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Capítulo 70

— Édgar Niven —dijo Albert cuando Miriam le pasó la llamada.

—¡Albert Ardlet! ¿Cómo estás?

—Sobreviviendo...

—Me enteré de lo que te pasó; lo del terremoto en Japón. Terrible.

—Sí. ¿Cómo lo supiste? No digas nada; la revista. Te vi en la portada con...

—Mi mujer. Lavinia.

—Felicidades. Nos han atrapado, ¿eh? Yo no me quejo.

—Yo tampoco —dijo Niven, riendo.

Se habían conocido hacía ya tres años en un congreso, y a pesar de que no se veían con la frecuencia que les gustaría, habían congeniado desde el primer momento. Se admiraban mutuamente en lo profesional y tenían muchas cosas en común, pues ambos eran perfeccionistas y amaban su trabajo. Se tenían la confianza que inspira el respeto, y en varias ocasiones habían comentado lo mucho que les gustaría hacer algo juntos. «Quizá éste sea el momento», se dijo Albert.

—Escucha, Edgar, y respóndeme con franqueza. Me llegó el rumor de que trabajas en un proyecto para construir estructuras a prueba de movimientos sísmicos y que tenías a unos japoneses interesados en invertir en él.

—Lo estoy desarrollando, Albert. Esto que te voy a decir es confidencial, pero sé que puedo confiar en vos: el proyecto va lento. Mis inversores japoneses se quedaron por el camino. Necesito otro inversor bastante sólido, y cuesta encontrar a alguien de confianza.

—Bien, puedo ayudar en eso. Necesito involucrarme en tu proyecto, así que si no te opones, te pondré en contacto con un grupo norteamericano que podría estar interesado. Y te ofrezco mi ayuda profesional y financiera si hace falta.

—Albert, parece que lo del terremoto te afectó bastante. Te lo agradezco, en serio. ¿Por qué no venís a verme y lo hablamos?

—Me parece bien. ¿Cuándo nos vemos?

—Déjame ver... Fi, ¿el viernes que viene puedo disponer de toda la tarde...? Parece que sí. ¿El viernes seis te parece bien?

—Justamente el seis no puedo. Es mi cumpleaños.

—¿En serio? Yo cumplo el tres. Hagamos una cosa: te venís el fin de semana y festejamos los dos cumpleaños yendo a cenar. Y hablamos del proyecto en un ambiente distendido. Traete a tu mujer.

—Claro. Candy no conoce Buenos Aires. Iré con ella.

—Perfecto. ¿Tenés todavía tu apartamento en Puerto Madero? Porque si no...

—Aún lo conservo; no te preocupes. Nos vemos el siete, Édgar.

—Hasta el siete.

Albert sonrió, satisfecho. Édgar Niven era una verdadera eminencia en estructuras, y estaba siendo reconocido a nivel internacional por su creatividad en megaestructuras. Lo del puente había sido sorprendente, y le había dado tanto prestigio que era objeto de estudio en cátedras universitarias de ambos márgenes del Río de la Plata. Si Édgar tenía la fórmula para lograr cimientos extremadamente flexibles, él podía trabajar sobre los acabados y adaptarlos a ellos.

Llamó a Candy para darle la noticia de que irían a Buenos Aires, pero no la encontró ¿Dónde se habría metido? Consultó su reloj. ¡Qué extraño! Ya debería haber terminado sus clases en la academia a esa hora.

No estaba muy conforme con que continuara trabajando allí, a decir verdad. Ella bailaba como un ángel, pero una cosa era asistir a clases y otra muy distinta el compromiso que había asumido con Betzabé de darlas. Eso ocupaba gran parte de su tiempo, tiempo que podría dedicar a cosas más placenteras.

Sin embargo, lo que menos entendía era por qué había preferido quedarse con la academia a dirigir la revista de decoración. Había tenido que poner al frente a alguien muy recomendado en el lugar de Pauna, pues Candy se había negado a hacerlo.

Y pensar que él había creído que eso la haría feliz. Se equivocaba de medio a medio. Su esposa era impredecible, sorprendente. Compleja y sencilla a la vez. ¿Qué demonios estaría haciendo que no respondía el teléfono?

Candy estaba vomitando.

Doblada sobre el inodoro, dejó hasta el alma allí.

«Maldito helado de fresa. Maldito y demasiado. ¿Por qué he tenido que comérmelo todo?», se reprochó.

En esos días había estado tan ansiosa que la única forma de tranquilizarse un poco era comiendo. Y ahora su pobre estómago pagaba el precio...

Toda su inquietud se la debía a Pauna y sus declaraciones en la revista Face's. Se había retractado para sorpresa de todos, pero eso no había significado que los paparazzi los dejaran en paz.

Continuaron asediándolos día y noche, y Candy se sentía realmente paranoica al respecto. Albert intentaba calmarla, y la animaba a ignorarlos para que los dejaran en paz. Claro, él se mostraba distendido porque estaba acostumbrado, pero a ella jamás le había pasado algo así. Su vida tranquila no era noticia para nadie.

Su desazón fue tal que estuvo varios días sin salir de casa, pues sentía que la perseguían flashes y micrófonos. Los odiaba, realmente los odiaba.

Por fin, se repuso lo suficiente como para contestar la llamada. Al saber que estaba descompuesta, Alberg se asustó tanto que corrió al apartamento.

La encontró en la cama, hecha un ovillo, pálida y ojerosa.

—Princesa...

—Mi amor, no es nada. No tenías que haber interrumpido la jornada.

—Por favor, Candy. Estás enferma. A ver, hazte a un lado que me meteré contigo en la cama. Pero dime antes si necesitas algo. ¿Quieres que llame al médico?

—Por supuesto que no. No se llama al doctor por un simple atracón.

Él se desnudó y la rodeó con sus brazos. Le besó el cabello y la peinó con sus dedos. La notaba algo triste. Se moría de ganas de verla reír, despreocupada. Necesitaba verla feliz.

No fue hasta la noche cuando se le ocurrió dar una fiesta. Lo haría el viernes con motivo de su cumpleaños número treinta y uno. Sería algo sencillo; no como aquella que le había ofrecido Pauna en Punta del Este hacía ya dos años. En esa fiesta se había comprometido con Candy; había gritado a los cuatro vientos que la amaba y que se casaría con ella.

Bueno, ahora organizaría algo para los más allegados y lo haría en su apartamento. Y nuevamente, pondría un anillo en su dedo, el mismo que ella se había quitado cuando se separaron, dejándolo en una caja de seguridad en el banco. Como lo había hecho dos años atrás, les diría a todos lo afortunado que era por tenerla, y cuando ella sonriera, los ángeles volverían a cantar; estaba seguro.

Esa vez fue la propia Candy quien hizo el pastel, y le quedó bastante bien. Era muy simple, decorado con merengue e hilitos de chocolate. La vela con forma de chupetín no podía faltar, y rio traviesa cuando la colocó con cuidado.

Estaban a punto de llegar los invitados, y ella no estaba lista. Corrió a prepararse. No se vestiría por todo lo alto, ya que estaban en su propia casa, y además estarían presentes sólo sus allegados: un puñado de colaboradores de la empresa, la familia de ambos, las amigas de Candy y un grupo muy selecto de amigos de Albert.

Mientras se ponía el sencillo vestido blanco que llevaba la primera vez que fue suya, pensaba en él y en su rostro emocionado cuando había recibido su regalo esa mañana. Le había dado una pequeña joya: era un minúsculo trozo del caracol de Rosmery engarzado en oro, que pendía de una fina cadena del mismo material. Él lo había observado con los ojos llenos de lágrimas y se había quitado el rosario que colgaba de su cuello para colocarse el regalo en su lugar.

—Es hermoso, mi vida. Gracias —había murmurado con una voz extraña, mientras intentaba contener las lágrimas.

—¡Ah!, pero no creas que es exclusivo, Albert. Mira, pedí que hicieran uno igual para mí. Quería que nos recordara a Rosmery, y todo lo que le debemos.

Albert había tocado con un dedo el dije que descansaba en el hueco del cuello de Candy y se había estremecido.

—¡Qué bello! Adoro la idea de compartir contigo algo así, algo tan íntimo, algo tan nuestro —había dicho, aún conmovido.

—Simboliza el amor en todas sus dimensiones, Albert. Y también el vínculo tan especial que nos une a través de la distancia, de las dificultades, de todo.

Ella estaba igualmente emocionada.

—Candy, dime que ya nada podrá separarnos, por favor —le había rogado él tomándola en sus brazos.

—Nada, Albert. Esto es para siempre. Feliz cumpleaños, corazón.

Se habían hecho el amor tan larga e intensamente después de eso que a Albert se le había desbaratado la agenda, lo que había vuelto loca a la pobre de Miriam, que se había pasado toda la mañana justificando su tardanza y acomodando citas.

Ese día se le había retrasado todo. Por eso llegó al apartamento después que la mayoría de los invitados, y fue recibido con sonoros aplausos y calurosas felicitaciones. Pero él no tenía ojos más que para Candy, que se veía encantadora con... ese vestido.

Albert lo reconoció al instante. El vestido de la primera vez... Su corazón comenzó a golpear en su pecho tan fuerte que el creyó que alguien podría escucharlo. Sentía los abrazos, los apretones de manos, las felicitaciones, pero su mente estaba enfocada en una sola dirección. Sus deseos se despertaron y un estado de desasosiego lo invadió.

Su cuerpo revivió la dulce expectativa de aquella primera noche juntos, cuando descubrió los placeres que el de ella le tenía reservados. Bendita noche aquella en la que él fue el maestro y ella una alumna obediente que fue perdiendo el recato a medida que la pasión marcaba el ritmo, y terminó abriéndose como una flor para él.

Recordó el vestido en el suelo, junto a las bragas y su propia ropa. Era el mismo que llevaba puesto en la gigantografía con que le había obsequiado hacía exactamente dos años. Y ahora lo llevaba encima, y sus ojos pedían a gritos que se lo quitara otra vez y le hiciera el amor hasta perder el sentido.

Con la casa llena de invitados, y siendo ellos los anfitriones, eso sería bastante difícil. Se miraron sonriendo, y luego Albert tomó el caracol que llevaba colgando de su cuello dentro de la camisa y lo besó disimuladamente. Candy se estremeció y tuvo que retirar la mirada para ocultar su turbación, pues sintió ese beso en su propia piel y los pezones se le erizaron al instante. Cruzó los brazos sobre el pecho y continuó hablando con la abuela de Albert como si nada, pero por dentro las mariposas se agitaban anticipando maravillas.

—¿Me preguntaba por Vainilla, Elroy? Pues por ahí anda, algo espantada porque no está acostumbrada a ver tanta gente en casa.

—¡Oh, pobre animalito! —exclamó ella, consternada.

Había hecho buenas migas con la perra de Candy y secretamente anhelaba tener una igual, pero no se atrevía a decirlo.

—Sí, pobre animal —dijo Albert, tomando a Candy por la cintura desde atrás.

—Feliz cumpleaños, William.

Él se inclinó y permitió que su abuela lo besara, y luego retornó a su posición inicial detrás de su mujer, aferrado a su cintura.

—Gracias, abuela. Pero te decía, Candy, que es urgente hacer algo por... el animalito. Ya sabes, está sufriendo por la cantidad de invitados que no le permiten hacer lo que desea —dijo en tal tono que a ella no le quedó ninguna duda de a qué animal se refería.

—¿A qué te refieres, William? Es un cachorrito precioso, pero no le permitáis subirse al sofá porque podría dejarlo perdido—aconsejó la abuela, inocente.

Candy sentía que sus mejillas ardían, pues sentía al dichoso animalito presionar la parte baja de su espalda, envarado y apremiante. Las manos en su cintura no ayudaban para nada a su intención de serenarse, por eso se apresuró a aclarar:

—No se preocupe, que no se subirá a ningún sitio, al menos hasta que la fiesta acabe. De eso me encargaré yo. —Se volvió y le dio un beso a Albert en la nariz—. Y ahora, si me permiten, veré si todo está bien en la cocina.

Él buscó insistentemente un momento a solas y al final lo encontró. No fue fácil, pues veía a Candy ir de un lado a otro alternando entre la gente, luciendo encantadora, absolutamente adorable. Lo estaba evitando de forma deliberada. Él sabía por qué y la idea lo regocijaba: ella estaba excitada. Podía notarlo en cada gesto. Cada una de sus actitudes le revelaba lo perturbada que se sentía, porque la conocía bien y había aprendido a leer las señales que le indicaban cuán ardiente estaba.

La oportunidad llegó cuando ella no tuvo más remedio que ir al baño. En unos segundos, él estaba en la puerta y no le permitió cerrarla.

—¿Qué haces? ¿Te han visto entrar aquí conmigo?

—¡Oh, sólo Candida! No te preocupes —respondió Albert, risueño, corriendo el cerrojo.

—¿Candida? ¿Justo mi abuela tenía que pillarte?

—Tranquila. Era una broma. Candy, eres mi esposa y eso supone que tengo acceso a toda tu intimidad.

—Esto está muy mal. Albert, vete por favor. Realmente me estoy haciendo pis encima.

—No me pienso ir. Quiero verte mientras lo haces.

—Serás pervertido. No puedo delante de ti. ¡Oh! De verdad necesito...

Él se sentó en el bidet y apoyó los codos en las rodillas mientras con la mirada le señalaba el inodoro.

—Adelante.

Y Candy ya no aguantó más. Se bajó las bragas y se sentó. Un alivio inmenso la invadió mientras desaguaba, pero no por eso se sintió menos avergonzada. Permaneció roja como un tomate mientras se oía el líquido caer como si de una cascada se tratase.

Albert no dejaba de observarla intensamente. Ella sabía que no se conformaría con eso, por lo que aguardaba expectante hasta conocer cuál sería su próximo movimiento. No se hizo esperar demasiado.

Con un dedo, enganchó sus bragas, que estaban a la altura de las rodillas y las hizo descender. Candy intentó aferrarse a ellas, pero fue inútil. En un abrir y cerrar de ojos estaban fuera de su alcance.

Él se puso en cuclillas frente a ella y deslizó las manos por sus muslos por debajo del vestido. Cuando llego a las nalgas, desanduvo el camino hasta tocar sus rodillas, y una vez allí, las separó sin miramientos.

—¡Albert!

—Quiero ver si has terminado.

—¡No, aún no! ¿Para qué quieres...?

Pero él no le hacía caso alguno. Estaba como hipnotizado, observándola orinar. Aquello ya no era una cascada, sino un tenue hilito de agua, pero lo cierto era que no había terminado.

—Me gusta mirarte. En cualquier circunstancia... Todo lo que tienes es mío, Candy. Amo todo lo que eres, todo lo que tienes de diosa y todo lo que tienes de humana. No me niegues tus secretos.

Ella se derritió al escucharlo. Permaneció con las piernas abiertas, en una situación que podría resultar objetivamente humillante, pero tratándose de Albert, era en extremo excitante.

Todo lo que hacía con él le resultaba así. Cualquier cosa, hasta el más simple y cotidiano acto, se transformaba de pronto en un evento de erotismo salvaje y demoledor que dejaba su cuerpo en llamas y su alma en la gloria.

Si bien sabía que había un límite no estaba segura de dónde estaba. Y no iba a averiguarlo esa noche, con el apartamento repleto de invitados que ya estarían preguntándose dónde diablos estaban los anfitriones.

—Muévete. El espectáculo terminó —dijo, saliendo del trance en que se encontraba sumida bajo el embrujo de la mirada de Albert.

Se puso de pie y soltó el agua de la cisterna. Y mientras él la observaba en silencio, se pasó al bidet.

El agua estaba fría, pero le venía bien para calmar sus ardores.

—Pásame una toalla del armario, por favor —le pidió aún sin mirarlo.

Albert obedeció. Mientras ella se secaba de una forma más que reservada, él tomó las bragas por los lados e insistió en ayudarla a ponérselas.

—Vamos, pierna derecha... Ahora la izquierda... Listo. —Y mientras decía esto, la subía muy despacio.

Por un electrizante momento el mundo se detuvo. Él estaba de rodillas y toda su atención se centraba en colocarle las bragas en su sitio. Ella, de pie, retenía su vestido con las manos, para facilitarle la tarea.

Albert alzó la mirada y se encontró con los brillantes ojos verdes que le decían cuánto deseaba todo eso. Tenía el sexo de Candy a centímetros del rostro y se moría por acercarle la boca y lamerlo lentamente.

Si en ese momento no hubiesen llamado a la puerta de esa forma...

—Albert, ¿estás ahí?

—Sí, Candida. Ya salgo.

—¿Y tienes idea de dónde está mi nieta?

—Aquí... —comenzó a decir, pero Candy lo golpeó levemente y tuvo que corregirse— no está. Debe estar en la cocina, supervisando.

—Gracias. Voy por ella —contestó Candida.

—Tenemos que salir de aquí ya, Albert.

—Tú primero, princesa.

—Ahora me dirás «reina», que para eso me has sentado en el trono —replicó Candy, guiñándole el ojo mientras huía y dejándolo realmente sin palabras.

Una y otra vez lo sorprendían las mil facetas de Candy. Inocencia virginal, Barbie Puta sin límites, furia, ternura, humor... Lo tenía todo. Y era suya.

No quiso demorarlo más. Salió del baño, tomó la sortija y se dispuso a amarrarla a él de una vez y para siempre.

CONTINUARA