Día 31. El cuidadoso Remus
Acabemos esto con mimos para Dracobebé /corazón, corazón.
—Fuiste un poco más brusco de lo normal…
—¿Me pasé? —El tono de Remus se llenó de preocupación, mientras buscaba su varita en la mesa de noche. Ya se había asegurado de que no tuviese ninguna herida y de aliviar el dolor sólo a medias, como siempre se lo pedía, pero una segunda revisión no estaba de más.
—No usé la palabra de seguridad, ¿cierto? —Draco hizo una pausa y se escuchó más distorsionado por el chupetín en su boca—. Te habría dicho si te pasabas- ya, ¡Lupin! —Apartó su mano cuando intentaba revisarlo y la redirigió a su cabeza, a donde estaba momentos antes de que hubiese hablado—. Sigue con lo que estabas haciendo mejor.
Remus soltó un débil bufido y continuó peinándolo. Su rutina consistía en hechizos de curación que no retirasen las consecuencias del todo, un baño, algo de aceite corporal que Draco amaba (y que era prácticamente un masaje que no se llamaba como tal), para terminar con él sentado en la orilla de la cama, peinándolo. Draco descansaba sobre una almohada, sentado, con su dulce del día.
—Eres un mimado.
—Ajá —Draco le contestó en tono desinteresado y continuó comiendo su dulce.
—Consentido.
—Sí, sí.
—Y caprichoso.
—¿No es lo mismo?
—¿Quieres pancakes con chocolate para desayunar mañana? —preguntó Remus, en cambio.
Draco emitió aquel sonido teatral que hacía cuando le encantaba una idea. En especial, si esta llevaba chocolate. Él sólo se rio y le dio una palmadita en el hombro.
—Ya está, no pareces recién follado en la alfombra.
—Perfecto —Draco se levantó, subió a la cama, y se tendió en un lado. Remus ocupó el otro y recibió la barra de chocolate que le ofrecía—. ¿Has pensando en lo de…?
Era curioso cómo dos personas podían acostumbrarse a ciertas rutinas.
