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Capítulo 69
Con el transcurso de los días, el dolor fue cediendo. El milagro del que habían sido testigos contribuyó a ello, sin duda.
Se sentían parte de algo que los transcendía, que les había dejado una marca que los acompañaría el resto de su vida y que les demostraba que Rosmery no había vivido ni muerto en vano.
Y la vida continuó. Albert retomó el mando de la empresa, y Candy se reintegró a la academia de baile de Betzabé como profesora de tango; además, se apuntó para reanudar las clases en la universidad al mes siguiente.
Una mañana, mientras Albert se detenía en un puesto callejero para comprar el periódico, la portada de una popular revista de chismes lo atrajo como un imán, y no era para menos. Llevaba su fotografía y la de su madre vestida de luto, haciendo el papel de mártir que le salía tan bien.
«Los ricos también lloran: la tragedia de los Ardley», decía el titular. Y luego, en un cuerpo más pequeño se podía leer: «Secretos escandalosos salen de las sombras y nos muestran que no siempre es una ventaja llevar sangre azul en las venas».
Sintió que la ira se apoderaba de él. Rojo como un tomate, compró la revista en lugar del periódico y se marchó a toda prisa.
Ya en la oficina, respiró profundamente y se dispuso a leer un montón de tonterías. Sabía que le harían daño, pero no podía evitar hacerlo.
Era un reportaje de cuatro páginas con fotos a todo color. En la portada se le veía a él con las manos en la cabeza y una cara de desolación. Y a su lado estaba Pauna, con el rostro inclinado pero no lo suficiente como para que la cámara no lo captara. Era evidente que se trataba de una de sus populares movidas de prensa. En un recuadro más pequeño había casualmente una fotografía de Édgar Niven y una joven rubia muy bella, lo que le recordó que debía llamarlo.
—Miriam, ponme con Édgar Niven , de Niven y Asociados, por favor —pidió por el intercomunicador a su secretaria.
—En seguida, señor Ardley.
Continuó leyendo, haciendo lo imposible por no alterarse, pero sin lograrlo.
¿Cómo no iba a alterarse? Su madre había hecho declaraciones a la prensa y estaba clarísimo que también la había citado en el aeropuerto. Era algo muy propio de Pauna. Primero, había ocultado su secreto todo lo que había podido, pero una vez todo perdido, había acabado usándolo para ser portada de revista, tergiversándolo todo, y dándole un tinte morboso y banal.
La odiaba tanto que le hacía daño.
—Señor Ardley, el ingeniero Niven se encuentra de viaje. Regresa la semana entrante —le comunicó la secretaria.
—Gracias, Miriam. Anótalo en la agenda, por favor. Y ahora necesito hablar con mi madre. ¿Me haces el favor...?
Segundos después, tenía a Pauna en línea.
—Hola, querido. Si vas a pedirme disculpas por tu padre, te diré...
—Te quiero fuera.
Un profundo y prolongado silencio interrumpió la conversación.
A Pauna se le aflojaron las piernas y se aferró al teléfono como si eso pudiese evitarle la caída.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que he dicho. Estás fuera. Fuera de la revista, fuera de nuestras vidas. Para siempre, ¿está claro? Toma tus cosas y no regreses.
—Pero...
—Nada. Eres la persona más despreciable que conozco y seguramente de tus genes me sale esta vena malvada que me hace decirte esto: sal de mi vida, Pauna.
—¡Albert! No me digas eso. Tú eres mi sol, y alguien te ha estado poniendo esas horribles ideas en la cabeza.
—Cierra la boca. No digas una palabra más porque te estás metiendo en un lodazal del que no podrás salir.
—No puedes despedirme así, querido. ¡La revista es todo para mí! ¿Qué haré sin mi trabajo?
—No te preocupes por el dinero; no te dejaré en la calle. Duplicaré la pensión vitalicia que te pasa mi padre, así que podrás mantener tu vida de reina como hasta ahora. Y algo conseguirás. ¿Por qué no pruebas en Face's? —dijo, burlón, mientras continuaba hojeando el pasquín que tenía en las manos—. Me han dicho que allí necesitan veneno, y tú eres buena en eso.
—Pero ¿qué harás con ella? ¿Cerrarás nuestra revista?
—Eso ya no te concierne. Pero ya que lo preguntas, se la daré a mi esposa, si la quiere. Y ahora si me disculpas, tengo que ponerme a arreglar tus desastres.
—¡Te has vuelto un cínico! —exclamó Pauna—, y eso es culpa de...
Albert no quiso continuar escuchándola y colgó.
—Miriam, dile a Martin que venga. Necesito demandar a una revista y retirar todos los ejemplares de circulación.
Martin, el abogado de Albert, presentó una demanda contra la revista Face's por calumnias e injurias, y a la semana siguiente tuvo que hacer lo mismo, pero contra Pauna, porque ésta se había despachado a gusto en la siguiente edición, vomitando toda su ponzoña. Esa vez fue Candy la que se enteró primero.
Estaba en la academia de baile de Betzabé cuando la madre de una alumna le anunció, emocionada, que salía en la portada de Face's. Eso fue la gota que rebasó el vaso. Salió hecha una furia hacia la empresa, y en el camino, compró la dichosa revista.
No podía creerlo. Ella, que odiaba la ostentación, estaba en un primer plano con el cabello al viento y varias bolsas de compra en las manos.
Entró como una tromba en la oficina de Albert, lanzando la revista sobre el escritorio.
—Mira lo que ha hecho tu madre ahora —dijo mientras se desplomaba en un sillón.
Vestía su ropa de ejercicios: unas mallas hasta la rodilla, top y zapatillas deportivas, y se la veía hermosa. Pero Albert no estaba de humor para apreciarlo en ese momento.
Lo primero que vio fue la foto, pero lo que realmente lo puso fuera de sí fue el titular: «Quise que Candice ocupase el lugar de la hija que perdí, pero ella se negó a brindarme su afecto». Y a reglón seguido: «Declaraciones en exclusiva de Pauna Ardleyl».
—¡Es una auténtica hija de puta! —exclamó, furioso.
Hizo el ademán de tirar la revista a la basura, pero Candy lo detuvo.
—No te deshagas de ella, que aún no lo has visto todo.
—¿Qué? ¿Hay más? ¿Más mentiras?
—Ni te lo imaginas. Compruébalo por ti mismo. Ábrela y lee, Albert.
Él obedeció, y a medida que iba avanzando, su enojo crecía.
—No puede ser...
—¿Has visto? Dice que soy una oportunista, una cazafortunas que no tiene dónde caerse muerta. Que te he sacado un apartamento de dos millones de dólares, que estoy dilapidando tu dinero. ¡Hasta dice que tengo acciones de la empresa a mi nombre, Albert! ¡Todo mentira!
Albert bajó la vista, y ella percibió el gesto.
—¿Qué sucede?
—Es que... esto último es verdad. Lo siento, cielo.
—¿Qué dices? ¿Lo de las acciones? —preguntó ella, confundida.
—Sí. Es cierto.
—Pero ¿cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué lo has hecho y no me lo has dicho?
—Candy, fue al poco tiempo de casarnos. Quería que no tuvieses que preocuparte si a mí me pasaba algo. Y no digas que eso no puede suceder, porque estuve al límite en ese maldito seísmo y lo sabes.
—Estás loco de remate. ¿Cómo es posible que...? Mierda, Albert. Le estás dando la razón a tu madre de esa forma. Pusiste el apartamento a mi nombre y has hecho lo mismo con las acciones. ¿Existe alguna otra sorpresa oculta?
Pero él ya no la escuchaba. Cada párrafo que leía lo ponía peor. Eran difíciles de creer las cosas que decía Pauna en el reportaje. Un disparate detrás de otro, mentiras, verdades a medias, declaraciones deliberadamente malintencionadas...
—¡Demonios! La odio. De verdad la detesto. ¿Has visto esto? Escucha: «Lo que más me duele es que mi hijo jamás me dará el nieto que tanto deseo, porque Candice se niega a correr el riesgo de concebir un niño enfermo».
—Lo he visto. ¿Por qué crees que estoy tan mal, Albert?
—La demandaré. Haré que se retracte; te lo juro.
—Demándala cuando quieras, pero no te enfrentes a ella, Albert. Y va en serio... —dijo ella con firmeza.
—Le retorcería el cuello con mis propias manos.
—Prométeme que no te enfrentarás a tu madre. No quiero que discutas con ella. No quiero gritos ni escenas violentas.
—Pero Candy... —protestó él.
—Promételo, Albert.
El tono de Candy no admitía más réplicas.
—Lo... prometo. Pero esto no quedará así —declaró, terminante.
—Déjaselo a los abogados, y olvidémoslo, mi amor. Vamos, deshazte de la furia, sacúdetela de encima —murmuró Candy, acercándose.
En cierta medida, estaba algo arrepentida de haber reaccionado de forma tan explosiva. Albert no necesitaba que nadie le avivara la llama, porque tenía un temperamento bastante fuerte.
—Eso es imposible...
—Apuesto a que puedo hacerte olvidar el mal momento ahora mismo —le dijo, melosa.
—¡Mmm! No lo creo —negó él, prestándose al juego del que ambos disfrutaban más.
Candy continuó aproximándose, seductora, y cuando estuvo frente a él, tomó con los pulgares la pretina de sus mallas y la separó un centímetro de sus caderas.
Aproximó su rostro al de Albert y, muy cerca de su boca, murmuró:
—Te apuesto mis bragas a qué sí puedo hacerlo.
Ambos perdieron: él, la apuesta, y ella, sus bragas. Y estaban encantados de que así hubiese sido.
Albert logró olvidar el profundo dolor y la terrible impotencia que le provocaron las declaraciones de su madre. Candy, en cambio, no se olvidó de nada. No permitiría que Albert se enfrentara a Pauna, pero ella sí lo haría.
Estuvo montando guardia en la puerta de su casa toda la tarde. Afortunadamente, no había paparazzi cerca. Cuando la vio salir, apuró el paso y la alcanzó.
—¡Pauna!
La mujer se detuvo al instante, pero no se volvió. Candy la rodeó hasta quedar frente a ella y poder mirarla a los ojos.
—¿Qué deseas, Candy? ¿Hacerme más daño? ¿Hay algo más que desees quitarme?
—¿Quitarte algo? Jamás te he...
—Has alejado a mi hijo, y hasta su padre me ha insultado, cosa que nunca antes había hecho. Me has robado la revista, me...
—¿La revista? —la interrumpió Candy porque no entendía. ¿A qué se refería Pauna?
—¿Aún no te lo ha dicho? Albert me ha despedido para ponerte a ti a cargo.
Candy estaba asombrada. Albert no le había dicho nada acerca de darle la dirección de Ardley Art & Design, por lo que la afirmación de Pauna la cogió por sorpresa.
—No, no lo sabía. Y si es cierto, puedes estar tranquila porque no la aceptaré —declaró, convencida.
—Ni tú te lo crees... —replicó Pauna, sarcástica.
—Puedes pensar lo que quieras, pero no continúes por el camino que has tomado, porque le estás haciendo mucho daño a tu hijo. Si Albert te importa un poquito, detente.
—En contra de lo que tú puedas pensar, él me importa mucho, pero no puedo soportar que todos me apartéis como si fuese una leprosa. ¡Yo perdí a mi hija, Candy! Esperaba un poco de consuelo, y sólo obtuve insultos.
—Pauna, las dos sabemos que Rosmery era menos que nada para ti —repuso Candy con sinceridad.
—No es cierto...
—La mantuviste oculta y jamás moviste un dedo para intentar que mejorara. ¡Oh, diablos! No quiero herirte; tu propia conciencia ya debe estar encargándose de ello. Sólo te pido que no hagas más daño, por favor.
—Y si deseo continuar, ¿qué? —preguntó, desafiante.
Candy dudó. Sabía que debía mostrar las garras y pelear en igualdad de condiciones con esa horrible mujer, pero no se sentía capaz. Ella no era así, y ni siquiera podía fingir lo que no era.
—¡Oh!, no sucederá nada. Envejecerás y morirás sola, pero quizá eso a ti no te importe —contestó simplemente.
Cuando Pauna comprendió esas palabras, su rostro se transfiguró. Desapareció la actitud desafiante y también se hizo humo la estudiada pose de madre sufrida. Ahora sí que le dolía; incluso parecía haber envejecido en unos pocos segundos.
Un enorme nudo se le instaló en la garganta y, por más que lo intentó, no pudo deshacerse de él. La perspectiva de una vejez en soledad era algo que Pauna venía soslayando desde hacía mucho, y había tenido que ser Candy la que hubiese venido a recordárselo. Justamente ella, con su piel de manzana y una belleza a prueba de todo; ella, que tenía a Albert en un puño; ella, a la que William adoraba como si fuese su propia hija.
Candy no le había hecho nada extraordinario; la había enfrentado a la verdad que Pauna deseaba ignorar con desesperación. Y esa verdad cobraba una fuerza inusitada viniendo de una chica que lo tenía todo, que tenía lo que ella había perdido. Tenía juventud, y también a los seres que ella más había amado, a su lado. La revista no era nada comparada con Albert e William, y hubiese dado cualquier cosa por volver a ser así de joven y estar muy lejos de los terribles errores que había cometido.
Pero el tiempo era inexorable y no había vuelta atrás. Sus vengativas declaraciones a la revista le parecieron ahora infantiles, y una súbita vergüenza dio color a sus mejillas. Se sintió fuera de lugar con su ropa de luto. Estaba haciendo un duelo ficticio por alguien a quien había sido un alivio perder. Era patética. Y estaba muy sola.
No tenía familia. Nadie había siquiera intentado consolarla en su falso sufrimiento. Era una mujer mayor sin un solo motivo para continuar adelante. Estaba llegando al ocaso de su vida y no tenía nada de lo cual enorgullecerse. Su hijo la odiaba, no tenía trabajo, no tenía un hombre que la amara de veras. Había perdido la lozanía, y su belleza era artificial, pues el quirófano le había dado firmeza pero no frescura.
No tenía nada. Moriría cualquier día sin dejar su huella en el mundo, y nadie la recordaría por algo bueno.
Ya no le quedaban deseos de discutir con Candy. Necesitaba urgentemente un trago. «Esto es lo que me espera: una vejez en soledad, salvo por la compañía de una botella», se dijo. Y ese pensamiento la despedazó.
Como una autómata, hizo un gesto con la mano y regresó a su casa. Candy se quedó de pie en la acera, preguntándose qué era lo que había dicho para que su malvada suegra se pusiera tan mal de repente.
Parecía arrepentida. No, más bien angustiada. Había desaparecido la altanería que la caracterizaba, y se la veía desvalida y hasta mayor.
Se encogió de hombros. Esperaba que la guerra que se había desatado finalizara de una vez. Ya se habían dicho todo lo que tenían guardado. Ahora dependía de Pauna la siguiente jugada, y esperaba que no fuese en contra de ellos; nada más que eso.
CONTINUARA
