Advertencia: Yaoi (chico x chico), R18.

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EXTRA

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Llevaban algunas semanas desde que compartieron la cama de Acuario por primera vez. Aioria descansó en esa ocasión cerca al cuerpo de Camus pero, entre que no quería moverse para no despertarlo y que la sensación lo fascinó, la adrenalina se encargó de mantenerlo alerta y despierto.

Después de que le anunciaron su decisión a Shura, la misma experiencia se hizo frecuente entre ambos; pero Aioria no podía con la idea de que estaban haciendo algo prohibido y menos lograba relajarse con la mirada escrutadora de Camus. La mayoría del tiempo pensaba que estaba molesto o aburrido, y otras que era un sujeto de estudio.

No pudo más y una noche se quedó en Leo sin avisarle, para entrenar y gastar la suficiente energía que le permitiera dormir. Sólo que no contó con que Camus se invitaría solo a su casa.

—Camus —"¿qué haces aquí?", Aioria alcanzó a contener la pregunta.

—¿Interrumpo?

—No, tú nunca... interrumpes… Iba a… Tú sabes —señaló con torpesa el cuarto con todo su equipo.

—¿Dormir? —acortó la distancia entre ambos y lo pasó de largo.

—¿Qué? No… —intentó pero no se atrevió a detenerlo.

Camus se asomó al que solía ser la recámara del guardián de Leo, pero sólo se encontró con el equipo que había cambiado de lugar. Tenía mucho interés en conocer la última habitación que le faltaba de ese templo, pero la suerte no lo favoreció.

—Iba a entrenar. Se supone que.. me ayuda...

—¿Te puedo ver?

La mirada de Camus tan indescifrable no evitó que Aioria se prendiera de la cabeza a los pies. Comprobó en ese momento que el cubo tenía otra manera de dejarlo inmóvil.

Aclarando su garganta, Aioria recobró la compostura y se fue a la plancha de pesas para no poder ver si lo observaba. Pero fue una mala idea, su imaginación hizo un pésimo trabajo al alejarlo de Camus y no evitó que otra parte de su cuerpo se pusiera rígida.

—Ah, lo siento... yo... —aclaró sentándose e intentando tapar su involuntaria reacción.

Camus no paró de mirar lo que estaba pasando.

—Eso… es por ¿mí?

—Lo… lamento de verdad… pasará en un rato es que…

Camus se acercó a Aioria y retiró sus manos.

—Creí que no te gustaba.

—¿Qué?

—Todas las noches en mi cama y tú… Creí que me saltarías encima una noche, pero como no lo hiciste… pensé que tú no…

—¿Qué? No. Espera. ¿Saltarte encima, en tu casa? —"No es que no lo hubiera pensado pero…"—. Sólo te... he besado en dos ocasiones y la segunda… No parecías nada contento. Tu cara... Creí que tú no…

Camus buscó la mirada de Aioria y sonrió.

—Ahora sí estamos igual.

Aioria sonrió a su vez algo molesto y jaló a Camus hacia su rostro.

—Si es así, bésame.

Después de unos segundos de estudiar el terreno y el rostro del sudado Santo, Camus se acercó a Aioria y se montó en sus piernas. Tomó el rostro nervioso de Leo con cuidado y le depositó un casto beso. Eso fue suficiente para que una pequeña chispa se encendiera en el león. El guardián se apresuró a aprisionarlo entre sus brazos y juntó aún más sus caderas.

—Creí que eras tímido.

—Yo sólo te pedí un beso. Lo demás fue tu idea.

—Eres el lugar más cómodo.

Aioria volvió a probar sus delicados labios para asegurarse de beber esa ternura que Camus pocas veces demostraba. La viril respuesta de Camus no se hizo esperar.

—Ahora sí estamos iguales —Leo acomodó el cabello de Camus y besó la unión de su lóbulo con su cuello, provocando un ligero estremecimiento en Acuario—. Siento que te vas a derretir entre mis manos —susurró un poco temeroso y lo abrazó dejando que el acuariano se escondiera en su cuello. Aioria intentó tranquilizarse, pensar, lo que fuera estaría bien, pero la fría calidez del guardián entre sus brazos se lo impidió. De repente, un dedo por su espalda lo hizo arquearse y soltar su agarre. El cubo rió. Era la primera risa que dejaba salir en mucho tiempo y sólo consiguió molestar un poco al fascinado león, quien no tardó en aprisionar de nuevo al travieso guardián—. Estás jugando con fuego.

—Eso espero.

Aioria no sabía qué hacer, se sentía feliz de tenerlo tan cerca y solícito pero el aprisionado era él. Entre el equipo, el peso de Camus sobre sus muslos y su propia fuerza no se podía mover. Se sentía como un dispuesto esclavo, sometido a los deseos de aquél que lo había elegido para acompañar sus momentos de vulnerabilidad.

En definitiva, era el Caballero de Acuario quien tenía el control, quien empezó a balancear su cintura y a frotar su cadera contra la de Aioria, y quien lo empujó hacia atrás para acostarse sobre su pecho mientras hacía por aumentar su respiración y la presión dentro de la ropa de ambos.

—Ruge para mí —la mirada de Camus cargada de deseo lo hizo enderezarse y comenzar a devorar sus labios ya sin ternura. Aioria lo sujetó acunando su pelvis sobre la suya y de un movimiento los alzó a ambos para cumplir los designios del dueño absoluto de su corazón.

Acuario se sujetó a al cuello de Leo y se dejó poseer por esa impetuosa lengua, en lo que Aioria lo llevaba a conocer su lecho. Con cuidado, fue recostado sobre el colchón y unas manos ansiosas empezaron a querer retirar la túnica que lo adornaba, sin mucho éxito. Entre la penumbra y la poca luz que llegaba de afuera, lo único que ambos alcanzaban a ver era la llama encendida del deseo traspasando sus pupilas.

Aioria ya no aguantaba y se notaba en sus bruscos movimientos y en esos dientes que parecían querer desgarrar la blanca piel que encontraban a su paso. El león dejó en paz las prendas superiores y retiró la parte inferior de la cintura de su dispuesto amante. Después de lograr liberar su envergadura, empezó a deslizarse entre la cama y los suaves glúteos de Camus, quien aferró sus frías manos a la ancha espalda que lo sofocaba.

Los jadeos de Aioria llenaban la oscura habitación, pero aún no reclamaba por completo el cuerpo de Camus. Algo no estaba funcionando. Quería acariciar el interior del acuariano pero ya no lograba pensar.

—Aioria —fue Camus el primero en romper la tela de la gruesa ropa de entrenamiento para poder sentir la cálida piel del león, quien soltó un quedo gemido.

El guardián de Leo comprendió que toda la ropa estorbaba y casi cayó al intentar romper su pantalón. Camus soltó la cinta de su toga y la dejó que fuera abandonando su cuerpo mientras se adueñaba de su nuevo refugio; pero en realidad no sabía qué posición tomar. Sólo se calmó al sentir como la calidez del cuerpo del león volvía a su lado. No podía creer cuanta vida y confianza lo abrumaba con solo tenerlo cerca.

Dejándose llevar por su instinto, Aioria lo arrinconó contra la pared. Camus sintió el calor detrás suyo, pero no pasó mucho hasta que el león regresó su espalda sobre las cobijas y lo miró con un apetito antes desconocido.

Absorto y gentil, Camus se dispuso a recibir la fuerza contenida sobre de él, y Aioria dejó que sus caderas se frotaran para luego abrazarse a esa suave piel aún inexplorada. El ritmo de sus cuerpos dio lugar una sinfonía inarmónica, palpitante e hipnotizante.

Acuario comenzó a experimentar un calor como ningún otro que hubiera imaginado recorriendo sus venas. Tomó los firmes y tersos músculos que lo aprisionaban y al mismo tiempo comenzaban a liberarlo de todos sus miedos; los apretó con la misma ansiedad que deseaba que Aioria lo invadiera. Al igual que su voz. Una melodía lujuriosa que resonaba en su pecho con la fuerza de mil soles.

Después de varios movimientos abruptos de sus caderas, Aioria roció el abdomen que tenía contra sí y Camus no tardó en estallar y soltar un contenido gemido de placer. Ambos comenzaron a relajar sus cansados cuerpos y a sentir un poco el frío de la noche; pero el león se aseguró de impedir que la calidez entre ambos no se perdiera.

—La próxima vez traeré lubricante —jadeó Camus acariciando la corta melena de Aioria, quien se separó para encontrar las profundas orbes que brillaban en un rostro encendido aún por el deseo; mientras una pequeñas gotas de sudor nacaraban esa pecosa piel y los largos cabellos del hermoso joven que yacía abajo de él.

—La próxima…acaso...

—Sí, a menos que tengas algo ahorita que nos sirva.

—No, yo no…

—Entonces ven —Camus se levantó lo suficiente para abrir la cama y se metió entre las cobijas—. Hay que descansar un poco.

Aioria se dejó guiar y se acomodó para abrazar a Camus por la espalda. El contacto directo con su piel se adueñó de todos sus impulsos y el león no tardó en empezar a besar de nuevo el cuerpo de su amado e intercalarse entre las maravillosas piernas del acuariano. Por primera vez tocó otra virilidad que no fuera la suya para deleitarse con el goce vibrante de alguien más. Esa misma noche, su intimidad conoció los hambrientos labios de su amante, y supo que aquel joven no sólo podía derretirse entre sus manos sin desaparecer, también podía quemarlo y hacerlo arder hasta sentir que se consumía con el escalofrío que le producía el mago del hielo.

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