"— ¿Que signifiqué para tí?"

Varios minutos pasaron en silencio, tan solo interrumpido por el ruido de las maquinas que lo mantenían vivo. Pudo sentir cada pequeño punzar de dolor, cada recuerdo, cada palabra. Y cuando la corriente de aire frio recorrió su muñeca, cuando lo miro levantarse y alejarse, sus párpados se cerraron.

— Adiós Scott...

"No, por favor no te vayas" "No te vayas, Francis"

Su mano se estiro de manera lamentable hacia la cómoda que apenas avanzaba a ver de soslayo. Su cuerpo, moviéndose poco a poco con toda la fuerza que pudo reunir, dejó el aire escapar de sus pulmones, su visión se iba volviendo más borrosa y el amortiguamiento ganaba una vez más sobre el dolor punzante de sus músculos.

Pero no se detuvo. No podía detenerse y dejar que todo acabe de esa forma. Y entonces, cayó. Cayó en un golpe ensordecedor que pudo haberse escuchado hasta cuartos más allá. La máquina que pitaba en alarma yacía resquebrajada a pocos centímetros de sus pies, el golpe logró sacar las pocas moléculas de aire que quedaban en sus pulmones y hacer que su vista se volviera negra en intervalos de segundos. Sin embargo, solo una cosa estaba en su mente. Una cosa que le hizo dejar toda esa agonía física en segundo plano a favor de buscar una vez más, con ojos borrosos, ese lugar. El cajón donde estaba el mensaje que podría arreglarlo todo, que podría revelar la verdad.

— ¡Scott!

El grito y los ojos llenos de pánico apenas se registraron en su memoria porque no podía pensar, no podía ver, sentir, o si quiera respirar. No pudo sentir las manos sobre su cuerpo, o el calor sobre su rostro. No podía hacerlo cuando su objetivo se iba alejando cada vez más, y más. Lo estaba perdiendo.

Su mano subió a aquello que lo sostenía de los hombros, que no lo dejaba moverse con libertad. Debía alcanzarlo, debía liberarse, pero apenas le quedaban fuerzas para luchar. Y entonces, sus ojos verdes chocaron con esos tan conocidos, esos azules tan únicos que habían sido su mayor dolor y alegría.

Estaba ahí, no se había ido. Tenía que mostrarle, enseñarle la verdad. Ese pequeño objeto que años atrás habia pertenecido a su madre, que fue una de las pocas cosas que sobrevivió el accidente, el que le habia entregado a su hermano el día del funeral, y ahora guardaba ese mensaje que podía volverlos a unir, que rogaba que los volviera a unir. Porque ellos no tenían la culpa de nada, ellos debían ser felices. Por eso, no se detuvo, no dejo el dolor mostrarse en su rostro por toda la fuerza con las que sus uñas raspaban el suelo en un intento de moverse, de arrastrarse como un gusano hacia su destino. Estaba tan cerca, pero no lo podía alcanzar, no podía moverse. Y cuando la realización brillo en los ojos azules, cuando lo vio alcanzar por ese objeto y sostenerlo entre sus manos, pudo forzar la última bocanada de aire a sus pulmones. Su conciencia cada vez estaba volviéndose borrosa, y el dolor de su cuerpo iba amortiguándose. Lagrimas empezaron a resbalar de sus ojos.

"Mamá... ¿es este el final?"

Un sonido agudo bloqueaba sus tímpanos y sus ojos subieron una vez más a esos azules que intentaban hacer algo desesperadamente, que intentaban salvarlo pese a todo el daño que le habia hecho, que lo miraban con tanto dolor y arrepentimiento, con suplica que en ese momento no pudo contestar. Lo único que pudo hacer fue detener su intento frenético y tocarlo una última vez. Sus manos frías haciendo un último contacto con ese calor, sus ojos chocando una vez más con esos azules tan preciosos, tan puros que desde la primera vez que los vio habían logrado tambalear sus barreras. Ese hombre que haría lo imposible por cuidar de su hermano, el único al que podía confiarle a la persona más preciada de su vida, que podía volver a poner todos los pedazos juntos. Y entonces, intento hacer lo que todo ese tiempo le habia sido imposible.

Su boca se abría y cerraba, los sonidos morían en su garganta, saliendo solo como pequeños balbuceos, pero cuando sintió su corazón dar su ultimo latido, una sola palabra salió de su boca.

— Arthur...

"Cuida a Arthur"

El pitido insistente de la maquina se volvió mucho más errático. Las líneas del ritmo cardiaco apenas logrando levantarse en picos opuestos a una línea recta, y entonces, en esos pequeños segundos, pudo ver como los ojos verdes rodaban detrás de sus parpados mientras la mano que antes tocaba su mejilla caía al suelo como peso muerto.

— ¡Scott! — Francis gritó sacudiéndolo en un intento de despertarlo. No podía creer lo que estaba viendo. No pudo sentir su pie chocar con el metal de la camilla, o como su mano aplastaba con mucha más fuerza de la necesaria ese botón rojo que alertaba al personal médico.

Nunca se había sentido más estúpido, porque ¿Por qué había perdido el tiempo en ese puto mp3 cuando la persona a sus pies iba muriendo por cada pequeño respiro que intentaba dar?

—Emergencia médica, código rojo, ¡código rojo! ¡Putain!... Scott, resiste, por favor— rogó volviendo a arrodillarse a su lado, chequeando una vez más sus signos vitales. Y cuando no pudo sentir nada, el verdadero pánico recorrió su cuerpo. Una sensación tan impactante que no sabía cómo había sido capaz de volver a respirar. Pero lo hizo, intento volver a sus sentidos, intento poner la presión adecuada sobre sus brazos, presionar repetidamente el lugar que por tantos años había memorizado.

Solo tenía un objetivo en mente, y ese era salvarlo, salvarlo costara lo que costara, porque sabía que de no ser así no podía perdonárselo. Miles de "por favor" se repetían en sus labios y no supo en qué momento las lágrimas habían comenzado a caer.

Ni siquiera noto la puerta abrirse, o las voces llamándolo hasta que sintió como lo empujaban de los hombros para alejarlo, y quiso protestar, que no lo dejaran desperdiciar un minuto más, pero una mano lo forzó a alzar su mirada.

—Francis, por favor— el aspecto en esos ojos azules era una mezcla de horror y desesperación. No tardo un solo segundo en reconocer al hombre frente suyo, y calmar su respiración tan solo un poco cuando sus ojos cayeron en el desfibrilador. Pero ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Un minuto? ¿Dos? No lo sabía, no tenían tiempo que perder.

—Apúrense con el desfibrilador— pudo escuchar la orden como si fuera un sonido lejano, y sus ojos empapados enseguida se fijaron en los números que empezaban a sumarse en la carga del aparato, el gel siendo distribuido en las placas de metal y el primer shock de electricidad haciendo que el cuerpo inconsciente en el suelo se sacudiera. Pero los signos vitales seguían sin subir. ¿Qué demonios estaban haciendo, merde?

—200, carga de 200— ordenó en una voz rota pero firme mientras Alfred seguía dando RCP con desesperación, pero cuando el nuevo shock de electricidad sacudió el cuerpo de Scott, sus signos vitales continuaron en cero. No servía, nada servía. —Una vez más 200, merde ¿¡Por qué se tardan tanto!? — gritó golpeando el suelo con furia, su mandíbula apretándose tanto que se iba a quebrar y sus ojos con un brillo peligroso en ellos. Todo eso debía ser una pesadilla. Y cuando la tercera carga de energía vino, y Alfred empezó a dar RCP una vez más, no pudo soportarlo. No podía morir, no, se negaba a dejarlo.

Con todas las fuerzas que su cuerpo pudo reunir, empujo al estadounidense a un lado, sus manos aplicaron presión una vez más en el pecho del escocés, intentando contar cuantas compresiones iba sin éxito. Porque cada vez que lo hacía, otro sollozo lo cortaba. Los ojos de todos los presentes en el cuarto estaban sobre él, y de repente, no fue el único que derramo lágrimas.

—No Scott, por favor, no. No hagas esto. Vuelve por favor. — rogó una y mil veces, a todo lo sagrado, a Dios, pidiendo que no se lo lleve, a su hermano, pidiéndole que lo perdone, a sus manos pidiéndoles que no le fallaran. Y cuando los recuerdos de ese día, hace más de quince años pasaron por su memoria, el día en el que vio a Matthew sin vida en la cama de hospital, no lo pudo resistir más y gritó. — ¡Vuelve! ¡Debes Volver! No de esta manera, no de esta manera Scotty, s'il te plait.

Las lágrimas nublaban su visión y su cabeza, tan pesada y liviana al mismo tiempo le hacía querer vomitar. No le importo cuanto su garganta comenzaba a arder por sus gritos, o el aspecto horrorizado de los doctores en la habitación. Nada le importaba, nada, porque si no podía hacerlo vivir, hacerlo abrir los ojos, tan solo una vez más, no sabía cómo iba a continuar viviendo.

—Detente Francis, él ya...— un brazo lo detuvo con fuerza de la muñeca, pero su mente estaba en un remolino tan grande que no pudo reconocer nada de lo que estaba haciendo, o como el hombre frente a él lo miraba con el rostro empapado de lágrimas.

— ¡Suéltame! —gruño fuera de sí, apartando el agarre de un manotazo. Sus puños regresando al pecho del escocés, sus ojos disparándose desesperadamente a aquel rostro inerte, a ese cabello tan único que nunca podría confundir, a las pequeñas pecas apenas notables en su piel y sus pestañas tan claras que a veces parecía no tenerlas. Y entonces no pudo evitar que su mente volviera al pasado, a todos esos momentos juntos. La primera vez que lo conoció, la primera vez que fueron a pescar, su ceremonia de graduación, el momento en el que le dio permiso de salir con Arthur. — ¡Scott, por favor, por favor! — su voz salió en apenas un murmullo, aumentando hasta convertirse en un grito que hizo que todos en la habitación se estremecieran. Y no supo en qué momento sus manos se convirtieron en puños, o cuando dejo de controlar su fuerza para simplemente chocar con el pecho del escocés sin conciencia alguna. El mundo a su alrededor desapareció, dejando solo un sentimiento de desesperación e impotencia.

No podía escuchar como Alfred le pedía que parara, o darse cuenta de la persona que pocos segundos atrás había llegado a la puerta abierta de la habitación, mirando todo con incredulidad, porque de haberlo notado sabía que se hubiese detenido. Sabía que hubiese corrido a evitar que viera esa escena, que sus ojos cayeran en el cuerpo sin vida en el suelo, pero no lo hizo... no lo hizo porque el dolor era tanto que lo estaba cegando, había nublado todos sus sentidos.

—Es demasiado tarde, ríndete ya— esas palabras apenas retumbaron en su subconsciente cuando sintió una mano sobre la suya, intentando detenerlo sin éxito.

Alfred miraba con el pecho apretado, y se forzó a sí mismo a no observar al cadáver en el suelo, a como puños chocaban con su pecho, o escuchar el llanto desgarrado de Francis.

Solo... debía detenerlo, debía dejar que se lo llevaran, que Francis se diera cuenta de que era demasiado tarde. Ya más de diez minutos habían pasado y no había nada más que pudieran hacer.

Non, non, aún puedo... aún puedo hacerlo— una parte de su subconsciente sabía que debía parar, darse por vencido y aceptar la realidad, pero la otra, la parte más fuerte, le decía que no podía dejarlo ir de esa manera. No estaba preparado para perderlo. No estaba preparado para tener la muerte de una persona en sus manos, porque había sido su maldita culpa, todo...

Ante sus ojos, el cuerpo inerte del escocés se distorsionó al de su hermano. Su mente se transportó a momento en el que vio al cuerpo sin vida de Matthew en la camilla de hospital, le dolor que había entumecido su cuerpo por completo, sin dejarle respirar. Quiso gritar.

"Ahora entiendo la desesperación que sentiste ese día, cuando intentaste salvar a mi hermano, cuando gritaste que regresara, cuando te fuiste del cuarto... lo entiendo todo... por eso, por favor, Scott, vuelve... por favor"

—Francis, él ya no...

—Scott...— esa voz lo hizo detenerse en seco. Todos los ojos que antes estaban sobre él se dirigieron a la persona parada en el umbral de la puerta. El tiempo pareció detenerse y el silencio reinó. Los mirada de todos cayó al suelo cuando reconocieron de quien se trataba, nadie atreviéndose a verlo, excepto una persona. Y, cuando sus ojos azules chocaron con esos verdes, sintió toda su compostura caer.

Lo que vio en ellos no se pudo comparar con nada de lo que antes había experimentado. Nada se podía comparar a ese momento en el que vio los ojos de Arthur fijos en el cuerpo sin vida sobre el suelo de la habitación, o el momento en el que subió sus manos a su boca para cubrir el sollozo que había salido cuando la realización lo golpeo y sus piernas comenzaron a llevarlo a paso lento y agonizante.

Cuando lo vio caer de rodillas frente al cuerpo del escocés, retrocedió inconscientemente, sus ojos azules desviándose al suelo, y supo que nunca se había sentido peor.

— Scott, hermano... no, por favor, no. Despierta... ¡despierta por favor, Scott! — nadie pudo describir el mar de sentimientos que invadieron la habitación. El ambiente volviéndose tan pesado que Alfred sentía que no podía seguir más. No podía seguir escuchando o viendo la escena que se desenvolvía frente a sus ojos, como el mundo de esas dos personas se rompía en pedazos y el pitido ensordecedor de las maquinas les indicaba a todos lo que había pasado en cuestión de minutos.

•••

Emily soltó un respingo cuando la puerta de su despacho fue abierta de golpe, las pesadas puertas de madera resonando contra la pared en un ruidoso estruendo que juraba pudo haberla despertado de su más pesado sueño. Su ceño se frunció en cuestión de segundos y se preparó para gritar a cualquier persona responsable por eso, hasta que sus ojos chocaron con unos azules furiosos, pero algo en ellos le hizo tragar en seco todas las palabras que había preparado.

—Él falleció...

Sus ojos subieron a mirarlo sin comprender, y cuando la realización la golpeo, no supo porque sintió como toda la energía se drenaba de su cuerpo y se le empezaba a hacer imposible respirar ¿Por qué?

Ese sentimiento que la estaba empezando a invadir era algo que nunca había experimentado, que no conocía. Hasta que escucho esas dos palabras salir de los labios de su hijo y sus ojos azules empañados de lágrimas que se rehusaba a derramar.

— Lo cierto es que... el no murió a causa de su enfermedad. Tu y yo matamos a una persona más—fue lo único que dijo antes de salir de la misma manera en la que entró. Escucho las puertas de su despacho una vez más chocar, y cuando finalmente se supo sola en ese lugar, se dio cuenta de lo que verdaderamente estaba sintiendo.

Tenía las imágenes de Scott vivas en su memoria. Recuerdos de ese día, hace dieciséis años, de todas las noches en las que habían salido juntos, de las copas que habían compartido. Y por un breve segundo se permitió que ese sentimiento surgiera, que sus ojos comenzaran a escocer y las lágrimas que por tanto tiempo había contenido finalmente resbalaran por sus mejillas.

Alfred salió a zancadas, caminando por los pasillos sin ver verdaderamente a donde sus pies lo llevaban. En ese momento lo único que quería era ir lo más lejos posible de su madre, irse de ese hospital, del olor a muerte impregnado en cada pared.

Sentía que lo estaban sofocando. Su mandíbula, su cabeza, su vientre, todo dolía por el esfuerzo de contener el llanto, de mantener la compostura hasta poder estar a solas y finalmente dejar ir todo el remolino de emociones en su pecho. Dejó de contener las lágrimas, porque no había manera de pararlas. La nube de vapor en sus lentes haciéndole imposible ver a donde se dirigía, o quien pasaba frente suyo, y de no ser por el ardor en su garganta de seguro hubiese soltado alguna maldición o queja cuando chocó con alguien en el pasillo. Con su visión borrosa le fue imposible detectar quien era. Hasta que escucho esa voz llamarlo.

—Fredka— Su mirada se alzó instantáneamente y sus ojos chocaron con los del mayor igual de sorprendidos, no esperaba encontrárselo tan de repente. Pudo ver como el ceño fruncido e irritado cambiaba en cuestión de segundos a uno de confusión, y de haber sido cualquier situación normal hubiese bromeado de cuan corto de temperamento era Ivan, pero ahora sentía que ni siquiera podía curvar sus labios y forzar una sonrisa para no preocuparlo del aspecto tan desaliñado que de seguro tenía. Y apenas sus ojos chocaron con los violeta los vio llenarse de preocupación y sintió aquellas manos en sus mejillas, limpiando cada pequeño trazo de lágrimas. No lo pudo contener más.

—Vanya...— su voz salió más rota de lo que esperaba. Sus labios abriéndose y cerrándose en un intento de dar una explicación, pero en ese momento simplemente no podía, no podía porque sin darse cuenta había roto en llanto. —Vanya— esta vez fue un llamado de ayuda, porque no sabía cómo iba a lograr superar toda esa situación, como iba a lograr calmar el acelerar tan doloroso de su corazón. Sintió esos brazos fuertes envolverlo en un abrazo que no dudo ni un segundo en corresponder, enterrando su rostro en el pecho del hombre que sabía que, en ese momento, era el único capaz de calmar la tormenta que se empezaba a desatar en su interior.

•••

¿Cómo es que ya había pasado un día? ¿Cómo es que las manecillas se podían mover tan rápido pero tan lento al mismo tiempo?

Su mente estaba en blanco, y si en ese momento alguien le preguntara cómo se sentía, definitivamente su respuesta sería: Nada. Porque esa era la palabra más cercana para describir el pesar de su cuerpo.

Ese día, cuando lo vio, sin vida en el piso del hospital, sus ojos carentes de brillo, su piel tan pálida que mando una sensación de nauseas a su estómago. Entró en shock. Y el shock había permanecido todo el día, durante toda esa noche cuando salió del hospital, cuando condujo a una velocidad tan rápida por la carretera que, de haber estado consciente, le sorprendería el no haber terminado muerto, o mínimo en prisión. Toda su capacidad para hablar se drenó de su cuerpo, y su garganta estaba tan desgarrada que simplemente no lo intentó. Ignoró todas las llamadas, solo... se aisló en ese lugar que sabía que nadie podría encontrar. Y apenas llegó, cayo de rodillas al suelo, su respiración tan agitada que una nueva tanda de lágrimas empezaba a brotar de sus ojos. No supo en qué momento perdió la conciencia, o como había logrado llegar al menos al sillón de la sala. Pero lo único que recordaba era levantarse esa mañana con el peor sentimiento que había experimentado en su vida.

Cuando encendió la pantalla de su celular, sus ojos inconscientemente buscaron ese nombre que por mucho que quisiera alejar de su mente, le era imposible. Su corazón se estrujó cuando vio que solo tenía un mensaje de él. Un mensaje sin emoción, sin sentimiento. Tan solo un lugar, una fecha, y una hora.

Pese a que su garganta se cerró de nuevo y sus ojos empezaron a arder una vez más al comprender el significado de eso, las lágrimas ya no caían. Por breves segundos se preguntó si de verdad las había agotado todas, pero la realidad no podía ser más cruel.

Cómo logró vestirse o llegar al lugar indicado era algo que iba más allá de su conocimiento, pero apenas puso un pie en esa iglesia, se arrepintió de si quiera haberse levantado con vida.

Los ojos de todos estaban sobre él.

El personal del hospital, sus compañeros de trabajo, personas que nunca había conocido, todos tenían sus ojos fijos en él. Porque era tan descarado como para llegar tarde al velorio de su hermano, tan idiota como para ni siquiera haber abotonado bien su camisa, y tan descorazonado como para no haber derramado una sola lagrima en toda la ceremonia. No dio sus últimas palabras, ni tampoco se acercó al ataúd a despedirse de su cuerpo. Nada de eso le importó porque sabía que todo era verdad... que ¿Por qué demonios seguía vivo?

De haber estado más consciente se hubiese fijado en la decoración tan única y perfecta del lugar, de las palabras de apoyo y pésame de todos los invitados, de cómo esas miradas de odio en realidad eran miradas de compasión. Pero en su mente, todo estaba distorsionado. Solo podía escuchar gritos, quejas, palabras de decepción. Era tan abrumador que simplemente prefirió dejar de sentir, de mirar. No se dio cuenta del momento en el que Ludwig puso una mano sobre su hombro, o sus palabras de apoyo, porque él más que nadie comprendía como era ese sentimiento, todo lo que estaba pasando por su mente en ese momento.

—Cuando la tristeza es demasiado profunda las lágrimas ni siquiera caen...— su voz sonó tan silenciosa en el lugar, pero los varios pares de ojos que se dirigieron a los suyos confirmaban que, en efecto, lo habían escuchado. Su mano bajo inconscientemente a apretar la del italiano, sin importar que alguien lo viera, porque en ese momento los recuerdos de años atrás estaban pasando una y otra vez por su memoria. La noche en la que recibió esa noticia, el velorio, el entierro... todo. — Cuando murió mi esposa fue algo parecido... no sentí nada. Solo, hacia lo que tenía que hacer como maquina... pero, estaba destrozado...— porque sabía que cuando el dolor era a tal magnitud, llegaba a un punto en el que todo se volvía entumecimiento. Tanta supresión solo terminaría en un estallido que tenía la fuerza de destrozar hasta a la persona más fuerte. Solo esperaba que pudiera salir de ese pozo en el que se estaba metiendo, de esa curva tan inclinada que parecía llegar al límite de lo que el corazón podía soportar.

•••

Esa habitación donde había estado tantas veces durante los últimos años, donde habían hablado por horas acerca de proyectos futuros, reportes, historias sin sentido alguno con la única intención de sacarles una sonrisa en los días más estresantes que se podían vivir en ese lugar. Las fotos antiguas sobre el escritorio enmarcaban la familia que tantos años atrás había perdido, y las pocas actuales capturaban a la única familia que le sobraba. Pequeños momentos de felicidad compartidos entre los dos hermanos. Un lugar que ahora... se sentía tan vacío. El ambiente era tan pesado que se le hacía difícil respirar. No necesitó voltear para saber quién era la otra persona que había entrado a esa habitación, pero definitivamente pudo sentir el enojo empezar a hervir en su interior.

— ¿Vienes del velorio de Scott? — esas eran las primeras palabras que habían intercambiado desde su pelea. Sabía que de no haber sido él el que hablara primero, su madre nunca habría sido capaz de hacerlo, porque su ego era simplemente tan alto que no hubiese dado su brazo a torcer ni siquiera un poco. No hubiese sido capaz de poner su orgullo a un lado y darse cuenta de que lo que había hecho no era lo correcto, o ser capaz de disculparse por ello, o siquiera decir algo. For God's sake... ni siquiera era capaz de darle una respuesta.

—Hasta el momento de su muerte, Scott probablemente pensó que él fue el único culpable de la muerte de Matthew. —esas palabras salieron como un susurro, pero en su pecho se sintieron más pesadas de lo que pudo esperar, porque en parte, sentía que era su culpa. Porque de haber sabido desde el principio quien era la persona que lastimó, de haber estado allí en ese momento, algo... pudo haber hecho algo y cambiar la manera en la que se desarrollaría el futuro.

—Alfred, ya deja ese tema — pero sí... ya era muy tarde como para pensar en eso. Sin embargo, el dolor seguía ahí, la pesadez en su pecho y el escozor de sus ojos no se iban. Después de tantos años, las inseguridades y culpa del pasado volvían a surgir en su interior

—Incluso después de ver como el paciente se reía como si nada hubiese pasado... ¿Sabes lo difícil que fue durante tanto tiempo? Perdonarme a mí mismo, el cobarde que dejo un herido y huyó ¿Sabes lo difícil que fue borrar ese terrible recuerdo? —su voz fue subiendo de un susurro hasta un tono duro, lleno de enojo, porque aparte de odio por sí mismo, también lo sentía en ese momento por su madre. Porque ella le había ocultado la verdad, porque todo ese tiempo que sufrió solo ella lo único que había hecho era ignorarlo y mentirle.

—Sí, eres ese tipo de chico. — ese grito lo hizo salir de sus pensamientos y voltear a verla por primera vez desde que había entrado a la habitación. Por primera vez pudo notar el aspecto desaliñado de su madre, el fruncir de su ceño y las grandes bolsas bajo sus ojos enrojecidos. —Incluso cuando dije que todo estaba bien, que él no había salido muy herido, eres el tipo de chico que no puede aceptarse a sí mismo por huir de un accidente ¿Se suponía que dijera que la persona que golpeaste estaba en estado crítico? ¿Se suponía que debía decirte que él podía morir, o que él ya estaba muerto? ¿Crees que hubieras sido capaz de soportarlo? Solo tenías diecisiete años, y te hubieras convertido en un completo fracaso desde ese momento ¿se suponía que debía limitarme a ver y dejar que eso pasara? — esas palabras hicieron que el aire se atrancara en su garganta y que sus ojos se humedecieran, porque era todo verdad. —Incluso si tuviera la oportunidad de cambiarlo, habría hecho lo mismo. Eres tan valioso. Me tomo mucho criarte. Quería que experimentaras solo cosas bonitas y felices... me esforcé tanto porque sea así— cuando las manos de su madre subieron a acariciar su rostro, cada una de sus pequeñas facciones tal como lo hacía cuando era un niño, sintió que su cuerpo se volvía rígido. La calidez con la que lo miraba logró mandar un escalofrió por todo su cuerpo, porque podía sentir una pizca de locura en su mirada, en su toque y en sus palabras. —Por eso Alfred Jones es cálido y bueno... te convertiste en un hombre que estaría orgullosa de presentar en cualquier lugar. ¿Cómo iba a dejar que te arruinaras a ti mismo?

Cierto era que de haber sabido todo esto desde el principio nunca hubiese sido capaz de continuar, no hubiese sido capaz de perdonarse y vivir como si nada, volverse un médico, porque el peso de una vida ya estaría en sus hombros. El peso de haber huido, de no haber salvado a una persona que estaba en esa situación por su culpa, era demasiado. Pero aun así... aun así lo que había hecho su madre estaba mal. Hubiese preferido el saber la verdad a una mentira, enfrentar las consecuencias de sus actos y no mantenerse en la oscuridad de lo que en verdad había pasado. Ahora... por haber mantenido todo eso en secreto los resultados habían sido peores.

—Por mi culpa, dos personas, no, Francis, Arthur, Scott, todos ellos... todo es mi culpa— porque de haber revelado la verdad desde un principio tal vez las cosas hubiesen sido diferentes, Scott no hubiese tenido que cargar la culpa solo, Francis no hubiese sufrido tanto en la búsqueda del culpable del accidente de su hermano, y Arthur...

— ¿Porque es tu culpa? Tu solo lesionaste a alguien— las manos de su madre volvieron a sus hombros, los ojos azules buscando frenéticamente los suyos en un intento de hacerlo entrar en razón, cambiar su manera de pensar. —El hermano de Francis salió con vida, el sobrevivió la cirugía y Scott lo mató. Tú no lo mataste, Scott lo hizo—sí, esa historia la sabía perfectamente, pero, aun así, la culpa seguía en sus hombros, porque el accidente de Matthew no se trataba de un accidente menor, lo que había hecho era un crimen. Era un maldito crimen y no podía seguir ocultándolo.

—No... no voy a callar más. Debo decirle la verdad a Arthur y a Francis, y entregarme. — era lo correcto por hacer. Él mismo estaba consciente de cuánto tiempo Francis había pasado buscando al culpable del accidente de su hermano, porque se lo dijo ese día cuando estaban solos en el cuarto de hospital. Si tan solo ese accidente nunca hubiese pasado... si tan solo hubiese sido cuidadoso esa noche...

— ¡NO! ¡No puedes hacer eso Alfred! — una mano subió a apretar su muñeca con tanta fuerza que sabía que tendría marcas, pero no le importaba, debía hacerlo, debía ir con Francis y revelar la verdad de una vez por todas. —Esto ya se acabó, ¿qué vas a cambiar ahora? Incluso si te entregas ¿traerías de vuelta al hermano de Francis o a Scott? ¿Quieres ver a tu madre morir también?

— ¡¿Quieres verme volverme loco en esta prisión invisible el resto de mi vida?! —grito apartando una vez más el agarre de su madre, con tanta brusquedad que la hizo tambalear. Si, sabía que en el pasado ya no podía cambiar nada, pero era lo correcto, era lo que debía hacer. Y sabía que aun si era forzado a ir a prisión, a pesar de no ser la mejor decisión para su bebé, que pondría en riesgo su embarazo, pese a todo eso... no podía seguir viviendo con esa culpa. Pero, podía perderse toda la infancia de su bebé, perderse todos esos pequeños momentos, años de vida. No quería hacerlo, pero era lo correcto... era lo mejor ¿verdad?

— ¡Alfred!

—No voy a cambiar de opinión— fuck... ¿Por qué su voz tenía que temblar tanto en ese momento? ¿Por qué las lágrimas comenzaban a resbalar sin permiso alguno? Gosh, era un desastre.

—Si te vas, voy a morir también. Por ti... por ti ¿sabes lo que hice? ¿Sabes hasta dónde fui? ¿Cómo puedes hacer esto? — esas palabras lo hicieron detenerse en seco frente a la puerta, y los segundos que tardo en voltear a ver a su madre se sintieron como horas. Pero lo peor, fue la imagen que encontró al voltear. Las lágrimas en esos ojos fuertes que nunca soltaban sus barreras, el temblar de sus hombros que intentaba contener el llanto. En ese momento sintió su corazón romperse, pero sobre todo... algo en sus ojos hizo que su pulso se acelerara de manera incomoda, porque lo que vio en ellos fue un secreto... un secreto que podía ser más oscuro de lo que estaba preparado para escuchar.

—Mom...— ¿Qué era lo que le estaba ocultando?

•••

Sin poder evitarlo otro suspiro salió de su boca cuando sus ojos cayeron una vez más en su mejor amigo, sentado en una de las sillas al final de la capilla, su mirada dirigida al ataúd en el frente donde ahora se encontraba el cuerpo de su hermano. Sus ojos carecían de brillo y las ojeras junto a la palidez de su rostro le hacían parecer un muerto viviente. En realidad... ese idiota parecía más muerto que vivo en ese momento.

Arthur... estaba mal, estaba tan mal que no sabía qué hacer para si quiera lograr que algo de luz regresara a su vida. Dio, ¿Dónde estaba el idiota de Francis en ese momento? ¿Por qué tenían que haberse peleado a tal grado justo antes de que algo como eso pasara? Ahora de verdad temía por la vida de su amigo, porque sabía lo imprudente que podía ser, como en ese estado cualquier cosa podía hacerlo detonar.

—Solo llora, idiota, te vas a enfermar...— sus pasos hicieron un eco definitivo a su alrededor, se aseguró de ser lo más ruidoso posible cuando se sentó a lado del inglés, pero nada de eso había logrado que su mirada dejara el punto en la nada en el que estaba fijado, o que su rostro mostrara expresión alguna. Tsk... una vez más ese idiota apestaba a tabaco, y estaba tan pálido que podía asegurar que no, no se iba a enfermar, ya estaba enfermo. — ¿Quieres que te golpee? — gruñó por lo bajo, empujándolo tan solo un poco con su hombro en busca de alguna reacción, porque si no obtenía siquiera una palabra en ese momento no dudaría en golpearlo de verdad.

Estuvo a solo segundos de apretar sus puños y estamparlos contra esa cabeza cuando vio como los ojos verdes regresaban a verlo, tan solo fueron unos pocos segundos para después soltar un suspiro y regresar a su posición inicial. ¿Qué demonios? Estuvo a punto de tomarlo de los hombros y sacudirlo para que entre en razón, que llorara de una vez por todas y dejara de suprimir las emociones en su interior hasta que pudo escuchar su voz, cansada y rota, empezar a hablar en un tono tan bajo que, sabía que, si hablaba un poco más alto, se quebraría en llanto.

—Todo este tiempo he estado recibiendo muchas cosas de Scott... no hay nada que haya hecho por él. Pero ahora que falleció, hay muchas cosas de las que hacerme cargo— el trabajo, el hospital, las acciones, propiedades... Todas esas cosas que nunca había tenido en cuenta ahora se estaban acumulando en su mente. Las preocupaciones del futuro, de cómo sería capaz de sobrellevar con toda la responsabilidad solo. Gosh, ni siquiera había sido capaz de organizar un velorio para su hermano, de recibir el sentido pésame de todos los invitados o de por lo menos dar un último discurso frente al público expectante de que el último Kirkland, el hermano del hombre que ahora se encontraba en un ataúd, diera unas últimas palabras de despedida. Todo era tan abrumador que, simplemente, se dio por vencido. Renunció a sentir, a llorar, a vivir. Todo lo que sentía era adormecimiento y.… nada. No podía llorar, por mucho que quisiera, solo sentía negro a su alrededor.

—Arthur...

— ¿Puedes dejarme a solas un momento? —su voz sonó mucho más calmada y controlada de lo que se sentía, pero en realidad, estaba gritando. Su interior estaba gritando en agonía, y lo único que quería hacer era quedarse solo, que nadie viera como se rompía en miles de pedazos. Solo quería que la gente dejara de verlo con pena, de darle sus condolencias, de decirle que todo iba a estar bien, porque ahora más que nunca deberían saber que no, nada iba a estar bien. ¿Cómo demonios iban a poder estar bien?

—Arthur... vale— No tenía nada más que decir, ninguna manera de refutarle en ese momento, porque el tan solo verlo a los ojos le decía lo destrozado que estaba. Y tal vez, un momento a solas era lo que necesitaba para poder respirar y dejar a flote todos los sentimientos que estaba conteniendo, tal vez esa era la mejor manera en la que lo podía ayudar. Solo... solo esperaba no arrepentirse de su decisión, no haber leído mal las líneas ocultas entre sus palabras o haberse dado por vencido muy pronto. Lo que más quería era estar a su lado en ese momento, pero si se quedaba... no sabía qué hacer. — Antonio...— sus ojos se alzaron al sentir una mano sobre su hombro, enseguida chocando con esos obres oliva que por mucho tiempo que hubiesen pasado juntos, aun lograban cortarle la respiración. Sintió su cuerpo abandonar un poco de la tensión cuando esa mano antes en su hombro bajo a tomarlo de la cintura para envolverlo en un abrazo. ¿Cómo es que ese bastardo sabía exactamente qué hacer para calmarlo?

—Vamos a casa— y por mucho que hubiese querido quedarse ahí y no separarse de Arthur hasta asegurarse de que el idiota estuviera bien, no pudo decirle no a la petición de su esposo o detener su paso cuando este empezó a llevarlo en dirección al auto parqueado metros de allí. Subir al auto, ponerse el cinturón, todo lo hizo en automático porque, por alguna razón, la pesadez de su pecho no desaparecía. La preocupación, la angustia... tenía un mal presentimiento sobre todo eso.

—No sé qué hacer, Toño. Arthur... nunca lo había visto tan mal. Tengo miedo de lo que pueda hacer en ese estado, de cómo va a resultar todo esto— admitió buscando el contacto de su esposo cuando el semáforo cambio a rojo. Pero cuando su mano se entrelazo con la del español, pudo sentir una corriente de dolor recorrer toda su espina, todo el peso del estrés y la preocupación haciéndose presente. Dio, había estado tan preocupado por Arthur que en todo el día no había sentido nada de actividad del bebé, y cuando ya estaba empezando a creer que tan solo era uno de esos días tranquilos, no, el bambino tenía que atacar con el doble de fuerza. Maldizione.

—Shh, sabes que no es bueno para el bebé—intento tranquilizarlo, manteniendo un ojo en la carretera y el otro en él. No sabía cómo es que de una pequeña patadita había pasado a una maldita contracción. Oh, no…

—Lo sé, lo siento...—su voz salió más agitada de lo que espero y cuando sintió otra contracción, más fuerte que la anterior, se forzó a cerrar los ojos y respirar profundo, intentar calmar el latir acelerado de su corazón. Maldizione, solo esperaba que sea una falsa alarma.

—Ya, calma amor— la mano sobre la suya hizo que el dolor menguara tan solo un poco, y por breves segundos pudo relajarse, apoyar su cabeza en el respaldar del asiento y solo respirar. Entonces, sintió un líquido viscoso mojar su entrepierna, y sus ojos se abrieron en shock, porque eso solo podía significar una cosa. Merda...

—To-toño...— su voz salió en apenas un susurro, sus ojos subiendo a buscar los de su esposo con pánico e incredulidad en ellos. Porque eso no podía estar pasando justo ahora. Pero al parecer el bambino tenía otros planes, porque en ese momento sintió una contracción diez veces más fuerte de las que antes había tenido, y no pudo controlar el quejido de dolor que salió de su boca, alertando enseguida a su esposo que casi detuvo el carro en seco. Por suerte justo el semáforo se puso en rojo y los demás autos decidieron no molestar por primera vez en sus vidas, o tal vez el retumbar en sus orejas era tanto que no podía escuchar las bocinas.

— ¿Qué pasa, te sientes mal? — en menos de un segundo toda la atención de su esposo se dirigió a él, sus manos tomándolo con preocupación. Definitivamente no lo admitiría, pero putas lagrimas estaban saliendo de sus ojos por el dolor de cada una de esas malditas contracciones que al parecer no lo iban a dejar en paz.

—Este bambino... ¿porque tiene que escoger los peores momentos? —mascullo con la mandíbula apretada en un intento de suprimir sus quejidos. —Du-duele como una mierda —quería que todo eso se acabara pronto, pero sabía que a partir de ese momento el dolor solo empeoraría hasta que el puñetero bebé nazca. Amaba a su bambino con todo su corazón, pero de verdad que en ese instante lo único que quería hacer era maldecirlo.

—Calma Lovi, solo respira ¿sí? Respira como te enseñó el doctor...

—Eso estoy intentando— espetó furioso, y sabía que no debía reaccionar de esa manera cuando el bastardo lo único que quería era ayudarlo, pero de verdad que, si en ese momento no arrancaba el maldito auto y lo llevaba al hospital, juraba que lo iba a castrar y dejarlo por siempre sin más descendencia.

Por suerte el español pareció entender la amenaza en sus ojos y condujo como nunca lo había hecho. Y para el momento en el que llegaron al hospital, el dolor era tanto que apenas pudo sentir como su esposo lo tomaba entre brazos y lo llevaba a la sala de emergencias, no escuchó nada de lo que decían los médicos, o sintió como lo ponían en una silla de ruedas y empezaban a llevarlo hacia la sala de partos, lo único que pudo romper el estado inconsciente de su mente fue cuando dejo de sentir la calidez de Antonio a su lado, y sintió verdadera desesperación. Sus ojos lo buscaban frenéticos, pese a que su cuerpo había perdido la fuerza para moverse minutos atrás.

No protestó ni dijo nada cuando los médicos comenzaron con las preparaciones necesarias, ni cuando las contracciones empezaron a aumentar de fuerza y frecuencia. Solo su esposo, ¿Dónde estaba su esposo? Antonio, quería ver a Antonio. Y cuando lo vio esos ojos esmeralda entrar al cuarto una vez más sintió que pudo dejar ir todo el aire que sin saber estaba conteniendo, su mano inconscientemente buscando la del mayor con desesperación.

—N-no me dejes— su voz salió más rota de lo que esperó, pero no le importo eso, no el dolor de su cuerpo ni el sonido de las maquinas o la voz de los doctores cuando al fin sintió dedos entrelazarse con los suyos, y un pequeño beso en su frente que poco después bajó a sus labios.

—No lo haré, voy a estar a tu lado ¿sí? Solo concéntrate en el bebé— y esa fue toda la afirmación y fuerza que necesito en ese momento para continuar. Porque sin Antonio a su lado, no sabía qué hacer.

•••

El sonido de las maquinas, los gritos y maldiciones del italiano, las pequeñas palabras de ánimo del español, todo se detuvo cuando el llanto de un recién nacido estalló en la habitación.

Lovino intento sentarse con ayuda de su esposo, ignorando los espasmos de dolor que recorrían su cuerpo. En ese momento la adrenalina era tanta que no le importo. Lo único que quería hacer era sostener a su bebé en brazos, tenerlo cerca y nunca dejarlo ir, y sabía que su esposo sentía lo mismo por el brillo tan único de sus ojos fijos en dirección al doctor que sostenía al recién nacido que no paraba de gimotear y mover sus manos y pies en protesta.

Cuando el doctor colocó el pequeño cuerpo contra su pecho no pudo evitar soltar una risa de felicidad pura mientras lágrimas frescas brotaban de su cara empapada de sudor. Antonio sintió que sus ojos se humedecían también al ver a su bebé por primera vez, era tan diminuto, tan vulnerable que desde ese momento sabía que haría todo por protegerlo.

—Felicidades, es un niño—las palabras del doctor apenas se registraron en su mente, pero definitivamente sintió una ola de orgullo y emoción recorrerlo de pies a cabeza. Sus ojos no se podían separar del pequeño, cuyo llanto había pasado a solo pequeños gimoteos al sentir el contacto de su madre, sus ojos aun apretados y sus puños crispados, pero, aun así, era lo más hermoso que habían visto en sus vidas.

—T-Toño— su voz salió en apenas un susurro, pero el español lo pudo escuchar con claridad. Una sonrisa cálida formándose en su rostro al entender todo el mar de sentimientos que estaba cruzando por el cuerpo de su esposo, porque él también estaba pasando por lo mismo. Él también era incapaz de creer que todo eso era real, que ese pequeño ángel en los brazos de su esposo era su hijo, que después de nueve meses finalmente estaba ahí. Y cuando el doctor se acercó para tomar al infante una vez no pudo resistir el negar con su cabeza y apretar un poco más al bambino contra su cuerpo. No quería que se lo llevaran.

—Solo serán unos minutos, debemos revisar que todo esté bien con el pequeño— y por mucho que quisiera seguir negándose, la mano de su esposo sobre la suya y su conciencia lo hicieron permitir que el doctor tomara a su bebé. Podía jurar que, aunque sabía que era solo por unos minutos, se sintió como si arrancaran una parte de su ser.

—Shh, todo está bien, lo hiciste muy bien, amor— beso su frente con cariño, sin importarle el sabor salado del sudor en sus labios. Su mano dio un pequeño apretón a la de su esposo en señal de apoyo, y pese a que él también se moría por tener a su bebé en brazos sabía que lo vital era dejar que lo revisaran primero, porque los embarazos masculinos nunca eran al cien por ciento seguros, y los primeros minutos de vida eran importantes para determinar que el bebé este completamente saludable.

—Esta todo sano, es un niño muy fuerte— ese anuncio trajo a ambos hombres a la realidad, y cuando un pequeño bultito envuelto en una mantita blanca fue puesto en los brazos del español, un sentimiento cálido recorrió todo su cuerpo de una manera que lo hizo esbozar su sonrisa más brillante. Sus ojos oliva bajando a los apretados de su pequeño bebé que no dejaba de gimotear, y pese a que su piel seguía de un color rojizo y sus pocos cabellos idénticos a los de Lovi estaban revueltos sobre su pequeña cabeza no pudo evitar pensar que era lo más divino que había visto en toda su vida.

—Es hermoso— todas las palabras le quedaban cortas, y cuando los pequeños parpados se abrieron, mostrando el color de sus obres, sintió su corazón dar una vez más un vuelco. —Mira a esta preciosura Lovi, nuestro pequeño tomatito— la emoción era palpable en su voz, y cuando pasó al pequeño bultito a los brazos de su esposo no pudo evitar soltar una pequeña risilla al ver como sus ojos se abrían con fascinación y el amor más puro.

—È bellissimo— tenía los ojos de Antonio, de un verde claro que sabía que con el tiempo se irían acomodando hasta parecer la réplica exacta de su padre, su nariz era como un botoncito, tan perfecta que pudo sentir el orgullo invadirlo. Todo sobre su bebé era perfecto.

— ¿Cómo lo van a llamar? — la pregunta del doctor interrumpió la pequeña burbuja que habían creado en ese momento. Antonio bajo a ver a su esposo con un pequeño asentimiento, dándole todo permiso de nombrar a su primogénito, porque sabía que cualquiera que fuese su decisión, seria perfecta.

—Camillo... Camillo Fernández— no hubo rastro de duda en su voz, sus ojos bajando a los ahora completamente abiertos de su bebé mantenía un agarre firme sobre su dedo, haciendo pequeños sonidos que definitivamente debían ser categorizados como los más adorables del mundo. — Bienvenido, Piccolo bambino...

•••

No sabía cómo, pero de alguna forma había logrado llegar a casa ese día y pasar a su habitación sin que su hermana lo viera. Sabía que no podría aguantar la mirada de preocupación y decepción al notar el estado tan destrozado en el que estaba, ni el mismo podía reconocer el hombre en el que se había trasformado en cuestión de horas, cuanto ha envejecido y cuan estúpido e idiota había sido.

El arrepentimiento y la culpa era tanta que ni siquiera todas las botellas de alcohol consumidas habían logrado despejar su mente por tan solo unos segundos. Unos segundos, eso era todo lo que necesitaba para poder digerir todo lo que había pasado, para poder olvidar, intentar reponerse. Pero... no encontraba la fuerza necesaria para hacerlo, no cuando frente a él yacía ese objeto por el que Scott había dado su vida, ese que años atrás Arthur le había regalado, con el que había grabado incontables mensajes, sueños, anhelos, sentimientos... ese que dejo de ser suyo, que nunca lo fue, pero definitivamente había tenido un simbolismo tan importante en su corazón que regresarlo había sido como romper el ultimo lazo que lo mantenía atado a Arthur, romper toda su relación, su historia.

Ahora... significaba el haber perdido a una de las personas que más había amado en su vida, un hermano, un mentor... significaba muerte y arrepentimiento. ¿Por qué demonios había hecho eso? ¿Qué era lo que había intentado hacer? Putain

Y cuando lo tomo entre sus manos, sus ojos se llenaron de lágrimas una vez más, lagrimas que se negó a dejar caer. Lo encendió y sus dedos buscaron de manera inconsciente la última grabación, esa que había grabado como una despedida, pero... esa no era la última. Ahí, en pequeñas letras apenas legibles en la pantalla, la fecha databa hace dos días, y ese título...

"Para Francis"

Su corazón dio un vuelco. Hesitante se colocó los audífonos, el aire retenido en su garganta sin saber que esperar. Tenía... miedo. Miedo de lo que pudiera escuchar en ese mensaje, de que el dolor en su pecho se hiciera insoportable. Pero, aun así, dio click y el audio comenzó.

"—Es una mentira—"

Su voz sonaba cortada, como si hubiese estado corriendo un maratón, tan agitada y congestionada que pudo sentir su piel erizarse.

"—Francis, todo lo que dije fue una mentira. No voy a ser capaz de vivir sin ti. No voy a ser capaz de respirar.

Francis... duele tanto, tan solo hacerlo duele tanto sin ti a mi lado. No quiero dejarte ir.

Quiero quedarme a tu lado por toda mi vida, pero no quiero lastimarte más. —"

Ese idiota... ese maldito idiota, putain... Y cuando pudo escuchar ese sollozo tan roto, sintió que de no ser porque estaba sentado, hubiese caído por lo débiles que sus piernas se habían vuelto. Sus manos estaban temblando y levanto su mirada al techo en un intento de detener las lágrimas que amenazaban por resbalar. Pero ¿A quién estaba engañando?

"—Francis... ¿me odias? Vas a odiarme ¿verdad? Yo... yo no quiero que me odies.

Después de dejarte ir, ¿qué pasará si realmente te extraño? Entonces ¿qué voy a hacer? —"

Sin darse cuenta, sollozos estaban saliendo de su boca, y no supo en qué momento el mp3 había caído sobre la cama, o cuando sus manos subieron a cubrir su rostro en un intento de detener todo el mar de sentimientos que estaban escapando de sus ojos. Por mucho que hubiese bebido no podía olvidar como esos ojos lo habían visto con suplica, la manera en la que sus manos habían señalado al cajón cerca de la camilla pese a que con cada segundo que pasaba se estaba muriendo, pese a que su cuerpo debía haber estado en agonía en ese momento, Scott...

— ¿Fue esto? ¿Esto es lo que querías decirme? — él había dado su vida porque escuchara ese mensaje, había dado su vida por detenerlo, por emendar las cosas entre ellos, por no dejar que su hermano siga sufriendo. Era un maldito idiota, merde... ambos eran unos malditos idiotas. Putain, putain... —Scott... lo siento...lo siento tanto

•••

"Scott Kirkland

(1978 – 2019)

A beloved man and brother who will always have a place in our hearts"

La brisa fría de diciembre hizo temblar su cuerpo. Las rosas recién acomodadas sobre la blanca piedra morían con tanta rapidez que una risa irónica salió de su garganta. Los pétalos rojos y blancos apenas se podían ver, cubiertos por la nieve que no perdonaba nada a su paso. Y cuando el cielo tronó supo que se acercaba una tormenta. Pero, ahí estaba. Frente a la tumba de su hermano, en medio del desierto cementerio, porque la nieve era tanta que todos habían decidido permanecer en casa. Pero... él no tenía hogar al que ir.

Ese lugar que había llamado casa por tantos años ahora estaba lleno de recuerdos insoportables. No pudo evitar destruir el único refugio que tenía cuando, al llegar, después de suprimir sus sentimientos durante todo el día, su pecho exploto en una ráfaga insaciable de dolor y cólera. Vidrios rotos en el piso, cerámica destrozada, plumas esparcidas y todo era simplemente un caos... era tan repugnante que cuando corrió al baño no supo si la sangre en el inodoro venia de lo que había vomitado o de la mano que había subido a limpiar su boca.

Su cuerpo, antes tan frio como el de un cadáver, había comenzado a arder de manera agonizante, sus entrañas quemaban, su respiración agitándose de tal manera que cada partícula de oxígeno que llegaba a sus pulmones era intolerable. Y cuando sus ojos cayeron una vez más en su alrededor no pudo soportar estar allí. Salió, sin importarle el frío, o que la nieve llegara hasta su pantorrilla. Solo, camino, sin importarle nada. Camino y camino hasta llegar a ese lugar. El agitar de su corazón se detuvo una vez más cuando, entre todas las flores y cartas, pudo notar un cuadro. Un cuadro de él y Scott. Y entonces los recuerdos comenzaron a invadir una vez más su memoria.

"— No te puedo perdonar. No lo voy a entender tampoco. Aunque Francis te perdone, yo no lo voy a hacer, Scott— sentencio con frialdad en su voz, su mirada era tan dura que el cuerpo del escocés se congeló y comenzar a temblar.

Arthur— lo llamo con la voz quebrada. Podía soportarlo todo menos esa mirada, menos el odio en esos ojos. Intento acercar su mano al cuerpo de esa persona por la que daría lo que fuera. No, todo menos él.

No te voy a perdonar ¡No te voy a perdonar hasta el día que muera! — gritó fuera de sí, apartándolo de un manotazo. Él no era su hermano. Era un asesino. No podía soportar más estar allí, sentía que se estaba sofocando. Sin pensarlo dos veces salió corriendo sin dar vuelta atrás"

Esa noche, Scott colapsó, esa noche sufrió de un ataque cardiaco solo porque había sido un maldito idiota al irse de allí sin mirar atrás, sin darse cuenta de que sus palabras habían causado todo eso. De que él era el culpable de todo eso, de la muerte de su hermano. Porque si tan solo ese día no hubiese reaccionado de esa manera, si no hubiese regresado a casa, si no hubiese ido a buscar a Francis, si no hubiese dicho esas palabras tan hirientes.

Fuck... lo siento... lo siento tanto, lo siento, lo siento.

Era tan patético que no podía dejar de repetir esas palabras en pequeños murmullos, que no era capaz de detener las lágrimas que empezaban a mojar sus mejillas, calentar su rostro que minutos atrás había perdido toda sensibilidad alguna y derretir la nieve acumulada en sus pestañas.

—Arthur...— esa voz a su espalda lo hizo desear hacerse más pequeño en ese momento. Desaparecer. Cubrir su cuerpo de esos ojos azules que tanto terror tenía de mirar, del sentimiento que pudiese tras ellos encontrar. Porque él era otra persona que había logrado destruir con sus palabras, a la que había hecho tanto daño, la que había intentado revivir a su hermano. Quien estampó sus puños contra su pecho inconsciente de manera tan fuerte que pudo haberle roto las costillas, con ojos llenos de tanta locura, ira y desesperación que hicieron que las entrañas se le revolvieran de manera agonizante.

Pero no, esa no era una probabilidad en la que quería pensar, porque sabía que ese hombre era incapaz de hacer eso, era incapaz de dejar que el rencor nublara su vista, de tomar venganza de esa manera. ¿Por qué su mente no se podía callar? ¿Por qué retrocedió de esa manera cuando sintió esa mano apretar su hombro? ¿Por qué todo comenzaba a doler de manera tan insoportable? Su vientre... sentía que se estaba incinerando por dentro.

—F-Francis...— su voz se tintó de horror cuando sintió un líquido caliente resbalar por sus piernas, y sus ojos bajaron a la nieve tintada de sangre bajo él con horror. ¿Qué... que estaba pasando?

Su pulso se aceleró. El dolor era tanto que no pudo seguir formulando preguntas en su cabeza. Lo único que pudo hacer fue perder la conciencia. No sintió cuando sus rodillas tocaron la nieve o los brazos que evitaron que su rostro chocara con el suelo, o escuchar esa voz que gritaba su nombre con desesperación. Todo se volvió negro.

.

.

.

Como es que habia llegado allí en menos de cinco minutos era un misterio. No supo cuántos semáforos en rojo se habia saltado o cuantas reglas de velocidad habia infringido, lo único que sabía era que debía apurarse, debía ir lo más rápido posible porque no quería perder a nadie más. Dieu, todos menos él, si lo perdía a él no sabía que iba a hacer con su vida.

—Ayuda, ayuda por favor— las palabras salían tan rotas y desesperadas que no pudo reconocer su propia voz, y cuando vio al conocido grupo de paramédicos acercándose a carrera con una camilla no dudo ni un segundo el colocar el cuerpo inconsciente del menor allí, no se negó a la ayuda que le estaban ofreciendo, ni protesto cuando lo hicieron a un lado para poder comenzar a revisar todo su cuerpo en busca de signos vitales y señales de lo que podía estar mal. Un par de pasos apresurados se escucharon cerca suyo y en menos de unos segundos estaba Alfred también allí, observando la escena con horror.

— Francis, oh my God, ¿Qué pasó? — y esa era la pregunta que él también quería saber, ¿Qué paso? Porque cuando se acercó esos ojos no regresaron a verlo, y cuando escucho su nombre ser llamados sus ojos bajaron a la nieve manchada de sangre, abriéndose con horror al instante y buscando la posible fuente, pero no tuvo tiempo de hacerlo porque cuando menos lo espero vio como ese cuerpo caía al suelo, y sus reflejos actuaron lo más rápido que pudo. Desde ese segundo, todo lo que recordaba era adrenalina.

—Se desmayó y está hirviendo en fiebre— no supo cómo habia sido capaz de cargarlo y correr a su auto con tanta velocidad, pero una vez ahí pudo notar como su cuerpo temblaba sin parar y ardía tanto que podía sentir su mano quemar. Lo único que estaba en su mente era llevarlo al hospital, lo más rápido posible. Y miedo. Porque si, tenía miedo... no, tenía pánico.

—Esto no se ve bien...— sus ojos se dirigieron enseguida al lugar donde los azules estaban fijos, el pecho del inglés ahora descubierto, mostrando todos los cortes que iban desde sus dedos hasta sus brazos, heridas que seguían sangrando y otras que ya habían cicatrizado. Tenía moretones por todo su cuerpo, cortes que iban de pequeña a gran magnitud. ¿Cómo es que no se habia dado cuenta de eso antes? — Hay que hacer de inmediato una prueba de sangre, tomografía de cuerpo completo. Francis, ¿puedes ir un momento a sala de espera? Te llamare apenas tenga los resultados— las palabras apenas llegaron a sus oídos como un susurro, pero cuando la mano de una de las enfermeras se apoyó en su hombro, solo asintió.

—Está bien— no habia nada más que pudiera hacer, porque en ese momento, su mente estaba en blanco, sus ojos estaban tan humedecidos que apenas habia sido capaz de mirar el camino por el que estaba yendo. Y cuando al fin llegó no pudo evitar el caer en un golpe seco sobre uno de los sillones, su cabeza hundiéndose entre sus manos en un intento de no colapsar en ese momento, de contener las lágrimas que amenazaban por salir, porque tan solo el pensamiento de poder perder a Arthur era suficiente para hacerlo perder la compostura. No supo cuánto tiempo habia estado esperando ahí, mirando apenas de reojo como personas entraban y se iban, entraban y se iban una y otra vez. Habia sido ya ¿una hora? ¿dos horas? No lo sabía, pero cuando escuchó nuevos pasos acercarse y sus ojos lograron captar la figura tan conocida de Alfred, no pudo evitar tragar saliva con anticipación y nerviosismo, esperando que no sea nada malo, que todo esté bien.

—Francis... tienes que venir— ¿Por qué su rostro se mostraba tan fúnebre? ¿Por qué no estaba con su típica sonrisa? ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué lo estaba llevando a la sala de cuidados especiales? ¿a qué momento lo habían movido a esa área? Todas las preguntas murieron en su garganta cuando logro captar esa cabeza rubia que tanto conocía, cuando lo pudo ver sobre la camilla, sus ojos momentáneamente disparándose a las maquinas que mostraban un ritmo cardiaco estable, pese a que docenas de tubos estaban conectados a su cuerpo.

—No hay ninguna lesión externa evidente, se desmayó por estrés y agotamiento, además de... Las pruebas de sangre muestran algo más—¿Por qué de repente toda la habitación se habia sumido en silencio? Alfred habia dejado de mirarlo para bajar su mirada al suelo, sus dedos jugando nerviosos con los botones de su bata, una expresión fúnebre plantada en su rostro.

— ¿Qué es? — no podía tolerarlo más. Solo quería que Alfred lo dijera de una vez por todas. Pero definitivamente nada lo pudo haber preparado para lo que escuchó.

—Arthur esta embarazado

— ¿Qué? — esa noticia le cayó como un balde de agua helada. Sintió sus dedos entumecerse y su mandíbula abrirse en shock, porque lo que acababa de escuchar era simplemente imposible. Era la noticia que menos habia imaginado escuchar en ese momento, y la que menos quería oír, porque era el peor maldito momento para eso.

—Hace poco llame a Tino para confirmarlo, y según la ecografía parece tener aproximadamente diez semanas— el aire se atascó en su garganta. Sus ojos cayeron en el ultrasonido en posesión del estadounidense, en esa pequeña pero notable manchita blanca entre todo ese mar de color negro... Sus manos subieron a cubrir su boca, ahogando el jadeo que habia intentado salir, conteniendo las lágrimas que se estaban formando en sus ojos. Porque ese feto... ese pequeño ser humano en la imagen era mucho más pequeño de lo que su edad de gestación declaraba, era tan delicado que a cualquier momento podía perderlo. Era su hijo... estaba ahí, estaba vivo.

—La fiebre y el sangrado fue causado por un riesgo de pérdida, pero llegué a tiempo para detenerlo. Sin embargo... el embarazo está en un estado crítico. Con los cuidados necesarios podría llevarse a término, pero también existe la probabilidad de que la vida de ambos se ponga en riesgo si se continúa. No hay manera de decir si van a existir consecuencias en el desarrollo y futuro del bebé. Los exámenes de sangre muestran un alto nivel de alcohol y nicotina, al igual que desnutrición. También existe una gran pérdida de sangre a causa de heridas externas y presenta síntomas de anemia. — cada una de esas palabras caían como dagas, quintales llenos de piedras en su espalda. El ultrasonido que Alfred le habia entregado temblaba entre sus manos, las esquinas arrugándose de toda la fuerza que intentaba contener en sus dedos. Sus ojos se mantenían fijos en esa diminuta manchita que estrujó su corazón. Porque era demasiado pequeño para sobrevivir, demasiado débil. Su vida colgaba de un hilo tan fino que el pánico empezó a invadir su cuerpo. Y fue por eso por lo que no quiso ilusionarse. —De hecho... me sorprende que no haya terminado en un aborto, pero el bebé parece estar luchando por vivir...—la voz profesional fue bajando poco a poco hasta terminar en un susurro consolador, una de sus manos subiendo a la tambaleante del francés en forma de apoyo, porque entendía por lo que estaba pasando. La impotencia, la culpa, el dolor, el pánico y el terror... lo comprendía todo.

—Yo... no debí haberme alejado. T-todo es mi culpa— miles de "si" comenzaron a rondar por su cabeza. Si tan solo nunca se hubiese alejado. Si tan solo hubiese ignorado sus palabras y seguido a su lado, luchado un poquito más, lo hubiese sostenido entre sus brazos sin importar los insultos o los gritos. Si tan solo no hubiese perdido la fe, la ilusión, permitido que el dolor nublara su juicio.

— ¿Él lo sabía? — esa era la pregunta que él también se hacía, la pregunta que le daba miedo contestar. Porque, si la respuesta era sí no sabía que iba a hacer. En esos dos meses habían pasado tantas cosas que existía la probabilidad de que Arthur no lo hubiera notado, y eso era lo que más quería creer. Sin embargo, la pequeña chispa de la duda se implanto en la boca de su estómago, haciéndolo sentir más enfermo que antes, porque... no, no era posible que Arthur hubiese hecho todo eso al saber que llevaba una vida dentro suyo. No habia manera de que hubiese continuado bebiendo y fumando después de saber que estaba embarazado, él no era ese tipo de persona. Por muy mala que la situación hubiese sido entre ellos, Arthur jamás se atrevería a hacer algo como eso.

—No lo sé... —¿Por qué su voz sonaba tan entrecortada? Putain. No podía respirar. El tan solo pensar en eso... Una mano se posó sobre su hombro y sus ojos enseguida subieron a los violeta que lo observaban con una mezcla de preocupación y pena... porque si, últimamente esa era la única reacción que podía sacar de las personas a su alrededor. Pena porque habia perdido a una de las personas más importantes de su vida, porque habia roto el compromiso con la persona que más amaba, porque su relación se habia degradado a tal nivel que ahora solo mirarse a los ojos era doloroso, pena porque, después de todo lo que habia pasado, ese infierno no parecía terminarse. No sabía en qué momento las cosas se habían torcido tanto.

—Francis, sé que debe ser muy difícil, en especial después de todo lo que ha pasado, pero... esto es algo que debes hablar con Arthur, si el embarazo se va a seguir llevando a cabo, no hay certeza alguna de que las cosas salgan bien. Por el momento no podemos decir o afirmar nada, pero... es una decisión que deben tomar entre los dos— por supuesto que lo sabía, no era idiota, maldición... lo sabía más que nadie. Un riesgo de pérdida era una de las peores alertas rojas que se podía recibir durante el embarazo, sabía que el riesgo de un aborto era demasiado alto, que la salud del bebé después de tanto tiempo de consumo de alcohol y tabacos podía ser gravemente afectada, que podía nacer con mal formaciones, enfermedades sin cura alguna, discapacidades. Putain... lo sabía todo, pero al mismo tiempo, los sentimientos estaban nublando su juicio. La pequeña semilla de esperanza que se habia plantado en su interior, ese bajo 20% de que todo saliera bien, de que no hubiese percusión alguna. Porque esa no era una decisión que le pudieras dar a un hombre que acababa de perder todo en cuestión de días. No podían darle una razón por la que seguir y después arrebatársela al instante. Y sí... la decisión que iba a tomar era egoísta, pero... hace ya algún tiempo que habia dejado de importarle.

—Solo... haz todo lo posible para que esto funcione, no puedo perder a mi bebé— hablo con firmeza irrefutable en su voz, sin importarle los dos pares de ojos que subieron a verlo con sorpresa e.… incredulidad. Porque sí, todos esperaban que el fuera la última persona en hacer algo tan egoísta como eso, como forzar a alguien a continuar con un embarazo que podía poner ambas vidas en riesgo. Pero... ya hace mucho habia dejado de importarle el intentar hacer lo mejor para los demás, porque después de todo... eso habia sido lo que le trajo a ese lugar donde estaba ahora, lo que dejo que todo eso ocurriera. Y ahora, una vez más la esperanza habia regresado a su vida, e iba a hacer todo lo posible por protegerla.

•••

¿Dónde...? ¿Dónde estoy?

Sus parpados se abrieron apenas un tanto, arrepintiéndose al instante. ¿Por qué estaba brillando tanto? Ni siquiera parpadeando una y otra vez sus ojos pudieron acostumbrarse a la cegadora luz blanca que llenaba todo el espacio, y cuando subió sus manos para cubrir su vista, todo se transformó a rojo. Un jadeo se atoro en su garganta cuando sangre empezó a brotar de sus manos, de su abdomen, de su boca. Podía sentir el sabor metálico en su lengua y pudo sentir su respiración acelerarse en un intento de llevar aire a sus pulmones. ¿Por qué no podía? ¿Por qué todo su cuerpo estaba comenzando a doler? Cayo de rodillas, una de sus manos sosteniendo su garganta. Se estaba ahogando. Y su vientre estaba ardiendo de tal manera que ni siquiera podía gritar. Cuando sintió que ya no podía más, pudo escuchar pasos acercándose, un par de zapatos negros parando frente a su cuerpo que cada vez se hacía más pequeño.

Levántate...— esa voz... Sus ojos enseguida se dispararon a la persona frente a él, verde chocando con verde.

Scott...— su respiración se atoró, y sintió ese tan conocido picor en sus ojos hacer presencia. ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Estaba vivo? ¿O acaso... él ya habia muerto? No, nada de eso importaba. Solo... solo quería tenerlo cerca una vez más, quería que lo abrazara, que le dijera que todo iba a estar bien, que todo habia sido solo una pesadilla. Pero cuando lágrimas de sangre empezaron a resbalar de los ojos de su hermano, cuando se volteo y le dio la espalda, gritó. Gritó para detenerlo, intento levantarse, intento ir tras él, pero el escenario a su alrededor cambió. Estaba temblando, estaba llorando, estaba respirando de manera tan agitada que nada de oxígeno llegaba a sus pulmones, porque frente a él yacían tres tumbas. Dos grandes y una pequeña, tan diminuta que su corazón se estrujó. — No, no, no, por favor... no

Todo esto es tu culpa...— Cayo de rodillas una vez más cuando vio los nombres engravados allí. Scott Kirkland... Francis Bonnefoy. Y entonces pudo ver el suelo llenarse de sangre una vez más, el blanco de la nieve tintándose de rojo, y cuando su mano bajo a tocar su entrepierna, sintiendo el líquido caliente y denso empapar toda su ropa, gritó al cielo. —Tú los mataste, Arthur Kirkland...

N-no, no...— empezó a sacudir su cabeza de manera desesperada, intentando que esa voz desapareciera, que lo dejara en paz, que todo eso fuera solo una pesadilla, pero se sentía demasiado real como para serlo.

"Es tu culpa" "Por tu culpa están muertos, tú los mataste" "Tú los vas a matar, Arthur"

Esas palabras no cesaban de repetirse, y por mucho que gritara, no se iban. Volvían, volvían y volvían una y otra vez hasta que lo único que pudo hacer fue acostarse en la fría nieve, dejar que los pequeños copos lo enterraran, uno por uno, que el frio envolviera todo su cuerpo hasta que respirar le fuera imposible, y todo a su alrededor empezara a desaparecer.

Arthur— las voces sonaban lejanas, y la luz se fue drenando poco a poco de su visión, tornando todo negro. No pudo sentir la mano sobre su hombro, o los dedos tibios limpiando sus lágrimas, tampoco como las enfermeras intentaban mantenerlo quieto, tranquilizarlo. ¿Cómo se supone que iba a tranquilizarse después de todo lo que habia visto? ¿Cómo iba a tranquilizarse si todo su cuerpo gritaba en agonía? La luz empezaba a desaparecer cuando los copos de nieve comenzaron a congelar su cornea, el dolor tan intolerable que sentía que lo estaban quemando vivo.

—Arthur, estas bien, todo va a estar bien — poco a poco sentía como cada gota de conciencia y cordura se drenaba de su cuerpo. Sus manos, su rostro, su pecho, ya no podía sentir nada. Solo... frio. Todo era frio. Y entonces escucho una vez más esa voz, esa voz que hizo que su conciencia se volviera a sacudir. "Levántate..." y el aire empezó a entrar una vez más en sus pulmones.

— ¿D-donde...? — toda la nieve desapareció, y el escenario cambio. Su cuerpo se sentía tan pesado que no quería moverse. Podía escuchar el pitido de las maquinas a su alrededor, voces y pequeños susurros cercanos. ¿Dónde estaba? Sus parpados se empezaron a abrir poco a poco, y por cortos segundos pudo ver una luz blanca de tal intensidad que sus corneas empezaron a arder. Pero entonces, todo fue perdiendo su tonalidad. Se sentía como si hubiesen puesto un manto negro alrededor de sus ojos, apenas podía ver las siluetas de personas a su alrededor, hasta que todo fue desapareciendo, quedándose en completa oscuridad. Y no pudo evitar entrar en pánico. Cerró y abrió sus ojos una vez más, y luego dos, pero... no habia luz a su alrededor. — ¿Por qué esta tan oscuro aquí?...

•••

Esa era... la peor pesadilla que podía haber tenido.

Al principio, todos se miraron entre sí, pensando que podía ser una broma de muy mal gusto, que no habia manera de que eso pasara. Pero... entonces ¿Por qué esos ojos se veían tan vacíos? Alfred y él intercambiaron miradas una vez más, y un sentimiento pesado en su interior le decía que eso no se trataba de ninguna broma. Pero ¿Cómo podía haber pasado eso? No lo comprendía, no tenía lógica alguna. Y no espero ni un solo minuto en ordenar pruebas y exámenes que le dijeran con certeza que Arthur... Arthur estaba ciego.

Y después de horas de exámenes visuales y médicos, ahí estaba, en la sala de uno de los oftalmólogos del hospital, con los resultados de lo que habia temido. Sacrebleu, hasta le habia rogado a dios que no deje que eso sea verdad, que solo sea una mala broma. Sentía que su corazón ya no iba a poder aguantar más.

—Actualmente tener una conversación significante con el paciente no es posible, así que es difícil decir algo con seguridad— la suave voz del doctor lo saco de sus pensamientos, y sus ojos azules se dirigieron a los avellana que lo miraron de manera simpatética, porque no se habia dado cuenta de a qué momento sus ojos habían comenzado a empañarse, o cuando sus hombros habían comenzado a temblar de manera apenas perceptible. —Basándome en la historia que me contó, creo que el síntoma es un trastorno de conversión...

— ¿Trastorno de conversión? — ¿Qué se supone que significaba eso? Su cerebro ya no podía funcionar correctamente, y pese a que, en el fondo de su mente, sabía de lo que el doctor estaba hablando, ahora todos sus recuerdos parecían estar bloqueados por puertas de acero.

—Si, es un trastorno mental. En este caso, se siente extremadamente culpable por ser capaz de ver y el síntoma proviene del paciente rehusándose a ver.

— ¿Cuál es el mejor tratamiento? —un suspiro se escuchó en la habitación, y todo cayo en silencio tenso durante varios segundos que parecieron horas. Y pese a que no lo quería aceptar, sabía cuál iba a ser la respuesta.

—No hay ningún tratamiento para que mejore de inmediato y tampoco puedo decir cuánto tiempo se va a tardar en recuperar. Su causa es psicológica, así que el tratamiento psicológico debe ser la prioridad...

En ese momento, cuando su cuerpo se volvió flácido contra el espaldar de la silla, supo que estaba en una batalla perdida, tan incierta que le aterraba.

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¿Cómo es que todo se le habia ido de las manos? ¿Cómo... como habia terminado todo de esa manera? El plan perfecto que habia formulado años atrás ahora se estaba haciendo pedazos frente a sus ojos. No sabía en qué momento perdió el control, cuando habia dejado que las cosas fueran tan lejos. Pero ahora... God.

No supo que hacer ni como sentirse cuando sus pies lo llevaron frente a esa habitación donde días atrás esa persona... él habia estado vivo. Ese hombre que habia destruido más allá del límite, su muerte... era su culpa. Pero, no podía arrepentirse.

—No deberías estar aquí— esa mano sobre su hombro, ese agarre firme y tosco, esa voz... No tenía ganas de verlo en ese momento, o de lidiar con lo que tuviera que decir. No debería estar allí, no cuando aún podía sentir la pesadez del alma del escocés en el lugar, no cuando su respiración se entrecortaba con cada paso que daba hacia esa puerta a la que nunca se atrevió a entrar. — ¿Por qué por el error que tú y yo cometimos Arthur debe pasar por una cosa tan horrible? — un brillo amenazante apareció en sus ojos antes opacos, su mano apartando la que apretaba su hombro de un manotazo que resonó en todo el pasillo. Porque ya estaba harta. Estaba harta de la misma historia, del mismo nombre que su hijo aparentemente no podía dejar de decir, la misma culpa que no dejaba de soltarle en la cara cada vez que le hablaba. Y más que todo, estaba harta de esa nueva actitud de su hijo, de verlo regresar al adolescente lleno de inseguridad, culpa y remordimiento del pasado. ¿Cuándo demonios iba a dejar de culparse de todo?

—Si, admito que hice mal, pero sé lógico Alfred. Arthur y Scott tuvieron esos resultados a causa de sus propios errores y desgracias. Así que, ¿Por qué yo...porque asumiríamos la responsabilidad por su desgracia? — sus ojos se alzaron a los de su madre una vez más con incredulidad, pero esta vez, no por sus palabras, si no por la manera en la que las habia dicho. Porque no sabía cómo es que esa mujer tan cálida que habia admirado toda su vida se habia convertido en ese monstruo que ahora yacía frente a él, en esa persona que no mostraba ni una pizca de arrepentimiento por lo que había hecho.

—No lo dices enserio ¿verdad? Tú no eres ese tipo de persona, mom—su voz tembló, una de sus manos volviendo al hombro de su madre en un intento de hacerle entrar en razón, sus ojos suplicándole que dejara esa faceta tan fría y que se diera cuenta de la gravedad de lo que habían hecho.

—Si quieres hacer algo por Arthur, piensa en otras formas mejores, porque revelar todo y mandarme a la cárcel no va a hacer nada por él—la manera en la que lo aparto esta vez fue mucho más brusca, su tono lleno de finalidad y tan duro que sintió su estómago dar un vuelco. Y cuando se fue de allí a zancadas, no tuvo la fuerza de detenerla. Lo único que pudo hacer fue apoyarse contra la pared para no caer al suelo por la corriente de náuseas y mareo que lo invadieron, una de sus manos bajando a su vientre en un intento de calmar el remolino de sentimientos que amenazaban con explotar. Las lágrimas en sus ojos, apenas podía contenerlas. Porque si antes habia sentido culpa, ahora... ahora no sabía ni siquiera que sentir.

Flashback

Por ti... por ti ¿sabes lo que hice? ¿Sabes hasta donde fui? ¿cómo puedes hacer esto? —esas palabras lo hicieron detenerse en seco frente a la puerta, y los segundos que tardo en voltear a ver a su madre se sintieron como horas. Pero lo peor, fue la imagen que encontró al voltear. Las lágrimas en esos ojos fuertes que nunca soltaban sus barreras, el temblar de sus hombros que intentaba contener el llanto. En ese momento sintió su corazón romperse, pero sobre todo... algo en sus ojos hizo que su pulso se acelerara de manera incomoda, porque lo que vio en ellos fue un secreto... un secreto que podía ser más oscuro de lo que estaba preparado para escuchar.

Mom...— se forzó a si mismo a tragar saliva cuando sus nervios empezaron a fallar. — ¿Qué fue lo que hiciste? No te atrevas a seguir mintiéndome— amenazo con un filo peligroso en su voz, porque ya no iba a seguir aceptando mentiras, ser mantenido en la oscuridad de todo lo que estaba pasando, no lo podía tolerar más. Pero, nada pudo haberlo preparado para lo que escucho salir de los labios de su madre, apenas en un susurro que, si en ese momento hubiese estado a un metro más de distancia no lo hubiese escuchado. Pero lo hizo... lo hizo y sintió su cuerpo paralizarse por completo.

Yo lo hice. Para encubrir tu accidente... mate al hermano de Francis Bonnefoy...

¿Lo-lo mataste? T-tu... ¿Tú lo mataste? ¿C-cómo? ¿Por qué? — miles de preguntas pasaban por su cabeza en ese momento. Debía ser una broma... no habia manera de que eso fuera posible. Su madre... su madre era capaz de muchas cosas, pero no, se negaba a creer que hubiese hecho algo como eso. Pero, porque las lágrimas habían comenzado a caer de sus ojos, porque se negaban a verlo directamente. No way...

Él estaba a punto de despertar, recordaba tu auto. Te habrían atrapado si despertaba. Entonces ¿cómo iba yo a dejarlo vivir?

¿Qué hiciste madre? — su cuerpo cayó como peso muerto sobre el sillón. Un dolor escalante que recorría desde su cabeza hasta su vientre le hizo apretar los dientes. Pero más que todo, su cuerpo temblaba en incredulidad.

Le inyecté algo... Cuando estaba en la habitación, luego de la operación... le inyecte tetrodotoxina— en ese momento dejo ir el aire que sin saber habia estado conteniendo, sus manos temblaban como nunca antes lo habían hecho y solo pudo sentir lo rápida que se habia vuelto su respiración cuando subió sus manos a su boca en un intento de acallar el pequeño sollozo que salió de su garganta cuando, después de tanto tiempo, ahora todas las piezas caían en orden. Ahora todo tenía sentido. Como es que el pulso cardiaco de esa persona habia pasado de uno estable a apagarse en cuestión de segundos, como es que no habían logrado revivirlo mediante a RCP, como es que habia muerto de manera tan abrupta. Porque ese veneno era uno de los más potentes en el mundo, uno que actuaba de manera tan rápida que nadie podría haberlo notado.

Él estaba a punto de despertar de la cirugía... pero tuvo un paro repentino. Cuando Scott vio eso estuvo tentado y por eso...— todo tenía sentido. Todo este tiempo Scott... el no habia tenido la culpa de nada. Gosh, matar a un paciente por quitarle la máscara de oxígeno por menos de un minuto no era ni siquiera plausible. ¿Cómo es que habia sido tan estúpido para creer eso? ¿Como es que nunca habia visto lo que de verdad habia pasado? Y todo eso... todo eso lo habían hecho por él. Su madre... su madre habia estado detrás de eso todo el tiempo,

Él debe haber pensado lo mismo. Perdió la cabeza por su hermano. Estoy segura de que Scott entiende todo, estoy segura de que sabe lo que siento— sus ojos se alzaron a los de su madre, estupefacto, una sensación amarga recorriendo todo su paladar, tan pesada que le hizo crispar sus puños y prendió la chispa de ira que habia sido olvidada en su interior.

¿Como puede ser lo mismo? Incluso si se trata de un error, entre ser tentado después de ver a un paciente con un paro cardiaco y matar a una persona con una inyección letal ¿¡Como diablos va a ser lo mismo!? — gritó levantándose del sillón, fuera de sí, porque no habia manera de que esos dos actos podrían si quiera acercarse en similitud. No habia manera de comparar lo que Scott habia hecho en un acto desesperado a lo que su madre habia hecho a sangre fría. Era imposible. Y quería gritar. O gosh, quería gritar hasta que su garganta se desgarrara de tanta fuerza, porque no podía creer que esa persona frente suyo era su madre. Todo debía ser una maldita broma. Pero... esos ojos azules tan vacíos le recordaban que no, no era una broma. —Y después de saber todo, ¿dejaste que Scott pensara que él lo mató toda su vida? —una risa histérica salió de su garganta porque todo eso era simplemente increíble.

Incluso si tú te enojas conmigo, Scott... estoy segura de que él sabe cómo me siento, de que él hubiese comprendido lo que hice, porqué lo hice— las palabras salían de su boca como balbuceos que mientras más los repetía menos sentido tenían, sus ojos buscaban frenéticamente los de su hijo, en un intento de hacerle comprender, al cielo en un intento de que ese consuelo que habia creado para sí misma fuera realidad. Porque Scott debía comprenderla ¿no? El sabia como era luchar por la felicidad de otra persona, sabia como era sacrificar todo por esa personita que amaba, que habían jurado proteger por el resto de sus vidas. Y no importaba como esa persona los viera en el futuro, porque todo lo que habían hecho era para protegerlos, para darles un futuro mejor, una vida feliz. Por eso... por eso no se podía arrepentir. Por eso es por lo que no se arrepentiría.

¿Porque lo hiciste mom? Debiste dejarme ir a la cárcel...—los ojos azules subieron a verlo una vez más, pero esta vez, el brillo en ellos logro erizar su piel de manera desagradable. Un malestar se asentó en su cuerpo y el suelo empezó a moverse.

Todo lo hice por ti, por tí Alfred. ¡Eres todo lo que tengo! Si hay una razón por la que estoy feliz de haber nacido, lo eres tú. — esas manos sobre sus hombros lo hicieron estremecerse y se arrepintió enseguida de subir a ver los ojos de su madre. Porque esa mirada, no podía soportarla. —Tu eres lo único que tengo, lo único que tengo Alfred... —y cuando ese toque frio bajo a su vientre, no pudo evitar negar con su cabeza, intentar alejarse porque sentía que se estaba quemando, porque estaba mal. Todo eso estaba mal— Algún día te darás cuenta, te darás cuenta de que, por proteger a esa pequeña persona, darías todo... harías todo, sin importar nada... sin arrepentirte de nada. algún día me vas a entender Alfred, vas a entender porque daría todo por ti, porque me convertí en lo que soy ahora...

Fin del Flashback

No... se negaba a creer que algún día podría convertirse en ese tipo de persona, que el deseo de proteger a su bebé lo cegara tanto como para no poder diferenciar más entre el bien y el mal, como para perder todo sentido de arrepentimiento. No quería convertirse en una persona así. No quería convertirse en un monstruo.

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Recorrió una vez más su habitación en busca de cualquier objeto vital que se pudiera estar olvidando, dándole check mental a todos los objetos de su lista de cosas importantes que empacar. Tenía todo por el momento, mudas de ropa, medicinas, vitaminas, llaves de su auto, libros, no habia nada más que pudiera necesitar. Además... no era como si no pudiese volver a casa en tan solo cuestión de minutos.

Soltó un pequeño suspiro una vez más y cerro su maleta con una sensación pesada en su interior. Ya dos semanas habían pasado desde que todo su mundo se vino a la derriba, catorce días desde la muerte de Scott, doce días desde el colapso de Arthur, desde que perdió la vista y casi pierde al bebé... un bebé que ninguno de los dos sabía que existía hasta el momento en el que estuvieron demasiado cerca de perderlo, del que Arthur se negaba a hablar, o si quiera reconocer. Ya eran once días desde la primera ecografía oficial, desde que el menor había sido hospitalizado en cuidados intensivos y comenzó la terapia psicológica, desde que rogó a Tino que hiciera lo imposible por que el bebé sobreviviera. Y hoy, lo iban a dar finalmente de alta.

—Fran ¿Vas a alguna parte? — esa voz lo hizo alzar a ver a la tan conocida silueta de su hermana, parada en el umbral de su puerta con una mueca de preocupación y sospecha en su rostro. — ¿En verdad vas a ir a París? ¿Qué hay de Arthie? — empezó a preguntar de manera acelerada, sus manos apretándose a sus costados con incredulidad y decepción de la posibilidad de su hermano yéndose del país después de todo lo que habia pasado. Porque pese a que Francis hubiese mantenido casi todo en secreto, podía notar que las cosas entre él y Arthur no estaban para nada bien. Podía sentir que ambos estaban destrozados. Pese a que no habia visto al inglés desde el funeral, tenía la certeza de que no estaba bien.

—Ven, petite— detuvo el mar de preguntas de su hermana, palmando el lugar en la cama a su lado para que se sentara. No había intercambiado casi nada de palabras con Clarie desde que todo eso comenzó, Dieu, ni siquiera habia estado en casa más de dos horas por día desde que Arthur fue ingresado en el hospital. Y si, se sentía mal por abandonar a su hermana de esa manera, pero... no sabía que más hacer. —No voy a ir a París... después de todo, ya perdí el vuelo hace mucho tiempo, así que, no voy a irme. Voy a quedarme con Arthur y así podemos los tres vivir juntos en el futuro ¿oui? — los ojos de la rubia se abrieron con felicidad al escuchar la noticia, dando un saltito en la cama sin poder evitarlo. Francis soltó una pequeña risa al verla así, y por unos breves segundos se preguntó a donde se habia ido su entusiasmo... su alegría. Últimamente, eran muy raras las veces en las que podía sonreír de verdad, o si quiera, tener esperanza de que todo iba a salir bien, de que al final volverían a ser la pareja llena de vida de antes. Pero se sentía tan cansado y destruido que la esperanza poco a poco se escapaba por sus dedos.

—Entonces ¿para qué es ese bolso? —sus ojos regresaron a los extrañados de su hermana para después fijarse en el bolso que tan solo minutos atrás habia terminado de empacar.

—Arthie está un poco enfermo estos días, así que voy a quedarme en su casa para cuidarlo. Puedes estar bien sola en el departamento ¿verdad?

— ¿Arthie está enfermo? ¿Qué tan grave está? — la preocupación fue enseguida notable, y esa pregunta lo hizo soltar un suspiro,

—No es nada grave, chérie, pero si esta un poquito delicado. Tal vez vayas a ser una tía pronto. — vio como los ojos de su hermana se llenaban de un brillo de emoción.

— ¿Está esperando un bebé? — solo avanzo a asentir con la cabeza, forzando una pequeña sonrisa en su rostro, intentando olvidar todo el dolor y oscuridad que rodeaba a ese hecho y solo... solo sentirse feliz. Pero, la fuerza de voluntad lo habia abandonado mucho tiempo atrás. —Hey, Francis, todo va a salir bien— su mirada subió a la de su hermana con sorpresa, encontrándose con esos ojos llenos de calidez y apoyo, una mano posándose suavemente sobre la suya logrando bajar la velocidad tan acelerada de su pulso que ni siquiera habia notado. Eran muy pocas veces en las que Clarie lo llamaba por su nombre completo, pero en ese momento habia detenido el ataque de pánico que sin saber habia empezado a surgir en su interior. —Se que los embarazos masculinos pueden ser peligrosos, y después de todo lo que Arthie ha pasado, dieu... sé que debe ser difícil. Pero mientras estén juntos, lo van a poder superar. Todo va a estar bien, así que anímate, connard— un codazo juguetón en sus costillas lo hizo soltar una risa genuina, la primera después de todo ese tiempo, y las palabras de la menor calaron profundo en su cuerpo, subiéndole el ánimo en tan solo ese pequeño gesto y sin darse cuenta, sintió como un pequeño peso caía de sus hombros y como si la obstrucción en su garganta desapareciera finalmente. Ahora... podía respirar.

—Sabes que eres la mejor hermanita del mundo ¿non? —sonrió envolviéndola en un abrazo, deseando que las palabras que habia dicho fueran verdad, que mientras estuviesen juntos pudiesen superarlo... que todo iba a salir bien. Solo... solo quería volver a creer una vez más.

—Je sais, así que ahora ve a cuidar de mi cuñadito y mi sobrinito. Me muero por poder sentirlo— dijo en una pequeña risa, correspondiendo el abrazo con toda su fuerza para después separarse tan solo un poco, chocando sus ojos con los de su hermano en un intento de transmitirle toda su fuerza, las esquinas de su boca subiendo hasta formar una sonrisa ilusionada.

—Cuando Arthur se sienta mejor te puedo llevar a verlo ¿oui? –revolvió su cabello como solía hacerlo en antaño, depositando un beso en su frente con agradecimiento, porque de no haber sido por ella, sabía que habia estado a punto de perder todo su espíritu y esperanza. Y ahora... ahora podía volver a intentarlo, podía darse fuerzas para continuar.

—D'accord. Ahora ve, no pierdas el tiempo— lo apresuro, dándole dos palmadas en la espalda para después pasarle la maleta que había estado empacando. Francis le mando una sonrisa agradecida, dándole un último beso en la mejilla antes de salir de allí hasta su auto. Un pequeño suspiro escapo de su boca cuando sus manos sostuvieron una vez más el volante. Se repitió a sí mismo "Todo va a estar bien... todo va a estar bien" y se forzó a arrancar, a conducir a ese lugar donde esa persona lo esperaba, a continuar con su vida con una nueva motivación en mente. Sabía que, aun lo podían arreglar, aun podían volver a ser la pareja de antes. Tenían que hacerlo.

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Definitivamente, ninguno de los dos se habían sentido preparados para el momento en el que se quedarían completamente a solas. El ruido de las maquinas, el caminar de las enfermeras, las palabras de los doctores, ahora nada estaba allí para seguir cubriendo esa barrera invisible que se habían puesto entre ellos. Esa barrera de silencio que hacia el aire tan pesado y sofocante que lo único que querían era que el auto avanzara más rápido para no seguir soportando esa atmosfera tan incomoda que los rodeaba. Porque en todo ese tiempo, en cuestión de un mes habían logrado destruir una relación que creyeron soportaría todo, y ahora... ya no habia vestigio de la pareja del pasado.

Francis apretó el volante del auto, sus ojos azules fijos en el camino porque no quería atreverse a voltear a verlo, ver sus ojos vacíos, su expresión nula que parecía nunca cambiar, intentara lo que intentara. Y ese silencio que por muchas preguntas que hiciera, o veces que hablara era tan solo roto por monosílabos que empezaban a hacer su sangre arder. Era como si su hubiese dado por vencido, como si hubiese dejado de luchar por vivir y eso era lo que más revolvía su estómago.

Y, finalmente llegaron. Se parqueó frente a esa casa a la que en tanto tiempo no habia entrado, esa que aún mantenía la esencia de la persona que habia vivido allí y ahora ya no estaba. Apenas dio el primer paso dentro, lo pudo sentir de nuevo. Era tan pesado que no pudo evitar que sus músculos se tensaran y por varios segundos no se pudo mover de su posición en el umbral. Pero... tenía que hacerlo, tenía que llevar a Arthur a su habitación, dejarlo descansar porque eso era lo mejor. Una vez más tomo al menor del brazo y comenzó a caminar a las gradas, subiéndolas a paso lento para evitar que tropezara. Sus ojos en ocasión dirigiéndose a la manera en la que el menor tocaba la baranda con sus dedos, recordando su forma, cuantas gradas estaba subiendo, la altura de ellas, cuantos pasos debía dar hasta su cuarto, todo. Lo quería memorizar todo. Y cuando entraron a su habitación, Arthur se soltó del agarre y, con una de sus manos sobre la pared, comenzó a caminar hasta que llego al pequeño armario donde solía guardar cosas que ya no iba a usar. Pero ahora, debía encontrar ese aparato que podía ayudarlo a sobrellevar todo eso, a acostumbrarse a la oscuridad.

— ¿Qué estás buscando, Arthur? Dime que es, lo encontraré— ofreció Francis acercándose dos pasos más, pero cuando iba a poner una mano sobre su hombro, se detuvo en seco. ¿Por qué no podía ni siquiera hacer algo como eso? Su mano no se movía. Entonces, sus ojos cayeron en el objeto que Arthur habia sacado del armario. Un bastón plegable que no hesito en comenzar a usar, su puño sosteniendo fuertemente uno de los extremos mientras el otro recorría el piso en busca de posibles obstáculos. — ¿Qué haces? —esa pregunta salió de manera inconsciente de su boca. Sus ojos no querían creer que estuviese haciendo eso, porque en su inconsciente, sabía lo que significaba.

—Lo necesitare a partir de ahora. Mientras tenga esto voy a acostumbrarme rápido. — Francis apretó sus puños al escucharlo. Quería gritarle que no era así, que no habia necesidad de algo como eso. Lo único que tenía que hacer era esforzarse por volver a ver. ¿Por qué diablos seguía comportándose así, merde? Pero, solo suspiro. Suspiro porque sabía que no podía explotar en ese momento.

— ¿Por qué quieres acostumbrarte? No necesitas acostumbrarte, Arthur — en ese momento se dio el valor para tomarlo de los hombros, sin importar la manera en la que el cuerpo del menor se tensaba, solo lo hizo, sin importar las consecuencias. Porque estaba harto de no actuar, de esa barrera tan grande que habían puesto entre ellos, de cómo su relación se habia deteriorado hasta que ahora, ya no podía ver vestigios de ella.

— Francis, vete... por favor. Es incomodo contigo aquí— intento alejar sus manos, pero no se lo permitió, hizo más fuerte su agarre, firme, pero sin lastimarlo, porque ya no podía seguir alejándose.

—Lo siento mucho, pero, no voy a irme. Digas lo que digas, no te voy a dejar. Pese a cuan malas e hirientes sean las cosas que me digas, ya no voy a creerte, no voy a escucharlo. — negó con la cabeza, sus manos subiendo de sus hombros hasta su rostro, sus pulgares acariciando la tersa piel de sus mejillas en un gesto que antes era tan natural y ahora se sentía ajeno, pero no dejó que eso lo molestara. Porque no podía dejar que su relación se siguiera deteriorando más, no cuando aún lo amaba, cuando aún quería creer que lo amaba. Porque ese hombre frente a él, lo habia amado por más de la mitad de su vida, por tantos años y ahora ese hombre llevaba en su vientre a su bebé, la razón por la que debía volver a luchar.

—Francis Bonnefoy— su tono era duro, pero no dejo que eso lo detuviera. Sabía que eso era un acto. Ese último audio, por el que Scott habia dado su vida, le decía que todo eso era falso, que Arthur lo seguía amando, que todo era una mentira. Y eso era lo que quería creer.

—Si de verdad me odias tanto, mírame a los ojos y dímelo— lo forzó a subir su rostro, a que sus ojos azules chocaran con esos verdes que ya no podía reconocer, pero sabía que en alguna parte de ellos la persona que había amado seguía allí. Su Arthur que nunca dejaba que nadie le dijera que hacer, que no le importaba confrontarlo de ser necesario, que siempre le decía que era demasiado meloso, pero cuando estaban solos nunca quería separarse de sus brazos. — Golpéame y grítame. Tengamos una pelea como antes. Te lo diré miles de veces hasta que lo entiendas, así que, mírame a los ojos y grítame otra vez, Arthur — estaba rogando, sus ojos humedeciéndose tan solo un poco cuando vio que el menor volvía a bajar su rostro, intentando alejarse, y esta vez lo dejó.

—Solo quiero dormir... Francis, déjame dormir— su voz salió en un tono tan bajo y roto que lo único que pudo hacer fue suspirar y desviar su mirada, porque ya no podía soportar seguir viéndolo.

—Lovino no va a poder venir estos días por su hijo, por eso yo voy a estar aquí para ayudarte. Así que, si no quieres hacerlo por mí, por lo menos hazlo por él... para que puedas ver a su bebé— quiso añadir, "y a nuestro bebé" pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta. Y cuando Arthur comenzó a caminar hacia su cama, se dio la vuelta y salió de allí. Camino por el pasillo, hasta llegar a la antigua habitación de Scott, y cuando entró, las lágrimas por fin cayeron de sus ojos. Camino hacia el balcón, cogiendo la caja de cigarrillos y el encendedor sobre la cómoda y no pudo evitar llevarse el primer tabaco a la boca. Porque necesitaba la nicotina, necesitaba parar toda la corriente de sentimientos que querían explotar en su interior, y solo miro al cielo, con una pregunta en sus ojos.

"Scott... ¿Qué hago con Arthur?"

•••

¡Vati! ¡Vati! ¡Vati! — uno de sus ojos azules se abrió con pereza a mirar a los idénticos de su hijo que lo observaban con una mezcla de emoción y reproche.

—Wolfram, ¿Was ist los? — murmuro con el sueño aun presente en su voz, el cansancio borrando momentáneamente todo recuerdo de inglés de su mente. La noche anterior había gastado tanta energía que hasta ahora su cuerpo se estaba reponiendo. Las dos horas de paseo con los perros, el entrenamiento diario y, por último, la noche con Feliciano... Oh, Gott, estaba desnudo bajo las sabanas.

—Debes despertar, hoy es nuestro día de picnic ¡Vati! ¡Vati! ¡Vati! — continúo sacudiendo su hombro una y otra vez con toda la fuerza que sus manos de siete años le podían dar. Y sabía que si no se levantaba en ese momento su pequeño demonio no dudaría en saltarle encima, tal como su tío le habia enseñado. —Apura, Vati. Incluso Feli ya está abajo preparando la comida para el picnic con Clarie— ah, así que eso explicaba la ausencia de calor en la cama y esos brazos alrededor de su cuerpo a los que ya se habia acostumbrado tanto que ahora se sentía vacío.

—Schatz, ¿puedes ir con ellos un momento para que papá pueda cambiarse? —pidió subiendo una de sus manos a acariciar el lacio cabello de su hijo, revolviéndole tan solo un poco para escuchar la pequeña risita que daba cada vez que lo hacía.

— ¡Ja! — la sonrisa no se pudo borrar de su rostro cuando vio a Wolfram salir corriendo de la habitación, todo su cuerpo radiando emoción. Definitivamente no sabía que haría sin él y Feliciano... su vida no tendría sentido sin esos dos que siempre lograban sacarle una sonrisa. Se levanto de la cama, estirando cada musculo de su cuerpo antes de ponerse un par de boxers y comenzar a caminar al baño para tomar una ducha caliente para relajar su cuerpo.

—Luddy— dos pequeños golpes sonaron a su puerta cuando termino de ponerse su abrigo, y pocos segundos después se abrió, dejando ver a Feliciano, con una sonrisa emocionada en su rostro. — ¿Estás listo? — era más una afirmación que una pregunta, pero aun así asintió, sin negarse a los labios que subieron a unirse contra los suyos en un contacto suave que dentro de todo el tiempo que llevaban juntos se habia convertido en rutina.

—Ja, Liebe. Vamos antes de que alguno de los dos suban— habló contra los labios del pelirrojo, sus ojos fijos en los avellana que lo miraban con un brillo tan único que mandaba cosquilleos a su estómago. Pero todo el momento se acabó cuando se forzó a separar su mirada, y separar al italiano de los hombros. Porque por mucho que llevaran ya más de tres meses juntos, no podía anunciarlo al mundo aun, por mucho que lo amara, o que Feliciano se molestara por eso, no se sentía listo.

—Te espero en el auto —el ligero fruncir en el ceño del italiano y el duro tono de su voz le indicaron que, una vez más, había logrado ponerlo de mal humor. Últimamente, hiciera lo que hiciera, el temperamento de Feliciano parecía más corto que nunca. Y en ese momento lo único que pudo hacer fue soltar un suspiro rendido, escuchando como la puerta de su habitación se cerraba una vez más, dejándolo completamente solo. Pero... ese no era el momento para pensar sobre el futuro de la única relación a la que le habia dado oportunidad desde la muerte de su esposa. Suspiró, una vez más, sus manos pasando por su cabello en un intento de detener el pequeño dolor de cabeza que se estaba formando. Después de todo, tenía un largo día por delante.

•••

Salió de la pequeña cafetería con cuatro tazas de chocolate caliente en un portavasos. Podía sentir vapor calentando su rostro y sus manos. Con una sonrisa continúo caminando hacia el parque a tan solo metros de allí donde habían decidido hacer su picnic, y no pudo evitar soltar una risita al ver a Wolfy ya por el segundo hombre de nieve mientras los dos perros dormían sobre la gruesa mantita que habían puesto cerca de la mesa cubierta por una grande sombrilla que evitaba que la nieve topara la comida. Se acerco en silencio, dejando las tazas de chocolate en la mesita, antes de tomar dos de ellas y acercarse al pequeño que seguía concentrado en su trabajo, como si fuera lo más importante del mundo en ese momento. Y sin que lo notara, se acercó, poniendo una de las tazas en frente del menor, sacándolo de su concentración. Los ojos azules subieron a mirarlo sorprendidos antes de bajar y sonreír emocionado.

¡Oh, heiß Kakao! Dankeschön Feli —tomo la taza con la expresión más pura de agradecimiento en su rostro, sus mejillas rojas por el frio bajando de tonalidad inmediatamente cuando le dio el primer sorbo al chocolate, sus ojos brillando con deleite.

Prego, piccolo bambino— revolvió su cabello, sentándose a su lado sobre la gruesa mantita en la nieve, dándole pequeños sorbos a su bebida con un malestar en el estómago, porque... dos personas claramente faltaban ahí. Pero, no quería asumir nada aun, tal vez ellos también habían ido a comprar algo, o a ver algo en el auto. Había muchas probabilidades, pero ¿Por qué su corazón latía inquieto? —Wolfy ¿A dónde fueron Luddy y Clarie? — pregunto después de cinco minutos, intentando no parecer muy interesado, aunque... ¿en verdad fueron cinco minutos?

—Estaban caminando por allá— sus ojos enseguida se dirigieron a la dirección que el menor señalaba, un camino que llevaba al pequeño lago congelado del parque, completamente rodeado por árboles. Pero... ¿Qué estaban haciendo allá?

— ¿Puedes quedarte unos minutitos aquí con Blackey y Berlitz? Vuelvo en un momento— los perros levantaron sus orejas al escuchar sus nombres para luego regresar a dormir. Wolfram asintió con una sonrisa, y eso fue lo único que necesito para levantarse e ir a buscar a Ludwig.

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Cuando Clarie le pidió que lo acompañara acepto sin pensarlo mucho, pero cuando dijo que tenían que hablar en privado, definitivamente sintió esa sensación de suspenso y acelerar de que una noticia importante iba a venir, no sabía si buena o mala, pero continúo caminando con ella con curiosidad, diferentes razones por que viniendo a su mente. Algo habia pasado con Wolfram, o alguna profesora de Wolfram tenía alguna queja, o Wolfram habia ganado algo y debían preparar algo en sorpresa, o tal vez habia encontrado un nuevo trabajo o iba a estar ocupada con la universidad. Diferentes escenarios se fueron desarrollando en su mente, pero cuando se detuvieron en frente del lago del parque y bajo a ver a la menor intrigado, se preocupó un poco. Sus mejillas estaban más rojas que minutos atrás y su postura se veía hesitante y tímida, algo que muy pocas veces habia visto en ella. Pero cuando algo golpeo su pecho definitivamente se sorprendió. Sus ojos bajaron a una bolsa de regalo muy bien decorada, el papel cubriendo lo que sea que estuviera dentro.

— ¿Qué es esto? —Clarie subió a mirarlo con nueva determinación, sus miradas chocando por breves segundos que hicieron a su corazón latir aún más rápido, porque, después de todo ese tiempo en el que lo habia estado planeando, al fin se estaba confesando frente a ese hombre que poco a poco habia empezado a amar.

—Es un regalo que hice, pensando en usted con cada puntada, así que, por favor acéptelo. —sus manos estaban sudando, porque no podía aceptar un no por respuesta, no estaba preparada para eso.

—No debiste tomarte la molestia, Clarie. Muchas gracias —pese a que no habia esperado ese regalo, no podía rechazarlo, sin embargo, no entendía cuál era el motivo aún. Aún faltaban días para navidad y no veía otra razón posible.

—Mi regalo no es de agradecimiento, se lo estoy dando porque me gusta— y esas palabras lo congelaron. Sus ojos azules se abrieron atónitos cuando sintió unos suaves labios contra su mejilla y lo único que pudo hacer en ese momento fue sonrojarse mientras la rubia se iba de allí, dejándolo completamente solo en ese lugar porque los ojos avellana que habían estado viendo toda la escena también se fueron, a un paso tan rápido que ni siquiera pudo sentir su presencia.

•••

Estaba tan enojado, tan furioso en ese momento que lagrimas estaban empezando a resbalar de sus mejillas. Pero las ignoro y simplemente se fue de allí. Se fue y camino sin rumbo alguno, sus pies llevándolo a ese edificio donde la única persona a la que podía permitirle verlo en ese estado vivía. La única persona que conocía cada una de sus facetas y que podía calmar el remolino de sentimientos en su interior. Y cuando llego a la puerta del departamento, se quedó paralizado. De seguro debía verse como un desastre. Dio... habia salido corriendo, sin decir nada, y no habia contestado a ninguna de las llamadas perdidas de Ludwig. Ahora, parado frente a esa puerta, intentando volver su respiración a la normal, que su corazón dejara de latir tan rápido... ¿había sobre reaccionado? Maldizione, debió haberse quedado y enfrentado a Ludd cuando estaba solo. Pero ya no podía hacer nada. Con la manga de su abrigo borro todo rastro de lágrimas de su rostro y finalmente, tocó el timbre de la puerta con un palpitar nervioso en su corazón.

— Fratello— forzó una sonrisa levantando una de sus manos en forma de saludo, sus párpados ocultando la irritación de sus ojos después de haber llorado. Y cuando escucho un pequeño gorgoteo infantil sus mirada se abrió cayendo en el pequeño bebé en brazos del mayor.

—Feli, estas aquí de nuevo— su voz sonaba cansada y definitivamente se veía como si apenas hubiese dormido esos días, pero con un recién nacido era de esperarse. Los ojos verdes subieron a los suyos con sorpresa y enojo, enojo dirigido a otra persona que, pese a que aún no había dicho nada, su hermano sabía que estaba detrás de todo.

—Nunca me cansaré de ver a Camillo, es tan lindo— tomo al pequeño en brazos de su hermano, alzándolo para chocar sus ojos con los del bebé que estiraba sus manos intentando tomar su cabello. Pero por experiencia pasada sabía que dejarlo hacer eso era una mala idea, así que solo lo sostuvo contra su pecho como Toño le había enseñado cuando fue a visitarlos la primera vez en el hospital. Normalmente odiaba estar cerca de bebés, pero ese era su sobrino y desde el momento que lo vio se había enamorado de esa ternura, era imposible no hacerlo. Con una sonrisa pasó a la sala del departamento, ignorando la mirada afilada de su hermano y pretendiendo jugar y hablar con el niño. Si, estaba intentando alargar por tan solo segundos la pregunta que definitivamente iba a venir, pero...

—Algo paso nuevamente con el macho patatas ¿no? — y ahí estaba, ya se lo esperaba, pero eso no le quito la pesadez. Porque cuando lo recordaba podía sentir sus ojos volver a humedecerse, y llorar frente a las personas era lo que más odiaba.

—La donna que estaba tras él hoy se le declaró... y el no rechazó el regalo. —sí, cuando lo decía parecía un gesto tan simple, que tal vez no podía significar nada, pero para el... para el significaba todo y su hermano lo comprendía por la manera en la que sus ojos se afilaron.

— ¿Che? — Lovino se veía preparado para estampar su puño en la cara perfecta de ese alemán hasta dejarlo similar a una de esas patatas que tanto amaba. Dio, no era la primera vez que Feliciano venia hacia el llorando por ese idiota y una de las cosas que no soportaba era que se metan con su familia.

—No sé qué hacer fratello. La regazza incluso lo besó y él no la alejó— Los ojos verdes se afilaron aún más. Lo iba a matar. Pero, Agh, ¿desde cuándo habia empezado a darle consejos de amor a su hermano?

—Confróntalo...— su voz salió seria, sus ojos fijos en los de su gemelo. Porque ese era el mejor consejo que le podía dar en ese momento, lo que él hubiese hecho de estar en esa situación. —Pregúntale que es lo que de verdad siente por ella, si te ama, no va a ni siquiera considerarla, pero si siente algo por ella, entonces... déjalo ir, ya llegará alguien para ti Feli— sus ojos se suavizaron al ver como los de su hermano empezaban a humedecerse una vez más. Sabía cuando amaba Feliciano al alemán ese, pero el amor era algo que no se podía forzar en nadie. Si la otra parte no lo sentía a la misma magnitud, entonces no valía la pena quedarse.

—Pero, no quiero dejarlo ir... — y cuando las lágrimas comenzaron a caer de los ojos de su hermano su corazón se estrujó. Porque feliciano pese a su actitud, no era una persona que llorara frente a los demás, nunca dejaba ver su lado triste. Se paro del sillón y corrió hacia la cocina, sacando de la refrigeradora dos potes de helado y cucharas antes de regresar. Sabía que lo que más lo podía alegrar en ese momento era buen Gelato. —Vamos, anímate, idiota, que no quiero que Camillo también empiece a llorar— palmo su cabeza como a un cachorro. No sabía de qué otra manera consolar a las personas. Feliciano alzo a mirarlo en shock por algunos segundos, sin haberse esperado todo eso, y entonces, una sonrisa totalmente sincera se formó en su rostro. Se levanto y envolvió a su hermano y sobrino en brazos.

Grazie Lovi, grazie mille— definitivamente era el mejor gemelo que Dios le podía haber dado.

•••

Ya solo una semana, debía resistir las ganas de quedarse con su pareja en cama por solo una semana más antes de que al fin le dieran su partida por paternidad. Coño, que él era el jefe y podía tener sus vacaciones cuando lo viera necesario, pero al parecer el Congreso Mayor no pensaba lo mismo. Pero, ya dentro de poco tiempo tendría diez meses para pasar con su esposo y su bebé sin preocuparse por más de pequeños casos privados aquí y allá. No podía esperar a quedarse todo el día con Lovi y Camillo, así que con esa motivación en mente agarro su maletín y salió de casa, con los últimos casos y recados que iba a atender en la semana, entre ellos uno que habia tomado como un favor personal.

Las calles de Canary Wraft eran inmensamente frecuentadas en las mañanas, cafés y panaderías llenas de filas de empresarios esperando su primer shot de cafeína para seguir con su mañana. Así que cuando paso por una de las cafeterías, la más pequeña y tranquila en toda la calle, le sorprendió encontrar una silueta conocida allí. podía estar casi cien por ciento seguro de que era quien creía que era, así que no dudo en entrar al pequeño lugar, caminando hacia esa mesa, y cuando sus ojos confirmaron lo que creía, no pudo evitar dibujar una sonrisa en su rostro.

— ¡Francis! — llamo sentándose con emoción en la silla frente a su amigo, notando con una risa como, por la sorpresa, gotas de café se derramaban sobre el periódico que segundos atrás el francés habia estado leyendo. Los ojos azules subieron a mirarlo sorprendidos por varios segundos antes de que sus labios se levantaran en una sonrisa, su ánimo subiendo al instante.

— ¡Oh, Antonio! ¿Cómo estás? ¿Cómo siguen Lovino y Camillo? —pregunto intentando iniciar una conversación amena, no se habían visto desde hace algunos días y la última vez habia sido en el hospital, dos días después del nacimiento del pequeño bebé que definitivamente se habia robado parte de su corazón.

—Ambos están hermosos, el pequeño Camillo es tan adorable que ya tengo una carpeta solo de sus fotos— Francis soltó una risa, eso si no lo dudaba, con cómo era Antonio de seguro un millón era un numero bajo a comparación de cuantas fotos habia tomado de su hijo y esposo durante ese primer mes de paternidad.

— ¿Qué te trae por aquí, Toño? — pregunto con verdadera curiosidad, porque definitivamente él no era del tipo de persona que frecuentara pequeños cafés en las mañanas. Los ojos oliva se abrieron en realización, y una mano subió a rascar su nuca con un ligero vestigio de hesitación.

—Oh, cierto... Estaba de camino al trabajo y justo te encontré, tenía que hablar contigo. —su tono jovial cambio en ese momento a uno más centrado y profesional. El español subió su maletín a la mesa y saco de ella tres sobres que dejo sobre la mesa antes de cerrarlo y bajarlo una vez más al piso. De los tres sobres tomo el más grande y se lo extendió al francés que lo miraba sin comprender.

— ¿Qué es eso?

—Es el testamento que Scott Kirkland escribió— los ojos azules se abrieron con sorpresa para luego bajar en comprensión. Por supuesto... eso era lo que debía haberse esperado. —El donó el 30% de su fortuna a fundaciones y la casa, todos sus bienes raíces y activos líquidos fueron dejados a su hermano Arthur Kirkland y a ti, Francis— pero eso si no se lo espero, y llego como un shock.

— ¿Qué?

—Las acciones del hospital que le pertenecían como director y derecho de gestión e interés fueron dejados para que tú los manejes. Además de eso, dos propiedades fueron también dejadas a tu nombre. — su estómago dio un vuelco en ese momento y no pudo evitar reposar todo su peso contra el espaldar de la silla. El hospital, más del treinta por ciento de acciones del hospital habían sido dejados en sus manos, el derecho de gestión, todo... Dieu, ¿Cómo quería Scott que tomara toda esa responsabilidad? Y además de eso ¿dos propiedades? Antonio subió una mano a la suya al ver la expresión insegura y agitada en su rostro. — Sé que esto puede ser una sorpresa, así que tómate tu tiempo en leerlo cuidadosamente. Tan pronto como se decida sobre la herencia, voy a comenzar el proceso. — Era mucho que procesar en ese momento. El español le mando una mirada simpatética y entonces sus ojos cayeron en las otras dos cartas que habia olvidado, envueltas en unos sobres con el nombre de cada destinatario escrito a mano. —Y.… esto. Es una carta que Scott dejó hace dos meses para que te lo entregara con el testamento. Una es para ti, la otra para Arthur— le explico, entregándole los dos sobres con una pequeña sonrisa de apoyo, porque sabía que nada de eso era fácil para su amigo.

—Gracias Toño— suspiro el francés, subiendo a verlo con verdadera sinceridad, y solo pudo asentir, palmeando su hombro antes de levantarse de la mesa y tomar su maletín una vez más.

—Te dejo para que lo leas, cuando estés listo me llamas— sonrió despidiéndose con un agitar de su mano, recibiendo un pequeño asentimiento como respuesta antes de salir de ese lugar, una vez más rumbo al trabajo. Francis al verlo marcharse bajo su mirada una vez más a las dos cartas que ahora descansaban a lado de su taza de café ya fría. Y solo suspiró, porque le aterraba lo que pudiera leer en ellas.

•••

Luego de varias copas de vino y cigarrillos, se encontraba allí, en el balcón de la casa donde ahora vivía con Arthur, esa casa que aún le seguía apretando el estómago cada vez que entraba. Se sentó en la pequeña mesita que había allí y se sirvió una copa más de vino. Sus manos habían jugado tanto con ese sobre que ahora sus esquinas estaban arrugadas, y.… ya no podía esperar más. Pese a que el miedo lo estaba deteniendo, la curiosidad lo impulso a abrir ese sobre, de manera tan lenta y cuidadosa que su corazón empezó a desesperarse. Cuando tuvo ese papel doblado entre sus manos, alzo a ver una vez más al cielo antes de abrirlo y que sus ojos se quedaran atascados en las palabras.

"Francis...

No estoy seguro de si todavía puedo llamarte mi hermano. Probablemente no debería.

Probablemente no debería dar más excusas o disculpas. No me entiendas ni me perdones. No derrames ni una sola lagrima por mí, porque no me lo merezco.

Francis, sigue amando a mi pequeño hermano con el mismo corazón, él no tiene la culpa de nada, no dejes que se culpe por mis errores. Yo... no pude ni siquiera protegerlo, así que te pido a ti que lo hagas, que lo protejas como alguien que sabe amar con fuerza y sabiduría.

Mi tiempo contigo fue lleno de verdadera felicidad.

Gracias por todo.

Scott Kirkland"

No se dio cuenta de que las lágrimas estaban una vez más resbalando de sus ojos, hasta que vio una gota caer en su copa de vino a medio tomar. Y entonces llevo su cabeza entre sus manos en un intento de detener el llanto, el dolor en su pecho, en su garganta. Se levantó y salió de allí, caminando por los pasillos hasta entrar a la habitación de su ex prometido. La persona que por tantos años habia amado estaba ahí, dormido en posición fetal entre las sabanas. Se acercó, y deposito un pequeño beso en su frente antes de salir de allí, caminando hacia la salida de su casa y encendiendo su auto para escapar, tan solo un momento. Y luego de varios minutos, llego a ese lugar al que inconscientemente la culpa lo habia conducido.

Pero, ya no habia marcha atrás. Se bajo del auto, tomando la botella que habia traído consigo y pese al frio de la noche y que la nieve estuviese cubriendo sus zapatos, comenzó a caminar a ese lugar que en las pocas veces que ya habia memorizado.

—Scott...— ese nombre salió de sus labios cuando se detuvo, sus ojos fijos en la lápida cubierta de nieve frente a él, donde lo único que le podía indicar que estaba en el lugar correcto era esa cruz que el mismo habia comprado y las flores ya muertas que habia dejado dos días atrás. —Traje tu whiskey favorito, para que puedas beber cuanto quieras— ¿Por qué su voz salía tan quebrada? Sin importarle nada, se sentó en el helado suelo, limpiando la nieve que cubría la lápida con sus manos antes de poner la botella de Whiskey y los dos vasos allí, sirviéndolos tal como a Scott solía gustarle. Seco, sin hielo, tan solo whiskey puro. Tomo uno de los vasos y comenzó a beberlo, su mirada subiendo al cielo. —Eres cruel ¿sabes? — soltó una risa lastimera, sus ojos bajando al liquido ámbar en su vaso una vez más antes de subir a las fotos que habían sido enterradas por la nieve, sus obres chocando con los verdes en esa imagen. — ¿Cómo puedes irte tan repentinamente y dejarme esta tarea? Es demasiado difícil— su voz se quebró, y fueron segundos en los que las lágrimas comenzaron a resbalar. Lágrimas de tristeza, impotencia, frustración, arrepentimiento. Todo eso estaba acumulado en su pecho, y quería explotar. —Scott... dime, ¿Qué hago con Arthur? ¿Qué tengo que hacer?

•••

Ese día, habia recibido la mejor maldita noticia de su vida... bueno, no la mejor, pero, aun así, juraba que podía ponerse a saltar de la emoción porque al fin lo iban a dejar salir de esa cárcel en la que le habían tratado como un anciano en estado vegetal. Al fin se despediría del olor a fármacos y las fastidiosas enfermeras que venían cada media hora a molestarlo, o pasar vigilado 24/7 sin poder meterle mano a su ahora nuevamente pareja. Con tan solo cambiarse de esa sucia bata a su propia ropa, su cómoda camisa de tres libras, su pantalones de seis, y su abrigo de oferta que lograba calentarlo hasta en los días más fríos. Era tan feliz que no le importaba el aun tener esa fastidiosa banda alrededor de su cabeza, o la pequeña calva que tenía resultado de la primera sesión de quimioterapia que habia tomado una semana atrás. Nada le importaba con tal de por fin regresar a su cama, a la libertad.

— ¿Estás seguro de que ya puedes estar fuera del hospital? —oh si, esa voz... habia olvidado que su chaperón asignado estaba ahí en la habitación, observándolo desde el umbral de la puerta con esa pequeña bolita de ternura. Gott, solo quería tomarlo en brazos de una vez por todas y salvarlo de que se vuelva amargado como su mamá.

—Pfff, por supuesto. Es solo una pérdida de dinero quedarme aquí, y además me está volviendo loco, ¿verdad, Camilito? — cambio su atención del italiano al pequeño bebé, tomándolo del agarre de su madre y comenzando a mecerlo. Aún tenía olor a recién nacido, leche fresca e inocencia tintando su aroma. Era tan precioso. Lovino solo se limitó a mirarlo, cruzándose de brazos cuando noto que alguien faltaba ahí, y que, de seguro, eso era todo obra de Gilbert.

—Roderich no lo sabe ¿verdad? — y por la manera en la que sus ojos bajaron al suelo pudo saber que habia acertado. Ese idiota no le habia dicho. ¿Cómo es que esperaba mantener una relación de esa manera? Tch.

—Está en un concierto en Oxford con Elizabetha— Alzo una de sus cejas al escucharlo, una sonrisa ladina formándose en su rostro ¿Acaso... estaba celoso? Gilbert al notarlo simplemente gruño, rodando los ojos. —Ya voy a llamarlo si tanto te preocupa, tsk— si, estaba celoso aún, ¿ok? Pese a que le habia dicho a Rode que podía ir, que no tenía problema con que vaya con Elizabetha, aun no podía confiar al cien por ciento en ella. Tch, esa mujer era la que le habia robado su marido, y hasta donde sabía, seguía enamorada de SU Rode. —Por cierto, ¿Cómo esta Francis? — pregunto acordándose en ese momento de su amigo, la situación en la que estaba, parecida y al mismo tiempo tan distinta a la suya que no sabía más como acercarse.

—Ese idiota no tiene tiempo para pensar en el caso ahora. Con todo lo que está pasando con Arthur... no es como sigue manteniendo la cordura— el día en el que se enteró de la nueva "condición" del inglés, estuvo a pocos segundos de salir corriendo del cuarto de hospital donde estaba con su recién nacido de un día por ir a golpearlo hasta que recuperara la vista a las malas. Hasta ahora no podía entender como habia pasado todo eso, ¿Cómo es que habían llegado a tal punto? Y cuando a parte le cayó la noticia de que Arthur estaba esperando un bebe... Dio, solo rogaba a Dios que nada malo pasara entre ellos dos.

— ¡Gil! — ese voz contenta los saco a ambos del tema tan amargo en el que se habían metido, sus miradas dirigiéndose a la persona que recién habia llegado, parado en el umbral de la habitación con una sonrisa.

—Toño, kesesese. —sonrió sacudiendo una mano en forma de saludo que fue correspondido antes de ver como ese par de tortolos se unían en un beso como si no se hubiesen visto en siglos. Ugh, había niños presentes, por amor de dios. Tuvo que tapar los ojos del pequeño Camillito para que no vea como sus papás se comían entre ellos. Y, hablando de niños... —Amigo mio, tengo que decirte que esta cosa es una hermosura, definitivamente tiene todos tus genes y ninguno de ese gruñón— se acercó con una sonrisa de oreja a oreja, agitando una manita del bebé que enseguida comenzó a gorgotear cuando vio a su padre.

—Cami, hola, mi amor— se acercó sonriente, besando la frente de su bebé con todo el cariño del mundo.

— ¿Qué dijiste, bastardo? — lo miro Lovino amenazante, saliendo del sentimiento de mariposas en su estómago que el beso de Toño le habia dado. Con una mueca de mal humor se acercó para tomar a su bebe de nuevo en brazos y alejarlo de la mala influencia del albino. Antonio solo pudo soltar una carcajada al ver la pelea entre esos dos, siempre era divertido verlos interactuar y discutir como si fueran niños.

—Gracias Gil—Lovino le mando una mirada fulminante. Dio, ¿Por qué estaba apoyando al macho patatas dos en esa discusión? — ¿Vas ya a tu casa? ¿Quieres que te lleve? —ofreció palmeando el hombro del alemán con una sonrisa, ignorando el puchero enojado en el rostro de su marido.

—Llévame a la comisaría primero, mein Freund— la sonrisa en su rostro solo podía ser comparada con la del gato Cheshire. Porque desde que tomo esa tan preciada foto con su celular habia estado esperando ese momento con ansias.

— ¿Comisaria? Ya presenté el informe sobre el intento de asesinato— subió a verlo con extrañeza y sospecha en sus ojos, porque ese aura de emoción que estaba empezando a emanar no le daba para nada buena vibra.

—No voy por eso, tengo un pez que atrapar— Oh Dio, no, ¿Por se veía tan emocionado? Eso no podía ser para nada bueno. No cuando era su primer día de alta del hospital.

—Gilbert por amor de Dios, te juro que si haces algo imprudente...

—Si, si, mamá— rodo los ojos, restándole importancia con un movimiento de su mano. Antonio no pudo evitar soltar una carcajada al escuchar ese nombre que Lovino habia estado evitando como la peste. Las mejillas de su esposo se volvieron tan rojas como tomatitos y en ese momento tenía tantas ganas de solo apretarlas hasta recibir un golpe por hacerlo, pero no le importaba, era tan adorable.

— ¿Cómo me llamaste? — gruñó Lovino con unas ganas inmensas de ahorcarlo hasta dejarlo una vez más internado en el hospital, o por lo menos eso planeaba hasta que pudo escuchar suaves gimoteos del pequeño cuerpo entre sus brazos, gimoteos que no tardarían en convertirse en llanto, y eso era lo que menos necesitaba en ese momento. No pudo avanzar a reaccionar suficientemente rápido cuando Gilbert tomo nuevamente a su bebé.

—Oh, kleiner Camillo, mamá está de mal humor, ¿no te gusta que mamá se enoje no? — acerco al pequeño a su rostro para besar su nariz y comenzar a mecerlo en sus brazos para parar su llanto. Ignorando todo tipo de protesta del italiano, comenzó a caminar fuera del cuarto hacia la libertad, siendo seguido por la parejita tras suyo, Lovino intentando detenerlo mientras Antonio simplemente caminaba tras ellos con la maleta llena de sus cosas, disfrutando el pequeño espectáculo que estaban dando en el hospital.

— ¡Devuélveme a mi hijo, bastardo!

•••

—Pase— la puerta de su despacho se abrió, dejando ver un par de ojos rojizos que le mandaron una sensación de pesadez al estómago. ¿Por qué estaba ahí? Tsk, ¿Por qué tenía esa sonrisa en su rostro que le hacía querer levantarse y borrársela a golpes? Lo miraba como si fuera su maldito payaso, un insecto al que dentro de poco tiempo aplastaría sin segundos pensamientos en el suelo. Y no le gustaba, la vibra que esa persona estaba radiando no le gustaba para nada.

—Cuanto tiempo, teniente— sus pasos dentro de la habitación eran lentos pero decisivos, como los de un león asechando a su presa, y en ese momento, no sabía porque, pero sentía que era la presa en cualquier tipo de juego que estuviese jugando ese maldito albino. Su piel se puso de gallina cuando lo vio recorrer toda la habitación con sus ojos, cada pequeño detalle, con una sonrisa satisfecha. —De verdad me agrada esta habitación, es tan... luminosa— el alemán regreso a verlo, y en ese momento se obligó a si mismo a tragar y controlar su pulso. ¿Por qué tenía ese brillo tan peligroso? No le agradaba para nada.

—He oído que tuviste un accidente, no tuve tiempo para visitarte. ¿Estás seguro de que ya puedes irte del hospital? — el tono de preocupación en su voz era tan falso que Gilbert no pudo evitar reír por lo bajo. En verdad era un mal actor, pero no era el tipo de persona que se retiraba de un juego.

—Estoy bien, como nuevo. Por eso me dieron de alta ¿no? Supongo que tengo una larga vida— se encogió de hombros, porque en verdad, era una persona muy dura de matar. Ni siquiera el mismo habia sido capaz de hacerlo, así que ¿lesión en la cabeza? ¿derrame? ¿cáncer? Pff, todo eso solo eran juegos de niños.

—Así parece— murmuro por lo bajo, carraspeando la garganta incomodo cuando el silencio entre ellos se hizo más largo que cinco segundos, porque no podía aguantar que ese idiota lo siguiera mirando. —Entonces, ¿Qué te trae por aquí? Puse al detective Smith a cargo de tu caso...

—Si, ya lo sé. No vine por eso. Quería mostrarte algo interesante— y ahí venia la verdadera razón por la que habia llegado directo a ese lugar en vez de ir a su oh tan adorada y abandonada casa a tomar una buena ducha y dormir. No, eso tenía mucha más importancia. —Tomé una foto, y esto, es una obra de arte. Le puse de nombre "Romance secreto". Suena un poco erótico ¿no? Pero es super awesome— no pudo evitar soltar una carcajada mientras sacaba el celular de su abrigo, abriéndolo enseguida en la carpeta casi completamente vacía de fotos. Solo tenía tres imágenes guardadas allí. Y oh sí que eran imágenes que valían la pena guardar, que podían poner al hombre frente a él, ese que siempre habia aprovechado de su poder sobre los demás, en jaque.

—Gilbert, no tengo tiempo para bromear contigo— gruño de mal humor, su rostro frunciéndose con impaciencia. Tenía cosas que hacer, y ese idiota que habia pasado tanto tiempo en el hospital ahora se asomaba a ¿mostrarle una foto? ¿acaso estaba más loco de lo que imaginaba? De seguro que el golpe en la cabeza le afecto más de lo que podía admitir. Y pese a que su mirada se habia tornado amenazante en ese momento, ese idiota tuvo las pelotas de soltar una carcajada.

—Las cámaras de los teléfonos son impresionantes hoy en día. Mira. Echa un vistazo al "Romance secreto" — la queja que estaba a punto de soltar murió en su garganta cuando sus ojos cayeron en el pequeño aparato y la foto que mostraba ahí, y pese a que se notaba que habia sido tomada desde una distancia lejana, los dos rostros en ella eran claramente reconocibles. Y sintió su sangre helarse. —Si fuiste al hospital, deberías haberme visitado— los ojos rojizos subieron a verlo con tanta intensidad que el vello de su piel se erizo y pequeñas gotas de sudor frio comenzaban a hacerse notorias en su frente por el intento que hacía de mantener su rostro inexpresivo, pero eso solo logro que el hombre frente suyo alzara una ceja y soltara otra de esas risas que lograban enfuriarlo—Así que... ¿estas teniendo un romance secreto con Emily Jones? No pensé que eras de ese tipo.

—Ella es la esposa del fiscal Jones, es como mi cuñada. Me reuní con ella porque él me pidió que le entregara un mensaje— alzando la voz más de lo necesario, el tono defensivo claro en su voz, tan claro que sabía que ¿a quién estaba engañando?

—Oh, ¿es así? Que extraño... escuche que el fiscal habia llegado al país hace tres meses, si quería darle un mensaje a su esposa, ¿Por qué no lo hizo él mismo? — murmuro sentándose encima del escritorio, una de sus manos dirigiéndose a su barbilla en un falso gesto de análisis. Porque, Gott, nadie se iba a tragar esa mentira.

—Ese no es asunto tuyo. Déjate de tonterías y lárgate. — sus dientes apretándose tanto que empezaban a doler. Su aura volviéndose tan peligrosa que Gilbert solo pudo reír, bajándose del escritorio enseguida, porque oh, si, podía sentirlo arder.

—Está bien, está bien. — alzo sus manos en señal de paz, guardando una vez más ese pequeño aparatillo que ahora era más importante que nunca en su bolsillo. Después de todo la tecnología habia servido para algo ¿no? —Oye, tengo un montón de cosas interesantes aparte de esto. — los ojos del teniente se abrieron cómicamente, y ahí estaba su primer anzuelo. Su primera trampa para atrapar al pequeño ratoncillo que habían estado persiguiendo todo ese tiempo. —Oh, cierto, ¿todavía puedo conseguir el puesto como guardia en ese acilo de ancianos? Si hubiese ido en ese momento no me hubiesen abierto la cabeza ¿no? — y sí que sentía en ese momento la ira irradiar del su querido teniente, de seguro estaba revolcándose en el infierno, arrepintiéndose de no haberle roto la cabeza y asegurarse de que estuviese muerto cuando tuvo la oportunidad. Pero, la habia perdido, y ahora la ventaja en ese juego era suya. —Llámame si tienes alguna pregunta. — guiño uno de sus ojos antes de salir de allí a paso relajado, tan solo para picarlo aún más. Cuando salió de la oficina definitivamente pudo escuchar el ruido del vidrio rompiéndose contra la madera, y no pudo evitar sonreír. Jaque.

•••

Dio dos pequeños golpes a la puerta antes de pasar. Sus ojos buscaron al inglés, encontrándolo sentado en su cama, la postura de su cuerpo tensa, sus manos sosteniendo las páginas del libro entre sus manos con más fuerza de la necesaria. Ese libro que era el único que habia conservado en braille, uno de sus cuentos favoritos años atrás. Lo único que pudo hacer en ese momento fue soltar un suspiro, porque sabía que estaba intentando regresar al pasado, olvidar que alguna vez habia sido capaz de ver las letras en los libros, de ver los gráficos, el cielo, las estrellas. Y ahora... quería olvidarlo todo. Pero no podía dejarlo solo, no podía dejarle olvidar. Tenía que volver a ser esa luz de esperanza que algún día fue, ese bote salvavidas que logro rescatarlo del fondo del mar.

Sin decir palabra alguna comenzó a caminar dentro de la habitación, dejando el sobre que traía entre sus manos en el velador de la cama antes de caminar hacia el estante lleno de libros que Arthur solía amar, sus dedos paseando por cada uno de ellos, limpiando el polvo que con el tiempo se habia acumulado en las cubiertas.

—Arthur... ¿quieres que te lea? — pregunto volteando a ver al menor, sus ojos verdes vacíos de luz, su cuerpo tan rígido y delgado, un corte rojo en sus labios, sus manos aun cubiertas por vendas. Tan solo verlo era doloroso ¿Cómo habia llegado a ese punto? Esa era una de las preguntas que más se hacía, y pese a que lo que más quería era solo acercarse y envolverlo entre sus brazos, no dejarlo ir, su cuerpo cada vez lo frenaba, su mente hesitaba. Porque no quería hacerle más daño. No quería causarle más dolor. Inconscientemente estaba apretando el libro entre sus manos, y cuando se dio cuenta, solo pudo suspirar. — Voy a leerte algo ¿oui? — hablo más para sí mismo, caminando con el libro hasta la cama, sentándose a lado del inglés, tan cerca que sus manos estaban rozando, o por lo menos hasta que Arthur las alejó, llevándolas a su pecho en un intento de protegerlas, de protegerse a sí mismo. Su corazón empezaba a latir de manera abrumante, sudor frio emanando de cada poro de su cuerpo. Estaba empezando a sentirse enfermo. El olor que invadía sus fosas nasales, ese aroma que antes amaba ahora le hacía querer vomitar.

—Déjame Francis— su voz salió apenas en un susurro. Solo quería que Francis se fuera de ahí, que dejara de insistir porque no valía la pena.

—No lo haré— al escuchar esas palabras se paró de la cama de manera abrupta, sus piernas tambaleando por el movimiento tan brusco y su cabeza dando vueltas. Su corazón se agito cuando sus manos no pudieron tocar nada. No sabía a qué lado de la cama estaba, no sabía dónde estaba Francis, no podía ver y en ese momento, una vez más el pánico lo invadió. Porque no podía hacer nada. —No deberías alterarte— la mano en su hombro lo estaba quemando, su boca se sentía tan seca que su garganta empezaba a cerrarse. Y lo único que pudo hacer en ese momento fue alejar ese toque de un manotazo, retroceder. Porque no podía escapar.

Retrocedió hasta que su espalda choco contra algo duro y en ese momento se sintió como un ciervo rodeado de un depredador al que no podía ver, cuyos movimientos no podía predecir y que a cualquier momento podía atacar. Tenía miedo. Le tenía miedo y en una parte de su cabeza sabía que eso era irracional, pero cuando sintió una vez más una mano sobre su cuerpo, quiso llorar.

—No me toques— su voz se alzó en amenaza, su mecanismo de defensa siendo la ira, pero por dentro solo quería hacerse más pequeño, desaparecer de ahí. Ya no podía alejarse más y sus piernas estaban tan débiles que tuvo que sostenerse del estante tras suyo para no caer. Era patético.

Francis retrocedió. Odiaba ver el pánico en su rostro, el agitar de su respiración. Dolía, dolía como nunca se lo pudo imaginar. Sus ojos bajaron al sobre que había dejado en el velador al entrar, y su expresión se endureció, porque sabía que era su culpa que Arthur estuviera de esa manera. Por su egoísmo...

—Tino me dio las ecografías que saco hace una semana. —pudo ver como el menor se tensaba notablemente, como su rostro bajaba al suelo y su cuerpo comenzaba a temblar de manera apenas perceptible, pero aun así continuo. —Cada vez está más saludable, solo... desearía que pudieras verlo por ti mismo. Es hermoso. —Sus ojos buscaron por instinto los verdes del menor, pero cuando no los encontró lo único que pudo hacer fue mirar al techo, sus puños crispándose tan solo un poco a sus lados. Era frustrante, y sabía que habia un límite de cuanto una persona podía ser rechazada. Debía haberlo y sentía que el suyo se estaba acercando de manera tan amarga que solo pudo forzarse a suprimirlo.

Arthur solo negó con la cabeza. No quería verlo. No quería sentirlo, porque todo era dolor, un dolor que no estaba preparado para soportar. Todo el alcohol y nicotina en su sangre, el humo en sus pulmones y las incontables botellas. Las probabilidades de que ese... ese feto naciera sin ninguna enfermedad, de que naciera sano, o de que tan solo sobreviviera y pudiera tener una infancia feliz, eran tan bajas que no podía soportarlo. Y pese a todas las palabras optimistas de los doctores, sabía que no, nada de eso estaba bien. Todo era su maldita culpa. Una culpa que no podía seguir llevando.

—No lo quiero— esas palabras salieron de su boca como apenas un jadeo, porque, era la primera vez que las decía en voz alta, que las escuchaba salir y no en su cabeza. No pudo haberse preparado para el dolor que sintió al pronunciarlas. Solo susurrarlas era una tortura. Pero, ya no podía continuar con todo eso. El dolor constante, las náuseas, el mareo, todo era tan abrumador que quería gritar que parara. Que todo se detuviera. A veces el dolor era tanto que lo único que podía hacer era encogerse en posición fetal en su cama. Todas las medicinas, las inyecciones, ya no quería continuar con todo eso. Solo quería estar en paz, morir en paz, huir de todo, estar solo, dejar de sentir.

—Arthur—su expresión cayo en ese momento, y de verdad espero, no, rogo que hubiese escuchado mal, porque no podía creer las palabras que salían de su boca. Y Arthur, en ese momento, se dio valor para continuar con el acto, cubriéndolo de enojo.

—No lo quiero ¿acaso eres sordo? —su voz se alzó más de lo necesario, resonando en un grito por todo el cuarto y en ese momento, agradecía no ser capaz de ver la expresión de Francis, porque sabía que no lo hubiese podido soportar. Pero si continuaba con eso, tampoco iba a poder vivir. Todo ese tiempo, las consultas médicas, las revisiones, ecografías, preguntas, inyecciones, medicinas, ya no lo podía soportar. Nunca fue su opción, nadie le pregunto si quería seguir con el embarazo o no, maldición. No quería traer a un bebe a un mundo como ese, no cuando él y Francis ya ni siquiera podían soportar estar cerca del otro, cuando cada toque quemaba tanto, cuando el solo escuchar su voz lograba mandar una corriente fría por su cuerpo. —No quiero a esta cosa, me da asco... no lo quiero tener, lo odio— No quería llevar ese embarazo a término, no quería que Francis se quede con el solo por esa excusa. Sabía que, de no ser por el bebé, él ya lo hubiese abandonado hace mucho tiempo.

Francis no le amaba, por mucho que lo tratara con calidez y paciencia, todo era solo por el bebé en su vientre. No podía olvidar la manera en la que lo habia evitado el día del velorio, en la que lo habia visto y simplemente habia dado vuelta para irse de allí. Francis habia estado preparado para irse a Paris, para olvidarlo y todo el dolor que venía con estar cerca suyo, porque eso era lo único que significaba para las personas a su alrededor, dolor. Si tenía a ese bebé, lo dañaría también, iba a sufrir también. Y cuando sus manos bajaron a su vientre, y sus uñas se hundieron inconscientemente sobre su piel sintió un fuerte agarre en su muñeca que le hizo jadear. Su cuerpo tambaleo cuando fue jalado y lo único que evito que cayera fueron sus muslos chocando con el filo de su cama y esa mano sosteniéndolo con tanta fuerza que sabía que dejaría marcas.

—Arthur, siéntate— la presión en su muñeca desapareció y fue remplazada por el aire helado y esa voz tan dura, ese gruñido que lo trajo a la realidad, a lo que acababa de hacer, de decir. Podía sentir lo furioso que estaba, y en ese momento se paralizo. Una sola pregunta se repetía en su mente ¿Qué había hecho? — ¡Te dije que te sientes! — el miedo era tanto que estaba empezando a hiperventilar. Y cuando sintió que, una vez más, una mano se estaba acercando, intentó cubrir su cuerpo de cualquier golpe que vaya a llegar, sus brazos subiendo a su rostro.

La habitación se quedó en silencio, la tensión tan pesada que respirar era difícil. Francis retrocedió, sus ojos abriéndose con incredulidad y dolor al reconocer esa reacción. El aire se cortó en su garganta. Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas, y se preguntó ¿Cómo demonios habían llegado a ese punto? ¿a qué momento las cosas entre ellos se deterioraron tanto que Arthur lo creía capaz de alzarle la mano de esa manera? ¿Cuándo habia comenzado a temerlo?

Entonces, un sollozo corto el silencio en el que habia caído la habitación, las manos temblorosas del inglés subiendo a su boca para cubrir el sonido, y Francis no supo cómo es que su corazón podía seguir rompiéndose más.

—Déjame en paz... lárgate de aquí, no te quiero aquí— solo quería hacerse más pequeño, desaparecer de allí, no despertar. No quería volver a sentir.

—No lo haré— su respiración se detuvo. ¿Por qué después de todo lo que habia dicho, de todo lo que habia hecho Francis seguía insistiendo? — Voy a traerte un té y las vitaminas... no voy a dejar que mates a mi hijo— esas palabras fueron tan frías que supo que, desde ese momento, nada sería lo mismo. Fue todo lo que necesito para saber que, por supuesto, la única razón por la que Francis seguía allí era por ese maldito feto en su interior. Cualquier vestigio de amor entre ellos pareció desaparecer en ese momento, y cuando escucho la puerta de su habitación cerrarse con un golpe estruendoso, solo pudo caer en su cama.

Las cálidas gotas que caían sobre sus manos empezaban a quemar su piel. Y vaya que el mundo debía odiarlo porque en ese momento una ola de nauseas bloqueo todos sus sentidos. Solo pudo caminar con pasos temblorosos lo más rápido que pudo al baño y vaciar todo el contenido de su estómago en el retrete. El olor era tan repugnante que lo hizo vomitar una vez más, hasta que ya no pudo más e intento levantarse, pero su cuerpo no respondía. El dolor en su bajo vientre era tanto que solo pudo apoyarse contra la bañera y llorar en un intento de aliviar el dolor en su garganta, de que ese agonizante ardor de su cuerpo desapareciera. Lo odiaba, odiaba tanto a ese ser en su interior, lo odiaba tanto. Chocando sus puños contra el mármol de piso dejó ir otro sollozo. Todo se acabó, todo entre él y Francis se acabó.

•••

¿Por qué había tantas malditas llamadas al 911 en un solo día? Dio, juraba que se iba a volver loco antes de encontrar la que estaba buscando. ¿Quién rayos llamaba al 911 a las tres de la mañana? Agh, por lo menos era algo necesario para el caso, o esperaba que así fuera. Una vez más aplasto la siguiente grabación, meciendo inconscientemente al pequeño bultito dormido entre sus brazos mientras las palabras de la grabadora sonaban como un disco roto, casi cada conversación era igual, y aun no encontraba la que le diera la descripción de Matthew Bonnefoy o del lugar del accidente.

— ¿Qué estás haciendo? —esa voz lo hizo soltar un respingo por la sorpresa, y sus ojos enseguida se dispararon a los rojizos que lo veían desde la puerta, con una sonrisa divertida en su rostro. Ese bastardo, por suerte, Camillo no habia despertado con su movimiento. Ya ni siquiera se iba a molestar en preguntar como habia entrado el bastardo a su casa.

—Es el registro de las llamadas a emergencias. Antonio los consiguió así que lo estoy revisando—explico encogiéndose de hombros, alzando el pequeño aparatito parecido a un caset que su esposo le habia entregado la noche anterior.

—Ni con un bebé en brazos puedes dejar de trabajar— negó con la cabeza, soltando una carcajada a toda voz. El pequeño bultito en los brazos del menor se removió tan solo un poco, un gemido molesto saliendo de sus labios ligeramente abiertos y sus puños apretándose en protesta. Dormido definitivamente se parecía a Lovino, no habia manera de negarlo.

—Shh, vas a despertar al bambino— regañó con la mirada más enojada que pudo reunir, y enseguida Gilbert subió su mano a su boca para cubrir su risa, el entretenimiento aun claro en sus ojos. Ese idiota... si Camillo se despertaba se aseguraría de dejarlo sin dientes con los que reírse. No habia podido tener más de tres horas de sueño seguido en toda esa semana, así que no tenía ni el tiempo ni la paciencia para lidiar una vez más con el llanto de su hijo, por mucho que lo amara. Joder, que tenía un puto caso que cerrar y si no encontraba alguna pista dentro de 24 horas se volvería loco. —Estoy viendo si puedo encontrar a la maldita primera persona en llamar para el caso. Ya que no hay evidencia de que el coche que Antonio encontró es el del accidente, tengo que buscar otra cosa, porque el puto testigo desapareció también— farfulló presionando los botones del aparato con más fuerza de la necesaria. Definitivamente la paternidad no le estaba sentando muy bien.

—Whoa, whoa, respira, que a este paso serás tú el que despierte al kleiner Camillo— detuvo su intento de asesinar al pequeño objeto, dando pequeñas palmaditas en sus hombros, antes de tomar al bebé entre sus brazos sin mucha queja de parte de Lovino que apenas avanzo a dar un suspiro cansado, apoyando su cabeza contra el respaldar de la cama. Dio, todo eso era un rollo. —Kein Stress mein Freund, si no encuentras ninguna prueba, créala ¿no?

— ¿Que? — alzo a mirarlo con extrañeza en sus ojos que se afilaron aún más cuando notó los brillantes obres verdes de su bebé fijos en los rojizos del alemán como si fueran lo más interesante del mundo, dando pequeños gorgoteos mientras sus manitas intentaban alcanzar su rostro. ¿Cómo es que el desgraciado habia logrado que el bambino se despertara sin una sola lagrima? Tsk

—Creo que habrá un evento pronto... Si quieres atrapar al pez grande, debes tener un buen anzuelo. Y esta vez me asegurare de que lo muerda. —hablo en una voz calmada y suave, como si fuera dirigida para el pequeño en sus brazos que no paraba de intentar tocar su rostro, cargada de seguridad en sus palabras porque, no habia manera alguna de que la trampa que habia tendido fallara, no si de verdad conocía a su querido teniente tanto como pensaba que se lo conocía. Terco, explosivo, orgulloso... si, definitivamente el tipo de persona que lograba sacarle los cojones. Lovino solo pestañeo sin comprender. ¿Anzuelo? ¿pez? ¿evento?

— ¿De qué hablas?

—Kesesese, tu solo preocúpate de descansar. Voy a salir con tu esposo hoy, así que debes prestármelo unas horas. — sus ojos subieron con molestia a los carmesí para después bajar a su hijo que empezaba a bostezar con sueño renovado, que esperaba que esta vez durara más de cuatro horas, porque de verdad que sentía que iba a colapsar. Y más aún si ese idiota se robaba al imbécil de su esposo que para empezar aun no llegaba a casa. —Ahora, voy a poner a esta hermosura a dormir, así que tú también intenta hacer lo mismo.

—Tsk, como sea... solo, no hagan nada irracional. — Ha, ha, ha, eso era como dejar una pila de dulces en la mesa y pedirles a los niños que no se los coman.

—Pfff, ¿nosotros? ¿irracionales? Kesesese, tenlo por seguro. — no, definitivamente el plan que habia hecho con Antonio era todo menos "irracional", un poco loco, tal vez... y arriesgado en cierta parte. Pero, como dicen: se hace falta cierto nivel de estupidez para lanzarse con los ojos vendados a la verdad ¿no? Si, solo él podía entender esa frase, pfff, solo la gente awesome podía comprender su filosofía tan única y compleja.

—Este bastardo...— Ugh. Solo... con tal de que lo traiga vivo y sano estaba bien con que ese par de idiotas salieran, tampoco iba a controlar la vida social de Antonio, no cuando la prueba más pura de su amor estaba ahí, en brazos del mejor amigo de su esposo y una de las pocas personas en la que podía confiar completamente. Podía confiarle las dos personas más valiosas de su vida. Por eso no puso objeción alguna cuando sintió una de esas manos dando dos pequeñas palmaditas a su cabeza, y tampoco lo detuvo cuando lo vio empezar a caminar fuera de la habitación con su bebé en brazos. — Gilbert, gracias... de seguro vas a ser un buen padre— esas palabras lo hicieron detenerse en el umbral de la puerta, sus ojos volteando a ver sorprendidos a los del italiano, llenos de... sinceridad. Una sinceridad que hizo que su pecho se llenara de calor y una sonrisa nostálgica se dibujara en su rostro y que sus ojos bajaran una vez más a los pequeños verdes, nublados por el sueño. Y no podía esperar a tener su propio bebé en brazos, a ser un padre... el mejor padre que pudiera ser.

—Danke... —las palabras eran tan sinceras que sintió su pecho volverse más ligero, y la tensión dejándolo por completo. Ahora... podía dormir, relajarse. Pero primero, solo una grabación más... solo debía escuchar una grabación más y se iría a dormir. Sin más que pensarlo, se puso una vez más los audífonos y le dio play a la siguiente grabación, sin esperar encontrar mucho más que alguna tontería como en todas las anteriores, pero... lo que escucho lo dejo helado.

"Habla con el 911 ¿Cuál es su emergencia?

¡Un accidente! Alguien fue golpeado. ¡Por favor, vengan rápido!

¿Cuál es el lugar? "

Si, era como cualquiera de los mensajes anteriores, pero... esa voz. Conocía esa voz... Esa entonación, ese acento, la desesperación en su timbre, todo. Lo conocía, lo habia escuchado antes, y no habia manera de confundirlo. Oh dio... No, no podía ser. Apago el aparato, tirándolo al otro lado de la cama con incredulidad y shock. Porque... de ninguna manera. Esa no podía ser la voz de Alfred...

•••

Algunas traducciones:

*A beloved man and brother who will always have a place in our hearts= Un amado hombre y hermano que siempre tendrá un lugar en nuestros corazones.

*Schatz= amor o cariño en alemán.

*Gelato= helado en italiano.

*Kein Stress mein Freund: nada de estrés, mi amigo.