Todo lo que reconozcáis (y más) pertenece a J.K. Rowling. El resto ya es cosa de mi imaginación.
No he podido evitar publicar el capítulo navideño de la temporada antes de que acabe la Navidad. Además, visitamos a muchos viejos amigos y eso cuenta como regalo, ¿cierto?
69. Navidad ajetreada
Nada más cruzar las puertas de Armory Bruce miró hacia los sofás de recepción, donde Daisy Hopper siempre le esperaba. Y efectivamente, como todas las otras veces, ahí estaba Daisy, esperándole con un aire de impaciencia permanente. Pero para variar, no estaba sola. Para sorpresa de Bruce, que se quedó atónito al verla, mirando hacia la entrada estaba Alex, quien lanzó un grito de alegría muy poco discreto nada más verle y echó a correr hacia él, donde se colgó de su cuello y le abrazó con fuerza.
—¡Bruce Vaisey! ¡Nuestro héroe extranjero! ¡No puedo creer que estés aquí, hace siglos que no te veía! —exclamó la chica con entusiasmo.
—¡Alex! ¿Qué estás haciendo aquí? No esperaba verte—replicó él, todavía sorprendido.
Alex se separó un poco de él y le miró con un gesto levemente ofendido, que rápidamente pasó a ser una enorme sonrisa:
—¿Es que acaso has olvidado quién fue la causante de que tus fotos del año pasado fueran espectaculares? ¡Yo fui tu apoyo moral! ¿Acaso creías que te iba a dejar solo esta vez? ¿Por qué no me avisaste?
—Porque ya estamos en vacaciones, y no quería causarte molestias. Supuse que tendrías ganas de ir a ver a tu familia y amigos, en lugar de venir conmigo a hacer más fotos estúpidas…—se justificó Bruce.
Y era cierto. Si bien había ido perdiendo el contacto directo con Alex en los últimos meses (puede que hubieran pasado más de tres desde su última carta), Jason siempre la mencionaba cuando escribía, funcionando de enlace, así que más o menos sabía qué tal le iban las cosas. Había pensado en pedirle ayuda cuando le había llegado la cita en Armory, pero sabiendo que ya habría pasado el último partido del año y Alex probablemente se apresuraría en volver a Colorado, había decidido no causarle molestias.
Pero eso no quería decir que estuviera muy contento, y sobre todo aliviado, de verla allí. De repente, todas las dudas que tenía sobre si sería capaz de aguantar aquello otra vez se disiparon. Si tenía a Alex cerca, como la última vez, seguro que iría bien.
—¡Tonterías! Nuestro último partido fue ayer por la mañana, ni siquiera me he marchado de Nueva York todavía. Tienes suerte de que estuviera enterada de tu agenda gracias a mis contactos. Y quítate de la cabeza eso de que es una molestia ayudarte a ti, y de paso, venir a ver cómo trabaja Daisy.
—Y también, que no se te ocurra volver a llamar a lo que hacemos "fotos estúpidas" —intervino Daisy con tono glacial, llegando por fin junto a ellos.
Bruce bajó la mirada, un tanto avergonzado. A pesar de que Daisy era más joven que él, a veces sus regaños le hacían sentir como un crío.
—Lo siento. Era solo una forma de hablar—se disculpó.
—Pues no vuelvas a hablar así—dijo Daisy, y a continuación, sin un asomo de vergüenza, le cogió de la barbilla con firmeza y le movió la cabeza de lado a lado lentamente, observándole con ojo crítico—. Estás más moreno. Y más guapo. Probablemente quieran cortarte un poco el pelo, lo llevas demasiado largo. Vamos, no tenemos tiempo que perder.
Bruce asintió, sin sorprenderse por los comentarios de Daisy. Era lo habitual en ella, así que no le dio más importancia. Daisy echó a andar y Bruce y Alex la siguieron, la última parloteando alegremente a una velocidad endiablada. Por Merlín, casi había olvidado lo rápido que hablaba Alex. En los minutos que tardaron en llegar al estudio donde harían las fotos, Alex le había contado lo adorables que eran Jason y Lily, había enumerado las chicas que Austin se había traído a casa, había explicado lo rápido que se le habían subido los humos a Colin Walker (su sustituto como cazador en los Minotaurs), había resumido lo tímida y simpática que era Isabella Reinhart (la nueva bateadora), había explicado el comportamiento sospechoso de Gina, había hecho un resumen del partido ganado el día anterior contra los Willmar Bears, y se estaba embarcando en un análisis de las posibilidades que tenían en el TIAQ (cuyo partido de cuartos de final tenían en enero) cuando llegaron a la puerta.
Tras traspasarla, Bruce tuvo la impresión de que debería recordar a mucha más gente de la que en verdad recordaba, porque por el entusiasmo de Alex y los saludos de Daisy, parecía ser que el equipo era prácticamente el mismo que la última vez. Y sí, Bruce recordaba varias caras, pero los nombres se le escapaban… Así que para no quedar demasiado mal, se limitó a sonreír, esconderse lo posible detrás de Alex, y a hacer preguntas generales sobre qué tal le iba a todo el mundo. Con un poco de suerte, su ineptitud social quedaría disimulada.
Tuvo suerte, y antes de que dijera nada que pudiera delatarle el director de campaña intervino y puso a todo el mundo a trabajar, diciendo que no tenían tiempo que perder. Así que Bruce acabó sentado en el área de maquillaje rodeado de tres mujeres que le sonaban bastante inspeccionándole desde todos los ángulos, mientras Daisy y Alex se quedaban un poco más atrás charlando en voz baja.
—Habrá que cortar un poco—confirmó una, pasando una mano por las puntas de su pelo.
—Y tiene la piel más morena, la base de la última vez no nos vale—comentó otra.
La tercera estuvo de acuerdo y se pusieron a trabajar.
Al final, a pesar de que el día fue largo también fue bastante relajado. Como le explicó Daisy en los ratos muertos, Armory había expandido un poco la colección de trajes autoajustables, básicamente añadiendo prendas de colores un poco más innovadores, y querían reflejar eso en las nuevas fotos. Así que gracias al buen humor y al ingenio de Alex para sacarle una sonrisa, un gesto serio o cualquier emoción requerida, Bruce posó para una serie de fotografías con corbatas de colores brillantes, camisas en tonos lilas, amarillos y verdes, y unos zapatos color púrpura tan horribles que dudaba que alguien fuera a comprar voluntariamente a menos que fuera para una broma de mal gusto (y que él no pensaba volverse a poner jamás). Bruce comentó que las fotos con los zapatos púrpura no podrían mostrarse en Australia, ya que eran del color exacto de los Thunderers y sería una idea horrible mostrarle vestido con los colores del equipo con el que los Warriors tenían más rivalidad; para su sorpresa, Daisy frunció el ceño y tomó nota de ello en una libreta, diciendo que lo tendría en cuenta. Aunque era verdad, Bruce lo había dicho principalmente para intentar evitar que todo el mundo le viera con esos zapatos horribles, aunque no había esperado que Daisy le escuchara. Tal vez acabaría teniendo suerte y esas fotos no verían jamás la luz.
Acabaron tarde, y Bruce pensó que lo mínimo que podía hacer era invitar a Alex a cenar; les habían dado un triste sándwich para comer que no había bastado para mantener el hambre a raya hasta aquellas horas.
—¿Crees que es correcto invitarme a cenar teniendo novia? —le preguntó Alex con tono burlón.
Bruce la miró con sorpresa. ¿Cómo sabía…?
—Oh, no me mires así, Bruce—protestó ella, poniendo los ojos en blanco y arrastrándole del brazo hacia la salida de Armory—. ¿Creías que por irte de América Hechizadas dejaría de seguirte el rastro? Puede que ya no salgas con tanta frecuencia, pero cuando salieron a la luz las fotos de varias citas seguidas con la misma chica fue todo un notición. ¡"Bruce Vaisey vuelve a conquistar el corazón de una compañera de equipo", "Vaisey no se esconde, ¿habrá encontrado a su media naranja?"…! Todo el mundo sabe que tienes algo bastante serio con esa chica. Danielle Lewis, ¿verdad? Había oído hablar de ella, es buena. Tiene unos registros impresionantes para su edad. Y también es muy guapa, claro, aunque parece un poco sosa. No me imaginaba que fuera tu tipo, después de… Bueno, ya sabes. Te imaginaba con una chica con más carácter, pero si tú estás feliz, ¡todos lo estamos! Eso es lo único importante. Y bien, solucionado esto, ¿vas a invitarme de una vez a ir a cenar, o tengo que elegir el sitio yo?
Bruce tardó un poco en procesar todo lo que había dicho Alex. Sí, tal vez había sido un iluso al pensar que por irse de Nueva York la prensa rosa iba a olvidarse de él… Aunque tampoco se esperaba que siguieran tan atentos a su vida como por lo visto estaban. Contuvo el impulso de suspirar; ni Jason ni Lily le habían mencionado nada al respecto, pero seguro que también lo sabían. Iba a tener que enfrentarse a su interrogatorio cuando les viera en los próximos días… algo que no le apetecía en absoluto, así que se concentró en lo que sí que le apetecía: cenar.
—Vamos, te invito. Tengo ganas de una buena hamburguesa gigante—decidió Bruce, echando a andar hacia el restaurante que quería, y entonces se acordó de algo—. Si a Jim no le va a importar que te invite a cenar. Nunca le he caído muy bien.
—Ah, no te preocupes por Jim—respondió Alex, gesticulando con un brazo y soltando un leve suspiro—. Rompimos hace unas pocas semanas.
—¡Vaya! —exclamó Bruce sorprendido. No se había esperado eso—Lo siento. ¿Por qué?
—La vida es así—contestó Alex, encogiéndose de hombros—. Jim me gustaba, y me sigue gustando, pero después de tantos meses juntos, debería sentir algo más para que la relación tuviera algún futuro. Pero no conseguía sentir nada más que atracción y cariño… Pero no amor, ¿sabes? Y parecía que lo nuestro se estaba encaminando a algo más serio, a pasar las vacaciones de Navidad juntos, a conocer a las familias y todo eso… Pero ese es un paso que yo no quería dar sin estar realmente enamorada. ¿De qué sirve avanzar si sé que el camino se va a acabar más pronto que tarde? Así que lo hablé con él, estuvo más o menos de acuerdo y lo dejamos. Se supone que somos amigos ahora, pero sigue siendo bastante incómodo.
—Vaya, Alex, lo siento—repitió Bruce, sintiéndose algo idiota por no poder decir nada mejor.
—No lo sientas, Bruce—dijo Alex negando con la cabeza y lanzándole una sonrisa—. Simplemente no era el adecuado. Ya aparecerá otro de quien me enamoraré locamente, cuando sea el momento. Puedo esperar. Aunque no lo parezca, puedo ser muy paciente… ¡Pero no con la comida! ¿Dónde está mi hamburguesa prometida?
El día siguiente fue similar, aunque más corto. La mañana fue muy intensa, y se probó varias chaquetas de colores. Su favorita fue una de color verde oscuro que le recordó a las túnicas de Slytherin, y sintió una cierta añoranza de sus últimos años en Hogwarts mientras la llevaba. Descansaron a mediodía y trabajaron unas pocas horas más después de la comida, rehaciendo algunas cosas con las que el director de campaña no estaba del todo satisfecho, y a las tres en punto dieron el trabajo por terminado. Todo el mundo en el estudio prorrumpió en aplausos, abrazos, deseos de feliz Navidad y preguntas de si irían esa noche a la fiesta de la empresa.
—Espera—le dijo Bruce a Daisy, frunciendo el ceño—, ¿por qué todos ellos pueden decidir si van a la fiesta de esta noche y yo estoy obligado?
—Porque, Bruce, tú eres una de las caras visibles de Armory y muchos de ellos no—replicó Daisy, bufando y poniendo los ojos en blanco—. A nadie le importa que un puñado de asistentes de cámara o maquilladoras asistan o no, pero si el modelo de Trajes Autoajustables no aparece, los jefes se enfadarán y la prensa protestará. Es a los famosos a quién la gente va a ver a esta fiesta; es un regalo para el resto de empleados el mezclarse con ellos al mismo nivel y disfrutar de una velada elegante y con buena comida.
—No me parece adecuado que se enfoque así, como si fuera un honor cenar con los famosos…—dijo Bruce con desagrado.
—No voy a discutir la política de Armory ahora mismo, Bruce—suspiró Daisy—. Llevo seis meses trabajando sin un solo día de descanso y estas van a ser mis primeras vacaciones en todo este tiempo. Estoy agotada y no voy a discutir contigo ahora. Quedan tres horas para que empiece la fiesta, así que por favor, ponte un traje oscuro de los que tienes, no te toques el pelo y sé puntual. ¿Podrás hacerlo?
Bruce asintió, fijándose por primera vez en que sí, Daisy tenía todo el aspecto de estar cansada. Iba muy maquillada, pero se podían intuir las ojeras y los ojos hinchados, y tenía los hombros caídos y estaba aún más delgada de lo normal.
—Ha estado trabajando mucho últimamente—le susurró Alex mientras salían del edificio—. Otra de las asistentas de modelos dejó su puesto hace unos meses y Daisy ha tenido que coordinar todo lo que llevaba ella más lo suyo. Apenas la he visto esta temporada. Espero que contraten a alguien más después de Año Nuevo, porque no creo que pueda con esto mucho más.
Era el momento de despedirse de Alex. Bruce la había invitado a la cena de esa noche, ya que tenía permitido llevar un acompañante, pero ella se había negado entre risas. Ya era hora de volver con su familia.
Bruce la abrazó con fuerza, sin saber cuándo volvería a verla. Haber pasado con ella esas horas le había hecho recordar lo que echaba de menos su positividad, buen humor y datos estadísticos ilimitados sobre quidditch. Pero Alex parecía tenerlo muy claro:
—¡Pues nos veremos la próxima vez que vengas a Estados Unidos, qué tontería! Sé que la hermanita de Jason se casa a principios de verano. Yo no la conozco, pero tú sí y seguro que vendrás a la boda, y esa será una excusa perfecta. Así que hasta entonces, ¡buena suerte y aplasta a los Thunderers!
Llegó puntual a la Fiesta de Navidad de Armory, y se sirvió una buena copa de vino mientras veía como el recinto se iba llenando poco a poco. Phillipa y Roland Montgomery, los hermanos jefes de la empresa, ya estaban ahí, habiendo llegado los primeros. Bruce también reconoció a Victor Molina, que era hermano de una jugadora de los Portland Giants y con quien Bruce había pasado gran parte de la fiesta el año pasado. Pero Molina o no le vio o no le recordó, y Bruce siguió bebiendo solo. Vio bastantes caras famosas, aunque nadie le prestó especial atención, y le pareció curioso que la impresionante Clarisse Knox, famosa por su belleza, no le pareciera tan espectacular si la comparaba con Danny. Claro, Danny era imposiblemente guapa por naturaleza, pero Clarisse siempre había parecido tan incomparable, que se le hacía extraño pensar que había otra…
Daisy también apareció, con aspecto de estar más relajada, y le instó a socializar, pero a Bruce no le apetecía demasiado. Después del día y medio de intenso trabajo, no le apetecía interactuar con un puñado de gente mayoritariamente esnob y solo interesada en la moda. En realidad, lo único que quería era que aquel evento al que le habían obligado a ir acabara pronto, poderse ir a dormir al hotel e irse a la mañana siguiente a la granja de los Lane, donde iba a poder pasar unos días con amigos y con lo más parecido a una familia que tenía.
Así que cuando llegó la hora de cenar, se situó junto a un grupo de hombres y mujeres bastante mayores que no le prestaron mucha atención. Uno de los hombres, que era solo un acompañante, le reconoció como jugador de quidditch y comentó amigablemente la temporada estadounidense con él. Tuvieron una charla agradable y Bruce le contó un poco qué tal le iba en Australia, pero eso fue todo. Luego el hombre volvió a centrarse en su mujer y los demás tras notar las pocas ganas de Bruce de integrarse en la conversación general. Más tarde, cuando la cena acabó y montones de variedades de alcohol aparecieron para entretener a los invitados, Bruce se quedó apartado en una mesita y probó aquellas botellas que le parecieron interesantes. Victor Molina se acercó a saludarle acompañado de unos amigos, a los que Bruce también reconoció vagamente, pero no se quedaron mucho. Daisy también habló con él, recordándole el lugar y hora de sus próximas entrevistas. También le dio permiso para marcharse, y Bruce, aliviado, le dio las gracias. Se llevó consigo una botella de un magnífico vino de elfo sin estrenar que estaba en una mesita cercana; sería un buen regalo improvisado para los Lane.
Algo que no había echado de menos eran los largos tiempos de espera en las sedes del Congreso para usar la red Flu para pasar de un estado a otro. Aún y así, desde que había puesto un pie en Estados Unidos todo le recordaba con nostalgia los tres años que había vivido ahí, así que pasó los ratos muertos en salas de espera observando a su alrededor con cierto cariño. ¿Cuántas horas habría pasado allí esperando a que les dieran permiso para cambiar de estado e ir a un partido? ¿Y cuando había ido a Salem? ¿Y todas las veces que había visitado a los Lane?
Además, esa vez, la gente le reconocía con bastante facilidad. A esas horas de la mañana todavía no había muchas personas merodeando por ahí, pero muchas de las que se cruzó se le quedaron mirando, seguras de reconocer su cara. Otras le saludaron o sonrieron, y las más valientes se acercaron a hablar con él y pedirle fotos o autógrafos.
Por fin, después de lo que le pareció una eternidad, llegó a la última chimenea. Agarrando su mochila con fuerza, lanzó los polvos Flu, se metió en las llamas azules, pronunció la dirección y todo empezó a dar vueltas. Vio imágenes de salones pasando velozmente frente a él, hasta que todo se detuvo de golpe… Y aterrizó a los pies de la abuela Pauline, que dio un salto del susto.
—¡Por Merlín! —exclamó Pauline, llevándose una mano al pecho, sorprendida—¡Si eres tú, Bruce! ¡No te esperaba hasta más tarde! ¡Jason dijo que tenías una fiesta anoche!
Dicho aquello, Pauline sacó su varita y con un rápido movimiento hizo desaparecer toda la ceniza que cubría a Bruce, y después le abrazó con fuerza. Él le devolvió el abrazo torpemente.
—No me gustan mucho las fiestas—comentó Bruce—, pero sí que me gusta estar aquí. Muchas gracias por invitarme también este año.
—¡Tonterías! ¿Cómo no íbamos a tenerte…?
—¡Bruce!
Era Jason quien había gritado, desde la puerta de la cocina. Llevaba el pijama todavía, estaba despeinado y tenía una sonrisa enorme. Bruce sonrió también, y antes de darse cuenta también estaba abrazando a Jason.
—¡Pero qué moreno estás! Te sienta bien el sol australiano.
—A ti parece que te sienta bien ser capitán. ¿Estás más alto?
Jason se rio y negó con la cabeza. Parecía haberse acostumbrado a afeitarse y apenas tenía pelo en la barba, con lo que parecía más joven que antes.
—Creía que dormirías hasta tarde hoy. ¿No tenías la fiesta de Armory anoche?
—Sí, pero no era muy interesante. Me largué pronto. ¿Está Lily por aquí?
—Llega esta tarde, hoy trabajaba medio día. De hecho, casi todo el mundo llegará hoy en algún momento. De momento solo estamos Rudy, Grace y yo. Rudy volvió hace tres semanas de su última misión y no tiene planes hasta la fecha, y Grace vino de Salem el sábado… ¿Has desayunado ya? ¡Tenemos tortitas!
Bruce había desayunado, pero nadie en su sano juicio diría que no a las tortitas de la abuela Pauline, así que acompañó a Jason a la cocina mientras su abuela se dirigía al exterior. Bruce se sirvió un generoso plato mientras Jason se acababa su desayuno, y cuando estaban acabando entró Grace, la más joven de todos los primos de Jason, frotándose los ojos con pereza y bostezando. Bruce nunca había hablado mucho con Grace, porque era la más pequeña y normalmente la acompañaban un par de amigas suyas con las que pasaba todo el tiempo (y una de ellas le había hecho ojitos a Bruce de una manera que siempre le había dado escalofríos). Pero por lo visto, ese año sus amigas no la visitarían hasta después del día de Navidad.
—Judy ha pasado este trimestre en Castelobruxo—le explicó Grace mientras se servía un enorme tazón de cereales—, y ahora su familia quiere tenerla cerca después de haberse ido a estudiar tan lejos. Y Ariana iba a pasar unos días con la familia de su nuevo novio. Le dije que era una tontería porque llevan juntos solo tres semanas y no tardarán más de otras tres en romper, pero los padres de Tyson tienen una casa en Florida y resulta que Ariana quería ponerse morena.
Grace puso los ojos en blanco, como si le pareciera una estupidez todo el comportamiento de su amiga, y Bruce se aguantó las ganas de reír. Con solo hablar unos minutos con Grace casi a solas, se había dado cuenta de que su actitud le recordaba mucho a Tracey cuando era más joven.
Pero cuando Jason y él terminaron de desayunar dejaron a Grace en la cocina y, tras abrigarse bien, salieron al exterior. Ese invierno había sido frío, y una fina capa de nieve cubría los extensos terrenos que rodeaban la granja. Era agradable; unas Navidades sin frío no eran Navidades.
Bruce y Jason pasaron el resto de la mañana hablando sobre sus vidas en los últimos meses, poniéndose al día de todo lo que se habían perdido en ese tiempo sin verse. Hablaron sobre quidditch y cómo les estaba yendo con sus respectivos equipos, sobre la nueva responsabilidad que tenía Jason y cómo se había adaptado Bruce a su nuevo equipo, sobre los nuevos compañeros y los viejos… Y también sobre varios otros temas de actualidad, como el rumoreado cambio en la presidencia del Congreso o la polémica de las Snitches de Alas Dobladas con su último disco:
—Hay quien dice que la canción de Tell'em the truth se puede interpretar como querer revelar la existencia de la magia a los muggles—le explicó Jason, ya que Bruce no había llegado a enterarse del todo de la situación—, y contarles todas las atrocidades que han pasado en el mundo mágico y todo lo que se les ha escondido. Pero cuando les preguntaron a las Snitches, TJ dijo que solo hablaba de una pareja en la que ambos tomaban malas decisiones… aunque la prensa no le hizo mucho caso, claro, y ya te puedes imaginar el lío que se ha montado.
Pero Jason no le preguntó por Danny y Bruce tampoco la mencionó, y a la hora de comer se reunieron con los abuelos Fred y Pauline, Grace y Rudy; el mayor de todos los primos se había despertado poco antes de mediodía, y aunque apenas recordaba a Bruce, no tuvo ningún problema para narrarle con entusiasmo todo lo que había hecho en su última misión de investigación en la Antártida. Rudy era un comunicador excelente, y Bruce escuchó sus historias con sincera atención.
Después de comer, todos ayudaron a asegurarse de que la casa estaba lista para recibir a los demás huéspedes. Repasaron la organización de habitaciones, contaron toallas e hicieron inventario de comida, y Jason y Bruce cortaron leña para la chimenea mientras Rudy y Grace barrían por última vez los suelos (ninguno de los cuatro hizo eso por métodos muggles, por supuesto). Y luego, la gente empezó a llegar.
No tenía ningún sentido intentar recordar el orden en el que habían llegado, porque hasta bien entrada la noche todo fue un verdadero caos de gente saliendo por la chimenea o aparcando frente a la entrada. Los primeros fueron obviamente los que vivían habitualmente allí, Susan y Alfred, los padres de Rudy; después, Bruce ya no podía recordar más, porque estuvo sumido en saludos, reencuentros, abrazos, charlas y novedades sin parar. Lily llegó en algún momento cerca de las cinco de la tarde, y le abrazó más fuerte que nadie y le riñó por escribir tan poco (pese a que Bruce se estaba esforzando mucho por mantener el contacto), pero no tuvieron tiempo para hablar en privado. Incluso tuvieron a gente llegando durante la cena; cena que, por otra parte, fue la más ajetreada y multitudinaria que Bruce había tenido en muchos meses. Ni la cena de la noche anterior con Armory había sido tan bulliciosa y animada como aquella.
Por fin, a las diez de la noche llegó la última de las personas que esperaban ese día; era Mark, el primo muggle, que había conducido desde su casa en Oklahoma hasta ahí. Las únicas que faltaban eran dos primas: Madeleine, que también era muggle y tomaría un avión a la mañana siguiente para llegar desde California, y Cleo, que estaba en Afganistán y había conseguido un permiso de cuarenta y ocho horas unos días más tarde. Y como era la víspera de Navidad, nadie se quiso ir a dormir pronto, y todos remolonearon alrededor del salón y el comedor durante horas. Bruce pasó casi todo el tiempo junto a Jason, Lily y Alison (una de las primas favoritas de su amigo), aunque también se interesó por la vida de Mark, quien por fin había acabado la universidad y había encontrado trabajo, y charló animadamente con Elliott, quien por primera vez desde que Bruce le conocía no había invitado a ninguno de sus amigos a pasar la Navidad en la granja. Según le contó, sus amigos Nadia y Kevin habían roto, porque esa temporada habían sido transferidos a dos equipos diferentes y no habían sobrellevado bien la distancia; Bruce lo lamentó, puesto que Kevin y Nadia siempre le habían caído bien, y eran dos jugadores de quidditch bastante decentes. El tercero de sus amigos, Howard, tenía problemas familiares que Elliott no quiso concretar, y él no insistió.
También habló con muchos de los demás, por supuesto. La tía Susan era una gran fanática del quidditch, y siempre estaba dispuesta a hablar con él sobre los últimos acontecimientos del deporte en cualquier parte del mundo. La tía Lucy compartió sus impresiones de cuando ella había estado en Australia, hacía ya siglos. Amelie y su novio Peter hablaron con él de muchas cosas, pero no de su boda, ya que por lo visto tenían suficiente con hablar de ello con todo el mundo. El tío Roger quiso saber si los escándalos políticos que había habido recientemente en Australia eran tan graves como la prensa internacional quería pintar, o si todos se lo estaban tomando con más calma…
Pero cuando ya se hizo muy tarde (y después de que casi todos hubieran dejado sus regalos alrededor del gigantesco árbol de Navidad del salón), la gente empezó a irse a dormir. Bruce compartía una habitación con Mark, algo que ya se estaba volviendo una costumbre, pero le dejó charlando con Amelie mientras él, cansado, se iba a dormir.
No se había esperado encontrarse a Jason y Lily sentados tranquilamente encima de su cama, esperando pacientemente a que él llegara.
—¡Por Merlín, Bruce! —exclamó Lily, poniéndose en pie de un salto y arrastrándole de un brazo hacia el exterior de la habitación sin miramientos—Creíamos que no subirías nunca. Jason estaba pensando en irse a dormir ya.
Jason le dirigió una media sonrisa culpable, pero no dijo nada mientras Lily le arrastraba a través del rellano y le hacía entrar en la habitación que compartían ellos dos.
—¿Se puede saber por qué me estabais esperando?
—¡Cómo si no lo supieras! —bufó ella, poniendo los ojos en blanco—Hay cosas de las que no podemos hablar en frente de los demás, pero que tienes que contarme ya. A ver, háblame sobre esa Danielle Lewis. ¿Cómo de cierto es lo que dicen en las revistas y por qué no me has hablado de ella?
Lily se había sentado con las piernas cruzadas sobre la gran cama doble que ocupaba toda la habitación y Jason no había tardado en sentarse a su lado, mirándole con curiosidad. Bruce suspiró. No le quedaba más remedio que pasar por eso. Debería habérselo imaginado desde el primer momento, y la sospecha se había ido agrandando a lo largo del día, al ver que ninguno de sus amigos sacaba el tema. Claro que se estaban reservando para hablarlo a solas… Así que se sentó en una esquina de la cama y deseó que aquello acabara rápido.
—Danny es mi compañera de equipo, buscadora. Es de Sídney y tiene un año menos que yo. Nos llevamos bien desde el principio, me fui dando cuenta de que me gustaba, y nos besamos y comenzamos a salir después del partido contra los Fighters… Eso fue a mediados de noviembre. Nos pilló la prensa de inmediato. Justo antes de irme a Nueva York hablamos con un poco de seriedad del tema y bueno, decidimos que éramos pareja. No hay mucho más que contar.
—Guau—dijo Lily, mirándole con estupefacción—. ¿Estás enamorado de ella?
—No—respondió él de inmediato. Había sido sincero y no pensaba añadir más, pero la mirada de Lily le forzó a continuar—. Llevamos un mes teniendo algo, es demasiado pronto para pensar en eso. Me gusta, y me parece muy interesante… Pero amor es una palabra demasiado grande.
—Lo sé. Pero como siempre has sido del tipo que prefería ir despacio… Me ha parecido muy fuerte que después de un mes saliendo la consideraras tu novia, así que he pensado que a lo mejor es que te habías vuelto loco por ella—se explicó Lily—. Estoy sorprendida, nada más.
—Ya lo sé—contestó Bruce, pasándose una mano por el pelo, cansado—. Yo también habría preferido tomármelo con más calma, pero la prensa se metió enseguida y precipitó las cosas… Y luego Danny preguntó qué éramos y ella quería algo serio, así que no sé, supongo que me dejé llevar.
—Así que lo decidió ella, no los dos.
—Sí, supongo. Para mí definirnos como una pareja no cambia mucho las cosas, pero a ella le hacía feliz, así que no me supone un problema. Yo no pienso comportarme diferente ni forzar nada.
Lily ahora le miraba frunciendo el ceño.
—Bruce, ¿cómo es Danny? De personalidad, me refiero.
—Es bastante tímida, muy educada y amable. Se preocupa mucho por los demás y es muy servicial, siempre quiere agradar y ayudar. Y no le gusta la confrontación.
—¿Es ella quien controla la relación? ¿Quién decide qué hacéis, dónde vais y cuándo vais a estar juntos?
—Normalmente sí…—respondió él, y entonces entendió a Lily—Espera, no, ya sé por dónde vas, y Danny no es así. No me está usando, ni manipulando ni nada por el estilo. Es muy buena persona, probablemente incluso más de lo que debería; no es capaz de algo así.
Lily suspiró y su gesto se relajó. Jason, que todavía no había dicho ni una sola palabra, le acarició el brazo.
—Vale, Bruce. Solo es que… quiero asegurarme de que no te hace daño. La veo en las fotos, y es tan guapa y tiene una cara de niña buena que me recuerda tanto a Daphne, o a Ella Wilkins, o a Nerissa Brody… Que ya sabes qué clase de brujas manipuladoras pueden llegar a ser. Y tú eres uno de mis mejores amigos. No quiero verte siendo el muñeco de una mujer así.
—No tienes que preocuparte por eso, Lily—aseguró Bruce—. Te lo juro, Danny no es así. ¿Crees que me dejaría manipular tan fácilmente?
—Supongo que no—concedió ella—. Pero los hombres podéis ser muy ciegos.
—¡Oye! —Jason abrió la boca por fin para protestar brevemente, pero Lily le dirigió una mirada que claramente decía que no iba para él, y Jason volvió a callarse.
—No con Danny—repitió Bruce—. En serio, es buena chica, te caería bien. Es inofensiva. Si es ella quien toma las decisiones, es porque lleva mucho tiempo sin una relación seria y seguimos sus tiempos.
—Tú también llevas muchos años sin una relación seria.
—Pero para ella es diferente. Danny y los hombres… es complicado de explicar sin darte detalles muy privados sobre ella, pero Danny no suele estar cómoda con la mayoría de hombres. Pero por alguna razón, conmigo es diferente, y quiero que siga así. Quiero que se sienta cómoda con lo que tenemos, así que es ella quien decide cómo avanzamos.
—Siempre el perfecto caballero, Bruce Vaisey. Quién lo iba a decir cuando te conocí—comentó Lily meneando la cabeza, y a continuación le dirigió una media sonrisa—. Vale. Está bien, me parece bien, lo entiendo. Solo es que… No quiero que para que ella se sienta cómoda, tú tengas que hacer cosas con las que no estés cómodo.
Bruce asintió, entendiendo la preocupación de Lily. Él también tenía sus dudas, por supuesto, aunque eso no se lo iba a contar. Fingía estar más seguro de lo que estaba en realidad, y esperaba que con el tiempo todo iba a parecerle cada vez más normal, más natural, menos apresurado. Como Lily había dicho, él también llevaba mucho tiempo soltero y tenía que volver a acostumbrarse a estar con alguien.
—Entiendo entonces que Danny es una mejora respecto a Gina—dijo Jason sonriéndole, cuando finalmente pareció que Lily no iba a añadir nada más.
Bruce soltó una carcajada.
—Sin duda. Para empezar, es una persona razonable que no se comporta como una adolescente vengativa. Por cierto, ¿qué pasa con Gina? Alex me dijo que últimamente tiene un comportamiento bastante raro, pero nada más.
—Oh, bueno, es que en verdad no hay mucho más que decir, porque no sabemos más—explicó Jason, encogiéndose de hombros—. Desde que empezó la temporada está cada vez más relajada, más centrada en el quidditch y apenas discute, ni siquiera con Robert. Sale poco de noche, y cuando lo hace se va pronto, pero como te imaginarás, no ha contado a nadie ningún porqué. Tenemos teorías, claro. Creemos que se está viendo en secreto con alguien, y Robert cree que vuelve a tener algo con Brian, pero nadie tiene pruebas.
Bruce escuchó con sorpresa esa suposición. ¿Gina y Brian teniendo algo otra vez, después de todo lo que había pasado? Sonaba descabellado, la clase de teoría loca que solo se le ocurriría a Robert. Y sin embargo, una voz en el fondo de su cabeza le decía que no sería del todo sorprendente… No conocía a muchas personas más imprevisibles e impulsivas que Gina y Brian.
Siguieron charlando unos pocos minutos más, hasta que los tres empezaron a bostezar y Bruce les dejó para irse a dormir a su habitación, donde se encontró a Mark ya roncando débilmente. Tendrían todo el día siguiente para seguir hablando de muchas cosas más. Al fin y al cabo, era Navidad.
—Vi a mi madre—dijo Bruce en tono casual, pero bajo.
Lily le miró abriendo los ojos y la boca como platos. Tardó varios segundos en reaccionar:
—¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Por Merlín, Bruce, no puedes soltar algo así y quedarte callado.
Bruce era muy consciente de ello, así que se armó de paciencia y le explicó lo que había ocurrido a Lily.
Era la tarde de Navidad, y estaban solos en una esquina del enorme salón. La mayoría de la familia, llena hasta los topes de la deliciosa comida, estaba echándose una buena siesta, o escuchando el programa especial navideño de la radio, o jugando al ajedrez, o aprovechando sus nuevos regalos o charlando en voz baja con otros familiares. Jason se había escapado con Alison y Madeleine, quien había llegado esa mañana. Lily se llevaba bien con las dos chicas, pero sabía que Jason necesitaba el tiempo a solas con sus dos primas favoritas. Así que Lily se había quedado con Bruce, y él había decidido contarle su secreto. Ella era de las pocas personas en el mundo que conocía la historia completa de lo que había pasado con su madre y cómo estaba su padre. Y aunque a Bruce no le gustaba pensar en lo que había pasado, necesitaba contárselo a alguien. Lily era la persona ideal. Ella era una persona racional, y siempre había sido capaz de leer las verdaderas motivaciones de la gente con una facilidad pasmosa. Tal vez, ella podría echar algo de luz sobre todo lo que había pasado.
Por eso se lo contó todo, y se quedó atónito cuando Lily comentó:
—Te echa de menos.
—¿Cómo? —exclamó Bruce, frunciendo el ceño.
—A ver, déjame explicar—continuó Lily, y se sentó mejor en el sofá—. No la estoy justificando, en absoluto. Lo que hizo hace quince años fue algo horrible. No solo el abandonarte, sino todo lo de largarse sin explicación ni nada, solo porque no quería lidiar con las consecuencias… Fue una persona y una madre horrible, Bruce. Y estoy segura de que ella lo sabe. Supongo que por eso nunca contactó contigo en todos estos años. Teniendo una nueva y bonita vida en Australia, pensar en ti tenía que recordarle su pasado y la vergüenza que sentía por las cosas horribles que había hecho para huir, por lo que prefería ignorarlo. Hacer como que no existías, que no te recordaba. No es algo valiente ni correcto, pero mucha gente hace cosas incorrectas y cobardes para salir adelante. Y entonces, tú llegaste a Australia… E ignorarte se convirtió en algo imposible. ¿Cómo iba a fingir que no existías, que no tenías relación con ella, cuando apareces cada dos por tres en todos los periódicos y revistas? Tu aparición le hizo recordar todo su pasado, lo que había hecho. No sé cómo de enterrado debía estar en su memoria después de tantos años, pero seguro que lo suficiente como para que su vuelta a la superficie fuera muy dolorosa. Le hiciste recordar todos sus peores actos. Recordó como había abandonado a su hijo sin dejar más que una nota, y se arrepintió tanto que intentó buscar tu perdón.
Bruce y Lily se quedaron en silencio, mirándose.
—¿Eso crees que le pasó?
—Trato de ponerme en su lugar y sí, eso creo. Mira, Bruce, no trato de decirte que debas perdonarla. Lo que hizo contigo fue horrible, y tienes todo el derecho del mundo a estar furioso y no querer saber nada de ella. Lo único que te pido es que pienses en el estado límite en el que debía estar cuando tomó la decisión de largarse hace quince años. Fue un acto terrible y cobarde, probablemente la peor opción para acabar con su problema, sí, pero nadie toma una decisión así sin sentir de verdad que ya no puede más.
Bruce respiró profundamente. Varias veces. Pensó en lo que Lily había dicho, en el punto de vista que le había presentado. Él no se había parado a analizarlo tan detalladamente como Lily había podido hacer en cuestión de minutos. Era… complicado. Seguía enfadado con ella, pero ahora había un atisbo de entendimiento.
Suspiró.
—¿Qué sugieres que haga, Lily?
—¿Sinceramente? Si crees que vas a ser capaz de estar con ella sin gritarle y escuchándola, dale una oportunidad. Deja que se explique, aunque debes aceptar que es probable que vaya a decepcionarte. Pero si lo ves posible, déjala hablar, déjala desahogarse. Después de todo, eres su hijo y te quiere. Te ha echado de menos todo este tiempo, aunque haya suprimido sus emociones. Deja que intente disculparse.
Al día siguiente Bruce se levantó temprano. Solo estaban despiertos los más madrugadores: el abuelo Fred y Joseph, el padre de Jason, y ambos estaban desayunando tranquilamente en la cocina café y tostadas mientras leían el periódico juntos. Bruce desayunó algo rápido y se guardó un paquetito de galletas caseras del día anterior para comer a lo largo del día, y después se despidió de los dos hombres antes de marcharse por la red Flu.
Tardó un poco menos de lo normal en llegar a Armory, ya que los pasillos de las sedes del Congreso estaban prácticamente vacíos. De hecho, hasta tuvo que esperar a Daisy en recepción. La joven llegó cinco minutos más tarde que él y le descubrió esperando con sorpresa. Aunque Bruce nunca llegaba tarde, Daisy parecía muy poco acostumbrada a trabajar con gente puntual.
—Vale, tenemos una hora para repasar lo que debes decir hoy. ¿Crees que podrás? —le preguntó ella, alzando una ceja.
Bruce asintió. Daisy tenía mucha mejor cara que unos días atrás, y las ojeras habían desaparecido.
—Claro. Ya soy un experto en esto.
Después de haberlo hecho tantas veces, sabía lo que tenía que decir en las entrevistas. Solo tenía que hablar mucho sin decir nada claro, y asegurar que Australia no estaba suponiendo ningún problema para continuar con Armory. Probablemente, hasta debería decir que el cambio de aires le estaba ayudando a "expandir sus horizontes". Era una expresión que por alguna razón misteriosa, le encantaba a todos los reporteros de moda que conocía.
Pero igualmente repasaron las preguntas más típicas, Daisy le hizo unas cuantas correcciones, le explicó cómo debían tratar las novedades de la colección y poco más. La chica pareció bastante satisfecha, y luego solo tuvieron que esperar a que llegara la hora de empezar.
Fue tan tedioso como siempre, sin duda, y a la tercera entrevista ya se estaba muriendo del aburrimiento. Todo era repetitivo, las mismas preguntas sin cesar. Antes de la comida habló con reporteros estadounidenses y canadienses, y después, con extranjeros. Fue por la tarde cuando el aburrimiento dio paso al desagrado; uno de los reporteros, un australiano, cómo no, le preguntó por su vida personal.
—No voy a hacer comentarios al respecto—respondió Bruce con sequedad.
—Pero en las pasadas semanas se te ha visto en actitudes más que cercanas con Danielle Lewis—insistió el hombre—. ¿No quieres dejar claro lo que hay entre vosotros?
—Creo que llevo mucho tiempo dejando claro que mi vida privada no concierne en absoluto a la prensa.
—¿Entonces significa eso que…?
—Vaisey ha dejado muy claro que no te va a responder preguntas de esas—le cortó Daisy, hablando con firmeza—. Así que me temo que o cambias de tema, o se ha acabado tu tiempo.
El reportero cambió de tema obedientemente y se decidió por hablar de telas y texturas, y el resto de la tarde se desarrolló sin más incidentes, aunque Bruce siguió ligeramente fastidiado el resto del día. No había forma de evitar el tema.
Cuando por fin acabaron con todas las entrevistas se sintió aliviado. Daisy también tenía aspecto de estar satisfecha con el resultado, y hablaron un poco mientras se dirigían a la salida. Bruce le ofreció una de las galletas de la abuela Pauline que todavía le quedaban.
—¿Sabes, Bruce? No estás tan mal—comentó Daisy, aceptando la galleta y mordisqueándola—. A veces se me olvida. Trabajar con todos estos modelos esnobs todos los días hace que acabe odiándolos a todos, pero tú eres raro. O normal, según se mire. Es un cambio agradable.
—No me digas ahora que te caigo bien o se me van a subir los humos—bromeó Bruce.
Los dos rieron antes de despedirse; Daisy también le informó de que las nuevas fotos saldrían a la luz poco después de Año Nuevo. Se mantendrían en contacto por temas de futuro trabajo.
Bruce regresó a la granja de los Lane para encontrarse con una agradable novedad: Cleo había regresado de Afganistán hacía solo unas horas. Se quedaría solo dos días, pero era suficiente para contentar a su familia.
Bruce apenas pudo hablar con ella con lo solicitada que estaba. Solo vio que estaba bien, feliz, aunque tenía aspecto de estar algo cansada. Dijo que en las últimas semanas habían estado bastante ocupados, aunque no podía dar más detalles. En el brazo izquierdo tenía una cicatriz grande y desigual, con pinta de ser muy reciente, pero Cleo le quitó importancia:
—La operación fue bien, que es lo importante, y salvamos vidas. Esto se curará pronto.
Al día siguiente, lo único que pudo averiguar fue que Cleo seguía estando con el tipo noruego de su campamento, Ralf Magnussen, y que estaban pensando en irse a vivir juntos en algún lado cuando todo aquello terminara. Después Sam y Jack, los amigos de Cleo, llegaron de visita y prácticamente la secuestraron. Bruce, que tenía un avión que coger, no volvió a verla. Se despidió del resto de los Lane, de Jason y Lily, y se marchó hacia Nueva York, hacia el aeropuerto. Hacia Londres.
Se reunió con Cho el lunes por la mañana. Se había vestido con traje para parecer más serio, como Cho le había recordado, y hasta se había puesto las gafas de mentira que le habían regalado años atrás. Cho parecía satisfecha con el resultado.
—Nuestra primera visita es al sur de Londres—le informó Cho—, a una hora en coche de la ciudad, en medio del campo. Está bien aislada y es amplia. Un poco antigua, tal vez, pero con buenos muebles se puede hacer magia. No literalmente, claro. O sí, si tienes en cuenta…
Llegaron a la casa ellos solos, y en la entrada se encontraron con un señor vestido formalmente que les dio la bienvenida y les guio a través de las diferentes habitaciones.
No era para Bruce, lo supo nada más cruzar el portal. La verja que rodeaba la propiedad era bonita, sí, alta y con enredaderas que le daban color, y daba acceso a un patio frontal embaldosado y con una fuente de piedra en el centro. Pero al entrar en la casa vio que era demasiado para él. Todo era muy grande, los techos de todos los pisos eran exageradamente altos, las paredes estaban recubiertas de una madera muy oscura que daba una cierta sensación de opresión a pesar del tamaño de las salas… Y el patio trasero, aunque era ciertamente amplio, estaba rodeado por una valla baja de madera y quedaba expuesto a los campos que lo rodeaban; si bien no había nadie en esos momentos, eran campos de cultivo, y en algún momento u otro habría gente trabajando en ellos.
Se lo explicó a Cho cuando se quedaron un rato a solas, y ella asintió y tomó apuntes en un bloc de notas que extrajo de su bolso.
—Entendido—dijo Cho—. Ahora, vamos a deshacernos del señor Potts y vamos a ver nuestra siguiente opción.
—¿Ahora? —repitió Bruce, sorprendido.
—Tengo un hijo de un año esperándome en casa—respondió Cho, como si eso lo dijera todo, aunque añadió una frase más—. No voy a pasarme tres días enteros en Navidades trabajando.
Así que distrajeron al elegante señor Potts para que no se sorprendiera de que abandonaran la casa en medio de la nada caminando, y en cuanto pudo Cho puso una mano sobre su brazo y se desaparecieron.
Aparecieron a las afueras de un pueblo pintoresco, bajo unos árboles al lado de la carretera que se adentraba en la población. Llovía ligeramente, pero calaba rápido, y Bruce no se sorprendió de que Cho, previsora, sacara un paraguas negro de su bolsillo.
—Bienvenido a Calvert—le dijo ella, abriendo el paraguas y ofreciéndole un hueco bajo él. Bruce decidió llevarlo y Cho le agradeció con una inclinación de cabeza antes de echar a andar—. El típico pueblo en el que nunca pasa nada. Menos de dos mil habitantes, a una hora y media del centro de Londres. Tienen una propiedad en venta justo aquí al lado.
Esta vez les recibió una mujer mayor, pasados los sesenta años, aunque vestida tan formalmente como toda la gente que Bruce había visto en aquel negocio. Les mostró la casa de ladrillo rojo: amplia, renovada no hacía mucho tiempo, con cuatro habitaciones y un patio trasero de tamaño decente rodeado por una espesa maraña de cipreses. Estaba justo en el límite del pueblo, así que los vecinos no iban a ser un problema.
No estaba mal, la verdad, mucho mejor que la primera opción. Podía imaginarse viviendo ahí, dedicando la habitación de la planta baja a los libros y trofeos… Había ciertos detalles que no le acaban de convencer, como el aire algo deprimente de los cipreses, y que fueron lo que evitó que dijera sí en ese momento.
—No pasa nada—replicó Cho, sonriente, cuando acabaron la visita—. Mañana tenemos tres visitas más. Y por lo que creo, te van a gustar.
Tenía la tarde libre, así que hizo lo más sensato que se le ocurrió: se apareció en casa de Tracey y Theodore. Él le dio la bienvenida con una sonrisa, mientras que ella le abrazó con fuerza mientras le recordaba que la gente normal avisaba antes de hacer una visita.
—Venga, Tracey, ¿cuándo he hecho las cosas como el resto de la gente? —bromeó Bruce.
—Nunca—bufó ella.
—Con esto quiere decir que se alegra de verte—comentó Theodore—, pero no sabe expresarse bien.
—Soy periodista, Nott. Sé expresarme mejor que tú.
—Cualquiera lo diría—le pinchó Theodore, y Tracey le sacó la lengua infantilmente.
—Vamos, Bruce. Te demostraré mi aprecio emborrachándote a base de vino caro—dijo Tracey.
Así que eso hicieron: pasaron el resto de esa lluviosa tarde londinense en el salón de casa, bebiendo vino y poniéndose al día. Bruce les habló de Australia y de sus últimos días en Estados Unidos; ellos también se habían enterado del asunto de Danny, pero no porque hubiera salido en la prensa inglesa (aún) sino porque Lily se lo había contado. Pero por suerte, ninguno de los dos hurgó demasiado en el tema. Le hicieron unas pocas preguntas, fáciles de responder, y pasaron a algo más interesante: preferían los cotilleos locales.
Por lo visto, los Greengrass ya no estaban recluidos en su mansión, y Daphne había adoptado una actitud más razonable, aceptando quedarse a vivir con sus padres mientras su hija fuera pequeña. Otro que estaba a punto de tener una hija era el hermano mayor de Pansy Parkinson; a su mujer le faltaban pocos días para salir de cuentas, y Pansy se las arreglaba para cruzarse en el camino de Tracey con inusitada frecuencia para presumir de futura sobrina. También resultaba curioso que del encierro de los Greengrass hubiera salido un compromiso, ya que la prima mayor de Daphne, Adelaide, había anunciado por fin que se iba a casar con Lucian Bole. A Rud Harper, el compañero de clase de Bruce, se le había visto mucho últimamente con Tracey Nettlebed, un año más joven; y Maureen Tofty aseguraba que lo que había entre Ralph Hodwood (otro compañero de dormitorio de Bruce) y Scarlett Wagtail (quien también era de su curso, pero era una Ravenclaw, y encima prefecta) era algo serio y no solo un tonteo. Por otro lado, se rumoreaba que Miles Bletchley había pagado una cuantiosa suma a los investigadores del Ministerio para que pasaran por alto ciertas irregularidades del negocio de su hermano Kevin, y todo el mundo sabía que a Roger Davies le habían ascendido a subdirector de su Departamento porque su jefa estaba obsesionada con él. Y había rumores de que Neville Longbottom había ganado suficiente prestigio como herbólogo como para sustituir a la profesora Sprout quien, por lo visto, estaba pensando en tomarse como mínimo un año sabático para disfrutar de sus nietos (Bruce no tenía ni idea de que Sprout hubiera tenido siquiera hijos, por no hablar de nietos).
Así que Bruce escuchó los cotilleos, oyó con paciencia las teorías de Theodore y los rumores de Tracey, y bebió mucho vino. Era como viajar hacia el pasado… aunque el alcohol era de mucha mejor calidad que cuando eran apenas unos adolescentes.
Era esa. La segunda casa del día. Esa iba a ser suya.
Estaba al oeste, tirando ligeramente hacia el sur, de Londres, a aproximadamente una hora y media de distancia. Estaba a las afueras de un pueblo algo mayor que Calvert, con alrededor de diez mil habitantes. Pero no estaba pegada a las demás casas del pueblo, sino que quedaba a unos diez minutos de paseo a pie por una carretera estrecha que apenas era carretera, encajada entre prados y bosquecillos. Una valla de madera color miel, de poco más de un metro de altura, rodeaba lo que era un pequeño patio de entrada con varias plantas repartidas aquí y allá, con un limonero grande cerca de la puerta. La casa, de dos pisos de altura, era de ladrillos de un color terroso, que junto al tejado rojizo e inclinado le recordó de inmediato a las casas de Italia, de Taormina. El interior era luminoso, de paredes blancas y con un gran salón con ventanales; parecidos a los de su casita en Wollongong, pero a lo grande. La escalera que daba al piso superior era de piedra, situada en el salón, y el pasillo de arriba era abierto, por lo que desde donde ya se imaginaba que iría el sofá podía ver las puertas de las habitaciones superiores. Y el jardín trasero… también estaba rodeado por una valla baja, pero la casa estaba encajada justo en la linde de un bosque; y los árboles, altos y tupidos, daban total privacidad a la parte posterior, mientras que desde la entrada se podía ver el pueblo muy cerca. Hasta se oían las campanadas de la iglesia del pueblo de fondo si el viento soplaba en la dirección correcta. No lo había sabido hasta ese momento, pero un lugar así era justo lo que estaba buscando.
Cho le preguntó si estaba seguro, y se alegró de que así fuera. Tuvieron que visitar la tercera casa del día de todos modos, pero lo hicieron rápido y volvieron a Londres justo después, donde tomaron una comida rápida antes de ir al despacho de Cho y firmar unos cuantos papeles y pergaminos. Todavía quedaban unos cuantos detalles por arreglar, pero Cho y los dueños podrían encargarse de prácticamente todo. Le contactaría si era necesario, pero de lo contrario, lo próximo que recibiría sería un paquete oficial con las llaves y todo lo que confirmaba que la casa era suya.
Tenía una casa. Exclusivamente suya.
Pasó el día que le quedaba en Londres con Theodore y Tracey. Les contó la buena noticia, y los tres pasearon por Londres y cenaron fuera. Cuando pasaron rápidamente por el Caldero Chorreante se cruzaron con Raimond Urquhart y Millicent Bulstrode, quienes iban hacia el callejón Diagon. A Bruce le sorprendió encontrárselos juntos; hacían una pareja rara y no se lo habría imaginado juntos. Theodore y Tracey también parecían sorprendidos, como si no supieran nada al respecto, y cuando los dos se marcharon Tracey masculló lo indignante que era que Millicent no le hubiera dicho nada. Hannah Abbott, que estaba organizando unos platos humeantes de comida cerca de donde ellos se estaban tomando la cerveza de mantequilla de cortesía, les sonrió con aire pícaro y soltó una risita.
—Si supierais todo lo que veo por aquí…—comentó con tono misterioso—¿Bulstrode y Urquhart? Tuvieron su primera cita aquí, hace ya unos cinco meses. Urquhart le trajo un ramo de margaritas, fue encantador.
Bruce casi se atragantó con su cerveza tratando de contener la risa. Le costaba definir cualquier cosa que hiciera Raimond Urquhart, su enorme ex capitán del equipo de quidditch de Slytherin, como "encantadora". Cruzó una mirada divertida con Theodore, que parecía estar a medio camino entre la diversión y el escepticismo, pero Tracey escuchó con interés lo que Abbott tenía que decir. Para cuando se marcharon, Tracey también había averiguado que Sally-Anne Perks y Anthony Goldstein habían empezado a salir hacía muy poco, y que Padma Patil había estado saliendo informalmente durante un buen tiempo con Roger Davies y Jack Sloper a la vez antes de decidirse definitivamente por Davies.
Cuando llegó la tarde del treinta y uno, Bruce no quería marcharse a Nueva York para pasar una estúpida fiesta de fin de año rodeado de desconocidos. Durante un rato, fantaseó con la idea de no coger el traslador y decir que no había llegado a tiempo. Sería tan agradable quedarse en Londres… Aunque eso significara tener que acompañar a Tracey y Theodore a una fiesta con antiguos compañeros de clase. Maureen Tofty iba a estar ahí. Nadie del clan Greengrass iba a ir (ya tenían su fiesta privada en su mansión), pero sí que estarían gran parte de los chicos del equipo de quidditch. Parecía mentira que nunca se hubiera llevado especialmente bien con la mayoría de ellos, pero que pasados los años sintiera esa especie de melancolía… No habían sido nunca un buen equipo, pero habían tenido un ambiente de camaradería bastante bueno, especialmente en sus últimos años en el equipo.
Pero sabía que si no iba a esa fiesta, Daisy le mataría. Y tendría muchas más repercusiones. Así que solo se agarró con fuerza al traslador, respiró hondo y dejó que le trasladara al otro lado del océano.
—¡Eh, pero si eres tú, Vaisey! ¡Creí que no te vería aquí este año! ¿No deberías estar en Australia?
Bruce llevaba diez minutos en la fiesta, y esa era la primera cara que estaba contento de ver. Tom Calcetines. Tom había sido su salvador en la fiesta del año anterior, cuando se habían dedicado a emborracharse y a robar comida aquí y allá. Acompañando a Tom había una chica algo rellenita, que le sonreía con timidez. Parecía algo agobiada de estar en un lugar con tanta gente; Bruce reconoció su gesto de inmediato porque él no se sentía mucho más a gusto.
—Obligaciones del contrato. Por lo visto, ni vivir en la otra punta del mundo me exime de venir a esto.
Tom Calcetines sacudió la cabeza y chasqueó la lengua, como si ya conociera esa historia.
—Entiendo. Yo estoy igual. Pero este año tengo a la mejor acompañante del mundo. Bruce, te presento a Betty. Es la persona más lista del mundo, y es sanadora. Betty, este es Bruce Vaisey, estrella mundial del quidditch y modelo ocasional.
Curiosamente, Bruce y Betty pusieron en blanco los ojos a la vez, haciendo reír a Tom.
—Sabemos que Tommy es dado a exagerar—dijo Betty con sarcasmo. Sonaba extraño, porque tenía una voz muy dulce—. No soy tan lista. Pero sé quién eres. Sales en todo tipo de revistas y periódicos.
—Yo tampoco soy una estrella mundial—repuso Bruce.
—Todavía—apuntó Tom—. Espera un poco más.
Al final, fue una velada más agradable de lo esperado. Tom le contó que le habían trasladado a los Tucumcari Uros, que no era un equipo mucho mejor que los Mooncalfs, pero ahí al menos tenía la oportunidad de ganar algún que otro partido. Betty, siguiéndole, se había trasladado sin muchos problemas al hospital más cercano, el de Albuquerque, y los dos hacían una pareja estupenda y de lo más entretenida, porque se estaban pinchando el uno al otro todo el rato. También le servían a Bruce de excusa cuando se le acercaba alguien a intentar entablar conversación con él; no quería pasarse toda la noche repitiendo la misma historia a gente que solo estaba interesada en las apariencias.
Pusieron en marcha el juego favorito de Tom, que era el de probar todos los tipos de alcohol de la fiesta, y nadie defraudó: los tres se dedicaron a ello con un gran esfuerzo, investigando todas las mesitas desperdigadas por la sala y estando muy atentos a cuando se cambiaban las botellas. También estuvieron pendientes de la comida, aunque eso era más fácil; no muchos de los invitados estaban muy interesados en comer, sino en beber y en hablar con mucha gente, gran parte de ellos en busca de una cita para esa noche. Bruce se cruzó con Daisy en un momento del evento, y la joven le dijo precisamente eso:
—Estoy buscando un acompañante, y definitivamente tú no me vales. Así que ve por ahí, diviértete y déjame seguir a lo mío—le dijo guiñando un ojo.
Pocos segundos después descubrió que no le había guiñado un ojo a él, sino a un tipo unos metros por detrás, pero no le afectó demasiado. Bruce se encogió de hombros, la dejó ir y cogió un pastelito de color naranja que flotaba cerca con curiosidad. ¿Sería de zanahoria o calabaza? Le dio un rápido mordisco: zanahoria. No estaba mal.
Cuando llegó la medianoche ya estaba considerablemente borracho, por lo que llevó la cuenta atrás a voz en grito con todos los demás presentes. Celebró el cambio de año brindando solo, ya que Tom y Betty estaban muy ocupados besándose apasionadamente, pero no se molestó; casi había llegado a la mitad de la botella de champán cuando Tom y Betty volvieron la realidad y le reclamaron que la compartiera:
—¡Es el primer año que consigo atrapar una botella entera antes de que desaparezca! —exclamó Tom, quitándosela de las manos con movimientos algo torpes—¡Quiero saborear mi triunfo!
Betty rio por alguna razón, y un segundo después los tres estaban riendo sin poder parar.
Aquello se alargó un poco más, hasta que en una excursión de Bruce al baño se fijó lo suficiente en su alrededor para darse cuenta de que estaba rodeado de parejas, muchas de las cuales necesitaban una habitación con urgencia. No se detuvo a analizar quién estaba con quién. Simplemente tomó la decisión de marcharse, y salió del lugar sin más problemas tras decirles adiós rápidamente a Tom y Betty, en dirección a su hotel.
Se durmió casi de inmediato, borracho y agotado. Lo último que pensó era en que había pasado otro año. Un año en el que habían pasado muchas cosas, en el que había vivido en muchos lugares. ¿Qué novedades le traería el 2004?
¡Hola a todos!
En este capítulo Bruce se reencuentra con viejos conocidos y amigos, y es algo que me encanta escribir. Siempre me gusta echarle un vistazo a las vidas de los personajes que ya no aparecen en cada capítulo. ¿Qué estará haciendo la activa Alex? ¿Cómo de estresada andará Daisy? ¿Qué tal les va a Lily y Jason, y a Theodore y Tracey? Y además, podemos aprovechar para revivir muchas cosas, como Bruce lidiando con su trabajo a tiempo parcial de modelo y las fiestas que no soporta, o las Navidades con los Lane, o a Lily adoptando su papel de madre sobreprotectora. Otro detalle que me encanta son los cotilleos sobre otros personajes secundarios canon (¿A quién no le gustaría ser Hannah para enterarse de todo lo que pasa en el Caldero Chorreante?) y también... ¡que Bruce ya tiene una casa en Reino Unido! No la veremos mucho próximamente porque la vida le va a llevar lejos de ahí por un tiempo, pero para él es muy importante tener ese lugar seguro y exclusivamente suyo esperándole ahí, no muy lejos de Londres.
Por lo demás, no hay mucho más que decir. Millones de gracias por seguir leyendo, y sobre todo a quienes dejáis comentarios y me alegráis el día. ¡Espero que este año nuevo sea mejor que el anterior y que haya salud para todos!
¡Nos leemos pronto!
