El despertador sonó tan fuerte que podía asegurar que todos en la mansión lo habían escuchado.
"Mejor, así podrán hacerme el desayuno" pensó.
El día anterior había puesto la alarma al máximo volumen para no quedarse dormido y que fuera muy tarde cuando despertara. El avión salía a las nueve y media rumbo a Rumania, y eran las cinco. Aún tenía sueño.
—Debí ponerlo a las seis —dijo mientras se levantaba de la cama y apagaba el despertador. Se dirigió al armario y buscó ropa para ponerse. Cuando tuvo que elegir qué usar sobre la remera que había escogido dudó. Vino a su mente el recuerdo de lo que la chica de la tienda le dijo el día anterior…
Mokuba entró en la tienda de Otogi y vio que habían demasiados clientes. La mayoría estaban en las máquinas de videojuegos. Otros miraban la vidriera y dos hacían cola en el mostrador donde eran atendidos por una joven pelirroja que a Mokuba se le antojó muy bonita. Pero ignoró tales pensamientos para no sonrojarse, no había ido hasta allí para mirar chicas. Observó toda la tienda buscando dónde se hallaba lo que estaba necesitando. Pero a simple vista no lo encontró. Quizás preguntarle a la chica del mostrador dónde se encontraban era lo más acertado.
"Mmm… ¿buscando excusas para hablar con esa muchacha?" oyó que su voz interior le preguntaba. Detuvo la marcha que inició hacia la caja y miró a todos lados otra vez deseando encontrar a Otogi en algún lugar. Al menos con él se iba a sentir más cómodo.
"¡Wow! Ahora te interesan los chicos" se escuchó.
Se golpeó la frente con la palma de su mano. Maldijo desde el fondo de su corazón que su conciencia fuera tan sincera y liberal, como una vocecita que se reía de cada uno de sus actos.
—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó la empleada de la tienda. Mokuba se volteó lentamente y al ver que era él a quien se dirigía sonrió y avanzó hasta la caja.
—Sí, estoy buscando… —pero no pudo terminar porque ella lo interrumpió.
—Eres un chico muy atractivo, aunque tu pelo luciría mejor atado. Y ese chaleco bicolor no te favorece. —dijo subiendo sobre el mostrador y cruzándose al lado de Mokuba, quien estaba completamente sonrojado. Luego agregó:— Tal vez podríamos ser amigos, ¿no crees? Yo soy Zybil.
—Yo soy Mokuba —dijo, luego se sorprendió de no haber tartamudeado, como solía hacerlo cuando hablaba nervioso.
—Mucho gusto, Mokuba… —dijo cerrando los ojos y apretando los labios. Luego volvió a abrirlos para asegurar— Conozco tu nombre de algún lado; ¿sabes? Pero no recuerdo…
—Soy Mokuba Kaiba —respondió con expresión soberbia guardando sus manos en el bolsillo.
Los ojos de la joven se abrieron desmesuradamente, no lo podía creer.
—¿Un Kaiba aquí? —dijo llevándose ambas manos a la cabeza. Miró alrededor y luego preguntó— ¿Dónde está tu hermano?
Mokuba frunció el ceño y sacó las manos del bolsillo para cruzar sus brazos. Estaba… ¿celoso?
—Él no está aquí. —dijo cerrando los ojos y volteando su cara a un lado— No es mi niñera; yo puedo salir a la calle sin que tenga que acompañarme —agregó.
— Lo sé. ¡Ja ja! Te ves realmente atractivo cuando te enojas, aunque si tomaras en cuenta mi consejo serías irresistible —sonrió.
Miró el chaleco que colgaba de una percha y lo sacó del armario. Después buscó entre las demás prendas durante varios minutos hasta que al fin halló lo que buscaba: una campera de cuero negra con líneas grises en los brazos y botones con forma de calavera.
—Es hora de un cambio de look —se dijo mirándose al espejo que estaba en la otra punta de su cuarto. "Payaso" le dijo una vieja voz conocida, pero la ignoró y entró en el baño.
Al salir, cuarenta minutos después, bajó al comedor donde su hermano ya estaba desayunando. Además, estaba trabajando. Seto escribía con una mano en su laptop y con la otra sostenía la taza de café.
—Buenos días —le dijo a Mokuba sin mirarlo cuando este pasó a su lado para sentarse en el asiento que estaba enfrente.
—Buenos días, Seto —dijo el menor con la voz más ronca que pudo.
Kaiba cerró su computadora y miró a Mokuba unos segundos. Luego una carcajada asomó de su interior y no pudo detenerse durante los siguientes instantes en los cuales su hermano lo observaba muy irritado. Cuando su fastidio fue máximo e intolerable se dignó a protestar.
—¿Qué te…? —se interrumpió al ver que había hablado con su antigua voz habitual. Entonces carraspeó un poco y luego dijo— ¿Qué te sucede? —con su nuevo registro de cantante punk.
—Deja de actuar como payaso —dijo Seto cuando logró recuperarse de su ataque de risa (siempre sarcástica), aunque ese estado no duró mucho. Comenzó a reírse de nuevo pero en silencio. Al ver que no podía evitarlo, recostó su rostro tras sus brazos que se encontraban apoyados por los codos y con las manos cruzadas.
Mokuba, muy enojado, se levantó de su asiento y golpeó la mesa con ambas manos gritando:
—¡Ya basta!
Seto se calmó y descubrió su rostro ahora más sereno. Miró a su hermano una vez más, fijamente, y luego preguntó:
—¿A qué se debe tu cambio de look, Mokuba? ¿A quién te quieres parecer?
—A nadie —respondió con su voz habitual, tomando una de las tostadas que había sobre la mesa y volvió a sentarse —. Es sólo que así me veo más atractivo.
"Más ridículo" pensó Seto. Miró hacia la ventana para relajarse y una duda surgió en su mente. Al percatarse miró a Mokuba maliciosamente y preguntó:
—¿Por qué quieres lucir más atractivo?
—Porque de esa forma la chica que me gusta se fijará en mí. ¿No es obvio?
—Ah… —dijo Seto dejando de lado su laptop y tomando también una tostada— ¿Y cómo sabes que se fijará en ti con ese look? Quizás ya le gustabas antes…
—No —expresó Mokuba—. Ella misma me lo dijo.
Seto suspiró. Quizás lo que su hermano necesitaba era un consejo. Y si bien tenía uno, era consciente de que Mokuba no se lo tomaría bien. Por eso, decidió decir primero lo que pensaba al respecto, haciendo algo así como una introducción. La reacción de él determinaría la actitud a tomar.
—Esa chica está jugando contigo. Si realmente le gustaras no pretendería que lucieras diferente.
Mokuba se quedó observándolo y analizando sus palabras al mismo tiempo. Probablemente Seto estaba en lo cierto. Muy probablemente. Apenas conocía a Zybil, era muy pronto para besar el suelo que ella pisaba. Y ella tampoco lo conocía a él. Sí, Seto decía la verdad pero a Mokuba le dolía mucho reconocerlo y prefirió refutar tal conclusión.
—¿Qué sabes tú de gustos? ¿Eh? —dijo muy irritado— ¿Cómo te atreves a opinar sobre lo que las chicas pretenden cuando nunca te conocí una sola novia? ¿Por qué no usas tus malditos consejos contigo y me dejas en paz? —y a continuación se dio media vuelta y emprendió su salida.
—Estaré aquí cuando quieras disculparte —dijo Seto y volvió a tomar su café.
—Apúrate Shizuka. Recuerda que hay que estar en el aeropuerto dos horas antes de que despegue el avión para que revisen las maletas de los pasajeros —dijo Jonouchi golpeando la puerta del cuarto de su hermana que continuaba recostada. Había regresado cada diez minutos desde hacía ya una hora y la chica no le hacía caso.
Miró por la cerradura y comenzó a enojarse. Empujó la puerta, entró en el cuarto con cara de asesino y le arrebató el teléfono de la mano a la castaña que lo miraba confundido.
—¡Ya basta Honda! —gritó muy pero muy irritado— Te he dicho mil veces que dejes de llamar, molestar y acosar a mi hermanita— y cortó. Eso era el colmo; según su código de amistad las hermanas de los amigos no tenían bigotes. ¿Acaso Honda no lo entendía? ¿No lo sabía? ¿O no lo consideraba un amigo? Miró a Shizuka y le dijo—. Tenemos que ir al aeropuerto dos horas antes. ¿Qué no lo recuerdas?
—Lo sé, Jonouchi. Pero perder cinco minutos en una simple conversación con tu mejor amigo no nos hará perder el vuelo. Cálmate —repuso serenamente mientras tomaba su valija y enfilaba hacia la puerta.
—Hace una hora que te estoy llamando, corazón. No hace cinco minutos.
—Bueno… —Shizuka ya estaba afuera del cuarto bajando las escaleras y Jonouchi trataba de alcanzarla— De cinco minutos a sesenta no hay mucha diferencia —su hermano se golpeó la cabeza con la palma de su mano maldiciendo a sus padres por darle una hermana en vez de un hermano menor que no le trajera a fin de mes una factura de teléfono gigante—. Cuando hablo con Honda me divierto tanto que el tiempo se me pasa volando.
Jonouchi, que estaba bajando las escaleras, se detuvo en seco al escucharla.
—¿Estuviste hablando por teléfono con Honda durante toda esa hora? —preguntó incrédulo.
—Así es, Jonouchi.
—¿Y lo llamaste tú o te llamó él? —saber algo así era fundamental.
—Él me llamó —respondió Shizuka entrando en la cocina después de haber dejado la maleta sobre un sillón de la sala junto a la de su hermano.
Jonouchi suspiró aliviado; Honda tendría que pagar una llamada telefónica de sesenta minutos. Ojalá su sueldo de repartidor de pizza alcanzara para eso. Miró el teléfono y vio que aún tenía el celular de su hermana en la mano. Eso le había dado una idea…
Un rato después su hermana salió de la cocina con una bandeja que contenía dos tazas de chocolate caliente y medialunas. La colocó sobre la mesita y se sentó en el sofá.
—¿Has hablado con Yugi? —le preguntó a su hermano que se acercaba lentamente listo para abalanzarse sobre el desayuno.
—Sí, lo llamé ayer.
—¿Va a participar del torneo?
—¿Dónde viste que Yugi no participe en un campeonato, Shizuka? —preguntó con la boca llena— ¡Claro que participará!
—Pues me alegra mucho. Ayer llamé a Anzu y no respondió mis llamados —Shizuka se limpiaba las migas que habían caído en su chaqueta celeste desde la boca de su hermano.
—Podría haber salido, ¿no crees?
Shizuka asintió a pesar de que dudaba mucho que ese fuera el motivo por el que Anzu no respondiera. Lo más probable era que estuviera enojada.
—Aún no entiendo por qué le hizo eso a Zybil —agregó Jonouchi.
Su hermana lo observó, él ya no estaba comiendo. Estaba pensando, estaba tratando de encontrarle una explicación a lo inexplicable.
No volvieron a hablar hasta que terminaron de desayunar.
Mokuba entró en la tienda de juegos de Otogi con una sonrisa de satisfacción. Había llegado hasta allí caminando, y en el trayecto notó que muchas chicas lo observaban y sonreían. Y algunas, al verlo, secreteaban con sus amigas y reían nerviosamente. Se estaba convirtiendo en un conquistador, y todo gracias a esa joven espectacular que era Zybil.
Caminó hasta la caja pero la pelirroja no estaba allí. Miró alrededor buscándola. No podía contener la ansiedad. Al mirar hacia la zona de videojuegos se cruzó con las caras de varios muchachos, quizá de su misma edad, que lo observaban muy sonrientes. "Sí, tiene mucho efecto esto" escuchó en su mente. Frunció el ceño enojado consigo mismo, pero los chicos pensaron que era por ellos y volvieron a concentrarse en el juego.
—¿En qué puedo ayudarte? —oyó decir aquella voz angelical detrás de sí. Se volteó muy sonriente y se cruzó con la cara de la empleada de la tienda que sonreía también.
Pero pronto esa sonrisa se escabulló de su hermoso rostro. Sus ojos se abrieron sorprendidos. Miró a Mokuba de arriba abajo y luego posó su vista en el mostrador de brillante superficie —obviamente limpiado a diario por ella—. Quizás no había visto bien. Se refregó los ojos con ambas manos y volvió a mirar al chico. Salió de atrás del mostrador y se paró a su lado. Mokuba se mantenía expectante ante su posible reacción, sabía que ella estaba impresionada, se notaba en el aire, en su rostro, en ese brillo especial que sus ojos no habían tenido en su anterior encuentro.
Zybil lo miró a los ojos y sus labios se curvaron en una adorable sonrisa. Los de Mokuba reaccionaron igual. Poco a poco los dientes de la joven comenzaron a asomarse…
"Ya es tuya" pensó Mokuba. Pero…
—¡Jajajajajajajajajajaja! —no se pudo contener— No puedo creer que tomaras en cuenta lo que te dije, Mokuba… —se burló sin dejar de reírse.
La sonrisa del rostro del joven se borró. Sus cejas se curvaron provocando que su ceño se frunciera. ¿Qué diablos estaba diciendo…?
—No te entiendo…
—¡Otogi! —gritó animada. Su amigo tenía que ver eso— ¡Otogi! ¡Ven aquí! ¡Parece que tienes un admirador! — la última palabra la dijo con una entonación que a Mokuba le resultó insoportable. La ira iba creciendo en su interior… ¿Cómo podía esa chica tomarle el pelo así luego de todo lo que había hecho para agradarle?
—Eres…
—¿Qué pasa Zybil? —dijo Otogi acercándose. Al ver que la chica no dejaba de reírse comenzó a buscar el motivo de tal estado. Al cruzarse con la visión de una ridículo Mokuba que parecía enojado no pudo evitar emitir una ruidosa carcajada— ¿Qué haces vestido como payaso, Mokuba?
La risa de Otogi lo enfureció tanto que acudió a su inteligencia hasta entonces ignorada.
—Ya la escuchaste: me disfracé de ti. ¿No estoy igualito? Un payaso. Claro, la copia nunca va a tener la misma calidad que el original — "Bien" dijo su voz interna. "Responde a eso bufón de m…"
Otogi dejó de reírse y se acercó a Mokuba dejando su cara enfrente a la del chico. Con un enojado tono amenazador dijo:
—No voy a permitir que a mi tienda vengan tontitos así que…
—Muchos clientes entran a la tienda porque se sienten identificados con los dueños. Ahora si acá entran "tontitos"… —le respondió Mokuba sin dejarse intimidar. ¿Quién era más estúpido: Otogi o Zybil?
Otogi lo agarró del cuello de la remera con la peor de las caras. Error… El puño de Mokuba impactó en su rostro con mucha fuerza, con toda la fuerza que Mokuba tenía almacenada porque lo cierto era que jamás había golpeado a nadie…hasta ahora. Otogi se tambaleó y lo soltó para tomarse la mandíbula. Eso sí que había dolido.
Mokuba dio un paso atrás y le dijo:
—Ya mismo voy a sacarme este ridículo atuendo, no me lo merezco — iró a la pelirroja y agregó—. Lo vas a lamentar mucho, Zybil. Ya lo verás.
La chica abrió los ojos al máximo y emitió una sonora carcajada. Mokuba asintió con la cabeza y salió de la tienda a la vez que se soltaba el cabello y arrojaba la campera en el camino. El que riera por último, reiría mejor.
Honda ya estaba en el aeropuerto con Yugi y Anzu. A pesar de que la castaña se había negado rotundamente a acompañarlos, Yugi no dejo de insistir hasta que ella cambiara de opinión. Y lo cierto es que no tardó mucho en lograrlo; que Yugi quisiera su compañía era suficiente para dejar de lado todo lo que había pasado. Honda se había alegrado mucho al verla, seguramente Yugi le había hecho a ver su error. Eso era bueno, si Zybil llegaba y Anzu trataba de arreglar las cosas el viaje sería más agradable.
—¿Estás enojada Anzu o ya has digerido lo que pasó anteayer?
—Está todo bien Honda. Cualquiera puede cometer un error. Lo importante es que seamos amigos y que tengamos la capacidad de perdonar nuestros errores —sonrió.
—Me alegra mucho que pienses así, Anzu, y que estés dispuesta a arreglar las cosas. Ya verás que cuando le pidas disculpas a Zybil las cosas volverán a ser como antes.
¿Qué? ¿Acaso Anzu había escuchado bien? ¿Pedirle disculpas a Zybil?
—Yo no tengo que pedirle disculpas a nadie —aclaró Anzu mirándolo con unos ojos que lanzaban chispas.
Honda frunció el ceño al escucharla. "Lo mejor hubiera sido que no quisiera viajar… Quién sabe qué diablos puede hacerle ahora a Zybil."
Ahora el humor de Anzu había cambiado. No lo podía creer, Honda no le creía. Prefería confiar en una desconocida a confiar en ella que lo conocía hace años.
—Mira Honda —dijo muy enojada, pero lo más seria que pudo—. Todo lo que esa chica dijo el otro día es mentira.
—Ya déjalo Anzu…
—No. Diablos, ¿por qué no usas la cabeza? ¿Qué razones podría tener yo para romper ese estúpido muñeco?
Honda pensó un poco y la miró confundido. No se había puesto a pensar en eso…
—Por celos —dijo Otogi que se acercaba detrás de ellos junto con Zybil—. Porque querías perjudicarla en su trabajo. Porque no puedes tolerar que Zybil sea nuestra amiga y que pasemos más tiempo con ella que contigo. Pero por si no lo recuerdas, te hemos invitado a todos los lugares a los que salíamos y nunca asistías ya que estabas muy ocupada divirtiéndote con tus nuevas amigas del instituto.
—Yo no estaba hablando contigo, Otogi —contestó la castaña—. Y tampoco me interesa lo que digas porque ya veo que…
—Ya no quiero que discutan por mi culpa —dijo Zybil apenada—. Yo ya olvidé todo lo que pasó, Anzu. Ya te perdoné por todo lo que me hiciste. Ahora tratemos de disfrutar el tiempo que estemos juntas y quizás lleguemos a ser amigas —sonrió.
A Anzu le faltaba poco para lanzar humo por las orejas. Jamás había llegado al extremo de odiar a alguien…hasta ahora.
—Pues yo no te perdoné por todas las mentiras que has dicho… Y si sigues con esto va a ser peor para ti —le aclaró Anzu. Eso era el colmo.
—Ya deja de amenazarla Anzu… —dijo Otogi irritado— Ahí tienes las pruebas Yugi, tu amiga se acaba de sacar la careta.
Yugi lo miró con una clara expresión de desilusión, pero no por lo que Otogi pensaba.
—Hay muchas caretas aquí —dijo sereno—. Pero aún no se han caído. Anzu, vayamos a tomar algo hasta que sea hora de volar.
Otogi lo miró impresionado. ¿Acaso Yugi seguía sin ver la verdad? Anzu lo tenía enceguecido.
Ambos chicos se fueron a la cafetería del aeropuerto sin esperar a los hermanos porque sería tener que tolerar más de lo mismo.
Seto estaba sentado en el asiento del avión con la laptop ante sus ojos. El avión no había despegado aún porque Mokuba no llegaba. Se había pasado toda la mañana afuera de la casa. Kaiba sabía que se había ido caminando, porque Isono así se lo comunicó. El chico se había negado a utilizar la limusina.
Kaiba sintió un poquito de remordimiento por haber dejado salir a su hermano con ese atuendo… ¿Y si ahora no quería viajar?
"Lo mato."
Llamó a uno de sus empleados y le ordenó que llamara a la casa para ver si Mokuba se encontraba allí. Si su hermano no viajaba, él menos. Al fin y al cabo, había accedido a ese viaje sólo por él ya que se mostraba muy entusiasmado.
—Ah, ¿no? —escuchó decir al otro joven.
"¿No qué?" Le quitó el teléfono de la mano y habló él.
—Mokuba está ahí.
—Eh… señor Ka…Kaiba— Seto puso los ojos en blanco. Estaba comenzando a darse cuenta de que asustar a sus empleados realmente le hacía perder mucho tiempo—. Su hermano llegó aquí hace veinte minutos, pero ya salió de la mansión con su maleta en la mano…
Kaiba cortó. No era necesario saber más nada, Mokuba estaba por llegar. Le devolvió el teléfono al otro muchacho y volvió a concentrarse en su trabajo hasta que su hermano apareciera.
Mokuba entró en el avión y recordó lo que aquella más temprano había ocurrido: su discusión con Seto. Su hermano le había dicho la verdad. ¿Por qué no lo había escuchado? Estaba claro: por Zybil.
"Esa furcia…"
Avanzó hasta por el corredor del avión para sentarse junto a su hermano. Se juró no volver a ignorar sus consejos, aunque ahora tuviera que aguantarse que Seto apenas le echara un vistazo y se diera cuenta de que estaba en lo cierto con solo ver que se había cambiado la ropa. Y lo peor de todo es que su hermano se jactaría de que tenía razón con su irritante silencio que a gritos decía: te lo dije.
Llegó a su lado y se sentó en el asiento sin decir una palabra. Kaiba apenas desvió la mirada del computador para observarlo durante unos instantes casi imperceptibles, pero Mokuba sabía que lo había hecho. Siguió ocupándose de sus asuntos sin decirle nada.
El menor suspiró. Aquello era muy irritante. Sabía que Kaiba esperaba una explicación, pero jamás iba a decírselo. Y él no iba a humillarse. No señor, esta vez no.
—Tenías razón.
Kaiba cerró su laptop y cruzó sus brazos encima. Miró a Mokuba aguardando que le explicara todo.
—Estaba burlándose de mí… Es una reverenda zorra.
Kaiba asintió y volvió a abrir su laptop. Su hermano lo miró de reojo. ¿Acaso eso era todo? Vaya hermano mayor…
—Parece que esa chica te ha enseñado una lección —dijo calmadamente. Mokuba lo miró muy pero muy enojado. Hubiera sido mejor que se quedara callado—. Ahora falta que ella aprenda la suya…
Kaiba comenzó a pensar en qué podían hacerle a esa muchacha, nadie se metía con su hermano…
—Y yo mismo se la voy a dar —aseguró Mokuba.
Zybil se la iba a pagar… tarde o temprano. Mejor temprano.
