Capítulo 32
«El sentimiento del corazón es una bendición única, quien la recibe la da a su vez».
SAMUEL RICHARDSON,
Historia del caballero Carlos Grandison
Después de tres días en la cama, Itachi seguía apreciando los placeres más simples de la vida, aunque ahora tenía a su esposa acostada junto a él. Cuando salió del hospital, recibió algunas órdenes estrictas... para los dos. Su viejo amigo del colegio —y ahora también su médico—, Asuma Sarutobi, le advirtió de que no debía viajar antes de un mes, así que no podría regresar a Hallborough al menos hasta después de Año Nuevo.
El buen médico fue también firme con respecto a Sakura, declarando que los hechos acaecidos la habían colocado al borde del colapso y necesitaba descansar y recuperar fuerzas. Todavía era demasiado pronto para confirmar un embarazo, agregó, pero era lo más probable, porque no había tenido el periodo desde que se casaron.
Él, por su parte, estaba seguro de que su semilla había arraigado. No podía explicar cómo lo sabía, pero no le cabía la menor duda y sentía que, por primera vez en su vida, había hecho algo importante. Honorable. Le gustaba sentirse así.
Disfrutaba pasando las horas viéndola dormir y, como estaba tumbado en la cama a su lado, podía concederse ese placer. Yacía sobre el lado sano, con la cabeza apoyada en el brazo, lo que le permitía estudiar con detenimiento todos sus rasgos.
La sombra de sus pestañas sobre las mejillas, el pelo derramado sobre la almohada... Llevaba puesto un camisón de seda verde que le había excitado en cuanto se fijó en él. Incluso gravemente herido, el miembro se mostraba en plena forma, aunque su dueño no tuviera fuerzas para actuar. El camisón no tenía mangas y dibujaba su exuberante figura como lo haría la tela empapada. El bamboleo de sus pechos bajo la prenda era como un canto de sirena. El impulso de enterrar su cara entre los montículos para deleitarse en ellos era irrefrenable, casi doloroso.
Su suave respiración flotaba en el silencio del amanecer. Aspiró profundamente el aroma a rosas mezclado con su perfume femenino, y un pequeño gemido de satisfacción escapó de su garganta a pesar de que tenía la nariz enterrada en su piel.
Era temprano, un momento de paz antes de que comenzara la frenética actividad del día. Su mujer se encontraba a salvo, a su lado, y él estaba vivo. No pudo evitar bajar la mano para tocarla.
Sakura despertó al sentir el radiante calor del cuerpo de Itachi y el contacto de sus manos en la piel. Los labios de su marido, firmes pero suaves, se movían sobre su hombro. Notó el roce de su barba incipiente cuando los deslizó por el cuello hasta el valle que formaban los pechos.
Echaba de menos los deleites del matrimonio: Itachi abrazándola y necesitándola. Notó que él llegaba al borde del escote del camisón y lo apartaba para cerrar los labios sobre un pezón. Comenzó a besar y lamer la aréola con su ardiente, húmeda y experimentada boca. «Es el Paraíso».
Sakura gimió y se arqueó por la sensación que experimentó entre sus piernas. Le abrazó y Itachi soltó un quejido.
—¡Oh, lo siento! ¡Dios mío, Itachi! ¿Te he hecho daño?
—No importa. Vale la pena... —Pese al dolor, no dejó de mordisquear el pezón. El amor y el placer predominaban sobre cualquier cosa.
—¡Pero te he lastimado!
—No importa, cariño. Todavía no estoy en forma, pero no tardaré mucho en estarlo, te lo prometo. —Sus palabras no se escucharon con toda claridad porque sus labios seguían ocupados en los pechos.
—Itachi, tenemos que ser pacientes; nos arriesgamos a que te hagas daño de verdad... No puedes...
—No desperdicies el tiempo hablando de temas banales, como las heridas, cuando podemos estar haciendo otras cosas mucho más satisfactorias —la interrumpió, sin dejar de lamer sus doloridos pezones. Desde luego ella quería ofrecerlos, ansiosamente, a su boca, pero no se atrevía por las lesiones aún no curadas de Itachi.
—Ahora lo que importa es tu salud.
—Sabes tan bien como yo que no voy a morirme por un poco de dolor, y menos si a cambio me das un inmenso placer. No quiero parar, Saku. —Seguía perdido en los pezones y, a la vez, había deslizado la mano bajo el camisón, entre sus piernas—. Necesito sentirte. Necesito estar dentro de ti, lo necesito ahora mismo.
—Ahhh... Y yo necesito que me toques así. —La mujer giró las caderas, siguiendo el ritmo de las caricias de Itachi en su clítoris. Sakura procuraba tener cuidado con sus heridas, pero, como él, también era incapaz de detenerse. Cuando su amante le hacía eso, no podía pensar en nada más ni hacer otra cosa, salvo someterse a la esclavitud de la pasión.
—Oh, ¡sí! Y te seguiré tocando así toda la vida. Córrete. Quiero ver cómo te corres. Por favor, Saku, quiero verlo —imploraba presionándole con fuerza el clítoris con el pulgar al tiempo que sumergía dos dedos en el interior del sexo—. Estás tan mojada y suave... Me encanta cuando te mojas para mí.
«¡Santo Dios, qué cosas dice!».
Aceleró la masturbación provocando una auténtica inundación en la intimidad de la mujer. La llevó a un frenesí de sensaciones del que no parecía saciarse. Se arqueó una vez más, empujando el vientre hacia su mano. Cada caricia en sus empapadas profundidades era acompañada por el roce del pulgar sobre la excitada perla.
No le faltaba mucho. Lo supo por la cantidad de deliciosa esencia femenina que empapaba sus dedos. Y él casi disfrutaba tanto como ella. A su comunión emocional se unía una plena fusión física, íntima, gloriosa, sin barreras.
La llevaría al éxtasis, como siempre.
Sakura confiaba en él por completo y su amor era tan intenso que se sentía incapaz de expresarlo. El orgasmo surgió de repente de sus profundidades y bulló en su vientre antes de lanzarla al gozo más enloquecido y absoluto.
—Mírame, cariño. Déjame ver esa mirada verdosa cuando alcances el cielo.
Ella obedeció y estalló, gritando su amor y su devoción por él. Las lágrimas y los sollozos resultaron incontenibles. De hecho, llorar era lo único que podía hacer, lo que quería hacer. El miedo a perderlo, el alivio al constatar que no había muerto y que estaban juntos, fue demasiado emocionante como para contenerse durante más tiempo. Lo último que recordó fue que lloraba y que él la consolaba con suaves palabras de amor, tan hermosas que esperaba poder retenerlas junto con las más bellas experiencias de su vida.
Cuando recuperó el sentido plenamente, algo después, él la miraba con una sonrisa arrebatada.
—Te has desmayado, cariño. Por fin.
Al recordar cómo había llorado al alcanzar el clímax, se sintió avergonzada y bajó la vista.
—¿Qué te ocurre? Te pasa algo, lo veo en tus ojos.
Sakura sacudió la cabeza e intentó contener otro acceso de llanto. ¿Por qué tenía que gimotear siempre delante de ese hombre? Acabaría por hartarse de ella, si es que no se había hartado ya.
—¿No quieres decírmelo? —Rozó los nudillos bajo su barbilla, para enseguida alzársela con mucha suavidad. Notó que aquella mano olía a mujer, a ella, y se sonrojó al pensar dónde había estado—. Ya sabes que a mí puedes contármelo todo. No seas tímida. Quiero que te sientas capaz de decirme cualquier cosa que quieras.
—Itachi... —Se detuvo como si de pronto hubiera perdido la facultad de hablar, pero enseguida se repuso—. Casi conseguí que te mataran...
Era cierto. Y su perspectiva de la vida había cambiado cuando ese..., ese..., ese monstruo, Orochimaru, había intentado secuestrarla. Y a punto había estado de hacerlo, lo que casi le había costado la vida a su esposo. Y todo por su culpa, por sus celos y por no haber confiado en él lo suficiente.
No podía recordar sin estremecerse el momento en el que el monstruo bajó el cuchillo para apuñalar a Itachi. Si hubiera acertado en una vena principal del cuello, él habría muerto desangrado. Por su culpa. Porque había hecho que la situación desembocara en eso. Por ciega, estúpida y descuidada.
—¡Cállate! Quiero que me escuches con atención. —Itachi habló ahora con firmeza—. No fue culpa tuya. ¡Esa bestia te hizo daño! Fue él quien lo provocó. ¡Se atrevió a ponerte la mano encima! No te culpes, Sakura.
—¡Claro que me culpo! Cometí una estupidez que puso tu vida en peligro... Y eso me recuerda que hay cosas que aún no comprendo. Itachi, ¿cómo es que conocías a ese hombre? ¿Por qué te conoce él?
Itachi reaccionó a la pregunta frunciendo el ceño y tensando la mandíbula.
La actitud de su marido asustó a Sakura. ¿Qué iba a decirle Itachi? Se puso de lado para mirarlo. Él rodó sobre la espalda, se quedó boca arriba y guardó silencio durante un buen rato.
La mujer clavó los ojos en sus rasgos cincelados, en el pelo color carbón, en la nariz afilada de hermoso perfil, pensando que era el hombre más apuesto del mundo.
Por fin, Itachi suspiró, mirando fijamente al techo, y habló.
—Voy a contártelo todo, aunque estoy seguro de que te hará daño saberlo.
Y comenzó a hablar lentamente, sopesando las palabras. Pese a la prudencia con que se explicaba, ella supo que no estaba ocultando nada. Le contó cómo se había enterado de los propósitos de Danzō y Orochimaru por medio de Konan, y cómo habían sucedido después las cosas; la carta haciéndole chantaje y todo lo demás. El relato parecía muy doloroso para Itachi, hasta el punto de que su voz vaciló en varias ocasiones. Ciertamente, hablarle sobre el hombre que la había atacado era para él tan doloroso como para ella escucharlo, pero a esas alturas se hacía necesario. Era la manera de comenzar a alejarse de la horrible experiencia y poner en marcha el proceso de cicatrización que acabaría con las heridas del pasado reciente.
—Y por eso vine a Londres —concluyó Itachi—. Tenía que detener a Orochimaru antes de que te hiciera más daño. Se lo debía al amor que siento por ti. Eres mía, es mi obligación protegerte y lo haré cada vez que corras peligro. —Sus palabras eran ahora más bruscas—. Lo eres todo para mí. —Se llevó su mano a la boca y se la besó mientras la miraba con fervor por encima de los labios calientes y húmedos que rozaban su piel.
Sakura soltó el aire que había estado reteniendo.
—No tengo palabras... No solo me has salvado, además me amas. —Estaba estupefacta—. ¿Por qué?
—No sé por qué, solo sé que es así. Eres lo más importante del mundo para mí, cariño. Te amo. Me has dado una vida nueva, en sentido figurado y en sentido literal. No voy a dejarte nunca, te lo prometo.
El corazón de la mujer se aceleraba en el fondo de su pecho. Rebosaba de amor por aquel hombre. Un amor absoluto. De pronto pareció que le llegaba una inspiración. Apartó bruscamente las sábanas para quedar a la vista, desnuda. Luego metió la mano bajo el camisón de Itachi para levantarlo, sin dejar de mirarle a la cara, con ojos encendidos por la pasión y la lujuria.
El hombre tenía los ojos entornados y en su rostro relucía un deseo creciente.
—¿Qué estás haciendo, mi amor? —Sakura había alargado la mano para capturar su erección. Luego bajó hasta ella y se llevó la punta del miembro a los la bios.
Ambos empezaron a experimentar sensaciones maravillosas. A ella, la piel del pene le resultó exquisita, suave, aterciopelada, y a la vez ardiente, porque en verdad ardía, grueso, duro, a punto de estallar. Con la lengua retiró las primeras gotas de esencia masculina. Todo él era... hermoso.
Itachi gimió, pero no de dolor. Ella se sintió poderosa, enamorada, ansiosa... La inundaron todas las sensaciones que Itachi suscitaba en ella; cosas que ni siquiera sabía que existían hasta que él se las enseñó.
—Estoy haciendo justo lo que quiero hacer. Esta vez me toca a mí, así que recuéstate, relájate y disfruta, marido mío.
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Al cabo de una semana Itachi estuvo en condiciones de hacer una vida más o menos normal. Sus heridas curaron con rapidez y llegó un momento en el que no resistió pasarse ni un solo minuto más en la cama, a menos, por supuesto, que Sakura estuviera acompañándolo, ejerciendo su magia. De modo que, entre otras cosas, pudo al fin mirar la correspondencia, y hubo una carta que atrajo su atención de inmediato. Estaba esperándola. Rompió el lacre con decisión. Era de Yahico, concisa y breve, como siempre.
Uchiha:
Él embarcó en el Excelsior a las once. Yamanaka y Parkins ya están listos. Actuarán a medianoche. Feliz travesía.
Yahico
Itachi suspiró aliviado mientras se acercaba a la chimenea. Dejó caer la nota entre las llamas y observó cómo se quemaba. Hecho. Orochimaru Shimura había desaparecido de la faz de la tierra. No volvería a lastimar a una mujer indefensa.
Fisgón estaba tumbado frente al calor del fuego y alzó la cabeza para mirarlo con curiosidad.
—Se lo merecía, ¿sabes? Recogió lo que sembró. Igual que tú te mereces un título nobiliario, sir Fisgón.
Se agachó para darle una palmadita en la cabeza. El perro meneó la cola a modo de respuesta.
Lo que Orochimaru no sabía era que el Excelsior, el navío en el que había embarcado, era suyo, de Uchiha. El mayor negocio de la familia de Itachi se concentraba en el transporte con pequeños mercantes, y con frecuencia se aceptaba a pasajeros, tanto al entrar como al salir de Inglaterra. Era parte del negocio. Para mayor seguridad, el señor Inoichi Yamanaka y el señor Sai Parkins también estaban a bordo para constatar que, cuando Orochimaru bajara del barco, en Cherburgo, no caminaría... ni respiraría.
El señor Yamanaka era un comerciante londinense con importantes negocios que adoraba a su única hija, Ino. El señor Sai era el ayudante de Inoichi y también él amaba a Ino. La joven pareja estaba a punto de casarse cuando ocurrió lo indecible. La muchacha fue brutalmente atacada por dos hombres que la golpearon hasta tal punto que se quedó medio sorda, entre otras cosas.
Inoichi y Sai se dedicaban al curtido de pieles, un oficio que no estaba bien considerado, pero que resultaba necesario a fin de cuentas, y podía ser muy rentable si uno estaba dispuesto a ensuciarse las manos. Por lo que él había oído, Inoichi Yamanaka era conocido como el mejor en su campo, es decir, en el arte de despellejar animales y tratar su piel hasta convertirla en cuero. Al parecer era todo un experto con el cuchillo.
Y cuando un hombre tan experto como Yamanaka quería con toda el alma vengarse de la bestia que se había atrevido a tratar tan salvajemente a su amada hija... Bueno, eso solo significaba una cosa: que nada ni nadie podría evitar que Orochimaru Shimura acabara convertido en cuero.
