31

Apenas dos semanas después, Candy estaba de pie, junto a Albert, en lo alto de la escalera de la puerta del mar, dando la bienvenida a los clanes que se reunían en Dunvegan para el banquete de mediodía con que se iniciarían los juegos de las Highlands. Vestida con un sencillo pero elegante traje de día, de seda amarilla, Candy se sentía total y absolutamente la orgullosa señora del castillo. Solo sus manos, que retorcía nerviosamente, traicionaban su inquietud por enfrentarse a su familia por primera vez en nueve meses.

El propio castillo estallaba de energía y excitación. Las melodiosas notas de las gaitas atraían el oído, mientras que el tentador aroma de carne asada seducía el olfato. Los hombres de las Highlands que llenaban el castillo reaccionaban con la esperada exuberancia: Cuando no estaba peleando, los banquetes y los juegos eran, sin duda, lo que a un guerrero más le gustaba. La mayoría de los clanes habían llegado temprano y ya estaban disfrutando con entusiasmo de la renombrada hospitalidad de los MacAndrew en el gran vestíbulo. Si escuchara atentamente, Candy oiría, sin ninguna duda, el estrépito de las jarras golpeando contra las mesas, exigiendo que volvieran a llenarlas.

En medio de la celebración, el corazón empezó a latirle nerviosamente al ver que su familia subía lentamente por la escalera de la puerta del mar.

Habían llegado.

Se esforzó por controlar las notas agudas de su voz, que traicionaban su nerviosismo.

—Bienvenidos a Dunvegan, padre, tío. Espero que hayáis tenido un viaje sin incidentes.

—Sin ningún incidente, Candy. Tenemos una primavera inusualmente agradable. Tienes buen aspecto. ¿Tu estancia en Dunvegan te ha sentado bien?-Su padre la besó cortésmente en la mejilla, mientras su mirada se desviaba, con intención, hacia la mano de Albert, apoyada posesivamente en la cintura de la joven.

—Muy bien, padre-murmuró, bajando la mirada hasta la punta de sus pies calzados con escarpines amarillos, para ahogar la alegría que le afloraba espontáneamente a la cara y evitar que sus emociones quedaran al descubierto y todo el mundo las viera. Esperaba que la mirada furiosa de su tío a sus mejillas ruborizadas fueran imaginaciones suyas.

No tendría esa suerte.

—Tienes muy buen aspecto, sobrina... un rubor muy favorecedor en tus mejillas. Por la breve nota que recibí de ti, tenía miedo de encontrarte agotada por las muchas tareas que te mantienen tan bien ocupada. Glengarry y yo hemos estado muy preocupados por ti y, sin embargo, aquí estás, floreciendo en tu nuevo hogar. Y por el aspecto satisfecho de MacAndrew, parece que vuestro matrimonio os sienta bien a los dos. Es una costumbre bien inspirada la del matrimonio a prueba, eso de tener un año y un día para decidir si es deseable un compromiso más permanente. Nunca se sabe qué puede suceder en un año.-Se calló teatralmente.

Candy luchó por controlar su enfado ante el desprecio hecho a Pauna. Albert apartó la mano de su cintura. Con una mirada a hurtadillas, detectó la inflexibilidad de la cuadrada mandíbula y el ligero latir del músculo en la parte inferior de la mejilla, unas señales de ira casi imperceptibles, que no habría sido capaz de ver nueve meses antes. Ahora Candy lo conocía lo suficiente para comprender que se moría de ganas de atacar a Sleat por su grosero recordatorio, pero Albert nunca se tragaría el anzuelo lanzado por su tío. En lugar de la cólera que deseaba provocar Sleat, Albert sonrió.

—Creo recordar que mi hermana hizo un comentario parecido el otro día. Aunque ella se refirió a lo largo que un año podía llegar a ser.

La cara de Sleat enrojeció al captar el sentido de las palabras de Albert. Candy tuvo que esforzarse mucho para no soltar una carcajada. Sleat se volvió hacia ella con una mirada penetrante.

—Confío en que hayas encontrado todo lo que buscabas aquí, en Dunvegan, Candy.

El énfasis no se le pasó por alto. Nada de esperar el momento oportuno, hasta que estuvieran solos. Estaba claro que Sleat no se había dejado engañar por la breve nota que le había enviado con la invitación, fingiendo no comprender su petición de un informe detallado.

—Encuentro todo muy a mi gusto, tío.-Miró expresivamente a Albert—. Siento haberos preocupado, pero he estado muy ocupada en los últimos meses con mis deberes en el castillo y organizando esta reunión. Estoy segura de que en los próximos días tendré mucho tiempo para disipar vuestras preocupaciones.

—Estoy muy deseoso de escuchar todo lo que tengas que decirme. No retrasemos nuestra reunión demasiado.

Por suerte, la conversación entre Albert y Sleat no pudo continuar debido a la bulliciosa llegada de los hermanos de Candy.

—Me alegro de verte, Candy. Te he echado de menos.-Ian sonreía cálidamente y la estrujó con un firme abrazo fraterno.

Con solo veintitrés años, Ian poseía ya la formidable estatura-sin el extraordinario volumen— de su tío. Los tres hermanos eran muy apuestos, pero había algo especial en Ian. De los tres, Candy suponía que era el que más se parecía a ella, aunque era una versión más grande, con sus mismos ojos verdes. El pelo de los dos tenía un tono similar, aunque el de Ian era un poco menos dorado y mas castaño. Sus rasgos, aunque masculinos, eran clásicos en su perfección. Por fortuna se salvaba de la auténtica belleza por una barbilla cuadrada, hendida en el medio, y una fina e hinchada cicatriz que le recorría un lado de la nariz, ligeramente torcida. Una marca de guerrero que, si acaso, aumentaba su duro atractivo.

Candy se sorprendió ante la genuina emoción que detectaba detrás de aquel innegable y pícaro encanto. ¿De verdad la había echado de menos? ¿Estaba Albert en lo cierto? ¿Había malinterpretado la falta de atención de su familia? La esperanza creció libre de trabas en su pecho. Había encontrado el respeto y la sensación de pertenencia en los que había soñado toda su vida con los MacAndrew; tal vez ahora podría encontrar algo parecido a la intimidad con su padre y sus hermanos.

—Yo también te he echado de menos, Ian, os he echado de menos a todos. Tenemos muchas cosas de que hablar, pero tendremos que esperar hasta después del banquete. Vamos unámonos a la celebración en la gran sala.-Al observar las entusiastas caras de los juerguistas de sus hermanos, añadió burlona—: Pero tened cuidado con el cuirm de los MacAndrew, si queréis competir en las mejores condiciones mañana.

Riéndose por el fingido aire de ofensa de sus hermanos debido al comentario infamante sobre su capacidad para aguantar la bebida, dio media vuelta y se dirigió hacia la gran sala, con Ian a un lado y Albert al otro.

—Espero que MacAndrew no haya decidido permitir que las muchachas participen en las pruebas este año, Candy. ¿O quizá ha descubierto que, contigo a su lado, los MacAndrew serían imbatibles en el concurso con arco?

Candy se complació al oír el elogio travieso de su hermano

—Ah, pero tendrías que ver a Pauna, la hermana de Albert... Últimamente, su destreza supera la mía.

—Bromeas. No pensaba que nadie pudiera derrotarte-Miró a Albert y añadió—: Nunca se sabe cuándo puede ser útil tener una hermana diestra con el arco.

Sobresaltada, Candy lo miró a la cara, pero él no quiso responder a su mirada interrogadora. ¿Era un comentario inocente o estaba reconociendo abiertamente la flecha que le había salvado la vida? Candy sintió una cálida oleada de sorpresa y orgullo.

Ian guardó silencio, pensando en algo durante unos momentos, y luego le preguntó a Candy, vacilante:

—Pero ¿qué hay de la lesión de Pauna? ¿No interfiere en su habilidad para usar el arco?

Candy negó con la cabeza.

—Pauna tiene una destreza natural extraordinaria con el arco. En ocasiones es todo un reto para ella calcular la distancia, pero la mayoría de las veces es capaz de compensar la pérdida de visión de ese ojo.-Incapaz de resistirse a mirar a Sleat con una sonrisa triunfal, añadió—: Me parece que todos encontraréis muy cambiada a Pauna.

Albert pareció tentado a decir algo, pero ya habían llegado al vestíbulo y la oportunidad para conversar se perdió debido al tremendo jaleo del banquete de celebración.

Al final de la tarde del día siguiente, Candy deseaba haber seguido el sabio consejo dado a sus hermanos. En un intento equivocado por aliviar la tensión que sentía debido a la perturbadora presencia de su familia en medio de su falso paraíso, había bebido demasiado

cuirm y ahora pagaba las consecuencias con un tremendo dolor de cabeza. Pero los juegos eran demasiado divertidos para retirarse al silencioso santuario de sus habitaciones a eliminar con el descanso los efectos de la bebida. Además, ver competir a Albert en las diferentes pruebas de fuerza y destreza hacía que el corazón le latiera desbocado, como si fuera una jovencita excitada.

Como era de esperar, los MacAndrew, en gran parte debido a Albert, encabezaron la competición casi desde el principio. Esa mañana, Albert se había hecho fácilmente con el triunfo en la competición de natación, celebrada en el loch, un resultado previsible dado que había crecido nadando en las cristalinas aguas. Había llegado segundo, apenas, en la carrera cuesta arriba por la vertical colina, detrás de Anthony, que luego se había pasado la mayor parte del día burlándose de él sin piedad por ser un «viejo».

Candy esperaba ansiosamente el lanzamiento de piedra y el concurso de baile que iba a celebrarse más tarde. Al día siguiente estaban programados la lucha, el salto y el lanzamiento de martillo. Pero el último día de la competición se celebrarían sus pruebas favoritas: el lanzamiento del gran tronco de árbol y el tiro con arco. De todas las pruebas, Candy pensaba que el lanzamiento del tronco era la más extraordinaria. Un enorme tronco de árbol era afilado y luego talado a una altura de dieciocho pies. El guerrero corría sosteniendo el tronco en equilibrio contra su cuerpo y luego lo lanzaba, esperando que diera la vuelta para caer en línea recta a tierra. Era una prueba de gran fuerza, pero que también exigía una tremenda precisión y exactitud. Seguramente la prueba del lanzamiento del tronco surgió como resultado de la afición de los hombres de las Highlands a utilizar nuevos métodos para romper las defensas enemigas.

Una rápida mirada a las caras felices de los hombres de los clanes la hicieron sonreír satisfecha. En conjunto, la reunión estaba saliendo bien, incluso a pesar de la llegada, por la mañana, del clan Mackenzie. Dejando de lado su deber de hospitalidad, se alegraba de que se hubieran perdido el banquete de la noche anterior. Había conseguido evitar enfrentarse al jefe Mackenzie, el padre de Fergus, que murió a manos de Albert, no demasiado lejos del claro donde estaban reunidos entonces para el lanzamiento de la piedra.

—¿Disfrutas de la competición, sobrina? Tu esposo a prueba está haciendo toda una demostración.

Ay, el dolor de cabeza empeoró de golpe. Candy miró alrededor, buscando una manera elegante de escapar. Sin suerte. Sleat la había acorralado en un sitio perfecto para una conversación privada. Sin duda, había esperado pacientemente hasta encontrar el momento oportuno. Gracias a aquel dolor de cabeza martilleante, Candy se había detenido a la sombra, al borde del bosque y a corta distancia de los que competían y otros espectadores. Respiró hondo para hacer acopio de fuerzas para la angustiosa conversación que estaba segura iba a producirse, no hizo caso del tono sarcástico de su tío y respondió:

—No es nada inesperado. La conocida fuerza y destreza de Albert Mor es legendaria en todas las Highlands. Y por supuesto, los MacAndrew se ven muy favorecidos este año por haber ganado las dos últimas reuniones seguidas. Pero no creo que queráis hablar de los juegos, tío.

Sleat enarcó una ceja, sorprendido ante su franqueza. Bajó la voz y la reprendió con el cortante timbre de una bofetada verbal.

—No, no quiero hablar de los juegos. Quiero saber por qué no te has dignado comunicar tus progresos en la localización de la entrada secreta o la bandera.-La cogió por el brazo, como solía hacer, incrustándole los dedos en la suave carne—. Quiero saber por qué has abandonado tu deber para con tu clan.

Las palabras de su tío eran un amargo recordatorio de lo precario de su felicidad, tan duramente ganada. Sintió que la invadía la culpa, cayendo sobre su conciencia como una nube oscura que tapaba el ardiente sol. Pero se recordó que si su plan tenía éxito, no incumpliría su deber para con su clan. Se negaba a pensar en lo que haría si no tenía éxito. Trató de librarse de su mano, pero él se mantuvo firme. Candy levantó la barbilla, desafiante.

—¿Has encontrado la entrada o la bandera del Hada?-preguntó él escéptico.

—No-reconoció ella.

Sleat bajó la cabeza, fijando su fría mirada, sin parpadear, en sus ojos.

—O tal vez las has encontrado y has decidido no decírmelo. No me tomes por tonto, Candy MacDonald. Cualquiera puede ver la manera en que vas detrás del jefe MacAndrew, como un cachorro lleno de adoración por él. ¡Mocosa estúpida! Te has enamorado de tu esposo. Era él quien tenía que enamorarse de ti.-Su cara llena de manchas estaba roja de rabia.

Candy dio un paso atrás, retirándose instintivamente del peligro que representaba su agresivo tío. Sus rasgos crispados, nada atractivos en el mejor de los casos, eran positivamente desagradables en aquel momento.

—No, estáis equivocado. No he encontrado la bandera ni la entrada, tío.-Pero estaba en lo cierto en cuanto a lo demás. Se obligó a aguantar y sacó fuerzas de todas sus reserva de orgullo para mantener la espalda erguida y no encogerse ante él.

—Será mejor que las encuentres pronto. Lo único que mantiene a los Mackenzie alejados del castillo de Strome es mi paciencia. No te engañes. Sin mi ayuda, tu clan sufrirá mucho. Y morirá gente. Pregúntale al jefe Mackenzie lo fácil que es perder un hijo.

...

La verdad esto del matrimonio a prueba me parece de lo mas atroz, de todas formas, no hay una prueba historica que nos indique que realmente existio. De verdad espero que no.