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Bella había pasado por delante de Front Page Books, en la esquina de la calle Cuarta Oeste infinidad de veces y sabía que era una de las pocas librerías independientes que quedaban en Manhattan. Esa mañana, en su camino de vuelta a su apartamento, después de pasar cuatro noches seguidas en el de Edward, vio en el escaparate un anuncio de los nominados para el premio de ficción de los Young Lions, que incluía uno de los títulos que ella había recomendado como finalista. Sintió que se trataba de una señal y abrió la puerta de cristal haciendo sonar una campanita. Un gran gato atigrado naranja acudió corriendo y le rodeó los pies. Bella se inclinó y le acarició la suave cabeza. El gato se frotó contra sus piernas con la cola en alto.

Merlín, ven aquí —lo llamó una mujer desde detrás del mostrador. Llevaba una camiseta y vaqueros y un montón de joyas color turquesa. Parecía joven, no mayor de treinta años, aunque tenía el pelo casi gris—. Lo siento —le dijo a Bella—. No sé qué le ha dado últimamente. Después de diez años, de repente, saluda a todos los clientes y no todo el mundo desea añadir ese complemento en particular a su experiencia de compras.

Se acercó y cogió en brazos al animal, que ronroneaba con fuerza.

—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó, casi como si acabara de ocurrírsele.

Bella no sabía por qué había entrado en la tienda, pero en cuanto la mujer le preguntó si podía ayudarla, la respuesta fue obvia.

—Me preguntaba si tendrías alguna vacante disponible.

—Posiblemente —respondió la otra—. ¿Tienes experiencia?

—Soy bibliotecaria —afirmó Bella y le gustó decirlo.

—¡Oh, nuestras pobres y atribuladas bibliotecas! —se lamentó la mujer—. ¿Qué vamos a hacer con todos esos recortes en la financiación? Sin bibliotecas no hay librerías. La historia verá esto como la decadencia de nuestra civilización. Dicen que se juzga a una cultura por su arte, no por su política. O algo así.

—He visto el anuncio de los nominados al premio de ficción de los Young Lions en el escaparate.

No mencionó que había formado parte del comité de selección.

—¿Cómo te llamas? —preguntó la mujer.

—Bella Swan —contestó.

—Déjame tu número de teléfono, Bella —le pidió—. Te llamaré cuando haya hablado con mi socio. O mejor aún...

Dejó a Merlín en el suelo y regresó al mostrador. Le indicó a Bella que la siguiera. Rebuscó en un cajón y le dio una tarjeta.

—Soy Lucy —le dijo—. Envíame por correo electrónico tu currículum.

—Genial —exclamó ella, intentando contener la excitación—. Lo haré. ¡Gracias!

Ya en la calle, regresó rápidamente a su apartamento. Apenas había pasado tiempo en casa durante las últimas dos semanas, pero había decidido que ese día sería un día de búsqueda de empleo en serio y sintió que Front Page Books era un comienzo prometedor. Le enviaría su currículum a Lucy y si parecía un pelín demasiado ansiosa al enviarlo cinco minutos después de su encuentro, que lo pareciera. Echaba de menos los libros y deseaba encontrar su lugar entre ellos. Como había intentado explicarle a Edward, eso no era sólo lo que necesitaba, sino lo que deseaba profundamente.

Subió la escalera esperando que Alice estuviera en casa. No había hablado con ella desde hacía días.

—Eh, desaparecida —la saludó la chica cuando ella entró en el apartamento.

Sintió un aguijonazo de culpa, porque Alice le había mandado un mensaje la noche anterior diciendo que la llamase lo antes posible y Bella, que estaba en el cine con Edward cuando lo recibió, se había olvidado de responderle más tarde.

—Hola —dijo—. Siento no haber contestado anoche a tu mensaje. Estaba en el cine y luego...

—No sigas —la interrumpió Alice agitando la mano—. Sólo puedo imaginar cómo son las cosas en el nidito de amor de Edward. Por cierto, tu madre ha llamado unas veinte veces.

Ella suspiró. Había estado evitando hablar con su madre desde que la habían despedido. Si le decía que no tenía trabajo, la campaña para hacerla volver a casa sería dolorosa e implacable.

—Lo siento mucho —se disculpó.

—En serio, dale a esa mujer tu número de móvil ¡o lo haré yo! —la amenazó Alice, moviendo el dedo en un gesto de fingida amonestación.

Y fue entonces cuando Bella se fijó en el gran diamante que brillaba en el dedo anular de la mano izquierda de su compañera.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó, a la vez que atravesaba la estancia con unos cuantos pasos rápidos y cogía la mano de Alice—. ¿Es esto lo que creo que es?

La chica asintió, sonriendo de oreja a oreja.

—Me lo pidió anoche. Por eso te mandé el mensaje. Bella tiró de ella para levantarla y la abrazó.

—Felicidades —le dijo y sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas de felicidad por su compañera de piso.

Aunque en seguida se sintió avergonzada por el pensamiento tan egoísta que le cruzó la mente: en esos momentos no sólo no tenía trabajo, sino que probablemente estaba a punto de quedarse también sin casa.

Le sonó el teléfono y soltó a Alice para sacarlo del bolso.

—Perdona —se disculpó—, un segundo. ¿Hola?

—¿Dónde estás? —preguntó Edward. Sonaba levemente ansioso.

—En mi apartamento. ¿Por qué?

—Coge un taxi y reúnete conmigo en la Sesenta y seis con Madison.

—¿Ahora? Acabo de llegar —replicó, mientras entraba en su habitación y cerraba la puerta. Sacó el portátil—. Y tengo que enviar un currículum...

—No nos llevará mucho tiempo. Y después te llevaré de vuelta a tu apartamento si quieres.

—¿Qué hay en la Sesenta y seis con Madison?

—La boutique Gaultier. Meneó la cabeza.

—¿Y por qué voy a reunirme contigo en la boutique Gaultier?

—Porque acabo de encontrar el vestido perfecto para ti —respondió él, como si fuera la respuesta más obvia en el mundo.

—Edward, no necesito un vestido Gaultier. —Incluso ella, a pesar de su ignorancia total de la moda, conocía a Jean-Paul Gaultier y sus provocativos diseños. Si no por otra cosa, por ser el diseñador de la gira de Madonna, la AmbiciónRubia, de los noventa.

—Por supuesto que lo necesitas —repuso Edward—. ¿Qué vas a ponerte para la gala de los Young Lions?

Bella se alejó el teléfono del oído y le lanzó la disgustada mirada que le habría dirigido a él si hubiera estado de pie delante de ella. Luego volvió a acercárselo.

—Me despidieron, ¿recuerdas?

—¿Y? Aun así vendrás como mi acompañante, ¿no? Ahora mete tu culo en un taxi. Sospecho que lo único que puede resultar más sexy que tú desnuda serás tú con este vestido.

Bella sonrió.

—Vale. Espérame ahí. Iré lo antes que pueda.

Colgó. Y luego abrió el portátil para enviar el currículum.

No era tanto un vestido como una creación, una prenda de fantasía de fino encaje negro hasta el suelo. Con el cuello cerrado y pequeñas mangas cortas, flirteaba con el conservadurismo, mientras el cuerpo del vestido se ajustaba al cuerpo como una segunda piel terminando en una cascada de delicado encaje a sus pies.

—Super, ultrasexy, ¿verdad? —preguntó el dependiente, un tipo negro muy delgado, llamado Mike.

Llevaba el pelo muy corto decolorado, casi blanco, y los ojos perfilados. Bella, con un interés recién descubierto por el maquillaje desde la sesión fotográfica, se resistió al impulso de preguntarle por la marca de su lápiz de ojos.

—Muy sexy —asintió Edward.

Ella se miró al espejo y no pudo estar más de acuerdo. El vestido era asombroso

y se sentía como si estuviera hecho para ella. Sólo había un problema.

—Es muy... esto... muy transparente —comentó, afirmando lo obvio.

—Podría forrarlo —comentó Mike despacio. Sin embargo, por el rápido mohín de sus labios dejó claro que lo consideraba un sacrilegio—. Aunque cuando el señor Gaultier lo mostró en la pasarela, deseó resaltar la transparencia del encaje.

Cogió una gran carpeta con tres anillas y la abrió por una página marcada, para mostrarles una foto del vestido en el desfile de moda de otoño de Gaultier. La modelo lo llevaba con un sujetador y un tanga rojos debajo.

—Oh, eso no va a pasar —auguró Bella—. Vamos a un acontecimiento social en la biblioteca —señaló deliberadamente mirando a Edward, como si éste lo hubiera olvidado.

Mike asintió, más comprensivo ahora que veía que la reticencia de Bella se debía más a la ocasión que a incompetencia en el vestir.

—Si quiere mantener el look sin ser demasiado arriesgada, puede ponerse un sujetador de media copa y un culotte de encaje. Puede llevarlo en rojo o, si realmente quiere ir sobre seguro, en negro.

Ante la insistencia de Edward de que llevara siempre lencería, y su dedicación a proporcionársela, Bella disponía de un enorme surtido entre el que escoger. Podría encontrar prácticamente cualquier color para ponerse debajo del vestido en su colección personal.

—Rojos —afirmó Edward sonriente.

—Negros —replicó Bella, cruzando los brazos. Él miró a Mike.

—Adjudicado.

Caminaron por la avenida Madison cogidos de la mano. Pasaron junto a Barneys, Calvin Klein y Tod's. Bella se colocó bien la bolsa de Gaultier sobre el hombro.

—Podrías haber comprado el vestido sin haberme hecho venir —comentó. Edward la miró como si hubiera hecho una sugerencia atroz.

—¿Sin que tú te lo probaras primero?

—Eso nunca solía detenerte antes —replicó ella.

—Vale, ahí me has pillado. Sólo quería una excusa para verte.

—Pero ¡si me he ido de tu apartamento esta mañana!

—Exacto —afirmó él —. Ha transcurrido demasiado tiempo.

Bella sonrió y negó con la cabeza. Las mujeres que pasaban miraban a Edward y luego a ella. Bella nunca sabía si la gente lo reconocía por las revistas y las webs de cotilleo o si simplemente lo consideraban guapo; tal vez la imagen de dos personas locamente enamoradas bastaba para llamar la atención.

—¿Estás seguro de que es buena idea que vaya a la gala? —preguntó—. Rosalie se va a poner hecha una fiera.

—La verdad es que no podría importarme menos lo que Rosalie piense y tampoco debería importarte a ti. El único motivo por el que no le he dicho exactamente lo que pienso respecto a que te despidiera es porque me rogaste que no lo hiciera.

—Me sentiré incómoda—insistió. Edward se detuvo y la miró.

—No será así. Tú tienes tanto derecho a estar ahí como cualquier otro. Trabajaste en ese premio y deberías vivirlo.

Bella sabía que tenía razón, no debería importarle lo que Rosalie pensara. Ya no trabajaba para ella. Aparecer en la gala podría ser la mejor forma de dejar ese episodio atrás.

—Por otro lado —continuó Edward mientras le rodeaba el rostro con las manos y la besaba en la boca—. Yo tengo que ir. Presentaré al primer nominado. Y si yo voy, tú vas; quiero que estés a mi lado. Siempre.

Profundizó el beso y Bella pegó su cuerpo al suyo. Entonces supo exactamente por qué la gente se los quedaba mirando.