Todo lo que reconozcáis (y más) pertenece a J.K. Rowling. El resto ya es cosa de mi imaginación.

Bien, ya es hora de volver a Australia.


70. Vida pública


El comienzo del primer entrenamiento del año fue sorprendentemente relajado. El entrenador y los preparadores físicos estaban de muy buen humor, y facilitaron que todo el mundo charlara, compartiera qué tal les habían ido las vacaciones de Navidad y si habían comido y engordado mucho, o si por el contrario se habían pasado los largos días tomando el sol en la playa y haciendo surf. Casi todos participaron del intercambio de anécdotas de buen grado (aunque Marlene se negó a decirles nada, alegando que si había conseguido que la prensa no se enterara de qué había hecho en sus vacaciones, no se lo iba a contar a ellos) hasta que llegó Caitlin Rhodes, y su severa presencia hizo que las charlas acabaran y el entreno de verdad empezara.

—Es enero, lo que como muy bien sabéis, significa que habrá equipos que habrán incorporado novatos recién salidos del Colegio—les recordó Rhodes, mirándoles censuradoramente, como si relajarse en los primeros minutos de la vuelta al trabajo fuera una terrible ofensa—. Y aunque sean novatos, son gente que no tenemos estudiada, por lo que son potencialmente peligrosos. Teniendo en cuenta que esta semana jugamos contra los Alice's Kids, no me extrañaría que ya se hayan llevado a los mejores.

Rhodes tenía razón, claro. Con el curso escolar australiano recién acabado, los chicos del último año interesados en el quidditch iban a ir a parar a algún equipo que necesitara un soplo de aire fresco a mitad de temporada (si eran afortunados) o a los campamentos que empezarían en unas semanas para seguir entrenando. Los Alice's Kids, famosos por dar muchas oportunidades a los jugadores más jóvenes, probablemente se habrían reforzado esas Navidades. Tal vez aún era muy pronto para que cualquier novato debutara, tras haber estado solo una semana con el equipo, pero nunca podían fiarse, especialmente en Australia, donde el secretismo que rodeaba a los entrenamientos era extremo. Ningún equipo había comunicado ningún fichaje oficial todavía, para guardarse el factor sorpresa para los partidos; por lo que Bruce sabía, los Kids podrían haberse tirado la primera mitad de temporada entrenando a varios chicos prometedores todavía en el Colegio sin que nadie se enterara.

Los Warriors, por su parte, no habían fichado a nadie. No era su estilo hacerlo en enero, a menos que la temporada estuviera siendo horrorosa y estuvieran desesperados; pero yendo en segunda posición y a solo una victoria del primer puesto, no estaban tan mal.

Volvió a casa con Danny, y aunque Bruce no era un experto en emociones, no hacía falta serlo para notar que Danny estaba molesta; con un noventa y nueve por ciento de seguridad, estaba molesta con él. Así que le preguntó, y aunque ella al principio dijo que no pasaba nada, Bruce insistió hasta que ella explotó:

—¿Por qué no viniste a verme cuando llegaste? ¿Por qué no te he visto hasta el entrenamiento? No he sabido nada de ti en todas las vacaciones.

Bruce se sintió culpable de inmediato. Tenía razón. Había llegado el día anterior a Australia, y aunque no había sido muy tarde, había estado tan cansado de la acción en sus últimos días que al llegar a casa había cenado, se había duchado e ido a dormir pronto. Había visto el montón de cartas que se había acumulado en su tiempo fuera, y había visto la letra de Danny en la de arriba del todo, pero no se había sentido con fuerzas de ponerse a mirar el correo… Y tal vez debería haberlo hecho. Se suponía que Danny era su novia. ¿Debería haber hecho el esfuerzo de visitarla aunque estuviera cansado? Probablemente, pero casi seguro que al menos debería haber leído su carta y contestarla.

—Lo siento—se disculpó—. Llegué cansadísimo, ni siquiera miré el correo. Me fui a dormir muy pronto. No sabía que me hubieras escrito en este tiempo, y no se me ocurrió nada que decirte que no pudiera decir hoy.

Danny le miró fijamente, haciéndole sentir todavía más culpable. Pero tuvo suerte, porque la chica no tardó mucho en suspirar y lanzarse a sus brazos para abrazarle.

—Está bien, lo entiendo—susurró ella contra su pecho—. Pero te he echado de menos.

El resto del día lo pasaron contándose lo que habían hecho en las vacaciones con detalle. Danny le habló de sus reuniones familiares, de los reencuentros con amigas de la infancia y de las mañanas surfeando con su hermano. Bruce le explicó qué tal le habían ido las fiestas, el anuncio de Armory, la búsqueda de casa y todos los cotilleos que le habían contado sobre sus viejos conocidos de Reino Unido y que apenas podía recordar, e hizo especial hincapié en que los últimos días habían sido bastante caóticos: se había reunido con Robert y Fiona, y también con Jeffrey y su familia, y había visitado Salem; también había quedado con Amanda, que le había hecho un extenso tour por su Albuquerque natal; y había hecho una visita sorpresa a la reserva mágica (algo que, siendo un benefactor importante de la reserva, no había sido muy dificil) donde Imala le había hablado sin parar del Instituto y hasta habían hecho los deberes un rato (aunque Bruce no había sido capaz de ayudar mucho, la verdad), y Bruce había aprovechado para comentarle al padre de la niña lo emocionante que iba a ser la Eurocopa de Quidditch de ese verano.

—¿Pretendes llevarte a esa niña a la Eurocopa? —le preguntó Danny con sorpresa.

—No sería su primera vez en un evento parecido—respondió Bruce encogiéndose de hombros—. Estuvo hasta en un Mundial. Puede parecer un poco raro, pero es como mi hermana. Y si yo no le enseño el mundo, no tiene forma de verlo.

—Ya veo. ¿Irá Amanda con vosotros?

—¿Amanda? ¿Por qué iba a venir ella?

—No sé. Conociste a Imala con ella, y parece que estáis muy unidos—repuso ella.

—Amanda no está tan involucrada en la vida de Imala, no. Es una de mis mejores amigas, pero no viene a estos viajes.

—¿Seguro que es solo una amiga? —inquirió Danny, y Bruce notó, con sorpresa, que parecía insegura—Las revistas siempre la mencionan diciendo que teníais una relación muy estrecha…

—Somos solo amigos—zanjó él con decisión—. Nunca ha habido nada más. Nos entendemos bien, pero no en ese sentido.

Evitó decir que sí que la había besado una vez, porque eso solo había sido un error suyo en un momento complicado de su vida. Tampoco era relevante para lo que le importaba a Danny.

Danny asintió con la cabeza, conforme, y le sonrió.


Había un nombre desconocido en la alineación de los Kids de ese domingo. Paola Wells, cazadora. Tras apenas dos horas de partido, Bruce estaba convencido de que sería la nueva estrella australiana de la década. No solo era endiabladamente rápida y con una puntería excelente, sino que además se movía por el campo como si hubiera pasado toda una vida en él, jugando al nivel de la más alta competición. Era fascinante. Sí, vale, no era la mejor del partido, pero ¿siendo su primer partido después del Colegio? Si esa chica no triunfaba en el quidditch, Bruce podía retirarse ya.

Así como estaban las cosas, estaba siendo un partido difícil. No por nada los Kids juntaban a la mayoría de los mejores jugadores jóvenes de la Liga, y eso, sumado a que las gradas estaban llenas a rebosar y la afición animando a los Kids era claramente mayoría, hacía que fuera muy complicado sacarles ventaja. Los Warriors eran mejores como conjunto, pero los Kids eran un grupo muy fuerte. Pasaban las horas, y no había forma de dejarles atrás en el marcador. Uno de los bateadores era impresionante: un chico de piel negra y brazos muy largos, al que Bruce recordaba del primer partido. El chico había mejorado muchísimo en esos meses, como si hubiera encontrado su estilo, y a Bruce le estaba costando horrores escapar de sus bludgers. Había perdido ya la cuenta de las jugadas que el chico le había desbaratado, igual que también había dejado de contar los insultos que Marlene le había dedicado por su culpa.

Al final todo se decidió con los buscadores. La diferencia de puntos era de cuarenta a favor de los Warriors, cuando Danny y su rival se lanzaron de improviso a una loca carrera tras una snitch que nadie veía. La pelotita dorada ni siquiera había aparecido con anterioridad en el partido, y de repente, en diez segundos había acabado todo: los dos buscadores cayeron en picado, en un ángulo imposible, y Danny llegó milésimas de segundo antes a la snitch. Victoria. Una más.

Bruce celebró con el resto de sus compañeros en el centro del campo. Estaban felices, casi eufóricos; había sido un partido más difícil de lo esperado, y habían superado la prueba. El primer partido después de Navidad siempre era complicado, pero había ido bien. Y con eso, habían sobrepasado la mitad de la temporada. Habían jugado once partidos de Liga y ya solo les quedaban diez. Llevaban diez victorias y una sola derrota. Estaban bien. El partido crucial contra los Thunderers, el que en gran medida definiría sus opciones en la Liga, se acercaba poco a poco. Pero mientras llegara… iban a disfrutar de esa victoria.


Durante la siguiente semana pasaron dos cosas. Por un lado, las últimas fotos de Bruce con los trajes autoajustables de Armory salieron a la luz. Se enteró el martes por la mañana, cuando desayunando y pasando páginas sin leer verdaderamente lo que ponía el Australia Today del día, se encontró con su cara devolviéndole la mirada en una página a todo color. Era una foto con la chaqueta verde, lo que no estaba del todo mal; no sentía tanta vergüenza al verse vestido con ella en un anuncio. Como averiguó a lo largo de los días siguientes, las fotos con los horribles zapatos morados no habían llegado a Australia. Bruce tendría que agradecérselo a Daisy en cuanto pudiera.

Y por otro lado, también se hizo oficial que Danny y él eran pareja de verdad. Fiel a su costumbre, él se había negado a hacer declaraciones al respecto cuando los periodistas le habían preguntado, pero ella no había tenido tantos miramientos para informarles a todos de las novedades; eso sí, pidiéndoles con una encantadora sonrisa que respetaran su privacidad. Una parte de Bruce agradecía que Danny se hubiera encargado de aquello, porque aunque no tenía ningún problema en admitir que eran pareja, había algo en su interior que se rebelaba ante la idea de rendir cuentas sobre su vida privada a gente que no le importaba. ¿Qué más les daba qué sentía él, en qué les afectaba a ellos? No era de su incumbencia en absoluto, aunque con eso no quería dar a entender que lo suyo con Danny era un secreto o que se avergonzaba de ello, porque no era así para nada. No quería ocultarlo, pero tampoco sobreexponerlo; era un equilibrio complicado. Así que agradecía que Danny fuera quien se ocupara de lidiar con la prensa sobre ese tema. Él no se sentía cómodo haciéndolo.


Ese viernes fue Marlene la cazadora que descansó, por primera vez en toda la temporada. El partido contra los Kakadu Finders lo jugaron Bruce, Rachel y Tommy como cazadores y con Mitch como guardián, y aunque al principio los aficionados en las gradas mostraron sus dudas sobre la alineación (y también su decepción por no ver jugar a la cazadora estrella del equipo), no pasó mucho tiempo hasta que se vio que los temores no tenían razón de ser. Rachel era excelente; Bruce debía tener más imaginación para montar jugadas que todo el equipo de los Finders junto (sin ánimo de exagerar, pero viendo su pobre repertorio podía ser muy cierto); y Tommy estaba mostrando una progresión tan buena que no desentonaba en absoluto. Puede que a Bruce no le cayera especialmente bien, pero el chico era bueno. Con solo unos pocos años más de experiencia, en los que aprendiera a pararse a pensar cuando la situación lo requería (el mayor defecto del juego de Tommy era su precipitación a la hora de tomar decisiones, lo que solía acabar en errores), podría convertirse en uno de los grandes de la Liga. Caitlin Rhodes había hecho bien en escogerle en los campamentos.

El partido en sí no tuvo mucha historia y fue una victoria fácil y holgada contra el último clasificado de la Liga. Los Warriors marcaron a placer, y fue difícil elegir el mejor momento del día. Tal vez cuando Rachel había marcado tres goles en cuatro minutos, o cuando Bruce había tirado a uno de los cazadores rivales de su escoba haciendo un Wollongong Shimmy perfecto (al cazador no le había pasado nada grave y había podido continuar casi de inmediato, pero Bruce lo aprovechó para marcar un gol espectacular), o cuando Jane había dejado fuera de juego al guardián de los Finders con una precisa bludger poco después de las tres horas; esa había sido una perfecta demostración de la famosa mala suerte de los Finders, ya que el guardián había recibido la bludger en la cabeza y, tras desmayarse de inmediato, los medimagos le habían impedido continuar en el partido, así que un bateador había ocupado su puesto. El bateador claramente no tenía experiencia como guardián, de ahí que los Warriors fueran ganando por trescientos veinte puntos cuando Danny cogió la snitch.

Un partido más, una victoria más. Mientras se abrazaba con sus compañeros, celebrando, Bruce pensó en lo próximo que se les venía encima: dos semanas de preparación, y entonces, el partido contra los Thundelarra Thunderers. El más importante en lo que llevaban de temporada. Iban a ser unas dos semanas intensas.


—Vale, juro que solo voy a decirlo una vez, pero quiero que lo sepáis—dijo Kyle, mirándoles intensamente a través de los gruesos cristales de las gafas—. Me parecéis una pareja adorable. La princesita buena y el chico malo. ¡Es tan de novela romántica! Ya, vale, ya paro. No quiero que volváis a largaros.

—Y lo decimos de verdad—le secundó Jane—, no volveremos a sacar el tema más, en serio. Así que, ¿quién cree que lo del hijo de Rick es una mentira como una casa?

Bruce se aguantó las ganas de bufar, y Danny le dirigió una leve sonrisa comprensiva. De verdad, Bruce no sabía por qué seguían apodándole "el chico malo". Nunca se había metido en ningún escándalo que le pudiera haber hecho ganarse el apodo ni remotamente, sino que se lo habían inventado completamente las revistas del corazón, que le habían llamado así desde el principio, y simplemente basándose en el hecho de que había sido un Slytherin y, por lo tanto, un "chico malo". Aun a pesar de haberse acostumbrado a oírlo, seguía siendo frustrante. Aunque podría ser peor: podrían haberle acusado de asesino y torturador por asociación con alguno de sus compañeros. Saber que no habían llegado a esos extremos para vender revistas era lo único que le animaba un poco.

Al acabar el partido de esa tarde, la prensa se les había echado encima. Muchos habían estado interesados en el quidditch, pero otros muchos solo querían saber cosas sobre su relación.

—Sí, estamos juntos—respondió Bruce a la primera periodista que le preguntó, quien le escuchó con la boca abierta—. Estamos contentos y todo va de maravilla, eso es todo lo que voy a decir. Si quieres saber más, no hace falta que te molestes en intentarlo.

Pero siempre lo intentaban. Tras esa pregunta, fueron muchísimas más ("¿Cuánto tiempo hace que estáis juntos? ¿Qué te gustó de ella? ¿Quién dio el primer paso? ¿Qué futuro le ves a vuestra relación? ¿Estáis pensando en mudaros juntos? ¿Va a cambiar esto vuestro comportamiento en el campo? ¿Qué le ha parecido al resto del equipo la noticia?"), pero Bruce las ignoró todas, como había prometido. Respondió a la ocasional pregunta sobre quidditch con más entusiasmo del habitual, y cuando esas se agotaron, dejó el pasillo.

Y allí estaba ahora, con Danny, Kyle, Jane, Rachel y Tommy en su pub preferido de las noches de viernes postpartido, con sus amigos prometiéndole que dejarían el tema. Bruce no confiaba mucho en que aguantaran, pero por ser ellos, decidió darles un voto de confianza. De momento, debatir si era cierto que el hijo de Rick, que todavía no había cumplido los cuatro años, había hecho una magia accidental tan espectacular que había sido necesario llamar a los Desmemorizadores del Ministerio para tratar a un buen puñado de vecinos (tal como afirmaba Rick con orgullo), parecía un buen tema de conversación. Aunque también esperaba que derivara en algo más interesante, o de lo contrario, iba a acabar muy borracho esa noche. Y también muy gordo: como había sido el cumpleaños de Danny esa semana, Bruce había convencido a los dueños del pub que les sirvieran una tarta enorme (como regalo era muy malo, pero como nunca habían hablado del tema, Bruce no había sabido que era su cumpleaños hasta el día en cuestión), y estaba deliciosa. Y estar comiendo era una excusa muy buena para que no le pidieran su opinión sobre temas que no le importaban en absoluto.

Al final, no estuvo tan mal. Kyle y Jane mantuvieron su promesa, y pasaron gran parte de la velada mirando descaradamente al bajista del grupo de música que actuaba al fondo del local. Rachel se embarcó en una explicación detalladísima sobre un amuleto contra las maldiciones que estaba acabando de fabricarse y que le iba a ir fenomenal para las semanas que se avecinaban, según ella; Bruce y Danny devoraron la mitad de la tarta ellos solos; y Tommy se dedicó a abandonarles constantemente para ligar con cualquier chica que estuviera pidiendo algo sola en la barra.

—¿Y qué hay de Tiffany? —le preguntó en una ocasión Danny, mirándole con actitud censuradora.

A Bruce le sorprendió eso; no había comentado nunca con nadie el encontronazo que había tenido con Tommy y Tiffany, y creía que lo suyo era un secreto. Parecía ser que estaba equivocado.

Pero Tommy se limitó a encogerse de hombros con una sonrisa traviesa antes decir:

—¿Ah, Tiffany? Está muy bien para cuando me aburro, pero no es nada serio.

—Esa chica está completamente colada por ti, Tommy—intervino entonces Jane con el ceño fruncido; había conseguido apartar la mirada de los bíceps del bajista por un momento—. Está muy feo hacerle creer que te importa cuando vas por ahí tirándote a cualquiera que te diga que sí. Deberías dejarle claro que no sientes nada y no hacerle más daño.

—Tiffany ya sabe qué es lo que hay—replicó Tommy despreocupadamente.

—No, no de verdad—contraatacó Jane—. ¡Por Merlín, solo hace falta verla mirarte! Tiffany cree que si te da un poco de tiempo, te darás cuenta de que también estás perdidamente enamorado de ella y le declararás amor eterno. Tienes que decirle que eso no va a pasar y dejar que siga adelante con su vida.

Tommy la miró con aire de aburrimiento.

—Muy bien, si tanto sabes sobre nuestra relación, ¿por qué no se lo has dicho tú ya?

—Lealtad de equipo—respondió Kyle en ese momento, como si fuera obvio.

Rachel, Danny y Jane asintieron con la cabeza al unísono, sorprendiendo a Bruce, que no se había esperado esa coordinación. Jane continuó:

—No le he dicho nada porque es tu relación, no la mía. Y como compañeros de equipo, una de las reglas no escritas es no entrometerse en los líos de otros compañeros. Si no nos protegemos y nos cubrimos las espaldas unos a otros, nadie lo hará. Así que lo que tú hagas es solo asunto tuyo, pero eso no implica que no pueda decirte que estás siendo un idiota con ella.

Tommy bufó.

—Lo que tú digas. Si me acuerdo después de haberme acostado con esa morena de la barra, hablaré con Tiffany. Pero ahora, por si no os habíais dado cuenta, ese culo me está llamando.

Dicho aquello, Tommy se levantó de su mesa y se dirigió con paso rápido a la barra, donde no tardó en entablar conversación con la chica en cuestión.

—Tommy está a nada de entrar en el club de famosos imbéciles—comentó Rachel poniendo los ojos en blanco, y a continuación se acabó su bebida de un trago. Detuvo de inmediato a un camarero para pedir una ronda más.

—Es una lástima—suspiró Danny—. En el Colegio era tan buen chico… Pero ya desde que llegó al equipo le noté cambiado, y ha ido a peor. No le está sentando bien la fama.

—Supongo que no todo el mundo está hecho para seguir con los pies en la tierra tras volverse famoso tan rápido—opinó Bruce.

La mayoría de sus compañeros asintieron, y Kyle chasqueó la lengua con desagrado.

—Él se lo pierde, nosotros somos mucho mejores que lo que él cree que va a conseguir siendo así. Y ya sé que la lealtad de equipo es sagrada, pero se me ha ocurrido un amigo que presentarle a Tiffany que puede que le caiga muy bien.

Jane se quedó mirando fijamente a Kyle, hasta que pasados unos segundos abrió unos ojos como platos y exclamó:

—¡Oooh! ¿Nate?

Kyle asintió, satisfecho, y él y Jane chocaron las manos con entusiasmo antes de ponerse a maquinar su nuevo plan.


El domingo fue el último día de normalidad que tuvieron, si es que su vida se podía definir como normal. A partir del día siguiente, todas sus energías estarían enfocadas en el partido contra los Thunderers, y el presidente Manuel Gerber hasta les había escrito cartas personalmente a cada uno para rogarles que salieran de casa lo mínimo posible para evitar ser víctimas de maldiciones de aficionados rivales. Así que Danny y él aprovecharon ese día en el exterior, y gracias al buen tiempo y al fuerte viento fueron a hacer surf. Bruce tenía que admitir que le estaba empezando a pillar el truco a aquello; acabó el día todavía teniendo dificultades para levantarse en la tabla muchas veces, y no tenía ni idea de cómo ver que una ola era buena a menos que Danny se lo dijera. Pero cuando conseguía coger una ola bien, la sensación era maravillosa: el mundo se desvanecía y solo existía la velocidad, el viento, el agua y una energía en todo lo que le rodeaba tan poderosa que casi parecía que se podía tocar. Era muy parecido a volar con el mar.

Danny le había llevado esa vez a Bondi Beach, que a juzgar por la enorme cantidad de surfistas que se encontraron allí, parecía ser el lugar más popular de toda la costa este para ir a surfear. Danny se lo confirmó.

—Es muy accesible y hay espacio para todo el mundo—le explicó con una sonrisa radiante. Cuando estaba cerca del mar no dejaba de sonreír—. Aunque hay sitios mejores, claro. Aunque son para niveles más avanzados. Si te llevara a algunos, no podrías hacer nada.

A Bruce no le molestó. No tenía problema alguno en admitir que era un novato en lo que a surf se refería, y aunque no lo diría en voz alta, el mar le infundía suficiente respeto como para no tener que acercarse jamás a una situación en la que estuviera mínimamente cerca de ahogarse.

Y ya que era su último día de poder pensar en algo más, decidió compartir algo más con Danny.

—He estado pensando en mi madre últimamente.

Danny se giró a mirarle con sorpresa, sus ojos azules pareciendo enormes enmarcados por el pelo empapado. Habían dado el día por finalizado, y los dos se habían tendido en las toallas sobre la arena, secándose bajo el sol abrasador.

—Oh, vaya—murmuró ella como respuesta—. ¿Y qué has pensado?

—Creo que debería darle una oportunidad. Al menos, dejarla hablar. Que tomara malas decisiones en el pasado no quiere decir que no se arrepienta y quiera hacer algo por arreglarlo. No creo que lo consiga, pero debería dejar que lo intente.

—Me parece bien. Es muy maduro por tu parte, Vaisey. Aunque a veces hagan cosas mal, una madre sigue siendo una madre. Seguro que saldrá bien.

Bruce asintió con la cabeza. Le había dado muchas vueltas a lo que había hablado con Lily en Navidad, y le había acabado pareciendo lo más sensato. Que Alexandra hubiera sido una madre horrible no significaba que Bruce fuera a ser un hijo igual de malo, aunque a sus ojos, tenía todo el derecho del mundo; aunque bien pensado, ya estaba siendo un hijo bastante terrible para su padre, así que al menos podía intentar volver a empezar con buen pie con su madre. No tenía muchas esperanzas en que todo acabara bien, pero suponía que se sentiría mejor consigo mismo si hacía lo correcto y accedía a hablar con ella.

—En parte, te lo he dicho porque me parece que voy a necesitar tu ayuda—dijo Bruce, y a continuación se explicó—. No tengo ni idea de cómo encontrarla. Sé que vive en Canberra y me pareció sobreentender que trabaja en el Ministerio, pero quiero ser discreto…

—No tienes que preocuparte por eso. Sé cómo encontrarla.

Bruce se quedó sin habla.

—¿Cómo?

—El día que ella vino a tu casa, ¿recuerdas que nos dejaste solas unos minutos mientras te ibas a vestir? En ese rato me dio una nota con su dirección. Dijo que probablemente no querrías saber nada de ella, pero que si todavía te parecías en algo al niño que ella recordaba, más adelante cambiarías de opinión. Y que si eso pasaba, quería hacértelo fácil.

—¿En serio? —dijo con incredulidad.

Danny agitó la cabeza.

—No te dije nada porque no quería influirte más, pero ahora… He supuesto que deberías saberlo.

Bruce, todavía anonadado, se quedó mirando al mar en silencio. ¿De verdad su madre había previsto su comportamiento? ¿O solo había esperado tener suerte y que tarde o temprano Bruce decidiera que sí quería verla? No lo sabía. Ya no la conocía… Pero ahora, quería saber.

—Después de los Thunderers—decidió Bruce—. Después del partido, voy a ir a buscarla y hablar con ella.


El fin de semana siguiente, sucedió un escándalo de tales proporciones en Europa que las noticias volaron a Australia en un tiempo récord.

Había sido un fin de semana de Liga de Campeones, el torneo internacional europeo de quidditch. Entre los muchos partidos que se habían jugado, uno había sido un Arpías de Holyhead contra los Quiberon Quafflepunchers. Las Arpías habían ganado en un emocionante final, eliminando cruelmente a los Quafflepunchers de la competición; justo lo contrario de lo sucedido el año anterior, donde los franceses habían derrotado a las británicas en semifinales. Había sido un episodio de venganza perfecto. Y justo al acabar el partido Ginny Weasley, una de las estrellas de las Arpías, había declarado que estaba embarazada de cuatro meses y que se retiraba del quidditch.

Fue toda una conmoción sobre todo en Reino Unido, pero toda Europa, y en cierta medida el resto del mundo, se quedó atónita ante la noticia. Ginny tenía veintidós años y acababa de casarse. Si bien era cierto que había muchas jugadoras de quidditch que decidían ser madres jóvenes (era más fácil volver a estar en forma para jugar a los veinticinco que a los treinta y cinco, decían siempre), era extraño que tras tener un hijo tan pronto se retiraran; y más en el caso de Weasley, que ya era una estrella y tenía ante sí una carrera tan prometedora.

A Bruce le dio que pensar. Cuatro meses. Eso quería decir que cuando coincidieron en Italia, Ginny debía estar embarazada de un mes, más o menos. ¿Lo sabía ya entonces, o era demasiado pronto, o tal vez lo sospechaba o entraba en sus próximos planes? Recordaba sus charlas con ella, y como a su manera le había dado a entender que estaba cansada de todo aquello, del espectáculo en el que se había convertido su vida. Tal vez el embarazo había sido la excusa perfecta para dejarlo sin que nadie se lo reprochara.

Súbitamente, recordó otra de las cosas que le había dicho Weasley, y no pudo evitar reírse solo:

"…creo que no me queda nada por hacer que de verdad deseara haber hecho. Claro que quiero seguir jugando mucho tiempo y me quedan un montón de cosas que me gustaría ganar y demás, pero todo lo esencial… ya está. Bueno, a excepción de ganarles a esos insoportables de los Quafflepunchers. No aguanto a esos malditos franceses. Necesito ganarles al menos una vez en mi vida."

Weasley lo había hecho. Le había ganado a los Quafflepunchers y ya había hecho todo lo que quería. Podía retirarse en paz, tener todos los hijos que quisiera y tener su familia feliz y perfecta con Potter mientras se dedicaba a cubrir eventos deportivos cuando se aburriera.

Por Merlín, Bruce hasta estaba un poco celoso.


Mientras tanto los días seguían pasando y el partido contra los Thunderers se iba acercando, lo que se notaba en la tensión de los entrenamientos, que subía cada día considerablemente. Little Pete les hacía entrenar más horas que nunca, y no les dejaba marcharse hasta que acaban agotados y empapados en sudor, deseando tomarse una ducha helada. Caitlin Rhodes les acompañaba constantemente, sin dejar de hablar de cualquier cosa referente a los Thunderers que pudiera tener la más mínima relevancia: sus puntos débiles y fuertes, sus estrategias más habituales, la alineación más probable, el estado de sus bateadores, las diferencias entre sus estilos…Parecía que no acababa nunca. Jill también se acercó a hablar con ellos, recordándoles que estaba disponible para charlar cuando quisieran; y una tarde, casi por curiosidad, Bruce le hizo caso y cambió el entrenamiento vespertino (todavía iba cada día, aunque últimamente los hacía más cortos y relajados, para compensar las mañanas) por una charla con ella.

Nada más cruzar el umbral de su despacho, Jill le sonrió y dijo:

—Ah, conozco esa cara. Sé qué necesitas—y le dio un té relajante y le invitó a sentarse en el sofá.

No estuvo mucho rato, en verdad, pero sí que le sentó bien. No habían hecho nada especial, solo hablar y debatir un poco sobre lo que era el estrés, las presiones y las expectativas. Pero funcionó, y Bruce salió de allí sabiendo que estaba haciendo todo lo que estaba en su mano para estar perfectamente preparado contra los Thunderers. No podía hacer más. Y lo que tuviera que ser, sería.


Pero cuando llegó el gran día, Bruce estuvo nervioso de todos modos. Por mucho que hubiera tratado de relajarse, ese día se decidía gran parte de la temporada. Si fallaban, prácticamente podían dar la Liga por perdida.

—Rick Chastain, Jane Kipling y Kyle Perlman, Rachel Conroy, Marlene Neeson-Mills y Bruce Vaisey, y Danielle Lewis. Os toca—anunció el entrenador, antes de inspirar profundamente—. No me queda nada que deciros que no os haya dicho ya. Todos confiamos en vosotros. Sabemos de lo que sois capaces. Esta victoria va a ser nuestra y le vamos a demostrar a los Thunderers quién manda aquí. Así que salid ahí afuera y enseñadle al mundo de lo que sois capaces.

Bruce estrechó con fuerza la mano de Danny, de pie a su lado, y ella le devolvió una nerviosa sonrisa, dándole ánimos.

—Lo harás bien—le susurró Danny.

—Y tú mejor—respondió él—. ¿Lista?

Ella asintió con la cabeza, y junto con los demás se encaminaron al extremo del túnel, sujetando firmemente las escobas. Incluso ahí dentro hacía calor. Si no hacía viento, fuera debía ser un infierno.

Estaban los siete solos; los jugadores de los Thunderers salían por una puerta diferente. Rick se giró hacia ellos y les dirigió unas últimas palabras de ánimos antes de que sus nombres resonaran por todos lados y empezaran a salir uno a uno hacia el centro del campo.

Bruce fue el penúltimo del equipo, y una brisa cálida le golpeó el cuerpo cuando entró volando en el campo verde. Las gradas estaban atestadas de espectadores que rugían con emoción: todos sabían de la importancia del partido. Vio multitud de pancartas, varias con su nombre. Un rápido vistazo a la tribuna principal le bastó para ver lo concurrida que estaba. Entre los tres comentaristas de rigor reconoció a Vincent Vowell, que siempre estaba en sus partidos, y la mujer del centro le sonaba; Odenkirk o algo así. No conseguía recordar el nombre del tercero. Daba igual. Lo único importante era la snitch, que acababa de liberarse; las bludgers, que habían soltado en los extremos del campo; y la quaffle, que ya se estaba elevando en el centro y a por la cual Marlene y Charlie Vollman se habían lanzado. Marlene llegó primero, un buen presagio, y desvió la pelota hacia atrás, en la dirección de Bruce. Recibió la quaffle por reflejo, y fue como si una descarga de adrenalina le recorrió entero.

El partido había comenzado.


—¡…y se cumplen dos horas de partido con el gol de Rachel Conroy! ¡Gran jugada en equipo de los Warriors con un excelente bloqueo de Vaisey y un gran último pase de Neeson-Mills! ¡Con esto, los Warriors recortan distancias y se quedan a solo veinte puntos de los Thunderers! ¡50 a 70 en el marcador a favor de los Thunderers! —narraba Michelle Odenkirk.

Bruce chocó la mano con Rachel mientras volvían al centro del campo, y ella le gritó un "¡Vamos!" de ánimo. En la tribuna del equipo vio al entrenador gritarle algo a Jane, que era la que volaba más cerca de ahí, pero el público era tan ensordecedor que él no oyó nada.

No les estaba yendo mal, aunque por Merlín, qué intenso estaba siendo todo. A cada quaffle a por la que se lanzaban parecía la última, y las bludgers parecían más peligrosas que nunca. Danny y Rod Biggins, el buscador rival, habían hecho incontables amagos para distraerse mutuamente, y cada parada de los guardianes tenía a todo el mundo conteniendo el aliento. Los Thunderers, con Charlie Vollman a la cabeza, estaban liderando en los puntos de momento, y el gol de Rachel acababa de romper una racha de los Warriors de treinta minutos sin marcar. Bruce estaba sufriendo con particular intensidad el interés del bateador Jackie Apa, quien parecía haberla tomado con él ese día, y gran parte de sus jugadas se estaban viendo frustradas por sus bludgers. ¿Dónde demonios estaban Kyle y Jane cuando hacía falta? Había podido marcar solo un gol, pero al menos había conseguido arreglárselas para hacer buenos pases a Rachel y Marlene cuando las bludgers le atacaban. Aunque quería hacerlo mejor. Ir perdiendo no les daba ninguna seguridad.

—¡Y la quaffle vuela en manos de O'Hara! —retomó la narración el tercer comentarista, Jonas Adams—O'Hara es rodeada por Vaisey y Conroy, y en el último momento se quita la quaffle de encima, que va a parar a Vollman, que sale disparado hacia abajo…

—¡Una bludger de Perlman le corta el paso y mira! ¡Con qué astucia Neeson-Mills le ha arrebatado la quaffle! —exclamó con emoción Vincent Vowell—Neeson-Mills hace una voltereta y se aleja de Lucas-Salander, que estaba dispuesta a pegarse a su cola, pero ¡uf, por qué poco!

—¡La bludger de Perlman se ha dado la vuelta y yendo a por Lucas-Salander casi le da en toda la cara! ¡La cazadora de los Thunderers se ha librado por un pelo! ¡Perlman, cuidado con las caras que ahí duele!

—¿Cuántas veces se habrá partido la nariz Mariella Lucas con jugadas parecidas?

—Si no me equivoco, la última vez fue solo unas semanas antes de Navidad… ¡Suerte que se ha librado esta vez!

—¡De todos modos, Neeson-Mills ha conseguido alejarse y ahora los cazadores de los Warriors avanzan con la formación de cabeza de halcón! ¡Conroy se desvía hacia la derecha para esquivar esa bludger de Apa, pero Neeson-Mills y Vaisey continúan con Vaisey llevando la quaffle…!

—¡Y Neeson-Mills cae en picado para evitar la entrada de Vollman! ¡Vollman va a por la quaffle en las manos de Vaisey, pero espera ¡Vaisey no tiene la quaffle!

—¡No! ¡La quaffle la tiene Neeson-Mills, quien recupera la horizontalidad y tiene el camino despejado hasta los aros!

—Pero ¿cuándo le ha hecho ese pase Vaisey a Neeson-Mills? ¡Ha sido increíble! ¡Nadie ha visto desaparecer la quaffle! ¡Ni siquiera se ha movido! ¿Dónde habrá aprendido eso?

—Tratándose de Vaisey, ¿quién puede saberlo? ¡La cuestión es que le ha funcionado y Neeson-Mills llega al área! ¡Lanza la quaffle y…!

—¡Una bludger de Kipling le da en un pie a Newell y la guardiana pierde el equilibrio y no llega a la quaffle! ¡Neeson-Mills marca por el centro! ¡Gol de los Warriors que se ponen a solo diez puntos de los Thunderers!

Los fans de los Warriors chillaron como locos y los de los Thunderers abuchearon con la misma intensidad. Bruce sonrió mientras una parte de la grada coreaba su nombre, y dio una pirueta rápida para girar y volver al centro. Marlene le adelantó y le gritó "¡Bien!", que en su idioma era lo más parecido a un cumplido que uno podía recibir, y sonrió más ampliamente. Solo había ensayado dos veces el pase invisible con Marlene esa semana, pero había salido perfectamente. Era un pequeño logro más.

—Parece que los Warriors despiertan, ¿eh? —comentó Odenkirk.

—Ya era hora—bufó Adams—. Si el partido es un monólogo de los Thunderers ni siquiera tiene gracia ganarlo.

—¡Esto solo es el principio! —replicó Vowell—¡Los Warriors van a por todas, y esto es solo un pequeño ejemplo! ¡Nos quedan horas de…!

—¡Incorrecto, señores! ¡Parece ser que no nos quedan horas! —chilló de repente con voz aguda Odenkirk—¡Los buscadores han visto la snitch! ¡Si los bateadores no intervienen, esto es el final del partido!

Se hizo el silencio en el estadio de golpe, con todo el mundo conteniendo la respiración. Bruce se giró, como todos los demás, hacia donde estaban Danny y Biggins, volando por encima de todos codo con codo. Notaba el corazón latiendo frenéticamente en el pecho, y todo parecía transcurrir exasperantemente despacio. Era como si el tiempo se detuviera, como si no quisiera que llegara el final. Era desesperante. Vio, con sorprendente claridad, como la snitch hacía un quiebre hacia abajo… y como Biggins era demasiado lento para seguirlo, mientras que Danny se echó encima de la snitch con una rápida inclinación de la escoba; tan rápida que casi se la pasó de largo. Cuando capturó la pelotita dorada, esta ya estaba a la altura de su rodilla.

—¡Danielle Lewis atrapa la snitch! ¡Los Warriors atrapan la snitch! —anunció Vincent Vowell, y el resto ya apenas se oyó, silenciado por los gritos de euforia de los espectadores—¡Los Warriors ganan a los Thunderers por doscientos diez a setenta en poco más de dos horas de partido! ¡Esto coloca a los Warriors empatados con los Thunderers en la primera posición de la Liga, con el mismo número de victorias, doce!

—¡Y no solo eso, Vincent! —añadió Odenkirk—¡Gracias a la diferencia de puntos, favorable a los Warriors, estos se quedan temporalmente con la primera posición! ¡Acabamos de ver un cambio en los líderes de la Liga! ¡Los Warriors llegan a la cima de la clasificación!

—¿Has oído eso, Vaisey? —la voz de Kyle, mucho más cerca de él, devolvió la atención de Bruce al campo, y vio a su compañero dirigirle una sonrisa radiante—¡Hemos ganado! ¡Vamos primeros!

Bruce soltó una carcajada, liberando con ella toda la tensión de las últimas dos semanas, y se abrazó a Kyle con entusiasmo. En apenas unos segundos llegarían el resto de sus compañeros a celebrar juntos.

Habían ganado. Iban primeros.

El quidditch era maravilloso.


Al acabar el partido todos los periodistas prácticamente se les echaron encima, ansiosos por obtener todas las declaraciones posibles, y se pasaron cerca de una hora respondiendo preguntas. Al llegar la noche no pudieron ir a celebrar la victoria a un pub muggle, como era la habitual, puesto que todavía había una multitud de reporteros vigilando sus movimientos; si les hubieran seguido hasta un lugar muggle habría sido demasiado llamativo, por lo que tuvieron que cambiar de opción y se refugiaron en un bar del callejón Hexágono. Fue bastante extraño para Bruce, que era la primera vez que entraba en ese lugar con tantos de sus compañeros de equipo; todo el mundo dentro les reconoció de inmediato, y aunque pasada una hora por fin la gente dejó de acercárseles constantemente a saludarles y a hablar insistentemente con ellos, siguieron siendo observados con fascinación por el resto de ocupantes del bar. No le gustó. Se sentía como un animal en un zoo, como si todo el mundo les mirara esperando pacientemente a que hicieran algo especial o "de famoso". Bruce no lamentó no darles el espectáculo que buscaban, ya que se limitó a permanecer sentado en su esquina cerca de Danny, a beber y a escuchar las historias de Jane y Kyle, que para compensar se dedicaron a hablar y reír mucho más alto de lo habitual. Rachel fue la que más pronto se marchó a casa, sorprendentemente, y Tommy fue el único que dio a los periodistas (que aunque tenían prohibida la entrada al bar, espiaban con insistencia a través de las ventanas) la noticia que buscaban, al empezar a besarse apasionadamente con una chica joven tras hablar con ella durante el asombroso tiempo de un minuto y medio.

—Tal vez esto baste por fin para abrirle los ojos a la pobre Tiffany—bufó Kyle al verlo.

—Tenemos que pensar cómo le presentamos a Nate—le recordó Jane—. Esta semana nos reunimos y lo hablamos.

—No sabía que necesitabais una reunión especial para estas cosas—comentó Bruce, divertido—. Ya pasáis casi todo el tiempo juntos.

—Pero para esta tenemos que prepararnos con ideas y sugerencias—le explicó Jane, como si fuera obvio.

—Claro. Tenemos que preparar un plan maestro—añadió Kyle—. No es como si fuera cualquier otra tarde leyendo Frambuesa mientras bebemos vino. Aquí vamos a hacer algo serio. Estás invitado a unirte, por cierto. Tus opiniones extrañas serán bienvenidas.

Bruce agitó la cabeza.

—No contéis conmigo. No se me daría bien.

—Sabíamos que dirías eso—replicó Jane, y ella y Kyle se miraron sonrientes—. Danny, ¿tú qué dices? Eres más sensible que el trozo de hielo que es tu novio. Nos será útil tu contribución.

Danny se lo pensó un rato, e hizo falta que Kyle y Jane le insistieran y rogaran, pero al final accedió y los tres se pusieron a acordar un día para su ahora importante reunión.

—Hagáis lo que hagáis—comentó Bruce—, aseguraos de que ese tal Nate sabe dónde se está metiendo.

A la mañana siguiente, "LOS WARRIORS SE COLOCAN PRIMEROS", "LOS WARRIORS DERROTAN A LOS THUNDERERS", "1-1: WARRIORS Y THUNDERERS, AHORA EMPATADOS", "LAS SEGUNDAS PARTES SIEMPRE FUERON ¿BUENAS?", "LA VICTORIA DE LOS WARRIORS APRIETA LA LUCHA POR LA LIGA" e incluso "TOMMY MARINI CELEBRÓ LA VICTORIA MEJOR QUE NADIE" fueron solo algunos de los titulares de la prensa, que se repitieron con ligeras variaciones a lo largo de toda la semana. No estaba nada mal. Los Warriors ocupaban portadas y Tommy conseguía lo que quería, que al parecer era volverse un famoso importante, lo que a la vez significaba que le prestaban menos atención a Bruce en ese aspecto. Todos ganaban.

Las cosas no podían ser mejores.


La siguiente semana Bruce se tomó con calma los entrenamientos. Ese domingo iba a ser el último partido de la segunda ronda de la Liga, contra los Melbourne Fighters, y por lo que Little Pete le dio a entender desde el lunes, él no iba a jugar. Por lo tanto, Bruce tenía tres semanas casi enteras para prepararse para el siguiente partido, que iba a ser el encuentro de semifinales de la CITOQ contra un equipo de Nueva Zelanda. El equipo le había ganado a los Hobart Monsters con facilidad en los cuartos de final, por lo que eran temibles y auguraban un partido duro y complicado, pero Bruce se moría de ganas de jugarlo. Iba a ser el primer reto de verdad de la CITOQ. Si bien los Spears habían sido un buen rival, no eran comparables a los mejores equipos de Nueva Zelanda y Australia, que eran reconocidos mundialmente. Bruce había oído hablar hacía muchos años de los neozelandeses Ruapuke Merrys; nunca en la vida había sabido nada de ningún equipo de Nueva Guinea. Así que solo el pensar que se iba a enfrentar a un equipo tan conocido como aquel hacía que mirara con ansias el calendario y llevara la cuenta atrás hasta el día del partido.

Los días pasaban asombrosamente lentos cuando uno tenía que esperar tanto, pero Bruce trató de mantener la calma. Siguió con su rutina habitual de entrenar con ligereza por las tardes, y cuando volvía a casa Danny siempre estaba allí. A Bruce todavía se le hacía extraño, porque a veces parecía que Danny prácticamente se había mudado allí sin cuestionárselo; solo se iba a su propio piso para ducharse, ya que prefería la enorme bañera de su casa que la simple ducha de Bruce, y algunas noches se iba a casa de sus padres a cenar con ellos. A Bruce le gustaba estar con ella, por supuesto, y se sentía cómodo teniéndola alrededor. Pero al tenerla constantemente en esa casa tan pequeña, echaba de menos tener un espacio propio para él solo. Era como si le hubieran quitado su privacidad sin preguntarle. Y por mucho que le gustara estar con Danny, Bruce también necesitaba pasar ratos a solas. Tenía que descubrir cómo explicárselo con tacto y sin hacerla sentir culpable, porque parecía ser que Danny no tenía esa necesidad. ¿Cómo tenía que hacerlo para dejar claro que no era culpa suya, sino que le pasaba eso con todo el mundo?

Así que aunque se sintió un poco culpable él mismo, se alegró la tarde que Danny se marchó con Jane y Kyle a organizar su plan maestro, porque eso significaba que iba a tener muchas horas para hacer lo que quisiera sin dar explicaciones a nadie.

La tarjeta con la dirección de su madre descansaba sobre la mesita al lado de la televisión, pero no iría a verla ese día. Todavía no. Estaba pensándose qué quería decirle, y todavía tenía que aprender cómo llegar hasta ahí por métodos muggles. No le parecía muy educado aparecer ahí de improviso por la red Flu.

No, esa tarde decidió salir solo sin ningún propósito verdadero, solo pasearse tranquilo. Tras vagabundear un rato por el callejón Hexágono, entrando ocasionalmente en alguna tiendecita y tomándose un helado para paliar el calor abrasador, acabó cruzando el túnel evanescente del final del callejón que conducía a Adelaida. El próximo partido que les enfrentaría contra el equipo local, los Lobethal Creators, estaba todavía lejos, así que no tenía que preocuparse en exceso por aficionados agresivos.

Los adoquines morados que cubrían el suelo de la calle mágica le daban al lugar un aire de lo más extravagante, y los pubs, especialmente numerosos, parecían competir para ver cuál tenía un nombre más original. Había multitud de carteles pegados en escaparates anunciando conciertos o sesiones abiertas en las que cualquiera podía ir a subirse al escenario y tocar, aunque los más llamativos eran los de los Demon Firefighters, el grupo de moda, que tenían su próximo concierto multitudinario en solo unas semanas.

Por curiosidad entró en una de las tiendas de música. No tenía nada de especial, no era la más grande ni la más pequeña, sino que simplemente estaba ahí cuando a Bruce le apeteció entrar en alguna a ver qué variedad musical había. Resultó que se había metido en una tienda de música internacional, y por la radio salían a todo volumen los gritos de alguien que cantaba en ruso, polaco o algo parecido. Un hombre joven estaba tras el mostrador, luciendo coloridos tatuajes en ambos brazos, y le preguntó si buscaba algo en concreto, luchando por hacerse oír por encima del estrépito de la radio. Bruce negó con la cabeza, y se internó por entre los estantes a paso rápido. No había mucha gente en el interior: una pareja aquí, un grupito de jóvenes revoloteando por el fondo, y ya. No tenía pensado quedarse mucho tiempo, hasta que, de repente, se encontró con un disco que reconocía justo frente a su cara. Era de las Snitches de Alas Dobladas. Y no uno cualquiera, sino el disco de las últimas Navidades. Bruce lo había escuchado hasta la saciedad en la granja de los Lane, como ya era habitual cada año, pero no había conseguido hacerse con una copia. Había oído que se habían vendido a toda velocidad… Pero ahí había uno.

No tuvo que pensárselo dos veces para cogerlo y llevárselo al mostrador.

—Ah, Tell'em the truth (1) de las Snitches—dijo el vendedor con tono evaluador, examinando el disco con aire de experto—. Es muy interesante. Diferente a lo que habían hecho las Snitches hasta ahora, ¿eh? He oído que ha levantado cierta polémica en Estados Unidos, pero a mí me llama más la atención la evolución de sus letras en general. Es especialmente curiosa la supuesta canción "romántica" del disco. Another es diferente de Fly with me y When you. Esas canciones parecen ser parte de la misma historia, pero Another no. Es casi como si te la cantara alguien hablando de la historia de amor de las otras dos. ¿No es curioso? Me pregunto cuánto de todo esto estará basado en las vidas personales del grupo y cuánto es imaginación.

Bruce se encogió de hombros. No quería responder a eso. Sabía, gracias a Amanda, que el extraño triángulo amoroso entre TJ, Meg y Mike seguía sin resolverse, pero ignoraba en qué estado estaba. La teoría del vendedor podría ser bastante acertada, pero Bruce no creía que eso fuera de su incumbencia.

Cuando Bruce volvió a casa, no tardó ni un minuto en poner el disco, y de inmediato se sintió transportado a Estados Unidos. Le recordaba a los días de Navidad en la granja, pero también a las tardes en el Goblin's en Nueva York viendo a las Snitches con Jason, Amanda, Brian y los demás. Eso había sido en su segundo año en la gran ciudad, y le parecía que habían pasado siglos desde entonces. En parte, lo echaba de menos. Había sido un gran año, con sus más y sus menos. Habían ganado la Liga por primera vez, habían vuelto al TIAQ, había sido el año en el que había empezado a destacar, y hasta había aparecido en el Equipo Ideal… En cierto modo, había sido el año en el que había empezado a despegar.

Curiosamente, Danny apareció en su casa justo cuando estaba sonando Another, y la joven se quedó escuchando unos segundos en silencio con curiosidad:

"I wish... I could be happy for you

'Cause you deserve all joy, and

I wish... I could be her too

To be the one to hold your hand

The one you look in the eye

The one making your heart beat

The one you kiss good night

The one making you complete

But there you are with another woman

And our time together never even began…" (2)

—Qué deprimente es esta canción, ¿no? —comentó Danny finalmente—Qué rara es. Ni siquiera rima. ¿Cómo puedes escuchar esto?

—Me trae buenos recuerdos—repuso Bruce simplemente.

Danny frunció el ceño ligeramente.

—No sé cómo pueden ser buenos recuerdos con lo raro que suena, pero vale. Tendré que aceptar tus extraños gustos musicales. Pero ahora que estoy aquí, ¿por qué no hacemos algo más agradable? Pongamos algo en la tele y te cuento qué hemos planeado durante toda la tarde.


El partido del domingo contra los Melbourne Fighters tenía pinta de ser poco más que un trámite. Debía ser una victoria fácil. Los Fighters estaban atravesando una mala racha y llevaban ya cuatro partidos seguidos sin ganar y hasta habían perdido contra los Finders, así que nadie estaba muy preocupado por el partido. El único elemento peligroso era Zach Lewis, el hermano de Danny, que era el mejor de sus jugadores y un cazador muy hábil. Aparte de él, los Fighters no tenían mayor complicación como equipo.

Eso se vio reflejado en el comienzo del partido, que Bruce vio desde la tribuna sentado junto a Rick. No había sido suficientemente hábil para librarse de él, y ahora le tenía sentado ahí, mientras le daba lecciones de quidditch como si tuviera diez años y sonreía encantadoramente al resto de trabajadores que pululaban por ahí. Bruce intentaba ignorarle y centrarse en el partido, pero a Rick le gustaba tanto ser el centro de atención que Bruce no conseguía que dejara de hablarle por más de un minuto seguido. Por lo demás, todo iba bien en el campo. Zach Lewis y sus dos acompañantes mediocres no eran rivales para Marlene, Rachel y Tommy, y sus bateadores, si bien eran fuertes, estaban teniendo problemas de puntería. Además, Mitch lo estaba parando todo, mientras que la guardiana de los Fighters estaba mostrando varios puntos débiles, así que la diferencia en el marcador fue subiendo poco a poco hasta rebasar los cien puntos a las tres horas de partido. Era una mañana plácida de domingo, un día de verano infinitamente caluroso en el desierto. Ni siquiera Little Pete parecía nervioso por el partido, como era habitual; ese día, todo estaba bajo control.

—Mira, ahí va Marlene a marcar su característico gol por la derecha—le advirtió un sonriente Rick, señalando al campo con entusiasmo—. Mírala, ahora va a hacer un desvío hacia arriba… Un amago a la izquierda… Entra en el área a toda velocidad, engaña a la guardiana y se acerca mucho… ¡Y lanza y gol! ¡Un clásico! —concluyó Rick, satisfecho.

En efecto, Marlene había hecho exactamente eso. Era una de sus jugadas habituales, imparable y siempre efectiva. Había acabado la jugada muy cerca del aro derecho, y miraba hacia las gradas del fondo con el puño en alto, mientras los aficionados ahí sentados coreaban su nombre con emoción… Y entonces sucedió.

Fue el accidente más escalofriante que Bruce había visto en su vida.

La visión se le quedaría grabada para siempre, aunque nunca iba a querer describírsela a nadie. La bludger venía desde atrás; de uno de los bateadores de los Fighters, frustrado por llegar tarde a otra jugada. Y en lugar de golpearle a Marlene en el cuerpo, le dio en algún lugar cerca de la nuca. El bateador no tenía puntería, pero sí fuerza: la suficiente como para que tras el golpe Marlene saliera disparada hacia delante de su escoba y la parte frontal de su cabeza chocara contra el aro derecho. Tras eso, la caída hasta el suelo había durado apenas un instante.

Bruce fue incapaz de moverse, o siquiera de reaccionar de alguna forma. Se quedó congelado en su asiento, aterrado. A su lado, Rick también había perdido el habla. Un silencio sobrecogedor inundó el estadio. Antes de que todo el mundo empezara a reaccionar y los gritos y exclamaciones de horror se oyeran por todas las gradas, los medimagos de la tribuna, y también el entrenador y los preparadores físicos, habían saltado al campo sobre una escoba y se dirigían a toda velocidad hacia Marlene. Solo entonces el árbitro también reaccionó y pitó un descanso.

—Por Merlín—oyó susurrar a Rick.

Bruce cerró los ojos, intentando borrar la horrible imagen de su mente. Casi podía oír la bludger chocar contra su cráneo.

¿A quién intentaba engañar? Esto no era algo que se pudiera olvidar.


(1) Contadles la verdad

(2) Deseo... Poder estar contenta por ti / Porque te mereces toda felicidad, y / Deseo... También poder ser ella / Ser la que sujeta tu mano / La que miras a los ojos / La que hace tu corazón latir / La que te da un beso de buenas noches / La que te completa / Pero ahí estás con otra mujer / Y nuestro tiempo juntos ni siquiera empezó...


¡Hola a todos!

Aquí estoy otra vez, terminando un capítulo por todo lo alto... ¿Qué habrá sido de Marlene? ¿Cómo de grave ha sido el accidente? Esas preguntas y muchas más... ¡serán resueltas en el próximo capítulo!

Por lo demás, aquí tenemos mucho quidditch (¡Los Warriors se han puesto primeros! ¿Podrán mantener el puesto o todo se desmoronará?), y una de mis cosas favoritas, que son Bruce y compañía simplemente charlando de sus cosas y sus vidas. Hay un poco de surf, tenemos a Bruce reflexionando, las Snitches de Alas Dobladas hacen una breve aparición... ¡Y no podía continuar sin mencionar a Ginny retirándose con James en camino!

Como siempre, quiero dar mil gracias a los que seguís leyendo. Si queréis alegrarme el día (¡y la semana entera!) ya sabéis cómo dejar un review aquí debajo. La vida tiene altibajos y ahora mismo el mundo está a solo unos pasos de ser un completo desastre... Pero yo estoy aprendiendo a cultivar la paciencia y a intentar ver buenas cosas en los pequeños detalles. ¿Por ejemplo? Solo quedan cuatro capítulos para acabar esta temporada de Bruce en Australia y últimamente estoy escribiendo mucho (¡a un capítulo por semana o incluso más!), tanto que ya empiezo a vislumbrar el final de este fic... Pero no puedo añadir más, claro. Ahora ya sí, dejo de alargarme en esta nota y me despido. Cuidaos mucho.

¡Hasta la próxima!