Disclaimer: Los personajes utilizados aquí son propiedad de Takehiko Inoue. ¡Gracias por dibujar y escribir una historia tan hermosa!

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Que pueda ocupar mi corazón.

Antes de meterse en camisa de once varas jugando a ser un pandillero adulto tipo gángster, a Yohei le agradaba bastante su rutina diaria: empezaba levantándose alrededor de las seis y media de la mañana, luego preparando el desayuno para él, su padre, y si Hanamichi andaba por allí —que era lo más común— lo obligaba a colaborar con la cafetera o dejando la mesa lista para comer.

El resto del día se le iba entre las clases y su trabajo como cajero en una tienda de conveniencia, labor que cumplía día por medio en un sistema de turnos ideados especialmente para estudiantes de preparatoria. A diferencia de sus amigos, tenía prohibido acercarse a cualquier local de Pachinko, incluso de videojuegos o cualquier tipo de distracción. Su padre lo obligaba a cumplir una estricta ruta que solo involucraba casa, colegio y trabajo. Yohei ya estaba añorando un poco de libertad, pero como todavía se sentía culpable por haberlo preocupado, aplacaba con gran esfuerzo su espíritu de adolescente indomable y seguía esperando por algún cambio. Esa actitud no podía calificarse de errada pues realmente actuaba de buena fe; más bien, el calificativo correcto sería descaminada. Su buen fondo no alcanzaba a cubrir los enormes fallos que cometió, pero ahí estaba, aprendiendo de ellos tanto como le era posible, consciente que la vida de adulto se encontraba a la vuelta de la esquina, y era mejor equivocarse ahora que después.

Yohei tenía momentos felices a lo largo del día, pero no podía decir que fuese feliz propiamente tal. Él lo sabía, sus amigos lo sabían. Hanamichi, Ryusei, incluso su mamá y su hermana en Tokio; todos lo sabían. Y todos, a su manera, resentían verle fingir que estaba bien cuando notaban que continuaba herido por dentro, aunque él tuviese la mayor parte de culpa en esa llaga. El que estuviera comportándose como una pared de orgullo no les quitaba preocupación, más bien, solo conseguía aumentar considerablemente su inquietud por él.

Si alguien le hubiese preguntado a Yohei qué era lo que más deseaba en ese momento, habría respondido sin duda «paz mental». Su cabeza era un caos constante de pensamientos atropellados de los cuales no sacaba en limpio nada específico, y como tampoco lograba nunca apagar su cerebro, eso influía mucho en sus actuales ojeras, más marcadas que tiempo atrás, en donde se las atribuía a jugar Pachinko hasta tarde o a desvelarse conversando con Hanamichi en vez de dormir.

No se podía negar que era un buen muchacho y no actuaba con mala intención; justamente allí yacía buena parte de su confusión mental, porque si no había obrado bajo el manto del dolo o la desidia, ¿cómo era que había terminado pagando tan caro por sus acciones? Preguntas como aquella lo perseguían de forma constante, dormido y despierto. Yohei las ignoraba todo lo posible, pero desoír a tu propio cerebro nunca tiene buenos resultados, pues este actúa con vida propia y puede saltear cualquier barrera que le impongas y hacerse escuchar cuando menos lo esperas.

Para distraerse, Yohei se dedicaba a ver películas de acción en el viejo y confiable reproductor de videos, leer mangas del género shonen, jugar con la Súper Famicom (dentro de casa no estaba prohibido), y molestar hasta el cansancio a sus amigos, aunque uno de sus deberes principales, y fuente tanto de risas como de diversión —también mucho fastidio, hay que decirlo— seguía siendo sacar a Sakuragi de los problemas en que se metía cada dos por tres. Apenas lo descuidaba un poco, o desviaba su atención, el pelirrojo corría hacia las señales de peligro como un poseso y terminaba metiendo la pata de formas inimaginables, razón por la cual Yohei se convirtió en un experto en agachar la cabeza y disculparse a nombre de su torpe amigo. No le molestaba ni le reportaba dificultad alguna; con los años, se había acostumbrado a ello. Pero había algo más, y es que la venganza de Yohei por todas esas disculpas consistía en burlarse constantemente de Hanamichi en compañía del Ejército. Días, semanas, burlándose de él. El pelirrojo perdía la paciencia muy rápido y terminaba emprendiéndola a cabezazos contra medio mundo, hecho que jamás minaba los ánimos de sus cuatro seguidores.

Como Yohei estaba tan acostumbrado a exculparse por faltas que no eran suyas, no tuvo nada de extraño que cierto día invitase a Nanami a su casa para preguntarle por qué seguía enfadada si estaba muy al tanto del comportamiento impulsivo de Sakuragi. A ella no le costaba imaginar el fondo de la convocatoria, pero accedió a ir debido a que Yohei prometió ayudarla con su tarea de cálculo, materia en la cual era una completa inepta.

Lo cierto era que existía otra razón, y es que Nanami se moría de ganas por hacer las paces con Hanamichi, si bien no daba el primer paso solo porque temía llevar mal la conversación. Se ponía muy ansiosa con los malos entendidos y siendo así, ¿quién mejor que Yohei para ayudarla a conseguir un resultado positivo?

La muchacha arribó al hogar de los Mito un poco más tarde de lo planeado porque la atraparon en clase de inglés garabateando sinsentidos en su cuaderno en vez de prestar atención al profesor, actitud que le valió un buen castigo consistente en limpiar el salón completo sin ayuda de nadie. Cuando por fin pudo escapar del colegio, corrió a la parada de autobús más próxima y, siguiendo las indicaciones de un extraño mapa dibujado por Yohei, logró llegar a su casa sin más contratiempos. Era su primera vez allí, y estaba muy emocionada de ver en qué lugar se había criado el bribón de su amigo.

Tras haber dejado sus zapatos en el recibidor, Nanami saltó descalza de un lado a otro cantando de puro gozo. Yohei la observaba de reojo en tanto servía jugo de frutas naturales para beber durante las horas de estudio, y alzó la cabeza apenas captó que había interrumpido la melodía de golpe. Sonrió a media asta. No le había advertido que su papá andaba por casa porque estaba en medio de un balance contable, los que siempre desarrollaba en su oficina personal y no en la que ocupaba en la fábrica.

Nanami tragó saliva, viendo al hombre reacomodar la postura para quedar frente a ella. Abrió la boca para presentarse, mas sus palabras se le quedaron atoradas en la garganta; él le sonrió con el objetivo de mostrarse amistoso y quitarle preocupación.

—Déjame adivinar: eres Nanami-chan, ¿verdad? —expresó Ryusei calurosamente, al tiempo que alargaba una mano para acariciar dulcemente la cabeza de la niña. Ella se sonrojó con furia y tragó saliva, asintiendo en silencio—. Mucho gusto, pequeña.

—N-Nanami Tsubasa, señor —se las arregló para echar fuera de su boca entre medio de un tartamudeo flojo que casi hizo gemir de risa a Yohei, espectador del tipo que ingiere palomitas de maíz algunos metros más allá.

Este no se perdía detalle del intercambio entre su padre y su amiga, si bien luego de un rato comprendió que él debía actuar así porque Nanami le recordaba a Haruka —su hermana— cuando era pequeña. No lo había notado hasta ese minuto, y de esa forma comprendió por qué él también había llegado a tomarle mucho cariño en un espacio de tiempo relativamente corto.

—Yohei y Hana-chan me han hablado mucho de ti, es bueno conocerte —continuó el mayor, todavía dándole palmaditas suaves en la coronilla.

Nanami abandonó su plácido ronroneo cuando escuchó el último nombre.

—¿Hana-chan? —preguntó frunciendo el ceño.

—Hanamichi —explicó Yohei poniendo los ojos en blanco, como siempre que debía hacer esa aclaración.

Ella se quedó pensando, y sin darse cuenta su mandíbula fue avanzando hacia delante cada vez más. Se veía muy graciosa, tanto que padre e hijo intercambiaron miradas divertidas... lo que no les duró mucho, porque de forma súbita ella pegó un gritito, dando palmas como si fuese un infante.

—¡Hana-chan... me gusta mucho ese apodo! —Tenía la boca convertida en una enorme «o» por la emoción—. Lo usaré desde hoy. ¡Gracias, señor Mito!

—Eh, ¿de nada? —Sonrió torcido, gesto que dejó a Nanami nuevamente fuera de combate.

Su forma de hablar, sus expresiones, incluso la manera en que gesticulaba, todo en él le recordaba a Yohei. Padre e hijo eran un calco en esos detalles. En apariencia tenían muchas similitudes también, aunque Nanami pensaba que Yohei no llegaría a ser tan atractivo como su progenitor cuando tuviese su edad.

Cuando Ryusei se retiró de la habitación, el muchacho se acercó a ella para entregarle su vaso lleno de jugo.

—Gracias —dijo cogiéndolo y dando cuenta de él al segundo después.

Yohei esperó a que terminara de beber para plantear su disgusto.

—No me lo creo... Piensas que mi viejo es guapo, ¿verdad? —balbuceó, notoriamente disconforme—. Conozco esa cara.

Nanami se rio de su actitud arisca y de sus brazos en jarra.

—¡Pues claro! ¿Tú no? Qué raro eres.

—Tienes un problema con tu concepto de «atractivo». —Se apretó el puente de la nariz con dos dedos—. Voy a arrepentirme toda la vida de esta conversación, pero aquí vamos de nuevo: ¿mi papá te gusta?

—¡Sí! —No vaciló ni un instante en su respuesta.

—¿Y Mitsui?

—¡Es el más guapo del mundo! —aseguró.

—¿Qué opinas de Rukawa?

—Pues... —meditó unos instantes, otra vez echando la mandíbula hacia delante—. Lo cierto es que no es mi tipo, pero tiene una cara muy bonita, como la de una chica.

—Ya. Supe que conociste a Sendoh en persona, ¿te gusta? Es el que te llamó «coneja» —puntualizó al ver que Nanami seguía mirándolo confundida.

—¡Ah! Sí, lo recuerdo. ¡Es guapísimo!

—¿Yo te parezco atractivo? Ya que te gusta mi papá... —Señaló su propio rostro con un dedo.

Nanami ladeó la cabeza hacia un lado, igual que hacen los cachorritos cuando desean entender lo que sus amos les dicen.

Hmmm —su tardanza en contestar resultaba casi insultante—... creo que sí. ¡Tus hoyuelos al sonreír son tiernos! —añadió, como si recién se le ocurriera la idea.

—Gracias —masculló, sarcástico. Adiós a su amor propio—. ¿Y Hanamichi?

—Él es... —Y la voz perdió fuerza. Se mordió el labio inferior, deliberando qué responder, mientras Yohei empezaba a calcular las probabilidades del porqué le tomaba tanto tiempo contestar a algo tan sencillo. Una idea remota asomó a su cabeza, pero la niña habló en ese momento—. Es un chico muy lindo —susurró con la vista fija en sus manos.

«A ver, a ver... ¿qué está pasando aquí?».

—¡Pero también es un tonto! —continuó, repentinamente enfadada; sus ojos flameaban ira—. ¿Por qué rayos no me preguntó lo de Mit-chi antes de sacar conclusiones?

—Ah, en eso tienes toda la razón, pero voy a defender al idiota de mi mejor amigo diciéndote que actuó con la mejor intención —explicó con delicadeza—. En verdad quiere apoyarte si te vuelve a gustar un chico, y con el mal carácter que tiene Mitsui, seguro que también estaba preocupado por ti.

Ella se cruzó de brazos, adoptando un aire sabiondo.

—Mit-chi es un viejo cascarrabias, no se puede negar —dijo moviendo la cabeza de manera afirmativa—. Pero Hana-chan... No sé, ¿debería perdonarlo así nada más?

El joven sonrió. Ya había adoptado el mote como propio, igual que hizo con el de Mitsui, o el día en que le bautizó como «Yokkun» por un personaje de la televisión que, según ella, se le asemejaba un poco.

—La decisión es toda tuya... Pero sí, por favor, hazlo —acotó desplegando un mohín compungido—. Es un bastardo sin cerebro, aunque de buenos sentimientos. —Dejó caer suavemente una mano en su coronilla azabache—. Perdonar sus tonterías podría volverse habitual para ti... Y te aseguro que valdrá la pena.

El resto de la tarde transcurrió en un abrir y cerrar de ojos. Nanami tuvo serios problemas batallando contra las matemáticas, y Yohei tuvo aún más problemas puesto que no comprendía cómo era que no le entraban en la cabeza ninguna de sus explicaciones. No iba a estudiar pedagogía jamás en la vida, lo decidió en ese momento viendo a Nanami darse cabezazos en la mesa de forma casi literal.

—Qué asco todo —se quejó enfurruñada. Tenía la mitad de la cara aplastada contra la madera, el bolígrafo atrapado entre sus dientes—. Por suerte no entré al selectivo de ciencias, odio los números. —Costaba entenderle pues el dichoso lápiz le estorbaba en la lengua.

Yohei respondió con algunas risas flojas. Nanami fijó la vista en su rostro de expresión sarcástica con los orbes brillando de inquietud, algo que a él no le gustó.

—Oye, Yokkun...

—¿Sí?

—Ya sabes que estamos preocupados por ti, ¿verdad?

—Y yo les he dicho en todos los tonos que eso es una pérdida de tiempo —retrucó en tono cansino—. No estoy enfermo, solo necesito tiempo.

Resultaba innecesario señalar que hablaban acerca de su actitud plana y vacía, ya que iba implícito en la conversación.

—Han pasado muchos meses —insistió la niña.

—No sabía que estábamos aquí para señalar lo obvio. Por cierto: el color de tu cabello es negro —mencionó levantando un mechón con el borde de su bolígrafo.

Nanami se jaló el párpado inferior mientras le sacaba la lengua. Quería a Yohei con todo su corazón, pero esa forma de desviar la atención cuando intentaba hablar sobre él la fastidiaba.

—Se supone que eres el más sensato del grupo —le echó en cara de forma ácida—, pero no haces más que dejar pasar el tiempo sin resolver nada.

Al muchacho se le descompuso la expresión, que ya era incómoda.

—Así que ahora invertimos los papeles y eres tú la que enseña —se mofó.

—No entiendo por qué nadie ha venido a decirte las cosas de forma directa, pero ya que estamos solos —inspiró hondo—... aquí va: ¿por qué no vas con Fujii-chan e intentas hacer las paces?

Yohei se encorvó ligeramente sobre su eje, resintiendo el dolor que un nombre tan corto era capaz de causarle.

—Es complicado —explicó con la cabeza gacha. De forma automática una de sus manos viajó hasta su nuca para frotarla como forma de quitarse tensión—. Estoy hecho un auténtico lío, creo que nunca me sentí tan confuso en mi vida...

—Que no te tome mucho tiempo aclarar tu cabeza, ¿qué harás si cuando termines de pensar no puedes volver atrás? Podrías arrepentirte para siempre.

—Lo que pasó no fue justo para mí —seguía resentido, Nanami pudo saberlo fácilmente con esas sencillas palabras—, todo lo que hice... todo lo que arriesgué fue por ella. Deberíamos haber sido capaces de resolver nuestras diferencias juntos, pero me cortó sin importarle mis explicaciones. Ni mis sentimientos.

—Creo que tu gel capilar te arruinó el cerebro —espetó enderezando la postura para mirarlo de frente—. Vi cuánto te amaba Fujii-chan, lo presencié muchas veces. Pero incluso si no regresan como pareja, al menos aclarar las cosas les hará bien. Yo... sé cuánto puede sanar decir lo que está en tu corazón —musitó de forma lenta, recordando aquel día en que lloró abrazada a Mitsui—. Te conté cómo me sentí después de hablar con Katsu-chan. No me había dado cuenta de cómo me afectaba eso que tenía en el interior hasta que pude sacarlo. Yokkun, tú la amas, es tan obvio... —le dijo con manifiesto cariño—. Y por el amor que le tienes, por el amor que ella te tiene, deberías darle un buen cierre.

Ahora fue Yohei quien le prestó atención a su rostro, y encontró tristeza más una profunda decepción que le recordaron mucho a la que mostraban Hanamichi y Ryusei cuando estaban con él. A diferencia de ellos, que conocían la historia completa y todo lo que pasó, Nanami no contaba con esa información, solo sabía algunas cosas superficiales que había deslizado en una que otra ocasión.

Fue justamente eso lo que terminó clavándose en su pecho como si de una nueva espina se tratase. ¿Tan mal estaba haciendo las cosas a ojos de los demás?

—No voy a volver a hablar de esto contigo. —Nanami cambió bruscamente de tópico tras unos cuantos segundos de duelo visual con Yohei—. Espero que Hana-chan te golpee lo suficiente como para acomodarte las ideas en esa bonita cabeza que tienes.

El aludido abrió la boca para responder, pero el ruido de la puerta principal abriéndose le hizo cambiar su réplica.

—Díselo tú misma, porque ahí viene.

Hanamichi Sakuragi hizo acto de aparición en ese mismo instante. Entró igual que lo hacía siempre: quitándose los zapatos de manera descuidada y luego dando extensas zancadas desde el recibidor hacia la sala de estar. Ese día, sin embargo, detuvo sus largas piernas tan de golpe que estuvo a punto de tropezarse con sus propios pies. Jamás se le habría ocurrido encontrar a Nanami ocupando el lugar que habitualmente era suyo, estudiando y bebiendo jugo de frutas. Yohei no le había dicho nada acerca de su presencia cuando le comentó que esa tarde había yakisoba para la cena.

Nanami inspiró de golpe apenas le vio, lo que casi le costó atorarse con el líquido que justo había empezado a tragar. Logró evitarlo carraspeando repetidamente, acción que aumentó la tensión entre los tres amigos.

Aburrido de todo eso, Yohei profirió un extenso suspiro que culminó cerrando un libro de golpe.

—Ustedes son tal para cual —murmuró en tono débil—. Resuelvan su problema, por favor. Es agotador ver cómo se evitan.

—Yohei... traidor —escupió Hanamichi en voz baja. Llevó ambas manos a sus cabellos carmesíes y los tironeó mientras giraba medio cuerpo hacia la muchacha, que lo observaba expectante—. ¡Nanami-san! —gritó a todo lo que daban sus pulmones. Ella respondió asintiendo por reflejo, su rostro demudado de expresión confusa—. ¡Lo... lo siento! —y finalizó la improvisada disculpa con una profunda reverencia.

La niña curvó la boca hacia un costado. No le gustaba ver a su amigo de esa guisa.

—Olvídalo —musitó encogiendo los hombros—, y ya enderézate. Sabes que voy a terminar perdonándote, aunque no me lo pidas.

—Pero me estoy disculpando ahora mismo —señaló, algo sorprendido.

Nanami lo quedó mirando por unos instantes, luego se levantó de la silla con celeridad y empezó a guardar sus libros y cuadernos apresuradamente en el bolso de colegio, que había dejado en el suelo junto a la pata de la mesa.

—Entiendes por qué me enfadé tanto, ¿verdad? —preguntó a su amigo en tono amargo, los ojos fijos en el bolso abierto frente a ella.

Hanamichi compuso un adorable mohín enfurruñado, igual al de un niño pequeño que acaba de ser regañado por su mamá.

—Por hacer caso a rumores y no confiar en ti. Pero realmente creí que te daba vergüenza decirme que te habías enamorado de Mit-chi.

—Qué ridículo. —Alzó la cabeza para observarlo con ojos entrecerrados—. Vámonos a conversar por ahí. Tú pagas el ramen de la cena.

—Claro —aceptó de inmediato.

Le había pedido dinero prestado a Yohei ese mismo día en la mañana. Con unos cinco mil yenes le alcanzaba sin problemas para los cuatro platillos que podía devorar al hilo. Era una suerte que Nanami solo pudiera con uno o su economía externamente financiada estaría en grave peligro.

El extraño dúo se dirigió hacia la puerta de la casa bajo el escrutinio de Yohei, quien estaba seguro que de esa cena saldrían más compenetrados y comprendiéndose mejor en las dificultades que se les presentaran más adelante. Algo bueno tendría que resultar de esos días ignorándose.

—¡Yohei, mañana llévame yakisoba para almorzar! —le gritó Hanamichi mientras se calzaba otra vez los zapatos.

—¡A mí también llévame! —exigió Nanami, que tenía la irritante manía de invitarse sola a cualquier evento que involucrara amigos de confianza.

El aludido arqueó una ceja.

—Si quieren comida, arreglen sus diferencias y no vuelvan a pelearse —propuso con ademán displicente.

—¡Entendido! —exclamaron los chicos al mismo tiempo saludando al estilo militar, luego retirándose cerrando la puerta a sus espaldas.

Yohei se echó a reír. La reunión había resultado mucho mejor de lo que esperaba. Pensaba que le iba a costar más hacerlos romper el hielo, pero Hanamichi como siempre actuó sin pensar y con Nanami era una buena táctica, siendo ambos tan impulsivos. Congeniaban muy bien en esos aspectos de carácter. Sin darse cuenta, dejó descansar la mandíbula sobre su puño por un buen rato mientras sus ojos continuaban fijos en la dirección donde sus amigos habían desaparecido, sin dejar de sonreír. Esos chicos eran tan alegres y despreocupados...

Lentamente la expresión animada de su rostro comenzó a teñirse de otra que venía portando desde hace meses como un estandarte; otra, que era el completo opuesto de lo que podía considerarse «feliz»: una expresión apagada, reflexiva, de toque amargo y oscuro.

Tragó saliva. ¿Por qué no podía ser al menos un poco como ellos?

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Ya en la calle, Hanamichi miraba de hito en hito a Nanami, extrañado de no verla dando saltitos por todos lados como era habitual en ella. ¿Estaba así de enfadada? ¿Tanto había metido la pata? De acuerdo: se había equivocado por enojarse antes de hablar con ella. Tenía razón de estar disgustada, y no deseaba seguir así. Era su amiga y la quería, por supuesto. Hanamichi no funcionaba bien si las cosas con un amigo andaban mal.

Nanami eligió ese momento para detener su marcha y encararlo. Su energía vibraba tan tranquila como firme.

—Yokkun dijo que estabas preocupado por mí —explicó con ritmo pausado—, porque supuestamente me había enamorado de un tonto cascarrabias.

—E-es verdad —susurró con la boca pequeña, como si le costara admitirlo. Tenía el ceño tan fruncido que parecía grabarle un profundo camino entre medio de las cejas.

Nanami elaboró una pausa. Su cabeza parecía tener los engranes de sus pensamientos trabajando a toda máquina.

—Te prometo que cuando me vuelva a enamorar, serás el primero en saberlo —aseguró.

—Yo también lo prometo —dijo impulsivamente—, aunque en mi caso no será necesario, ya que solo me interesa el baloncesto.

La muchacha asintió una vez. Continuaba pensativa, preguntándose por qué la actitud de Hanamichi no la molestaba tanto como debería. La desconfianza de un amigo era un punto muy fuerte de superar para ella, pero en este caso, se sentía casi halagada por la evidente preocupación que ahora podía notar en él. Su reacción había sido motivada por razones nobles, y eso no podía pasarlo por alto. Además, confiaba en que esta sería la primera y última vez que pasaban por algo así, aunque Hanamichi volviera a hacer tonterías de diversa índole.

Le dio un nuevo repaso a la expresión arrepentida en ese rostro duro. ¿Cómo no iba a perdonarlo, haciendo tal contraste en lo rudo que parecía, pero con el carácter propio en un osito de felpa?

—Promete que, cuando tengas una duda sobre mí, o hayas escuchado cualquier cosa, me preguntarás antes de enojarte o pensar que no te he contado algo —mumuró, sus ojos oscuros clavados con total intención en los del pelirrojo. Alargó el pequeño meñique de su mano derecha y se lo tendió con la sombra del perdón en su semblante.

Hanamichi respondió inmediatamente alargando su propio meñique.

—Lo prometo.

Y sellaron su compromiso enganchando los dedos con rostros alegres, dejando las diferencias atrás para volver a ser los amigos simplones que siempre habían sido. Y caminaron uno al lado del otro nuevamente, con Hanamichi llevando su bolso colgado de un hombro y Nanami, algo más adelante, saltando rítmicamente con los brazos abiertos como si fuese a correr. Se la veía muy feliz.

—¡Gracias, Hana-chan! —exclamó la muchacha de pronto, volteando medio cuerpo hacia él para dedicarle una sonrisa deslumbrante.

Sakuragi dio un ligero traspié. Con el sol de otoño a su espalda, que no brillaba tanto como para cegar, Nanami se veía un poco diferente. No tan niña, y tampoco tan adulta. Estaba en un punto medio, un delicado equilibrio del que ninguno de ellos era consciente. Los rasgos redondeados de su rostro ahora eran más angulosos, menos infantiles. Su cuerpo seguía desarrollándose dentro de su misma estatura pequeña, pero ahora con precisas formas de mujer. Incluso su voz era un poquito más profunda que antes. Tragó saliva. Y volvió a tragar.

Porque, por primera vez desde que la conocía, pensó que era la chica más hermosa que había visto en su vida. Las irregularidades en sus facciones le conferían un toque distintivo; el que su nariz careciera de un puente más pronunciado, su labio inferior más grande que el superior, la forma almendrada de sus ojos orientales, incluso el corto alcance de sus piernas... todo lo que antes no eran más que rasgos objetivamente bonitos, ahora le parecieron sublimes.

Estuvo unos segundos atrapado en sus reflexiones, hasta que se dio cuenta de cómo lo había llamado.

—¡¿«Hana-chan»?! —gritó, con su cara convertida en una película de terror—. ¿De dónde...? Olvídalo —se interrumpió al recordar que Nanami estuvo en casa de Yohei. Debió escuchar el apodo directamente de Ryusei pues únicamente él, su exesposa y la hermana de Yohei lo llamaban así.

—Te queda perfecto —afirmó la niña, casi reflejando la belleza del horizonte en su ademán extasiado—, y resulta más fácil de pronunciar. Es que tu nombre es muy largo —se defendió.

—Sí, claro... Mira —cambió de tema, apuntando con la barbilla en dirección al norte—, allá está el ramen al que siempre voy.

—¡Ramen! ¡Ramen! —cantó la niña, reanudando la caminata dando saltos.

Y comieron mucho, por supuesto. Y el dueño del pequeño puesto de comida sonrió todo el tiempo, porque era primera vez que veía a Sakuragi en compañía de aquella pequeña cotorra que apenas hacía pausas en su relato sobre capitanes de fútbol que fueron a otras preparatorias, y amigas vestidas de ovejas que resultaron ser lobas.

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Antes de perder el endeble control que había logrado sobre su vida, a Fujii le parecía que su rutina diaria estaba bastante bien: se levantaba a las seis de la mañana si estaba sola en casa —que era lo más común—, preparaba el desayuno y el almuerzo del día, asistía a clases en la preparatoria de lunes a sábado, trabajaba martes, jueves y viernes en las tardes como ayudante de cocina, a las ocho de la noche ya estaba en casa, guisaba la cena, estudiaba, limpiaba, a veces veía algo de televisión, dormía, y cuando se levantaba, empezaba todo otra vez.

Fujii y Matsui procuraban mantener sus calificaciones en lo más alto pues ya eran alumnas de segundo año, la universidad estaba a la vuelta de la esquina y debían empezar a preocuparse por lo que harían para vivir a futuro. Fujii no tenía idea de a qué dedicarse, lo único que realmente estaba claro para ella era su negativa a tomar el negocio familiar bajo su alero. No le gustaba el frío mundo empresarial en que se desenvolvían sus padres; tantos viajes, tantas reuniones, tanta... falta de calidez humana. Ese no era su camino, y todas las noches antes de dormirse elevaba una silenciosa plegaria al cielo para predisponer algún cambio en la rigidez de su padre, que no quería ni oír que su única hija se negara a tomar el lugar que le correspondía, por derecho y deber.

Fujii apretaba el rostro contra la almohada mientras esperaba que el sueño llegase, y rezaba.

La mañana del 19 de octubre de 1991 comenzó un poco diferente a su rutina habitual, para gusto de la chica, y no solo debido a que estaba de cumpleaños, sino porque su padre se dignó a aparecer por casa el día anterior. Fujii quiso pensar que era para pasar la fecha los tres juntos como familia. Realmente deseaba que fuera esa la razón, y no que aprovechó alguna reunión programada para verla.

—Feliz cumpleaños, mi niña —dijo mamá cuando la vio aparecer en el comedor. La recibió con un abrazo seguido de varios besos—. Ya tienes diecisiete años, casi no me lo puedo creer...

Toshio se encontraba sentado en el extremo opuesto de la mesa, como siempre. Bajó un poco el periódico que estaba leyendo para mirar a las mujeres.

—Feliz cumpleaños —expresó, volviendo pronto a leer.

—Gracias... —No era fácil ocultar la decepción que sentía por la frialdad del saludo, pero ¿qué más daba ya? Debería estar acostumbrada a esas alturas.

—¿Cómo va el trabajo? ¿Ya dejaste de ser ayudante? —preguntó con el rostro tapado por las hojas del periódico.

—Papá —replicó al punto—, todavía me falta para cumplir un año en ese lugar. ¿Sabes? —continuó, entusiasmada—, estoy aprendiendo muchas cosas, la semana pasada cociné...

—Pero llevas más de seis meses ahí —la interrumpió brusco. Ella volvió a balbucear tímidamente—. No tendrías estos problemas de haber aceptado trabajar en uno de los hoteles de la familia; con toda la experiencia que podrías obtener, entrar a la universidad sería un juego de niños.

Eri Koizumi apretó los labios con fuerza. No le gustaba cuando su marido empezaba a forzar a Fujii en definir su futuro, tenía tiempo de sobra para saber a qué deseaba dedicarse. Si no quería entrar al negocio, para ella estaba bien, pero él lo consideraba como algo sagrado, una tradición que no debía romperse por ningún motivo.

—Querido —empezó en tono persuasivo—, ¿no crees que nuestra Fujii se desarrolla mejor en un ambiente alejado del negocio familiar? Allí es una más, no recibe tratos preferenciales y puede aprender mejor.

Toshio miró a su mujer con una insultante expresión aburrida, y pronto volvió la vista hacia las letras impresas en el papel, que parecían ser más interesantes que aquella conversación tan corriente.

—Puede ser —aceptó de mala gana. Utilizó el periódico para cubrir su semblante y no recibir más comentarios, como si el infame boletín pudiese establecer una barrera entre él y su familia—. Pero Fujii, hazte a la idea de que en poco tiempo tomarás clases extras orientadas a una universidad que tenga la carrera de administración de empresas. Estás en el momento propicio para ello.

—Papá... —se le escapó. Su suave tono de protesta no pasó desapercibido para ambos progenitores, especialmente el aludido, quien volvió a apartar ligeramente el periódico de su cara, al menos lo justo como para que se vieran solo sus ojos.

—¿Qué? —replicó, brusco—. ¿Tienes algo que decir?

La muchacha se encogió en su asiento y negó con la cabeza.

Se le quitaron las ganas de comer, por lo que solo ingirió el suave café que mamá le había preparado, excusándose con que la noche anterior había comido mucho antes de dormir. Eri no le creyó, pero omitió sus comentarios sobre ese hecho, mas sí la abordó desde otro ángulo diciendo:

—Hoy almuerzas con Matsui-chan, ¿verdad?

—Sí, mamá.

Eri sonrió. Aprovecharía esas horas sola con su marido para decirle algunas cosas acerca de la fuerte presión que ejercía sobre la voluntad de Fujii, y esa odiosa costumbre de anular cualquier deseo que pudiese tener al punto de no permitirla siquiera opinar sobre cómo viviría su vida.

Fujii ignoraba esas conversaciones entre sus padres, solo sabía que su mamá la apoyaba e intentaba persuadir a su marido en cambiar su rígida óptica. Esperaba que fuese suficiente, así que solo le quedaba continuar rezando cada noche para que su futuro estuviera por fin a su merced, eventualmente.

Para el almuerzo, ella y Matsui habían acordado juntarse en una estación de trenes cercana a un centro comercial que tenía locales de todo tipo a su haber. Mientras viajaba no logró controlar sus recuerdos, comparando —muy a su pesar— lo diferente que era ese cumpleaños con el del año pasado. Yohei estuvo con ella, conoció a Narita por primera vez... y allí partió el meollo de su actual desgracia.

Suspiró. No tenía caso pensar en lo que no podía cambiarse, así que apartó esa desagradable sensación de desasosiego para pasar un buen rato con su mejor amiga. Era su cumpleaños, se debía a sí misma algo de felicidad.

Se quedó de pie bajo el amparo de un enorme toldo, ya que estaba lloviendo desde que inició el día. Apretó el bolso contra su cuerpo, con la vista fija en la moqueta, por eso no se dio cuenta cuando Matsui llegó y se quedó de pie a su lado.

—Feliz cumpleaños, amiga mía —la felicitó con un cariño en la voz poco habitual en ella.

Fujii empezó a alzar la vista, sonriendo.

—Gracias, Mat... sui... —su voz perdió ritmo.

La muchacha no venía sola. Tras ella, hecha un manojo de nervios y timidez, Haruko avanzó un par de pasos en su dirección.

—Fujii, feliz cumpleaños —musitó. Y apenas se le escuchó.

La festejada deglutió casi en seco. Haruko venía haciendo esfuerzos desde hacía un tiempo para retomar la amistad con ellas. No podía dejar de notar cuánto se esforzaba, y habiendo superado ya lo de Sakuragi, ocurrido más de seis meses atrás, le parecía desagradecido no perdonarla y comenzar a cimentar nuevamente las bases de una buena relación.

—Gracias, Haruko —respondió, sonriendo otra vez.

La menor de los Akagi cubrió disimuladamente sus ojos con una mano para ocultar que se le habían llenado los ojos de lágrimas.

Y fueron a almorzar las tres juntas, como en los viejos tiempos. Conversaron, se pusieron al día, y la antigua sencillez que reinaba entre ellas fue volviendo poco a poco. Haruko había cambiado, quedaba en evidencia al escucharla hablar, por lo que Matsui y Fujii concluyeron en sus respectivos fueros internos que el pasado sí había conseguido hacerla madurar. Se sintieron complacidas de ver que lo malo no marcó sus vidas en vano.

Recuperar la amistad resquebrajada no iba a ser fácil, pero estaban dando los primeros pasos.

Cuando Fujii regresó a su casa en la tarde, con la nariz enrojecida por causa del frío, se sentía tan bien consigo misma que, sin darse cuenta, antes de entrar a su habitación fijó la vista en la puerta contigua, perteneciente a su hermano.

Era la primera vez en poco más de tres años que lo hacía.

Su estómago se agitó a modo de protesta, aunque pronto se asentó de nuevo. Sí... estaba bien. Pequeños pasos hacia el perdón. Podía hacerlo.

Se sentía fuerte.

.

.

N. de la A.: No estaba muerta, andaba de parranda (?)
Ya, ¡ojalá! XD
No sé qué decir. Entre la crisis de los treintas, el estrés, la sobrecarga de trabajo, una muela del juicio, y otras cosas más, tuve que marginarme un rato de estos lares. Pero no desapareceré de forma permanente nunca. ¡Amo escribir, amo contar historias, y amo estos personajes!

Muchas gracias a todos quienes, por un medio u otro, me contactaron para preguntarme cómo estaba. No siempre pude responder, me disculpo por eso. Pero estoy bien ^_^ solo terriblemente estresada y sin vida. Nada más que eso. ¡Los quiero, nenes!

Si les gustó el capítulo, háganmelo saber con un comentario, y si eres de Wattpad, también una estrellita. ¡Estaré feliz de recibir todo su amor!

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Allí estaré subiendo las ilustraciones que el maravilloso Salvamakoto (autor de la portada) haga para este fic, ya que el pairing Fuhei (XD) prácticamente no existe en internet. También incluiré imágenes HanaMi (bautizado por Saturnine Evenflow, la presidenta oficial de la shipp y del fanclub de Nanami XD).

Amor y felicidad para todos.

Stacy Adler.