¡Holi!

Vuelvo con nuevo capítulo de Wicked Game en un inicio de un año un poco… ¿tumultuoso? 2021, danos un descanso y no seas la versión extendida del 2020, por favor. Este capítulo, como veréis, al igual que el anterior tampoco es tan largo como de costumbre. Tengo el fic más o menos estructurado de aquí hacia el final, calculo que nos quedan, incluyendo este capítulo, entre unos 10 y 15 capítulos para terminar. Al haber dividido las líneas argumentales que me quedan en capítulos, tampoco veo sentido que merezca la pena extender innecesariamente esta historia.

Lo que me lleva a lo siguiente que quiero comentaros. Estoy un poco bastante harta de este fic y tengo más ganas que nadie para acabarlo. Principalmente porque siento que, al ser un fanfic de un fandom que brilla por lo poco activo que es, es muy difícil escribir algo que ya apenas entusiasma. Es perfectamente comprensible, si este fic es tan largo es porque yo no sé acotar y hacer historias tan cortas. Amo Wicked Game con todo mi ser y sé que muchas amáis mi historia. Voy a terminarla porque me prometí a mí misma que si lo empezaba lo iba a terminar. Sin embargo, he de recordaros y pediros que este fic no se escribe solo, que me lleva muchas horas escribirlo y que el único salario que recibo son las reviews. Así que, por favor, si os animáis y os apetece, dejadme una review que será infinitamente agradecido porque, como bien sabéis las habituales, os respondo siempre. También podéis escribirme por Twitter (itsasumbrella) o por Instagram (itsasumbrellasart) si os es más cómodo.

Este capítulo quizás os confunde porque sale una serie de OCs por razones que ya veréis a continuación. Os he preparado un pequeño glosario abajo para que, en el caso de que os confundáis con tanto nombre de aquelarre, reinas y colores, os podáis ubicar más fácilmente con la ayuda de este pequeño glosario.

Remarcar que si notáis el capítulo más flojo de lo normal es porque estoy atravesando crisis de escritora y siento que los capítulos no están en el nivel que estáis todas acostumbradas. Es una percepción mía, si no notáis nada, mejor que mejor.

Por último y ya no os doy más la chapa: si no habéis leído todavía Tiempos de Navidad os animo encarecidamente que lo hagáis. Sí, ya sé que no es Navidad, pero creo que merece la pena leerlos porque experimento con otros estilos y escenarios muy diferentes a los de Wicked Game, dado que son cinco historias cortas independientes.

Ya no me extiendo más. Espero que os guste este capítulo, animaos a dejarme alguna review y espero que tengáis un día bonito.


Hacía calor.

Eso fue lo primero que pensó Astrid cuando el sueño empezó a disiparse de su mente. Sin embargo, no era un calor agradable como el que solía desprender Hipo, sino uno sofocante, en el que el aire estaba demasiado cargado y las sábanas se le pegaban al cuerpo a causa del sudor. Estaba aún lo bastante adormilada como para no querer abrir los ojos, pero notaba un peso sobre ella, lo bastante ligero para no ahogarla, pero lo bastante pesado como para hacerla sudar como un pollo. Astrid sintió la humedad pegajosa bajo sus pechos y entre sus muslos y con un gemido intentó quitarse lo que fuera que tuviera encima de ella.

—¡Quieta! —le ordenó una voz—. ¡Te vas a quedar fría si te lo quitas!

La voz desconocida la espabiló del todo y Astrid entreabrió los ojos a la vez que se incorporaba con rapidez. Estaba en una especie de cuarto iluminado con luces flotantes que la cegaron por unos segundos. Las paredes estaban forradas de tapices y telas para dar más calidez al lugar y olía a jabón y a lavanda. Astrid estaba sobre una cama mullida, cubierta con al menos dos edredones, y había una mujer pequeña y regordeta junto a ella, vestida con un vestido raído, pero limpio, y un delantal.

—¡Vuélvete a tumbar! —le ordenó la mujer.

—¿Qué? —cuestionó Astrid confundida—. ¿Dónde demonios estoy? ¿Dónde…?

Hipo.

¿Dónde estaba Hipo?

¿Y Tormenta y Desdentao?

Se acordó de repente de la Isla Berserker, de Finn y la emboscada que unas brujas les habían hecho cuando habían escapado de las garras de su tío. Astrid se llevó las manos a su pecho, el cual subía y bajaba a un ritmo vertiginoso por la ansiedad. Debía calmarse y ser consciente de que si ella estaba viva, Hipo también lo estaría, pero necesitaba cerciorarse de que estaba bien. Se levantó de un salto de la cama, pero antes de que pudiera dos pasos algo que tiraba de su pie le impidió seguir hacia delante.

—¿Qué demonios…?

Alrededor de su tobillo le había puesto un cepo de metal que la ataba con una cadena a la pared. Astrid miró a la mujer bajita atónita, incapaz de procesar que alguien hubiera tenido el valor de atarla como si se tratara de un animal salvaje. La mujer sacudió los hombros como si aquello no fuera con ella.

—Deberías tumbarte, aquí hace frío.

—Hace demasiado calor —se quejó ella y se dio cuenta que solo llevaba un fino camisón de lino—. ¿Quién coño eres? ¿Dónde estoy? ¿Y dónde está Hipo?

—Soy Frida, me encargo de cuidar a las enfermas de por aquí —explicó la mujer—. Os limpio, os doy de comer, me encargo de que no cojáis frío y os mantengo vivas hasta que la galena pasa a veros. Os pilló un chaparrón viniendo hasta aquí y estabas fría como un témpano de hielo cuando te trajeron, así que he procurado darte la sala más calentita de la isla.

—¿Pero dónde estoy? —insistió Astrid enfadada—. ¿Y qué habéis hecho con Hipo?

—¡Oh! ¿Te refieres al chico? Creo que se lo han llevado con los dragones a los calabozos, pero no estoy muy segura. He oído que se ha armado un buen barullo, pero la verdad es que no he prestado mucha atención —le aseguró Frida—. Ahora, túmbate de nuevo, avisaré de que te has despertado.

Astrid no tenía la más mínima intención de volver a la cama. No cabía duda de que aquella mujer era una bruja, Astrid podía percibir su magia con facilidad, pero tampoco se estaba molestando en ocultarlo. Sin embargo, no estaba del todo segura de a qué aquelarre podía pertenecer. Intentó recordar cómo habían caído en la trampa de esas brujas, pero su mente estaba ligeramente borrosa como consecuencia del golpe que le habían dado en la cabeza.

—¿Quienes sois? ¿Qué queréis de nosotros? —preguntó Astrid desconcertada.

La mujer le lanzó una mirada curiosa.

—Para ser quien eres, esperaba que fueras un poco más lista —comentó Frida—. Eres la bruja más buscada de todo el Archipiélago.

Astrid puso los ojos en blanco.

—Sí, pero vosotras sois brujas, no creo que me tengáis aquí atada por las acusaciones que los humanos han lanzado contra mí y por…

—¡Por supuesto que no! —le cortó la mujer ofendida—. ¿Crees que no sabemos quién eres? Eres la General de la reina del Sabbat. Estás detenida por tus crímenes en contra de todos los aquelarres de este Archipiélago.

Astrid sintió que la sangre abandonaba su rostro y el desagradable sudor de su cuerpo se tornaba frío. Sin embargo, procuró mantener una expresión sosegada y con cierta cautela dijo:

—Llevo más de un año sin servir a Le Fey, ella misma me echó del aquelarre.

Frida sacudió los hombros.

—A mí no me tienes que justificar nada, muchacha —la bruja cogió una cesta llena de bártulos de limpieza—. Deberías descansar, lo que te espera no va a ser agradable.

—¡Espera! —exclamó Astrid intentando alcanzarla hasta la puerta del cuarto, aunque la cadena no le dejó moverse más allá—. ¿Qué le vais hacer a Hipo y a los dragones?

La mujer frunció el ceño.

—¿Por qué te importa el destino del humano y los dragones? —cuestionó con desgana.

Astrid no estaba segura de si era buena idea revelar su relación con Hipo, por lo que decidió contar la verdad a medias.

—Viajamos juntos —respondió ella—. Él no merece que le hagan ningún daño, es solo un humano que huye de Le Fey. Montamos sobre esos dragones porque son nuestro medio de transporte.

Frida soltó una carcajada que la desconcertó.

—¡Una bruja montando sobre un dragón! ¡Qué graciosa! —se burló la mujer mientras salía de la habitación, cerrando la puerta tras ella y echando el cerrojo.

Astrid volvió a la cama para sentarse con las piernas cruzadas y ocultó su rostro entre sus manos mientras intentaba poner en orden sus ideas. ¡Qué desastre! ¡Como si las cosas ya no fueran lo bastante complicadas como para que encima ahora las brujas del Archipiélago decidieran clamar justicia! No obstante, Astrid era muy consciente de que si todavía no la habían matado era porque querían algo de ella, seguramente información del aquelarre o algo por el estilo. Aunque tampoco dudaba que estuvieran reservándose para torturarla después; estaba segura de que esas brujas estarían muertas de ganas de hacerlo.

Astrid era consciente de su fama en la comunidad de brujas del Archipiélago. No había sido precisamente una bruja benevolente y había matado a más de las que ella hubiera podido recordar. Le Fey había mantenido batalla con todo el mundo desde que tenía memoria: los humanos, los dragones, las brujas… Y Astrid, aún odiando a la reina con todo su ser, había cumplido con cada orden que Le Fey había dado con tal de ganarse su confianza y más poder en el aquelarre.

¡Maldita sea!

¡Tenía que haber considerado la posibilidad de que las brujas irían a por ella ahora que estaba expuesta y sin aquelarre! En realidad, estaba sorprendida de que no lo hubieran hecho antes, aunque puede que su fama hubiera sido suficiente como para intimidarlas y buscar la ocasión ideal para pillarla desprevenida.

Astrid miró la cadena atada a su tobillo. Se sintió estúpida por la simpleza en que la tenían atrapada, pero no había algo que pudiera retenerla con mayor facilidad que unas cadenas de metal. Si utilizaba su magia para liberarse, la electricidad impactaría contra el metal y se heriría o incluso podría matarse a sí misma y, en consecuencia, a Hipo también. Se vio obligada a taparse con uno de los edredones al sentir escalofríos y odiaba tener que esperar a quien fuera que tuviera que venir a torturarla. Fue difícil calcular cuánto tiempo estuvo allí metida, dado que la habitación no contaba con ventanas, pero su angustia por la situación y el desconocimiento por el estado de Hipo y los dragones le generaron un enorme malestar. No le trajeron comida y la tal Frida no volvió, por lo que Astrid intentó por todos los medios soltar la cadena que le ataba a la pared. En ese momento, envidió a Heather por poder manipular el metal, seguramente para ella sería pan comido salir de ahí, pero ni siquiera Astrid, con su gran capacidad física y su fuerza, podía romper el metal con sus manos desnudas. Se tumbó en la cama y se quedó mirando el techo, dejándose poco a poco atrapar por el sueño hasta quedar en un desagradable estado de duermevela. Al cabo de un rato, no supo calcular cuánto, escuchó una llave encajar en el cerrojo de su puerta. La bruja se incorporó, poniéndose en guardia al sentir un enorme poder mágico propio de una reina del aquelarre, y contuvo la respiración.

La reina entró vestida con la túnica propia de las brujas que era de un intenso color escarlata y llevaba una corona de azaleas blancas. La reina era una mujer muy bella, de piel pálida y delicada y ojos rasgados de un intenso color azul agua marina. Su cabello, negro azabache y extrarordinariamente liso, caía hasta por debajo de su trasero y parecía que tenía luz propia de lo brillante y cuidado que estaba. Astrid había oído hablar de la reina del aquelarre del Mairu, Ying Yue, una bruja casi centenaria de gran belleza y sabiduría que se llevaba a matar con Le Fey.

Como el resto de brujas del Archipiélago, en realidad.

La reina la observó con cierta animosidad antes de que una de sus guardaespaldas le colocaran una silla a una distancia lo bastante prudente para que Astrid no pudiera alcanzarla, aunque la bruja no era tan tonta como para pretender atacar a una reina de aquelarre. Habría que estar mal de la cabeza para hacerlo. La mujer la miró de arriba abajo y frunció los labios.

—Eres muy joven, ¿cuántos años tienes?

—No voy a decir ni una sola palabra hasta que se me garantice mi seguridad y la de mis compañeros de viaje.

Ying Yue alzó una ceja y las dos escoltas que se encontraban junto a la puerta la fulminaron con la mirada.

—No estás en posición para negociar.

—¿Ah no? —replicó Astrid—. Vosotras queréis información, ¿verdad? Pues si queréis que hable, quiero que me aseguréis que tantos los dragones como el humano estarán sanos y salvos.

La reina estrechó los ojos y cruzó las piernas a la vez que se acomodaba contra el respaldo de la silla. Astrid procuró no desviar la mirada, consciente que la templanza y la frialdad serían los únicos que la ayudarían a salir del paso.

—Curioso ese humano, tiene una vibración… extraña —apuntó Ying Yue—, aunque tiene pinta de ser un chico prudente y muy reservado. Solo ha abierto la boca para preguntar dónde estabas. ¿Es tu amante?

Astrid no respondió ante el retoricismo de su tono.

—Es raro, jamás hubiera pensado que una del Sabbat se liaría con un humano —apuntó la reina.

—Me gusta follar tanto como a cualquier otra bruja, no sé qué ves tan raro —replicó Astrid muy seria.

Ying Yue sonrió sibilinamente.

—Creo que es evidente que él está perdidamente enamorado de ti, lo que no me esperaba es que tú también lo estuvieras de él —observó la reina con diversión—. ¿Quién iba a decirlo? ¡La general del Sabbat enamorada de un humano! Tu reina deberá sentirse muy defraudada contigo.

—Le Fey no es mi reina —dijo Astrid con frialdad—. No soy la general de nada ni la súbdita de nadie, ya no.

—Eso hemos oído —concordó Ying Yue con el mismo tono—. Dicen que te integraste en la isla donde los humanos y los dragones conviven en paz. Cuentan que Le Fey te maldijo con un vínculo que te ataba al alma de un humano.

—¿Y quién es esa fuente que cree saberlo todo? —preguntó Astrid esforzándose en no lucir nerviosa.

—El agua lo sabe todo —respondió la reina enigmáticamente y sacudió su mano, causando una fuerte ráfaga de aire dentro de la minúscula estancia—, pero el viento lo escucha todo.

Ying Yue era una reconocida bruja del viento. El poder de manipular el aire era un don bastante común entre las brujas, pero Astrid sabía que Ying Yue era conocida precisamente por tener un control exquisito y perfecto del viento. Es más, Astrid conocía la leyenda de Ying Yue desde que era muy pequeña, pues las brujas mayores del aquelarres solían contarla cuando Le Fey no andaba cerca. Se decía que Njord, el dios del viento y del mar, se había enamorado perdidamente de ella y que, para contentarla, le brindó el control absoluto de los cuatro vientos. Astrid siempre había pensado que aquello sería una simple fábula, pero ahora que tenía a Ying Yue delante no estaba del todo segura. Sin lugar a dudas, era una bruja lo bastante poderosa como para intimidarla y, aunque a primera vista las brujas del viento no eran nada comparadas con ella, Astrid no tenía ninguna posibilidad contra una de su nivel.

—Si tanto sabes, ¿por qué no me habéis matado ya? —cuestionó Astrid con recelo.

Ying Yue ladeó la cabeza.

—Porque necesitamos los detalles y que nos expliques de dónde has sacado esto —Ying Yue chasqueó los dedos y una de sus escoltas se acercó para entregarle algo que cargaba en una bolsa. Astrid contuvo la respiración al reconocer el grimorio—. Este libro lleva años desaparecido del mapa, ¿cómo es que lo tienes tú?

—Porque lo encontré en Isla Mema, oculto bajo la apariencia de un libro de recetas —explicó Astrid—. Pertenecía… a alguien que es cercana a mí.

La reina la miró con recelo.

—Masha murió mucho antes de que tú nacieras y muy lejos de estas tierras —le aseguró Ying Yue.

Astrid abrió los ojos de par en par.

—¿Conoces a Masha? —preguntó atónita.

—Por supuesto que sí, me adoptó cuando era niña y ella misma me bautizó —explicó la reina con impaciencia—. Este libro desapareció cuando ella aún vivía y…

—¿Sabes quién es Asta Lund? —le cortó Astrid ansiosa.

La mención del nombre de su abuela parecía haber despertado un recuerdo que hubiera permanecido años encerrado en la mente de Ying Yue. De repente, la reina se reclinó hacia delante y la miró como si estuviera observándola por primera vez, aunque con una expresión que parecía mezclar la sorpresa con el más puro desconcierto.

—¡Ya decía yo que me resultabas extrañamente familiar! No eres Asta, claramente, pero ahora que te miro… os parecéis mucho. Eso sí, tienes rasgos de los locales de aquí, entonces no sé si…

—Sé que suena imposible, pero... soy su nieta —aclaró Astrid vacilante, consciente de que aquellas brujas la tomarían por loca.

No obstante, para su enorme desconcierto, ninguna de las brujas parecía en absoluto sorprendida por su declaración. Es más, Ying Yue hizo un gesto de receptivo, como si viera lógico que ella fuera la nieta de Asta.

—Asta era la favorita de Masha, pero ella desapareció de la noche a la mañana con este grimorio —argumentó la reina—. Entonces entiendo que huyó hasta aquí y rehizo su vida con algún humano. No obstante, ¿cómo demonios acabaste tú con Le Fey? Dudo mucho que Asta, siendo tan exquisita como es, hubiera permitido que su nieta acabara en manos de tal hija de puta.

—Yo… no lo sé —confesó Astrid en un hilo de voz—. Todo lo que sé es que murió en circunstancias muy extrañas.

Ying Yue no parecía contenta con su respuesta y devolvió el libro a su guardaespaldas.

—Este grimorio pertenece ahora al aquelarre del Mairu.

—¡¿Qué?! —chilló Astrid indignada—. ¡No! ¡Ese libro es mío! ¡Me ha costado sangre, sudor y lágrimas recuperarlo, no os lo podéis quedar porque sí! ¡Me pertenece por herencia!

Resultaba una maldita ironía que sonara exactamente igual que Finn Hofferson.

—El libro fue robado por Asta Lund —insistió Ying Yue con rabia—. Masha nunca le perdonó que se lo robara. Soy la única bruja que queda viva de nuestro aquelarre, así que este libro es mío por pleno derecho.

—¡Masha quería que Asta fuera la siguiente reina! —gritó Astrid levantándose de la cama hecha una furia—. ¡Asta se lo llevó cuando Le Fey se apoderó del cuerpo de Masha!

Ying Yue parpadeó confundida ante sus palabras y sacudió la cabeza hacia sus escoltas antes de hacerles un gesto para que se retiraran. La reina se levantó de la silla, mostrando que era ligeramente más alta que ella, y la miró directamente a los ojos. Astrid sintió que podía ahogarse en aquellos pozos turquesas que la reprendían sin piedad alguna.

—Le Fey nunca perteneció a mi aquelarre —le aseguró la reina—. Esa hija de puta apareció hace años por aquí para robar a las bebés del Archipiélago.

—Te equivocas —replicó Astrid desconcertada—. ¿De verdad no te acuerdas de Le Fey cuando era una cría enfermiza cuyo don ni siquiera había despertado? Antes usaba otro nombre, Moryen… —Astrid intentó recordar el apellido, pero era en un idioma que ella no hablaba y no consiguió pronunciarlo— ¡Joder! Sí, era Moryen…

—Blatvasky —acabó Ying Yue por ella—, pero lo que dices no es así. Moryen murió, era muy enfermiza y su magia no era lo bastante fuerte para protegerla…

—No —le cortó Astrid—. Moryen poseyó el cuerpo de Masha. Se comió su alma y se quedó con su cuerpo.

Ying Yue dio un paso hacia atrás espantada.

—Eso es imposible —insistió la mujer.

—¡Pues lo es! Le Fey es un parásito que se apodera de los cuerpos de los demás. Ahora mismo tiene poseído el cuerpo de Kateriina Noldor, la Reina del Salvaje Oeste.

La reina parpadeó incrédula.

—Teníamos constancia de ello, pero lo que me dices de Masha...

—Le Fey posee múltiples dones. Roba la magia de las almas que posee —le cortó Astrid desesperada—. ¿No era el poder de Masha manipular el hielo? Le Fey puedo hacerlo sin problemas.

—No tiene sentido, incluso aún me cuesta creer que Le Fey haya poseído el cuerpo de la muchacha Noldor que...

—La habéis olido, ¿verdad? Es imposible no oler la peste que desprende de su cuerpo —Ying Yue no replicó—. Le Fey posee cuerpos y, según cual, puede durarle más o menos tiempo. Seguramente tú conocerías a Le Fey como una mujer de pelo rojo, yo también la conocí así, por lo que quiere decir que ese cuerpo pertenecería a una bruja lo bastante poderosa como para que pudiera soportar su poder. ¿Cuánto tiempo estuviste con Masha?

La reina reflexionó unos segundos.

—Casi treinta años hasta que conseguí marcharme…

—¿Conseguiste? —repitió Astrid—. ¿Notaste un cambio de su carácter en los años que estuviste conviviendo con ella?

Ying Yue parecía pasmada por sus suposiciones que claramente parecían acertadas.

—Después de la muerte de Moryen se convirtió en una persona completamente distinta. Pensábamos que el fallecimiento de la pequeña le había afectado más de lo normal, después de todo siempre estaba muy pendiente de ella, quizás porque era más débil que las demás. Se volvió muy violenta y difícil de tratar, hasta el punto que nos tenía totalmente sometidas a su voluntad, pero nunca hubiera pensado que…

—Masha murió la noche que Le Fey poseyó su cuerpo, o tal vez resida todavía en ella, no sé con certeza cómo funciona su poder —argumentó Astrid—. Adónde quiero llegar es que el cuerpo de Kateriina Noldor no va a soportar el poder de Le Fey por mucho tiempo. Creo que al ser humana, el aguante es muchísimo menor de lo normal. Por eso las brujas podemos olerla, porque huele a la más pura putrefacción, su propio poder está destruyendo el cuerpo desde dentro, de ahí que tenga que trasladar su alma a un nuevo huésped. Cuando me echó el aquelarre noté que también apestaba considerablemente, por lo que es probable que su anterior cuerpo ya estuviera en el límite por entonces.

Ying Yue se esforzó en mantener sus emociones bajo una máscara de fría calma, pero Astrid era consciente de que la reina estaba muy alterada, hasta el punto que podía notar una corriente de aire frío soplar contra su nuca a pesar de que no había ventanas en aquel cuarto.

—¿Cómo puedes saber tú todo esto? —preguntó la reina con suma desconfianza.

Astrid sabía que a estas alturas, después de todo lo que le había contado, no tenía ningún sentido mentir.

—Tengo… tengo visiones del pasado.

La reina frunció el ceño.

—No puedes tener el poder de Thor y la capacidad de tener visiones, eso no es…

—Mi madre era una völva —aclaró Astrid—. Heredé su poder.

Ying Yue abrió la boca, pero volvió a cerrarla al instante. Resultaba extraño que una mujer que aparentaba ser tan segura de sí misma estuviera tan desconcertada.

—Una bruja no puede tener dones de völva —insistió Ying Yue—. La clarividencia es el único don que se mantiene y es un poder exclusivo cuando se recibe la bendición de Freyja. No sé de ninguna völva que pueda ver el pasado y, en tu caso, tu magia debería bloquear tu sangre de völva.

Astrid tuvo que contenerse de confesar que Hipo, además de ser el único hombre sobre la faz del Midgar que podía ejercer magia, también contaba con el imposible poder del fuego y el don de la clarividencia.

—No miento —insistió Astrid ofendida.

—Tendrás que hacer algo para demostrarlo, porque yo no me fío de nadie, mucho menos de la que un día fue la mano derecha de mi mayor enemiga —le advirtió la reina y extendió su mano hacia ella—. Dime algo de mi pasado que solo yo pueda saber.

Astrid tragó saliva. Jamás había sido capaz de controlar las visiones y, hasta donde ella sabía, sólo había sido capaz de visionar cosas relacionadas con su familia y nunca había sido por su propia voluntad. ¿Habría alguna posibilidad de que pudiera controlarlo y ver cosas relacionadas con el pasado de los demás? Astrid alzó su mano titubeante, aunque antes de que pudiera rozar su piel, Ying Yue apartó ligeramente su mano.

—Si me electrocutas estás muerta.

La bruja tuvo que contenerse de poner los ojos en blanco.

—No nací ayer —declaró ella.

—No me has dicho todavía cuántos años tienes.

—¿Por qué no se lo preguntas al viento? Seguro que él lo sabe.

Con una mueca de impaciencia, Ying Yue permitió que Astrid cogiera de su mano. Para su sorpresa, su mano se sentía fría contra la suya y cayó que, debido al vínculo, su piel debía estar más caliente de lo normal. La reina pareció caer de que algo era fuera de lo común, aunque no se movió ni dijo nada al respecto. Astrid se sintió un poco imbécil, sobre todo porque no tenía ni pajorera de idea de cómo despertar su poder. Las visiones, por lo general, siempre venían cuando ella estaba dormida o inconsciente, por lo que no estaba muy segura de cómo usarlo de manera consciente. Sabía que su don funcionaba distinto a las visiones de Hipo, sobre todo porque Astrid visualizaba eventos mucho más nítidos que los de Hipo, probablemente debido a que el futuro era un acontecimiento inestable que aún estaba por pasar, mientras que el pasado seguía en su lugar y sin posibilidades de cambio.

—¿Y bien? —preguntó Ying Yue impaciente.

Astrid se mordió el labio. No sabía qué tenía que hacer y resultaba humillante tener que admitirlo ante aquella bruja, ¿pero qué otra cosa iba hacer si no? Intentó soltarse de su mano, pero la reina cogió de su muñeca con fuerza.

—¿Te vas a rendir ya? —cuestionó ella sin ocultar su decepción—. ¿Y tú eres esa que dicen que nació de la tormenta? Más bien pareces nacida de la cobardía.

Aquello crispó tanto a Astrid que tuvo que contenerse para no darle una descarga que hubiera podido dejarla muerta. Ying Yue sonrió sibilinamente.

—¿Te he hecho enfadar? Bien, supongo que te ayudará. Estás acostumbrada a focalizar tu magia a través de la ira, ¿me equivoco?

Astrid no respondió. Le hubiera gustado negar de que aquello no era cierto, de que ella misma había entrenado a Hipo para que precisamente no controlara su magia así, pero… sabía que sería mentir. Astrid había estado enfadada desde la primera paliza que Le Fey le había dado cuando solo tenía cinco años o puede incluso que de antes, cuando asumió que jamás encajaría en su aquelarre por mucho que se esforzara. Ella había sido una paria sin haber hecho nada y aquello le había parecido tan injusto e irracional que terminó estando siempre acompañada por una ira con la que había aprendido a congeniar y a controlar a la perfección.

Y entonces conoció a Hipo.

Y todo cambió.

Hipo había despertado en ella emociones que ni ella misma comprendía todavía. Pese a sus diferencias y desprecios al principio, Hipo la había aceptado como era. Había visto algo bueno en ella cuando nadie nunca antes le había dicho una sola palabra positiva de su persona. La amaba, por alguna extraña razón, lo hacía. Hipo era un hombre de pequeños gestos afectuosos y de palabras de amor que no dudaba en expresar cada vez que tenía la ocasión. Astrid había conocido la felicidad y la dicha estando con él. Y, en consecuencia de todo ello, la ira empezó a ser acompañada por otros sentimientos que nunca hubiera pensado que sería capaz de sentir, desde la más pura alegría hasta la más profunda de las tristezas.

Quizás, de alguna manera, Hipo la había humanizado.

Y puede que esa fuera la razón por la que ya no tenía control sobre sí misma.

Porque ya no era Astrid, la nacida de la tormenta, la general del aquelarre del Sabbat y la mano derecha de la mayor hija de perra que se había conocido sobre la faz del Migar.

No.

Ahora era simplemente Astrid… Astrid Hofferson, aunque aún sentía que no encajaba con ese nombre. Ya no necesitaba esa máscara de frialdad que tanto la había caracterizado entre las suyas. Ahora sentía, tal vez incluso demasiado, y lloraba mucho, ya no solo de tristeza, sino también de alegría. Todo aquel cúmulo de sentimientos, tan positivos como negativos, la habían transformado en una bruja torpe para controlar su magia que siempre había destacado por ser difícil de controlar. Era como si su magia le estuviera diciendo que ya no era la misma y no parecía dispuesta a adaptarse a esa persona en la que ahora se había transformado.

La expresión de Ying Yue se suavizó de repente y Astrid cayó que, aunque no estaba llorando, sus ojos estaban húmedos y su labio inferior temblaba. Dejó de apretar con fuerza su muñeca y con su otra mano tocó suavemente su barbilla para que la mirara a los ojos.

—No eres lo que esperaba —le aseguró la reina.

Astrid no supo qué responder a eso, pero la cálida sonrisa que le regaló la reina la confundió más si cabía.

—Despeja tu mente —le pidió la mujer.

—¿Qué?

—Que despejes tu mente —repitió esta vez algo irritada.

Astrid hundió los hombros, pero tomó aire y procuró dejar su mente en blanco. La meditación era un ejercicio común entre las brujas y, aunque Astrid no era especialmente aficionada, tenía experiencia suficiente como para hacerlo sin problemas.

—Tu poder seguramente funcionará cuando estás dormida, como suele pasar con las brujas videntes cuando despierta su poder —observó Ying Yue—. Si es cierto que puedes tener estas visiones, entonces supongo que no será muy diferente a como funciona el don de la clarividencia. Todo lo que tienes que hacer es encontrar un hilo en lo más profundo de tu mente del que puedas tirar y activarlo.

—¿Y si no hay ningún hilo?

—Tiene que haberlo, siempre lo hay —persistió la reina cogiendo de nuevo de su mano—. Inténtalo.

Resignada, Astrid buscó el mecanismo en su mente. Tenía la sensación de que estaba perdiendo el tiempo y que, a ese paso, iba a quedarse dormida de pie; sin embargo, al cabo de un rato, lo sintió entre sus dedos. Era un suave cosquilleo, similar a cuando se le quedaban los dedos dormidos a causa del frío, pero enseguida notó que algo rozaba entre ellos. Extendió sus dedos hasta que, finalmente, tocó algo suave como el terciopelo. Astrid lo cogió y, de repente, un flash de imágenes apareció ante sus ojos. Astrid tuvo que parpadear varias veces para seguir el ritmo de toda aquella sucesión de imágenes que claramente no pertenecían a su pasado. Ying Yue estaba presente en todas esas visiones, en diferentes momentos y edades. Tocó una imagen al azar y el torrente de visiones se transformó de repente en una playa. La bruja miró hacia los lados, desconcertada por el repentino cambio de escenario que no fue capaz de reconocer, pero enseguida reparó en la mujer que había en la orilla con la mirada perdida hacia el horizonte. Se acercó con cautela y enseguida cayó que estaba ante una versión algo más joven de Ying Yue, quien parecía algo triste y ausente del viento que jugaba con su azabache cabello o del aparente frío que debía hacer en aquel lugar, pues la playa estaba cubierta de nieve. Astrid se preguntó qué era lo que le hacía lucir tan triste, pero enseguida su rostro se iluminó cuando pareció vislumbrar algo en el horizonte. El oleaje de la orilla cambió su ritmo y Astrid reparó que de entre las aguas salía primero un casco que parecía una especie de corona, seguida de una cabeza y luego un cuerpo muy musculado y semidesnudo de un… Astrid no podía llamarlo hombre. ¡Era obvio que no lo era! Pero había visto representaciones de aquel ser numerosas veces en templos, puertos y en libros, por lo que era imposible no adivinar quién era.

Njord, el dios del viento y del mar.

No podía creerse que la leyenda fuera cierta, pero tan pronto la reina se envolvió entre los grandes brazos de aquel dios supo que tenía que serlo. ¿Ying Yue realmente había sido la amante de un dios? Explicaría entonces que tuviera un poder del viento superior al resto de las brujas del viento. Sin embargo, ¿cómo era posible? Astrid jamás había visto a un dios y siempre había supuesto que los dioses no mostraban un especial interés por los habitantes del Midgar, salvo para disfrutar de las plegarias y sentirse superiores a ellos. De ahí que le impactara tanto que un dios tan grande y poderoso como Njord hubiera reparado en una bruja. Podía apreciar la ternura y el amor en los ojos del dios y la tristeza en Ying Yue, quien parecía perfectamente consciente que su amado terminaría marchándose de su lado muy pronto.

El paisaje de la playa desapareció ante sus ojos a la vez que Astrid sintió sus piernas flaquear por el cansancio. Sus rodillas cayeron sobre una superficie sólida y cayó que había vuelto de repente al cuarto lleno de tapices y Ying Yue la observaba con curiosidad mientras seguía sosteniendo su mano con firmeza. Astrid sintió su boca seca y estaba algo mareada, por lo que no pudo incorporarse pese a sentirse ridícula por estar así ante la reina.

—¿Y bien? —preguntó Ying Yue.

—La leyenda es cierta —señaló Astrid asombrada—. ¡Njord y tú sois amantes! Os he visto reuniros en una playa cubierta de nieve. Él parecía contento de verte, pero tú… parecías muy triste.

Ying Yue soltó su mano con brusquedad, como si quemara al contacto con la suya, y la contempló muy perpleja. Se sentó en la cama sin apartar los ojos de ella y carraspeó claramente incómoda.

—¿Cómo sé que no mientes?

—Sabes que no lo hago —replicó Astrid ofendida—, ¿pero cómo sucedió?

Ying Yue sacudió la cabeza y, por un momento, Astrid pensó que la bruja se le iba a echar encima de lo claramente enfadada que parecía, pero le sorprendió cambiando de parecer.

—Siempre, desde que tengo memoria, he presentado ofrendas y plegarias a Njord; después de todo, él es mi dios protector. Sin embargo, un día, cuando no tendría más de diecisiete años, sencillamente se apareció ante mí.

Astrid escuchó el relato atónita. Nunca, en toda su vida, se había planteado que Thor se le pudiera aparecer, aunque cabía destacar que Astrid, pese a creer en los dioses, no era especialmente religiosa y en su aquelarre, al margen de los rezos puntuales a Freyja, jamás se habían llevado a cabo grandes rituales en honor a los dioses.

—¿Y cómo acabasteis…?

—¿Siendo amantes? Puedo presumir de que realmente le costó seducirme, sobre todo porque no dejé que me tocara hasta que me prometió que me otorgaría más de su poder si se lo permitía —argumentó la reina—. En realidad, hubiera salido ganando de todo esto si eventualmente no nos hubiéramos encaprichado tanto, pero él está casado y tenemos un concepto muy distinto de lo que es el amor.

Astrid comprendió que aquella mujer tenía el corazón roto. Anhelaba la compañía de su amado, quien a su vez tenía una mujer y probablemente alguna que otra amante más. No debía ser fácil querer tanto a alguien que no entendía el amor de la misma manera de una. En su caso, tanto Hipo como ella habían tenido que ir cediendo en ciertos aspectos de su relación para llegar hasta donde habían llegado y, aún así, no era fácil.

—¿Hace cuánto que no le ves? —preguntó Astrid discretamente.

—Cinco años —respondió la reina.

—Lo siento.

Ying Yue la observó con una expresión imposible de interpretar. Se levantó de la cama y se acercó a la puerta para golpear dos veces. Las dos guardaespaldas volvieron a entrar y les susurró algo que Astrid no pudo oír antes de girarse hacia ella.

—Has de acicalarte y prepararte, mis chicas te acompañarán a que te bañes.

—¿Prepararme para qué? —demandó ella escéptica—. Quiero ver a Hipo y el grimorio...

—Todo a su tiempo —le cortó la reina de mala gana—. Hazme un favor y pórtate bien, aún hay mucho de lo que hablar.

Astrid quiso replicar, pero Ying Yue se retiró sin mediar una sola palabra más. Antes de soltar la cadena que la ataba a la pared, las dos brujas se aseguraron de ponerle unos grilletes en sus muñecas para asegurarse de que no hiciera ninguna tontería con su magia. Después, la llevaron por una red de túneles vacíos hacia el exterior. Astrid cerró los ojos cuando el sol la cegó, aunque le resultó sumamente agradable sentir el calor de sus rayos contra su piel. Entraron en un bosque donde se toparon con más brujas que estaban trabajando por el área recogiendo fruta y riendo. A Astrid no le pasó por alto que algunas llevaban ropajes de bruja de distintos colores, por lo que significaba que en aquel lugar se ocultaba más de un aquelarre. La bruja que iba tras ella la empujó cuando inconscientemente aminoró el paso y Astrid tuvo que cuidar de no caerse. Tras caminar un largo rato alcanzaron un río donde se encontraba Frida, la bruja regordeta que la había atendido antes, esperándolas. Las brujas la empujaron hacia la mujer quien cogió de su mano para que no se cayera.

—¡Caray! ¡Qué manos más calentitas tienes! —señaló Frida sorprendida.

Astrid no comentó nada al respecto, aunque sí intentó dar un paso hacia atrás cuando Frida cogió unas tijeras.

—Sólo voy a cortar el camisón para que pueda lavarte —explicó la mujer con un tono sorprendentemente amable—. Creeme, soy a la que menos debes temer de aquí.

—Me puedo lavar sola —dijo Astrid humillada.

—La reina ha dado orden de que te aseen —dijo una de las guardaespaldas—, pero ni muertas vamos a soltarte.

Astrid sabía que todas aquellas brujas disfrutaban de lo lindo con toda aquella situación, por lo que decidió dejarse hacer para que terminaran lo antes posible. Frida cortó la tela del camisón por las mangas y la parte delantera y Astrid sintió que su piel se erizaba por el aire fresco del bosque.

—¡Freyja! ¡Los rumores eran ciertos! —exclamó de repente una de las escoltas a sus espaldas.

—¡Es enorme! Fíjate, se extiende por toda su espalda y…

—¡Señoritas! —exclamó Frida con voz autoritaria—. No estáis aquí para cotillear, ¿por qué no os dais una vuelta por los alrededores para comprobar que todo está bien? Conociendo a las demás, no cabe duda que querrán verla de cerca como ha pasado antes con el humano.

—¿Hipo ha estado aquí? —preguntó Astrid alarmada—. ¿Está bien?

—¡Claro! También tenía que bañarse, aunque, para mi mala suerte, a él no le he tenido que lavar —señaló la mujer guiándola hacia el río y miró hacia las escoltas—. ¿Todavía estáis ahí? ¡Venga! ¡Largo! Esta no me hará nada con esas cadenas puestas.

Las guardaespaldas de Ying Yue titubearon antes de retirarse y perderse entre la arboleda. Frida sujetó con fuerza su mano para que no se resbalara con las piedras y Astrid contuvo un gritito cuando sintió el agua helada impactar contra sus pies desnudos.

—No es nada, venga, seguro que has aguantado cosas mucho peores que un poco de agua fría —señaló Frida con cierta impaciencia—. Solo hay que ver tu espalda y todas esas cicatrices que tienes para ver que no has vivido entre algodones.

Astrid intentó ocultar su rubor a la vez que la mujer la sentaba sobre una roca. Contuvo un gemido de desagrado cuando sintió el agua fría de su media espalda hacia abajo, aunque fue mucho peor cuando Frida cogió de su cuello y la obligó a sumergir su cabeza para aclararse el pelo. Por suerte, la bruja no tuvo intenciones de ahogarla.

—Tienes un pelo muy bonito —comentó la mujer mientras se lo lavaba.

La bruja quiso señalar que se había acostumbrado tanto a llevarlo corto que ahora no le agradaba tenerlo tan largo. Es más, lo tenía más largo de lo normal debido a su sobredosis de magia después de que Finn revelara lo de sus padres y no había tenido la oportunidad de cortárselo todavía. Pese al apunte positivo de su cabello, Frida fue un poco bestia a la hora de lavarlo, raspando su cuero cabelludo con sus uñas para asegurarse de que quitaba bien toda la roña que Astrid sabía bien que no había. Sin embargo, no soltó ni una sola queja y contuvo todo su malestar hacia dentro, fantaseando con una muerte lenta y dolorosa para aquella endiablada mujer.

—El humano… ¿cómo decías que se llamaba otra vez?

—Hipo —respondió Astrid de mala gana.

Frida chasqueó la lengua.

—¡Nunca voy a entender esa estúpida costumbre de poner nombres tontos para espantar a los trolls! ¡Todo el mundo sabe que solo roban los calcetines! —exclamó la bruja—. Bueno, lo que quería comentarte era que ese chico, Hipo, es un chico muy reservado. Apenas ha cruzado una palabra conmigo y con nadie salvo para preguntar por ti.

—¿Y qué le has dicho? —cuestionó ella de mala gana.

—Poca cosa —respondió Frida antes de meterle la cabeza en el agua, aunque la sacó rápidamente y le secó los ojos con su delantal—, pero estate tranquila, él parecía estar bien. Es más, parecía muy apurado de desnudarse delante de mí, aunque tras ver su espalda me ha parecido lógico que se sintiera un poco cohibido.

Astrid sabía hacia dónde quería ir.

—Te diré lo que le pasó si a cambio me das cierta información —le propuso la rubia.

Frida la obligó a levantarse y Astrid tuvo que inclinar la cabeza, dado que le sacaba al menos dos cabezas a aquella mujer. Frida sonrió con picardía.

—Tú piensas que porque no soy tan alta y espléndida como la reina, me puedes tomar por tonta, ¿eh? —la mujer se acercó a la orilla para coger un cepillo para lavar su cuerpo—. Sabes que no puedo hacer ese trato.

—Es comprensible —apuntó Astrid sacudiendo los hombros—, pero entonces no esperes que sacie tu curiosidad.

Frida comenzó a raspar su cuerpo con tal vehemencia que casi puso su piel en carne viva. Sin embargo, su negativa a abrir la boca no pareció afectar a su buen humor y a sus intensas ganas de cotillear.

—Me imagino que el muchacho será un buen amante —observó la mujer esperando su reacción, aunque Astrid procuró mantener su mejor expresión de indiferencia—. Tú ya me entiendes, el chico tiene potencial de sobra para serlo.

Astrid la fulminó con la mirada. Aquella bruja le recordaba en muchos sentido a Brusca, siempre cotilla y deseosa de que le hablara de sus aventuras sexuales con Hipo. Sin embargo, si a Astrid jamás le había apetecido hablar del tamaño del pene de su novio con su mejor amiga, definitivamente no lo haría con aquella señora.

—¿Te dedicas mucho a esto? —preguntó la bruja para cambiar de tema, aunque la mujer la miró como si no comprendiera de qué estaba hablando—. Me refiero a lavar a prisioneras encadenadas y todo eso.

Frida sonrió y se agachó para frotar sus piernas. Su falda estaba totalmente empapada, pero no parecía que la fría temperatura del agua la afectara en absoluto. De alguna manera, le recordaba a Hilda, su antigua tutora, aunque parecía mucho vital y menos aterrada que ella. Quizás porque Ying Yue, pese a su aspecto imponente y frío, no vivía amenazando a las brujas de su aquelarre como lo hacía Le Fey. Sintió que algo se removía dentro de ella. Hacía tiempo que no pensaba en Hilda. No es que tuviera un afecto especial por ella; después de todo, la había dado la espalda como todas las demás y eso había causado que hubiera estado resentida con ella durante mucho tiempo. Sin embargo, ahora que la recordaba, sentía más bien lástima e incluso cierta nostalgia. Hilda había sido lo más cercano que había tenido a una figura materna pese a que la bruja se había preocupado en repetirle una y otra vez que ella no era su madre. No había sido una gran cuidadora, pero siempre que había enfermado Hilda había estado a su lado y siempre la había aconsejado por el bien de su seguridad, aunque siempre impulsada por su cobardía más que por otra cosa.

Se preguntó si estaría bien. No habían acabado en buenos términos cuando Le Fey la llevó a juicio por traición, pero Astrid no podía culparla. Hilda había vivido toda su vida en el aquelarre y no había conocido otra cosa. Su miedo y falta de valor había absorbido cualquier voluntad propia que hubiera podido tener y ahora comprendía que si no hubiera sido por eso, tal vez Hilda hubiera podido permitirse quererla de verdad.

—He lavado muchos culos a lo largo de mi vida, el tuyo es uno más —le indicó la mujer, sacándola de sus pensamientos, y Astrid sintió un escalofrío cuando sus dedos fríos tocaron la piel de su espalda—. Creo que debería decirle a la galena que te prepare algo, temo que tengas fiebre. Nunca he tocado a una bruja que tuviera la piel tan caliente.

—Estoy bien —se apresuró a decir Astrid apartándose de ella—. No es nada.

—Pero…

—¿Puedes acabar ya? —insistió la bruja, necesitada de cambiar de tema—. A este paso me va a dar una hipotermia.

Poco contenta por su sequedad, Frida terminó de lavar su cuerpo y la ayudó a salir del río. Frida la envolvió en una manta para que se secara y se puso a buscar algo con lo que vestirla. Astrid se abrazó a sí misma con la manta para resguardarse del frío y la humedad del río, aunque sus dientes castañeaban sin parar. Cuando pareció encontrar lo que buscaba, Frida silbó y las guardaespaldas de Ying Yue aparecieron al cabo de unos segundos; sin embargo, Astrid no les prestó la más mínima atención, pues su atención se focalizó en el vestido que la bruja regordeta tenía en sus brazos. El color negro con los reflejos morados lo hacía inconfundible.

Astrid dio un paso hacia atrás, causando que las escoltas de Ying Yue la sujetaran con fuerza.

—No voy a ponerme eso —les advirtió la bruja—. Ya no pertenezco al aquelarre del Sabbat, no tiene sentido que vista como ellas.

—Son órdenes directas de la reina, querida —le aseguró Frida—. Por mucho que te expulsaran, la propia Le Fey te bautizó. Estás unida a ella y al aquelarre para siempre. Por tanto, debes vestir por lo que eres.

—Me pondré lo que os dé la gana, pero no podéis obligarme a ponérmelo —insistió Astrid desesperada—. Por favor.

De repente, Astrid sintió algo afilado contra su zona lumbar y se puso muy tensa mientras las dos escoltas sujetaban sus brazos con tanta fuerza que estaba segura que dejarían moretones.

—No estás aquí como invitada, zorra —le advirtió una de ellas contra su oído—. Si no quieres que le pase nada a tu humano y a los dragones, harás lo que se te diga y punto.

La bruja cogió aire para calmar su ira. ¿Quiénes pensaban que era ella como para chantajearla con tanta ligereza? Si no hubiera sido porque el vínculo exponía a Hipo, hubiera electrocutado a aquellas dos brujas sin pensárselo dos veces, aunque ello hubiera conllevado dañarse a sí misma también. Las escoltas de Ying Yue formularon un hechizo al unísono que soltó la cadena, aunque no los grilletes. Astrid intentó mover sus brazos, pero el conjuro le impidió cualquier libertad de movimiento de sus miembros, por lo que se resignó a dejarse vestir por Frida mientras las otras dos brujas se quedaban muy cerca de ella.

Resultaba insólito llevar de nuevo aquel vestido.

Se le hacía familiar y, al mismo tiempo, lo sentía extraño en su piel. El frío desapareció al instante gracias al conjuro de calor que se mantenía en la tela; pero Astrid, quien ya se había acostumbrado a la aspereza y al tacto de la ropa de los humanos, la notaba demasiado ligera e incluso se sentía demasiado expuesta debido a las transparencias. Frida ató con fuerza los lazos de su cintura y procuró no hacerle un escote demasiado pronunciado, aunque Astrid sabía bien que por el corte del vestido y sin unas vendas que recogieran sus senos, sería una tarea muy complicada. Cuando terminó de vestirla, los grilletes volvieron a juntarse con una cadena y Frida le pidió que se arrodillara en el suelo para cepillarle el cabello mojado. La bruja tiró de su cuero cabelludo sin muchos miramientos y Astrid no pudo evitar echar en falta los delicados cepillados de Hipo, quien siempre había disfrutado jugar con su pelo haciéndole trenza o sencillamente enredando sus dedos entre sus mechones, ya fueran cortos o largos. Astrid rezó porque se encontrara bien y ni la mitad de ansioso de lo que ella misma se encontraba por su ausencia. Nunca habían llevado bien el estar separados demasiado tiempo, el vínculo les generaba un malestar tanto físico como emocional cuando estaban distanciados mucho tiempo. Las manos de Astrid temblaban anhelantes por tocarlo de nuevo y sentía un desagradable peso en su pecho que rompía el ritmo de su respiración.

A la vez que había cepillado su cabello, Frida había formulado un hechizo en el cepillo que secaba su cabello. Por suerte, procuró que el pelo no se le encrespara y ahora caía en bonitas y delicadas ondas por su espalda, aunque Astrid sentía que su cabeza pesaba por la falta de costumbre de llevarlo tan largo.

—Bueno, pareces otra ahora mismo —señaló Frida fascinada mientras limpiaba el cepillo de sus pelos—, pero supongo que ya estás lista.

—¿Lista para qué? —cuestionó Astrid.

Una de las escoltas cogió su codo y la empujó a un lado, en dirección de nuevo al bosque. Molesta, Astrid no tuvo otra que obedecer y seguir el camino que le obligaban a seguir. Tomaron una ruta distinta a la anterior y la llevaron hacia el interior del bosque, donde la luz del sol se ocultaba por las copas de los altísimos árboles y el aire estaba cargado a causa de la frondosa vegetación y la enorme cantidad de magia que se respiraba por todas partes. Resultaba evidente que en aquella isla vivían diferentes aquelarres por los intensos y diversos aromas mágicos, pero la tierra vibraba bajo sus pies por la magia que fluía a través de ella. Astrid nunca había estado en la isla del aquelarre del Mairu, es más, justo en la época que le habían expulsado del aquelarre, su trabajo se había enfocado precisamente a encontrar su ubicación exacta. Estaba segura de que estaban hacia al sureste del Archipiélago, a una distancia considerablemente lejana a la Isla Berserker y a la del aquelarre del Vindr, donde se encontraba oculta la Resistencia. Le Fey siempre había anhelado encontrar aquel lugar debido a los rumores que circulaban sobre que esa isla contaba con su propia fuente de Freyja, algo de lo que ninguno de los otros aquelarres del Archipiélago podían presumir.

Las fuentes de Freyja eran pequeñas charcas o lagos que la diosa había escogida específicamente para bendecir con magia a aquellas niñas que había marcado. Salvo en su bautizo, Astrid nunca había vuelto a pisar ninguna fuente, ni siquiera cuando había sido general. Le Fey había mantenido en exquisita confidencia el lugar donde bautizaba a las niñas que robaba, por lo que Astrid desconocía la ubicación de las otras fuentes que debían extenderse por el Archipiélago y por los otros lugares en los que había estado viviendo con el aquelarre.

La corriente de magia de aquel lugar era tan pura que resultaba abrumadora, hasta el punto que se sentía algo mareada. Llegaron a una intersección y tomaron el camino que se alejaba de la fuente de Freyja, el cual probablemente debía ubicarse en un lugar muy concreto y oculto del bosque, lejos de los ojos espías de las brujas de Le Fey o de incluso de los cazadores de brujas, quienes no dudarían en destruir esas fuentes si pudieran encontrarlas.

Alcanzaron un área menos arbolada donde se había levantado una carpa. Se escuchaban voces discutir en la lengua de las brujas, aunque Astrid se sintió incapaz de prestarles atención cuando percibió la intensa magia que salía de allí dentro. Dentro de aquella tienda no se encontraba solo Ying Yue, debía haber al menos una reinas más y varias brujas de alta categoría. Sintió también una vibración en el pecho y contuvo la respiración al darse cuenta que el vínculo estaba reaccionando ante la presencia de Hipo. Estaba solo allí dentro, rodeado de un montón de brujas que si descubrían su magia probablemente le matarían sin pensarlo. ¡Pobre Hipo! ¡Debía estar pasándolo fatal! Astrid se dejó arrastrar por las brujas del Mairu, donde se hizo un silencio sepulcral tan pronto entró en la carpa.

Debía impresionar verla así vestida. Incluso Hipo se había quedado pasmado tan pronto se giró ansioso hacia ella. Resultaba irónico que ya no se sintiera cómoda vistiendo algo que había llevado prácticamente toda su vida y que había estado añorando por tanto tiempo, pero procuró que no se notara su disconformidad. La empujaron hasta donde se encontraba Hipo, justo delante de una amplia mesa redonda donde las brujas los miraban llenas de odio, recelo y algo de curiosidad.

Astrid estudió a cada una de las brujas que se encontraba allí.

Conocía a dos de las tres generales presentes, pues se había enfrentado cara a cara con ellas en los últimos años. La del Sugaar la había matado meses antes de que la expulsaran del aquelarre, cuando había intentado coger a una de las bebés que su aquelarre había robado. La actual general tenía toda la pinta de querer abalanzarse sobre ella, aunque, por suerte, parecía lo bastante prudente como para no rendirse ante sus impulsos. En realidad, comprendía su resentimiento. Ella también se hubiera sentido igual si le hubieran pateado el culo como Astrid había hecho con ellas en el pasado.

Frente a ella se encontraban dos de las tres reinas de los aquelarres que se encontraban en aquella isla. Se diferenciaban fácilmente de las brujas corrientes ya no solo por las coronas de flores que llevaban en la cabeza, sino también por la desbordante energía mágica que desprendían de ellas. Ying Yue, como anfitriona, presidía la mesa y la otra, sentada a su derecha, llevaba una corona de peonías rojas y vestía con unos ropajes celestes, por lo que indudablemente debía tratarse de Drina, la reina del aquelarre del Sugaar. Drina era una reina relativamente joven, conocida por su dominio del poder de la tierra, y tenía una nariz prominente, las cejas tupidas y unos ojos tan oscuros como su cabello.

Astrid miró a Hipo de reojo, aunque su novio tenía la vista fija en las reinas. No había que ser muy espabilada para darse cuenta de que estaba muy tenso, aunque Astrid apenas percibió su magia fluir a través de él. Hipo debía estar haciendo un enorme sobreesfuerzo para mantener su poder oculto dentro de él, lo cual no era una tarea fácil. Ni siquiera ella misma, que tan acostumbrada estaba a ser una con su magia, era incapaz de esconder su magia de otras brujas. Supuso que Hipo era perfectamente consciente de que si descubrían que él poseía magia —y encima del fuego— sería una sentencia de muerte para ambos. Astrid tenía ganas de envolverlo entre sus brazos y prometerle que todo iría bien, pero no se movió. Cualquier movimiento extraño o fuera de lo común, alarmaría a las brujas y lo único que quería era demostrar que ella no iba atacar o ejercer ningún daño contra nadie por el momento.

Ying Yue miró hacia su izquierda, donde un asiento se encontraba vacío e hizo una mueca de fastidio. Se dirigió a la general del aquelarre del Nakk, quien llevaba un vestido color verdoso.

—¿Va a tardar mucho tu reina? No tenemos todo el día.

—No tardará, señora, pero si lo consideráis necesario, mi reina estará conforme con que inicieis el Concilio.

—No tengo todo el día, Yue —remarcó Drina removiendose en su asiento—. No sé ni siquiera como estamos perdiendo nuestro tiempo con estos dos. Yo ya los habría matado.

Ying Yue puso los ojos en blanco antes de lanzar una mirada de circunstancias a Drina.

—Esta bruja fue general de Le Fey y cuenta con una información muy valiosa para nosotras, como comprenderás no puedo dar orden de matarla sin más.

Drina chasqueó la lengua, pero no replicó. Ying Yue se dirigió entonces a ellos, mirando primero a Hipo y luego a Astrid. Dibujó una sonrisa de suficiencia en sus labios.

—El negro nunca fue tu color —apuntó la reina—, pero espero que te sientas cómoda con estos ropajes. Pertenecían a una espía de Le Fey que matamos hace ya tiempo y me ha parecido oportuno recordarte de dónde vienes.

—Mis orígenes poco van aportaros —señaló Astrid—. No necesito llevar esta ropa para que todas sepáis quien soy.

—Lo dices como si no te avergonzaras de tus actos —señaló Drina indignada.

—Hice lo que tuve que hacer para sobrevivir.

—¿Sobrevivir? —chilló la reina del Sugaar indignada—, ¿pero quién coño te crees que eres niñata?

—Nadie —respondió Astrid con sequedad.

—¡Esto es una pérdida de tiempo! —exclamó Drina furiosa y arrastró su silla hacia atrás para levantarse.

Hipo jadeó sonoramente a su lado cuando la reina del Sugaar se levantó con ayuda de su general. Debido a la situación de la mesa no habían visto hasta ahora que la reina estaba embarazadísima, probablemente a un par de semanas para dar a luz. Ninguna de las brujas de su alrededor parecían consternadas, ni siquiera Ying Yue quien parecía más pendiente de su reacción que de Drina y de sus dificultades para moverse. Astrid no sabía qué hacer ni qué decir. Sentía los ojos de Hipo ahora puestos en ella, anhelante de respuestas, pero a Astrid no le salían las palabras.

—¿Qué os pasa ahora? ¡Ni que hubierais visto a un fantasma! —exclamó Drina cuando consiguió levantarse por fin.

—¿Cómo…? —balbuceó Hipo en voz de hilo.

La reina del Sugaar frunció el ceño.

—¿Cómo qué? —preguntó a la defensiva.

—¿Cómo…? —Hipo tragó saliva nervioso y Astrid procuró evitar su mirada—. ¿Cómo es que estás embarazada?

Drina entreabrió la boca, claramente confundida por su pregunta, y miró inquisitiva a Ying Yue, quien había apoyado su barbilla sobre sus manos. El resto de las brujas se pusieron a cuchichear entre ellas y Astrid sintió que sus risitas maliciosas, más que enfurecerla, despertaban una terrible ansiedad dentro de ella.

—Astrid…

Hipo había hecho un amago de acercarse a ella, aunque una de las brujas tiró de su brazo para que se mantuviera quieto.

—¿Lo has preguntado en serio, chico? ¿De verdad no sabes de dónde vienen los bebés?

Su novio se ruborizó un tanto avergonzado, aunque Astrid sintió que estaba empezando a ponerse realmente nervioso y sintió un pequeño atisbo de magia despertar en él. Ying Yue se levantó de repente y rodeó la mesa para colocarse ante ella. Cogió de su barbilla con fuerza para obligarla a mirar sus ojos azules aguamarina y colocó una mano sobre la zona baja de su vientre. Hipo gritó algo muy alterado, pero Astrid no le prestó atención, pues los ojos de Ying Yue se nublaron de la intriga a la más desagradable de las sorpresas.

—¿Pero qué te ha hecho? —preguntó la mujer tras apartarse con una mueca de horror.

—¿Ha… hecho? —tartamudeó Astrid sin comprender.

Ying Yue se giró hacia Drina y la expresión de la reina se tornó muy seria.

—Retiraros, señoritas. Esta es una conversación que nos concierne únicamente a la reina del Mairu, a la del Nakk y a mí —se dirigió a la bruja que vestía el traje color celeste—. Buscad a vuestra reina, hacedme el favor.

Astrid observó muy confundida como las brujas se retiraban titubeantes e Hipo intentó resistirse cuando le cogieron del brazo para sacarlo fuera también.

—¡No! —chilló Astrid y se giró hacia Ying Yue—. ¡Dejad que se quede, por favor!

La reina hizo un gesto a la bruja que sujetaba a Hipo y ésta le soltó antes de retirarse. Drina rodeó la mesa y se quedó apoyada contra ella mientras tocaba su vientre pronunciado, casi como si estuviera protegiéndolo de ellos. Cuando las brujas se hubieran retirado y se quedaron solos con las dos reinas, Drina preguntó:

—¿De qué va todo esto, Yue?

—Hace unos años escuché un rumor en relación a las brujas de Le Fey. Pensaba que era una patraña, porque pese a ser una zorra hija de perra, jamás hubiera considerado que Le Fey fuera tan maquiavélica y horrible como para hacer lo que dicen que hace con sus brujas —explicó la reina—. Astrid, ¿ando muy equivocada si digo que Drina es la primera bruja embarazada que conoces?

Astrid titubeó antes de negar con la cabeza. Drina frunció el ceño.

—No lo entiendo.

—Yo tampoco —añadió Hipo.

Ying Yue se dirigió al vikingo.

—Eres su amante, ¿verdad? —Hipo no respondió, aunque el rubor en sus mejillas le delató—. ¡Vamos, chicos, que no somos tontas! Todas hemos oído hablar de vosotros dos y el vínculo con el que Le Fey os maldijo. Es más, hay que ser un poco mediocre en el arte de la magia para no darse cuenta de que estáis unidos por un vínculo mágico. Suele ser habitual la atracción física y sexual entre las personas vinculadas, por no mencionar que resulta demasiado evidente de que estáis enamorados —Ying Yue se dirigió a ella—. ¿Tomas métodos anticonceptivos? Té de luna o…

—No —le cortó Astrid con voz de hilo—. Yo… nunca lo he necesitado.

Drina carraspeó tras Ying Yue.

—¿Y eso por qué?

Astrid no podía hablar, tenía la boca seca y parecía que sus cuerdas vocales se hubieran quedado afónicas de repente.

—Porque las brujas de Le Fey no pueden concebir —respondió Ying Yue—. Esta chica está maldita, Drina. Tiene el aparato reproductivo congelado.

—¿Qué? ¿Ni siquiera sangras todos los meses? —preguntó Drina atónita.

Astrid ni siquiera pudo negar con la cabeza. Todo a su alrededor le daba vueltas y tenía unas intensas ganas de vomitar. Se tambaleó ligeramente y sintió una mano caliente sujetar su brazo para que no se cayera.

—¿Qué le pasa? —escuchó preguntar a la reina del Sugaar.

—Creo que lo está procesando —respondió Ying Yue—. No debe ser fácil descubrir que te han arrebatado la posibilidad de...

—¿Os importaría callaros un momento? —les cortó Hipo furioso—. ¿No veis que está entrando en shock?

Para su sorpresa, ambas brujas le hicieron caso y Astrid alzó la mirada hacia Hipo cuando posó su mano caliente contra su mejilla. La bruja no sabía qué decirle. Ella jamás se había planteado la maternidad porque nunca le había interesado ser madre y mucho menos sabiendo que era incapaz de concebir. Desde muy pequeña le habían repetido hasta la saciedad que el precio por su magia había sido su fertilidad, pero ahora veía que toda su vida y su persona se habían construido en base a una mentira. Astrid tenía claro que ella quería compartir el resto de su vida con Hipo, pero durante mucho tiempo había sufrido por el hecho de que nunca pudiera darle hijos llegado el momento, sobre todo porque estaba convencida de que Hipo querría ser padre en el futuro.

Y ahora se enteraba de que Le Fey le había arrebatado esa decisión.

No le dolía el hecho de no poder concebir, sino que le hubieran quitado la oportunidad de hacerlo si ella quisiera.

—Hija de la grandísima puta —murmuró Astrid para sí.

—¿As? —le llamó Hipo preocupado.

Miró a Ying Yue y extendió sus manos encadenadas hacia ella.

—Quitámelas.

La reina alzó una ceja.

—¿Por qué demonios iba hacer eso?

—Porque voy a marcharme a buscar a esa hija de puta para matarla con mis propias manos.

Hipo volvió a pedirle por lo bajo que se calmara al percibir que su magia reaccionaba ante su ira, pero la risa malévola de Drina solo consiguió que tuviera que agarrarla con más fuerza del brazo.

—¿Tú sola vas a alcanzar a esa perra? Desde que poseyó el cuerpo de la chica Noldor es inalcanzable. Los cielos los vigilan sus brujas y tiene soldados humanos y cazadores de brujas pululando por todo el Archipiélago. Es un suicidio —comentó la reina del Sugaar—. Además, ¿quien nos dice que tú y tu noviete no sois sus espías?

Astrid abrió la boca para soltar varias barbaridades a aquella reina de pacotilla cuando alguien habló a su espalda.

—Puedo dar fe de que no lo son.

La bruja y el vikingo se voltearon al escuchar una tercera voz a su espalda. Astrid alzó las cejas al reconocer a la bruja que había salvado del barco de Eret hacía unos días. Llevaba las vestimentas verdosas típicas del aquelarre del Nakk y una corona de lilas decoraba sus espectaculares rizos.

—¿Iana? —preguntó Astrid atónita.

—Veo que tienes memoria, nacida de la tormenta, es un alivio porque habría quedado fatal —observó la bruja con diversión—. No esperaba que fuéramos a encontrarnos tan pronto.

—¿Os conocéis? —preguntó Ying Yue sorprendida.

—Esta fue la bruja que me salvó de los cazadores de brujas y la que me contó lo de cómo Le Fey es ahora Kateriina Noldor —explicó Iana—. Tengo una deuda de sangre con ella.

Las dos reinas jadearon sorprendidas e Hipo miró inquisitivo a Astrid.

—Las deudas de sangre son una cuestión muy seria entre nosotras —aclaró la bruja—. Al haberla salvado de morir a manos de los cazadores de brujas, ella está comprometida a saldar su deuda o bien salvándome o realizando una acción que sea equitativa a una vida.

—Y, por suerte, puedo salvarte la vida con un indulto —añadió Iana encantada—. Así quedaría libre de deudas.

Astrid no podía compartir su buen humor. Miró a Ying Yue, quien había cruzado los brazos sobre el pecho, y los observaba en un grave silencio. Drina, en cambio, parecía echar humo por las orejas.

—¡No son tus prisioneros, Iana! ¡Estamos en los dominios del Mairu! ¡No tienes potestad para indultarlos! —exclamó la reina del Sugaar indignada.

—¿Me vas hacer suplicar, Yue? —cuestionó Iana mirando fijamente a la reina más veterana.

Ying Yue puso los ojos en blanco.

—No tenía planes de matarlos, esperaba que ella me diera información antes de liberarlos.

—Espera, ¿cómo que liberarlos? ¿habéis perdido la cabeza? ¡Esa bruja es una asesina! —chilló Drina horrorizada.

—¡Venga ya, Drina! —exclamó Iana con cierta impaciencia—. Todas hemos hecho cosas terribles a lo largo de nuestra vida.

Las dos brujas se pusieron a discutir, mientras Astrid e Hipo los miraban atónitos. A la bruja le dolían las muñecas a causa de los grilletes y se encontraba muy cansada pese a que pocos minutos antes había estado dispuesta a cruzar el Archipiélago con tal de romperle la cabeza a Le Fey.

—¿Estás bien? —preguntó su novio angustiado.

—No —respondió ella con honestidad.

De repente, escuchó un chasquido y las cadenas que ataban sus manos cayeron al suelo como los pesos muertos que eran. Antes de que Astrid pudiera tocar sus propias muñecas, las manos de Hipo ya las había cogido para aliviar el escozor de su piel irritada por los grilletes. Astrid se dejó abrazar por él, aunque no se sintió con fuerzas para abrazarlo.

Estaba tan cansada…

—Astrid —le llamó Ying Yue—. Sé que esto no es fácil para ti, pero me gustaría que nos lo contaras todo, por favor.

—Quiero el grimorio —le advirtió ella.

—Astrid…

La bruja no quería suplicar. Ya era demasiado humillante verse como una ignorante de su propia especie, como para encima tener que implorar que le devolvieran algo que era suyo.

—Le Fey le echó una maldición a la galena de mi aldea —se adelantó a decir Hipo preocupado—. Recientemente descubrimos que es tía abuela de Astrid y necesitamos curarla con un contrahechizo que está en ese grimorio.

Ying Yue miró a las otras dos reinas y hundió los hombros resignada.

—Si me dais la información que necesitamos, os prestaré el grimorio —prometió la mujer.

—No es tuyo —remarcó Astrid indignada.

—Agradece de que te lo preste, Astrid —replicó Ying Yue con frialdad—. Y solo te lo daré si cantas, así que siéntate y comienza a hablar.

Astrid miró a Hipo y su novio hundió los hombros resignado antes de asentir.

Entonces Astrid se lo contó todo.

O, más bien, casi todo.

Fueron cuatro largas horas de interrogatorio en las que Astrid tuvo que describir con pelos y señales sus vivencias en el aquelarre y su relación con Le Fey. Su piel se erizó al recordar el calvario de aquellos años, desde las palizas que la reina le había dado desde muy pequeña hasta la tortura emocional a la que había estado sometida por el resto de las brujas del aquelarre. También lanzaron preguntas sueltas a Hipo, aunque enseguida perdieron el interés en él al ser demasiado humano y corriente, a menos a primera vista. Sin embargo, observó que Ying Yue miraba de vez en cuando a su novio con gesto imperturbable, como si estuviera analizando su lenguaje no verbal al detalle. De vez en cuando, Astrid cogía de su mano para calmarlo cuando detectaba el menor amago de su magia; aunque, por suerte, ninguna de las tres reinas pareció percibir nada extraordinario en él.

Tanto Hipo como ella no pudieron evitar las miradas hacia el vientre de Drina. Había llegado a pensar que Asta había sido una excepción, que la visión del aborto que había sufrido quizás se debía a algún misterioso hechizo mal planeado o incluso que había sido un castigo de Freyja por ir contranatura. Había cuestionado y tomado por loco a Finn por creer que Asta había sido realmente su madre y resultaba que la que había perdido el juicio había sido ella. Astrid era la rara, no las demás. Ella era la que estaba rota y con un cuerpo maldito y modificado por alguien que ya le había arruinado previamente su vida.

Se sentía sucia. Asqueada porque alguien hubiera corrompido su cuerpo de aquella manera.

Hipo también lucía consternado por el embarazo de Drina. Astrid le había repetido tantas veces que las brujas no podían quedarse embarazadas e incluso había llegado a cuestionar su futuro juntos por ese motivo que no le extrañaba en absoluto que él también estuviera en shock. Todo había sido producto de una mentira y, no solo ella había sido la víctima, sino todas las brujas que formaban parte del aquelarre de Le Fey también.

Hipo apretó su mano en más de una ocasión para advertirle que se calmara y, por suerte, consiguió mantener sus emociones y su magia bajo control.

¡Pero estaba tan furiosa!

No podía evitar cierto cosquilleo en sus dedos ante la sola idea de rodear el cuello de Le Fey con ellos.

Pensaba que no podía detestar más a la reina, pero estaba muy equivocada. Deseaba hacerla sufrir, hacerla retorcerse de dolor hasta el punto de que su alma putrefacta y sucia no pudiera soportarlo. Quería quitárselo todo, que sintiera en sus propias carnes todo el sufrimiento que había vivido a lo largo de su vida por su culpa.

Cuando el interrogatorio llegó a su fin, Ying Yue e Iana concluyeron que ninguno de los dos suponían una amenaza y la reina del Mairu les ofreció la posibilidad de pasar la noche en la isla antes de partir al día siguiente. Astrid no podía esperar al momento de volver a la cama, pero entonces Hipo pidió que por favor liberaran a los dragones. No obstante, Ying Yue rechazó la petición de forma tajante, asegurándole que no podía fiarse de aquellas criaturas. Aún así, Hipo consiguió convencerla para que al menos les permitiera verlos y, a regañadientes, les concedió diez minutos con ellos bajo estricta vigilancia.

Fingir que hacía de intérprete con los dragones para no delatar a Hipo fue más agotador de lo que ella pensó en un principio. Tanto Desdentao como Tormenta estaban muy ansiosos y agobiados por el tamaño de sus jaulas y, aunque la pareja reclamó una vez más que les permitieran salir y volar para estirar sus alas, las brujas se negaron. No obstante, Hipo consiguió convencer a Ying Yue para que les alimentaran adecuadamente y la reina, pese a su actitud antagónica hacia los dragones, accedió.

Las brujas del Mairu los guiaron hasta una cabaña ubicada cerca de una playa y, tan pronto se marcharon, Astrid se metió en la cama sin pensárselo dos veces. Se quedó dormida tan pronto sintió a Hipo tumbarse a su lado, aunque no la abrazó por su espalda. Sencillamente se quedó a su lado, respirando profundamente, aunque Astrid sabía que él no se dormiría. Hipo era de darle demasiadas vueltas a las cosas y estaba segura de que se moría de ganas de hablar con ella sobre todo lo que había pasado en los últimos días. Sin embargo, tras su encontronazo el día anterior, parecía que Hipo había decidido marcar cierta distancia y esperar a que ella estuviera preparada para hablar sobre ello.

¡Como si fuera tan fácil!

El reconfortante calor que salía del cuerpo de Hipo la ayudó a caer en un sueño profundo sin visiones. Se despertó desorientada, en mitad de la noche y algo fría pese a que estaba arropada hasta la nariz. Se giró para abrazarse a Hipo, pero su novio no estaba allí. El sueño que había nublado su mente desapareció en ese mismo instante y se levantó de la cama de un salto para buscarlo. Agradeció que al menos esta vez no estaba encadenada a ninguna pared. Salió de la cabaña y corrió a través del bosque llamándole a voz de grito. Alcanzó una aldea totalmente iluminada por fuegos flotantes, donde había muchas mujeres y niños caminando por sus calles muy animosamente, aprovechando que la noche era inusualmente cálida. La visión de ver a tres aquelarres conviviendo pacíficamente se le hizo tan extraña como desconocida, pero lo que más le impactó fueron los niños. Había tanto niños como niñas pululando por ahí, jugando y riendo entre ellos como unos críos humanos.

—Vaya, vaya, ¿te has despertado ya? Pensábamos que ibas a dormir un poco más.

Astrid se giró para encontrarse con Iana. La reina del aquelarre del Nakk se había quitado la corona de flores y llevaba una sonrisa simpática dibujada en sus carnosos labios, aunque ello no impidió que Astrid se tensara. Cuando se la encontró en el barco de Eret, Iana no emanaba el poder que parecía poseer ahora, por lo que se sintió un tanto intimidada y desconcertada.

—Comprendo tu confusión —dijo la reina—. Cuando nos conocimos no era reina, por eso me sientes distinta a entonces.

—Te habrán coronado recientemente —observó Astrid con cierto recelo.

—No hace ni una semana —aclaró Iana—. La anterior reina no sobrevivió al ataque de Drago y, tan pronto llegué aquí, Ying Yue propuso que utilizáramos la fuente de Freyja que hay aquí para escoger a una nueva reina. Al parecer, la diosa pensó que yo sería la candidata más adecuada.

Cuando apenas era una niña, Astrid estudió por encima que las reinas de los aquelarres eran escogidas por Freyja. Durante toda su vida se había preguntado por qué la diosa escogería a Le Fey como reina, sobre todo por lo déspota y egoísta que era. Le Fey era prácticamente intocable, por lo que nunca se había planteado quién hubiera podido sucederle en caso de morir.

—Supongo que no fue una mala elección —señaló Astrid más por educación que otra cosa.

Iana sacudió los hombros.

—No sé qué decirte, a mí me parece más bien un marrón de cuidado, pero al menos tengo la suerte de que Ying Yue me está respaldando y enseñando cómo funciona todo esto.

—¿Y Drina no?

La bruja hizo un gesto de claro fastidio.

—Drina está muy insoportable por lo del embarazo, prefiero mantener distancias con ellas —explicó la bruja—. Las brujas embarazadas son difíciles de manejar y Drina, de por sí, ya tenía muy mala hostia.

—No tienes que jurarlo —concordó Astrid sin mucho interés.

La reina chasqueó la lengua, aunque sonrió muy divertida.

—¿Buscas a tu novio?

—¿Sabes dónde está? —preguntó ella ansiosa.

—¡Cómo para no! Lo tenemos en la herrería, ven —Iana cogió de su muñeca y tiró de ella para adentrarse juntas en la aldea.

Algunas brujas repararon enseguida en ellas y, aunque saludaban educadamente a Iana, ninguna parecía contenta de verla, sobre todo por las vestimentas que todavía llevaba puestas. Llegaron a una casona más grande que las demás, donde un grupo considerable de brujas se agrupaba en torno a lo que parecía ser un mostrador y cuchicheaban excitadas entre ellas. Iana se abrió paso entre las brujas hasta que alcanzaron la puerta de la herrería y entraron. Hacía bastante calor debido al gran horno que había allí dentro, pero Hipo se movía como pez dentro del agua. Las brujas herreras observaban fascinadas como el vikingo manipulaba el metal con una destreza admirable, sacándolo del horno con una mano, golpeándolo con un martillo con la zurda sin mucho esfuerzo y metiéndolo rápidamente en agua para que se enfriara. Astrid lo había visto trabajar centenares de veces en las herrerías de Mema y Fira y, sin lugar a dudas, seguía siendo un espectáculo. La túnica se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, aunque no era tan imprudente como para quitársela pese a que no la necesitara para protegerse de las llamas, y se había recogido el cabello en un moño, dándole un aire todavía más irresistible si cabía. Escuchó las risitas nerviosas y suspiros de las brujas que se encontraban en el mostrador disfrutando de las vistas y Astrid las fulminó con la mirada con tal ferocidad que consiguió espantar a la mitad de ellas. Hipo alzó la mirada tan pronto reparó en su presencia.

—¿Ya te has despertado? —preguntó mientras dejaba su labor a un lado y se acercaba a coger de sus manos que ardían contra su piel—. Podías haberte quedado durmiendo un poco más.

—¿Por qué no te has quedado en la cabaña? —cuestionó Astrid incapaz de ocultar el reproche en su voz—. Pensaba que te había pasado algo.

Hipo se ruborizó avergonzado.

—Perdona, no podía dormir —explicó el vikingo—. Salí a pasear para despejarme y acabé aquí antes de que pudiera darme cuenta. Echaba de menos trabajar en una fragua y estas chicas necesitaban ayuda.

Astrid miró con sospecha a las herreras que fingían estar ensimismadas en su trabajo. Hipo era el único hombre que estaba en la isla, por lo que resultaba una novedad muy atractiva para todas aquellas mujeres.

—Volvamos a la cabaña —le pidió ella.

Astrid tiró de su mano, pero Hipo no se movió. Su expresión era seria e incluso algo tensa.

—¿Te importa si me quedo?

La bruja no pudo evitar sentirse molesta porque prefiriera quedarse allí a estar con ella, pero no quería montar una escena y mucho menos deseaba verse como una loca posesiva ante todas aquellas brujas. Soltó su mano y forzó una sonrisa que debía parecer más bien una mueca.

—No hay problema.

Sabía que Hipo no la iba a creer, pero tampoco hizo un amago de replicar o asegurarse de que todo estaba bien. La besó en la mejilla y volvió a su labor, dejándola con una fría sensación de soledad y abandono. Sintió de repente una mano posándose en su hombro, dándose cuenta de que se había olvidado por completo de Iana.

—¿Por qué no damos una vuelta? —propuso la reina.

Astrid asintió resignada y siguió a la bruja de nuevo al exterior. Iana se puso a explicarle cómo funcionaban las cosas en aquella aldea de brujas. Debido a que ahora eran tres aquelarres, se habían instalado tiendas de campaña para acoger al máximo número de brujas posibles. Iana era una mujer increíblemente extrovertida, todas parecían encantadas de verla y saludarla, y parecía brillar con luz propia. Astrid no pudo evitar sentir cierta envidia, sobre todo porque ella rara vez caía en gracia a nadie. Sabía que lo que le sobraba en belleza, le faltaba en todo los demás. Tenía fama de borde, arisca y fría, lo cual no era tampoco ninguna mentira, pero Astrid se veía incapaz de ser siempre tan abierta y agradable con todo el mundo.

—Dame unos minutos, Astrid —le indicó Iana cuando dos brujas de su aquelarre se acercaron a susurrarle algo al oído—. No tardo.

La bruja no tuvo otro remedio que esperar. Cruzó los brazos y paseó cerca de la tienda en la que había entrado Iana. No muy lejos de allí observó a Drina sentada con otra bruja de su aquelarre que estaba amamantando a un bebé. Algo dentro de ella se removió, quiso apartar la mirada, pero se sintió incapaz. Ella jamás había tenido instinto maternal, por lo que no comprendía porque todo aquello le estaba afectando tanto.

No tenía ningún sentido.

Aunque pudiera tenerlos, ella no quería hijos. No servía para ser madre y estaba segura de que si los tuviera acabarían odiandola, probablemente porque no sabría qué hacer con ellos. Es más, ¿y si los críos salían como ella? ¡Menuda pesadilla! Por no mencionar que si los niños salieran a Hipo tendría que estar todo el día pendiente de que…

Astrid sacudió la cabeza para quitarse toda aquella fantasía de su cabeza.

No podía tener hijos, por tanto no tenía sentido angustiarse por algo que no iba a pasar jamás.

De repente, sintió algo tirar de su falda a la vez que una vocecita nerviosa preguntaba:

—Señorita, no encuentro a mi mami.

Astrid miró hacia abajo para encontrarse a un niño pelirrojo de no más de cuatro años con la cara bañada por las lágrimas. La bruja se arrodilló con el ceño fruncido.

—¿Te has perdido? —preguntó ella confundida.

El niño asintió antes de llevarse las manos a sus ojitos para aplacar sus lágrimas y sollozos. La bruja sintió una opresión en su pecho e, inconscientemente, acarició sus rizos rojos.

—No llores —le pidió suavemente—. Te ayudaré a buscarla.

El niño apartó sus manitas para mirarla con sus enormes ojos castaños y asintió titubeante.

—Me llamo Astrid, ¿y tú?

—Aron —respondió el niño.

—Muy bien, Aron, seguro que entre los dos encontramos a tu mamá —le animó Astrid ofreciéndole su mano—. ¿Dónde la viste la última vez?

—En casa.

—¿Y dónde está tu casa?

—No… no lo sé —dijo el niño en un sollozo—. Todo es distinto y hay muchas brujas y niños. ¡No la encuentro!

—Vale, vale, no pasa nada —se apresuró a decir Astrid cogiéndole en brazos para acunarlo y calmarlo—. Vamos caminando y si ves a alguien que conozcas o a tu mamá me dices, ¿vale?

El niño se acurrucó contra su cuello y agarró uno de los mechones de su pelo. Al poco de empezar a caminar, la criatura se quedó profundamente dormida y Astrid no pudo más que lamentar su mala suerte. Se acercó a varias brujas para preguntar sobre la identidad del niño, pero todas ellas la ignoraron o directamente la insultaron. Astrid buscó desesperadamente a alguna madre que estuviera como loca buscando a su hijo, pero nadie parecía estar buscando a ningún niño perdido. Aron sollozaba a causa de un sueño inquieto y Astrid intentaba calmarlo sin despertarlo mientras recorría de cabo a rabo la aldea.

—¡Tú, zorra! ¡Devuélveme a mi hijo! —gritó alguien de repente a su espalda.

Astrid se giró bruscamente para encontrar a una bruja rubia del aquelarre del Mairu que se dirigía hacia ella dando grandes zancadas y con la cara deformada por una ira desbordante. Astrid no tuvo casi ni tiempo de defenderse cuando la bruja le arrancó el niño de sus brazos y le brindó una patada que esquivó de milagro.

—¡Espera! —exclamó Astrid desesperada cuando esquivó otra patada—. ¡Yo solo le estaba ayudando a encontrarte! ¡No quería quedármelo!

—¿Y te piensas que me voy a creer esa mentira de una bruja roba niños del Sabbat? —gritó la mujer colérica.

Aron, quien se había despertado a raíz de la confrontación entre ambas mujeres, rompió a llorar en brazos de su madre. Las brujas de los diferentes aquelarres empezaron a rodearlas, gozando de aquel lamentable espectáculo del que Astrid hubiera matado por no formar parte. La bruja estaba desesperada por golpearla y Astrid maniobraba para evitar sus golpes mientras buscaba una forma de huir de allí; sin embargo, la bruja consiguió armarse con una lanza que alguien entre la multitud le lanzó y la cosa se complicó considerablemente. Pese a estar cargando con un niño con un brazo, la bruja atacaba con su otra mano sin darle mucha tregua a esquivar sus ataques. Era muy rápida, casi tanto como ella, y no la hirió de milagro gracias a que Ying Yue intervino en la confrontación. La madre se detuvo tan pronto se interpuso la reina entre ellas y cuando Ying Yue reclamó saber el motivo de la pela, ésta la acusó a voz de grito de que había robado a su hijo. Astrid se defendió a capa y espada, asegurando que solo pretendía devolver al niño, pero la madre siguió sin creerla y le soltó toda clase de barbaridades e insultos.

—¡Ya basta! —rugió la reina a la vez que soltaba una ráfaga de aire para separarlas. Los lloros del niño se intensificaron más si cabía—. ¡Calma a ese niño y márchate de aquí ahora mismo!

—Pero…

—¡Haz lo que te digo! —ordenó la bruja colérica y se dirigió al resto—. Y todas vosotras, ¡volved a vuestros asuntos! ¡Aquí no hay nada que ver!

Astrid pensó escaquearse entre la multitud, pero antes de que pudiera siquiera moverse, Ying Yue ya la había cogido del brazo y la estaba arrastrando hacia el bosque. La bruja no intentó librarse de agarre, consciente de que si provocaba a la reina quizás no viviría para contarlo. Sin embargo, tan pronto alcanzaron la playa la soltó y Ying Yue se acercó a la orilla para tomar aire profundamente. Astrid se quedó a una distancia prudencial mientras se abrazaba a sí misma para evitar que la fría brisa marina diera contra la piel descubierta de su escote. Ying Yue miró hacia la luna que se asomaba tímida entre las nubes y hundió los hombros antes de voltearse hacia ella.

—¿No puedes aguantar cinco minutos sin meterte en líos?

Astrid carraspeó incómoda y le molestó sentirse como una niña pequeña a la que estaban reprendiendo por haberse portado mal.

—Yo solo quería ayudar a ese niño —se defendió ella—. La descuidada ha sido su madre que lo ha perdido.

Ying Yue sonrió por su comentario y le hizo un gesto para que la acompañara a pasear por la orilla.

—Por lo general, no solemos preocuparnos por los niños que pululan por aquí. Este es un lugar seguro para todos ellos —aclaró la reina—. Así que no puedes culpar a esa madre de pensar que querías llevarte a su hijo, más sabiendo de dónde vienes.

Astrid sintió que la sangre subía rápido a sus mejillas.

—Yo no robo niños.

—Eso me han dicho —concordó Ying Yue—. Fue esa la razón por la que te expulsó del aquelarre, ¿verdad? —Astrid asintió con la cabeza—. De igual manera, es un hecho que las brujas de Le Fey solo roban niñas, así que esa bruja se ha preocupado por nada.

—Hay algo que no entiendo, Ying Yue, ¿qué pasa con los niños?

Ying Yue parecía sorprendida por su pregunta, pero enseguida arrugó la nariz, como si se estuviera reprendiendo a sí misma.

—Disculpa, olvidaba que tú no estás al corriente de cómo funcionan las cosas realmente en los aquelarres —explicó la reina—. Por lo general, bautizamos a las niñas antes de que cumplan los ocho años.

—¿Tan mayores? —preguntó Astrid atónita.

—Salvo en casos muy excepcionales que se detecte que el bebé puede recibir un poder especial, procuramos evitar bautizar a las niñas más tarde para que puedan llevar una infancia más tranquila junto a sus madres —argumentó Ying Yue—. Sé que Le Fey os bautiza siendo prácticamente bebés, sobre todo porque es más fácil para ella someteros desde que sois tan pequeñas. Os hace dependientes de ella desde que prácticamente nacéis, por lo que vuestro vínculo emocional con ella es más fuerte de lo normal.

—¿Y eso no os beneficia como reinas? —cuestionó Astrid con recelo.

—Yo quiero brujas hechas a sí mismas en mi aquelarre, no a marionetas sometidas a mí por miedo —respondió Ying Yue de mala gana—. Es más, el afecto entre madres e hijas cambia cuando son bautizadas. Se vuelven más independientes y no les gusta que les manden alguien que no sea una reina. Las brujas somos rebeldes por naturaleza, a menos que haya un poder superior a nosotras, tendemos a desobedecer. Es más, ¿no pasa lo mismo con los humanos? Suele ser natural que tendamos a ir a la contra de lo que quieren los padres, sobre todo cuando se trata de las madres.

Astrid sintió un nudo en su estómago. ¿Le habría pasado eso a ella con su madre? Toda su vida había anhelado el amor de unos padres, quizás porque no había conocido otra cosa más que odio y repulsión hacia ella. Hasta ahora ni siquiera se había planteado que hubiera podido enfrentarse a su madre de haberla conocido. A primera vista, sí le había dado la sensación de que eran muy diferentes.

—¿Y qué pasa con ellos? —preguntó ella.

—¿Con los chicos? Por lo general, se suelen marchar cerca de los quince o dieciséis años —comentó Ying Yue y Astrid arrugó el gesto—. Suelen ser más dependientes que las niñas, por lo que si podemos mandarlos antes con sus padres suele ser mucho mejor.

—¿Con sus padres? —cuestionó ella indecisa.

—Bueno, no pensarás que el tener un hijo es responsabilidad solo de la madre —dijo la reina algo indignada—. Salvo las excepciones, las brujas que tienen hijos con humanos procuran retomar el contacto con los padres para mandárselos cuando llegan a la edad de marcharse. No nos gusta nada la idea de abandonarlos a su suerte, así que si no conseguimos convencer al padre, procuramos convencer a ciertos jefes vikingos para que los acojan. Por suerte, los hijos de brujas destacan por ser más brillantes que los que nacen de humanas, suelen tener habilidades especiales.

—¿Habilidades especiales? —preguntó Astrid confundida.

—Ya sabes, son como más sensibles a su entorno —intentó explicarse Ying Yue—. Son buenos rastreadores porque son más conscientes de lo que les rodea. No poseen magia, pero son muy sensibles a ella y, como bien sabes, la magia puede aparecer en cualquier lado —Ying Yue se agachó para coger un puñado de arena—. Es curioso que me preguntes sobre esto teniendo en cuenta que tu novio es claramente el hijo de bruja.

Astrid se detuvo en seco.

—¿Disculpa? —preguntó ella sin comprender.

Ying Yue arqueó las cejas.

—¿No resulta evidente? El chico sin duda es de los vikingos más listos que he conocido, eso sin mencionar que domó a un Furia Nocturna y venció a la Muerte Roja —razonó la mujer—. Tiene una vibración extraña, algo inusual que no logro entender, pero no parece mal tipo. Tienes mucha suerte de haberle encontrado, no pareces alguien fácil con la que congeniar, aunque no se puede ignorar que hay química entre vosotros. Los hijos de bruja tienden a sentirse muy atraídos hacia nosotras, probablemente por la magia.

Astrid sostuvo la mirada de Ying Yue, incapaz de creerse que pudiera estar hablando de aquello con tantísima ligereza.

—¿No crees que es una simple suposición de que Hipo sea hijo de una bruja?

—Se nota que no has crecido rodeada de chicos —se mofó Ying Yue—. Astrid, he conocido y criado a suficientes hijos de brujas como para reconocer a uno cuando lo veo.

Astrid sintió que perdía el aire en sus pulmones. ¿Podría ser posible que Valka fuera una bruja? ¡Tendría mucho sentido si lo fuera! Su clara conexión con los dragones, el silencio del Cortatormentas que la acompañaba en el nido... ¿Pero por qué no habían percibido el más mínimo atisbo de magia en ella? Tal vez, como Hipo, se le diera bien ocultar su magia, pero no explicaba la razón por la que Hipo pudiera tener magia.

—Ying Yue, ¿ninguno de los chicos que hay en esta isla tienen magia?

La bruja le lanzó una mirada horrorizada.

—¡Eso es blasfemia! —exclamó la reina—. ¿Qué demonios ha hecho que se te pase semejante locura por la cabeza? —su gesto cambió radicalmente—. ¿Acaso…?

—¡No! —se apresuró a decir Astrid—. Era… era simple curiosidad, como he vivido toda mi vida en la ignorancia, quizás aquello fuera posible también…

La reina cogió de sus hombros y la miró con suma intensidad con sus enormes ojos aguamarinas.

—Ten esto muy presente, Astrid. Si solo las mujeres poseemos la magia es por una sencilla razón: los hombres son débiles e inestables, si ellos poseyeran magia sería el fin de nuestra especie. Es más, las antiguas escrituras de las primeras brujas vaticinaron que si un niño varón poseyera algún día el don de la magia, había que destruirlo. Por eso, nunca dejamos que los niños se acerquen a la fuente, hacerlo sería… sería…

—¿Qué sería? —insistió Astrid alterada.

—Sería como crear una abominación con nuestras propias manos. Es antinatural, incluso se llega a decir que… ¡Freyja! ¡Solo pensarlo me pone la piel de gallina!

—¿Qué demonios se llega a decir, Ying Yue? —reclamó la bruja consternada.

—Se dice que el primer varón que fuera bautizado en las aguas de Freyja sería el que originaría el Ragnarok, pues él fue bendecido no por Freyja sino por Surt, el gigante del fuego. Será su paladín el que dé fin a todo lo que conocemos y nuestra especie desaparecerá por siempre del Midgar, por eso es nuestra responsabilidad que si algún día aparece el paladín del fuego hemos de matarlo sin dudarlo.

Astrid jamás había escuchado semejante historia, pero por la cara de Ying Yue sabía que no había mentira en sus palabras. Sin embargo, no le encajaba que Hipo fuera el elegido para iniciar el Ragnarok. Hipo Haddock, la persona más dulce y amable que había sobre la faz del Midgar no podía ser el portador del fin de todas las cosas.

Era sencillamente imposible.

Y, sin embargo, las últimas palabras de Elea la sirena se repitieron como un eco dentro de su cabeza:

Si ganáis la guerra, un antiguo pueblo volverá a ser grande antes de desaparecer para siempre del mundo.

Xx.

Glosario de los aquelarres de Wicked Game:

Aquelarre del Mairu:

- Reina: Ying Yue.* (Ying Yue significa, literalmente, "reflejo de la luna").

- Color de sus trajes: Rojo escarlata.

Aquelarre del Sugaar:

- Reina: Drina

- Color de sus trajes: Azul celeste

Aquelarre del Nakk

- Reina: Iana

- Color de sus trajes: Verde

Aquelarre del Vindr.

- Reina: no se menciona, pero asesinada a manos de Drago.

- Color de sus trajes: Rosa.

Aquelarre del Sabbat

- Reina: Le Fey

- Color de sus trajes: Negro purpúreo.

Aquelarre al que perteneció Asta.

- Reina: Masha

- Color de sus trajes: Blanco.