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Capítulo 65

Mientras Albert soñaba con los hoyuelos que ella tenía donde la espalda cambiaba de nombre, Candy intentaba componerse.

Estaban en un hospital en Inagi, ciudad vecina a Tokio. Habían llegado hacía un par de horas, y ella no se había movido del lado de su esposo, que descansaba a causa de los calmantes.

Permaneció junto a él, hasta que se lo llevaron para realizarle una tomografía computarizada, la cual reveló una fractura en el cráneo y un pinzamiento en una vértebra lumbar. Más allá de eso, y de laceraciones varias, Albert estaba bastante bien.

Cuando lo llevaron de nuevo a la habitación, venía aseado y con la cabeza vendada. Ella no podía dejar de observarlo.

—Candy, ¿por qué no aprovechas que aún duerme y vas a comer algo? Hace horas que no pruebas nada —le sugirió su suegro.

—¡Oh, William! No tengo hambre. Sólo quiero estar con él—respondió, distraída.

—Bueno, entonces sal un rato y te despejas. Ve a peinarte, preciosa. Cuando Albert despierte querrás que te vea guapa, ¿no es cierto?

Y con eso, ella reaccionó.

—¿Por qué lo dices? ¿Se me ve tan mal? ¿Qué tengo? —dijo mientras corría al baño en busca del espejo—. ¡Mierda, estoy horrible! ¿Por qué nadie me ha dicho...?

Se lavó el rostro con energía. ¡Demonios, qué pálida estaba!

Se quitó toda la ropa y se dio una ducha. Se vistió con un conjunto igual al anterior, pero limpio: vaqueros, camiseta blanca y botas, que intentó dejar presentables como pudo. Antes de encender el secador de pelo se asomó a la habitación para ver si Albert ya se había despertado.

—Continúa con lo tuyo, condesa. Yo me encargo de tu esposo —le dijo William, divertido.

—Tenías razón. Parecía una bruja. Espero que Albert no recuerde haberme visto así.

No tenía idea de cuán premonitorio podía ser ese comentario.

—Querida, no podrías estar mal ni aun intentándolo. Pero ahora estás limpia, al menos. Yo haré lo mismo luego. ¡Ah, Candy!, te he pedido un sándwich, y no quiero un no, ¿de acuerdo?

«No quiero un no...» Se emocionó al recordar a Albert diciéndole esa misma frase. Ella le había respondido de forma impulsiva:

«No tendrás un no». Y así sería de ahora en adelante. Nunca volvería a negarle nada, jamás lo haría. Viviría para complacerlo, porque pensar en lo que podría haber perdido sería suficiente para que sólo hubiesen síes entre ellos.

Mientras se secaba el cabello, fantaseaba con el momento en que Albert despertara y se besaran. ¡Cómo ansiaba perderse en esa boca!

Lo amaba, realmente lo adoraba. Él era su hombre, y ella era completamente suya. Y ya nada podía separarlos.

Cuando abrió los ojos, ella fue lo primero que vio.

Estaba dormida, con el rostro apoyado en su mano, y la otra oprimiendo la de él. Albert observó los pequeños dedos vendados, y luego el sorprendente rostro de muñeca. Era perfecta.

Su atención se desvió un segundo de Candy al observar su propia mano. ¡Oh!, tenía un anillo de matrimonio. No lo había notado hasta ese momento. ¿Estaría casado con ella?

No. Se sintió decepcionado cuando se dio cuenta de que la chica de sus sueños no llevaba uno. Por un momento tuvo la esperanza de que realmente fuese suya, pero era demasiado... No, seguro que no sería tan afortunado como para eso.

Ya era bastante asombroso que aún estuviese a su lado, y no hubiese regresado a su mundo de fantasías. La chica de sus sueños era real, era muy real, y él no podía dejar de mirarla.

No se atrevía a soltarle la mano por miedo a despertarla, pero tenía deseos de tocar su mejilla, de acariciarle el cabello.

Y lo hizo, con mucha cautela. Recorrió su rostro con el dorso de la mano muy suavemente. Su cabello era de seda y brillaba intensamente.

Albert suspiró. ¡Qué criatura tan bella! Si pudiese recordar...

—¡Hijo! ¿Cómo te encuentras?

La voz de William que entraba en la habitación cargado de paquetes lo sobresaltó. Se sintió como si lo hubiesen sorprendido probando el fruto prohibido.

Candy se despertó de pronto y reparó en que él también lo estaba.

—Hola, corazón, ¿te sientes mejor? —dijo simplemente.

Albert intentó hablar, pero la voz no lo acompañaba.

—Estoy..., estoy bien, gracias a ambos. ¿Ha sido un terremoto, verdad? —susurró.

—Sí.

—¿Hay mucha gente... herida?

—Algunos, hijo. No te preocupes por eso ahora. ¿Estás bien?

—Sí.

—Estupendo, Albert—respondió su padre.

Mientras, Candy se inclinó por encima de él para oprimir un botón que había en la pared. Casi le rozó la nariz con sus pechos, lo que le provocó intensos deseos de hundir el rostro en ellos.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Estoy llamando para avisar de que te has despertado, mi amor. Él médico quería verte en cuanto lo hicieras —le explicó ella.

—¡Oh!

Su padre le acarició la mejilla con ternura.

—¿Te duele la cabeza, querido? ¿La espalda, quizá?

—No, papá. Ahora mismo no me duele nada. Dime, ¿dónde está Pauna?

William parpadeó, sorprendido. Le parecía muy extraño que su hijo preguntara por ella.

—A decir verdad, no lo sé. Quizá en alguna parte de Europa. Albert, dudo mucho de que ella sepa que estás en Japón.

—Creía que Pauna estaba aquí. El hombre que me rescató dijo algo... Lo primero que mencionó fue que lady Ardley estaría contenta porque me habían encontrado.

Candy rio y su suegro la imitó. Albert no sabía qué era lo que resultaba tan gracioso, y alzó una ceja, inquisitivo.

—Hijo, te presento a lady Ardley. Tu esposa se hizo pasar por una integrante de la corona escocesa para que le prestaran atención e iniciaran el rescate.

Albert abrió la boca y luego la cerró. Lo intentó de nuevo, pero no conseguía articular palabra. No podía creer lo que había oído. «Tu esposa», había dicho William. La chica de sus sueños era suya.

—Sí, así como lo oyes, Albert—continuó su padre—. Candy es increíble.

«Candy. Se llama Candy», repitió para sí mismo. Una sensación de déjà vu lo invadió. Eso lo remitía a algo del pasado. Un tenue flash, sólo un destello... Él ya había vivido algo así.

La observó, fascinado, y quiso decir algo, pero en ese momento un médico entró en la habitación y comenzó a revisarlo.

Permanecieron en silencio mientras Albert respondía a las preguntas que le hacían. William le tomó la mano cuando le comunicaron que tenía una leve fractura en el cráneo y un pinzamiento en una vértebra lumbar.

—Puede tener mucho dolor en los próximos días. Reposará hasta mañana en el hospital, y luego podrá irse si me promete que no hará esfuerzos ni movimientos bruscos. Sus heridas sanarán con el tiempo —dijo el médico antes de retirarse.

Candy se adelantó y se sentó en la cama junto a él. Le tomó el rostro con ambas manos y lo besó suavemente en los labios.

Un fuego abrasador se inició en ese beso y se extendió rápidamente por todo el cuerpo de Albert. Por un momento, se olvidó de sus lesiones, y su corazón latió muy deprisa. Cerró los ojos, pues temía tenerlos llenos de lágrimas por la emoción que sentía en ese instante.

Cuando los abrió, ella continuaba allí, a sólo unos centímetros de su rostro. Él la admiró en silencio. No quería hacerla sufrir, y por eso no se atrevía a decirle que no la recordaba... No la recordaba a ella ni por qué diablos estaba en Japón.

Se sentía muy mal por eso y pensó que debería llamar al médico y comentarle lo que le estaba sucediendo, pero no quería hacerle daño a... su esposa. Eso sonaba bien, y pensar que era suya, lo animó un tanto.

Para que ella no notara lo preocupado que estaba, decidió cambiar de tema. Quería ir por sendero seguro, y hablar de algo que recordaba muy bien: la empresa.

—Papá, ¿George se ha quedado a cargo de todo en Montevideo? Si es así, será demasiado para él, sobre todo con Pauna fuera del país. ¡Diablos!

—No te preocupes, Albert. Todo está bien por allí. Candy telefoneó y están dichosos porque te hemos hallado con vida. Lo pasamos muy mal cuando supimos que...

No pudo continuar. Estaba tan emocionado porque su hijo estaba a salvo que se le quebró la voz.

—Aun así, papá, me gustaría regresar cuanto antes.

—Pero, querido, ya oíste al médico. Tienes que guardar reposo.

—Entonces, ve tú, por favor. Estaría más tranquilo si regresaras y tomaras el mando —dijo Albert con firmeza.

Candy estaba azorada. Miraba a uno y a otro, y no podía creer lo que oía. Albert hablaba de la empresa como si fuese lo único que le importaba en la vida, y a ella la ignoraba completamente.

No le había dirigido ni una sola palabra hasta el momento. Era como si no estuviese. No lo entendía. Habían tenido un acercamiento muy importante en los últimos días, pero Albert se comportaba como si eso jamás hubiese existido. En un principio, había creído que todavía estaba conmocionado por lo que había sucedido. Estar sepultado durante cuarenta y ocho horas debía haber sido muy duro. Pero al oírlo preguntar por su madre, había pensado que algo no andaba bien. Y ahora, al hablar de la empresa de esa forma, se había dado cuenta de que definitivamente algo andaba muy mal. La estaba tratando con indiferencia, alevosa y cruel indiferencia, y eso le dolía profundamente.

Mientras Albert continuaba discutiendo con su padre la conveniencia de que regresara a Montevideo rápidamente, Candy se fue retirando poco a poco de la habitación. Ellos no parecieron notarlo.

Una vez afuera, tragó saliva y pestañeó varias veces. No quería llorar, no debía hacerlo. No tenía derecho. Tenía que estar feliz porque Albert estaba con vida. «Eso es lo importante», se recordó.

Con el corazón destrozado, comenzó a deambular por los pasillos. Necesitaba respuestas, pero no sabía dónde buscarlas.

—¿No la recuerdas, querido?

—No.

—Pero ¿ni un poquito?

Albert dudó.

—Bueno..., yo no diría que ni un poquito.

No sabía si debía contarle a su padre lo de las imágenes que poblaban su mente, pues no tenía ni idea de hasta dónde eran recuerdos y hasta dónde sólo fantasías.

—Haz un esfuerzo, Albert. ¿Qué es lo que recuerdas? —preguntó William, inquieto.

—Papá..., cosas. Cosas privadas, ya sabes. Ella y yo en determinadas situaciones...

—Entiendo.

—Pero no sé si en realidad las vivimos, o son solamente producto de mi imaginación. Por favor, háblame de ella, papá.

—Ella es todo para ti —dijo William simplemente.

—Te creo. Ella me perturba... intensamente. ¡Carajo!, me vuelve loco no recordar. No tengo ni idea ni de por qué estoy en Japón.

William lo miró, evaluando la conveniencia de contarle lo que sabía. Quizá debía llamar al médico.

Hizo ambas cosas. Le contó lo de Rosmery, lo de la investigación, lo de la pelea con Candy. Albert lo escuchó atónito mientras su mente iba hilvanando la información. Y luego llamaron al médico y le comentaron lo que le estaba sucediendo.

—Es algo muy común ante un trauma de la magnitud del que le ha tocado experimentar. Es amnesia selectiva, y puede durar unas horas o varios días. Generalmente, se dejan fuera personas o eventos que la psique considera amenazantes o demasiado fuertes.

Albert maldijo. Así que era eso... No había remedio; sólo le quedaba esperar a que su mente se espabilara un poco. Pero tenía que explicarle a Candy qué era lo que le estaba sucediendo.

Candy, ¿dónde diablos se habría metido?

—Papá, ¿dónde está Candy? —preguntó sin disimular su ansiedad.

—Iré por ella, hijo. Tú descansa.

Él lo intentó, pero no pudo. Era imposible descansar sin saber de ella, y de lo que sentiría al darse cuenta de que su esposo no la recordaba.

El hecho de pensar que su psique la podía encontrar peligrosa le resultó perturbador. ¿Peligrosa? Si era un ángel.

No podía creer en su buena suerte. La chica de sus sueños lo amaba. Deliberadamente ignoró el hecho de que el terremoto había ocasionado un nuevo desencuentro, porque estaba feliz de estar con vida y de tenerla a ella.

William se lo explicó y ella no le creyó.

—¿Es una broma?

—No, preciosa. Es verdad. Pero el médico ha dicho que en poco tiempo recuperará los recuerdos.

—¿Y entre todas las cosas de las que olvidarse nos ha elegido a su hermana y a mí? ¿Es que tan amenazantes le resultamos?

—¡Ah, Candy!, él no lo hace a propósito.

Ella sacudió la cabeza. Sabía que no era adrede, claro. Pero la elección de su mente le decía demasiado.

—¿Y qué debo hacer, William? ¿Cómo debo tratarlo? Debe ser horrible para él que una desconocida lo bese.

—No lo creo. Yo te diría que eso le gustaría mucho.

—¿Cómo puedes decir eso? ¿Te ha dicho algo?

William sonrió, enigmático. En realidad, Albert no le había dicho nada, pero había notado el brillo de su mirada al hablar de ella y lo intensamente perturbadora que le resultaba.

Candy no tenía ni idea de cómo dirigirse a su esposo, después de conocer la situación, pero lo intentaría. A pesar de la amnesia, Albert era el hombre de su vida, y el hecho de que la hubiese borrado, aunque no fuese intencional, le dolía, pero no la iba a amedrentar.

—Lo sabes —afirmó él en cuanto ella entró en la habitación.

—Lo sé.

Estaban solos. William había decidido intentar conseguir un billete de regreso a Montevideo para que su hijo se quedara más tranquilo, y a eso se dedicaba en esos momentos.

—Lo siento...

—No te preocupes. Ya pasará... Espero.

—Yo, también.

Estaban algo cohibidos el uno con el otro.

La entrada de una enfermera sirvió para interrumpir la tensión que se había apoderado de la situación.

—Señor, baño.

—¿Qué? —dijo Albert sin comprender.

—Baño, baño. Usted. Baño. Lluvia.

—¿Quiere que me duche?

—Eso. Lluvia. Sentado.

Hablaba un inglés a lo indio, pero lograba hacerse entender. Y mientras decía eso, tomó a Albert de un brazo para que se levantara.

—Enfermera, yo lo haré —dijo Candy, decidida.

—¿Usted baño hombre?

—Sí. Yo soy su esposa y lo... ayudaré a bañarse.

—Okey. Lluvia. Sentado.

—Sí. Se duchará sentado, pierda cuidado —afirmó Candy.

Al parecer la enfermera la creyó porque se retiró de la habitación con una sonrisa de satisfacción.

—No creo que sea necesario que me duche —dijo Albert, mirando por la ventana.

—En algún momento tendrás que hacerlo, así que... andando.

Él la observó con ojos como platos.

—¿Me ayudarás?

—Por supuesto.

Fue complicado ponerse en pie, pues el dolor lo hacía temblar de pies a cabeza.

—Demonios...

—Vamos... Un paso más y ya estás dentro.

Él se sentó en una silla especial que había dentro del plato de la ducha y ella comenzó a desatar los nudos de la bata, a su espalda.

En cuanto desanudó el primero, Albert comenzó a experimentar las inequívocas sensaciones del inicio de una erección. ¡Carajo!, no quería que ella lo notase.

—Espera —le pidió él, oprimiendo la bata contra su pecho.

—Albert..., para tu información te diré que ya nos hemos visto desnudos antes —repuso ella de buen humor.

Él frunció el ceño y poco faltó para que se sonrojara.

Cerró luego los ojos y permitió que ella terminara de quitarle la bata, dejando expuesta su ya franca erección.

Pero Candy pareció ignorarla. Descolgó el teléfono de la ducha y comenzó a mojarle los hombros.

Si Albert hubiese estado más atento, quizá habría notado el temblor de los labios de ella. No podía controlar su deseo; por eso se los mordió. Lo había visto... Había notado su pene del todo erguido y absolutamente tentador, pero para que él no se sintiese mal había decidido hacerse la desentendida.

Le enjabonó la espalda suavemente y luego le dio el jabón para qué él mismo lo hiciera por el pecho y... todo lo demás.

Fue una ducha rápida. Lo ayudó a enjuagarse y luego a ponerse de pie.

Cuando le alcanzó la bata de felpa, sus ojos se encontraron un momento y fue como un hechizo. Con la chispa de sus miradas se encendió la mecha del deseo, y de pronto, ambos comenzaron a arder.

El hombre de su vida y la chica de sus sueños se aproximaron lentamente, y los vapores de la ducha los envolvieron, contribuyendo a crear una atmósfera de ensueño.

Fue inevitable el beso. Al principio resultó algo inseguro, pero rápidamente se fue tornando intenso y eróticamente devastador.

Ella introdujo la lengua primero, quizá alentada por recordar todo lo vivido. Cuando él percibió su sabor, gimió y la tomó de la nuca profundizando el beso.

Jadearon al unísono, y si la enfermera no hubiese entrado en el baño, quién sabía cómo hubiesen terminado.

La chica los miró con desaprobación, moviendo la cabeza a un lado y al otro.

—Baño sí, beso no —dijo, enojada, y ellos se echaron a reír.

—Lo siento, enfermera. No volverá a suceder —contestó Candy, guiñándole un ojo a Albert para darle a entender que sí iba a suceder, y mucho más.

—Ahora comer. Luego dormir —ordenó la enfermera, decidida, mientras ayudaba a Albert a recostarse en la cama.

—Yo lo hago. Le daré de com... —intentó decir Candy, pero la enfermera no la dejó continuar.

—No. Usted beso. No comer.

Y no hubo manera; Candy no logró convencerla de que le permitiera darle de comer a Albert.

La chica continuó dándole un bocado tras otro, hasta que Albert le rogó que dejara ese tormento. Estaba muerto de hambre, pero se sentía un tonto con la enfermera nipona dándole de comer en la boca.

Sin duda, habría preferido que hubiera sido Candy la que le hubiese dado el alimento directamente desde la suya.

La miró por encima de la enfermera, que en ese momento le estaba acomodando las sábanas y le sonrió. Aún no oscurecía, pero presentía que a su lado, hiciesen lo que hiciesen, cada noche sería única.

CONTINUARA