Catherine se detuvo un momento, con la mirada posada en la docena de documentos que sostenía. Aún estaba sentada junto al escritorio, a tiempo de elaborar una buena excusa.

Mahaado continuaba concentrado en sus cálculos, con sus ojos desplazándose desde la pantalla de la calculadora a los libros de contabilidad alternadamente, como si nada más existiera. Como si ella ya se hubiera marchado a cumplir con sus órdenes; órdenes que no estaba autorizado a darle, y aun así desobedecerlas le parecía inadmisible. Como si no existiera la más mínima posibilidad de que pudiera manifestar una objeción.

—Podríamos esperar a que se confirme la venta para hacer estos trámites, ¿no crees? —sugirió, dada la fama de aquel apartamento de imposible de vender.

Su amigo levantó la vista, serio, y respondió de inmediato, sin siquiera considerarlo.

—No. Tengo entendido que ya está confirmada.

Y como si aquella conversación no pudiera ni debiera continuar, volvió a enfocarse en su tarea. Catherine detestaba cuando actuaba así, tuviera o no la razón.

No tenía ganas de pasar la tarde restante paseando de un organismo a otro; tramitando documentos en oficinas repletas de personas y murmullos y largas filas y esperas interminables. No estaba mentalizada para semejante martirio. Había salido de su casa creyendo que, como la mayoría de los días, revisaría algún documento, que coordinaría con algún técnico una reparación... O que no habría nada para hacer. Su trabajo habitualmente consistía en esas pocas tareas, en algún trámite aislado cada veintitantos días, en asistir a las asambleas de copropietarios para redactar actas y atender reclamos, y en horas y horas de conversaciones con los vecinos del edificio.

Pero justo ese día, por algún motivo, Mahaado la recibió convencido de que esos trámites debían realizarse sí o sí esa tarde.

— ¡Ay, por favor! Siempre está confirmada hasta que lo ven y desconfirman enseguida.

Mahaado rio, estaba completamente de acuerdo con ella. La probabilidad de que la venta de aquel cuartucho no se concretara ese día era muy alta.

Claro que la venta y la actualización podrían relacionarse en caso contrario, pero eran procesos independientes. Catherine tenía el hábito de procrastinar todo lo que podía, y si no aprovechaba las circunstancias presentes para obligarla a hacer esos trámites, era capaz de estar seis meses o un año para actualizar el archivo.

—Aunque no se venda, no esta de más que te queden todas las carpetas al día.

La serenidad de Mahaado colaboraba para que Catherine fuera perdiendo la paciencia gradualmente. ¿Por qué no se encargaba de esa tarea él mismo, si le encantaba entrometerse en su trabajo?

Pregunta que era absurda, porque esa costumbre que él tenía de supervisarla le había evitado inconvenientes con su jefe y los integrantes de la comisión de copropietarios. Aun así, a veces tenía unas ganas de abofetearlo casi imposibles de reprimir.

—Te detesto —le espetó, con un tono de resignación para su gusto intolerable. —Un día voy a renunciar y quien me sustituya no va a ser tan gentil como lo soy contigo. Ya lo verás.

—Yo sé...que no. — Mahaado hizo una breve pausa en su respuesta porque notó por el rabillo del ojo que alguien se encaminaba a la entrada del edificio. — Y sé que aún falta mucho para que renuncies — Presionó el interruptor que abría la puerta al mismo tiempo que el otro se disponía a tocar el timbre. — En unos días lo olvidarás.

— Claro que no. ¿Cómo podría olvidar que amaneciste con ganas de fastidiarme y explotarme — Catherine se levantó de su asiento para largarse, sabiendo que encontraría la forma de vengarse y ese era su único consuelo inmediato. —Voy a hacer que lo lamentes tanto —auguró con la expresión más maléfica que podía presentar.

Mahaado no le dio mayor importancia a las amenazas, porque daba por sentado que se trataba de una broma, y porque sabía que si prolongaba aquella conversación, el tiempo que le restaba no sería suficiente para concluir todos los trámites ese día, y prefería que fuera así.

Ella también debía preferirlo, no era adepta a trabajar un día en la calle; mucho menos dos o tres.

Reparó entonces en que Seto observaba detenidamente cada rincón de la planta baja a la vez que recostaba la puerta de vidrio con cuidado de que no se golpeara. Los estudió a ambos y dudó un instante en acercarse al escritorio.

Seguramente estaba buscando a Pandora, que era a quien conocía en persona y con quien había acordado reunirse a esa hora.

Por la forma en la que su mano se aferraba al asa de su morral y la otra se escondía en el bolsillo de su campera, parecía nervioso.

Se preguntó si, llegado el momento, tendría la habilidad o el coraje de desistir de la venta. Quizás que su tío no estuviera presente era una ventaja para Seto, le daría tiempo de pensarlo mejor e incluso de encontrar una excusa.

En fin, ese sería un problema de Pandora. En realidad no quería perder mucho tiempo en ese asunto de mostrar el apartamento. No era como si tuviera mucho para ver.

Sin embargo, Mahaado olvidó todas esas conclusiones en el preciso instante en que los ojos de Seto repararon en los suyos.

—Buenas tardes, yo tenía una reunión con el señor Pandora para ver un apartamento. Mi nombre es Seto.

Catherine se disponía a largarse. Tomó su cartera con sus propios documentos y un folio para guardar los de trabajo. Se percató entonces que su amigo se había quedado observando al otro. Más como si estuviera pensando o recordando algo que como si lo estuviera viendo.

Notó como Seto fruncía el ceño y alzaba la vista como si estuviera considerando la situación. Luego procedió a hablar de nuevo, esta vez en inglés.

— Um... I'm Seto Kaiba. I have a meeting with...

Catherine rio y lo interrumpió, porque era evidente que no estaba cómodo hablando en inglés y porque era innecesario.

— Él habla japonés — y aprovechando la ocasión para largarse de mejor ánimo agregó: —. Lo que pasa es que la falta de sexo le está afectando.

Mahaado se sorprendió por su respuesta. Ese era el tipo de cosas que pasaba cuando abandonas el presente tratando de recordar, como si no hubiera otro momento más adecuado para ello. Sabía que Catherine encontraba en esto una especie de venganza por recibir trabajo extra. No tuvo tiempo de reaccionar cuando se estaba sorprendiendo de nuevo.

— Entonces tengamos sexo— propuso Seto con los ojos fijos en el otro, y con una naturalidad que dejó a Catherine con la boca abierta.

— ¡Me encanta nuestro nuevo vecino! — exclamó satisfecha por cómo se desenvolvían los acontecimientos — Tienes que comprar aquí sí o sí.

Seto la observó con interés, consciente de que se estaba perdiendo una parte de aquella historia.

— ¿No tienes trabajo que hacer? —le recordó su amigo.

Era cierto, llevaba minutos a punto de largarse y sin hacerlo. La verdad era que tenía ganas de que la venta se concretara. Hace tiempo que no tenían vecinos nuevos. Seto parecía una persona interesante, y más aun lo eran las reacciones de su amigo. ¿Lo conocía de antes?

— Tengo. Mejor los dejo solos — dejó caer, dirigiéndole una última mirada especulativa.

Este observó como Catherine abandonaba el edificio con un entusiasmo repentino que unos minutos atrás no hubiera imaginado que fuera a tener. Debía sentirse triunfadora. Y él tenía que admitir que en cierta medida lo era, porque había tratado de dejarlo en una situación incómoda y lo había logrado.