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Capítulo 66
Un helado de fresa. Una boca rosa. La más linda de la fiesta. Bragas rotas. La Barbie Puta. Besos bajo la lluvia. Una enorme foto a los pies de la cama. Una boda al sol. Amor, mucho amor.
Candy. Candy. Candy.
Albert despertó gritando su nombre.
Su padre se aproximó, alarmado.
—¡Hijo! ¿Estás bien? Tranquilo; era sólo un sueño.
Pero Albert sacudía la cabeza, agitado e inquieto.
—Candy. La... recuerdo. ¡Papá! Estoy recordándolo todo. ¿Dónde está? ¡Dime! ¿Dónde está Candy?
—En la cafetería, Albert. Ten calma. Regresará en unos minutos.
—¡Oh, diablos! ¿Cómo he podido olvidarme de lo más importante de mi vida? La amo, la adoro, papá.
—Lo sé, querido. Ya lo dijo el doctor: recuperar la memoria era cuestión de tiempo, ya lo ves.
—Sí. ¡Ah!, no puedo esperar —soltó Albert mientras se ponía en pie sin poder evitar una mueca de dolor.
—¡No! ¿Qué haces? Regresa a la cama, Albert. Hazme caso.
—Tengo algo que decirle y es urgente, papá. Voy por ella.
—Pero... ¡la bata! Se te ve el trasero...
Sin embargo, su hijo ya no lo escuchaba. A pesar del dolor, salió de la habitación para ir al encuentro de su mujer, con la bata abierta del lado de atrás y sus musculosas nalgas al aire.
Renqueaba, pero andaba tan decidido que hubiese sido imposible convencerlo de regresar a la cama.
Candy estaba en el pasillo, hablando con su abuela desde un teléfono público. Había desayunado en la cafetería del hospital y le habían sobrado unas monedas, por lo que había decidido llamar a Candida y ponerla al tanto de las últimas novedades. La verdad era que no tenía mucho que decirle, pues había decidido ocultarle lo de la amnesia para no tener que escuchar los consejos de su abuela, que para todo tenía un remedio.
—Sí, le han dado un sedante, por eso ha dormido toda la noche. Sí, Candida, ha comido. Te digo que sí... Bueno, se lo diré. Sí, se sentirá feliz al saber que lo esperas con tu famoso estofado de...
De pronto, se quedó sin habla. Con el rabillo del ojo vio que alguien se aproximaba, y cuando se volvió, se encontró cara a cara con Albert.
—... tengo que colgar. Te llamaré luego, abuela.
Se quedaron mirándose durante largos segundos. Ninguno de los dos decía nada.
Candy pestañeó porque le pareció ver un destello de reconocimiento en los ojos de Albert. Pero había algo más. En su mirada había amor.
Comenzó a temblar de pies a cabeza. El teléfono se deslizó de su mano y se quedó balanceándose suspendido del cable a centímetros del suelo.
—Princesa.
Esa sola palabra hizo que su corazón se desbocara.
Se lanzó a sus brazos, lo tomó del rostro y lo cubrió de besos.
Albert enloqueció de gusto, y a pesar del intenso dolor que lo abrumaba, la elevó en el aire mientras susurraba en su oído:
—Te amo, Candy. Para siempre...
Había regresado. Su Albert había regresado y la dicha se apoderó de ella.
Pero de pronto recordó que él debía guardar reposo y se alarmó.
—Albert..., tu espalda.
Él la dejó suavemente en el suelo, pero continuaron abrazados, mirándose a los ojos con verdadero deleite.
Candy deslizó las manos a lo largo de la columna vertebral de su esposo, y cuando llegó al trasero, se detuvo, sorprendida.
—Corazón, ¿estás desnudo?
—Eso creo.
—¿Y has notado que hay muchas personas observándonos?
—Es que mi culo es irresistible —dijo Albert, sonriendo.
—Y me lo dices a mí... —contestó Candy, riendo.
Albert volvió a abrazarla. Estaba tan feliz.
Ella le cerró los bordes de la bata con la mano, y regresaron a la habitación seguidos de William, que los miraba con los ojos llenos de lágrimas. Había llegado a su fin la larga cadena de desencuentros que los había mantenido separados.
Candy le dedicó la más encantadora de sus sonrisas a su suegro, y él le correspondió. Ahora podría regresar tranquilo a Montevideo, pues dejaba a su querido hijo en los brazos de su amor.
—¡Qué bien que la amnesia haya desaparecido! Y también lo que os separaba, chicos. Ahora podré irme a casa.
—¿Te vas, William? ¿Cuándo?
—Esta noche, Candy. Creo que vosotros dos querréis estar solos. Pero no os olvidéis de lo que dijo el médico sobre el reposo, los esfuerzos y todo eso.
—Papá...
—Tiene razón, Albert. Debes permanecer en cama —se apresuró a decir ella.
Se sentía avergonzada y quería ignorar la insinuación de su suegro.
—Tengo toda la intención de hacer eso mismo, Candy —respondió él rápidamente, alzando una ceja.
Candy se sonrojó de pronto.
—Hijo, ¿le has dicho ya a tu esposa eso tan importante que no podía esperar a que regresara de la cafetería? —preguntó William.
—¡No, demonios! Es que cuando te miro, mi cielo, desaparece el mundo. Pero os lo diré a los dos ahora: es algo sobre la investigación.
—Sí, eso me estabas diciendo cuando ocurrió...
Candy tragó saliva. Pensar en la palabra terremoto le hacía revivir esa pesadilla que la había amenazado durante dos días.
—Iba al encuentro del doctor Yisuka para que me expusiera las novedades, pero básicamente tienen que ver con la transmisión hereditaria por línea paterna.
—De los cinco casos documentados, había uno de transmisión por esa línea, ¿verdad? Eso dejaba un margen que no nos favorecía en nada —recordó William.
—Un maldito veinte por ciento, papá. Pero el doctor Yisuka ha descubierto algo importante. Eran primos; es decir, no necesariamente el niño lo heredó del padre. Pudo hacerlo de la madre, ya que eran primos hermanos. De hecho fue así, aunque no lo han sabido hasta ahora debido a conflictos familiares que no vienen al caso.
—Entonces, ¿no hay ningún caso comprobado de transmisión por parte del padre? —dijo Candy, asombrada por la noticia.
—Exacto. Eso nos da cierta tranquilidad, princesa. Además han encontrado el error genético que lo produce, así que se podrán descartar los embriones dañados. Tendremos niños sanos, mi vida. Deberemos someternos a pruebas, pero estamos infinitamente mejor que hace unos meses.
Candy sonrió. No estaba segura de querer descartar ningún embrión que ellos pudieran engendrar, pero no dijo nada. No era el momento de mencionarlo.
—Es maravilloso, Albert. De veras.
—Candy, no habrá más desencuentros entre nosotros, ¿verdad? He sufrido horrores creyendo que te había perdido, mi amor.
—Jóvenes, os dejo solos. Hasta luego —se despidió William, porque le pareció prudente retirarse para que terminaran de aclararlo todo.
Ellos hablaron, hablaron mucho. Y hablar no fue lo único que hicieron.
Se besaron hasta el hartazgo.
Les faltaba el aire, pero no dejaban de comerse la boca el uno al otro. Habían sido tantos los meses de abstinencia que era necesario desquitarse de alguna forma.
Tendido en la cama del hospital, Albert recibía la lengua de la chica de sus sueños, que era más real qué nunca, más bella, más suya. Y ella le correspondía con una entrega apasionada.
Estaban más que hambrientos y no podían dejar de devorarse mutuamente. Sólo pararon cuando la enfermera le trajo el desayuno a Albert. Él se colocó de lado, porque estando boca arriba su pujante erección era más que evidente y habría delatado que no estaba guardando el debido reposo.
No estuvo demasiado tiempo en el hospital. De camino al hotel, Albert cerró los ojos, pues la devastación que se veía por doquier le recordaba el difícil momento que le había tocado vivir. Ni en uno de los países más desarrollados del mundo se podía hacer frente a la furia de la naturaleza. Edificios aparentemente sólidos se habían desplomado como castillos de naipes. Era increíble que aún no se hubiese logrado que eso no sucediese.
De pronto, le vino a la memoria un proyecto del que todo el mundo le había hablado pero del que en realidad poco se sabía en concreto. Édgar Niven era un ingeniero argentino que estaba desarrollando una especie de prototipo resistente a cualquier movimiento telúrico. ¿Lo habría logrado, después de todo? Niven era brillante y había ganado varios premios de renombre. Hacía mucho tiempo que no lo veía, por lo que no sabía cuán avanzado estaba su proyecto. Sí que habían hablado recientemente, porque Édgar era el dueño del crucero en el que Albert había pasado la última semana de diciembre. Había bastado una llamada para que le hubiese conseguido dos billetes en camarotes de lujo en el Lavinia, pero no habían llegado a hablar de temas profesionales.
Apuntó mentalmente que debía contactar con Édgar nada más que llegara a Montevideo porque le interesaba mucho conocer los avances del proyecto, y si pudiese dar una mano para la concreción del mismo, sería genial.
Se sintió mal, pues sólo se había acordado del tema porque le había tocado de cerca. Millones de personas vivían amenazadas por desastres naturales, y él, sólo por el hecho de vivir en un sitio donde esas desgracias no sucedían, nunca había pensado siquiera en ello.
Le afectaba la destrucción porque su vocación era precisamente hacer lo contrario, pero más le dolía ver la tristeza en los rostros de las personas. Lo asombroso era que habiéndolo perdido todo, y estando sangrando por dentro, no se daban por vencidos, y continuaban trabajando sin descanso, ayudándose entre sí.
—Es increíble ver cómo se sobreponen al dolor y continúan —dijo él, conmovido.
—Sí. La resiliencia humana sorprende siempre —respondió ella.
—¿Resiliencia? Nunca había oído esa palabra.
—Es la capacidad que tenemos los seres humanos de sobreponernos a la adversidad y salir fortalecidos, mi amor.
—Tú eres un ejemplo de eso, Candy. Haber perdido a tus padres debió ser muy traumático para ti, y no sólo has salido adelante, sino que has logrado vencer todos tus temores. Y se lo agradezco a Dios, porque si no, no estarías aquí, no podrías haber atravesado medio mundo en avión para venir a buscarme...
—Eso no es resiliencia, Albert. Eso se llama amor.
Él intentó sonreír, agradecido por tenerla consigo, y le apretó la mano, mientras miraba por la ventanilla del coche con la angustia pintada en el rostro. Era un horror lo que veía. Cerró los ojos, pues ya no soportaba observar el desolado paisaje y mucho menos recordar lo que le había tocado vivir, sepultado durante dos días interminables.
—Ya ha pasado todo, corazón —dijo ella mientras le besaba la mano.
—Lo sé —respondió él, aunque era consciente de que para muchos eso no había hecho más que empezar.
Observó la mano vendada de Candy. Le intrigaba muchísimo la forma en que se había hecho esas heridas.
—Dime, cielo..., ¿cómo te hiciste estas lesiones en los dedos?
Ella se encogió de hombros.
—No es nada. Me las hice cavando.
—¿Cavando? ¿Rascaste el cemento para alcanzarme? —preguntó Albert, riendo.
—Sí.
La sonrisa de él se marchitó de repente. De modo que era verdad... Creía que lo había dicho en broma, pero era cierto. ¡Demonios!, ¿hasta dónde era capaz de llegar Candy? No sólo había logrado hacer el interminable viaje en avión para ir a buscarlo, sino que también había cavado con sus propias manos para encontrarlo.
Y por primera vez en mucho tiempo, se sintió completamente amado. Le acarició el rostro a su esposa, y con los ojos llenos de lágrimas, le dijo:
—¿Sabes qué? Cuando salí de ese agujero y te vi, a pesar de no saber que eras mía, entendí a qué se referían con eso de «la luz al final del túnel». Tú iluminas mi vida, Candy.
Y ella, conmovida, se acercó a Albert y hundió el rostro en su cuello.
Afortunadamente, no había habido ni una sola réplica del seísmo, por lo que no les urgía abandonar Japón; no hasta que Albert estuviese más recuperado.
De hecho, cada vez que se movía, el dolor regresaba.
Pasó el primer día postrado en la cama, tomando calmantes. Candy permaneció a su lado mientras él se retorcía de dolor y se mordía el labio para no gritar.
La impotencia de no poder mitigarle el sufrimiento la torturaba, pero lo único que podía hacer era estar con él y darle mucho cariño.
El segundo día fue un tanto mejor, incluso pudo ducharse solo, sin ayuda de Candy. Por alguna razón, estaba decidido a evitar que ella lo viese desnudo, porque tenía la espalda destrozada, pero su indomable animalito ni se había enterado, y eso lo avergonzaba sobremanera.
Ella permaneció pegada a la puerta del baño, completamente atemorizada de que pudiese sufrir alguna caída, pero por fortuna nada sucedió. Salió envuelto en una bata de felpa, y mucho más animado también.
Candy respiró, aliviada. Todo estaba mucho mejor que el día anterior. Albert se había alimentado bien, se había duchado y hasta había bromeado sobre la conveniencia de que se fuese entrenando para cuando estuviese repuesto, porque la columna vertebral de ella sería la que se dañaría.
Al escuchar eso, Candy se había ruborizado. Estaba junto a él y lo amaba, pero en lo que al tema sexual se refería, se encontraba algo cohibida. No sabía si tenía que ver con el tiempo que habían estado separados o con sus temores de que la espalda de Albert pudiese empeorar, pero lo cierto era que evitaba pensar en ello, una tarea que se le presentaba bastante complicada, por cierto, durmiendo al lado de él, acariciándolo, besándolo...
Notaba que a Albert tampoco estaba cómodo con el asunto, pues a pesar del dolor se había levantado y había ido solo al baño. Así que Candy no había tenido contacto directo con su... ¡Oh, mierda!, ¿sería que él temía que ella se lanzara como una desesperada sobre su miembro?
Suspiró. No sería nada descabellado pensar algo así, porque en más de una ocasión se había sorprendido imaginándolo y había tenido que desechar el pensamiento, totalmente mortificada.
Sacudió la cabeza, y también los pensamientos fuera de lugar y de momento.
—Bueno, ha llegado la hora de que los chicos buenos vayan a la cama.
—Eso he estado haciendo todo el día, cielo. No me molesta estar en la cama, pero sería más divertido que pudiese hacerlo como un chico malo.
—Albert..., ni mencionarlo. Vamos, a dormir. Abre la boca.
Él lo hizo, obediente, y ella puso una píldora en su lengua, evitando tocarla.
Cuando Candy se volvió para tomar el vaso, Albert escupió la píldora en su mano, pero simuló ingerirla con su mejor cara de niño bueno.
Candy sonrió, complacida.
—Dulces sueños, corazón.
Él se acomodó y cerró los ojos. Pero en seguida los abrió y dijo:
—Princesa, ¿puedo pedirte algo?
—Lo que quieras. ¿Qué necesitas?
—Quítate toda la ropa.
—¿Qué? Albert, por favor. Ya sabes que no podemos...
Él alzó las cejas, haciéndose el inocente.
—Candy, no tengo intención ni capacidad de resiliencia que pueda hacerme cometer alguna imprudencia. Sólo quiero dormir contigo en cucharita y sentir tu piel. ¿Es mucho pedir?
Ella lo miró con cierta desconfianza.
—Está bien —suspiró—, pero la braga se queda en su lugar.
Albert no dijo nada. Se limitó a observarla, intentando disimular la inquietud que iba creciendo dentro de él.
Ella se quitó los vaqueros, la blusa y el sostén. Sus largos cabellos le cubrían los senos, y no hizo absolutamente nada para evitarlo.
Tímidamente se acercó y se tendió en la cama de espaldas a Albert, que se sentía como un niño en Navidad, sólo que faltaba un tiempo para abrir los regalos. No podía más de las ganas que tenía de disfrutar de ese maravilloso obsequio que le había dado la vida.
Pero, por ahora, sólo acariciaría... el envoltorio. Nada más que eso.
Cuando se acercó a la espalda de Candy y se pegó a ella, ambos se quedaron sin aire porque resultaba imposible ignorar el enorme bulto que él le había apoyado entre las nalgas.
Ella se quedó quietecita, sin atreverse a decir o hacer cosa alguna.
Albert sonrió y pasó un brazo por debajo del de Candy. Antes de que ella pudiese protestar, le había tomado un seno y se lo había oprimido con cierto desespero.
—¡Ay! Albert, ¿de qué hemos estado hablando?
—¡Oh, lo siento! Es que así estoy más cómodo. Lamento si te he hecho daño, pero ya ves que no controlo mis movimientos.
¡Maldita espalda!
—¡Ah, cariño! No te preocupes. Descansa.
Y eso hizo; eso hicieron ambos, al menos por un rato.
Una hora después, Candy se despertó y se encontró cara a cara con Albert en la cama. De alguna forma, se había movido mientras dormía y ahora se encontraban uno frente al otro, muy pero muy cerca.
Candy intentó apartarse, pero Albert la retuvo de forma demasiado insistente para encontrarse dormido como aparentaba estarlo.
Ella volvió a intentarlo. Sin abrir los ojos, Albert preguntó:
—¿Adónde crees que vas?
—A..., al baño. Voy al baño.
—¿A hacer qué? —quiso saber él, aún con los párpados cerrados.
¿Qué clase de pregunta era ésa? ¿Qué se podía hacer en el baño, por Dios?
No quería contrariarlo ni discutir con él, así que simplemente respondió:
—A hacer pis.
Albert sonrió y, alzando una mano, le señaló su boca abierta.
—Hazlo aquí, pero no te vayas.
—Puerco.
—Bella.
—Albert, déjame ir. De veras tengo que...
Él gruñó, pero terminó soltándola.
Candy fue al baño y se lavó la cara. Mientras lo hacía, el espejo le devolvió una imagen de sí misma que la sorprendió. Ya no estaba pálida y demacrada, sino que tanto el rostro como sus pechos, que estaban turgentes y con los rosados pezones totalmente erguidos, se veían vergonzosamente sonrosados.
Cuando regresó a la habitación, venía deslumbrada por la luz y no lo vio. Sólo se fijó cuando se inclinó en la cama para recostarse, y casi se muere de la impresión.
Albert estaba tendido boca arriba, completamente desnudo y con el maravilloso pene en la mano, enorme y duro, en una memorable erección.
A ella le costó mucho desviar la mirada, y cuando lo logró, se encontró con un Albert que sonreía de lado, divertido y sensual a la vez.
—¿Qué crees que haces Albert Ardley? ¿Has olvidado que tienes un pinzamiento en...?
No logró terminar la frase porque el dolor, al parecer, había perdido la batalla contra los instintos, y en un rápido movimiento la tomó y la inmovilizó encima de él.
Candy se encontraba tendida sobre el cuerpo de Albert, con el pene envarado latiendo contra su vientre. Sus cabellos caían sobre el rostro de su esposo, y a través de ellos pudo observar la mirada ardiente que le decía que ya no podía esperar.
Ante tal urgencia, no había nada más que decir. Suspiraron al unísono y la pasión estalló.
Se besaron con desesperación. Era como si un dique de contención se viniera abajo y un torrente de pasión contenida durante meses se desbordara y los envolviera.
Albert sintió que realmente la tierra se movía, y deseó que ese momento no terminara jamás. Adrenalina y endorfinas se combinaron para que el dolor desapareciera y el disfrute diera inicio.
—Albert, por favor, con calma... —pidió Candy, jadeando.
No sabía por qué le pedía a él algo que ella no podía lograr.
—Estoy fuera de control, Candy —respondió Albert entre dientes.
La hizo ponerse a horcajadas sobre él y en un rápido movimiento le arrancó la braga como lo había hecho aquella vez en el coche.
—¡Qué belleza! —murmuró, acariciándole el sexo mientras con la mirada la devoraba.
Sin más preámbulos, Albert empuñó su miembro y se lo introdujo rápidamente. Candy no pudo evitar gemir y elevar la pelvis.
Aunque estaba empapada, esa noche Albert estaba imponente y los meses de abstinencia la hacían sentirse como una virgen otra vez. Se apoyó en los hombros de su hombre y fue descendiendo lentamente, hasta que la penetración fue completa y profunda, y el escaso control que les quedaba se esfumó.
Ahora eran uno, moviéndose voluptuosa, salvajemente, ignorando cualquier recomendación que les hubiesen hecho, disfrutando como locos, gimiendo enloquecidos por el placer que estaban experimentando.
Mientras ella subía y bajaba, Albert atrapó sus pechos con ambas manos y los oprimió con desesperación.
—Mía, mía, mía... —repetía él, posesivo, al ritmo que ella marcaba con esa magnífica cabalgada.
Candy se inclinó para besarlo, y ese movimiento le produjo una nueva presión en el clítoris que no le permitió continuar conteniéndose y estalló en un violento orgasmo que la hizo llorar y reír a la vez, y transformó su cuerpo en auténtico y puro placer.
Su vagina destilaba miel y se contraía oprimiendo el pene de Albert, que también se dejó llevar por las sensaciones y, echando la cabeza hacia atrás, también acabó, mientras un sonido ronco y primitivo se escapaba de su garganta.
Luego, todo fue ternura entre ellos. Cuando Albert recuperó la cordura, tomó el rostro de ella entre sus enormes manos y lo cubrió de besos.
—Princesa...
Ella le acomodó el vendaje de la cabeza, que se le había movido.
—¿Estás bien, Albert? ¿Te he hecho daño?
—No más del que puedo soportar, Anastasia —respondió él, sonriendo.
—¡Albert! ¿Lo has leído? ¿Has leído Cincuenta sombras de Grey"?
—Sí. La trilogía. Quería leer lo que te gusta, para sentirme cerca de ti cuando te negabas a darme tu amor.
—Eso no va a volver a suceder, Albert.
—Llámame «amo» de ahora en adelante —bromeó él.
—No abuses de tu buena suerte, Mr. Grey —dijo Candy, y ambos rieron.
Se abrazaron y se besaron, y luego comenzaron nuevamente a tocarse.
CONTINUARA
