siempre me imaginé que ya me las arreglaría para inventarme una clase cuando llegara el momento; pues bien, resulta que por azares del destino, acabé recibiendo una clase de surf totalmente inesperada mientras estaba escribiendo el capítulo anterior... ¡y ya no tuve que inventármela! Me temo que le he robado algunas frases a mi profesor, pero estoy segura de que no le importará.

Y hasta aquí todo por hoy. ¡Millones de gracias por seguir leyendo, y recordad que si dejáis un review me haréis la persona más feliz del mundo! Espero que hayáis disfrutado la lectura, yo me marcho a seguir escribiendo.

¡Hasta la próxima!