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Capítulo 67
La segunda vez fue por la mañana. Albert hubiese querido continuar toda la noche, pero Candy se negó de plano. Incluso fue necesario amenazarlo con dormir en otro sitio, porque él insistía en forzar su maltratada espalda haciéndole el amor nuevamente.
De boca para afuera, Candy decía que no, pero por dentro se moría de ganas de seguir.
La preocupación por él pudo más, y cuando el «amo», sin siquiera haberla sacado, comenzó a moverse de nuevo, ella se incorporó a toda prisa, dejándolo frustrado y anhelante.
—Candy, no me dejes así. Ven, mi amor. Necesito más...
—No tengo ninguna duda, y no te imaginas cuánto me gustaría complacerte, pero no se puede, Albert. Te romperás la espalda.
—Me quedaré quietecito, lo prometo. Tú harás todo el trabajo, mi cielo.
—Querido, tú nunca podrás quedarte quietecito. Te conozco.
—Candy...
—Si me prometes que tu... animal permanecerá tranquilo, regresaré a la cama. Si no, dormiré en el sofá. Consúltalo con él mientras me ducho.
Durmieron juntos, y por supuesto, Albert intentó en más de una ocasión acercarse a ella con intenciones poco claras. Candy se mostró inconmovible y se apartó sin miramientos.
Al amanecer, cuando Albert se despertó, lo primero que notó fue que su espalda parecía estar mucho mejor. Sonrió.
Observó a Candy, que dormía boca abajo a su lado. Se veía tan sensual con su braga rosa y una camiseta blanca sin mangas. Esa mezcla de niña y mujer que lo había cautivado antes ahora continuaba subyugándolo hasta el punto de dejarlo sin aire.
Su hermoso cabello extendido sobre la almohada aún estaba húmedo y él se acercó para aspirar su aroma. Manzana... El perfume más sexy del mundo, el olor a Candy.
Lentamente, se puso en pie y se fue a duchar. Cuando regresó, ella aún dormía, pero se había vuelto sobre la espalda y se cubría los ojos con el antebrazo.
Albert se quedó observándola mientras se secaba. ¡Qué mujer tan exquisita! Y era solo suya.
Qué tonto había sido al decidir alejarse de ella, aunque hubiese sido por su propio bien. ¡Carajo!, lo mejor para ella era el amor que él tenía para darle.
Ahora lo sabía, y se prometió que lo recordaría cada vez que el chico bueno y altruista que vivía dentro de él le diera malos consejos que supusieran perderla.
Afortunadamente, los momentos de pesar habían quedado atrás, y les esperaba sólo disfrute.
Tomó nota de todo lo que quería hacer al regresar. Hacer el amor con Candy. Ir a ver a Rosmery. Besarle todo el cuerpo a su esposa. Retomar el mando de la empresa. Observar a su princesa dormir completamente desnuda. Llamar a Édgar Niven para interesarse por su proyecto. Despertar a Candy con una sorpresita como ésta..., como la que tenía en sus manos en ese momento y ya no podía esperar.
Se acercó a la cama lentamente mientras dejaba caer la toalla al suelo.
Tendido a su lado, observó la boca entreabierta de su bella esposa mientras con un dedo delineó el contorno perfecto de sus labios de fresa.
Ella se revolvió, inquieta. Se puso de costado, dándole la espalda y se cubrió la cabeza con la almohada.
«¿Así que quieres continuar durmiendo, princesa? Lo siento, no habrá más descanso para ti hoy. Te necesito como al aire.»
Se había propuesto despertarla, pero sabía que debía hacerlo sin sobresaltarla demasiado, así que fue deslizando un dedo a lo largo de toda la columna vertebral, hasta llegar al bellísimo trasero. La braga no lo detuvo; introdujo su mano en el interior y muy suavemente la tocó allí. El botón rosa que él había profanado en varias ocasiones y era su obsesión se contrajo inmediatamente.
Candy se volvió, somnolienta, y abrió los ojos lentamente.
—Mmmnos días... ¿Qué se supone que haces, Albert Ardley?
El aludido la besó en la nariz, y respondió con su encantadora sonrisa de lado:
—Reclamo lo que es mío. Buenos días, princesa.
—Buenos días. Lo que «es tuyo» lo tienes al final de la espalda. A propósito, ¿cómo te encuentras? ¿Te duele, corazón?
Albert sonrió y se colocó boca abajo, diciendo:
—Juzga por ti misma, cielo.
Candy observó la amplia y musculosa espalda de su marido, y luego continuó hasta llegar a esas nalgas de infarto, con los glúteos divinamente marcados.
—No me refería a... eso. Pero se nota que estás mejor, y eso me hace muy feliz.
—¿Cuán feliz, Candy? ¿Alegre, algo alborozada o realmente dichosa?
Ella sabía que Albert estaba en vena provocadora y le encantaba seguirle el juego.
—¡Mmm!, yo diría que navego en un mar de dicha —afirmó, juguetona.
—Pues entonces demuéstramelo, dormilona. Aún me molesta un poco la espalda. Necesito masajes. ¿Me harías ese favor?
A Candy se le hizo la boca agua. Se echó el cabello a la espalda y se inclinó sobre Albert. Le daría lo que le pedía, pero a su manera.
Acercó su boca a la zona lumbar de su marido y fue dejando un rosario de besos. Primero, fueron tiernos y dulces, pero poco a poco se fueron tornando húmedos, y Albert se estremeció cuando sintió la maravillosa lengua de Candy deslizarse lentamente hacia la curva de sus nalgas. Su aliento cálido le erizó la piel y no pudo evitar alzar levemente el trasero en una involuntaria ofrenda que ella tomó sin dudar.
—¿Te gustan mis masajes, hombre lindo? —preguntó sin dejar de lamer esa zona tan tentadora que la volvía loca.
Era la primera vez que se dirigía a él de la forma en que lo llamaba en sus fantasías, y Albert levantó la cabeza, sorprendido.
—¿Cómo me has llamado?
La voz le salió extraña, como un jadeo.
—Te he llamado «hombre lindo». Es así como te llamaba en mi cabeza cuando pensaba en ti y aún no sabía tu nombre. Pero quizá prefieras que te llame «amo» ahora —respondió mientras mordisqueaba una nalga, muy cerca de la zona peligrosamente sensible que haría que él también enloqueciera de gusto si se atreviera a llegar a ella con su lengua.
Pero él no le dio esa oportunidad. Se volvió rápidamente porque sabía que si ella lo invadía con sus manos o con su boca no podría evitar estallar.
Candy se encontró cara a cara con la gloriosa erección de Albert y tragó saliva. El pene estaba tan enorme como el día anterior, si no lo estaba más. De nuevo, se le hizo la boca agua.
Lo asió con ambas manos, pero su desilusión fue grande cuando él la tomó de los brazos y la alejó de allí.
—El amo está a punto de acabar, Candy. Aléjate del punto de riesgo porque no quiero hacerlo sin poseerte hasta que digas basta.
Y diciendo eso, la tumbó sobre la espalda y la penetró bien a fondo.
Candy gimió de puro placer, y él tomó sus tobillos y se los colocó en los hombros. La tenía abierta para él, totalmente expuesta e indefensa ante sus ardientes embestidas.
Albert estaba totalmente desenfrenado. Se olvidó de su espalda, de la contusión en el cráneo, se olvidó de todo. Se movía como un poseso dentro y fuera de ella, y el vendaje de su cabeza pronto desapareció entre las húmedas sábanas.
Candy lo recibía arqueando su cuerpo para acercarse más al objeto de su placer mientras murmuraba su nombre, cegada por la pasión...
—Albert... ¡Oh, Albert!
Cuando ella llegó al orgasmo y le arañó la espalda como una gata en celo, Albert se detuvo un momento y se retiró para resistir un poco más.
Sabía que acabar no lo dejaría fuera de combate ni mucho menos, pero quería verla disfrutar. Si se permitía tener un orgasmo, se perdería la maravillosa imagen de Candy gimiendo y mordiéndose el labio inferior mientras se retorcía bajo su cuerpo.
—Más, más... —rogó ella, sintiéndose súbitamente vacía cuando el placer se disipó.
—Te daré más. Te lo daré todo, hermosa —gruñó Albert al límite, pero en lugar de penetrarla de nuevo hizo algo muy distinto.
Se tendió en la cama boca arriba y arrastró consigo a Candy, tomándola de las caderas, de forma que ella quedó montada a horcajadas sobre su rostro, de espaldas a él. En esa posición, la vista del coño húmedo e hinchado era magnífica. Ella gritó cuando Albert lamió la entrada y sin más dilaciones le introdujo la lengua todo lo que pudo.
—¡Ahhh...! Sí, corazón, continúa...
—Sabía que te gustaría. Eres mi Barbie Puta; nunca has dejado de serlo —murmuró él mientras sus labios se apoderaban de su clítoris.
Lo besó, lo lamió. Succionó suavemente el centro de su placer y ella perdió el control y volvió a correrse balanceándose hacia atrás y hacia adelante, en un desborde de locura que la dejó exhausta y con los ojos llenos de lágrimas.
Se sentía plena, sensual, completamente hembra y libre de toda inhibición. Por eso, le agradeció a su hombre ese maravilloso orgasmo inclinándose y tomando con su boca el potente miembro, erecto y palpitante.
Albert estaba en el cielo.
Tenía a la chica de sus sueños haciéndole cosas deliciosas que lo estaban volviendo loco. Y a la vez, la tenía encima, sobre su boca, con su precioso coño abierto para él, y su pequeño ano también expuesto a sus caricias.
Era demasiado. Era una situación soñada, anhelada intensamente en sus vacías noches de insomnio, cuando la echaba de menos e imaginaba su hermoso cuerpo desnudo creyendo que ya no lo tendría nunca más.
Tomó las nalgas de Candy y las separó aún más para invadirle el culo con la lengua. Ella dejó escapar un gemido y presionó para que la penetrara más profundamente.
Él estaba al borde del orgasmo. Ya no podía resistirlo más. Le hubiese encantado follarla por detrás, pero su cuerpo ya iba por su cuenta.
Acabó en la cara de Candy sin previo aviso, lanzándole un torrente de semen caliente y espeso que ella recibió de buena gana.
Es más, continuó lamiendo su pene, que estaba de un rojo subido, hasta dejarlo completamente limpio.
Con el hermoso rostro empapado se volvió a mirarlo, y Albert enloqueció. En un solo movimiento la hizo volverse y se tendió encima de ella.
La besó salvajemente, le mordió los labios. Su lengua se introdujo profundamente en ella una y otra vez. Los labios de Candy desaparecían dentro de la boca de Albert, que la devoraba totalmente desenfrenado, mezclando saliva con su propio semen, sin importarle nada.
—Te quiero, te quiero tanto... —murmuró entre beso y beso.
—Mi amor, yo también. Te adoro, Albert. Eres mi vida.
Él tomó la sábana y terminó de limpiarle el rostro. Se la veía tan bella, sonrosada y con los ojos brillantes. Tenía cara de recién follada, de satisfecha. Al verla así, Albert sintió que su pene resucitaba con inusitada energía. Candy no pudo dejar de notarlo.
—Estoy sintiendo... cosas... aquí... —dijo ella, sonriendo.
—Yo también. ¿Tú sabes qué puede ser?
—Tengo una leve sospecha. ¡Oh!, ya no es tan leve. Amo, ¿desea usted algo? ¿Puedo ayudarlo con eso? —bromeó, inconsciente de lo seductora que resultaba en esa postura sumisa ante los ojos de un controlador innato.
Él recogió el guante.
—Sí, puedes hacer algo. A ver cómo te las apañas, Candy, porque quiero hacerlo entre tus tetas —dijo simplemente, y mientras ella abría los ojos como platos, él se sentaba a horcajadas sobre su pecho.
«El amo no bromea», se dijo ella. Y con una sonrisa pícara oprimió el pene con sus senos y se dispuso a complacerlo.
CONTINUARA
