Todo lo que reconozcáis (y más) pertenece a J.K. Rowling. El resto ya es cosa de mi imaginación.
Me gusta cuando la fecha de publicación coincide más o menos con las fechas del capítulo. Tengo la impresión de que ayuda a sumergirse mejor en el momento... aunque puede que solo sea cosa mía. Sea como sea, ¡espero que os guste!
68. Quince años
Era su madre la que estaba en su portal. Su madre, de la que no había sabido nada desde los siete años. Su madre, que les había abandonado y se había largado de casa sin dar una sola explicación. Su madre, que nunca se despidió de él. Que ni siquiera mencionó su nombre en la breve nota que dejó en el salón al marcharse ni dijo que lo lamentaba.
Esa misma madre estaba ahora frente a él, quince años más tarde. En Australia, a miles de quilómetros de la casa en la que habían vivido en Londres. Sin avisar, sin dar una sola explicación. Ahí estaba, llorando, temblando y sin dejar de mirarle.
Bruce estaba demasiado impactado para reaccionar. Todavía estaba procesando lo que veían sus ojos. No era capaz de descifrar lo que sentía, si es que sentía algo. Era simplemente tan inesperado. Podría haber habido cualquier otra persona tras esa puerta y no habría estado tan sorprendido. Pero la única persona en su vida que había desaparecido sin dejar rastro… Era demasiado increíble para ser cierto.
Danny, a su lado, pareció recordar de pronto lo poco que él le había contado sobre su familia en alguna de sus citas, y soltó un grito ahogado y se llevó las manos a la boca en un gesto de sorpresa. Le había explicado que su madre se había marchado de casa cuando él era pequeño y no había vuelto a tener contacto con ella desde entonces.
La reacción de Danny sacó a Bruce de su aturdimiento, y entonces su cerebro se puso a funcionar a toda velocidad y fue casi peor que antes. Las preguntas se amontonaron en su cabeza, miles de ellas, tantas que no supo a cuál atender. Era una situación tan insólita y entendía tan poco, que no sabía por dónde empezar. Al final, al cabo de unos segundos en los que debió parecer un idiota rematado, hubo una pregunta que se abrió paso entre todas las otras:
—¿Qué estás haciendo aquí?
Su madre sonrió a pesar de las lágrimas que corrían por su cara, y ese simple gesto transportó a Bruce a una infancia que creía olvidada. Recordó esa sonrisa. Recordó haber visto sonreír a su madre cientos de veces cuando era niño. Era una memoria que no sabía que conservara aún.
—Es una historia un poco larga—admitió ella con voz entrecortada, y ahora que le hablaba a él, su deje londinense se hizo más obvio bajo la capa de acento australiano—. Demasiado larga para contártela en el portal.
—Pase, por favor—saltó Danny antes de que Bruce pudiera pensar en una respuesta—. Les prepararé un té.
Su madre se giró hacia Danny y asintió con elegancia. Era más elegante de lo que recordaba. Danny se apartó de la puerta para que pudiera entrar, y Bruce la imitó.
—Muchas gracias, querida. Tú eres Danielle Lewis, ¿verdad?
—Sí, señora. Aunque todos mis conocidos me llaman Danny. Me temo que no sé su nombre…
—Alexandra, por favor. Nada de señora.
Bruce se fijó en que no había dado su apellido. Mientras Danny la guiaba al salón (algo que Bruce agradecía infinitamente mientras trataba que su cerebro volviera a funcionar), se dijo que no era de extrañar. No querría tocar temas delicados antes de siquiera pasar del recibido, y su apellido podía serlo. Seguro que ya no usaba Vaisey. ¿Tal vez Aubrey, su apellido de soltera? ¿O tal vez se lo habría cambiado por uno falso, o incluso se habría casado de nuevo?
Su madre no pareció fijarse mucho en la decoración del salón antes de sentarse con delicadeza en el borde del sofá. Tenía las manos fuertemente apretadas, cruzadas sobre el bolso encima de las rodillas, y así Bruce supo que al menos él no era el único nervioso. Danny había entrado en la cocina y ya sonaba como si estuviera arreglándoselas para hacer té a pesar de no conocer el lugar, y súbitamente Bruce se dio cuenta de la pinta de recién despertado que debía tener.
—Dame dos minutos, ahora vengo—medio dijo, medio se disculpó, y subió casi corriendo al baño del piso superior.
Tras aliviar sus necesidades, se lavó la cara y se arregló mínimamente el pelo, y también pasó por su habitación para ponerse unos calzoncillos y una camiseta completamente limpia. Tras eso se sintió con un aspecto más decente, y volvió al salón.
Se encontró a las dos mujeres sumidas en un silencio incómodo, sentadas cada una en un extremo del sofá y sosteniendo una taza de té caliente. Nada más entrar Bruce, Danny se puso en pie casi de un salto, dejando su taza sobre la mesita frente a ella.
—Yo me voy a casa—dijo con una voz que intentaba ser normal, pero que tenía un timbre nervioso. Bruce no la culpaba por querer escapar de aquella situación tan rara e incómoda, y Danny se acercó a él y continuó hablando en un susurro—. Ven a verme luego cuando quieras, o si no, mañana. Te he dejado mi dirección escrita en una nota en la cocina, mi chimenea está conectada a la red Flu. Ve con cuidado con la cabeza.
—Vale—asintió Bruce con lentitud.
Danny le besó en la mejilla, y aunque notó la sensación cálida de siempre, tenía demasiadas cosas en la cabeza como para que le afectara hasta atontarlo. A continuación Danny se fue hacia la chimenea y se metió después de lanzar los polvos Flu, y un instante después ya no estaba.
Y Bruce Vaisey se quedó a solas con su madre.
—Primero de todo, ¿cómo has conseguido encontrar la casa? Se supone que mi dirección es secreta—quiso saber Bruce nada más sentarse.
Los hombros de su madre se relajaron un poco, como si agradeciera que empezara con una pregunta tan fácil. Bebió un sorbo de té. Bruce, que había ocupado el lugar de Danny en el otro extremo del sofá y también había cogido su taza de té que no había ni empezado, la imitó.
—No ha sido nada sencillo—admitió la mujer—, y por eso he tardado tantas semanas en encontrarte desde que supe que habías llegado a Australia. Primero tuve que mover varios hilos en el Ministerio y pedir algún favor para averiguar dónde estaba la sede de tu equipo. Resulta que es información reservada solo para trabajadores relacionados y prensa especializada, y yo no quería levantar sospechas. Nunca me han gustado los cotilleos, y como he descubierto, parece ser que a ti tampoco, así que tuve que ser discreta. Después, necesité encontrar una excusa para pedir tu dirección en vuestras oficinas, y aunque creí que iba ser difícil convencerles, resultó ser lo más fácil de todo. Se llama Tiffany vuestra asistenta, ¿verdad? Qué muchacha más atolondrada. Se puso tan nerviosa que incluso me ofreció las direcciones del resto de tus compañeros de equipo por si también las necesitaba… Pero una vez que obtuve tu dirección, fue tan fácil como consultar un mapa y llegar hasta aquí.
—¿Dónde vives?
—En Canberra, a las afueras. No muy lejos de aquí para lo que son las distancias australianas.
—Sé dónde está Canberra—replicó Bruce con sequedad.
La ligera sonrisa de su madre se borró de su rostro, y dejó el té sobre la mesita. Se retorció las manos una vez.
—Lo siento tanto, Bruce, hijo mío…—le dijo, mirándole con una tristeza infinita—Durante todos estos años he querido, tantísimas veces, ponerme en contacto contigo…
—¿Y por qué no lo has hecho nunca?
—No podía…
—¿No podías o no querías? —preguntó él con dureza.
La sorpresa inicial que sentía había ido dando paso al enfado poco a poco. No había esperado volver a verla nunca en la vida, pero ahí estaba, en su salón, contándole tan tranquilamente que cuando por fin había querido encontrarle, tan solo había necesitado unas pocas semanas de pedir favores y manipular gente para conseguir averiguar una dirección que era un secreto celosamente guardado. Que no había sido tan difícil, que no le había costado tanto.
Que si de verdad hubiera querido estar en contacto, no le habría sido muy difícil. ¡Por Merlín, se había pasado ocho años en Hogwarts! No era muy difícil que una lechuza encontrara a un niño en el colegio.
—Déjame contártelo todo, por favor—le pidió ella, y su voz tenía un tono suplicante.
—¿No podías contactar conmigo, o en realidad no querías hacerlo? —insistió Bruce, ya definitivamente enfadado.
Enfadado no. Enfadado ya empezaba a quedarse corto. El enfado estaba dando paso a la furia, y solo el autocontrol que tenía evitaba que se pusiera a gritar como un loco.
—No podía, de verdad—respondió ella de inmediato, y siguió hablando muy rápido para no darle la oportunidad de replicar—. No sin temer que se lo contaras todo a tu padre. No podía arriesgarme a eso, Bruce, entiéndelo. Me fui de Inglaterra huyendo de él. Si intentaba retomar el contacto contigo, él lo sabría. Aunque te hubiera pedido que no se lo contaras y por alguna razón me hubieras hecho caso, se habría acabado enterando tarde o temprano. Y no podía permitir que él supiera lo suficiente de mí como para volver a encontrarme.
—¿Por qué tanto miedo a que te encontrara? Él jamás te puso una mano encima. Te quería. Más que a nada en el mundo.
—No, tu padre nunca me hizo daño, no de ese modo. Sí que me quería—su madre se interrumpió un momento, durante el que se miró las manos fuertemente apretadas, y luego continuó hablando con un poco más de calma—. Pero yo no era lo más importante para él. Tu padre nunca fue un mortífago, Bruce, pero eso no quiere decir que no estuviera de acuerdo con ellos o que no los apoyara. No sé cuanto recordarás de cuando eras pequeño, pero aunque le rogaba que no dijera nada delante de ti, siempre se le escapaban comentarios. Sobre lo diferente que sería el mundo si no hubieran perdido la guerra, si Quién-Tú-Sabes no hubiera muerto, si él no hubiera estado ocupado sacando adelante la tienda y hubiera podido ayudar. Durante años le quise lo suficiente como para ignorar eso. "¡Me quiere y en el fondo es un buen hombre! ¿Qué más da que tenga algunos pensamientos malos? La guerra ha acabado y no puede hacer daño a nadie", me dije siempre a mí misma—su madre suspiró profundamente—. Pero los años fueron pasando, tú fuiste creciendo y él no cambió, y siguió soñando con un mundo de hubieras por mucho que intenté que aceptara la realidad. Me sentía atrapada. Nadie me escuchaba, nada de lo que hacía servía para nada… Solo quería escapar. Huir e irme muy lejos. Y justo entonces, mi abuelo murió. Probablemente no le recuerdes, porque no le veíamos mucho, y ya era muy mayor cuando murió, pero de pequeña había estado muy unida a él y fue muy duro para mí. Pero a tu padre le dio igual. No le importó en absoluto, y no quiso ir al funeral. Para él, fue solo la muerte de un muggle que ya había sobrepasado con creces su esperanza de vida. Y eso fue la gota que colmó el vaso. Y me largué.
—Te largaste—repitió Bruce—. Y no pensaste en llevarme contigo. Preferiste dejarme con el hombre del que huías.
—¡Claro que pensé en llevarte conmigo! Pero…—tragó saliva—Tu padre nunca fue malo contigo. Te trataba bien. Y si te llevaba conmigo, él te buscaría. Te reclamaría, insistiría en verte por todos los medios, incluidas vías legales, y yo no podría escapar de eso. Y lo que yo necesitaba era huir de todo. Empezar una vida nueva completamente desde cero. Si le hubiera tenido buscándome, buscándote a ti, jamás habría podido conseguirlo.
—Así que yo era una carga—dijo Bruce fríamente—. Una molestia que no te habría permitido tener la vida que querías.
—¡No eras una molestia! Eras mi hijo…
—Un hijo al que abandonaste cuando no te convino para tus planes.
—¡No te abandoné! ¡Te dejé con tu padre!
—¡Intenta explicarle eso a un niño de siete años! —estalló finalmente.
Bruce se puso en pie con furia, derribando en el proceso la taza de té, que se estrelló y derramó en el suelo, pero no le importó. Sabiendo lo que sabía ahora, estaba todavía más enfadado de lo que creía posible. Furioso y herido.
—¡Me abandonaste cuando tenía siete años! —repitió a voz en grito—¿Y por qué? ¡Porque querías empezar una nueva vida lejos de tu marido en la que yo no tenía lugar! ¿¡Pues sabes qué!? ¡Cuando la gente normal quiere hacer eso se divorcia! ¡No desaparece de la faz de la Tierra! ¡No huye al otro extremo del mundo sin dar una sola explicación! ¡No deja una nota de despedida en la que ni siquiera se acuerda de su hijo! ¡Ni tampoco vuelve a aparecer quince años después pidiendo comprensión!
—¡Si hubiera hecho eso habría habido habladurías! —replicó su madre, también gritando y con los ojos llenos de lágrimas—¡Todo el mundo habría hablado de nosotros, de qué nos habría pasado! ¡Habría habido miles de rumores! ¡Me habrían mirado tan mal…! ¡Todos me señalarían al pasar! ¡No lo olvidarían nunca! ¡Habría quedado marcada para siempre!
Era una razón tan absurda que Bruce no pudo hacer menos que reír. Soltó una profunda carcajada, y luego otra y otra. Pasó casi un minuto entero hasta que pudo tranquilizarse y responder:
—Así que tenías tanto miedo de que la gente hablara mal de ti, que preferiste esfumarte—resumió Bruce, mirándola fijamente—. Por si no te lo imaginabas, eso hizo que se hablara más de ti que si hubieras actuado de cualquier otro modo más normal.
—Pero hijo, las miradas, los rumores, cómo todos se habrían comportado diferente conmigo…—su madre también había bajado el tono de voz, pero seguía llorando en silencio—Creía que tú lo entenderías mejor que nadie, ¡tú tampoco los soportas! ¿Cómo iba a aguantar a toda esa gente juzgándome sabiendo que en Australia nadie sabría nada y tenía a un hombre maravilloso esperándome?
Esa última revelación les sumió en un denso silencio.
—Había otro hombre—dijo Bruce despacio.
Su madre asintió lentamente, retorciéndose las manos.
—Leonard era en ese entonces diplomático en el Ministerio, le conocí en el trabajo. Era tan listo, tan educado, tan divertido, tan simpático, tan diferente de tu padre… Pasamos de ser amigos a algo más, pero no quería romper con tu padre. Por ti, por el qué dirán… Pero él se cansó de mantenerlo en secreto, así que volvió aquí a Australia cuando su periodo en Inglaterra terminó. Poco después pasó lo de tu bisabuelo, y una cosa se juntó con la otra… Y me vine aquí.
A lo largo de todos esos años, Bruce había pensado muchas veces en su madre. Se había hecho miles de preguntas sobre por qué les había abandonado. ¿Qué habría pasado por su cabeza? ¿Qué habría tenido en cuenta antes de tomar la decisión? ¿Cuál habría sido el último detalle que la habría hecho decidirse?
Algunas veces había pensado que tal vez se habría enamorado de otro y habría decidido dejarlo todo por él. Bruce había imaginado cientos de escenarios, así que ese era solo una más de todas las causas posibles… Pero ahora que esa posibilidad se revelaba como la más acertada, no podía evitar sentirse defraudado y traicionado. Se suponía que las madres querían a sus hijos más que a nada en el mundo. Que nunca los abandonarían. Que siempre serían su prioridad. En un mundo ideal, una madre no abandonaría a su hijo para poderse ir a vivir con otro hombre en la otra punta del mundo.
Pero su madre lo había hecho.
—Y después de haber hecho todo eso, de pronto creíste que sería buena idea venir a saludarme.
—Cuando descubrí que habías llegado a Australia, no podía creerlo. No podía creer que fueras tú—dijo ella con voz temblorosa—. Creí que era una señal del destino. Creí que una vez que te lo explicara todo, lo comprenderías…
—Creíste mal—replicó él fríamente—. Sigo sin entenderte.
—Bruce, hijo, si me dejas…
—No. Ya has tenido suficiente tiempo. Vete de mi casa.
Se dirigió hacia el recibidor y abrió la puerta de entrada. Su madre le siguió despacio, y cuando cruzó el portal le miró con ojos suplicantes.
—Bruce, por favor, déjame intentar…
—No—dijo tajantemente—. No, Alexandra. Ya no.
Cerró dando un portazo.
Pasó el resto del día forzándose a no pensar. Ordenó la casa, hizo la colada, lavó los platos manualmente y arrancó hierbajos del jardín con las manos, antes de ir a correr por la playa y morirse de calor, tras lo cual se desplazó hasta el campo de entrenamiento de los Warriors para centrarse en su cuaderno y ensayar algunos de los movimientos más difíciles y que necesitaban un mayor control de la escoba. Intentó hacerlos todavía más rápido, a esa velocidad en la que el mango de la escoba empezaba a vibrar y un jugador menos experimentado habría acabado por perder el control y salir volando hasta estamparse con el suelo. Pero él no perdía el control.
Si había algo en su vida que podía controlar, era lo que hacía sobre su escoba.
Cuando volvió a casa ya era muy tarde, y se calentó para cenar lo primero que encontró en la nevera. Mientras tanto se puso la radio mágica a todo volumen; si las paredes no hubieran estado insonorizadas, probablemente los vecinos se habrían acercado a quejarse. No era muy aficionado a la música australiana, aunque los Demon Firefighters tenían algunas canciones que le parecían buenas. Pero lo único que quería era escuchar ruido, no disfrutar de la música, así que con la cena se tomó un largo trago de la poción para dormir sin sueños, que siempre tomaba cuando necesitaba dormir bien.
La poción empezó a hacer efecto poco después de acabarse la cena. Estaba sentado en el sofá, y notó como los músculos se le iban relajando y el cerebro se iba desconectando poco a poco. Un comentario en la radio, que hizo un breve descanso de la música, le llamó un poco la atención:
—…y desde Estados Unidos el grupo estrella del momento, las Snitches de Alas Dobladas, por fin nos han deleitado sacando a la luz la primera canción de su nuevo disco. Se llama Tell'em the truth, y su lanzamiento ha suscitado alguna que otra polémica en el continente americano… ¡Pero eso lo discutiremos después de escuchar la canción!
La música empezó a sonar mientras él se estiraba en el sofá, demasiado cansado para subir las escaleras hasta su habitación. Una ligera curiosidad le mantenía despierto aún, ya que hacía siglos que no oía novedades sobre las Snitches. Escuchó mientras los ojos se le cerraban poco a poco:
"Come on, come on!
Tell'em the truth!
You're a monster and so am I,
Don't you wanna tell'em why?" (1)
Se quedó dormido antes de que acabara el estribillo.
Debía haberse medio despertado en algún momento de la noche, lo justo como para apagar la radio y volverse a dormir de inmediato, porque ni siquiera recordaba haberlo hecho. Cuando volvió a recobrar la conciencia, lo único que sabía era que un ruido súbito en la chimenea le había despertado, y que todo lo demás estaba en silencio. Se incorporó rápidamente para ver qué había producido ese ruido, y se tranquilizó al ver que solo era Danny, que acababa de llegar por la red Flu.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Bruce, sentándose y frotándose los ojos mientras se desperezaba.
—Ayer no viniste a verme—dijo Danny mientras le observaba cautelosamente, como si le estuviera estudiando—, y estaba un poco preocupada. Te dejé bastante nervioso, y quería saber cómo estabas.
Bruce asintió lentamente, recobrando los recuerdos poco a poco. Sí, Danny le había pedido que fuera a visitarla después de hablar con su madre. Y sí, había visto su nota con su dirección en la mesa de la cocina. Pero él no había estado de humor para hablar con ella, ni con nadie más. No le había apetecido hablar de todo lo que había discutido con su madre. Y de hecho, seguía sin apetecerle.
—Estoy bien. Solo me apetecía estar un rato solo.
—¿De qué hablasteis?
—Cosas—repuso encogiéndose de hombros.
Danny le miró con consternación y se sentó a su lado en el sofá. Señaló con la cabeza el plato y los restos de la cena de la noche anterior, que todavía estaban sobre la mesita, y Bruce se apresuró a hacer un giro de varita para mandarlo todo al lavaplatos.
—¿Cosas que puedes contarme? —preguntó ella con suavidad.
—No me apetece hablar de ello—repuso él.
Danny le acarició la mejilla, que picaba un poco porque llevaba tres días sin afeitarse, y a Bruce no le quedó más remedio que mirarla a los ojos. Por Merlín, estando tan cerca era imposible resistirse a cualquier cosa que pidiera, y Bruce se odió un poco por caer tan fácilmente.
Pero no le quedó más remedio que hacerle un breve resumen de lo que había pasado en la charla con su madre. Cuando acabó, la expresión de Danny era desolada, como si le pareciera horrible todo lo que había escuchado, y se abrazó con fuerza a él.
—Es terrible, Vaisey. ¿Cómo pudo hacerte algo así? ¿Cómo es una madre capaz de hacer eso?
—No lo sé. Supongo que tendría sus prioridades—replicó ácidamente.
Danny le acarició otra vez, y antes de que tuviera tiempo de perderse en sus ojos azules, ella le besó. Sus defensas se derribaron ante eso, y llevó una mano a la parte posterior de su cuello para profundizar el beso. Notó como una mano le recorría la espalda y se dejó llevar…
Y lo siguiente que supo fue que estaba sentado en el sofá, con Danny a horcajadas sobre él, y acababa de quitarle la camisa. Él mismo estaba también medio desnudo ya, con el corazón latiéndole a toda velocidad y con dificultades para recordar los últimos minutos, pero con sus manos recorriendo toda la piel disponible mientras su cerebro le gritaba que fuera despacio.
—Danny…—susurró Bruce con dificultad—¿Quieres hacer esto ahora? La última vez…
Danny dejó de besarle el cuello y eso le permitió pensar con un poquito más de claridad, pero ella solo se acercó lo suficiente como para poder hablarle al oído:
—La última vez dijiste que tendríamos tiempo de sobras más adelante para practicar. Ahora tenemos tiempo, y tú necesitas distraerte.
—No quiero que acostarte conmigo sea algo que hagas para distraerme—protestó él.
Pero Danny se pegó más a él y le besó con más fuerza, y las débiles protestas de Bruce se perdieron en el aire y no tuvo más energías para insistir en que quería asegurarse de que ella estuviera cómoda.
Lo cierto fue que aquella vez fue mucho mejor que un par de noches atrás. Danny estaba más relajada, y Bruce usó algunas de sus técnicas manuales que sabía eran más efectivas. Las había aprendido con Gina, que si bien había sido una persona horrible, como profesora en aquellos temas había sido excelente. Si tenía algo que agradecerle a Gina, era sin duda lo mucho que había aprendido con ella.
No se lo contó a Danny, obviamente, aunque por su cara cuando acabaron, ella también debía agradecer fervorosamente a Gina aquellas lecciones.
—Nunca me habían hecho esto—le susurró ella, con la cara totalmente roja y todavía recuperando las fuerzas.
Bruce sonrió, y la besó en la frente sintiéndose secretamente orgulloso.
—Qué lástima que hayas tardado tanto en experimentarlo. Pero seguro que de aquí en adelante podremos recuperar el tiempo perdido.
Danny se sonrojó todavía más si cabe, y en un ataque de pudor se estiró para llegar a su camisa y cubrirse con ella.
—Sí, claro—dijo bajito, y a continuación señaló con la cabeza hacia la ventana—. Pero primero, ¿has visto qué olas hay ahí afuera?
Bruce no había visto las olas; ni siquiera había desayunado y a duras penas se había levantado del sofá.
—Pues hace un día estupendo para surfear. ¿Qué te parece tener hoy tu segunda clase?
Ese día consiguió ponerse de pie sobre la tabla. Dos veces. En ambas perdió el equilibrio tras unos pocos segundos y cayó cómicamente al agua, pero el poco tiempo que consiguió estar ahí erguido, sintiendo la ola llevándole y con toda la fuerza del mar bajo sus pies, fue increíble.
Se sentía poderoso. Libre. Invencible.
No se sintió igual a la mañana siguiente, cuando tuvo que volver a los entrenamientos y Marlene, más arisca de lo habitual, aprovechó cada mínimo error para gritarle una larga retahíla de insultos a una velocidad pasmosa. Hacía tiempo que los gritos de Marlene no le afectaban, pero aún y así, a nadie le gustaba que le llamaran manco, retrasado, desgracia para su profesión, vergüenza nacional y muchas más cosas del estilo, por lo que no acabó el entrenamiento de buen humor.
Curiosamente, Rick intentó justificar a Marlene. Ese sábado se enfrentaban a los Hobart Monsters, un rival duro y agresivo que preocupaba a todos por la alta probabilidad de lesiones al jugar contra un rival como aquel. Entre los Monsters estaba John Briand, ex cazador de los Warriors a quien Marlene había respetado mucho hasta que se cambió de equipo por dinero. Ese era el último partido de Liga del año, porque aunque la semana siguiente tenían un partido de la CITOQ, el encuentro contra los Monsters marcaría el tono de las inminentes vacaciones de Navidad. El curso escolar acababa ese viernes, con lo que todos los adolescentes estarían libres el sábado y tendrían mucho más público y más presión para ganar. Todo eso, junto a que su marido estaba pasando por un momento crítico en el Ministerio y estaba en una posición muy delicada desde hacía días.
Fue la primera vez que Bruce vio a Rick actuando realmente como capitán del equipo, intentando mantener la paz y limando asperezas, y Bruce se sorprendió admitiendo que lo hacía bien. En cuanto Rick se esforzaba un poco, podía ser realmente encantador y fomentar una atmósfera de entendimiento agradable. Era el máximo ejemplo del respeto y la tolerancia, y costaba imaginar que el resto del tiempo se limitara a sonreír cortésmente y repetir las mismas fórmulas educadas una vez tras otra sin nunca escuchar realmente a nadie. ¡Por Merlín, si hasta consiguió que Mitch dijera más de cuatro palabras seguidas por primera vez desde que Bruce le conocía!
—Pues dile a la loca de tu amiga que se olvide de todas esas mierdas y se centre en el puto partido, como hacemos todos—casi escupió Mitch antes de largarse sin esperar una contestación de Rick.
De acuerdo, si cada vez que Mitch iba a construir una frase completa iba a ser así, tampoco pasaba nada si continuaba comunicándose con monosílabos y gruñidos.
Cho Chang respondió a su última carta sorprendentemente rápido, prácticamente ordenándole que estuviera en Londres del veintinueve al treinta y uno de diciembre. Por el tono del texto, Cho no parecía muy contenta de que la hubiera hecho encajar las visitas a las casas en los huecos libres de su agenda, en lugar de arreglárselas él para ver cuándo sería más conveniente. Pero la cuestión era que, de buena o mala gana, Cho se había encargado, y en su carta hasta le comentaba que tenía un amigo que podría prepararle un traslador rápido para viajar a Nueva York el treinta y uno por la tarde para llegar a tiempo a la fiesta de Fin de Año a la que tenía que acudir.
—¿Y por qué te estás buscando una casa en Inglaterra? —le preguntó Danny con curiosidad.
Ella estaba con él la tarde del jueves, cuando recibió la carta. No era la primera vez aquella semana, y lo cierto era que Bruce tampoco había tenido mucho poder de decisión al respecto, pero tampoco se había quejado. Danny le había preguntado al acabar el entrenamiento del martes si le apetecía que comieran juntos, y en lugar de salir a algún restaurante se habían aparecido juntos hasta su casa. Habían pasado el resto de la tarde juntos, hasta que Bruce se disculpó porque quería ir a entrenar y ella se marchó a su propia casa. El jueves fue muy parecido, con la excepción de que cuando Bruce regresó del entrenamiento, Danny seguía en su salón. Había salido a correr y a dar un paseo por la playa, pero por alguna razón había preferido quedarse ahí.
Aquello era un poco extraño para Bruce, pero no dijo nada. Ellos dos no eran nada serio todavía, y si bien era más cómodo pasar tiempo juntos en casa para evitar a la prensa, no había tanta familiaridad como para pasar horas ahí sin hacer nada en concreto. Danny le gustaba y era fácil estar con ella, pero no tenía tanta confianza como para compartir tantas horas de su día a día sin sentirse un poco incómodo. Era demasiado pronto en su relación para eso… Pero Danny parecía cómoda y relajada y no quería hacerle daño, así que de momento se dejaba llevar. Ya se acostumbraría con el tiempo.
—Porque desde que me mudé a Nueva York no tengo un hogar fijo—acabó respondiendo Bruce—. He pasado de una casa a otra, pero nunca ha sido realmente mía. Esto tampoco es mío, en realidad. Y tampoco me gusta volver a la casa de mi padre, así que no tengo ningún lugar que considere mío de verdad. Pensé en ello durante las últimas vacaciones; en el tiempo que pasó entre que dejé Nueva York y me mudé a Wollongong, no tuve realmente ningún hogar al que ir, o simplemente un lugar en el que dejar la mayoría de mis cosas mientras viajaba. Así que ya que tengo el dinero, pensé que una casa en Inglaterra solucionaría todo eso.
—¿Por qué en Inglaterra? Hay lugares mucho más bonitos en el mundo si lo único que quieres es tener una casa donde dejar tus cosas y retirarte durante las vacaciones.
—Crecí en Inglaterra y tengo amigos allí—explicó Bruce simplemente—. Y siempre he tenido la idea de volver ahí tarde o temprano, aunque sea cuando me retire.
Danny le miró en silencio durante un rato.
—¿Quieres volver a Inglaterra sí o sí? ¿Da igual lo que pase en tu vida o en tu carrera?
Bruce se sintió culpable de haber dicho aquello tan a la ligera, sin pensar en absoluto. Sabiendo un poco como era Danny, estaba claro que decir que quería largarse de Australia para volver a casa en cuanto pudiera, nada más haber empezado a salir juntos, no le parecía una idea muy alentadora.
—Siempre he tenido esa idea, pero quién sabe. Si encontrara una razón suficientemente buena para cambiar de opinión, me lo pensaría.
No era del todo mentira; si de verdad aparecía una opción en su vida que fuera mucho mejor que el futuro que le esperaba en el Reino Unido, se replantearía sus planes. Lo único que pasaba era que no se imaginaba que le apareciera una posibilidad así… Mejor que volver a estar en Londres, cerca de los suyos, rodeado de lo que conocía, cerca de Eve… No, mejor no pensar en eso.
Mejor pensar en que Danny le sonrió, como si su último comentario le hubiera subido el ánimo. Se acercó a ella y dejó que cambiara de tema sin problemas.
Era sábado, trece de diciembre, y en el estadio hacía un calor para morirse. En las gradas atestadas, no había una sola persona sin gorra o sombrero y más de la mitad llevaban gafas de sol. No había ni un loco con bufanda, aunque muchos usaban las pancartas a modo de toldo para cubrirse del sol. Bruce no se puso a contarlo, pero le pareció que había más hombres con el torso desnudo y los colores de su equipo pintados en el pecho que llevando la camiseta de su equipo. Era el primer día de las ansiadas vacaciones de verano del Colegio de Magia y, como era de esperar, gracias a eso las gradas estaban llenas de niños y adolescentes. Mientras tanto, sobre el césped los Warriors de rojo y los Monsters de verde luchaban ferozmente por el control del partido.
La alineación de los Warriors había sido la misma que en la primera ronda. Jane no jugaba y eran Kyle y Mitch los bateadores, mientras que Rick guardaba los aros y Bruce acompañaba a Marlene y Rachel. Danny estaba en algún lugar del campo, ajena al resto del juego y esquivando con destreza las bludgers que ocasionalmente lanzaban en su dirección.
El partido estaba siendo duro, como ya habían previsto todos, y la agresividad iba subiendo a cada hora. Marlene parecía haberse enzarzado en un duelo particular con John Briand, el ex de los Warriors, y nadie más parecía muy dispuesto a meterse en la pelea entre los mejores cazadores de cada equipo. Puede que los Monsters fueran una colección de hombres con complexión de armario y casi dos metros de altura, pero Marlene también era muy intimidante a su manera, así que los rivales se mantenían a una prudente distancia suya. Por lo que respectaba a los Warriors, ellos ya hacían todo lo posible por mantenerse lejos de los Monsters siempre que podían.
Por otra parte, Bruce se alegró enormemente al comprobar que la habilidad que había demostrado al jugar contra los Monsters en la primera ronda seguía ahí. El partido contra los Monsters había sido el primero en el que había conseguido jugar bien y destacar; parecía que casi tres meses más tarde, los Monsters se le seguían dando bien. Con lo que él había mejorado, era considerablemente más rápido que la mayoría de los rivales, y no solo físicamente, sino también mentalmente. Casi no podía creer que ahora les viera como hombres pesados y lentos, que marcaban exageradamente cada jugada y movimiento antes de llevarlos a cabo. Pero ojo, porque eso no quería decir que fueran malos: que Bruce pudiera ver con claridad qué maniobra iban a ejecutar no siempre quería decir que tuviera tiempo suficiente para contrarrestarla, o que estuviera en una posición adecuada para huir de ella. Le bastaba para jugar mejor que ellos y evitar los golpes más duros, pero tampoco le permitía ser un jugador perfecto. Aunque tenía que admitir que mientras era el máximo goleador del partido se sentía muy bueno.
La snitch solo apareció una vez a lo largo de la tarde, y uno de los bateadores de los Monsters la ahuyentó antes de que cualquiera de los dos buscadores se acercara; en ese momento, Danny y el buscador rival habían estado muy pegados, y con el marcador liderado por los Warriors por treinta puntos, el bateador no se había querido arriesgar a apostarlo todo a una carrera entre los buscadores. Así que la snitch había desaparecido… y no volvió a dar señales de vida en el resto del día. El sol se escondió y las luces del estadio se encendieron para alargar el partido unas horas más, pero no fue suficiente. A las once de la noche se pausó el partido y se mandó a todo el mundo a sus casas. Se reanudaría a las nueve de la mañana siguiente.
Bruce, hecho polvo y con todos los músculos adoloridos después de pasarse casi diez horas jugando, se sintió extraño volviendo a casa sabiendo que al día siguiente tendría que volver a jugar. No se acordaba de cuándo había sido el último partido que había jugado y se había alargado más de un día… El partido de Italia no contaba, obviamente, porque ese había sido un caso especial y nunca había jugado dos días seguidos. Había sido con los Minotaurs, en Estados Unidos… y antes de destrozarse el hombro con una bludger.
El mismo hombro que ahora, aunque fingiera no darse cuenta, le dolía más que el resto del cuerpo.
Despertó a la mañana siguiente sintiendo un dolor punzante en el hombro izquierdo. No era un dolor exagerado, pero se acentuaba cuando intentaba levantar el brazo por encima del hombro. Mientras desayunaba buscó en el estante de las pociones algún calmante; ya se había tomado uno la noche anterior, como siempre después de un partido, pero ese día necesitaba una ayuda. Hacía muchos meses que no jugaba tantas horas seguidas con tanta intensidad, e iba a necesitar el extra si quería aguantar en condiciones durante ese día.
Así que el domingo a las nueve de la mañana retomaron el partido… y solo diez minutos más tarde tuvieron que pararlo: por lo visto, Kyle todavía no estaba muy despierto, y había fallado una bludger que, en cambio, le había partido el brazo. Fue una fractura limpia y fácil de curar, aunque por los gritos de Kyle, la cura pareció dolorosa. Pero solo unos minutos más tarde volvieron a subirse todos a las escobas, esta vez con todo el mundo bien despierto.
Había tanta gente en las gradas como el día anterior y parecían incluso más despiertos que los propios jugadores, ya que no dejaron de animar desde el primer minuto. El sector de los Warriors mantuvo una impresionante algarabía durante todo el tiempo que el partido estuvo detenido para atender a Kyle, y cuando volvieron al juego los fans de los Monsters no tardaron en ponerse a su nivel de ruido ensordecedor. Si Bruce les hubiera prestado atención habría pasado unas horas muy entretenidas, pero no habría sido capaz de concentrarse en el partido.
Aunque estaban dando lo mejor de sí, los Warriors solo iban sesenta puntos arriba en el marcador y todos habían recibido algún que otro golpe. No tenían ningún lesionado de gravedad, lo que era positivo, y el partido estaba igualado, lo que también era bueno, aunque hubieran preferido tener más margen de ventaja. Pero los Monsters eran buenos. Por mucho que la prensa recalcara lo agresivos que eran, siempre se olvidaban de mencionar que no solo sus bateadores tenían una puntería estupenda, sino que sus cazadores también.
Fue justo a mediodía cuando apareció la snitch. Bruce, de hecho, la vio antes que nadie, puesto que cuando recibió la quaffle de parte de Marlene y se giró para encarar los aros la vio allí, justo frente a su escoba y a punto de chocar contra él. Soltó un grito ahogado de sorpresa, y maniobró con toda su habilidad para evitarla; si la hubiera cogido, habría hecho perder a su equipo. Todo el mundo advirtió su extraño movimiento, pero afortunadamente fue Danny quien lo entendió antes que nadie y se precipitó hacia él.
Danny fue tan rápida que su pie pasó rozando la cabeza de Bruce, quien luego se mantuvo firmemente en su lugar para dificultar el paso del buscador de los Monsters. Eso significó que el buscador rival no consiguió esquivarle del todo a tiempo y chocó contra su hombro… Pero por suerte, era su hombro derecho, el bueno, así que no le dolió horriblemente; solo le dejaría un buen moratón. Y todavía mejor suerte era que había sido suficiente para que Danny atrapara la snitch sin problemas.
Había acabado el partido. Les habían ganado a los Hobart Monsters.
Danny se lanzó hacia él, todavía sosteniendo la snitch, y le besó la mejilla mientras le abrazaba con fuerza.
—¡Hemos ganado! ¡Ha sido impresionante! —le dijo la joven, sonriendo abiertamente.
Bruce le devolvió una sonrisa, feliz pero incómoda.
—Lo ha sido. Buena captura. Y ahora, ¿tal vez podrías ir a buscar a Zoe o Noah? Creo que necesito una poción calmante o dos. De las fuertes.
—¿Estás seguro de que no quieres intentar pasar ni un día de las vacaciones con tu madre? —le preguntó Danny, dubitativa.
Bruce la miró con el ceño fruncido.
Era jueves por la tarde, y acababan de volver a su casa los dos juntos. Ese día por fin habían accedido a la petición de Rachel, Kyle y Jane de que les dejaran invitarles a comer, a modo de disculpa por haberse puesto tan pesados con su relación. Los tres habían prometido que no volverían a hablar más de ello si ellos no querían, y siendo fieles a su palabra se habían tomado varias botellas de vino entre todos mientras hablaban de cualquier cosa excepto de su relación.
Bruce les había hablado de las agitadas vacaciones que iba a tener, pero no había mencionado a su madre, que seguía siendo un secreto.
—Creo que ha quedado claro que voy a tener unas vacaciones bastante movidas—replicó él.
—Ya, pero no sé… Ella vino a buscarte por alguna razón. Sé que estás enfadado con ella, pero podrías darle una oportunidad… Al fin y al cabo, es Navidad.
—Mi madre ha tenido quince años de Navidades para intentar contactar conmigo, Danny. Y no lo ha hecho nunca. Si le ha dado por venir a verme ahora, seguro que será por algún motivo egoísta, no por mí. Así que no, gracias. Tengo muchas cosas que hacer en las próximas semanas como para preocuparme por ella.
Vio como Danny se mordía el labio, como si quisiera añadir algo más, pero Bruce se giró y siguió buscando pergamino y un bolígrafo por la casa. Había decidido que a la vista de todos los eventos que tendría durante las vacaciones, necesitaba hacerse una agenda rudimentaria para no olvidarse de nada ni perder ningún vuelo ni traslador. De hecho, esperaba que el traslador que iba a conseguirle el amigo de Cho para viajar a Nueva York en Fin de Año fuera no oficial, porque de lo contrario las regulaciones de viajes mágicos transoceánicos le iban a dar problemas, ya que no podía viajar tanto en tan poco tiempo. No era descartable que tuviera que acabar ofreciéndole un pequeño soborno a alguien o pagando una multa. Aunque eso era algo en lo que no le apetecía pensar de momento, y tampoco quería decirlo frente a Danny; sabía que no lo aprobaría, pero él necesitaba hacer esos viajes.
Así que simplemente se mantuvo firme en que no quería ver a su madre por ninguna razón en el mundo.
—Ya, te entiendo—acabó asintiendo Danny al cabo de un rato—. Yo voy a pasar todas las Navidades con mi familia. Si acabaras volviendo un poco más pronto de Nueva York, Londres o donde sea que estés, podrías venir a visitarme un día.
Bruce tuvo que disimular la incomodidad de esa sugerencia. "Ir a visitar" a Danny supondría conocer a su familia en toda regla, y eso era algo para lo que él definitivamente no estaba preparado todavía. Danny y él llevaban apenas un mes teniendo algo; ni siquiera llevaban eso desde que habían hablado de la situación y de lo que sentían. Puede que Danny llevara un calendario que se movía más deprisa que el suyo, pero para él, eso era claramente muy poco tiempo para conocer a la familia. Bruce no había tenido mucho que decir en los tiempos de las otras cosas de la relación, y de momento se estaba dejando llevar… pero ahí sí que podía decidir, y estaba convencido de que no quería hacer eso aún.
—No creo que tenga tiempo para eso—dijo con toda la diplomacia de la que fue capaz—. Más adelante, tal vez. Cuando haya menos trabajo.
Danny repitió que lo entendía, y aunque le pareció ver una sombra de decepción, la joven le sonrió inmediatamente y se puso a hablar de otra cosa mientras Bruce intentaba poner en orden su agenda.
Y en un abrir y cerrar de ojos, llegó el domingo y con él, el último partido de quidditch del año. Los Warriors jugaban contra un equipo medianamente bueno de Nueva Guinea, los Kokoda Spears. A su favor, tenían el hecho de que sobre el papel los Warriors eran muchísimo mejores que los Spears, y no deberían tener ningún problema para ganarles. En su contra, tenían la presión de que el día anterior los Thunderers habían ganado su partido contra el otro equipo guineano de la competición, los Kar Kar Killers, y ya estaban en semifinales. Obviamente, no habría nada peor para ellos que quedar peor que los Thunderers en la competición internacional.
Caía una ligera llovizna, suficiente como para aliviar el calor pero también suficiente como para ser un incordio durante el partido. Los Spears llevaban un uniforme que era mayoritariamente de color naranja brillante, tan intenso que el sector de la grada lleno de sus aficionados incluso dañaba a la vista. Aún y así, haría falta mucho más para debilitar a los Warriors.
—…pase de Conroy para Vaisey, que evita la entrada de Olha muy hábilmente con un quiebre a la derecha, y se la devuelve a Conroy, que le adelanta por debajo. ¡Mirad ahí como Kipling ha aparecido de la nada y ha bloqueado esa bludger que iba directa a su compañera! Conroy no pierde el tiempo y vuela hacia los aros, va a hacerle un pase a Neeson-Mills… ¡No! ¡Era Vaisey el que estaba solo, y gracias a un Reverse Pass de Conroy le ha llegado la quaffle! Los dos bateadores de los Spears se precipitan hacia él, pero ya parece tarde… ¡Vaisey se mete en el área, confunde al guardián y… gol de Vaisey por el aro izquierdo! ¡Con esto ya son ciento setenta a sesenta, a favor de los Warriors!
La multitud en las gradas coreó su nombre, y Bruce sonrió, orgulloso. Solo era su cuarto gol, porque Marlene los estaba acaparando todos como de costumbre, pero estaba jugando muy bien. Los siete lo estaban haciendo. El hombro había dejado de darle problemas a lo largo de la semana y ya no le dolía en absoluto, así que estaba con todas sus capacidades intactas. Eso, unido a que si bien los Spears eran buenos, pero no excepcionales, hacía que el partido estuviera yendo maravillosamente bien.
Solo tardaron una hora más en alcanzar los ciento cincuenta puntos de diferencia. Incluso se fue la lluvia y salió el sol, lo que hizo que tuvieran que echarse todos hechizos refrescantes para no asfixiarse de calor, pero mereció la pena, porque todo se secó de inmediato y fue más agradable seguir jugando a quidditch. Una de las cosas más incómodas que existían era ir en escoba mojado, y Bruce siempre agradecía enormemente cuando dejaba de llover durante un partido.
El encuentro no tuvo más historia y Bruce lo lamentó un poco, porque echaba de menos la competitividad del TIAQ. De momento, la CITOQ estaba demostrando ser entretenida, pero una competición muy poco estimulante. Estaba bien jugar con equipos de otros países, pero ninguno de los dos equipos a los que se habían enfrentado por el momento había sido un verdadero rival… Aunque eso iba a cambiar en el próximo partido, en las ansiadas semifinales. Lamentablemente, todavía faltaba mucho para eso. Ni más ni menos que dos meses, hasta finales de febrero. Podían pasar muchas cosas en ese tiempo…
Como disfrutar de unas merecidas vacaciones, por ejemplo.
—¿Qué somos? —le preguntó Danny, mirándole a los ojos de muy cerca.
Estuvo tentado a hacer una broma y decir "Humanos", pero se lo guardó para sí en el último instante. Primero, porque Danny no era estrictamente humana al cien por cien, y segundo, porque la seriedad de su cara indicaba a todas luces que no iba a tolerar un chiste así en ese momento. Así que Bruce suspiró y se incorporó en la cama para poder mirarla de un poco más lejos.
Aunque pasaban la mayor parte de su tiempo libre juntos metidos en casa, la verdad era que no se acostaban juntos tanto como uno imaginaría. Casi todo el tiempo simplemente estaban cerca mientras cada uno hacía sus cosas, como leer, escribir cartas, ver la televisión o cualquier otra tarea intrascendente. A veces, Danny se acurrucaba a su lado en el sofá cuando lo que fuera que estaban haciendo se lo permitía. Cenaban juntos, y algunos días Danny iba a ducharse a su propia casa porque siempre se quejaba de lo pequeño que era el baño de Bruce. Pero luego volvía y dormían juntos, normalmente sin pasar más allá de unos cuantos besos. Si fuera por Bruce, habría habido mucho más sexo; aunque al principio había tenido la idea de ir despacio, había acabado pensando que ya que todo lo demás de la relación se había acelerado, no habría nada de malo en que aquello también fuera rápido. Pero Danny no había estado del todo de acuerdo, aunque no había llegado a decirlo claro en voz alta. Si bien ella había declarado que le gustaba, no era tan proclive a hacerlo como él. Parecía preferir reservarlo para ocasiones "especiales", contentándose con besos y abrazos el resto del tiempo.
Pero esa había sido una ocasión especial, porque al volver a casa tras el partido contra los Spears, se habían acostado sin perder mucho tiempo. Al día siguiente, Bruce iba a tomar un traslador y se iba a pasar todas las vacaciones de Navidad lejos, dos semanas enteras. Debería haber sospechado que iban a tener la charla del "qué somos" antes de que se marchara.
—¿Qué quieres que seamos? —preguntó él a su vez.
Porque si bien había intuido que iban a hablar de ello, no sabía qué responder. Claro que le gustaba Danny y últimamente prácticamente vivían juntos, así que suponía que no estaban muy lejos de ser una pareja oficial. Eso ya era lo que parecía pensar todo el mundo a su alrededor, pero a él se le seguía haciendo extraño. Hacía mucho tiempo que no tenía una pareja de verdad.
—Me gustaría que estuviéramos juntos—confesó Danny, sonrojándose levemente—. Me refiero a juntos oficialmente. A no estar con nadie más, a poder presentarte como mi novio, a besarnos en público y todas esas cosas. Estaría bien poder hablar abiertamente de ello… Si quieres, claro.
Bruce asintió con la cabeza lentamente. Eso era lo lógico. Seguía pareciéndole todo bastante rápido, y le costaba pensar en sí mismo como el novio de alguien, aunque solo fuera una palabra más. No le suponía ningún problema el no acostarse con nadie más, porque de todos modos, tampoco le interesaba especialmente ir ligando por ahí con desconocidas para olvidarlas a la mañana siguiente. Y tal vez, si tenía una novia las revistas dejarían por un tiempo de intentar relacionarle sentimentalmente con todas las mujeres que aparecían en su vida…
—Sí, creo que también me gustaría eso—acabó respondiendo.
—¿Eso significa que estamos juntos? —le preguntó Danny con una enorme sonrisa.
—Eso parece—contestó él, sonriendo ligeramente.
Danny rio alegremente y le abrazó con fuerza bajo las sábanas. Su cuerpo no fue inmune a ese movimiento, pero lo disimuló.
—Te voy a echar de menos, Vaisey. Estas dos semanas van a ser eternas.
—Sí, van a ser muy largas—estuvo Bruce de acuerdo.
Cogió un traslador que ya había solicitado con anterioridad destino Washington a primera hora de la mañana siguiente. Tenía su mochila firmemente sujeta a la espalda y sabía que era imposible perderla, pero el viaje con el traslador se le hizo más largo que nunca y la mochila empezó a pesarle enormemente. Probablemente lo fue, porque nunca había hecho una distancia tan larga con un traslador.
Cuando por fin acabó la experiencia y sus pies tocaron suelo firme, sintió el conocido mareo y los retortijones en el estómago habituales. Afortunadamente, un empleado apareció en su campo visual de inmediato y le ofreció una bebida para calmar su barriga, y Bruce lo agradeció con creces.
—No ha sido nada, señor Vaisey. Espero que haya tenido un viaje agradable. ¿Va a necesitar algo más?
¡Ah, el acento americano! Llevaba tantos meses en Australia que casi había olvidado lo diferente que hablaban ahí, y volver a encontrarse en ese continente le hizo sonreír. Lo había echado de menos.
—La verdad, necesito llegar por red Flu a Nueva York cuanto antes.
El empleado, un hombre de cabello oscuro y alrededor de los cuarenta años, asintió rápidamente y garabateó algo en un papel, que justo después se convirtió en un pequeño avión y salió volando de la sala.
—Claro, señor Vaisey. Acabo de avisar a los encargados de que le esperen, queda poco para cerrar el edificio. Le recomendaría que se apresurara un poco, el camino hasta las salas de red Flu interestatales está bien señalado en los pasillos. Espero que disfrute de su estancia en Estados Unidos.
Bruce le dio las gracias y salió al pasillo, donde caminó a buen paso hasta su próximo destino. El Congreso estaba a punto de cerrar… y es que aquel viaje en traslador le hacía sentir como si hubiera viajado en el tiempo. Había salido de Australia a primera hora de la mañana del lunes, y tras solo unos minutos de viaje, había llegado a Estados Unidos a finales de la tarde del domingo. Sabía que era simplemente la diferencia horaria, pero no podía evitar sentirse un poco raro. Era como si reviviera la noche del domingo. Sin duda, la sensación extraña que se le quedaba al cuerpo después de usar un traslador no ayudaba a sentirse normal…
Tardó apenas cinco minutos en llegar a la zona de la red Flu, sin cruzarse con nadie en todo el camino. Era muy obvio que era la última hora del domingo, y solo estaban trabajando los mínimos esenciales. Una empleada muy joven le atendió al llegar a la sala adecuada y solo tuvo que esperar un minuto a solas hasta que pudo acceder a la chimenea, y entonces viajó a Nueva York.
—¡Vaya, si es usted, Vaisey! ¡Nuestro mejor jugador de quidditch de la historia! ¿Qué tal le está tratando Australia? Le veo más moreno que cuando jugaba aquí—le saludó con tono jocoso el empleado de turno cuando aterrizó al otro lado de la chimenea, ya en Nueva York.
Bruce, que había caído al suelo, se puso en pie mientras trataba de disimular lo sorprendido que estaba de que el hombre le reconociera tan rápidamente. Los anteriores empleados sabían quién era porque había tenido que dar su apellido, pero este solo le había visto la cara. Al final de sus tres años en Nueva York se había acabado haciendo bastante conocido, pero ¿tanto como para que un hombre cualquiera le reconociera de inmediato?
Un rápido análisis del joven frente él le permitió detectar el pin de los Minotaurs que llevaba enganchado en la camisa, y Bruce se relajó un poco. No era un mago cualquiera; era un fan.
—Australia no está nada mal, aunque esa gente está enferma si cree que voy a pasar unas Navidades muriendo de calor—respondió Bruce de buen humor.
El joven empleado rio abiertamente.
—¡Pues yo daría lo que fuera ahora mismo por poco de calor! Me bastaría con irme hasta Florida. Espero que lleve un buen abrigo en esa mochila, Vaisey, porque estamos teniendo un tiempo horrible en la ciudad últimamente.
—Lo llevo, no se preocupe.
Unos minutos más tarde, Bruce caminaba por los pasillos desiertos de la sede del Congreso de Nueva York en dirección al exterior. Había sacado ya el grueso abrigo de la mochila y se lo puso por el camino; también buscó el sobre en el que tenía la reserva del hotel, ubicado solo unos minutos Avenida Cero hacia abajo. Cruzó finalmente las puertas del Congreso… y un viento helado le barrió la cara.
Un escalofrío le recorrió de arriba abajo, y no tardó en abrocharse el abrigo. Después, respiró hondo y se sopló en las manos antes de mirar a su alrededor. Todo era como lo recordaba, y un fuerte sentimiento de nostalgia le invadió de pronto.
Ya estaba todo a oscuras, así que las cientos de luces navideñas brillaban con esplendor por toda la Avenida Cero. No solo las fijas, que adornaban profusamente todos los variopintos edificios de la calle, sino que las luces mágicas en forma de animales, como renos, osos o pingüinos, se paseaban delicadamente entre la gente que llenaba la Avenida, prestando especial atención a niños pequeños sonrientes. Un villancico sonaba en algún lugar no muy lejano, y algunos de los transeúntes frente a él lo tarareaban entre dientes. El bar de enfrente del Congreso estaba lleno hasta los topes y hasta había gente en las mesas exteriores, protegiéndose del frío con gruesas mantas y agrupándose alrededor de los fuegos azules que calentaban pero no quemaban. Desde su posición, podía ver claramente cuatro gigantescos árboles de Navidad en medio de la calle, aunque se intuían muchos más continuando la hilera: dos verdes, uno plateado y uno rojo, todos decorados cuidadosamente con montones de bolas, guirnaldas y luces.
Hasta ese momento, no se dio cuenta de lo mucho que había echado de menos la Navidad en Nueva York, y sonrió con añoranza.
Después, echó a andar por la Avenida Cero como si no se hubiera ido nunca.
(1) ¡Vamos, vamos! / ¡Cuéntales la verdad! / Eres un monstruo y también lo soy yo / ¿No quieres contarles por qué?
¡Hola de nuevo!
Hay varias cosas relevantes en este capítulo, pero creo que sin duda gana el poder conocer a la madre de Bruce por fin. ¿Qué os ha parecido Alexandra? Para mí (que es trampa, ya que me sé toda su historia, incluyendo lo que Bruce no le ha dejado contar) es principalmente una mujer que tomó decisiones equivocadas estando en una situación difícil, aunque me gustaría escuchar más opiniones al respecto. Y si todavía no estáis muy seguros de qué opinar de ella, tranquilidad, porque prometo que no es la última vez que veremos a Alexandra, aunque ahora Bruce no quiera verla ni en pintura. El otro tema importante de este capítulo es la evolución de la relación entre Bruce y Danny, que va tornándose más seria, y a lo mejor demasiado rápido para Bruce... aunque como no le parece nada demasiado grave prefiere guardarse su opinión para sí mismo y no arriesgarse a herir a Danny. Y además tenemos pequeños detalles repartidos por ahí, como la primera frase entera de Mitch, una reaparición de las Snitches, los avances de Bruce con el surf, las consecuencias de su lesión, algún que otro partido de quidditch... y una pequeña ojeada a lo que nos espera en el próximo capítulo. ¡Ah, Nueva York en Navidad!
En fin, como siempre, quiero agradecer a todos los que habéis leído hasta aquí, y en especial, millones de gracias a los que se han tomado el tiempo de dejar un review. ¡Si queréis alegrarme las fiestas, ya sabéis cómo comentar este capítulo! Estoy escribiendo bastante regularmente últimamente a medida que me acerco a la fase final de este fic y todo se va resolviendo, así que tendréis que tener un poquito más de paciencia. Mientras tanto, ¡cuidaos mucho todos y felices fiestas!
¡Hasta la próxima!
