Este Fic es una adaptación de la novela "El beso del Arcángel" de Nalini Singh (y continuación de la novela "El Ángel caído")
el cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo.
Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Cursivas, comunicación / vinculo mental
Capitulo 32
Rukia se quedó sin aliento al ver la Ciudad Prohibida. Era un intrincado laberinto
formado por edificios delicados y pasadizos ocultos, un lugar que en realidad era
una ciudad dentro de otra ciudad. Un lugar lleno de maravillas: puentes de
mármol blanco con dragones dormidos en los postes de los extremos; patios
adoquinados repletos de árboles de cuyas ramas colgaban farolillos de seda en
lugar de frutos; cortesanos ataviados con joyas y ropas de una miríada de
colores. Un lugar salido de un sueño.
—Mariposas —susurró, mientras lo observaba todo desde la terraza privada
de la residencia que les habían asignado, en la parte más elegante de la ciudad—.
Me recuerdan a las mariposas.
La presencia de Ichigo era una fuente sólida de calor a su espalda, y las
manos masculinas estaban apoyadas sobre la barandilla a ambos lados de su
cuerpo. Rukia disfrutó de su calor, y notó cómo vibraba su cuerpo contra sus alas
cuando empezó a hablar.
—Sei Fung y algunos otros tienen una especie de corte, pero la de Unohana es la
más extensa.
—Es una auténtica reina. —Vio abanicos que se abrían, y sonrisas coquetas
esbozadas sobre sus lujosos bordes. Todas las criaturas femeninas llevaban
vestidos largos hasta los tobillos, la mayoría con un estilo que hablaba más de
elegancia que de sexo—. ¿Crees que saben lo de los renacidos?
—Sí. —Ichigo apoyó las manos sobre las suyas, y convirtió su voz en una
sombra íntima junto a su oído—. Según me ha dicho Hisagi, sus hombres le han
informado de que Unohana ha empezado a traer a algunos de sus renacidos a la
corte como entretenimiento.
Las manos de Rukia, protegidas por la fuerza de las de Ichigo, se aferraron a
la piedra de la barandilla, erosionada por el tiempo.
—¿Los degrada de esa manera? Creí que los consideraba creaciones suyas...
—Algunos, por lo que parece, se ven más favorecidos que otros. —Ichigo
deslizó las manos por sus brazos antes de estrecharla contra su pecho—. Mañana
por la mañana me reuniré con la Cátedra. Ten mucho cuidado cuando pasees por
los alrededores... Puede que a Unohana le parezca divertido enviar a uno de ellos
contra ti.—¿Quién es mi guardaespaldas?
—Uryu. —Una pausa—. No te hace gracia.
—No me hace ninguna gracia necesitar que me protejan.
—Es preciso.
—Por ahora.
Una tranquilidad peligrosa. Rukia supo que esta sería una batalla que tendría
que luchar de nuevo. Eso podía soportarlo... y también Ichigo, pensó.
—Elegiste a una guerrera, ¿lo recuerdas?
Un beso en esa piel sensible situada justo por debajo de su oreja.
—Y tú elegiste a un arcángel.
Siempre había sabido que Ichigo no sería un amante fácil. No obstante, ella
tampoco lo era.
—Nunca he entrenado contigo. —Una invitación juguetona—. ¿Te gustan los cuchillos?
Un leve asomo de sonrisa apareció en los labios que rozaron el mismo lugar
que tantas veces habían atormentado.
—Danzaremos con espadas después del baile.
Resultaba difícil pensar con él tan cerca y la belleza de la Ciudad Prohibida
más abajo.
—No has traído a muchos hombres contigo. —Hisagi había volado con ellos, y
también Uryu, pero ellos solo eran dos de los Siete.
—Si la cosa acaba en una batalla, será demasiado tarde.
Rukia terminó de hacerse ese elegante moño francés que Miyako le había
enseñado (con los escurridizos mechones sujetos con lo que le parecían
quinientas horquillas) y se examinó en el espejo. El vestido azul hielo de manga
corta no tenía espalda, le llegaba a medio muslo (con aberturas a ambos lados) y,
a pesar de que el tejido estaba cuajado de incrustaciones de cristal, se pegaba a
su cuerpo como una segunda piel. Había fulminado al sastre con la mirada la
primera vez que se lo mostró, pero el vampiro no era ningún idiota. Si se
combinaba con unas botas altas ajustadas y unas mallas, siempre de color negro,
una pasaba de ser una bonita acompañante a ser una elegante asesina, y a que le
daba libertad de sobra para moverse.
Sintió unas manos cálidas sobre las caderas.
—Perfecta. —La pasión hambrienta que destilaba esa única palabra se
deslizó sobre su cuerpo como una caricia perezosa. Sus pezones se irguieron
contra la suavidad del tejido.
—Falta el maquillaje —gimoteó ella.
Ichigo aflojó las manos lo suficiente como para que ella pudiera aplicarse
unos polvos bronceadores en los pómulos y la máscara de pestañas en los ojos.
Al abrir la cajita que venía con la ropa, Rukia encontró una barra de labios. Le
quitó la tapa y descubrió que tenía un tono rojo intenso.—Esto no es de mi estilo.
—Considéralo una especie de camuflaje —dijo Ichigo, que volvió a
estrecharla contra su cuerpo semidesnudo y apretó la polla contra su espalda. Las
alas de Rukia ardían con la más erótica de las sensaciones—. Algo que te
permitirá pasar desapercibida en el territorio enemigo.
—No me parezco en nada a los vampiros o los ángeles que he visto ahí fuera.
—Su vestido-túnica no era comedido en modo alguno. Y luego estaban los
cuchillos. Por no mencionar la pistola. No obstante, esa noche los llevaba ocultos,
una molestia que no tenía por qué haberse tomado después de los jueguitos de
Unohana. Pero estaba aprendiendo a elegir sus batallas—. Yo no sabría cómo
mover un abanico ni aunque me dieras con uno en la cabeza.
—No, tú eres una cazadora. —Una mirada tan tórrida que Rukia creyó que el
espejo se derretiría. Una mirada que le hizo apretar los muslos en un intento por
contener el impulso de arrojarlo sobre el suelo y montarlo hasta gritar de placer
—. Pero ella no se dará cuenta —murmuró Ichigo—. Solo verá a un ángel joven
e indefenso..., peculiar por la forma en que ha llegado a ser lo que es, pero por lo
demás, indigno de atención.
—Estupendo. —Eso le daría la libertad necesaria para vigilar a Unohana sin que
nadie se diera cuenta. Rukia no se hacía ilusiones: sabía muy bien que
físicamente no tenía nada que hacer contra la más antigua de los arcángeles,
pero tal vez pudiera echarle un vistazo a su psique, averiguar algo que pudiera
serle de ayuda a Ichigo.
El arcángel la liberó y se acercó a la mesa auxiliar.
—Ashido me ha pedido permiso para entregarte un regalo.
Curiosa, Rukia se dio la vuelta... y encontró una mirada de color ámbar intensa.
—¿Qué ha hecho para cabrearte esta vez?
Una sonrisa lenta. El peligroso sentido del humor de un arcángel.
—Cuchillos y vainas —murmuró.
Rukia tocó la parte superior de su bota derecha.
—Yo tengo los míos...
—Mmm... —Ichigo cogió algo del interior de una caja de madera suave y
se aproximó a ella—. Pero no los míos. —Le colocó la mano en la nuca y le dio
un beso tan sombrío, tan posesivo, que Rukia deseó reclamarlo también.
—Si sigues con esto no iremos a cenar. —Rukia enfrentó su mirada, soportó
su belleza y su crueldad, antes de apoyar la mano sobre su pecho.
El arcángel deslizó la mano sobre la parte posterior de su muslo y rozó con los
dedos la carne sensible situada entre sus piernas. Rukia aspiró con fuerza.
—¿Tienes ganas de provocar, arcángel?
Unos dientes rozaron sus labios.
—Quiero que entiendas una cosa, Rukia: jamás llevarás el cuchillo de otro. Ella parpadeó, perpleja.
—¿Quería regalarme una daga? ¿Qué hay de malo en eso?
—Las dagas —susurró él— y las vainas van siempre juntas. Y tu vaina solo
conocerá mi daga.
Rukia tardó un segundo en entenderlo, ya que el deseo le había nublado la
mente. Se ruborizó por completo.
—Ichigo, eso es... —Sacudió la cabeza, incapaz de encontrar las palabras
adecuadas—. La lucha no es algo sexual.
—Ah, ¿no? —Ojos llenos de tormentas marinas violentas, salvajes y excitantes.
Dentro de Rukia, el rubor se transformó en ascuas ardientes. La lujuria se
apoderó de ella al saber que ese ser hermoso y peligroso era suyo.
—La posesión va en ambos sentidos, arcángel.
—Entendido, cazadora. —Retrocedió un paso y abrió la mano.
Rukia contempló el obsequio obnubilada, fascinada.
—¿Esos pedruscos son de verdad? —Ya se la había quitado de la mano, y
estaba sacando la preciosa hoja de acero de una vaina que había sido
especialmente diseñada para ella. Tenía un brillo afilado bajo la luz, un brillo que
competía con el de las joyas de la empuñadura.
—Por supuesto.
Por supuesto. Rukia giró la daga una y otra vez en la mano para probar el
peso, el equilibrio. Era perfecta.
—Dios, es maravillosa. —Las joyas eran espectaculares, pero era la hoja lo
que la interesaba, su fuerza y su delicadeza—. Lánzame ese pañuelo.
Ichigo cogió un vaporoso pañuelo de gasa y se lo arrojó. El tejido descendió
como si fuera bruma... y se deslizó a ambos lados de la hoja, dividido en dos.
—Madre mía. —Tan afilada, tan deliciosamente afilada—. ¿Pediste que la
hicieran para mí? —Atravesó la distancia que los separaba y le dio un beso sin
aguardar la respuesta.
Cuando se apartó de él, los ojos de Ichigo brillaban lo suficiente como para
rivalizar con la gemas de la empuñadura y de la funda.
—Cualquiera diría que acabas de practicar sexo.
—Una daga tan maravillosa como esta es tan buena como el sexo. —Dio la
vuelta a la vaina para examinarla, admirada... No era codiciosa por naturaleza.
Solo con su apartamento (una dolorosa puñalada) se había mostrado diferente.
Pero esa daga rozaba esa misma fibra sensible. Es mía, se dijo—. Necesito una...
Ichigo ya estaba sacando una cartuchera de la caja. Estaba fabricada en
cuero negro suave y flexible, y tenía una correa que encajaba en las ranuras que
había a ambos lados de la vaina para que asentara a la perfección sobre la parte
superior del brazo.—Perfecta. —Colocó el arma en su lugar—. Tanto la daga como la vaina son
lo bastante ligeras como para no resbalarse. Y son tan bonitas que parecerán un
adorno.
Ichigo observó a su cazadora jugar con su regalo y se quedó atónito al
percatarse del placer que sentía al verla feliz. Ese regalo significaba mucho para
ella. Era un acierto.
Había estado a punto de matar a Ashido por atreverse a inmiscuirse en algo
que era suyo.
« —¿Crees que no he adquirido ya un regalo semejante para mi compañera?
—Señor, no pretendía ofenderte.
—Vete, Ashido. Vete antes de que olvide que ella te quiere.»
Había sido una reacción irracional frente a un ángel que había demostrado su
lealtad mucho tiempo atrás, que había derramado su sangre por Rukia. Ichigo no
estaba acostumbrado a perder el control ante nadie ni por nadie.
« En ese caso, ella te matará. Te convertirá en mortal.»
Creyó que al decirle eso, Unohana hacía referencia a un debilitamiento físico,
pero la arcángel hablaba de otra cosa: le estaba advirtiendo que su corazón se
ablandaría, tanto que al final enturbiaría los fríos razonamientos que habían
distinguido su gobierno durante tanto tiempo.
—Razón o emoción —le dijo a Rukia mientras ella volvía a meter la daga en
su funda tras una complicada serie de movimientos—. ¿Qué elegirías?
Ella lo miró por encima del hombro con una sonrisita.
—No es tan sencillo. La razón sin emoción es a menudo una máscara de la
crueldad; la emoción sin razón permite a la gente excusar todo tipo de excesos.
—Sí —replicó él, recordando al monstruo implacable en el que se había
convertido durante el estado Silente.
Rukia se dio la vuelta y se acercó a él moviendo las caderas de una forma
muy provocativa. Los tacones de aguja de las botas le daban varios centímetros
más de estatura, así que ahora le llegaba justo por encima de la mandíbula.
—¿Recuerdas lo que te dije acerca de que la posesión iba en ambos sentidos?
—No te traicionaré, Rukia. —Que a ella se le hubiera ocurrido formular esa
pregunta lo enfureció un poco.
—No te pongas gruñón conmigo, arcángel. —Pasó a su lado y abrió una de
las cremalleras laterales de la bolsa que contenía sus armas, para sacar una
cajita—. Yo también tengo un regalo para ti.
La sorpresa y el placer extendieron sus alas en el corazón de Ichigo. Había
recibido muchas, muchas cosas a lo largo de los siglos. Sin embargo, la mayoría de
ellas no había significado nada para él, ya que tanto los mortales como los
inmortales lo adulaban en busca de poder, de prestigio o de riquezas.
—¿Lo conseguiste en el Refugio?
—No.
—¿De dónde lo has sacado, entonces?
—Tengo mis contactos. —Se situó delante de él y abrió la cajita para sacar un anillo.
Un anillo con un engaste de ámbar.
—Tú —dijo ella al tiempo que le colocaba el anillo en el dedo apropiado de la
mano izquierda— estás cierta y verdaderamente comprometido.
Ichigo sintió una presión en el corazón con la que no estaba familiarizado. Se
acercó al anillo a los ojos y vio que se trataba de una banda de platino, gruesa y
sólida, con una piedra cuadrada de ámbar pulido. Pero era un ámbar oscuro, el
más oscuro que había visto en su vida con un núcleo de puro fuego blanco.
Intrigado, se quitó el anillo para situarlo bajo la luz. Los colores cambiaban
constantemente, de modo que en un momento dado eran oscuros, y al siguiente,
claros.
Fue entonces cuando la vio. Cuando vio la inscripción que había en el interior.
Knhebek.
Había vivido en el Magreb durante un tiempo, y había viajado a través de
Marruecos antes de Convertirse en arcángel. Había escuchado esa palabra
susurrada en los labios de jóvenes ardientes, dirigida a bellezas en ciernes.
Te amo.
La tensión del pecho se hizo más y más intensa. Volvió a ponerse el anillo en
el dedo y le dijo:
—Shokran.
En el rostro de Rukia se dibujó una sonrisa radiante.
—De nada.
—¿Hablas el idioma de tu abuela? —Cerró los dedos sobre la palma. Por
primera vez en muchos siglos, se sentía posesivo con un objeto.
—Solo conozco unas cuantas palabras que mi madre solía decir. —Una
sonrisa cargada de recuerdos... de recuerdos felices—. Ella mezclaba el árabe
de Marruecos, el francés de París y el inglés todo el tiempo. Pero crecimos a su
lado, así que todas la entendíamos. —Y también Byakuya.
En aquel entonces su padre reía, pensó Rukia. Se había reído con el
batiburrillo de idiomas de su madre, pero se reía de sí mismo, no de ella.
« —Apiádate de mí. —Tenía la cabeza apoyada en las manos—. Soy un
pobre chico de campo. No conozco tantos idiomas.
—Niñas. —Ojos brillantes, azul cobalto y con un destello malicioso—. No creáis una palabra de lo que dice vuestro padre. Habla francés como si fuera su lengua nativa.
—Me hieres, ma chérie. —Unas manos dramáticas colocadas sobre el corazón.»
—¿Dónde estás, Rukia? —Unos dedos que alzaron su barbilla hasta que pudo
enfrentar unos ojos ámbar en los que podría haberse ahogado para siempre.
—En casa —susurró ella—. En la casa que era antes de que todo ocurriera.
—Construiremos nuestro propio hogar.
Esa promesa se enredó alrededor de su corazón como un brillante rayo de sol.
—En Manhattan.
—Por supuesto. —Una sonrisa muy, muy lenta—. ¿Qué tipo de mansión quieres?
Mierda, ese arcángel le estaba tomando el pelo otra vez. El rayo de sol se hizo
más intenso y comenzó a recorrer sus venas.
—En realidad, me gusta bastante la tuya. —Le rodeó el cuello con los brazos
—. ¿Puedo quedármela? Ah, ¿y puedo quedarme con Ambrosio también?
Siempre he querido tener un mayordomo.
—Sí.
Rukia parpadeó, incrédula.
—¿Así de fácil?
—Solo es un lugar.
—Bueno, pues lo convertiremos en algo más —le prometió antes de unir sus
labios a los de él—. Haremos que sea nuestro.
Pero primero, pensó Rukia cuando oyó un golpe en la puerta, tendrían que
sobrevivir a la locura de Unohana.
