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Capítulo 68
—¿Con que «hombre lindo», eh?
—¿Qué? —dijo Candy, volviéndose a mirarlo con la sorpresa dibujada en el rostro.
Estaban en el aeropuerto de Los Ángeles a punto de coger un vuelo directo a Ciudad de Panamá. La pregunta la sorprendió más que nada porque estaba totalmente fuera de contexto.
—Eso. No me hace gracia lo de lindo. Hubiese preferido «chico listo» quizá. O algo que hiciera referencia a mi asombrosa musculatura, pero ¿hombre lindo, Candy?
Ella soltó una carcajada. Una ardiente mañana en Japón, se le había escapado la forma de llamarlo en su mundo de fantasía, y era evidente que a él se le había quedado grabado.
—¿Y a qué viene ese reproche, Albert? No sabía tu nombre, y no tenía ni idea de si eras listo o tonto. Tampoco había advertido lo de tus músculos, lo siento —mintió descaradamente.
—¿Que no habías advertido lo de mis...? ¿Que no...? —contestó él, resoplando.
No podía creer que ella no se hubiese apercibido de su complexión. Candy era la única mujer en el mundo a la que Albert le habría interesado impresionar con eso, y no había reparado en ello. Se miró los brazos, sorprendido. Era cierto que había bajado de peso en Japón, pero en la época en que se habían conocido él iba al gimnasio todos los días.
—No, no reparé en eso, pero me pareciste increíblemente guapo, mi amor. De veras.
—¿Guapo? Guapo es ese niño, Candy —dijo él, señalando a un pequeño de cabello rizado—. ¿No te pareció que era un macho apetecible esa primera vez? ¿No tuviste ganas de mí desde que me conociste?
Ella se mordió el labio para no volver a reír, pero le estaba resultando difícil aguantarse. Albert, vanidoso. No le conocía esa faceta. De hecho, siempre le había parecido que él era demasiado humilde, dada su tendencia a cambiar de tema cada vez que ella mencionaba su belleza. Así que esa vena narcisista la sorprendió bastante. Por alguna razón, él estaba preocupado por resultarle atractivo.
—No lo pensé... en esos términos, Albert; no, la primera vez que te vi. Estaba tan avergonzada por encontrarte atractivo y por no poder dejar de mirarte a hurtadillas que no me fijé en los detalles.
—Atractivo. Atractivo —repitió Albert, incrédulo.
Cada palabra que ella escogía cuidadosamente, él la recibía con el ceño fruncido.
—Sí. Me impresionaste mucho, corazón. Tan alto, con esos ojos azules y esa sonrisa...
—Pero no me deseaste. Yo sí lo hice. No tenía ni idea de tu estatura, ni siquiera miré tus piernas, pero fue verte y desearte, Candy.
—¿Y a qué viene todo esto? ¿Por qué tanta inseguridad repentina?—preguntó ella, intrigada.
Albert se encogió de hombros. Se sentía algo decepcionado y no sabía por qué. Lo cierto era que le habría gustado que Candy hubiera admitido que se derretía por sus huesos desde que lo vio por primera vez. Quería que ella lo encontrara deseable en extremo, irremediablemente seductor. La amaba tanto... Además, había descubierto que sin ella no era nada. Eso lo convertía en alguien demasiado dependiente y lo hacía sentirse vulnerable.
En cierta forma, le agradaba sentirse así. Parte del encanto de Candy tenía que ver con esa red de seducción que iba tendiendo a su paso, debilitando voluntades, pero él quería representar lo mismo para ella. Quería ser su principio y su final, y que nadie le hiciera sombra en ningún aspecto.
Sabía que la novedad de descubrir el sexo había sido más que suficiente para una chica como ella al principio, pero a esas alturas iba a necesitar otros dones para conservar su interés.
No sospechaba que Candy no necesitaba otro aliciente que no fuera el solo hecho de ser como era. Ella lo amaba por encima de todas las cosas, y no existía hombre alguno que pudiera darle una ínfima parte de lo que él le daba.
—Quiero que me quieras, princesa —dijo simplemente—. Quiero serlo todo para ti.
Ella lo observó, conmovida. Alzó una mano y le acarició el rostro.
Albert cerró los ojos y le besó la palma.
—Mírame, mi amor —le ordenó ella, y él obedeció al instante—. Lo eres. No crucé medio mundo por nada. Y no me subiría a este cacharro infernal si no te amara como te amo, Albert Ardley.
Y él sintió que regresaba a la vida.
Hubiese querido alzarla en sus brazos y besarla apasionadamente, pero en ese momento llamaron para embarcar y ellos lo hicieron tomados de la mano. Cada paso que daban los acercaba más a su tierra querida y no veían el momento de regresar a su hogar, a su cama, a su maravillosa vida juntos.
Los últimos días en Japón habían sido intensos. Mientras Albert se recuperaba de sus lesiones, ellos recuperaban el tiempo perdido follando día y noche. Lo habían hecho hasta en el suelo de la habitación, rodeados de restos de sushi. En cierto momento llegaron a sentir que temblaba la tierra, pero cuando consultaron las noticias en Internet, se enteraron de que no había habido réplicas del terremoto. Habían sido ellos dos y su pasión.
Igualmente, mientras el avión ganaba altura en tierras niponas, y Albert pudo ver los daños desde el aire, se prometió a sí mismo que buscaría la forma de prevenir derrumbes provocados por movimientos sísmicos. Si bien no había sido el peor terremoto de la historia de Japón, varios edificios habían quedado en ruinas. Por eso, también estaba deseando regresar. Quería ponerse en contacto con Edgar Niven para saber si había logrado finalmente vender su proyecto a los japoneses como era su intención, según lo último que había sabido.
Si le confirmaba esa información, podría respirar tranquilo. Y si no, le ofrecería su ayuda para la concreción del proyecto, porque creía que antes que dar comodidad y facilitarle la vida a la gente, había que hacer lo posible para conservar esa vida. Si no, nada tenía sentido.
El vuelo a Montevideo transcurrió sin sobresaltos. Si bien no hubo encuentros fogosos como en el viaje de regreso de la luna de miel, sí hubo ternura, besos y abrazos. Disfrutaban tanto el uno del otro.
Pero la atmósfera idílica se hizo añicos cuando pasaron la aduana e irrumpieron en la sala de llegadas del Aeropuerto Internacional de Carrasco.
Lo primero que vieron fue a Pauna vestida de negro. Y allí mismo lo supieron: Rosmery había muerto.
—¿Qué estás diciendo, Pauna?
—Lo siento, hijo. Quería decírtelo personalmente, antes de que te enteraras por la prensa.
Albert se llevó las manos a la cabeza, e William creyó conveniente acercarse, pues temía que su hijo se desplomara.
—No, no, no. No puede ser —murmuró, transido de dolor. Su corazón no soportaba ya ni un golpe más.
Candy se desesperó. No sabía qué hacer para consolarlo. En ese duro momento que le estaba tocando vivir, su amor poco podía hacer; estaba segura.
Se mantuvo inmóvil, con los ojos llenos de lágrimas, mientras Albert abrazaba a su padre totalmente desconsolado.
Candida se acercó y la besó con discreción.
—Querida...
Ella no dijo nada. No podía apartar los ojos de Albert y su dolor.
No pudo resistirlo más y se acercó.
—Mi amor.
Albert se volvió y la miró.
—Candy, no he tenido la oportunidad de despedirme. Ella ni siquiera se llegó a enterar de que tenía un hermano, ¿te das cuenta? —dijo mientras se abrazaba a ella. La necesitaba tanto en ese momento.
Por alguna razón, Pauna creyó conveniente decir algo:
—Albert, eso nunca hubiese...
—Cállate.
Para el asombro de todos, fue William el que intervino para silenciarla. Él era un hombre pacífico. Jamás le había reprochado nada a su ex esposa, nunca le había recriminado que lo hubiese dejado solo con su hijo pequeño y destrozado por la pena. Albert no había escuchado una palabra fuerte de la boca de su padre en toda su vida; ni siquiera lo había oído contradecirla ni una sola vez. La actitud de William hacia Pauna siempre había sido conciliadora e indulgente, y por eso él nunca había logrado odiar del todo a su madre. Siendo así, todos se sorprendieron al escuchar cómo le hacía cerrar la boca con una simple palabra.
Bueno, casi.
—Pero... —protestó ella débilmente.
—O te callas, o te callo. Si no sufres, por lo menos respeta el dolor de tu hijo, Pauna.
—No te atrevas a hablarme así, William. Era mi hija la que...
—En buena hora te acuerdas. Tú no eres madre; eres una zorra. Ya has cumplido tu cometido: hiciste tus declaraciones a la prensa y has logrado anticiparte para que Albert lo supiera de tu boca. Ahora vete —le dijo, súbitamente despiadado.
Albert y Candy los miraban a ambos, aterrados. Se había desatado una tormenta de mil demonios y no sabían qué hacer.
Pauna bajó la cabeza, y en ese momento, William tomó a su hijo del brazo; a su vez, éste arrastró consigo a su esposa, y todos salieron de allí, dejándola sola y expuesta en medio de la sala.
En el coche, William le contó a Albert los detalles.
Rosmery había muerto el día del terremoto de un ataque de asma que luego le había provocado un paro cardiorrespiratorio. Él no había querido contárselo para no alterar su estado de ánimo durante la convalecencia. El hecho de que Albert lo supiese, o no, no iba a cambiar nada.
Éste lo escuchó con un nudo en la garganta. Nadie podía haber hecho nada para evitar la muerte de su hermana, y tampoco para darle una mejor calidad de vida de la que tenía, pero igualmente se sentía culpable.
Sólo la había visto dos veces, pero sentía una conexión muy fuerte con ella. Y Candy, también.
Al principio, Candy no ató cabos, porque estaba conmocionada por la noticia de la muerte de Rosmery, y luego por la discusión de su suegro con Pauna. Pero a medida que escuchaba el relato de William, su mente iba recordando detalles y encontrando coincidencias que le erizaron la piel.
Caracoles. La niña de ojos verdes dorados .
Finalmente, concluyó que no cabía duda alguna.
Candy tuvo la completa, la total certeza de que Rosmery había estado en las ruinas que sepultaban a Albert para salvarle la vida.
Así de simple. Había nacido, había vivido y había muerto con un único objetivo: llegar al día del terremoto para mantener a su hermano a salvo y ser la guía de su rescate.
Completamente alterada, Candy tragó saliva. Ella no creía en poderes paranormales ni en nada que pudiese ser considerado sobrenatural. Pero sí creía en la fuerza del amor, y nadie podría convencerla de lo contrario.
—Albert...
—Dime, cielo.
—Rosmery me mostró el camino para llegar a ti.
—¿Qué?
Y se lo contó. Le relató lo que había ocurrido con detalle. Hasta ese momento no le había hablado a nadie de la niña del abrigo rojo que le había mostrado el letrero del caracol con el número 4-11 para indicarle dónde cavar. Había creído que todo había sido producto de su imaginación y que el hallar a Albert había sido una simple y feliz coincidencia. Ahora sabía que no era así.
Él abrió la boca, pero no consiguió decir nada. Conocía a la niña del abrigo rojo; había soñado con ella. En aquella pesadilla, Rosmery era una niña y también le había mostrado el camino para salir de una situación angustiante. Y no era ésa la única coincidencia.
Se cubrió el rostro con las manos para ocultar su turbación.
—No llores, corazón.
Albert hizo una pausa y luego la miró.
—No estoy llorando, Candy. Ese letrero... Candy, yo encontré uno igual allá abajo. Me sirvió para hacer ruido, y también para beber agua y protegerme del polvo que caía.
Ahora todos se habían quedado estupefactos. Candida le tomó la mano a su nieta, conmovida hasta las lágrimas.
—No puedo creerlo... —dijo Candy, asombrada—. Albert..., el número... ¿Sabes lo que significa?
Él asintió. No lo dudó ni un segundo.
—Es el día en que nos conocimos.
Candy cerró los ojos. No había nada más qué añadir. Rosmery lo había logrado. Había muerto, pero eso había significado su liberación y la de su hermano. No..., no había más que decir.
Se abrazaron emocionados, y el viaje continuó en el más completo de los silencios.
Al día siguiente, Albert y Candy viajaron a Córdoba.
Visitaron la tumba de Rosmery y dejaron sobre ella uno de los caracoles, que la enfermera que la cuidaba había guardado. El otro se lo llevaron. Sería el recuerdo tangible del increíble acto de amor de una chica de otro mundo. Sí, Rosmery por fin estaba en casa.
CONTINUARA
