¿Acaso es todo lo que quieres decirme?

La 'Nueva Clínica Feliz del Dr. Martin' llevaba casi cuatro meses en funcionamiento. Especializada en pediatría para gente con pocos recursos, inicialmente había sido un proyecto personal de William A. Andrew, como mecenas. Pero, a medida que la imagen de William iba ganando reconocimiento en las altas esferas, logró captar más 'filántropos' inversores. Era el proyecto ideal para esposas, de empresarios relevantes, que querían destacar su importancia frente a sus ocupados maridos y al resto de la sociedad.

Indudablemente, muchas creían estar realizando una obra de gran importancia, algo que realmente estaba cambiando y ayudando a la sociedad. Luego serían las primeras en encontrar escandalosa cualquier subvención gubernamental, o ley, que les urgiera a pagar más impuestos, a sus privilegiadas familias, para que, iniciativas estatales similares, garantizaran esos recursos a una población, en general, más desfavorecida en el resto de territorio, sin importar el interés del prestigio particular de las grandes fortunas.

Así, varias damas de la alta sociedad, organizarían eventos anuales para financiar su mantenimiento. Los pacientes podrían realizar algún pago voluntario, no obligatorio, pero ello resultaría insuficiente. Albert, junto al Dr. Martin, había acordado exponer una placa conmemorativa, donde constaran los nombres de los inversores más importantes, para que los pobres supieran a quién agradecer la asistencia. Ambos consideraban que lo primordial era poder prestar aquel servicio, independientemente de los ulteriores motivos de los patrocinadores. Debido a su historial con el alcohol, el Dr. Martin sería el director del centro bajo la supervisión de otro destacado Dr. que Albert había logrado captar para su causa.

Candy se había mudado a Chicago para trabajar en la clínica desde hacía dos meses. Con el auto que le regaló el patriarca, cada semana visitaba el Hogar cuando tenía un día libre. Así no interfería en las otras tareas de Georges. En los descansos entre turnos, volvía a la mansión Andrew, donde disponía de la habitación acondicionada expresamente por Albert desde el anterior aniversario. De ese modo podía verle, brevemente, pero más a menudo, cuando él regresaba entre viajes. Algunas noches tenía guardia en la clínica, que ahora disponía de más habitaciones para hospedar a sus pacientes más graves o necesitados de mayor supervisión. Los niños la adoraban y, gracias a su experiencia en el orfanato, le resultaba mucho más fácil hacer cumplir las normas.

El aire continuaba soplando en la ciudad de los vientos. Pero ya se notaba la proximidad de la primavera. Los narcisos empezaban a florecer en el parque de la ciudad y los jardines de la mansión. Su dulce fragancia traía a Candy recuerdos del pasado. En especial de Archie y Stear, de cuando quedaban a escondidas en el bosque, en el lejano internado británico.

Archie y Annie se casarían pronto. Habían decidido hacerlo en Lakewood. Hacía ya meses que nadie residía allí. La tía Elroy insistía en rentarla. Se sentía incapaz de pasar un par de días en la finca sin deprimirse. Pero Archie atesoraba allí muchos de los momentos más felices de su infancia. Se acondicionaría el lugar para el evento y Georges trasladaría a la anciana a Chicago. El resto de los invitados, que así lo prefirieran, podrían pernoctar en las múltiples habitaciones.

Aun así, sería inevitable resentir la ausencia de Anthony y de Stear. Albert había recuperado uno de sus inventos, una cámara fotográfica que el mismo Stear había fabricado. Junto con la cámara también encontró varias fotografías de sus primos. Todas las fotos que hacía salían borrosas, pero entre ellas estaba la del primer vuelo del aeroplano de Stear junto a Candy. El tío abuelo había decidido enmarcarla en un reluciente marco de plata, a pesar de su mala calidad, y ahora estaba en una de las repisas de la habitación de Candy.

Era un rasgo muy característico de Albert. Siempre la sorprendía con los detalles más inesperados y emotivos. Quizás no pudiera estar presente pero, con la especial atención a la selección que realizaba, era evidente que había sido elegido pensando expresamente en ella. Recordó los disfraces de Romeo y Julieta... En aquella época ella no podía relacionarlo, pero, con el tiempo, se había dado cuenta de que la amistad que habían tenido Albert y Terry, en Londres, tenía que haber sido la precursora de aquella elección. Y ahora, en su última y fugaz visita, le había dejado aquella fotografía. Se la había encontrado sobre su cama junto a una nota de la mano del patriarca.

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La encontré entre algunas cosas de Stear.

Pensé que te gustaría tenerla,

con amor Albert

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A pesar de no salir en ella, el espíritu de Stear se hacía patente. Ella salía sonriendo entre Patty, Annie y Archie, era la más feliz de todo el grupo de amigos. Tan inconsciente de la decisión que, quizás, ya había tomado el muchacho, mientras sobrevolaban la finca donde ahora residía. Por entonces, ella solo se preocupaba por la recuperación del Sr. Albert y emocionada por el próximo reencuentro con Terry en New York.

De vez en cuando, Candy aprovechaba para quedar con Patty. Ahora ya estaba en su último curso en la Universidad de Chicago. Trataban de hablar de sus planes futuros. Ambas seguirían tratando con niños, de eso estaban seguras. Patty había empezado a realizar algunas prácticas en una escuela cercana, en la que esperaba poder trabajar cuando se licenciara. Había hecho nuevos amigos pero Candy percibía aún la tristeza por Stear. Era la misma que ella no podía evitar sentir también por Anthony por más tiempo que pasara. Candy escuchaba a su amiga e intentaba captar algún nombre que destacara. Por el momento, no lo hacía ninguno pero no perdía la confianza en que su amiga volviera a encontrar a alguien especial.

No todas las personas necesitaban de ese apoyo emocional. Algunas lograban ser perfectamente felices en su soltería. Sin embargo, también sabía que ni ella ni Patty eran de ese tipo. No, después de haber encontrado y amado a personas tan extraordinarias. Ella había sufrido mucho también pero, observando a su alrededor, comprendía que todo el mundo luchaba su propia guerra. Sabía que la vida, en sí, era un regalo precioso y divino que no debería desperdiciarse anclándose a lo que no dejaba avanzar. Hacerlo sería condenarse a la tristeza perpetua, a una especie de muerte en vida.

Aquel día escribió otra de sus cartas a Stear, una de las muchas cartas que le dedicaba mentalmente ¡Habían pasado tantas cosas que merecían la pena recordar!

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Querido Alistair Cornwell,

¡Tengo grandes noticias!

Archie y Annie ya han fijado la fecha de su compromiso.

[...]

Por otra parte, tenía muchas ganas de exponer parte de sus inquietudes sobre Albert y algunos comentarios inconexos que había escuchado en la mansión. La última reunión del consejo no parecía haber sido del agrado de la mayoría de sus miembros. Ella no acababa de entender la razón ni conocía los detalles de lo que se hubiera tratado. Ingenuamente, aquel día había esperado poder pasar tiempo con el patriarca, ya que le habían informado de que permanecería dos días en Chicago.

Fue peor que en sus anteriores visitas. Apenas se cruzaron varias veces. Era evidente que se alegraba de verla y que deseaba poder hablar. Sin embargo, su rostro también reflejaba agotamiento y cierto enojo, acorde con el resto los familiares que habían asistido a la reunión y que permanecían alojados en la residencia. Le resultaba tan extraño encontrarlo en aquel estado. Aun así, con ella se mostraba amable y se le notaba apenado. Algo quedaba pendiente entre ellos... Como flotando en el aire... Cada vez que sus ojos se cruzaban, se sentía como en una nube, su corazón se aceleraba y solo deseaba poder abrazarlo o rozarle, ni que fuera una de sus manos, por unos breves instantes. Anhelaba hacerle saber que contaba con todo su apoyo, que no estaba solo contra el mundo, que ella se encontraba allí por él.

[...]

Él no le da importancia a los orígenes o procedencia de las personas.

Supongo que quizá por eso no consigue llevarse del todo bien con el resto de los miembros de la familia Ardlay.

[...]

De todas formas escribir a Stear era como una catarsis. Annie quizás fuera su mejor amiga cuando vivían juntas en el orfanato, pero había muchas cosas que sentía que no las comprendía y la juzgaba sin saber, recriminándole haber renunciado a Terry con ligereza. Presumiendo entenderla sin hacerlo en absoluto. En parte, Candy agradecía aquella preocupación, después de tantos años evitándola. A veces, las personas que más decían quererte eran las que más daño podían hacerte... Aún siendo ignorantes de ello y sin mala intención. Por eso mismo, Candy no se lo tenía en cuenta. Para ella, Annie sí que era una auténtica hermana y con saber que se preocupaba por ella, con sentirla más cercana, aunque fuera del modo equivocado, le bastaba y significaba mucho para ella. Además, afortunadamente, Annie había empezado a desistir con respecto a aquel tema.

Realmente, de todos sus amigos, Stear era con el que más confiada se había sentido. Sabía que él no la hubiera juzgado. Nunca lo había hecho. Y ahora, fuera donde fuera que estuviera descansando su espíritu, no dejaba de sentir aquel vínculo, como si él siguiera apoyándola desde el cielo o a través de su cajita de la felicidad.

[...]

Encuentro paz cuando hablo contigo.

No sé por qué, pero me da la sensación de que siempre estás ahí para responderme.

[...]

Últimamente, a pesar de estar rodeada de gente que la apreciaba, como el Dr. Martin, George, Patty, Annie... y tener muchos motivos para sentirse feliz, se sentía bastante sola... con las continuas ausencias de Albert...

[...]

Desde el día en que recibí la invitación para asistir a la ceremonia de unión entre Archie y Annie,

no dejo de dar saltos de alegría, y tú eres la única persona con la que puedo compartir esta emoción.

"¿Y yo?", me pregunta siempre el tío abuelo,

en un tono de voz que solo utilizaría Albert

(aunque al final del día, sean la misma persona).

También me gustaría poder compartir con él mi emoción,

pero no hay nada que hacer:

solo tú puedes entenderme de verdad.

[...]

¡Se sentía tan frustrada en este aspecto! Solo su petición de esperar hasta la primavera la mantenía en vilo y con el corazón en un puño... Pero su instinto, que en otras ocasiones la había alertado de alguna desgracia próxima, esta vez, parecía insistirle y asegurarle que todo saldría bien. De ese modo, la felicidad de Annie junto a Archie, le contagiaba una gran euforia.

[...]

¿Quieres saber si yo soy feliz?

¡Claro que lo soy!

[...]

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La vida se empeñaba en hacerla esperar pero desde el regreso de Albert de Brasil se sentía mucho mejor. Quizás solo le viera esporádicamente, pero sabía que él volvía y de momento, con eso, se conformaba.

Continuará...


Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita:

Pg. 191 - Descripción del punto de reunión con Archie y Stear en el internado, en un gran árbol, en el bosque con el aroma de los narcisos de marzo y su dulce perfume, silbaban para encontrarse a escondidas en el patio:

[...]

A la hora del almuerzo, Candy siempre se iba al bosque. Tenía suerte de que Eliza y sus amigas prefirieran mantenerse alejadas, ya que lo consideraban un lugar infestado de insectos y serpientes. Las campanillas de invierno y los narcisos habían empezado ya a brotar, y llenaban el aire con su dulce perfume.

La joven se adentró en el grueso de la vegetación y, cuando llegó al gran árbol secreto, silbó. Por encima del canto de los pájaros, le respondió otro silbido. Comprobando que nadie la estuviera vigilando, Candy trepó al árbol.

¡Bienvenida, Candy! le dijo Stair, sentado a horcajadas sobre una rama robusta. Luego la ayudó a subir.

Protegidos por las hojas, como si alguien las hubiera colocado allí a propósito para esconderles, eran invisibles desde fuera. Además, había muchas ramas fuertes y gruesas en las que poder sentarse con comodidad. El gran árbol que Candy descubrió en su momento se había convertido para sus amigos en el lugar de sus reuniones clandestinas.

Pero aquel día solo le esperaba Stair.

[...]

Pg. 192 - Descripción de la hierba, salpicada por el color de los narcisos, mientras piensa en cuanto debía querer Annie a Archie.

Pg. 193 - Terry hace tropezar a Candy. Ella lo acusa de estar como una piedra y él le dice que las piedras no pueden oler los narcisos. Oler los narcisos, no oler a narcisos. A ver, que no es lo mismo oler las boñigas, que oler a boñigas ¡La diferencia es brutal!

Pg. 141. Retrospectiva de Candy en su actualidad, remarcando la importancia de las rosas, no de los narcisos... Los narcisos son algo más que hay en el jardín. Pero son las rosas, en recuerdo de Anthony, lo que ella cuida con mimo y no deja que nadie más se encargue de ellas. Las rosas están por abrirse mientras que los narcisos están ya abiertos, en plena floración. Es más, en toda la página, ni siquiera habla de su amado, solo habla de la Srta. Pony, Anthony, Archie, Stear y el jardinero. Son mayoritariamente recuerdos de la muerte de Anthony. Y los narcisos, incluidos por la editorial Arechi manga, son una ilustración al inicio de la segunda parte, no de la última, es decir, dedicados a Terry, en la parte correspondiente de la novela, la de su adolescencia, que no es ni mucho menos la final y adulta.

[...]

Salgo a la gran terraza para intentar librarme de la tensión. El río Avon fluye con calma bajo la luz tardía de inicios de primavera. Gracias a la corriente del agua, el viento fresco consigue aliviar poco a poco mi tensión y mis ajetreados pensamientos. Inhalo el dulce perfume de los narcisos del jardín, que están en plena floración. La luz de tonos dorados que se filtra a través de los árboles se debe a ellos. Más allá, en la pequeña rosaleda, hay algunos capullos a punto de abrirse. Son las únicas flores que no dejo en manos del jardinero; de esas me ocupo yo misma.

[...]

Pg. 326 - Carta de Candy a Jacob Whitman - Algún tiempo después de la Inauguración.

O el Hogar de Pony se ha trasladado a Chicago, que sabemos que no, pero es donde está la Clínica Feliz, antes y después, o Candy tiene algún medio que le facilita andar de arriba para abajo entre los dos lugares. Chicago y sus alrededores, son bastante planos. El hogar de Pony está entre montañas, así que debería situarse bastante al norte, pues sigue encontrándose cercano al lago Michigan.

[...]

Hace ya algún tiempo, me invitaron a la fiesta de inauguración del hotel de los Lagan en Miami.

[...]

Me entristeció mucho saber que la familia abandonó la residencia de Lakewood y que actualmente ya no la utilizan, pero cuando me dijeron que usted se pasaba por allí de vez en cuando para ventilar las habitaciones y velar por aquel jardín tan inmenso, me sentí muy conmovida. Se lo agradezco de corazón.

Fui a Lakewood después de muchos años sin pasarme por allí y todo sigue igual.

[... Efectivament, cuando descubre en Lakewood que Albert es el patriarca, han pasado muchos años desde que estuvo allí, 4-6 años mínimo. Ya ha acabado la guerra 1918, Candy mínimo tenía 18-20 años y cuando Anthony murió ella tenía unos 14, aunque la envían a Inglaterra con 15...]

Ahora mismo me encuentro en mi pueblo natal, donde está el Hogar de Pony, y trabajo como enfermera en la clínica Feliz del doctor Martin. A veces, también ayudo en el orfanato. Lo cierto es que siempre estoy muy ocupada.

Señor Whitman, quiero que sepa que la última vez que pasé por Lakewood me llevé un tallo de las Dulce Candy. Voy a plantarlas en el orfanato.

[...]

Pg. 331 - Retrospectiva de Candy en su actualidad, sobre la foto de Stear.

[...]

En la penumbra del estudio, desvío la mirada de la foto de la fiesta de la familia Lagan hacia la pequeña fotografía en color sepia que hay justo al lado, en un marco de plata que se ha ennegrecido con el paso del tiempo.

[...]

La hicimos antes del primer vuelo del aeroplano de Stair.

[...]

Vimos desde el cielo la enorme mansión de los Ardlay y la hermosa campiña que se extendía más allá.

[...]

No supe ver lo preocupado que estaba en realidad Stair porque solo pensaba en mí. Estaba preocupada por el señor Albert y emocionada por la idea de volver a ver a Terry.

[...]

Pg. 357-358 - Carta mental de Candy para Stear - parcialmente reproducida en este capítulo - antes de la boda de Archie y Annie.

Pg. 340 Carta de Annie a Candy - Annie le reclama por dejar a Terry.

[...]

¡Pero estoy tan enfadada, Candy!

¡Tan, tan enfadada!

No puedo dejar de pensar en lo que habría ocurrido si, en lugar de Terry, hubiera sido Archie.

Yo nunca renunciaría a Archie, ni aunque Susanna Marlowe estuviera de por medio.

¡Nunca!

[...]

Tú, en cambio...

Candy, ¿por qué dejaste ir a Terry con tanta facilidad?

[...?!...]

Te lo ruego, no renuncies a Terry de la noche a la mañana.

¡No puedo aceptarlo!

[...?!...?!...?!...]

Pg. 341 Retrospectiva de Candy - pensando sobre la carta de Annie y que ella ignoraba muchas cosas.

Pg. 343 Retrospectiva de Candy - recordando que en aquel entonces tenía mucha más confianza en Albert que en Annie.

[...]

Albert y yo habíamos prometido contárnoslo todo, las cosas buenas y las malas. De hecho, fue él quien me lo propuso. Con él, podía hablar sobre cualquier tema: de Terry, de Susanna e incluso de las cosas que ni siquiera me atrevía a confesarle a Annie. De la misma forma, yo tenía en convencimiento de que él me lo contaba todo, pero...

[...]

Pg. 133 - Extraño presentimiento la mañana antes de la muerte de Anthony.

[...]

Anthony estaba ya allí, admirando las Dulce Candy, algunas casi marchitas.

Quiso llamarle, pero se contuvo. El muchacho parecía distante. Tuvo una extraña sensación. Se encontraba allí, a pocos pasos. Le hubiera bastado con pronunciar su nombre. No obstante tenía la sensación de que Anthony estaba muy lejos, tanto que, aunque echase a correr hacia él, nunca podría alcanzarlo.

[...]

Pg. 135 - Retrospectiva de Candy - recordando el mal presentimiento antes de la muerte de Anthony.

[...]

Pero entonces lo olvidé todo. Olvidé incluso aquel mal presentimiento que me había invadido por un instante.