Capítulo 44
Temari estaba hecha un mar de lágrimas en su habitación.
No llegaba a entender qué había ocurrido con Naruto.
—Sólo estaba bromeando con mi padre —dijo mirando a Sakura—, pero... pero ese escocés presuntuoso no ha querido escucharme y... ¡Oh, Dios! ¿Por qué todo tiene que salirme siempre mal? ¿Por qué?
La pelirosa suspiró y, entendiendo sus palabras, musitó:
—Tranquilízate. Hablaremos con él y...
—¡No! No tengo nada que hablar con él... ¡Que se vaya con... con su Hinata! ¡Ay, Dios..., muero de penaaaaaaaaaaaa!
La rabia al pronunciar ese nombre hizo que la pena de Temari se redoblara, y entonces su amiga murmuró abrazándola:
—Hinata no significa nada para él.
—Pero ha dicho ¡mi Hinata!... ¡Lo ha dicho!
Sakura asintió, ella también lo había oído, y, segura de lo que decía, afirmó:
—Pero lo ha dicho para molestarte. Él estaba enfadado, dolido, y quería hacerte daño a ti.
—¡Lo odio!
Sakura sonrió. Sin duda, aquel tipo de odio era puro amor, y, consciente de lo ocurrido entre ella y Sasuke, afirmó:
—Te quiere..., no lo dudes.
Temari se levantó de la cama y se encaminó hacia la ventana. Allí, se sentó en el alféizar y, cuando Sakura se acercó a ella, murmuró observando el cielo iluminarse:
—Van a bailar los colores.
Al oír eso, Temari la miró, y Sakura, sonriendo al ver cómo el cielo se iluminaba en tonos verdes, violetas y blancos, apostilló:
—A mi hermana Tenten y a mí nos encantaba tumbarnos en el bosque a mirar cómo los colores bailaban para nosotras.
—¿En serio?
Sakura afirmó con la cabeza y, a continuación, murmuró con pesar:
—En Noruega hay muchas leyendas que cuentan que esos colores son el reflejo de las espadas de las valquirias, las sonrisas de niños bailando o las almas de mujeres que murieron enamoradas y...
No pudo continuar. Recordar a su hermana era doloroso. Y Tenten, cogiéndole las manos, musitó:
—Tranquila.
Sakura asintió, y su amiga, al ver su mirada, preguntó:
—¿Todo bien con Sasuke?
La joven negó con la cabeza y, sin ocultar que ella lo había provocado, le contó lo ocurrido y, cuando terminó, musitó:
—Lo alejé de mí por su bien.
—Por todos los santos, Sakura, ¿qué has hecho?
La aludida miró aquel bonito cielo que tanto le gustaba observar y murmuró:
—Hice lo que tenía que hacer.
—Pero, Sakura...
—Escucha, Temari, siempre te he dicho que soy de las que piensan en el presente y que el futuro ya vendrá. Pero Sasuke no y, por ello, pensé en su futuro y me di cuenta de que yo no debo estar en ese futuro.
Ambas se quedaron entonces en silencio, sumidas en sus propios pensamientos. La fiesta había terminado desastrosamente, pero allí estaban ellas, mirando los colores del cielo al iluminarse.
—¿Se ven tan bonitos como en Noruega? —preguntó Temari al cabo.
Sakura sonrió con pesar.
—Es parecido.
—¿Más bonito aquí o allí? —insistió ella.
Con una sonrisa en los labios porque el cielo y los colores que ante ellas tenían eran espectaculares, la pelirosa afirmó:
—En ambos sitios es precioso. No sabría decirte.
Volvieron a guardar silencio unos instantes, hasta que Temari declaró mirándola:
—Ingresaré en un convento. Lo he hablado con mis padres y...
—Pero ¿qué tontería estás diciendo?
La muchacha rubia la miró y asintió.
—Una vez deje de ser la mujer de Naruto no quiero ser la de nadie más. He conocido el amor. He experimentado ese sentimiento que siempre soñé y... y, aunque mi padre ya ha encontrado con quien casarme...
—¿Dotō?
—No. Es un muchacho de mi edad, Shikamaru. Pero no quiero. Deseo mantener en mi recuerdo a Naruto. A mi amor.
De nuevo, ambas callaron mientras desde la ventana veían marcharse a los invitados. La celebración había acabado, cuando de pronto Temari, al ver salir a un grupo de hombres acompañado por su padre, susurró:
—El consejo se marcha.
Ambas entendieron qué quería decir aquello y, mientras observaban a un jinete que se alejaba, la muchacha añadió:
—Naruto ahora sabrá que vuelve a ser un hombre libre. Como yo soy una mujer sin marido.
Sakura miró a su amiga con tristeza. Sabía cuánto quería al escocés, e, incapaz de no decir nada, susurró:
—Lo siento, Temari. Lo siento mucho.
—Lo sé —repuso ella. Y, con los ojos anegados en lágrimas, murmuró—: Estoy triste, hundida, destrozada y...
—Y por eso mismo —la cortó Sakura— has de levantarte y seguir luchando por ti y por lo que quieres.
—Pero... ¿cómo? ¿Cómo hacer eso que me pides?
La joven pelirosa sonrió.
Ella misma no sabía cómo lo había conseguido en su vida tantas veces, pero con seguridad afirmó:
—Creyendo en ti. Cree en ti y lo conseguirás.
Temari asintió. Una lágrima rodó entonces por su rostro y, mirándola, murmuró:
—Ser o tener sangre vikinga y enamorarte de un escocés no es lo ideal, ¿verdad?
Pensando en su propia experiencia, Sakura negó con la cabeza.
—No —aseguró—. No es lo ideal.
Ambas sonrieron con tristeza cuando Temari, intentando alegrarse, afirmó:
—Aunque, bueno..., a pesar de esa eventualidad, mis abuelos se enamoraron y lo único que los separó fue la muerte.
—Mis padres también —convino Sakura con una triste sonrisa.
—Quizá... quizá por eso yo siempre he buscado el amor puro y verdadero — prosiguió Temari—. Ese amor sin barreras, sin límites, del que tanto me habló mi abuela.
De pronto, se deslizó un papel por debajo de la puerta de la habitación. Sakura y Temari lo miraron, y esta última preguntó:
—¿Qué es eso?
Su amiga se apresuró a recogerlo del suelo y, enseñándoselo, dijo:
—Será para ti. Es tu habitación.
Temari, retirándose su escandaloso pelo rubio de los ojos, cogió el papel que aquélla le entregaba y, al abrirlo y leerlo, murmuró con gesto de susto:
—Oh, Dios..., ¡es para ti!
Sorprendida, la muchacha pelirosa asió aquello que su amiga le tendía temblorosa y leyó:
Sakura:
Tengo en mi poder a tu querida Shizune. Te espero al final del puerto de Inverness antes del amanecer.
H. S.
Sin dar crédito, la joven leyó otra vez la nota.
No, no podía ser. Aquello no podía estar ocurriendo. Shizune, no.
—¿Quién es H. S.? —preguntó Temari.
Sakura, que parecía en estado de shock, negó con la cabeza.
—No lo sé..., pero lo mataré.
Temari, al ver a la joven tan paralizada, cogió fuerzas y, haciendo que la mirara, pidió:
—Tranquilízate. A Shizune no le va a pasar nada.
Sakura temblaba, y la muchacha rubia, sintiendo que en ese instante ella debía ser la fuerte, musitó:
—Antes de alarmarnos, busquémosla por la fortaleza con disimulo. Nadie tiene que notar que pasa algo o se asustarán.
Sin hablar, las dos salieron de la habitación en busca de Shizune y, con precaución para no alertar a todo el mundo, la buscaron por la fortaleza, pero no la encontraron. Por ello, regresaron de nuevo al cuarto de Temari y, con la puerta cerrada, Sakura murmuró temblorosa:
—He de ir al puerto. Shizune... me necesita.
Su amiga, consciente de la gravedad del tema, asintió e indicó mirando la nota:
—Está en gaélico, por lo que el tal H. S. debe de ser escocés. Al menos sabemos que no es Sasori, aunque probablemente sea uno de sus esbirros, que te buscan.
Sakura asintió y afirmó sin saber quién era aquél o qué quería de ella:
—Eso lo único positivo que veo en todo esto.
No dispuesta a permitir que fuera sola a aquel sitio, Temari aseguró:
—Iré contigo.
—¡Ni hablar! —protestó Sakura.
—O voy contigo o no vas.
—¡Correrás peligro!
—¡Soy tu hermana!
—Temari..., piénsalo...
—He dicho que voy contigo —insistió ella.
—Pero Naruto se...
—Naruto —la cortó— ya no es nadie en mi vida. Recuérdalo.
Intentando mantener la mente fría, Sakura se retorció las manos y, sin levantar la voz, siseó:
—Por todos los demonios, Temari, ¿para qué vas a venir conmigo? ¡Es peligroso! No sabemos quién es ese hombre ni cuáles son sus intenciones. ¿Acaso sabes luchar para defenderte?
—No. No sé luchar como tú —gruñó y, abriendo una cajita, añadió—, pero sé dialogar y tengo joyas valiosas que, si se las doy a ese tipo, quizá le valgan para olvidarse de lo que ofrecen por ti y soltar a Shizune.
Sakura miró lo que aquélla tenía en las manos. Sin duda, era un buen botín, y, pensando en Shizune, murmuró mirando sus pintas:
—Necesitamos ropa. No... no podemos ir así.
Temari soltó las joyas sobre el aparador y, tras darle un abrazo, afirmó:
—Iré a buscar ropa de mis hermanos. No te muevas de aquí.
Nerviosa, Sakura vio salir a la joven de la estancia mientras el corazón parecía querer salírsele del pecho. Shizune, su Shizune estaba en peligro. Y ella se sentía culpable. Si no hubiera estado tan pendiente de Sasuke, se habría percatado antes de su desaparición.
Maldijo sintiéndose fatal. Por su culpa... Por su falta de atención Shizune corría peligro.
Horrorizada, pensaba en ello cuando la puerta de la habitación se abrió y Temari volvió cargada con infinidad de prendas. Rápidamente, las dos jóvenes se quitaron los bonitos y delicados vestidos, dejándolos esparcidos por el suelo, y se vistieron con ropa de hombre, más cómoda para cabalgar.
Mientras se vestían, Sakura comentó:
—Neji me dijo que uno de los hombres que ha viajado con nosotros es un informador de Sasori.
Temari se paró y, sorprendida, preguntó:
—¡¿Qué?! Pero ¿quién es?
La joven pelirosa, preocupada por Shizune, bajó entonces la voz y susurró:
—Deidara.
—¡¿Deidara?! —exclamó boquiabierta Temari.
Sakura asintió y afirmó apenada:
—Sí. Siempre me observa y me vigila con disimulo. Hoy, cuando lo increpé en la fiesta y vi que lo había desconcertado... ¡Sé que es él!
Una vez acabaron de colocarse la ropa, se echaron unas pieles con capucha por encima y se percataron de que el escandaloso y largo cabello de Temari quedaba al descubierto. Era demasiado largo para esconderlo. Y, ni corta, ni perezosa, aquélla, asiendo la daga que ahora siempre la acompañaba, lo agarró con un movimiento seco y decidido y se lo cortó ante la cara de sorpresa de Sakura.
Boquiabierta al ver a su amiga con su pelo en la mano, la pelirosa exclamó:
—Pero ¿qué has hecho?
—Liberarme —murmuró ella en un hilo de voz.
Sakura no daba crédito, y, mientras veía a aquélla sonreír, musitó:
—Pero... tu pelo.
La joven asintió y, soltando en el suelo aquello por lo que tanto se había preocupado en otro tiempo y que tanto apreciaba su madre, declaró:
—Me lo iba a cortar igualmente en el momento en que ingresara en el convento, ¡¿qué más da?!
Sin dar crédito, Sakura terminaba de cubrirse bien con la piel cuando Temari murmuró mirándose al espejo:
—Además, no pretendo enamorar a nadie. ¿Qué más da mi aspecto?
Sakura no contestó, cuando aquélla preguntó mirándola:
—Tengo una curiosidad.
—Tú dirás.
—¿Qué vas a hacer cuando consigas acabar con Sasori?
Al oír eso, la joven pelirosa respondió sin dudarlo:
—Regresar a Noruega.
—¿Volverías a hacer quesos?
—Posiblemente.
Temari asintió y a continuación preguntó dispuesta a todo:
—¿Me enseñarías a mí a hacerlos?
Cuando Sakura oyó eso, la miró y Temari aclaró:
—Aquí ya no tengo nada, excepto ingresar en un convento. Y he pensado que, si tú me dejaras, podría irme contigo, Shizune y Neji a Noruega y...
Emocionada por aquello, Sakura la abrazó y, segura de que quería a la muchacha en su vida, afirmó:
—Tenerte a mi lado será un honor.
Ambas sonrieron por aquello, cuando, separándose, Sakura dijo poniéndose repentinamente seria:
—Pero de momento recuperemos primero a Shizune. El resto ya se verá.
—Exacto. Vivamos el presente —matizó Temari.
Una vez Sakura se ciñó el cinturón para que no se le cayeran los pantalones, al ver que su amiga se miraba en el espejo y se tocaba el cabello, afirmó:
—Eres bonita con el pelo largo y con el pelo corto.
Temari sonrió con tristeza, y mirando el aspecto de las dos vestidas de hombres, con el pelo por los hombros, murmuró:
—Escocesas o vikingas, somos dos desastres, ¿verdad?
Su pregunta hizo sonreír a Sakura, que declaró consciente de su realidad:
—Siento decirte que sí.
Temari se encogió de hombros, ya nada le importaba. Y, levantando el mentón, afirmó entregándole parte de sus joyas para que las guardara:
—No perdamos un segundo más. Vayamos a por Shizune.
Sakura sonrió y, mientras salía ya por la puerta, indicó:
—Tu abuela debe de estar muy orgullosa de ti.
Con toda la prudencia del mundo, las dos jóvenes recorrieron los pasillos de la fortaleza evitando a los sirvientes hasta que consiguieron salir de la misma.
Sin aliento, se dirigieron a las caballerizas. Necesitaban sus monturas. Pero, al acercarse, vieron que junto a la entrada había dos hombres charlando que rápidamente Temari identificó como a dos de sus hermanos. Durante un rato esperaron a que aquéllos se marcharan, pero al ver que no se movían, Sakura murmuró inquieta:
—Debemos entrar en las caballerizas.
Temari observó a sus hermanos Yashamaru y Kankuro hablar y, dispuesta a hacer lo que su amiga decía, indicó:
—Cubrámonos las cabezas con las capuchas de las pieles y caminemos como dos hombres. Ellos ni nos mirarán.
—¿Estás segura? —preguntó Sakura.
—Sí. Muy segura.
Instantes después, las dos mujeres, arqueando un poco las piernas y arrastrando los pies, comenzaron a caminar hacia las caballerizas. Al oír ruido, Yashamaru y Kankuro miraron hacia atrás, y, al ver a dos hombres, echaron a andar mientras continuaban charlando.
Una vez en las caballerizas, las dos muchachas rompieron a reír, y Sakura iba a decir algo cuando Temari declaró:
—Contigo tengo una buena maestra.
Sonriendo, las dos corrieron sigilosamente hasta sus caballos. Unne y Ross piafaron al verlas, cuando de pronto oyeron un ruido cerca de ellas. Rápidamente, Sakura y Temari se agacharon.
¿Quién venía?
La pelirosa levantó la cabeza. Si era Neji, lo tendrían difícil para engañarlo, pero, por suerte, el ruido lo había hecho el cachorro de lobo. Sakura lo cogió con cariño, lo estrechó contra su cuerpo y, cuando lo dejaba de nuevo en su redil, murmuró:
—Prometo regresar. Te lo prometo.
Con el mismo sigilo que habían entrado, salieron entonces de las caballerizas, y, cuando se vieron amparadas por los árboles, ambas montaron en sus caballos y Sakura pidió mirando a Temari:
—Ahora guíame hasta el puerto.
La joven asintió, y, sin perder tiempo, ambas fueron en busca de Shizune.
