De renegados: parte dos

La buena noticia es que la banda de renegados seguía aumentando. Las mejores noticias eran que ahora tenían a esa chica: Jivika. Alessandro y Otis regresaron a sus cuevas en el medio de la nada en Longyearbyen porque ahí, por más que Jivika lo intentara, no podría llamar por ayuda. Su cosmo estaba completamente bloqueado, como si no existiera. Eso significaba que los Santos no la iban a poder rastrear y, por lo tanto, el balón estaba de su lado.

Pasaron los días haciendo un plan. No tenían ni la menor intención de regresar a Jivika, y lo que querían, además de usarla de guerrera eventualmente, era atraer a Helena hacia ellos. Por supuesto no se moverían aún. Primero querían lograr que la chica los ayudara por cuenta propia... más o menos.

Las torturas suelen ser bastante efectivas, pero no se iban a poner a golpearla hasta que cayera, lo suyo era nada más dejarla confinada en soledad en una oscura celda, a ver cuánto aguantaba. Lo único que le proporcionaban era agua fría, apenas descongelada, y algo de alimento que, por el momento, no había tocado. Ya lo haría.

No se presentaron ante ella ni la amenazaron. Todo mundo tenía estrictamente prohibido tocarla o acercársele. Dudaban que en el Santuario la dieran por muerta, pero también sabían que serían prudentes, más, de ahora en adelante, y no intentarían moverse hasta tener información sobre ellos.

Mu dejó otro fólder en una pila, estiró los brazos y suspiró. Estaba sentado en el piso de la bodega que servía como archivos del Santuario. Ahí se guardaban los registros de todas y cada una de las personas que ponían un pie en el lugar. Estaba acomodando en diversos montones todos los papeles que se encontraba. Alguien había decidido que sería una buena idea ordenar los expedientes por nombres, en orden alfabético. Eso era muy, muy malo porque los archivos de los Santos de Oro estaban mezclados con los de los aprendices, los de las Amazonas, las korees, doncellas, trabajadores especiales y soldados. Así que, si quería encontrar información (si es que la había), de los dos hombres que secuestraron a Jivika, iba a tener que poner en orden todos los papeles.

Llevaba ya semanas en eso. No era el único, el resto de los Santos iban a ayudarlo de vez en cuando, pero aún con manos extras la tarea era increíblemente tediosa, aburrida, larga, y le estaba dando constantes dolores de cabeza. Cabe mencionar que ya había terminado con otros registros, pero eran apenas fichas básicas, y ahí es en donde se enteró que el tal Otis sí fue parte del Santuario. Pero ahora estaba buscando entre los expedientes completos, eso era lo que le estaba llevando tiempo.

La puerta de la bodega se abrió de pronto y Mu levantó la cabeza. Alfa se encontraba ahí junto con Saga. Traían termos enormes de café.

—Venimos a ayudarte, si nos permites —dijo Saga.

—También trajimos cantidades industriales de café —agregó Alfa.

—Pasen, por favor —respondió Mu y ambos entraron y se sentaron en el piso junto a él. —En esta pila van aprendices, en esta Amazonas, allá korees, en esa soldados, en esta Santos de Bronce, en aquella Santos de Plata, en esa los de Oro y por acá nuestros aprendices. En la última va cualquier otra persona. Y Saga, dime por favor que no fuiste tú quien mandó a que estos papeles se ordenaran por nombre y en orden alfabético en lugar de rango.

—No, no fui yo. Y a Ares le interesaba muy poco que hubiera un registro de los Santos. De hecho me da la impresión de que era todo lo contrario. Nada más son los Santos de esta generación, ¿verdad? No están mezcladas aquí las generaciones anteriores.

—No. Los papeles de las generaciones anteriores sí están ordenados por rangos y categorías. Bueno, los que existen al menos. Hay muchos papeles que se han perdido. Aquí nada más hay nombres de Santos a partir de... ti, para ser exacto. El primer Santo Dorado de esta generación.

—¡Menos mal que nada más hay treinta y tantos años de archivos! —dijo Alfa con sarcasmo, lo que provocó la risa de los otros dos.

—Supongo que nada más hay que revisar los archivos de los Plateados, Bronceados y de los aprendices —dijo Saga—. Cuando los encontremos todos, al menos.

—A darle, chavos, que la noche es larga —dijo Alfa.

Se pusieron a revisar y acomodar en las pilas una cantidad enorme de expedientes que contenían la información de todos. Alfa se preguntaba seriamente si en verdad a nadie se le había ocurrido transcribir todos esos papeles a una computadora. O empezar a usar la tecnología para esas cosas. Si no, se los iba a tener que sugerir pronto.

La buena noticia es que los archivos decían la edad y rango de la persona hasta su última actualización, por lo tanto nadie tenía que estar adivinando en qué pila iba qué cosa. No es que hubiera tantos Santos, pero sí había mucha gente colada.

Por ejemplo, existían al menos 50 doncellas que se dedicaban a las tareas domésticas del Santuario. También al menos otros 20 que se dedicaban a mantener los jardines, algunos tantos que se dedicaban a manutención en general. Había una enorme pila de arqueólogos que trabajaron en las diferentes ruinas del Santuario y sus alrededores. Luego estaban aquellos que laboraban en el edificio burocrático y en la Fuente. Y todos esos archivos estaban mezclados entre los de los Santos y aprendices que, a últimas fechas, eran más.

Alfa abrió el centésimo fólder de esa noche. La fotografía de un hombre joven la miraba. Alfa se le quedó viendo con una ceja enarcada. Como que se le hacía medio familiar. Leyó el nombre: Alessandro. La fecha del archivo era de 7 años antes. Su expediente decía que era un aprendiz que iba por una armadura de Plata, pero por ningún lado encontró confirmación de que la hubiera obtenido.

—¿Alguno de ustedes dos conoce a un tal Alessandro que estuvo en el Santuario hace unos 7 años más o menos? —preguntó.

Ambos Santos negaron con la cabeza y Saga se acercó a leer el archivo por sobre el hombro de la joven.

—Me parece un tanto conocido, pero no lo recuerdo. ¿En dónde entrenó?

—En el Santuario y en Bélgica, pero no dice si obtuvo armadura.

—Creo que vamos a dejar al buen Alessandro en la pila de los "posiblemente sospechosos" —dijo Saga tomando el archivo y ojeándolo rápidamente.

No había mucha más información en ese expediente, aunque a Saga el tipo también le parecía un poco familiar. Ni siquiera quería pensar en la posibilidad de que lo hubiera conocido cuando fue Patriarca, aunque tampoco se sorprendería de ser así.

Por entre los papeles encontraron sus propios registros y los de las chicas aprendices de Dorados. Se esforzaban en no ponerse a chismear, pero la verdad es que algo sí los miraban. Mu se detuvo en un fólder. Finalmente, y luego de incontables noches en ese lugar, había dado con el de Otis.

—¡Te tengo! —exclamó llamando la atención de los demás. Alfa y Saga dejaron los archivos que tenían en sus manos y se acercaron más al de Aries—. Aquí está: Otis. Sí fue un aprendiz de Santo, en un campo de entrenamiento que ya no existe en Suiza, y de hecho aquí dice que él sí ganó una armadura, la de Lince. Luego se fue del Santuario y no se supo más de él.

—Estoy bastante seguro de que esa armadura no está en el Santuario —dijo Saga.

—¿Insinúas que la tiene con él? —preguntó Mu.

—O la ocultó en algún lado.

—¿Qué no se supone que las armaduras "saben" cuando no están bajo el servicio de Atenea? ¿Cómo es que pudo quedarse con su armadura si ahora es un renegado?

—Quizá es sencillamente porque no la ha usado para nada —contestó Mu—. La armadura no tendría por qué revelarse si no la han usado para algo que no deben.

—¿Creen que sea cómplice de Alessandro? Ya es muy extraño que casualmente dos Santos estén desaparecidos. Y parece ser que desaparecieron más o menos por las mismas fechas, hace unos 6 años give or take —preguntó Alfa.

—Definitivamente tenemos que investigarlos más. Camus es el que ha estado rastreando a otros renegados, quizá él tenga más información. De todas maneras vamos a terminar de revisar estos archivos a ver si encontramos alguna otra cosa sospechosa —dijo Saga.

Los tres siguieron rebuscando entre los papeles. Les tomó, efectivamente, toda la noche. La buena o mala noticia es que encontraron pocas cosas más. Notaron que durante algunos años se perdió el rastro de varias personas. Unas cuantas sabían que cayeron durante la revuelta de Saga. Algunos más, pocos, estaban encerrados en los calabozos, porque los atraparon cuando se mostraron como renegados. Eso sí, habían algunos cuantos de los que nadie sabía qué pasó con ellos. Probablemente más renegados. Al final de la búsqueda estaban satisfechos porque al menos ya tenían nombres y rostros de personas que debían buscar.

Se reunieron con Camus más tarde, una vez que hubo amanecido, y le contaron las noticias. Saga y Camus se dividieron a las personas que necesitaban encontrar. Durante las siguientes semanas seguramente irían de visita a antiguos campos de entrenamiento a ver si podían recolectar más información. Después le contaron sus planes a Shion y Saori.

Luego de que Camus y Saga se fueran, Shion mandó a llamar a Dohko y le pidió a Saori que se quedara a escuchar. Ellos tres hablaron sobre la posibilidad de que esos dos Santos fueran reencarnaciones, y poca duda les quedó luego de enterarse de las armaduras que portaban y que usaron en la anterior Guerra Santa.

Saori estaba muy preocupada. No tenía idea de por qué algunos Santos terminaron por revelarse contra ella, y eso le parecía una falla enorme. No se supone que esas cosas sucedieran, ella tenía que ganarse la confianza y cariño de sus Santos para que lucharan con ella y por sus ideales. Este giro en los acontecimientos la hacía sentir como que les hubiera fallado a todos. Dohko y Shion intentaron tranquilizarla, pero la verdad es que ellos también estaban preocupados. En especial porque, si sus sospechas resultaban ser ciertas, entonces tenían que asegurarse de que todos aquellos que pudieran tener sus recuerdos de encarnaciones pasadas, estuvieran bien vigilados. No tanto porque se fueran a revelar, si no porque sospechaban que tal vez estos dos Santos reencarnados iban a querer dar con más personas con recuerdos. Eso les daba muy mala espina, en especial por el secuestro de la aprendiz de Helena.

Tanto Dohko como Shion sabían que Helena era una persona reencarnada, y el que se hubieran llevado a su aprendiz les olía a que era señuelo. Decidieron no decirle a nadie todavía sobre sus teorías, pero sí elevarían la alerta del Santuario a Naranja. No podían permitirse más cosas como las que habían pasado desde el escape de Otis, mucho menos más secuestros.