Entró un poco de luz cuando abrieron la puerta. Entonces pudo orientarse en aquel lugar. Era una celda sin ventanas, lisa y gris, con una puerta oscura de metal y una fina rendija en ella. En el techo, del lado opuesto del calabozo habían dos pequeños agujeros de donde caían gotas de agua, ya no tan caudalosamente como la noche anterior porque la lluvia había menguado.

Se aproximaron, la tomaron por los brazos y la sacaron de la celda. Volvieron a arrastrarla por aquellos angostos pasillos hacia la salida. Luego entraron en una gran sala de paredes blancas con varias sillas y algunas mesas de madera. Había mucha gente allí. Todos eran destacados habitantes de Chester. Todos estaban esperando verla entre llamas...

Los pozos que había en la calle húmeda por la reciente lluvia hacían que la carreta se tambaleara a cada rato y contribuían para que su irritación aumentara. Estaba muy fastidiado por culpa de esa reunión a la que lo habían prácticamente obligado asistir. Exacto, la tarde anterior Tea no dejaba de insistir en que debían preocuparse por Devlin. Pero... ¿Qué demonios le importaba a él lo que su estúpido primo hiciera?

La carreta se detuvo y bajó. Avanzó hacia la corte de justicia donde Crawford trabajaba y no necesitó mirar atrás para saber que Salomón lo seguía, así que paró en seco y dijo:

—Será mejor que vuelvas a la carreta. Podría no estar ahí cuando necesitemos volver.

—Sí, señor – dijo el anciano canoso y de corta estatura, y regresó apresurado al vehículo.

Seto volvió a caminar hasta el edificio y entró. Uno de los oficiales lo condujo hasta el despacho de su jefe y luego se retiró.

—Oh, joven Kaiba— dijo el hombre alto y de largo pelo blanco—, veo que ha recibido mi telegrama.

No respondió. Solamente se acercó al escritorio y permaneció de pie con sus manos sobre el respaldo del asiento.

—Tome asiento, por favor— lo invitó el Juez.

—No, gracias— dijo secamente, molesto porque Crawford parecía querer evitar ir al grano—. Tengo poco tiempo así que comienza de una vez— le espetó con leve brusquedad.

Crawford solo sonrió y luego cruzó sus manos. Apoyo su mentón sobre ellas y dijo:

—Tengo mucho para decir, Kaiba. Muchas cosas sobre la muerte de tu primo Devlin Kaiba.

— ¿Muerte? ¡Imposible!

— ¡Atrápenla!— le gritó a los oficiales que salieron corriendo fugazmente tras ella.

Corrió lo más rápido que pudo; más rápido de lo que había corrido durante toda su existencia porque su libertad dependía de ello, y muy probablemente su vida también. Miró hacia ambos lados sin encontrar a dónde ir y entonces continuó avanzando. Al llegar a la esquina del edificio dobló y siguió corriendo hasta meterse entre los árboles. No sabía si la habían visto, por eso siguió andando agachada. Vio cómo los hombres avanzaban hacia la arboleda y permaneció parada tras uno hasta que se alejaron un poco más.

Salió de su escondite y corrió rumbo a una carreta que había en el camino. En ella estaba un anciano que tenía la mirada fija quién sabe dónde, pensando quién sabe en qué. Subió por la parte trasera haciendo el menor ruido posible y se ocultó bajo el asiento que estaba cubierto por una alfombra. Si no la veían posiblemente llegaría a escapar.

Minutos después Seto salió del despacho de Crawford. Se cruzó en su camino con varios oficiales que corrían con prisa como buscando a algo o alguien. Pero no les prestó atención. Y no tenía por qué hacerlo.

Se encontraba mucho más fastidiado de lo que estaba cuando ingresó al edificio. Lo cierto era que no tenía ganas de andar hospedando a cada persona que tenía algo que ver con su familia. Maldito Devlin pensó. Ni muerto me deja en paz.

Si no fuera por su hermana jamás habría asistido a esa reunión con Crawford, y menos acompañado por Salomón. Si no fuera por su hermana hubiera sido fácil olvidar que tenía un primo llamado Devlin. Avanzó hacia el vehículo pateando cada piedra que encontraba en su camino. Si no fuera por su hermana ya habría vendido Beeston a cualquier condado vecino. A Lancaster quizás.

Cuando llegó a la carreta le dijo a Salomón que condujera de regreso al castillo.

Subió al carruaje y miró el piso que estaba cubierto con grandes manchas de barro.

—Este viejo idiota— murmuró—. De seguro se puso a dormir acá adentro y embarró todo con sus sucias botas.

Quedó paralizado un momento creyendo haber oído una risa contenida. Escuchó atentamente pero no sintió nada más. Le había parecido que alguien en la carreta reía.

—Estoy enloque... ¡Maldito viejo!— gritó mientras se tambaleó en la parte posterior del vehículo que comenzaba a andar.

Pronto ella percibió que la carreta se detenía y que el hombre que se encontraba adentro salía. Aguardo unos segundos para asegurarse de que era el momento indicado para escapar. Salió de abajo del asiento y corrió lentamente la cortina para tener la certeza de que nadie la veía. Pero no era así. Vio como dos hombres, el anciano que había visto antes y otro mucho más alto de pelo castaño venían de regreso. Bajó la cortina rápidamente y volvió a esconderse lamentando su mala suerte.

— ¿Qué fue eso?— dijo Kaiba señalando el asiento.

—No sé de qué habla, señor— dijo Salomón y luego sonrió—. Eso es el banco de la carreta.

— ¡No! La alfombra se movió.

—Seto, la alfombra está suelta y puede moverse fácilmente...— insistió.

—Sí, pero... ¡Ya deja de llamarme Seto!— gritó muy fastidiado. En menos de un segundo volvió a su postura indiferente y le dijo sin mirarlo—. Soy Señor Kaiba para ti. ¡Y ahora vete de que aquí!

El anciano obedeció y volvió a la parte delantera del vehículo no sin antes murmurar algo sobre el mal carácter del "Señor Kaiba." Si su nieto no se hubiera casado con una Kaiba él no tendría que trabajar para ellos. Pero así de injusto era su destino.

Kaiba entró en la carreta sin dejar de mirar el banco. Podía jurar que había visto la alfombra moverse. Sentir risas... ver cosas moverse... Estaba enloqueciendo. O no...

Se agachó junto al banco y levantó la alfombra.

— ¿Qué diablos...?