Llora en mi corazón
mientras llueve sobre la ciudad;
¿qué es esta languidez
que penetra en mi corazón?
Oh, ¡el suave sonido de la lluvia
en el suelo y sobre los tejados!
Para un corazón que se aburre,
oh, ¡el canto de la lluvia!
Llora sin motivos
en este corazón enfermo.
¡Qué! ¿No hay traición?
Este duelo no tiene tazón.
¡Es el peor dolor
no saber por qué,
sin amor y sin odio,
me duele tanto el corazón!
– Paul Verlaine, Romances sans paroles
—¿Joven hombre?
Dejo el poemario de Paul Verlaine en la estantería y camino a paso apresurado a la entrada de la librería. Rozo el hombro del señor Lavoie, al tropezar, y exclama en sorpresa, pero no llego a brindarle la oportunidad de retrasarme.
El corazón me grita en el pecho qué he hecho. ¿Qué has hecho? La gente normalmente se mueve por sus impulsos, pero yo he salido victoriosa al tener una mente más fuerte. Desearía ser más buena. El valor de las cosas ―su esencia― está en la razón detrás del acto. ¿Qué importancia tendría una decisión puramente lógica, sin los residuos de sangre y amor que marca el corazón?
En el umbral, me detengo. El aire abandona mi boca y emerge en una bocanada de aliento frío. Shawn está detenido a mitad de la acera, observando el escaparate de la librería La Douleur.
Parece destacar. Fuego y miel en el abrasado y frío invierno. Sus castaños cabellos están despeinados, son una tormenta de arena alrededor de su cabeza. Por lo demás, Shawn armoniza con la helada estación. Es un rostro glacial y desdeñoso.
Retrocedo e inmediatamente sus ojos caen sobre el movimiento. Está incrédulo. ¿Qué pretendía? ¿Escapar? ¿No es eso excesivo? Quiero huir del desdén en su mirada. Desando otro paso. Shawn estrecha el contorno de sus ojos y la comisura de su boca se frunce. Sin regir otra mirada, igual de furiosa, se dirige al vehículo estacionado.
—Sube al auto.
Mis ojos se abren, más que temerosos; petrificados. Me es imposible creer que ese tono de voz ―esa inflexible orden― sea suya. Y poco a poco, la certeza de la circunstancia llena mi cabeza. No sólo he ocultado a Shawn mi viaje a Toronto, sino que él lo ha descubierto. Consigo deliberadamente meterme en problemas.
«¿Qué has hecho?», me repite el corazón. La distancia que separa dos personas es menos peligrosa que los miedos en una de ellas.
—No —digo, pero es un murmullo.
Shawn se detiene, como si no hubiera esperado que además de esconderle cosas también lo desafiara.
Su ancha espalda, sus adiestrados hombros y cada uno de sus brazos se tensan. Así todo su cuerpo. Quisiera llorar, deshacerme de este peso que suma la culpa, debido a que no nos habríamos encontrado en esta situación si no fuera por terca, insegura e ingenua. Me quedo en mi lugar, y Shawn se obliga a regresar, a pisar la acera y acercarse. Aguardo detenida, con el cuerpo en un equilibrio momentáneo, como preparándose para caer. Al Shawn ver mis ojos las mariposas en mi estómago se alborozan, inconscientes de que el hombre del quien están enamoradas está furioso.
—Subirás al auto —murmura Shawn—, y me dirás porqué me has mentido. No ahora, no aquí. Tengo a un jodido fotógrafo tras los talones.
—No te mentí —logro decir.
—Me parece que hiciste justamente eso. Y no me vengas con líneas grises. Omitir y ocultar la verdad es lo mismo que mentir, y tú hiciste ambas cosas.
Ahogo un suspiro.
—Shawn.
Shawn da un paso atrás, jalándose con desesperación del cabello.
—¡Es que no lo entiendo! Intento ser bueno para ti y merecerte. Eres... eres la primera chica que me gusta de verdad, a quien he elegido. No te miento, no te escondo. Pero sin importar cuánto me esfuerce terminas haciendo lo contrario y alejándome.
—No es mi intención.
Su respiración es un desastre. Me mira con desdén y dolor.
—Nunca he hecho esto. —Señala entre los dos—. Hacía tiempo que me había rendido a encontrarte. No fue hasta que te hallé que empecé a creer que aún podía ser feliz. ¿Querías que hablara contigo? Esa es la verdad; antes de ti no ha habido nadie, nadie por quien quisiera arriesgarme y deseara ser el hombre más honesto en la Tierra. Pensé que valía la pena... atreverme a quererte.
El corazón se retrae en mi pecho, porque no quiere sentir lo que siente; pena y arrepentimiento. Es mi parte más buena y la estoy dañando. Escucharlo decir eso es lo peor que he experimentado. Siento como si tuviera un cuchillo clavado en el estómago. Y cuando Shawn aprieta los labios, decepcionado de mi falta de respuesta, la herida palpita en crudo dolor.
Cierro los ojos cuando empieza por alejarse; incapaz de verlo. Él entra en el auto y remata la puerta con fuerza, me hostiga con el atormentado sonido en lo profundo de los oídos. Un agudo ruido corta la noche cuando, en un intento por deshacerse de la frustración, Shawn golpea el volante, activando el claxon. Escucho el sonido del motor al encenderse, y los neumáticos abandonar el aparcamiento. No abro los ojos porque eso sería apropiarme de una realidad donde él ya no está cerca.
—Es el peor dolor —oigo decir a alguien a mi espalda.
—No saber por qué —digo y mi voz se ahoga— me duele tanto el corazón.
Su mano sobre mi hombro es el peso de un consuelo que en otro tiempo me habría negado a aceptar, pero que ahora mi alma ansía como si no hubiese mañana.
—¿Sabes, joven escritora? —Leonie dice—. Tienes que decidir entre ser poeta o poema. Ser ambas te consumirá.
Quisiera abrir los ojos de nuevo, pero es como si mis párpados fuesen cemento. Estoy asustada, porque nunca he temido no encontrarlo cuando mi propósito ha sido buscarlo. Él se ha ido, se ha ido. Y es mi culpa, mi mera culpa. Las palabras me han fallado. Su voz... lo que ha dicho, ha sido suficiente para apagarme.
Al inicio de la noche de un viernes de febrero, un motor brama.
Abro los ojos, rogando que vuelva, que me perdone, y sólo entonces el auto estaciona en el mismo sitio donde hace cinco minutos estuvo, y se apaga como la exhalación de un suspiro. Shawn aparece en la acera. El dolor disminuye, como fuego bajo la lluvia. Encuentro sus ojos ―llorosa y apesadumbrada. Me dice que no se irá y ante esa promesa puedo respirar. Doy un paso al frente mientras él luce rendido, al viento y al dolor. Junto el valor ―este que tanto parece renegarme― y corro hacia él en medio del ventarrón, rodeándolo con mis brazos. Shawn trastabilla y logra recuperar el equilibrio. Me pego a él y no me importa que sus brazos no correspondan a los míos. El corazón me late a cientos de latidos por minuto, y la respiración impele mi pecho. Oculto el rostro en su cuello, sintiendo su calidez como mía. No necesito más en la vida sino tenerlo conmigo.
—Siento haberte mentido —susurro.
Se queda quietecito un momento. Su corazón trata de llegar al mío, como siempre. Sus brazos lentamente me rodean. —No vuelvas a alejarte de mí —digo, con la voz quebrada. Las lágrimas están estancadas en mi garganta.
Su mano ciñe mi cintura, sujetándome contra él.
—Eres tan impredecible —murmura, acariciando mi pelo.
Shawn huele a fuego y nieve derretida.
—Lo siento, lo siento.
—Dime por qué.
—Es sólo que todo ha vuelto a ser como era antes —admito, con el rostro perdido en su cuello—, pero es diferente. No diferente malo, sino mejor, maravilloso. Después... después de lo ocurrido en la hacienda temía no saber cómo actuar contigo.
—Cuando dijiste que me quieres —rememora Shawn—. En Español. Y no te respondí.
—Sí, exactamente.
—¿Por tal razón me has evitado? —pregunta él, adoloridamente confundido—. ¿Porque no lo he hecho?
Aferro la tela de la camiseta que porta debajo del abrigo como lo haría a una roca en medio de la corriente de un río.
—No necesito que me digas que me quieres de vuelta, pero aun así quiero hacértelo confesar. También quiero merecerte. Eres todo lo que deseo, debes saberlo. Y sin embargo no espero las palabras que me harán sentir saciada.
—Cariño, estoy en busca del momento adecuado —dice Shawn, suave y bajo en mi oído—. Para besarte, para decirte mis sentimientos hacia ti. Son verdaderos. Pero si quieres oírlo...
—No, no lo digas, por favor. Respeto tu espera. Te he dicho que te quiero cuando consideré que era mi momento, no me apropiaré del tuyo. Estoy aprendiendo a esperar.
Shawn exhala un aliento y pega su mejilla a un costado de mi cabeza. Me abrazo a su espalda con fuerza y siento la firmeza y la musculatura de su cuerpo contra el mío, enfrentándome y calentándome como sólo él ha podido hacer. El dolor de cabeza, que he hecho pasar por simple malestar, se enfría hasta desaparecer. Las tensiones, los escalofríos y cualquier otro desazón que me ha aquejumbrado. Canela... es mi bálsamo. Respiro hasta marearme. Los minutos pasan, nosotros pasamos, pero está bien porque podría quedarme toda una vida abrazándolo a mitad de una acera.
Él se estremece. Mis frías manos lo han inquietado. Murmuro una disculpa, sin brío para alejarme de una vez y por todas. No parece saber que se trata del hombre por quien abandonaría mi arrogancia. Lleva los brazos detrás de su espalda y toma mis manos. A reticencias me separo y veo a Shawn acercarlas a su boca, ya envueltas entre las suyas, y soplar aliento cálido y amoroso. ¿Cómo es posible sentir frío cuando él me mira así? No existe distinción.
Parpadeo lánguidamente. A su lado me siento adormecida. Es mi hogar al final de un día cansado.
—Lo siento —susurro—, en verdad.
—Lo sé, preciosa —dice él—. No hay necesidad de seguir disculpándose.
—No quiero que estés enojado conmigo. —He luchado por no llorar, de verdad, pero ha sido en vano. Una robusta lágrima cae, llevando consigo el peso de otras. Shawn se aqueja y se inclina para besar largamente mi ruborizada mejilla izquierda, atrapando la gota en sus carnosos labios.
—No me hagas esto, hermosa —murmura, contra mi piel—, o querré besarte hasta desaparecer tu tristeza.
—Suena bien.
—Tramposa —dice, en voz baja. Me provoca sonreír—. ¿Recuerdas cuando te dije que nunca podría enojarme contigo?
—Sí...
—No es del todo cierto.
—Shawn —amonesto.
Él ríe roncamente.
—Me desesperas, África. Pero, Dios... me gustas tanto que pasaría por alto mi orgullo para complacer el tuyo.
Me extravío en su mirada, consciente de que sus ojos son mi destrucción, como un destino que perdí de vista y que después de tantas dolencias he vuelto a encontrar. Su avellana mirada es la dulzura que hay en mi vida, y así ha de ser hasta el final. No sé qué haría, en quién me convertiría, sin él.
—Aunque dije que esperaría, ¿pensarías en renegociar la cuestión del beso?
Las comisuras de su boca se arquean, estirándose sus labios en una sonrisa sonrosada.
—¿Qué propones?
—Me besas —planteo—, te beso. Nos besamos.
—Ése no es exactamente un plan de negocio.
Hago un mohín y Shawn se suelta a reír. Estoy enamorada de su risa y su sonrisa, pero también de su dolor, porque es honesto. Estuvo en él, en su cuerpo y en su expresión esta misma noche. Y fue por mí. Y aunque me duela saberme conocedora de eso, también me halaga, porque lo quiero feliz y desecho.
—Lo pensaré —promete Shawn, sin dejar de sonreír.
Te quiero, te quiero.
—Siempre puedo besarte yo a ti —digo.
Se aleja como si lo hubiera quemado.
—No te atreverías.
—Pruébame.
El temor pasa a ser regocijo.
—¿Te pruebo? —repite, y vuelve a cercarme.
—No me ref...
—Pero quiero probarte, preciosa —susurra, cerca de mi oído—. Usaré la lengua.
Mi piel se eriza.
—Shawn —digo, indignada—, ¡estamos en público!
¡El fotógrafo! Miro por la acerca y diviso la lente de una cámara escondida detrás de un árbol intentando pasar desapercibida y fallando miserablemente. Lo más probable es que hayamos alimentado la industria mediática para un mes. ¡Leonie! ¿Qué espectáculo le hemos dado? Pero la señora Lyon no está cuando veo en su busca.
Shawn desliza su mano en la mía y entrecruza nuestros dedos. La tibieza de ella y las durezas que presenta en la palma me magnetiza, llegando hasta mis huesos y mezclándose en mi sangre. Mi piel lo marca como mío.
—Mira —le digo—, tengo muchas cosas en la cabeza, dudas y aprensiones, sobre todo. ¿Esclarecerías mi bruma?
—Por supuesto —dice él.
—Mis amigas te llaman mi «andante» —comento—. Mi mamá se refiere a ti como mi «novio», lo que debe de ser una bendición, de algún modo. Y Florida te nombró mi «querido». ¿Cuál de todos estos apelativos eres?
Shawn tarda en hilar las palabras.
—Soy tu novio, claramente.
—¿Sí?
—¡Obviamente no soy tu querido!
—Florida dice que estás casado con la música. En ese caso, al estar conmigo tú pasas a ser...
Shawn apresa mi barbilla y me alza la mirada a la suya. Los sueños que he tenido y que me han atormentado por largos días pasan frente a mis ojos como un rollo fotográfico, dilatándome el pigmento.
—Pon atención —susurra él, haciéndome temblar—. Te he llamado mía, mi novia, en mi pensamiento, frente a mis amigos, incluso frente a mi mamá. No hay otra forma en la que me refiera a ti. Que a penas tú estés planteándote si soy tu novio es ofensivo.
Faltos de aliento, nos miramos a los ojos, con el corazón acelerado y las mejillas sonrosadas por el viento frío o por la corriente de calor que circula por nuestra sangre. Estamos tan cerca como una persona sólo puede estar del fuego sin quemarse, pero yo quiero quemarme, así que corto la última distancia, que es mínima, y me alzo de puntillas para esta vez abrazarlo por los hombros. Mi cuerpo se tiende a lo largo del suyo y él, casi sin quererlo, rodea mi cintura entre sus fuertes brazos. Respira cerca de mi boca, aliento cálido y dulce, y cuando encuentro su mirada no hallo el ámbar que me enamora sino el negro que me consume. Shawn entreabre sus labios; el inferior suelta el superior y cae sin orden. Siempre puedo besarte yo a ti. Lo hemos sabido todo este tiempo, y lo hemos ignorado también. Pero ¿ahora?, ¿somos lo suficientemente resistentes para alejarnos antes de colisionar?, ¿podría robarle el momento, éste que le pertenece porque lo he consentido así? A él que le gusta el control y a mí que no me importa perderlo, siempre y cuando sea con él, como la plastilina podemos moldearlo a nuestro beneficio. Me haría de él, así, un pequeño instante, un rápido roce, me inclinaría, sólo un centímetro más cerca... y lo besaría.
Nunca he deseado tanto un beso como el que viene de sus labios.
—África —susurra Shawn como advertencia o como petición. El dominio de la situación se le ha ido de las manos y ha cerrado los ojos, sólo esperando el choque final.
Entrecruzo los dedos detrás de su cuello e inclino las caderas hacia las suyas, le insto a culminar, a rendirse a la inevitable colisión. Shawn roza su boca en la mía, mi labio inferior queda atrapado entre los suyos, son suaves y aunque están fríos son perfectos. Pero luego ―válgame el esfuerzo―, gira el rostro y finalmente besa la comisura de mi boca. Suspiro, incauta pero embriagada, y Shawn guía el beso por mi mejilla. Varios segundos de deliciosa tortura lo llevan a sacar la cabeza del hueco que se ha hecho en mi cuello.
—Te extrañé —me dice.
—Eso me has demostrado —respondo.
Shawn sonríe.
Suficiente espectáculo, me digo, e intento apartarme pero él me toma por la cintura rápidamente y no me deja ir. Mira de reojo la situación en la acera, en el hecho que se oculta detrás del árbol, y su mandíbula se tensa.
—Tenemos que irnos —le digo.
—Lo sé, pero ha surgido un... problema.
—¿Ah?
—Sí, verás, África... no soy inmune a tu cercanía, bonita.
Frunzo el ceño. La alusión en su voz es clara. Shawn me mira a los ojos e intenta transmitirme sin palabras la dirección de sus tumultuosos pensamientos. Veo ahí muchísimos sentimientos ―que a mi corazón le enorgullece declararse dueño y señor―, excitación y obvio recelo. Luego, está la tensión de su cuerpo. Mis caderas tocan las suyas y... oh.
Efectivamente, estoy sonrojada a mitad de Toronto.
—Pero eso no puede ser —musito, contrariada.
—Sí que puede.
—Shawn —gimo, preocupada—, si ese fotógrafo te captura en ese estado...
Shawn no parece inquieto. Shawn, ante todo, está divirtiéndose.
—Gimiendo así no solucionarás nada.
Dejo caer la frente en su hombro y considero qué hacer ya que al parecer soy la parte racional en este noviazgo. Esperar en medio de una nevada, en una de las noches más frías del mes... no. Debe de haber otra salida.
La anatomía del hombre puede llegar a ser muy impertinente, según veo.
—Toma mi cartera —digo— y échate la correa al hombro. Cúbrete... cubre esa indiscreción, Dios mío.
Shawn entiende a palabras y así lo hace. La correa es lo bastantemente larga para cruzar por su torso. El cuerpo de la cartera cae bajo su abdomen logrando tapar con su corpulencia la inoportuna erección de este hombre.
—Entraré a despedirme de Leonie. Te presentaría pero, bueno...
—Entiendo —dice Shawn, pero está sonriendo.
Entro a la librería. Leonie está en el segundo piso sacudiendo los libros de la sección mitológica mientras el señor Lavoie la observa desde abajo, como preparándose a atraparla en caso de que resbale y caiga. Le digo adiós en voz a grito. Leonie se asoma sobre el barandal ―el señor Lavoie ahoga una exclamación― y me despide con un ademán de su blanca mano y avisa que ha dejado un presente en el mostrador que debo tomar sin expensas. En éste está un parecido obsequio envuelto que, con toda seguridad, es un libro.
Shawn está recargado contra el auto con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, trata de relajarse; la cartera cubre esa parte de su cuerpo digna de apreciación.
—Disculpa, ¿África?
A lo ancho de la acera está un hombre. Por un segundo pienso que se trata de mi hermano mayor. «Jartum, ¿qué estarías haciendo aquí?». No es él, sin embargo. Jartum está cruzando los veintisiete años y éste hombre de aquí podría, en todo caso, doblarle la edad, sólo si lo pareciera. Tiene una belleza joven, inmarcesible, pero las marcas de los años y de las experiencias se muestran en el contorno de sus ojos, en la dureza de su semblante.
—¿Quién eres? —pregunto.
Shawn viene a mi lado y observa al extraño, también, mostrándose precavido.
—Vengo desde Vaughan y no he podido evitar llegar tarde a la firma. ¿Podrías...? —Extiende el ejemplar del libro y un bolígrafo. Incluso oírlo es como oír hablar a Jartum. Noto, con aprensión, que sus manos tiemblan y que una cicatriz de quemadura le decora el dorso, próxima a la alianza en el dedo anular.
—Claro —digo—. ¿A nombre de quién?
El libro está bastante usado, las esquinas están desgastadas y las páginas marchitas. Al abrirlo, las hojas descienden y veo, sorprendida, que los márgenes de los capítulos están repletos de anotaciones.
—Me honrarías si sólo pusieras tu nombre.
Garabateo mi firma en una de las primeras páginas y me apresuro a devolvérselo, así el bolígrafo. —Gracias —dice, tomando el libro.
—No es nada.
—Estás hermosa.
Shawn da un paso al frente. El hombre sonríe un poco, no con desafío sino con calma. Es una veterana sonrisa que no sé descifrar. Nos desea buenas noches, ignorando la mano mía que pretendía entregarle el bolígrafo, y vuelve por la acera.
Entro al auto de Shawn, por la puerta que él mantiene abierta, y espero que él suba como conductor. Él deja la cartera en los asientos traseros, así el obsequio de Leonie Lyon, y enciende el motor. Su erección ha disminuido, pero sigue siendo aún notoria. Prende la calefacción y deja caer la parte posterior de la cabeza en el asiento. Suspira y voltea para verme.
—¿Estás bien?
Le enseño el bolígrafo, la inscripción que me ha hecho confundir a niveles indescriptibles.
«Empresas Ruiz»
Shawn frunce el ceño. Con todo, no ha sido inapropiado. Me habló como lo haría un conocido que no he visto en mucho tiempo y le sorprende descubrir cuánto he crecido. Parecía casi... fraternal. Sólo quiero sacármelo de la cabeza. Le desconozco y las interrogantes que tengo sobre él no serán resueltas. Toda esta expectación es inútil.
—Tal vez se trata de un antiguo amigo de la familia —comenta Shawn, cuando comparto mis pensamientos con él—. Pregunta a tu mamá, ella sabrá.
—Tienes razón —digo, aceptando que evidentemente tiene razón. Mamá probablemente sabe algunos secretos de estado, así que en ella saciaré la incógnita—. Pero tú no puedes presentarte ante ella con esta demostración de tu hombría.
Entonces, Shawn exclama:
—¿Conoceré a tu mamá?
—Con toda probabilidad —respondo.
Él suspira. Sonrío, mirándolo, y me reacomodo en el asiento hasta alcanzar su mano y ponerla en mi regazo. Shawn cierra sus ojos al sentir las suaves caricias que trazo en su palma y entre sus dedos. Le veo sonreír mientras delineo el tatuaje de la golondrina en el dorso, tocando su tinta piel, mientras intento hallar la fina cicatriz, pero esta es imperceptible, si no es que inexistente.
—¿Cómo estás? —pregunto, con clara insinuación a la situación ahí abajo.
Él murmura algo ininteligible.
—Es doloroso —gruñe—. Estoy imaginando que estoy bajo una cascada de agua fría y... mierda, no te rías —dice, al oírme—. Estoy tratando de enfriarme y tu risa, sin duda, es un aguijón excitante.
Si él supiera que mis pezones están duros... me digo, mordiéndome el labio inferior. En lugar de eso, le pregunto si ya ha cenado pues difícilmente yo he comido y cuando la respuesta es negativa debato la idea de pedir comida a la habitación o utilizar la cocina de la suite.
—Quesadillas —dice Shawn.
Elevo las cejas, sorprendida. Shawn ha dicho «ke-za-dí'az».
—¿Quieres cenar quesadillas?
Él se sonroja.
—Sí.
No hace mucho las comí, de todos modos mi respuesta es sí, definitivamente, cenemos quesadillas.
Su erección termina por ceder al cabo de un par de minutos, luego conduce al supermercado más cercano y una vez estacionados Shawn baja conmigo. Se cubre los rizos despeinados ―reconocibles para cualquier citadino― con la capucha del abrigo y juntos entramos a la tienda.
Aunque reconozco su esfuerzo, lo cierto es que Shawn no pasa desapercibido. Primeramente, su altura es considerable y su delgado cuerpo, fuertemente constituido, capta las miradas como el imán atrae al hierro. Escojo una canasta del súper y nos adentramos en los pasillos.
—¿Qué necesitamos? —pregunta Shawn.
Saco el teléfono y escribo en la aplicación de notas lo siguiente:
Receta: ke-za-dí'az
Ingredientes:
Aceite de oliva
Aguacate
Ajo
Cilantro
Limones
Pimienta negra
Queso de cabra
Sal
Tomates (para el descontento de Shawn)
Tortillas de trigo
Luego de anotar atentamente cada ingrediente, entrego mi teléfono a Shawn. Él lee cuidadosamente lo ahí escrito. Me dice gracias y le sonrío en respuesta. La verdad es que me pone el mundo de cabeza y ni siquiera se da cuenta. Ingrato.
Mientras echamos a la canasta las compras, las dependientas, detrás de los mostradores, siguen con la mirada a Shawn. Juro haber visto la cámara de un celular apuntándolo, y el murmullo que involucra su nombre. Para él es fácil pasarlo por alto, o así parece ser. El desinterés es parte de la actuación. ¿Se ha acostumbrado? ¿Recuerda cómo era antes, cuando podía caminar por la calle sin mirar dos veces sobre el hombro en busca de un fotógrafo que fielmente ahí estaría?
—Esto —digo, tomando un aguacate en la sección de frutas y verduras— es un insulto.
—¿Por qué? —pregunta Shawn, mirándome sujetar el aguacate como si fuera una granada de mano.
—¡El precio es desorbitante! Nunca en mi vida he pagado tanto por un aguacate, Shawn, ni siquiera en temporada baja.
—Claro —murmura Shawn, y empieza por alejarse por el pasillo con la canasta de compras—, me olvido que tengo a una mexicana por novia... ¡África, devuelve ese tomate en este instante!
Al dirigirnos a caja me pregunto si es un precio al que tengo que atenerme cuando mi vida esté unida a la rutina canadiense.
Depositamos la compra sobre la banda transportadora. La cajera alterna entre la comida y el rostro de Shawn; ella parece suspicaz, como si no acabara de reconocerlo. Le adjudica, empero, ese atractivo tan evidente del que cualquier hombre gozaría de presumir si el nombre no es ya lo suficiente ilustre.
—Bien —dice Shawn—, eso no ha estado tan mal.
Estamos en el interior del auto, recomponiéndonos del frío exterior.
—Me gustó —confieso—. Compartir este momento contigo. Fue diferente para variar.
—Lo sé —sonríe—, a mí igual. Gracias por la receta, por cierto.
—No la compartas con nadie más —le digo.
—Eres la única chica con la que quiero cenar quesadillas —dice él.
¡Oh, mi corazón! Late tan rápido. Pobre, pobre, lo hago pasar por tantas cosas.
Shawn está sonriendo.
De acuerdo, sí; él tiene esta tendencia a sonreír a menudo, y me encanta por completo. Las sonrisas que a mí me faltan las tiene él. No obstante, hay algo diferente en este preciso gesto. Aquí y ahora. Es la sonrisa más feliz y relajada que le he visto soltar. Sus hombros están flojos, su cabello despeinado, y sus ojos... oh, vaya, sus ojos. Son la cosa más hermosa que he tenido el placer de ver, sobre todo ahora, rasgados y luminosos. Shawn está sonrojado y es encarecidamente precioso. Las experiencias de una cotidianidad le alegran el alma. Me enternece y me duele descubrirlo. De cuánto le ha privado el cumplimiento de un sueño. Cuánto deseo devolverle.
Conduce al hotel donde me hospedo y deja el auto en el estacionamiento. Entramos al vestíbulo sosteniendo cada uno una bolsa con las compras. Rebeca está en la recepción. Sonrío hacia ella, como mero saludo, y Rebeca deja entrever la sorpresa al advertir a mi acompañante. Cruzamos el vestíbulo, donde me encontré por vez primera con Leonie Lyon, e ingresamos al elevador. Está vacío, de buenas. Subimos al piso 38 y entramos en la habitación 351 después de insertar la tarjeta electrónica en la ranura de seguridad. Automáticamente, el pequeño vestíbulo se ilumina. Nos quitamos los pesados abrigos y los colgamos en el perchero. Llevo a Shawn por el corredor hacia el salón. La suite está extraordinariamente silenciosa.
—Dime, por favor, que no tienes que volver esta noche.
Detrás de su hombro, un Toronto nocherniego se expone en vistas desde el balcón.
—No tengo que volver —dice Shawn, mirándome.
—Bien —digo—, eso me alegra. ¿Te quedas conmigo?
En lugar de responder, Shawn pasa un brazo por mi cintura, haciéndome sorprender. Besa mi mejilla y se queda así, simplemente así. Me derrito de a poco. Son minutos los que experimentamos de esta manera, abrazándonos a mitad de un salón tenuemente iluminado, sosteniendo las compras de supermercado.
El sonido de pisadas llega desde el estudio.
Me separo de Shawn cuando mamá entra al salón en pantuflas, vestida aún pero con el cabello desarreglado en un moño sobre su cabeza. Los mechones lacios y negros despeinan una imagen normalmente formal.
—Hola —digo.
—Hola —dice ella y cambia su mirada a Shawn.
Shawn mira a mamá y sonríe desarmado. Decido abogar por él. —Mamá, él es Shawn, mi novio, como él mismo presumió hace rato. Shawn, ella es mi mamá, Argelia, pero tú puedes llamarla señora Ruiz.
Ella y él me fruncen el ceño. ¡Qué bárbaro! Agradezco a Dios que Florida no esté presente.
Shawn saluda a mamá con un cortés ademán de mejilla con mejilla. Los observo y mi corazón se hincha ante la vista; las dos personas que más quiero en el mundo.
—No escuches a África —le dice mamá a Shawn—. Yo a ti tengo tanto que agradecerte, Shawn. Soy Argelia.
Probablemente le está agradeciendo que me haya sacado de mi soltería. No es que importe... todo este asunto de conseguirse una pareja. Pero mamá sabe que lo que yo más anhelaba fuera un compañero.
Él le sonríe, y está sonrojado, con un pie fuera de su habitual seguridad. Mmm... me hace pensar. ¿Nunca se había dado a la tarea de conocer a la mamá de sus anteriores novias? ¡Híjole! Debí tener más consideración.
—Espere, espere. —Interrumpo la clara familiaridad—. ¿Por qué él puede tutearla y yo no?
—No empieces, señorita.
Shawn y mamá permanecen en el salón hablando a expensas mías. Voy a la cocina y deposito las bolsas de compras en la encimera de mármol negro. Es pequeña, moderna y práctica. Ordeno los ingredientes sobre la superficie, fría al tacto, escuchándolos reír. Estoy francamente preocupada. No es que a Shawn le oculte algo, y no es que mamá sea una mujer impertinente ―sólo Dios sabe lo que ella consideraría «pertinente» decir―. Dos partes de mi vida se han encontrado. ¿Debería ser más fácil?
—¿Necesitas ayuda?
Es Shawn. No lo oí llegar. Débilmente, escucho la puerta de la recámara de mamá cerrarse. Su usual confianza está de regreso en su lugar. El pronóstico es bueno. Shawn recarga la cadera contra la encimera de la cocina y me observa, como si estuviera revelando ante él los ingredientes secretos de una receta milenaria.
—Te propongo algo —le digo.
Él estrecha sus ojos con perspicacia, pues la experiencia le dicta que desconfíe.
—Dime —murmura, cauteloso.
—Te enseño a preparar quesadillas, si me enseñas a hacer muffins.
Le ofrezco la mano y Shawn no duda en tomarla y llevarla a sus labios, plantando un beso en mis nudillos.
—Trato hecho, bonita —expresa, viéndome a los ojos.
¡No estoy hecha de hielo! Maldición, maldición...
Me sujeto el cabello en una larga trenza. Shawn dobla las mangas de su camiseta y se quita el reloj y los anillos de plata. Nos lavamos las manos y colocamos los utensilios de cocina, el sartén, y el fuego en la estufa.
—Muy bien —digo—, empecemos.
Me impulso hasta sentarme sobre la encimera de mármol. —Primero prepara el aguacate.
Siguiendo mis indicaciones, Shawn dispone el aguacate para su preparación y condimentación con una destreza innata. Veo sus manos sujetar el cuchillo, cortar y remover, y mi mente viaja a otras exigencias que le haría hacer. Mientras tanto, me pide que le hable.
—¿Sobre qué? —pregunto.
—Todo lo que te gustaría contarme.
Así que le hablo de la academia; las clases y los momentos compartidos con Amelia en los descansos. Le hablo de Florida, sobre cómo parece cargar con un peso menos en los hombros, pero sus silencios han crecido. Para esto, tengo que hablarle sobre Silvain Desrosiers, sin objeción: las clases de francés y el nacimiento del romance indecoroso. Shawn escucha con atención mientras aliña el aguacate con sal, limón y pimienta, y no suelta prejuicio alguno. Sé que lo quiero más. Comparto con él la constante circunstancia en la Editorial, el progreso de mi nuevo manuscrito, y la relación profesional con mi representante Nuria. Hablo también del seminario que mamá organizó y sobre cómo ella practicó conmigo varias noches las diapositivas de la ponencia. El viaje en avión, las horas leyendo a Linden de Polignac, el encuentro frente al restaurante de comida tailandesa y posteriormente en la Universidad de Grant Allen. Shawn frunce el ceño añadiendo el tomate picado a la salsa, pero no sé si es por una cosa o por la otra. ¡Le cuento sobre James Johnson, sobre cómo me equivoqué al suponer que nunca más lo vería! Sus cejas se fruncen todavía más, cabe mencionar. Le hablo acerca del examen que rendí y me animo a presumir con él un poco. Shawn ríe, enternecido, troceando el cilantro ―a mi orden―, y me pide que le cuente más, así que lo hago, detalladamente. Finalmente, le hablo sobre Leonie Lyon, la historia que mamá me contó, culminando con la firma de libros en La Douleur Exquise.
—¿Shawn?
—¿Sí? —inquiere él, agregando el queso rallado a la tortilla.
—Te quiero.
Luego, le digo que es su turno de hablarme de sus días.
Shawn sonríe por un larguísimo momento.
Me dice que nadie sospechó del día catorce; han creído que vivió la noche en una fiesta exclusiva en el centro de la ciudad y permaneció en casa soportando una resaca, y él no piensa sacarlos de su error, pero que ha atrapado a su mánager, Andrew, mirándolo detenidamente.
En tanto se calienta el aceite, me habla sobre Connor y, esto no me lo ha dicho él, pero cuando piensa que nadie está viéndolo, Connor observa las fotografías de México, especialmente aquellas que involucran a Amelia.
Echa la quesadilla al sartén confesándome que gustó de Florida, sin embargo aún le proclama un miedo respetable.
Habla acerca de la campaña publicitaria que firmó para Calvin Klein y de cómo le han llegado propuestas de todo tipo.
Me platica sobre los arreglos para la gira mundial que comenzará a inicios de marzo, desde los detalles técnicos hasta los más sorprendentes; el nombre de los muchachos del equipo, así como de la banda que lo acompañará arriba del escenario. Expone, inclusive, que existe un contrato con una empresa de entretenimiento para filmar cada concierto y convertirlo en un documental. Lo dice con simpleza y honestidad que, de no ser por el acierto detrás de cada palabra creería en tal insipidez, cuando lo inequívoco es la grandeza desarrollándose en pos, de la que él es capaz.
Cuando me habla sobre su familia las quesadillas están listas, la cocina está tibia, y su corazón tan cerca del mío que podrían latir al unísono. Pronuncia el nombre de su mamá y el de su papá, el amor que todavía los une, y el de su hermana Aaliyah, el afecto y la añoranza que surge debido a que casi no puede verla.
Entonces, me habla sobre Alessia y en un principio espectacular no reconozco el nombre, hasta que recuerdo una noche en especial de últimos de diciembre.
—Alessia será la telonera del tour —dice Shawn—. Abrirá los conciertos introduciendo una canción de su repertorio.
Desconozco qué decir, así que no digo nada.
—Iniciaré en Europa —comenta él—, en Ámsterdam, con la primera etapa de la gira. Los conciertos terminarán en la Ciudad de México.
—Quizá esté ahí —digo.
—Oh, estarás.
—Adulo esa confianza, Shawn, pero si todo va como debe de ir, estaré aquí estudiando la universidad.
Él hace un sonidito desde el fondo de su garganta.
—No puedo esperar para que eso ocurra —murmura—, tenerte aquí... siempre. Pero a eso no me refería. Las fechas para México coinciden con las vacaciones de invierno.
—Ah, cierto.
—Prométeme que estarás ahí.
Estoy a punto de responder, de decir: «sí, claro que lo prometo», porque no hay otra cosa que quiera más, pero una improvista desconfianza me hace vacilar. Hace falta casi un año para eso. Cualquier cosa puede pasar en un año. No significa que no tenga esperanza. Estoy inundada. Pero... ¿no es atrevido prometer algo sobre un futuro incierto? Más si este no está del todo en nuestras manos.
—África. —A Shawn no le agrada mi silencio. Toma mis piernas y tira de mí hasta el borde de la encimera, entonces metiéndose entre mis muslos—. Dime, dime que estarás ahí. Promételo.
Incluso en su voz hay cierta urgencia.
—Prometo que estaré ahí —digo.
Y ésta también es una promesa: él por sobre todas las cosas, por encima de mis esperanzas y expectativas, pero sobre todo, por encima de mis miedos.
Sus brazos rodean mi cintura. Me quedo quieta, mi rostro unos centímetros sobre el suyo, asombrada por tal muestra de anhelo. Es diferente a todo aquello que cometimos en la acera frente a la librería Douleur. Estábamos condenados a comportarnos medianamente decentes, pero ahora...
Su aliento se mezcla con el mío.
En un movimiento acucioso me ajusta contra él. Mis muslos se aprietan alrededor de sus caderas. ¡No debería estar haciéndome esto! Mi debilidad es él, por él no muestro dominio. Una de sus manos sube por el modesto espacio entre mis senos, hurgando en la ropa y arrugándola, y envuelve mi cuello. Oh, mi... Shawn aprieta e impone fuerza, pero no llega jamás a lastimarme. Me ahorca de manera deliciosa. El corazón me late a toda velocidad, o quizá es el suyo, golpeándome el pecho y repercutiendo en mi propio corazón.
Es éste tipo de control que tiene sobre mí el que más adoro, porque es utilizado estrictamente a placer. Sus labios encuentran mi barbilla y deposita besos al azar. Empieza a subir. ¿Qué es? ¿Qué quiere? La agonía está en su vacilación. Estrecha los dedos y asciende más... y lo sé. Quiere mi boca. Tal vez debería entregársela de una buena vez. Recibir el beso que, a mi consideración, merezco. ¿Acaso no le pertenece esta decisión? La está tomando, o por lo menos eso parece. A decir verdad, está un tanto abstraído...
Me besará, es todo cuanto he deseado.
Me aferro a su espalda, acercándolo a mí. Nuestras caderas se golpean. Casi me tiene gimiendo. ¿El momento no es perfecto? Lo es, cada momento con él es perfecto. Pero, ¿no es esta una espera demasiado corta? El tiempo es infinito; no presume de límites, y la espera ―como pauta― es subjetiva. Este es el momento, el que Shawn parece haber elegido. No me opondré, a pesar de la posible abstracción en la que actúa. ¿No resulta ser lo mismo? Si me hubiera besado en su casa, en el lago o en México. ¿Por qué se ha decidido a actuar ahora? ¿Cuál es la diferencia?
Tomo su rostro y lo detengo. Shawn respinga, sin habérselo esperado, y abre sus ojos.
—¿Ibas a besarme?
Su mano cae de mi cuello.
Se limita a verme. —Me has prometido algo —le recuerdo.
Suspira y deja caer su frente en la mía.
—Lo sé —murmura.
Un desliz, eso ha sido.
—Vamos —le susurro, contemplativa de su angustia—, comámonos esas quesadillas.
Él asiente brevemente. Me ayuda a bajar de la encimera, entonces permite que lo guíe al comedor. Mamá aparece de nuevo cuando es requerida. Shawn sirve la sidra que echó a la canasta de compras ante la menor oportunidad y nos sentamos a la mesa a comer. Mamá no ocupa el lugar al frente, nunca lo ha hecho, ni siquiera en casa, pero insta a Shawn a sentarse ahí mismo.
Le doy una mordida a mi quesadilla.
El queso derretido se consume en mi boca, juntándose con el aguacate y las piezas de tomate en una mezcla sazonada y ligeramente picante. Ahogo un gemido de satisfacción y Shawn esconde una sonrisa divertida. Mamá disfruta en silencio de la cena. Naturalmente, ella está cansada así que lo mínimo que puedo hacer es no...
Shawn me hace un gesto para hablar con ella.
Le ignoro deliberadamente probando un trago de la sidra en mi vaso.
Él carraspea. Enfoco mi atención en un punto del papel tapiz en la pared. Qué insustancial...
—África tiene algo por contarle —dice Shawn a mamá.
Internamente, maldigo en su nombre.
Mamá alza la mirada y me apremia a hablar. Lógicamente, acabo por contar sobre el incidente en la librería. No sé por qué estoy tan reticente... probablemente porque sé que si mamá sabe quién era/es ése hombre significaría que hay algo que está ocultándome.
—No pasó a mayores —dice mamá, a modo de implícita pregunta.
—No.
—Está bien.
—Pero no me explico cómo tenía un bolígrafo de nuestra empresa con una inscripción que hace años dejó de imprimirse. Creí que sólo la familia los utilizaba.
Cuando mamá ascendió a CEO en 2012, Empresas Ruiz pasó a ser referida como Edificios R. Y así ha sido hasta ahora.
—Pudo llegar a sus manos de cualquier forma, África. Un amigo de un amigo... como quiera pudo conseguirlo.
—Supongo que sí —digo.
Pero, mamá, usted no escuchó su voz... fue como oír el eco de una persona.
—Estoy cansada —dice mamá, levantándose de la silla—. Me retiro a la recámara. Buenas noches a ambos.
De alguna manera, al retirarse sin dar más explicaciones, sé que estoy enojada con ella.
Shawn alcanza mi mano a través de la mesa.
—Lo siento.
—Ella sabe quién es —digo, mirándolo a los ojos—. Sé que lo sabe. Nunca he tenido una pregunta para la cual ella no tenga respuesta.
—¿Por qué habría de ocultártelo? —pregunta Shawn, sin dudar un segundo de lo que digo.
—Porque piensa que está protegiéndome.
Él acaricia mi mejilla y yo suspiro recargándome en su tacto. —Para mañana, el asunto quedará atrás. Empezaré olvidándolo desde ahora.
—Argelia claramente confía en ti. — Shawn intenta cambiar de tema. Sonrío por su cándido esfuerzo.
—¿Por qué? —insinúo—. ¿Porque me dejó a solas con mi novio a mitad de la noche?
—Di eso de nuevo —dice él.
—¿Qué? ¿«a mitad»? No parece una palabra cargada de galanteo.
—Insolente —murmura Shawn—. Llámame tu novio.
Mis labios se estiran en una sonrisa que no tardo en ocultar. —No, no lo creo. Lo guardo para ocasiones especiales.
—África, no te hagas la difícil.
—Ella se contradeciría —digo— si, al entregarme independencia e inculcarme madurez recelara mis acciones. En su lugar, deposita confianza y apoyo en mí, y espera lo mejor de ello. Y yo no pienso defraudarla. Eres mi novio, ambos somos mayores de edad, sabemos lo que hacemos, ¿cierto?
—Nunca haría nada para perjudicarte —dice Shawn, vulnerablemente honesto.
—Lo sé —respondo—, y mamá debe de saberlo también, siquiera sospecharlo, para confiarme a ti y concedernos privacidad.
—Pero... no me conoce.
—Le he hablado de ti. Te conoce a través de mis ojos. ¿Me crees honesta?
—Siempre.
—Entonces, confía en esto por mí. ¿Me acompañas a la habitación y te quedas conmigo?
Llevamos los platos al fregadero y escapamos de las estancias. El pasillo de las habitaciones está oscuro y la puerta de la recámara principal está cerrada. El dormitorio a mi disposición está del otro lado del ala.
Llevo a Shawn a la alcoba.
—¿Somnolienta? —pregunta él, percibiendo el desmoronamiento de mis hombros.
—Un poco —respondo.
—Deberíamos ir a dormir.
—Sí.
Pero no vamos a dormir. No de inmediato. Shawn es el primero en aproximarse, llevando sus manos a mi cintura. Observa lentamente mi cuerpo, disfrutando de la oportunidad que una habitación vacía le concede. Uso un top corto con costuras de volantes que él parece adorar.
—Ahora —dice, muy cerca de mi boca—, ¿te gustaría contarme acerca de estos sueños que has tenido?
Mientras le hablé, y fui más pensamiento que prudencia, cometí la contradicción de contarle sobre mis noches.
—La verdad es que no, gracias.
Ríe con desdén. Deshace el lazo en el cuello del top con un simple jalón de sus dedos. El inicio de mis senos, las sombras alrededor de los montículos, queda al descubierto.
—¿Por qué no? —pregunta, en voz sublimemente baja. Y así empieza de nuevo; el tono ronco, las rojas emociones. Lo anhelé, en nuestro breve tiempo lejos, más de lo que diría.
—Porque no son dulces —respondo, falta de aliento.
Shawn alza la mirada; el color de sus ojos se apiña alrededor de la negra pupila, luchando por prevalecer.
—Quisiera juzgar eso —dice.
—Shawn —ruego—, no... no quiero.
—¿Contarme?
Coincido.
—¿Y si intento adivinar? —inquiere.
—Creo que ya te haces a una idea —digo, sin perder de vista los movimientos de sus manos de músico; sus dedos trazan el borde de mis senos y caen por el valle, donde el sostén los ajusta. Estoy hipersensibilizada, algo que sólo logro cuando él está cerca.
—Voy a hacerlo —contesta—, y tú serás sincera. ¿Tienes pesadillas?
—No, no sufro de ellas.
—Estoy descartando opciones. ¿Son sueños lúcidos?
Cierro los ojos, deleitada con la caricia y su voz, e intento no defraudar a El-Que-Todo-Lo-Ve con pensamientos pecaminosos.
—No —susurro, y cuando él lleva sus manos a la cintura de mis pantalones todas mis creencias comienzan por desplazarse a un lugar oscuro.
—¿Se te caían los dientes en este sueño?
—¡Shawn!
El botón sale de su ojal y el zíper es echado abajo.
—De acuerdo —ríe un poco—, sólo jugaba. Dime, bonita, ¿tienes sueños húmedos?
—Irrespetuoso —acuso.
—¿Sueñas con tu novio?
Sí.
—¿Esperarías que soñara con otro, acaso?
—No, eso me enojaría.
Sostengo la respiración y abro tenuemente los ojos. Shawn rodea mi cadera, manejando sus manos por la piel desnuda de mi espalda. —Quiero saber —murmura, acercándose sigilosamente a mi oído—, ¿estaba yo arriba de tu cuerpo?
A falta de aliento, me queda negar con la cabeza.
Shawn pausa, sinceramente confundido. —Entonces, ¿entre tus piernas?
—Menos.
Se retira.
—¿Te besada, te tocaba? ¿Qué te hacía, África?
—Me tomabas del cabello —digo— y te introducías en mi boca.
Me gratifica decir que he dejado a Shawn meramente sorprendido.
—Tú me complacías a mí —dice, meditabundo.
—Sí.
—Normalmente, cariño, es al revés. Los sueños húmedos son para autocomplacerse.
Le miro, entre la expectación y la incertidumbre. —¿Eso qué significa?
—Nada que no hubiera sabido antes —responde—. Eres para mí.
—¿Es mejor que ser tuya?
—Indudablemente mejor.
