La celebración continuaba y todo el mundo disfrutaba de la bebida, la música y el bonito momento.
El consejo que Rasa había requerido para solucionar el tema de su hija lo reclamaba. Debían arreglar el problema originado por Temari.
Con disimulo, Rasa había observado cómo un rato antes su hija y el que era su marido se marchaban del salón. Sus gestos no parecían muy felices y los había oído discutir. Seguían enfadados. Ahora, el hombre, acercándose a Temari, que estaba junto a una mesa cogiendo una jarra de cerveza, le preguntó:
—¿Te encuentras bien?
La joven, que había pasado un mal rato con Naruto porque lo que parecía que empezaba bien finalmente había acabado en desastre, tras dar un trago a su cerveza, musitó:
—No sabría decirte, padre.
Rasa suspiró. Ver la tristeza tras haber conocido la dicha en la mirada de su hija no era agradable, y murmuró:
—He reunido al consejo. Me esperan y...
—Solicita la anulación, padre.
—¿Estás segura, hija?
Tras la conversación mantenida con Naruto, que había comenzado con besos apasionados pero terminado con reproches, la joven bebió un trago de su cerveza y, suspirando, afirmó:
—Sí, padre. Lo amo, pero lo hice mal y él nunca me lo perdonará.
Rasa buscó a Naruto con la mirada, que estaba hablando con los guerreros de Sasuke. Ese hombre le gustaba para su hija, e insistió:
—Quizá si hablarais de nuevo con más tranquilidad...
—¿¡Hablar?! —gruñó Temari—. Lo he intentado, padre. Pero es llegar a un punto y no poder parar de discutir. Se siente engañado. Me culpa de haberle mentido y...
—Es que lo engañaste, hija..., lo engañaste.
Ella asintió, sabía que tenía razón.
—He hablado con tu madre —prosiguió Rasa—, y ella me ha dicho que prefieres ingresar en un convento a plantearte de nuevo otro enlace.
—Sí, padre..., es lo que deseo.
El hombre suspiró. Lo último que deseaba para su hija era una vida monacal y, dispuesto a evitar aquello, que sin duda sería un error, insistió:
—Escucha, Temari. Olvídate de Dotō. No permitiré que te cases con él, pero hablé con Shikaku Nara y su hijo Shikamaru estaría dispuesto a ser tu marido si tú quieres.
—¿Casarme con el hijo de Shikaku Nara?
—Sí.
—¿Con Shikamaru?
—Sí, hija, con Shikamaru.
Temari se sorprendió. En otro momento aquello habría sido una buena solución. Shikamaru era joven, agradable, inteligente, pero, tras pasar Naruto por su vida, ya nada podría ser igual.
Naruto, al ver a su mujer y al padre de ésta charlando, se inquietó.
¿De qué hablaban?
Y, separándose de los demás, cogió una jarra de cerveza y, con sigilo y sin ser visto, comenzó a acercarse a ellos.
Entonces, Rasa vio bailar a Shikamaru y, señalándolo, dijo:
—Ahí lo tienes, Temari.
Ella lo miró. Era uno de los muchachos con los que había estado bailando y, sonriendo, cuchicheó:
—Shikamaru es muy guapo, padre. Y tiene buena planta.
Rasa asintió.
—Creo que ese chico podría hacerte feliz una vez dejes de estar casada con Naruto. Y, lo mejor, no estarás lejos de casa, hija. Piénsalo.
—Sin duda, Shikamaru sería una buena opción y tendríamos preciosos niños —se mofó Temari sonriéndole a su padre.
Naruto, que había escuchado la última parte de su conversación, preguntó entonces sorprendido y ofendido a partes iguales:
—¿En serio estás ya buscando con quien reemplazarme?
La voz molesta de Naruto sonó tras ella y Temari cerró los ojos. Después de la desastrosa discusión que habían tenido, aquello podía ser la gota que colmara el vaso, y, volviéndose a mirarlo, dijo:
—Naruto, no sé qué es lo que has oído, pero...
—Sé muy bien lo que he oído —replicó enfadado.
La joven maldijo. La decepción en los ojos de aquél era patente, e, ignorando que su padre estaba junto a ellos, insistió:
—Naruto...
—No me lo puedo creer... Ya estáis planeando una nueva boda. Pero ¿acaso vosotros no tenéis sentimientos? —exclamó Naruto colérico.
—Muchacho... —intercedió Rasa—, a ver...
—Padre..., déjame a mí.
Pero Naruto se dio media vuelta y, enfadado como nunca antes en su vida, caminó hacia la puerta. Rasa miró a su hija mientras ésta echaba a correr tras él. Al llegar a la puerta, la joven se colocó delante de su marido y soltó:
—¿Se puede saber por qué no me dejas explicarme?
Pero Naruto ya no razonaba. Ya no escuchaba.
Lo que había oído era indignante. Una ofensa para él.
Pero ¿con qué clase de mujer fría y calculadora se había casado?
Sakura y Sasuke, que entraban en ese instante por la puerta, al ver a aquellos dos discutiendo, se apresuraron a ir hacia ellos, cuando oyeron a Naruto gritar:
—¡No necesito explicaciones! Sé lo que he oído. Y ahora..., corre hacia ese tal Shikamaru...
—Naruto, por favor..., no sabes lo que estás diciendo.
—Quítate de en medio, mujer.
A la joven le dolió la rabia con que lo dijo y, consciente de que ya nada volvería a ser como antes, siseó:
—Está visto que para ti vuelvo a ser lady Cállate.
El escocés la miró. Ella para él era muchas más cosas, pero, ofuscado, voceó:
—¡No haces más que darme quebraderos de cabeza!
La joven no se movió, y Sasuke, agobiado por su propio problema, preguntó acercándose:
—Pero ¿qué os ocurre?
Naruto resopló y, necesitado de marcharse de allí, repuso:
—Ocurre lo que tenía que ocurrir. Esta mujer y yo ¡no nos entendemos! Regreso al campamento y al amanecer tomaré rumbo a Keith contigo o sin ti.
Sakura miró a su amiga y Temari protestó:
—Ha oído algo, ha sacado sus propias conclusiones y no me deja explicarme. ¿Qué hago?
Sasuke y Sakura se miraron retadores. Estaba claro que allí ninguno tenía futuro, cuando Naruto dijo mirando al padre de la que era su mujer:
—Rasa, hazme saber que vuelvo a ser un hombre sin mujer en cuanto el consejo lo apruebe.
—¡Naruto! Pero, escúchame... —gruñó Temari.
—¡Cállate! —siseó él furioso. Y, deseoso de hacerle daño, soltó—: Mi Hinata me dará una vida más tranquila y sosegada que tú.
—¡¿Tu Hinata?! —bramó la joven encolerizada.
Según la muchacha rubia dijo eso, Naruto se dio cuenta de su error, pero,
incapaz de rectificar, asintió:
—Sí, ¡mi Hinata!
Enfadada al oír eso, la joven iba a responder cuando Naruto añadió:
—Y ahora..., ve a refugiarte en brazos de ese tal Shikamaru y olvídate de que yo existo.
Acto seguido, Temari, furiosa, cogió fuerza y, dándole una patada en la espinilla que lo dobló en dos, gritó fuera de sí:
—¡Pues que seas muy feliz con tu Hinata!
Y, dicho esto, la joven, con las lágrimas en los ojos, se dio media vuelta y se marchó a toda prisa del salón. Sakura, confundida por aquello, miró a Sasuke. Con seguridad sería la última vez que pudiera verlo en la vida. Durante unos segundos, ambos se miraron, hasta que finalmente éste, enfadado, siseó en dirección a su amigo:
—Vayámonos de aquí. Sin duda, ya nada nos retiene en este lugar.
A Sakura se le paró el corazón al oírlo, pero, sin mostrarle su dolor, se volvió y siguió a su amiga, en el mismo momento en que Naruto se incorporaba y con mal gesto murmuraba:
—Casi me rompe la pierna... ¡Será bruta!
Rasa, que nunca había visto así a su hija, sorprendido por su arranque, iba a hablar cuando Naruto insistió mirándolo:
—Ve y habla con el maldito consejo. Quiero recuperar mi libertad y no volver a saber nada de tu hija.
—Pero, muchacho...
—¡Rasa, por favor! —voceó aquél.
Una vez el hombre se marchó, Naruto, dolorido, salió de la fortaleza junto a Sasuke.
Una vez fuera, su amigo preguntó:
—Pero ¿qué ha ocurrido? Lo último que vi es que os besabais y...
—La oí eligiendo marido junto a su padre.
—¡¿Qué?!
Enfadado como nunca, Naruto caminó hacia su caballo y, una vez llegó a él, siseó:
—Esa maldita pagana me está volviendo loco, y no estoy dispuesto a permitírselo.
Sasuke no dijo nada. Entendía perfectamente las palabras de aquél, y, cuando montó en su caballo, Naruto le preguntó:
—¿Y Sakura?
Él movió la cabeza y, sin ganas de hablar, replicó:
—No es la clase de mujer que yo esperaba.
Cinco minutos después, todos los hombres de Sasuke estaban en el exterior. Lo pasaran bien o no en la fiesta daba igual. Ésta se había acabado para ellos.
