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CORRERTE CON PALABRAS
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Amelia aún no superaba el trauma.
Las sábanas que la enrollaban le recordaban con crudeza que muchos no corrían la misma suerte que ella. Que había sido cosa del destino que lograrán vivir de la tiranía de quien hoy, es el emperador del Mundo Mágico.
Porque sí, Harry Potter no venció al Señor Oscuro, pero logró escapar de él.
La profecía no se cumplió.
Recordaba las imágenes a la perfección...
"¡Harry Potter ha muerto!"
El cuerpo sin vida del pálido azabache se balanceaba en los brazos de Hagrid, quien lo traía sin indicios de oportunidad.
Amelia no podía. Su cuerpo no aguantaba más.
Los Crucio que aquel Mortífago había enviado a su cuerpo habían sido la peor tortura que alguna vez haya vivido. Ella jamás creyó que podría sobrevivir. La Batalla era inminente y al parecer, ya había un ganador.
Potter está muerto, ¿quién lo diría?
"¡No!"
El grito de Ginevra Weasley la sacó de su trance. La pelirroja partió en llanto, siendo sostenida entre los brazos de Arthur.
Los rostros que rodeaban al gran Voldemort, estaban apagados. Todos sufrían la muerte del niño que, ahora, no había logrado sobrevivir. Lo más probable era que todos comenzaran a creer que la lucha, fue en vano. Se perdieron vidas, compañeros, amigos y familiares.
¿Habían valido la pena escapar tantos años?
Su mente estaba tan quebrada, paralizada, shockeada, que apenas logró escuchar las palabras del nuevo emperador, quién aseguraba, que sin unirse a él, sus vidas culminaban en ese mismo instante.
¿Pero eso importaba ya?
"Draco."
La voz de Lucius fue como un torbellino.
Amelia volteo su cuello, viendo al chico que, en algún momento, mostró luces de arrepentimiento, de dolor y de culpa.
Esperaba. Ella esperaba con toda su alma que Draco Malfoy fuera diferente. Que demostrará quien realmente era.
Porque sí. Ella lo conocía, quizá no lo bastante para entenderlo, pero lo suficiente para creer que bajo esa máscara lúgubre y apática, hay un chico que no tiene la culpa de la vida que le tocó.
Él no tenía opción.
"Draco."
Ahora, la delgada y suave voz de Narcissa, con una sonrisa forzada e imprescindible en su rostro.
Draco miró a su alrededor, como si esperara que algo cambiara. Como si esperara una señal.
De pronto, sus ojos chocaron con los de Amelia.
Ella, sin pensarlo, sonrió.
Sonrió a pesar de la ira, a pesar del dolor, y de la melancolía.
Ella sonrió.
Porque creía que eso era lo que él necesitaba.
Y luego, pasos. Draco dio pasos hacia el lado opuesto del castillo. Hacia el lado oscuro y maligno de esta guerra.
Amelia suspiró pesadamente. Éste era el fin. El comienzo del fin.
"¡Potter!"
Ella pestañeo, en reiteradas ocasiones, como si intentara procesar lo que sus ojos veían.
Draco lanzó la varita de sus manos a las de Harry quién, milagrosamente, estaba vivo.
Ambos corrieron en diferente direcciones, haciendo que el mundo se alterara.
Todos comenzaron a correr. Mortífagos lanzando hechizos, alumnos escapando de ellos, esquivando o siendo golpeados.
Amelia se quedó inmóvil, su varita apretada entre sus dedos.
"¡Amelia!" gritó Hermione, a unos metros de ella.
La chica estaba ensangrentada, su rostro sucio y sus prendas rotas. Ron, en las mismas condiciones, le hacía señas para que se acercara a ellos.
Amelia corrió, esquivando escombros y encantamientos. Sus manos sudorosas deslizando la varita. Cuando, de imprevisto, dolor.
Dolor recorría desde su pecho hasta su tórax.
Sentía los gritos de su hermana, los gritos de Ron, los quejidos a su alrededor, haciéndose más espesos y abundantes.
Estaba a punto de caer, desvaneciendo en el aire, cuando fuerte manos tomaron su cuerpo, evitando el choque contra las rocas.
Cerró sus ojos esperando que, al abrirlos, sus ojos analizaran la máscara fría y brillante de un Mortífago, pero cuando volvió a abrirlos -
Plata.
Ojos color plata y melena platinada la admiraban con desesperación.
"¡Harry!"
Su cuerpo fue elevado en sus brazos, comenzando a saltar vigorosamente, acercándose a los demás.
No aguantó más y sus ojos se cerraron, su vista se volvió oscura, negra, y el único sentido que le quedaba, era la audición.
"Hermione es peligroso, ella está débil."
"Es la única opción Ron, quedarnos aquí es muerte segura."
"Pero Harry debe derrotar al Señor Oscuro, es así como debe ser."
"Él no lo logrará Weasley, está débil. Ambos lo están, ninguno tiene posibilidades."
"Oh, lo olvidé Malfoy, eres el genio aquí ¿no?"
"Sólo digo lo que pienso Weasley, además -"
"Cierren la boca ambos. Malfoy, nos aparecerás ¿bien? debemos escapar de aquí lo antes posible."
"¿En serio confiaras en él? Es un maldito Mortífago Hermione."
"Es el único que puede ayudarnos ahora, así que - oh, ahí viene Harry, bien, Malfoy."
"Bien, llevamos a un lugar lejano Malfoy, te lo suplico."
Ella tenía frío. Estaba congelandose y sus ojos derramaban las últimas lágrimas.
Su corazón rodó cuando los últimos sonidos que escuchó, fueron desgarradores gritos de muerte.
Amelia estaba reconstruyendo su mente y cuerpo después de todo aquello. A pesar de haber pasado un año desde aquel desastre, a su parecer, el tiempo no había corrido. Todas las mañanas eran una más, luego de la Batalla.
Se dedicaba a admirar sus cicatrices. Marcas de guerra que se esparcian por todo su cuerpo. Su pecho, sus piernas, su espalda. Eran ya casi inexistente pero ella sabía que estaban allí. Su piel levantada y brillante se lo recordaba.
Tomó sus prendas.
Jeans y suéteres era todo lo que tenía en aquel bunker al que ahora llamaban hogar. Estaban lejos, en las profundidades de la tierra, donde juraban que jamás podrían encontrarlos. Había sido difícil dejar atrás a los demás, pero era algo que habían tenido que hacer por su bien, si no, todos estarían muertos.
Arregló su enmarañado cabello. Herencia familiar suponía. Hermione tenía los mismos problemas que ella, sus rizos se envolvían entre sí impidiéndole llevar el cabello de forma uniforme, pero era algo de menor importancia en comparación con todo lo que sucedía a su alrededor.
Tomó sus mechones y formó dos trenzas improvisadas, dejando caer algunos rizos dorados en los costados de su rostro. Dio un repaso a su piel, poniendo un hunguento que su hermana le había ofrecido para curar la herida punzante de su rostro, provocada por una rama días antes, cuando intentaban ir en busca de leña para abrigarse por la noche.
Con un empujón de si misma, se abrió paso al corredor, tomando nerviosamente las mangas de su suéter turquesa. El lugar le aterraba. Lo hizo desde el primer momento en que estuvieron ahí. No sabía quién había tenido la idea de llevarlos pero fue una sorpresa para todos lo perfecto de la zona.
Un bosque lejano y desconocido. Millones de pinos rodeandolos entre la nieve del invierno prominente. Un pequeño lago a un par de kilómetros, con agua pura y cristalina que bajaba desde uno de los montes más cercanos.
Simplemente perfecto, y aterrador.
Se las habían arreglado para poder dividir las tareas. El lugar era grande y los quehaceres eran bastantes. La magia a veces no podía cumplir todas las tareas, por lo que había más de una misión importante al día.
Cuando llegó al final del pasillo, apoyó sus dedos en la gruesa y fría baranda, enrollando para deslizar a cada paso que daba.
"Oh, no puede ser cierto." escuchó decir a Hermione con molestia. "Ronald Weasley, ¿te acabaste todos los sustentos?"
Sus pies llegaron al astillado piso de madera, dejándose revelar en el living del bunker.
"Hermione, ¿podrías dejar de culparme cuando se acaba la comida? Te recuerdo que no somos los únicos viviendo aquí."
Amelia no logró evitar la sonrisa que salió de su rostro antes de acercarse a su hermana y abrazarla por los hombros, dando pequeños golpes en si espalda. "Mione deberías descansar."
"¿Por qué lo dices?" preguntó ella, exasperada, moviendo su varita para reacomodar los platos recién lavados.
Amelia giró su rostro hacia Ron, quien se encogió de hombros emitiendo una pequeña risa casi inaudible. "Sólo pienso que estás un poco... estresada."
Hermione empujó a su hermana suavemente, mirándola con el ceño fruncido. "No estoy estresada. Sólo intento preocuparme de que nuestro maldito sustento esté vigente por un plazo largo. Pero si vienen ratas cono Ronald -"
"¡Hey!" gruñó él.
"- a sacar comida cada vez que se les da la gana, moriremos de hambre."
Ron abrió la boca, preparandose para atacar a Hermione, cuando las fuertes pizadas en la escalera los interrumpieron, y Blaise Zabini saltó desde unos escalones sobre tierra, dejándose caer en un sórdido golpe.
"Por Salazar Weasley, dale a Hermione lo que quiere, ya nos tienen hartos." bufó, acercándose a la cocina para tomar una taza.
Hermione frunció el ceño, cruzando los brazos sobre su pecho antes de responder. "A qué te refieres Zabini."
Él la miró, volteando su cuello para sonreír irónicamente. "Entiendes a lo que me refiero Granger - ya sabes..." pero ella en realidad no sabia. Amelia se tapó la boca para ahogar la risa que querían desprender sus labios. "joder, eres inocente."
Amelia alcanzó su taza y sirvió café, sintiendo su estómago retorcerse de hambre.
Las voces comenzaron a surgir desde los pasillo, dejando que todos los habitantes de aquel buker bajaran para reencontrarse, como cada día.
Era sorprendente ver la diversidad de personalidades, corazones, y casas. En tiempos de Hogwarts, ver a este grupo de estudiantes caminar por un pasillo, o si quiera hablarse, habría sido imposible.
Y aquí estaban todos, unidos por una misma causa. Encerrados y escabullendose de la realidad.
"¿Alguien podría cerrarle la boca a la Granger Dorada?" se quejó Pansy, lanzándose sobre uno de los sillones. "Sus gritos me desesperan."
"¡Yo no grito!" respondió, justamente gritando.
"Oh, vamos Hermione, relájate." dijo Theo desde el otro lado de la sala. "Weasley podría ayudarte con eso, ya sabes, un poco de acción."
Era increíble ver a Pansy y Theo jugar con Hermione. Pero era más increíble verlos aquí, incluyendo a Blaise.
Poco tiempo después de que lográran escapar de la Batalla, Draco Malfoy logró contactarse con sus amigos, quienes se mostraban arrepentidos, queriendo alejarse de la oscuridad de sus mundos e introducirse en lo que sería, 'el lado bueno' de la guerra.
"Sólo les pediré," interrumpió Harry, centrándose en la sala. "que no pongan esas asquerosas imágenes de mis dos mejores amigos en mi mente."
"Potter, ¿de verdad no puedes creer que estos dos se aman?" preguntó Zabini, riendo mientras lo empujaba de manera juguetona.
Todos estaban tan ocupados molestandose entre sí que nadie notó la presencia de Malfoy surgir desde uno de los pasillos contiguos.
Su alta y delgada figura. Brazos y torso fuerte que había trabajado durante todos esos años.
Porque ella lo había visto.
Lo había visto a altas horas de la mañana, cuando todos aún descansaban. Él acostumbraba a salir al bosque, lo suficientemente cerca para no pasar las paredes de seguridad, pero lo bastante lejos para no ser visto. Pero desde su pequeña ventana, la única ventana que le permitía ver el exterior, ella lo miraba. Sus músculos tensandose cada vez que flexionaba sus brazos contra las hojas secas. El sudor en su rostro mientras hacía fuerza contra pequeñas barras mágicas. Sus piernas apretando su ropa con cada movimiento.
Le sorprendía lo perfectamente pulida que podía ser una persona.
Él era perfecto.
Rostro cincelado. Largos y brillantes mechones blancos revolviendose sobre su frente. Facciones marcadas con un oscuro dejó de pureza en la piel blanca y pálida de su cuerpo.
Ella lo había mirado más de lo que debería, pero no le importaba.
"¿Acaso no me escuchas Granger Dos?"
La voz de Theodore la sacó de su suave nube de sueños, volteando para mirarlo mientras fingía revolver su café.
Pansy lo golpeó, dándole una mirada mortífera. "No le hables así a mi Ames."
Definitivamente, otra de las cosas más impresionantes era que Pansy Parkinson se había vuelto más que una amiga para Amelia. Ella cambió bastante desde Hogwarts. Su arrogancia se nivelo y su simpatía creció, dejándose ver como la amistosa chica que realmente era.
Ella sonrió cuando Theo murmuró algo a Pansy y preguntó. "¿Qué decías?"
"Decía que podríamos ir a buscar la leña hoy." repitió, frotándose las palmas en los jeans. "Estoy congelandome."
"Oh, claro. Sólo déjame ir por -"
"Yo iré con ella."
Su mente colapsó, haciéndola creer que las palabras no fueron más que producto de su imaginación. Volteó su cuello para mirar tras de sí, encontrando a Malfoy a unos centímetros de ella, bebiendo su té con total naturalidad.
Theo sonrió, encogiendose de hombros. "Bien, mejor para mí. Aunque, realmente quería pasar tiempo a solas contigo Granger..."
"Oh, con mi hermana no Theodore, estás advertido." gruñó Hermione, acercándose a la chimenea para tomar uno de sus libros.
Amelia aún estaba en silencio, mirando al rubio que no se había molestado en dejar de mirarla tampoco.
Cuando ella lo notó, bajó la vista, sintiendo sus mejillas enrojecer poco a poco. Apretó sus dedos contra la taza antes de inhalar y mover sus pies hacia la cocina.
Era estúpido. Era realmente estúpido que se pusiera nerviosa por Draco Malfoy. Pero lo hacía.
Fueron muy pocas las veces en que ellos entablaron una conversación, y las razones eran obvias. Una Gryffindor y un Slytherin no tenían por qué hablar entre las paredes de ese castillo. Era algo imperdonable para los sangre pura. Más cuando la chica provenía de una familia de Muggles. Eso era la gota que rebalsaba el vaso.
Dejó su taza, escuchando a sus amigos reír.
Sintió sumarse a la conversación la voz de Luna Lovegood, Delia Sukre y Nathan Louis, los Ravenclaw del lugar.
Dejó su taza en el fregadero antes de dar media vuelta, dispuesta a encerrarse en su habitación a leer o fantasear sobre una vida, amores y aventuras que probablemente, nunca tendría.
Estaba a punto de aterrizar en la escalera cuando una gran y fuerte mano la hizo detenerse, estremeciendose con dos perlas grises y brillantes.
"¿Iremos por la leña?" preguntó él con suavidad, tensado su mandíbula mientras hablaba.
Amelia inspiró, evadiendo los pensamientos sucios que había tenido alguna vez sobre Draco Malfoy. Ya que, encerrada un año con aquel chico, su mente se había dañado al punto de fantasear con él.
Pero puede permitirse soñar, pensaba.
No hay nada de malo en soñar...
"Claro, sólo - déjame ir por mi abrigo y salimos." respondió con voz temblorosa a lo que él asintió, soltandola para permitirle movimiento.
Sus pies casi se enredan entre sí pero logró mantenerse estable, corriendo hacia su habitación como un loca mientras sentía que sus pulmones estallaban.
El creciente revoloteo en su estómago cuando la tocó fue inminente. Ella estaba loca por ponerse de manera frenética sólo por su toque pero es que -
Es Draco Malfoy de quien hablamos.
Recordaba las veces que lo vio, elegante y decente caminando por los pasillos de Hogwarts. Su uniforme perfectamente a la medida apretando cada perfecta parte de su cuerpo.
Era inevitable no girar a mirarlo cada vez que pasaba. Las chicas murmuraban y hasta los chicos hacían uno que otro comentario. Alguna vez obligó a Harry Potter a admitir que Draco Malfoy era todo lo atractivo en una persona.
Aunque ella le reclamaba todo el mérito a los genes Black. Conocía a Narcissa a simple vista, y era una mujer hermosa. Su cabello rubio y largo, su piel blanca y ese estilo lúgubre pero que le acentuaba de la mejor manera.
Él tenía a quién salir así de atractivo.
Se miró al espejo, arreglando un poco sus trenzas desorbitadas y tomó un abrigo del pequeño armario. Lo deslizó con rapidez sobre su cuerpo y lo cerró, agregando una bufanda a tono.
Cuando ya estuvo abajo, abrió la puerta de entrada, dejando a ver al rubio de espaldas a ella. Una chaqueta negra sobre sus hombros. Sus manos en los bolsillos de sus pantalones negros y unas grandes botas del mismo color.
Trago saliva y cerró la puerta, haciendo que el golpe advirtiera su presencia.
El se giro, solo unos segundos, antes de darse la vuelta para comenzar a caminar por el angosto pasillo subterráneo que daba al exterior. Amelia lo siguió, en completo silencio, apretando sus manos para emitir un poco de calor corporal.
Llegaron hasta la entrada, moviendo los arbustos que tapaban su escondite y saliendo a la luz del nublado día. La nieve estaba en todos lados, llenando cada hoja, volviendo hielo cada gota y surcando pequeñas colinas en el suelo.
Draco sacó su varita del bolsillo, sosteniendola entre sus dedos.
Sus dedos son largos, pensó, como sería utilizar sus dedos y -
No.
Amelia se abofeteo mentalmente, maldiciendose de todas las maneras posibles. Debía aprender a separar sus fantasías de la realidad. Esos sueños sólo pueden pasar por su cabeza en cuanto esté en su cama, sola, no cuando el chico esté frente a ella.
Un pequeño brillo demostró que el domo que encerraba el bunker había desaparecido, dejándolos a la vista de cualquier que pudiera pasar por allí.
Ellos comenzaron a caminar, adentrándose entre los pinos del bosque, divisando cualquier trozo de madera que esté a su alcance.
Se obligó a concentrarse en la tarea. Leña, necesitaba pensar en la leña y nada más.
Sus botas se enterraban en la nieve, siendo así, costoso poder moverse con facilidad, pero a Draco parecía no importarle. Sus pasos eran rápidos y concisos. Tan rápidos que apenas si se enterraba en la nieve.
Cuando estuvo adelantado, Amelia volvió a caer.
Viendo su espalda, ancha y extensa. Podía imaginar sus músculos flexionarse bajo ella. El calor de su piel cada vez que se movía. Lo caliente que debía estar su cuerpo gracias al abrigo.
Había sido un año.
Un año en que ella no había tenido ningún tipo de relación, con nadie. Los chicos del bunker eran sus amigos ciertamente, y se veía incapaz de mantener algo más allá de la amistad con ellos. Y por esa misma razón había depositado sus fantasías en Draco Malfoy.
Él no era su amigo, y difícilmente lo sería, por lo que era muy fácil pensar escenarios con él.
La actitud prominente que demostró en Hogwarts no la llevaba a pensar en más que él, magullandola, apretandola y dejándola con sed de más. Estaba devastada por pensar en ello, pero ya lo había visto con otras chicas. La manera en que las aferraba a él. La forma en que las llevaba a las notas más altas con tan sólo tocarlas.
Alguna vez soñó en estar en esa posición. Ser ella la que tenía sus manos alrededor de su cuello. Ella ser la aferrada a la muralla de piedra mientras él la estampaba sin aviso.
Ser ella la que -
Sus ojos plateados la miraban, dibujando una sonrisa en su rostro. Ella jamás lo había visto sonreír. No fuera del contexto de sus amigos, los chicos que siempre decían tonterías a su alrededor.
Se estremeció cuando seguía sosteniendola, fulminandola con severidad.
Trago saliva, su garganta picante, antes de hablar. "¿Tengo algo?"
Draco sonrió, pasando su pulgar por el borde de su labio. "No, no tienes nada, no te preocupes."
Su respuesta no la sorprendió. Durante su estadía con el Trío de Oro, él había suavizado su trato, convirtiéndose en una persona mucho más empatica y sostenible, pero su forma de ser jamás cambiaría. Era duro, silencioso, y no hablaba más de la cuenta.
Él era un misterio.
¿Quién podría atreverse a resolverlo?
Enterró la bota en la nieve, mientras seguían caminando. Justo a unos metros, una pila de grandes pedazo de madera caía en el costado de uno de los árboles. Draco se acercó, tomandolos casi todos en sus brazos. Amelia se sentía inútil, no sabía por qué había venido si no ayudaría.
Intentó hablar, acercándose a él, pero no lo logró.
"Puedo sólo." dijo antes de tiempo. "Y no eres inútil."
El aire en sus pulmones se atascó, sintiendo la sangre hervir bajo su cuerpo. ¿Dijo eso en voz alta? ¿Acaso ella habló sin darse cuenta?
Estaba tan confundida que, para cuando dio la vuelta, Malfoy estaba a metros de ella, lo que la hizo tener que caminar apresurada hasta él.
Su nariz estaba roja y entumecida. Las vocanadas se marcaban en el aire, dejándose entrelazar con el viento.
Ella se arrivo, soltando lo único que estaba en su mente. "¿Para qué me trajiste entonces?"
Él no frenó, en cambio, siguió avanzando hasta los arbustos, corriendolos con fuerza para entrar. "Compañía nada más." lo oyó decir, antes de que lo escuchara susurrar
'Deseo'.
Si antes ella estaba confundida, ahora quería hundirse en un hoyo y no saber más.
Deseo.
La palabra se acumulaba en su mente, de distintas maneras, intentado hacer conexiones y buscando maneras inexplicables de dar buenas razones por las cuales haya dicho esa palabra.
Deseo. ¿Qué significaba?
Tomó su varita para evadir los pensamientos, alzando la frente a ella mientras susurraba Avalieb ~ Partis.
Cuando hubo levantado las suficientes barras protectoras, tal como Hermione la había enseñado, entró.
"Y bien," dijo Pansy al verla entrar. "¿cómo estuvo eso ahí afuera?"
Amelia negó rápidamente dando una pequeña sonrisa nerviosa. "No pasó nada Pans, sólo fuimos por leña."
La azabache resoplo, poniendo los ojos en blanco para burlarse. "Ames, cuando será el día en que aceptes que Draco Malfoy te hace arder."
De golpe, Amelia tapó la boca de su amiga con las manos, haciendolas perder el equilibrio mientras daba un vistazo rápido alrededor de la sala. "¿¡Estás demente!?" susurró. "No digas esas cosas en voz alta."
Pansy reía bajo su mano, apretando los dedos en su muñeca para tirar de ella. "Sólo digo lo que veo Amelia, y tú, estás jodida."
"Parkinson, no hables de cosas que no sabes ¿si?"
"¿Que no se?" preguntó ella con ironía. "No me hace falta más que ver tu cara cuando el entra al mismo cuarto que tú. No sabes disimular para nada."
"Pansy." se quejó ella, suspirando mientras se recostaba en el sillón. "No sigas..."
"Sólo digo," siguió hablando la chica, sentándose en la mesa de centro, frente a Amelia. "llevan casi dos años encerrados aquí, podría haber tensión sexual entre ustedes."
"¿Tú escuchas lo que dices?" preguntó ella, tomando una almohada para tapar su rostro rojizo. "No tiene sentido."
"Créeme que lo tiene Ames."
Pansy era una mujer indomable. Sus ideas debían ser aceptadas, quieras o no quieras, jamás se relajara porque siempre tiene la razón.
Pansy Parkinson, siempre tenía la razón.
"Ambos son adultos," siguió diciendo. "Veinteañeros en plenitud. ¿Sabes el montón de cosas que podrían hacer en una habitación?, o mejor, todo lo que él podría enseñarte."
"Pansy, por favor basta." jadeo, frunciendo el ceño mientras curvaba sus labios hacia abajo.
La azabache tiró de su cabello hacia atrás, arreglando su pequeña chasquilla de improviso. "¿Por qué te avergüenza tanto Ames? Es solo sexo. Nada que no hayas hecho."
"Me avergüenza que hables de él." respondió Amelia al instante.
Aunque sí. Ella tenía algo de pudor al hablar de sexo. Sus experiencias en las relaciones sexuales no habían sido de lo mejor.
Aún recordaba aquella vez en sexto año, cuando Mclaggen la intentó llevar en el baño. Había tenido que fingir durante unos eternos y nefastos cinco minutos que estaba feliz y extasiada de tenerlo entre las piernas. Pero no fue así. Ella lo estaba odiando. Era brusco e incómodo de cierta manera, y las forma en que sus manos se movían... ella no quería tener que recordarlo.
Un movimiento de Pansy la atrajo a la realidad. La chica miraba sus negras y largas uñas, fingiendo que las arreglaba. "De todos modos él lo sabe."
Los ojos de Amelia se abrieron ante sus palabras, incorporándose en menos de un segundo antes de abrir la boca para gritar.
"¿Quién sabe qué?"
La voz de Zabini la interrumpió, antes de que pudiera decir algo en contra de su amiga.
Estaba desorbitada y no sabía que pensar. Las ideas no se alineaban y las palabras de Parkinson no podrían cuadrar en esta realidad.
Él lo sabe.
¿Cómo iría él a saberlo?
"Oh, sólo hablamos cosas de chicas." respondió Pansy, sonriendo con gracia. "Nada de tu incumbencia."
"Siempre tan bondadosa Parkinson." Blaise se sentó a un lado de Amelia, dando una sonrisa sarcástica. "Ya verás luego como te hago sacar las palabras."
La azabache sonrió, mordiendo su labio sin dejar de comerse con los ojos a Zabini. Amelia simplemente se apartó, haciendo un gesto de repulsión al verlos.
"Dios, no hablen sus asquerosidades frente a mí."
Zabini la ignoró, tomando. Pansy por las caderas hasta dejarla en su hombro. "Todo porque no tienes a nadie que te complazca Granger."
Amelia gruñó, lanzandole la pequeña almohada, que cayó justo sobre la cabeza de Parkinson. "¡Oye!"
"Lo siento." respondió ella entre risas, viéndolos desaparecer por las escaleras, quedando sola.
Le impactaba la soledad que podía formarse cuando eran muchos los habitantes de aquel bunker. Por mucho que vivieran juntos y fueran 'familia', las relaciones entre todos a veces podían llegar a ser muy distantes.
Admiró el crepitar de la chimenea por unos minutos antes de decidir ponerse en pie. Iría a su cuarto y tomaría un buen libro. Se acurrucaría entre sus sábanas y pasaría la mayor parte del día así.
Antes, pasó por la cocina y bebió un vaso de agua para luego, encaminarse a las escaleras. Podía oír pequeños murmullos en las habitaciones pero las paredes eran tan gruesas y firmes, que jamás permitirán que lograrás escuchar todo.
Dibujaba con sus dedos sobre una de las paredes empapeladas en tono burdeo, antes de doblar en dirección a la biblioteca.
Hermione y ella habían dejado una gran sala repleta de sus ejemplares, junto con algunos que otros chicos habían querido dejar allí. Su hermana era la persona más preparada y dispuesta que había conocido. Lo supo en cuanto vio el bolso que traía, al cual le había colocado un hechizo de extensión, logrando poner ahí la mayoría de sus pertenencias.
De alguna manera Hermione había tenido la esperanza de que saldrían vivos.
Llegó al afanado lugar. Los estantes estaban perfectamente alineados, uno tras otro. Se adentró en ese mundo, caminando y rebuscando títulos desconocidos para ella, queriendo inclinarse en un nuevo y alejado sueño a la realidad.
Luego de echar un largo vistazo, lo notó, arriba, en uno de los estantes más altos, un libro grueso y viejo. Por lo gastado que se veía supuso que era bueno. Un libro gastado significa que trae una buena historia, que quizá nunca te aburrirías de leer.
Ella lo quería, así que se enderezó, colocando los pies en punta hasta poder enrollar los dedos en el borde.
Un crujido la hizo saltar, volteando la cabeza hacia un lado.
"Necesitas ayuda." la profunda voz de Draco llenó sus odios, temblando de sólo sentir la gravedad en sus cuerdas vocales.
Ella asintió, aunque su oración parecía no ser una pregunta.
Las piernas de Draco se acercaron con rapidez, plantadose frente a ella a solo centímetros de su cuerpo. Amelia miró su rostro. Si bien lo había estudiado, nunca tuvo la posibilidad de verlo desde tan cerca, y merlín, ahora sí podía acertar en que era muy atractivo.
Cuando él estiró su brazo, ella se preguntó cuánto tardaría en golpearla contra el estante desde esa posición. De seguro sería fácil. ¿Su agarre sería fuerte? Los anillos en sus dedos le provocaban esa sensacion de dolor punzante. Imaginaba cómo sería tenerlos cortando la piel de su garganta. Quizá, tomando con firmeza sus muslos, o simplemente apoyados en sus caderas.
Era simplemente magistral.
Sintió una pequeña risa por parte de Draco, antes de que él colocará el libro en sus manos, haciéndola sacudir su cabeza lentamente hasta borrar las fantasías de su mente.
Susurró un 'Gracias' que él no escuchó, ya que seguía ahí, inmóvil, analizándola en completo silencio.
Amelia le dio un último vistazo antes de deslizar su cuerpo hacia un lado, caminando con lentitud hacia la salida.
"¿Contra el estante?" preguntó Draco, con un leve suspiro.
Amelia frenó en seco, jadeando lastimosamente.
Mierda.
Mordió su labio con fuerza antes de girarse hacia él. Una palabra más y ella se derrumbaría. No podía creer que Pansy tuviera razón. Él lo sabía. ¿Ella se lo contó? Anotó mentalmente qué la mataría en cuanto la viera.
"Creo que, este tipo de estantes no son cómodos para eso." murmuró él, pasando sus finos dedos por la madera de ellos. "Prefiero las mesas."
A ella se le vino el mundo encima. Apretó el libro contra su pecho y juntó sus rodillas, bajando la mirada mientras un rubor corría por su cuello.
Estas jodida, le dijo Parkinson.
"Pero - tu imaginación es bastante justa." siguió diciendo, mientras se acercaba a ella con sigilo. "¿Sabes que la mente es la que realiza la mayor parte del trabajo, Amelia?"
Agua.
Necesitaba agua. Necesitaba refrescarse. Hasta se lanzaría contra la nieve con tal de regular su temperatura corporal.
Amelia estaba colapsando, sus músculos le fallaban y sus piernas temblaban. Era el efecto que le estaba provocando. Ella nunca se había sentido así solo con oir a alguien hablar pero, era la primera vez que lo experimentaba de tal forma.
"¿Alguien te ha hecho correr solo con palabras?" siguió susurrando él, mientras pasaba por su lado, no sin antes, rozar levemente su hombro.
Ella no contestaría. No lo haría porque; primero,este podía ser simplemente un sueño, algo que no ha podido controlar y se salió de sus manos; o segundo, ella estaba sin palabras.
Se inclinaba más por la segunda ya que, por más que peñizcara su mano, no despertaba.
Un último chirrido de la puerta antes de escucharla abrirse a sus espaldas, haciendo sonar los pasos de Malfoy hacia el pasillo.
Un leve tosido antes de salir. "Yo podría hacerlo."
Y apenas la puerta se cerró, Amelia jadeo, liberando el exceso de calor de su cuerpo. Sus dedos temblorosos pasaron por su frente sudada, secándose y esperando estabilizarse para salir.
Él lo sabía.
Y estaba jodida.
